LA MUJER
MORISCA
Y
EL PERSONAJE DE
“SALIMA”
EN
GRANADA,
DE RADWA
CÁ~ÚR
Cla a
MS
THOMAS
DE
ANTONIO
Uni e sidad de Se illa
La p o eso a egipcia Radwá <Mú
(n.
1946)
con i mó
en
1994
su
maes ía
como
na ado a
al
publica
es
magni icas
no elas,
G anada,
Mo aima
y
La pa ida,
eunidas
en
1999
bajo
el
í ulo
de
T ilogía
de
G anada
.
En
ellas
ela a
las
pe ipecias de
una
amilia
mo isca
del
Albaicín
en e
los
años
1491
y
1609.
G anada
aba ca
de
1491
a
1527
y
la
p o agonizan
las
p ime as gene aciones:
los
abuelos
-el
lib e o
Abu
Yá a
y
su
esposa-,
la
iuda
de
su hijo
Yá a ,
y
los nie os
-Hasan
y
Salima,
jun o
a sus cónyuges e
hijos
y
o os
monscos
del
ba io
2
Uno
de
los
aspec os
más
in e esan es
de
G anada
es
la
gale ía
an
a iada
de
pe sonajes emeninos que
o ece,
des acando
el
de
Salima,
mo isca sabia
y
aman e
de
los
lib os que acaba en
la
hogue a
po
p ac ica
la
medicina.
Dada
la
ex ensión
del
ema, en es e abajo
se
hace sólo
un
esbozo
de
las
p incipales igu as
emeninas
pa a
luego
cen a se
en
el
análisis
del
pe sonaje de
Salima,
en
el
que
ambién
se
pond án de
mani ies o
algunos
asgos
de
las
demás.
1.
MUJERES MORISCAS
En
G anada
apa ecen
a ios
a que ipos
de
muje
mo isca,
pe enecien es a
dis in as
gene aciones
de
la
amilia
del
Albaicin
y
de
o a
amilia
de
Valencia.
En e esas
muje es
sob esalen
las
siguien es:
-
Om
Yá a .
Esposa
del
lib e o
Abu
Yá a ,
ha
pe dido
asu
hijo
Yá a poco an es
del
inicio
de
la
acción
de
la
no ela.
Su
nie a
Salima
se
c ia á
en
su casa,
en
la que
incluso i i á
as
su boda
con
Saad.
Om
Yá a
es
una muje
in eligen e,
de men e
abie a,
aleg e
y
posi i a,
que
ama
la
ida
y
p ocu a desd ama iza
las
si uaciones
y
hace g a a
la
exis encia
a
los
demás.
Siendo
una
muje
adicional,
es
pe misi a
con
sus nie os
y
disculpa
el
desin e és po
las
a eas
del
hoga
de
Salima
y
de
Mo aima,
la
jo en esposa de su nie o Hasan.
Sien e
g an cu iosidad po odo lo
que acon ece
y
hace
in e esan es e lexiones
sob e
las
limi aciones que
los
nue os
Pa a conoce
más
da os
sob e
su
ida
y
su
ob a
se
puede
consul a nues o a ículo
“La
inquisición
y
los
mo iscos
en la
no ela
G anado,
de
Radw~
‘Á ú ”, El
sabe
en
aI-Andalus.
Tex os
y
es udios
III?
pp.
205-233.
Edición de
Fá ima
Roldán
e
Isabel
He ás
(Uni e sidad
de
Se illa, Se illa,
2001),
Pa a
es e
abajo
se
a
a segui la excelen e
e sión ea]izada
po
Luz
Comendado : Radwa
Ashu ,
G anado
(Ediciones
del
O ien e
y
el
Medi e áneo,
Guada ama,
2000).
Anaquel de Es udiosA abes
12-2001
720
Cla a
M0
Thomas
de
An onio
amos
cas ellanos
de
G anada
imponen
a
los
mo iscos.
Pie de
asu
ma ido
as
la
quema
en
lib os
en
Biba ambla.
-
Om
Hasan.
La iuda
de
Yá a
es
la
mad e
de
Salima
y
1-lasan.
Se
llama
Zainab
y
i e
con
sus
hijos
en
la
mansión amilia
del
Alboicín
Es
una
muje
de
buenos
sen imien os
y
desde
su
boda
ha
a ado
de
ap ende
de
su
sueg a
Om
Yá a .
Om
Hasan
es
el
a que ipo
de
muje
adicional,
cen ada
en
el
cuidado
del
hoga
y
los
hijos,
y
po
ello
espe a
y
exige
que su
hija
Salima
y
su
nue a
Mo aima
se
a engan
a ese
modelo
de
muje .
-
Mo aima.
Es
la
esposa
de
Hasan,
con
el
que
se
casa
a
los
12
años
y
al
que
da á
cinco
hijas
y
un
hijo.
Todos
ellos con i en
en
la
mansión
del
Albaicin
con
su
sueg a
Om
Hasan,
con
los abuelos
Abu
Yá a
y
Om
Yá a ,
y
con
Salima
y
Saad.
Mo aima
es
uno
de
los
pe sonajes
más
in e esan es
de
es a no ela
y
el
eje
de
la
siguien e. Ap ende a lee
g acias
a
Salima,
y
ambas
man end án
una g an
complicidad
en
odos
los
e enos.
Al
p oclama se
el
edic o
de con e sión
o zosa,
Mo aima
de iende la
opción
de queda se
en
G anada, ingiendo
la
con e sión pe o
man eniendo
en
sec e o
sus
c eencías;
y
se á muy
hábil
pa a
saca
de
apu os
a
p opios
y
ex años cuando
sean
descubie os p ac icando sus
i os
y
cos ímb es.
-
Aixa.
Es
la
única
hija
de Salima
y
Saad,
pues
su
p ime
hijo
ha
mue o
a
los
quince
días
de
nace .
Tiene
es
años
cuando mue e
su
mad e
y
queda
al
cuidado
de
Mo aima
y
de
su
pad e.
Su
no nb c
á abe
signi ica
“la
que
i e”.
Es e
pe sonaje
apenas es á esbozado
al
inal de
la
no ela,
pe o
su
nacímíen o
ae
luz
y
dicha a
oda
la
amilia,
que
en
esos
momen os
es á
pasando
po
g a es
di icul ades.
Tan o
ella como sus
p imas
-las
hijas
de
Hasan-
ep esen an
la
espe anza
de
u u o.
Po
ello, su nomb e
c is iano
se á
Espe anza,
aunque
su
ío
1-lasan
la
llama á
Ámal,
su equi alen e
á abe.
-
Las hijas de Hasan
y
Mo aima.
Es e conjun o
de
5
niñas
ambién apa ece esbozado
en
el
úl imo
e cio
de
la
no ela, cuando
las
es
mayo es
se
casen
con
miemb os
de
la
amilia
Táhe ,
se
ayan a i i con ellos a Valencia
y
engan
allí a sus
hijos.
Du an e
unos
años
los
musulmanes
del
Reino
de
A agón
no
son
obligados
a
con e i se
y
i en
mejo
que los
mo iscos
g anadinos.
La chicas
se
casan
con en as,
pues
les
gus an
sus
p ome idos
y
en
el
ma imonio
como
su
des ino
na u al,
pe o
la
si uación
les
ímpedi á man ene con ac o
con
sus
amilia es
de
G anada.
-
Las muje es de la
amilia Táhe .
En
es a no ela son
pe sonajes
muy
secunda ios,
que
sólo
apa ecen
con
mo i o
de
la
boda
de
es
de
sus
jó enes
con
las
hijas
de
Hasan
y
Mo aima.
Dis u an
de
una buena
posición,
y
ambién
hay
cie as
di e encias en e
las
dos
gene aciones
esbozadas.
La
más
des acada
es
la
abuela,
Om
Abdelka im,
muje
muy
adicional
y
clasis a.
La muje
mo isca
y
el
pe sonaje de
“Salima”
721
2.
EL
PERSONAJE
DE
SALIMA
De odos
es os
pe sonajes emeninos,
el
p incipal
es
el
de
Salima,
que pasa en
la
casa amilia
del
Albaicin
oda
su
exis encia.
Es
uno
de
los
ejes
de
la
no ela
y
ep esen a
el
p o o ipo
de
muje
opues o
al
de su
mad e.
De in eligencia
muy
despie a,
se
casa
con
Saad a
los
14
años
y,
as
mo i su p ime
hijo,
se
e ugia
en
los lib os
y
en p epa a
emedios
pa a
cu a
las
en e medades.
Años
después,
su
ma ido
se
a
a
la
sie a
con
los
esis en es,
y
en
una co a isi a
conciben
a
su
hija
Aixa.
Pe o
el
in e és
de Salima
po
los
lib os
y
su p ác ica
de
la
medicina
la
ha á cae en
manos
de la
Inquisición.
A
con inuación
amos
a
analiza cómo e oluciona
su
pe sonalidad
con
los
acon ecimien os, cómo llega a p ac ica la medicina
y
cómo
mue e en la hogue a
acusada
de
b uje ía
y
apos asía.
2.
1.
E olución
de
su
pe sonalidad
El
pe sonaje
de
Salima
apa ece
po
p ime a
ez,
de modo angencial, en
el
capi ulo
3,
cuando ya
se
ha
desc i o
el
p oceso
que
lle ó
a
las
capi ulaciones
y
a
la
oma
de
G anada
y
han
quedado
p esen ados
los
p ime os
pe sonajes
masculinos
de
la
no ela.
Pe o
la
p ime a
desc ipción
de su ca ác e
la
ealiza la
au o a
en
a ios agmen os
del
capí ulo
4: Salima
es
una
niña
de unos
9
años,
que siemp e ha demos ado
un
ca ác e ebelde,
dominan e
y
enaz,
así
como una
g an cu iosidad
in elec ual.
Su
desin e és
po
las
a eas
del
hoga
p eocupaba
a
su
mad e
y
asu
abuela,
pues
“no
sabia
ni
eí
un
hue o,
mien as
que
a
su edad
las
niñas
de
los
ecinos
ya
ayudaban
a sus mad es
en
muchas
aenas
de la
casa”
(p.
43). Pe o
es o
no
le
p eocupaba
a
su
abuelo,
que
alo aba
más
o as
cualidades
de
Salima:
“Su
men e
e a
ágil
como
un
molino
que
no
pa a a
de
da
uel as,
de
obse a ,
medi a ,
p egun a
y
ca ila .
An es
de cumpli
los
nue e
años
ya
había memo izado
un
e cio
del
Alco án,
leía con
sol u a,
esc ibíacon buena
le a
y
con cla idad.
Su
maes o
se
hacía lenguas
de
su
apidez
pa a en ende
y
asimila
las
eglas g ama icales que
le
enseñaba”
(p.
44).
En
e ec o,
Abu
Yá a se
sien e
o gulloso
de
la in eligencia
y
cu iosidad
de
su
nie a,
algo
que ya
se
mani ies a
en
la
con e sación que
ambos
man ienen sob e
el
descub imien o
del
Nue o
Mundo:
¿Po
qué
es
nue o,
abuelo?
-p egun ó.
-
Po que lo han
descubie o
hace poco...
An es
no
sabíamos que
exis ía.
-
¡Pe o
eso
no
lo hace
nue o!
La
p ime a
ez que lo oi llama
así
me
imaginé que e a
un
mundo
que
Dios babia c eado a de,
y
pensé que los
á boles
se ían
a boli os
pequeños
y
que
en
él
odas
las
c ia u as se ían
pequeñas
y
ecién
nacidas.
¡Qué boba
soy...
-dijo
iéndose
de sí
misma”
(pp.
44-45).
722
Cla a
M”
Thomas
de
An onio
Su
p ecoz
capacidad
de
azonamien o
des aca
du an e
el
des ile
del
co ejo de
Colón po
G anada,
al
que
acude
con su he mano
Hasan,
dos
años
meno ,
y
con
dos empleados de su
abuelo
mayo es
que
ella,
Naim
y
Saad,
que se á
su
u u o
ma ido:
“Salima
exclamó
eu ó ica:
-
Dicen que
la
ie a
que
ha
descubie o
es
oda
de
o o
y
pla a,
y
que
aho a
a camino
de
Ba celona
pa a
en ega
a
los
eyes
los
eso os
que
ha
encon ado.
-
¿Y
po
qué
no
se
queda
él
con
los
eso os?
-dijo Rasan.
-
Po que
no
son suyos - espondió
Salima.
-
¿Y
po
qué?
-le
p egun ó Saad.
-
Los
eyes
paga on
el
dine o
que
necesi aba
pa a
el
iaje.
Es
como
si
lo
hubie an con a ado
pa a
que lo
hicie a”
(pp.
46-47).
Al
con empla
el
co ejo,
Salima
comp ueba
que “no
es
un
mundo
nue o”, sino
un
mundo
di e en e”
(p.
48);
y
su
emp ana
sensibilidad
ya es capaz
de
cap a
el
su imien o
ajeno:
al
e
la
comi i a
de
los
indígenas,
se
asomb a
de
que
los
cas ellanos
se
ían
de
esos
se es
cau i os,
se
e apo a su eu o ia
y
decide
ol e
a
casa,
en is ecida
po
su
agedia
(pp.
49-50).
También cap a
la
emoción
de
Saad
al
iden i ica se
con
los
cau i os, aunque ella
aún
no
sabía que
él
había
pe dido
a
su
amilia
a
manos
de
los
c is ianos
du an e
el
asedio
de
Málaga (p.
54).
Salima
y
Hasan
ecibían
mucho
ca iño
de
sus
abuelos,
que
les
mimaban
pa a
compensa su emp ana
o andad.
El
abuelo
les
concedía
odo
lo que
pedían
y
se
des i ía po da les unabuena
o mación,
pues
eníadeposi adas en ellos
odas
sus
espe anzas.
A
Rasan
le
lle ó
a es udia
con
un
eminen e al aquí
a
los
sie e
años,
y
pa a Salima
“lle ó
a
casa
una
pe sona
que
le
enseña a
a
lee
y
esc ibi ”
(p.
58).
Aunque
le
decían
que
en
esos
di íciles
momen os que
i ían
los
mo iscos
e a
un
despil a o lo que gas aba
pa a
educa a
sus
nie os,
él
se
obs inaba en hace lo,
pues enuncia
a
su
educación
e a
enuncia
al
u u o
(p.
59). Los
p og esos
de
Rasan
y
de
Salima
-que
“de
e sos
(..)
sabía de
memo ia
lo
que
homb es
bien
ba bados
no
habían
conseguido
memo iza ”
(p.
60)-aliínen aban
aún
sus
sueños
de una p on a libe ación de
G anada.
Cuando
Saad
se
enamo a
de
Salima,
ella
pe cibe
algo
ex año,
pe o
a
sus
nue e
años
no
sabe
cómo eacciona ,
ya
que
nadie
había alen ado en ella
la
idea
del
ma imonio:
el
abuelo,
el
pe sonaje
más
in luyen e
en
su
ida,
no
pensaba
del
modo
adicional,
y
a
su
mad e
iuda
le
a e aba pe de la.
“Salima
no
e a
conscien e
de su
eminidad
como
muchas
niñas
a
las
que,
a
esa edad,
las
amilias
ya
p epa aban
pa a
el
ma imonio.
Aunque jamás lo
menciona a a
nadie,
Abu
Yá a albe gaba
en
su
ue o
in e no
el
deseo
de
que
Salima
ue a como Aixa
Bin
Ahmad,
gala de
las
muje es
de
Có doba, de
sus
a ones incluso,
a
quienes
supe ó
en
disce nimien o,
ciencia
y
cul u a.
No
le
p eocupaba
la
cues ión
de
casa la,
ni
hizo
que
aella
le
p eocupa a.
La
misma
La muje
mo isca
y
el pe sonaje de
“Salima”
723
ac i ud adop ó
su
mad e,
aunque po sus p opias
azones:
e a
al
el
apego que
enía
a
su hija,
que
la espan aba la
simple
idea de
que
se sepa a a
de
ella
pa a i i lejos con
un
ex año
y
en
casa
ajena”
(pp. 58-59).
La cu iosidad de Salima
es
ue e,
lo
que
la
lle a
a
desea aspasa
las
ba e as
que man enían a
las
muje es ecluidas
en
el
hoga .
Cuando
es alla la
e uel a
del
Albaicín
po
los
desmanes
de
Cisne os
y
la
con inua iolación
de
las
capi ulaciones,
los
homb es
se
hacen dueños
de
nue o
de
la
mezqui a
del
ba io,
que
los
c is ianos
habían
con e ido
en
iglesia.
Salima,
que es á
en
casa
con
las
demás muje es de
la
amilia,
se
emociona
con
la
no icia:
“Pidió
a su he mano que se
sen a a
a
con a le
lo que había pasado
en
la
ínezqui a,
que
le
e i ie a
odos
los
de alles
sin
deja
escapa
nada;
que ía
en e a se
como
si
hubie a
es ado
allí,
pa icipando en
la
sesión
con
los
homb es”
(p.
84).
Cuando
Saad llega
a
los
ein e
años, acaba
con
sus
dudas
y
se
decide
a pedi
en
ma imonio a
Salima,
que
ha
cumplido
los
ca o ce.
Hasan
y
la
abuela
es án
de
acue do,
po que
Saad
es buena
pe sona
y
al
abuelo
le
hab ía
gus ado
ese
ma imonio;
además
la
pa eja
se
iba
a queda
a
i i
en
la
mansión
amilia .
Así
que
se
lo p oponen a Salima
y
a
su
mad e.
A
pesa de
esos
a gumen os,
la mad e
se opone, po que
Saad
es
pob e
y
no
conocen
a
su
amilia,
desapa ecida en
el
si io
de
Málaga.
Piensa
que
Salima
no
a
a
acep a ,
pe o,
an e
la
so p esa de
odos,
Salima acep a enseguida; sin emba go,
po
la
noche
no
log a do mi , dando
uel as
al
asun o:
“Se
p egun aba
po qué
había
con es ado
con
an a
de e minación.
Si
ella
nunca había pensado en
casa se
con
Saad,
ni
con
nadie.
Le
ex añó
su
pedida,
le
esul ó
algo
incomp ensible
e
inespe ado.
Aho a
le
ocaba pensa
cómo eacciona an e
la
pe ición. La
cues ión
no
e a
si
echaza la
o
acep a la,
sino e lexiona an es
de
hace una cosa
u
o a.
Con e i se
en
la
muje
de
un
homb e,
obedece lo,
se i lo,
da le hijos... ¿Po qué? Cuando la mad e
empezó
a
enume a
sus
objeciones a
Saad,
ella
se
so p endió a si misma
an o
co no
le
había so p endido que
la
pidie a,
y
había
exclamado:
‘¡Nunca
encon a ía
un
ma ido
como
Saad!’
¿Acaso
se
había
pues o
ella a
busca
ma ido
co no
pa a
da esa con es ación?Aho a debía pensa
con
anquilidad.
Tampoco
se
iba
a
eni
el
cielo abajo po que
amanecie a
diciendo que
no
que ía
casa se
con
Saad
ni
con
ningún
o o.
Además,
si
no
ue a
po que
le
as idia on
las
palab as de
su
mad e,
no
lo
hubie a
dicho”
(pp. 97-98).
Al
inal
Salima
accede
a
casa se.
Saad
le
comp a
una
c ía
de
gacela como egalo
de
comp omiso. Salima seasus a
al
in en a
aca icia la,
pe o
enseguida
se
enca iña
con ella
y
quie e que due ma
en
su
cua o. Como
la
mad e
se
niega,
Salima
724
Cla a
M0
Thomas
de
An onio
due me
en
el
po che
con
la
gacela,
an e
la
son isa
cómplice
de
su
abuela
(pp.
105-
106).
La au o a hace
un
delicioso
ela o
de
los
p epa a i os
de
la
boda,
y
en
especial
de
la escena
del
hammam,
al
que acuden
en
comi i a
las
muje es de
la
amilia
y
del
ba io,
acompañadas
de
sus
niños
y
de
las
chicas de
la
edad
de
Salima, pa a cumpli
el
i ual
de
embellece
a
la
no ia dos
días
an es de la boda
(Pp.
106-112).
Pe o
Salima,
que
se
some e
dócilmen e
a
odos
esos
i os,
se
sien e
ajena a lo que
la
odea:
“Con emplaba
el
luga ,
lo
obse aba,
se
obse aba a sí misma
y
se
asomb aba. No acababa
de
comp ende
del
odo.
Hubie a
que ido es a
con
su
gacela,
aca iciándole
la
cabeza
o
pe siguiéndola
mien as
se
mo ía
lige a
y
g ácil
en
la
in imidad
de la
casa”
(p. 112).
Se celeb a
la
boda
y
comienza su
ida
de
casada
en
la
mansión
del
Albaicín.
Al
p incipio, la mad e
y
la
abuela
les
en
elices.
Salima es á con en a
y
da
la
ímp esión
de
que
se
ha
uel o
más
modosa.
Acaba
de
descub i sus
p opios
sen imien os:
“Aho a
le
pa ecía que
había
es ado
inspi ada,
po que
acep ando
a
Saad
se
había ace cado
más
a
él,
y
al
ace ca se
lo
amó.
La p ime a
noche,
Saad
se
ace có
a
ella
con
imidez,
y
ella
a
él sin
sabe cómo, pe o
se
encon a on;
y
al
encon a se,
una calma
inusi ada
los
en ol ió, una calma que a ella
le
es alló
en
un
o en e
de
ca iño
y
e nu a
que
no
sabia que
lle a a
den o”
(p.
121).
Pe o, a
los
pocos
días,
ambos
amanecen pálidos
y
con
ojos
de
habe
llo ado.
Muy
p eocupadas,
les
espían,
descub iendo
sólo
que
se
pasan
la
noche
hablando
en
oz
baja.
Y
es
que
Saad
le
ha
es ado con ando a Salima
las
desg acias de su
amilia
en
el
asedio de
Málaga.
Así Salima
y
Saad
con inúan
su
ida
conyugal,
compa iendo
con idencias
y
jugue eos con
su
gacela.
Cuando
él
se
iba
a
abaja ,
ella
hacía
ápidamen e
las
aenas case as
pa a
ol e
a
es a
con
su gacela
y
lee
algún lib o
(p.
120).
Salima
“c ecía
sil es e
e
indomi a
a
la
somb a
de
Saad,
so1íci o
a
pesa
de
que
la
is eza
que
in adía
sus
ojos
lo dominaba a
eces
y
se
lo lle aba
an
lejos que
nadie podía
alcanza lo”
(p.
165).
Salima queda
p on o
emba azada,
al
igual
que
su cuñada
Mo aima,
es
años
meno
que
ella.
Ambas,
que
i ían
bajo
el
mismo echo,
se
hacen
muy
amigas
y
se
an
desen endiendo
de
las
a eas
del
hoga .
Om
Hasan
empieza
a
queja se
de
su nue a,
pe o
no
de
su
hija,
y
la
abuela
las
jus i ica
a
ambas
po
su ju en ud
(pp.
151-154).
Salima
decide
enseña
a
lee
y
esc ibi
a
Mo ai na:
“A las
con e saciones
sin
in
de
la
dos jó enes
se
añadie on
en onces
las
sesiones
dia ias
en
las
que
Mo aima omaba
su ablilla
y
Salima,
sen ada
delan e,
iba
dic ándole
le as
y
palab as
que
luego
le
co egía.
Om
Yá a
y
Om
Hasan
p epa aban
la
comida,
hacían
la
limpieza
y
La muje
mo isca
y el pe sonaje de
“Salima”
725
La aban
la opa sucia
mien as
las
muchachas
se
quedaban
sen adas, sin
mo e se.
Incluso cuando
no
es aban cha lando
o
es udiando,
se
sen aban
una
jun o
a
o a.
Salima
leía
alguno
de
sus
lib os
y
Mo aima bo daba pañales
pa a
su
u u o
hijo
y
el
u u o
hijo
de
Salima”
(p. 155).
Cuando
Salima es á
en
los
úl imos
meses
del
emba azo,
mue e
su
que ida
gacela,
lo
que
la
a ec a
de
o ma
p o unda.
Pe o
enseguida
nace
la
hija
de
Mo aima
y
luego
su
p opio
hijo,
que
llenan
la
casa
de
aleg ía.
La
ida
en
odo su
esplendo
es alla
den o
de
Salima
con
unas
sensaciones
que has a en onces
desconocía:
“Había enido
un
pa o
di ícil
que
a
pun o
es u o
de
desga a le
el
cue no,
de
acaba
con
él.
Y
sin
emba go
su
cue po,
enso como
lacue da de
un
a co,
había sopo ado lo
insopo able
has a que el niño sacó
la
cabeza,
y
ella lo
oyó
gemi
débilmen e.
En onces
lo
cogió
en
b azos
y
lo
mi ó,
lo palpó,
le
besó la ca a
y
no ó
su sabo
en
los
labios. Luego
le subió
la
leche,
le
ace có
un
pezón a
la
boca
y
sin ió
que
se
le
es emecían
las
en añas, como
sí
b o a an
pa a alimen a
a
una plan a que
c ece.
No
e a aleg ía lo que
le
llenaba
el
pecho
(...).
E a
algo
que
se
de amaba
po
el
alma y
el
cue po,
que
se
me ía
en
él
lle ando
emo ,
aleg ía, espan o,
sow esa
y
mil
cosas más;
como
sí
se
jun a a
la
ida
con
sus
colinas, sus
íos
y
sus cielos,
el
sol
del
día,
las
es ellas
de
la
noche
y
la
luna
allá
en
lo
al o.
Todo
se
jun aba
y
concen aba allí
en
el
ins an e
en
que la
boqui a
ozaba
el
pezón,
y
el
pecho
se
inclinaba
y
o ecía
una
leche
que
sólo Dios sabia
de
dónde enia
y
cómo,
pues e a
igual
que
un
manan ial
milag oso
que
su gie a
del
ien e
de
la
ie a,
o
una
llu ia
mansa
que
caye a
del
cielo
sin
descanso”
(p. 169).
Pe o
esa nue a
ida
se
unca
a
los
quince
días
de
nace ,
y
el
golpe es
ya
an
e ible
que
Salima
se
encie a
po
comple o
en
sí
misma,
e ugiándose
en
los
lib os en busca de emedios con a
la
mue e:
“Cinco
hijos
u o Mo aima después
de
Rucaia,
el
úl imo
de
los
cuales ue
a ón
y
ecibió
po
nomb e
I-licham.
A
Salima
no
le
dio Dios
ninguno,
aunque
cómo
iba
a dá selos
si
ehuía a
Saad,
en egada como
es aba
a lee
lib os,
mezcla hie bas, ab ica
compues os,
pomadas
y
pócimas”
(p.
174).
Su
abuela
se mues a
comp ensi a
con
Salima.
aunque
le
inquie a
que
descuide
a
su
ma ido.
Naim
aconseja
a
su
desespe ado
amigo
Saad que
la
azo e
pa a
hace la
eacciona ,
o
que
sea
ca iñoso,
o
que
ompa
los
ascos
y
des oce
los
lib os
que
la
es aban
so biendo
el
seso.
Y
la
mad e
discu e
acalo adamen e
con
ella, sin log a que cambie de
ac i ud:
“De
nada
si ie on
los
epe idos
g i os
de
Dm
Hasan
ni
su in en o
de
de ol e
a
su
hija
al
edil
de
la
mayo ía
de
las
muje es,
que
hacían elices
a
sus
ma idos
dándoles
hijos
e
hijas,
alcoholándose
los
ojos
y
mos ando
726
Cla a
M0
Thomas
de
An onio
os os
aleg es
y
cue nos
pe umados,
ungidos
con
almizcle
y
jazmín”
(PP.
174-175).
Los
in en os de Saad
po
llega a Salima
son
in uc uosos,
pues
ella
se
dedica
en
cue po
y
alma
a
su lucha con a
la
mue e,
una
a ea
que
“le
había
caído
del
cielo
como una
condena”
(p. 176).
Un
día,
desespe ado,
discu e
con
ella,
se
acalo a,
la
golpea
y
se
ma cha
de
la
casa.
Cuando uel e,
Salima
oma
la
inicia i a
de habla
as
su p olongado
dis anciamien o:
“-Hicis e
mal
en
pega me,
Saad. Pegándome
p o ocas e
que Hasan
lo
hicie a
ambién. Nadie
me
había pegado
nunca,
ni
siquie a
mi
pad e, ni
mi
abuelo.
Se
quedó
callada
un
momen o
y
luego
con inuó:
-
Yo
ambién
e
hice daño
al
deci :
‘Es a
casa
es
mía...
Si
me
quie es,
quéda e,
y
si
no
me
quie es,
e e’.
Fue
una
c ueldad
que
dije
en
un
a eba o
de cóle a.
Salima lo es aba
obse ando
con
aquella mi ada
suya
cla a
y
di ec a,
y
él
eía
en
sus
ojos azules
la
luz
que
años a ás
lo había
cau i ado.
T agó
sali a
y
espondió
como
pudo:
-
No p e endía hace e daño.
Es
que
esos
po ingues que e
pasas
p epa ando
día
y
noche
me
sacan
de
quicio,
Salima.
No
sopo o
cómo
huelen,
me
p o ocan
pesadillas
- ol ió
a aga
sali a-, pesadillas
y
más
pesadillas.
-
Si
quie es,
me
lle o
odo a
o o
si io.
Pe o,
e
lo
uego,
Saad,
no
me
pidas
que lo
deje...
Lo
necesi o
como
necesi o
es os
lib os que
an o
e
al e an.
Lo
necesi o.
Saad
no ó
que
las
lág imas asomaban
a sus ojos y.
iendo
más
allá de
aquellas
lág imas
el
esón
de
Salima,
supo que jamás pod ía
in e pone se
en e
ella
y
su
olun ad.
No
sólo
po que
uese
incapaz
de doblega su
obs inación, sino po que
no
lo
deseaba”
(pp.
178-179).
Y
así
sigue
Salima,
“en ascada
en
sus
calde os
y
sus
ascos”
(p.
185),
du an e
a ios años, mien as la
si uación
de
los
mo iscos,
obligados a con e i se,
se
o na cada ez
más
di ícil.
A
pesa
de
que
su
amilia
simulaba
cumpli
las
no mas
impues as
e
iba
a misa los
días
de
p ecep o,
Salima
ya
“había
zanjado
la
cues ión
años
a ás,
cuando anuncié
ajan emen e
que
no
i ía
a
no
se que
la
a asen
con
cue das
y
i a an
de ella
como
se
hace
con
las
bes ias”
(p.
226).
Saad,
que
había
es ado
ayudando
a
la
esis encia desde
la
casa
del
Albaicín, acaba ma chándose
a
la
sie a
pa a
no
pone
en
pelig o
ala
amilia
con
sus
ac i idades,
como
eme
Hasan.
Salima,
aunque
sien e
que
se
aya,
acep a
su
decisión
(pp.
193-198).
Al
cabo
de
es
años
Saad
uel e
a
isi a la.
Y
esa
ez
su
encuen o
es
pleno
y
apasionado
(pp.
233-234).
Pe o
él
uel e
a
ma cha a
la
sie a
sin
sabe
que ella
ha quedado
emba azada.
Salima
da
a
luz
a
una
niña,
a
la
que
pone
Aixa, aunque
en
los
papeles
se
llama á
Espe anza
y
Hasan
la
llama á
Amal.
Es e
nacimien o
de uel e la
aleg ía
a
la
casa,
y
Salima
la
c ía con
pasión,
espe ando
el
eg eso
de
su pad e
(p.
243),
pues
no
sabe
que
ha
sido
ap esado
po
la
Inquisición.
Saad
pasa
La
muje
mo isca
y el pe sonaje de
“Salima”
727
o os
es
años en
p isión,
donde piensa
en
sus se es
que idos
y
iene
una
pe cepción
más
cla a
de
Salima:
“Has a
él
llegaba
el
os o
mo eno
y
delgado
de
Salima,
sus
ojos
azules
que
no
se
sabía
si
b illaban
de
e ca osadía
o
de
una
delicadeza
que po pudo
simulaba
obs inacióíi,
sus
labios
ca nosos
que
despe aban
el
deseo
y
su
cabeza co onada
de
una
abundan e
melena
izada.
En
la
cá cel,
Saad
io
a
Salima
con
una
cla idad
con
la
que
nunca
la
había
is o
an es.
Vio
su
ca a,
su
igu a,
la
lige a
inclinación
de su
alle
cuando
caminaba
como
si
desea a
que su
onco
p ecedie a sus
pasos.
En
la
cá cel,
escuchó
su oz
mien as
hablaba,
eía,
se
en u ecía
o
pe manecía
callada sin
deci
nada.
La io
siendo
niña,
en
ida
de
Abu
Yá a ;
y
de
muchacha,
cuando ocupaba
su
co azón
y
sus
noches;
y
de
muje ,
ace cándose obsequiosa
y
apa ándose esqui a
sin
azón
comp ensible”
(p.
276).
También
la
amilia
a
acep ando
y
alo ando
la
ac i idad de
Salima,
que
ya ha
alcanzado
un
g an
p es igio
en
su p ác ica
de
la
medicina.
Su
he mano
Hasan,
esponsable
de
odos
los
que
i en
en
la
mansión
amilia ,
es á
algo más
anquilo,
pues
han
log ado
una
cie a es abilidad, a
pesa
de
la
di ícil
si uación
de
los
mo iscos:
“Incluso Salima,
con
lo e ca
que
e a
y
la
ida
an
ex aña que había elegido
-y
que a él an a inquie ud
le
causaba- había e minado po o o ga a su
casa
del
Albaicín
conside ación
y
dignidad.
(...)
Dios había concedido
a
Salima
el
don
de
la
sabidu ía,
el
conocimien o,
el
amo a
la
gen e,
y
ambién
aquella
pequeña Amal, que llenaba
la
casa
de
aleg ía
con
su isa esca
y
su
g acia”
(p.
301).
Hasan quie e
an o
asu
sob ina
Ámal
que
le
p opone a Salima comp ome e la ya
con su hijo
Hicham.
Y
Salima,
mue a
de
isa, le
esponde
con mucha
sensa ez
y
una g an lógica
no
exen a
de
sen ido
del
humo :
¿Acep a ías
a Hicham
como
ma ido
pa a
Amal?
Salima
se
echó a
eí ,
an
al o que
la
niña
se
e ol ió en su
cama
como
si
ue a a
despe a se,
pe o
siguió
do mida. Aquella isa lo
dejó
con uso:
-
¿De
qué e íes? -dijo
en
ono
algo
moles o.
-
De que
mi
hija
Aixa
iene
es
años,
y
Hicham aún
no
ha cumplido
los
nue e.
-
En
una
ab i
y
ce a
de
ojos
e la
encon a ás
hecha una moci a de diez
y
a Hicham
un
muchacho
hecho
y
de echo.
-
Es o es adelan a demasiado
los
acon ecimien os,
Hasan.
Y
además,
cuando
llegue ese momen o
nos
en en a emos
a
la
p agmá ica de
los
cas ellanos que
p ohíbe
el
ma imonio en e
pa ien es.
734
Cla a
Ma
Thomas de An onio
Si
en
un
p incipio
Salima
leía
y
expe imen aba
pa a
halla espues a
al
g an
in e ogan e de
la
mue e,
más
a de end ía que
limi a se
a
hace lo
con
un
obje i o
menos
ambicioso,
el
de lucha
con a
el
dolo
y
la en e medad,
como
econoce ía epasando su
ida
an es
de
i
a
la
hogue a:
“Ella,
Salima
Bin
Yá a ,
en
un
a anque
de
eu o ia
había que ido ence
a
lamue e
y
luego
se
había
echado
a ás
y
había acep adouna emp esa
menos
descabellada.
Leyó
lib os, asis ió
a
en e mos
y
de ibó
aquello
en
lo
que
se
apoyaba la
op esión
de
los
cas ellanos.
Cuando
caminaba po
los
me cados
no
ocupaban
su men e
los
pues os,
sino
el
os o
de
una
muje a
la
que dio
un emedio que
no
la
cu ó.
Esc u aba su
ca a,
sus
sín omas,
no
pa aba
de
da le
uel as
a
la
cabeza
p egun ándose
cuál se ía
el
emedio”
(p.
338).
Es udiaba los
pocos
lib os que es aban
a
su
alcance,
y
luego
expe imen aba,
sacaba
conclusiones, e lexionaba,
se
hacia
p egun as
y
esc ibía sus comen a ios
(p. 212):
“Salima
enía la
i me
con icción
de
que
la
en e medad
se hallaba
en
el
cue po
y
de
que su
impulso
mo o es aba
en él.
Qué
se ia,
de
dónde
p ocede ía
y
po qué
se
ma cha ía
e an
cues iones que
le
qui aban
el
sueño,
que ebasaban sus capacidades, pe o que
no
conmo ían su ce idumb e.
Ahogaba
las
dudas
en
los
po meno es
del
es udio co idiano
de
los
múl iples
males
que a ec aban
al
cue no,
los
obse aba,
p oducía pa a ellos
las
a mas
más
a iladas, ecu ía
a
los
lib os
y
se
olcaba
en
los
expe imen os.
Sus
ollas,
bo es, pomos
y
cajas
ebosaban
de
hie bas e des
y
secas,
de
mezclas,
ungikn os
y
compues os
con
los
que
a aba
a
la
gen e.
Y
una
ez
acasaba,
pe o
algunas ace aba
y
son eía
sa is echa,
aunque
sin
ol ida
del
odo
aquella
ama gu a
que
se
le
había me ido
en
un
incón
del
co azón.
La
ama gu a de
sabe
que
odas
sus
ic o ias
e an
pa ciales,
po que la
mue e
es
la ga,
y
iene
pode
pa a
desca ga su
espada
pode osa
en
cualquie
ins an e lanzando
una ca cajada de
iun o”
(p.
213).
Salima empezó a p epa a
emedios
el
mo i
su p ime
hijo,
in en ando
ence
a
la
mue e
y
como o ma
de
supe a
el
dolo .
Leía e
in es igaba
pa a halla
emedios,
que
luego
ece aba
a
sus
ecinas:
“Se
dedicó a p egun a a
las
cu ande as,
a in e oga ías
sob e
iejas
ece as
pa a
cu a
las
dolencias.
Y
empezó
a
comp a
calde os,
bo ellas,
asos
y
pomos.
Mezclaba hie bas escas
y
secas,
las
mace aba, amasaba,
calen aba,
en iaba
y
des ilaba.
Las
ecinas
del
ba io
acudían
a pedi le
consejo
pa a
una
en e medad
o
cualquie o a
cosa”
(p. 174).
Cuando
la
amilia Táhe
llegó
de
Valencia a pedi
en
ma imonio
a sus sob inas,
la
abuela
Om
Abdelkade
su ió
una
ue e
dia ea,
y
Salima
la
a ó
con
buenos
La muje mo isca y
el
pe sonaje de
“Salima”
735
esul ados,
a pesa
de
sus
epa os,
pues
“desde
la
p ime a ez que io a Salima
u o po
mal agUe o
su
a o
aspec o,
su
pelo
desg eñado
y
su mi ada
pe dida”
(p.
264).
És a
es
una de
las
pocas ocasiones
en
que
la
au o a desc ibe
el
modo
en
que
Salima p ac ica
la
medicina:
obse a
de enidamen e
al
pacien e, hace
el
diagnós ico p eciso, p epa a de o ma minuciosa
la
medicina adecuada
y
se
la
adminis a,
explicándole
sus
e ec os:
“Salima
examinó
a
Om
Abdelka im.
Leexplo ó
el
pecho,
el
ien e,
los
ojos,
la
ga gan a,
le
omó
el
pulso,
se
ijó
en
el
colo de
las
uñas
y
al
inal
dijo
que
no
e a cosa
de
impo ancia.
Lo
dijo con mucha
segu idad.
(...)
Ni
siquie a su
esis encia
a
oma
el
emedio que
le
dio Salima
pudo
du a
(...)
Y
encomendándose
a
Dios,
se
lo
omó.
Salima
le
dio p ime o
un
cocimien o
de
cásca a
de
g anada con
ome o.
Como esa ece a la
conocía,
se
la
omó
y
se
le
co a on
los
ómi os
y
la
dia ea.
Aún
así las
dudas
no
desapa ecie on,
y
cuando Salima
le
lle ó
un
nue o
compues o,
p egun ó:
-
¿Qué
es
es o?
-
Un
medicamen o.
-
Ya sé que es
un
medicamen o,
pe o ¿con qué lo has
hecho?
Salima,
que
no
se
había pe ca ado
de
su
e icencia
y
pensaba
que
la
p egun a
nacía
de
la
cu iosidad,
se
sen ó
asu
lado
a
explica le:
-
Es
un
compues o
buenísimo
pa a
sana
los
dolo es
de
ien e,
yo
misma lo
he
hecho.
Cogí una
medida
de esco ia
de
hie o limpia
y
la
me í en inag e
del
bueno;
lo cambié de inag e
sie e
eces
y
luego
lo
maché.
Cogí
un
poco
y
le
añadí cla o
en
pol o,
gengib e mezclado
con
miel
y
lo puse
a
mace a
con
almizcle
y
ámba .
Y
si
Dios quie e
con
es o
se
cu a á.
(...)
A pesa
de
que a los cinco
días
se
le an ó es ablecida,
y
de
que
a
odos
les
pa eció que es aba
mejo
que cuando
llegó
al
Albaicin, ella es aba
con encida
de
que
se
había
cu ado
po que Dios había encido a aquella
muje que
es aba
poseída po el
demonio
o e a
un
genio”
(pp. 265-266).
Poco
a
poco
su clien ela
se
ue
ampliando, debido
a
sus
conocimien os
y
asu
gene osidad
en
la
p ác ica
de
la
medicina:
“En
su
mano
es aba
la
cu ación,
y
en
sus a amien os, bene icio pa a
el
cue po
y
pa a
el alma.
Eso
decía
la
gen e.
Y
como Salima había he edado
la
nobleza
y
la
gene osidad de
Abu
Yá a ,
no
echazaba a
quien
llega a
a
hace le una consul a aunque
no
poseye a nada
que
da le
a cambio de su
ciencia.
Tal
ez ue a
po eso
-pensó
Hasan-
po lo que
la
gen e
la
colmaba
de
dine o cuando había
dine o,
y
de
ap ecio
lo hubie a
o
no
lo
hubie a”
(p.
301).
736
Cla a
M”
Thomas
de
An onio
2. 3.
Su
aniquilación
po
la
Inquisición
La men e e lexi a de
Salima,
su
amo a
los
lib os,
su
a án
po
busca
emedio a la
en e medad
y
su p ác ica de
la
medicina
lle a on
ala
Inquisición
a
acusa la
de
b uje ía
y
a
condena la a
mo i
en
la
hogue a.
Todo
el
p oceso,
que
se iniciaba con
la
de ención,
pa a
segui
con
los
in e oga o ios
y
la o u a
y
culmina
en
el
au o
de e
y
la
ejecución
de
la
sen encia,
se á
i ido
po
Salima
como una pesadilla que
en
ano
in en aba
comp ende .
An es
del
eg eso
de
Saad,
Salima
es
de enida. Regis an
su
casa,
en
especial
su
habi ación,
se
lle an
sus
ascos,
hie bas
y
lib os,
y
a
ella
la
me en
en
un
ces o,
po
miedo
a oca la.
A
solas
en
su
celda
as
el
in e oga o io,
Salima eco da ía
ese
momen o:
“El
juez
la
acusaba de ene
a os
con
un
macho
cab ío
y
la
censu aba po
un
pedazo
de
papel
insigni ican e.
Pe o
los
que
ue on
a p ende la
se
compo a on
de
un
modo
aún
más
ex año.
Uno
de
ellos
hizo
amagos
de
en eda
con
los
lib os
y,
cuando ella ala gó la
mano
pa a
impedí selo,
dio
un
sal o a e ado
y
g i ó con
odas
sus
ue zas:
‘¡No
me
oques!’,
como
si
ella
ue a una culeb a
o
un
alac án
cuyo
con ac o
ue a a al.
Luego
la
a a on
como
si
uese
un
o o
b a o
y
la
me ie on
en
un
ces o”
(p.
330).
Salima había
sido
conducida an e
el
T ibunal
as
un
eja o io
econocimien o
ísico,
que
ambién
eco da ía
en
su
celda:
“An es
de
que la
conduje an
an e
aquellos
es
inquisido es,
la
lle a on
a
una
muje como
un
gigan e, co pulena
y
se e a,
que
le co ó
el
pelo
y
le
o denó
qui a se
la
opa, oda,
has a
queda
desnuda
como
su mad e la ajo
al
mundo.
Después
la
muje
comenzó
a inspecciona ía palpándola
bajo
las
axilas,
en e
los
muslos,
en
los
o i icios
de
la
na iz,
en
la boca
y
en
las
o ejas,
en
la
agina
y
en
el
ano.
Pe o ¿qué es aba
buscando?
¿Se
a aba
de
una b oma?
¿De
una
locu a?”
(Pp.
330-331).
La
hacen
en a an e
el
T ibunal
de
espaldas,
pa a
luego
o dena la que se
dé
la
uel a. En onces se encuen a
a
los
es
inquisido es,
esc u ándola
con
sus
du os
semblan es. El
p esiden e
lee
el
ac a,
echada
en
1527
en
la
plaza de
Biba ambla,
en
la
que
se
la
acusa
de
b uje ía,
como
dice
en
es e
agmen o:
“(...)
Da comienzo
el
p oceso
de lo que has a nues o
conocimien o
ha
llegado
sob e
Glo ia
Al a ez,
an es
llamada
Salima
Bin
Yá a ,
ace cade que
p ac icaba
la
magia neg a
y
de
que
en
su
casa
se
adqui ían
semillas,
plan as
y
il os
sospechosos
que usaba
pa a
mal
de
la
gen e.
(...)
Y
sus
p ác icas
la
hacen
culpable
de
un
deli o
de
amenaza a
la
San a
Mad e
Iglesia
y
a la segu idad
del
Es ado”
(p.
323).
En
ese momen o es cuando Salima
se
en e a
de
la
acusación
que pesa
sob e
ella,
La muje
mo isca
y el pe sonaje de
“Salima”
737
y
po
eso escucha con
a idez,
pensando
aún que
pod ía
de ende se:
“Salima
concen aba
oda
su a ención a
in
de
que
no
escapa a a su
en endimien o
ninguna palab a
cas ellana”
(p.
323).
T as
ju a
sob e
la Biblia que di ía la e dad,
comienza
el
in e oga o io,
en
el
que
odo
lo
que ella
dice,
ca gado
de
lógica,
se á
dis o sionado po
el
T ibunal
del
San o O icio
pa a
que si ie a
de
con i mación
a
sus
acusaciones.
La
p ime a
“p ueba”
se ía que había
enido
una
hija con
el
diablo.
¿Tienes
hijos?
-
Sí.
-
¿Cuán os?
-
Sólo una
niña.
-
¿Cómo
se
llama
y
qué edad
iene?
-
-
Se
llama Espe anza
y
iene es años.
-
¿Y
no
acabas
de
deci
que u
ma ido
se
ue
de
casa hace
seis
años?
-
Vol ió en
una
ocasión,
nos
econciliamos,
y
luego
se
ue o a
ez.
Los
inquisido es
ol ie on
a
in e cambia
la
misma
mi ada,
es a ez
con
un
b illo
añadido en
los
ojos
del
jo en inquisido que se sen aba a
la
de echa
del
juez”
(p.
325).
Salima
se
da
cuen a
de que
no
ha ace ado
en
sus
espues as,
sensación que
se
i á
ac ecen ando poco a poco
y
sumiéndola
en
la
pe plejidad.
Aún
así,
sigue
a e ada
a
la
lógica
y
la p udencia. La
segunda
“p ueba”
de
que
p ac icaba
la
magia
neg a
son
las
hie bas,
pócimas
y
lib os
hallados
en
su
casa;
y
el
hecho de habe
ap endido medicina
po
su
cuen a
es
o a
“p ueba”
de
su
a o
con
el
diablo:
¿P ac icas
la
magia?
-
No
la
p ac ico.
-
¿Cómo explicas en onces
las
p uebas
acusa o ias
que había
en
u casa?
-
Son
semillas, hie bas
y
pócimas con
las
que p epa o emedios
pa a
cu a
a
los
en e mos.
-
¿Y
quién
e ha enseñado eso?
-
Ap endí
yo
sola.
-
¿Tú
sola,
o
con
lib os?
Salima calló
un
ins an e
an es de
esponde :
-
¿De
dónde iba a saca
yo
los
lib os?
Yo
no
sé
lee cas ellano
y
los
lib os
en
a ábigo
es án
p ohibidos po
la
ley.
-
¿Y los
lib os que
hallamos
en
u
pode ?
-
No
son
míos
ni
de
nadie
de
la
casa.
No
enemos
lib os
ni
comp amos
lib os.
-
En onces,
¿ econoces
p ac ica
la
magia,
así
como
que
ue
Sa anás
quien
e
enseñó a
ab ica
eso
que
ú
llamas
emedios?
738
Cla a
M~
Thomas
de
An onio
-
No
he
dicho
eso.
-
¿Acaso
no
c ees que
exis e
la
magia,
que
exis en
las
b ujas
capaces
de
le an a
empes ades,
de
malog a
el
ganado,
de
hace
mal
a
la
gen e
semb ando en
sus
cue pos
la
en e medad
y
la uina?
-
A
mi
en ende
odas
esas
cosas,
y
me
e ie o
a
las
empes ades,
la
mue e
del
ganado
y
las
pe sonas,
ienen
causas
na u ales
que
al
ez
igno amos,
pues
nues o conocimien o
como
pe sonas,
como
humanos
que
somos,
es
de icien e.
No,
seño ,
no
c eo
que
exis an
las
b ujas”
(pp.
325-326).
También
con i man
la
acusacion
de
b uje ía
es
es igos
que
dicen
odia la po que
les
ha causado
mal
con sus
a es.
Y
de
nada
si e
la
sopesada
espues a de Salima
a es as
acusaciones:
Del
p ime hecho
no
me
acue do.
Bien puede se
que
una
pe sona
e a e
mal
o
e hable con malos
modos
y
le
digas:
‘No
me
hables
de
esa
mane a’.
Pe o
yo no
ecue do cuándo
dije
eso
ni a
quién.
El que en e ma a esa noche
p ecisamen e es pu a
casualidad.
El segundo hecho es cie o po que esa
muje , que
me
c ucé
en
la
calle
y
que
e a
c is iana
nue a,
o
sea,
mo isca
como
yo, me
dijo:
‘No
sé
po
qué
no
se
me
mue e
la
c ia u a
en
el
ien e’.
Yo
le
puse
la
mano
y
es imé
que
el
niño debía es a
mue o
en
la
ma iz,
pues
no
había
señal
alguna
de
mo imien o
pese
a
que
la
hinchazón
de
su
ien e con i maba que
se
hallaba
en
las
semanas úl imas
de
la
ges ación.
Mi
es imación
ue
co ec a,
pues
la
muje
mu ió po que
el
niño
mue o que
lle aba den o
le
emponzoñé
el
cue po. Po lo que espec a
al
e ce
hecho,
ambién
es
cie o.
Una muje cas ellana ino
a
ye me
llo ando
y
me
pidió
que la
acompaña a
po
halla se
su
hijo
pequeño muy
en e mo.
Y
a
despecho
de mi he mano,
que
no
que ía
que
ue a
a casa
de
unos ex años
a
los
que
no
conocíamos,
yo
la
acompañé.
Cuando llegamos encon é
al
niño
desang ándose, demac ado
y
con
las
uñas
azules.
Es aba
agonizando.
Es imé
que
la
hemo agia debía
de
es a
en
los
in es inos,
y
que ya
no
podía
hace
nada
pa a
sal a lo.
-
¿Reconoces
pues
que
p ac icas
la
magia?
-
He dicho que
no
c eo
en
la
magia”
(pp.
327-328).
El
T ibunal
p esen a como
“p ueba”
i e u able
de
sus
a os
con
el
demonio
un
dibujo que Salima había hecho
de
su que ida
gacela:
“Ella
lo
mi ó.
Tenía
dibujada
una o eja
o
una
gacela.
Después
de
habe lo
obse ado
eco dó:
-
Es un
dibujo.
Modes o
po que
yo no
dibujo muy
bien
(...).
-
¿Reconoces en onces que es e dibujo
es
uyo?
-
Yo
enía
una
gacela
a
la
que
omé
mucho ca iño. In en é
dibuja ía.
El
juez
se
echó a
eí ,
se
ió
a
ca cajadas
y
con agió
la
isa a sus dos
compañe os y,
as
ellos,
al
esc ibano:
La muje
mo isca
y
el
pe sonaje
de
“So
lima
-739
-
¡Es o
es
un
macho
cab ío,
no
una
gacela!
(...).
Si,
el
macho
cab ío
que
hizo
que u
ma ido
se
ue a
y
e
abandona a...
¡Es
Sa án, aquel
pa a
el
que ú
abajas!”
(p.
329).
Una
ez
que
el
T ibunal
delibe a,
decide
ol e
a
in e oga la,
pa a e
si
se
con adice
y
pa a
añadi
nue as
p egun as
y
amplia la acusación,
algo
que
las
p uden es espues as de Salima
no
pod án
e i a :
“Había
susci ado mayo es sospechas
cuando,
al
p egun a le
el
juez
si
eco ía
la gas dis ancias
de
noche
a
lomos
de
una
bes ia
olado a,
ella espondió que
no
había oído habla de
más
se
humano
capaz
de
hace lo que
Mahoma,
el
p o e a de los
musulmanes.
Cuando
el
juez
le
pidió que ue a
más
explíci a
y
acla ase
el
sen ido
de
sus
palab as,
ella
habló
de
la
bes ia
alada
que
anspo ó a Mahoma desde la mezqui a
de
La Meca has a o a mezqui a
idén ica en
Je usalem.
Sin
emba go,
cuando
el
juez
quiso
sabe
si
ella
c eía
que aquello había ocu ido
de
e dad,
eludió
la
cues ión diciendo:
‘Yo
he
sido
bau izada
y
aho a
soy
c is iana’
(pp.
340-341).
Además,
sus acilaciones a la ho a
de
a i ma
o
nega
su c eencia en el
demonio
ag a an
su
si uación,
pues
ambién
se á
acusada
de
apos asía.
T as habe la
in e ogado
y
o u ado,
los
jueces
deciden
some e la
a
la
p ueba
de
la
e dad,
como
o o
ecu so pa a doblega ía, aunque pa adójicamen e
el
hecho
de
que
la
supe e
con i ma á
su
e edic o:
“Cuando
Salima aga ó
la
ba a
de
hie o
al
ojo
con
las
manos
y
dio
los
pasos
p e is os,
los
inquisido es
no
llega on
a
la
conclusión,
como cabía
espe a as habe
supe ado
una p ueba
de
ese
ipo,
de que la acusada
decía
la
e dad.
Po
el
con a io,
se
a ianzó
su con encimien o
de
que
se es aba
apoyando
en
las
ue zas
sob ena u ales
de
Sa án, que la
hacían
capaz
de
sopo a el
dolo ”
(p.
340).
Po
o o
lado,
cuando
Salima ol ía
a
su
celda
as
cada
in e oga o io,
se
sume gía
en
una o ágine de
sensaciones.
La
in e p e ación
e o cida de
sus
decla aciones
la
hacia duda
al
p incipio
de
si
aquello
e a una pesadilla o
si
sus
jueces
es aban
locos.
Se
sen ía
p o undamen e
al e ada an e an a
i acionalidad:
“Salima,
sola
en su
celda,
es aba
a e o izada po que
no
comp endía nada,
nada
de
nada.
Al
p incipio c eyó que
iban
as
Saad.
Sin
emba go, una ez
e minado
el
p oceso,
supo
que
la
buscaban
a ella. Pe o
¿po
qué?
Ella
se
dijo:
me
acusa án po habe dejado
de
i
a misa
los
domingos
y
ies as
de
gua da .
Pe o
el
juez
no
aludió
a nada de
eso.
Necesi aba
un
poco
de
lucidez
men al
pa a
comp ende ,
un
poco
de
calma,
¿pe o cómo
y
de
dónde
iba
a
llega le esa
calma,
es ando
pe seguida
po
la
ignominia?
(...).
Se
e ol ió
Salima, con usa
en e
el
ho o
y
la
ama gu a,
se
ebeló
con
una u ia que
no
740
Cla a
M0
Thomas
de An onio
hubie a mi igado
más
que
acabando
con
los
inquisido es,
con
el
esc ibano
y
la ex aña
muje ,
pa iéndoles
la
cabeza,
machacándolos
de
una
ez...
Pe o
la
humillación,
¿qué
pod ía
bo a la?
(...).
Podía
eí se
o
llo a ,
o
golpea se
con a la pa ed
y
pa i se
la
cabeza
en
ez
de
pa i aquellas
o as
que
es aban
ue a
de
su
alcance”
(p.
331-332).
Más
adelan e,
in en a
no
deja se
a as a
po sus
emociones,
con ola
la
si uación,
epasa
lo ocu ido an e
el
T ibunal
y
pasa
e is a a su
exis encia,
asu
elación
con
la
gen e
y
con
sus
se es que idos,
haciéndose
p egun as
sob e
el
más
allá:
“Sola
en
su
celda,
Salima p ocu aba
consola se.
No
do mía
po que,
con
los
ojos abie os
y
despie a,
podía
espan a
las
a as
y
aleja
aquella
pesadilla
que
le
hacía
g i a
ho o izada
y
que
no
conseguía apa a
de
si
es ando
do mida. No,
no
do mía.
¿Qué
consuelo
podía
halla que
le
hicie a odo
más
lle ade o?
(...)
‘Salima
Bin
Yá a ’, habían
p egun ado los
inquisido es,
‘¿po
qué e
odia
la
gen e?’.
Min ie on.
No
habían
p egun ado a
los
albaicine os...
¿Se ian
capaces
de
mi a la
a
la
ca a
mien as
le
p endían
uego?
¿Sopo a ían
lo
que
sopo ó
Abu
Yá a
y
ella ue
incapaz
de
sopo a
el
día
en que quema on
los
lib os?
¿Y
Aixa?Des e aba su
imagen,
su
pensamien o,
se
alejaba
co iendo
de
aquello
que
deja
desa mados
el
cue no,
el
alma
y
la
men e
has a
conduci la
a
la
locu a.
Co ía
hacia
la
imagen
de
su
abuelo,
el
g an Abu
Yá a ,
que azó la
p ime a palab a
en
el
lib o.
(...)
Nunca
había
a ado
du amen e
a
nadie,
excep o
a
Saad.
Pe o, ¿po
qué?
Si
lo había
amado,
y
aún
seguía
amándolo...
¡Cuán o o men o
e
he
dado,
Saad!
¿Me
pe dona ás?
Lo
epe ía
sin
sabe
si
el
aún seguía
con
ida
o
si
hab ía
llegado allá
an es
que
ella.
Y
ese
‘allá’,
¿seda una
ilusión
o
una
ealidad?
¿Se
euni ía
allá con
su
abuelo,
con
Saad,
con
el
pequeño que
se
ue
y
con su
p opio pad e?
Si es
que
aquel
allá
exis ía...
¿Cómo econoce ía
a su pad e? ¿Y
cómo
la econoce ía
él?
No
la
econoce ía
po que la
c ia u a
que
él
dejó
se
había con e ido
en
una
muje
madu a ce cana a
los
cua en a.
Tal ez
ella lo
iden i icase
po
el
pa ecido
con
Hasan.
Pob e
Hasan...
[-labia
que ido p o ege a
los
suyos,
y
la desg acia
le
había
llegado
de
donde menos
podía
sabe
y
espe a .
Pe o
no
es aba
solo
po que
con
él
Mo aima habi a ía
la
casa
y
cuida ía
de
los
niños,
y
cuida ía ambién
de
Aixa.
Salima
se
hundió
en
el
llan o,
y
se
es emeció
su
cue po
in en ando
con
odas
sus ue zas
con ene los
sollozos”
(Pp.
337-340).
Aún
habiendo sido
some ida
a
o men o,
Salima
no
acep a humilla se
y
con esa ,
como
p e endían
sus jueces,
que
p ac icaba
la
magia
neg a.
Po
ello
a
se ena
al
au o
de
e,
en
el
que
se
dic a ía
la
sen encia
que
ya
se
imaginaba,
dispues a
a
de ende
su
dignidad
has a
el
úl imo
momen o:
“Salima
se
es o zaba
po
sopo a
el
suplicio
de
camina con
los
pies
La muje
mo isca
y el pe sonaje
de
“Salima”
741
hinchados, abo a gados
po
e ec o
del
o men o,
y
p ocu aba
e i a que
las
manos
ama adas a
la
espalda
po
las
muñecas
le
ozasen
una
con a
o a
o
con
la
opa.
Aún
le
dolían
de habe aga ado la
ba a
de hie o al ojo.
No
mi aba a
quienes
la
odeaban,
sólo
la
ocupaban
sus
pensamien os. La
conden
-
a ían a
mue e.
¿Po qué en onces
no
se
es emecían
de
miedo
las
en añas?
¿Po
qué
no
g i aba
p esa
del
pánico
o
la
ebeldía?
¿Se ía po que deseaba
la
mue e,
se
la
implo aba a Dios po habe
llegado
a
un
pun o
en
el
que
se
le
mos aba
como
la
libe acion de
un
o men o
que
ni el
alma
ni el
cue po
podían
ya
sopo a ?
¿O
po que
se
había en egado
a
los
designios
de
Dios
como los
i mes
c eyen es a
quienes
la
se enidad
y
la acep ación de sus
co azones
habían
iluminado
has a en
los
ins an es
en
que
los
designios
de
Dios
no
son comp ensibles ni
acep ables?
O
al
ez,
lejos
de
odo eso, hab ía
decidido,
sin
pensa lo ni p e e lo, que
no
se aiciona ía a sí
misma
g i ando
ni suplicando, ni siquie a emblando como
los
a ones en
la
ampa.
No
añadi ía
más
humillación a la
humillación.
La co du a
es
la gala
del
se
humano,
y
el
o gullo, ele ación
del
espí i u.
En
su
mano
es aba aho a
camina
como
un
se
do ado
de
alma, aunque camina a
hacia
la
hogue a.
En
su
mano
es aba
deci :
‘Sí,
soy
Salima
Bin
Yá a ,
y
me
c ió
un
homb e
hon ado
que
hacía
lib os,
cuyo co azón se
ab asó
el
día
en
que io
cómo
los
quemaban,
y
as
eso
se
ma chó
en
digno
silencio.
Y
yo,
abuelo,
a
la
ho a
del
o men o, g i é, es cie o
(..)
Sin
emba go,
no
dije
nada de lo
que
puedas
a e gonza e.
Leí
lib os como ú
me
enseñas e, ali ié el dolo de la gen e
en
lo
que pude,
y
soñé,
abuelo,
con
o ece e
un
lib o esc i o de
mi
puño
y
le a
en
el
que deposi a ía
un
compendio de cuan o
leí
y
de
los cue pos que mis
manos
oca on...
Eso
hab ía
que ido,
si
no
hubie a sido po
la
p isión
del
iempo, abuelo”’
(PP.
343-344).
En
el
au o
de
e,
se
lee
su sen encia, en que
se
la
condena a mo i en la
hogue a.
En
esa
sen encia
se
señala
la
ec i ud
del
T ibunal, su impa cialidad, su deseo
malog ado de lle a la
al
a epen imien o
y
la sal ación e e na,
y
se
ecoge
el
deli o
po
el que
se
la
condena. Una
ez
dic ada
es a
sen encia, Salima
camina
hacia
la
hogue a,
in en ando
con ene sus emociones
y
no
deja se
in lui po
las
a iadas
ac i udes
de
los
espec ado es
que
se
hacinan
en
la
plaza
deBiba ambla:
“El
es épi o de
las
oces
y
el
albo o o
de
la
mul i ud concen ada golpea la
cabeza de Salima como
ma illos
(...)
No
quie e mi a a su al ededo ,
no
quie e. Tiene
miedo
de
los
ojos,
de
los
ojos
cas ellanos que son íen
u anos,
p epa ándose
pa a
el
espec áculo,
de
los
ojos
mo os
po
los
que
el
co azón
se desbo da
en
mi adas
compasi as
y
a e adas.
No
mi a, pe o escucha
una
oz que pa ece de
Saad.
No
mi a.
Desa an
alguna de sus
a adu as
y
la
empujan
hacia
los
leños”
(p.
346).
La au o a
no
desc ibe
ya
la
escena
de
su
mue e
en
la
hogue a,
pues
la
ha
an icipado
cuando
Salima
se
la
imaginaba a
solas
en
la
celda,
enlazando
el
inal
742
Cla a
M”
Thomas
de An onio
de
la no ela con
el
p incipio:
al
e oca la
imagen
de
su
abuelo
que
le
inculcó
el
amo
a
los
lib os,
sien e que
el
se
humano
es
un
lib o
ma a illoso
que puede se
aniquilado
po
la sin azón
y
la
in ole ancia,
como
ocu ió
con
los
lib os quemados
en
Biba ambla
po o den de
Cisne os:
“Imaginaba
el
momen o:
la
a a ían
y
empuja ían
has a
una
plaza
a es ada
de
os os expec an es
que
obse aban
cómo
el
uego
p endía en
la
leña
y
en
ella... Igual que
a die on
los
lib os...
¿Cómo
pudo
su
abuelo
Abu
Yá a
sopo a
la
isión
de
las
llamas
p opagándose
de
un
lib o ao o,
de
una
hoja
a o a
hoja
que se en oscaba sob e sí
misma
como
si
quisie a p u ege se
del
uego?
Y,
sin
emba go,
el
uego
seguía
co iendo,
comiendo,
secando,
esqueb ajando,
ca bonizando...
Y
luego,
nada,
nada
más
que
el
pol o de
las
cenizas. ¿Y lo que es aba esc i o
en
ellas?
¿Adónde
iba lo esc i o en ellas?
Y
el
homb e,
¿acaso
no
es
ej
homb e
como
una
hoja
esc i a?
Una
sucesión
de
palab as
cada
una
de
las
cuales
emi e
a
un
signi icado.
Y
odas
ellas
en
conjun o, ¿acaso
no
componen
un
bello
manusc i o?”
(PP.
337-338).
CONCLUSIÓN
G anada
e mina
con
la mue e
de
Salima en la
hogue a
y
una escena de Mo aima
cuidando de Aixa,
pa a
enlaza
con
la
segunda pa e de
la
T ilogía.
Pe o
en
oda
la no ela Radwá
C~«j~
nos ha ido o eciendo
un
magni ico
e a o
de
la
ida
co idiana de los
mo iscos
g anadinos
y
de la g an iqueza de su
cul u a.
Las
igu as
emeninas,
casi
siemp e
bien
indi idualizadas,
son
a
la
ez
a que ipos
de
la
muje
mo isca.
La mayo ía
ep esen a
el
ipo
adicional,
que
in en a
man ene
como puede sus c eencias, i os
y
cos umb es.
Yel
ex emo
opues o
lo
ep esen a
Salima,
a que ipo de
muje
ebelde,
au oa i na i a
y
sabia,
acep ada a du as penas
po su
p opio
en o no
y
aniquilada
po
la
igno ancia
y
el
ana ismo
de
la
Inquisición.
La
au o a
ha desc i o
el
mundo emenino desde
den o,
con una ica gama
de sen imien os
y
acciones,
y
una
G anada á abe en
ance
de
desapa ece .
Pe o
lano ela
no
sólo emi e a hechos
del
pasado,
sino
que
es
una me á o a
del
mundo
en
el
que i e la
au o a,
del
mundo en
el
que
i imos
odos
noso os.
Con
G anada,
Radwá
cA~ñ
nos
hace
pa ícipes
de
su
inquie ud
po
la
si uación
de
la
muje á abe
y
po
el
a ance de ese
ana ismo
oscu an is a que
echaza
la
ciencia
y
puede
acaba
con
la
libe ad
indi idual
y
colec i a
del
mundo
que
la
odea.