El subalterno
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Revista de Estudios Taurinos N.º 12, Sevilla, 2000, págs. 121-136 EL SUBALTERNO Santiago Araúz de Robles 1.– EL DESCAFEINAMIENTO DEL SUBALTERNO n los dos gruesos tomos de poesía taurina recopilada por Mariano Roldán (Poesía universal del toro, Editorial Espasa Calpe, cerca de novecientas páginas), sólo encontramos dos poemas dedicados a los subalternos. Y, sin embargo, leemos en Gregorio Corrochano –fuente permanente de magisterio en materia taurina–: «La lidia empieza en el primer capotazo. ¿Qué digo lidia? La muerte empieza en el primer capotazo. Todo cuanto se hace en el ruedo...». Y como, del tiempo total que permanece en el ruedo, el toro se halla bajo la responsabilidad de los subalternos dos terceras, o quizá tres cuartas partes, resulta que el papel de los hombres de plata es importantísimo. Luego, si es que realmente se lidia a los toros, nos hallamos ante una patente injusticia, una más en un mundo en que la injusticia, si no es ley, es costumbre: el menosprecio de las cuadrillas. Hay quien dice, irónicamente, que el otro mundo será una caja de sorpresas «cuando cada duro se vaya con su dueño y cada mérito con su autor». No es preciso aguardar al filtro esclarecedor de la muerte, basta –en cuanto se refiere a la fiesta de toros– hacer
María Cossío: «Comienza haciendo parte de una cuadrilla juvenil de cordobeses; su habilidad con las banderillas hace que se le pronostique un gran porvenir de subalterno (sic); no parece aspirar a más durante los años en que acompaña a matadores como Bocanegra o El Gallo en tal oficio, y no piensa en ser matador de toros hasta que......». Hasta que la madurez le viene con el oficio, y le pesa tanto esa madurez que se encuentra de «maestro» prácticamente sin pretenderlo y aunque no lo quisiera. Por el contrario, en el tiempo presente, el formar parte de una cuadrilla ni es importante en sí mismo, de manera que no hay un satisfactorio «porvenir de subalterno», ni tampoco es preparación para nada. Incluso el oficio de «sobresaliente de espada» –que constituye una sabia prevención legal: como los suplentes en cualquier equipo deportivo– ha pasado a ser tan de adorno, tan de broma, tan de papel, que provoca la risa (las más de las veces) si interviene en algún lance de la lidia. Fíjense qué paradoja si reparamos en el nombre con el que se les ha bautizado: «sobresalientes». 2.– LA PRISA POR LLEGAR. LAS ESCUELAS DE GENIOS La fiesta de toros aparece, como tal, cuando los gremios aún están vivos. Los gremios son, como es sabido, la estructura corporativa de las profesiones, y se caracterizan por una doble nota: la enseñanza práctica o experimental, y su rígida estructura jerárquica. A nadie se le ocurre –ni por pura especulación mental– comenzar un oficio por el grado de maestro. Para ser batanero, hay que comenzar por transEl subalterno 123 un ejercicio mental e imaginar lo que sería de tal o cual matador (no voy a cometer la imprudencia de citar nombres propios) si se le privase a su vez de tal o cual peón de confianza. Sí que puedo dar testimonio –porque lo viví durante mi infancia y adolescencia– de que, con ser un torero de excepcional cabeza y con excepcional oficio, Antonio Bienvenida no hacía cosa alguna sin el previo parecer de su peón Guillermo: él elegía en la dehesa, participaba en el sorteo y, desde que el toro saltaba al albero, entre los dos se iniciaba un diálogo permanente. ¿Que, en este caso concreto, se trataba de un coloquio entre iguales, en que mutuamente se enriquecían Antonio Bienvenida y Guillermo? Es cierto: pero nadie, apenas, nombra ya a aquel peón, de bolsas bajo los ojos, piel cerúlea y modos ásperos, que era «la otra mano de la verdad» del hijo del Papa Negro. En los últimos tiempos, algunas peñas taurinas con sensibilidad han establecido premios y distinciones para las tareas de los subordinados: al mejor quite, al mejor par de banderillas, al mejor puyazo...; y es de agradecer tal esfuerzo. Pero, a mi entender, lo que ocurre es que la función misma se halla desencajada. Hoy, en un tiempo de escalafones laborales, trienios y socialismos, el ser peón de un matador de toros no es sino una forma de pervivir (no digo malvivir, porque tampoco es eso), pero desde luego no es un camino para ir a parte alguna. El de subalterno se ha convertido en el oficio de la desesperanza y de la grisura. ¿Pero por qué es así? Y si lo es, ¿lo fue también en otros tiempos? Basta citar un ejemplo –innecesario, por lo demás, para los que tengan una mínima cultura taurina– para disipar dudas. De Guerrita, nada menos, escribe don José Santiago Araúz de Robles 122
María Cossío: «Comienza haciendo parte de una cuadrilla juvenil de cordobeses; su habilidad con las banderillas hace que se le pronostique un gran porvenir de subalterno (sic); no parece aspirar a más durante los años en que acompaña a matadores como Bocanegra o El Gallo en tal oficio, y no piensa en ser matador de toros hasta que......». Hasta que la madurez le viene con el oficio, y le pesa tanto esa madurez que se encuentra de «maestro» prácticamente sin pretenderlo y aunque no lo quisiera. Por el contrario, en el tiempo presente, el formar parte de una cuadrilla ni es importante en sí mismo, de manera que no hay un satisfactorio «porvenir de subalterno», ni tampoco es preparación para nada. Incluso el oficio de «sobresaliente de espada» –que constituye una sabia prevención legal: como los suplentes en cualquier equipo deportivo– ha pasado a ser tan de adorno, tan de broma, tan de papel, que provoca la risa (las más de las veces) si interviene en algún lance de la lidia. Fíjense qué paradoja si reparamos en el nombre con el que se les ha bautizado: «sobresalientes». 2.– LA PRISA POR LLEGAR. LAS ESCUELAS DE GENIOS La fiesta de toros aparece, como tal, cuando los gremios aún están vivos. Los gremios son, como es sabido, la estructura corporativa de las profesiones, y se caracterizan por una doble nota: la enseñanza práctica o experimental, y su rígida estructura jerárquica. A nadie se le ocurre –ni por pura especulación mental– comenzar un oficio por el grado de maestro. Para ser batanero, hay que comenzar por transEl subalterno 123 un ejercicio mental e imaginar lo que sería de tal o cual matador (no voy a cometer la imprudencia de citar nombres propios) si se le privase a su vez de tal o cual peón de confianza. Sí que puedo dar testimonio –porque lo viví durante mi infancia y adolescencia– de que, con ser un torero de excepcional cabeza y con excepcional oficio, Antonio Bienvenida no hacía cosa alguna sin el previo parecer de su peón Guillermo: él elegía en la dehesa, participaba en el sorteo y, desde que el toro saltaba al albero, entre los dos se iniciaba un diálogo permanente. ¿Que, en este caso concreto, se trataba de un coloquio entre iguales, en que mutuamente se enriquecían Antonio Bienvenida y Guillermo? Es cierto: pero nadie, apenas, nombra ya a aquel peón, de bolsas bajo los ojos, piel cerúlea y modos ásperos, que era «la otra mano de la verdad» del hijo del Papa Negro. En los últimos tiempos, algunas peñas taurinas con sensibilidad han establecido premios y distinciones para las tareas de los subordinados: al mejor quite, al mejor par de banderillas, al mejor puyazo...; y es de agradecer tal esfuerzo. Pero, a mi entender, lo que ocurre es que la función misma se halla desencajada. Hoy, en un tiempo de escalafones laborales, trienios y socialismos, el ser peón de un matador de toros no es sino una forma de pervivir (no digo malvivir, porque tampoco es eso), pero desde luego no es un camino para ir a parte alguna. El de subalterno se ha convertido en el oficio de la desesperanza y de la grisura. ¿Pero por qué es así? Y si lo es, ¿lo fue también en otros tiempos? Basta citar un ejemplo –innecesario, por lo demás, para los que tengan una mínima cultura taurina– para disipar dudas. De Guerrita, nada menos, escribe don José Santiago Araúz de Robles 122
Pues bien: el torero ingresa en el gremio (cuyo espíritu y hábitos subsisten, aun después de desaparecer como institución) y allí progresa de abajo a arriba. Una cuadrilla es un taller donde se aprende de la experiencia del «maestro». Cuando Pepe-Hillo (José Delgado Hillo) escribe su Tauromaquia, a finales del siglo XVIII, la encabeza con unas frases en que afirma lo siguiente: «Yo, gracias a Dios, puedo echar algunas plantas y reputarme un si es no es de maestro...; me anima (a escribir el tratado) que soy el primero que trata esta materia». En consecuencia, va a expresar sus ideas sobre la tauromaquia «fundadas en la sabia experiencia, que es la madre legítima de los conocimientos». Es decir: expone una doctrina experimental. Y dice: «Toda suerte en el toreo tiene sus reglas fijas que jamás faltan». Y todas esas reglas colaboran al fin único, que antes nos desvelaba Corrochano: preparar al toro para su adecuada muerte. Existe, pues, una concepción unitaria de la lidia, por una parte. Pero, además, el oficio de «matador» se muestra como el último peldaño de la escalera. Lógicamente, en la introducción a la profesión taurina se ascenderá a pocos: bajo la enseñanza y la vigilancia del maestro, quien a su vez seguirá aprendiendo «porque, a la verdad, en este arte tan magnífico siempre se está aprendiendo», el bisoño, aprendiz o subalterno se irá ilustrando y ensayando, a un tiempo, hasta poder optar, en su caso, a ser matador. Cualquier miembro de una cuadrilla, por tanto, merecía respeto por un doble motivo: por lo que ya era y hacía (que suponía un grave riesgo real, y una contribución importante a la tarea del matador); pero, además, por lo que en el futuro podía llegar a ser. Un subalterno era, entonces, una personalidad en potencia. El subalterno 125 portar los cestos de lana. Diego Velázquez de Cuéllar, el que había de ser Velázquez sin necesidad de patronímico alguno, comienza como debe ser, moliendo los colores en el taller de Pacheco (por cierto, que esa «cocina» hace que sus lienzos tengan una gran calidad técnica y parezcan nuevos a pesar de los siglos que han pasado por ellos). Santiago Araúz de Robles 124 Fig. n.º 18.– Botero, F.: Caballo del picador, 1986, ól. s/t, 172 x 132 cm (Col. del artista).
Pues bien: el torero ingresa en el gremio (cuyo espíritu y hábitos subsisten, aun después de desaparecer como institución) y allí progresa de abajo a arriba. Una cuadrilla es un taller donde se aprende de la experiencia del «maestro». Cuando Pepe-Hillo (José Delgado Hillo) escribe su Tauromaquia, a finales del siglo XVIII, la encabeza con unas frases en que afirma lo siguiente: «Yo, gracias a Dios, puedo echar algunas plantas y reputarme un si es no es de maestro...; me anima (a escribir el tratado) que soy el primero que trata esta materia». En consecuencia, va a expresar sus ideas sobre la tauromaquia «fundadas en la sabia experiencia, que es la madre legítima de los conocimientos». Es decir: expone una doctrina experimental. Y dice: «Toda suerte en el toreo tiene sus reglas fijas que jamás faltan». Y todas esas reglas colaboran al fin único, que antes nos desvelaba Corrochano: preparar al toro para su adecuada muerte. Existe, pues, una concepción unitaria de la lidia, por una parte. Pero, además, el oficio de «matador» se muestra como el último peldaño de la escalera. Lógicamente, en la introducción a la profesión taurina se ascenderá a pocos: bajo la enseñanza y la vigilancia del maestro, quien a su vez seguirá aprendiendo «porque, a la verdad, en este arte tan magnífico siempre se está aprendiendo», el bisoño, aprendiz o subalterno se irá ilustrando y ensayando, a un tiempo, hasta poder optar, en su caso, a ser matador. Cualquier miembro de una cuadrilla, por tanto, merecía respeto por un doble motivo: por lo que ya era y hacía (que suponía un grave riesgo real, y una contribución importante a la tarea del matador); pero, además, por lo que en el futuro podía llegar a ser. Un subalterno era, entonces, una personalidad en potencia. El subalterno 125 portar los cestos de lana. Diego Velázquez de Cuéllar, el que había de ser Velázquez sin necesidad de patronímico alguno, comienza como debe ser, moliendo los colores en el taller de Pacheco (por cierto, que esa «cocina» hace que sus lienzos tengan una gran calidad técnica y parezcan nuevos a pesar de los siglos que han pasado por ellos). Santiago Araúz de Robles 124 Fig. n.º 18.– Botero, F.: Caballo del picador, 1986, ól. s/t, 172 x 132 cm (Col. del artista).
dad, según el consejo de Pepe-Hillo, facilitando un primer título que habilitase a los aspirantes para integrarse en una cuadrilla, donde habrían de permanecer como meritorios un mínimo de dos o tres años (o un cierto número de festejos, como les ocurre a los aspirantes o flying de las compañías aéreas), lo que sería, a su vez, requisito para poder optar a la categoría de «espada»? Pero el tiempo apremia, y los guacharros que aún no abandonaron el nido quieren adornarse con las plumas del águila real. Hay una inquietud social, una urgencia por llegar y una impaciencia por el éxito que llevan a quemar esas etapas que, sin embargo, son las que dan como fruto la madurez y el aroma. Ni vale ya la concepción jerárquica y gremial del oficio, ni quienes podían y debían hacerlo han estructurado la formación académica como gradual y progresiva. 3.– ¡QUÉ IMPORTANTE ES UN «PEÓN»! Y, sin embargo, ¡qué importancia tiene el subalterno en la lidia! En el momento inicial, es él quien «descubre» al toro. Salvo en el caso del que sale galopando, y remata con claridad en tablas (y al que el propio matador se anima a recoger), la res que asoma por toriles es una incógnita: y esa incógnita la despeja el peón que le ofrece por primera vez el engaño para observar cómo lo toma. Cabe, incluso, que el toro esté toreado o sea burriciego, es decir, que sea inhábil para la lidia y constituya una amenaza suelta. A esa posibilidad la enfrenta el «hombre de plata» o de alamares negros. Los toros «no saben» embestir. No han ensayado antes de saltar al ruedo. Tienen el instinto de la embestida, es cierEl subalterno 127 Las cosas cambian más tarde, en pleno siglo XX. ¿Y por qué razón? Porque cambia también la filosofía de la existencia. Para empezar, «el dogma ilustrado» de la igualdad se generaliza indebidamente. No se predica que todos merecemos las mismas oportunidades en la vida, sino que se proscribe al maestro. Luego ya no hay lugar para el aprendizaje: todos tenemos el mismo derecho a ser genios. Y, en segundo lugar, porque se menosprecia el esfuerzo. La revolución es radical: la concepción jerárquica gremial salta hecha astillas, y cualquiera considera que puede empezar por el final. Y si pueden saltarse los peldaños, los peldaños mismos van a perder toda su razón de ser: un subalterno ya no será camino hacia ninguna meta, como antes dije, sino pura y simplemente un segundón de por vida. Reparemos en un dato significativo. Ala enseñanza gremial la ha sustituido, como regla general, la enseñanza universitaria: en ella predomina la formación teórica (con algunas clases prácticas, entreveradas y como guinda). Constituye clamor general que faltan, en España, sobre todo las profesiones intermedias (en el caso del toreo, faltan unos buenos «subalternos» que faciliten la labor del matador). Pues bien: cuando se crean las escuelas taurinas como fenómeno de los últimos tiempos –aunque con el precedente remoto de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, –o «escuela, gimnasio taurino», fundada en 1830 por iniciativa de don Juan Manuel Arjona– únicamente se piensa en la cúspide del escalafón: se van a habilitar matadores, genios, maestros. El quehacer de subalterno queda radicalmente ignorado. ¿No habría sido bueno –y la ocasión la brindaba el recientísimo Reglamento de Espectáculos Taurinos– que en estos centros se impartiesen enseñanzas globales sobre la lidia como uniSantiago Araúz de Robles 126
dad, según el consejo de Pepe-Hillo, facilitando un primer título que habilitase a los aspirantes para integrarse en una cuadrilla, donde habrían de permanecer como meritorios un mínimo de dos o tres años (o un cierto número de festejos, como les ocurre a los aspirantes o flying de las compañías aéreas), lo que sería, a su vez, requisito para poder optar a la categoría de «espada»? Pero el tiempo apremia, y los guacharros que aún no abandonaron el nido quieren adornarse con las plumas del águila real. Hay una inquietud social, una urgencia por llegar y una impaciencia por el éxito que llevan a quemar esas etapas que, sin embargo, son las que dan como fruto la madurez y el aroma. Ni vale ya la concepción jerárquica y gremial del oficio, ni quienes podían y debían hacerlo han estructurado la formación académica como gradual y progresiva. 3.– ¡QUÉ IMPORTANTE ES UN «PEÓN»! Y, sin embargo, ¡qué importancia tiene el subalterno en la lidia! En el momento inicial, es él quien «descubre» al toro. Salvo en el caso del que sale galopando, y remata con claridad en tablas (y al que el propio matador se anima a recoger), la res que asoma por toriles es una incógnita: y esa incógnita la despeja el peón que le ofrece por primera vez el engaño para observar cómo lo toma. Cabe, incluso, que el toro esté toreado o sea burriciego, es decir, que sea inhábil para la lidia y constituya una amenaza suelta. A esa posibilidad la enfrenta el «hombre de plata» o de alamares negros. Los toros «no saben» embestir. No han ensayado antes de saltar al ruedo. Tienen el instinto de la embestida, es cierEl subalterno 127 Las cosas cambian más tarde, en pleno siglo XX. ¿Y por qué razón? Porque cambia también la filosofía de la existencia. Para empezar, «el dogma ilustrado» de la igualdad se generaliza indebidamente. No se predica que todos merecemos las mismas oportunidades en la vida, sino que se proscribe al maestro. Luego ya no hay lugar para el aprendizaje: todos tenemos el mismo derecho a ser genios. Y, en segundo lugar, porque se menosprecia el esfuerzo. La revolución es radical: la concepción jerárquica gremial salta hecha astillas, y cualquiera considera que puede empezar por el final. Y si pueden saltarse los peldaños, los peldaños mismos van a perder toda su razón de ser: un subalterno ya no será camino hacia ninguna meta, como antes dije, sino pura y simplemente un segundón de por vida. Reparemos en un dato significativo. Ala enseñanza gremial la ha sustituido, como regla general, la enseñanza universitaria: en ella predomina la formación teórica (con algunas clases prácticas, entreveradas y como guinda). Constituye clamor general que faltan, en España, sobre todo las profesiones intermedias (en el caso del toreo, faltan unos buenos «subalternos» que faciliten la labor del matador). Pues bien: cuando se crean las escuelas taurinas como fenómeno de los últimos tiempos –aunque con el precedente remoto de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, –o «escuela, gimnasio taurino», fundada en 1830 por iniciativa de don Juan Manuel Arjona– únicamente se piensa en la cúspide del escalafón: se van a habilitar matadores, genios, maestros. El quehacer de subalterno queda radicalmente ignorado. ¿No habría sido bueno –y la ocasión la brindaba el recientísimo Reglamento de Espectáculos Taurinos– que en estos centros se impartiesen enseñanzas globales sobre la lidia como uniSantiago Araúz de Robles 126
ble–, y sin gastarle más que una mínima parte del número contado de pases que tiene toda bravura. El «peón» hace. Y deshace. Deshace con la famosa «suerte del burladero», es decir, cuando a la carrera se oculta detrás del burladero y hace al toro que le sigue romperse contra el madero la tabla del testuz. 0 cuando le quiebra indebidamente los riñones. 0 cuando le agota los pases de que dispone. De manera que, segundo a segundo, lance a lance, va madurando –o va corrompiendo– la bravura del toro de lidia. Y no sólo ocurre así con el peón de brega, sino, obviamente, también con el picador (acerca de quien escribí otro artículo Taurologías, porque me parece personaje interesantísimo y con una cierta sustantividad: trae el «campo» a la plaza de toros) (1990, 2: 5-11) a quien corresponde quitar el picante sin aguar el vino, supongo que se me entiende. Reflexionen en lo importante que sería que el «piquero» aguantase a la res con la vara y a pulso: el toro no se desengañaría topando contra el muro que es el peto, sino que se encelaría aún más, creyendo que está a punto de alcanzar y herir. O en qué medida el picador que hiere delantero puede arreglar a un toro descarado, comialto. Algo más tarde en la lidia, al banderillero le corresponde recuperar para el toro la movilidad, la «gracia», después de la medida sangría en que debería consistir la suerte de varas. Y finalmente, y en todo momento, a todos cuantos intervienen en la lidia les corresponde el cometido salvífico del «quite», el ejercicio final de la solidaridad en el ruedo, contra la amenaza incesante de la muerte que trota. Se llama al matador «director de lidia». Pero difícilmente se puede ser director de las distintas suertes de la lidia sin haberlas conocido por dentro. Los buenos directores de El subalterno 129 to: pero hay que alumbrársela y ahormársela. ¿Fue Miguel Angel quien dijo que una escultura es lo que queda después de quitar al bloque de piedra lo que le sobra? Pues, en el caso del toro bravo, una embestida adecuada es lo que resulta después de corregirle –¡en el tiempo récord de un cuarto de hora que dura su lidia!– los defectos que naturalmente le acompañan, como la ganga a la mena o la paja al trigo. Al toro que «se va» hay que enseñarle la curva de carretón, y al que se recuesta, la línea recta, al igual que hay que enseñarle a humillar. Y todo ello sin descubrirse –un toro al que se le muestra la realidad del engaño se convierte en una mercancía inserviSantiago Araúz de Robles 128 Fig. n.º 19.– Botero, F.: El quite, 1988, ól. s/t, 209 x 291 cm (Col. del artista).
ble–, y sin gastarle más que una mínima parte del número contado de pases que tiene toda bravura. El «peón» hace. Y deshace. Deshace con la famosa «suerte del burladero», es decir, cuando a la carrera se oculta detrás del burladero y hace al toro que le sigue romperse contra el madero la tabla del testuz. 0 cuando le quiebra indebidamente los riñones. 0 cuando le agota los pases de que dispone. De manera que, segundo a segundo, lance a lance, va madurando –o va corrompiendo– la bravura del toro de lidia. Y no sólo ocurre así con el peón de brega, sino, obviamente, también con el picador (acerca de quien escribí otro artículo Taurologías, porque me parece personaje interesantísimo y con una cierta sustantividad: trae el «campo» a la plaza de toros) (1990, 2: 5-11) a quien corresponde quitar el picante sin aguar el vino, supongo que se me entiende. Reflexionen en lo importante que sería que el «piquero» aguantase a la res con la vara y a pulso: el toro no se desengañaría topando contra el muro que es el peto, sino que se encelaría aún más, creyendo que está a punto de alcanzar y herir. O en qué medida el picador que hiere delantero puede arreglar a un toro descarado, comialto. Algo más tarde en la lidia, al banderillero le corresponde recuperar para el toro la movilidad, la «gracia», después de la medida sangría en que debería consistir la suerte de varas. Y finalmente, y en todo momento, a todos cuantos intervienen en la lidia les corresponde el cometido salvífico del «quite», el ejercicio final de la solidaridad en el ruedo, contra la amenaza incesante de la muerte que trota. Se llama al matador «director de lidia». Pero difícilmente se puede ser director de las distintas suertes de la lidia sin haberlas conocido por dentro. Los buenos directores de El subalterno 129 to: pero hay que alumbrársela y ahormársela. ¿Fue Miguel Angel quien dijo que una escultura es lo que queda después de quitar al bloque de piedra lo que le sobra? Pues, en el caso del toro bravo, una embestida adecuada es lo que resulta después de corregirle –¡en el tiempo récord de un cuarto de hora que dura su lidia!– los defectos que naturalmente le acompañan, como la ganga a la mena o la paja al trigo. Al toro que «se va» hay que enseñarle la curva de carretón, y al que se recuesta, la línea recta, al igual que hay que enseñarle a humillar. Y todo ello sin descubrirse –un toro al que se le muestra la realidad del engaño se convierte en una mercancía inserviSantiago Araúz de Robles 128 Fig. n.º 19.– Botero, F.: El quite, 1988, ól. s/t, 209 x 291 cm (Col. del artista).
Revista de Estudios Taurinos N.º 12, Sevilla, 2000, págs. 137-152 IRSE Y VOLVER (El tiempo del torero) Norberto Carrasco Araúz a enésima vuelta a los toros de Pedrín Benjumea –23 de marzo pasado en San Sebastián de los Reyes–, un reciente corte de coleta del novillero Luis Carlos Aranda –21 de abril en Las Ventas–, más la despedida de José Luis Galloso, noticia de última hora en este mayo postrero en que escribo, han traído actualidad a dos temas relevantes: cuándo se van los hombres de luces de la profesión y en qué momento los espadas retirados deciden volver. Ambos extremos resultan muy significativos porque delimitan, en extremo, algo tan decisivo como «el tiempo de un torero»*. Precisar estos puntos –abandono, regreso– viene a ser como ponerle puertas al campo. El oficio taurino comporta una singularidad tal, que no existe tauromaquia alguna capaz de determinar la extensión de su ejercicio. Este aparece tan arriscado y áspero, implica tantos escollos, que se rige por un «aquí, vale todo» en que la taquilla y los aplausos encarnan los únicos árbitros respetados. El adiós y la vuelta a los rue- *Desgraciadamente Pedro Benjumea falleció el 21 de noviembre de 2000. Séale la tierra ligera y su recuerdo permanezca entre nosotros (La Redacción): Pero, aunque constituyan parte sustancial de la lidia (vuelvo a recordar lo que dice al respecto el maestro Corrochano), y aunque vivan la peripecia humana («os quedan la vida y la muerte»), es lo cierto –comprueba el mismo Gerardo Diego– que están de regreso y que «sueños de gloria, ambiciones volaron». El subalterno está en la rampa hacia su aniquilación diaria. Carece de sustantividad (se le niega socialmente): «Ya hacéis la ronda en la estela del astro». Sólo eso. Y por ello el poeta comienza su poema con estos estremecedores versos que debieran ir bordados en el terno de luces de todos y cada uno de los «peones»: «Quiero cantar a la cuadrilla ordenada, la lanzadera, el tapiz de la lidia, hilos de plata y de seda que tejen la trama de un cuarto de hora. Quiero exaltar el honor subalterno, sólo empeñado en labrar pedestales...». Quiere hacerlo Gerardo Diego por un imperativo de justicia; porque la realidad social es la que, con la pupila desorbitada, ha visto Leopoldo de Luis: «Ningún sol brilla en este adorno mate de pasamanería desgastado. Borrosamente vamos, y la pena hasta la misma sangre vuelve pálida». Tengo para mí que lo único que –en su caso– conforta al subalterno es la gratitud del maestro, que, cuando es tal, sabe lo que le adeuda y dice de él, como Neruda de España: «el subalterno en el corazón». Santiago Araúz de Robles 136