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El subalterno

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El subalterno

Author: Araúz de Robles, Santiago
Publisher: Universidad de Sevilla
Year: 2000
Source: https://idus.us.es/bitstreams/b37b6f88-5797-4768-a10a-d47618af63f8/download
Re is a de Es udios Tau inos
N.º 12, Se illa, 2000, págs. 121-136
EL SUBALTERNO
San iago A aúz de Robles
1.– EL DESCAFEINAMIENTO DEL SUBALTERNO
n los dos g uesos omos de poesía au ina ecopila-
da po Ma iano Roldán (Poesía uni e sal del o o,
Edi o ial Espasa Calpe, ce ca de no ecien as pági-
nas), sólo encon amos dos poemas dedicados a los
subal e nos. Y, sin emba go, leemos en G ego io Co ochano
– uen e pe manen e de magis e io en ma e ia au ina–: «La
lidia empieza en el p ime capo azo. ¿Qué digo lidia? La
mue e empieza en el p ime capo azo. Todo cuan o se hace
en el uedo...».
Y como, del iempo o al que pe manece en el uedo, el
o o se halla bajo la esponsabilidad de los subal e nos dos e -
ce as, o quizá es cua as pa es, esul a que el papel de los
homb es de pla a es impo an ísimo. Luego, si es que ealmen-
e se lidia a los o os, nos hallamos an e una pa en e injus icia,
una más en un mundo en que la injus icia, si no es ley, es cos-
umb e: el menosp ecio de las cuad illas. Hay quien dice, i ó-
nicamen e, que el o o mundo se á una caja de so p esas
«cuando cada du o se aya con su dueño y cada mé i o con su
au o ». No es p eciso agua da al il o escla ecedo de la
mue e, bas a –en cuan o se e ie e a la ies a de o os– hace
Ma ía Cossío: «Comienza haciendo pa e de una cuad illa
ju enil de co dobeses; su habilidad con las bande illas hace
que se le p onos ique un g an po eni de subal e no (sic);
no pa ece aspi a a más du an e los años en que acompaña a
ma ado es como Bocaneg a o El Gallo en al o icio, y no
piensa en se ma ado de o os has a que......». Has a que la
madu ez le iene con el o icio, y le pesa an o esa madu ez
que se encuen a de «maes o» p ác icamen e sin p e ende lo
y aunque no lo quisie a.
Po el con a io, en el iempo p esen e, el o ma pa e
de una cuad illa ni es impo an e en sí mismo, de mane a que
no hay un sa is ac o io «po eni de subal e no», ni ampoco
es p epa ación pa a nada. Incluso el o icio de «sob esalien e
de espada» –que cons i uye una sabia p e ención legal: como
los suplen es en cualquie equipo depo i o– ha pasado a se
an de ado no, an de b oma, an de papel, que p o oca la isa
(las más de las eces) si in e iene en algún lance de la lidia.
Fíjense qué pa adoja si epa amos en el nomb e con el que se
les ha bau izado: «sob esalien es».
2.– LA PRISA POR LLEGAR. LAS ESCUELAS DE GENIOS
La ies a de o os apa ece, como al, cuando los g e-
mios aún es án i os. Los g emios son, como es sabido, la
es uc u a co po a i a de las p o esiones, y se ca ac e izan
po una doble no a: la enseñanza p ác ica o expe imen al, y
su ígida es uc u a je á quica. A nadie se le ocu e –ni po
pu a especulación men al– comenza un o icio po el g ado
de maes o. Pa a se ba ane o, hay que comenza po ans-
El subal e no 123
un eje cicio men al e imagina lo que se ía de al o cual ma a-
do (no oy a come e la imp udencia de ci a nomb es p o-
pios) si se le p i ase a su ez de al o cual peón de con ianza.
Sí que puedo da es imonio –po que lo i í du an e mi
in ancia y adolescencia– de que, con se un o e o de excep-
cional cabeza y con excepcional o icio, An onio Bien enida
no hacía cosa alguna sin el p e io pa ece de su peón Gui-
lle mo: él elegía en la dehesa, pa icipaba en el so eo y,
desde que el o o sal aba al albe o, en e los dos se iniciaba
un diálogo pe manen e. ¿Que, en es e caso conc e o, se a a-
ba de un coloquio en e iguales, en que mu uamen e se en i-
quecían An onio Bien enida y Guille mo? Es cie o: pe o
nadie, apenas, nomb a ya a aquel peón, de bolsas bajo los
ojos, piel ce úlea y modos áspe os, que e a «la o a mano de
la e dad» del hijo del Papa Neg o.
En los úl imos iempos, algunas peñas au inas con
sensibilidad han es ablecido p emios y dis inciones pa a las
a eas de los subo dinados: al mejo qui e, al mejo pa de
bande illas, al mejo puyazo...; y es de ag adece al es ue -
zo. Pe o, a mi en ende , lo que ocu e es que la unción
misma se halla desencajada. Hoy, en un iempo de escala-
ones labo ales, ienios y socialismos, el se peón de un
ma ado de o os no es sino una o ma de pe i i (no digo
mal i i , po que ampoco es eso), pe o desde luego no es un
camino pa a i a pa e alguna. El de subal e no se ha con-
e ido en el o icio de la desespe anza y de la g isu a.
¿Pe o po qué es así? Y si lo es, ¿lo ue ambién en
o os iempos? Bas a ci a un ejemplo –innecesa io, po lo
demás, pa a los que engan una mínima cul u a au ina– pa a
disipa dudas. De Gue i a, nada menos, esc ibe don José
San iago A aúz de Robles
122
Ma ía Cossío: «Comienza haciendo pa e de una cuad illa
ju enil de co dobeses; su habilidad con las bande illas hace
que se le p onos ique un g an po eni de subal e no (sic);
no pa ece aspi a a más du an e los años en que acompaña a
ma ado es como Bocaneg a o El Gallo en al o icio, y no
piensa en se ma ado de o os has a que......». Has a que la
madu ez le iene con el o icio, y le pesa an o esa madu ez
que se encuen a de «maes o» p ác icamen e sin p e ende lo
y aunque no lo quisie a.
Po el con a io, en el iempo p esen e, el o ma pa e
de una cuad illa ni es impo an e en sí mismo, de mane a que
no hay un sa is ac o io «po eni de subal e no», ni ampoco
es p epa ación pa a nada. Incluso el o icio de «sob esalien e
de espada» –que cons i uye una sabia p e ención legal: como
los suplen es en cualquie equipo depo i o– ha pasado a se
an de ado no, an de b oma, an de papel, que p o oca la isa
(las más de las eces) si in e iene en algún lance de la lidia.
Fíjense qué pa adoja si epa amos en el nomb e con el que se
les ha bau izado: «sob esalien es».
2.– LA PRISA POR LLEGAR. LAS ESCUELAS DE GENIOS
La ies a de o os apa ece, como al, cuando los g e-
mios aún es án i os. Los g emios son, como es sabido, la
es uc u a co po a i a de las p o esiones, y se ca ac e izan
po una doble no a: la enseñanza p ác ica o expe imen al, y
su ígida es uc u a je á quica. A nadie se le ocu e –ni po
pu a especulación men al– comenza un o icio po el g ado
de maes o. Pa a se ba ane o, hay que comenza po ans-
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un eje cicio men al e imagina lo que se ía de al o cual ma a-
do (no oy a come e la imp udencia de ci a nomb es p o-
pios) si se le p i ase a su ez de al o cual peón de con ianza.
Sí que puedo da es imonio –po que lo i í du an e mi
in ancia y adolescencia– de que, con se un o e o de excep-
cional cabeza y con excepcional o icio, An onio Bien enida
no hacía cosa alguna sin el p e io pa ece de su peón Gui-
lle mo: él elegía en la dehesa, pa icipaba en el so eo y,
desde que el o o sal aba al albe o, en e los dos se iniciaba
un diálogo pe manen e. ¿Que, en es e caso conc e o, se a a-
ba de un coloquio en e iguales, en que mu uamen e se en i-
quecían An onio Bien enida y Guille mo? Es cie o: pe o
nadie, apenas, nomb a ya a aquel peón, de bolsas bajo los
ojos, piel ce úlea y modos áspe os, que e a «la o a mano de
la e dad» del hijo del Papa Neg o.
En los úl imos iempos, algunas peñas au inas con
sensibilidad han es ablecido p emios y dis inciones pa a las
a eas de los subo dinados: al mejo qui e, al mejo pa de
bande illas, al mejo puyazo...; y es de ag adece al es ue -
zo. Pe o, a mi en ende , lo que ocu e es que la unción
misma se halla desencajada. Hoy, en un iempo de escala-
ones labo ales, ienios y socialismos, el se peón de un
ma ado de o os no es sino una o ma de pe i i (no digo
mal i i , po que ampoco es eso), pe o desde luego no es un
camino pa a i a pa e alguna. El de subal e no se ha con-
e ido en el o icio de la desespe anza y de la g isu a.
¿Pe o po qué es así? Y si lo es, ¿lo ue ambién en
o os iempos? Bas a ci a un ejemplo –innecesa io, po lo
demás, pa a los que engan una mínima cul u a au ina– pa a
disipa dudas. De Gue i a, nada menos, esc ibe don José
San iago A aúz de Robles
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Pues bien: el o e o ing esa en el g emio (cuyo espí i u
y hábi os subsis en, aun después de desapa ece como ins i-
ución) y allí p og esa de abajo a a iba. Una cuad illa es un
alle donde se ap ende de la expe iencia del «maes o».
Cuando Pepe-Hillo (José Delgado Hillo) esc ibe su Tau o-
maquia, a inales del siglo XVIII, la encabeza con unas a-
ses en que a i ma lo siguien e: «Yo, g acias a Dios, puedo
echa algunas plan as y epu a me un si es no es de maes-
o...; me anima (a esc ibi el a ado) que soy el p ime o que
a a es a ma e ia». En consecuencia, a a exp esa sus ideas
sob e la au omaquia « undadas en la sabia expe iencia, que
es la mad e legí ima de los conocimien os». Es deci : expone
una doc ina expe imen al. Y dice: «Toda sue e en el o eo
iene sus eglas ijas que jamás al an». Y odas esas eglas
colabo an al in único, que an es nos des elaba Co ochano:
p epa a al o o pa a su adecuada mue e. Exis e, pues, una
concepción uni a ia de la lidia, po una pa e. Pe o, además,
el o icio de «ma ado » se mues a como el úl imo peldaño de
la escale a. Lógicamen e, en la in oducción a la p o esión
au ina se ascende á a pocos: bajo la enseñanza y la igilan-
cia del maes o, quien a su ez segui á ap endiendo «po que,
a la e dad, en es e a e an magní ico siemp e se es á ap en-
diendo», el bisoño, ap endiz o subal e no se i á ilus ando y
ensayando, a un iempo, has a pode op a , en su caso, a se
ma ado . Cualquie miemb o de una cuad illa, po an o,
me ecía espe o po un doble mo i o: po lo que ya e a y
hacía (que suponía un g a e iesgo eal, y una con ibución
impo an e a la a ea del ma ado ); pe o, además, po lo que
en el u u o podía llega a se . Un subal e no e a, en onces,
una pe sonalidad en po encia.
El subal e no 125
po a los ces os de lana. Diego Velázquez de Cuélla , el que
había de se Velázquez sin necesidad de pa onímico alguno,
comienza como debe se , moliendo los colo es en el alle de
Pacheco (po cie o, que esa «cocina» hace que sus lienzos
engan una g an calidad écnica y pa ezcan nue os a pesa de
los siglos que han pasado po ellos).
San iago A aúz de Robles
124
Fig. n.º 18.– Bo e o, F.: Caballo del picado , 1986, ól. s/ , 172 x 132 cm (Col.
del a is a).
Pues bien: el o e o ing esa en el g emio (cuyo espí i u
y hábi os subsis en, aun después de desapa ece como ins i-
ución) y allí p og esa de abajo a a iba. Una cuad illa es un
alle donde se ap ende de la expe iencia del «maes o».
Cuando Pepe-Hillo (José Delgado Hillo) esc ibe su Tau o-
maquia, a inales del siglo XVIII, la encabeza con unas a-
ses en que a i ma lo siguien e: «Yo, g acias a Dios, puedo
echa algunas plan as y epu a me un si es no es de maes-
o...; me anima (a esc ibi el a ado) que soy el p ime o que
a a es a ma e ia». En consecuencia, a a exp esa sus ideas
sob e la au omaquia « undadas en la sabia expe iencia, que
es la mad e legí ima de los conocimien os». Es deci : expone
una doc ina expe imen al. Y dice: «Toda sue e en el o eo
iene sus eglas ijas que jamás al an». Y odas esas eglas
colabo an al in único, que an es nos des elaba Co ochano:
p epa a al o o pa a su adecuada mue e. Exis e, pues, una
concepción uni a ia de la lidia, po una pa e. Pe o, además,
el o icio de «ma ado » se mues a como el úl imo peldaño de
la escale a. Lógicamen e, en la in oducción a la p o esión
au ina se ascende á a pocos: bajo la enseñanza y la igilan-
cia del maes o, quien a su ez segui á ap endiendo «po que,
a la e dad, en es e a e an magní ico siemp e se es á ap en-
diendo», el bisoño, ap endiz o subal e no se i á ilus ando y
ensayando, a un iempo, has a pode op a , en su caso, a se
ma ado . Cualquie miemb o de una cuad illa, po an o,
me ecía espe o po un doble mo i o: po lo que ya e a y
hacía (que suponía un g a e iesgo eal, y una con ibución
impo an e a la a ea del ma ado ); pe o, además, po lo que
en el u u o podía llega a se . Un subal e no e a, en onces,
una pe sonalidad en po encia.
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po a los ces os de lana. Diego Velázquez de Cuélla , el que
había de se Velázquez sin necesidad de pa onímico alguno,
comienza como debe se , moliendo los colo es en el alle de
Pacheco (po cie o, que esa «cocina» hace que sus lienzos
engan una g an calidad écnica y pa ezcan nue os a pesa de
los siglos que han pasado po ellos).
San iago A aúz de Robles
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Fig. n.º 18.– Bo e o, F.: Caballo del picado , 1986, ól. s/ , 172 x 132 cm (Col.
del a is a).

dad, según el consejo de Pepe-Hillo, acili ando un p ime í u-
lo que habili ase a los aspi an es pa a in eg a se en una cuad i-
lla, donde hab ían de pe manece como me i o ios un mínimo
de dos o es años (o un cie o núme o de es ejos, como les
ocu e a los aspi an es o lying de las compañías aé eas), lo que
se ía, a su ez, equisi o pa a pode op a a la ca ego ía de
«espada»? Pe o el iempo ap emia, y los guacha os que aún no
abandona on el nido quie en ado na se con las plumas del águi-
la eal. Hay una inquie ud social, una u gencia po llega y una
impaciencia po el éxi o que lle an a quema esas e apas que,
sin emba go, son las que dan como u o la madu ez y el a oma.
Ni ale ya la concepción je á quica y g emial del o icio, ni
quienes podían y debían hace lo han es uc u ado la o mación
académica como g adual y p og esi a.
3.– ¡QUÉ IMPORTANTE ES UN «PEÓN»!
Y, sin emba go, ¡qué impo ancia iene el subal e no en
la lidia! En el momen o inicial, es él quien «descub e» al
o o. Sal o en el caso del que sale galopando, y ema a con
cla idad en ablas (y al que el p opio ma ado se anima a
ecoge ), la es que asoma po o iles es una incógni a: y esa
incógni a la despeja el peón que le o ece po p ime a ez el
engaño pa a obse a cómo lo oma. Cabe, incluso, que el
o o es é o eado o sea bu iciego, es deci , que sea inhábil
pa a la lidia y cons i uya una amenaza suel a. A esa posibili-
dad la en en a el «homb e de pla a» o de alama es neg os.
Los o os «no saben» embes i . No han ensayado an es
de sal a al uedo. Tienen el ins in o de la embes ida, es cie -
El subal e no 127
Las cosas cambian más a de, en pleno siglo XX. ¿Y po
qué azón? Po que cambia ambién la iloso ía de la exis encia.
Pa a empeza , «el dogma ilus ado» de la igualdad se gene a-
liza indebidamen e. No se p edica que odos me ecemos las
mismas opo unidades en la ida, sino que se p osc ibe al
maes o. Luego ya no hay luga pa a el ap endizaje: odos
enemos el mismo de echo a se genios. Y, en segundo luga ,
po que se menosp ecia el es ue zo. La e olución es adical: la
concepción je á quica g emial sal a hecha as illas, y cualquie-
a conside a que puede empeza po el inal. Y si pueden sal-
a se los peldaños, los peldaños mismos an a pe de oda su
azón de se : un subal e no ya no se á camino hacia ninguna
me a, como an es dije, sino pu a y simplemen e un segundón
de po ida. Repa emos en un da o signi ica i o. Ala enseñan-
za g emial la ha sus i uido, como egla gene al, la enseñanza
uni e si a ia: en ella p edomina la o mación eó ica (con algu-
nas clases p ác icas, en e e adas y como guinda). Cons i uye
clamo gene al que al an, en España, sob e odo las p o esio-
nes in e medias (en el caso del o eo, al an unos buenos
«subal e nos» que acili en la labo del ma ado ). Pues bien:
cuando se c ean las escuelas au inas como enómeno de los
úl imos iempos –aunque con el p eceden e emo o de la
Escuela de Tau omaquia de Se illa, –o «escuela, gimnasio au-
ino», undada en 1830 po inicia i a de don Juan Manuel
A jona– únicamen e se piensa en la cúspide del escala ón: se
an a habili a ma ado es, genios, maes os. El quehace de
subal e no queda adicalmen e igno ado.
¿No hab ía sido bueno –y la ocasión la b indaba el ecien-
ísimo Reglamen o de Espec áculos Tau inos– que en es os cen-
os se impa iesen enseñanzas globales sob e la lidia como uni-
San iago A aúz de Robles
126
dad, según el consejo de Pepe-Hillo, acili ando un p ime í u-
lo que habili ase a los aspi an es pa a in eg a se en una cuad i-
lla, donde hab ían de pe manece como me i o ios un mínimo
de dos o es años (o un cie o núme o de es ejos, como les
ocu e a los aspi an es o lying de las compañías aé eas), lo que
se ía, a su ez, equisi o pa a pode op a a la ca ego ía de
«espada»? Pe o el iempo ap emia, y los guacha os que aún no
abandona on el nido quie en ado na se con las plumas del águi-
la eal. Hay una inquie ud social, una u gencia po llega y una
impaciencia po el éxi o que lle an a quema esas e apas que,
sin emba go, son las que dan como u o la madu ez y el a oma.
Ni ale ya la concepción je á quica y g emial del o icio, ni
quienes podían y debían hace lo han es uc u ado la o mación
académica como g adual y p og esi a.
3.– ¡QUÉ IMPORTANTE ES UN «PEÓN»!
Y, sin emba go, ¡qué impo ancia iene el subal e no en
la lidia! En el momen o inicial, es él quien «descub e» al
o o. Sal o en el caso del que sale galopando, y ema a con
cla idad en ablas (y al que el p opio ma ado se anima a
ecoge ), la es que asoma po o iles es una incógni a: y esa
incógni a la despeja el peón que le o ece po p ime a ez el
engaño pa a obse a cómo lo oma. Cabe, incluso, que el
o o es é o eado o sea bu iciego, es deci , que sea inhábil
pa a la lidia y cons i uya una amenaza suel a. A esa posibili-
dad la en en a el «homb e de pla a» o de alama es neg os.
Los o os «no saben» embes i . No han ensayado an es
de sal a al uedo. Tienen el ins in o de la embes ida, es cie -
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Las cosas cambian más a de, en pleno siglo XX. ¿Y po
qué azón? Po que cambia ambién la iloso ía de la exis encia.
Pa a empeza , «el dogma ilus ado» de la igualdad se gene a-
liza indebidamen e. No se p edica que odos me ecemos las
mismas opo unidades en la ida, sino que se p osc ibe al
maes o. Luego ya no hay luga pa a el ap endizaje: odos
enemos el mismo de echo a se genios. Y, en segundo luga ,
po que se menosp ecia el es ue zo. La e olución es adical: la
concepción je á quica g emial sal a hecha as illas, y cualquie-
a conside a que puede empeza po el inal. Y si pueden sal-
a se los peldaños, los peldaños mismos an a pe de oda su
azón de se : un subal e no ya no se á camino hacia ninguna
me a, como an es dije, sino pu a y simplemen e un segundón
de po ida. Repa emos en un da o signi ica i o. Ala enseñan-
za g emial la ha sus i uido, como egla gene al, la enseñanza
uni e si a ia: en ella p edomina la o mación eó ica (con algu-
nas clases p ác icas, en e e adas y como guinda). Cons i uye
clamo gene al que al an, en España, sob e odo las p o esio-
nes in e medias (en el caso del o eo, al an unos buenos
«subal e nos» que acili en la labo del ma ado ). Pues bien:
cuando se c ean las escuelas au inas como enómeno de los
úl imos iempos –aunque con el p eceden e emo o de la
Escuela de Tau omaquia de Se illa, –o «escuela, gimnasio au-
ino», undada en 1830 po inicia i a de don Juan Manuel
A jona– únicamen e se piensa en la cúspide del escala ón: se
an a habili a ma ado es, genios, maes os. El quehace de
subal e no queda adicalmen e igno ado.
¿No hab ía sido bueno –y la ocasión la b indaba el ecien-
ísimo Reglamen o de Espec áculos Tau inos– que en es os cen-
os se impa iesen enseñanzas globales sob e la lidia como uni-
San iago A aúz de Robles
126
ble–, y sin gas a le más que una mínima pa e del núme o
con ado de pases que iene oda b a u a.
El «peón» hace. Y deshace. Deshace con la amosa
«sue e del bu lade o», es deci , cuando a la ca e a se ocul a
de ás del bu lade o y hace al o o que le sigue ompe se con-
a el made o la abla del es uz. 0 cuando le quieb a indebida-
men e los iñones. 0 cuando le ago a los pases de que dispone.
De mane a que, segundo a segundo, lance a lance, a
madu ando –o a co ompiendo– la b a u a del o o de lidia.
Y no sólo ocu e así con el peón de b ega, sino, ob ia-
men e, ambién con el picado (ace ca de quien esc ibí o o
a ículo Tau ologías, po que me pa ece pe sonaje in e esan í-
simo y con una cie a sus an i idad: ae el «campo» a la
plaza de o os) (1990, 2: 5-11) a quien co esponde qui a el
pican e sin agua el ino, supongo que se me en iende. Re le-
xionen en lo impo an e que se ía que el «pique o» aguan a-
se a la es con la a a y a pulso: el o o no se desengaña ía
opando con a el mu o que es el pe o, sino que se encela ía
aún más, c eyendo que es á a pun o de alcanza y he i . O en
qué medida el picado que hie e delan e o puede a egla a un
o o desca ado, comial o.
Algo más a de en la lidia, al bande ille o le co espon-
de ecupe a pa a el o o la mo ilidad, la «g acia», después
de la medida sang ía en que debe ía consis i la sue e de
a as. Y inalmen e, y en odo momen o, a odos cuan os
in e ienen en la lidia les co esponde el come ido sal í ico
del «qui e», el eje cicio inal de la solida idad en el uedo,
con a la amenaza incesan e de la mue e que o a.
Se llama al ma ado «di ec o de lidia». Pe o di ícil-
men e se puede se di ec o de las dis in as sue es de la lidia
sin habe las conocido po den o. Los buenos di ec o es de
El subal e no 129
o: pe o hay que alumb á sela y aho má sela. ¿Fue Miguel
Angel quien dijo que una escul u a es lo que queda después
de qui a al bloque de pied a lo que le sob a? Pues, en el caso
del o o b a o, una embes ida adecuada es lo que esul a des-
pués de co egi le –¡en el iempo éco d de un cua o de ho a
que du a su lidia!– los de ec os que na u almen e le acompa-
ñan, como la ganga a la mena o la paja al igo. Al o o que
«se a» hay que enseña le la cu a de ca e ón, y al que se
ecues a, la línea ec a, al igual que hay que enseña le a humi-
lla . Y odo ello sin descub i se –un o o al que se le mues a
la ealidad del engaño se con ie e en una me cancía inse i-
San iago A aúz de Robles
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Fig. n.º 19.– Bo e o, F.: El qui e, 1988, ól. s/ , 209 x 291 cm (Col. del a is a).
ble–, y sin gas a le más que una mínima pa e del núme o
con ado de pases que iene oda b a u a.
El «peón» hace. Y deshace. Deshace con la amosa
«sue e del bu lade o», es deci , cuando a la ca e a se ocul a
de ás del bu lade o y hace al o o que le sigue ompe se con-
a el made o la abla del es uz. 0 cuando le quieb a indebida-
men e los iñones. 0 cuando le ago a los pases de que dispone.
De mane a que, segundo a segundo, lance a lance, a
madu ando –o a co ompiendo– la b a u a del o o de lidia.
Y no sólo ocu e así con el peón de b ega, sino, ob ia-
men e, ambién con el picado (ace ca de quien esc ibí o o
a ículo Tau ologías, po que me pa ece pe sonaje in e esan í-
simo y con una cie a sus an i idad: ae el «campo» a la
plaza de o os) (1990, 2: 5-11) a quien co esponde qui a el
pican e sin agua el ino, supongo que se me en iende. Re le-
xionen en lo impo an e que se ía que el «pique o» aguan a-
se a la es con la a a y a pulso: el o o no se desengaña ía
opando con a el mu o que es el pe o, sino que se encela ía
aún más, c eyendo que es á a pun o de alcanza y he i . O en
qué medida el picado que hie e delan e o puede a egla a un
o o desca ado, comial o.
Algo más a de en la lidia, al bande ille o le co espon-
de ecupe a pa a el o o la mo ilidad, la «g acia», después
de la medida sang ía en que debe ía consis i la sue e de
a as. Y inalmen e, y en odo momen o, a odos cuan os
in e ienen en la lidia les co esponde el come ido sal í ico
del «qui e», el eje cicio inal de la solida idad en el uedo,
con a la amenaza incesan e de la mue e que o a.
Se llama al ma ado «di ec o de lidia». Pe o di ícil-
men e se puede se di ec o de las dis in as sue es de la lidia
sin habe las conocido po den o. Los buenos di ec o es de
El subal e no 129
o: pe o hay que alumb á sela y aho má sela. ¿Fue Miguel
Angel quien dijo que una escul u a es lo que queda después
de qui a al bloque de pied a lo que le sob a? Pues, en el caso
del o o b a o, una embes ida adecuada es lo que esul a des-
pués de co egi le –¡en el iempo éco d de un cua o de ho a
que du a su lidia!– los de ec os que na u almen e le acompa-
ñan, como la ganga a la mena o la paja al igo. Al o o que
«se a» hay que enseña le la cu a de ca e ón, y al que se
ecues a, la línea ec a, al igual que hay que enseña le a humi-
lla . Y odo ello sin descub i se –un o o al que se le mues a
la ealidad del engaño se con ie e en una me cancía inse i-
San iago A aúz de Robles
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Fig. n.º 19.– Bo e o, F.: El qui e, 1988, ól. s/ , 209 x 291 cm (Col. del a is a).
Re is a de Es udios Tau inos
N.º 12, Se illa, 2000, págs. 137-152
IRSE Y VOLVER
(El iempo del o e o)
No be o Ca asco A aúz
a enésima uel a a los o os de Ped ín Benjumea
–23 de ma zo pasado en San Sebas ián de los
Reyes–, un ecien e co e de cole a del no ille o
Luis Ca los A anda –21 de ab il en Las Ven as–,
más la despedida de José Luis Galloso, no icia de úl ima
ho a en es e mayo pos e o en que esc ibo, han aído ac ua-
lidad a dos emas ele an es: cuándo se an los homb es de
luces de la p o esión y en qué momen o los espadas e i a-
dos deciden ol e . Ambos ex emos esul an muy signi i-
ca i os po que delimi an, en ex emo, algo an decisi o
como «el iempo de un o e o»*.
P ecisa es os pun os –abandono, eg eso– iene a se
como pone le pue as al campo. El o icio au ino compo a
una singula idad al, que no exis e au omaquia alguna capaz
de de e mina la ex ensión de su eje cicio. Es e apa ece an
a iscado y áspe o, implica an os escollos, que se ige po un
«aquí, ale odo» en que la aquilla y los aplausos enca nan
los únicos á bi os espe ados. El adiós y la uel a a los ue-
*Desg aciadamen e Ped o Benjumea alleció el 21 de no iemb e de 2000.
Séale la ie a lige a y su ecue do pe manezca en e noso os (La Redacción):
Pe o, aunque cons i uyan pa e sus ancial de la lidia
( uel o a eco da lo que dice al espec o el maes o Co o-
chano), y aunque i an la pe ipecia humana («os quedan la
ida y la mue e»), es lo cie o –comp ueba el mismo
Ge a do Diego– que es án de eg eso y que «sueños de glo-
ia, ambiciones ola on». El subal e no es á en la ampa
hacia su aniquilación dia ia. Ca ece de sus an i idad (se le
niega socialmen e): «Ya hacéis la onda en la es ela del
as o». Sólo eso.
Y po ello el poe a comienza su poema con es os es e-
mecedo es e sos que debie an i bo dados en el e no de
luces de odos y cada uno de los «peones»:
«Quie o can a a la cuad illa o denada,
la lanzade a, el apiz de la lidia,
hilos de pla a y de seda que ejen
la ama de un cua o de ho a.
Quie o exal a el hono subal e no,
sólo empeñado en lab a pedes ales...».
Quie e hace lo Ge a do Diego po un impe a i o de
jus icia; po que la ealidad social es la que, con la pupila
deso bi ada, ha is o Leopoldo de Luis:
«Ningún sol b illa en es e ado no ma e
de pasamane ía desgas ado.
Bo osamen e amos, y la pena
has a la misma sang e uel e pálida».
Tengo pa a mí que lo único que –en su caso– con o a
al subal e no es la g a i ud del maes o, que, cuando es al,
sabe lo que le adeuda y dice de él, como Ne uda de España:
«el subal e no en el co azón».
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