Los inicios del pon "i icádo bu galés
de
F .
Ci ilo de
la
Alameda (1849-57)
En
1849
la
si uación de
la
Iglesia isabelina p esen aba
un
ho izon e
consolidado. T as
la
i ma
del
«A eglo
del
cle o» (no iemb e
de
1848)
la
de
un
Conco da o que iniese a es ablece sob e sólidas
bases
el
diálogo
en e ambas po es ades,
se
con e ía
ya
en
una simple cues ión
de
iempo. Todos los puen es
del
con ac o no mal en e una y o a
es e a
se
habían
es ablecido y
las
ías
de
una ancha c()ope ación quedaban
abie as
pa a
alcanza me as que sólo
un
lus o a ás pa ecían u ópicas.
En
es e
año
se
' comple aba asimismo
la
as a ope ación
de
llena
las
muchas b echas abie as
en
el
episcopado po
la
mue e y pe secución
de
algunos
de
sus
miemb os du an e
la
década
de
las
Regencias. A ás
quedaban ecelos y malen endidos y no
había
de
se
la
Iglesia
la
más
cica e a
en
busca
una
since a conciliación en e los españoles, bien que
a menudo
no
ace ase
en
la
elección
de
los, caminos y
sendas
más
adecuados.
En
el
pano ama eu opeo, aunque
Pío
IX no
había
eg esado
oda ía a
Roma,
en
!31
e ano de
1849
la
o men a desa ada
en
el
año
p eceden e con a
lo,s
onos semejaba
ya
de ini i amen e conju ada.
Todas
las
mona quí~s
eu opeas
se
p esen aban iun an es sob e
la
e olución e incluso
en
F ancia
el
P íncipe-p esiden e
daba
signos de
con inua los
pasos
de
su
ío.
Como homb e a ezado a esc u a los signos de
la
polí ica,
el
eclesiás ico espa lol quizá
más
amoso
de-
la
c isis inal
del
An iguo
Régimen
no
se á
el
úl imo
de
los obispos
en
ad e i
la
p opicia coyun-
u a que
se
ace caba
pa a
una Iglesia poco
ha
mal echa.
Su
p e-
conización
pa a
una
de
las
sedes
más
enomb adas e impo an es
de
la
Co ona
española cons i uía
la
p ueba
más
i e agable
de
la
con ianza
de
la
mona quía isabelina
en
la
adhesión
de
la
Iglesia su gida
de
la
gue a
ci il y de los en en amien os con los gobie nos p og esis as.
El
que
el
152
JOSE M. CUENCA
_nidiO
Y SOLEDAD MIRANDA GARCIA
paladín
en
un inicio
de
la
causa
ca lis a
-po
cuya simpa ía su ió la go
ds ie o -alcanzase aho a
la
silla me opoli ana bu galesa e endaba
an o
la
buena olun ad de los gobie nos isabelinos como
la
isión
polí ica
de
algunos p ohomb es mode ados. Empujado po al ien o,
el
an iguo p elado de San iago
de
Cuba
se
aden ó sin ningún p ejuicio o
esc úpulos po
el
e eno abie o median e
el
acue do en e Mad id y
Roma
y llegó a con e i se
en
una
pieza
impo an e del pac o en e
ambas, según
había
de con i ma se una ez
más
diez a ias
más
a de
al
se
ele ado a
la
sede
p imacial
de
Toledo
(1).
La
ca a
de
salu ación que esc ibie a a sus diocesanos bu galeses
es aba pene ada del espí i u e e ido. Modelada según
las
p emisas
habi uales
de
ales esc i os,
se
dis inguía, no obs an e, po cie a o igi-
nalidad.
Su
e ó ica
e a
meno que
la
mayo pa e
de
las
dic adas con
mo i o
de
la
inaugu ación de los dis in os pon i icados y
su
a án
de
sín esis, supe io
al
o ecido gene almen e po los documen os
de
dicha
índole. Conscien e
de
que
la
a chidiócesis cas ellana no
e a
polí ica ni
in elec ualmen e un luga ele an e y sabedo , igualmen e, del
peso
en
ella
de los elemen os y manan iales de
la
adición,
su
pluma
se
ex-
planaba muy poco po
la
geog a ía de
las
ca as pas o ales edac adas
e ;¡
sillas
de
mayo densidad humana o cul u al. Escép ico quizá an e
p oyec os y planes excesi amen e amplios o g andilocuen es,
el
a zo-
bispo- aile
se
mani es aba ambién muy pa co
en
el
momen o
de
delinea
las
coo denadas
de
su
u u a acción que,
en
ealidad, quedaban
eladas u omi idas. Sólo una alusión a
su
plan eamien o sob e
la
con-
o mación
del
Semina io diocesano descub ía un pun o impo an e
de
su
ac i idad u u a (2). Ilus ado
el
mismo y con indudables cualidades
de
homb e
de
le as,
el
amoso anciscano enca ecía y no
se
cansaba
de
ponde a
la
ascendencia de
la
cul u a del cle o,
en
la
que
eía
el
p incipal ins umen o pa a acome e con éxi o
la
misión
de
és e
en
el
mundo que
le
había
ocado i i .
Un
poco in empo al, según
la
con-
no ación
casi
in
de icien e
de
la
pas o al espa lola con empo ánea,
el
(1)
CUENCA TORIBIO, J.
M.,
Sociolog B
de
une
~/i J
de
pode
de
EsP911s
e
HispanOllm~ ica
con-
empo ~neas
:
la je a Qu B
ec/esi~s ica
(1789-1965), Có doba,
1976
.
(2)
«Dijimos poco
ha
Que
la
impiedad habla sido encida po
las
e dade as ciencias, y
nos
glo iamos
en
asegu a
Que
lo
se á
hoy
si,
abandonada
su
hipóc i a seducción, a aca e en e a en e
las
e dades e eladas, siemp e
Que
el
Cle o, e sado
en
las
le as humanas, ins uido
en
la
ciencia
de
Dios y
de
sus
mis e ios, eolog a apoyada
en
la
in abilidad
de
las
san as Esc i u as, salie e
a
la
de ensa. Ningún a gumen o nue o p esen an aho a
los
sec a ios
Que
la
Iglesia no haya
e u ado ic o iosamen e;
as
es
Que
el
sace do e es udioso halla
en
los
Cánones
de
los
Concilios,
en
las
decisiones
de
la
San a Sede,
en
la
doc ina
de
los San os Pad es,
de
los
eólogos y
canonis as céleb es, odo lo
Que
ha
menes e
pa a
esponde a cuan os a gumen os
se
le
hicie en;
y pocas eces deja á
de
gana con
su
sabe y
su
dulzu a e angélica aún a
los
más
pe inaces
en
el
e o .
Diez
y nue e siglos son es igos
de
ese
iun o, y cuan os subsiguan lo
se án
ambién.
He
aQui
po
Qué
nos in e esamos an o
en
Que
nues o Cle o '
se
apliQue
más
y
más
al
es udio
de
las
ciencias, sob e lo
Que
pond emos un esme ado cuidado, muy pa icula men e
en
la
ense-
ñanza
Que
se
die e
en
nues o Semina io concilia
en
el
Que
p ocu a emos es udien
de
aQuí
en
adelan e odos
los
Que
aspi en a los ó denes ·sag ados». Ca a Pas o al
de
F . Ci ilo
de
Alameda
y B ea, a zobispo
de
Bu gos en
el
ing eso a su a zobispado. Mad id,
1849,
10.
EL
PONTIFICADO BUAGALES
DE
FA
. CIAILO
DE
LA
ALAMEDA
153
pano ama desc i o
en
el
documen o escoliado
escaseaba
de
e e encias
conc e as sob e
el
e i o io bu galés,
si
bien no dejaban
de
es a des-
p o is as
de
algún in e és
las
que cabe egis a
en
sus
páginas. P o-
bablemen e
La
Alameda y
B ea
enía muy p esen e
el
papel
de
i e o
que
su
diócesis enía como ap o isionado a
de
a ios cabildos me o-
poli anos e insula es y p ocu aba que du an e
su
pon i icado
el
cle o
bu galés no disminuyese
su
ni el in elec ual (3).
Fa o
y
guía
de
su
pueblo,
el
ejemplo pe sonal y
su
sabidu ía ha ían
del
sace do e
el
mejo pas o pa a unas o ejas que no andaban des-
ca iadas, . pe o·
en
las
que no
e a
desca able
la
inoculación del espí i u
de
ebeldía y p o es a en e
al
p edicado po
el
E angelio (4).
El
la-
man e a zobispo con iaba
en
sus nue os diocesanos
de
acend ada pie-
dad
y de i udes enomb adas
en
odo
el
ámbi o
de
la
pa ia.
La
cizaña
end á g andes di icul ades
pa a
b o a
en
una ie a
de
ieja c is iandad;
pe o ello no in i aba
al
descuido. Los ambien es ju eniles podían
se
la
compue a po
la
que
se
in oduje a
la
semilla
de
la
pe e sión.
El
loable
es ue zo acome ido po
la
Co ona y
sus
minis os
en
o den a
la
po en-
ciación educa i a no encon aba
la
su icien e compensación
al
sen i se
a aída
la
adolescencia po
el
ai e no edoso
de
una
li e a u a incon-
sis en e
al
pa que dudosa. Como una nue a plaga
de
lib os
de
caba-
lle ía, los olle i
nes
di ulgados y di undidos
en
la
Península, as
su
ulminan e éxi o
en
F ancia, espa cían po doquie una
li e a u adisipa
~
do a y ene an e que a lojaba len a e inexo ablemen e
la
disciplina social
y a aía
la
mi ada
de
sus
lec o es hacia hé oes y he oínas, co up o es
de
la
e dade a mo al.
La
pluma un an o desganada
se
encalab inaba
en
es e
ex emo adqui iendo un ono
más
en á ico que
en
el
es o del
esc i o
en
el
que los aspec os mo ales p imaban ampliamen e · sob e
cualesquie a o os.
Los
undamen os del ca olicismo y
en
especial.
la
sín esis
de
los
mandamien os de
la
ley
de
Dios nucleaban
el
pensamien o del edac o
del esc i o comen ado que
se
explanaba a eces po
las
ode as
de
la
sociología
en
búsqueda
de
apoyos de
sus
a gumen aciones
(5).
(3)
Una
isión gene al
en
CUENCA TOAIBIO, J. M.,
Iglesia
y . bu guesla en
la
España
libe al
.
Mad id,
1979
.
(4)
«Hubo un iempo en que sólo el buen ejemplo bas aba pa a que al silbido de un i uoso pas o
ol ie an
al
edil
las
o ejas desca iadas: habla icios, pe o
el
emo de una e e nidad de o -
men os,
la
sola idea de pe de
la
isión de Dios los co egía; sob aban, sin duda, débiles, pe o
ninguna laqueaba
en
la
e ni osaba que e en a
en
los consejos de Dios pa a in e oga le
sob e sus inesc u ables designios; habla pecado es pe o con esaban con
el
Após ol que los
juicios de Dios son incomp ensibles e inapelables
sus
caminos. En onces un simple mo alis a
di igía a un pueblo y
le
sal aba; Ipe o hoy!. .. A los pecados comunes
se
ag ega
el
o gullo,
que
ha
que ido suje a lo odo a su examen; y Jesuc is o, y
su
Iglesia, y sus Sac amen os, y la
je a quía eclesiás ica y
la
disciplina, odo, odo
ha
caldo bajo
la
guadaí'la de
la
sá i a mo daz:
p eciso
es
embo a
esa
cuchilla des uc o a que in en a deja e ial el campo ameno de
la
he edad
del Seí'lo ;
al
sabe dJI cle o es á ese ado es e iun o».
Ca a
Pas o al
de
... , 8-9.
(5)
«Nú ense és as po una a al desg acia desde los p ime os
aFlos
, po que
la
educación mo al
que
se
da a
la
ju en ud
es
po
lo
común iciada, y
en
una g an pa e de nues os pueblos
es
154 JOSE M. CUENCA TORIBIO y SOLEDAD MIRANDA GARCIA
Pese
a ello,
la
c í ica social desp endida de
la
pas o al glosada no
se
ca ac e iza ampoco po
su
con enido «local».
Su
ma co
e a
muy ge-
ne al, bien po
el
desconocimien o de
su
edac o de
la
si uación bu ga-
lesa, o, lo que pa ece más p obable, po
el
pa ia calismo
de
las
cos-
umb es
de
la
amplia geog a ía espi i ual de
su
a chidiócesis.
Pese
a es a
al a de conc eción, los a aques di igidos po
el
céleb e p elado ence-
aban una enjundiosa isión de
las
elaciones en e clases y
una
no
menos escla ecedo a concepción del papel que
el
c is ianismo debía
juga
en
la
undamen ación de sus p incipios o denado es y
en
el
leni-
i o de sus desigualdades. «P esc i o
en
la
di ina ley que no
que ~mos,
que no deseamos
pa a
nues o p ójimo sino
la
que deseamos y que-
emos
pa a
noso os mismos. ¿Cómo
el
ico no
ha
de ala ga
su
mano
bienhecho a
al
necesi ado?
oo.
Los que hacen pode osos o llegan a se lo
po
su
sabe , po
su
indus iosa labo iosidad o po los des inos que
ocupan, oyendo a los dignos minis os
del
Seño ,
ni
deja ían de con-
ence se
de
lo
inmenso que dis a
la
humildad que nos enseñó nues o
di ino Sal ado
de
la
deg adan e humillación que deshon a,
ni
las
de-
más
clases
de
la
' sociedad ambiciona ían o a
más
p i ilegiada alcu nia,
ni
muchos asocia ían a
la
mise ia
la
bajeza
que en ilece:
en
odas
las
clases b illa ía
la
dignidad del homb e, des e ada
en
unos
la
al ane ía,
espe ada
en
o os
la
sue e
en
que les colocó
la
di ina P o indencia.
Un úl imo aspec o quisié amos señala
en
el
documen o escoliado.
Es
aquel que p opo ciona
una
some a in o mación ace ca del ema que
nos pa ece hodie no
el
de
mayo enjundia del pasado eligioso con em-
del odo nula.
La
educación mo al de
la
ju en ud, que an o in e esa
al
Es ado, y cuyo descuido
lle a consigo
la
uina de :
Ias
amilias, I
la
in anquilidad
de
los pueblos,
el
desplomo
de
los gobie -
nos;
esa
educación cuando! no es é !cimen ada
en
el
san o emo
de
Dios y apoyada
en
el
conoci-
mien o y p ác ica
de
su
san a ley, en enena
el
co azón, y de o a poco a poco a
la
sociedad.
El
Gobie no
de
S. M.
la
Reina
nues a Seño a mul iplica
las
escuelas, eglamen a los ins i u os
de
segunda enseñanza, aglome a de cá ed as
las
uni e sidades, p o eje los liceos y academias
públicas, y
se
in e esa
en
que c ezca a
la
pa que
las
ciencias
la
ins ucción mo al y c is iana
de
la
ju en ud; pe o layl o zoso
es
deci lo, a pesa de
ese
in e és
del
gobie no emos que
cuando los jó enes c ecen y las pasiones
se
desen uel en, como no echa on
alz
las
i udes
de
la
edad inocen e, lib os implas, obscenos y e oluciona i
os
se
dejan impunemen e
en
las
manos de
la
ju en ud incau a, y és a aga aquel eneno y mue e luego
pa a
la
sociedad po que mue e pa a
la
eligión. A es e g a lsimo mal
se
ag ega o o al amen e deplo able; juzgan algunos que
es
inocen e
la
lec u a
de
no elas que publican cie os olle ines
de
enmasca ada i eligión, no elas
salpicadas
de
ases lib es,
de
dichos pican es,
de
imágenes impu as, y lejos
de
se
inocen e
semejan e lec u a, cuando habló de
las
de
su
iempo
el
unes amen e céleb e J, J , Rousseau,
no sólo no
se
a e ió a nega que e an pe judiciales, sino que dijo: Jemás hubo jó enes ces os
Que
hubie en leido no elas o omances ...
¿Qué
se
encuen a
en
la
mayo pa e
de
esos
olle ines
sino pensamien os alsos, máximas pelig osas, y ejemplos que
si
se
limi a an hab lan
de
que
a epen i se po oda
la
ida?
La
muje nacida pa a
el
gobie no domés ico,
pa a
inspi a con
su
con inen e dulzu a
el
amo
al
eca' o y con
su
ejemplo
la
p ác ica
de
las
i udes, ¿cómo llena
sus debe es
de
esposa iel,
de
mad e solici a,
si
pe ie e
su
co azón desde sus p ime os alias?
Los
desó denes, aiciones y iolencias que an o hacen gemi a
la
humanidad son
la
consecuencia
de descuida l que
el
homb e I
sea
i uoso! pa a que
sea
buen ciudadano. No son, no,
en
olle ines
al amen e pelig osos, ni
en
no elas cap ichosas e impu as,
en
donde han
de
ap ende se los
debe es
pa a
con Dios,
las
obligaciones pa a con nues os semejan es, bas a
su
lec u a
pa a
.
queb an a odas
esas
obligaciones po que, bajo
la
co eza
de
una mi ada y elumb an e e udición
. encub en ales lib ajos
la
ponzoña asque osa con que in icionan a oda
la
sociedad». Ibid,
13-5.
EL
PONTIFICADO BURGALES
DE
FR
. CIRILO
DE
LA
ALAMEDA
155
piado desde una pe spec i a cien í ica.
De
uno de los pá a os del ex o
comen ado pa ece desp ende se lo a aigado del p ecep o pascual
en
':
:ie as bu galesas, cuyos habi an es omen a ían muy poco los Sac a-
men os, de lo que
se
quejaba eladamen e Alameda y
B ea
(6). Más
gene alizado
se
p esen aba
el
ezo del Rosa io, sob e cuya e icacia
en
o den a
la
pu i icación de
las
cos umb es insis ía
el
a zobispo.
Vene ación casi sac alizada de
lo
an iguo y ímida ape u a hacia lo
nue o.
He
aquí
el
mensaje que subyacía
en
un esc i o de o ma y, sob e
odo, de con enido
un
an o con encional. Desp o is a al
ez
de en u-
siasmo c eado ,
la
ó mula quizá
se
adecuase a
la
ealidad diocesana a
la
que iba des inada.
Es a
acaso no demandase
más
que
una
po encia-
ción
de
los ene os
de
siemp e po cuan o Bu gos había sido
la
a chi-
diócesis peninsula que menos había su ido
el
impac o de los iempos
e uel os de
la
década de los
30
y comienzo
de
los siguien es.
Diez
años
más
a de llega ía
el
momen o de hace balance de
su
bondad o des-
acie o. Pe o
ya
no nos co esponde a noso os,
al
menos
en
el
p esen e
abajo.
(6)
Ibid, 23 y 6.
JOS E M. CUENCA TORIBIO
SOLEDAD MIRANDA GARCIA
,