Discursos pronunciados en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en la recepción pública del señor don Santiago Diego Madrazo en 18 de diciembre de 1864
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DISCURSOS PRONUNCIADOS EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS EN LA EECEPCION PÚBLICA SEÑOR RON SANTIAGO DIEGO MADRAZO en 1 8 de Diciembre de 1864. MADRID, 1864 IMPRENTA DE MANUEL GAI.IANO, Plaza de los Ministerios, 2.
DISCURSO DEL SEÑOR DON SANTIAGO DIEGO MADRAZO.
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Señores: Al considerar la gran distancia que me separa de vosotros, que ocupáis un lugar tan distinguido en la estimación pública, mi débil inteligencia se siente turbada, y mi corazón agradece profundamente la honra que me habéis dispensado al conceder¬ me un puesto en esta respetable Academia. Una distinción tan superior á mis merecimientos me impone deberes que no sabré cumplir provechosamente para vuestro instituto, pero sí con celo, interés y perseverancia. Procuraré, no igualar, porque no lo consienten mis fuerzas, pero sí imitar al ilustre académico á quien tengo el honor de suceder. El Excmo. Sr. D. Antonio Cabanilles ha dejado entre vosotros imperecederos recuerdos: al evocarlos en este solem¬ ne acto no sólo cumplo la obligación impuesta por la costum¬ bre, sino también la que todos tenemos de conservar la memo¬ ria de los que prestaron servicios importantes á la ciencia. La Academia no olvidará nunca la flexibilidad y vigor inte¬ lectuales del hombre eminente, que sintiendo leve el peso de las tareas del foro, que quebrantan los ánimos más esforzados, se levaba sin violencia de la práctica á las regiones de la teoría. Espíritu analítico y sintético á la vez, aunque infatigable en la
- 6 ~ investigacion minuciosa de los hechos, era capaz de las más altas concepciones. Sábio y erudito, no consideraba la erudición como fin, sino como medio de llegar al conocimiento de la ver¬ dad. Sencillo en la exposición de los sucesos, desapasionado al juzgarlos y hábil para cautivar la atención sin fatigar la memo¬ ria, conquistó un puesto dignísimo entre nuestros historiadores contemporáneos. La historia no es sólo una série de cuadros de la vida exter¬ na de los pueblos, sino también la revelación de su vida ínti¬ ma, de sus ideas, sentimientos y necesidades. El historiador digno de este nombre no puede menos de ser filósofo, jurisconsulto y econonomista, y por eso el académico cuyo vacío intentaré llenar en vano, concurría tan dignamente con vosotros al progreso de las ciencias morales y políticas. Dedicado desde los primeros años de mi juventud á la ense¬ ñanza de una de ellas, al penetrar en este recinto me siento lle¬ vado por irresistible impulso al exámen de las doctrinas que han sido objeto de mis estudios diarios. La Economía política aunque tiene un objeto y fin propios, y no se confunde con nin¬ guna de las demás ciencias sociales, está unida á ellas por re¬ laciones numerosas, y pretender aislarla y que viva exclusiva¬ mente de sí misma, seria aspirar á que en el cuerpo humano funcionara el corazón sin el cerebro ó el cerebro sin el corazón. La sociedad, aunque compuesta de elementos heterogéneos, impelida por ideas diversas y agitada por pasiones enemigas, es, sin embargo, un todo armónico , en que las divergencias y las luchas se resuelven en una admirable unidad. Podrá estu¬ diarse bajo muchos puntos de vista; pero aunque distintos como los lados de un prisma, no se opondrán á la ley de su ar¬ monía. La ciencia de la sociedad es una, como su objeto: dentro de su último fin se comprenden otros fines parciales; mas léjos de contradecirse, las fuerzas que los realizan, concurren todas á
nuestro perfeccionamiento. La ciencia social se divide en varias ramas, que forman una sola familia indisoluble, guiada por la luz de la filosofía. Esa fraternidad no se opone á la distinción; así como la unidad y la armonía del sistema planetario no im¬ piden la distinción y las desigualdades de los planetas. La Economía política, que tiene por objeto las leyes genera¬ les de la actividad humana, no aspira á una independencia absurda y contraria á la unidad individual y social del hombre. No esinvasora, como pretende Lerminier (\), ni se corona á sí misma reina de la civilización: se contenta con el lugar que ocupa en la gerarquía científica, y no usurpa lo que corres¬ ponde de justicia á las demás ciencias, que son como ella ex¬ presión de verdades distintas y completas, y no pueden estar en contradicción con ninguno de los elementos que constituyen el orden universal. La ciencia económica se halla en relación necesaria con to¬ das las ciencias sociales; pero tiene un parentesco más inme¬ diato con la moral y el derecho. El hombre, sér el más delicado, el más complejo y el pri¬ mero en la escala de la creación, es también el que siente ma¬ yor número de necesidades, que crecen con los medios de sa¬ tisfacerlas , y se hacen innumerables por el influjo de la ima¬ ginación y del sentimiento de lo bello. Son y no pueden menos de ser progresivas, porque el hombre es perfectible: intentar detener á la humanidad en ese movimiento continuo, seria lo mismo que pretender que las aguas de los rios retrocedieran á sus orígenes. Dotados sin embargo de razón, de libertad y de responsabilidad, podemos contener nuestros deseos dentro délos límites de lo bueno, de lo justo y de lo útil. Es ley de la vida y del progreso del hombre la satisfacción de sus necesidades. Ellas ponen en ejercicio la actividad, ex¬ tienden las alas de la inteligencia, alimentan el fuego de la es¬ peranza, dan energía á la voluntad y sostienen al cuerpo en sus
— 8 — rudos combates con la naturaleza. Toda necesidad no satisfe¬ cha es un sufrimiento, y como el deseo de satisfacerla se ade¬ lanta á los medios de conseguirlo, la humanidad está condenada á aspirar, trabajar y sufrir siempre. Mas si la felicidad pura, absoluta, completa, que la imaginación sueña, se desvanece al tocarla, y su luz, sin oscurecerse enteramente á nuestra vista, huye siempre de nosotros, el bienestar relativo está en razón directa de los esfuerzos que la voluntad dirigida por el enten¬ dimiento hace para alcanzarle, ó loque es lo mismo, es cada vez mayor, cuando observamos las leyes impuestas á nuestra naturaleza. El sufrimiento, dice Bastiat (2), destruye progre¬ sivamente sus propias causas, y sin él serian incomprensibles la perfectibilidad del individuo y los adelantos del género hu¬ mano. El hombre ama natural y necesariamente su propio bien, y porque sufre, quiere dejar de sufrir, y porque siente el dolor de la necesidad, quiere satisfaciéndola dejar de sentirle. El amor de nosotros mismos es el móvil que nos mantiene en acción incesante, que nos hace más fuertes que el león, m ás veloces que el caballo, de vista más perspicaz que el águila y tan poderosos que nos obedecen la tierra, los vientos, el vapor y la electricidad.' Ese amor, universal y permanente, es legítimo, porque es necesario: no es obra de las leyes ni de las costumbres, sino de Dios. Jesucristo reconoció su necesidad y su legitimidad cuando dijo: amad á vuestro prójimo como á vosotros mismos. Desgraciadamente el amor de nuestro propio bien se denominó en la ciencia interés personal, expresión apasionada según la exacta calificación de Bentham, y unos por ignorancia y otros de mala fe, han dicho que la Economía era la ciencia del egoís¬ mo. No: ese sentimiento que nos adhiere á la vida, por ingra¬ ta y penosa que sea, y que nos empuja al bienestar y á la per¬ fección , no es el egoismo que estrecha los horizontes de la vida,
— 9 — petrifica el alma y mata la caridad. Ese amor y el cgoismo, léjos de ser una misma cosa, se contradicen y excluyen, porque el primero es expansivo y social, y el segundo quisiera encerrar el universo dentro de los límites de su pequeñez. El egoísmo es una degeneración del interés personal (3), como todas las malas pasiones lo son de sentimientos laudables: es ilógico como ellas, y al perjudicará la sociedad, hace sufrir más aún al que se convierte en ídolo de sí mismo. El amor á los demás hombres, inclusos nuestros enemigos, es fuente fecunda de pla¬ ceres purísimos para el alma. El grande Smith, el padre de la Economía política, era adversario de las doctrinas de la Rochefaucauld, de Maudeville y de Helvetius, y ha sido llamado por Gousin (4) el filósofo de la simpatía. La Moral y la Economía política se auxilian y completan re¬ cíprocamente. El interés personal, aunque móvil poderoso de la actividad humana, no basta sin embargo para explicar la vida entera ni comprender las intimidades de nuestra naturaleza. El hombre, dice Minghetti (5), tiene intuición de una ley moral objetiva é imperativa. No sólo sigue el impulso del interés, sino también el del deber; busca el bien no sólo porque es útil, sino porque es bien, y sirve á los demás por prudencia y por moti¬ vos desinteresados y generosos. La miseria es la sanción de la roala conducta económica, y el remordimiento la de la mala conducta moral: frecuentemente coexisten, porque aunque no digamos con Glarke que el amor de sí mismo es el principio de la virtud, tampoco podemos decir con Hutcheson que son con¬ tradictorios. Tan cierto es que la Economía y la Moral influyen reciproca¬ dle en su desenvolvimiento y progreso, que no hay ninguna doctrina económica importante que no facilite la práctica de la "rtud, ni acción alguna prescrita por la Moral, que no haga mas fecunda la productividad humana. Son el objeto de la Economía política las leyes generales del
— 16 — Los que declaman de esta manera, ó tienen oscurecida la vista con el polvo de las ruinas de lo pasado, ó en alas de la fantasía navegan entre las nieblas del porvenir. Ciegos unos y otros, no ven que con las máquinas se ha aumentado el número de traba¬ jadores , ha crecido el de las fortunas medias, los salarios son generalmente más altos, y las mujeres y los niños poseen re¬ cursos antes desconocidos. Si en el momento de aparecer una máquina nueva se sienten tristes perturbaciones, la nube se disipa, y la conquista es para todos. El mismo Proudhon (26) llama á la maquinaria símbolo de la libertad, y la califica bien, porque con ella dominamos la naturaleza, y de esclavos nos convertimos en señores. Inmenso es el poder del capital; pero pronto se extinguiría en la inercia si la propiedad no le vivificase. La propiedad indivi¬ dual ha sido, es, y será siempre, el único estímulo permanente de la producción. La comunal es tanto más débil, cuanto más se extiende el número de los partícipes (27), el atractivo de la no¬ vedad (28) no puede ser un móvil duradero, el entusiasmo (29) es fuego de pocos instantes, la rivalidad (30) seria un pálido reflejo de la concurrencia económica, la fraternidad (31), exci¬ tando y sosteniendo el trabajo, no será nunca más que un bello sueño, y el honor industrial (32) servirá de prenda de buena fe y de probidad, pero no de motivo de perseverancia en tareas rudas y penosas. Si se suprimiese la propiedad individual, ¿con qué se llenaría su vacío? ¿Seria con la injusticia de los niveladores, que sólo aborrecen la propiedad ajena ? ¿Seria con los sistemas socialis¬ tas que la destruyen sin valor ni franqueza prra confesarlo? ¿Seria con el comunismo que mata la economía, el trabajo, la libertad y la familia, y erige la discordia en sistema de gobierno? El siglo de oro no está detrás, sino delante de nosotros (33); el comunismo, por el contrario, no está delante, sino de¬ trás, porque, como afirma Bastiat (34), el punto de partida
- >17 — del género humano fué una comunidad completa, una per¬ fecta igualdad de miseria , de desnudez y de ignorancia. La propiedad, condición esencial del perfeccionamiento del hombre, no existe por la voluntad de los poderes públicos. Con¬ secuencia de nuestra personalidad, acaso pudiera desaparecer en un momento de vértigo y de locura; mas bien pronto renaceria con el restablecimiento de la libertad. Causa y efecto de esfuer¬ zos incesantes, de abnegación y de privaciones, produce hábitos de templanza y amor al trabajo, á la familia y al órden. Tiene, no obstante, enemigos que la impugnan, porque pro¬ duce la distinción entre los pobres y los ricos. Esta distinción, que llaman injusticia los socialistas y desgracia los amigos cán¬ didos, no es ni desgracia ni injusticia. Si no hubiera ricos, todos seriamos pobres, y cada vez más pobres; porque los hay, los pobres lo serán cada vez menos , y muchos dejarán de serlo (35). Distribuido el capital en pequeñas parlecillas, desaparecerá como las gotas de rocío evaporadas por el sol; recompuesto en masas mayores, activará el trabajo, fecundará la tierra y satisfará las necesidades del mayor número. Los ricos no sólo son necesarios para aumentar la potencia del capital, sino también para hacer más delicado el sentimiento de la belleza, llevar á cabo árduas empresas, sostener el trabajo más inteligente y menos común (36), y evitar con su mediación las bruscas alteraciones de los precios provocadas por las escaseces de los pobres. Impútase también á la propiedad el grave cargo de ser causa de una distribución desigual é injusta de los productos anuales. Podrá ser desigual, pero no injusta : no hay injusticia en propor¬ cionar la remuneración á los merecimientos de los partícipes. La distribución se verifica entre los que concurren á la pro¬ ducción, y la parte de cada uno es proporcional á la necesidad de los servicios, graduada porlarelación éntrela demanda y la ofer¬ ta. Los trabajadores más laboriosos y de más talento ganan ma¬ yores salarios porque prestan mayores servicios. Esta desigual-
— 18 - dad hace posible la manifestación constante de la desigual po¬ tencia de las facultades humanas, y el que los productores de la vanguardia alienten y estimulen á los que caminan con más len¬ titud. Si en diversas industrias con igual trabajo se obtiene des¬ igual retribución, es porque unas se necesitan más que otras, y de esa manera sigue la actividad la dirección más conveniente para el cumplimiento de los fines del hombre. Aceptan algunos la desigual remuneración del trabajador; mas repelen, como inicuo, que el capitalista y el propietario partici¬ pen de los productos del trabajo. «¿Qué es el capitalista, según Proudhon? Todo. ¿Qué debe de ser? Nada.» Si el capitalista no fuera nada, bien pronto el capital y el trabajo formarían una ecuación de ceros. Admitida la desigualdad de retribuciones, la lógica exige la admisión de la propiedad del capital, y consi¬ guientemente la legitimidad de su interés, porque seria un con¬ trasentido reconocer una propiedad que produjera para todos menos para su dueño. Siendo la propiedad de la tierra condición precisa de los pro¬ gresos agrícolas y del perfeccionamiento humano, la renta que produce es tan legítima como el interés de los capitales. ¿Quién querría incorporar su fortuna, su trabajo, su sudor y su sangre en una tierra cuyos frutos no habían de comer ni él ni sus hijos? El primero que cercó una tierra y dijo «esto es mió,» fué el verdadero fundador de la agricultura y uno de los principales bienhechores de la humanidad. A pesar de la desigual repartición de los productos, las distan¬ cias entre los hombres se disminuyen y se eleva el nivel de las clases inferiores. «El desenvolvimiento gradual de la igualdad de condiciones, dice Tocqueville, es providencial, universal, durable, independiente del poder humano; todos los sucesos con¬ tribuyen á su realización.» La Economía política y la Estadísti¬ ca confirman esta verdad. El salario está en razón directa del capital é inversa de la población (57), y el interés en razón d*-
19 - recta de la población é inversa del capital. En las naciones civi¬ lizadas crece este más rápidamente que aquella, y por eso «á me¬ dida que los capitales se aumentan, se aumenta también la parte absoluta que corresponde á los capitalistas y se disminuye la rela¬ tiva. Por el contrario, la parte de los trabajadores se aumenta absoluta y relativamente » (38). Esta diferencia no se opone, sin embargo, á la solidaridad del trabajoydel capital: el segundo no puede salir de su inercia sin la intervención del primero, y este tiene escasa potencia sin el auxilio de aquel. Si en algunos pue¬ blos parece que la subida progresiva de la renta de la tierra contradice estos principios, este hecho no debe reputarse ley económica, sino un fenómeno anormal sostenido artificialmente por los obstáculos que la ley opone á la libertad del comercio. No se verifica además ningún progreso industrial que no aumente el número de las utilidades gratuitas y comunes, no mejore la suerte de los pobres, y no acorte la distancia que los separa de los ricos. La propiedad, como todos los derechos que tienen su raíz en nuestra naturaleza y son anteriores á la ley, no desaparece por la violencia, pero se esteriliza si no es respetada: una nación en que no haya seguridad de gozar del producto del trabajo, no saldrá nunca de la ignorancia y de la miseria (39). La propiedad quedada también mutilada ó incompleta sin el cambio, gran fuerza centrípeta que une las fuerzas individuales al cuerpo social. El cambio hace posible la división del trabajo, pone en acción los capitales, completa á unos hombres con otros, y realiza el hecho admirable de aprovecharse uno de la obra de cien mil. Hegel ha calificado de atomística á la sociedad moderna, porque sus elementos viven desagregados, y chocan ontre sí por falta de cohesión; pero impresionado por el espec¬ táculo de la variedad, no ha visto la unidad ni el órden social fundado en la armonía de ambas. Tenemos que trabajar unos P ai ’a otros bajo pena de muerte, porque un hombre aislado no
- 20 — podría vivir aunque todo el mundo fuera suyo (40). Lo mismo en el orden intelectual que en el material, el cambio es expre¬ sión de servicios mútuos: ningún hombre puede verlo todo, y es más fácil aprender que inventar (41). Según Montaigne (42), la ganancia de uno es pérdida de otro; y según Voltaire (43), desear la grandeza de la patria es desear el mal de los vecinos. Si esto fuera exacto, el cambio seria una de las mayores perturbaciones sociales, y el género humano, que no puede vivir sin cambiar, estaría condenado á una inmo* ralidad perpétua. La ciencia económica ha demostrado, no sólo que en el cambio ganan los dos contrayentes, sino también que comprándose unos productos con otros, no hay productor que no esté interesado en el aumento de productores para aumentar el número de compradores (44). ¿Qué baria Inglaterra de su in¬ mensa producción, si el mundo se convirtiera en un desierto? La agricultura tiene interés en la prosperidad de las manufac¬ turas, esta en la de aquella, el comercio en la de una y otras, las ciudades en la de los campos y las naciones en su mutuo enriquecimiento. Pero ¿puede ser moral el cambio, estando el valor de las cosas en razón inversa de su utilidad? ¿No es esta, como dice Proudhon, una contradicción en el mismo umbral de la Economía política? Léjos de serlo, es una ley armónica que explica la existencia y la propagación de la especie humana. Lo más útil, ó no tiene valor, ó le tiene escaso, y puede adquirirse sin esfuerzo ó con esfuer¬ zos pequeños. ¿Qué seria del hombre si tuviese que comprar al precio de las piedras preciosas el aire que respira? El progreso económico no consiste en satisfacer las mismas necesidades con una cantidad de valores cada vez mayor, sino con cantidades cada vez más reducidas : no se crea por eso que decrece la suma total; recibe diariamente nuevos aumentos, porque las necesi¬ dades son progresivas, y el trabajo ley de nuestra naturaleza perfectible.
El cambio se desnaturaliza cuando carece de liberlad. Libre lleva su calor fecundante á todos los pueblos, y une las manos y los corazones de todos los hombres; pero si se le achica y aprisiona dentro de líneas artificiales trazadas por la fuerza, no hay que esperar éntrelos Estados más que rencores y represalias injustas. En vez de contener sus movimientos expansivos, déje¬ sele volar en alas del vapor y de la electricidad. Déjese que las cintas de hierro que ciñen las naciones se extiendan y multipli¬ quen, y que se forme un vasto sistema vascular por donde cir¬ cule rápidamente la sangre de la humanidad entera. Déjese que los pueblos se comuniquen por ellas sus sentimientos, sus ideas y sus voliciones, y en ese universal concurso se verá triunfar á la verdad del error, á la virtud del vicio y al derecho de la in¬ justicia. Si el cambio hace mejores álos hombres, contribuirán tam¬ bién á su mejoramiento los medios de facilitarle y extenderle. Entre ellos figura principalmente la moneda: cuando los go¬ biernos la adulteran ó falsifican, olvidan que es una mercancía sujeta á las leyes generales de los valores, y cometen un inicuo despojo bajo el amparo de la impunidad. Lo indigno de su con¬ ducta no les ha detenido en su carrera de injusticia y de per¬ dición , hasta que la Economía política ha venido á enseñarles que la inmoralidad era contraria á sus intereses. Hoy ya los gobiernos no adulteran la moneda, y el triunfo de lo útil ha sido también el triunfo de lo justo. Los documentos de crédito desempeñan con grandes ventajas las funciones monetarias; pero deben representar valores reali¬ zables. Los gobiernos no pueden dar valor por medio de la fuerza á las cosas que no le tienen, y cuando arrojando tiras de papel al mercado, han dicho «eso es dinero,» la sociedad ha elevado los precios y el papel no ha sido más que papel. El quebrantamiento de las leyes económicas, lo ha sido también de las morales; los infelices acreedores se han visto despojados
de sus legítimos derechos, y al cambio ha sucedido un juego miserable é indigno. El crédito, vínculo del capital y el trabajo, facilita el ahorro y la acumulación, arranca de la inercia á los hombres y los medios de producir, los lleva á donde se necesitan, é impri¬ miéndolos un rápido movimiento de circulación , aumenla los productos y multiplica los capitales. Une á las naciones por empresas comunes, y no puede existir sin buena fe, sin pro¬ bidad y sin órden. Se ha abusado y se abusa del crédito; pero esos extravíos no sólo son condenados por la moral, sino tam¬ bién por la Economía política. El que viola la santidad de las promesas, además de sentir sobre su conciencia el peso del remordimiento, pierde la confianza y la estimación públicas, y no halla quien acuda en su auxilio en las horas de aflicción y de angustia. Las más sorprendentes maravillas del crédito, se realizan en los tiempos modernos por el influjo de la asociación y de los bancos, que reuniendo las economías del pobre y las riquezas del poderoso, hacen que las vivifiquen el talento, la actividad, la prudencia y la perseverancia. «Por medio de los bancos, dice Goquelin (45), los anglo-americanos han conquistado todo un mundo en el desierto, y arrancándolo como á la nada, le han elevado á un grado dé esplendor comercial que los viejos pue¬ blos más florecientes no han conocido.» ¿Quéimporta, dirán los pesimistas, que crezca el poder de las fuerzas productivas, si el problema pavoroso de la población nos amenaza fatalmente con la miseria, caja de Pandora , de la que se escapan los males, extendiéndose por toda la tierra (46)? La población es un gigante, creciendo siempre, que consume más de lo que produce, y que no teniendo qué devorar, se devora á sí misma. No puede negarse que el poder de propagar la vida es supe¬ rior al de conservarla. Las especies vegetales y animales llena-
— 23 — rían en poco tiempo toda la tierra , si no las faltasen condicio¬ nes de existencia. La población, según Malthus, crecería en progresión geométrica, si no encontrase obstáculos en su des¬ envolvimiento; pero además déla ley de multiplicación, hay otra de limitación que se opone al desarrollo de la primera. La limitación se verifica por represión y por previsión. La muerte producida principalmente por la miseria, es el obstáculo represi¬ vo. La previsión impide las uniones imprudentes que dan naci¬ miento á séres que no pueden vivir. Si la muerte fuera el único medio de restablecer el equilibrio entre la población y las sub¬ sistencias , el pauperismo seria una llaga social cada vez más profunda, la humanidad estaría condenada á un malestar pro¬ gresivo y la ciencia económica y la moral, pugnarían en perpétua contradicción. Mas no: las dos concurren al bien del hombre, aconsejando el trabajo y la prudencia; las dos conde¬ nan los enlaces insensatos, cuyos frutos son la desesperación y la indigencia: las dos han hecho que sea mayor la disminu¬ ción relativa de los nacimientos y defunciones (47). La vida media es cada vez más larga (48), y triunfando la previsión de la muerte, se realiza uno de los progresos más importantes en el órden material y moral. Con razón ha dicho Julio Simón (49), que nadie puede salvar al obrero de la miseria, más que el obrero mismo. Gracias al contenimiento que el deber impone, y el interés aconseja, Iéjos de traspasar la población los medios de vivir, estos se aumentan más rápidamente que ella (50), y la holgura y el bienestar se generalizan. La población por otra parte lleva en sí misma los gérmenes de la riqueza, y cuanto más se condesa, mayor es la eficacia del trabajo y del capital. Muchas veces hallan los hombres dificultad de vivir en una vasla extensión de terreno, y otras viven en la abundancia en una porción pequeña (51). El progreso del trabajo no se verifica á expensas del trabajad° r > ni la producción inmola á los productores (52). La esta-
— 24 - dística con la autoridad irrecusable de los números, nos enseña que el pauperismo en vez de crecer disminuye (53). Los sala¬ rios son generalmente mayores (54); las pestes arrastran en su corriente menor número de víctimas (55); las hambres terri¬ bles que despoblaban antes comarcas enteras, ya no se cono¬ cen (56); el consumo individual de sustancias alimenticias cre¬ ce (57); el número de niños que asiste á las escuelas, se aumen¬ ta (58); la caridad es cada vez más ingeniosa para dar con¬ suelos á todos los infortunios (59), y por todas partes se ad¬ vierten los saludables efectos de la higiene, y se acrecientan sin cesar los ahorros de los pobres (60). Si en algunos países, ó por imprudencia ó por falta de capi¬ tales ó por otras causas, la población eleva su nivel sobre el de las subsistencias, Dios no permite que los infelices que sobran, mueran asfixiados en una atmósfera infecta y reducida. Un horizonte inmenso se dilata ante sus ojos, y millares de cam¬ pos vírgenes, esperan que el productor abra su seno. La emi¬ gración es un hecho providencial, sin el que la mayor parte del mundo estaría desierta. Los vientos, dice L. V. Gasne (61), no llevan á las soledades con los gérmenes de las plantas las semillas de la especie humana; es necesario que la escasez arranque á los hombres del lugar de su nacimiento, y les impe¬ la á llevar el influjo de su espíritu á todas las regiones de la tierra. Examinado el aspecto moral de la Economía política, convie¬ ne examinar el aspecto económico de la Moral. ¿Cuál es el fin moral del hombre? Wolf lo ha dicho en las siguientes palabras: «Haz de manera que cada vez te acerques más á la perfección, y para conseguirlo procura también el perfeccionamiento de los demás.» ¿Cuál es el fin de la Economía política? ¿No consiste en la satisfacción de nuestras necesidades por medio del traba¬ jo? ¿Y para qué las satisfacemos, sino para existir y obtener el mayor perfeccionamiento y bienestar posible?
— 25 — No hay ningún deber cuyo cumplimiento no sea preciso para la realización de los fines económicos: el estado moral de un pueblo nos da la medida de la productividad de su trabajo. El hombre, espíritu y cuerpo á la vez , tiene deberes para con entrambos. No llega nunca á la perfección; mas siendo perfectible, debe trabajar para promover su mejoramiento. Sér con inteligencia, no la ha recibido para marchar á ciegas por el camino de la vida. Tiene el deber de investigar la verdad, y para cumplirle necesita dar extensión y fuerza á sus faculta¬ des intelectuales. Dotado de sensibilidad y de voluntad, está obligado á educarlas y dirigirlas, la sensibilidad para amar el bien y odiar el mal, y la voluntad para que, poseyéndose plena¬ mente á sí misma, se decida por motivos nobles y dignos, sin que la seducción la doblegue, ni el miedo la quebrante. Sér corpóreo, no sólo debe conservar su existencia material, sino proveer á sus órganos de las condiciones mejores, para que cada cual funcione conforme á su destino. ¿Cuáles serian los resultados del trabajo del hombre, si in¬ fringiera sistemáticamente estos deberes? Detengamos el vuelo de la inteligencia, y los productos de la industria serán como la casa del castor, el panal de la abeja ó el granero de la hormiga. Nuestra actividad se ejercerá de una manera instintiva y siem¬ pre igual, y sólo nuestras necesidades se aumentarán progresiva¬ mente para perpétua tortura de nuestra alma. No eduquemos nuestra sensibilidad, si nos son indiferentes la deformidad y la belleza; pero si creemos que el sentimiento de 1° bello nos alienta en la ruda fatiga con que la humanidad Persiste en la realización de sus ideales , cultivémosle con el e smero con que se cuidan las flores más delicadas, sin permitir fiue el sol las marchite, ó el viento las deshoje. No cumplamos el deber de educar la voluntad, y sufrirémos, n ° sólo los efectos del desórden moral, sino también los del ec °nómico. Cuando la voluntad no se posee plenamente á sí
— 32 — tituciones políticas no dan garantías de que serán respetados, las fuentes de la producción se secan, ó se achican y se entur¬ bian. La vida industrial y comercial no se encuentra en los vas¬ tos imperios de Oriente ni donde el despotismo tiene helada de espanto la sangre de los productores : la animación y la inteli¬ gencia brillan en Fenicia y en los pueblos griegos de la anti¬ güedad, en las Ciudades Anseáticas y en las repúblicas italianas de la edad media, y en Holanda, en Inglaterra y en las nacio¬ nes civilizadas de los tiempos modernos. Los déspotas, dice Monlesquieu (70), son como los salvajes que derriban á hachazos el árbol cuyos frutos quieren coger. La teoría económica y la administrativa son hermanas, y aun¬ que el diámetro del círculo de sus doctrinas es desigual, la ad¬ ministración camina á ciegas, cuando la luz de la Economía política no ilumina sus pasos. La fuerza ha decidido casi siempre de la suerte de los pueblos; la conciencia sin embargo no revela dos justicias, una para los individuos y otra para los Estados. El Derecho internacio¬ nal no puede ser más que el Derecho universal, uno en su ori¬ gen y en su esencia, aplicado á las naciones. Cuando el po¬ deroso arrastra al débil atado á su carro de triunfo, podrá des¬ vanecerse con el incienso de la lisonja; pero la justicia se cu¬ brirá de luto, y no tardará en arder el fuego de la guerra, que es la actividad para el mal y la postración para el bien, el tra¬ bajo de los instrumentos de la muerte y el ocio de los que nos dan la riqueza y la vida. La usurpación que se glorifica con el nombre de conquista, tiene su expiación en la tierra; todo con¬ quistador , dice Mabire, es un loco que empieza por arruinar á sus propios súbditos para arruinar después á los de los otros. La justicia es la gran polílica(71), y la probidad la mejor di¬ plomacia (72). Creo haber demostrado que la Moral, el Derecho y la Economíapolítica, aunque tienen fines próximos distintos, convergen á
- 33 — un fin último común, y que su contradicción seria la contradic¬ ción de las fuerzas del espíritu y la negación del órden univer¬ sal. ¿Están, sin embargo, los hechos de acuerdo con la ciencia pura? ¿El desarrollo moral de las sociedades, es armónico con el intelectual y material, ó se verifica á expensas y en oposición de los otros? ¿Será imposible no sólo la perfección del hombre sino también su perfeccionamiento? ¿Serán inútiles todos sus esfuerzos para seguir, aunque sea de léjos, al tipo absoluto del bien, de la verdad y de la sabiduría? (73) No: la humanidad es como un solo hombre que vive y aprende siempre (74), y aun¬ que según la gráfica expresión de Napoleón, en la marcha de los siglos lo mismo que en la de los ejércitos, hay siempre reza¬ gados, no deja de ser perfectible. Retrocede algunas veces, se estaciona otras, y adquiriendo luego fuerzas nuevas, camina de progreso en progreso, y se hace mejor en el órden intelec¬ tual, moral y material. Hay panegiristas de lo pasado que reconociendo los adelan¬ tos materiales de nuestros tiempos y con algunas limitaciones los intelectuales, maldicen los primeros (75), desconfían de los segundos, afirman con Horacio que el retroceso moral es pro¬ gresivo y no ven en el aumento de la riqueza más que sibari¬ tismo y corrupción. Si hubiera verdad en sus afirmaciones, «to¬ das las causas de la producción, como la actividad, el órden, el talento y la buena fe serian semillas del vicio, y las que nos re¬ tienen en la indigencia, como la imprevisión, la pereza, la in¬ temperancia y la incuria, deberían reputarse gérmenes de la virtud» (76). La miseria y el infortunio, como toda aflicción pro¬ tunda, endurecen el alma (77), la concentran dentro de sí misroa, y la predisponen al odio; la felicidad, por el contrario, la da expansión y la predispone al amor (78). Para practicar el bien es preciso conocerle y amarle, cultivar la inteligencia y educar la sensibilidad y la voluntad. El hombre ignorante y gro¬ sero es esclavo de sus sentidos, insensible á la belleza moral, y
— 34 — débil para moderarlos impulsos de las pasiones, desconoce las consecuencias del mal, no tolera las faltas ni las censuras de nadie, no refrena su ira, provoca la de los demás, y expresa con violencia los movimientos de su corazón. El hombre más egoísta, según Wolowski, es el salvaje. Para él no hay caridad ni justicia: descansa mientras la fatiga rinde á su mujer, la obliga á abortar brutalmente (79), roba, escar¬ nece el pudor, mata á los enfermos y los viejos (80), y come la carne de sus hermanos (81). ¿Es esa la vida moral que se prefiere á la presente? Se contestará que no; pero si se niega el desarrollo armónico de los principales elementos de la civiliza¬ ción, la lógica nos llevará irremisiblemente á la moralidad del salvaje. ¿Seria mejor que la Europa de este siglo, la Grecia anti¬ gua (82) con sus pequeños pueblos en que unos cuantos milla¬ res de hombres libres, se creían en su ociosa soberbia los due¬ ños del género humano, y con su Olimpo en que la lujuria y la embriaguez tenían ardientes patronos, y á ningún vicio faltaba su divinidad, inclusos el homicidio y el robo? ¿Se querrá que el imperio romano saque del sepulcro su hor¬ rible rostro y sus sangrientas garras, y renueve sus dias de fe¬ rocidad y de crápula? ¿Se querrá resucitar el mando de los Calígulas y Nerones, las torpezas de las Mesalinas, el sibaritismo repugnante de la aristocracia más envilecida, la devastación sis¬ temática de provincias enteras y la abyección de aquel pueblo mendigo que decía al tirano: dame dinero y confisca, dame tri¬ go y mata, dame espectáculos y haz cuanto el genio del crimen te inspire? La torva faz de los Césares nos espanta; mas ¿quién querría vivir en la Gemianía sylvis hórrida et paludibus faida (83) con aquellos bárbaros, cubiertos de pieles y medio desnudos (84)» que se arrojaron como un torrente de lava sobre el imperio, ¿ hicieron temblar la tierra bajo sus plantas? La invasión, como
— 35 - todos los grandes hechos, ha contribuido al progreso del mun¬ do; pero hizo verter tantas lágrimas, costó tanta sangre y mar¬ tirizó tanto á los vencidos, que el espíritu se encoge y casi des¬ fallece al recordar aquella espantosa catástrofe. La edad media tiene su legitimidad histórica, como todas las edades, y no puede negarse su influjo en la civilización europea. ¿Eran, sin embargo, mejores sus costumbres que las nuestras? Sí: contestan sin vacilar los que prefieren el castillo á la fábri¬ ca, el mago al sábio, el pergamino á la prensa y el fragor de los combates al ruido de los mercados. ¿Quién no palpita de entu¬ siasmo, al recuerdo de los caballeros de aquel tiempo, de su va. lor en los campos de batalla, de su fe en todo lo que era grande y noble, de los cantos de los trovadores, de las maravillas de la arquitectura y de la exaltación del sentimiento del honor? ¡Po¬ bre humanidad! Admiremos la belleza del arte; pero no ese fal¬ so honor que pendía de la espada del más fuerte, y que era la vileza y la deshonra del mayor número. ¿Dónde estaba el honor del siervo y del vasallo? ¿Quién ignora la extensión de los de¬ rechos del señor sobre las desposadas (85)? ¿Pueden extremarse más la impudencia y la injusticia? ¿En qué siglo buscarémos la moralidad de la edad media? ¿Será en el siglo xi? El célebre Gregorio VII le describe con estas palabras: «Apenas descubro algunos sacerdotes que hayan llegado por las vías canónicas al episcopado, que vivan según su clase, que gobiernen con espíritu de caridad, no con el des¬ pótico orgullo de los poderosos de la tierra. Entre los príncipes no hay ninguno que prefiera la gloria de Dios á la suya propia, la justicia al interés. Peores son que los judíos y gentiles aque¬ llos entre quienes vivo (86).» Descripciones semejantes de las costumbres de aquel tiempo, se encuentran en la historia compostelana y en los escritos de Baronio, Pedro Damiano y otros. Rather, arzobispo de Verona, decía que el clero italiano «exci¬ taba con el vino y los alimentos sus apetitos lividinosos» (87).
— 36 - En el siglo xn el trabajo ve aparecer en el horizonte la débil luz de la aurora de la libertad, y el hombre da un gran paso en esa larga vía por la que marcha al cumplimiento de su des¬ tino; mas para que no se anuble la alegría que sentimos al ima¬ ginarle con el hacha en la mano cortando la maleza que impide sus movimientos, apartemos los ojos del reguero de sangre que deja detrás de su huella. No recordemos á Enrique VI de Ale¬ mania degollando á los sicilianos y muriendo envenenado , ni á Enrique II de Inglaterra asesinando á Tomás Becket y luchan¬ do con su mujer y sus propios hijos, ni á Juan sin tierra su¬ biendo al trono sobre el cadáver de su sobrino, ni á Gárlos VII de Suecia muerto por Canuto Ericson, ni á Luis VII de Francia incendiando la iglesia de Vitry y haciendo perecer á 1.500 in¬ felices, ni los repugnantes y horribles excesos producidos por las turbulencias de Castilla. No recordemos tampoco el esta¬ do de seguridad de la Francia á fines de aquel siglo en que siete mil bandidos fuéron pasados á cuchillo por las tropas de Felipe Augusto, ni las angustias, el martirio y la desespera¬ ción de una parte del pueblo europeo oprimido por una nobleza sin entrañas (88). En el siglo xm se realizan grandes adelantos en Europa: las tendencias á la unidad se revelan de una manera más enérgica, y el derecho extiende su protección á mayor número de perso¬ nas. A pesar de eso el alma se llena de espanto al recordar la ferocidad de Alfonso IX de León, que pareciéndole sua¬ ve la dura penalidad existente, mandaba arrojar á los reos de las torres más altas, quemarlos, cocerlos en calderas y desollarlos, j Qué costumbres las de un siglo en que se veia con indiferencia que Alfonso X sin forma de proceso con¬ denase á horrible suplicio á su propio hermano, y que su hijo D. Sancho, convirtiéndose en verdugo, apalease álos ca¬ balleros (89) y matase á Diego López con su propia espada! ¡Qué continencia habría en el pueblo, cuando las clases más
— 37 - altas vivian públicamente con mancebas y amigas (90), y exis¬ tia de hecho una verdadera poligamia! ¿Qué hombre de virtud y de conciencia recta querría viviren el siglo xiv en que Alfonso XI llevaba consigo á la mujer adúltera y aprisionaba ála legítima, en que Pedro IV de Ara¬ gón mandaba echar derretido en la boca de sus enemigos el metal de la campana de la Union, y en que el malvado D. Pe¬ dro de Castilla mudaba de mujeres como de vestidos (91), ase¬ sinaba á sus hermanos, y tenia la feroz complacencia de comer delante de sus cadáveres (92)? En ese siglo de iniquidad y de desorden en que Enrique II el Bastardo tuvo trece hijos bastar¬ dos también, la propiedad era tan respetada como la vida y la honra. La Crónica antigua dice: «Todos los ricos bornes et los caballeros vivian de robos et de tomas que facian en la tierra... Et en nenguna parte del regno se facía justicia, et llegaron la tierra á tal estado que non osaban los omes andar por los cami¬ nos, si non armados et muchos en una compaña. Et en los lo¬ gares que non eran cercados, non moraba nenguno... Aunque fallasen los ornes muertos por los caminos, non lo avian por ex¬ traño (93).» Estos escándalos continuaron en el siglo xv , proscenio, como dice Guizot (94), de la edad moderna. Según un escrito anónimo del tiempo de Enrique IV, atribuido á Alfon¬ so Florez, «los robos é fuerzas eran tan comunes en estos i'einos, que la mayor gentileza era el que por más sotil invención había robado ó fecho traición ó engaño.» Lucio Marineo Sículo dice que España estaba llena de ladrones, ho¬ micidas, sacrilegos y adúlteros. Nadie tenia segura su ha¬ cienda ni su mujer ni sus hijas. Unos usurpaban la justicia, °tros robaban casadas, vírgenes y monjas, otros salteaban y mataban á los que iban á las ferias. Según Pulgar «había go¬ bernador como el alcaide de Castro Ñuño, que desde sus fuer¬ tes hacia tales devastaciones en la comarca, que casi todas las
— 38 — ciudades de Castilla se vieron obligadas á pagarle un tri¬ buto por vía de seguro para poner sus territorios á cu" bierto de sus rapaces asaltos y correrías (95).» El vicio corroia profundamente aquella sociedad envilecida, en que la lujuria y el crimen hacían gala de su impudencia y des¬ enfreno. Estos siglos están pintados por sí mismos: negras son las tintas y sombríos los colores, mas no hay ninguno que no se encuentre en la paleta de la historia Después del siglo xv, siglo de transición y de ensayos, comienzan nuevos tiempos en que las relaciones humanas se ex¬ tienden, el sentimiento de la sociabilidad se hace más enérgico, los poderes políticos se centralizan, las naciones se unifican, la inteligencia se eleva, y el espíritu, más en posesión de sí mis¬ mo , todo lo examina y emplaza ante el tribunal de la razón y de la crítica. El siglo xvi fué un tiempo de grandes hombres y de gran¬ des cosas (96). Distínguese España por la gloria de sus conquistas y sus armas, á bien alto precio comprada con la sangre de sus hijos, con sus infortunios y su empobrecimien¬ to (97). Ese siglo fué superior á los que le precedieron; pero ¿cuáles son sus títulos de moralidad ? ¿Será su política, realiza¬ ción de la de Maquiavelo, que es la perversión moral erigida en sistema? ¿Serán la devastación, el pillaje y el asesinato lleva¬ dos á las colonias? ¿Será la tolerancia que encendía hogueras en Inglaterra para los católicos y en España para los protestan¬ tes? ¿Será el número de crímenes que supone la imposición de 20.000 penas capitales por un solo magistrado (98)? ¿Será el saco de Roma con sus horrores indecibles? ¿ Serán los desa¬ fueros que denuncian las Córtes Españolas de 1586? ¿Serán los desórdenes que llegaron, según Sandoval (99), hasta el punto de que los nobles arrebatasen, al salir de la iglesia, á las desposadas de entre las manos de los padres y maridos?
— 39 - ¿Serán los adulterios de Enrique VIII y las liviandades de la mayor parte de los príncipes europeos? ¿Serán las obscenida¬ des que revelan en nuestro país las peticiones de las Cortes de 1537, 1552, 1558 y 1570(100)? El siglo xvii, el siglo de Descartes, de Newton y de Leibnilz, tiene derecho á nuestro respeto y gratitud por sus trabajos científicos; pero al registrar la historia de sus costumbres, la vergüenza enrojece el rostro, y una ira digna enciende el cora¬ zón. Por todas partes se veian los estragos de la miseria en nuestro país: los caminos estaban desiertos por temor álos ban¬ didos; excesos repugnantes turbaban la paz de las chozas, de los palacios y hasta de los lugares de recogimiento (101); el adul¬ terio se llamaba galanteo, y la administración pública llegó en sus escandalosas depredaciones al último grado de corrup¬ ción (102). El siglo xviii, que tan gran influencia ha ejercido sobre el nuestro, no puede tampoco darnos lecciones de castidad, de templanza y de respeto á la propiedad, á la libertad, á la honra y á la vida. ¿Cómo había de hablarnos de castidad, hallándonos tan cerca de aquellos tiempos en que raptores á sueldo estaban encargados de espiar, sorprender y conducir al Parque de los ciervos las víctimas que vendía la miseria, ó eran arrebatadas á sus familias? (103). No puede hablarnos de respeto á la'propiedad, porque hasta los romances populares nos recuerdan los nombres de aquellos célebres malhechores que robaban y ase¬ sinaban á los ricos, daban limosna á los pobres, hallaban hos¬ pedaje en todos los pueblos, ponían á contribución á los cami¬ nantes y hacían respetar su irregular soberanía por decenios enteros. No nos puede hablar de seguridad personal, no sólo por el lujo de arbitrariedad desplegado por el poder (104), sino también por el número de delitos que castigaban los tribunales, y de que era triste y elocuente prueba el patíbulo, siempre al¬ zado en las poblaciones más importantes.
— 40 — Muchos y abominables hechos se repiten por desgracia en nuestros tiempos, y la estadística criminal aflige profundamen¬ te á los hombres de sensibilidad delicada y de conciencia recta; nuestra sociedad, sin embargo, no vive como la de otros siglos, en un lago de sangre. Se cometen muchas violencias contra las personas; pero la ilustración se difunde, la tolerancia se ex¬ tiende, la ira se modera, y los ataques personales se disminuyen. Grande es el número de las violaciones de la propiedad; mas no son tantas ni tan graves como en los siglos pasados, en que di¬ ficultaban é impedian los trasportes, suspendian las relaciones comerciales y desalentaban la producción. No escasean las esta¬ fas y los fraudes, pero también el crédito ha tomado gigantescas proporciones, y el crédito es la confianza y la buena fe. La lu¬ juria y la intemperancia hacen funestos estragos; mas sin el progreso general del órden doméstico, de la previsión y de la Economía, no hubieran podido establecerse tantos millares de Cajas de ahorros y de Sociedades de socorros mutuos. Se llama egoísta y despiadado á nuestro siglo; ¿ha destinado acaso algu¬ no de sus predecesores al socorro de la pobreza ni la cuarta par¬ te de las cantidades que Europa destina en el en que vivimos? La fuerza y la injusticia deciden todavía de los destinos de las naciones; la política moderna seria, sin embargo, un modelo de moralidad para los hombres que en el siglo xvi disponían de la suerte del mundo. No llegarémos nunca á la felicidad ni á la perfección absolu¬ ta, porque lo finito no puede confundirse con lo infinito. Haga¬ mos, sin embargo, esfuerzos para aventajar á los que nos pre¬ cedieron, y acumulemos los medios de que sean mejores que nosotros las generaciones venideras. El camino que tiene que recorrer la humanidad, no se acaba nunca, y lo que suele pa¬ recer la meta de su carrera, no es más que una eminencia desde la que se descubren espacios más largos que los recorridos. De¬ ploremos la miseria, los vicios y los crímenes que nos rodean,
— 41 - no para cruzarnos de brazos entregándonos á un fatalismo es¬ túpido, sino para perseverar en la senda del trabajo, de la virtud y de la justicia, abrir á la actividad nuevos horizontes y pro¬ mover el desenvolvimiento progresivo y armónico del cuerpo y del espíritu, de la riqueza, de la ciencia y de la moralidad.
CONTESTACION DEL ILMO. SR. D. MANUEL COLMEIRO.
Señores: De lal manera se enlazan en este mundo lleno de trabajos y miserias los gustos y disgustos de la vida, que no hay gozo sin sobresalto, ni felicidad sin mezcla de pesadumbre, ni suceso próspero que de todo en todo nos contente. Las alegrías puras sólo reinan en el paraíso. Dígolo á propósito de nuestra solemnidad de hoy, pues si por una parte es justa ocasión de regocijo dar la bienvenida al docto catedrático de Economía política de la Universidad Central cuya voz aún resuena en vuestros oídos, por otra contrista el ánimo el recuerdo de una pérdida de todos, y de mí mayor¬ mente muy sentida. Aludo al varón esclarecido, al profundo jurisconsulto, al historiador elegante, en fin, al Excmo. Señor Antonio Cavanilles, que la muerte impía, corlando el hilo de sus nobles tareas, arrebató á la Academia y á sus muchos amigos; y yo, que me honraba de serlo y de tenerle dos veces por compañero, pretendo desahogar el corazón pagando aquí doble tributo á su memoria. Los hombres pasan, pero quedan las instituciones que reno¬ vándose sin cesar, desafian los estragos del tiempo; y en esto, señores, se funda la grande utilidad de las Academias. Gracias
— 52 — á su poderosa organización viven perpétuamente, se rejuvene¬ cen cada dia, y cada dia velan por el tesoro de ciencia que he¬ redan de sus individuos y transmiten á otros con el encargo de aumentarlo. Tanto importan las elecciones acertadas. La del Sr. Madrazo, por diversos títulos acreedor á la merced que hoy le hacéis, ha sido la confirmación del voto público que de antemano le seña¬ laba un asiento entre nosotros. La amistad y la hermandad de estudios y profesión, me obligan á ser parco en su alabanza. Hallo más cómodo que le juzguéis vosotros mismos con severa imparcialidad, según la muestra de sana y abundante doctrina que encierra su discurso. Quisiera, al cumplir con el deber de contestarle, decir algo nuevo sobre las Relaciones de la Economía política con la Moral y el Derecho; pero el académico electo ha espigado tan bien el campo, que apenas descubro mies digna de ofreceros. Corro el peligro de que la crítica compare mi oración á un rio de palabras sonoras, y me anticipo á la censura, considerando que el voto de obediencia me fuerza á exponer mi persona por la honra de la Academia. La Economía política nació con mala estrella. Seria traspa¬ sar los límites de nuestro asunto traeros á la memoria todas las crueles invectivas de sus adversarios. El nuevo académico no ha disimulado la negra fortuna de su ciencia favorita, antes ha hecho caso de honra robustecer cualesquiera argumentos más ó menos poderosos, fiando á la razón el triunfo de su causa. Y en verdad, señores, si fuese cierto que la Economía polí¬ tica rinde culto supersticioso al oro y la plata; que ama las riquezas sobre todas las cosas del mundo; que enciende y esti¬ mula la sed de los placeres groseros de la vida; que inocula el veneno de la torpe sensibilidad en el corazón del hombre; que exalta el sentimiento del interés individual hasta santificar la pasión del egoísmo; que sacrifica el espíritu á la materia, y
— 53 — por último, que es una ciencia sin entrañas para el pobre, cer¬ rada á lo grande y noble, reprobada por la moral, condenada por la justicia, ¿á qué extraña perversión del sentido común deberémos atribuir que los pueblos la escuchen y cultiven, y los gobiernos la toleren, la enseñen y practiquen? ¿Cómo vive y prospera la raza maldita de los economistas, peste de las repú¬ blicas, enemigos del género humano, levadura de la disolución social, y según vemos que crece y se multiplica y cobra auto¬ ridad en los palacios y cabañas, precusores inmediatos del fin del mundo? Respeto la opinión de los que niegan á la Economía política el título de ciencia; mas no puedo persuadirme á que hablen de buena fe ó con pleno conocimiento de causa los que afirman que es la ciencia del mal. Siempre he oido decir que la ociosi¬ dad es madre de todos los vicios, y conforme á esta regla tan sabida, la teoría del trabajo no debe egendrar sino virtudes. Dejémosnos de paradojas. La Economía política y la Moral son hermanas, y aunque el criterio de cada una se deriva de un orden distinto de ideas, ambas recíprocamente se ayudan y confirman. Esta es la comprobación de lo útil por lo bueno, y aquella la comprobación de lo bueno por lo útil. Sabéis, señores, que amo la historia y gusto de templar los ímpetus del dogmatismo con el exámen de los hechos y la ex¬ periencia de los siglos. Temo la fácil seducción de los sistemas preconcebidos, y antes de adoptarlos, procuro interrogar á los tiempos pasados, estudiar la obra lenta y progresiva del genio de los pueblos, y en fin, buscar el terreno firme en el cual deseo cimentar la verdad capital, el principio supremo de toda fecun¬ da especulativa. Sabéis que antes, mucho antes de Adam Smith, hubo escri¬ tores políticos que abordaron con mediana felicidad las cues¬ tiones económicas más graves é importantes, y poco á poco fuéron allanando el camino para constituir un cuerpo de doctrina.
— 54 - Los precursores de la novedad, los mensajeros de la Econo* mía política eran (notadlo bien) los moralistas y los jurisconsul¬ tos impelidos de una corriente secreta é invencible, cuyo origen podemos hoy señalar en la afinidad de la Economía política con la Moral y el Derecho. Dudo que ciencia alguna de las mo¬ dernas se honre con tan ilustre abolengo. Fijémonos un instante en la cuestión del lujo y de las leyes suntuarias tan debatida en el siglo xvn, y sin reparar en la mayor ó menor bondad de la teoría económica , observemos si se enlaza ó no con las máximas de la moral, y los preceptos de la justicia. «Los gastos excesivos (decían) empobrecen la nación, junto con la ociosidad de los pueblos, el desórden en galas y convites y la introducción de ropas y mercaderías extranjeras. El lujo engendra la molicie y afeminación y corrompe las costumbres. Es preciso vivir cotí moderación y templanza para restablecer la virtud antigua é impedir la disipación de las haciendas, por¬ que en el dinero está el nervio de la república, y sin él todo se atenúa y enflaquece. » «Los príncipes tienen obligación de poner límite y raya á la prodigalidad de sus vasallos, como los médicos prescriben la dieta. Tasando los gastos supérfluos é impertinentes, los ricos emplearían su caudal en edificar, labrar y plantar, y los pobres se aplicarían á la agricultura y á ministerios industriales de provecho y sustancia.» «Los trajes demasiados dificultan los matrimonios, agotan la gente y quitan el lustre á los nobles confundiéndolos con los plebeyos.» Otros que no participan del común sentir, responden : «Decir que á los vasallos los han destruido los gastos supérfluos, no es entender con qué se sustenta la multitud honesta y quietamen¬ te, porque si no hubiese las artes y ciencias que á muchos pa¬ recen supérfluas, impertinentes y nada necesarias á la vida,
-So¬ sería la república alarbe, pues las necesidades de los unos se reparan con los gastos supéríluos de los otros, y lo que á unos sirve de desvanecerse, á otros ha servido de honesto ejercicio, y con lo que unos gastan demasiado, otros comen lo necesario. Si todos se retirasen con avaricia á no gastar más de lo pre¬ ciso, cesaría el comercio, artes, tratos y ventas y ciencias con con que pasan todos, y vivirían en continua ignorancia y mi¬ seria (1).» No es mi ánimo mediar en la contienda, sino mostrar, citan¬ do estos dos pasajes, la trama del discurso ordinario de nues¬ tros antiguos escritores políticos que pasaban sin sentir de. lo honesto á lo útil y de lo útil á lo justo, una sola idea contem¬ plada á distinta luz, no sospechando que aquella perfecta ar¬ monía ocultase el gérmen de futuras discordias. Y ¿quiénes eran esos reformadores atrevidos que mezclando la Economía á la Moral y al Derecho, discurrían con admirable libertad sobre la población, la agricultura, las artes y oficios, el comercio interior y exterior, los tributos y gabelas y otros asuntos tocantes á la buena gobernación del Estado, y solicita¬ ban con ahinco providencias eficaces para el fomento de la ri¬ queza y prosperidad general ? Venerables obispos, graves teó¬ logos, doctos juriconsultos, severos magistrados. El más rígido moralista, el mismo escritor ascético trata las materias econó¬ micas con tranquilidad de ánimo, léjos de abrigar vanos escrú¬ pulos de conciencia. Y si de aquellos tiempos un tanto remotos venimos á otros más cercanos, reparad que Adam Smith, verdadero fundador y patriarca de la escuela económica, profesaba la filosofía moral en la universidad de Glasgow, y que su Teoría de los sentimien- (1) Historia de la Economía política en España , tom. II, cap. LXXXVII, pág. 533.
- 56 — tos morales precedió á la Investigación de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Malthus, el autor del Principio de la población , enseñaba Historia y Economía polí¬ tica en el colegio de la compañía de las Indias Orientales; y Roscher, profesor de la universidad de Leipsick, explica la Eco¬ nomía política comprobando cada regla con la ley moral dedu¬ cida del estudio profundo de la sociedad, según se manifiesta en la filosofía, la historia y la jurisprudencia* de los pueblos. No digáis que son encuentros casuales: decid más bien que son vínculos necesarios que nacen de la armonía de lo bueno, lo justo y lo útil y acreditan la vecindad de las ciencias. Ofender á la Economía política diciendo que no corre unida con la Moral es culpa leve, pues no faltó quien murmurase de ella que asentaba proposiciones mal sonantes y peligrosas. La enseñanza pública de esta ciencia empezó entre nosotros por los años 1784 bajo la protección de la Sociedad económica de Zaragoza, á cuyo exquisito celo se debió la fundación de la pri¬ mera cátedra con el título de Economía Civil y Comercio regida por el Dr. D. Lorenzo Normante. Fr. Diego José de Cádiz, varón de mucha fama en virtud y letras, denunció ciertas conclusiones del doctor Normante como erróneas, ofensivas á los oídos piadosos y sospechosas de heregía; y resumiendo el venerable misionero en breves capítulos su memorial de agravios, entresaca las siguientes proposicio¬ nes dignas de censura: 1. a Que la usura es lícita. 2. a Que el lujo es útil y aún recomendable. 5. a Que no deben ser admi¬ tidos á profesión religiosa los menores de veinte y cuatro años (1). Preocupado con el sentido vulgar de las palabras lujo y usura, repugnaba el austero capuchino toda doctrina al pare¬ cer incompatible con la humildad y la pobreza. Fr. Gerónimo José de Cabra, de la misma orden, en un libro (i) Serapere y Guarinos. Colee. Me. tom IX.
- 57 - que dió á luz en 1787 (1), acumulando autoridades y textos sa¬ grados y profanos, combate la teoria de Normante respecto á población, lujo, alcabalas, etc.; y penetrando en el terreno ve¬ dado de la conciencia, mueve controversias políticas y religio¬ sas extrañas al asunto, discute con calor y señala la herética pravedad de tal ó cual pasaje mal interpretado. Llevó el P. Ca¬ bra su porfía al extremo de condenar como grave injuria á la Majestad, llamar vicioso él tributo de las alcabalas, sustentan¬ do que pues los Reyes lo habían establecido, no fué sin causa, y era un juicio temerario ponderar sus inconvenientes. En fin, aunque se practicaron entonces, de buena fe sin du¬ da, exquisitas diligencias para atraer sóbrela naciente Economía política las iras del Gobierno y de la Inquisición, prevaleció el consejo de absolver de lodo cargo á una ciencia que Campomanes queria fuese familiar á los corregidores, alcaldes mayores, intendentes y togados. El hombre más escrupuloso y timorato debe reconciliarse con la Economía política cuya inocencia, pa¬ sando por tan duras pruebas, quedó bien acrisolada. Digo ino¬ cencia, porque no entiendo que sea delito ni aún pecado, hacer uso legítimo de la razón y solicitar reformas saludables. Yo, señores, aunque indigno, pertenezco al honrado gremio de los economistas; pero amo sobre todo la verdad, y debo á mi conciencia hacer una confesión paladina de nuestras flaquezas domésticas. ¿Sabéis sobre quién pesa la mayor parte de culpa de los agravios é injurias inferidas á la Economía política? Sobre los mismos economistas. Si no tuviese amigos indiscretos que en vez de encerrarla dentro de los límites de lo útil á la vida humana, pretenden extender su jurisdicción á todo cuanto abraza el inmenso hori¬ zonte de las ciencias sociales; que aspiran á entronizarla y con- (D Pruebas del espíritu del Sr. Melón, y de las proposiciones de Economía civil y de Comercio del Sr. Normante.