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Unidad de Políticas Comparadas (CSIC)
Documento de Trabajo 00-05
Una perspectiva de conjunto sobre el espacio
social de la exclusión :
El caso de Navarra en el contexto español de
precariedad integrada
Miguel Laparra Navarro
Departamento de Trabajo Social
Universidad Pública de Navarra
Campus de Arrosadía. Edificio Los Tejos
31006 Pamplona/Iruñea
Tlfno: 948 16 94 87
Fax: 948 16 96 95
correo-e: [email protected]
Este documento de trabajo se enmarca dentro del proyecto SEC97-1377 titulado “La
última red de protección social en España”, dentro del Plan Nacional de I+D.

Una perspectiva de conjunto sobre el espacio social de la
exclusión : El caso de Navarra en el contexto español de
precariedad integrada
Este documento de trabajo se corresponde básicamente con el capítulo de
conclusiones de la tesis doctoral titulada El espacio social de la exclusión: el caso de
Navarra . Podemos presentar las aportaciones de este texto articuladas en tres líneas
diferenciadas:
a) Un desarrollo teórico orientado a la elaboración de una teoría de la exclusión
social en las sociedades industriales avanzadas. Partimos de las principales
aport aciones de la teoría sociológica e incorporamos las perspectivas más
actuales del debate en el ámbito norteamericano y europeo, tratando de articular
las teorías del conflicto y las teorías de la integración social en un modelo
explicativo que s oporte el contraste con los procesos históricos concretos, con la
forma concreta en la que se ha construido el espacio social de la exclusión.
b) Un análisis, a partir de fuentes secundarias, de la evolución, las
transformaciones y las tendencias en la dinámica de integración /exclusión en la
sociedad española y de las peculiaridades de su modelo social a este respecto.
c) La aplicación de un modelo metodológico, útil para el análisis de la exclusión
social a escala local, a partir de un caso, el de Navarra 1 , como referencia

1 Los datos sobre el espacio social de la exclusión en Navarra tienen su origen en la
investigación financiada por el Gobierno de Navarra como base para la elaboración del Plan
de Lucha contra la Exclusión Social en Navarra (1998-2005). El Plan fue aprobado por el
Gobierno de Navarra en junio de 1998 y por el Parlamento de Navarra en febrero de 1999.
El proceso de investigación partía de la información de un total de 28 dispositivos y
programas asistenciales de distintas entidades públicas y privadas, desde las que se
identificaba el conjunto de hogares asistidos en Navarra: un total de 15.063 hogares.
Para este universo se realizó una encuesta a una muestra de 2.334 hogares, estratificada por
zonas geográficas (11) y ámbitos institucionales(3), con un margen de error de ±1,73% para
un nivel de confianza del 95,5% en la hipótesis de p y q = 50.
Los datos que aquí se presentan son producto de una reelaboración y de un análisis
específico, parte de la tesis doctoral, basado en la construcción de un sistema de 29
indicadores de exclusión social y 24 indicadores de precariedad, agrupados, en forma de
índices, en siete dimensiones distintas (ingresos, empleo, educación, vivienda, salud,
conductas anómica y aislamiento social) y en tres grandes factores de exclusión (económico,
político y social).

El espacio social de la Exclusión 3
empírica para dar respuesta a las cuestiones planteadas a nivel teórico: la
existencia de un espacio social de la exclusión diferenciado y diverso en su
co m posición, las particularidades del mismo en su relación con la actividad
económica y los sistemas de protección social, sus peculiaridades en los valores,
los comportamientos y en los modelos familiares, las similitudes y diferencias
con lo que se ha denominado la “infraclase” americana, la dinámica territorial
de la exclusión, y en suma, los procesos de interacción con la sociedad en su
conjunto, los efectos sociales de la exclusión.
Una teoría de la exclusión social
El origen de los procesos de exclusión social, tal como los conocemos hoy en las
sociedades más desarrolladas, deben entenderse a partir del juego, de la articulación
de dos lógicas diferenciadas. Por un lado, la lógica del capitalismo que supone la
mercantilización del trabajo humano y la proletarización pasiva, la exclusión de la
propiedad de los medios de producción de una parte de la población como principal
mecanismo de motivación negativa para participar en la relación salarial (teoría del
conflicto). Esta lógica se traduce en una tendencia a la exclusión social como
condición lógicamente n ecesaria para asegurar la proletarización activa. Por otro lado,
la lógica de la democracia que implica en su sentido más estricto un proceso de
homogeneización de la población en su estatuto de ciudadanía, la redistribución del
poder político sobre unas bases de mayor igualdad y, en relación con esto, la
consecución de derechos económicos y sociales para amplias capas de la población.
Esta dinámica genera una tendencia a la integración social, aún de naturaleza
conflictiva, basada en la luchas obreras, y plasmada en el proceso de reforma social
(teoría de la integración).
El resultado de todo este proceso ha sido la configuración de un impresionante
mecanismo de integración social, no exento de contradicciones y conflictos, que
denomi namos Estado del Bienestar o Estado Social. En el nuevo escenario se
reproducen los elementos clave de la industrialización decimonónica (propiedad

La tesis está depositada en la Facultad de CCPP y Sociología de la UNED (Departamento de
Sociología III). Un resumen sobre la forma en la que se ha construido el sistema de índices e
indicadores fue presentado en el Panel de Expertos sobre Metodologías para el Estudio de

El espacio social de la Exclusión 4
privada, economía de mercado,…) pero se transforman radicalmente los mecanismos
de integración social que pasan a estar articulados cada vez más en torno al empleo.
El devenir histórico del siglo XX en Europa puede entenderse así como un proceso
de creciente integración de la inmensa mayoría de la clase obrera pero sin eliminar del
todo el carácter conflictivo y contradictorio de las relaciones de clase. Es un proceso
de integración social que parte de las posiciones más extremas de exclusión, de
anomia, a las que había llegado el proletariado decimonónico. Este proceso de
integración social es el resultado de la propia confrontación social, de las luchas
obreras orientadas pragmáticamente hacia los logros sociales a partir del control
asociado, colectivo, de la oferta de fuerza de trabajo, y que pasa por tanto por la
construcción de cierres sociales, por un proceso de creciente distinción de la clase
obrera integrada frente a otros colecti vos periféricos, sobre la base además de las
tradiciones y de las instituciones de las sociedades preindustriales, que también
establecían sus propias practicas excluyentes y diferenciadoras. No son estos cierres el
origen de la exclusión, como defiende Parkin, sino la canalización de las tensiones
exclusógenas del capitalismo , en la versión de Kirk Mann. Conforme se va llenando
de contenido históricamente el concepto de ciudadanía, también van perfilándose con
mayor nitidez las fronteras del mismo. La excl usión social de hoy, pues, no es sino el
fracaso, ya anunciado por Stuart Mill y Alfred Marshall, y certificado a posteriori por
Robert Castel, del objetivo de plena integración social en un Estado de Bienestar
incapaz de llegar a todos y que, cuando llega, para al gunos, lo hace por métodos
estigmatizantes y punitivos. En cualquier caso, la valoración de las distancias, de las
diferencias entre los sectores excluidos y el resto de la sociedad (y más en concreto
respecto de la clase obrera) nos muestra hasta dónde ha llegado este proceso, hasta
dónde podemos hablar de continuidad o de discontinuidad, lo que sin duda será una
referencia relevante para prever dinámicas sociales futuras.
La exclusión social no es por tanto una situación (absoluta) sino un proceso
(variable) que afecta con diversa intensidad a cada individuo y cada grupo. Esta
concepción procesual de la exclusión nos obliga a cuantificar la intensidad, nos
permite identificar tendencias positivas o negativas y nos recuerda que, en pura

la Pobreza y la Desigualdad en España (de próxima publicación por el Instituto Ramón
Carande, de la Universidad Rey Juan Carlos).

El espacio social de la Exclusión 5
lógica, la exclusión total no existe. Siempre hay algún tipo de relación social, si quiera
conflictiva, algún proceso de participación social y alguna interrelación con el resto de
la sociedad. Tan sólo el exterminio físico, individual (pena de muerte) o colectivo
(limpieza étnica), supone un proceso de exclusión total de la sociedad.
Los grandes factores de este proceso histórico de integración social de la clase
obrera nos identifican también la naturaleza de los procesos actuales de exclusión : los
derechos políticos (la participación efectiva en el proceso de toma de decisiones), los
derechos económicos (el acceso a la relación salarial fordista), los derechos sociales
(como extensión de dicha relación y como concreción de la ciudadanía) y el
mantenimiento de los lazos sociales (principalmente a través de una institución
familiar que conserva fuertes mecanismos de solidaridad interna, pero también a
través de los lazos vecinales o étnicos). Es este el esquema planteado por Commins
para Irlanda y cuya adecuación defendemos también aquí. Dejando al margen los
derechos políticos básicos que, aunque generan importantes diferencias en su
concreción como acceso al poder, difícilmente nos identifican procesos de exclusión
social en un contexto democrático (salvo el caso de los residentes no-nacionales)
estableceríamos tres grandes factores de integración social en el modelo de relaciones
industriales fordistas y del estado social:
• El empleo asalariado, que supone el mecanismo básico de inserción, se hace
estable (contratos de trabajo indefinidos frente a la figura del jornalero), más
regulado y remunerado por encima del nivel de subsistencia
(“ normalarbeitsverhältnis ”). Ello amplía su capacidad de aportar seguridad de
existencia y lo convierte en la base de la ciudadanía social.
• Los sistemas de protección social se entienden como una extensión de la relación
salarial. Por un lado, constituyen un salario en especie (o salario indirecto ) que
aumenta la capacidad integradora del empleo, generando una población más
sana (atención sanitaria, política social de vivienda), y mejor formada (sistema
educati vo). Por otro, actúan para mantener la estabilidad en el empleo o, al
menos, en el ingreso derivado del mismo, sustituyendo el salario cuando éste
falla (pensiones por jubilación e invalidez, prestaciones por desempleo, baja por
enfermedad). Los sistemas de protección social se configuran como la
concreción de la ciudadanía, como auténticos derechos sociales, que

El espacio social de la Exclusión 6
complementan y aseguran el acceso a un consumo de masas con una carga
simbólica fuertemente integradora. El acceso generalizado a la educación, la
cobertura sanitaria, la garantía de unos ingresos estables, junto con la vivienda,
el automóvil y los electrodomésticos, así como un cierto consumo cultural y de
ocio, se convierten en señas de identidad de un ciudadano de las sociedades
industriales avanzadas, en su sentido pleno.
• La familia aparece como la institución que tamiza y vehicula el acceso a los
bienes y servicios que provienen tanto por la remuneración de un empleo como
por las prestaciones sociales, añadiendo además un volumen nada desdeñable de
trabajo no mercantil y de mecanismos de apoyo social informal. En la época
clásica del Estado de bienestar es además la estructura que permite el acceso de
las mujeres (y con ellas de los ancianos, los inválidos y los niños), que en su
mayoría no participan en el empleo asalariado, a una seguridad de existencia
(obtenida indirect amente a través del marido) y a un papel socialmente
significativo (aunque subo rdinado) como amas de casa. La solidaridad familiar
preindustrial se recicla y transforma con la modificación del modelo de familia
(nuclear), pero se mantiene como unidad básica para la socialización de los
niños y para el cuidado de las per sonas con dificultades de autonomía. La
cobertura familiar sigue siendo un el emento clave en los procesos de
integración. Por extensión, los lazos sociales que se configuran en el ámbito de
la vida cotidiana a partir de las interrelaciones de los individuos hasta configurar
auténticas redes sociales formarían parte de esta misma lógica de integración de
base comunitaria.
Los distintos modelos de Estado de Bienestar del análisis de Esping– Andersen
podrían explicarse en cierto sentido por una diferente combinación de estos tres
factores.
Estos mismos factores, en negativo, no identifican por tanto un solo proceso de
exclusión social unidimensional, sino múltiples procesos de exclusión articulados
entre sí. Lo que se trata de demostrar en cada caso es hasta qué punto estos procesos
configuran espacios sociales diferenciados y, en ese caso, qué distancias y qué
conflictos pueden establecerse entre ellos. La diferenciación entre el espacio de la

El espacio social de la Exclusión 7
precariedad , de la exclusión y de la marginación nos permite establecer un
diagnóstico más adecuado sobre la realidad social española.
• La precariedad vendría definida por tanto por una relativa inadecuación respecto
a los estándares medios, por una cierta inseguridad, por una situación de
vulnerabilidad en la que no es difícil deslizarse hacia posiciones de mayor
privación.
• La exclusión social, frente a la precarización, no viene definida por el acceso
precario, sino por el no–acceso. El no–acceso a la relación salarial se manifiesta
en la realización de actividades económicas sumergidas e irregulares, basadas en
el a utoempleo (sumergido) o en el servicio domestico. El acceso a los sistemas
de protección social está también vedado, y como parte y producto de ello,
aparecen familias sin vivienda o con acceso a las últimas infraviviendas del
parque.
La situación estaría marcada aquí, en su dinámica, por una relativa
irreversibilidad, al menos a corto plazo y por una cierta incapacidad de las
personas afectadas para salir de su situación por sus propios medios.
• Cuando hablamos de marginación nos estamos refiriendo a procesos en los que
aparece una reacción repulsiva por parte de la mayoría de la sociedad: la
estigmatización, la criminalización, la segregación espacial. Implica, además,
por parte de los afectados, una ruptura con la normalidad, la anomia, la
existencia de un universo simbólico diferenciado con pautas propias de
comportamiento y con una forma distinta de entender el mundo.
En torno a todos estos factores de exclusión social, y en torno a los espacios
sociales diferenciados que pueden acabar configurando deben contemplarse tres
niveles de análisis fuertemente interrelacionados:
• Un nivel estructural: los procesos de cambio en el sistema productivo, en la
correlación de fuerzas en la escena política, en la estructura demográfica o en el
m odelo familiar. Son transformaciones que van a determinar las tensiones
exclusógenas y las potencialidades integradoras de una sociedad determinada.
• Un nivel institucional, político e ideológico: son procesos de toma de decisiones
colectivas que van a determinar, a partir de los criterios valorativos dominantes

El espacio social de la Exclusión 8
(racismo, machismo, elitismo, meritocracia, corporatismo,…), sobre qué
colectivos se canalizan estas tensiones exclusógenas y como se redistribuyen en
el co njunto de la sociedad (extendiendo la precariedad o concentrando la
exclusión, por ejemplo). Prefiguran por tanto, las probabilidades de cada
individuo y cada grupo social de verse afectado por procesos de exclusión.
También los métodos de respuesta a la exclusión en cada caso pueden tener
efectos diferentes (más resolutorios, más paliativos o cronificadores o incluso
intensificadores de la exclusión), lo que nos obliga a analizar las consecuencias
positivas y los efectos perversos de las políticas sociales a este nivel.
• El nivel de la respuesta individual y colectiva: Es necesario contemplar los
colectivos excluidos como agentes, como elementos activos, con sus estrategias
propias de respuesta, construidas a partir de sus propias experiencias vitales, en
la constricción de las condiciones del contexto en cada caso pero no por eso
menos efectivas. Los elementos actitudinales, los comportamientos, el
desarrollo de respuestas conflictivas, adaptativas o superadoras son básicos para
entender en primer lugar las relaciones que se establecen entre los sectores
excluidos y el resto de la sociedad, en segundo lugar también para valorar las
posibilidades de superación de la exclusión por cada colectivo y aún por cada
individuo, y por último para com prender y manejar mejor los dispositivos
orientados a la inserción, sus éxitos y sus fracasos.
Sólo a través de la articulación del análisis en cada uno de estos tres niveles y
c om prendiendo la forma en la que se interrelacionan entre sí podremos llegar a
conocer realmente la lógica de la integración y de la exclusión social.
España, modelo de precariedad integrada
Las distintas formas de articulación entre los factores exclusógenos y el diferente
n ivel de desarrollo que presentan en cada país, fruto de su peculiar experiencia
histórica, nos perfilan modelos sociales diferenciados y posiblemente también
potencialidades distintas en cada caso en cuanto a la generación y canalización de
tensiones exclusógenas.
España ha mostrado históricamente una mayor resignación y permisividad frente a
la pobreza, lo que posiblemente ha explicado su retraso en el desarrollo de las

El espacio social de la Exclusión 9
políticas sociales. El retraso comparativo en su nivel de desarrollo económico supuso
el mant enimiento de condiciones de vida muy precarias en capas amplias de la
población hasta muy recientemente. Esta extensión de la precariedad hace posible,
todavía hoy, construir procesos de integración social sobre una base económica más
débil, pero también supone situar a un sector importante de la población en
condiciones de gran vulnerabilidad.
Durante la primera mitad del siglo asistimos a los primeros intentos de
construcción de un tímido sistema de protección social tardío y muy limitado, residual
respecto a la beneficencia tradicional, en un contexto de pauperismo generalizado,
producto en parte del industrialismo, pero sobre todo del estancamiento y la
descomposición de la sociedad del Antiguo Régimen que no encuentra alternativa. La
previsión social se asienta en sus primeras etapas sobre estructuras organizativas y
asociativas de carácter particul arista, herederas de las estructuras gremiales y que
reproducen sus mecanismos exclusógenos y de defensa corporativa en un acceso
patriarcal y nepotista a la profesión, a la asociación y a los beneficios que ésta
suponía. Fruto de esta herencia, que se transmite en cierto modo a los sistemas
públicos de protección social, el Estado de bienestar español todavía presenta
dificultades especiales para construir prácticas e instituciones de carácter
universalista. La escasa experiencia democrática española y las bases autoritarias de la
administración franquista sobre las que se monta el Estado de bienestar expli can la
debilidad del concepto de ciudadanía como principio integrador de la sociedad
española.
El proceso de integración social sobre unas bases fordistas, aunque limitadas,
comienza en España a partir de la década de los 60’, con el acceso de la inmensa
mayoría de la población al consumo de masas y el incipiente desarrollo de los
sistemas de protección social. El carácter tardío de la industrialización española
implica que la sociedad salarial se monta sobre bases fordistas más que
manchesterianas, en un contexto menos duro y menos excluyente que el
experimentado por otras sociedades europeas un siglo antes, manteniéndose en
muchos casos los lazos sociales y las pautas culturales propias de las sociedades
preindustriales asentadas además sobre un substrato católico y familista, con un efecto
claramente integrador. La peculiaridad de una política social de vivienda basada en la

El espacio social de la Exclusión 10
propiedad puede explicarse, al margen de sus objetivos políticos conservadores,
también como pervivencia del modelo tradicional en la España rural, transferido a las
nuevas ciudades que se expandían en los años 60 y 70. El efecto parece haber sido
netamente integrador.
La universalización de la sanidad y la educación y el desarrollo del sistema de
garantía de ingresos para pensionistas y desempleados, aún con niveles de gasto social
i nferiores y con una calidad de los servicios comparativamente peor que en el
contexto europeo, han supuesto un gran factor integrador de la sociedad española en
los 30 últimos años, alcanzando incluso resultados en estos aspectos perfectamente
comparables con los países más desarrollados socialmente (esperanza de vida,
analfabetismo, escol arización, mortalidad infantil,…). Las limitaciones a la
expansión del gasto social, tod avía a 6 puntos en proporción del PIB respecto de la
media europea y a un 40% de di stancia en términos de gasto per capita , han
provocado que las desigualdades sociales, a pesar de venirse reduciendo desde los
años 70’, todavía se mantengan en los niveles más altos dentro de la UE.
España ha experimentado, en el contexto internacional, uno de los procesos más
rápidos de crecimiento económico y de cambio social en las últimas tres décadas. La
riqueza per capita se ha multiplicado por tres en términos reales y se han alcanzado
n i v eles de productividad, de eficiencia económica y de apertura al exterior
comparables a los de los países más desarrollados. Todo ello a pesar de haber
atravesado dos periodos de crisis económica y por una fuerte reconversión industrial.
El precio ha sido una grave crisis de empleo a partir de mediados de los setenta que
todavía hace sentir su potencial exclusógeno. Todavía hoy, la proporción de personas
ocupadas en el conjunto de la población es 6 puntos inferior a la correspondiente a los
años setenta. La precariedad laboral afecta a unos 3 millones de trabajadores con
contratos temporales y el desempleo sigue siendo el más alto de Europa.
La política social se mueve ahora dentro de unos estrechos márgenes de maniobra,
supeditada a la política económica, a la concurrencia planetaria que impone la
globalización, y en concreto a los compromisos de la unión monetaria. Estos límites
ponen en cuestión su capacidad para compensar las fuertes tensiones que genera el
funcionamiento del mercado de trabajo. Sin embargo, en una perspectiva comparativa
con los socios europeos, el margen de presión fiscal es notablemente más holgado

El espacio social de la Exclusión 11
para España (6 puntos menos de presión fiscal que la media europea y 15 puntos
menos que los países nórdicos). Por otro lado, la Unión Europea como proyecto
supone la consolidación de su modelo social (identidad de proyecto en el sentido de
Castells) que se apunta ahora ya más claramente como compromiso por el empleo, lo
que para España no puede suponer otra cosa que la expansión de la capacidad
protectora y del compromiso social del Estado. Nuevamente aquí la economía y la
política plantean tendencias contradictorias en cuanto a la dinámica de la exclusión
social.
A pesar de las fuertes desigualdades sociales, a pesar de las tasas de pobreza
elevadas, a pesar de la precariedad laboral, España mantiene un nivel elevado de
integración social, basado, en buena medida, en el mantenimiento de los mecanismos
más tradicionales de solidaridad familiar, pero también en el fuerte crecimiento
económico que ha permitido mejoras generalizadas para todos los grupos sociales, así
como en el desarrollo de la capacidad integradora de la intervención pública en los
ámbitos sociales, muy especialmente a través de la extensión de las prestaciones
asistenciales que se multiplicaron por 10 desde mediados de los 80’ hasta mediados de
los 90’.
La experiencia de las últimas décadas nos muestra que es posible reducir la
exclusión social en España cuando se conjugan, en el mismo periodo, crecimiento del
empleo y aumento de las prestaciones sociales, y que es posible frenar la exclusión
social en los periodos de crisis a través del desarrollo de las políticas asistenciales. Y
ello a pesar de las constricciones que presenta el proceso de globalización y la
creciente apertura exterior de la economía española. En un contexto de reducción de
las prestaciones asistenciales desde mediados de los noventa y a pesar del notable
crecimiento económico, que se empieza a traducir más claramente en crecimiento del
empleo en los últimos años, puede pronosticarse una tendencia a congelar los niveles
de exclusión social hasta la próxima crisis económica en la que, si no se ponen en
marcha mecanismos compensatorios similares a los de los años 80’, cabe esperar una
expansión del espacio social de la exclusión.
También podemos concluir que en el modelo de amplia precariedad social y
laboral, que hace vulnerables a la exclusión social a sectores importantes de la
población, garantizando así la reproducción continua de los itinerarios de caídas y

El espacio social de la Exclusión 12
recaídas, difícil mente va a poder avanzarse más en la reducción de la exclusión social
en España a través exclusivamente de políticas asistenciales específicamente dirigidas
hacia los más necesitados. Sólo si estas medidas (todavía muy necesarias) van
acompañadas de una estrategia de reducción de la precariedad, de crecimiento del
empleo de calidad, de la expansión de los derechos sociales que den contenido
concreto al estatuto de ciudadanía, podrá avanzarse definitivamente en la superación
de las situaciones de exclusión social.
El caso de Navarra
Navarra presenta en lo sustancial los mismos rasgos del modelo de éxito
económico y precariedad integrada que hemos dibujado para el conjunto del Estado.
La peculiaridad de Navarra no es otra que la de haber conseguido un nivel de éxito
económico comparativamente mayor (ha alcanzado ya el nivel medio de renta per
capita de la UE), con un coste en términos de desigualdad, pobreza y desempleo
notablemente más reducido (7,8% de desempleo registrado en la primavera de 1999).
Actualmente hay más personas trabajando en Navarra, en proporción al conjunto de la
población, que nunca antes en los últimos 30 años.
La explicación de esta diferencia hay que buscarla en el punto de partida, a finales
de los 50’, no tanto en términos de renta, muy ligeramente superiores en Navarra, sino
en términos de integración social de una comunidad basada en un acceso generalizado
a la pequeña propiedad, en la pervivencia de instituciones tradicionales de solidaridad
(comunales, Iglesia católica,…), en un proceso de asalarización todavía más tardío,
con un menor flujo inmigratorio, y en una industria más moderna que sufrirá menos la
reconversión de los 80.
Posteriormente, podemos identificar también otros factores diferenciales: una
mayor presencia del sector público (eminentemente regional y local) en el desarrollo
de las i nfraestructuras, el apoyo a la inversión privada y la expansión de los
equipamientos sociales, con el efecto subsiguiente en el nivel formativo y en la
productividad de la población ocupada (ahora un 3% por encima de la media de la
UE) así como en la presencia de capital extranjero (con una afluencia de inversión
extranjera 2,5 veces superior a la recibida por España, ya considerablemente alta).

El espacio social de la Exclusión 13
Estos factores sitúan a Navarra en una posición privilegiada en comparación con el
resto del Estado, más cercana en términos de desigualdad, pobreza y desempleo a los
países centroeuropeos, pero manteniendo en lo fundamental el potencial integrador de
la institución familiar y el mismo modelo de servicios y prestaciones públicas,
ligeramente mejorado, que el resto del Estado. El caso navarro representa pues la
mejor de las hipótesis posibles en cuanto a su potencial integrador, en el contexto de
las CCAA españolas. Su análisis es relevante para valorar la viabilidad y los límites
de un proyecto a e scala local (hablamos de medio millón de habitantes), basado en
una fuerte identidad di ferenciada, hecho posible por un intenso proceso de
descentralización política, y útil como alternativa para enfrentarse colectivamente al
escenario de la globalización manteniendo la integración social y la solidaridad.
El espacio social de la exclusión en Navarra
Aún en este contexto, encontramos constancia de procesos de exclusión social en
unos 8.700 hogares en Navarra, el 5,3% de los hogares, el 6% de la población.
Dejando al margen las situaciones de exclusión compensada que afectaría a unos
3.000 hogares, podemos estimar que el espacio social de la exclusión abarca a unos
5.750 hogares, aproximadamente el 3,5% del conjunto de hogares de Navarra.
También podemos defender la notable extensión del espacio de la precariedad social:
Las tasas de temporalidad de la población asalariada (1/3) son similares a las del resto
del Estado. La pobreza relativa afecta a cerca del 15% de la población si utilizamos
umbrales regionales. Los distintos procesos de precarización económica, social y
laboral (afectan al 96% de los 14.276 hogares atendidos por el conjunto de
dispositivos asistenciales de los diferentes sistemas de protección social.
Hemos demostrado empíricamente, sin embargo, que el espacio de la precariedad
social presenta posiciones muy parecidas al de la integración, mientras que la fractura,
las diferencias más abultadas, con índices de exclusión social más de 4 veces
superiores, se produce sobre todo entre estos 5.750 hogares y el resto de la población.
El análisis de componentes principales corrobora esta tesis diferenciando claramente
tres grupos de excluidos, un grupo de precarios y un grupo de integrados, con un alto
nivel de homogeneidad interna para cada uno de ellos en las siete dimensiones de la

El espacio social de la Exclusión 14
exclusión anali zadas: ingresos, empleo, vivienda, salud, educación, conflicto social y
aislamiento social.
Articulación de procesos de exclusión diferenciados
Los procesos de exclusión del empleo y de la vivienda son los que afectan a una
mayor proporción de hogares, pero la intensidad de los procesos de exclusión, la
distancia social se hace mayor en el acceso a los ingresos y en los procesos de
aislamiento social. Lo que más influye en la configuración del espacio social de la
exclusión parece corre sponder al ámbito del empleo y de las relaciones
interpersonales, y sólo en segundo lugar al nivel de ingresos y a la vivienda.
Encontramos un núcleo de asociación importante entre los ámbitos del empleo, los
ingresos y la vivienda, que apuntan preferentemente procesos de exclusión de tipo
económico, solubles posiblemente a través de políticas redistributivas y/o de acceso al
empleo.
La interrelación existente entre los procesos de exclusión en las dimensiones de
ingresos, vivienda y salud, apuntan a procesos más cronificados donde difícilmente
pueden darse salidas laborales.
Existe una fuerte asociación entre la exclusión del empleo y la exclusión de la
educación que nos hace pensar en dos procesos distintos: por un lado las limitaciones
del sistema educativo para superar la reproducción de la exclusión social en los hijos
de las familias excluidas. Por otro lado los efectos en términos de exclusión del
empleo que padecen actualmente las personas que antes se vieron excluidas del
sistema educativo.
La dinámica de la desviación y el aislamiento social aparecen también muy
asociados. Los procesos de exclusión asociados a la presencia de conductas anómicas
prolo ngan sus efectos en el tiempo, cuando éstas desaparecen, en forma de
aislamientos social y de estigmatización.
Las asociaciones establecidas entre las dinámicas de la exclusión en sus factores
económico, político y societario nos obliga a matizar para Navarra las conclusiones
establecidas por Serge Paugam para Francia: la exclusión económica no se traduce
aquí tan intensamente en un debilitamiento de los lazos sociales. Parece tener más

El espacio social de la Exclusión 15
incidencia, por ejemplo en la concreción de los derechos sociales de ciudadanía, muy
mediatizados por la capacidad adquisitiva de las familias y la posición en el mercado
de trabajo: un modelo de ciudadanía más mercantilizada y con menores garantías del
poder político. También la intensidad de los lazos sociales, las referencias de cercanía
y la identificación de proximidad de los grupos influye en el acceso efectivo a los
derechos sociales de los más desfavorecidos.
Heterogeneidad y homogeneización en el espacio social de la exclusión
A la exclusión se accede por distintas vías. El espacio social de la exclusión es
heterogéneo. Sin embargo, una vez que se accede al mismo, hay un proceso de
homogenei zación en las condiciones de vida y en las privaciones: los índices de
exclusión social correspondientes a las siete dimensiones analizadas (renta, empleo,
educación,…) son muy similares para todos los grupos afectados por cada uno de esos
procesos, a pesar de las diferencias en el componente étnico o en el modelo familiar.
A partir del análisis de componentes principales podemos ver cómo se articula esta
dinámica de heterogeneidad y homogeneización. El análisis identifica tres grupos
diferenciados dentro del espacio social de la exclusión. Las diferencias se establecen
sobre todo en el factor económico y en el juego de los lazos sociales: Mientras un
grupo aparece muy identificado con procesos de exclusión predominantemente
económicos, otro grupo se identifica por la presencia de conductas anómicas, de
comportamientos al margen de las normas sociales, y otro se identifica por haber
pasado anteriormente por ese tipo de situaciones y sufrir ahora en forma de
estigmatización y aislamiento social, el rechazo de la comunidad.
Por el contrario, la exclusión de los derechos sociales, el cuestionamiento del
estatuto de ciudadanía, es el elemento homogeneizador para estos tres grupos: las
diferencias en cuanto a las privaciones en el ámbito de la educación, de la salud o de
la vivienda, son notablemente menores.
Desde una perspectiva más descriptiva, encontramos cuatro grandes grupos de
hogares en el espacio social de la exclusión, atendiendo a sus características étnicas y
a su modelo familiar:
Las parejas con hijos de la etnia mayoritaria suponen uno de cada tres hogares y su
situación, normalmente de exclusión menos intensa (más cercana a la precariedad) se

El espacio social de la Exclusión 16
explica por las dificultades a la hora de hacer efectivos los derechos sociales y por los
problemas de conflictividad y conductuales.
Los hogares monoparentales de la etnia mayoritaria, el 17%, es un grupo marcado
principalmente por los problemas de convivencia (posiblemente los mismos que
explican su constitución) y por la exclusión del mercado de trabajo.
Las personas solas de la etnia mayoritaria, un 15,1%, presentan problemas
preferentemente en el ámbito económico, bien por no acceder al empleo, bien por lo
reducido de sus pensiones.
Las personas de etnia gitana, el 12,2%, además de por su particularidad étnica,
experimentan el proceso de exclusión sobre todo centrado en los ámbitos de
educación, vivienda, renta y empleo. Es, entre los cuatro, el colectivo más excluido.
Aunque la incidencia de los diferentes procesos de exclusión es muy distinta para
cada uno de los grupos, sin embargo, entre los afectados, la imagen aquí también es
de homogeneidad entre los grupos, a pesar de las diferentes características de cada
uno de ellos y lo más relevante es siempre la distancia respecto a los precarios.
Familias atípicas y minorías étnicas
El espacio social de la exclusión en Navarra presenta un modelo familiar
claramente diferenciado del resto de la población. La presencia de hogares
monoparentales con menores a cargo es 2,5 veces mayor, aunque no se identifican con
las welfare mothers norteamericanas, provenientes de embarazos fuera de una pareja
estable, sino que se explican más por rupturas matrimoniales y defunciones (son
principalmente divorciadas, separadas y viudas). La proporción de familias numerosas
(de más de 5 miembros) es el doble. Por el contrario la pareja con hijos y los hogares
encabezados por una per sona casada llegan a ser minoría en los sectores más
intensamente excluidos.
Es ésta una característica similar, al menos fenomenológicamente, a la de la
infraclase americana, aunque posiblemente en menor medida. Aquí, el proceso se
explica más, paradójicamente, por el carácter familista de nuestro peculiar modelo de
integración s ocial. En éste, son justamente los casos en los que falla la institución
familiar, aquellos que no tienen a nadie a quien recurrir o que ven deshecha su unidad

El espacio social de la Exclusión 17
convivencial, los que tienen más probabilidades de recorrer un itinerario de exclusión
social. La propo rción de personas solas en situación de exclusión social es del 8,8% y
para los hogares monoparentales, del 13,3%, muy por encima de otros tipos de hogar.
De ahí no debe desprenderse sin embargo la conclusión de un proceso generalizado
de feminización de la exclusión social (que sí parece más demostrada al hablar de
pobreza relativa). Las diferencias en la incidencia de la exclusión social por sexo son
muy reducidas (medio punto), mientras que el modelo de hogar o la edad nos
muestran diferencias mucho más abultadas. Más que hablar de feminización de la
exclusión tendíamos que enfatizar las profundas diferencias de género en la lógica de
funcionamiento de los procesos de exclusión, que hacen especialmente vulnerables a
los hogares cuyo su stentador principal es una mujer y que hacen posiblemente
también soportar a éstas el mayor peso de la exclusión: mayores costes, limitaciones y
esfuerzos en sus vidas cot idianas, como consecuencia de los procesos de exclusión.
Este planteamiento requiere sin embargo una línea de investigación específica que
desborda los límites de esta tesis.
El espacio social de la exclusión en Navarra presenta, también de forma paralela a
la infraclase americana, un marcado componente étnico, aunque, también como en
Estados Unidos, la etnia mayoritaria es el colectivo más numeroso entre los excluidos.
Dentro de la población asistida, el 19,2% de los hogares pertenecen a alguna minoría
étnica, sobre todo a la minoría gitana. Si unimos a éstos los aproximadamente 3.000
inmigrantes de reciente llegada a Navarra que están en situación de exclusión social,
tendríamos que un tercio del espacio social de la exclusión corresponde a las etnias
minoritarias. La pr oporción de hogares excluidos para las minorías es incluso más
elevada en Navarra: en torno al 90% para todos los colectivos, aunque para la mitad
de los inmigrantes extracomunitarios, las situaciones de exclusión son menos intensas
que para los gitanos.
Sin embargo, en Navarra, lo que Jencks llamaría la infraclase reproductiva y el
componente étnico de la exclusión no coinciden apenas, y esto es una diferencia muy
reseñable respecto de la situación de la infraclase americana: la minoría gitana y una
parte muy importante de los inmigrantes son justamente los que presentan las
actitudes y comportamientos más familistas y los que disponen de unos lazos sociales
más intensos, mayor acceso a la solidaridad familiar y menores problemas de

El espacio social de la Exclusión 18
aislamiento social (en el caso de los inmigrantes son ellos los que la dan, con una
lógica transfronteriza, y eso a veces complica las cosas). Por contra, los hogares
monoparentales (de origen distinto en gran parte, como ya se ha dicho) pertenecen
casi exclusivamente a la etnia mayoritaria (tan sólo un pequeño colectivo de mujeres
latinoamericanas sería la excepción destacable). La radical independencia de estos dos
procesos (discriminación étnica y ruptura familiar) hace que las situaciones de
exclusión social sean menos intensas y en muchos casos más reversibles. La
perspectiva de análisis defendida por jencks de diferenciar distintos aspectos y
procesos en la configuración de la infraclase parece aquí especialmente acertada.
La exclusión social, cada vez menos prefordista
Tampoco parece corroborarse (todavía) en Navarra la tesis defendida por Wilson
para las ciudades norteamericanas o por Castells a escala planetaria, interrelacionando
los procesos de exclusión social (la expansión de la infraclase diría el primero, la
dualización el segundo) con la desindustrialización de ciertos territorios en un
contexto crecientemente globalizado. En Navarra, de la misma forma que en el resto
del Estado, tal como se ha expresado ya, el proceso de industrialización, de desarrollo
económico y de asalarización es más reciente en el tiempo, se hace sobre otras bases y
es también más limitado. Incluso es difícil defender la tesis de la desindustrialización
en Navarra. En coherencia con esto, la exclusión social sigue presentando en buena
medida el perfil prefordista y tradicional que había presentado siempre: se trata más
bien de un residuo deficientemente asimilado en un proceso de industrialización
parcialmente truncado por la crisis económica de los 70.
Ahora bien, y a diferencia de lo que habíamos visto en otras comunidades
autónomas hace tan sólo unos años, encontramos algunos datos que demuestran que
las cosas pueden estar cambiando. Ahora ya, en el espacio social de la exclusión, una
de cada cuatro personas activas han tenido anteriormente un empleo fijo, y a juicio de
los propios afectados, en la mayoría de los casos (38% frente a 31%) su situación de
dificultad se debe a una pérdida del bienestar anterior, a una caída, frente a los que
perciben que siempre han estado así. Estas proporciones, en el Eurobarómetro para
toda la población, son ligeramente más post-fordistas que la media de la UE, similar a
países como Bélgi ca o Luxemburgo. Es posible pues que en la Navarra de la

El espacio social de la Exclusión 19
abundancia y el crecimiento espectacular, de la reindustrialización, aún a pesar de
aumentar su potencial integrador en muchos sentidos, se estén desarrollando también
procesos de exclusión social de nuevo tipo en algunos sectores de la población que
pasan a ser “redundantes” en la escena de la globalización. Estos nuevos procesos de
“caída” estarían presentes en el espacio de la exclusión caracterizado por la exclusión
económica y muy asociados a las rupturas familiares en los hogares monoparentales.
La confluencia de los viejos y los nuevos procesos de exclusión marcarán en el futuro
la dinámica del espacio social de la exclusión.
Los colectivos excluidos como agentes activos y funcionales
Tampoco da cuenta de la realidad del espacio social de la exclusión en Navarra su
identificación como sujetos pasivos y dependientes, perezosos e improductivos,
redu ndantes socialmente, como puede desprenderse a partir de los análisis más
conservadores de Murray o incluso de otras concepciones más progresistas como las
de Castells o las que encontramos en las últimas aportaciones de Galbraith al respecto.
También Dahrendorf había intentado utilizar estas características como elemento de
identificación teóri ca. Frente a estas concepciones, cuyo grado de adecuación a la
realidad norteamericana o del norte de Europa también se discute, en Navarra es
necesario reconocer el carácter funcional del espacio social de la exclusión para el
resto de la sociedad. Dos de cada tres familias excluidas realiza alguna actividad a lo
largo del año y consiguen con ello el 55% de sus ingresos. Aportan un valor de
flexibilidad plena y a reducido coste que sin duda redunda en la productividad general
del sistema. Su presencia constatada en sectores relevantes como la construcción, la
agricultura, la industria, el comercio o la hostelería avalan esta hipótesis. Las
actividades tradicionalmente asociadas a la cultura de la marginación (la chatarra, los
mercadillos, el servicio doméstico o las recolecciones agr ícolas), siendo también
funcionales son ya minoritarias en el espacio de la exclusión.
A pesar de ello, se mantienen las condiciones de desregulación, baja remuneración
(500 pta/hora de media) y temporalidad (aunque sean actividades desarrolladas
habi tualmente en muchos casos). Este 6% de población afectada por procesos de
exclusión, a pesar de padecer problemas de salud con mayor intensidad que el resto de
la población en edad de trabajar (el doble), aporta el 4,4% de la fuerza de trabajo en

El espacio social de la Exclusión 20
Navarra. A cambio, tan sólo recibe, incluidas las prestaciones sociales, el 1,5% de la
renta regional. Parece más adecuado por tanto recoger como elemento de
identificación de este sector mayoritario de excluidos la teoría de la explotación de
Wright: exclusión de los medios de producción, diferencias de acceso a la riqueza y
apropiación de los frutos de su trabajo. Aunque sin duda no es una característica
exclusiva del espacio social de la exclusión.
Tampoco la teoría de la dependencia y la cronicidad en los programas asistenciales,
la propia identificación de éstos como mecanismo de generación y de reproducción de
la exclusión social, se confirma como elemento de identificación del espacio social de
la exclusión, a diferencia de los análisis de muy distinta orientación que se han
realizado sobre la infraclase americana. Sí es cierto que durante las últimas décadas
(años 80’ y 90’, principalmente, los sectores excluidos han ido accediendo
progresivamente a prestaciones (8 de cada 10 familias excluidas acceden a alguna
prestación económica públi ca), en su mayor parte de carácter no contributivo o
asistencial (otro elemento diferencial). La exclusión social en España, y en Navarra
también, se ha hecho cada vez más exclusión asistida. Sin embargo, sólo una tercera
parte vive exclusivamente de la asistencia social y para la mayoría que combina estos
ingresos con el trabajo, lo más sustancial viene aportado por el propio esfuerzo. Para
este tercio del espacio social de la exclusión que vive exclusivamente de la asistencia
social, es para el que cabe la utilización del concepto de Wright de “opresión
económica no–explotadora”.
Hemos demostrado que, al menos para la Renta Básica, como dispositivo principal
de cobertura de mínimos para la población excluida potencialmente activa (para la
que realmente tiene sentido plantearse la problemática de la dependencia), la
cronificación en la asistencia es una realidad estrictamente minoritaria: tan sólo el
17% de los hogares permanece ininterrumpidamente durante largos periodos, frente al
45% que sale definitivamente del programa para no volver. Más bien al contrario, lo
que puede defenderse es el diagnóstico de una cierta desprotección (periódica) y de
una presión excesiva sobre los hogares asistidos para que abandonen pronto los
programas asistenciales, incluso antes de haber asegurado una cierta posibilidad de
estabilización en sus itinerarios de inserción. Sería necesario un análisis de hasta qué
punto este diagnóstico es extensible también a otros dispositivos como las

El espacio social de la Exclusión 21
prestaciones por desempleo (preferentemente la no contributiva) que también tienen
incidencia, aunque menor ya en Navarra, en el espacio social de la exclusión.
Queda pendiente de conocer también el otro significado de la funcionalidad de la
exclusión social como amenaza simbólica a la clase obrera y freno en contra de sus
reivi ndicaciones, o simplemente como elemento de comparación que limita sus
expectativas y obliga a asumir sus propias condiciones de existencia (siempre hay
otros que están p eor). En suma el mantenimiento de una función en la dinámica
política y en la estructura social similar a la que Marx atribuía al lumpenproletariado
en el siglo XIX. Algunas aportaciones recientes sobre la situación y el discurso de los
sectores precarizados presentan indicios sobre esta contradicción de intereses y sobre
la percepción que éstos tienen de los sectores excluidos como una amenaza. Sin duda
será necesario profundizar en el análisis de los sectores precarizados de la clase obrera
para ver hasta dónde llega ese desencuentro.
Nos parece de especial interés para su profundización en el futuro la hipótesis de
un nuevo modelo de gestión de la fuerza de trabajo. En el capitalismo manchesteriano,
era la pura represión y la exclusión social de la clase obrera el principal mecanismo de
regulación, en un contexto de cultura calvinista y de una norma salarial basada en la
subsistencia. El fordismo supone la gestión de la fuerza de trabajo a través de su
integración alienada, con una motivación hedonista de acceso al consumo de masas.
Por el contrario, el post–fordismo nos trae un nuevo modelo de gestión de la fuerza de
trabajo basado no tanto en su exclusión, sino en la amenaza de exclusión, en la
extensión de la vulnerabilidad (real o simbólica), en el miedo a la caída y al fracaso.
Es la sociedad del riesgo que describe Ulrich Beck.
Desde el análisis del espacio social de la exclusión podemos aportar algunos
elementos para esta reflexión que queda todavía forzosamente incompleta.
La expresión política de la exclusión
Lo que sí podemos defender por ahora es un proceso de creación de ciertos
elementos de conciencia, de autopercepción y de identificación de los propios
intereses en el espacio social de la exclusión, aunque con notables dificultades para la
plasmación de los mismos en un discurso articulado y una práctica política concreta.

El espacio social de la Exclusión 22
La expresión política de la exclusión social tiene un carácter crítico frente a las
i n stituciones políticas y administrativas que se manifiesta con dos lógicas muy
distintas: bien en forma de desentendimiento, de sentirse al margen de las mismas,
con déficits importantes de información, posturas más acríticas y fuertes limitaciones
para organizarse colectivamente (los gitanos, por ejemplo); bien a través de posturas y
opiniones abiertamente enfrentadas, con mayor nivel de información y una capacidad
organizativa más cercana a la del resto de la ciudadanía (los hogares monoparentales,
por ejemplo).
Una de las principales rupturas ideológicas detectadas se encuentra en la defensa
de una intervención del Estado con una lógica asistencialista (frente al conjunto de los
ciudadanos que apuesta en su inmensa mayoría por la universalidad), una postura que
hay que entender preferentemente como afirmación de los intereses propios en un
contexto de limitación presupuestaria y no como una defensa de un modelo residual
de Estado de Bienestar (paradójicamente son luego los sistemas universales los que
menos críticas provocan entre los excluidos y los más asistencialistas generan más
desaprobación), y que hace que este discurso del espacio social de la exclusión sea
muy fácilmente asumi ble por los sectores conservadores. Nuevamente aquí, para
reconstruir un proceso de acercamiento simbólico entre el espacio de la exclusión y el
espacio de la precariedad (y por extensión con el resto de la sociedad) es necesaria
una mayor articulación entre las políticas generales orientadas por los principios
universalistas más integradores (propios de la tradición de izquierdas) y las
necesidades específicas de los sectores más excluidos (cuya atención tendría que
contemplarse con prioridad).
En cualquier caso los posicionamientos de distanciamiento respecto de las
instituciones no dan lugar a una práctica política concreta y mucho menos autónoma.
Sin emba rgo, sí pueden dar lugar, a través de entidades de iniciativa social
promovidas preferentemente por profesionales y que encuadran a ciertos sectores
excluidos, a la constitución de plataformas que alcancen un cierto peso político y una
cierta capacidad de interloc ución, con una lógica de participación política más
asimilable a la de los nuevos movimientos sociales. Esta dinámica puede constatarse
empíricamente en la experiencia de la Red Navarra de Lucha contra la Pobreza
durante los últimos años.

El espacio social de la Exclusión 23
Exclusión socialmente inocua y parcialmente autodestructiva
Más allá, la exclusión social no da lugar, al menos en Navarra, a manifestaciones
políticas de gran radicalidad, ni a comportamientos violentos, ni a comportamientos
anti sociales: la incidencia de los comportamientos delictivos está constatada en el
3,3% de los hogares excluidos y se ha demostrado además que las tasas de
delincuencia en los territorios no tienen ninguna correlación con la incidencia de los
procesos de exclusión. Podría decirse que la exclusión social se muestra hoy
prácticamente inocua social y políticamente (para el resto de la sociedad).
Por el contrario, encontramos una presencia más considerable de comportamientos
autodestructivos (adicciones, enfermedades mentales, conflictos familiares
violentos,…) que suponen la canalización de la tensión generada por los procesos de
exclusión no hacia fuera, hacia el resto de la sociedad, sino hacia dentro, hacia los
propios afectados. Uno de cada tres hogares excluidos ha desarrollado alguna de estas
conductas y hemos constatado su presencia en la actualidad en al menos dos de ellos.
Exclusión congelada y dualización territorial
Como tendencia, cabe destacar que la exclusión está congelada en España desde
principios de los 90’, incluso en el periodo de crisis, gracias a la compensación
(diferente según los momentos) entre la evolución del mercado de trabajo y de las
prestaciones asistenciales. No parece estar dándose una tendencia clara a la
dualización social (aunque algunos estudios de pobreza indican un repunte a mediados
de esta década). En Navarra incluso podría defenderse una ligera tendencia a la
reducción (muy limitada) de la exclusión social. Sin embargo sí hemos demostrado
que la dinámica espacial está provocando una creciente dualidad territorial gracias a la
gran movilidad residencial de los sectores excluidos (en relación al resto de la
población) y a la llegada de nuevos colectivos de inmigrantes (en Navarra suponen
una décima parte del espacio social de la exclusión). Unos y otros se asientan
preferentemente en los barrios de clase obrera do nde más intensa es ya la incidencia
de los procesos de exclusión social, acentuando así la percepción de amenaza para la
vida social en el barrio. En términos generales podemos pensar en un proceso de
expulsión de la ciudad hacia la periferia metropolitana de una parte de los hogares
excluidos, más que en una importación de problemas ajenos. La exclusión social debe

El espacio social de la Exclusión 24
leerse preferentemente en clave endógena. Tampoco da lugar a la formación de guetos
en el sentido más estricto del término, sino más bien a una cierta precarización (real o
simbólica) de los barrios tradicionalmente obreros.
El espacio social de la exclusión en Navarra, por tanto, no da motivos para la
alarma social. Su dimensión es reducida y el conjunto del sistema no parece aumentar
por el momento la dualidad social. El mantenimiento de un nivel relativamente alto de
actividad entre los excluidos se combina con el acceso a los nuevos recursos de la
protección social, con un efecto netamente positivo aunque insuficiente para superar
las situaciones de exclusión. La escasa conflictividad social generada y la pervivencia
de valores tradi cionales (familia y trabajo) en muchos de los colectivos excluidos
relativizan el distanciamiento respecto del conjunto de la población. La dispersión
territorial evita la formación de guetos y facilita los procesos de inserción. Podríamos
decir que el espacio social de la exclusión en Navarra atraviesa un momento dulce,
propicio para una intervención social de amplio calado con capacidad de transformar
radicalmente las condiciones de vida de esta población y su presencia y participación
en el conjunto de la sociedad.
Esta situación que podríamos definir como una oportunidad histórica, debería
apremiar un proceso de toma de decisiones políticas a la altura de las circunstancias.
Si no es así, los procesos autodestructivos que genera la propia exclusión social, el
creciente componente étnico que viene asociándose a la misma y la tendencia a la
dualización territorial en el espacio urbano pueden introducir a medio plazo, sobre
todo en los periodos de decaimiento de la actividad económica, una contratendencia
que enquiste y cronifique procesos de exclusión que podrían haberse resuelto.
Precisamente por el escaso coste social que supone la exclusión social, la oportunidad
histórica de poder plantearse su erradicación corre el riesgo de pasar desapercibida
por la Historia de Navarra.

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