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La mujer morisca y el personaje de "Salima" en Granada de Radwà 'Asur

Thomas de Antonio, Clara María

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LA MUJER MORISCA Y EL PERSONAJE DE “SALIMA” EN GRANADA, DE RADWA CÁ~ÚR Cla a MS THOMAS DE ANTONIO Uni e sidad de Se illa La p o eso a egipcia Radwá <Mú (n. 1946) con i mó en 1994 su maes ía como na ado a al publica es magni icas no elas, G anada, Mo aima y La pa ida, eunidas en 1999 bajo el í ulo de T ilogía de G anada . En ellas ela a las pe ipecias de una amilia mo isca del Albaicín en e los años 1491 y 1609. G anada aba ca de 1491 a 1527 y la p o agonizan las p ime as gene aciones: los abuelos -el lib e o Abu Yá a y su esposa-, la iuda de su hijo Yá a , y los nie os -Hasan y Salima, jun o a sus cónyuges e hijos y o os monscos del ba io 2 Uno de los aspec os más in e esan es de G anada es la gale ía an a iada de pe sonajes emeninos que o ece, des acando el de Salima, mo isca sabia y aman e de los lib os que acaba en la hogue a po p ac ica la medicina. Dada la ex ensión del ema, en es e abajo se hace sólo un esbozo de las p incipales igu as emeninas pa a luego cen a se en el análisis del pe sonaje de Salima, en el que ambién se pond án de mani ies o algunos asgos de las demás. 1. MUJERES MORISCAS En G anada apa ecen a ios a que ipos de muje mo isca, pe enecien es a dis in as gene aciones de la amilia del Albaicin y de o a amilia de Valencia. En e esas muje es sob esalen las siguien es: - Om Yá a . Esposa del lib e o Abu Yá a , ha pe dido asu hijo Yá a poco an es del inicio de la acción de la no ela. Su nie a Salima se c ia á en su casa, en la que incluso i i á as su boda con Saad. Om Yá a es una muje in eligen e, de men e abie a, aleg e y posi i a, que ama la ida y p ocu a desd ama iza las si uaciones y hace g a a la exis encia a los demás. Siendo una muje adicional, es pe misi a con sus nie os y disculpa el desin e és po las a eas del hoga de Salima y de Mo aima, la jo en esposa de su nie o Hasan. Sien e g an cu iosidad po odo lo que acon ece y hace in e esan es e lexiones sob e las limi aciones que los nue os Pa a conoce más da os sob e su ida y su ob a se puede consul a nues o a ículo “La inquisición y los mo iscos en la no ela G anado, de Radw~ ‘Á ú ”, El sabe en aI-Andalus. Tex os y es udios III? pp. 205-233. Edición de Fá ima Roldán e Isabel He ás (Uni e sidad de Se illa, Se illa, 2001), Pa a es e abajo se a a segui la excelen e e sión ea]izada po Luz Comendado : Radwa Ashu , G anado (Ediciones del O ien e y el Medi e áneo, Guada ama, 2000). Anaquel de Es udiosA abes 12-2001 720 Cla a M0 Thomas de An onio amos cas ellanos de G anada imponen a los mo iscos. Pie de asu ma ido as la quema en lib os en Biba ambla. - Om Hasan. La iuda de Yá a es la mad e de Salima y 1-lasan. Se llama Zainab y i e con sus hijos en la mansión amilia del Alboicín Es una muje de buenos sen imien os y desde su boda ha a ado de ap ende de su sueg a Om Yá a . Om Hasan es el a que ipo de muje adicional, cen ada en el cuidado del hoga y los hijos, y po ello espe a y exige que su hija Salima y su nue a Mo aima se a engan a ese modelo de muje . - Mo aima. Es la esposa de Hasan, con el que se casa a los 12 años y al que da á cinco hijas y un hijo. Todos ellos con i en en la mansión del Albaicin con su sueg a Om Hasan, con los abuelos Abu Yá a y Om Yá a , y con Salima y Saad. Mo aima es uno de los pe sonajes más in e esan es de es a no ela y el eje de la siguien e. Ap ende a lee g acias a Salima, y ambas man end án una g an complicidad en odos los e enos. Al p oclama se el edic o de con e sión o zosa, Mo aima de iende la opción de queda se en G anada, ingiendo la con e sión pe o man eniendo en sec e o sus c eencías; y se á muy hábil pa a saca de apu os a p opios y ex años cuando sean descubie os p ac icando sus i os y cos ímb es. - Aixa. Es la única hija de Salima y Saad, pues su p ime hijo ha mue o a los quince días de nace . Tiene es años cuando mue e su mad e y queda al cuidado de Mo aima y de su pad e. Su no nb c á abe signi ica “la que i e”. Es e pe sonaje apenas es á esbozado al inal de la no ela, pe o su nacímíen o ae luz y dicha a oda la amilia, que en esos momen os es á pasando po g a es di icul ades. Tan o ella como sus p imas -las hijas de Hasan- ep esen an la espe anza de u u o. Po ello, su nomb e c is iano se á Espe anza, aunque su ío 1-lasan la llama á Ámal, su equi alen e á abe. - Las hijas de Hasan y Mo aima. Es e conjun o de 5 niñas ambién apa ece esbozado en el úl imo e cio de la no ela, cuando las es mayo es se casen con miemb os de la amilia Táhe , se ayan a i i con ellos a Valencia y engan allí a sus hijos. Du an e unos años los musulmanes del Reino de A agón no son obligados a con e i se y i en mejo que los mo iscos g anadinos. La chicas se casan con en as, pues les gus an sus p ome idos y en el ma imonio como su des ino na u al, pe o la si uación les ímpedi á man ene con ac o con sus amilia es de G anada. - Las muje es de la amilia Táhe . En es a no ela son pe sonajes muy secunda ios, que sólo apa ecen con mo i o de la boda de es de sus jó enes con las hijas de Hasan y Mo aima. Dis u an de una buena posición, y ambién hay cie as di e encias en e las dos gene aciones esbozadas. La más des acada es la abuela, Om Abdelka im, muje muy adicional y clasis a. La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 721 2. EL PERSONAJE DE SALIMA De odos es os pe sonajes emeninos, el p incipal es el de Salima, que pasa en la casa amilia del Albaicin oda su exis encia. Es uno de los ejes de la no ela y ep esen a el p o o ipo de muje opues o al de su mad e. De in eligencia muy despie a, se casa con Saad a los 14 años y, as mo i su p ime hijo, se e ugia en los lib os y en p epa a emedios pa a cu a las en e medades. Años después, su ma ido se a a la sie a con los esis en es, y en una co a isi a conciben a su hija Aixa. Pe o el in e és de Salima po los lib os y su p ác ica de la medicina la ha á cae en manos de la Inquisición. A con inuación amos a analiza cómo e oluciona su pe sonalidad con los acon ecimien os, cómo llega a p ac ica la medicina y cómo mue e en la hogue a acusada de b uje ía y apos asía. 2. 1. E olución de su pe sonalidad El pe sonaje de Salima apa ece po p ime a ez, de modo angencial, en el capi ulo 3, cuando ya se ha desc i o el p oceso que lle ó a las capi ulaciones y a la oma de G anada y han quedado p esen ados los p ime os pe sonajes masculinos de la no ela. Pe o la p ime a desc ipción de su ca ác e la ealiza la au o a en a ios agmen os del capí ulo 4: Salima es una niña de unos 9 años, que siemp e ha demos ado un ca ác e ebelde, dominan e y enaz, así como una g an cu iosidad in elec ual. Su desin e és po las a eas del hoga p eocupaba a su mad e y asu abuela, pues “no sabia ni eí un hue o, mien as que a su edad las niñas de los ecinos ya ayudaban a sus mad es en muchas aenas de la casa” (p. 43). Pe o es o no le p eocupaba a su abuelo, que alo aba más o as cualidades de Salima: “Su men e e a ágil como un molino que no pa a a de da uel as, de obse a , medi a , p egun a y ca ila . An es de cumpli los nue e años ya había memo izado un e cio del Alco án, leía con sol u a, esc ibíacon buena le a y con cla idad. Su maes o se hacía lenguas de su apidez pa a en ende y asimila las eglas g ama icales que le enseñaba” (p. 44). En e ec o, Abu Yá a se sien e o gulloso de la in eligencia y cu iosidad de su nie a, algo que ya se mani ies a en la con e sación que ambos man ienen sob e el descub imien o del Nue o Mundo: ¿Po qué es nue o, abuelo? -p egun ó. - Po que lo han descubie o hace poco... An es no sabíamos que exis ía. - ¡Pe o eso no lo hace nue o! La p ime a ez que lo oi llama así me imaginé que e a un mundo que Dios babia c eado a de, y pensé que los á boles se ían a boli os pequeños y que en él odas las c ia u as se ían pequeñas y ecién nacidas. ¡Qué boba soy... -dijo iéndose de sí misma” (pp. 44-45). 722 Cla a M” Thomas de An onio Su p ecoz capacidad de azonamien o des aca du an e el des ile del co ejo de Colón po G anada, al que acude con su he mano Hasan, dos años meno , y con dos empleados de su abuelo mayo es que ella, Naim y Saad, que se á su u u o ma ido: “Salima exclamó eu ó ica: - Dicen que la ie a que ha descubie o es oda de o o y pla a, y que aho a a camino de Ba celona pa a en ega a los eyes los eso os que ha encon ado. - ¿Y po qué no se queda él con los eso os? -dijo Rasan. - Po que no son suyos - espondió Salima. - ¿Y po qué? -le p egun ó Saad. - Los eyes paga on el dine o que necesi aba pa a el iaje. Es como si lo hubie an con a ado pa a que lo hicie a” (pp. 46-47). Al con empla el co ejo, Salima comp ueba que “no es un mundo nue o”, sino un mundo di e en e” (p. 48); y su emp ana sensibilidad ya es capaz de cap a el su imien o ajeno: al e la comi i a de los indígenas, se asomb a de que los cas ellanos se ían de esos se es cau i os, se e apo a su eu o ia y decide ol e a casa, en is ecida po su agedia (pp. 49-50). También cap a la emoción de Saad al iden i ica se con los cau i os, aunque ella aún no sabía que él había pe dido a su amilia a manos de los c is ianos du an e el asedio de Málaga (p. 54). Salima y Hasan ecibían mucho ca iño de sus abuelos, que les mimaban pa a compensa su emp ana o andad. El abuelo les concedía odo lo que pedían y se des i ía po da les unabuena o mación, pues eníadeposi adas en ellos odas sus espe anzas. A Rasan le lle ó a es udia con un eminen e al aquí a los sie e años, y pa a Salima “lle ó a casa una pe sona que le enseña a a lee y esc ibi ” (p. 58). Aunque le decían que en esos di íciles momen os que i ían los mo iscos e a un despil a o lo que gas aba pa a educa a sus nie os, él se obs inaba en hace lo, pues enuncia a su educación e a enuncia al u u o (p. 59). Los p og esos de Rasan y de Salima -que “de e sos (..) sabía de memo ia lo que homb es bien ba bados no habían conseguido memo iza ” (p. 60)-aliínen aban aún sus sueños de una p on a libe ación de G anada. Cuando Saad se enamo a de Salima, ella pe cibe algo ex año, pe o a sus nue e años no sabe cómo eacciona , ya que nadie había alen ado en ella la idea del ma imonio: el abuelo, el pe sonaje más in luyen e en su ida, no pensaba del modo adicional, y a su mad e iuda le a e aba pe de la. “Salima no e a conscien e de su eminidad como muchas niñas a las que, a esa edad, las amilias ya p epa aban pa a el ma imonio. Aunque jamás lo menciona a a nadie, Abu Yá a albe gaba en su ue o in e no el deseo de que Salima ue a como Aixa Bin Ahmad, gala de las muje es de Có doba, de sus a ones incluso, a quienes supe ó en disce nimien o, ciencia y cul u a. No le p eocupaba la cues ión de casa la, ni hizo que aella le p eocupa a. La misma La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 723 ac i ud adop ó su mad e, aunque po sus p opias azones: e a al el apego que enía a su hija, que la espan aba la simple idea de que se sepa a a de ella pa a i i lejos con un ex año y en casa ajena” (pp. 58-59). La cu iosidad de Salima es ue e, lo que la lle a a desea aspasa las ba e as que man enían a las muje es ecluidas en el hoga . Cuando es alla la e uel a del Albaicín po los desmanes de Cisne os y la con inua iolación de las capi ulaciones, los homb es se hacen dueños de nue o de la mezqui a del ba io, que los c is ianos habían con e ido en iglesia. Salima, que es á en casa con las demás muje es de la amilia, se emociona con la no icia: “Pidió a su he mano que se sen a a a con a le lo que había pasado en la ínezqui a, que le e i ie a odos los de alles sin deja escapa nada; que ía en e a se como si hubie a es ado allí, pa icipando en la sesión con los homb es” (p. 84). Cuando Saad llega a los ein e años, acaba con sus dudas y se decide a pedi en ma imonio a Salima, que ha cumplido los ca o ce. Hasan y la abuela es án de acue do, po que Saad es buena pe sona y al abuelo le hab ía gus ado ese ma imonio; además la pa eja se iba a queda a i i en la mansión amilia . Así que se lo p oponen a Salima y a su mad e. A pesa de esos a gumen os, la mad e se opone, po que Saad es pob e y no conocen a su amilia, desapa ecida en el si io de Málaga. Piensa que Salima no a a acep a , pe o, an e la so p esa de odos, Salima acep a enseguida; sin emba go, po la noche no log a do mi , dando uel as al asun o: “Se p egun aba po qué había con es ado con an a de e minación. Si ella nunca había pensado en casa se con Saad, ni con nadie. Le ex añó su pedida, le esul ó algo incomp ensible e inespe ado. Aho a le ocaba pensa cómo eacciona an e la pe ición. La cues ión no e a si echaza la o acep a la, sino e lexiona an es de hace una cosa u o a. Con e i se en la muje de un homb e, obedece lo, se i lo, da le hijos... ¿Po qué? Cuando la mad e empezó a enume a sus objeciones a Saad, ella se so p endió a si misma an o co no le había so p endido que la pidie a, y había exclamado: ‘¡Nunca encon a ía un ma ido como Saad!’ ¿Acaso se había pues o ella a busca ma ido co no pa a da esa con es ación?Aho a debía pensa con anquilidad. Tampoco se iba a eni el cielo abajo po que amanecie a diciendo que no que ía casa se con Saad ni con ningún o o. Además, si no ue a po que le as idia on las palab as de su mad e, no lo hubie a dicho” (pp. 97-98). Al inal Salima accede a casa se. Saad le comp a una c ía de gacela como egalo de comp omiso. Salima seasus a al in en a aca icia la, pe o enseguida se enca iña con ella y quie e que due ma en su cua o. Como la mad e se niega, Salima 724 Cla a M0 Thomas de An onio due me en el po che con la gacela, an e la son isa cómplice de su abuela (pp. 105- 106). La au o a hace un delicioso ela o de los p epa a i os de la boda, y en especial de la escena del hammam, al que acuden en comi i a las muje es de la amilia y del ba io, acompañadas de sus niños y de las chicas de la edad de Salima, pa a cumpli el i ual de embellece a la no ia dos días an es de la boda (Pp. 106-112). Pe o Salima, que se some e dócilmen e a odos esos i os, se sien e ajena a lo que la odea: “Con emplaba el luga , lo obse aba, se obse aba a sí misma y se asomb aba. No acababa de comp ende del odo. Hubie a que ido es a con su gacela, aca iciándole la cabeza o pe siguiéndola mien as se mo ía lige a y g ácil en la in imidad de la casa” (p. 112). Se celeb a la boda y comienza su ida de casada en la mansión del Albaicín. Al p incipio, la mad e y la abuela les en elices. Salima es á con en a y da la ímp esión de que se ha uel o más modosa. Acaba de descub i sus p opios sen imien os: “Aho a le pa ecía que había es ado inspi ada, po que acep ando a Saad se había ace cado más a él, y al ace ca se lo amó. La p ime a noche, Saad se ace có a ella con imidez, y ella a él sin sabe cómo, pe o se encon a on; y al encon a se, una calma inusi ada los en ol ió, una calma que a ella le es alló en un o en e de ca iño y e nu a que no sabia que lle a a den o” (p. 121). Pe o, a los pocos días, ambos amanecen pálidos y con ojos de habe llo ado. Muy p eocupadas, les espían, descub iendo sólo que se pasan la noche hablando en oz baja. Y es que Saad le ha es ado con ando a Salima las desg acias de su amilia en el asedio de Málaga. Así Salima y Saad con inúan su ida conyugal, compa iendo con idencias y jugue eos con su gacela. Cuando él se iba a abaja , ella hacía ápidamen e las aenas case as pa a ol e a es a con su gacela y lee algún lib o (p. 120). Salima “c ecía sil es e e indomi a a la somb a de Saad, so1íci o a pesa de que la is eza que in adía sus ojos lo dominaba a eces y se lo lle aba an lejos que nadie podía alcanza lo” (p. 165). Salima queda p on o emba azada, al igual que su cuñada Mo aima, es años meno que ella. Ambas, que i ían bajo el mismo echo, se hacen muy amigas y se an desen endiendo de las a eas del hoga . Om Hasan empieza a queja se de su nue a, pe o no de su hija, y la abuela las jus i ica a ambas po su ju en ud (pp. 151-154). Salima decide enseña a lee y esc ibi a Mo ai na: “A las con e saciones sin in de la dos jó enes se añadie on en onces las sesiones dia ias en las que Mo aima omaba su ablilla y Salima, sen ada delan e, iba dic ándole le as y palab as que luego le co egía. Om Yá a y Om Hasan p epa aban la comida, hacían la limpieza y La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 725 La aban la opa sucia mien as las muchachas se quedaban sen adas, sin mo e se. Incluso cuando no es aban cha lando o es udiando, se sen aban una jun o a o a. Salima leía alguno de sus lib os y Mo aima bo daba pañales pa a su u u o hijo y el u u o hijo de Salima” (p. 155). Cuando Salima es á en los úl imos meses del emba azo, mue e su que ida gacela, lo que la a ec a de o ma p o unda. Pe o enseguida nace la hija de Mo aima y luego su p opio hijo, que llenan la casa de aleg ía. La ida en odo su esplendo es alla den o de Salima con unas sensaciones que has a en onces desconocía: “Había enido un pa o di ícil que a pun o es u o de desga a le el cue no, de acaba con él. Y sin emba go su cue po, enso como lacue da de un a co, había sopo ado lo insopo able has a que el niño sacó la cabeza, y ella lo oyó gemi débilmen e. En onces lo cogió en b azos y lo mi ó, lo palpó, le besó la ca a y no ó su sabo en los labios. Luego le subió la leche, le ace có un pezón a la boca y sin ió que se le es emecían las en añas, como sí b o a an pa a alimen a a una plan a que c ece. No e a aleg ía lo que le llenaba el pecho (...). E a algo que se de amaba po el alma y el cue po, que se me ía en él lle ando emo , aleg ía, espan o, sow esa y mil cosas más; como sí se jun a a la ida con sus colinas, sus íos y sus cielos, el sol del día, las es ellas de la noche y la luna allá en lo al o. Todo se jun aba y concen aba allí en el ins an e en que la boqui a ozaba el pezón, y el pecho se inclinaba y o ecía una leche que sólo Dios sabia de dónde enia y cómo, pues e a igual que un manan ial milag oso que su gie a del ien e de la ie a, o una llu ia mansa que caye a del cielo sin descanso” (p. 169). Pe o esa nue a ida se unca a los quince días de nace , y el golpe es ya an e ible que Salima se encie a po comple o en sí misma, e ugiándose en los lib os en busca de emedios con a la mue e: “Cinco hijos u o Mo aima después de Rucaia, el úl imo de los cuales ue a ón y ecibió po nomb e I-licham. A Salima no le dio Dios ninguno, aunque cómo iba a dá selos si ehuía a Saad, en egada como es aba a lee lib os, mezcla hie bas, ab ica compues os, pomadas y pócimas” (p. 174). Su abuela se mues a comp ensi a con Salima. aunque le inquie a que descuide a su ma ido. Naim aconseja a su desespe ado amigo Saad que la azo e pa a hace la eacciona , o que sea ca iñoso, o que ompa los ascos y des oce los lib os que la es aban so biendo el seso. Y la mad e discu e acalo adamen e con ella, sin log a que cambie de ac i ud: “De nada si ie on los epe idos g i os de Dm Hasan ni su in en o de de ol e a su hija al edil de la mayo ía de las muje es, que hacían elices a sus ma idos dándoles hijos e hijas, alcoholándose los ojos y mos ando 726 Cla a M0 Thomas de An onio os os aleg es y cue nos pe umados, ungidos con almizcle y jazmín” (PP. 174-175). Los in en os de Saad po llega a Salima son in uc uosos, pues ella se dedica en cue po y alma a su lucha con a la mue e, una a ea que “le había caído del cielo como una condena” (p. 176). Un día, desespe ado, discu e con ella, se acalo a, la golpea y se ma cha de la casa. Cuando uel e, Salima oma la inicia i a de habla as su p olongado dis anciamien o: “-Hicis e mal en pega me, Saad. Pegándome p o ocas e que Hasan lo hicie a ambién. Nadie me había pegado nunca, ni siquie a mi pad e, ni mi abuelo. Se quedó callada un momen o y luego con inuó: - Yo ambién e hice daño al deci : ‘Es a casa es mía... Si me quie es, quéda e, y si no me quie es, e e’. Fue una c ueldad que dije en un a eba o de cóle a. Salima lo es aba obse ando con aquella mi ada suya cla a y di ec a, y él eía en sus ojos azules la luz que años a ás lo había cau i ado. T agó sali a y espondió como pudo: - No p e endía hace e daño. Es que esos po ingues que e pasas p epa ando día y noche me sacan de quicio, Salima. No sopo o cómo huelen, me p o ocan pesadillas - ol ió a aga sali a-, pesadillas y más pesadillas. - Si quie es, me lle o odo a o o si io. Pe o, e lo uego, Saad, no me pidas que lo deje... Lo necesi o como necesi o es os lib os que an o e al e an. Lo necesi o. Saad no ó que las lág imas asomaban a sus ojos y. iendo más allá de aquellas lág imas el esón de Salima, supo que jamás pod ía in e pone se en e ella y su olun ad. No sólo po que uese incapaz de doblega su obs inación, sino po que no lo deseaba” (pp. 178-179). Y así sigue Salima, “en ascada en sus calde os y sus ascos” (p. 185), du an e a ios años, mien as la si uación de los mo iscos, obligados a con e i se, se o na cada ez más di ícil. A pesa de que su amilia simulaba cumpli las no mas impues as e iba a misa los días de p ecep o, Salima ya “había zanjado la cues ión años a ás, cuando anuncié ajan emen e que no i ía a no se que la a asen con cue das y i a an de ella como se hace con las bes ias” (p. 226). Saad, que había es ado ayudando a la esis encia desde la casa del Albaicín, acaba ma chándose a la sie a pa a no pone en pelig o ala amilia con sus ac i idades, como eme Hasan. Salima, aunque sien e que se aya, acep a su decisión (pp. 193-198). Al cabo de es años Saad uel e a isi a la. Y esa ez su encuen o es pleno y apasionado (pp. 233-234). Pe o él uel e a ma cha a la sie a sin sabe que ella ha quedado emba azada. Salima da a luz a una niña, a la que pone Aixa, aunque en los papeles se llama á Espe anza y Hasan la llama á Amal. Es e nacimien o de uel e la aleg ía a la casa, y Salima la c ía con pasión, espe ando el eg eso de su pad e (p. 243), pues no sabe que ha sido ap esado po la Inquisición. Saad pasa La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 727 o os es años en p isión, donde piensa en sus se es que idos y iene una pe cepción más cla a de Salima: “Has a él llegaba el os o mo eno y delgado de Salima, sus ojos azules que no se sabía si b illaban de e ca osadía o de una delicadeza que po pudo simulaba obs inacióíi, sus labios ca nosos que despe aban el deseo y su cabeza co onada de una abundan e melena izada. En la cá cel, Saad io a Salima con una cla idad con la que nunca la había is o an es. Vio su ca a, su igu a, la lige a inclinación de su alle cuando caminaba como si desea a que su onco p ecedie a sus pasos. En la cá cel, escuchó su oz mien as hablaba, eía, se en u ecía o pe manecía callada sin deci nada. La io siendo niña, en ida de Abu Yá a ; y de muchacha, cuando ocupaba su co azón y sus noches; y de muje , ace cándose obsequiosa y apa ándose esqui a sin azón comp ensible” (p. 276). También la amilia a acep ando y alo ando la ac i idad de Salima, que ya ha alcanzado un g an p es igio en su p ác ica de la medicina. Su he mano Hasan, esponsable de odos los que i en en la mansión amilia , es á algo más anquilo, pues han log ado una cie a es abilidad, a pesa de la di ícil si uación de los mo iscos: “Incluso Salima, con lo e ca que e a y la ida an ex aña que había elegido -y que a él an a inquie ud le causaba- había e minado po o o ga a su casa del Albaicín conside ación y dignidad. (...) Dios había concedido a Salima el don de la sabidu ía, el conocimien o, el amo a la gen e, y ambién aquella pequeña Amal, que llenaba la casa de aleg ía con su isa esca y su g acia” (p. 301). Hasan quie e an o asu sob ina Ámal que le p opone a Salima comp ome e la ya con su hijo Hicham. Y Salima, mue a de isa, le esponde con mucha sensa ez y una g an lógica no exen a de sen ido del humo : ¿Acep a ías a Hicham como ma ido pa a Amal? Salima se echó a eí , an al o que la niña se e ol ió en su cama como si ue a a despe a se, pe o siguió do mida. Aquella isa lo dejó con uso: - ¿De qué e íes? -dijo en ono algo moles o. - De que mi hija Aixa iene es años, y Hicham aún no ha cumplido los nue e. - En una ab i y ce a de ojos e la encon a ás hecha una moci a de diez y a Hicham un muchacho hecho y de echo. - Es o es adelan a demasiado los acon ecimien os, Hasan. Y además, cuando llegue ese momen o nos en en a emos a la p agmá ica de los cas ellanos que p ohíbe el ma imonio en e pa ien es. 734 Cla a Ma Thomas de An onio Si en un p incipio Salima leía y expe imen aba pa a halla espues a al g an in e ogan e de la mue e, más a de end ía que limi a se a hace lo con un obje i o menos ambicioso, el de lucha con a el dolo y la en e medad, como econoce ía epasando su ida an es de i a la hogue a: “Ella, Salima Bin Yá a , en un a anque de eu o ia había que ido ence a lamue e y luego se había echado a ás y había acep adouna emp esa menos descabellada. Leyó lib os, asis ió a en e mos y de ibó aquello en lo que se apoyaba la op esión de los cas ellanos. Cuando caminaba po los me cados no ocupaban su men e los pues os, sino el os o de una muje a la que dio un emedio que no la cu ó. Esc u aba su ca a, sus sín omas, no pa aba de da le uel as a la cabeza p egun ándose cuál se ía el emedio” (p. 338). Es udiaba los pocos lib os que es aban a su alcance, y luego expe imen aba, sacaba conclusiones, e lexionaba, se hacia p egun as y esc ibía sus comen a ios (p. 212): “Salima enía la i me con icción de que la en e medad se hallaba en el cue po y de que su impulso mo o es aba en él. Qué se ia, de dónde p ocede ía y po qué se ma cha ía e an cues iones que le qui aban el sueño, que ebasaban sus capacidades, pe o que no conmo ían su ce idumb e. Ahogaba las dudas en los po meno es del es udio co idiano de los múl iples males que a ec aban al cue no, los obse aba, p oducía pa a ellos las a mas más a iladas, ecu ía a los lib os y se olcaba en los expe imen os. Sus ollas, bo es, pomos y cajas ebosaban de hie bas e des y secas, de mezclas, ungikn os y compues os con los que a aba a la gen e. Y una ez acasaba, pe o algunas ace aba y son eía sa is echa, aunque sin ol ida del odo aquella ama gu a que se le había me ido en un incón del co azón. La ama gu a de sabe que odas sus ic o ias e an pa ciales, po que la mue e es la ga, y iene pode pa a desca ga su espada pode osa en cualquie ins an e lanzando una ca cajada de iun o” (p. 213). Salima empezó a p epa a emedios el mo i su p ime hijo, in en ando ence a la mue e y como o ma de supe a el dolo . Leía e in es igaba pa a halla emedios, que luego ece aba a sus ecinas: “Se dedicó a p egun a a las cu ande as, a in e oga ías sob e iejas ece as pa a cu a las dolencias. Y empezó a comp a calde os, bo ellas, asos y pomos. Mezclaba hie bas escas y secas, las mace aba, amasaba, calen aba, en iaba y des ilaba. Las ecinas del ba io acudían a pedi le consejo pa a una en e medad o cualquie o a cosa” (p. 174). Cuando la amilia Táhe llegó de Valencia a pedi en ma imonio a sus sob inas, la abuela Om Abdelkade su ió una ue e dia ea, y Salima la a ó con buenos La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 735 esul ados, a pesa de sus epa os, pues “desde la p ime a ez que io a Salima u o po mal agUe o su a o aspec o, su pelo desg eñado y su mi ada pe dida” (p. 264). És a es una de las pocas ocasiones en que la au o a desc ibe el modo en que Salima p ac ica la medicina: obse a de enidamen e al pacien e, hace el diagnós ico p eciso, p epa a de o ma minuciosa la medicina adecuada y se la adminis a, explicándole sus e ec os: “Salima examinó a Om Abdelka im. Leexplo ó el pecho, el ien e, los ojos, la ga gan a, le omó el pulso, se ijó en el colo de las uñas y al inal dijo que no e a cosa de impo ancia. Lo dijo con mucha segu idad. (...) Ni siquie a su esis encia a oma el emedio que le dio Salima pudo du a (...) Y encomendándose a Dios, se lo omó. Salima le dio p ime o un cocimien o de cásca a de g anada con ome o. Como esa ece a la conocía, se la omó y se le co a on los ómi os y la dia ea. Aún así las dudas no desapa ecie on, y cuando Salima le lle ó un nue o compues o, p egun ó: - ¿Qué es es o? - Un medicamen o. - Ya sé que es un medicamen o, pe o ¿con qué lo has hecho? Salima, que no se había pe ca ado de su e icencia y pensaba que la p egun a nacía de la cu iosidad, se sen ó asu lado a explica le: - Es un compues o buenísimo pa a sana los dolo es de ien e, yo misma lo he hecho. Cogí una medida de esco ia de hie o limpia y la me í en inag e del bueno; lo cambié de inag e sie e eces y luego lo maché. Cogí un poco y le añadí cla o en pol o, gengib e mezclado con miel y lo puse a mace a con almizcle y ámba . Y si Dios quie e con es o se cu a á. (...) A pesa de que a los cinco días se le an ó es ablecida, y de que a odos les pa eció que es aba mejo que cuando llegó al Albaicin, ella es aba con encida de que se había cu ado po que Dios había encido a aquella muje que es aba poseída po el demonio o e a un genio” (pp. 265-266). Poco a poco su clien ela se ue ampliando, debido a sus conocimien os y asu gene osidad en la p ác ica de la medicina: “En su mano es aba la cu ación, y en sus a amien os, bene icio pa a el cue po y pa a el alma. Eso decía la gen e. Y como Salima había he edado la nobleza y la gene osidad de Abu Yá a , no echazaba a quien llega a a hace le una consul a aunque no poseye a nada que da le a cambio de su ciencia. Tal ez ue a po eso -pensó Hasan- po lo que la gen e la colmaba de dine o cuando había dine o, y de ap ecio lo hubie a o no lo hubie a” (p. 301). 736 Cla a M” Thomas de An onio 2. 3. Su aniquilación po la Inquisición La men e e lexi a de Salima, su amo a los lib os, su a án po busca emedio a la en e medad y su p ác ica de la medicina lle a on ala Inquisición a acusa la de b uje ía y a condena la a mo i en la hogue a. Todo el p oceso, que se iniciaba con la de ención, pa a segui con los in e oga o ios y la o u a y culmina en el au o de e y la ejecución de la sen encia, se á i ido po Salima como una pesadilla que en ano in en aba comp ende . An es del eg eso de Saad, Salima es de enida. Regis an su casa, en especial su habi ación, se lle an sus ascos, hie bas y lib os, y a ella la me en en un ces o, po miedo a oca la. A solas en su celda as el in e oga o io, Salima eco da ía ese momen o: “El juez la acusaba de ene a os con un macho cab ío y la censu aba po un pedazo de papel insigni ican e. Pe o los que ue on a p ende la se compo a on de un modo aún más ex año. Uno de ellos hizo amagos de en eda con los lib os y, cuando ella ala gó la mano pa a impedí selo, dio un sal o a e ado y g i ó con odas sus ue zas: ‘¡No me oques!’, como si ella ue a una culeb a o un alac án cuyo con ac o ue a a al. Luego la a a on como si uese un o o b a o y la me ie on en un ces o” (p. 330). Salima había sido conducida an e el T ibunal as un eja o io econocimien o ísico, que ambién eco da ía en su celda: “An es de que la conduje an an e aquellos es inquisido es, la lle a on a una muje como un gigan e, co pulena y se e a, que le co ó el pelo y le o denó qui a se la opa, oda, has a queda desnuda como su mad e la ajo al mundo. Después la muje comenzó a inspecciona ía palpándola bajo las axilas, en e los muslos, en los o i icios de la na iz, en la boca y en las o ejas, en la agina y en el ano. Pe o ¿qué es aba buscando? ¿Se a aba de una b oma? ¿De una locu a?” (Pp. 330-331). La hacen en a an e el T ibunal de espaldas, pa a luego o dena la que se dé la uel a. En onces se encuen a a los es inquisido es, esc u ándola con sus du os semblan es. El p esiden e lee el ac a, echada en 1527 en la plaza de Biba ambla, en la que se la acusa de b uje ía, como dice en es e agmen o: “(...) Da comienzo el p oceso de lo que has a nues o conocimien o ha llegado sob e Glo ia Al a ez, an es llamada Salima Bin Yá a , ace cade que p ac icaba la magia neg a y de que en su casa se adqui ían semillas, plan as y il os sospechosos que usaba pa a mal de la gen e. (...) Y sus p ác icas la hacen culpable de un deli o de amenaza a la San a Mad e Iglesia y a la segu idad del Es ado” (p. 323). En ese momen o es cuando Salima se en e a de la acusación que pesa sob e ella, La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 737 y po eso escucha con a idez, pensando aún que pod ía de ende se: “Salima concen aba oda su a ención a in de que no escapa a a su en endimien o ninguna palab a cas ellana” (p. 323). T as ju a sob e la Biblia que di ía la e dad, comienza el in e oga o io, en el que odo lo que ella dice, ca gado de lógica, se á dis o sionado po el T ibunal del San o O icio pa a que si ie a de con i mación a sus acusaciones. La p ime a “p ueba” se ía que había enido una hija con el diablo. ¿Tienes hijos? - Sí. - ¿Cuán os? - Sólo una niña. - ¿Cómo se llama y qué edad iene? - - Se llama Espe anza y iene es años. - ¿Y no acabas de deci que u ma ido se ue de casa hace seis años? - Vol ió en una ocasión, nos econciliamos, y luego se ue o a ez. Los inquisido es ol ie on a in e cambia la misma mi ada, es a ez con un b illo añadido en los ojos del jo en inquisido que se sen aba a la de echa del juez” (p. 325). Salima se da cuen a de que no ha ace ado en sus espues as, sensación que se i á ac ecen ando poco a poco y sumiéndola en la pe plejidad. Aún así, sigue a e ada a la lógica y la p udencia. La segunda “p ueba” de que p ac icaba la magia neg a son las hie bas, pócimas y lib os hallados en su casa; y el hecho de habe ap endido medicina po su cuen a es o a “p ueba” de su a o con el diablo: ¿P ac icas la magia? - No la p ac ico. - ¿Cómo explicas en onces las p uebas acusa o ias que había en u casa? - Son semillas, hie bas y pócimas con las que p epa o emedios pa a cu a a los en e mos. - ¿Y quién e ha enseñado eso? - Ap endí yo sola. - ¿Tú sola, o con lib os? Salima calló un ins an e an es de esponde : - ¿De dónde iba a saca yo los lib os? Yo no sé lee cas ellano y los lib os en a ábigo es án p ohibidos po la ley. - ¿Y los lib os que hallamos en u pode ? - No son míos ni de nadie de la casa. No enemos lib os ni comp amos lib os. - En onces, ¿ econoces p ac ica la magia, así como que ue Sa anás quien e enseñó a ab ica eso que ú llamas emedios? 738 Cla a M~ Thomas de An onio - No he dicho eso. - ¿Acaso no c ees que exis e la magia, que exis en las b ujas capaces de le an a empes ades, de malog a el ganado, de hace mal a la gen e semb ando en sus cue pos la en e medad y la uina? - A mi en ende odas esas cosas, y me e ie o a las empes ades, la mue e del ganado y las pe sonas, ienen causas na u ales que al ez igno amos, pues nues o conocimien o como pe sonas, como humanos que somos, es de icien e. No, seño , no c eo que exis an las b ujas” (pp. 325-326). También con i man la acusacion de b uje ía es es igos que dicen odia la po que les ha causado mal con sus a es. Y de nada si e la sopesada espues a de Salima a es as acusaciones: Del p ime hecho no me acue do. Bien puede se que una pe sona e a e mal o e hable con malos modos y le digas: ‘No me hables de esa mane a’. Pe o yo no ecue do cuándo dije eso ni a quién. El que en e ma a esa noche p ecisamen e es pu a casualidad. El segundo hecho es cie o po que esa muje , que me c ucé en la calle y que e a c is iana nue a, o sea, mo isca como yo, me dijo: ‘No sé po qué no se me mue e la c ia u a en el ien e’. Yo le puse la mano y es imé que el niño debía es a mue o en la ma iz, pues no había señal alguna de mo imien o pese a que la hinchazón de su ien e con i maba que se hallaba en las semanas úl imas de la ges ación. Mi es imación ue co ec a, pues la muje mu ió po que el niño mue o que lle aba den o le emponzoñé el cue po. Po lo que espec a al e ce hecho, ambién es cie o. Una muje cas ellana ino a ye me llo ando y me pidió que la acompaña a po halla se su hijo pequeño muy en e mo. Y a despecho de mi he mano, que no que ía que ue a a casa de unos ex años a los que no conocíamos, yo la acompañé. Cuando llegamos encon é al niño desang ándose, demac ado y con las uñas azules. Es aba agonizando. Es imé que la hemo agia debía de es a en los in es inos, y que ya no podía hace nada pa a sal a lo. - ¿Reconoces pues que p ac icas la magia? - He dicho que no c eo en la magia” (pp. 327-328). El T ibunal p esen a como “p ueba” i e u able de sus a os con el demonio un dibujo que Salima había hecho de su que ida gacela: “Ella lo mi ó. Tenía dibujada una o eja o una gacela. Después de habe lo obse ado eco dó: - Es un dibujo. Modes o po que yo no dibujo muy bien (...). - ¿Reconoces en onces que es e dibujo es uyo? - Yo enía una gacela a la que omé mucho ca iño. In en é dibuja ía. El juez se echó a eí , se ió a ca cajadas y con agió la isa a sus dos compañe os y, as ellos, al esc ibano: La muje mo isca y el pe sonaje de “So lima -739 - ¡Es o es un macho cab ío, no una gacela! (...). Si, el macho cab ío que hizo que u ma ido se ue a y e abandona a... ¡Es Sa án, aquel pa a el que ú abajas!” (p. 329). Una ez que el T ibunal delibe a, decide ol e a in e oga la, pa a e si se con adice y pa a añadi nue as p egun as y amplia la acusación, algo que las p uden es espues as de Salima no pod án e i a : “Había susci ado mayo es sospechas cuando, al p egun a le el juez si eco ía la gas dis ancias de noche a lomos de una bes ia olado a, ella espondió que no había oído habla de más se humano capaz de hace lo que Mahoma, el p o e a de los musulmanes. Cuando el juez le pidió que ue a más explíci a y acla ase el sen ido de sus palab as, ella habló de la bes ia alada que anspo ó a Mahoma desde la mezqui a de La Meca has a o a mezqui a idén ica en Je usalem. Sin emba go, cuando el juez quiso sabe si ella c eía que aquello había ocu ido de e dad, eludió la cues ión diciendo: ‘Yo he sido bau izada y aho a soy c is iana’ (pp. 340-341). Además, sus acilaciones a la ho a de a i ma o nega su c eencia en el demonio ag a an su si uación, pues ambién se á acusada de apos asía. T as habe la in e ogado y o u ado, los jueces deciden some e la a la p ueba de la e dad, como o o ecu so pa a doblega ía, aunque pa adójicamen e el hecho de que la supe e con i ma á su e edic o: “Cuando Salima aga ó la ba a de hie o al ojo con las manos y dio los pasos p e is os, los inquisido es no llega on a la conclusión, como cabía espe a as habe supe ado una p ueba de ese ipo, de que la acusada decía la e dad. Po el con a io, se a ianzó su con encimien o de que se es aba apoyando en las ue zas sob ena u ales de Sa án, que la hacían capaz de sopo a el dolo ” (p. 340). Po o o lado, cuando Salima ol ía a su celda as cada in e oga o io, se sume gía en una o ágine de sensaciones. La in e p e ación e o cida de sus decla aciones la hacia duda al p incipio de si aquello e a una pesadilla o si sus jueces es aban locos. Se sen ía p o undamen e al e ada an e an a i acionalidad: “Salima, sola en su celda, es aba a e o izada po que no comp endía nada, nada de nada. Al p incipio c eyó que iban as Saad. Sin emba go, una ez e minado el p oceso, supo que la buscaban a ella. Pe o ¿po qué? Ella se dijo: me acusa án po habe dejado de i a misa los domingos y ies as de gua da . Pe o el juez no aludió a nada de eso. Necesi aba un poco de lucidez men al pa a comp ende , un poco de calma, ¿pe o cómo y de dónde iba a llega le esa calma, es ando pe seguida po la ignominia? (...). Se e ol ió Salima, con usa en e el ho o y la ama gu a, se ebeló con una u ia que no 740 Cla a M0 Thomas de An onio hubie a mi igado más que acabando con los inquisido es, con el esc ibano y la ex aña muje , pa iéndoles la cabeza, machacándolos de una ez... Pe o la humillación, ¿qué pod ía bo a la? (...). Podía eí se o llo a , o golpea se con a la pa ed y pa i se la cabeza en ez de pa i aquellas o as que es aban ue a de su alcance” (p. 331-332). Más adelan e, in en a no deja se a as a po sus emociones, con ola la si uación, epasa lo ocu ido an e el T ibunal y pasa e is a a su exis encia, asu elación con la gen e y con sus se es que idos, haciéndose p egun as sob e el más allá: “Sola en su celda, Salima p ocu aba consola se. No do mía po que, con los ojos abie os y despie a, podía espan a las a as y aleja aquella pesadilla que le hacía g i a ho o izada y que no conseguía apa a de si es ando do mida. No, no do mía. ¿Qué consuelo podía halla que le hicie a odo más lle ade o? (...) ‘Salima Bin Yá a ’, habían p egun ado los inquisido es, ‘¿po qué e odia la gen e?’. Min ie on. No habían p egun ado a los albaicine os... ¿Se ian capaces de mi a la a la ca a mien as le p endían uego? ¿Sopo a ían lo que sopo ó Abu Yá a y ella ue incapaz de sopo a el día en que quema on los lib os? ¿Y Aixa?Des e aba su imagen, su pensamien o, se alejaba co iendo de aquello que deja desa mados el cue no, el alma y la men e has a conduci la a la locu a. Co ía hacia la imagen de su abuelo, el g an Abu Yá a , que azó la p ime a palab a en el lib o. (...) Nunca había a ado du amen e a nadie, excep o a Saad. Pe o, ¿po qué? Si lo había amado, y aún seguía amándolo... ¡Cuán o o men o e he dado, Saad! ¿Me pe dona ás? Lo epe ía sin sabe si el aún seguía con ida o si hab ía llegado allá an es que ella. Y ese ‘allá’, ¿seda una ilusión o una ealidad? ¿Se euni ía allá con su abuelo, con Saad, con el pequeño que se ue y con su p opio pad e? Si es que aquel allá exis ía... ¿Cómo econoce ía a su pad e? ¿Y cómo la econoce ía él? No la econoce ía po que la c ia u a que él dejó se había con e ido en una muje madu a ce cana a los cua en a. Tal ez ella lo iden i icase po el pa ecido con Hasan. Pob e Hasan... [-labia que ido p o ege a los suyos, y la desg acia le había llegado de donde menos podía sabe y espe a . Pe o no es aba solo po que con él Mo aima habi a ía la casa y cuida ía de los niños, y cuida ía ambién de Aixa. Salima se hundió en el llan o, y se es emeció su cue po in en ando con odas sus ue zas con ene los sollozos” (Pp. 337-340). Aún habiendo sido some ida a o men o, Salima no acep a humilla se y con esa , como p e endían sus jueces, que p ac icaba la magia neg a. Po ello a se ena al au o de e, en el que se dic a ía la sen encia que ya se imaginaba, dispues a a de ende su dignidad has a el úl imo momen o: “Salima se es o zaba po sopo a el suplicio de camina con los pies La muje mo isca y el pe sonaje de “Salima” 741 hinchados, abo a gados po e ec o del o men o, y p ocu aba e i a que las manos ama adas a la espalda po las muñecas le ozasen una con a o a o con la opa. Aún le dolían de habe aga ado la ba a de hie o al ojo. No mi aba a quienes la odeaban, sólo la ocupaban sus pensamien os. La conden - a ían a mue e. ¿Po qué en onces no se es emecían de miedo las en añas? ¿Po qué no g i aba p esa del pánico o la ebeldía? ¿Se ía po que deseaba la mue e, se la implo aba a Dios po habe llegado a un pun o en el que se le mos aba como la libe acion de un o men o que ni el alma ni el cue po podían ya sopo a ? ¿O po que se había en egado a los designios de Dios como los i mes c eyen es a quienes la se enidad y la acep ación de sus co azones habían iluminado has a en los ins an es en que los designios de Dios no son comp ensibles ni acep ables? O al ez, lejos de odo eso, hab ía decidido, sin pensa lo ni p e e lo, que no se aiciona ía a sí misma g i ando ni suplicando, ni siquie a emblando como los a ones en la ampa. No añadi ía más humillación a la humillación. La co du a es la gala del se humano, y el o gullo, ele ación del espí i u. En su mano es aba aho a camina como un se do ado de alma, aunque camina a hacia la hogue a. En su mano es aba deci : ‘Sí, soy Salima Bin Yá a , y me c ió un homb e hon ado que hacía lib os, cuyo co azón se ab asó el día en que io cómo los quemaban, y as eso se ma chó en digno silencio. Y yo, abuelo, a la ho a del o men o, g i é, es cie o (..) Sin emba go, no dije nada de lo que puedas a e gonza e. Leí lib os como ú me enseñas e, ali ié el dolo de la gen e en lo que pude, y soñé, abuelo, con o ece e un lib o esc i o de mi puño y le a en el que deposi a ía un compendio de cuan o leí y de los cue pos que mis manos oca on... Eso hab ía que ido, si no hubie a sido po la p isión del iempo, abuelo”’ (PP. 343-344). En el au o de e, se lee su sen encia, en que se la condena a mo i en la hogue a. En esa sen encia se señala la ec i ud del T ibunal, su impa cialidad, su deseo malog ado de lle a la al a epen imien o y la sal ación e e na, y se ecoge el deli o po el que se la condena. Una ez dic ada es a sen encia, Salima camina hacia la hogue a, in en ando con ene sus emociones y no deja se in lui po las a iadas ac i udes de los espec ado es que se hacinan en la plaza deBiba ambla: “El es épi o de las oces y el albo o o de la mul i ud concen ada golpea la cabeza de Salima como ma illos (...) No quie e mi a a su al ededo , no quie e. Tiene miedo de los ojos, de los ojos cas ellanos que son íen u anos, p epa ándose pa a el espec áculo, de los ojos mo os po los que el co azón se desbo da en mi adas compasi as y a e adas. No mi a, pe o escucha una oz que pa ece de Saad. No mi a. Desa an alguna de sus a adu as y la empujan hacia los leños” (p. 346). La au o a no desc ibe ya la escena de su mue e en la hogue a, pues la ha an icipado cuando Salima se la imaginaba a solas en la celda, enlazando el inal 742 Cla a M” Thomas de An onio de la no ela con el p incipio: al e oca la imagen de su abuelo que le inculcó el amo a los lib os, sien e que el se humano es un lib o ma a illoso que puede se aniquilado po la sin azón y la in ole ancia, como ocu ió con los lib os quemados en Biba ambla po o den de Cisne os: “Imaginaba el momen o: la a a ían y empuja ían has a una plaza a es ada de os os expec an es que obse aban cómo el uego p endía en la leña y en ella... Igual que a die on los lib os... ¿Cómo pudo su abuelo Abu Yá a sopo a la isión de las llamas p opagándose de un lib o ao o, de una hoja a o a hoja que se en oscaba sob e sí misma como si quisie a p u ege se del uego? Y, sin emba go, el uego seguía co iendo, comiendo, secando, esqueb ajando, ca bonizando... Y luego, nada, nada más que el pol o de las cenizas. ¿Y lo que es aba esc i o en ellas? ¿Adónde iba lo esc i o en ellas? Y el homb e, ¿acaso no es ej homb e como una hoja esc i a? Una sucesión de palab as cada una de las cuales emi e a un signi icado. Y odas ellas en conjun o, ¿acaso no componen un bello manusc i o?” (PP. 337-338). CONCLUSIÓN G anada e mina con la mue e de Salima en la hogue a y una escena de Mo aima cuidando de Aixa, pa a enlaza con la segunda pa e de la T ilogía. Pe o en oda la no ela Radwá C~«j~ nos ha ido o eciendo un magni ico e a o de la ida co idiana de los mo iscos g anadinos y de la g an iqueza de su cul u a. Las igu as emeninas, casi siemp e bien indi idualizadas, son a la ez a que ipos de la muje mo isca. La mayo ía ep esen a el ipo adicional, que in en a man ene como puede sus c eencias, i os y cos umb es. Yel ex emo opues o lo ep esen a Salima, a que ipo de muje ebelde, au oa i na i a y sabia, acep ada a du as penas po su p opio en o no y aniquilada po la igno ancia y el ana ismo de la Inquisición. La au o a ha desc i o el mundo emenino desde den o, con una ica gama de sen imien os y acciones, y una G anada á abe en ance de desapa ece . Pe o lano ela no sólo emi e a hechos del pasado, sino que es una me á o a del mundo en el que i e la au o a, del mundo en el que i imos odos noso os. Con G anada, Radwá cA~ñ nos hace pa ícipes de su inquie ud po la si uación de la muje á abe y po el a ance de ese ana ismo oscu an is a que echaza la ciencia y puede acaba con la libe ad indi idual y colec i a del mundo que la odea.