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319 HC ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 https://doi.org/10.1387/hc.22122 CoNstruCCióN DEL autoritarismo EN EL muNDo ÁrabE: haCia uNa ExpLiCaCióN DE Las DiNÁmiCas iNtErNaCioNaLEs (1945-2020) CoNSTRUCTIoN oF AUTHoRITARIANISM IN THE ARAB WoRLD: ToWARDS AN EXPLANATIoN oF INTERNATIoNAL DYNAMICS (1945-2020) José Abu-Tarbush* Universidad de La Laguna, Tenerife, España rEsumEN: La relación entre poder y conocimiento se ha visto reflejada en la construcción teórica sobre la persistencia del autoritarismo en los Estados árabes. Con origen en la teoría social decimonónica, que conceptuaba a las sociedades no occidentales como estancadas frente al dinamismo de las occidentales, las aproximaciones culturalistas y esencialistas argumentaron una supuesta excepcionalidad islámica para explicar ese déficit democrático. En contraposición, las perspectivas materialistas remitían esa explicación a la base económica, sistema político y ubicación internacional. Desde la propia historia de las relaciones internacionales del siglo x x se advierte cómo esa conceptualización no ha sido ajena a las coyunturas mundiales de la Guerra Fría y posguerra fría. En esa controversia teórica, las movilizaciones antiautoritarias árabes (2010/2011) introdujeron una ruptura epistemológica a favor de las aproximaciones materialistas. PALABRAS CLAVE: Estados árabes, autoritarismo, culturalista, materialista, dimensión internacional. aBSTraCT: The relationship between power and knowledge has been reflected in the theoretical construction on the persistence of authoritarianism in the Arab States. originating in nineteenthcentury social theory, which conceptualized non-Western societies as stagnant in the face of the dynamism of Western ones, culturalist and essentialist approaches argued a supposed Islamic exceptionality to explain this democratic deficit. In contrast, the materialistic perspectives referred that explanation to the economic base, political system and international location. From the own history of twentieth century international relations, one can observe this conceptualization has not been alien to the world conjunctures of the Cold War and post-Cold War. In this theoretical controversy, the Arab anti-authoritarian mobilizations (2010/2011) introduced an epistemological rupture in favor of materialistic approaches. KEYWoRDS: Arab states, authoritarianism, culturalist, materialist, international dimension. * Correspondencia a / Corresponding author: José Abu-Tarbush. Universidad de La Laguna, Departamento de Sociología y Antropología, C/ Pedro Zerolo. Facultad de Educación. Módulo B. Apartado 456, San Cristóbal de la Laguna, Santa Cruz de Tenerife 38200 España – [email protected] – https://orcid.org/0000-0001-9062-1377 Cómo citar / How to cite: Abu-Tarbush, José (2023). «Construcción del autoritarismo en el mundo árabe: hacia una explicación de las dinámicas internacionales (1945-2020)», Historia Contemporánea, 71, 319-353. (https://doi.org/10.1387/hc.22122). Recibido: 8 octubre, 2020; aceptado: 3 noviembre, 2022. ISSN 1130-2402 - eISSN 2340-0277 / © 2023 Historia Contemporánea (UPV/EHU) Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional
320 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush introducción Este texto tiene como objeto de estudio la persistencia del autoritarismo en el mundo árabe, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad (1945-2020). Se centra en la dimensión internacional de la construcción del autoritarismo en el orden político árabe, sus dinámicas internacionales desde la Guerra Fría, la posguerra fría y el intervalo actual, de transición en la estructura de poder del sistema internacional y refuerzo del autoritarismo en el espacio regional. El marco geográfico estudiado abarca solo los Estados y sociedades árabes del subsistema regional de Oriente Medio y el Norte de África (MENA, siglas en inglés de Middle East and North Africa), sin extenderse a otros Estados y sociedades no árabes (Turquía, Irán e Israel), ni al más amplio mundo islámico. Aunque los prejuicios sobre el islam son extensibles a los países árabes por ser la confesión mayoritaria. La hipótesis de partida es la validez de las ciencias sociales para explicar el autoritarismo en el mundo árabe al igual que en otras áreas geopolíticas, asumiendo las peculiaridades de cada región sin constituir ninguna excepcionalidad. Desde una óptica materialista y multidimensional del autoritarismo se desafía el determinismo culturalista o esencialista, que reduce la relación causal del autoritarismo árabe al supuesto carácter consustancial e inherente a su condición confesional. Sin minusvalorar ni magnificar el factor religioso (islam como fuente de todos los problemas o de todas las soluciones), se estima más pertinente una explicación multicausal que combine diferentes condicionantes (económicos, políticos, sociales, culturales y estratégicos o internacionales) para dilucidar un tema tan complejo. En el estado de la cuestión se advierte que la persistencia del autoritarismo en dicho mundo ha sido objeto de una importante controversia que ha rebasado el ámbito académico, con repercusiones en el espacio político, social y mediático (choque de civilizaciones, terrorismo yihadista, inmigración, refugiados, integración e islamofobia). Ante el prolongado déficit democrático árabe, el debate se polarizó entre las tesis culturalistas y las materialistas. Las culturalistas enfatizaban la condición islámica de los Estados y sociedades árabes; y establecían una relación causal entre esta confesión y el autoritarismo, expresado en tendencias y manifestaciones de intolerancia, dogmatismo, misoginia, conflictividad, violencia extrema o terrorismo. Esta pauta parecía vertebrarse a modo de ley general e inmutable, que remitía a los primeros tiempos e historia del islam como si nada hubiera cambiado sustancialmente desde entonces.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 321 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe Las aproximaciones materialistas parten de explicaciones más empíricas, plurales y transnacionales. Sin desatender las construcciones culturales y religiosas en la interpretación y configuración de la realidad social, abordan las del mundo árabe desde diversos condicionantes socioeconómicos, políticos e internacionales1; y asumen la validez de las ciencias sociales para su comprensión, al igual que para otras áreas geopolíticas o geoculturales, con sus respectivas particularidades históricas. Lejos de toda pretensión generalista, de leyes universales e inalterables sobre el mundo árabe e islámico de la visión esencialista, estas perspectivas aceptan las limitaciones de las ciencias sociales, con un alcance teórico más intermedio para captar toda la complejidad del autoritarismo. Un fenómeno persistente en la historia política de la humanidad que, con gran capacidad de adaptación a distintos entornos y coyunturas políticas, presenta una diversidad de casos y diferente casuística entre un país u otro2. Si durante algún tiempo predominaron las argumentaciones culturalistas, las revueltas antiautoritarias de 2010-2011 introdujeron una «ruptura epistemológica» e incluso «psicológica»3 a favor de las materialistas, con un alcance explicativo de mayor contrastación teórica y empírica. En lugar de enfatizar los textos doctrinales, cultura e historia islámica, estas perspectivas indagan las causas del déficit democrático de los Estados árabes en su base económica (extractiva y rentista)4; en sus condicionantes políticos e institucionales (rol de las elites del poder5 y del Ejército6); y en su ubicación en el sistema político y económico internacional (alianzas, dependencias e intervenciones externas)7. Con una visión más plural, transnacional y global, su análisis no se centra en una supuesta singularidad o excepcionalidad islámica, aislada del resto del mundo, sino que parte de una óptica más entrelazada y comparativa. El déficit democrático es explicado comparativamente con el persistente en el Sur Global, con procesos de democratización de impacto desigual, deterioro e involución, manifestado en el actual refuerzo del autoritarismo en buena parte de los sistemas políticos en el mundo8. 1 Bayat, 2010; Beinin y Vairel, 2011; y Achcar, 2013. 2 Anderson, 2014: 41-59. 3 Gerges, 2014: 1. 4 Schlumberger, 2006; y Diamond, 2010. 5 Izquierdo y Kemou, 2009. 6 Bellin, 2004; y Bellin, 2012. 7 Halliday, 2005a. 8 Freedom House, 2020.
322 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush El marco teórico de referencia parte de una doble perspectiva en la disciplina de las Relaciones Internacionales, la realista y la constructivista9. La teoría realista permite advertir la primacía que adopta la política del poder en la escena mundial, en particular, entre las grandes potencias en la conducción de su seguridad, intereses y alianzas estratégicas por encima de los principios y discursos relativos al Estado de derecho, soberanía, libertades, democracia o derechos humanos. A su vez, la constructivista instruye sobre la importancia que poseen las ideas, valores, normas, identidades e intereses en la construcción y representación de la realidad social o, en este caso, identitaria del otro. Pese a la aparente contradicción entre realismo y constructivismo, dichas perspectivas se entrecruzan y complementan, la realista se centra en cómo «funciona la política» y la constructivista en «como estudiar la política»10. Ambas coadyuvan en la explicación del comportamiento de aquellas potencias mundiales que, teóricamente partícipes y defensoras de la democracia liberal, mantienen estrechas alianzas estratégicas y de seguridad con los principales regímenes autoritarios árabes; y han primado ese orden político ante los riesgos que implica para sus intereses estratégicos el cambio político, racionalizando y legitimando dicho comportamiento con la construcción de un discurso e imagen orientalistas sobre las sociedades árabes y musulmanas. En la metodología se ha estimado pertinente una explicación multicausal, de la que solo se desarrolla aquí la dimensión internacional. La fuerte penetración del sistema internacional en el subsistema regional de MENA11 parece justificar esta opción. Este factor posee un alcance complementario de otros importantes condicionantes políticos y socioeconómicos en la argumentación multidimensional de ese prolongado déficit democrático. Esta apuesta no niega la condición de agencia y responsabilidad de los actores internos. Es más, se estima que solo una combinación de las dimensiones endógenas y exógenas proporcionan un análisis más equilibrado y completo de esta compleja realidad social, siguiendo el análisis o «juegos de doble nivel» sobre la influencia mutua que ejercen los asuntos nacionales e internacionales12. 9 Debido a la ingente literatura sobre ambas perspectivas y las limitaciones de espacio, se refiere solo dos textos sobre ambas teorías, véase Moure, 2015; Onuf, 2013. 10 Barkin, 2020: 4. 11 Brown, 1984: 3-5. 12 Putnam, 1993.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 323 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe ¿una excepcionalidad árabe e islámica? La historia política universal muestra que durante siglos han predominado las formas autoritarias en el orden político13. Su arraigo y extensión entre los Estados y sociedades de la sociedad global desafía otras manifestaciones de autoridad asentadas en un mayor consentimiento, cooperación o refrendo público. Estos sistemas políticos pluralistas, con participación ciudadana y alternancia en el poder, han sido más la excepción o la minoría en el computo global. La antigua Grecia es el intervalo más conocido y referido, siempre despojada de toda referencia no occidental14. Prácticas similares de participación, debate o consulta se encuentran también en otras tradiciones culturales o civilizaciones no occidentales15. Estas praxis suelen ser menos conocidas y referenciadas, cuando no ignoradas incluso por la literatura especializada. Desde esta atalaya parece que se ha establecido una especie de canon occidental sobre la democracia, en la que las principales potencias occidentales parecen poseer la patente sobre los sistemas democráticos en el mundo. Se suele considerar que los valores de tolerancia, pluralismo y debate público aparecieron exclusivamente asociados a Occidente, sin contemplar otras tradiciones no occidentales. Sin embargo, como señala Amartya Sen, «la defensa del pluralismo, la diversidad y las libertades básicas se encuentra en la historia de muchas sociedades», entre las que cita a «India, China, Japón, Corea, Irán, Turquía, el mundo árabe, y muchas regiones de África» que deberían ser objeto de un mayor «reconocimiento en la historia de las ideas democráticas» por haber fomentado y protegido «el debate público a nivel político, social y cultural (…)»16. Del mismo modo, sostiene que la controversia en torno a los requisitos (sociales, culturales o económicos) que, en teoría, debe reunir un país para acceder a la democracia es errónea en su propio planteamiento e insiste en que «un país no tiene que considerarse como adecuado o preparado para la democracia; en lugar de eso, tiene que volverse adecuado mediante la democracia»17. 13 Fukuyama, 2012; y Fukuyama, 2014. 14 Bernal, 1993. 15 Sen, 2006. 16 Ibid.: 15-16. 17 Ibid.: 58.
324 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush Más allá de la lectura etnocéntrica, pero también geoeconómica y geopolíticamente interesada, acerca de las formas políticas pluralistas, de deliberación y gobierno, semejante interpretación no es ajena a que los primeros cimientos de la democracia se asentaron en los principales Estados y sociedades occidentales. Estas experiencias pioneras en el desarrollo político han coincidido en la geografía mundial con la emergencia y expansión del capitalismo, extendido inicialmente a zonas de mayor crecimiento económico y desarrollo social. También aparecían asociadas a un mayor avance técnico y científico; además de ostentar un notable predomino, poder y riqueza en el sistema internacional. Así ocurrió en líneas generales, advirtiéndose también algunas experiencias excepcionales como Japón tras la posguerra (mediante intervención internacional) o bien en plena periferia del sistema mundial como la India tras la independencia (pese a su extrema pobreza y no cumplir con los requisitos socioeconómicos desde cierto prisma teórico)18; junto a otras que colapsaron o fueron frustradas en este mismo entorno. Con las sucesivas oleadas democratizadoras, los sistemas democráticos dejaron de ser una exclusividad occidental o de origen occidental (por asentamiento colonial poblacional en Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda). Con la denominada tercera ola iniciada a partir del último cuarto del siglo x x , la democratización fue facilitada e incluso inducida en el sur de Europa (Portugal, Grecia y España) a mediados de los años setenta, en América Latina en los ochenta y en Europa central y oriental en los noventa, así como en algunos países africanos. Muchos regímenes autoritarios en el hemisferio occidental se habían vuelto disfuncionales y su prolongación podía generar consecuencias indeseadas e imprevisibles, mientras que los calificados como totalitarios en el orbe oriental se desmoronaban y se buscaba su integración en el sistema capitalista mundial. Esta tendencia registró algunas excepciones en las áreas geopolíticas mencionadas, en ninguna fue más llamativa que en la geografía política árabe, donde prácticamente todos sus regímenes políticos eran calificados como autoritarios (atenuado como «semiautoritario» o «parcialmente libre», dependiendo de las calificaciones). Coincide esta ausencia de democracia en la región con la paralización de las oleadas democratizadoras e incluso con cierta involución en los procesos de democratización experimentados, que se han articulado como democracias iliberales o simple refuerzo del autoritarismo19. 18 Lipset, 1959. 19 Diamond et al., 2016; Mounk, 2018; y Levitsky y Ziblatt, 2018.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 325 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe La democracia: ¿una prioridad? El establecimiento de un sistema democrático (liberal) no pareció constituir una prioridad para los gobiernos emergentes en el mundo postcolonial durante la Guerra Fría20. Con algunas excepciones (India), la primacía de la agenda nacional se centraba en valores fuertemente nacionalistas y desarrollistas: consolidar la recién estrenada independencia y soberanía nacional, fortalecer el aparato del Estado y asegurar el crecimiento económico. En política exterior los nuevos Estados se agruparon en torno al Movimiento de Países No Alineados (1961) que, precedido por la Conferencia de Bandung (1955), abogaba por el neutralismo positivo para sortear la confrontación bipolar entre las dos superpotencias; y reclamaban un nuevo orden económico internacional, que rompiera el círculo reproductivo de la dependencia externa para permitir su crecimiento y desarrollo socioeconómico. Por razones diferentes, las grandes potencias occidentales tampoco mostraron mayor interés en la promoción exterior de la democracia21, pese a que gozaban de sistemas democráticos en sus respectivos Estados y se reivindicaban como parte del autodenominado Mundo Libre (integrado por Estados Unidos, Canadá, Europa occidental —con Gran Bretaña, Francia y Alemania entre sus principales Estados—, junto a Australia y Nueva Zelanda). Pero en el espacio internacional dichas potencias primaron sus intereses geopolíticos y económicos por encima de los principios que compartían de libertad, democracia, Estado de derecho, derechos humanos y mercado libre22. Estos valores se implementaron solo de manera parcial y restringida a sus ámbitos nacionales, sin extenderse a sus áreas de influencia en la periferia del sistema mundial, donde su comportamiento distaba de los principios que alardeaban en la guerra cultural e ideológica contra el bloque soviético. En esta tesitura, se otorgó un apoyo significativo a numerosos regímenes autoritarios del Tercer Mundo con los que establecieron importantes alianzas estratégicas, incluidos los del sur de Europa: ingreso en la OTAN de Grecia (1949), Portugal (1952) y Pactos de Madrid entre Estados Unidos y España (1953);23 también se derrocaron a gobiernos nacio20 Prashad, 2012. 21 Abu-Tarbush, 2015. 22 Khalidi, 2004: 41-47 y 56-63. 23 Viñas, 2003.
326 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush nalistas, algunos surgidos de las urnas, que fueron deliberadamente calificados como comunistas para desacreditarlos y legitimar la injerencia externa: intervención de la CIA en Irán (1953) y Guatemala (1954), entre otras. Algunas de estas potencias mantenían un imperio colonial que, ante su desmoronamiento, intentaban prolongar mediante relaciones —económicas y estratégicas— de dependencia neocolonial. La alianza estratégica mantenida entre sistemas democráticos con regímenes autoritarios producía una inevitable «disonancia cognitiva»24al confrontar principios y comportamientos totalmente contrapuestos. Con objeto de atenuar esta disonancia solo cabía apelar a la coherencia política, mediante el ajuste del comportamiento a los principios o, a la inversa, el acomodo de esos valores a las prácticas mantenidas en el espacio internacional. Muchos gobiernos democráticos eligieron la segunda opción, por pragmatismo, debido al carácter minoritario de las democracias en un mundo sobrepoblado por regímenes autoritarios, con los que se relacionaban inexorablemente por razones de supervivencia, amenazas e intereses vitales. La democracia no era para todas las sociedades Una de las justificaciones más recurridas entonces para establecer alianzas con determinados regímenes autoritarios y mostrarse beligerantes con otros, consistió en introducir una significativa diferencia en su naturaleza política con la demarcación entre autoritarios y totalitarios. Juan Linz advertía en el totalitarismo unas características propias y diferenciadoras del autoritarismo: mayor importancia de la ideología y el adoctrinamiento; relevancia del partido único con ramificaciones en las organizaciones de masas (sindicatos, cooperativas, asociaciones profesionales y sectoriales); destacada función de la movilización y politización social; personalización de la élite en un líder, que solía hacerse con el control del partido y concentrar un enorme poder, propiciando el culto a su persona; y una difuminada línea de demarcación entre Estado y sociedad25. En contraposición, los regímenes autoritarios poseían características más atenuadas que, con diferentes variaciones, permitía un pluralismo limitado, junto a ciertos espacios y actores políticos y sociales, con una participación muy restringida o elitista. Sin institucionalizarse ni organizarse 24 Festinger, 1975. 25 Linz, 1975; y Linz, 2000.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 327 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe formalmente, admitían diferentes sensibilidades o círculos políticos en el seno del mismo régimen, donde podían rivalizar. A diferencia de los totalitarios, cultivaban una cultura política de apatía y desmovilización, unido a una ideología más difuminada26. A partir de esta distinción, Kirkpatrick responsabilizaba a la administración Carter de retrocesos significativos en la escena mundial por propiciar el reemplazo de los «autócratas moderados y amigables» por otros «menos amigables y extremistas», como en Nicaragua e Irán (1979). Aún reconociendo el autoritarismo de Somoza y el Sah, señalaba que ambos toleraban una oposición «limitada», de partidos políticos y medios de comunicación. Cuando estos regímenes se vieron fuertemente contestados y más necesitaban del apoyo estadounidense, Washington jugó la baza de la «liberalización y democratización». Pero en lugar de las consecuencias esperadas, se impusieron las no deseadas. Las fuerzas opositoras que tomaron el poder no estaban comprometidas con la democracia liberal. Por el contrario, se mostraron mucho más represoras y menos amistosas e incluso «hostiles a los intereses y políticas» de Estados Unidos, que retrocedía de una posición territorial amiga «en el mejor de los casos» o, «en el peor», los soviéticos adquirían otra27. Entendía Kirkpatrick que el error de la administración estadounidense consistió en considerar posible la democratización en «cualquier lugar, momento o circunstancia», sin advertir la ausencia de requisitos o condiciones propicias para transitar a la democracia. Partía del equívoco, según la autora, de que había una alternativa democrática a esos regímenes en crisis y, dado que no era posible prolongar esa situación, era preferible el reemplazo del gobierno. La realidad, en tesis de Kirkpatrick, era que los regímenes autoritarios (de derechas) mostraban una mayor tendencia a evolucionar con el tiempo hacia cierta liberalización política y, finalmente, hacia la democracia, mientras los totalitarios (socialistas o comunistas) no evolucionaban del mismo modo ni se democratizaban. Así concluía que Washington no podía imponer tan fácilmente la democracia, ni el cambio político favorecía a los intereses estadounidenses. Asumiendo hipotéticamente estos imperativos de la realpolitik, cabe interrogarse cómo se acomodaron esos principios al comportamiento político sostenido en la escena mundial con objeto de atenuar la disonancia 26 Linz, 2000: 159-165. 27 Kirkpatrick, 1979.
334 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush posguerra fría y choque de civilizaciones Estas líneas de argumentación registraron algunas mudanzas con el fin de la Guerra Fría. Durante la inmediata posguerra fría se advirtió un creciente relevo de la desaparecida amenaza comunista por la islamista. El caso argelino ilustró esta mutación con la victoria del Frente Islámico de Salvación en la primera vuelta de las elecciones legislativas (1991) y el consiguiente golpe de Estado (1992), que provocó una guerra civil entre la última década del siglo x x y comienzos del x x i ; y marcó un punto de inflexión en las expectativas de apertura y democratización de los regímenes autoritarios árabes en la nueva coyuntura internacional52. Ante la oleada democratizadora experimentada por los países de América Latina en los ochenta y de Europa del Este en los noventa, el mundo árabe aparecía como una excepción a esta tendencia aperturista y democratizadora. La idea de excepcionalidad islámica comenzó a resonar con nuevas referencias. Sartori consideraba que la democracia se iría extendiendo «en sintonía con la geografía de la modernización». Aunque reconocía que «a inicios de los años noventa» la democracia no se expandía a buena parte de «África» ni del «continente asiático», enfatizaba que en los países islámicos era rechazada debido a que «política y religión, lo espiritual y lo temporal son una sola cosa»53. Al vincular democratización con el proceso de modernización, Sartori parece contradecirse, pues partiendo de esa premisa, el problema en los países islámicos residiría más en la insuficiente o pésima modernización que en la propia religión. Como sostiene John L. Esposito, la religión es «texto» y «contexto». Una esfera es la doctrina religiosa, el cuerpo de textos sagrados; y otra la interpretación social que «diferentes individuos y autoridades» realizan de los mismos «en contextos históricos y políticos determinados»54. Así, una sociedad más cerrada tenderá a interpretar más intolerantemente sus creencias religiosas, mientras que otra más abierta realizará una lectura más flexible. En consecuencia, el problema parece no residir tanto en la doctrina (texto) como en la interpretación humana de la misma (contexto). Uno de los trabajos más recientes y esclarecedores en el desarrollo de esta tesis se debe a Ömer Taşpinar, que acusa al determinismo cultu52 Martín Muñoz, 1999: 114-120. 53 Sartori, 1993: 18-19. 54 Esposito, 2003: 82-83 y 191.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 335 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe ralista de magnificar el papel de la religión islámica a expensas de ningunear los condicionantes sociales, económicos, políticos y estratégicos. Como toda religión, el islam es susceptible de diferentes interpretaciones. Centrarse en el texto e ignorar el contexto distorsiona la realidad, conduce a políticas fallidas o contraproducentes. Entiende Taşpinar que es el contexto político el que condiciona la interpretación del texto religioso. Más que abogar por la reforma del texto coránico, sugiere reformas políticas, socioeconómicas e institucionales para propiciar un entorno de cambios progresivos en MENA que favorezca una interpretación más abierta del islam. Recuerda que esa fue la senda trazada por Occidente, donde las transformaciones económicas, políticas y educativas precedieron la compatibilidad del cristianismo con el liberalismo, la democracia y el secularismo. En suma, parafraseando la máxima constructivista, Taşpinar sostiene que «el islam es lo que los musulmanes hacen de él». Su interpretación depende del contexto político y no del texto religioso55. La aportación más relevante y visible durante la posguerra fría, sobre las dificultades de la democratización del mundo islámico, procedió de Samuel P. Huntington y su tesis sobre la conflictividad en el sistema internacional. En su afamado artículo, «¿Choque de civilizaciones?»56, sostenía que el proceso de globalización había facilitado la interacción entre las personas de diferentes culturas, pero también había contribuido a reafirmar las identidades culturales al contrastarse las diferencias existentes entre las mismas, que afectaban a aspectos nucleares de la identidad como las creencias religiosas. Desde otras culturas no occidentales, añadía, se abogaba por la modernización preservando sus propias señas de identidad. Modernización no equivalía a occidentalización, aquélla estaba siendo apropiada por los elementos más fundamentalistas de estas sociedades. Unido al refuerzo que suponía que el éxito económico se producía desde la integración regional en una misma cultura o civilización. Huntington concluía que de la diferencia cultural o civilizatoria se derivaba una potencial conflictividad en el espacio internacional. Si durante la Guerra Fría los conflictos se explicaban por causas predominantemente políticas, ideológicas y económicas, en la posguerra fría estos factores quedaban relegados por la primacía adquirida por las identidades culturales y civilizacionales. Entendía que, de producirse una tercera gue55 Taşpinar, 2021: 5-7. 56 Huntington, 1993.
336 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush rra mundial, esta sería entre civilizaciones. Entre las ocho que distingue (occidental, ortodoxa, japonesa, hindú, latinoamericana, sínica, islámica y africana), destaca la occidental y la islámica como las más proclives a chocar entre sí o bien entre la occidental y una coalición integrada por la islámica y la sínica (o china). Con un notable eco mediático, la tesis de Huntington apareció en formato de libro tres años después, y reiteraba la tendencia al choque civilizatorio en el sistema internacional de la posguerra fría. Su recelo hacia las «civilizaciones no occidentales» adoptó una mayor virulencia y negatividad en el caso islámico: «Donde quiera que miremos a lo largo del perímetro del islam, los musulmanes tienen problemas para vivir pacíficamente con sus vecinos»57. Huntington destacaba la incapacidad para que la democracia liberal arraigara en las sociedades musulmanas, debido a «la naturaleza de la cultura y la sociedad islámica, inhóspita para los conceptos liberales occidentales»58. Incluso si, hipotéticamente, asumiera la posibilidad de esa democratización, Huntington la desechaba por sus previsibles resultados o «paradoja de la democracia». Entendía que en el mundo de la posguerra fría había que «elegir entre un tirano aliado y una democracia hostil», porque en las sociedades no occidentales la celebración de elecciones democráticas no garantizaba los resultados esperados por Occidente, de gobiernos cooperativos y prooccidentales; por el contrario, «pueden llevar al poder a nacionalistas y fundamentalistas antioccidentales»59. La teoría de Huntington se encuadra en la obsolescencia del paradigma bipolar para explicar la conflictividad internacional posterior a la Guerra Fría. Entre las críticas que suscita destaca su definición reduccionista, homogénea, monolítica y hermética de las civilizaciones, sin contagio ni préstamo alguno de otras civilizaciones, que no concuerda con las «evidencias» empíricas de su carácter poroso, absorbente, de continuos intercambios, «hibridación y mestizaje»60. Tampoco se advierte que los conflictos deriven de la mera diferencia cultural o que se registren más entre las civilizaciones que en el seno de estas. William Pfaff advierte que el verdadero conflicto no es «entre la civilización islámica y Occidente […], sino entre la modernidad occidental y los valores, creencias y modos 57 Huntington, 1997: 307. 58 Ibid.: 136. 59 Ibid.: 235. 60 Said, 2005b: 443.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 337 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe de vida del mundo no moderno»61. Ronald Inglehart y Pippa Norris muestran, mediante una encuesta de opinión en diferentes países, que la verdadera diferencia entre ambos mundos no reside tanto en los valores políticos (convergen sobre la democracia) como los relativos al sexo (igualdad de género, divorcio, aborto y homosexualidad)62. Mientras que un autor de referencia mundial sobre la conflictividad, Michael Klare, no corrobora que las «guerras» de este periodo en «África y Asia» respondan a «diferencias de civilización o identidad». En su lugar, sostiene que surgen de la competición y «disputa por los recursos»63. Este paradigma de «la guerra por los recursos» posee mayor capacidad explicativa, además de un cuerpo teórico y empírico más convincente y contrastable64. La tesis de Huntington estuvo precedida por ciertas tendencias que coincidieron o se solaparon parcialmente en la década de los ochenta: primero, el fracaso de las políticas nacionalistas y, teóricamente, de corte progresista en buena parte del Tercer Mundo; segundo, el desmantelamiento y caída definitiva del comunismo; y, tercero, la ofensiva neoliberal que comenzó a ganar gradualmente considerables posiciones. Estos acontecimientos dejaron huérfanos de referentes políticos e ideológicos a importantes sectores de la población, movimientos sociales y fuerzas políticas en muchas zonas turbulentas del planeta. En este vacío se produjo una creciente manipulación de las identidades culturales y atávicas. Como señala Vijay Prashad, la renuncia al «proyecto político y social del Tercer Mundo» se compensó y acompañó con el auge de los «nacionalismos culturales» y el «fundamentalismo», que acentuaron las diferencias culturales y religiosas, los atavismos y las luchas intestinas. Este creciente reemplazo «del nacionalismo del Tercer Mundo por el nacionalismo cultural» coincidió con la globalización neoliberal y el socavamiento de la soberanía nacional. Así, las economías nacionales quedaron a merced de «las empresas sin Estado (y sin alma)» mientras se desplazaban «las culpas de la falta de bienestar a las minorías (religiosas, étnicas, sexuales y de cualquier otro tipo)»65. En el plazo de dos décadas la tesis del choque de civilizaciones cedió paso a la que se conjeturaba en el seno del islam. Este desplazamiento, 61 Pfaff, 2006: 64. 62 Inglehart y Norris, 2003. 63 Klare, 2006: 12. 64 Klare, 2003; y Klare, 2008. 65 Prashad, 2012: 454-456.
338 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush desde parámetros intercivilizatorios a intracivilizatorios, seguía centrando las causas de la conflictividad en unas identidades culturales y confesionales fijas e inmutables. Se pasó de las «fronteras sangrientas del islam» con otras civilizaciones a las existentes en el mundo islámico, entre suníes y chiíes. Este refuerzo del sectarismo étnico y confesional no era ajeno a la rivalidad regional entre Arabia Saudí e Irán66; y la instrumentalización gubernamental del sectarismo para dividir y debilitar los movimientos de oposición o presentarse como los garantes del orden y la diversidad comunitaria en sus respectivas sociedades. Así, Damasco apostó por el sectarismo comunitario para contrarrestar las heterogéneas y fragmentadas fuerzas opositoras; e intentar granjearse el apoyo de otras minorías o neutralizarlas67. En el corto interregno de la posguerra fría, desde la caída del muro de Berlín (1989) y la implosión de la Unión Soviética (1991) hasta concluir el segundo mandato de la administración Bush (2009), ninguna otra tesis ejerció mayor influencia en la conceptualización y percepción de las relaciones entre Estados Unidos y el mundo árabe e islámico como la de Huntington. Con independencia de su validez y rigor, su peso en esa configuración social y política fue innegable. Como señala el teorema de Thomas, si las personas definen las cosas como reales, estas serán reales en sus consecuencias. Los atentados terroristas del 11-S (2001) reforzaron esta idea de la profecía que se autocumple. Las interpretaciones más recurrentes y mediáticas tenían como trasfondo las tesis culturalistas y esencialistas. No todas compartían esos mismos supuestos. Pero había un importante terreno abonado por imágenes y percepciones sobre dicho mundo en el imaginario colectivo occidental que propiciaba esa lectura. Como afirmaba Said, mucho antes del 11-S, buena parte de la cobertura que hacían los medios de comunicación sobre esta región abundaban en «generalizaciones inaceptables e irresponsables», que difícilmente podrían ser «esgrimidos contra ningún otro grupo religioso, cultural o demográfico del planeta» sin ser catalogadas de racistas al «demonizar y deshumanizar a una cultura en su conjunto»68. 66 Sobre el incremento del sectarismo en la región, véase Hashemi y Postel, 2017, y Haddad, 2020; y sobre la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán, véase Keynoush, 2016, y Hiro, 2018. 67 Álvarez-Ossorio, 2016: 9; y Yassin-Kassab, 2017: 83. 68 Said, 2005a: 38 y 59.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 339 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe La interpretación más relevante, por su trascendencia mundial, fue la de la administración estadounidense, que calificó los atentados del 11-S como una declaración de guerra. Pero ¿eran el terrorismo y la guerra equivalentes? La reacción que adoptó Washington despejó las dudas al declarar la guerra al terrorismo, que priorizó en su política exterior en MENA. Todo indicaba que, bajo la cobertura de la «guerra contra el terrorismo», Washington poseía otra agenda, de apuesta hegemónica, que poco o nada tenía que ver con ese combate69. Explicitada también en la Estrategia de Seguridad Nacional (2002), de evitar que cualquier otro Estado alcanzara su paridad estratégica. Para algunos historiadores el 11-S fue el Pearl Harbour que necesitaba el sector neoconservador del gobierno de Bush para implementar dicha agenda70. Esa voluntad se reflejó en sus planes de intervención en Irak y en sus intentos por vincular los atentados con Bagdad, sin ningún tipo de evidencias71. A medida que estas imputaciones perdieron credibilidad por falta de pruebas (vínculos con al-Qaeda y posesión de armas de destrucción masiva) o porque no justificaban una guerra (violación resoluciones de la ONU y condición dictatorial), Washington enfatizó la tiranía de Saddam y el deseo de promover la democracia en Irak mediante un cambio de régimen manu militari. Este discurso careció de fundamento, la mayoría de sus aliados en MENA eran regímenes tan autoritarios como el iraquí. En su empeño por justificar el presunto altruismo de su intervención y ocupación de Irak, Washington diseñó un plan específico de promoción de la democracia para MENA, el Great Middle East Project (2004). Su eco mediático y político fue considerable, toda una obra de ingeniería social que prometía transformar la naturaleza autoritaria de esos regímenes políticos por otra democrática. El experimento comenzaba en Irak y, previsiblemente, se expandiría gradualmente por los Estados y sociedades del entorno que, en teoría, querrían emular el modelo iraquí. La elección de Irak no era inocente, llevaba algún tiempo en el punto de mira de los neocons72. Conviene traer nuevamente a colación la relación entre poder y conocimiento. Si bien los neocons participaban de los supuestos culturalistas respecto al mundo árabe e islámico, se mostraron firmes partidarios, al menos en teoría, y cuando ocuparon posiciones de poder, de su democra69 Callinicos, 2004. 70 Segura, 2004: 219. 71 Clarke, 2004. 72 Kristol y Kaplan, 2004.
340 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush tización, sobre todo de los regímenes más distantes o adversarios, tratados con una exigencia que contrastaba con la indulgencia dispensada a los «tiranos aliados». Entonces las supuestas incompatibilidades o condicionantes para transicionar a la democracia desaparecieron de sus discursos; y, por el contrario, se abogaba por una transformación democrática, que incluía la fuerza militar73. Desde otra óptica, a raíz de los atentados del 11-S, se reconocía el fiasco de la política exterior estadounidense en MENA, donde durante décadas había primado la estabilidad por encima de la libertad y la justicia74. Los regímenes autoritarios, aliados inclusive, mostraban un evidente agotamiento de sus fuentes de legitimidad, que no contribuían más a la estabilidad, moderación y pacificación de la política regional. Su persistencia sobre la base exclusiva de la coerción y la represión producía el efecto contrario al buscado, cultivaba —e incluso exportaba— la inestabilidad, el radicalismo y la violencia extrema como el 11-S había expuesto. Esta reflexión tuvo un corto recorrido. Más que introducir un giro en la política exterior estadounidense, pareció responder tanto al impacto psicológico y político de los atentados como a legitimar la intervención en Irak. Las grandes proclamas democratizadoras no fueron secundadas. El Great Middle East Project cayó rápidamente en el olvido, sin mayor impulso ni seguimiento. La propia administración Bush moderó el tono discursivo durante su segundo mandato. Los principales detractores de la apertura democrática fueron sus propios aliados, con algunos gestos de cara a la diplomacia internacional, sin poner en riesgo las riendas del control monopolista del poder. Por razones diferentes, ni los poderes locales ni los mundiales mostraron mayor adhesión a una apertura democrática que la nominal: unos porque se aferraban al poder y no estaban dispuestos a ceder cuotas del mismo, ni mucho menos propiciar ningún tipo de alternancia que cancelara sus presidencias vitalicias; y otros porque no estaban dispuestos a asumir los riesgos e incertidumbres de la democratización frente a sus considerables intereses geoestratégicos. El argumento para implantar la democracia en Irak y su expansión regional pareció meramente coyuntural ante el agotado repertorio de acusaciones por falta de credibilidad y pruebas; y solo contribuyó a desprestigiar y «dañar significativamente la política estadounidense de promoción de la democracia»75. 73 Ibid.: 151-168. 74 Rice, 2008. 75 Carothers, 2007.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 341 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe Así se cerraba el ciclo de la posguerra fría o del «momento unipolar»76. En MENA no se había logrado que los regímenes autoritarios aseguraran mayor estabilidad, moderación ni pacificación, tampoco que iniciaran una apertura democrática. Todo mostraba que se volvía a la casilla de salida, previa a la conclusión de la Guerra Fría y al 11-S, con el agravante de una creciente inestabilidad regional, no ajena a las intervenciones militares estadounidenses (Afganistán e Irak). La inercia de su política exterior continuó con la apuesta por la estabilidad del orden injusto frente a la incertidumbre y riesgos que para sus intereses y alianzas geoestratégicas poseía el cambio político. Las viejas autocracias árabes siguieron contando con el imprescindible apoyo externo. paisajes después de la posguerra fría El periodo posterior a la posguerra fría en MENA se ha caracterizado por dos importantes tendencias: una, la erosión de la supremacía estadounidense, junto a la entrada de otras potencias mundiales y ascenso de las regionales en la reconfiguración del equilibrio de poder regional; y dos, el refuerzo del autoritarismo posterior al ciclo de protesta antiautoritario, que retroalimentó la inestabilidad y conflictividad. Debido a la proyección mundial de Washington, el relevo del presidente Bush (2001-2009) por Obama (2009-2017) suscitó numerosas expectativas más allá de las fronteras estadounidenses, también en las sociedades árabes. Consciente de su deteriorada imagen en MENA, Obama transmitió dos mensajes en su discurso en la Universidad de El Cairo (2009): que Estados Unidos no estaba en guerra con el mundo islámico; y que los gobiernos democráticos eran más estables, exitosos y seguros. Sus proclamas se sometieron a la irrupción de las revueltas árabes (20102011), que enfrentó a Washington al siguiente dilema. Por un lado, en el ámbito discursivo, se aceptaba la apertura democrática y se abogaba por una transición «pacífica y ordenada», que propiciara gobiernos más estables e inclusivos de su ciudadanía y diferentes sensibilidades políticas; además de responsables con los compromisos y alianzas adquiridas en el espacio regional e internacional. Por otro, la dimensión que adoptaban las movilizaciones y la represión gubernamental rebasaban las previsiones de 76 Krauthammer, 1990/91.
342 Historia Contemporánea, 2023, 71, 319-353 José Abu-Tarbush mantenerlas bajo ciertos límites y orden. La situación desbordó la zona de control con su rápida propagación desde Túnez a otros países del entorno, que suscitaron posiciones contradictorias con sus propios aliados y entre estos; y se advirtieron serias amenazas a sus intereses geoestratégicos en la región. La respuesta de Washington no fue uniforme, ni coherente77. Dependió de sus lazos geoestratégicos con el país en cuestión. En Túnez, un país pequeño y sin mayor interés geoestratégico, el descabezamiento del régimen y el inicio de una transición pacífica hacia la democracia no amenazaban ni alteraban el equilibrio de poder. Pero este cálculo e implicación fueron diferentes en Egipto por sus vínculos estratégicos, ubicación, Ejército, población y peso regional. Mayor beligerancia mostró en Libia, donde lideró «desde atrás» la intervención de la OTAN, que contrastó con su pasiva connivencia ante la intervención de Arabia Saudí y Emiratos Árabes en Bahréin para sofocar las protestas. Estados a los que también cedió el protagonismo en Yemen, mientras que en Siria se manifestó mucho más contundente y exigente. Este comportamiento estadounidense fue extensivo a otras potencias mundiales y regionales. La Unión Europea tampoco actuó de manera homogénea y coherente con sus propios criterios de Política Exterior y Seguridad Común. Sus Estados siguieron dos pautas de comportamiento habituales: seguimiento de la política exterior de Washington con mayor o menor implicación; y fragmentación en su respuesta, que suele restarle poder e influencia en la escena mundial. Rusia y China vieron con recelos las protestas antiautoritarias en Túnez y preocupación por su creciente dimensión y contagio regional. Si bien aceptaron los hechos consumados en Túnez y luego en Egipto, mostraron serias reservas en el caso de Libia, donde la intervención de la OTAN condicionó su oposición en Siria, con el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para evitar un escenario semejante. Además de la rivalidad entre las grandes potencias mundiales, este rechazo a las intervenciones, bajo cobertura humanitaria, respondía a que violaban la soberanía de un determinado país, buscaban el cambio de régimen, establecían un precedente que podía implementarse en su entorno, y solían provocar el efecto contrario al teóricamente buscado78. Afganistán e Irak ilustraban 77 Manson, 2014. 78 Bricmont, 2008; y Gordon, 2020.
https://doi.org/10.1387/hc.22122 343 Construcción del autoritarismo en el mundo árabe cómo las grandes obras de ingeniería social, de cambio de regímenes políticos y transformación societaria, no conseguían ni lo uno ni lo otro. Las intervenciones militares servían para determinados propósitos (derrocamiento régimen político), pero no obraban milagros (transformación sociedad afgana en una liberal o iraquí en otra confesional y étnicamente homogénea). En su lugar, creaban un vacío de poder, caos y violencia, que empantanaban al país afectado e inestabilizaban a los del entorno. Los acontecimientos posteriores parecieron confirmar estos temores. El propio presidente Obama reconocía que Libia había sido el mayor fiasco de su política exterior por no haber previsto «el día después»79. Junto a estos recelos, Rusia y China poseían también importantes intereses en la región, contrarios a los riesgos y costes de un panorama de inestabilidad y conflictividad. Sus relaciones diplomáticas con los países de MENA se habían ampliado y diversificado. La tradicional animadversión de algunos regímenes árabes, ultraconservadores, anticomunistas y alineados con Washington, había dejado paso a un nuevo entendimiento tras el fin de la confrontación bipolar y sus itinerarios políticos e ideológicos. En algunos aspectos la sintonía era significativa por compartir formas de gobierno autoritario. A diferencia de Washington y Bruselas, Moscú y Pekín no participaban ni jaleaban el discurso de los derechos humanos y la democracia liberal, sino que se centraban en las transacciones económicas y comerciales (compraventa de armas y petróleo, junto a otros bienes y servicios). La inusitada influencia de Rusia y China en muchos países de la periferia del sistema internacional no es ajena a la combinación del exitoso crecimiento económico con el autoritarismo, en detrimento del paradigma que asociaba el éxito de la economía de mercado con la democracia liberal. Un modelo menos atractivo para los autócratas árabes que, si bien han liberalizado sus sistemas económicos, mantienen herméticamente cerrados los políticos. El desencuentro con estas potencias no procedía de reprobar las formas autoritarias de gobierno, sino de la confluencia o no de sus respectivas alianzas estratégicas: en qué países se propiciaba algún tipo de cambio político (no precisamente hacia la democracia) o bien se mantenía el statu quo. A semejanza de Washington, Moscú y Pekín podían coincidir o discrepar con las potencias regionales y Estados locales no tanto por aspectos doctrinales, de principios políticos e ideológicos, como por los derivados de sus diferentes alineamientos e intereses estratégicos. 79 Goldberg, 2016.
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