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MINDAGAS STROCKIS

Universidad de Vilna

Líneas de investigación: filología clásica, filología digital e historia de la acentuología de la lengua lituana.

DOI

Rita Miliūnaitė

NORMAS LINGÜÍSTICAS Y SU AUTORREGULACIÓN EN LA COMUNIDAD DE INTERNET

MONOGRAFÍA

Vilnius: Lietuvių kalbos institutas, 2018, 512 p. ISBN 978-609-411-219-5

La monografía de Rita Miliūnaitė es fruto de más de diez años de investigación, observando y analizando el uso de la lengua lituana en internet. Quienes también hayan observado durante todo ese tiempo el uso del lituano en las tecnologías de la información (aunque no con fines de investigación, sino por mero interés personal) podrían confirmarlo.

En síntesis, la monografía aborda la siguiente cuestión: existe cierta tendencia a afirmar que los medios electrónicos perjudican la corrección de la lengua lituana, su ortografía, sus tradiciones y otros aspectos relacionados; ¿es realmente tan grave? ¿No generan también las tecnologías de la información algunos fenómenos positivos? El material reunido en la monografía demuestra que en internet, incluso en los comentarios anónimos, operan determinados procesos de autorregulación lingüística: las reseñas escritas en una lengua incorrecta (tanto anónimas como firmadas) reciben una valoración negativa de los lectores, son rechazadas y objeto de burla, y a veces reciben correcciones muy acertadas y competentes. El interés por las cuestiones lingüísticas y su debate también existen en internet, especialmente en forma de debates, diversos grupos de internet y similares.

El interesante material de esta monografía se expone en tres partes. La primera parte se acerca a lo que llamaríamos la historia de la cuestión y una revisión de la investigación; la segunda parte está dedicada principalmente a las intervenciones públicas y los debates de los últimos años

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en Lituania sobre las llamadas ideologías lingüísticas, pero también contiene material relacionado con la historia de la cuestión; la tercera parte es un informe de la autora sobre la observación del lenguaje en internet, dedicado al fenómeno de autorregulación mencionado, que suele manifestarse en las llamadas réplicas (es decir, observaciones de los comentaristas de internet sobre la incorrección del lituano).

La exposición histórica y teórica de la cuestión que presenta la monografía es extensa y detallada: incluye una introducción teórica (podría decirse que de carácter enciclopédico, con diversos detalles interesantes) sobre la normalización de las lenguas, la estandarización, el prescriptivismo y el descriptivismo, la evolución de la lengua estándar, la lingüística normativa, etc.; se explican las sutiles diferencias entre estos conceptos y sus matices de significado. La segunda parte, dedicada a las ideologías lingüísticas, también es detallada y exhaustiva. Aborda diversas cuestiones: desde la formación de las lenguas estándar hasta las disputas que tienen lugar hoy en Lituania entre los liberales lingüísticos y los normativistas, entre otras. Si alguien afirmara que algunos de los hechos allí mencionados son efímeros y difícilmente tienen valor duradero, se podría responder con razón que los datos disponibles en internet no son eternos, y que recopilarlos, organizarlos y examinarlos de esta manera constituye por sí mismo un valioso documento de época.

La autora considera que la principal razón por la que el lenguaje de internet se aleja de las formas consolidadas en los libros del siglo XX es la llamada desestandarización, y que los procesos de autorregulación mencionados son una reacción a dicha desestandarización (p. 14). De ahí surge naturalmente la necesidad de explicar qué fue la estandarización de las lenguas. La autora sostiene que la estandarización lingüística fue fruto de las ideas normativas que florecieron en la Europa del siglo XVIII (p. 20 y en otros lugares; a veces se sitúa su origen también en el siglo XVI, p. 185). Por su parte, el reseñador podría añadir que aquellas ideas de la época también estuvieron condicionadas por el hecho de que las lenguas clásicas (el latín y el griego antiguo), consideradas entonces importantes, estaban muy estandarizadas; sin embargo, la estandarización de las lenguas europeas modernas se debió sobre todo al sistema educativo centralizado de los imperios del siglo XIX. Por ejemplo, todavía en el siglo XVII se consideraba que diversos detalles ortográficos, que todos debían conocer, eran más competencia del cajista y del corrector de imprenta que del autor; más tarde se decidió enseñarlos en las escuelas, es decir, pasaron a ser obligatorios para todos, y ya ni siquiera se concebía que pudiera ser de otro modo2.

1 Por ejemplo, en un manual para correctores de imprenta publicado en 1608 vemos que la escritura de las palabras juntas o separadas, así como el uso de mayúsculas (en alemán), eran competencia del impresor (pp. 24–26), mientras que se instaba a los autores de manuscritos a colocar ellos mismos los signos diacríticos en sus textos (en latín) para facilitar la tarea del impresor (p. 33). Fuente: Hornschuch Hieronymus 1608: Ὀρθοτονογραφία, Hoc est: Instructio operas typographicas correcturis [...]. Lipsiae.

2 Comparemos, por ejemplo, los debates que resurgen una y otra vez sobre la longitud «correcta» de la raya en lituano o la forma de las comillas. Con la llegada de los ordenadores, cada persona que escribe pasó a ser, por así decirlo, su propio cajista, de modo que estos debates de carácter tipográfico alcanzan a veces cotas cómicas de pedantería,

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Las normas lingüísticas y su interacción en la comunidad de internet.

La historia de la cuestión en la monografía comienza en la Edad Moderna; las lenguas antiguas no se tratan en ella, pues se caracterizaban por un grado considerable de estandarización y por otros rasgos atribuidos a las lenguas modernas (por ejemplo, el término koinē que se menciona en la monografía procede de la palabra del griego antiguo κοινή, y la existencia de la palabra también refleja la existencia del fenómeno). Por cierto, la estandarización de las lenguas antiguas se desarrolló de forma algo distinta a la de las lenguas actuales: en el Ática no había academias, comisiones ni consejos lingüísticos como los de hoy, pero los procesos de estandarización se desarrollaban a través de la educación de entonces; la mayor influencia la ejercían las obras de los autores clásicos, cuya lengua se consideraba ejemplar y digna de imitación. Las lenguas antiguas fueron muy importantes en Europa hasta el siglo XIX, y esto también influyó en la manera de concebir la estandarización de las lenguas modernas. La historia del sánscrito también habría proporcionado mucho material interesante a quienes se interesan por la estandarización lingüística (su propio nombre significa «perfeccionado» o «ordenado», y la obra normativa más antigua sobre el sánscrito se compuso a mediados del primer milenio a. C.). Desde luego, la lengua lituana moderna y, en particular, sus usos en internet probablemente no requerían que la monografía abordara los asuntos tratados; aun así, no es posible prescindir por completo del legado de la Antigüedad clásica: en la p. 91 se reconoce que «la concepción de la norma lingüística compuesta por dos componentes [es decir, la real y la codificada] se desarrolló en Europa desde la Antigüedad».

En las pp. 75 y 184–185 de la monografía se mencionan fechas de los siglos XVI y XVII en que se fundaron las academias de algunas lenguas europeas actuales. En Lituania, el equivalente de estas academias, mutatis mutandis, se considera que es la Comisión de la Lengua Lituana, fundada en 1961 (p. 76). Cabría añadir que en el periodo de entreguerras también existió en Lituania una Comisión de Terminología (1921–1926), en la que trabajaron el presidente Antanas Smetona y otras personalidades destacadas; esta institución solo se menciona en la nota 45 de la p. 76 de la monografía; quizá merecería un tratamiento más amplio.

Dar kita vertus, net ir Danieliaus Kleino Lietuvių kalbos gramatikos (1653) pratarmėje įskaičius galima rasti nors ir lakoniškai išreikštų, bet iš esmės tokių pat kalbos standardizavimo idėjų, kuriomis vadovavosi ir to meto Vakarų Europos akademijų kūrėjai, pavyzdžiui: Ergo. Excolamus unam aliquam Dialectum, quae communissima, omniumque optima esse censetur („Taigi ištobulinkime kurią nors vieną tarmę, kuri visų yra laikoma bendriausia ir geriausia“). Vadinasi, ir lietuvių kalbos, ir kitų kalbų standardizavimo ištakos yra kiek senesnės, nei galėtų susidaryti įspūdis iš monografijoje paminėtų datų.

Por desgracia, como todo el mundo sabe, en nuestros días los lingüistas suelen ser objeto de burlas. La monografía lo menciona y, en esencia, reconoce que la actitud negativa hacia algunas palabras nuevas acuñadas por los lingüistas u otras propuestas, así como la consiguiente

por ejemplo, si el número de la nota debe ir antes o después de la coma, si la letra i acentuada debe llevar también un punto debajo del signo de acento o no.

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lo que los lingüistas ridiculizaban pudo haber sido provocado por decisiones irreflexivas de los propios lingüistas. En la misma cubierta del libro aparece el famoso caso de «šnygčio». También se aborda en el texto: «Šnygis solo ha inculcado a la gente que, en cuanto aparece en internet un artículo cuyo titular contiene la palabra “perro” mencionada, es indudable que los comentaristas no dejarán de replicar al respecto» (p. 394). Aunque la autora de la monografía no lo dice del todo explícitamente, vemos cómo, a partir del material presentado, empiezan a perfilarse tanto las causas de esa guerra por las palabras como las maneras de resolverla: aunque una forma propuesta para su uso (en este caso, quizá ni siquiera para usarla, sino que muchos la perciben como ya usada) parezca adecuada según todos los criterios formales de la ciencia lingüística, pero resulte inaceptable para la mayoría de los usuarios de la lengua, sería sensato sopesar si vale la pena imponerla con insistencia, para que el daño causado por esa iniciativa (pérdida de confianza, burlas, menoscabo de la autoridad de los «lingüistas») no supere el beneficio obtenido (la corrección formal en el uso o algo por el estilo). Aunque, como ya se ha dicho, esta idea no se expresa directamente en la monografía, al leerla uno tiene la impresión de que a veces subyace entre líneas, y eso es excelente.

También vale la pena mencionar que la burla de las decisiones desacertadas de los lingüistas es un fenómeno más antiguo en la cultura lituana que el comienzo del siglo XXI. Por ejemplo, Stasys Dabušis (1889–1974), miembro de la mencionada Comisión de Terminología del período de entreguerras, fue quizá el primer arquetipo folclórico del «lingüista excéntrico», creador de neologismos que no arraigaron y que pasaron a formar parte del folclore satírico «lingüístico». Aunque en la monografía se mencionan varias veces las actuales palabras burlonas «kalbinai», «kalbšiai», etc. (especialmente en la p. 228), resulta interesante recordar que la palabra de la época de Smetona equivalente a la actual «kalbinį» era «kalbatais» (nota 142, p. 228). Parece que no solo el amor por la lengua lituana —a veces doloroso y lleno de disputas—, sino también las burlas dirigidas al «kalbinas» o al «kalbataisas» han sido durante mucho tiempo un fenómeno de la cultura lituana.

Sin embargo, aunque ya en tiempos de Smetona y también hoy ha habido propuestas lingüísticas ridículas, la actitud general de la sociedad hacia la corrección lingüística no es tan negativa. Esta monografía lo demuestra con diversos datos recopilados. He aquí algunas citas: «Aunque el interés de la sociedad por la lengua no disminuye, quizá incluso aumenta» (p. 14); «las normas lingüísticas son reguladas por los propios usuarios de la lengua “desde abajo”, y no impuestas “desde arriba”» (p. 23); «[los comentaristas de internet] a veces superan a los autores profesionales de artículos de los medios digitales por su sentido lingüístico y su capacidad para advertir los sutiles matices de los recursos expresivos de la lengua lituana» (p. 449). Todas estas afirmaciones de la autora están convincentemente fundamentadas con citas de comentarios reales de internet. Es cierto que los propios replicadores de internet a veces, lamentablemente, no se aplican a sí mismos esas exigencias y, al reprender a quienes consideran descuidados, utilizan ellos mismos diversos horrores lingüísticos (como si se tratara de una especie de equivalente lingüístico de dar un puñetazo en la mesa); también se encuentran ejemplos de este tipo en la monografía.

Finalmente, la autora concluye que el interés por la corrección de la lengua lituana en internet no disminuye. El reseñista, basándose en sus propias observaciones, puede

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Las normas lingüísticas y su autorregulación en la comunidad de internet.

confirmarlo. La lengua lituana alberga una gran vitalidad, en ella operan procesos saludables de autorregulación, y esta monografía lo demuestra de manera convincente.

La monografía también reconoce que algunas deficiencias evidentes, como la falta de uso de los signos diacríticos, tienen causas sencillas y técnicas: «La escritura “šepasis” se había impuesto en internet y aún pervive por varias razones. Se escribe sin signos diacríticos por costumbre, adquirida en la época en que los medios de comunicación electrónica (teléfonos móviles, correo electrónico, etc.) no podían admitir los caracteres lituanos, y algunos usuarios de esos medios (con mayor frecuencia, de teléfonos móviles) todavía no saben adaptarlos a las posibilidades técnicas ya disponibles» (p. 333). En pocas palabras, todo comenzó por las limitaciones de los primeros aparatos y, más tarde, se convirtió en una especie de costumbre cultural. También podría añadirse que, en la etapa por la que ya han pasado otras lenguas en cuanto a las letras con tilde y otros signos diacríticos de la ortografía estándar, la lengua lituana aún conserva los signos de acentuación: aunque las posibilidades técnicas actuales para usarlos ya existen, faltan teclados cómodos y una costumbre cultural. Por ejemplo, en la p. 364 de la monografía se citan casos en que los acentos se indican con mayúsculas y nadie se escandaliza, aunque, en principio, ya es posible introducir los signos de acentuación incluso en los teléfonos (simplemente no hay teclados suficientemente cómodos y, por supuesto, faltan la costumbre o la necesidad cotidiana).

Entre otras observaciones certeras, la monografía reconoce que el término cultura lingüística es, en esencia, una creación del bloque del Este (p. 34), muy difícil de traducir a las lenguas de Europa occidental (lo sabe cualquiera que haya traducido alguna vez al inglés los suplementos al título, antes de que se tradujeran de forma centralizada). Por ello, es muy bienvenida la decisión de la autora de la monografía de emplear el término lingüística normativa.

La monografía es exhaustiva, bien fundamentada y valiosa; encierra tanto una minuciosa investigación de diez años como observaciones certeras y un valioso documento de época, y, lo más importante, ofrece conclusiones bien fundadas: «¿Tienen realmente algún sentido y utilidad práctica, si se las considera con total objetividad, las manifestaciones lingüísticas en internet? Al parecer, sí. Los propios profesionales de los medios reconocen la influencia de la comunidad de internet en la calidad del trabajo de los medios» (p. 438).

Así pues, ¿cómo abordar la cuestión del uso correcto de la lengua lituana, tanto en internet como en la vida? La propia monografía contiene observaciones impresionantes; quizá podrían haberse destacado aún más. Veamos estas citas: «En el discurso electrónico en inglés, quienes con mayor frecuencia se fustigan por el uso incorrecto de la lengua son aquellos para quienes el inglés no es la lengua materna, pues esta lingua franca de internet se considera una forma de capital cultural a escala mundial» (p. 127, énfasis en la cita). «David Crystal [destacado lingüista británico] se sorprende de que los manuales de inglés sigan vendiéndose muy bien, y de que a la gente le preocupen las mismas cosas que le preocupaban hace 250 años» (p. 183, énfasis en la cita).

Así se revela que la corrección de la lengua lituana alcanzará su mayor auge cuando se convierta en una «forma de capital cultural». Los datos recopilados en la monografía

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muestra que poco a poco se convierte en eso, aunque a veces se ve sacudido por las disputas entre los editores y los normativistas, o por los comentarios marginales sobre algunas propuestas lingüísticas. Quizá los lingüistas actuales (y el autor de esta reseña es uno de ellos, antiguo miembro de la VLK), al igual que sus predecesores de la época de Smetona, a veces olvidan mirarse desde fuera. No obstante, un poco de autoridad, algo de moderación e indulgencia, un poco más de sensatez para distinguir lo importante de lo irrelevante, menos reprimendas y más explicaciones interesantes acabarán por ponerlo todo en orden. Actuando con sensatez, eliminando con calma pero con determinación los defectos técnicos de los teclados irregulares y frenando de vez en cuando algún que otro brote impetuoso, todo irá bien y los manuales de lengua lituana seguirán vendiéndose mucho durante muchos siglos. Así pues, nos convence plenamente esta magnífica monografía de Rita Miliūnaitė.

Entregado el 26 de mayo de 2019.

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