DISCURSOS
PRONUNCIADOS
EN
LA
REAL
ACADEMIA
DE
CIENCIAS
MORALES
Y
POLÍTICAS
EN
LA
EECEPCION
PÚBLICA
SEÑOR
RON
SANTIAGO
DIEGO
MADRAZO
en
1
8
de
Diciemb e
de
1864.
MADRID,
1864
IMPRENTA
DE
MANUEL
GAI.IANO,
Plaza
de
los
Minis e ios,
2.
DISCURSO
DEL
SEÑOR
DON
SANTIAGO
DIEGO
MADRAZO.
i
íi l
ü
ií!0'»
OÍ
O l
Olipióq
1
1
6
leu
i
00
<
6l
6*U
*
Seño es:
Al
conside a
la
g an
dis ancia
que
me
sepa a
de
oso os,
que
ocupáis
un
luga
an
dis inguido
en
la
es imación
pública,
mi
débil
in eligencia
se
sien e
u bada,
y
mi
co azón
ag adece
p o undamen e
la
hon a
que
me
habéis
dispensado
al
concede ¬
me
un
pues o
en
es a
espe able
Academia.
Una
dis inción
an
supe io
á
mis
me ecimien os
me
impone
debe es
que
no
sab é
cumpli
p o echosamen e
pa a
ues o
ins i u o,
pe o
sí
con
celo,
in e és
y
pe se e ancia.
P ocu a é,
no
iguala ,
po que
no
lo
consien en
mis
ue zas,
pe o
sí
imi a
al
ilus e
académico
á
quien
engo
el
hono
de
sucede .
El
Excmo.
S .
D.
An onio
Cabanilles
ha
dejado
en e
oso os
impe ecede os
ecue dos:
al
e oca los
en
es e
solem¬
ne
ac o
no
sólo
cumplo
la
obligación
impues a
po
la
cos um¬
b e,
sino
ambién
la
que
odos
enemos
de
conse a
la
memo¬
ia
de
los
que
p es a on
se icios
impo an es
á
la
ciencia.
La
Academia
no
ol ida á
nunca
la
lexibilidad
y
igo
in e¬
lec uales
del
homb e
eminen e,
que
sin iendo
le e
el
peso
de
las
a eas
del
o o,
que
queb an an
los
ánimos
más
es o zados,
se
le aba
sin
iolencia
de
la
p ác ica
á
las
egiones
de
la
eo ía.
Espí i u
analí ico
y
sin é ico
á
la
ez,
aunque
in a igable
en
la
-
6
~
in es igacion
minuciosa
de
los
hechos,
e a
capaz
de
las
más
al as
concepciones.
Sábio
y
e udi o,
no
conside aba
la
e udición
como
in,
sino
como
medio
de
llega
al
conocimien o
de
la
e ¬
dad.
Sencillo
en
la
exposición
de
los
sucesos,
desapasionado
al
juzga los
y
hábil
pa a
cau i a
la
a ención
sin
a iga
la
memo¬
ia,
conquis ó
un
pues o
dignísimo
en e
nues os
his o iado es
con empo áneos.
La
his o ia
no
es
sólo
una
sé ie
de
cuad os
de
la
ida
ex e ¬
na
de
los
pueblos,
sino
ambién
la
e elación
de
su
ida
ín i¬
ma,
de
sus
ideas,
sen imien os
y
necesidades.
El
his o iado
digno
de
es e
nomb e
no
puede
menos
de
se
ilóso o,
ju isconsul o
y
econonomis a,
y
po
eso
el
académico
cuyo
acío
in en a é
llena
en
ano,
concu ía
an
dignamen e
con
oso os
al
p og eso
de
las
ciencias
mo ales
y
polí icas.
Dedicado
desde
los
p ime os
años
de
mi
ju en ud
á
la
ense¬
ñanza
de
una
de
ellas,
al
pene a
en
es e
ecin o
me
sien o
lle¬
ado
po
i esis ible
impulso
al
exámen
de
las
doc inas
que
han
sido
obje o
de
mis
es udios
dia ios.
La
Economía
polí ica
aunque
iene
un
obje o
y
in
p opios,
y
no
se
con unde
con
nin¬
guna
de
las
demás
ciencias
sociales,
es á
unida
á
ellas
po
e¬
laciones
nume osas,
y
p e ende
aisla la
y
que
i a
exclusi a¬
men e
de
sí
misma,
se ia
aspi a
á
que
en
el
cue po
humano
unciona a
el
co azón
sin
el
ce eb o
ó
el
ce eb o
sin
el
co azón.
La
sociedad,
aunque
compues a
de
elemen os
he e ogéneos,
impelida
po
ideas
di e sas
y
agi ada
po
pasiones
enemigas,
es,
sin
emba go,
un
odo
a mónico
,
en
que
las
di e gencias
y
las
luchas
se
esuel en
en
una
admi able
unidad.
Pod á
es u¬
dia se
bajo
muchos
pun os
de
is a;
pe o
aunque
dis in os
como
los
lados
de
un
p isma,
no
se
opond án
á
la
ley
de
su
a ¬
monía.
La
ciencia
de
la
sociedad
es
una,
como
su
obje o:
den o
de
su
úl imo
in
se
comp enden
o os
ines
pa ciales;
mas
léjos
de
con adeci se,
las
ue zas
que
los
ealizan,
concu en
odas
á
nues o
pe eccionamien o.
La
ciencia
social
se
di ide
en
a ias
amas,
que
o man
una
sola
amilia
indisoluble,
guiada
po
la
luz
de
la
iloso ía.
Esa
a e nidad
no
se
opone
á
la
dis inción;
así
como
la
unidad
y
la
a monía
del
sis ema
plane a io
no
im¬
piden
la
dis inción
y
las
desigualdades
de
los
plane as.
La
Economía
polí ica,
que
iene
po
obje o
las
leyes
gene a¬
les
de
la
ac i idad
humana,
no
aspi a
á
una
independencia
absu da
y
con a ia
á
la
unidad
indi idual
y
social
del
homb e.
No
esin aso a,
como
p e ende
Le minie
( ),
ni
se
co ona
á
sí
misma
eina
de
la
ci ilización:
se
con en a
con
el
luga
que
ocupa
en
la
ge a quía
cien í ica,
y
no
usu pa
lo
que
co es¬
ponde
de
jus icia
á
las
demás
ciencias,
que
son
como
ella
ex¬
p esión
de
e dades
dis in as
y
comple as,
y
no
pueden
es a
en
con adicción
con
ninguno
de
los
elemen os
que
cons i uyen
el
o den
uni e sal.
La
ciencia
económica
se
halla
en
elación
necesa ia
con
o¬
das
las
ciencias
sociales;
pe o
iene
un
pa en esco
más
inme¬
dia o
con
la
mo al
y
el
de echo.
El
homb e,
sé
el
más
delicado,
el
más
complejo
y
el
p i¬
me o
en
la
escala
de
la
c eación,
es
ambién
el
que
sien e
ma¬
yo
núme o
de
necesidades,
que
c ecen
con
los
medios
de
sa¬
is ace las
,
y
se
hacen
innume ables
po
el
in lujo
de
la
ima¬
ginación
y
del
sen imien o
de
lo
bello.
Son
y
no
pueden
menos
de
se
p og esi as,
po que
el
homb e
es
pe ec ible:
in en a
de ene
á
la
humanidad
en
ese
mo imien o
con inuo,
se ia
lo
mismo
que
p e ende
que
las
aguas
de
los
ios
e ocedie an
á
sus
o ígenes.
Do ados
sin
emba go
de
azón,
de
libe ad
y
de
esponsabilidad,
podemos
con ene
nues os
deseos
den o
délos
lími es
de
lo
bueno,
de
lo
jus o
y
de
lo
ú il.
Es
ley
de
la
ida
y
del
p og eso
del
homb e
la
sa is acción
de
sus
necesidades.
Ellas
ponen
en
eje cicio
la
ac i idad,
ex¬
ienden
las
alas
de
la
in eligencia,
alimen an
el
uego
de
la
es¬
pe anza,
dan
ene gía
á
la
olun ad
y
sos ienen
al
cue po
en
sus
—
8
—
udos
comba es
con
la
na u aleza.
Toda
necesidad
no
sa is e¬
cha
es
un
su imien o,
y
como
el
deseo
de
sa is ace la
se
ade¬
lan a
á
los
medios
de
consegui lo,
la
humanidad
es á
condenada
á
aspi a ,
abaja
y
su i
siemp e.
Mas
si
la
elicidad
pu a,
absolu a,
comple a,
que
la
imaginación
sueña,
se
des anece
al
oca la,
y
su
luz,
sin
oscu ece se
en e amen e
á
nues a
is a,
huye
siemp e
de
noso os,
el
bienes a
ela i o
es á
en
azón
di ec a
de
los
es ue zos
que
la
olun ad
di igida
po
el
en en¬
dimien o
hace
pa a
alcanza le,
ó
loque
es
lo
mismo,
es
cada
ez
mayo ,
cuando
obse amos
las
leyes
impues as
á
nues a
na u aleza.
El
su imien o,
dice
Bas ia
(2),
des uye
p og e¬
si amen e
sus
p opias
causas,
y
sin
él
se ian
incomp ensibles
la
pe ec ibilidad
del
indi iduo
y
los
adelan os
del
géne o
hu¬
mano.
El
homb e
ama
na u al
y
necesa iamen e
su
p opio
bien,
y
po que
su e,
quie e
deja
de
su i ,
y
po que
sien e
el
dolo
de
la
necesidad,
quie e
sa is aciéndola
deja
de
sen i le.
El
amo
de
noso os
mismos
es
el
mó il
que
nos
man iene
en
acción
incesan e,
que
nos
hace
más
ue es
que
el
león,
m
ás
eloces
que
el
caballo,
de
is a
más
pe spicaz
que
el
águila
y
an
pode osos
que
nos
obedecen
la
ie a,
los
ien os,
el
apo
y
la
elec icidad.'
Ese
amo ,
uni e sal
y
pe manen e,
es
legí imo,
po que
es
necesa io:
no
es
ob a
de
las
leyes
ni
de
las
cos umb es,
sino
de
Dios.
Jesuc is o
econoció
su
necesidad
y
su
legi imidad
cuando
dijo:
amad
á
ues o
p ójimo
como
á
oso os
mismos.
Desg aciadamen e
el
amo
de
nues o
p opio
bien
se
denominó
en
la
ciencia
in e és
pe sonal,
exp esión
apasionada
según
la
exac a
cali icación
de
Ben ham,
y
unos
po
igno ancia
y
o os
de
mala
e,
han
dicho
que
la
Economía
e a
la
ciencia
del
egoís¬
mo.
No:
ese
sen imien o
que
nos
adhie e
á
la
ida,
po
ing a¬
a
y
penosa
que
sea,
y
que
nos
empuja
al
bienes a
y
á
la
pe ¬
ección
,
no
es
el
egoismo
que
es echa
los
ho izon es
de
la
ida,
—
9
—
pe i ica
el
alma
y
ma a
la
ca idad.
Ese
amo
y
el
cgoismo,
léjos
de
se
una
misma
cosa,
se
con adicen
y
excluyen,
po que
el
p ime o
es
expansi o
y
social,
y
el
segundo
quisie a
ence a
el
uni e so
den o
de
los
lími es
de
su
pequeñez.
El
egoísmo
es
una
degene ación
del
in e és
pe sonal
(3),
como
odas
las
malas
pasiones
lo
son
de
sen imien os
laudables:
es
ilógico
como
ellas,
y
al
pe judica á
la
sociedad,
hace
su i
más
aún
al
que
se
con ie e
en
ídolo
de
sí
mismo.
El
amo
á
los
demás
homb es,
inclusos
nues os
enemigos,
es
uen e
ecunda
de
pla¬
ce es
pu ísimos
pa a
el
alma.
El
g ande
Smi h,
el
pad e
de
la
Economía
polí ica,
e a
ad e sa io
de
las
doc inas
de
la
Roche-
aucauld,
de
Maude ille
y
de
Hel e ius,
y
ha
sido
llamado
po
Gousin
(4)
el
ilóso o
de
la
simpa ía.
La
Mo al
y
la
Economía
polí ica
se
auxilian
y
comple an
e¬
cíp ocamen e.
El
in e és
pe sonal,
aunque
mó il
pode oso
de
la
ac i idad
humana,
no
bas a
sin
emba go
pa a
explica
la
ida
en e a
ni
comp ende
las
in imidades
de
nues a
na u aleza.
El
homb e,
dice
Minghe i
(5),
iene
in uición
de
una
ley
mo al
obje i a
é
impe a i a.
No
sólo
sigue
el
impulso
del
in e és,
sino
ambién
el
del
debe ;
busca
el
bien
no
sólo
po que
es
ú il,
sino
po que
es
bien,
y
si e
á
los
demás
po
p udencia
y
po
mo i¬
os
desin e esados
y
gene osos.
La
mise ia
es
la
sanción
de
la
oala
conduc a
económica,
y
el
emo dimien o
la
de
la
mala
conduc a
mo al:
ecuen emen e
coexis en,
po que
aunque
no
digamos
con
Gla ke
que
el
amo
de
sí
mismo
es
el
p incipio
de
la
i ud,
ampoco
podemos
deci
con
Hu cheson
que
son
con¬
adic o ios.
Tan
cie o
es
que
la
Economía
y
la
Mo al
in luyen
ecip oca¬
dle
en
su
desen ol imien o
y
p og eso,
que
no
hay
ninguna
doc ina
económica
impo an e
que
no
acili e
la
p ác ica
de
la
" ud,
ni
acción
alguna
p esc i a
po
la
Mo al,
que
no
haga
mas
ecunda
la
p oduc i idad
humana.
Son
el
obje o
de
la
Economía
polí ica
las
leyes
gene ales
del
—
16
—
Los
que
declaman
de
es a
mane a,
ó
ienen
oscu ecida
la
is a
con
el
pol o
de
las
uinas
de
lo
pasado,
ó
en
alas
de
la
an asía
na egan
en e
las
nieblas
del
po eni .
Ciegos
unos
y
o os,
no
en
que
con
las
máquinas
se
ha
aumen ado
el
núme o
de
aba¬
jado es
,
ha
c ecido
el
de
las
o unas
medias,
los
sala ios
son
gene almen e
más
al os,
y
las
muje es
y
los
niños
poseen
e¬
cu sos
an es
desconocidos.
Si
en
el
momen o
de
apa ece
una
máquina
nue a
se
sien en
is es
pe u baciones,
la
nube
se
disipa,
y
la
conquis a
es
pa a
odos.
El
mismo
P oudhon
(26)
llama
á
la
maquina ia
símbolo
de
la
libe ad,
y
la
cali ica
bien,
po que
con
ella
dominamos
la
na u aleza,
y
de
escla os
nos
con e imos
en
seño es.
Inmenso
es
el
pode
del
capi al;
pe o
p on o
se
ex ingui ía
en
la
ine cia
si
la
p opiedad
no
le
i i icase.
La
p opiedad
indi i¬
dual
ha
sido,
es,
y
se á
siemp e,
el
único
es ímulo
pe manen e
de
la
p oducción.
La
comunal
es
an o
más
débil,
cuan o
más
se
ex iende
el
núme o
de
los
pa ícipes
(27),
el
a ac i o
de
la
no¬
edad
(28)
no
puede
se
un
mó il
du ade o,
el
en usiasmo
(29)
es
uego
de
pocos
ins an es,
la
i alidad
(30)
se ia
un
pálido
e lejo
de
la
concu encia
económica,
la
a e nidad
(31),
exci¬
ando
y
sos eniendo
el
abajo,
no
se á
nunca
más
que
un
bello
sueño,
y
el
hono
indus ial
(32)
se i á
de
p enda
de
buena
e
y
de
p obidad,
pe o
no
de
mo i o
de
pe se e ancia
en
a eas
udas
y
penosas.
Si
se
sup imiese
la
p opiedad
indi idual,
¿con
qué
se
llena ía
su
acío?
¿Se ia
con
la
injus icia
de
los
ni elado es,
que
sólo
abo ecen
la
p opiedad
ajena
?
¿Se ia
con
los
sis emas
socialis¬
as
que
la
des uyen
sin
alo
ni
anqueza
p a
con esa lo?
¿Se ia
con
el
comunismo
que
ma a
la
economía,
el
abajo,
la
libe ad
y
la
amilia,
y
e ige
la
disco dia
en
sis ema
de
gobie no?
El
siglo
de
o o
no
es á
de ás,
sino
delan e
de
noso os
(33);
el
comunismo,
po
el
con a io,
no
es á
delan e,
sino
de¬
ás,
po que,
como
a i ma
Bas ia
(34),
el
pun o
de
pa ida
-
>17
—
del
géne o
humano
ué
una
comunidad
comple a,
una
pe ¬
ec a
igualdad
de
mise ia
,
de
desnudez
y
de
igno ancia.
La
p opiedad,
condición
esencial
del
pe eccionamien o
del
homb e,
no
exis e
po
la
olun ad
de
los
pode es
públicos.
Con¬
secuencia
de
nues a
pe sonalidad,
acaso
pudie a
desapa ece
en
un
momen o
de
é igo
y
de
locu a;
mas
bien
p on o
enace ia
con
el
es ablecimien o
de
la
libe ad.
Causa
y
e ec o
de
es ue ¬
zos
incesan es,
de
abnegación
y
de
p i aciones,
p oduce
hábi os
de
emplanza
y
amo
al
abajo,
á
la
amilia
y
al
ó den.
Tiene,
no
obs an e,
enemigos
que
la
impugnan,
po que
p o¬
duce
la
dis inción
en e
los
pob es
y
los
icos.
Es a
dis inción,
que
llaman
injus icia
los
socialis as
y
desg acia
los
amigos
cán¬
didos,
no
es
ni
desg acia
ni
injus icia.
Si
no
hubie a
icos,
odos
se iamos
pob es,
y
cada
ez
más
pob es;
po que
los
hay,
los
pob es
lo
se án
cada
ez
menos
,
y
muchos
deja án
de
se lo
(35).
Dis ibuido
el
capi al
en
pequeñas
pa lecillas,
desapa ece á
como
las
go as
de
ocío
e apo adas
po
el
sol;
ecompues o
en
masas
mayo es,
ac i a á
el
abajo,
ecunda á
la
ie a
y
sa is a á
las
necesidades
del
mayo
núme o.
Los
icos
no
sólo
son
necesa ios
pa a
aumen a
la
po encia
del
capi al,
sino
ambién
pa a
hace
más
delicado
el
sen imien o
de
la
belleza,
lle a
á
cabo
á duas
emp esas,
sos ene
el
abajo
más
in eligen e
y
menos
común
(36),
y
e i a
con
su
mediación
las
b uscas
al e aciones
de
los
p ecios
p o ocadas
po
las
escaseces
de
los
pob es.
Impú ase
ambién
á
la
p opiedad
el
g a e
ca go
de
se
causa
de
una
dis ibución
desigual
é
injus a
de
los
p oduc os
anuales.
Pod á
se
desigual,
pe o
no
injus a
:
no
hay
injus icia
en
p opo ¬
ciona
la
emune ación
á
los
me ecimien os
de
los
pa ícipes.
La
dis ibución
se
e i ica
en e
los
que
concu en
á
la
p o¬
ducción,
y
la
pa e
de
cada
uno
es
p opo cional
á
la
necesidad
de
los
se icios,
g aduada
po la elación
én ela
demanda
y
la
o e ¬
a.
Los
abajado es
más
labo iosos
y
de
más
alen o
ganan
ma¬
yo es
sala ios
po que
p es an
mayo es
se icios.
Es a
desigual-
—
18
-
dad
hace
posible
la
mani es ación
cons an e
de
la
desigual
po¬
encia
de
las
acul ades
humanas,
y
el
que
los
p oduc o es
de
la
angua dia
alien en
y
es imulen
á
los
que
caminan
con
más
len¬
i ud.
Si
en
di e sas
indus ias
con
igual
abajo
se
ob iene
des¬
igual
e ibución,
es
po que
unas
se
necesi an
más
que
o as,
y
de
esa
mane a
sigue
la
ac i idad
la
di ección
más
con enien e
pa a
el
cumplimien o
de
los
ines
del
homb e.
Acep an
algunos
la
desigual
emune ación
del
abajado ;
mas
epelen,
como
inicuo,
que
el
capi alis a
y
el
p opie a io
pa ici¬
pen
de
los
p oduc os
del
abajo.
«¿Qué
es
el
capi alis a,
según
P oudhon?
Todo.
¿Qué
debe
de
se ?
Nada.»
Si
el
capi alis a
no
ue a
nada,
bien
p on o
el
capi al
y
el
abajo
o ma ían
una
ecuación
de
ce os.
Admi ida
la
desigualdad
de
e ibuciones,
la
lógica
exige
la
admisión
de
la
p opiedad
del
capi al,
y
consi¬
guien emen e
la
legi imidad
de
su
in e és,
po que
se ia
un
con¬
asen ido
econoce
una
p opiedad
que
p oduje a
pa a
odos
menos
pa a
su
dueño.
Siendo
la
p opiedad
de
la
ie a
condición
p ecisa
de
los
p o¬
g esos
ag ícolas
y
del
pe eccionamien o
humano,
la
en a
que
p oduce
es
an
legí ima
como
el
in e és
de
los
capi ales.
¿Quién
que ía
inco po a
su
o una,
su
abajo,
su
sudo
y
su
sang e
en
una
ie a
cuyos
u os
no
habían
de
come
ni
él
ni
sus
hijos?
El
p ime o
que
ce có
una
ie a
y
dijo
«es o
es
mió,»
ué
el
e dade o
undado
de
la
ag icul u a
y
uno
de
los
p incipales
bienhecho es
de
la
humanidad.
A
pesa
de
la
desigual
epa ición
de
los
p oduc os,
las
dis an¬
cias
en e
los
homb es
se
disminuyen
y
se
ele a
el
ni el
de
las
clases
in e io es.
«El
desen ol imien o
g adual
de
la
igualdad
de
condiciones,
dice
Tocque ille,
es
p o idencial,
uni e sal,
du able,
independien e
del
pode
humano;
odos
los
sucesos
con¬
ibuyen
á
su
ealización.»
La
Economía
polí ica
y
la
Es adís i¬
ca
con i man
es a
e dad.
El
sala io
es á
en
azón
di ec a
del
capi al
é
in e sa
de
la
población
(57),
y
el
in e és
en
azón
d*-
19
-
ec a
de
la
población
é
in e sa
del
capi al.
En
las
naciones
ci i¬
lizadas
c ece
es e
más
ápidamen e
que
aquella,
y
po
eso
«á
me¬
dida
que
los
capi ales
se
aumen an,
se
aumen a
ambién
la
pa e
absolu a
que
co esponde
á
los
capi alis as
y
se
disminuye
la
ela¬
i a.
Po
el
con a io,
la
pa e
de
los
abajado es
se
aumen a
absolu a
y
ela i amen e
»
(38).
Es a
di e encia
no
se
opone,
sin
emba go,
á
la
solida idad
del
abajoydel
capi al:
el
segundo
no
puede
sali
de
su
ine cia
sin
la
in e ención
del
p ime o,
y
es e
iene
escasa
po encia
sin
el
auxilio
de
aquel.
Si
en
algunos
pue¬
blos
pa ece
que
la
subida
p og esi a
de
la
en a
de
la
ie a
con adice
es os
p incipios,
es e
hecho
no
debe
epu a se
ley
económica,
sino
un
enómeno
ano mal
sos enido
a i icialmen e
po
los
obs áculos
que
la
ley
opone
á
la
libe ad
del
come cio.
No
se
e i ica
además
ningún
p og eso
indus ial
que
no
aumen e
el
núme o
de
las
u ilidades
g a ui as
y
comunes,
no
mejo e
la
sue e
de
los
pob es,
y
no
aco e
la
dis ancia
que
los
sepa a
de
los
icos.
La
p opiedad,
como
odos
los
de echos
que
ienen
su
aíz
en
nues a
na u aleza
y
son
an e io es
á
la
ley,
no
desapa ece
po
la
iolencia,
pe o
se
es e iliza
si
no
es
espe ada:
una
nación
en
que
no
haya
segu idad
de
goza
del
p oduc o
del
abajo,
no
sald á
nunca
de
la
igno ancia
y
de
la
mise ia
(39).
La
p opiedad
quedada
ambién
mu ilada
ó
incomple a
sin
el
cambio,
g an
ue za
cen ípe a
que
une
las
ue zas
indi iduales
al
cue po
social.
El
cambio
hace
posible
la
di isión
del
abajo,
pone
en
acción
los
capi ales,
comple a
á
unos
homb es
con
o os,
y
ealiza
el
hecho
admi able
de
ap o echa se
uno
de
la
ob a
de
cien
mil.
Hegel
ha
cali icado
de
a omís ica
á
la
sociedad
mode na,
po que
sus
elemen os
i en
desag egados,
y
chocan
on e
sí
po
al a
de
cohesión;
pe o
imp esionado
po
el
espec¬
áculo
de
la
a iedad,
no
ha
is o
la
unidad
ni
el
ó den
social
undado
en
la
a monía
de
ambas.
Tenemos
que
abaja
unos
P
ai
’a
o os
bajo
pena
de
mue e,
po que
un
homb e
aislado
no
-
20
—
pod ía
i i
aunque
odo
el
mundo
ue a
suyo
(40).
Lo
mismo
en
el
o den
in elec ual
que
en
el
ma e ial,
el
cambio
es
exp e¬
sión
de
se icios
mú uos:
ningún
homb e
puede
e lo
odo,
y
es
más
ácil
ap ende
que
in en a
(41).
Según
Mon aigne
(42),
la
ganancia
de
uno
es
pé dida
de
o o;
y
según
Vol ai e
(43),
desea
la
g andeza
de
la
pa ia
es
desea
el
mal
de
los
ecinos.
Si
es o
ue a
exac o,
el
cambio
se ia
una
de
las
mayo es
pe u baciones
sociales,
y
el
géne o
humano,
que
no
puede
i i
sin
cambia ,
es a ía
condenado
á
una
inmo*
alidad
pe pé ua.
La
ciencia
económica
ha
demos ado,
no
sólo
que
en
el
cambio
ganan
los
dos
con ayen es,
sino
ambién
que
comp ándose
unos
p oduc os
con
o os,
no
hay
p oduc o
que
no
es é
in e esado
en
el
aumen o
de
p oduc o es
pa a
aumen a
el
núme o
de
comp ado es
(44).
¿Qué
ba ia
Ingla e a
de
su
in¬
mensa
p oducción,
si
el
mundo
se
con i ie a
en
un
desie o?
La
ag icul u a
iene
in e és
en
la
p ospe idad
de
las
manu ac¬
u as,
es a
en
la
de
aquella,
el
come cio
en
la
de
una
y
o as,
las
ciudades
en
la
de
los
campos
y
las
naciones
en
su
mu uo
en iquecimien o.
Pe o
¿puede
se
mo al
el
cambio,
es ando
el
alo
de
las
cosas
en
azón
in e sa
de
su
u ilidad?
¿No
es
es a,
como
dice
P oudhon,
una
con adicción
en
el
mismo
umb al
de
la
Economía
polí ica?
Léjos
de
se lo,
es
una
ley
a mónica
que
explica
la
exis encia
y
la
p opagación
de
la
especie
humana.
Lo
más
ú il,
ó
no
iene
alo ,
ó
le
iene
escaso,
y
puede
adqui i se
sin
es ue zo
ó
con
es ue ¬
zos
pequeños.
¿Qué
se ia
del
homb e
si
u iese
que
comp a
al
p ecio
de
las
pied as
p eciosas
el
ai e
que
espi a?
El
p og eso
económico
no
consis e
en
sa is ace
las
mismas
necesidades
con
una
can idad
de
alo es
cada
ez
mayo ,
sino
con
can idades
cada
ez
más
educidas
:
no
se
c ea
po
eso
que
dec ece
la
suma
o al;
ecibe
dia iamen e
nue os
aumen os,
po que
las
necesi¬
dades
son
p og esi as,
y
el
abajo
ley
de
nues a
na u aleza
pe ec ible.
El
cambio
se
desna u aliza
cuando
ca ece
de
libe lad.
Lib e
lle a
su
calo
ecundan e
á
odos
los
pueblos,
y
une
las
manos
y
los
co azones
de
odos
los
homb es;
pe o
si
se
le
achica
y
ap isiona
den o
de
líneas
a i iciales
azadas
po
la
ue za,
no
hay
que
espe a
én elos
Es ados
más
que
enco es
y
ep esalias
injus as.
En
ez
de
con ene
sus
mo imien os
expansi os,
déje¬
sele
ola
en
alas
del
apo
y
de
la
elec icidad.
Déjese
que
las
cin as
de
hie o
que
ciñen
las
naciones
se
ex iendan
y
mul ipli¬
quen,
y
que
se
o me
un
as o
sis ema
ascula
po
donde
ci ¬
cule
ápidamen e
la
sang e
de
la
humanidad
en e a.
Déjese
que
los
pueblos
se
comuniquen
po
ellas
sus
sen imien os,
sus
ideas
y
sus
oliciones,
y
en
ese
uni e sal
concu so
se
e á
iun a
á
la
e dad
del
e o ,
á
la
i ud
del
icio
y
al
de echo
de
la
in¬
jus icia.
Si
el
cambio
hace
mejo es
álos
homb es,
con ibui án
am¬
bién
á
su
mejo amien o
los
medios
de
acili a le
y
ex ende le.
En e
ellos
igu a
p incipalmen e
la
moneda:
cuando
los
go¬
bie nos
la
adul e an
ó
alsi ican,
ol idan
que
es
una
me cancía
suje a
á
las
leyes
gene ales
de
los
alo es,
y
come en
un
inicuo
despojo
bajo
el
ampa o
de
la
impunidad.
Lo
indigno
de
su
con¬
duc a
no
les
ha
de enido
en
su
ca e a
de
injus icia
y
de
pe ¬
dición
,
has a
que
la
Economía
polí ica
ha
enido
á
enseña les
que
la
inmo alidad
e a
con a ia
á
sus
in e eses.
Hoy
ya
los
gobie nos
no
adul e an
la
moneda,
y
el
iun o
de
lo
ú il
ha
sido
ambién
el
iun o
de
lo
jus o.
Los
documen os
de
c édi o
desempeñan
con
g andes
en ajas
las
unciones
mone a ias;
pe o
deben
ep esen a
alo es
eali¬
zables.
Los
gobie nos
no
pueden
da
alo
po
medio
de
la
ue za
á
las
cosas
que
no
le
ienen,
y
cuando
a ojando
i as
de
papel
al
me cado,
han
dicho
«eso
es
dine o,»
la
sociedad
ha
ele ado
los
p ecios
y
el
papel
no
ha
sido
más
que
papel.
El
queb an amien o
de
las
leyes
económicas,
lo
ha
sido
ambién
de
las
mo ales;
los
in elices
ac eedo es
se
han
is o
despojados
de
sus
legí imos
de echos,
y
al
cambio
ha
sucedido
un
juego
mise able
é
indigno.
El
c édi o,
ínculo
del
capi al
y
el
abajo,
acili a
el
aho o
y
la
acumulación,
a anca
de
la
ine cia
á
los
homb es
y
los
medios
de
p oduci ,
los
lle a
á
donde
se
necesi an,
é
imp i¬
miéndolos
un
ápido
mo imien o
de
ci culación
,
aumenla
los
p oduc os
y
mul iplica
los
capi ales.
Une
á
las
naciones
po
emp esas
comunes,
y
no
puede
exis i
sin
buena
e,
sin
p o¬
bidad
y
sin
ó den.
Se
ha
abusado
y
se
abusa
del
c édi o;
pe o
esos
ex a íos
no
sólo
son
condenados
po
la
mo al,
sino
am¬
bién
po
la
Economía
polí ica.
El
que
iola
la
san idad
de
las
p omesas,
además
de
sen i
sob e
su
conciencia
el
peso
del
emo dimien o,
pie de
la
con ianza
y
la
es imación
públicas,
y
no
halla
quien
acuda
en
su
auxilio
en
las
ho as
de
a licción
y
de
angus ia.
Las
más
so p enden es
ma a illas
del
c édi o,
se
ealizan
en
los
iempos
mode nos
po
el
in lujo
de
la
asociación
y
de
los
bancos,
que
euniendo
las
economías
del
pob e
y
las
iquezas
del
pode oso,
hacen
que
las
i i iquen
el
alen o,
la
ac i idad,
la
p udencia
y
la
pe se e ancia.
«Po
medio
de
los
bancos,
dice
Goquelin
(45),
los
anglo-ame icanos
han
conquis ado
odo
un
mundo
en
el
desie o,
y
a ancándolo
como
á
la
nada,
le
han
ele ado
á
un
g ado
dé
esplendo
come cial
que
los
iejos
pue¬
blos
más
lo ecien es
no
han
conocido.»
¿Quéimpo a,
di án
los
pesimis as,
que
c ezca
el
pode
de
las
ue zas
p oduc i as,
si
el
p oblema
pa o oso
de
la
población
nos
amenaza
a almen e
con
la
mise ia,
caja
de
Pando a
,
de
la
que
se
escapan
los
males,
ex endiéndose
po
oda
la
ie a
(46)?
La
población
es
un
gigan e,
c eciendo
siemp e,
que
consume
más
de
lo
que
p oduce,
y
que
no
eniendo
qué
de o a ,
se
de o a
á
sí
misma.
No
puede
nega se
que
el
pode
de
p opaga
la
ida
es
supe¬
io
al
de
conse a la.
Las
especies
ege ales
y
animales
llena-
—
23
—
ían
en
poco
iempo
oda
la
ie a
,
si
no
las
al asen
condicio¬
nes
de
exis encia.
La
población,
según
Mal hus,
c ece ía
en
p og esión
geomé ica,
si
no
encon ase
obs áculos
en
su
des¬
en ol imien o;
pe o
además
déla
ley
de
mul iplicación,
hay
o a
de
limi ación
que
se
opone
al
desa ollo
de
la
p ime a.
La
limi ación
se
e i ica
po
ep esión
y
po
p e isión.
La
mue e
p oducida
p incipalmen e
po
la
mise ia,
es
el
obs áculo
ep esi¬
o.
La
p e isión
impide
las
uniones
imp uden es
que
dan
naci¬
mien o
á
sé es
que
no
pueden
i i .
Si
la
mue e
ue a
el
único
medio
de
es ablece
el
equilib io
en e
la
población
y
las
sub¬
sis encias
,
el
paupe ismo
se ia
una
llaga
social
cada
ez
más
p o unda,
la
humanidad
es a ía
condenada
á
un
males a
p o¬
g esi o
y
la
ciencia
económica
y
la
mo al,
pugna ían
en
pe -
pé ua
con adicción.
Mas
no:
las
dos
concu en
al
bien
del
homb e,
aconsejando
el
abajo
y
la
p udencia;
las
dos
conde¬
nan
los
enlaces
insensa os,
cuyos
u os
son
la
desespe ación
y
la
indigencia:
las
dos
han
hecho
que
sea
mayo
la
disminu¬
ción
ela i a
de
los
nacimien os
y
de unciones
(47).
La
ida
media
es
cada
ez
más
la ga
(48),
y
iun ando
la
p e isión
de
la
mue e,
se
ealiza
uno
de
los
p og esos
más
impo an es
en
el
ó den
ma e ial
y
mo al.
Con
azón
ha
dicho
Julio
Simón
(49),
que
nadie
puede
sal a
al
ob e o
de
la
mise ia,
más
que
el
ob e o
mismo.
G acias
al
con enimien o
que
el
debe
impone,
y
el
in e és
aconseja,
Iéjos
de
aspasa
la
población
los
medios
de
i i ,
es os
se
aumen an
más
ápidamen e
que
ella
(50),
y
la
holgu a
y
el
bienes a
se
gene alizan.
La
población
po
o a
pa e
lle a
en
sí
misma
los
gé menes
de
la
iqueza,
y
cuan o
más
se
condesa,
mayo
es
la
e icacia
del
abajo
y
del
capi al.
Muchas
eces
hallan
los
homb es
di icul ad
de
i i
en
una
as-
la
ex ensión
de
e eno,
y
o as
i en
en
la
abundancia
en
una
po ción
pequeña
(51).
El
p og eso
del
abajo
no
se
e i ica
á
expensas
del
abaja-
d°
>
ni
la
p oducción
inmola
á
los
p oduc o es
(52).
La
es a-
—
24
-
dís ica
con
la
au o idad
i ecusable
de
los
núme os,
nos
enseña
que
el
paupe ismo
en
ez
de
c ece
disminuye
(53).
Los
sala¬
ios
son
gene almen e
mayo es
(54);
las
pes es
a as an
en
su
co ien e
meno
núme o
de
íc imas
(55);
las
hamb es
e i¬
bles
que
despoblaban
an es
coma cas
en e as,
ya
no
se
cono¬
cen
(56);
el
consumo
indi idual
de
sus ancias
alimen icias
c e¬
ce
(57);
el
núme o
de
niños
que
asis e
á
las
escuelas,
se
aumen¬
a
(58);
la
ca idad
es
cada
ez
más
ingeniosa
pa a
da
con¬
suelos
á
odos
los
in o unios
(59),
y
po
odas
pa es
se
ad¬
ie en
los
saludables
e ec os
de
la
higiene,
y
se
ac ecien an
sin
cesa
los
aho os
de
los
pob es
(60).
Si
en
algunos
países,
ó
po
imp udencia
ó
po
al a
de
capi¬
ales
ó
po
o as
causas,
la
población
ele a
su
ni el
sob e
el
de
las
subsis encias,
Dios
no
pe mi e
que
los
in elices
que
sob an,
mue an
as ixiados
en
una
a mós e a
in ec a
y
educida.
Un
ho izon e
inmenso
se
dila a
an e
sus
ojos,
y
milla es
de
cam¬
pos
í genes,
espe an
que
el
p oduc o
ab a
su
seno.
La
emi¬
g ación
es
un
hecho
p o idencial,
sin
el
que
la
mayo
pa e
del
mundo
es a ía
desie a.
Los
ien os,
dice
L.
V.
Gasne
(61),
no
lle an
á
las
soledades
con
los
gé menes
de
las
plan as
las
semillas
de
la
especie
humana;
es
necesa io
que
la
escasez
a anque
á
los
homb es
del
luga
de
su
nacimien o,
y
les
impe¬
la
á
lle a
el
in lujo
de
su
espí i u
á
odas
las
egiones
de
la
ie a.
Examinado
el
aspec o
mo al
de
la
Economía
polí ica,
con ie¬
ne
examina
el
aspec o
económico
de
la
Mo al.
¿Cuál
es
el
in
mo al
del
homb e?
Wol
lo
ha
dicho
en
las
siguien es
palab as:
«Haz
de
mane a
que
cada
ez
e
ace ques
más
á
la
pe ección,
y
pa a
consegui lo
p ocu a
ambién
el
pe eccionamien o
de
los
demás.»
¿Cuál
es
el
in
de
la
Economía
polí ica?
¿No
consis e
en
la
sa is acción
de
nues as
necesidades
po
medio
del
aba¬
jo?
¿Y
pa a
qué
las
sa is acemos,
sino
pa a
exis i
y
ob ene
el
mayo
pe eccionamien o
y
bienes a
posible?
—
25
—
No
hay
ningún
debe
cuyo
cumplimien o
no
sea
p eciso
pa a
la
ealización
de
los
ines
económicos:
el
es ado
mo al
de
un
pueblo
nos
da
la
medida
de
la
p oduc i idad
de
su
abajo.
El
homb e,
espí i u
y
cue po
á
la
ez
,
iene
debe es
pa a
con
en ambos.
No
llega
nunca
á
la
pe ección;
mas
siendo
pe ec ible,
debe
abaja
pa a
p omo e
su
mejo amien o.
Sé
con
in eligencia,
no
la
ha
ecibido
pa a
ma cha
á
ciegas
po
el
camino
de
la
ida.
Tiene
el
debe
de
in es iga
la
e dad,
y
pa a
cumpli le
necesi a
da
ex ensión
y
ue za
á
sus
acul a¬
des
in elec uales.
Do ado
de
sensibilidad
y
de
olun ad,
es á
obligado
á
educa las
y
di igi las,
la
sensibilidad
pa a
ama
el
bien
y
odia
el
mal,
y
la
olun ad
pa a
que,
poseyéndose
plena¬
men e
á
sí
misma,
se
decida
po
mo i os
nobles
y
dignos,
sin
que
la
seducción
la
doblegue,
ni
el
miedo
la
queb an e.
Sé
co pó eo,
no
sólo
debe
conse a
su
exis encia
ma e ial,
sino
p o ee
á
sus
ó ganos
de
las
condiciones
mejo es,
pa a
que
cada
cual
uncione
con o me
á
su
des ino.
¿Cuáles
se ian
los
esul ados
del
abajo
del
homb e,
si
in¬
ingie a
sis emá icamen e
es os
debe es?
De engamos
el
uelo
de
la
in eligencia,
y
los
p oduc os
de
la
indus ia
se án
como
la
casa
del
cas o ,
el
panal
de
la
abeja
ó
el
g ane o
de
la
ho miga.
Nues a
ac i idad
se
eje ce á
de
una
mane a
ins in i a
y
siem¬
p e
igual,
y
sólo
nues as
necesidades
se
aumen a án
p og esi a¬
men e
pa a
pe pé ua
o u a
de
nues a
alma.
No
eduquemos
nues a
sensibilidad,
si
nos
son
indi e en es
la
de o midad
y
la
belleza;
pe o
si
c eemos
que
el
sen imien o
de
1°
bello
nos
alien a
en
la
uda
a iga
con
que
la
humanidad
Pe sis e
en
la
ealización
de
sus
ideales
,
cul i émosle
con
el
e
sme o
con
que
se
cuidan
las
lo es
más
delicadas,
sin
pe mi i
iue
el
sol
las
ma chi e,
ó
el
ien o
las
deshoje.
No
cumplamos
el
debe
de
educa
la
olun ad,
y
su i émos,
n
°
sólo
los
e ec os
del
desó den
mo al,
sino
ambién
los
del
ec
°nómico.
Cuando
la
olun ad
no
se
posee
plenamen e
á
sí
—
32
—
i uciones
polí icas
no
dan
ga an ías
de
que
se án
espe ados,
las
uen es
de
la
p oducción
se
secan,
ó
se
achican
y
se
en u ¬
bian.
La
ida
indus ial
y
come cial
no
se
encuen a
en
los
as¬
os
impe ios
de
O ien e
ni
donde
el
despo ismo
iene
helada
de
espan o
la
sang e
de
los
p oduc o es
:
la
animación
y
la
in eli¬
gencia
b illan
en
Fenicia
y
en
los
pueblos
g iegos
de
la
an i¬
güedad,
en
las
Ciudades
Anseá icas
y
en
las
epúblicas
i alianas
de
la
edad
media,
y
en
Holanda,
en
Ingla e a
y
en
las
nacio¬
nes
ci ilizadas
de
los
iempos
mode nos.
Los
déspo as,
dice
Mon-
lesquieu
(70),
son
como
los
sal ajes
que
de iban
á
hachazos
el
á bol
cuyos
u os
quie en
coge .
La
eo ía
económica
y
la
adminis a i a
son
he manas,
y
aun¬
que
el
diáme o
del
cí culo
de
sus
doc inas
es
desigual,
la
ad¬
minis ación
camina
á
ciegas,
cuando
la
luz
de
la
Economía
polí ica
no
ilumina
sus
pasos.
La
ue za
ha
decidido
casi
siemp e
de
la
sue e
de
los
pueblos;
la
conciencia
sin
emba go
no
e ela
dos
jus icias,
una
pa a
los
indi iduos
y
o a
pa a
los
Es ados.
El
De echo
in e nacio¬
nal
no
puede
se
más
que
el
De echo
uni e sal,
uno
en
su
o i¬
gen
y
en
su
esencia,
aplicado
á
las
naciones.
Cuando
el
po¬
de oso
a as a
al
débil
a ado
á
su
ca o
de
iun o,
pod á
des¬
anece se
con
el
incienso
de
la
lisonja;
pe o
la
jus icia
se
cu¬
b i á
de
lu o,
y
no
a da á
en
a de
el
uego
de
la
gue a,
que
es
la
ac i idad
pa a
el
mal
y
la
pos ación
pa a
el
bien,
el
a¬
bajo
de
los
ins umen os
de
la
mue e
y
el
ocio
de
los
que
nos
dan
la
iqueza
y
la
ida.
La
usu pación
que
se
glo i ica
con
el
nomb e
de
conquis a,
iene
su
expiación
en
la
ie a;
odo
con¬
quis ado
,
dice
Mabi e,
es
un
loco
que
empieza
po
a uina
á
sus
p opios
súbdi os
pa a
a uina
después
á
los
de
los
o os.
La
jus icia
es
la
g an
polílica(71),
y
la
p obidad
la
mejo
di¬
plomacia
(72).
C eo
habe
demos ado
que
la
Mo al,
el
De echo
y
la
Economía-
polí ica,
aunque
ienen
ines
p óximos
dis in os,
con e gen
á
-
33
—
un
in
úl imo
común,
y
que
su
con adicción
se ia
la
con adic¬
ción
de
las
ue zas
del
espí i u
y
la
negación
del
ó den
uni e ¬
sal.
¿Es án,
sin
emba go,
los
hechos
de
acue do
con
la
ciencia
pu a?
¿El
desa ollo
mo al
de
las
sociedades,
es
a mónico
con
el
in elec ual
y
ma e ial,
ó
se
e i ica
á
expensas
y
en
oposición
de
los
o os?
¿Se á
imposible
no
sólo
la
pe ección
del
homb e
sino
ambién
su
pe eccionamien o?
¿Se án
inú iles
odos
sus
es ue zos
pa a
segui ,
aunque
sea
de
léjos,
al
ipo
absolu o
del
bien,
de
la
e dad
y
de
la
sabidu ía?
(73)
No:
la
humanidad
es
como
un
solo
homb e
que
i e
y
ap ende
siemp e
(74),
y
aun¬
que
según
la
g á ica
exp esión
de
Napoleón,
en
la
ma cha
de
los
siglos
lo
mismo
que
en
la
de
los
ejé ci os,
hay
siemp e
eza¬
gados,
no
deja
de
se
pe ec ible.
Re ocede
algunas
eces,
se
es aciona
o as,
y
adqui iendo
luego
ue zas
nue as,
camina
de
p og eso
en
p og eso,
y
se
hace
mejo
en
el
ó den
in elec¬
ual,
mo al
y
ma e ial.
Hay
panegi is as
de
lo
pasado
que
econociendo
los
adelan¬
os
ma e iales
de
nues os
iempos
y
con
algunas
limi aciones
los
in elec uales,
maldicen
los
p ime os
(75),
descon ían
de
los
segundos,
a i man
con
Ho acio
que
el
e oceso
mo al
es
p o¬
g esi o
y
no
en
en
el
aumen o
de
la
iqueza
más
que
siba i¬
ismo
y
co upción.
Si
hubie a
e dad
en
sus
a i maciones,
« o¬
das
las
causas
de
la
p oducción,
como
la
ac i idad,
el
ó den,
el
alen o
y
la
buena
e
se ian
semillas
del
icio,
y
las
que
nos
e¬
ienen
en
la
indigencia,
como
la
imp e isión,
la
pe eza,
la
in¬
empe ancia
y
la
incu ia,
debe ían
epu a se
gé menes
de
la
i ud»
(76).
La
mise ia
y
el
in o unio,
como
oda
a licción
p o¬
unda,
endu ecen
el
alma
(77),
la
concen an
den o
de
sí
mis-
oa,
y
la
p edisponen
al
odio;
la
elicidad,
po
el
con a io,
la
da
expansión
y
la
p edispone
al
amo
(78).
Pa a
p ac ica
el
bien
es
p eciso
conoce le
y
ama le,
cul i a
la
in eligencia
y
educa
la
sensibilidad
y
la
olun ad.
El
homb e
igno an e
y
g o¬
se o
es
escla o
de
sus
sen idos,
insensible
á
la
belleza
mo al,
y
—
34
—
débil
pa a
mode a los
impulsos
de
las
pasiones,
desconoce
las
consecuencias
del
mal,
no
ole a
las
al as
ni
las
censu as
de
nadie,
no
e ena
su
i a,
p o oca
la
de
los
demás,
y
exp esa
con
iolencia
los
mo imien os
de
su
co azón.
El
homb e
más
egoís a,
según
Wolowski,
es
el
sal aje.
Pa a
él
no
hay
ca idad
ni
jus icia:
descansa
mien as
la
a iga
inde
á
su
muje ,
la
obliga
á
abo a
b u almen e
(79),
oba,
esca ¬
nece
el
pudo ,
ma a
á
los
en e mos
y
los
iejos
(80),
y
come
la
ca ne
de
sus
he manos
(81).
¿Es
esa
la
ida
mo al
que
se
p e ie e
á
la
p esen e?
Se
con es a á
que
no;
pe o
si
se
niega
el
desa ollo
a mónico
de
los
p incipales
elemen os
de
la
ci iliza¬
ción,
la
lógica
nos
lle a á
i emisiblemen e
á
la
mo alidad
del
sal aje.
¿Se ia
mejo
que
la
Eu opa
de
es e
siglo,
la
G ecia
an i¬
gua
(82)
con
sus
pequeños
pueblos
en
que
unos
cuan os
milla¬
es
de
homb es
lib es,
se
c eían
en
su
ociosa
sobe bia
los
due¬
ños
del
géne o
humano,
y
con
su
Olimpo
en
que
la
luju ia
y
la
emb iaguez
enían
a dien es
pa onos,
y
á
ningún
icio
al aba
su
di inidad,
inclusos
el
homicidio
y
el
obo?
¿Se
que á
que
el
impe io
omano
saque
del
sepulc o
su
ho ¬
ible
os o
y
sus
sang ien as
ga as,
y
enue e
sus
dias
de
e¬
ocidad
y
de
c ápula?
¿Se
que á
esuci a
el
mando
de
los
Ca-
lígulas
y
Ne ones,
las
o pezas
de
las
Mesalinas,
el
siba i ismo
epugnan e
de
la
a is oc acia
más
en ilecida,
la
de as ación
sis¬
emá ica
de
p o incias
en e as
y
la
abyección
de
aquel
pueblo
mendigo
que
decía
al
i ano:
dame
dine o
y
con isca,
dame
i¬
go
y
ma a,
dame
espec áculos
y
haz
cuan o
el
genio
del
c imen
e
inspi e?
La
o a
az
de
los
Césa es
nos
espan a;
mas
¿quién
que ía
i i
en
la
Gemianía
syl is
hó ida
e
paludibus
aida
(83)
con
aquellos
bá ba os,
cubie os
de
pieles
y
medio
desnudos
(84)»
que
se
a oja on
como
un
o en e
de
la a
sob e
el
impe io,
¿
hicie on
embla
la
ie a
bajo
sus
plan as?
La
in asión,
como
—
35
-
odos
los
g andes
hechos,
ha
con ibuido
al
p og eso
del
mun¬
do;
pe o
hizo
e e
an as
lág imas,
cos ó
an a
sang e
y
ma ¬
i izó
an o
á
los
encidos,
que
el
espí i u
se
encoge
y
casi
des¬
allece
al
eco da
aquella
espan osa
ca ás o e.
La
edad
media
iene
su
legi imidad
his ó ica,
como
odas
las
edades,
y
no
puede
nega se
su
in lujo
en
la
ci ilización
eu opea.
¿E an,
sin
emba go,
mejo es
sus
cos umb es
que
las
nues as?
Sí:
con es an
sin
acila
los
que
p e ie en
el
cas illo
á
la
áb i¬
ca,
el
mago
al
sábio,
el
pe gamino
á
la
p ensa
y
el
ago
de
los
comba es
al
uido
de
los
me cados.
¿Quién
no
palpi a
de
en u¬
siasmo,
al
ecue do
de
los
caballe os
de
aquel
iempo,
de
su
a.
lo
en
los
campos
de
ba alla,
de
su
e
en
odo
lo
que
e a
g ande
y
noble,
de
los
can os
de
los
o ado es,
de
las
ma a illas
de
la
a qui ec u a
y
de
la
exal ación
del
sen imien o
del
hono ?
¡Po¬
b e
humanidad!
Admi emos
la
belleza
del
a e;
pe o
no
ese
al¬
so
hono
que
pendía
de
la
espada
del
más
ue e,
y
que
e a
la
ileza
y
la
deshon a
del
mayo
núme o.
¿Dónde
es aba
el
hono
del
sie o
y
del
asallo?
¿Quién
igno a
la
ex ensión
de
los
de¬
echos
del
seño
sob e
las
desposadas
(85)?
¿Pueden
ex ema se
más
la
impudencia
y
la
injus icia?
¿En
qué
siglo
busca émos
la
mo alidad
de
la
edad
media?
¿Se á
en
el
siglo
xi?
El
céleb e
G ego io
VII
le
desc ibe
con
es as
palab as:
«Apenas
descub o
algunos
sace do es
que
hayan
llegado
po
las
ías
canónicas
al
episcopado,
que
i an
según
su
clase,
que
gobie nen
con
espí i u
de
ca idad,
no
con
el
des¬
pó ico
o gullo
de
los
pode osos
de
la
ie a.
En e
los
p íncipes
no
hay
ninguno
que
p e ie a
la
glo ia
de
Dios
á
la
suya
p opia,
la
jus icia
al
in e és.
Peo es
son
que
los
judíos
y
gen iles
aque¬
llos
en e
quienes
i o
(86).»
Desc ipciones
semejan es
de
las
cos umb es
de
aquel
iempo,
se
encuen an
en
la
his o ia
com-
pos elana
y
en
los
esc i os
de
Ba onio,
Ped o
Damiano
y
o os.
Ra he ,
a zobispo
de
Ve ona,
decía
que
el
cle o
i aliano
«exci¬
aba
con
el
ino
y
los
alimen os
sus
ape i os
li idinosos»
(87).
—
36
-
En
el
siglo
xn
el
abajo
e
apa ece
en
el
ho izon e
la
débil
luz
de
la
au o a
de
la
libe ad,
y
el
homb e
da
un
g an
paso
en
esa
la ga
ía
po
la
que
ma cha
al
cumplimien o
de
su
des¬
ino;
mas
pa a
que
no
se
anuble
la
aleg ía
que
sen imos
al
ima¬
gina le
con
el
hacha
en
la
mano
co ando
la
maleza
que
impide
sus
mo imien os,
apa emos
los
ojos
del
egue o
de
sang e
que
deja
de ás
de
su
huella.
No
eco demos
á
En ique
VI
de
Ale¬
mania
degollando
á
los
sicilianos
y
mu iendo
en enenado
,
ni
á
En ique
II
de
Ingla e a
asesinando
á
Tomás
Becke
y
luchan¬
do
con
su
muje
y
sus
p opios
hijos,
ni
á
Juan
sin
ie a
su¬
biendo
al
ono
sob e
el
cadá e
de
su
sob ino,
ni
á
Gá los
VII
de
Suecia
mue o
po
Canu o
E icson,
ni
á
Luis
VII
de
F ancia
incendiando
la
iglesia
de
Vi y
y
haciendo
pe ece
á
1.500
in¬
elices,
ni
los
epugnan es
y
ho ibles
excesos
p oducidos
po
las
u bulencias
de
Cas illa.
No
eco demos
ampoco
el
es a¬
do
de
segu idad
de
la
F ancia
á
ines
de
aquel
siglo
en
que
sie e
mil
bandidos
ué on
pasados
á
cuchillo
po
las
opas
de
Felipe
Augus o,
ni
las
angus ias,
el
ma i io
y
la
desespe a¬
ción
de
una
pa e
del
pueblo
eu opeo
op imido
po
una
nobleza
sin
en añas
(88).
En
el
siglo
xm
se
ealizan
g andes
adelan os
en
Eu opa:
las
endencias
á
la
unidad
se
e elan
de
una
mane a
más
ené gica,
y
el
de echo
ex iende
su
p o ección
á
mayo
núme o
de
pe so¬
nas.
A
pesa
de
eso
el
alma
se
llena
de
espan o
al
eco da
la
e ocidad
de
Al onso
IX
de
León,
que
pa eciéndole
sua¬
e
la
du a
penalidad
exis en e,
mandaba
a oja
á
los
eos
de
las
o es
más
al as,
quema los,
coce los
en
calde as
y
desolla los,
j
Qué
cos umb es
las
de
un
siglo
en
que
se
eia
con
indi e encia
que
Al onso
X
sin
o ma
de
p oceso
con¬
denase
á
ho ible
suplicio
á
su
p opio
he mano,
y
que
su
hijo
D.
Sancho,
con i iéndose
en
e dugo,
apalease
álos
ca¬
balle os
(89)
y
ma ase
á
Diego
López
con
su
p opia
espada!
¡Qué
con inencia
hab ía
en
el
pueblo,
cuando
las
clases
más
—
37
-
al as
i ian
públicamen e
con
mancebas
y
amigas
(90),
y
exis¬
ia
de
hecho
una
e dade a
poligamia!
¿Qué
homb e
de
i ud
y
de
conciencia
ec a
que ía
i i en
el
siglo
xi
en
que
Al onso
XI
lle aba
consigo
á
la
muje
adúl e a
y
ap isionaba
ála
legí ima,
en
que
Ped o
IV
de
A a¬
gón
mandaba
echa
de e ido
en
la
boca
de
sus
enemigos
el
me al
de
la
campana
de
la
Union,
y
en
que
el
mal ado
D.
Pe¬
d o
de
Cas illa
mudaba
de
muje es
como
de
es idos
(91),
ase¬
sinaba
á
sus
he manos,
y
enia
la
e oz
complacencia
de
come
delan e
de
sus
cadá e es
(92)?
En
ese
siglo
de
iniquidad
y
de
deso den
en
que
En ique
II
el
Bas a do
u o
ece
hijos
bas a ¬
dos
ambién,
la
p opiedad
e a
an
espe ada
como
la
ida
y
la
hon a.
La
C ónica
an igua
dice:
«Todos
los
icos
bo nes
e
los
caballe os
i ian
de
obos
e
de
omas
que
acian
en
la
ie a...
E
en
nenguna
pa e
del
egno
se
acía
jus icia,
e
llega on
la
ie a
á
al
es ado
que
non
osaban
los
omes
anda
po
los
cami¬
nos,
si
non
a mados
e
muchos
en
una
compaña.
E
en
los
lo¬
ga es
que
non
e an
ce cados,
non
mo aba
nenguno...
Aunque
allasen
los
o nes
mue os
po
los
caminos,
non
lo
a ian
po
ex¬
año
(93).»
Es os
escándalos
con inua on
en
el
siglo
x
,
p oscenio,
como
dice
Guizo
(94),
de
la
edad
mode na.
Según
un
esc i o
anónimo
del
iempo
de
En ique
IV,
a ibuido
á
Al on¬
so
Flo ez,
«los
obos
é
ue zas
e an
an
comunes
en
es os
i'einos,
que
la
mayo
gen ileza
e a
el
que
po
más
so il
in ención
había
obado
ó
echo
aición
ó
engaño.»
Lucio
Ma ineo
Sículo
dice
que
España
es aba
llena
de
lad ones,
ho¬
micidas,
sac ilegos
y
adúl e os.
Nadie
enia
segu a
su
ha¬
cienda
ni
su
muje
ni
sus
hijas.
Unos
usu paban
la
jus icia,
° os
obaban
casadas,
í genes
y
monjas,
o os
sal eaban
y
ma aban
á
los
que
iban
á
las
e ias.
Según
Pulga
«había
go¬
be nado
como
el
alcaide
de
Cas o
Ñuño,
que
desde
sus
ue ¬
es
hacia
ales
de as aciones
en
la
coma ca,
que
casi
odas
las
—
38
—
ciudades
de
Cas illa
se
ie on
obligadas
á
paga le
un
i¬
bu o
po
ía
de
segu o
pa a
pone
sus
e i o ios
á
cu"
bie o
de
sus
apaces
asal os
y
co e ías
(95).»
El
icio
co oia
p o undamen e
aquella
sociedad
en ilecida,
en
que
la
luju ia
y
el
c imen
hacían
gala
de
su
impudencia
y
des¬
en eno.
Es os
siglos
es án
pin ados
po
sí
mismos:
neg as
son
las
in as
y
somb íos
los
colo es,
mas
no
hay
ninguno
que
no
se
encuen e
en
la
pale a
de
la
his o ia
Después
del
siglo
x ,
siglo
de
ansición
y
de
ensayos,
comienzan
nue os
iempos
en
que
las
elaciones
humanas
se
ex¬
ienden,
el
sen imien o
de
la
sociabilidad
se
hace
más
ené gico,
los
pode es
polí icos
se
cen alizan,
las
naciones
se
uni ican,
la
in eligencia
se
ele a,
y
el
espí i u,
más
en
posesión
de
sí
mis¬
mo
,
odo
lo
examina
y
emplaza
an e
el
ibunal
de
la
azón
y
de
la
c í ica.
El
siglo
x i
ué
un
iempo
de
g andes
homb es
y
de
g an¬
des
cosas
(96).
Dis ínguese
España
po
la
glo ia
de
sus
conquis as
y
sus
a mas,
á
bien
al o
p ecio
comp ada
con
la
sang e
de
sus
hijos,
con
sus
in o unios
y
su
empob ecimien¬
o
(97).
Ese
siglo
ué
supe io
á
los
que
le
p ecedie on;
pe o
¿cuáles
son
sus
í ulos
de
mo alidad
?
¿Se á
su
polí ica,
ealiza¬
ción
de
la
de
Maquia elo,
que
es
la
pe e sión
mo al
e igida
en
sis ema?
¿Se án
la
de as ación,
el
pillaje
y
el
asesina o
lle a¬
dos
á
las
colonias?
¿Se á
la
ole ancia
que
encendía
hogue as
en
Ingla e a
pa a
los
ca ólicos
y
en
España
pa a
los
p o es an¬
es?
¿Se á
el
núme o
de
c ímenes
que
supone
la
imposición
de
20.000
penas
capi ales
po
un
solo
magis ado
(98)?
¿Se á
el
saco
de
Roma
con
sus
ho o es
indecibles?
¿
Se án
los
desa¬
ue os
que
denuncian
las
Có es
Españolas
de
1586?
¿Se án
los
desó denes
que
llega on,
según
Sando al
(99),
has a
el
pun o
de
que
los
nobles
a eba asen,
al
sali
de
la
iglesia,
á
las
desposadas
de
en e
las
manos
de
los
pad es
y
ma idos?
—
39
-
¿Se án
los
adul e ios
de
En ique
VIII
y
las
li iandades
de
la
mayo
pa e
de
los
p íncipes
eu opeos?
¿Se án
las
obscenida¬
des
que
e elan
en
nues o
país
las
pe iciones
de
las
Co es
de
1537,
1552,
1558
y
1570(100)?
El
siglo
x ii,
el
siglo
de
Desca es,
de
New on
y
de
Leib-
nilz,
iene
de echo
á
nues o
espe o
y
g a i ud
po
sus
abajos
cien í icos;
pe o
al
egis a
la
his o ia
de
sus
cos umb es,
la
e güenza
en ojece
el
os o,
y
una
i a
digna
enciende
el
co a¬
zón.
Po
odas
pa es
se
eian
los
es agos
de
la
mise ia
en
nues o
país:
los
caminos
es aban
desie os
po
emo
álos
ban¬
didos;
excesos
epugnan es
u baban
la
paz
de
las
chozas,
de
los
palacios
y
has a
de
los
luga es
de
ecogimien o
(101);
el
adul¬
e io
se
llamaba
galan eo,
y
la
adminis ación
pública
llegó
en
sus
escandalosas
dep edaciones
al
úl imo
g ado
de
co up¬
ción
(102).
El
siglo
x iii,
que
an
g an
in luencia
ha
eje cido
sob e
el
nues o,
no
puede
ampoco
da nos
lecciones
de
cas idad,
de
emplanza
y
de
espe o
á
la
p opiedad,
á
la
libe ad,
á
la
hon a
y
á
la
ida.
¿Cómo
había
de
habla nos
de
cas idad,
hallándonos
an
ce ca
de
aquellos
iempos
en
que
ap o es
á
sueldo
es aban
enca gados
de
espia ,
so p ende
y
conduci
al
Pa que
de
los
cie os
las
íc imas
que
endía
la
mise ia,
ó
e an
a eba adas
á
sus
amilias?
(103).
No
puede
habla nos
de
espe o
á
la'p opie-
dad,
po que
has a
los
omances
popula es
nos
ecue dan
los
nomb es
de
aquellos
céleb es
malhecho es
que
obaban
y
ase¬
sinaban
á
los
icos,
daban
limosna
á
los
pob es,
hallaban
hos¬
pedaje
en
odos
los
pueblos,
ponían
á
con ibución
á
los
cami¬
nan es
y
hacían
espe a
su
i egula
sobe anía
po
decenios
en e os.
No
nos
puede
habla
de
segu idad
pe sonal,
no
sólo
po
el
lujo
de
a bi a iedad
desplegado
po
el
pode
(104),
sino
ambién
po
el
núme o
de
deli os
que
cas igaban
los
ibunales,
y
de
que
e a
is e
y
elocuen e
p ueba
el
pa íbulo,
siemp e
al¬
zado
en
las
poblaciones
más
impo an es.
—
40
—
Muchos
y
abominables
hechos
se
epi en
po
desg acia
en
nues os
iempos,
y
la
es adís ica
c iminal
a lige
p o undamen¬
e
á
los
homb es
de
sensibilidad
delicada
y
de
conciencia
ec a;
nues a
sociedad,
sin
emba go,
no
i e
como
la
de
o os
siglos,
en
un
lago
de
sang e.
Se
come en
muchas
iolencias
con a
las
pe sonas;
pe o
la
ilus ación
se
di unde,
la
ole ancia
se
ex¬
iende,
la
i a
se
mode a,
y
los
a aques
pe sonales
se
disminuyen.
G ande
es
el
núme o
de
las
iolaciones
de
la
p opiedad;
mas
no
son
an as
ni
an
g a es
como
en
los
siglos
pasados,
en
que
di¬
icul aban
é
impedian
los
aspo es,
suspendian
las
elaciones
come ciales
y
desalen aban
la
p oducción.
No
escasean
las
es a¬
as
y
los
audes,
pe o
ambién
el
c édi o
ha
omado
gigan escas
p opo ciones,
y
el
c édi o
es
la
con ianza
y
la
buena
e.
La
lu¬
ju ia
y
la
in empe ancia
hacen
unes os
es agos;
mas
sin
el
p og eso
gene al
del
ó den
domés ico,
de
la
p e isión
y
de
la
Economía,
no
hubie an
podido
es ablece se
an os
milla es
de
Cajas
de
aho os
y
de
Sociedades
de
soco os
mu uos.
Se
llama
egoís a
y
despiadado
á
nues o
siglo;
¿ha
des inado
acaso
algu¬
no
de
sus
p edeceso es
al
soco o
de
la
pob eza
ni
la
cua a
pa ¬
e
de
las
can idades
que
Eu opa
des ina
en
el
en
que
i imos?
La
ue za
y
la
injus icia
deciden
oda ía
de
los
des inos
de
las
naciones;
la
polí ica
mode na
se ia,
sin
emba go,
un
modelo
de
mo alidad
pa a
los
homb es
que
en
el
siglo
x i
disponían
de
la
sue e
del
mundo.
No
llega émos
nunca
á
la
elicidad
ni
á
la
pe ección
absolu¬
a,
po que
lo
ini o
no
puede
con undi se
con
lo
in ini o.
Haga¬
mos,
sin
emba go,
es ue zos
pa a
a en aja
á
los
que
nos
p e¬
cedie on,
y
acumulemos
los
medios
de
que
sean
mejo es
que
noso os
las
gene aciones
enide as.
El
camino
que
iene
que
eco e
la
humanidad,
no
se
acaba
nunca,
y
lo
que
suele
pa¬
ece
la
me a
de
su
ca e a,
no
es
más
que
una
eminencia
desde
la
que
se
descub en
espacios
más
la gos
que
los
eco idos.
De¬
plo emos
la
mise ia,
los
icios
y
los
c ímenes
que
nos
odean,
—
41
-
no
pa a
c uza nos
de
b azos
en egándonos
á
un
a alismo
es¬
úpido,
sino
pa a
pe se e a
en
la
senda
del
abajo,
de
la
i ud
y
de
la
jus icia,
ab i
á
la
ac i idad
nue os
ho izon es
y
p o¬
mo e
el
desen ol imien o
p og esi o
y
a mónico
del
cue po
y
del
espí i u,
de
la
iqueza,
de
la
ciencia
y
de
la
mo alidad.
CONTESTACION
DEL
ILMO.
SR.
D.
MANUEL
COLMEIRO.
Seño es:
De
lal
mane a
se
enlazan
en
es e
mundo
lleno
de
abajos
y
mise ias
los
gus os
y
disgus os
de
la
ida,
que
no
hay
gozo
sin
sob esal o,
ni
elicidad
sin
mezcla
de
pesadumb e,
ni
suceso
p óspe o
que
de
odo
en
odo
nos
con en e.
Las
aleg ías
pu as
sólo
einan
en
el
pa aíso.
Dígolo
á
p opósi o
de
nues a
solemnidad
de
hoy,
pues
si
po
una
pa e
es
jus a
ocasión
de
egocijo
da
la
bien enida
al
doc o
ca ed á ico
de
Economía
polí ica
de
la
Uni e sidad
Cen al
cuya
oz
aún
esuena
en
ues os
oídos,
po
o a
con is a
el
ánimo
el
ecue do
de
una
pé dida
de
odos,
y
de
mí
mayo ¬
men e
muy
sen ida.
Aludo
al
a ón
escla ecido,
al
p o undo
ju isconsul o,
al
his o iado
elegan e,
en
in,
al
Excmo.
Seño
An onio
Ca anilles,
que
la
mue e
impía,
co lando
el
hilo
de
sus
nobles
a eas,
a eba ó
á
la
Academia
y
á
sus
muchos
amigos;
y
yo,
que
me
hon aba
de
se lo
y
de
ene le
dos
eces
po
compañe o,
p e endo
desahoga
el
co azón
pagando
aquí
doble
ibu o
á
su
memo ia.
Los
homb es
pasan,
pe o
quedan
las
ins i uciones
que
eno¬
ándose
sin
cesa ,
desa ian
los
es agos
del
iempo;
y
en
es o,
seño es,
se
unda
la
g ande
u ilidad
de
las
Academias.
G acias
—
52
—
á
su
pode osa
o ganización
i en
pe pé uamen e,
se
eju ene¬
cen
cada
dia,
y
cada
dia
elan
po
el
eso o
de
ciencia
que
he¬
edan
de
sus
indi iduos
y
ansmi en
á
o os
con
el
enca go
de
aumen a lo.
Tan o
impo an
las
elecciones
ace adas.
La
del
S .
Mad azo,
po
di e sos
í ulos
ac eedo
á
la
me ced
que
hoy
le
hacéis,
ha
sido
la
con i mación
del
o o
público
que
de
an emano
le
seña¬
laba
un
asien o
en e
noso os.
La
amis ad
y
la
he mandad
de
es udios
y
p o esión,
me
obligan
á
se
pa co
en
su
alabanza.
Hallo
más
cómodo
que
le
juzguéis
oso os
mismos
con
se e a
impa cialidad,
según
la
mues a
de
sana
y
abundan e
doc ina
que
encie a
su
discu so.
Quisie a,
al
cumpli
con
el
debe
de
con es a le,
deci
algo
nue o
sob e
las
Relaciones
de
la
Economía
polí ica
con
la
Mo al
y
el
De echo;
pe o
el
académico
elec o
ha
espigado
an
bien
el
campo,
que
apenas
descub o
mies
digna
de
o ece os.
Co o
el
pelig o
de
que
la
c í ica
compa e
mi
o ación
á
un
io
de
palab as
sono as,
y
me
an icipo
á
la
censu a,
conside ando
que
el
o o
de
obediencia
me
ue za
á
expone
mi
pe sona
po
la
hon a
de
la
Academia.
La
Economía
polí ica
nació
con
mala
es ella.
Se ia
aspa¬
sa
los
lími es
de
nues o
asun o
ae os
á
la
memo ia
odas
las
c ueles
in ec i as
de
sus
ad e sa ios.
El
nue o
académico
no
ha
disimulado
la
neg a
o una
de
su
ciencia
a o i a,
an es
ha
hecho
caso
de
hon a
obus ece
cualesquie a
a gumen os
más
ó
menos
pode osos,
iando
á
la
azón
el
iun o
de
su
causa.
Y
en
e dad,
seño es,
si
uese
cie o
que
la
Economía
polí¬
ica
inde
cul o
supe s icioso
al
o o
y
la
pla a;
que
ama
las
iquezas
sob e
odas
las
cosas
del
mundo;
que
enciende
y
es i¬
mula
la
sed
de
los
place es
g ose os
de
la
ida;
que
inocula
el
eneno
de
la
o pe
sensibilidad
en
el
co azón
del
homb e;
que
exal a
el
sen imien o
del
in e és
indi idual
has a
san i ica
la
pasión
del
egoísmo;
que
sac i ica
el
espí i u
á
la
ma e ia,
y
—
53
—
po
úl imo,
que
es
una
ciencia
sin
en añas
pa a
el
pob e,
ce ¬
ada
á
lo
g ande
y
noble,
ep obada
po
la
mo al,
condenada
po
la
jus icia,
¿á
qué
ex aña
pe e sión
del
sen ido
común
debe émos
a ibui
que
los
pueblos
la
escuchen
y
cul i en,
y
los
gobie nos
la
ole en,
la
enseñen
y
p ac iquen?
¿Cómo
i e
y
p ospe a
la
aza
maldi a
de
los
economis as,
pes e
de
las
epú¬
blicas,
enemigos
del
géne o
humano,
le adu a
de
la
disolución
social,
y
según
emos
que
c ece
y
se
mul iplica
y
cob a
au o¬
idad
en
los
palacios
y
cabañas,
p ecuso es
inmedia os
del
in
del
mundo?
Respe o
la
opinión
de
los
que
niegan
á
la
Economía
polí ica
el
í ulo
de
ciencia;
mas
no
puedo
pe suadi me
á
que
hablen
de
buena
e
ó
con
pleno
conocimien o
de
causa
los
que
a i man
que
es
la
ciencia
del
mal.
Siemp e
he
oido
deci
que
la
ociosi¬
dad
es
mad e
de
odos
los
icios,
y
con o me
á
es a
egla
an
sabida,
la
eo ía
del
abajo
no
debe
egend a
sino
i udes.
Dejémosnos
de
pa adojas.
La
Economía
polí ica
y
la
Mo al
son
he manas,
y
aunque
el
c i e io
de
cada
una
se
de i a
de
un
o den
dis in o
de
ideas,
ambas
ecíp ocamen e
se
ayudan
y
con i man.
Es a
es
la
comp obación
de
lo
ú il
po
lo
bueno,
y
aquella
la
comp obación
de
lo
bueno
po
lo
ú il.
Sabéis,
seño es,
que
amo
la
his o ia
y
gus o
de
empla
los
ímpe us
del
dogma ismo
con
el
exámen
de
los
hechos
y
la
ex¬
pe iencia
de
los
siglos.
Temo
la
ácil
seducción
de
los
sis emas
p econcebidos,
y
an es
de
adop a los,
p ocu o
in e oga
á
los
iempos
pasados,
es udia
la
ob a
len a
y
p og esi a
del
genio
de
los
pueblos,
y
en
in,
busca
el
e eno
i me
en
el
cual
deseo
cimen a
la
e dad
capi al,
el
p incipio
sup emo
de
oda
ecun¬
da
especula i a.
Sabéis
que
an es,
mucho
an es
de
Adam
Smi h,
hubo
esc i¬
o es
polí icos
que
abo da on
con
mediana
elicidad
las
cues¬
iones
económicas
más
g a es
é
impo an es,
y
poco
á
poco
ué on
allanando
el
camino
pa a
cons i ui
un
cue po
de
doc ina.
—
54
-
Los
p ecu so es
de
la
no edad,
los
mensaje os
de
la
Econo*
mía
polí ica
e an
(no adlo
bien)
los
mo alis as
y
los
ju isconsul¬
os
impelidos
de
una
co ien e
sec e a
é
in encible,
cuyo
o igen
podemos
hoy
señala
en
la
a inidad
de
la
Economía
polí ica
con
la
Mo al
y
el
De echo.
Dudo
que
ciencia
alguna
de
las
mo¬
de nas
se
hon e
con
an
ilus e
abolengo.
Fijémonos
un
ins an e
en
la
cues ión
del
lujo
y
de
las
leyes
sun ua ias
an
deba ida
en
el
siglo
x n,
y
sin
epa a
en
la
mayo
ó
meno
bondad
de
la
eo ía
económica
,
obse emos
si
se
enlaza
ó
no
con
las
máximas
de
la
mo al,
y
los
p ecep os
de
la
jus icia.
«Los
gas os
excesi os
(decían)
empob ecen
la
nación,
jun o
con
la
ociosidad
de
los
pueblos,
el
desó den
en
galas
y
con i es
y
la
in oducción
de
opas
y
me cade ías
ex anje as.
El
lujo
engend a
la
molicie
y
a eminación
y
co ompe
las
cos umb es.
Es
p eciso
i i
co í
mode ación
y
emplanza
pa a
es ablece
la
i ud
an igua
é
impedi
la
disipación
de
las
haciendas,
po ¬
que
en
el
dine o
es á
el
ne io
de
la
epública,
y
sin
él
odo
se
a enúa
y
en laquece.
»
«Los
p íncipes
ienen
obligación
de
pone
lími e
y
aya
á
la
p odigalidad
de
sus
asallos,
como
los
médicos
p esc iben
la
die a.
Tasando
los
gas os
supé luos
é
impe inen es,
los
icos
emplea ían
su
caudal
en
edi ica ,
lab a
y
plan a ,
y
los
pob es
se
aplica ían
á
la
ag icul u a
y
á
minis e ios
indus iales
de
p o echo
y
sus ancia.»
«Los
ajes
demasiados
di icul an
los
ma imonios,
ago an
la
gen e
y
qui an
el
lus e
á
los
nobles
con undiéndolos
con
los
plebeyos.»
O os
que
no
pa icipan
del
común
sen i ,
esponden
:
«Deci
que
á
los
asallos
los
han
des uido
los
gas os
supé luos,
no
es
en ende
con
qué
se
sus en a
la
mul i ud
hones a
y
quie amen¬
e,
po que
si
no
hubiese
las
a es
y
ciencias
que
á
muchos
pa¬
ecen
supé luas,
impe inen es
y
nada
necesa ias
á
la
ida,
-So¬
se ía
la
epública
ala be,
pues
las
necesidades
de
los
unos
se
epa an
con
los
gas os
supé íluos
de
los
o os,
y
lo
que
á
unos
si e
de
des anece se,
á
o os
ha
se ido
de
hones o
eje cicio,
y
con
lo
que
unos
gas an
demasiado,
o os
comen
lo
necesa io.
Si
odos
se
e i asen
con
a a icia
á
no
gas a
más
de
lo
p e¬
ciso,
cesa ía
el
come cio,
a es,
a os
y
en as
y
ciencias
con
con
que
pasan
odos,
y
i i ían
en
con inua
igno ancia
y
mi¬
se ia
(1).»
No
es
mi
ánimo
media
en
la
con ienda,
sino
mos a ,
ci an¬
do
es os
dos
pasajes,
la
ama
del
discu so
o dina io
de
nues¬
os
an iguos
esc i o es
polí icos
que
pasaban
sin
sen i
de.
lo
hones o
á
lo
ú il
y
de
lo
ú il
á
lo
jus o,
una
sola
idea
con em¬
plada
á
dis in a
luz,
no
sospechando
que
aquella
pe ec a
a ¬
monía
ocul ase
el
gé men
de
u u as
disco dias.
Y
¿quiénes
e an
esos
e o mado es
a e idos
que
mezclando
la
Economía
á
la
Mo al
y
al
De echo,
discu ían
con
admi able
libe ad
sob e
la
población,
la
ag icul u a,
las
a es
y
o icios,
el
come cio
in e io
y
ex e io ,
los
ibu os
y
gabelas
y
o os
asun os
ocan es
á
la
buena
gobe nación
del
Es ado,
y
solici a¬
ban
con
ahinco
p o idencias
e icaces
pa a
el
omen o
de
la
i¬
queza
y
p ospe idad
gene al
?
Vene ables
obispos,
g a es
eó¬
logos,
doc os
ju iconsul os,
se e os
magis ados.
El
más
ígido
mo alis a,
el
mismo
esc i o
ascé ico
a a
las
ma e ias
econó¬
micas
con
anquilidad
de
ánimo,
léjos
de
ab iga
anos
esc ú¬
pulos
de
conciencia.
Y
si
de
aquellos
iempos
un
an o
emo os
enimos
á
o os
más
ce canos,
epa ad
que
Adam
Smi h,
e dade o
undado
y
pa ia ca
de
la
escuela
económica,
p o esaba
la
iloso ía
mo al
en
la
uni e sidad
de
Glasgow,
y
que
su
Teo ía
de
los
sen imien-
(1)
His o ia
de
la
Economía
polí ica
en
España
,
om.
II,
cap.
LXXXVII,
pág.
533.
-
56
—
os
mo ales
p ecedió
á
la
In es igación
de
la
na u aleza
y
las
causas
de
la
iqueza
de
las
naciones.
Mal hus,
el
au o
del
P incipio
de
la
población
,
enseñaba
His o ia
y
Economía
polí¬
ica
en
el
colegio
de
la
compañía
de
las
Indias
O ien ales;
y
Rosche ,
p o eso
de
la
uni e sidad
de
Leipsick,
explica
la
Eco¬
nomía
polí ica
comp obando
cada
egla
con
la
ley
mo al
dedu¬
cida
del
es udio
p o undo
de
la
sociedad,
según
se
mani ies a
en
la
iloso ía,
la
his o ia
y
la
ju isp udencia*
de
los
pueblos.
No
digáis
que
son
encuen os
casuales:
decid
más
bien
que
son
ínculos
necesa ios
que
nacen
de
la
a monía
de
lo
bueno,
lo
jus o
y
lo
ú il
y
ac edi an
la
ecindad
de
las
ciencias.
O ende
á
la
Economía
polí ica
diciendo
que
no
co e
unida
con
la
Mo al
es
culpa
le e,
pues
no
al ó
quien
mu mu ase
de
ella
que
asen aba
p oposiciones
mal
sonan es
y
pelig osas.
La
enseñanza
pública
de
es a
ciencia
empezó
en e
noso os
po
los
años
1784
bajo
la
p o ección
de
la
Sociedad
económica
de
Za agoza,
á
cuyo
exquisi o
celo
se
debió
la
undación
de
la
p i¬
me a
cá ed a
con
el
í ulo
de
Economía
Ci il
y
Come cio
egida
po
el
D .
D.
Lo enzo
No man e.
F .
Diego
José
de
Cádiz,
a ón
de
mucha
ama
en
i ud
y
le as,
denunció
cie as
conclusiones
del
doc o
No man e
como
e óneas,
o ensi as
á
los
oídos
piadosos
y
sospechosas
de
he e-
gía;
y
esumiendo
el
ene able
misione o
en
b e es
capí ulos
su
memo ial
de
ag a ios,
en esaca
las
siguien es
p oposicio¬
nes
dignas
de
censu a:
1.
a
Que
la
usu a
es
líci a.
2.
a
Que
el
lujo
es
ú il
y
aún
ecomendable.
5.
a
Que
no
deben
se
admi¬
idos
á
p o esión
eligiosa
los
meno es
de
ein e
y
cua o
años
(1).
P eocupado
con
el
sen ido
ulga
de
las
palab as
lujo
y
usu a,
epugnaba
el
aus e o
capuchino
oda
doc ina
al
pa e¬
ce
incompa ible
con
la
humildad
y
la
pob eza.
F .
Ge ónimo
José
de
Cab a,
de
la
misma
o den,
en
un
lib o
(i)
Se ape e
y
Gua inos.
Colee.
Me.
om
IX.
-
57
-
que
dió
á
luz
en
1787
(1),
acumulando
au o idades
y
ex os
sa¬
g ados
y
p o anos,
comba e
la
eo ia
de
No man e
espec o
á
población,
lujo,
alcabalas,
e c.;
y
pene ando
en
el
e eno
e¬
dado
de
la
conciencia,
mue e
con o e sias
polí icas
y
eligio¬
sas
ex añas
al
asun o,
discu e
con
calo
y
señala
la
he é ica
p a edad
de
al
ó
cual
pasaje
mal
in e p e ado.
Lle ó
el
P.
Ca¬
b a
su
po ía
al
ex emo
de
condena
como
g a e
inju ia
á
la
Majes ad,
llama
icioso
él
ibu o
de
las
alcabalas,
sus en an¬
do
que
pues
los
Reyes
lo
habían
es ablecido,
no
ué
sin
causa,
y
e a
un
juicio
eme a io
ponde a
sus
incon enien es.
En
in,
aunque
se
p ac ica on
en onces,
de
buena
e
sin
du¬
da,
exquisi as
diligencias
pa a
a ae
sób ela
nacien e
Economía
polí ica
las
i as
del
Gobie no
y
de
la
Inquisición,
p e aleció
el
consejo
de
absol e
de
lodo
ca go
á
una
ciencia
que
Campoma-
nes
que ia
uese
amilia
á
los
co egido es,
alcaldes
mayo es,
in enden es
y
ogados.
El
homb e
más
esc upuloso
y
imo a o
debe
econcilia se
con
la
Economía
polí ica
cuya
inocencia,
pa¬
sando
po
an
du as
p uebas,
quedó
bien
ac isolada.
Digo
ino¬
cencia,
po que
no
en iendo
que
sea
deli o
ni
aún
pecado,
hace
uso
legí imo
de
la
azón
y
solici a
e o mas
saludables.
Yo,
seño es,
aunque
indigno,
pe enezco
al
hon ado
g emio
de
los
economis as;
pe o
amo
sob e
odo
la
e dad,
y
debo
á
mi
conciencia
hace
una
con esión
paladina
de
nues as
laquezas
domés icas.
¿Sabéis
sob e
quién
pesa
la
mayo
pa e
de
culpa
de
los
ag a ios
é
inju ias
in e idas
á
la
Economía
polí ica?
Sob e
los
mismos
economis as.
Si
no
u iese
amigos
indisc e os
que
en
ez
de
ence a la
den o
de
los
lími es
de
lo
ú il
á
la
ida
humana,
p e enden
ex ende
su
ju isdicción
á
odo
cuan o
ab aza
el
inmenso
ho i¬
zon e
de
las
ciencias
sociales;
que
aspi an
á
en oniza la
y
con-
(D
P uebas
del
espí i u
del
S .
Melón,
y
de
las
p oposiciones
de
Economía
ci il
y
de
Come cio
del
S .
No man e.