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Maquiavelo en Saavedra Fajardo (Las sombras de la virtud)

Hermosa Andújar, Antonio

Abstract

Aun sin proponérselo directamente, Saavedra elabora su doctrina política, ya desde la elección misma del sujeto político, en contraposición con las directrices establecidas por Maquiavelo. La presencia inmanente de la ética y la religión como partes activas de dicha doctrina así lo atestiguan. Empero, al describir la conducta que el monarca cristiano español debe practicar en el ámbito público, Saavedra descubre y termina por reconocer que ámbitos al principio considerados complementarios se han vuelto antagónicos, y al aceptar cómo a veces la política sólo sobrevive contraviniendo los dictados de la ética acaba igualmente convirtiéndose en un miembro más de la amplia estela de críticos de Maquiavelo convertidos al final en fieles discípulos suyos.

Full text

201Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud) Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud) An onio He mosa Andúja ∗ 1. INTRODUCCIÓN ¿Hay alguna huella pe cep ible de El P íncipe maquia eliano en las Em- p esas polí icas de Saa ed a Faja do? La espues a a una p egun a como esa puede conduci el análisis po di- e sos de o e os, azón po la cual es p eciso señala desde ya los que no nos in e esan aquí. Así, obje o del mismo no se á el elenco de ópicos pues os en juego po la li e a u a polí ica mode na, como ampoco las posibles analo- gías ocasionales en su a amien o o las di e encias que en ese campo común quepa aza . Es deci : no o ma pa e de nues o obje i o ealza cómo el man enimien o del Es ado, mucho más que su adquisición, cons i uye el nú- cleo emá ico de ambas ob as —y, de paso, aza la bi u cación que a pa i de aquí se da en e la nuda conse ación del pode y la sal ación del pueblo como me as especí icas de una y o a; como ampoco nos de end emos, al a icula el desa ollo de dicho núcleo, a segui mos ando los ámbi os com- pa idos —el eje cicio pe sonal del pode , acompañado sin emba go de la necesidad de suje a lo a cie os lími es—; las elaciones en e é ica y polí ica; el signi icado de la eligión como ínculo social y polí ico; e c., poniendo al iempo al descubie o las di e gencias que en ales ámbi os se an ab iendo paso, como, po ci a a ios ejemplos, la di e encia en e el i ula del pode (el p íncipe nue o en Maquia elo, el mona ca dinás ico en Saa ed a); la exis- en e en la común na u aleza no ju ídica de los ci ados lími es (polí icos en aquél, básicamen e eligiosos, aunque ambién polí icos, en és e; aunque en es e caso Maquia elo los si úa en el eje cicio del pode , Saa ed a en su i ula- idad); la exis en e en la inalidad asignada a ales lími es, que en Maquia elo es la de p ese a la e icacia del pode y en Saa ed a e i a su con e sión en i anía; e c. ∗ Uni e sidad de Se illa. E-mail: [email p o ec ed] 202 An onio He mosa Andúja Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 Lo que aquí nos in e esa, po an o, a po o os caminos. En un ex o celebé imo esc i o al p incipio del pasado siglo, Meinecke, sen enciando la signi icación his ó ica de la eo ía maquia eliana, la esumió en un «puñal» cla ado en el co azón de la eo ía polí ica, an igua y mode na. Nues o ob- je i o, aho a, consis e en sabe si el puñal se cla ó ambién en el lib o de Saa ed a Faja do y, en caso posi i o, de e mina el alcance de la he ida. No es a ea ácil, pues el p opio Saa ed a se enca ga de c i ica explíci amen e a Maquia elo en un pa de ocasiones, ma cando así sus dis ancias con él. Ello en aña, po o o lado, que hemos de da un odeo po al c í ica an es de al- canza nues o in. 2. LA CRÍTICA A MAQUIAVELO Aun sin p oponé selo, como hicie on o os an es, y oda ía algún Fede ico ha á después, Saa ed a piensa y cons uye la ma e ia polí ica casi en pe ec a an í esis a como lo hace el céleb e sec e a io lo en ino. Apenas lo ci a, pe o se di ía que no deja de ene lo en cuen a al obje o de mos a en el espejo de su p íncipe los asgos de o mes del de aquél. A la ho a de o ma lo elige al ás ago de una consolidada p osapia en luga de a esos ad enedizos que, en una ca e a e izada de iolencias, y a golpes de mé i os p opios (y en pa e ajenos, en cie os casos), accedie on al ono acío; es sang e azul la que ya co e po sus enas, ansmi ida po he encia desde una dinas ía, la de los Reyes de España, a la que Saa ed a some e a un p oceso análogo al que Pe icles o Isóc a es hicie an con A enas y Cice ón con Roma, a sabe : el de su idealización. Nada que e con el p ínci- pe nue o de Maquia elo, que és e ex ae de la ocasión, como Césa Bo gia, o bien, aunque oblicuamen e, de los bajos ondos de la his o ia, como en el caso de Aga ocles, ejempla donde los haya, según mos á amos en o o luga . Una ez elegido el p íncipe que la adición dinás ica le pone a mano, compone la imagen del debe se a pa i de un suje o eal obliga al a is a a la sabia selección de ma e iales y a o ganiza los de la mejo mane a posible: es un indi iduo único quien así su ge, un Ci o u o os semejan es a él en o o iempo y luga , pe o no en su sociedad; un singula eslabón más en la cadena azul de la mona quía hispana (singula a ian e de la soledad del pode és a que p ocu a po sí misma su legi imidad). En sus excelen es cualidades inna- as se inyec a el compues o de una educación especialmen e p epa ada pa a hace del alumno el maes o más excelen e del eino, un ejemplo a imi a po sus iguales en o os pagos y a segui po sus asallos en el suyo. His o ia, polí ica, é ica y eligión in eg an el compues o educa i o aludi- do, un conjun o de sus ancias que ambién, aunque combinadas de o a mane- a, es án p esen es en el p íncipe maquia eliano an es de accede al ono de 203Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud) Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 I alia (quien has a ahí suba se asemeja á más al de Saa ed a). Mas el esul- ado de la combina o ia esul a an dispa , y an demoníaco el del lo en ino pa a el au o mu ciano que és e no pod á menos que e e i se a él en é minos al amen e despec i os. Pe o an es de p ocede some amen e a la exposición y análisis de dicha c í ica, pasemos b e e e is a al ideal de Saa ed a. Se busca, ya lo dijimos, al mejo de una sociedad, esa a a a is que siem- p e ha di idido a la especie humana en dos mi ades desiguales: él y los demás. Se a a de ese se supe io que, po se lo, ha eje cido en nume osos pueblos una labo de mediación en e la di inidad y los homb es. A deci e dad, se a a de un asplan e a los iempos mode nos del mona ca de signi icación di ina que desde los egipcios y los pueblos de Asia Meno ha es ado p esen e en la his o ia, y que en la mismísima eo ía occiden al ambién ha p esen a- do o icialmen e sus c edenciales en las eo ías de un Pla ón o un Tomás de Aquino, y ex ao icialmen e en la de A is ó eles: el ilóso o- ey o ey- ilóso o del p ime o p esen a asgos en común con el mona ca del segundo y casi se supe pone al dios en e los homb es del úl imo. Un asplan e, po lo demás, que ya había sido lle ado a cabo po E asmo, quizá el au o a quien más cabe econduci la idea de Saa ed a, ya que el p ecep o de imi a a C is o, en el que aquél condensa su educación del p íncipe y del caballe o c is ianos ep oduce po adelan ado el de segui el modelo de Dios en el que és e epiloga la suya. Se á dejando su conduc a en manos de la i ud como el p íncipe se á bueno y se ha á g ande, imi ando a un Dios que, además de modelo pa a la ac- ción es asimismo —una lección que co ige a Pablo de Ta so— o igen de «la mayo po es ad»1 —no de odo pode , como en és e— y uen e de legi imidad. Segui mien as se gobie na al ey de eyes, en suma, es la sola ga an ía de eje ce ec a y e icazmen e el pode . ¿Qué puede pensa quien es o c ee de quien sabe que, si bien es capaz de dis ingui la piedad de la impiedad, ins umen aliza empe o al dis inción y la alo a en unción de su idoneidad pa a la conse ación del pode ? ¿Y que lo mismo ale pa a las es an es igu as mo ales, decla ando an e su p íncipe que de la i ud bas a su apa iencia, y que es noci o su pleno eje cicio? Po deci lo sua emen e, pensa á que es ése un «impío e imp uden e consejo»2. Y de ahí deduci á los dos p incipios de su c í ica con a el maligno, a sabe : el disimulo de la i ud y la p e ensión de « unda una polí ica sob e la maldad», consecuencia di ec a és e de aquél. Con a la p ime a de esas dos eglas de la polí ica maquia eliana, o mejo , con a el an asma que Saa ed a e en ellas, el au o mu ciano dispa a oda 1 D. SAAVEDRA FAJARDO, Emp esas Polí icas, Edi o a Nacional, Mad id, 1976, Emp esa 18, p. 204. 2 Ibídem, p. 206. 204 An onio He mosa Andúja Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 una ba e ía de a gumen os deso denadamen e ex aídos de la epis emología, la an opología, la polí ica, la mo al y la eligión. Los esumimos aquí sin de- sa olla los: disimula las i udes es ine icaz po que la somb a nunca iguala a su ealidad en la acción; el pode de dicha somb a du a muy poco; no cabe esconde la maldad po mucho iempo: el pueblo la descub i á p on o y ac- ua á en consecuencia (sin desca a la ebelión con a el i ano: pues eso ha de enido quien ob a el peo de los males, que es p ecisamen e el disimulo de la i ud: y es que, en ese pun o, «no le queda eno al pode que no dis aza sus i anías»); además, el icio co e siemp e hacia su au o-des ucción: es el mismísimo Dios quien así lo dispone, y quien, po ende, en absolu o espe a á el ono de un p íncipe semejan e, e c. Saa ed a añade dos a gumen os más que sólo en descuidada mi ada es an b illo a la co ona: el p íncipe debe ene algo que e con los icios, sí: pe o sólo con su conocimien o, de ningún modo con su p ác ica. Y: debe se i uoso, sí, pe o las i udes moná quicas, impues as po Dios pa a la ida pública, no deben con undi se con las i u- des monás icas, ap as solamen e a la ida e i ada. Algunos de esos a gumen os se esca an en la c í ica a la segunda de las eglas, iniciada en la emp esa ci ada y comple ada ein icinco emp esas des- pués. Aquí Saa ed a nos obsequia con una isión no ma i a de la na u aleza, pues de ella cabe p edica que, en cuan o ob a de Dios, «enseña y amones a a ob a » a los homb es. Pe o enseguida pun ualiza: segui la na u aleza no signi ica imi a la, pues no es su modo de se el espejo del modo de ac ua de los homb es. De los animales cabe ap ende , sin duda ni « ubo », pues cuen an con el mismo insigne p ecep o que noso os, los humanos. Mas sin ol ida las di e encias, las que se mani ies an, po ejemplo, en el hecho de que ellos se dejan lle a po «a ec os y pasiones», en an o a los se es humanos nos asis e la Razón, con la que desde an iguo se incula a la jus icia, y que nos lle a a ob a po equidad, ale deci , cada uno que iendo pa a sí cuan o quie e pa a o o. Es eso lo que, al deci de Saa ed a, Maquia elo no hab ía enido en cuen- a, in oduciendo de hecho el animal en el homb e a in de p ese a el ono. O lo que es igual, aliéndose sin esc úpulos de la ue za y del engaño jun o a la azón y a la jus icia. Demues a, pues, desconoce que oda ob a undada en el león y la zo a (los animales en los que Maquia elo conc e a la ue za y el engaño) no pe du a, como ampoco lo hace quien se « ía más en sus a es» que «en la P o idencia di ina»3. Pues o que nues o p opósi o no consis e en exhuma la e acidad de la c í ica de Saa ed a al au o de El P íncipe, pasemos de inmedia o a la sección siguien e, en la que cons a a emos si la posición del p ime o es á en an ne o con as e con la del segundo. 3 Ibídem, p. 403. 205Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud) Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 3. LAS SOMBRAS DE LA VIRTUD Al inal de la sección an e io imos cómo el au o de las Emp esas Polí- icas p esc ibía al p íncipe una cie a amilia idad con el icio; no en a as de eje ci a lo, como pa a cie as ocasiones impuso Maquia elo, sino jus amen e al obje o de e i a lo. Así mismo, su conduc a e a el compendio de un conjun o de i udes, pe o no la suma de odas. El ámbi o público hace e ahí que iene eglas p opias, y que aun po mucho que la polí ica quie a uni se a la é ica, ambos son einos di e enciados cuya usión en una sola ins ancia no ma i a end ía el ápido e ec o de desna u aliza y con undi a las dos. Sub aya esas di e encias, al iempo que ex ae odas sus du as y e i- bles consecuencias, como el ocasional en en amien o en e ellas y, en al caso, la p e alencia de la polí ica sob e la é ica, había sido en es e pun o el legado maquia eliano que el diplomá ico mu ciano en absolu o se hallaba eó icamen e dispues o a acep a . De es e encuen o ocasional y desencuen o es uc u al de i an algunas de las pa adójicas simili udes as eables en la ob a de uno y o o, como cuando al es ablece lími es a la acción polí ica Ma- quia elo los p esc ibe inmanen es —el p íncipe no debe hace se odia ni des- p ecia — a endiendo a su e icacia, en an o Saa ed a los busca ascenden es y a iende a su inalidad: la ley de Dios es así pa e sus ancial de su quehace polí ico sin pe de nunca igencia an e él (hab ía, a deci e dad, ambién un lími e inmanen e: el pode nunca es p opiedad absolu a del mona ca, ya que el pueblo nunca pie de po comple o su cuo a de i ula idad)4. O como cuando el ey de Saa ed a ob iene como u o del icio lo que en Maquia elo lo es de su i ù, a sabe , la humanización comple a de la acción humana, su capacidad de in e eni en la his o ia y o ien a la de acue do con su in ención. O como cuando Saa ed a conside a que esas uen es —mo ales— del mal, en polí ica, bien adminis adas po la azón, de i an en bienes pa a la jus icia y coadyu an en la conse ación de la salus populi, el genuino in de la acción polí ica, según se dijo. Es o se pone de mani ies o si ol emos al discu so inal de la sección an e io , en la que Saa ed a, luego de ep oba la p esencia en la a ena pública de los animales maquia elianos, en luga de desemba aza se simplemen e de ellos, conse a al león, símbolo de la ue za, y oca la zo a en sie pe. Es e dad que la ue za del león apa ece pe manen emen e domada po la ci ada inalidad polí ica y po el in ie no con que g aciosamen e se obsequia po los c eyen es al desc eído de la ley di ina; y ambién lo es que la sie pe es símbolo de p udencia y igilancia en la conse ación del Impe io, no un a i icio pa a el disimulo o el engaño. Es deci : es e dad que con es os nue os animales —con la ue za leonina 4 Ibídem, Emp esa 20, p. 225. 206 An onio He mosa Andúja Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 se amed en a aho a a quienes p e enden ap o echa se de su clemencia— la i ud se ga an iza su eje cicio en luga de e cómo se la iola; pe o no deja de se igualmen e e dad que ambos si en pa a disimula la siemp e que sea necesa io en a as de su cumplimien o. Y la coincidencia en los medios —sin e izables en el disimulo de la i - ud—, aunque sea con dis in os ines, así como el escena io polí ico en el que dicho juego de manos in elec ual iene luga , apun an a un Maquia elo casi químicamen e pu o, y cons i uye asimismo la he encia, maquia eliana al menos si no maquia élica, acep ada po Saa ed a Faja do. Po lo demás, de la pu eza de la in ención del mona ca al disimula sus in enciones, al ingi que piensa y sien e lo que el pueblo, sólo su egia pe sona es es igo, po lo que sólo an e su conciencia le cabe esponde , lo que no se lo pone nada ácil al in e esado. Con azón, pues, dice Saa ed a que es menes e «g an ad e - encia» pa a hace pasa el disimulo como «a mas de la p udencia»; y es que el pensado mu ciano end ía que habe op ado aquí po la c í ica de Polibio a A is ó eles, y habe econocido que mo i os pe ec amen e espu ios pueden, en semejan e caso, halla se as an noble in. Pun ualicemos. Y demos pa a ello un paso a ás al obje o de llega has a ahí po un camino pa alelo. La p esencia del mal en el mundo es un me o hecho an opológico, nos iene a deci Saa ed a, desde el momen o en que el homb e es á hecho de pasiones, po un lado, y de azón, po o o. Las p ime as si úan a cada suje- o en el cen o de su p opio ob a , con lo que el egoísmo se con ie e en su p incipio mo al, y una acción guiada po él es una acción que si úa a odo egoís a al inicio y al inal de la misma; los acue dos con los demás se uel en imposibles y la iolencia domina ía la elación con nues os semejan es de no se po que la Razón, que nace más a de y se desa olla con g an a iga —la olun ad iene ya en las pasiones a los amos de sus deseos—, conoce la Ve - dad y g acias a ella se hace inalmen e con las iendas del ob a 5. Aho a bien, dicha a i mación on ológica p on o su e un desmen ido mo al y o o polí ico, con inuación del an e io , más ue e aún. De epen e esas uen es del mal ya no son malas po sí mismas, sino po el uso que se hace de ellas. O mejo : po el uso polí ico que el gobe nan e hace de ellas. Si log an pone al gobe nan e a su se icio, sacan de él un i ano. Si es aquél quien las pone al suyo, es en onces cuando hace de sí mismo un buen gobe nan e. Y es que, en e ec o, no sólo las pasiones dominadas po la azón y al se icio de la e dad log an man ene en pie la cosa pública —po ejemplo, una « e güenza ingenua y na u al» man end á a aya la acción del p íncipe 5 C . Ibídem, Emp esa 7. 207Maquia elo en Saa ed a Faja do (Las somb as de la i ud) Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 impidiéndole de eni i ano; una sana en idia le es imula á a emula a los mejo es; una i a acionalmen e mo ida no sólo es posible, sino an necesa ia que si no «es á [esa] i a al a la jus icia», e c.—; sino que ambién su disimulo desempeña una unción básica en cuan o condición sine qua non de la polí- ica. Más aún, es ese disimulo lo que hace de la polí ica un a e, a di e encia de la mo al, y la a ea más impo an e de la azón y la p udencia polí icas. Disimulándolas, en e ec o, impiden que se conside en las condiciones de una de e minada decisión, así como de las acciones subsiguien es, como de e minan es de la misma, o, como di ía el p opio Saa ed a, impiden un «ob a uni o me» en el p íncipe, y que quienes le odean puedan p e e de an emano, conociendo la ci cuns ancia pasada, las decisiones po eni . El buen gobie no, en e ec o, equie e una olun ad po así deci i gen, «lib e», al pun o que odo el sec e o del mismo consis e en p ese a el enigma de la olun ad al decidi , o mejo , en cons i ui a la olun ad como enigma. Jus o po odo eso es po lo que cuando un pa icula disimula sus pasiones se habla de «doblez» y cuando lo hace el p íncipe de « azón de Es ado», el a i icio que in oduce la azón en el Es ado disimulando sus pasiones, o lo que es igual, enmasca ando la olun ad más allá de sus condicionan es al obje o de p ese a la libe ad de decisión. ¿P íncipe maquia eliano, po an o, o más simplemen e p íncipe maquia- élico? Saa ed a quizá acep a a el p ime epí e o, pe o nunca el segundo. Como ampoco lo acep a ía aunque se le p esen a an nue as y más se ias p uebas. Pe o las hay, si bien inculadas a dos pun os conc e os. Acabamos de comp oba cómo sin el disimulo de las pasiones, quizá la g an con ibución de la p udencia a la polí ica, el Es ado no se conse a ía. Pe o hay al menos un caso en el que no es la p udencia, una i ud, o la azón la que enmasca a la pasión, sino o a pasión la que lo hace. Una pasión que ena o a pasión, cab ía deci an icipando a Madison. Ésa nos pa ece se la a ea asumida po la hipoc esía en el ámbi o público, y que nos deja en e e la opinión no po cie o a o able que Saa ed a man enía de sus congéne- es, pese a los saludables p onós icos mo ales con que hace acompaña a la educación. Muy b e emen e, el azonamien o del diplomá ico mu ciano es el siguien e: un minis o que cumple es una denuncia de los minis os que incumplen, un bien hecho es una denuncia del mal que se hace en luga del bien po hace . Como eso susci a en idias y sus consecuencias; y como mayo g a edad al expe imen a dicha pasión hay cuando son nobles —suje os con pode y p óximos al mona ca— quienes la expe imen an, no es a ía mal encu- b iendo con un mal, la ci ada hipoc esía, el bien que se hace o se ob iene: po - que así se e i a ían las malas consecuencias de quienes en idian al bueno. La máxima que la p udencia es ablece en es e caso no hace hono , p eci- samen e, al caca eado alo inmanen e de la i ud, pues lo que se e que aquí 208 An onio He mosa Andúja Res publica, 19, 2008, pp. 201-208 ocu e es análogo a cuan o ya Táci o nos na a a de los iempos de Galba o el mismo Maquia elo de Pe inax, y que po exp esa lo en é minos mo ales no es sino el mal que depa a al bien su eje cicio en cie os con ex os. Alguien dedujo de casos así, y se lo dijo a su p íncipe, que debe ía ap ende a se no bueno, y ue se e amen e censu ado po Saa ed a. ¿Hipoc esía ambién la suya o simple limi ación in elec ual y é ica? Como quie a que sea, un úl imo ejemplo nos mos a á has a qué pun o Maquia elo se había ins alado sin g andes es ue zos en posiciones enemigas. Ya hemos en e is o que hay una i a buena, an o que no hab ía jus icia sin ella. Se a a de aquélla a la que «la Razón la mue e y la p udencia la com- pone»; se a a de aquélla que iene po balua e al g an Rey Da id, o sea, a Dios en pe sona como modelo: se a a, en suma, de esa san a i a que se saldó con una gue a, cuya ic o ia le dio ocasión de saquea las ciudades enemigas, de ase a a sus ciudadanos, coce sus cue pos en ho nos, y a ias lindezas más, odo ello sin que a la a en a mi ada di ina se le escapa a de alle. Y eso, además, como eacción a la c eencia de que se le espiaba: ¿qué no hubie a hecho an manso a ón si se hubie a con i mado su c eencia? Y, como b oche de o o, he aquí la lauda o ia jus i icación: «C ueldad y exceso de i a pa ece á es o a quien no sepa que odo es menes e pa a cu a de sue e las he idas de los desca os, que no queden señales dellas»6. T as el econocimien o del legí imo uso abusi o de la ue za luego de habe le opues o de con inuo la i ud y la jus icia, cabe o mula aquí, pa a acaba , una p egun a: ¿quién es aho a el maquia élico? Recibido: 13 No iemb e 2006 Acep ado: 11 No iemb e 2007 6 Ibídem, Emp esa 8, p. 131.