201Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud)
Res publica, 19, 2008, pp. 201-208
Maquia elo en Saa ed a Faja do
(Las somb as de la i ud)
An onio He mosa Andúja ∗
1. INTRODUCCIÓN
¿Hay alguna huella pe cep ible de El P íncipe maquia eliano en las Em-
p esas polí icas de Saa ed a Faja do?
La espues a a una p egun a como esa puede conduci el análisis po di-
e sos de o e os, azón po la cual es p eciso señala desde ya los que no nos
in e esan aquí. Así, obje o del mismo no se á el elenco de ópicos pues os en
juego po la li e a u a polí ica mode na, como ampoco las posibles analo-
gías ocasionales en su a amien o o las di e encias que en ese campo común
quepa aza . Es deci : no o ma pa e de nues o obje i o ealza cómo el
man enimien o del Es ado, mucho más que su adquisición, cons i uye el nú-
cleo emá ico de ambas ob as —y, de paso, aza la bi u cación que a pa i
de aquí se da en e la nuda conse ación del pode y la sal ación del pueblo
como me as especí icas de una y o a; como ampoco nos de end emos, al
a icula el desa ollo de dicho núcleo, a segui mos ando los ámbi os com-
pa idos —el eje cicio pe sonal del pode , acompañado sin emba go de la
necesidad de suje a lo a cie os lími es—; las elaciones en e é ica y polí ica;
el signi icado de la eligión como ínculo social y polí ico; e c., poniendo al
iempo al descubie o las di e gencias que en ales ámbi os se an ab iendo
paso, como, po ci a a ios ejemplos, la di e encia en e el i ula del pode
(el p íncipe nue o en Maquia elo, el mona ca dinás ico en Saa ed a); la exis-
en e en la común na u aleza no ju ídica de los ci ados lími es (polí icos en
aquél, básicamen e eligiosos, aunque ambién polí icos, en és e; aunque en
es e caso Maquia elo los si úa en el eje cicio del pode , Saa ed a en su i ula-
idad); la exis en e en la inalidad asignada a ales lími es, que en Maquia elo
es la de p ese a la e icacia del pode y en Saa ed a e i a su con e sión en
i anía; e c.
∗ Uni e sidad de Se illa. E-mail: [email p o ec ed]
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Lo que aquí nos in e esa, po an o, a po o os caminos. En un ex o
celebé imo esc i o al p incipio del pasado siglo, Meinecke, sen enciando la
signi icación his ó ica de la eo ía maquia eliana, la esumió en un «puñal»
cla ado en el co azón de la eo ía polí ica, an igua y mode na. Nues o ob-
je i o, aho a, consis e en sabe si el puñal se cla ó ambién en el lib o de
Saa ed a Faja do y, en caso posi i o, de e mina el alcance de la he ida. No
es a ea ácil, pues el p opio Saa ed a se enca ga de c i ica explíci amen e a
Maquia elo en un pa de ocasiones, ma cando así sus dis ancias con él. Ello
en aña, po o o lado, que hemos de da un odeo po al c í ica an es de al-
canza nues o in.
2. LA CRÍTICA A MAQUIAVELO
Aun sin p oponé selo, como hicie on o os an es, y oda ía algún Fede ico
ha á después, Saa ed a piensa y cons uye la ma e ia polí ica casi en pe ec a
an í esis a como lo hace el céleb e sec e a io lo en ino. Apenas lo ci a, pe o
se di ía que no deja de ene lo en cuen a al obje o de mos a en el espejo de
su p íncipe los asgos de o mes del de aquél.
A la ho a de o ma lo elige al ás ago de una consolidada p osapia en
luga de a esos ad enedizos que, en una ca e a e izada de iolencias, y a
golpes de mé i os p opios (y en pa e ajenos, en cie os casos), accedie on
al ono acío; es sang e azul la que ya co e po sus enas, ansmi ida po
he encia desde una dinas ía, la de los Reyes de España, a la que Saa ed a
some e a un p oceso análogo al que Pe icles o Isóc a es hicie an con A enas y
Cice ón con Roma, a sabe : el de su idealización. Nada que e con el p ínci-
pe nue o de Maquia elo, que és e ex ae de la ocasión, como Césa Bo gia, o
bien, aunque oblicuamen e, de los bajos ondos de la his o ia, como en el caso
de Aga ocles, ejempla donde los haya, según mos á amos en o o luga .
Una ez elegido el p íncipe que la adición dinás ica le pone a mano,
compone la imagen del debe se a pa i de un suje o eal obliga al a is a a
la sabia selección de ma e iales y a o ganiza los de la mejo mane a posible:
es un indi iduo único quien así su ge, un Ci o u o os semejan es a él en o o
iempo y luga , pe o no en su sociedad; un singula eslabón más en la cadena
azul de la mona quía hispana (singula a ian e de la soledad del pode és a
que p ocu a po sí misma su legi imidad). En sus excelen es cualidades inna-
as se inyec a el compues o de una educación especialmen e p epa ada pa a
hace del alumno el maes o más excelen e del eino, un ejemplo a imi a po
sus iguales en o os pagos y a segui po sus asallos en el suyo.
His o ia, polí ica, é ica y eligión in eg an el compues o educa i o aludi-
do, un conjun o de sus ancias que ambién, aunque combinadas de o a mane-
a, es án p esen es en el p íncipe maquia eliano an es de accede al ono de
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I alia (quien has a ahí suba se asemeja á más al de Saa ed a). Mas el esul-
ado de la combina o ia esul a an dispa , y an demoníaco el del lo en ino
pa a el au o mu ciano que és e no pod á menos que e e i se a él en é minos
al amen e despec i os. Pe o an es de p ocede some amen e a la exposición y
análisis de dicha c í ica, pasemos b e e e is a al ideal de Saa ed a.
Se busca, ya lo dijimos, al mejo de una sociedad, esa a a a is que siem-
p e ha di idido a la especie humana en dos mi ades desiguales: él y los demás.
Se a a de ese se supe io que, po se lo, ha eje cido en nume osos pueblos
una labo de mediación en e la di inidad y los homb es. A deci e dad, se
a a de un asplan e a los iempos mode nos del mona ca de signi icación
di ina que desde los egipcios y los pueblos de Asia Meno ha es ado p esen e
en la his o ia, y que en la mismísima eo ía occiden al ambién ha p esen a-
do o icialmen e sus c edenciales en las eo ías de un Pla ón o un Tomás de
Aquino, y ex ao icialmen e en la de A is ó eles: el ilóso o- ey o ey- ilóso o
del p ime o p esen a asgos en común con el mona ca del segundo y casi se
supe pone al dios en e los homb es del úl imo. Un asplan e, po lo demás,
que ya había sido lle ado a cabo po E asmo, quizá el au o a quien más cabe
econduci la idea de Saa ed a, ya que el p ecep o de imi a a C is o, en el que
aquél condensa su educación del p íncipe y del caballe o c is ianos ep oduce
po adelan ado el de segui el modelo de Dios en el que és e epiloga la suya.
Se á dejando su conduc a en manos de la i ud como el p íncipe se á
bueno y se ha á g ande, imi ando a un Dios que, además de modelo pa a la ac-
ción es asimismo —una lección que co ige a Pablo de Ta so— o igen de «la
mayo po es ad»1 —no de odo pode , como en és e— y uen e de legi imidad.
Segui mien as se gobie na al ey de eyes, en suma, es la sola ga an ía de
eje ce ec a y e icazmen e el pode .
¿Qué puede pensa quien es o c ee de quien sabe que, si bien es capaz de
dis ingui la piedad de la impiedad, ins umen aliza empe o al dis inción y
la alo a en unción de su idoneidad pa a la conse ación del pode ? ¿Y que
lo mismo ale pa a las es an es igu as mo ales, decla ando an e su p íncipe
que de la i ud bas a su apa iencia, y que es noci o su pleno eje cicio? Po
deci lo sua emen e, pensa á que es ése un «impío e imp uden e consejo»2. Y
de ahí deduci á los dos p incipios de su c í ica con a el maligno, a sabe : el
disimulo de la i ud y la p e ensión de « unda una polí ica sob e la maldad»,
consecuencia di ec a és e de aquél.
Con a la p ime a de esas dos eglas de la polí ica maquia eliana, o mejo ,
con a el an asma que Saa ed a e en ellas, el au o mu ciano dispa a oda
1 D. SAAVEDRA FAJARDO, Emp esas Polí icas, Edi o a Nacional, Mad id, 1976, Emp esa
18, p. 204.
2 Ibídem, p. 206.
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una ba e ía de a gumen os deso denadamen e ex aídos de la epis emología,
la an opología, la polí ica, la mo al y la eligión. Los esumimos aquí sin de-
sa olla los: disimula las i udes es ine icaz po que la somb a nunca iguala
a su ealidad en la acción; el pode de dicha somb a du a muy poco; no cabe
esconde la maldad po mucho iempo: el pueblo la descub i á p on o y ac-
ua á en consecuencia (sin desca a la ebelión con a el i ano: pues eso ha
de enido quien ob a el peo de los males, que es p ecisamen e el disimulo de
la i ud: y es que, en ese pun o, «no le queda eno al pode que no dis aza
sus i anías»); además, el icio co e siemp e hacia su au o-des ucción: es el
mismísimo Dios quien así lo dispone, y quien, po ende, en absolu o espe a á
el ono de un p íncipe semejan e, e c. Saa ed a añade dos a gumen os más
que sólo en descuidada mi ada es an b illo a la co ona: el p íncipe debe ene
algo que e con los icios, sí: pe o sólo con su conocimien o, de ningún
modo con su p ác ica. Y: debe se i uoso, sí, pe o las i udes moná quicas,
impues as po Dios pa a la ida pública, no deben con undi se con las i u-
des monás icas, ap as solamen e a la ida e i ada.
Algunos de esos a gumen os se esca an en la c í ica a la segunda de las
eglas, iniciada en la emp esa ci ada y comple ada ein icinco emp esas des-
pués. Aquí Saa ed a nos obsequia con una isión no ma i a de la na u aleza,
pues de ella cabe p edica que, en cuan o ob a de Dios, «enseña y amones a
a ob a » a los homb es. Pe o enseguida pun ualiza: segui la na u aleza no
signi ica imi a la, pues no es su modo de se el espejo del modo de ac ua de
los homb es. De los animales cabe ap ende , sin duda ni « ubo », pues cuen an
con el mismo insigne p ecep o que noso os, los humanos. Mas sin ol ida las
di e encias, las que se mani ies an, po ejemplo, en el hecho de que ellos se
dejan lle a po «a ec os y pasiones», en an o a los se es humanos nos asis e la
Razón, con la que desde an iguo se incula a la jus icia, y que nos lle a a ob a
po equidad, ale deci , cada uno que iendo pa a sí cuan o quie e pa a o o.
Es eso lo que, al deci de Saa ed a, Maquia elo no hab ía enido en cuen-
a, in oduciendo de hecho el animal en el homb e a in de p ese a el ono.
O lo que es igual, aliéndose sin esc úpulos de la ue za y del engaño jun o
a la azón y a la jus icia. Demues a, pues, desconoce que oda ob a undada
en el león y la zo a (los animales en los que Maquia elo conc e a la ue za y
el engaño) no pe du a, como ampoco lo hace quien se « ía más en sus a es»
que «en la P o idencia di ina»3.
Pues o que nues o p opósi o no consis e en exhuma la e acidad de la
c í ica de Saa ed a al au o de El P íncipe, pasemos de inmedia o a la sección
siguien e, en la que cons a a emos si la posición del p ime o es á en an ne o
con as e con la del segundo.
3 Ibídem, p. 403.
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3. LAS SOMBRAS DE LA VIRTUD
Al inal de la sección an e io imos cómo el au o de las Emp esas Polí-
icas p esc ibía al p íncipe una cie a amilia idad con el icio; no en a as de
eje ci a lo, como pa a cie as ocasiones impuso Maquia elo, sino jus amen e
al obje o de e i a lo. Así mismo, su conduc a e a el compendio de un conjun o
de i udes, pe o no la suma de odas. El ámbi o público hace e ahí que iene
eglas p opias, y que aun po mucho que la polí ica quie a uni se a la é ica,
ambos son einos di e enciados cuya usión en una sola ins ancia no ma i a
end ía el ápido e ec o de desna u aliza y con undi a las dos.
Sub aya esas di e encias, al iempo que ex ae odas sus du as y e i-
bles consecuencias, como el ocasional en en amien o en e ellas y, en al
caso, la p e alencia de la polí ica sob e la é ica, había sido en es e pun o el
legado maquia eliano que el diplomá ico mu ciano en absolu o se hallaba
eó icamen e dispues o a acep a . De es e encuen o ocasional y desencuen o
es uc u al de i an algunas de las pa adójicas simili udes as eables en la
ob a de uno y o o, como cuando al es ablece lími es a la acción polí ica Ma-
quia elo los p esc ibe inmanen es —el p íncipe no debe hace se odia ni des-
p ecia — a endiendo a su e icacia, en an o Saa ed a los busca ascenden es
y a iende a su inalidad: la ley de Dios es así pa e sus ancial de su quehace
polí ico sin pe de nunca igencia an e él (hab ía, a deci e dad, ambién un
lími e inmanen e: el pode nunca es p opiedad absolu a del mona ca, ya que
el pueblo nunca pie de po comple o su cuo a de i ula idad)4. O como cuando
el ey de Saa ed a ob iene como u o del icio lo que en Maquia elo lo es de
su i ù, a sabe , la humanización comple a de la acción humana, su capacidad
de in e eni en la his o ia y o ien a la de acue do con su in ención.
O como cuando Saa ed a conside a que esas uen es —mo ales— del
mal, en polí ica, bien adminis adas po la azón, de i an en bienes pa a la
jus icia y coadyu an en la conse ación de la salus populi, el genuino in de
la acción polí ica, según se dijo. Es o se pone de mani ies o si ol emos al
discu so inal de la sección an e io , en la que Saa ed a, luego de ep oba
la p esencia en la a ena pública de los animales maquia elianos, en luga
de desemba aza se simplemen e de ellos, conse a al león, símbolo de la
ue za, y oca la zo a en sie pe. Es e dad que la ue za del león apa ece
pe manen emen e domada po la ci ada inalidad polí ica y po el in ie no
con que g aciosamen e se obsequia po los c eyen es al desc eído de la ley
di ina; y ambién lo es que la sie pe es símbolo de p udencia y igilancia
en la conse ación del Impe io, no un a i icio pa a el disimulo o el engaño.
Es deci : es e dad que con es os nue os animales —con la ue za leonina
4 Ibídem, Emp esa 20, p. 225.
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se amed en a aho a a quienes p e enden ap o echa se de su clemencia— la
i ud se ga an iza su eje cicio en luga de e cómo se la iola; pe o no deja
de se igualmen e e dad que ambos si en pa a disimula la siemp e que sea
necesa io en a as de su cumplimien o.
Y la coincidencia en los medios —sin e izables en el disimulo de la i -
ud—, aunque sea con dis in os ines, así como el escena io polí ico en el
que dicho juego de manos in elec ual iene luga , apun an a un Maquia elo
casi químicamen e pu o, y cons i uye asimismo la he encia, maquia eliana al
menos si no maquia élica, acep ada po Saa ed a Faja do. Po lo demás, de
la pu eza de la in ención del mona ca al disimula sus in enciones, al ingi
que piensa y sien e lo que el pueblo, sólo su egia pe sona es es igo, po lo
que sólo an e su conciencia le cabe esponde , lo que no se lo pone nada ácil
al in e esado. Con azón, pues, dice Saa ed a que es menes e «g an ad e -
encia» pa a hace pasa el disimulo como «a mas de la p udencia»; y es que
el pensado mu ciano end ía que habe op ado aquí po la c í ica de Polibio a
A is ó eles, y habe econocido que mo i os pe ec amen e espu ios pueden,
en semejan e caso, halla se as an noble in.
Pun ualicemos. Y demos pa a ello un paso a ás al obje o de llega has a
ahí po un camino pa alelo.
La p esencia del mal en el mundo es un me o hecho an opológico, nos
iene a deci Saa ed a, desde el momen o en que el homb e es á hecho de
pasiones, po un lado, y de azón, po o o. Las p ime as si úan a cada suje-
o en el cen o de su p opio ob a , con lo que el egoísmo se con ie e en su
p incipio mo al, y una acción guiada po él es una acción que si úa a odo
egoís a al inicio y al inal de la misma; los acue dos con los demás se uel en
imposibles y la iolencia domina ía la elación con nues os semejan es de no
se po que la Razón, que nace más a de y se desa olla con g an a iga —la
olun ad iene ya en las pasiones a los amos de sus deseos—, conoce la Ve -
dad y g acias a ella se hace inalmen e con las iendas del ob a 5.
Aho a bien, dicha a i mación on ológica p on o su e un desmen ido mo al
y o o polí ico, con inuación del an e io , más ue e aún. De epen e esas
uen es del mal ya no son malas po sí mismas, sino po el uso que se hace de
ellas. O mejo : po el uso polí ico que el gobe nan e hace de ellas. Si log an
pone al gobe nan e a su se icio, sacan de él un i ano. Si es aquél quien las
pone al suyo, es en onces cuando hace de sí mismo un buen gobe nan e.
Y es que, en e ec o, no sólo las pasiones dominadas po la azón y al
se icio de la e dad log an man ene en pie la cosa pública —po ejemplo,
una « e güenza ingenua y na u al» man end á a aya la acción del p íncipe
5 C . Ibídem, Emp esa 7.
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impidiéndole de eni i ano; una sana en idia le es imula á a emula a los
mejo es; una i a acionalmen e mo ida no sólo es posible, sino an necesa ia
que si no «es á [esa] i a al a la jus icia», e c.—; sino que ambién su disimulo
desempeña una unción básica en cuan o condición sine qua non de la polí-
ica. Más aún, es ese disimulo lo que hace de la polí ica un a e, a di e encia
de la mo al, y la a ea más impo an e de la azón y la p udencia polí icas.
Disimulándolas, en e ec o, impiden que se conside en las condiciones de
una de e minada decisión, así como de las acciones subsiguien es, como
de e minan es de la misma, o, como di ía el p opio Saa ed a, impiden un
«ob a uni o me» en el p íncipe, y que quienes le odean puedan p e e de
an emano, conociendo la ci cuns ancia pasada, las decisiones po eni . El
buen gobie no, en e ec o, equie e una olun ad po así deci i gen, «lib e»,
al pun o que odo el sec e o del mismo consis e en p ese a el enigma de la
olun ad al decidi , o mejo , en cons i ui a la olun ad como enigma. Jus o
po odo eso es po lo que cuando un pa icula disimula sus pasiones se habla
de «doblez» y cuando lo hace el p íncipe de « azón de Es ado», el a i icio
que in oduce la azón en el Es ado disimulando sus pasiones, o lo que es
igual, enmasca ando la olun ad más allá de sus condicionan es al obje o de
p ese a la libe ad de decisión.
¿P íncipe maquia eliano, po an o, o más simplemen e p íncipe maquia-
élico? Saa ed a quizá acep a a el p ime epí e o, pe o nunca el segundo.
Como ampoco lo acep a ía aunque se le p esen a an nue as y más se ias
p uebas. Pe o las hay, si bien inculadas a dos pun os conc e os.
Acabamos de comp oba cómo sin el disimulo de las pasiones, quizá la
g an con ibución de la p udencia a la polí ica, el Es ado no se conse a ía.
Pe o hay al menos un caso en el que no es la p udencia, una i ud, o la azón
la que enmasca a la pasión, sino o a pasión la que lo hace. Una pasión que
ena o a pasión, cab ía deci an icipando a Madison. Ésa nos pa ece se la
a ea asumida po la hipoc esía en el ámbi o público, y que nos deja en e e
la opinión no po cie o a o able que Saa ed a man enía de sus congéne-
es, pese a los saludables p onós icos mo ales con que hace acompaña a la
educación. Muy b e emen e, el azonamien o del diplomá ico mu ciano es
el siguien e: un minis o que cumple es una denuncia de los minis os que
incumplen, un bien hecho es una denuncia del mal que se hace en luga del
bien po hace . Como eso susci a en idias y sus consecuencias; y como mayo
g a edad al expe imen a dicha pasión hay cuando son nobles —suje os con
pode y p óximos al mona ca— quienes la expe imen an, no es a ía mal encu-
b iendo con un mal, la ci ada hipoc esía, el bien que se hace o se ob iene: po -
que así se e i a ían las malas consecuencias de quienes en idian al bueno.
La máxima que la p udencia es ablece en es e caso no hace hono , p eci-
samen e, al caca eado alo inmanen e de la i ud, pues lo que se e que aquí
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ocu e es análogo a cuan o ya Táci o nos na a a de los iempos de Galba o
el mismo Maquia elo de Pe inax, y que po exp esa lo en é minos mo ales
no es sino el mal que depa a al bien su eje cicio en cie os con ex os. Alguien
dedujo de casos así, y se lo dijo a su p íncipe, que debe ía ap ende a se no
bueno, y ue se e amen e censu ado po Saa ed a. ¿Hipoc esía ambién la
suya o simple limi ación in elec ual y é ica?
Como quie a que sea, un úl imo ejemplo nos mos a á has a qué pun o
Maquia elo se había ins alado sin g andes es ue zos en posiciones enemigas.
Ya hemos en e is o que hay una i a buena, an o que no hab ía jus icia sin
ella. Se a a de aquélla a la que «la Razón la mue e y la p udencia la com-
pone»; se a a de aquélla que iene po balua e al g an Rey Da id, o sea, a
Dios en pe sona como modelo: se a a, en suma, de esa san a i a que se saldó
con una gue a, cuya ic o ia le dio ocasión de saquea las ciudades enemigas,
de ase a a sus ciudadanos, coce sus cue pos en ho nos, y a ias lindezas
más, odo ello sin que a la a en a mi ada di ina se le escapa a de alle. Y eso,
además, como eacción a la c eencia de que se le espiaba: ¿qué no hubie a
hecho an manso a ón si se hubie a con i mado su c eencia? Y, como b oche
de o o, he aquí la lauda o ia jus i icación: «C ueldad y exceso de i a pa ece á
es o a quien no sepa que odo es menes e pa a cu a de sue e las he idas de
los desca os, que no queden señales dellas»6.
T as el econocimien o del legí imo uso abusi o de la ue za luego de
habe le opues o de con inuo la i ud y la jus icia, cabe o mula aquí, pa a
acaba , una p egun a: ¿quién es aho a el maquia élico?
Recibido: 13 No iemb e 2006
Acep ado: 11 No iemb e 2007
6 Ibídem, Emp esa 8, p. 131.