Las pa trias a usentes
Estudio sobre historia y memoria de
las migraciones ibéricas (1830-1960)
Xoxé M. Núñez Seixas
Las patrias ausentes
Estudios sobre historia y
memoria de las migraciones
ibéricas (1830-1960)
Las patrias ausentes
Estudios sobre historia y
memoria de las migraciones
ibéricas (1830-1960)
Xosé M. Núñez Seixas
Director de la colección : Ciencias Sociales y Humanidades
Javier Moreno Luzón
Consejo científico Antonio
Aparicio Pérez Mª
Begoña Arrúe Ugarte
Isidoro Reguera
Leonardo Romer o T obar
Juan Ignacio Palacio Morena Jaume Rosselló
Manuel Suárez Cortina
Diseño de la colección y de la cubierta: Genueve Ediciones por J. A. Perona
Digitalización: emeaov
© Xosé M. Núñez Seixas, 2014
© de esta edición: Genueve Ediciones
ISBN: 978-84-945814-2-7 (PDF)
ISBN: 978-84-942533-1-7 (RÚSTICA)
D.L. AS 3400-2014
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.14857412
Hecho en España (U.E.) - Made in Spain
NÚÑEZ SEIXA, Xosé M.
Las patrias ausentes: estudios sobre historia y memoria de las migraciones ibéricas
(1830-1960) / Xosé M. Núñez Seixas.– [Oviedo, etc.]: Genueve Ediciones, 2014.
512 p.; 24 cm.– (Ciencias Sociales y Humanidades; 12)
ISBN: 978-84-945814-2-7 (pdf)
ISBN 978-84-942533-1-7 (rústica)
1. Españoles. 2. Gallegos. 3. Emigración e inmigra ción. 4. Historia. 5. España. 6. América
Latina. 7. Siglos XIX-XX. I. Título II. Serie.
314.743 (460) “18/19”
JFFN – IBIC 1.1
1DSE – IBIC 1.1
1KL – IBIC 1.1 3JH
– IBIC 1.1
3JK – IBIC 1.1
Esta obra ha sido sometida a evaluación externa, aprobada por el Consejo Científico y
ratificada por el Comité Editorial de acuerdo con el Reglamento de GENUEVE EDICIONES.
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Prólogo
9
El libro que el lector tiene entr e sus manos reúne tr ece estudios so-
bre las migraciones, de España en general y de Galicia en particular , a
las Améric as ibéric as. S u autor , Xosé Manoel Núñez Seixas, uno de los
más destacados histor iador es contemporaneístas europeos de su genera-
ción, nos advier te que fueron escritos en distintos momentos (en un marco
temporal más que decenal) y que por lo tanto no todas las perspectivas
propuestas en los distintos artículos son coincidentes. Justa obser vación,
los historiadores que escriben la histor ia están también en ella y por ende
sus miradas cambian a lo largo del tiempo al igual que las de la histor io-
grafía toda, que si no es una pura entelequia es la suma de personas en
movimiento intelectual que se dedican a esa profesión. En este sentido ,
el libro podría haberse llamado también «de la memoria a la histor ia de
las migraciones», ya que el autor (en especial si contemplamos su obra
en una perspectiva temporal más larga) parece haber ido desplazándo-
se del terreno del «nosotr os» memorial al del los «otros» historiográfico
o , en otros términos, del obser vador participante a ras del suelo a aquel
que mira desde lo alto de una colina el vasto terreno sub yacente y busca
comprenderlo , no en la imposibilidad de sus fragmentos inmediatos sino
en un conjunto perceptible solo desde cierta distancia. Desde luego que a
las discordancias temporales podrían agregarse las espaciales: los distintos
trabajos aquí reunidos no fuer on pensados para ser lo , sino que cada uno de
ello fue realizado para un contexto académico específico .
16
Xosé M. Núñez Seix as
II I. S obre la emig ración gallega en Latinoamér ic a ....................................... 307
10. Un panorama social de la inmigración gallega en
Buenos Aires, 1750-1930 ............................................................................ 307
11. Redes sociales y asociacionismo: las «parroquias»
gallegas de Buenos Aires (1904-1936) ........................................................ 335
12. Inmigrantes gallegos en Cuba: Algunas notas sobre
política y asociacionismo (1898-1936) ........................................................ 361
13. P eriodismo, patriotismo «regional» y estrategias de
liderazgo: F ortunato Cr uces, José R . L ence y los gallegos
de Buenos Aires (1900-1936) ..................................................................... 413
Bibliog rafía ................................................................................................ 453
17
Procedencia de los textos
1.º «La histor iograf ía de las migraciones ultramar inas españolas: Una visión global»,
publicado en por tugués en Mar acanan , Rio de Janeiro , 6 (2010), pp. 11-45.
2.º «¿Cartas sin respuesta? La fuente epistolar y los desafíos de la historia de la emi-
gración», publicado en gallego en X. M. Núñez Seixas y D. Gonz ález L opo (eds.),
Amar ras de tint a. Emig r ación t r ansoceánica e escrita p opular na P enínsula I bérica, sé-
culos XIX-X X , S antiago de Compostela: Consello da Cultura Galega, 2011, pp. 19-
52, y en inglés [versión más reducida] en Anuár io do Centro de Estudos de História
do Atlântico , F unchal (Madeira), 2 (2010), pp . 834-48.
3.º «Remesas visibles e invisibles: La emigración transoceánica de retorno y sus efectos
en las sociedades ibéric as, 1850-1950», publicado en inglés en P r zeglad Po loni-
jny , Cracovia, V ol. 31:1 (2005), pp . 117-42 [número monográfico: P apers present ed
during the Session ST 19 th of the X Xth International Cong ress of Hist orical Sciences,
Sydney 2005 , editado por Adam W alasz ek].
4.º «Modelos de liderazgo en comunidades emigr adas. Algunas reflexiones a par tir de
los españoles en Améric a (1870-1940)», public ado en Alicia Bernasconi y Carina
F r id (eds.), De Europa a las A méricas. Dirigentes y lider azgos (1880-1960), Buenos
Aires: Biblos, 2006, pp . 17-41.
5.º «Sueños de redención: Liderazgo étnico , exilio político y etnonacionalismo en las
colectividades de emigrantes ibéricos en Améric a Latina (1880-1960)», public ado
en francés en F ernando De voto y P . González-Bernaldo (eds.), Émigration p oliti-
que. Une persp ective comparée. Italiens et Espagnols en Argentine et en Fr ance (XIXe
- X Xe siècles), P ar ís: L ’ Harmattan/Cemla, 2001, pp. 263-94.
18
Xosé M. Núñez Seix as
6.º «El competidor imaginario: los inmigrantes italianos según la colectividad españo-
la de la Argentina (1900-1940)», publicado en Spagna Contempor anea , 23 (2003),
pp . 23-67.
7.º «Españoles y ‘ gallegos’ en la Argentina del I Centenar io», en T omás P érez V ejo
(coord.), Enemigos íntimos. España, lo español y los españoles en la configuración na-
cional hispanoamericana, 1810-1910 , México D. F .: El Colegio de México , 2011,
pp . 273-308.
8.º «Gaitas y tangos: Las fiestas de los inmigrantes gallegos en Buenos Aires (1890-
1930)», publicado en Ayer , 43 (2001), pp . 193-225.
9.º «Una Apro ximación a la imagen social del emigrante retornado de América en
la P enínsula I béric a (siglos xv i-xx)», public ado en Josefina Cuesta Bustillo (ed.),
El retorno . De mig r aciones y exilios , Madr id: F undación L argo Caballer o , 1999, pp .
1-38.
10.º «Un panorama social de la inmigración gallega en Buenos Aires, 1750-1930»,
publicado en R uy F ar ías (comp .), Buenos Aires Galleg a: Inmigración, pasado y pre-
sente , Buenos Aires: Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2007, pp.
25-44.
11.º «Redes sociales y asociacionismo: las «parroquias» gallegas de Buenos Air es
(1904-1936)», publicado en Estudios Interdisciplinarios de A mérica Latina y el Cari-
be , T el-Aviv , 11:1 (2000), 23-44 (versión francesa en Hommes et Migrations , P arís,
1256, juillet-août 2005, pp . 6-24).
12.º «Inmigrantes gallegos en Cuba: Algunas notas sobre política y asociacionismo
(1898-1936)», publicado en P ilar Cagiao V ila y S ergio Guerra V ilabo y (eds.), De
r aíz profunda: Galicia y lo g allego en Cuba , S antiago de Compostela: usc / Xunta de
Galicia, 2007, pp . 89-120.
13.º «P eriodismo , patr iotismo “ regional” y liderazgo étnico: F or tunato Cruces y José
R . L ence», public ado en Marcela Gar cía S ebastiani (ed.), P atr iot as entre naciones.
Élites emigr antes españolas en Argentina (1870-1940) , Madrid: Editorial Complu-
tense, 2010, pp. 273-305.
19
Nota previa
S e r ecogen en este volumen varios trabajos que, dispersos en var ias
revistas y volúmenes colectivos publicados en Europa y América y pu-
blicados entre los finales de la última década del siglo xx y la pr imera
década del siglo xxi, han tenido co mo denominador com ún los estudios
migratorios, y muy en particular la histor ia de las migraciones ibéricas y ,
en especial, las migraciones gallegas a Amér ica entre 1850 y 1960, com-
binándola con una voluntad de r eflexión teór ica y comparativa. P or esa
raz ón, hemos agr upado los textos en torno a tres ejes temáticos. En un
primer gr upo se han seleccionado artículos que versaron sobre la r eflexión
historiográfic a acerca del pasado de las migraciones españolas, los desafíos
teóricos y metodológicos del estudio de las migraciones de retorno en el
contexto ibérico , el uso de la fuente epistolar en los estudios de Histor ia
de las migraciones, y el estudio de las dinámic as asociativas y del liderazgo
étnico en las comunidades de inmigrantes.
En un segundo bloque hemos reunido varios artículos sobre otra preo-
cupación temática que también ha guiado nuestra aproximación a los es-
tudios migratorios: el estudio de las imágenes, los estereotipos y las repr e-
sentaciones de los colectivos migrantes, la interacción entre com unidades
emigrantes en Améric a, par ticularmente la Argentina, y el estudio de sus
manifestaciones grupales como ventana a través de la que obser var la evo-
lución de sus sentimientos identitarios. S e tratan aquí temas como una
comparación de los pro yectos nacionalistas subestatales vasco , c atalán y ga-
20
Xosé M. Núñez Seix as
llego y su reflejo entr e los emigrantes en Améric a Latina; la interacción y
competición simbólica entre los gallegos y españoles (colectivo de fr onteras
diluidas e intercambiables, sobre todo en la Améric a Latina y en el per iodo
considerado), y entre ellos y la sociedad receptora, así como otras comuni-
dades inmigrantes, en la Argentina de entresiglos y del primer tercio del
siglo xx; las manifestaciones simbólic as e identitarias expresadas a través de
las fiestas y la sociabilidad, en el c aso gallego en Buenos Aires; y , finalmente,
la evolución del otro lado del espejo , cuál era la imagen de los emigrantes
y en particular de los retornados en las sociedades de par tida, mediante el
ejemplo de la evolución de la imagen social y literaria de los americanos ,
indianos y br asileiros en la P enínsula I béric a.
En un tercer bloque , centrado en la inmigración gallega en Amér ica
Latina, y siempre con los r efer idos v ectores temáticos como preocupación
fundamental, nos ocupamos de la estr uctura e inserción social del colectiv o
de inmigrantes gallegos en la Argentina en la longue durée ; la reproducción
de laz os y r edes sociales trasplantadas y constr uidas a través de la articula-
ción de espacios asociativos micr oterr itoriales por par te de los gallegos en
Buenos Aires durante el primer tercio del siglo xx; la vinculación entre un
fenómeno similar y las dinámicas de moviliz ación sociopolítica, esta vez
entre los inmigrantes gallegos en Cuba; y , finalmente, un ejercicio de vidas
paralelas entre dos influy entes periodistas de la colectividad inmigrante ga-
laica de Buenos Aires.
L os trabajos aquí agr upados, a pesar de su inicial dispersión temática,
están guiados por un enfoque centrado en la historia sociocultural y polític a
del fenómeno migratorio , la preocupación por abrir vías complementar ias
a las visiones tradicionalmente dominantes (de índole demográfica y cuan-
titativa) dentro de los estudios migratorios, y la consideración del hecho
migratorio , como afirmaba Rober t Merton (1970) en la senda de Marcel
Mauss, como un «hecho social total», un momento caleidoscópico en el que
el desplazamiento de los colectivos humanos permite apreciar mejor m u-
chas de las dinámicas sociales, gr upales e identitarias mediante un enfoque
que combine lo local con lo global, la micr ohistoria con la reflexión teórica.
De ahí que nos interesemos por el estudio de las colectividades emigrantes
21
Las patr ias ausentes
en sí mismas, por sus dinámic as asociativas, por la conformación de un
espacio de interacción social y de repr oducción de imaginarios culturales,
tanto hacia dentro como hacia fuera; en relación con sus ámbitos sociales
de origen, la sociedad de destino en la que se inser tan y los distintos gru-
pos étnicos y nacionalidades con que entr aron en contacto y/o conflicto en
sociedades de inmigración masiva. Y también que situemos en el centr o de
nuestra atención a los migrantes individuales y sus estrategias, que están
detrás del hecho migratorio , tanto co mo a las élites emigrantes que fueron
cruciales en el proceso de definición de los imaginarios que definieron las
fronteras de las colectividades inmigrantes, sus intereses y sus cosmovi-
siones. L os textos han sido sometidos a una revisión estilístic a, además de
traducir al castellano los public ados originalmente en otras lenguas; se han
intentado evitar igualmente las redundancias abusivas, y en algunos c asos
se ha procedido a una ligera actualizació n bibliográfica. S in embargo , cada
uno de ellos respondía a las opiniones del autor , y al estado de la histo-
riografía migratoria de c ada momento , por lo que una revisión exhaustiva
habría supuesto , en la práctic a, escr ibirlos de nue vo .
A lo largo de cuatro lustr os han sido muchas las personas, tanto en Euro-
pa como en Améric a, que han contr ibuido a enriquecer y ampliar mi pers-
pectiva de análisis, y que me han ayudado , con sus consejos, su magisterio o
su amistad a abrir puer tas mentales y a ampliar los horiz ontes de compren-
sión de un hecho fundamental, aparentemente simple pero pr ofundamente
complejo: por qué se mueve la gente, por qué unas personas deciden o se
ven impelidas a abandonar los lugar es en que han crecido y a los que se
sienten vinculadas afectivamente, y se desplazan a vivir y trabajar , a estable-
cer nuevos vínculos y a sufrir toda la vida de nostalgias y saudades en otro
lugar . Conocer emigrantes de c arne y hueso , con sus vivencias y sus repr e-
sentaciones, durante mis numerosas estancias en Argentina, pero también
en Montevideo , S âo P aulo o Nueva Y ork, me ha ser vido tanto o más para
apro ximarme a la historia de las migraciones que miles de páginas escr itas
por especialistas, obser vadores y protagonistas de las migraciones. Gracias a
ellos, también, puedo considerar que algunos de esos lugares, y en particular
Buenos Aires, han sido y siguen siendo una segunda casa para mí.
22
Xosé M. Núñez Seix as
Entre los numer osos colegas cuya amistad, cr ítica e intercambio intelec-
tual me ha honrado y enriquecido en el plano ac adémico y personal durante
todos estos años, quiero mencionar aquí de modo especial a Óscar Ál varez
Gila, Alicia Bernasconi, Pilar Cagiao , L uis Cortese, M.ª Liliana Da Orden,
Na dia de Cr istóforis, F ernando De voto , Ángel D uar te, Alejandro E. F er-
nández, Car ina F rid, Marcela Gar cía S ebastiani, P ilar González-Bernaldo ,
Marcelino I riani, José C. Moya, Hernán O ter o , V icente P eña, Matteo S an-
filippo , Alexandre V áz quez (+), R amón V illares y Adam W alasz ek. L as ta-
reas compartidas del Arquivo da Emigración Galega (Consello da Cultura
Galega, S antiago de Compostela), así como de la redacción de las revistas
Estudios Mig r atorios Latinoamer icanos (Buenos Air es) y de Estudos Mig r a-
t or ios (Santiago de Compostela) han sido igualmente una fuente constante
de aprendizaje. E, igualmente, mis antiguos doctorandos galaicos y galai-
co-americ anos Eric a Sarmiento , R uy F ar ías, Anxo Lugilde y R aúl Soutelo
me han aportado a través de sus respectivos trabajos e inv estigaciones, de
sus inquietudes y de sus comentarios cr íticos importantes vías de reflexión
e intercambio intelectual, aderezados con algún que otro cocido o asadit o
transatlántico y más de un –casi siempre– amable apremio a avanzar en sus
tesis. Estos trabajos también deben mucho a todos ellos, generación tran-
soceánica de histor iadores que toma el r elevo .
F inalmente, deseo manifestar mi sincera gratitud a la editor ial Genueve
por acoger este pro yecto de libr o , en unos tiempos poco dados a la líric a
y sí mucho a la migración, a los anónimos evaluadores del manuscrito por
sus útiles obser vaciones, y al profesor Javier Moreno Luzón por su interés
en que esta publicación saliese adelante. G ustavo Her vella y M.ª Xesús
Martínez prestaron una inestimable ayuda en las traducciones del francés,
del gallego y del portugués, revisaron el manuscrito y homogeneiz ar on la
bibliografía. Error es u omisiones son, como es natural, únicamente achac a-
bles a mis propias limitacio nes.
Os Ánxeles (Brión), mayo de 2012, y S tockdorf (Baviera), enero de 2013.
23
I. T eoría, historiografía y com paración
1.- L A HISTORIOGRAFÍA DE LAS MIGRACIONES UL TRAMARINAS ESP AÑOLAS :
U NA VISIÓN GLOB AL
El objetivo de este artículo no es lle var a cabo un análisis exhaustivo
de todas y cada una de las monografías sobr e tema migrator io , y par ti-
cularmente sobre emigración ultramarina, aparecidas en la historiografía
española en los últimos años. T ampoco lo es ofrecer un r ecuento porme-
noriz ado de novedades y aportacio nes bibliográficas, entre otras razones
porque la extr emada dispersión regional imperante en la historiografía ibé-
ric a (no solo española, sino también por tuguesa) hace tal empresa virtual-
mente irrealizable. P or el contrario , nos proponemos analizar algunas de las
principales tendencias obser vables en la histor iograf ía sobre migraciones
hispánicas hacia Amér ica a lo largo de la última déc ada, y en la medida de
lo posible situar las en el contexto más global de los estudios migratorios. 1
Cabe advertir de entrada un hecho obvio: los estudios migratorios en
España no constituyen un oasis o un compartimento estanco y aislado de
la evolución y de las tendencias imperantes en el conjunto de la historio-
grafía ibérica reciente. Muchas de las caracter ísticas definitor ias, inter-
pretaciones y lagunas detectables en la historiografía migratoria también
son atribuibles o achac ables a la may or par te de la historiografía (y otras
1 P a ra un análisis del estado de la cuestión hasta la última década del siglo xx, vid. Núñez
Seixas, 2001 b : 269-295.
24
Xosé M. Núñez Seix as
ciencias sociales) españolas. S e ha señalado acer tadamente que , además
del peso de la pobre her encia intelectual y universitaria del franquismo , la
historiografía española adolece de algunos defectos estructurales que no
invitan a la innovación. Entre ellos destacar ían la obsesión por las cele-
braciones y aniversarios, la permanente seducción de los c antos de sirena
de los poderes locales, y la relativa escasez de plataformas de discusión
regular es (Casanova, 1991: 164-66). Como resultado de ello , y de la per-
manente miopía teóric a de la formación de la may or ía de los historiado-
res españoles hasta fechas r ecientes, la histor iografía hispánica, de modo
desigual según los ámbitos temáticos y con cierto retraso la mayoría de
las veces, sigue siendo deudora de tendencias impor tadas de otras histo-
riografías europeas.
Este fenómeno es tanto más apreciable cuanto que los estudios migra-
torios, como campo interdisciplinar en el que pueden confluir enfoques
propios de la Historia S ocial y P olític a, de la Histor ia Económica, de la
Antropología Social, de la Sociología y de la Demografía (históric a o
no), están poco consolidados y aún c arecen de una «mar ca de fábr ica»,
de una etiqueta definitoria dentro del mundo académico español. Con la
relativa excepción de algunos núcleos r egionales o autonómicos, se puede
afirmar que a los estudios migratorios se les puede aplic ar la conocida
metáfora de las «mesas separadas» ( separ ate t ables) que utilizan los poli-
tólogos norteamer icanos. 2 Demógrafos, historiadores económicos, histo-
riadores sociales y políticos, sociólogos y antropólogos estudian el tema
migratorio , sí, pero con escasa conexión entre ellos. Inc luso dentro de la
cor poración de los historiadores se puede afirmar que entr e modernistas y
contemporáneos el divor cio y la ignorancia mutua tienden a pr edominar
sobre la colaboración o el enriquecimiento r ecíproco nacido del contras-
te de perspectivas. L o mismo ocurre entre metodologías cuantitativas y
metodologías que ponen el énfasis en el análisis cualitativo , entre quienes
desprecian lo no numéricamente cuantific able y quienes ignoran las va-
riables cuantitativas.
2 La metáfora, aplicada al ámbito de la ciencia política, proviene como es sabido de G.
Almond (1988).
25
Las patr ias ausentes
Algo semejante acaece, con no demasia das excepciones, entre los his-
toriadores contemporáneos y los hispanoameric anistas, cuyas perspectivas
de análisis e interrogantes no siempr e coinciden con los de los dos grupos
anteriores. Y lo mismo ocurr e a menudo a la hora de considerar no ya divi-
siones entre épocas, sino inc luso entre campos temáticos. Unos se ocupan
sobre todo de la ecuación entr e población y recursos y se inter esan funda-
mentalmente por los factores de salida o de expulsión. Otros se centran en
el análisis de estadísticas de entradas y salidas de pasajeros por mar . O tros
más se ocupan prefer entemente de las dinámicas sociales de inserción so-
ciolaboral en los países de acogida mediante métodos cuantitativos y/o cua-
litativos. En fin, también hay histor iadores que pr efieren convertir en el
objeto de su análisis las formas de articulación comunitaria y asociativa de
los emigrantes, o su impronta colectiva e individual en la sociedad de ori-
gen. P ocos, en cambio , son c apaces de combinar todos los aportes de modo
auténticamente interdisciplinario y transtemático . Es más, podríamos decir
que se yergue una suerte de barrera invisible entr e los especialistas en exilio
y los especialistas en emigración. Q uienes se dedican al estudio del exilio
republicano de 1939, quiz ás influidos por el predominio casi aplastante de
las perspectivas típicas de la histor ia de la literatura en ese campo , apenas
tienen en cuenta los debates que se plantean en el campo de los estudios
migratorios de índole histor iográfica o sociológic a, y rara vez se preguntan
por la interrelació n existente entre inmigrantes «económicos» y exiliados, y
por las diferencias igualmente existentes entr e ambos grupos. 3
Como ya es conocido , con anter ioridad al año 1992 –gran efeméride
del Q uinto Centenar io del descubrimiento de Amér ica– el retraso de la
historiografía y de los estudios migratorios hispanos dentro del contexto
internacional era evidente. S e trataba de una historiografía caracter izada
por un marcado positivismo , un gran peso del que podríamos denominar
«paradigma hispanoameric anista tradicional» y la falta tanto de carácter in-
terdisciplinario como también de diálogo comparativo con otras historio-
3 L os historiadores mexicanos que se han ocupado de esta cuestión profundizaron mucho más
en ese aspecto , a lo que ha ayudado la mayor y mejor disponibilidad de fuentes nominativas
sobre el exilio en ese país. Vid. P la Brugat (1994, 1999, 2007) y Lida (1997). Igualmente,
para un ensayo de tipología de los emigrantes y de los exiliados, Núñez S eixas (2006).
32
Xosé M. Núñez Seix as
A ún queda mucho camino por recorrer hacia una cierta concordancia de
criter ios y búsqueda de un mínimo denominador común de inter eses entre ,
por un lado , la historiografía del exilio , y , por otro lado , los estudios migra-
torios de índole histor iográfica. Eso inc luy e la divergencia entre enfoques
más centrados en la historia social y polític a, las perspectivas de análisis so-
ciológico y antropológico , también preponderantes en el estudio de las mi-
graciones europeas (y de la inmigració n en España), y las aproximaciones
que abordan ante todo la pr oducción literaria sobre el exilio . Estos últimos
privilegian, por supuesto , el estudio de la opinión publicada y de las mi-
norías de exiliados (intelectuales, ar tistas y pr ofesionales) que adquirieron
renombr e en actividades ar tísticas y creativas, además de la descr ipción (y
a veces análisis) de las actividades polític as de los exiliados comprometidos
con sus partidos y organiz aciones. S u pro yección al conjunto de estudios
históricos sobre el exilio lleva igualmente a la preponderancia de lo que
podríamos denominar un paradigma de empatía emocional con el objeto
de estudio , que se traduce frecuentemente en la r eproducción de biogra-
fías o pr osopografías her oicas. L a r econstr ucción acrítica de la memor ia de
los exiliados y su pr oducción escr ita, o de sus biografías individualizadas,
continúa predominando sobr e el análisis de sus trayectorias sociales, de su
inserció n socioprofesional o su experiencia colectiva. 10
Ciertamente, algunos de los fr utos positivos de la cosecha de 1992, y
que llegaron a su maduración a media dos de la déc ada de los nov enta, no
han tenido mucha continuidad. T ras la public ación de su tesis doctoral en
1995, por ejemplo , autores como S ánchez Alonso han tar dado en profun-
dizar más o en diversificar sus intereses y producción científica en el tema
migratorio (S ánchez Alonso 1995, 2000). El relativo distanciamiento por
parte de autores como el historiador chileno , radic ado en Barcelona, Cé-
sar Y áñez Gallardo , quien cultivó inicialmente la perspectiva macro y el
enfoque estadístico , para pasar a continuación a un fr uctífer o enfoque
mixto que combina, en nuestra opinión, numerosas ventajas de ambas
perspectivas, también parecían ahondar en esta direción ( Y áñez 1992,
1994, 1995, 1996).
10 P ara una panorámica historiográfic a hasta 2001, vid. P la Br ugat (2002).
33
Las patr ias ausentes
Con ello , los enfoques globales sobre la emigración española a ultramar
han perdido peso , mientras parecían ganar lo , curiosamente, en la investiga-
ción extrahispánica sobre migrantes españoles en Améric a o en otros países,
generalmente favor ecida por la concentración del esfuerz o investigador y del
objeto de estudio en la inmigración española en un determinado punto de
destino . Así lo confirman las contr ibucio nes de investigadores ya consolida-
dos, como José C. Moya, Alejandro F ernández o M.ª Liliana Da O rden en
Argentina; de Clara Lida, M. Cer utti, T omás P érez V ejo y otros autores en
México; de Mar ília Klaumann de Cánovas en Brasil, o de Carmen Noram-
buena en Chile; además de la emergencia de algunos nue vos autor es y obras
que vienen a completar algunos vacíos temáticos en los países de destino ,
como puede ser en el caso de Costa Ric a, V enezuela, Colombia o P erú. 11
El enfoque micro o preferentemente r egional, o bien concentrado en
un grupo étnico no-estatal, también se ha abier to paso en la investigación
históric a de los países receptor es. L o muestran c laramente , por ejemplo ,
las monografías sobr e los vascos en diversos países, comenz ando por Ar-
gentina, pero también las varias contr ibuciones sobre inmigrantes gallegos
(en Argentina, Uruguay o Brasil), o c atalanes en varios destinos. 12 Las
escasas contr ibuciones que desde la historiografía hispánica se han cen-
trado en el colectivo inmigrante español (en sentido genérico) hacia algún
país de acogida aparecerán, con alguna y notoria excepción, 13 en los años
noventa. P ero no siempr e han tenido en cuenta los aportes de la histor io-
grafía sobr e temática migrator ia de los países que estudiaban, ni siquiera
en el caso de volúmenes consagrados al estudio de la inmigración española
en los Estados Unidos. 14
11 V id., sin ser exhaustivos: Moya, 1998; F ernández y Moya, 1999; Zubillaga (1997, 1998);
O yamburu (1997); F austo (2000); VV . AA. (1994, 2002); V ejarano Alvarado, Martínez
Gorroño y Ho yos Uribe (2004).
12 Vid. por ejemplo Iriani (2000) y Núñez Seixas (2001a). No contamos aquí los diversos
estudios sobre colectivos de inmigrantes españoles r ealizados por histor iador es brasileños,
argentinos, ur uguay os, mexic anos, etcétera, de Car los Zubillaga sobre la presencia gallega
en Uruguay de Rosario S. Albán sobre los gallegos en Bahía (Brasil) de Marília K laumann
sobre los españoles en Sâo P aulo y un largo etcétera.
13 P or ejemplo S ánchez Alonso (1992).
14 P r ueba de esto es la mirada positivista de Rueda (1993).
34
Xosé M. Núñez Seix as
A partir de la segunda mitad de los años noventa, sin embargo , parece
que nos hallamos ante la consolidación relativa, no tanto de una única es-
cuela migratoria hispánic a, sino de var ios focos o núcleos regionales/auto-
nómicos que se han centrado en el estudio de la emigración ultramarina, y
en parte europea e interior , en sus respectivas r egiones, y asimismo han lle-
vado a cabo algunos esfuer zos para inser tarse en un marco general de aná-
lisis más amplio . Nos r efer imos, en primer lugar , a las consolidadas escuelas
canar ia y gallega. Junto a ellas, se mantiene un cierto nivel de producción y
debate en Asturias y en el P aís V asco , y tímidos, c asi balbuceantes intentos
de otorgar entidad al tema migratorio en otras z onas. T al puede ser el c aso
de las Islas Baleares (Buades i Cr espí 1995; VV . AA. 1991) donde la con-
tribución más interesante hasta ahora ha venido de Argentina. 15
a ) El núc leo canar io , a par tir de los primeros estudios de Julio Hernán-
dez García en las décadas de 1970 y 1980 (Hernández García 1981, 1982;
Hernández González 1995, 1996), está representado , pr incipalmente, por
las numerosas aportaciones –infelizmente, muy dispersas en forma de ar-
tículos y contribuciones a congresos– del historiador eco nómico Antonio
Macías y su escuela (Macías Hernández 1992). 16 Esta escuela se ha cen-
trado fundamentalmente en el estudio de la emigración canar ia a Cuba y
V enezuela en los siglos xix y xx, abarcando tanto la salida como el viaje,
la inserció n sociolaboral en los puntos de destino y , en menor medida, el
retorno de la emigración. Dominada por un enfoque de historia económic a,
con especial predilección por el estudio de contingentes y r emesas, en este
caso con amplio e imaginativo uso de fuentes fiscales (Carnero L orenzo
1991; Carnero L orenzo y Núez Y áñez 2006), y que hacían depender los
factores de salida, sobre todo , de las oscilaciones del mercado de trabajo y
del diferencial de salarios, se aprecia en este núc leo una pr ogresiva apertura
hacia enfoques más individualistas y centrados en el estudio y análisis de
estrategias familiares y com unitarias, así como de las redes micr osociales
( Y anes 2010, 2012).
15 Cf. por ejemplo Jofre Cabello (1997), así como algunos trabajos posteriores de esta misma
autora.
16 V id. también las actas de los diversos Coloquios de Hist oria Canar io-Americana , editados por
el Cabildo Insular de Gran Canaria.
35
Las patr ias ausentes
b ) El núc leo gallego , repartido entre las tr es universidades del país
(S antiago de Compostela, V igo y A Coruña), es quizás el que presenta
una mayor variedad temática, pues entre sus integrantes hay sociólogos,
antropólogos, historiadores de la educa ción, historiadores económicos,
demógrafos, modernistas, contempor aneístas, latinoameric anistas e his-
toriadores de la literatura (gallega y española). Detrás de la proliferación
de estudios sobre migración en la Galicia de la década de 1990 estaba sin
duda el hecho de que prácticamente en ningún terr itorio de la P enínsula
I bér ica la emigración y sus consecuencias han adquirido un peso tan de-
terminante en la evolución económica, social, política y cultural global, en
un continuum que va desde las migraciones peninsular es de los siglos xv ii
y xv iii hasta las transoceánicas del x viii, xix y xx. En sucesivas oleadas
que llegaron hasta la década de 1960, esas migraciones alc anzaran diferen-
tes destinos (Argentina, Brasil, Uruguay , Cuba, México , E E.UU ., Canadá,
V enezuela, Europa central, Australia, inc luso algunos puntos de Áfric a),
y cuyas consecuencias sociopolíticas y económic as siguen siendo percep-
tibles en la actualidad, como lo dem uestra el influjo electoral de más de
trescientos mil v otantes gallegos censados en el exter ior (Lugilde 2007,
2011). Además, el hecho de que Buenos Aires fuese la ciudad donde se
concentró gran parte del exilio nacionalista y republicano gallego y la ca -
pital de la Galicia libre durante la larga noche del franquismo , o que buena
parte de los movimientos sociopolíticos renovadores a lo largo del siglo xx
a través de las com unidades de migrantes gallegos en las Amér icas, han
convertido la emigración en un fa ctor omnipresente. No hay dimensión
de la historia económic a, social, cultural y política de Galicia en el que
no haya inter venido de modo dir ecto o indirecto la emigración, desde la
evolución de las estr ucturas agrarias hasta el desarrollo de los movimientos
sociales renovador es (el agrarismo o el movimiento obrero) o del naciona-
lismo gallego . A ello se añade, ob viamente, la refer ida institucionalización
de los estudios migratorios, así como el aumento de la cantidad y c alidad
de las fuentes disponibles. 17
17 En especial publicística y prensa emigrante, gracias a la c atalogación de los fondos de
la Biblioteca Amér ica de la Biblioteca Universitaria de S antiago de Compostela, la
microfilmación de fondos de sociedades gallegas y la adquisición de bases de datos de los
36
Xosé M. Núñez Seix as
Igualmente, en el caso gallego también ha inter venido otro factor: el
interés del Gobierno autónomo en primer lugar , pero también de otros
agentes sociales y políticos, sobre todo la iz quier da nacionalista y sindical,
en sostener la memoria de la emigració n (con diferentes modulaciones e
implicaciones) y en crear de ella div ersos mitos con interpretaciones con-
trapuestas (Núñez Seixas 2002 a ). Esto , que constituye una ventaja, también
entraña sus riesgos: el peligro de pr oducir en exceso para un mercado local
e institucional que necesita mitos y reafirmación, pero que «devora» histo-
riadores con sentido crítico y propicia, sobre todo , la falta de discusión y un
cierto ombliguismo histor iográfico .
A unque la dispar idad de interpretaciones y enfoques repr oduce a es-
cala mesoterr itorial el fenómeno de las separat e tables ya reseñado para
el caso español global, en general podemos afirmar que se dispone de
estudios satisfactorios, y en algunos casos exhaustivos, sobre los factor es
de salida ( push ) y sobre las condiciones del transporte en la época de la
emigración ultramarina masiva, 18 así como sobre la obra socioeducativa
de los emigrantes a Améric a (P eña S aavedra 1991), 19 la integración de
los gallegos en países como Uruguay , México o P uerto Rico , y en con-
textos urbanos específicos como el sur del Gran Buenos Aires o la ciu-
dad de Rio de Janeiro , 20 las dinámicas del asociacionismo emigrante, o
las consecuencias sociopolíticas de la emigración, así como abundantes
calas sobre las migraciones de la Edad Moderna, peninsulares o ultrama-
rinas, 21 una respetable cantidad de estudios loc alizados sobre emigran-
tes gallegos en los más diversos puntos de Améric a, cuya enumeración
ahorramos, e incipientes visiones sintétic as sobre la inmigración gallega
países receptor es, par ticularmente de la Argentina.
18 Además de sus abundantes artículos, vid. la completa tesis de doctorado del recientemente
fallecido A. V áz quez González (2000). T ambién es de interés Rodríguez Galdo (1993).
19 Algunas obras posteriores, como las de X. M. Malheiro (2005, 2006), no añaden sino detalles
y rendimientos decr ecientes a lo ya señalado por otros autores en la década de 1990.
20 V id. la tesis de doctorado , aún inédita, de P . Cagiao V ila (1990). T ambién, Villaverde (2001,
2003). S obre la inmigración gallega en Puerto Rico vid. V illa Álvarez (2000). Igualmente,
los estudios de E. S armiento (2006 a , 2006 b ) y F arías (2010).
21 V id. los diversos volúmenes recompilados por A. Eiras Roel (1991, 1992 a ; Eiras Roel y Rey
Castelao 1994).
37
Las patr ias ausentes
en el país que acogió un mayor númer o de inmigrantes, la Argentina,
contando con contribuciones de histor iador es tanto de Galicia como del
país austral (F ar ías 2007). P or el contrario , todavía faltan investigaciones
solventes sobre la importante presencia gallega en países como V enezue-
la. Igualmente, la diversidad temátic a es amplia, inc luyendo desde aspec-
tos sociopolíticos hasta culturales y literarios (Núñez Seixas 1992, 1998 a ,
2002 b ; L ojo , G uidotti de Sánchez y F arías 2008), pasando por el abordaje
de la relación entr e género y emigr ación (Cagiao V ila 1997; Hernández
Borge y González L opo 2008; Liñares Giraut 2009). P osiblemente, y
fuera de alguna síntesis de divulgación, todavía estamos faltos de visiones
definitivas de conjunto , dada la rapidez con la que están e volucionando
nuestros conocimientos, y la diversidad de enfoques que se están consoli-
dando en el estudio de las migraciones gallegas ( V illares P az y F ernández
S antiago 1996).
c ) El núc leo asturiano parece estar en vías de superar el cierto reflu-
jo obser vable a mediados de la déc ada de los noventa, tras los estudios,
algunos de ellos ya c lásicos, que proporcionan una apr eciable imagen de
conjunto de la emigración asturiana a Amér ica, sobre todo por parte de Ra-
fael Anes (1993), o Jesús Jerónimo Rodr íguez Gonz ález (1992), así como
otros trabajos r ealizados en los últimos años. Dentro de estos son dignos de
mencionar las afortunadas incursiones en tema migrator io de historiadores
especializados en histor ia social de la región (burguesía, vida cotidiana y
movimiento obrer o), como F rancisco Erice, quien ha abordado el estudio
de la colectividad asturiana de Cuba y el impacto de los indianos en la
sociedad de origen después de 1898; o , en menor medida, el antropólogo
Juaco L ópez Álvarez sobre el asociacionismo asturiano en aquella isla. L a
más que incipiente diversificación temática parece orientarse preferente-
mente hacia la explotación de ricos fondos epistolares y fotográficos priva-
dos (L ópez Álvarez 2000 b ; Erice 1996, 1999).
d ) El núc leo vasco-navarro vuelve a adquirir un peso considerable, en
torno a varios histor iadores americanistas procedentes de la Universidad
del P aís V asco , en par ticular del pr ofesor Ósc ar Álvarez Gila y su incipiente
escuela, pero también de otros autor es como Alber to Angulo , Ana Z aba-
38
Xosé M. Núñez Seix as
lla o Jon Ander Martínez (Ál varez Gila 2005 a ). Este foco historiográfico
muestra igualmente una considerable div ersidad temátic a, desde la emigra-
ción vasca en la Edad Moderna hacia Amér ica hasta las migraciones inte-
riores de navarros y vascos a la P enínsula I bér ica, pasando por temas como
la participación vasc a en la Iglesia americ ana, el influjo del nacionalismo
vasco en las colectividades emigradas de Améric a, o las fiestas comunitarias
de los vascos del Oeste de los Estados Unidos. T ambién demuestra una no-
table preocupación por el enriquecimiento de los enfoques metodológicos y
teóricos, manifiesta en el estudio de las estrategias de los actores individua-
les y de los grupos familiares, la constr ucción de imaginarios simbólicos,
rituales y conmemoraciones por par te de las comunidades de emigrantes
vascos, y un largo etcétera.
A ello se sumó el hecho de que, siendo el territor io vasco del lado fran-
cés un área de fuerte emigración a Amér ic a, tanto del Norte como del S ur ,
el caso vasco se convier te en uno de los mejores laboratorios europeos para
investigar las dinámicas transfronteriz as de las migraciones ultramarinas,
los mecanismos de transmisión de la informa ción y la ar ticulación de ca-
denas migratorias a ambos lados de una frontera estatal. 22 S e complementa
así la preponderante atención, más desde el ámbito extraacadémico que
desde el académico , que se otorgaba al tema del exilio vasco (republicano
y nacionalista) de la guerra civil, cuestión esta sobre la que todavía mucho
camino por recorrer . 23
e ) Otros núc leos historiográficos regionales par ecen hallarse en franc a
retirada, como el catalán, otrora más activo (con calas e incursiones locales
sobre el tema de las r emesas, el impacto de los «indianos» en algunas co-
marcas, la ar ticulación de las com unidades catalanas en Améric a, las redes
22 Sobre este tema, y en referencia a las fiestas vascas de los E E. UU ., debe destac arse el original
trabajo de K. F ernández de Larrinoa (1992). Igualmente, vid. Alonso y Oiar zabal (2010) y
Oiarz abal y Oiarzabal (2005).
23 P ara una panorámica, vid. (sin ser exhaustivos): Azcona Pastor (1992); Escobedo (1996 a ,
1996 b ); F ernández de P inedo (1993), así como las síntesis regionales, todavía con el influjo
de las conmemoraciones de 1992, de Gallego et al. (1992: 293-455); Ruiz de Azúa (1992:
265-339). Una síntesis bien actualiz ada en Álvarez Gila (2005 b ). Informativo , aunque
escasamente or iginal y desconocedor de todo lo que no sea el ámbito historiográfico vasco-
navarro , y excesivamente subjetivo en sus valoraciones, vid. también Az cona P astor (2011).
39
Las patr ias ausentes
comerciales de los catalanes en Cuba, etcétera). P or el contrario , las apor-
taciones de mayor inter és desde las décadas finales del siglo xx pr ovienen
en su mayoría de historiadores ra dicados en puntos de destino de la emi-
gración catalana, como México o Argentina. 24 T ambién es de señalar una
importante producción historiográfic a sobre el exilio catalán en general
y catalanista en par ticular , aunque muy centrada en los acontecimientos
políticos desde una óptica descr iptiva (Morales Monto ya 2008). Alguna
monografía publicada a fines de los años noventa sugier e que algo quedó
de aquel fermento historiográfico (Costa 1999).
Un núc leo de relativa pujanza, aunque de dimensiones reducidas, es
igualmente el de Cantabria, sobre todo gracias a los trabajos de Consuelo
S oldevilla sobre emigración santanderina a Améric a, fr uto en buena par-
te de la regionalización de la investigación histórica antes aludida, y que
presentan una cuidada elaboración de fuentes de div ersa naturalez a, desde
padrones m unicipales hasta testimonios orales. 25 Algo parecido se podría
afirmar del núc leo mur ciano , si bien este último presenta la particular idad
de dedicar una mayor atención a los destinos prefer entes de la emigración
levantina en los siglos xix y xx, de haber abordado la emigración r egional
hacia el Norte de Áfric a y , a par tir de ese ejemplo , la emigración española
al norte del continente afr icano en una significativa síntesis ( V ilar 1992).
f ) Desde mediados de la primera déc ada del siglo xxi destaca la emer-
gencia relativa de dos núcleos de investigacio nes r egionales muy activos. P or
un lado , el ar ticulado por varias iniciativas en la provincia de Zamora y que
pretende la r ecuperación de la memoria de la emigración ultramar ina de
esa provincia a América, de dimensiones impor tantes en algunas de sus co-
marcas y con un modelo de difusión y destinos muy semejantes a los de la
vecina Galicia. En buena par te , ha sido el interés de varios investigador es
de los países de destino lo que ha contribuido a renovar nuestra visión de la
emigración ultramarina en esa región (Blanco Rodríguez 2003, 2005). P or
otro lado , el renovado interés por las migraciones ultramarinas desde Ara-
24 V id. por ejemplo el volumen colectivo de F ernández y Dalla Cor te (1998); o los diversos
trabajos de Alejandro F ernánde z (F ernández 2004).
25 V id. por ejemplo S oldevilla Or ia (1992, 1997).
40
Xosé M. Núñez Seix as
gón, donde se registró una significativa emigración a Argentina, aunque más
minoritar ia en relación a otras r egio nes y países de España, y que son estu-
diadas desde una óptica propia de la historia económic a, co n la combinación
de enfoques macro y micr o (F ernández Clemente y Pinilla Navarro 2003).
De manera subsidiaria, en otras regiones, como La Rioja, se ha promo-
vido , con desigual suer te, el estudio loc al de las dinámicas migrator ias en
dirección a América, lo que ha dado lugar a monografías diversas de valor
principalmente descr iptivo . L o que muestra que, en el fondo , en buena par-
te de la historiografía española, el tema migrator io continúa dependiendo
de los condicionantes heredados de las co nmemoraciones de 1992, sin pro-
ceder a una renovación de perspectivas analíticas. 26
T odavía es muy escasa, sin embargo , la comparación interregional, sal vo
ejemplos localiz ados. Cier tamente, la discusión sobre qué marco territorial
de análisis es el más idóneo para el estudio de la emigración es ardua, y no
privativa de los estudios migrator ios hispánicos. O tras historiografías prac-
tican con profusión el análisis regional y (explícita o implícitamente) el en-
foque microhistórico . El problema, como hemos señalado , sigue radic ando
en que la proliferación de monograf ías regionales en España se ha llevado
a cabo de manera espontánea y sin poner en cuestión la esc ala escogida y
predeterminada por la actual división administrativa del territorio español,
es decir , sin par tir de una mínima reflexión pr evia sobre la selección de la
escala terr itorial de análisis, y sin criter ios teóricos que la or ientasen o la
justificasen, y que hiciesen más rentable su apr ovechamiento .
De este modo , se ha caído a menudo en una especie de p ositivismo atomi-
zado , que nada resuelve ni nada nuevo apor ta desde un punto de vista histo-
riográfico , apar te, eso sí, de poner un mayor volumen de datos a disposición
de los osados investigador es que se aventuren a elaborar síntesis de conjunto ,
interregionales, españolas o ibéric as. P ero esa acum ulación no constituye en sí
un prog reso , sobre todo cuando se hace desde el ámbito de la historia profesio-
nal y académic a, y no –como sucede en otras histor iograf ías europeas– desde
círculos eruditos locales más o menos aficionados hasta las so ciétés savant es
francesas y la más institucionalizada Landesgeschicht e germana.
26 V id. por ejemplo G urria García y Lázaro Ruiz (2002) y S alvador Ruiz (2002).
41
Las patr ias ausentes
Igualmente, es de destacar la cier ta ampliación temática que desde me-
diados de los años noventa se ha pr oducido en el c ampo de los estudios
migratorios, producto en parte de la incor poración, por lo menos parcial,
de historiadores con experiencia en otros campos temáticos que se han
apro ximado al tema migratorio , en var ios casos inyectando una conside-
rable dosis de aire fr esco . Así, se han abordado temas antes prácticamente
inéditos, como las polític as públicas del Estado español hacia la cuestión
migratoria. 27 T ambién se han renovado algunas perspectivas de análisis del
asociacionismo emigrante, aunque en este ámbito la enumeración descrip-
tiva de centros, periódicos y asociaciones, y de sus correspondientes dir ecti-
vos, sigue siendo la tónica dominante con esc asas excepciones. 28
S e ha abor dado igualmente con renovado impulso y principalmente con
nuevos enfoques el análisis del desarrollo de la movilización política y social
entre las com unidades de emigrantes, cuestión sobre la que existían algunos
precedentes en los primeros años nov enta, centrándose estas nue vas apor-
taciones básicamente en el estudio de los ámbitos de sociabilidad polític a y
las estrategias desarrolladas en la emigración por los r epublicanos expat r ia-
dos en el siglo xix y comienz os del xx, como bien cubren las excelentes con-
tribuciones en este sentido de Ángel D uar te (1998, 2000). Cabe destac ar
también la aparición y desarrollo de identidades nacionales alternativas y
opuestas a la española entre las com unidades de emigrantes gallegos, c ata-
lanes y vascos, 29 así como de los inmigrantes canar ios en Cuba, si bien, en
este último caso , con enfoques excesivamente lastrados por un positivismo
estéril. 30 Igualmente per vive, en algunos autores y núcleos, el énfasis en la
27 V id. a este respecto T abanera García (1999) o F ernández V icente (2005).
28 V id. por ejemplo var ias de las contribuciones recogidas en Gómez Gómez (1996). De
alguna riquez a en datos y decimonónico enfoque positivista son otr os trabajos cuya mayor
contribución es elaborar inventarios de asociaciones de emigrantes y descr ipciones de
sus actividades. V id. por ejemplo , L lordén Miñambr es (1996). Más matiz ado es Blanco
Rodríguez (2006). El mismo enfoque descriptivo puede apreciarse en varias de las
compilaciones más recientes sobr e el tema, como demuestran algunas de las contribuciones
recogidas en Blanco Rodríguez (2008).
29 S in ánimo de ser exhaustivos, vid. Álvarez Gila (1996, 1999). Como tentativa de una visión
sintética vid. Núñez Seixas (2001 d ).
30 P or ejemplo , Cabrera Déniz (1996). V id. también Y anes Mesa (2006).
48
Xosé M. Núñez Seix as
reconstruir las redes comer ciales entre Cataluña y Améric a desde una pers-
pectiva microsocial ( Y áñez 1995: 35-50). P ero que ahora se trata de aplicar
a integrantes de los estratos sociales subalternos, simples c ampesinos que se
convirtieron en almaceneros en Rio de Janeir o , pulperos en la P ampa argen-
tina o estibadores de los m uelles de S antos y N ue va Y ork, con dificultades
para expresarse por escrito , con el fin de captar mejor cuál es la exper iencia
del emigrante anónimo , y cuáles los mec anismos de transmisión de la in-
formación. P ersiste, no obstante, una cier ta división e inc luso un incipiente
debate metodológico entre los que otorgan prioridad reconstruir las formas
de escritura popular como un objetivo en sí mismo y , por tanto , tratan las
fuentes, con frecuencia, de modo descr iptivo , o como vías para estudiar los
modelos de producción material de esos textos; y quienes prefieren utilizar
las car tas, como las autobiografías o memorias, como instr umentos para
analizar el funcionamiento de las redes micr osociales, los mecanismos de
transmisión de la información a niv el micr osocial y las representaciones del
mundo que expr esaron los emigrantes. 42
F inalmente, y como ya hemos señalado , los planteamientos orientados
por perspectivas auténticamente comparativas continúan ausentes del pa-
norama historiográfico español sobre las migraciones ultramarinas. Esto se
refier e no solo a la ausencia de estudios integradores de los avances de las
historiografías migratorias europeas y americ anas, sino también al diálogo ,
muchas v eces ausente, con la vecina historiografía portuguesa sobre las mi-
graciones. Igualmente es de señalar la esc asez de estudios que lleven a cabo
una adecuada compara ción interregional de manera sistemática, fuera de
algunas notables excepciones y de los enfoques basados en la escala estatal
( V áz quez González 1989; Eiras Roel 1989), fenómeno que no solo afecta
a la historiografía sobre las migraciones ultramarinas, sino también a bue-
na parte de los estudios sociológicos sobre emigración española a Europa
desde la década de 1950.
Ciertamente, la prolijidad de los estudios r egionales y la multiplica-
ción de monografías de r educido alcance hacen muchas veces laborioso
42 Algunos de esos problemas son abor dados, para el c aso gallego , en Núñez Seixas (2005 b );
vid. también Núñez Seixas y Gonz ález Lopo (2011).
49
Las patr ias ausentes
el elaborar síntesis equilibradas. L a superación del miedo a la síntesis que
acertadamente señaló en su día Car los F orcadell (1995-96) como uno de
los rasgos más sor pr endentes de la historiografía hispánica, tampoco debe
llevar al extremo contrario: a la generalización abusiva y a la ignorancia
de las monografías r egionales, so pretexto de su difícil accesibilidad o del
necesario mantenimiento de firmes esquemas teór icos, que en oc asiones de
tan rígidos corren el peligro de tornarse inflexibles. P or citar un ejemplo , no
es de recibo afirmar , como a veces se ha hecho , que regiones como Galicia
y Navarra tengan, en común, factores de expulsión similar es en el siglo
xix y a comienz os del xx, por ser z onas de pequeña pr opiedad agraria, sin
tener en cuenta las particular idades del sistema del foro (permanencia de
algunos aspectos del Antiguo Régimen) en el primer c aso , y los diversos
tipos de paisaje agrario (c aseríos, arrendamientos y corralas) en el segundo ,
con diferentes tipos de sistemas de her encia que condicionan fuer temente
aquellos factores de expulsión o de salida ( push ). Esto también se refier e a
los marcos de análisis espacial que son más adecuados para estudiar me-
jor la dinámica de transmisión de la información y la «fiebre» migratoria,
mientras que algunas áreas (Galicia, Asturias) puede ser una parroquia ru-
ral, pero en otras el lugar o aldea, en función del tipo de paisaje agrar io y la
forma de hábitat rural o semiur bano de la que prov engan los emigrantes,
que son muy difer entes a lo largo de la geografía ibérica. De este modo
se invalidan o , cuando menos, relativizan las c ategorías en que se divide
el flujo inmigrante español, que c asi siempre suele r eflejar , en el c aso de
los estudios hechos por las historiografías de los países de recepción, las
propias categorías estadístic as de la Administración consular española (las
provincias) o las cir cunscripciones terr itoriales dec laradas por los propios
inmigrantes al llegar a los países de destino .
El panorama de la historiografía migratoria hispánic a es, a pr incipios de
la segunda década del siglo xxi, ambivalente. Cier tamente, ha habido una
ampliación de las perspectivas de análisis, en todas par tes aparecen grupos
y núc leos, no muy bien coordinados y que discuten entr e sí menos de lo
que debieran; la perspectiva comparada es esc asa, pero no es inexistente; y
el conocimiento de otras historiografías, en especial de la nor teameric ana,
50
Xosé M. Núñez Seix as
la italiana y algunas latinoameric anas, ha avanz ado notablemente en los
últimos años, aún sin llegar a ser plenamente satisfactor io . P ese a ello , y
como en otros campos de la historiografía española (P ér ez L edesma 2008),
se reciben ideas oriundas de otras historiografías europeas y de la nortea-
meric ana, pero apenas son reform uladas y adaptadas, por lo que resulta
difícil encontrar estudios que aporten algo cualitativamente nuevo a los
estudios migratorios internacionales. 43 L a posmoderna moda de los estu-
dios culturales ( cultur al studies ) en el ámbito de los estudios migratorios y
en la investigación sobr e el exilio republicano español apenas ha añadido
un poco de confusión sin aportar alguna perspectiva realmente innovadora,
más allá de originales planteamientos estéticos. 44
Igualmente, la dispersión geográfica y temátic a ha ido acompañada de
una pérdida de peso del enfoque basado en el Estado como unidad terri-
torial de análisis, y de las perspectivas macroestructurales, produciéndose
un aumento equivalente de monografías y títulos centrados en r egiones y
localidades específic as. S in embargo , la institucionitis aguda que padecen la
mayoría de los historiadores hispánicos muchas v eces les lleva a public ar
sus resultados en ediciones institucionales cuya distribución es casi nula, 45
a sujetarse a conmemoraciones y encargos específicos por par te de esos
mismos organismos públicos, y a c aer en el positivismo que tanto suele
gustar a los mercados locales más todavía si esos mercados son además
mercados culturales hiperprotegidos por razones lingüístic as (como sucede
en los casos c atalán y gallego). Y es que el positivismo también suele ser
una vía de escape para contentar a mercados regionales y locales, que lo que
buscan son autoafirmación, informa ción nominativa y acumulativa y r es-
puestas rápidas; y no el planteamiento de nue vas preguntas y el desarr ollo
de novedosos enfoques teóricos.
43 Ello no obsta para que de vez en cuando se encuentren interesantes reflexiones, por ejemplo:
Sil vestr e Rodríguez (2000) y R amírez Goicoechea (2007).
44 P or citar dos ejemplos, vid. Romero (2006) y Corbacho Q uintela (2009).
45 Y , por consiguiente, el acceso a public aciones editadas en algunas r egiones, no por
instituciones de otras Comunidades A utónomas, sino inc luso a libros editados por el propio
Gobierno Autónomo , Diputación o A yuntamiento , es extraordinariamente dificultoso en
algunas ocasiones.
51
Las patr ias ausentes
S e per ciben igualmente nuevas preocupaciones en este nuevo siglo . En
buena medida, son muy semejantes a las existentes en la historiografía mi-
gratoria italiana o ir landesa (S anfilippo 2005: 329-42; Kenny 2009). P or
un lado , el mestiz aje . Es c ada vez más dif ícil hablar de una hist or iograf ía
o historiog r af ías españolas . Es también cada vez más complicado etiquetar
escuelas historiográfic as en términos nacionales: las discusiones son trans-
nacionales, y los enfoques también lo son. La colaboración, por ejemplo , de
especialistas argentinos, brasileños, mexicanos y nor teameric anos en pu-
blicaciones conjuntas con españoles (o gallegos, vascos y catalanes) es ya
habitual, tanto en revistas como en monografías. 46 V ar ios especialistas lati-
noameric anos se han formado o se forman en España, de igual manera que
los historiadores españoles dialogan e incor poran enfoques historiográficos
elaborados por sus colegas de allende el océano . De este modo , tiene cada
vez menos sentido hablar de historiografías nacionales e inc luso subnacio-
nales, en el sentido c lásico del término , más propio del siglo xx que del xxi.
P or otro lado , también se verific a el interés por conectar la emigración
del pasado con la inmigración del presente , por el hecho de que España se
convirtiese desde 2002 en un país de inmigración masiva. El hecho de que
muchos de esos inmigrantes sean descendientes de inmigrantes españoles
en Améric a (esto es, hijos y nietos de inmigrantes españoles en Argentina,
Uruguay o Brasil) ha llevado a una nue va generación de historiadores a
preguntarse por las similitudes y difer encias entre estas dos oleadas, y a po-
ner las en relación la transmisión familiar de la experiencia migratoria. L os
nietos experimentan el c amino inverso , con problemas similares a los que
conocieran los abuelos setenta u ochenta años atrás. 47
F inalmente, el hecho de que los denominados residentes ausent es , es
decir , los emigrantes españoles en el extranjero y sus descendientes que
46 Una buena muestra puede ser la fructífera colaboración entre historiadores vascos de
España y de F r ancia, e historiadores norteamer icanos y latinoameric anos de origen vasco ,
o especialistas en el estudio de la emigración vasca, que dio lugar a varios volúmenes de la
colección Urazandi, editada por el Gobierno V asco entre 2006 y 2009, y donde se aborda la
historia de var ios centr os de emigrantes vascos en Améric a Latina y la presencia vasca en
países como Uruguay , Argentina, México , EE. UU ., etc.
47 P or ejemplo , los trabajos de S chmidt (2009); Go nz ález Martínez (2009); González Mar tínez
y Merino Hernando (2007) y S ánchez Alonso (2009).
52
Xosé M. Núñez Seix as
adquirieron o recuperar on la ciudadanía española, se convir tiesen en un
factor de cierta influencia electoral en la escena polític a española de los
últimos veinte años, ya que tienen el derecho , conforme la legislación es-
pañola garante, de ejercer su der echo al sufragio en todo tipo de elecciones
(locales, autonómicas, estatales y europeas), lo que ha implic ado , también,
la profundización de las perspectivas de co m unicación polític a entre Es-
paña y sus colectividades emigrantes. Esto ha inc ludo , a su vez, el análisis
de la influencia política y electoral de los emigrantes en la España del siglo
xx (Lugilde 2007, 2011), pero igualmente la recr eación de los pro yectos
políticos españoles por las élites emigrantes (en particular en ciudades que
concentraron una gran masa de inmigrantes y una gran densidad de perió-
dicos étnicos, como Buenos Aires), y su reinter pr etación de la democracia,
del pat riotismo y de la república en la distancia (García Sebastiani 2010;
VV . AA. 2008). T ambién en aspectos como este se tiende a subrayar , de
modo paralelo , cómo las nue vas tendencias de la historia transnacional y
global están afirmando , desde hace pocos años, que la globaliz ación existía
ya antes de la globalización, y que la evolución histór ica y presente de las
sociedades europeas de emigración ha sido y es inseparable de la evolución
de las áreas americanas de inmigración.
53
2. ¿C AR T AS SIN RESPUEST A ? L A FUENTE EPISTOLAR Y ALGUNOS DESAFÍOS DE
LA HISTORIOGRAFÍA DE LAS MIGRACIONES IBÉRICAS
El retorno del sujeto y la r eactualización de la narrativa en el dominio de
la historiografía profesional desde la década de 1990 ha llevado a una progre-
siva revaloriz ación y reutilizació n de los «documentos personales» de carácter
oral y escrito , lo que ha inc luido de manera destac ada las cartas pr ivadas,
los diarios manuscr itos, las autobiografías editadas e inéditas y las imágenes,
comenzando por las fotografías. T odas esas fuentes fueron revestidas de un
valor casi demiúrgico , en la medida en que se les presuponía la facultad de
sacar a la luz desde las tinieblas de la Histor ia la memoria oculta de millares
de anónimos campesinos y trabajadores, y de manera especial a emigrantes
y soldados, todos ellos de or igen popular , que fueron forz ados a moverse y
adaptarse a nuevos entornos, tiempos y condiciones de vida ( V incent 2000).
La histor ia de las migraciones, y los estudios migrator ios en general,
han hecho en los últimos lustros un uso cr eciente de estos «documentos
personales» en la medida en que esas fuentes prometen ofr ecer nuevas
perspectivas y oportunidades de análisis para el enfoque microsocial de las
migraciones. S e suponía que ser virían para complementar y al mismo tiem-
po contrastar la información propor cionada por fuentes de información
tradicionales de naturaleza fundamentalmente cuantitativa, así como por
las fuentes generadas por élites sociales, por obser vadores contemporáneos,
por el Estado y por las asociaciones de los propios emigrantes. Buena parte
de las nuevas investigaciones basa das en las fuentes personales adoptaron
además un enfoque tendencialmente interdisciplinar , que recibió influjos
de la Antropología Cultural, de la Sociología y de la Histor ia Cultural, y a
veces de la Lingüística, con el fin de rescatar del ol vido la memoria subjeti-
va y las experiencias de las c apas sociales subalternas. Algunos autores han
propuesto así abor dar el análisis de las car tas de los emigrantes desde una
metodología específica, que abarca desde el análisis textual hasta la contex-
tualización social y familiar (Ø ver land 1996).
L os protagonistas anónimos del cambio social se convir tier on, por tanto ,
en el objeto principal de la histor ia de las migraciones. Y devolver les la voz
54
Xosé M. Núñez Seix as
a esos actores olvidados se convir tió a menudo en una suerte de reivindica-
ción permanente de la investigación histórica. S e esperaba que algunos de
los aspectos más ocultos y oscuros de la agencia individual y colectiva pu-
dieran emerger a la luz. Y la r econstr ucción de la perspectiva subjetiva sobr e
la migración y el desplazamiento que elaboraron los propios emigrantes
parecía igualmente erigirse en un elemento preciso para pr ofundizar en
cómo esas experiencias fueron percibidas, reelaboradas e interpretadas por
los obser vadores contemporáneos y otr os agentes, individuales e institucio-
nales. S e esperaba también reconstruir la medida en la que los emigrantes
eran dueños de su propio destino , esto es, resolver definitivamente el típico
dilema entre estructura y acción que recorr e las ciencias sociales. Gracias a
las car tas y diarios podr íamos saber si los emigrantes podían tomar decisio-
nes relativas a sus desplazamientos, el grado de liber tad individual y condi-
cionamiento externo en que decidieron, y el contexto de oportunidades que
rodeó esos pr ocesos de toma de decisiones.
S egún Robert Mer ton (1970) la migración era uno «hecho social total»
que podía constituir un adecuado laboratorio para el estudio del c ambio
social, en la medida en que es cuando la gente se mueve cuando es posible
contemplar de manera más nítida las lógicas ocultas que gobiernan la so-
ciedad. P or ello , las c artas y los diar ios, además de otras fuentes personales,
habrían de permitir asimismo superar la división c lásic a entr e «optimistas»
y «pesimistas» a la hora de inter pr etar las migraciones, e igualmente dar
una respuesta definitiva a la cuestión principal que subyace a los estudios
migratorios: ¿P or qué se mueve la gente?
L os par tidarios más entusiastas de las fuentes personales han argu-
mentado , en fin, que esta suerte de documentos permite descubr ir nuevos
aspectos de las repr esentaciones de la experiencia migrator ia por parte de
la gente común. S ería posible así finalmente acceder a qué era lo que pre-
ocupaba realmente a los migrantes, lo que también permitiría ensanchar el
terreno temático de lo que mer ece de ser historiado tanto en el nivel mi-
crosocial como en el macr osocial (F errarotti 1989). S in embargo: ¿Hasta
qué punto es posible seguir manteniendo esta opinión optimista y tal vez
impregnada de ingenua fascinació n, en la actualidad?
55
Las patr ias ausentes
L os cada vez más abundantes estudios sobre la escritura popular en los
diferentes territorios ibér icos m uestran de entrada que ni los sectores po-
pulares urbanos ni en particular los c ampesinos fueron ser es opuestos por
principio a toda innovación y progreso . E, igualmente, esos estudios mues-
tran que los agricultores presuntamente «primitivos» y pr ovincianos no vi-
vían aislados en herméticas sociedades r urales, ni estaban integrados en
grupos familiares patriarcales condenados al autoconsumo y a la ignorancia
de lo que existía más allá de un espacio social de interacción meramente
local. P or el contrario , los documentos personales han mostrado que esos
campesinos intentaron aprov echar las opor tunidades de integración econó-
mica en el mercado que fueron puestos a su disposición por el avance del
capitalismo y del Estado liberal. Y también guar daron sus papeles de una
manera más ordenada y sistemática de lo que a prior i se suponía. Conforme
avanzaba la alfabetiz ación de los sectores popular es, y c ada v ez más c ampe-
sinos partían hacia el Nuevo Mundo , más se comunicaron aquellos desde la
distancia con sus parientes y amigos, utilizando para eso un amplio y c am-
biante repertorio de formas de escr itura popular (Castillo Gómez 2001).
A pesar de ello , el análisis de la documentación personal, en par ticular las
car tas y las autobiografías y diarios, que fue escr ita por los pr opios emigrantes
continúa siendo un terreno escasamente cultivado en los estudios migrato-
rios ibér icos, por lo menos en comparación con otras tradiciones académic as
europeas. En este sentido , se ha señalado que faltan aún en la P enínsula I bé-
ric a –o en sus diferentes territorios y ámbitos culturales– ediciones represen-
tativas y simbólicas de grandes epistolar ios o recopilaciones de cartas, como
sí existen para otras áreas de la Eur opa meridional y occidental que están de
forma considerable por delante, empezando por la r ica escuela histor iográfi-
ca italiana de estudios migrator ios (Gibelli 2002 a , 2002 b ).
Una primera traba para ello fue que los archivos e instituciones públi-
cas apenas fueron conscientes, hasta fechas recientes y en casos aún muy
contados, de la conveniencia y necesidad de preser var esa suer te de ma-
teriales pr ivados, desde autobiografías a diarios manuscr itos y car tas. La
mayoría de los archiv os públicos de la P enínsula I bér ica no conser van fon-
dos específicos dedicados a los epistolar ios emigrantes. Apenas son dignas
56
Xosé M. Núñez Seix as
de recor dar algunas excepciones notables, como el Museo del P ueblo de
Asturias (Gijón) y el Arquivo da Emigr ación Galega (Consello da Cultu-
ra Galega, S antiago de Compostela). L as colecciones más abundantes de
car tas de emigrantes que fueron escritas en el periodo colonial, en calidad
sobre todo de cartas de llamada, están depositadas en el archivo de la épo-
ca colonial (Archivo de Indias) de Se villa, al igual que algunas colecciones
conser vadas en archivos ec lesiásticos diversos (en particular , en los archi-
vos diocesanos, pero también en los pertenecientes al c lero r egular), y en
las colecciones privadas de familias de la élite ar istocrática o burguesa. S in
embargo , y sobre todo para épocas anter ior es al siglo xix, existen en esos
archiv os muy escasos ejemplos de secuencias de epístolas que per tenezc an
a uno solo emisor , o cuando menos a un único gr upo familiar (Zaballa
Beascoechea 1999).
Un caso diferente es el de las correspondencias comer ciales, que han
sido estudiadas de manera casi pionera en el ejemplo de algunas familias
de comerciantes catalanes instalados en Améric a desde mediados del siglo
xv iii, y en cuyas c artas se mez c laban los negocios, la vida cotidiana y las
relaciones interpersonales y familiares, algo lógico si se tiene en cuenta que
solían ser miembros de una misma familia los que r epresentaban los inter e-
ses comerciales de esa misma empr esa familiar en varios puntos del globo .
De esta manera, esas correspondencias no solo han permitido reconstruir
los tejidos y redes de r elaciones económicas transatlántic as, sino también la
naturaleza de las relaciones sociales y la propia experiencia de la migración
en los miembros de la familia ( Y áñez 1995). En este caso , sin embargo ,
nos hallamos ante documentación epistolar pr oducida por élites sociales
intermedias, por miembros de una burguesía comercial más o menos se-
lecta, bien educ ada e integrada en r edes sociales transnacionales, cuyas ex-
periencias no siempre son susceptibles de ser comparadas con las de los
emigrantes de las c lases subalternas que protagonizan desde 1840-50 los
movimientos migratorios de masas. En algunos aspectos, esas correspon-
dencias presentan puntos de coincidencia con las autobiograf ías escritas
también por miembros de la élite emigrante ibérica en los siglos xix y xx
(Morales P adrón 1990; O tte 1988).
57
Las patr ias ausentes
S olo desde la primera década del siglo xxi la cuestión de las formas de
escritura popular pasó a cobrar un cier to relieve en los estudios migratorios
ibéricos. Con anterior idad, había cier tamente algunas publicaciones aisladas
basadas en muestras de corr espondencia de emigrantes asturianos a Cuba o
a Argentina, así como de emigrantes por tugueses a Brasil (Q uirós Linares
1993; L ópez Ál varez 2000 a ; Morais Sarmento 1999). De manera destacada,
la historiografía migratoria gallega tomó una cier ta iniciativa en este campo
desde principios del siglo xxi, gracias a la publicación de algunas edicio-
nes de epistolarios emigrantes y al uso c ada v ez más frecuente de car tas de
emigrantes en diversas monograf ías (S outelo V áz quez 2001, 2006; Núñez
S eixas 2005 b ; Núñez Seixas y S outelo V áz quez 2005; Da O rden 2010).
De modo paralelo , son de destac ar los esfuerz os de la escuela de histo-
riadores de la cultura escrita basada en la Universidad de Alc alá de Henar es
bajo el magisterio del profesor Antonio Castillo , y que puso en funciona-
miento y coordinó desde septiembr e del 2004 la Red de Archiv os e Inves-
tigadores de la Escritura P opular (http://www .redaiep .es), de la que forman
parte investigadores a título individual y diversos ar chivos de la memoria
popular en todo el Estado español. En buena par te de sus miembr os, y en
su escuela matriz, el interés por la escritura popular par te de pr esupuestos
teóricos diferentes a los de los estudios migratorios o la histor ia social y
cultural en general, pues siguiendo la línea de los estudios c lásicos sobre la
cultura escrita de la Edad Moderna co menz ados por autor es como Roger
Chartier , el mayor inter és de esta tendencia se centra en las condiciones
materiales de la escr itura y de su evolución, los códigos y fórmulas que fue
adoptando la expresión escrita de los sectores sociales medios y subalternos,
y los modelos de difusión de esas prácticas (S ierra Blas 2004, 2006, 2009).
P or expr esar lo de forma breve, los intereses historiográficos de esta escuela
se centran más en cómo la cultura escrita se reproduce , e voluciona y trans-
mite, que en qué información propor cionan los documentos manuscritos
sobre la mentalidad y el entorno social y cultural, así como el económico ,
de los emigrantes, aspecto este que interesa de manera particular a los es-
tudios migratorios y a la mayoría de los histor iador es de la emigración en
particular . Con todo , estos últimos no dejan tampoco de obtener lecciones
64
Xosé M. Núñez Seix as
o secuencias útiles por su extensión a lo largo del tiempo para ilustrar una
evolución de las var iables r elacio nadas con la experiencia migrator ia.
b ) P oseer una o varias c artas enviadas y/o recibidas por una familia emi-
grante no necesariamente proporciona nada r elevante al estado de nuestros
conocimientos, más allá de un mero valor ilustrativo . Así, algunas ediciones
españolas de car tas de emigrantes en los últimos lustros suelen basarse en
una evidencia muy fragmentaria, haciendo uso de un cor pus m uy disperso
de epístolas remitidas por emisor es muy difer entes y esparcidos en el espa-
cio y en el tiempo , y apenas recopilando más de dos o tr es c artas por gr upo
familiar . Estas son en par ticular las cartas de llamada conser vadas en el c aso
español en fondos específicos del Archiv o de Indias de S evilla, y también
en ocasiones en archivos m unicipales, judiciales o ec lesiásticos, o en las
secciones dedicadas a los imper ios coloniales de los archiv os estatales es-
pañoles y portugueses; así como en fondos de registr o de pasapor tes, y que
básicamente consisten en c artas de recomendación escritas por emigrantes
y colonos peninsulares establecidos en la América desde la époc a tardoco-
lonial, llamando por un par iente para unirse a ellos en el N ue vo Mundo
(Otte 1988; Macías Domínguez y Morales P adrón 1991; Morales P adr ón
1990; P érez Murillo 1999; Márquez Macías 1994; S ánchez Rubio y T estón
Núñez 1999; S ilva 2007). Colecciones semejantes de car tas individuales
emitidas por diferentes colonos y poblador es han sido también editadas a
partir de otros tipos de repertor ios, por ejemplo los archiv os judiciales del
siglo xv ii (Martínez Mar tínez 2007).
L os contenidos de esas car tas de llamada pueden ser en muchos casos
ilustrativos de fenómenos bien documentados por otras vías, y añadir mati-
ces coloristas al cuadro general de nuestros conocimientos. S in embargo , la
utilidad historiográfic a de estas colecciones de car tas de emisores variados,
más allá del toque colorista que sin duda e vocan, es más que cuestionable.
L o ideal para el historiador es disponer de una secuencia (F itzpatr ick 1994;
Gerber 2007). Esto es, una colección de c artas escr itas por uno o varios emi-
sores emigrantes a uno o varios destinatarios dentro de un mismo grupo
familiar a lo largo de un periodo de tiempo suficiente (una generación o dos).
S olamente en este caso es posible deducir de las car tas cómo actúan esas
65
Las patr ias ausentes
redes micr osociales, basadas en laz os familiares o de paisanaje , en vínculos
fuertes o débiles; y cómo su gestión en la distancia permite mantener un
tupido tejido de relaciones interpersonales que están en la base de muchos
de los mecanismos impersonales (redes) que facilitan y canaliz an la movi-
lidad geográfica (De voto 1988, 1991 a ; Mac Donald y Mac Donald 1964;
Ramella 1995, 2001), y que asimismo contr ibuyen a explicar una suerte de
autonomía relativa o economía moral de los emigrantes en r elación con sus
correspondientes. Las c artas dibujan la imagen de un protagonista de sus
decisiones, que transmite información sobre oportunidades de trabajo y sir ve
de contrapunto o complemento a la propaganda institucional de los países
de inmigración, de las agencias de emigración, de los g anc hos o rec lutador es,
de las compañías navieras y de la opinión publicada (K ampfhoefner 2009).
Existe un consenso creciente entr e los historiadores de las migraciones,
y los historiadores sociales en general, en que las fuentes cuantitativas y
estadísticas no son suficientes para propor cionarnos un cuadr o completo de
cómo operaron los mecanismos de adaptación cultural y social de los emi-
grantes en sus nuevas realidades de destino . P ero las fuentes personales no
pueden responder a todos los interr ogantes que aquel tipo de fuentes deja
abiertos. S in una reconstrucción a decuada del contexto estructural, tanto a
nivel macr o como micro , del ambiente y del contexto en el que las car tas
circular on, esos documentos personales no adquieren un sentido completo .
Y solo situándolos en el telón de fondo de las políticas estatales e interna-
cionales que regulaban los flujos migratorios, las lógic as de repr oducción
social y familiar , los cic los económicos y la cronología global del siglo xix y
xx, marcada por guerras y c ambios técnicos que condicionar on la liber tad y
capacidad de movimientos de las personas, pueden los histor iadores depo-
sitar una nueva confianz a en las fuentes personales manuscritas.
L os emigrantes individuales, tomaron decisiones. Y lo hicieron en con-
textos de oportunidades limitadas, condicio nadas fuertemente por factores
que iban más allá de su capacidad de elección, y a menudo más allá de su
capacidad de percepción (L evi 1989). L os documentos personales muestran
la importancia de esos factores, aunque no siempre de manera explícita, y
se hacen eco de una mentalidad que inserta a los individuos en su contexto
66
Xosé M. Núñez Seix as
social, así como de un conjunto de práctic as sociales y culturales que cobran
sentido precisamente en el mar co de esa pertenencia gr upal (Bourdieu 1986).
L os migrantes pueden reflejar también el grado en que las prácticas sociales
de la vieja Europa, o de sus ámbitos culturales y sociales de origen, fueron
erosionadas por las nuevas prácticas adquir idas en los países de destino .
En el caso (o , mejor dicho , en los c asos) ibérico(s), al igual que ocurre en
otras áreas de Eur opa (F ranzina 1992), este proceso de m utación de men-
talidades estuvo ligado en primer lugar a un cambio de ocupación y de há-
bitat social. Implicó en muchos casos el paso de c ampesinos (y pescadores)
asentados en el medio rural a trabajadores manuales urbanos de la industr ia
o de los ser vicios, a empleados de comercio , a comerciantes o artesanos. En
algunos ejemplos, se puede suponer que los agr icultores emigraban imbui-
dos de una mentalidad tradicional, vinculada a su parroquia de origen y a la
solidaridad comunal relacio nada con ella, y una economía moral típica del
pequeño campesinado . En Amér ica se encontraron con un nuevo ambiente
urbano , al que se adaptaron con relativa facilidad.
Las c artas de los emigrantes constituyen un caso de narrativas subjeti-
vas. P ara algunos autores, esa subjetividad se convier te en una trampa, en la
medida en que son fuentes que revelan más un pr oy ecto de reconstrucción
de la identidad y del m undo perdido y dejado atrás por parte del emigrante,
un afán por quedar vinculado al que lo une a un sentimiento de perte-
nencia, que un reflejo útil de sus motivacio nes y de la racionalidad de sus
decisiones (Gerber 2007). P ero las epístolas emigrantes también revelan, a
veces de manera involuntaria, las vías par ticulares a trav és de las cuales los
emigrantes experimentaron un proceso pr ogresivo de asimilación, median-
te la incor poración de hábitos sociales y culturales apr endidos en su país de
destino . Y , en par ticular , la percepción individual por parte del inmigrante
de las nuevas exper iencias de la sociedad de destino , que también contr i-
buyer on a forjar nuevos sentimientos de per tenencia individual y colectiva.
Esto se hacía evidente, por citar un ejemplo , en el c aso de una familia de
la parroquia de F erreira (S an Sadurniño , A Cor uña) en la que varios her-
manos se habían establecido en Buenos Aires y Montevideo , y cuyo epis-
tolario cubr ía un periodo lineal de 52 años, de 1919 a 1971 (Núñez Seixas
67
Las patr ias ausentes
y S outelo 2005). Conforme discurrió el tiempo , se puso c ada vez más en
evidencia el grado en que los hermanos ausentes en S udaméric a se impreg-
naban de nuevos hábitos en su vida cotidiana rioplatense, desde beber mate
y matar el tiempo con juegos de car tas típicamente argentinos o ur uguayos
(como el tr uco ) hasta el creciente númer o de modismos rioplatenses que
fueron incorporando a su habla, que devenía en una suer te de lengua ex-
traña mez cla de estr ucturas y palabr as gallegas con c astellano peninsular y
sudameric ano . Y , al mismo tiempo , esos hermanos mantenían inalteradas
ciertas costumbres impor tadas de su aldea, algo patente en las recetas de
cocina que componían su dieta o , en oc asiones, en las mez clas de juegos
de car tas galaicos (el tute o la brisc a) con la práctica colectiva de beber el
mate, costumbre típicamente rioplatense. De una manera semejante, los
emigrantes de origen c ampesino se familiariz ar on con los usos típicamente
urbanos de las c lases medias emergentes ur banas de Sudamér ica (Míguez
1999; Adamovsky 2009), y se apuntaron a ritos de paso tan «exóticos» a sus
ojos como , por ejemplo , las fiestas de cumpleaños de los niños, que a veces
tenían que explicar en las c artas como un peaje extraño , pero obligado , de
la integración en la sociedad de acogida.
Esta suerte de detalles aparentemente banales permanecieron durante
mucho tiempo opacos para la mirada historiográfica. Y , de manera seme-
jante al proceso de adaptación a la sociedad norteameric ana por los inmi-
grantes alemanes en el siglo xix (Helbich 1997), la c artas pueden ser vir de
buen fundamento para sostener algunas de las hipótesis ya avanzadas por
algunos historiadores latinoameric anos (Míguez 2003), quienes han sub-
rayado la relevancia de los ritos de paso y de las costumbres cotidianas de
las nuevas sociedades de inmigración, sobre todo en los espacios urbanos.
Pues actuaron como una suerte de vehículo de socializ ación informal y de
asimilación nacional para las nuevas generaciones de inmigrantes europeos
y sus descendientes, algo cuya impor tancia corría pareja a la de otros indi-
cadores estructurales defendidos por la S ociología, la Escuela de Chic ago y
los teóricos del cr isol de razas, como los patrones de r esidencia y el grado de
segregación étnica del hábitat urbano , así como la conducta matr imonial y el
grado de exogamia y endogamia étnica en ella manifiesto , y cuya relevancia
68
Xosé M. Núñez Seix as
ha sido matizada e inc luso revisada por autores que habían sido grandes
defensores de esos índices (Devoto y Otero 2003; O ter o 2009). Eso parece
confirmar la aserción contenida en un clásico estudio sobre la gastronomía
del emigrante: somos lo que comemos, y por tanto un transterrado también
acaba siendo lo que ingiere (Gabaccia 1998).
Las c artas constituyen igualmente una ventana privilegiada a través de la
que es posible obser var los patrones de comportamiento y cambio cultural,
y lingüístico , de los emigrantes ibéricos, arrojando luz sobre aspectos y con-
ductas que normalmente quedan ocultos en las fuentes cuantitativas, o en
otros tipos de fuentes cualitativas. Y se trata de aspectos que cobran especial
relevancia en los casos en que los emigrantes eran or iginarios de terr itorios
donde se hablaba un idioma (en situación no oficial o diglósica) diferente
del que era la lengua oficial del Estado al que pertenecían. Esto era par ticu-
larmente relevante en el caso de los emigrantes españoles procedentes de la
p eriferi a no castellanohablante, o al menos limitadamente castellanohablan-
te (emigrantes gallegos, vascos o c atalanes, que supusieron casi dos tercios
del flujo total de los emigrantes españoles a Améric a en ciertos per iodos).
Además de los casos estudiados por el profesor Álvarez Gila (2010), estas
conductas han sido analizadas, con ayuda sobre todo de la historia oral, para
el caso de la emigración de posguerra, como en el caso de los hablantes de
gallego en Buenos Aires (Gugenberger 2001), y son mucho más difíciles de
rastrear en el periodo c lásico de las emigraciones masivas (1850-1930), o
tienen que ser reconstruidas mediante un análisis detallado de indicadores
indirectos, como las celebraciones y fiestas de los emigrantes o el teatro po-
pular que en las mismas se repr esentaba (Núñez Seixas 2002 b ).
Igualmente, las car tas también ilustran la medida en que algunos meca-
nismos de repr esión y autorrepr esentación lingüística eran asumidos inter-
namente por los propios emigrantes. Esto es algo particularmente e vidente
cuando se estudian fenómenos como la evolución de la diglosia entre los
emigrantes bilingües. En las c artas de los emigrantes gallegos, por ejemplo ,
se aprecia cómo campesinos gallegófonos pero con escolarización más o
menos limitada en castellano utiliz an con pr eferencia el castellano en la
comunicación epistolar , excepto (y no siempre) cuando emigran a Brasil.
69
Las patr ias ausentes
P ero el gallego de origen no por ello desaparecía del todo . Resurgía, por
ejemplo , en las refer encias a las costumbres, fiestas o memorias loc ales, en
las evocaciones de las labores del c ampo y a v eces de los seres queridos; y se
asocia a contenidos que suscitan saudade o nostalgia del m undo r ural.
S in embargo , la asimilación lingüístic a en las nuevas sociedades siguió
dinámicas propias en el contexto de la emigración, y sus lógic as, además,
no siempre eran utilitarias, ni estaban dir ectamente relaciona das con la
presión del entorno social en los lugar es de recepción. En las conductas
lingüísticas de los emigrantes continuaban teniendo un fuer te influjo los
criter ios de prestigio y distinción social arraigados en el V iejo Mundo , más
o menos reforzados o amoldados a las nue vas circunstancias americanas,
a los valores sacralizados por la co m unidad emigrante y a las jerarquías
étnicas dentro de la sociedad de destino . He ahí, por ejemplo , muchas
de las car tas, y también algunos diar ios y autobiografías, redactadas por
inmigrantes gallegos en un país lusófono como Brasil, que muestran por
el contrario cómo el dominio del español, que en su caso era realmente
un tercer idioma de escaso o nulo uso en su interacción cotidiana con
la sociedad de acogida, hiz o progr esos cier tos entr e los inmigrantes más
exitosos (S outelo V áz quez 2001). Estos últimos a menudo presumieron
de su uso como vehículo de autoafirmació n, tanto en Amér ica (ante la
sociedad brasileña, donde la etiqueta de español tenía más prestigio que
la más ambivalente de galego , asociada a los inmigrantes pobres del N or te
de P ortugal) como en Galicia, donde el expresarse en un castellano más o
menos sudameric ano constituía a menudo una señal de distinción de los
americ anos retornados de la Amér ica que habían conseguido un cier to
grado de movilidad social ascendente (Núñez Seixas 1999 a ). L as memo-
rias de un inmigrante gallego en Brasil, B . T roncoso Alonso (1996), escr i-
tas en una mez cla extraña y cur iosa de castellano y por tugués – port uñol –,
son un ejemplo de cómo la experiencia de la emigración podía contr ibuir
no tanto a desnacionalizar como a renacionalizar (en este caso , españoli-
zar) emigrantes que no poseían en el momento de su par tida un dominio
satisfactorio de la que era en teor ía su lengua nacional. En cier ta manera,
la experiencia de la emigración a un país lusófono también había lle vado
70
Xosé M. Núñez Seix as
a T roncoso a fortalecer su necesidad íntima y públic a de ensalzar su dis-
tancia, por lo menos en el ámbito de la etnicidad simbólic a, de la cultura
dominante en la que él y sus hijos se insertaron.
El análisis histórico comparado de las c artas legadas por los emigrantes
se enfrenta, pues, con un buen número de desafíos teóricos y metodológi-
cos. Así fue puesto de manifiesto por el pr imer gran congreso internacional
que se ocupó de la cuestión, titulado precisamente Reading the Emigrant
Lett er , celebrado en Ottawa en agosto de 2003 (Elliott, Gerber y S inke
2006). Entre sus conc lusiones figuró , en pr imer lugar , la necesidad de so-
brepasar el estadio de mera descripción y acumulación impr esionista de
fuentes, intentando tratar las desde una perspectiva analític a que entr e en
diálogo con enfoques más amplios y globales, tanto a nivel macro como en
el nivel micr o , de los estudios migrator ios. 49 Segundo , la necesidad de afi-
nar nuestras herramientas metodológicas y teór icas, recurriendo desde las
técnicas de análisis de discurso –pese a que las técnic as cuantitativas suelen
ofrecer r esultados poco convincentes– hasta la teoría de redes, para anali-
zar y desmenuz ar la información, r ica pero desigual, que está contenida en
las car tas, e igualmente para profundizar en la relación entre los aspectos
formales de las epístolas y sus significados, inser tando igualmente de ma-
nera integrada en el análisis variables como la relación entre géner o , cic lo
de vida y estrategia migratoria. Y ter cero , la necesidad de proceder a una
comparación sistemática de las c artas de los emigrantes, incor porando en
ella enfoques auténticamente transnacionales, que vayan más allá de los to-
davía mucho más fr ecuentes estudios o pro yectos de edición de epistolarios
nacionales, agr upados por lugares o Estados-nación (o grupos étnicos) de
origen, y no por otras variables (como el lugar de destino , la posición social
conseguida en este último , etcétera). 50 O tr o congreso sobr e la misma cues-
49 De hecho , y como ya señalamos, una buena parte de las monografías disponibles sobre las
car tas de los emigrantes ibéricos siguen consistiendo en recopilaciones descriptivas más o
menos completas (Martínez de S alinas 2007; Márquez Macías 1994; Blasco Mar tínez y
Rubalc aba P érez 2003). En estos y en otros ejemplos, la fascinación por las fuentes y un
cierto afán neopositivista en «apor tar» documentación deja poco espacio al análisis de lo
que es realmente nuevo en esas fuentes, y de lo que ellas nos permiten descubrir que no
supiéramos antes.
50 S e han registrado en los últimos tiempos, con todo , interesantes iniciativas cara a una
71
Las patr ias ausentes
tión, que fue organiz ado por el Instituto Histórico Alemán de W ashington
D . C. en el mayo de 2007, llegó a conc lusiones, en general, bastante seme-
jantes, con mayor énfasis en la necesidad de interdisciplinariedad y de la
colaboración con los inv estigador es de los modelos lingüísticos y textuales
de las epístolas (Kampfhoefner 2007).
Las c artas no son una fuente unidimensional. L os emigrantes no pue-
den ser reducidos, como es el caso en las histor iografías ibéricas y latinoa-
meric anas –pese a que los estudios migratorios han sido mucho menos
influidos por los estudios de Historia S ocial del trabajo que en los E E.
UU . (Núñez S eixas 2001 b , 2010)– a una única dimensión exc lusiva de su
agencia individual y social, esto es, la de «emigrantes». Esta era, sin embar-
go , una de las var ias identidades que los emigrantes posey ero n o adopta-
ro n. L os emigrantes no eran sujetos aislados del entorno en el que vivían.
T ambién eran trabajadores, comerciantes, jornaleros o agricultores en el
Nuevo Mundo . Compartían, pues, experiencias con sujetos per tenecientes
a sus ámbitos laborales, a sus mundos del trabajo y a sus espacios sociales
de residencia e interacción cotidiana, donde no todos eraninmigrantes (o
pueden ser , pongamos por c aso , emigrantes internos del mismo país de
acogida). Y también compartían un conjunto de exper iencias y memorias
con aquellos parientes, amigos y vecinos que quedaron en el V iejo Mundo ,
y con quienes siguieron com unicándose a través de las epístolas (y , andando
el tiempo , mediante cintas grabadas o , hoy en día, el correo electr ónico).
Una mirada bastante usual, de hecho , ha consistido en reducir a los inmi-
grantes en los nuevos mundos a una sola condición: la de inmigrantes, que
se relacionaban sobr e todo con otros inmigrantes del mismo o semejante
origen –la famosa metáfora de los aldeanos urbanos (Gans 1962)–, en par te
porque son pr ecisamente esos contactos intergr upales e inter étnicos los que
a menudo eran narrados en las fuentes epistolares. Y , precisamente por eso ,
puesta en común del patrimonio de car tas emigrantes acumuladas en varios países, como
el pro yecto Emile ( Early Emigrant Lett er Stories ), desarrollado por cinco archiv os de la
República Chec a, Irlanda, Suecia, Italia y P olonia (http://www .emigrantletters.com). S on
igualmente de destacar proy ectos semejantes a escala nacional, como el promovido en la
Alemania por W . Helbich y que abarca sobre todo el Este de la rf a (vid. http://www .
auswandererbriefe.de).
72
Xosé M. Núñez Seix as
se consideraba que la mayoría de los emigrantes no fue capaz de desarrollar
una nueva identidad social enteramente vinculada a sus nue vos contextos
culturales y sociales en el Nuevo Mundo .
Esta perspectiva se vio a menudo reforzada por la mirada eurocéntric a
de los estudios migratorios, cuando menos de los que eran realizados de
manera predominante desde las sociedades de origen. L a mirada que partía
desde Europa se inter esaba sobre todo por la pr eser vación de la etnicidad
de origen entre los emigrantes y sus descendientes. Es decir , cuánto de ir-
landeses tenían los Ir ish-Americans . P or el contrario , las histor iografías que
estudiaban la inmigración se plantearon con pr eferencia la pr egunta inver-
sa: ¿Cómo se integraron los inmigrantes de orígenes diversos? ¿Cuándo se
hicieron americanos? De las dos perspectivas histor iográficas han emergi-
do visiones no siempre coincidentes, y balances orientados en un sentido o
en otro , más hacia el «cr isol» o más hacia el «pluralismo», debate que tuvo
modulaciones diversas en cada una de las principales historiografías nacio-
nales sobre la inmigración (Devoto y Otero 2003).
L os documentos personales revelan una realidad m ucho más com-
pleja, resumible con todo en una permanente negociación de los emi-
grantes entre varios polos identitarios, entre div ersas esferas de per-
tenencia, y entre diferentes inter eses (el de quedarse y el de volver ; la
familia de allá y los nuevos laz os primar ios forjados en América). P or
eso pueden convertirse en obser vatorios pr ivilegiados para estudiar los
procesos de contacto y transfer encia intercultural o transnacional, así
como propor cionar indicadores de los procesos de asimilación cultu-
ral, como ya expusimos. Una interacción entre dos m undos y ámbitos
de refer encia, que convier te además a las car tas emigrantes en fuentes
particularmente interesantes para los enfoques centrados en el transna-
cionalismo de los migrantes (P ortes 2001; Harzig, Hoerder y Gabaccia
2009: 110-12). P ero las huellas de los pr ocesos de cambio identitar io en
la correspondencia de los emigrantes acostumbran a ser indir ectas, y es
preciso inv estigar las con fino bisturí microanalítico . L os emigrantes po-
cas veces reflexionaban sobr e esas cuestiones de forma explícita en sus
epístolas. P ero sí dejaban caer , aquí y allá, detalles y refer encias, directas
73
Las patr ias ausentes
o indirectas, que ponían en evidencia sus sentimientos de per tenencia.
Y a través de ellos puede medirse también su evolución.
F inalmente, y en relación a como se integran los emigrantes, las c ar-
tas pueden ser igualmente ventanas de entrada para estudiar una cuestión
c lásica: la relevancia de los lazos «fuer tes» (parentela) o «débiles» (ami-
gos, vecinos, compañeros de trabajo) a la hora de facilitar la inserción de
los emigrantes en el mercado de trabajo del N uevo Mundo (Granovetter
1974, 1983; Grieco 1987). Las secuencias epistolares pueden propor cionar
preciosas indicaciones acerca del valor de esos laz os, mas también sobre la
naturaleza (pr imordial o construida) de esos vínculos, a menudo elaborados
y reinv entados desde la distancia, a través de las car tas, los objetos y regalos
unidos a las car tas, e igualmente mediante fotografías y dibujos. Gracias
a ellos podemos apreciar mejor el modo en que los vínculos familiar es no
siempre son primordiales, sino culturales; pero también cómo esos mismos
laz os, además de ser vir de legitimació n de situaciones de explotación de
fuerz a de trabajo sumisa, pueden ser reinventados y r edefinidos en la dis-
tancia de forma contingente. Y es posible apr ehender , igualmente, cómo las
lealtades y relaciones interpersonales r eciben significados nuevos y c am-
biantes, que a su vez son jerarquizados en diferentes escalas. Asimismo , se
obser va el modo en que los roles de géner o se debaten entre tradición y
adaptación al Nuevo Mundo , entre los mar cos de la red social emigrante ,
condicionada por la repr oducción de los valores familiar es de origen, y el
impuesto por la inserció n sociolaboral y doméstic a de las m ujeres en los
lugares de destino , obligando igualmente a pensar qué hay de específico en
la relación entr e géner o y emigración (Gr een 2002).
Como ya comentamos, en fin, las car tas no solo ilustran la existencia de
las cadenas migratorias. Muestran cómo funcionan esas c adenas de forma
concreta, y cómo las prácticas sociales adquieren un sentido dentro de esas
estrategias de conser vación. L a emigra ción, y las largas ausencias, favorecen
los cambios de densidad de los laz os emocionales, que son los que actúan
con eficacia de engranajes de las redes sociales. L as car tas y fotos se convier-
ten así en objetos que fundamentan una relación, no solo en sí sino también
por sí, por el mero hecho de su existencia y del contacto interoceánico , más
80
Xosé M. Núñez Seix as
propia. En el año 1931, dos años después de su llegada al país, saludaba
a la naciente República española en sus c artas a c asa en términos épicos,
viendo en el nuevo régimen el periodo auroral de una era de pr osperidad
y progr eso . S in embargo , en 1937, en plena guerra civil, pasó a estampar
en el pie de sus car tas un fer voso A r riba España , algo que fue paralelo a su
movilidad social ascendente y a la conversión de su pr oy ecto migratorio
de temporal en definitivo , lo que implicó una ruptura traumátic a (según le
contaba a una de sus corresponsales, una familiar suya) con la mujer que por
él aguardaba en Galicia. 51
Las c artas de Generoso D urán plantean un número importante de cues-
tiones. ¿F ue su conversión un acto r epentino , o estuvo influido por su carre-
ra exitosa como pequeño comerciante ya establecido? ¿T uvo algo que ver en
esa evolución la r uptura, parece que bastante traumática, con su antigua no-
via que quedara en Galicia y que estaba esperando por su retorno hasta que
se cansó? No podemos saber lo . P ero este ejemplo puede ser la ilustración
de una paradoja: Cuantos más detalles conocemos sobre el protagonista de
la historia que nos muestran las car tas de emigrantes, más difícil es dar las
respuestas que desearíamos a la cuestión fundamental: ¿P or qué la gente
actuó de la manera en que lo hiz o? ¿P or qué se fueron los emigrantes? ¿P or
qué quedaron en el destino final? ¿Cómo se integrar on en las sociedades de
acogida? ¿Cómo tomaron esas y otras decisiones?
51 Car tas del emigrante en Montevideo Generoso D urán a su hermana Josefa D urán en S anto
Estebo de Silán (Muras), Montevideo , 16.4.1931, 17.6.1931 y 25.10.1937 (Arquivo da
Emigración Galega, Consello da Cultur a Galega, Santiago de Compostela).
81
3. R EMESAS VISIBLES E INVISIBLES : L A EMIGRACIÓN TRANSOCEÁNICA DE
RETORNO Y SUS EFECTOS EN LAS SOCIEDADES IBÉRICAS , 1850-1950
La migración de retorno constituye uno de los aspectos menos inv es-
tigados dentro del m ultidimensional fenómeno migratorio , tanto desde la
Historia como desde otras ciencias sociales. Con todo el panorama existen-
te aunque no extraordinariamente abundante, permite trazar una ser ie de
líneas inter pr etativas y de constantes metodológicas.
Desde la década de 1960, la inv estigación en el conjunto de las ciencias
sociales se ha concentrado prefer entemente en el campo de la S ociología,
analizando mediante encuestas, entrevistas orales y análisis cuantitativos
los comportamientos de los emigrantes retornados tanto de Améric a como
de la Europa central y nór dica. P ero también se han r egistrado importantes
contribuciones histor iográficas, pese a que su entidad dentro del total de los
estudios dedicados a la emigración de retorno en conjunto continúe siendo
relativamente r educida. En general, en todos los estudios sobre emigra-
ción de retorno se pr etende responder a una cuestión básica: ¿F ueron los
retornados un factor de inno vación y modernización, o por el contrar io de
reacción y estancamiento , para sus países de or igen? Eso ha llevado a que
se planteen tres pr oblemáticas interrelacionadas:
a ) Cuál fue el monto total o apro ximado , la distr ibución sectorial y el
influjo en la estructura económic a del país de origen de los recursos eco-
nómicos adquiridos por los emigrantes en Amér ica (la cuestión a menudo
denominada de las r emesas);
b ) La medida en que la exper iencia migratoria contr ibuy ó a acelerar los
procesos de movilidad social de los r etornados, y por lo tanto de la sociedad
a la que se reintegrar on en su conjunto , y
c ) S i los r etornados se constituyer on en agentes de renovación política,
cultural y social, y muy especialmente cuál fue la relación entr e participa-
ción sociopolítica y moviliz ación social en el país de origen y exper iencia
migratoria, así como la introducción de nuevos hábitos sociales en el te-
rreno de las mentalidades colectivas y vida cotidiana. Ámbitos de atención
prefer ente de estos estudios fueron por lo general las ár eas r urales.
82
Xosé M. Núñez Seix as
En los tres aspectos, las investigaciones existentes desde los primeros
trabajos aparecidos en las décadas de 1950 y 60 muestran un panorama de
gran variedad por países y sociedades de destino , y por lo tanto por regiones
y áreas co ncretas dentro de los difer entes Estados. 52
U N RECORRIDO TEÓRICO
La cuestión de las remesas ha sido objeto de amplias investigaciones en
la historiografía centroeur opea, anglófona e italiana. De su examen compa-
rado se pueden obtener las siguientes conc lusiones:
a ) L os flujos de remesas constituy eron una iny ección de liquidez mone-
taria y de recursos adicionales que nutrieron fundamentalmente a grupos
doméstico familiares de r egiones campesinas de pequeña propiedad y cam-
pesinado par celar io . En consecuencia, la distr ibución interna de esas r e-
mesas se repartió generalmente en pequeñas cantidades, enviadas en var ias
ocasiones a lo largo de un cic lo vital. L os ingresos adicionales enviados por
los parientes emigrados, o inc luso por el cabez a de familia, contr ibuy eron a
consolidar históric amente regímenes de pequeña pr opiedad, a monetar izar
la economía campesina y a e vitar la proletarización total del c ampesinado .
Como fuente de ingresos complementarios, las remesas americ anas dismi-
nuyer on el papel de usurer os y prestamistas; permitieron una may or capa-
cidad de ahorr o y , e ventualmente , de consumo a las familias c ampesinas; y ,
paradójicamente, posibilitaron la permanencia en el campo de estas últimas
a largo plazo . 53
b ) De la misma manera, las remesas contribuyeron a div ersificar en tér-
minos relativ os las actividades econó micas, posibilitando inversiones de
emigrantes y/o de familias de emigrantes sobre todo en el sector ter ciario .
52 Unos primeros intentos de evaluación de la literatura existente sobre la cuestión, aunque
ya un tanto superados: Bovenkerk, 1974; Rosoli, 1977: 235-246, y Hoerder , 1982: 28-41.
Una perspectiva general sobre el r etorno de los emigrantes centroeuropeos, poloneses y
nórdicos a los E E. UU . en W yman, 1993. Dejamos fuera de consideración los numerosos
estudios sociológicos realizados sobre los emigrantes tur cos, gr iegos o italianos retornados
de la Europa Central en los años setenta y ochenta del siglo xx. Un acercamiento en King
(1986) y Cazor la P érez (1981).
53 P ara una perspectiva integrada: W yman, 1993: 22-45; Carmagnani, 1994: 167-81; S ánchez
Alonso , 1995: 57-60. P ara el caso italiano: V öchting, 1951; Sor i, 1980.
83
Las inversiones de retornados de Améric a en sector es económicos punte-
ros o de gran riesgo no fueron la norma, pese a que se registrar on ejemplos
excepcionales, c atalogables de retornado empr endedor . L as remesas, por el
contrario , se dedic aban a inversiones consideradas seguras y de bajo ries-
go , congr uentes con los principios de la economía moral c ampesina a los
que los retornados seguirían fieles (Massullo 2001). De cualquier modo ,
el destino de esos ahorros americanos dependía mucho de las condiciones
económicas globales imperantes en el lugar de or igen de los emigrantes;
y asimismo , de la transmisión de la informa ción acerca de dónde inver-
tir . L os c apitales «americ anos» acostumbraban a seguir el camino marcado
por los capitales europeos, inc luso en momentos de grandes expectativas.
F ue el c aso de los primeros años de la P olonia independiente tras 1918,
que contemplaron un notable aflujo de r emesas americ anas hacia P olonia
( W alasz ek 1998).
c ) L os efectos negativos de las r emesas podían traducirse en tensiones
inflacionistas y alza del precio de la tierra, a c ausa de la may or monetar iza-
ción y de la mayor demanda de tierras. P ues, al no tener que detraer tanto
excedente hacia el mercado para obtener ingr esos monetar ios, los gr upos
domésticos campesinos podían reforz ar la tendencia al autoconsumo . P ero
este fenómeno no tuvo lugar en todas partes con la misma intensidad. En
los países nórdicos, por ejemplo , se ha señalado el surgimiento de un cam-
pesino pequeño y mediano propietario de carácter innovador , integrado
en buena medida por retornados, quienes se contaron entr e los principales
promotor es de la innovación tecnológica en la agr icultura ( V ir tanen 1979;
W yman 1993: 140-44).
En cuanto a los dos últimos aspectos: movilidad social e influencia so-
ciopolítica, hay que par tir de entra da de la constatación de que en este
terreno existe una r elativa abundancia de tipologías y modelos. P asemos a
exponer los brevemente .
El sociólogo italiano F . Cerase, uno de los pr imer os analistas en abordar
el estudio empírico de la emigración de retorno desde los E E. UU . a Italia
meridional, argumentaba en sus conc lusiones que la migración de retorno
contribuía básic amente a la conser vación de las estr ucturas sociales y de
84
Xosé M. Núñez Seix as
propiedad en las zonas rurales del Me zzogiorno. D urante su estancia en
Améric a, los emigrantes se preocuparon únicamente de ganar el suficiente
dinero para v ol ver a sus pueblos y , entonces, poder mejorar sus explotacio-
nes agrícolas, sus casas y el bienestar económico de sus familias. No obs-
tante, el colectivo de emigrantes r etorna dos no era uniforme, sino que los
diversos tipos de r etornados guardaban una relación dir ecta con su proceso
de integración laboral y social en la sociedad industrial y ur bana a la que
habían emigrado anteriormente, del per íodo de tiempo pasado en la emi-
gración y de su mayor o menor éxito pr ofesional y el grado de movilidad
social conseguidos durante esa fase vital. Esto , a su vez, condicionaba la
relación de los r etornados frente al ámbito de r eferencia social de origen. 54
Cerase distinguía entre cuatr o tipos de retornados. 1) El retornado fr a -
casado , que fue inc apaz de superar el primer choque cultural con los E E.
UU ., y vol vió al poco tiempo a su pueblo , sin haber aprendido apenas nada
de su corta exper iencia migratoria. 2) El retornado conser vador , que corres-
pondía a aquellos migrantes que permanecieron algunos años en América,
encontraron un trabajo mejor tras un periodo de adaptación al nuevo país, e
inc luso adquirieron una mejor calific ación laboral; pero prefirieron ahorrar
e invertir lo juntado en sus loc alidades de pr ocedencia, donde volvieron,
compraron tierras, casas y algunas tiendas. P ese a algunos cambios de cos-
tumbres y mentalidad, aspecto externo e higiene corporal, y ser cr íticos en
varios aspectos con la sociedad de or igen, se conver tían en defensor es de los
valores tradicionales y de la estabilidad y apo yaban sin problemas a las élites
rurales. 3) El jubilado , que vol vía a su aldea para pasar los últimos años de
su vida, con todo el c audal de experiencias y conocimientos acumulados en
su estancia ultramarina, pero sin lazos familiares en los E E. UU . P or eso
optaba por retornar , comprar una casa con sus ahorros y vivir de rentas,
siendo su comportamiento político y social tendencialmente conser vador .
4) El retornado innovador : emigrantes que, tras haber trabajado por un
tiempo en los E E. UU ., volvieron a sus pueblos y continuaron allí su acti-
vidad socioeconómica, intentando aplicar los conocimientos y exper iencia
54 La teor ía de los «ámbitos de refer encia» sociales de origen como patrón de comportamiento
simbólico y de comparación de los individuos so metidos a procesos de movilidad social o de
contacto intercultural. Vid. las c lásicas elaboraciones de Merton, 1970 [1940]: 228-386.
85
Las patr ias ausentes
adquiridos en su tiempo de emigración. A pesar de sus deseos de cambio ,
estos retornados no siempr e podían llevar a c abo una agencia social real-
mente transformadora, debido a la oposición a sus iniciativas por par te de
las élites y caciques r urales. P or ello , se veían a menudo obligados a pactar
con los padroni . S olamente en el caso de enco ntrar condiciones adecuadas,
una estructura de opor tunidad política que diera aliento y organiz ación
colectiva a sus iniciativas, el influjo de estos retornados devenía en realmen-
te transformador (Cerase 1967; 1971; 1974). En cualquier c aso , el mismo
Cerase señalaba que el impacto económico de la emigración de r etorno en
el S ur de Italia habría sido muy limitado en función del pr edominio del
c lientelismo político rural y de la relación de dependencia económica del
Mezzogior no respecto del N orte industr ial (Cerase 1975; 2001).
No faltar on autores que discr eparon de esta tipología, afirmando que
solo retornar on aquellos que no experimentaron una movilidad social muy
alta o muy baja. Ni los r ealmente acomodados, por haber dado pr ioridad
a la búsqueda de integración en la élite social del país receptor , ni los real-
mente fracasados, por temor a enfrentarse con su ámbito social de partida
o a sufrir el rechaz o de sus familiar es, vol verían a su país de origen (Rich-
mond 1984; Gmelch 1980).
La inter pretación pesimista sobr e el papel transformador de la migra-
ción de retorno no fue compartida por otros autor es, que prefirieron poner
el acento en el papel decisivo de los r etornados para impulsar la moderniz a-
ción tecnológica de la agr icultura, así como para introducir nuevos hábitos
de la modernidad urbana, y patrones de consumo igualmente innovador es,
en las z onas rurales. L os migrantes retornados también habrían promovido
la movilización sociopolític a contra las viejas élites en sus zonas de or igen.
Así se registr ó en varias regiones italianas que presentaban altas tasas de
emigración, como Calabr ia, S icilia o Liguria. Gilkey y L opreato pusier on
en evidencia el grado en que los retornados constituyer on un grupo hete-
rogéneo en lo que r espectaba a su conducta económica y compor tamiento
social. P ero todos los americani , independientemente de su estatus social,
llevaron a casa con ellos una nue va mentalidad. S e caracter izaban por la
falta de respeto a las jerar quías sociales tradicionales, así como por el deseo
86
Xosé M. Núñez Seix as
de desafiar , directa o indirectamente , a las élites polític as rurales, desde los
padroni hasta los curas católicos. Esos y otros autor es reseñaban además
el notable papel de los retornados en la modernización de las técnicas de
cultivo y en la potenciación del asociacionismo y del cooperativismo rural,
ya que los antiguos emigrantes contribuyeron a consolidar un nuevo tipo
de mediana propiedad rural que era m uy adecuada para la aplicación de
cambios tecnológicos (Gilkey 1967; L opreato 1967; King 1986).
En lo que atañe a la relación entr e compor tamientos militantes en el te-
rreno sociopolítico y emigración de r etorno , o bien a la reemigración tem-
poral de actores políticos y sindicales que actuaron en dos m undos, autores
como Donna Gabaccia y Dino Cinel introdujer on abundantes matices.
L os migrantes retornados eran, en buena medida, «hombres nuevos», que
habían incor porado los valor es individualistas y competitivos de la socie-
dad norteamer icana, y que contribuyeron igualmente a intr oducir en sus
z onas de origen las virtudes de la cooperación social y una mayor creencia
en la capacidad transformadora de la sociedad civil (Cinel 1984: 55-76).
Cinel también insistió en los efectos económicos de la emigración, que
llevaban a consolidar la pequeña y mediana propiedad, en par ticular en
Italia meridional. P ero los efectos sociopolíticos también fuer on relevantes,
particularmente en tres aspectos. Primero , los retornados mostraron una
sumisión m ucho menor hacia los c aciques rurales. S egundo , promovieron
la educación, la alfabetización y la par ticipación política entre el campesi-
nado . T ercer o , fomentaron la constitución de sindicatos agrar ios y socieda-
des de ayuda mutua. No obstante , el impacto real de los retornados en las
estructuras del poder loc al del Sur de Italia fue limitado hasta la I G uerra
Mundial, debido no solo a la resistencia de los caciques r urales, sino tam-
bién a las contradicciones internas del colectivo de americani. Estos últimos
vivían entre dos mar cos de refer encia, Italia y Amér ica –o , mejor dicho , su
pueblo de origen y la ciudad amer icana–, y muchos fuer on incapaces de
elegir en cuál invertir sus energías (Cinel 1982: 71-100; 1991; Caroli 1973;
Mac Donald 1963).
Donna Gabaccia sostuvo también que los r etornados pueden convertirse
en agitadores políticos dentr o de organizaciones más o menos radic ales. P ero
87
Las patr ias ausentes
esto dependía de la presencia pr evia de una estr uctura de oportunidades fa-
vorable en sus r egiones de or igen, que contribuía a multiplicar y reforz ar la
efectividad de su agencia sociopolítica. Del mismo modo , esta autora cues-
tionó la existencia de una relación causa-efecto entre el sistema de pr opiedad
de la tierra y la mayor o menor emigración de r etorno , como había supuesto
Mac Donald. P ara esta autora, los retornados distaban de constituir , por sí
mismo , un agente de c ambio social único y autosuficiente; pero en combina-
ción con otros su influencia y pr esencia se convertía en poderoso factor mul-
tiplicador . Aunque no necesariamente en una dirección «r evolucionar ia» sin
más, sino preferentemente siguiendo una orientación que, de forma global,
sería c alificable de reformista (Gabaccia 1984; 1988: 155-63).
La investigación existente sobre la migración de r etorno en distintos
países de Europa también ilustra esa ambigüedad de comportamientos. En
el caso de los terr itorios polacos durante el pr imer ter cio del siglo xx, Adam
W alasz ek no solo ha mostrado las altas tasas de retorno que caracteriz aba
a la emigración polaca a los EE. UU . y Canadá, sobre todo tras la indepen-
dencia de P olonia en 1918, cuando muchos retornados innovador es vol-
vieron a su país con la ilusión de contribuir a su resurgimiento . L as reme-
sas de dinero llegadas de ultramar también jugar on un papel sustancial en
las estrategias de repr oducción doméstica de las familias c ampesinas, y los
retornados no solo comprar on tierras, sino que también aplic aron nuevas
técnicas para cultivar las. Igualmente, los polacos de Améric a extendieron
nuevos estilos de vida y consumo en áreas rurales abr umadoramente tradi-
cionales y católic as. P ero la fuerz a social de la Iglesia católica, el c lero rural
y las élites locales actuaron de freno a las iniciativas transformadoras de los
retornados en el ámbito sociopolítico , par ticularmente cuando la estructura
de oportunidades fue menos favorable: ausencia de sufragio universal mas-
culino en los territor ios polacos de A ustria-Hungr ía y el imperio r uso , por
ejemplo , hasta 1914 ( W alasz ek 1984; 1995).
En los países escandinavos, la investigación histór ica también ha desta-
cado que los migrantes retornados jugar on un papel innovador en las áreas
rurales de par tida. En F inlandia se ha demostrado que, a pesar de su limita-
da importancia cuantitativa, los retornados desempeñaron una función m uy
88
Xosé M. Núñez Seix as
relevante como introductor es de nuevas técnic as agrícolas, y estaban sobre-
rrepr esentados entre los líder es de los movimientos sociales de iz quier da
o de carácter progresista ( V ir tanen 1984; T edebrand 1985; S emmingsen
1950). L os greco-americ anos que volvieron a Gr ecia durante la primera mi-
tad del siglo xx también obraron un efecto semejante (Saloutos 1956).
Un rasgo común es que la capacida d transformadora de los r etornados
dependía mucho de las cir cunstancias imperantes en sus regiones de origen,
tanto durante su ausencia como a su retorno . En el c aso de F risia septentr io-
nal, por ejemplo , la ausencia de cualquier tipo de moviliz ación sociopolítica
de carácter disr uptivo con anterior idad a 1914 determinó que el impacto
de la migración de retorno desde los E E. UU . fuese c asi irrelevante, a pesar
de su importancia cuantitativa. Algo similar se ha obser vado en el caso de
Croacia por la misma época. L a salida más usual para los retornados de la
emigración era buscar una opción acomodaticia, integrándose en las élites
dominantes a nivel local, o bien el inconformismo grandilocuente, mas sin
efecto de arrastre social (Kortum 1981; Kraljic 1978).
Mucho más escasas han sido las contr ibuciones dedicadas a medir em-
píric amente el impacto de la emigración de r etorno en el grado de movili-
dad social de las sociedades de origen. Una raz ón para ello es la necesidad
de contar con fuentes adecuadas, que per mitan lle var a cabo una aproxima-
ción estadística y prosopográfica. Las contr ibuciones más notables hasta
ahora provienen de la historiografía alemana y nór dica. Así, el estudio de
Karen S chniedewind (1994) sobre los emigrantes retornados desde los E E.
UU . a la ciudad hanseátic a de Bremen entr e 1850 y 1914, gracias al uso de
las solicitudes de ciudadanía pr esentadas por los retornados. Estudiando
las carreras de 459 retornados, esta autor a conc luyó que el grado efectiv o
de movilidad social inducido por la experiencia migrator ia es elevado entre
los comerciantes, ayudantes de comercio y artesanos calific ados, pero más
baja en los empleos no calific ados. P or otra par te , el historiador finlandés
R . Kero ofreció un suger ente análisis de los orígenes sociales y la movilidad
social ascendente de los migrantes retornados a un ár ea rural de F inlan-
dia. P or un lado , emigraban en mayor pr oporción los varones jóv enes de
familias más o menos acomodadas, de mediana propiedad. P or otro , re-
89
Las patr ias ausentes
tornaba en mayor pr oporción quien más razones tenía para ello . Es decir ,
los hijos de familias campesinas propietarias medianas y acomodadas, pues
eran quienes, tras un per iodo de proletarización en Norteamér ica, poseían
perspectivas reales de acceso y consolidación de una pr opiedad rural, vía
herencia o mediante la ampliación de la que ya poseían dentr o del grupo
doméstico . En este último gr upo son abundantes los casos de acumulación
media. 55 Un factor adicional que complicaba esta estimación era que, obvia-
mente, aquellos emigrantes que disponían de un nivel de alfabetización e
información más elevado tenían mejores oportunidades para exper imentar
una movilidad social ascendente en América (Moya 1998: 244-46; 2001).
El análisis microhistórico llevado a c abo por Donna Gabaccia en la pe-
queña ciudad siciliana de Sambuc a a comienzos del siglo xx ofrece unos
resultados distintos, sin embargo . S u estudio ofrece el inter és de comparar
en qué medida progr esaron o fracasaron en América emigrantes proce-
dentes de ámbitos artesanales y c ampesinos. S i las tasas de retorno eran
más bien bajas, entre los retornados abundaban más los fracasos entre los
campesinos medios, funcionarios y ar tesanos, mientras que los retornados
que procedían de familias jornaleras o de pastor es experimentaban un ma-
yor éxito r elativo . P or esa raz ón, la socializ ación de campesinos y ar tesanos
en Améric a en un medio urbano contr ibuía, paradójicamente, a crear unos
laz os sociales y familiar es entre ellos que más tar de se trasplantaban a la
ciudad de origen a través de la migración de retorno , lo que favor ecía de
manera indirecta per o eficaz a la dinámic a de movilidad social (Gabaccia
1988: 158-60).
A LGUNAS REFLEXIONES P AR TICULARES
Entre las conclusiones que podr íamos obtener de este breve r ecorrido
por la literatura existente sobre la emigración transoceánica de retorno en
los países europeos, reseñar emos dos, en lo que se refiere al impacto de la
emigración de retorno sobr e la sociedad de origen.
55 V id. Kero (1972: 9-29). Del mismo modo, en su estudio sobre la ciudad de F afe, Monteiro
conc luía –per o sin base estadística– que «El retorno constituía, así, un proceso de r eafirmación
de un estatus social y familiar anterior y la reproducción del mismo asumiendo , no obstante,
nuevas imágenes simbólic as» (Monteir o , 2000: 318).
96
Xosé M. Núñez Seix as
la cuantificación: ¿Hasta qué punto los emigrantes que planeaban volver
a casa eran diferentes en su perfil socioprofesional, de edad, nivel de alfa-
betización, o modalidades de inserció n laboral, de aquellos que no habían
previsto retornar? 56
La tendencia general en la investiga ción históric a consiste en destacar
la existencia de altas tasas de retorno para los emigrantes españoles antes
de 1930, que se estiman alrededor de un 50 por ciento de las salidas. Es,
además, un problema que no desaparece al r educir la escala de análisis. Ni
los padrones de habitantes m unicipales son siempre fiables en cuanto a su
indicación de cuántos y quiénes son los «residentes ausentes», ni existen
siempre listas de ausentes. En el caso español la información suministrada
por esas fuentes es sumamente irregular , y varía no solo de municipio a mu-
nicipio , sino también de déc ada a década. Inc luso en el c aso de que se pueda
disponer de una información estadística suficiente acerca de la migración
de retorno a niv el loc al, no siempre es posible identificar a todos los retor-
nados, ya que quienes no se establecieron de vuelta en su lugar de origen
y prefirieron radicarse en la capital de provincia o en las grandes ciudades
ibéric as no siempre dejar on rastro en las fuentes locales. 57
Otra cuestión es, sin embargo , la de establecer una posibles per iodiza-
ción de los retornos en función de variables macroeconómicas. ¿S on una
respuesta a oscilaciones de los mer cados de trabajo , tanto de la sociedad de
acogida como de la sociedad de partida, lo que conver tiría, a su vez, en cíc li-
cos los movimientos de retorno según difer entes segmentos del contingente
emigratorio (jornaleros agrícolas frente a empleados del sector ser vicios, por
ejemplo)? ¿S on, al igual que las remesas, respuestas a los ciclos y coyunturas
de los tipos de cambio? ¿Priman las estrategias y dinámicas microsociales
sobre las macr osociales? En este aspecto resta m ucho por hacer . P er o po-
demos formular de entrada una cierta pr evención hacia las explicaciones
meramente cuantitativistas o macroestructurales. Como nos han recordado
56 Esta es una cuestión planteada por W yman (1993: 12-14). Para el caso español, vid. una
primera aproximación en F rid (2001).
57 P or ejemplo , la tesis doctoral de X. M. V illa sobr e los emigrantes gallegos en Puer to Rico
encuentra altos porcentajes de r etornados más o menos exitosos del ayuntamiento de A
Guarda que, en vez de volver a esa villa, se establecieron en Madrid ( V illa Álvarez 2000).
97
Las patr ias ausentes
Baily o Moya, la emigración es un fenómeno en el que la lógic a borrosa, el
entrecruzamiento disperso y a menudo az aroso de numer osas trayectorias
personales y familiares, discurre gr osso modo entre unos límites o unos rie-
les marcados por las grandes tendencias y modelos push-pull . L a cuestión es
si eso nos ha de llevar a pr ivilegiar el extremo opuesto , es decir , la acumu-
lación de historias individuales sin ninguna voluntad de generalización. De
hecho , cuando ha sido posible disponer de un elenco considerable de infor-
mación prosopográfica homogénea que permitiese un análisis comparativo ,
los resultados demostrar on ser satisfactorios.
b ) ¿Cuál fue el impact o económico de la migración de retorno en las dis-
tintas regiones ibéricas? En este ámbito los avances son bastante mayores,
y los interrogantes generales menor es, aunque sí permanecen dudas sobre
aspectos específicos. P odemos dividir las en dos apar tados.
b .1.) La c uestión de las remesas . V ar ios autor es han puesto de relieve tanto
la importancia de esos flujos globales de remesas como su periodiz ación, y
de manera más o menos acercada se ha estimado su importe (Bahamonde y
Cayuela 1992; V áz quez González 2000: 887-931; Carnero L orenzo 1991;
Macías Hernández et al. 1999; García L ópez 1992; Maluquer de Motes
1998; Al ves 1994: 274-97). Del énfasis inicial en la importancia que re-
vestiría la inyección de capitales reinvertidos después de 1898 en España,
reavivando las actividades cr editicias e industriales, se pasó a una mayor r e-
lativización y pondera ción del impacto de esas remesas, valorando no tanto
su importancia puntual en 1899-1902 como su distr ibución a lo largo de un
amplio periodo que llegar ía hasta 1930. S obre todo en el caso de los histo-
riadores canar ios, gracias al uso imaginativo de fuentes seriales (libros de
impuestos de transmisión de bienes y derechos r eales) se pudo determinar
de manera bastante fiable y acertada cuál ha sido la e volución por periodos
de las remesas y , sobre todo , su distr ibución sectorial. L a imagen general
no ha cambiado mucho , por ahora: destinos pr eferentemente agr opecuar ios,
con alguna participación en compr a de bienes inm uebles r ústicos y , andan-
do el tiempo , ur banos, en crédito , pero también en empresas y actividades
económicas consideradas seguras , siguiendo los r itmos de las fluctuaciones
económicas coyunturales de la economía del archipiélago . En Galicia o As-
98
Xosé M. Núñez Seix as
turias, la tónica parece ser semejante: búsqueda de valor es y sectores segur os.
Y lo mismo puede afirmarse de otras z onas peninsular es de may or dinamis-
mo económico e industrial, como Cataluña. En este sentido , la conducta
económica de los indianos astur ianos o gal legos de éxito no difería gran
cosa, en cuanto a la estr uctura y destino de sus inversiones, de los burgueses
contemporáneos, si bien quienes se habían enr iquecido en el comercio colo-
nial y portuar io introdujer on algunos hábitos más competitivos. 58
L o que seguimos sin conocer con precisión es el monto y distribución
de las remesas a niv eles y esc alas más r educidas, la circulación de esos capi-
tales a través de r edes banc arias locales y en forma de giros de monto escaso
repartidos a lo largo del tiempo , fuera de ejemplos localiz ados ( V illares
1997: 249-54; S outelo 2012). El acceso a epistolarios y fuentes personales
quizás nos permita conocer cuál fue la impor tancia de esas remesas en las
estrategias económicas de los gr upos domésticos familiares. P er o , en todo
caso , la impresión general sigue estando vigente: las remesas de Améric a
contribuyen a consolidar la pequeña propiedad campesina, tanto en Galicia
como en Canarias y Astur ias.
b .2.) Diferente es el juicio que , sobre todo a ojos de los coetáneos, me-
reció la conduct a económica de los r etornados. Aquellos fuer on víctima del
típico décalage entr e expectativas y realidades. En Galicia y Asturias, por lo
menos, la imagen en par te idealizada que se constr uyó del emigrante como
posible agente regenerador de España, vivificador de la economía loc al e
impulsor de la iniciativa individual y del progr eso técnico , contr ibuy ó des-
pués a satanizar a los retornados. L a constatación de que su conducta eco-
nómica se movía por pautas de estr icta ra cionalidad en función de la infor-
mación de que disponían, y por lo tanto inver tían en sector es productivos
seguros, fue causa de honda desilusión entre numerosos tratadistas penin-
sulares antes de 1940. De cualquier modo , los retornados empr endedores
tampoco estaban ausentes en empresas innovadoras o en la intr oducción de
nuevas tecnologías: capitales indianos hay , por ejemplo , tanto en las nuevas
58 S obre Cataluña, vid. algunos ejemplos en S onesson (1995: 165-94), Solá Par era (2001),
Rodrigo (2007) y Blasco Mar tel (2007), así como Sánchez S uárez (1992). P ara Asturias, vid.
Ojeda y Anes (1993: 94-97) y Erice (1995: 115-29). Para las Islas Canarias, vid. Carnero
L orenzo (2001). S obre el P aís V asco , vid. Siegr ist de Gentile y Álvarez Gila (1998: 161-94).
99
Las patr ias ausentes
industrias eléctr icas r urales de Galicia en la década de 1920 como en la
industria conser vera (Carmona 1982). P ero la especulación inmobiliaria en
las ciudades o la práctica del préstamo a pequeña escala tampoco faltaron,
si ese resultaba ser el destino más segur o para los capitales indianos.
c ) La incidencia social de la emigración de ret orno . Aquí comienzan a apare-
cer los problemas, pues la gran mayoría de los estudios se basan en genera-
lizaciones e inducciones a par tir de ejemplos conocidos, algunos recorridos
prosopográficos o imágenes literarias, testimonios coetáneos a los hechos
y otras evidencias indirectas. De este modo , en lo referente a la movilidad
social, contamos aún con e videncias empíric as dir ectas demasiado escasas
que nos permitan ir más allá de una afirma ción hipotética. La emigración
favor eció , en términos generales, la movilidad social ascendente. P er o los
casos de enr iquecimiento o de ascensión social espectacular son, pese a su
visibilidad, esc asos dentro del conjunto de r etornados y emigrantes, aunque
puedan haber constituido un importante colectivo dentro de las élites socia-
les de la región de origen (Erice 1999). Más bien cabe hablar , por lo menos
entre el colectiv o de retornados, de una gran var iedad de éxitos r elativos. Es
decir , de una acumulación suficiente de ahorros para modernizar y conso-
lidar la explotación campesina familiar , convertirse en mediano propietario
más o menos emprendedor , abandonar el trabajo manual y poder contratar
jornaleros, instalar una tienda o un pequeño comercio , etcétera. Este modelo
no era muy distinto del pr edominante entre los emigrantes portugueses y
españoles a Europa central y occidental desde la década de 1950.
Igualmente, nos queda todavía por conocer al detalle cuál fue el papel
social y la efectividad real del capital simbólico y de sus manifestaciones
externas en la consolidación del ascenso social, relativo o absoluto . ¿Cuáles
fueron las estrategias de ascenso y cooptación hacia las élites locales y/o re-
gionales? ¿Cuál el potencial innovador que en esa renovación de élites (to-
tal o parcial) estaba implícito? ¿Cuál fue el grado en el que esas estrategias
conformaban unos rasgos distintivos? A la postr e, ¿ac aso no r epresentan los
retornados de América un c aso más de ascenso social a la burguesía, o a lo
que se ha dado en llamar pequeña burguesía o c lases medias, y por lo tanto
no serían sus parámetros comparables a los usados para estudiar aquella, in-
10 0
Xosé M. Núñez Seix as
c luso en su proceso de «burguesización»? (Crossick y Haupt 1995). Q uizás
deberíamos constatar la paradoja de que los retornados (americ anos, in-
dianos, habaneros, brasileiros , amer ikanuak y así sucesivamente) no existen
tanto como grupo social consciente, sino como realidad construida desde
fuera. P ues el deseo de esos retornados no sería sino integrarse en grupos
sociales preexistentes o en formación. 59 Esto se r elacionaría con su agencia
sociopolítica, como veremos.
S abemos algo más acer ca de lo que fueron las influencias del retorno
de la emigración en el plano de la vida cotidiana. P or una par te, está el
impacto urbanístico de los retornados: las nue vas construcciones y c asas, la
proliferación de quintas de indianos y de edificios modernistas en algunas
ciudades, la expresión más visible del capital simbólico con el que quer ían
exterior izar su ascenso social los emigrantes enr iquecidos. P ero también
hay que tomar en co nsideración a los r etornados menos enriquecidos que
sí pudieron ampliar y mejorar la casa familiar gracias a los dineros ganados
en Améric a (o , décadas más tarde, en Centroeur opa). Estos aspectos están,
sobre todo en Asturias, estudiados exhaustivamente, más desde un pun-
to de vista artístico-arquitectónico y descriptivo que desde la perspectiva
de la historia social (Ál varez Q uintana 1991; F ranco T aboada 1989; VV .
AA. 1990). Más allá de la descripción pseudocostumbr ista de las formas
de vestir , los atuendos más o menos exóticos de los indianos, su lenguaje
pintoresco mezc la de americ anismos con el idioma y/o los dialectos locales,
la introducció n de recetas culinarias trasplantadas de otras latitudes, y un
largo etcétera, facetas sobre las que ya existen muchas descripciones, faltan
aún por calibrar adecuadamente dos aspectos cr uciales.
En primer lugar , c abe pr eguntarse por la base de veracidad real, o cuando
menos de ver osimilitud socialmente operativa, de esos arquetipos icónicos
recurr entes del retornado o del indiano: ¿Hasta qué punto existen imágenes
preconcebidas que datan ya de la comedia clásic a del Siglo de O ro –el in-
diano , símbolo de la dec adencia de España, ataviado con exóticos atr ibutos,
entre los cuales ya apar ece el papagayo–? Esto nos llevaría al punto de los
imaginarios, que trataremos más delante .
59 Así lo confirma el caso de P or tugalete: vid. S iegrist de Gentile y Álvarez Gila (1998: 188-90).
101
Las patr ias ausentes
En segundo lugar , es necesar io investigar , más que el exotismo en sí de los
retornados, el impacto que sus nuevos hábitos de consumo , visiblemente ad-
quiridos en ámbitos ur banos latinoameric anos, ejercía sobr e la predisposición
a emigrar de los que se habían quedado en la aldea o en las z onas de origen en
general. Aspecto en el que inciden algunos estudios italianos, y que también
sugieren varios testimonios autobiográficos de emigrantes. 60 Es decir , el im-
pacto de esos nuevos hábitos tiene que ser medido más bien por la reacción
que causaron en los que se quedaron, pues hicieron más visible el ascenso
social y prov oc ar on un contraste que actuó , a su vez, como poderoso factor
de expulsión para retr oalimentar la corriente emigrator ia, no solo en sectores
sociales subalternos –imitación de los nuevos ricos–, sino inc luso en sectores
sociales hasta entonces acomodados –amenaza dos por la nivelación social
que introducían los r etornados–. En este sentido , la emigración de retorno
redimensionaba el espacio local, inser tándolo plenamente en una red de con-
tactos y refer encias más amplias. P ero los retornados también intr odujeron en
ámbitos rurales y semiur banos una mayor pr eocupación por el civismo , por
la erradicación de costumbres rurales consideradas antimodernas; y contr i-
buyer on, más allá de su alineación polític a concr eta y sus fluctuaciones, a una
mayor articulación de la sociedad civil. Así, por lo menos, se puede apreciar
en Galicia (Domínguez Almansa 1997; Núñez S eixas 1998 a : 369-72).
d ) Incidencia sociop olítica de la emig r ación de retorno , en par ticular su
aportación a las formas y dinámic a de movilización social en las z onas de
origen de los emigrantes. Aquí, pese a la existencia de algunas pinceladas de
calidad en var ios estudios sobre el caso asturiano , es sin duda el c aso gallego
el más estudiado . Y el protagonismo corresponde en este caso más a los
«americ anos» que los c lásicos «indianos» de leontina de or o .
La presunción de que la emigració n inhibe la protesta y actúa como
válvula de esc ape de las tensiones sociales, actuando de agente adormece-
dor de la movilización social, par te de una ecuación en exceso simplista:
a mayor pobr eza, mayor pr esión demográfica sobre los recursos, mayor es
posibilidades de articulación de la protesta (Núñez Seixas 1999 a ). Empe-
60 Ejemplos italianos en F r anzina (1996: 187-209). P ara referencias autobiográficas, vid.
F ernández S aavedra (1986: 18-19) y V ejo V elarde (1976: 45-48).
10 2
Xosé M. Núñez Seix as
ro , como la propia investigación históric a sobr e los movimientos sociales
«tradicionales» ha puesto de manifiesto , y como ya habían señalado algu-
nos estudios c lásicos sobre la migración de r etorno escandinava (Hovde
1934; S cott 1946), para que se produz ca una movilización de un colectivo
no basta con que ese grupo de personas compar ta la percepción de sufrir
una situación de agravio o injusticia compartida. L os recursos materiales
e inmateriales, junto con la presencia de una estructura de opor tunidades
adecuada, son requisitos necesarios par a favorecer la acción colectiva, al
igual que la elaboración de un marco de intelección com ún de la realidad
y la división o la debilidad de las élites dominantes también favor ecían la
articulación de la acción colectiva por par te de los dominados.
En este sentido , la impor tante agencia social de los emigrantes r etor-
nados de Améric a en Galicia en las zonas r urales y semiurbanas de su
país de origen, sea como producto de la acción colectiva de los emigrantes
organizados o como fr uto de las aportaciones dispersas pero constantes
a lo largo del territor io gallego de decenas de r etornados anónimos, nos
llevan a corroborar las hipótesis apuntadas. P ara que se produzca un im-
pacto sociopolítico notable de los emigrantes retornados también es pr e-
ciso que existan compañeros de viaje , cier ta movilización en la sociedad de
origen. L os americanos gallegos, en este aspecto , eran más activos porque
los agricultores gallegos también eran más activos en la lucha antiforal y
anticaciquil que los c ampesinos asturianos, canar ios o cántabros; porque
poseían un movimiento agrarista –en cuya gestación inicial apenas par-
ticiparon los emigrantes– m ucho más potente y libre en may or medida
de tutelas confesionales que los campesinos de otras z onas; y porque, en
ausencia de núc leos urbanos con una influencia que rebasase su hint erland
más inmediato , el protagonismo de los emigrantes a Améric a se torna-
ba más intenso y visible. Eso no era necesariamente así en z onas donde
existían otros sector es sociales que ejercían de v ectores principales de la
movilización social.
P or otro lado , la existencia de un marco de oportunidades favorable en
esta banda del mar también prov oc a la r etroalimentación constante . Como
ya hemos señalado , la existencia de objetivos viables y concr etos en las z onas
10 3
Las patr ias ausentes
de origen, así como el surgimiento de élites políticas loc ales anticaciquiles,
aliados políticos y sectores sociales, ofrecía unos canales a la movilización
de los emigrantes gallegos, o por lo menos a aquella par te de los emigran-
tes que se comprometía colectivamente . Dentro , por ejemplo , del terr itorio
gallego podemos diferenciar entr e la Galicia meridional, donde los retor-
nados procedían en su may oría de Argentina y Brasil, y operaba un movi-
miento agrario más radic alizado que se or ientaba de modo decidido hacia
la abolición de los for os; y la Galicia septentrional, donde la agencia social y
el modelo de interacción entre emigrantes y r etornados con la sociedad lo-
cal presentaba más semejanzas con el c aso asturiano , es decir : una presencia
mayoritaria de un movimiento agrar io r eformista cuyo objetivo primor dial
era la promoción del cooperativismo y en el que era may or la influencia del
catolicismo social, y unos retornados que pr ocedían en su gran mayoría de
Cuba. No en vano la movilización sociopolític a de los emigrantes galaicos
en Cuba también era más moderada y menos ric a en matices –y , sobre todo ,
en interacciones con las corrientes obr eristas del país de acogida– que en el
caso de sus compatr iotas de Argentina (Núñez Seixas 1998 b ).
P er o de la misma manera la relativamente abierta estr uctura de oportu-
nidades que ofrecía la España de la Restauración (sufragio univ ersal, L ey
de Asociaciones, L ey de S indicatos Agr ícolas, divisiones entre los partidos
dinásticos en 1898) permitía que, a diferencia del P or tugal o de la Italia
de la época, la actividad transformadora en el plano sociopolítico de los
emigrantes de retorno , y par ticularmente de las S ociedades de Instrucción
y de las colectividades organizadas de emigrantes gallegos en general, fuera
mucho más acusada.
De todas maneras, una constatación continúa siendo inalterable. L a
gran variedad y lo heterogéneo del colectivo de r etornados no circunscri-
be su influjo a un único movimiento social, terreno político o corriente
ideológica. 61 T ampoco es sencillo establecer una ecuación simplista entre
mayor o menor éxito económico y posicionamiento político-ideológico al
volver a su comunidad de origen. Como también es difícil establecer la en-
61 Como muestra, por ejemplo , la var iedad del colectivo de r etornados gallegos de Puer to Rico
que participaron en la política loc al de sus ayuntamientos de origen hasta la década de 1960:
vid. V illa Álvarez, 1998: 185-218.
10 4
Xosé M. Núñez Seix as
tre posiciones políticas: pongamos por c aso , las sostenidas por varios nota-
bles gallegos o vascos en política inter ior argentina de la primera mitad de
siglo , muy distintas de su pr oy ección política hacia la sociedad de or igen,
inc luso en el ámbito de la izquierda obrera. El ámbito de refer encia y el
de pertenencia no siempre coinciden, y los individuos pueden desarrollar
lealtades políticas diferentes en cada ámbito cultural y geográfico en que
operan. Así, también hubo “ indianos” y “ americ anos” menos pudientes que
negociaron como auténticos empr endedores políticos con los movimientos
sociales que podían liderar o utilizar en su búsqueda de ascensión o reco-
nocimiento social y político-institucional. S e han registrado así numer osos
casos en Galicia y Astur ias de retornados que comenzaron como agitado-
res anticaciquiles y terminaron, previa captación para la élite municipal de
la dictadura de P rimo de Rivera, apoyando años después de forma más o
menos entusiasta al régimen franquista. Y a pesar del antic leric alismo que
se les presuponía, el conjunto de sus valores sociales solía estar impr egnado
de meritocracia y respeto por la propiedad. De ahí el estereotipo negativ o
que sobre los r etornados de Améric a también circulaba, por ejemplo , entre
la iz quier da obrera del periodo de entreguerras.
Cuestión debatible son las motivaciones de los actor es a la hora de em-
barcarse en la política, y los retornados no fuer on una excepción. P odemos
señalar para el caso galaico , pero tal vez también para otros ejemplos pe-
ninsulares, que el liderazgo de sociedades agrarias, bandos anticaciquiles,
sindicatos o per iódicos anti- est ablishment constituyó igualmente una ma-
nera de hacer corresponder al ascenso social un lugar bajo el sol del poder
político . A pesar de esas y otras ambigüedades en su compor tamiento , estos
retornados también contribuyer on a generar una fértil dinámic a de articu-
lación de la sociedad civil. T odavía sabemos poco sobre la agencia sociopo-
lítica de los retornados en Asturias. Con todo ya algunos testimonios c lá-
sicos apuntaban que buena parte de los indianos habían apoyado opciones
republicanas reformistas (como el P artido Reformista de Melquíades Ál-
varez), y más tarde se conv er tirían en par tidarios del régimen de P rimo de
Rivera. T ambién se han señalado para algunos ayuntamientos or ientales y
occidentales dinámicas de actuación polític a de los r etornados relativamen-
10 5
Las patr ias ausentes
te semejantes a las registradas en Galicia (Oliveros 1982; De Goeje 1997;
Rodríguez Gonz ález 2000: 149-50; 1992: 285-98). Menos aún sabemos
sobre esta cuestión en el P aís V asco o Cantabria. 62 Un análisis comparativo
más amplio permitiría comprobar si el modelo gallego se puede aplicar a
otros territorios ibér icos.
P or otro lado , hemos descuidado un tanto un aspecto no menos relevan-
te. Las modalidades de inter vención sociopolítica de los emigrantes y re-
tornados en las sociedades de partida no solo se han de medir en función de
la mayor o menor existencia de una estructura de oportunidades favorable,
de la presencia de aliados potenciales o de la may or o menor división de las
élites dominantes locales. L os países de destino y las modalidades de par ti-
cipación en la vida sociopolítica de las socieda des de acogida operaron tam-
bién una influencia diferencial en las div ersas c apas u «olas» de emigrantes,
lo que se relacionaba también de manera dir ecta con las modalidades de
inserción social de cada colectivo r egional en cada ámbito de recepción.
P ero en eso también tenía influencia otra variable: el grado de moviliz ación
y politización que presentasen las colectividades organizadas de emigrantes
en los diferentes países. Algo c laro en los gallegos, pues las sociedades de
emigrantes de Buenos Aires se distinguían por un grado de compr omiso
político bastante diferente del que caracteriz aba al tejido societario galaico
en Cuba, lo que no se debía tanto a c ausas estructurales –diversa compo-
sición sociológica del colectivo migrante o distinta inserción sociolaboral–
como meramente contingentes y de estrategia política de gr upos concretos
dentro de las élites inmigrantes. Esto es: era un resultado de estrategias
diferenciadas de liderazgo étnico (vid. capítulos 11 y 12).
Inc luso en el caso de los gallegos, de los que los patrones de inser ción so-
ciolaboral son muy semejantes a lo largo de todo el continente americano , con
no demasiadas excepciones –sector ser vicios urbanos, comercio minorista–,
puede apreciarse una difer encia a la hora de escudriñar en las modalidades de
incidencia de los retornados de difer entes países en ámbitos locales donde co-
existen cubanos y argentinos (por ejemplo , el ayuntamiento ponte vedr és de A
62 Sobre los indianos vascos y c ántabros hay todavía m ucho por investigar . Vid. no obstante
algunos datos en Lhande (1971 [1910]: 138-39); Siegr ist de Gentile y Álvarez Gila (1998:
169-70, 190); P ereda de la Reguera (1968); Solde villa Oria (1992: 291-314).
112
Xosé M. Núñez Seix as
Es más, inc luso en las fuentes cualitativas acostumbra a aparecer con más
relieve el r etornado que volvió a su ámbito social de referencia y origen,
donde destaca y llama la atención, que quien se estableció en la ciudad,
donde su impronta, aunque presente , es menos visible. O bviamente, para
el período de posguerra y para los retor nados de la emigración europea,
el seguimiento de sus inversiones y actividades se complica todavía más,
aunque un método alternativo usado pr ofusamente han sido las entrevistas
múltiples en difer entes puntos geográficos, combinado con el acceso más
o menos puntual a estadísticas oficiales y , en algunas ocasiones, a otro tipo
de fuentes fiscales o administrativas. P ese a no eliminar los problemas de
repr esentatividad de las muestras, cuando menos permite una apro xima-
ción y un ensayo de tipologización. S obre todo , cuando se opera en ámbitos
espaciales concr etos. 67
Con todo , y con las debidas c autelas, reducir la escala de análisis ofrece ,
por lo menos para la época de las migraciones ultramar inas de carácter
masivo , la mejor alternativa a la reitera ción de confirmaciones de lo que
ya sabemos, con poc as novedades. 68 Solo los estudios loc ales permiten in-
terrelacio nar las dimensiones social, cultural y polític a de la emigración
de retorno , como ha sido señalado por algunos autores gallegos (S outelo
V áz quez 1999, 2007, 2012; P ereira Bernárdez 2008). Y este fue el camino
seguido por algunos estudios que analizaron la migración de retorno en
algunos casos c anarios, como el del municipio de Güímar (Gran Canaria)
entre 1917 y 1934 ( Y anes Mesa 1993, 2010). Este autor identificó 778 par-
tidas, que corresponden a 731 emigrantes reales, calcula el porcentaje de los
que emigran por barrios, averigua el destino de 528 emigrantes (67,8 por
ciento del total), siendo Cuba el destino preferente (92,6 por ciento), segui-
da a distancia de V enezuela (3,03 por ciento). Solo repitió viaje el 6,48 por
ciento de los emigrantes. De ellos retornó definitivamente al ayuntamiento
67 Un br eve ejemplo se puede encontrar en el análisis de la conducta económic a de los
retornados de Eur opa central en Pr ecedo L edo y Doval Adán (1987). Igualmente, vid.
Rodríguez Gonz ález (1998), que utiliza como fuente las demandas de licencias de obra de
un ayuntamiento .
68 La monografía de Miguel Monteiro sobr e la villa de F afe (Monteiro , 1991: 249-318) incluye
algunas trayectorias individuales de brasileiros , pero sin cuantificación. Vid. también Siegr ist
de Gentile y Álvarez Gila (1998: 161-66).
113
Las patr ias ausentes
nada menos que el 70,45 por ciento de los emigrantes, siendo los regresos
masculinos más numerosos que los femeninos.
¿Q uién emigró? Ni los m uy ricos, ni los más pobres –como se ha com-
probado para otr os lugares, como P ortugalete o S alceda de Caselas–, por-
que el coste del viaje entrañaban un obstáculo para las familias de escasos
recursos. De cualquier modo , los retornados no experimentaron un grado
elevado de movilidad social, como muestran las fuentes fiscales. V einte años
después de haber emigrado , ningún retornado había ascendido a la cum-
bre del poder local y de la escala social. S olo tr es retornados se sumaron a
la cor poración local durante la dictadura de P rimo de Rivera, y otros tr es
más lo hicieron durante la II República. Igualmente, la economía loc al no
acusó significativamente el impacto del flujo monetar io prov ocado por la
emigración. Entre los pequeños propietarios agrarios, los que emigraron
y volvieron lograron consolidar su explotación, en par ticular la propiedad
de su tierra. P ero solo los más afortunados consiguieron edificar una c asa
nueva, donde instalaron una pequeña tienda de comestibles. Las remesas de
Cuba llegaron de modo r egular al pueblo , distr ibuidas siempr e en pequeñas
cantidades enviadas por c ada emigrante . 69
S in duda, Güímar no es necesar iamente el conjunto de las Canarias. Ni
tampoco sus conc lusiones son extrapolables, sin más reflexión, a otros casos
ibéricos. T al vez las dinámic as serían diferentes si hubiera habido emigran-
tes a Argentina o Brasil, pongamos por c aso . Y el hecho de que G üímar se
encuentre en una zona agrícola poco fér til puede haber contribuido a que
los retornados invirtiesen sus ahorros en otras zonas. Con todo , afirmando
con esa base empíric a las cosas es posible avanzar más en nuestros cono-
cimientos. Y así superar las visiones impr esionistas de las que, hasta ahora,
continuamos siendo prisioneros en la mayor parte de la historiografía euro-
pea (y norteamer icana) sobre la emigración de retorno . Con todo , estudios
locales como los expuestos, y los que vengan, tendrán que inser tarse en un
marco de discusió n extrac anario , extragal lego o extraibérico , y contrastar
sus resultados co n tipologías, modelos y experiencias de otras latitudes.
69 Vid. también una recapitulación posterior , en este c aso para un área de la isla de T enerife,
en Y anes Mesa (2012).
115
4. M ODELOS DE LIDERAZGO EN COMUNIDADES EMIGRADAS . A LGUNAS RE -
FLEXIONES A P AR TIR DE LOS ESP AÑOLES EN A MÉRICA (1870-1940)
Dentro del nutrido campo de los estudios migrator ios, uno de los aspec-
tos menos abordados en perspectiva teórica e interdisciplinar es sin duda
el problema de los notables y los liderazgos étnicos dentr o de las colectivi-
dades emigrantes. T odavía hoy es posible afirmar , como hacía Marco Mar-
tiniello en 1992, que no existe un consenso sólido acerca de la naturale-
za del liderazgo étnico sino , más bien, una multiplicidad de para digmas y
teorías de alc ance medio elaboradas a partir del estudio de un c aso o , a lo
sumo , de la comparación de un elenco reducido de casos; y , asimismo , que
no se han dado las condiciones para el surgimiento de una teoría global e
integrada de qué es el liderazgo étnico , del estudio de las élites y del po-
der en colectividades emigrantes (Martiniello 1992). Con todo , desde los
años cuarenta del siglo xx se han r egistrado numerosos avances, aunque
de forma fragmentaria y desde diversas perspectivas, que permiten ofre-
cer una recapitulación teóric a sumaria acerca de los pr incipales pr oblemas
planteados por el estudio del liderazgo étnico en comunidades inmigrantes,
particularmente en Nor tea méric a y Améric a Latina.
Como no podía ser menos, las pr imeras discusiones acerca de la natu-
raleza y la función del liderazgo étnico surgieron al compás del debate abier-
to en Estados Unidos entre los partidarios del cr isol de razas ( melting pot )
y los partidar ios del paradigma del pluralismo cultural. Debate que, como
es sabido , tuvo su traducción en otros países americanos –Argen tina (De-
voto 1992 a ), Brasil, etc.– hasta llegar a la suer te de consenso actual que
incide, al menos en Norteamér ica, no tanto en el cr isol como en el plato
de ensaladas variadas ( salad-bowl ). P ara los partidar ios de la teoría de la
asimilación (Robert P ark, G unnar Myrdal y otr os), la función de los líderes
étnicos sería ser vir de meros intermediarios en el irremediable pr oceso de
asimilación cultural de los inmigrantes en la sociedad r eceptora, paralelo a la
moderni z ación social y económica. P or el contrar io , para los partidar ios del
paradigma del pluralismo cultural que surge en los años sesenta y setenta, al
abrigo de la per plejidad sociológica desenc adenada por la irrupción del mo-
116
Xosé M. Núñez Seix as
vimiento de reivindicación afroamericano en Estados Unidos y la preser va-
ción, reac tualización y/o reelaboración o r einv ención de c ategorías étnicas
que se guían jugando un importante papel identitar io y movilizador , el rol de
los líderes étnicos sería el contrario . S e trataría no tanto de intermediar ios
necesarios en el proceso de aculturación y asimilación como de cataliz ado res
y agentes difusores de una conciencia étnica dormida o reelaborada. Aquí
se situaría el énfasis de, por ejemplo , Nathan Glaz er y P atric k D . Moynihan
(Glaz er y Mo ynihan 1963).
El debate tenía raíces anteriores. Al menos, desde que W illiam F . W hyte,
tras un minucioso estudio de campo en un distr ito italiano de Boston en
1943, llegase a la conc lusión de que los barr ios étnicos degradados o margi-
nales de las urbes nor teameric anas no eran territor ios en los que imperaba el
caos, sino que se trataba de subsistemas sociales (por emplear una c ategoría
seudoluhmanniana) rela tivamente bien estructurados mediante redes socia-
les informales, en las que operaban una ser ie de r oles sociales atr ibuidos y
legitimados y jerar quías socialmente aceptadas ( W hyte 1971). Era lo que se
dio en llamar la socie dad de la esquina de la calle o sociedad de las esquinas .
Gunnar My rdal (1944) en su estudio del pr oblema negro en Estados Unidos
publicado en plena déc ada de 1940, llegaba a una pr imera clasific ación de
los tipos de liderazgo étnico; y Al vin W . Gouldner se ocupó extensamente
del papel de los liderazgos inmigrantes en los grupos afroameric anos, ítaloa-
meric anos y judíos (Gouldner 1950). Doce años más tarde, el c lásico estudio
de Herber t Gans sobre los «aldeanos urbanos» otorgaba también un papel
preeminente a la conformación de los distintos liderazgos étnicos dentr o de
las colectividades italianas inmigrantes de la ciudad de Boston (Gans 1962).
Del mismo modo , durante los años sesenta varios estudios centrados en la
comunidad negra norteameric ana conferían un lugar esen cial al papel de la
élite dirigente afroameric ana dentro de los pr ocesos de toma de decisiones
en el nivel local y a su rol como cataliz ador es del descon tento social de la
comunidad negra, expresado en los P anteras Negras o en el movimiento por
los derechos civiles de Martin Luther King (Bláz quez 1974).
L os estudios históricos sobre las oleadas inmigrantes en Estados Uni-
dos dentro del periodo de la inmigración masiva (1880-1930), como es
11 7
Las patr ias ausentes
sabido , proliferar on desde los años setenta. Dentro de ellos, un lugar más
o menos destacado fue otorgado al surgimiento de liderazgos, notables y
mediadores o padroni . S in embargo , los intentos de sistematiz ación y ela-
boración de tipologías fueron escasos. S e destacó sobre todo John Higham,
con sus varios ar tículos y , par ticularmente , por Ethnic Leadership in A merica
(Higham 1978). A este libro siguió una infinidad de monogra fías sobr e
diferentes grupos étnicos, además de una renovada atención a fenómenos
como la conformación de grupos de presión económicos de base étnica, el
fenómeno del ethnic business y la imbric ación entre r epresenta tividad de los
líderes étnicos, c lientelas políticas e intereses económicos a través de r edes
microsociales de carácter comercial r eforz adas por laz os de paisanaje .
P ara otros países de destino y otros grupos migratorios, apenas conta-
mos con estudios comparativos integrados a la perspectiva de los norteame-
ric anos. P ero se puede considerar que el fecundo diálogo con la historiogra fía
italiana y la propia tradición de estudios sobr e liderazgo étnico norteame-
ric ano ha rendido frutos particularmente positivos en el c aso argentino , con
los estudios, entre otros, de F ernando Devoto sobre la élite inmigrante ita-
liana en Buenos Aires desde mediados del siglo xix, de Alejandro F ernández
sobre la élite comer cial y asociativa española de Buenos Aires y otr os núc leos
entre finales del siglo xix y comienzos del xx, de María Bjerg sobre los líderes
étnicos de la comunidad danesa, de Ángel D uar te sobre la élite política repu-
blicana hispánic a en la Argentina, de Rómulo Gandolfo sobre los agnoneses
y las asociaciones italianas en Buenos Aires, o el exhaustivo trabajo de José
Moya sobr e los españoles en la ciudad porteña, entre una miríada de estudios
sobre otras ciudades argentinas y/o sobr e otras comunidades cuya enume-
ración sería prolija y entre cuy os focos de atención siempre ocupaba un lu-
gar importante, aunque c asi nunca central el estudio de las élites inmigradas
(Devoto 1984, 1986, 1989; F ernández 1987, 1989, 2001; Bjerg 1992, 1995;
D uar te 1998; Gandolfo 1986, 1992; Mo ya 1998).
F altaba quiz ás en el caso argentino (y latinoamer icano en general) una
reflexión teórica de más am plio alcance que tuviese en cuenta las apor ta-
ciones diversas y variadas de las investigaciones empíric as y adaptase o mo-
dificase las premisas teóric as elaboradas principalmente por la sociología
118
Xosé M. Núñez Seix as
y la historiografía norteamer i canas a las circunstancias concretas de Lati-
noaméric a. Y a que, como Hig ham ha señalado y han puesto de manifiesto
igualmente los trabajos comparativos de Sam Bail y , entre otr os, el contexto
social de Ar gentina, Uruguay y Brasil y el entorno y las condiciones polí-
ticas de Estados Unidos son tan diferentes que r esulta imposible genera-
lizar patrones de adaptación y evolución de colectividades inmigrantes tí-
picamente nor te americ anos (Higham 1986). Asimismo , como ha señalado
María Bjerg (1992:32), mientras en Esta dos Unidos han predomina do los
estudios basados en las presiones exter nas sobre los grupos étnicos inmi-
grantes, que a su vez han favorecido el surgimiento de liderazgos de pr otes-
ta o de acomodación, en la Arg entina, al estar ausente el factor de discr i-
minación racial pr esente en Estados Unidos, los estudios se han centrado
de modo preponderante en el surgimiento y la consolidación de jerar quías
internas y endógenas dentro de cada colectividad étnica. Se abordaron así
cuestiones como la movilización polític a interna y la participación polític a
en la sociedad de acogida, el papel de las c lientelas, las c adenas migratorias,
las redes micr o-sociales y los barrios étnicos.
¿Cuáles son los principales problemas y aportes teór icos de cada una de
las tendencias existentes hasta ahora para el estudio del liderazgo étnico?
L os tres enfoques clásicos en el estudio del liderazgo étnico en Nortea-
méric a han estado marcados por las aportaciones de tres autores ya seña-
lados: W hyte, My rdal y Higham. P ara el primero , el subsistema social de
la «sociedad de la esquina de la calle» está determinado por la presencia de
líderes, quienes son indispensables para la confirmación del grupo y sin los
cuales este se fragmenta. El prestigio del líder radicar ía en su juego limpio
y en su capa cidad de tomar las mejor es decisiones en cada momento , en
ser una suerte de maestro en la adopció n de decisiones racionales. P ara
W hyte, no son los profesionales liberales y los grandes comerciantes los
líderes más influy en tes, por la sencilla raz ón de que ya salier on del gueto y
su influencia es más externa que interna. S in embargo , su esquema analítico
parece más apr o piado para el estudio de las típicas bandas ur banas juveniles
norteamer i c anas –del estilo de las descritas en la película W est Side Stor y –
que para la comprensión de colectividades étnicas suprabarriales dotadas de
119
Las patr ias ausentes
un grado más formal y estructura do de organización, cuando no provistas
de un armaz ón institucional. Myrdal par te de la pr emisa básica de que líder
es todo aquel que experimenta ascenso social. A par tir de ahí, diferencia
entre dos tipos clásicos de liderazgo: de acomodación y de protes ta (Myrdal
1944). L os líderes «acomodaticios» no cuestionarían el sistema de c astas y
procuran conseguir una adaptación lo mejor posible a las pautas existentes.
L os líderes «pr otestatarios» aspiran a c ambiar el orden establecido y a des-
truir el sistema de c astas, con su correlato de discriminación racial. P or ello ,
la mayoría blanca apoyaría y fomentar ía el surgimiento del primer tipo de
lideres y r eprimir ía a los segundos.
Desde una perspectiva historiográfic a, Higham empiez a por dar una
definición de líder étnico que, aunque genér ica, tiene la vir tud de la poliva-
lencia: líder ser ía, simplemente, toda aquella persona que ejerce una in-
fluencia decisiva sobre los demás coterráneos inmigrados en un contexto de
obligaciones e intereses com unes (Higham 1978). A par tir de ahí, este autor
elabora una tipología del liderazgo consistente en tres modelos, de acuerdo
tanto con la jerarquía interna del grupo inmigrante como con la percep-
ción que de él tiene el mundo exterior : se trataría del liderazgo recibido , del
liderazgo in terno y del liderazgo de pro yección . El pr imero (r ecibido) sería
un liderazgo caracter ístico del periodo formativo de las comunidades étni-
cas, preexisten te en el país de or igen y trasplantado al país de destino: sus
fuentes de poder o legitimación prov endr ían del V iejo Mundo y hallarían
continuidad con las pertinentes adaptaciones en el Nuevo Mundo . S ería el
caso , sin ir más lejos, de los sacerdotes católicos polacos o ir landeses y de los
rabinos en Estados Unidos, en par te de los sacerdotes católicos italianos en
la Argentina, de algunos pastores protestantes daneses en este mismo país
o , aplic ando ese tipo ideal a las colectividades hispánicas, de los sacerdotes
vascos en Améric a en general (Pienkos 1991; Brown 1966; Miller 1988;
Berg 1992; Ál varez Gila 1999). S u eficacia en teoría tender ía a disminuir
conforme aumentase la naturalización de los inmigrantes en los países de
acogida. S in embargo , la exper iencia histórica también muestra que varias
de esas for mas de liderazg o trasplantado o recibido se pr oy ectaron a la se-
gunda gene ración de inmigrantes nacidos en Améric a.
120
Xosé M. Núñez Seix as
El segundo tipo de liderazgo descrito por Higham es el interno , que
nace dentro del grupo étnico y se desarrolla en su interior , a partir de indi-
viduos que, en principio , llegan al nue vo continente en una situación social
rela tivamente similar (hijos de campesinos que arr iban sin nada, pongamos
como tipo ideal) y que gracias a su ascenso social y a su labor de portavoces
del grupo se convier ten tanto en sus repr esentantes como en sus defensores
ante el exterior . L as tar eas de estos líderes étnicos internos serían al menos
cuatro: 1) propor cionar ser vicios económicos a la colectividad inmigrante,
o bien de orden espiritual, a través de vías formales y/o organizativas (aso-
ciaciones mutualistas) o de vías informales; 2) ser vir de cataliz ador es de la
sociabilidad de grupo , favoreciendo la conformación de for os de expresión
y comunicación común, tanto fo rmales (pr ensa étnic a, medios de comuni-
cación sector iales en general, fiestas y conmemoraciones o celebraciones)
como informales (tertulias, reuniones, lugares de sociabilidad, etc.); 3) la
defensa del país, región o paese de origen, en círculos de lealtad más o me-
nos concéntricos, y 4) el progr eso y avance de la colectividad étnica, cuidan-
do de su prestigio y r espetabilidad.
F inalmente, el liderazgo de proy ección se refier e a aquellos individuos
surgidos del grupo étnico que adquieren una audiencia superior a la del gr u-
po con el que son identificados, y que de hecho se mueven en los már genes
de él o , simplemente, mantienen una vinculación débil y una impli cación
meramente simbólica. Pueden englobarse aquí los grandes hombres de ne-
gocios, políticos, militares, depor tistas, etc., que se convier ten en símbolos de
su grupo étnico de or igen a veces malgré eux . A su vez, establece Higham, en
lo que se refier e a su situación central o perifér ica respecto del grupo étnico
los líderes pueden situarse en los márgenes del grupo étnico y estar dispues-
tos a abandonar lo «bajo una delgada capa de lealtad», mien tras a su lado
se situaría un liderazgo «más positivo y dinámico orientado hacia el centro
del grupo», c ategoría en la que engloba a los activistas políticos y culturales
interesados en la construcción de imagina rios colectivos para el grupo étnico
que resalten su afirmación difer encial (Higham 1978).
Estas serían las tipologías c lásic as –y bastante básicas, podr íamos de-
cir– de liderazgo étnico , que en par te –hemos aplicado para el estudio del
12 1
Las patr ias ausentes
caso gallego en Amér ica (Núñez Seixas 1992), y que de modo más o menos
genérico han sido tenidas en cuenta por la mayoría de los autores argenti-
nos que se han apro ximado al tema. S in duda, la tipología de Higham es la
más completa y la más operativa, precisamente por su gran aplicabilidad en
multitud de contextos históricos y situaciones particulares. A par tir de estos
modelos existentes para el estudio del liderazgo étnico podríamos identi-
ficar hasta ocho gr upos de problemas teóricos y metodológicos susci tados
por la escuela estadounidense de estudios sobre el liderazgo étnico , que se
pueden generalizar también, en nuestra opinión, a los estudios migrator ios
en otros países americanos. S e trata de los siguientes:
1. La natur ale za del lider azgo étnico y sus fuentes de po der y/o prestigio so-
cial, por parafrasear a Michael Mann. En este sentido , se puede afirmar que
no existe un modelo uniforme. Hay diferentes tipos de liderazgo dentr o
de cada una de las colectividades, y además esos liderazgos carecen por
lo general de existen cia legal y formalmente definida desde fuera, o reco-
nocida por la sociedad r eceptora. P or el contrario , solo goz an de vigencia
y aceptación dentro del espacio social específico en el que se m ueven los
grupos migrantes. El presi dente del Centro Gallego de Buenos Air es, por
ejemplo , no es per se el repr e sentante formal de los gallegos de la capital
argentina ante la municipalidad o el gobierno federal, aunque puede ju-
gar en ocasiones un papel en cuanto tal; un rey gitano de una comunidad
puede ser un líder reconocido informalmente y de facto por el exterior en
ocasiones –por ejemplo , para ayudar a las autor idades a resolver pr oble-
mas de orden público o de naturaleza criminal–, pero no de modo legal y
formal. Igualmente, no existe un cr iterio unívoco y universalmente válido
para atribuir y medir c ategorías como la respetabi lidad y el pr estigio social
que consideramos inherentes al liderazgo étnico , ya que son var iables y
condicionados por los contextos y los códigos culturales específicos de cada
comunidad inmigrante .
Existe un cierto consenso epistemológico en identific ar , en todo c aso , la
naturaleza del liderazgo con el ejercicio de funciones directivas en institu-
ciones étnicas. V ar ios autores (Martiniello , F elli, T r ygsvason y otros) definen
la naturaleza del liderazgo étnico como el ejercicio de influencia sobre los
128
Xosé M. Núñez Seix as
primer arr ibo registrado de inmigrantes que habían adquirido la ideología
aranista en el P aís V asco en 1903, se orientó sobre todo a la conquista
de los centros m utualistas vascos, como el L aurak Bat de Buenos Aires
o el Zazpirak Bat de Rosar io , hasta conseguir su control institucional y
poder desarrollar desde ellos una política simbólica y cultural. L o mis-
mo intenta ron, y consiguieron solo en par te, los nacionalistas gallegos en
Buenos Aires desde 1918, con su influencia en la Casa de Galicia y su
desembarco en 1925 en la F ederación de S ociedades Gallegas, Agrar ias
y Culturales de la capital argentina, lo que motivó su escisión en 1929 en
dos federaciones, una de influjo socialista y otra nacionalista. En todos es-
tos casos, es apre ciable que la influencia de los nacionalistas se restringió a
porcentajes más o menos amplios del colectiv o de refer encia, pero nunca al
conjunto del mismo , surgiendo escisiones «españolistas» promovidas por
los asociados o líderes descontentos con la ruptura con el nacionalismo
español (Núñez Seixas 2001 d ).
Las disputas ideológic as de la dirigencia étnic a de las asocia ciones no
siempre eran una traducción r eal de las preocupaciones de la masa social
afiliada a las entidades. S e ha señalado la cier ta dicotomía entr e los diri-
gentes republicanos mazzinianos y antic le r icales de las sociedades italianas
de 1850-1880 y los inmigrantes rurales c atólicos que conformaban la gran
masa de Unione e Benevo lenza o inc luso de la Societ à Nazionale It aliana , lo
que daba lugar a fuertes polémic as (Devoto 1986, 1989). Del mismo modo ,
también cabe preguntarse por el grado de influencia ideológica y simbólic a
real entr e su masa asociada que conseguían las instituciones cuyo contr ol
estaba regentado por socialistas, etnona cionalistas o car listas «vasconga-
dos». Como hemos comprobado para el caso gallego , inc luso para las socie-
dades comarcales o municipales de fuerte base comunitaria, las disputas
ideológicas o las escisiones provocadas por esas desavenencias arrastraban
a los asociados sobre todo en función de las afinidades personales y las
lealtades com unitar ias de base parr oquial canaliz adas a través de r edes mi-
crosociales, y no tanto –podemos suponer– en función de los principios que
se dirimían (Núñez S eixas 1998 b ). S in negar la capacidad de moviliz ación
de los asociados en función de incentiv os ideológicos –lo que será bastante
129
Las patr ias ausentes
evidente, como afirmamos, con oc asión de la Guerra Civil de 1936-1939, si
bien las ambi güedades entre la extr ema politiz ación de las dirigencias y la
mayor tenden cia apolítica y comunitaria de los asociados no desaparecerían
en la posgue rra–, lo cier to es que la mera descripción de las orientaciones
de la dirigencia étnic a y de sus empresas periodísticas y culturales no basta
por sí sola para convertir la en sinónimo del colectivo estudiado . 70 S ería
preciso indagar cuál es la capacidad de impregnación de las bases sociales
de las instituciones por parte de las dir igencias étnicas, y a través de qué
canales pueden transmitir y extender su mensaje, más allá de las apar iencias
que pue dan com unicar la prensa étnica o las actas de reuniones. Ello nos
plantea el típico problema del estudio de toda forma de acción colectiva: la
dialéctica entre incentivos electivos y selectiv os, discurso y praxis.
4) Los estilos de lider azgo . Aquí, la c lásic a. distinción de Myrdal en-
tre lide razgo de acomodación y de protesta ha persistido bajo difer entes
denominacio nes o sucesivos matices en los autores posteriores. O tr os más
(Huggins) distinguieron entr e líderes r eformistas y emblemáticos para el
caso de Estados Uni dos: los reformistas equivalen a los protestatarios, mien-
tras los emblemá ticos son equivalentes a los acomodaticios de Myrdal. Na-
than Glaz er utiliza un tipo semejante de distinción en sus estudios sobre
las comunidades judía e italiana de Estados Unidos (Glazer 1983). Otros
autores que se han ocupado de los negr os, chic anos o asiáticos en Nortea-
méric a insisten en subdividir esos dos tipos básicos, señalado a cuatro estilos
de liderazgo: dictator ial, autocrático , democrático y liberal o de lais sez-faire
(Balgopal y Thomas 1983).
Esta c lasificación básic a, al igual que la mayoría de las tipologías está-
ticas muy propias de la sociología, presenta, a nuestro par ecer , dos proble mas
centrales. En pr imer lugar , resulta obvio que esos dos –o cuatro– estilos son
aplicables de forma ubicua a todo tipo de liderazgo y de poder , y que tanto
la «acomodación» como la «protesta» también son aplicables a mu chos tipos
de liderazgo en movimientos sociales a lo largo de la historia. Un mismo
liderazgo puede utilizar la acomodación o la protesta de acuerdo con estra-
70 L o que ha sido , por desgracia, un enfoque frecuente. V éase por ejemplo , referido a la
colectividad canaria de Cuba –y con pretensiones inc luso de cubrir satisfactoriamente a
catalanes y gallegos–, el decepcionante intento de Cabrera Deniz (1996).
130
Xosé M. Núñez Seix as
tegias e intereses cir cunstanciales, según la estr uctura de oportunidades exis-
tente, la cosmovisión ideológica de esa élite o su hor izonte de valores. Un
segundo problema es el significado y la traducción práctica concreta que se
quiera dar a «acomodación» y «asimila ción», así como a los fines perse guidos
por la «protesta». S ituándonos en sociedades de inmigración, y por utilizar
las categor ías de W ill Kymlic ka, la búsqueda de «acomodación» puede sig-
nificar bien una plena igualdad de derechos individuales para los miembros
de un colectivo étnico en r elación con los miembros de la sociedad r eceptora
en su conjunto , o bien un reconocimiento de ciertos derechos colectivos,
preser vados y garantiz ados por el Estado o dotados de un r econocimiento
institucional autónomo y la cesión de cuotas de poder (Kymlicka 1996).
En este sentido , la protesta de los negr os o chic anos norteameric anos no es
idéntica a la de los nativos ame ricanos, como no lo fue en su momento la de
los francófonos de Canadá. Es el co ntexto de la elección en c ada momento
lo que determina qué es acomodación y qué es protesta, en nuestra opinión,
en función de la correlación de fuerzas y de lo que (se percibe como que) la
sociedad receptora esté dispuesta a dar , lo que también influye en el tipo de
estrategias de los líderes étnicos. Y estas no son estátic as.
En el caso de sociedades latinoamer icanas y de inmigrantes europeos,
el dilema entre acomodación y pr otesta no se ha manifestado siempre con
la crudez a con que lo hace en Estados Unidos. Con algunos matices, qui-
zá, para el caso español. Aquí, las actitudes de protesta se centran en el
reconocimiento simbólico de la aportación hispánica al descubr imiento y
la colonización de Amér ica, cuando no al autoatr ibuído papel civilizador
de España en Latinoamér ica, argumento omnipresente en la publicísti-
ca autojustific atoria de las élites inmigrantes hispánic as en la Argentina,
Uruguay , Brasil o Cuba. Así, mo mentos de relación tensa con la sociedad
receptora –guerra de independencia cubana de 1895-98, disputas acer-
ca de la supresión de estrofas consideradas ofensivas para España en el
himno nacional argentino , por ejemplo– se suelen saldar con una mez-
c la de protesta y acomodación: la protesta se ciñe a aspectos concr etos,
la acomodación se concentra en elaborar una amplia gama de discursos
conciliatorios entre la huella española y la historia y los mitos nacionales
13 1
Las patr ias ausentes
o emancipadores de las r epúblicas sudamer icanas. P or ejemplo , la elabo-
ración de una teoría según la cual los procesos de independencia latinoa-
meric anos fueron más una r eacció n antinapoleónica ante la ocupación de
la metrópoli por F rancia que una protesta antiespaño la; o la exaltación de
episodios históricos poco conflictivos en los que se destac a la cooperación
frente al enfr entamiento , así como las genealogías hispánic as de los padr es
de la independencia latinoameric ana en cada país. Igualmente, las disputas
acerca de los orígenes hispanos de L atinoaméric a se dirigían a menudo
hacia competidores de otras nacio nalidades inmigrantes, que en Buenos
Aires, pongamos por caso , eran indudablemente los italia nos. 71 Y aunque
es cierto que en las reacciones frente a los acontecimientos puntuales en
los que se juzgaba que existía desprecio a España –o a los gallegos, muy
frecuente en Buenos Air es como reacción de la pr ensa y las élites inmi-
grantes frente al ester eotipo étnico negativo– las élites de la colectividad
española solían hacer gala de una fuerte susceptibilidad, también lo es que
no se iba más allá de la protesta publicada en artículos más o menos espo-
rádicos. O btenida una disculpa, se zanjaba el c aso , cuando no se desviaban
las responsabilidades hacia otr o colectivo inmigrante, la pérfida Albión o
el imperialismo yanqui; o , como hemos constata do para el c aso gallego , se
libraba de responsabilidad a los arg entinos del concepto negativ o de que
estaría connotado el gentilicio gallego y se atr ibuía su difusión en América
a la mala fe de los vecinos castellanos, interesados en difamar a sus teóricos
connacionales (Núñez Seixas 1998a).
En definitiva: ¿Q ué es, pues, protesta, y qué es acomodación? Había di-
ferentes gradaciones en la pr otesta y diferentes modulaciones estratégicas,
a nuestro entender , en la acomodación, formuladas muchas veces en clave
de discursos de hegemonía simbólica, que no hacen fácil plantear un es-
quema binario tan marcado como el establecido para los líderes afr oame-
ric anos en Estados Unidos.
71 La polémica publicístic a alrededor de la vindicación del Cristóbal Colón gallego bien
pudo ser un ejemplo de ello , a lo largo de las dos primeras déc adas del siglo xx, al igual
que la frecuente exaltación de la inmigración española masiva en Buenos Air es como una
preser vación del carácter hispanohablante de la ciudad frente a la «invasión» italiana. Vid.
infra (capítulo 6).
132
Xosé M. Núñez Seix as
5) Las est r ate gias e intenciones de los líderes. Dado que el liderazgo impli-
ca acción colectiva más o menos formaliz a da, jerarquizada y organiz ada,
abor dar este apar tado nos enfrenta al típico pr oblema que surge al estudiar
todo tipo de acción colectiva: ¿Q ué par te juegan los inter eses, cómo se
perciben y form ulan estos, y qué papel juegan el altr uismo y los móviles
relacionados con él, como pueden ser la manida filantropía y el amor a
la patria (loc al, regional o estatal de origen) invocados por el discurso de
muchos líder es étnicos? Existe un consenso básico a la hora de estudiar
el papel de los líderes: la necesidad de no caer en la trampa de asumir de
modo acrítico la imagen que ellos pretenden dar de sí mismos, adoptando
desde fuera su discurso justificador e inspira dor como una traducción real
de lo que hacen y pretenden.
El arsenal dialéctico , cuando no la palabrería típica, del dis curso de un
líder étnico es consabido para cualquiera que se haya acercado al tema: bien
general, bien de la patr ia, progreso de la colectividad, adelanto mater ial y
moral, buen nombre de la colectividad y/o de la patria, etc. Es decir , una
serie limitada de lemas y discursos que destac an la solidaridad étnic a in-
terclasista y son susceptibles de atraer , por su propia vaguedad y al mismo
tiempo por su polivalencia, al mayor número posible de adher entes entre los
coterráneos. P ero con demasiada fr ecuencia el estudio de las estrategias y
motivaciones del liderazgo étnico acaba convir tiéndose, bien en una mez cla
entre la per cepción del papel de los líderes por ellos mismos y la per cepción
de ese papel por el investigador , o bien en una suer te de repr oche normativo
hacia los líderes por no cumplir el papel que deberían ejercer . Cabe, empero ,
estudiar el papel de los líderes desde la compr ensión de sus móviles especí-
ficos y proceder a una tipificación de su rol en cada una de las esferas en que
este se desarrolla. Martiniello distingue así dos funciones básic as (hacia el
interior y hacia el exter ior de la comunidad) y cuatr o papeles de los líderes
étnicos en esferas diferentes, a saber: cultural (mantener los límites étnicos
de la comunidad, recr eándo los e inventándolos si fuese menester a través de
la elaboración de imagi narios compar tidos), inc luyendo el ámbito religioso
en algunos grupos ét nicos; político (repr esentar a la comunidad hacia el ex-
terior y actuar como por tavoz de sus inter eses, inc luyendo la conformación
133
Las patr ias ausentes
de redes clientelares hacia el interior del gr upo , par ticularmente estudiadas
en el caso de los políticos étnicos en Estados Unidos); social (prestación de
ayuda mutua, auxilio en la búsqueda de alojamiento , trabajo , recursos en
general e inter mediación ante el gobierno del país receptor) y , no menos
importante, psi cosocial (ofrecer modelos de r eferencia em ulativos, contri-
buir al reforza miento del prestigio social de la com unidad, etc.).
Naturalmente , en este apar tado hay que tener en cuenta cuáles son los
incentivos selectivos de los líder es étnicos, es decir , sus móviles más tangi-
bles para asumir la repr esentatividad más o menos formal o informal de
sus coterráneos. Y hay que tomar también en consideración que la may oría
de los líderes actúan en campos plurifuncionales o multiorganizativos: un
mismo líder o notable puede actuar a la vez con un papel social, cultural y
político . La discusión entre los diversos modelos analíticos para el estudio de
la acción colectiva acerca de la existencia o no de altruismo , de la racionali-
dad limitada de las decisiones y las opciones de los líderes de movimientos
sociales, par tidos y asociaciones, y un largo etcétera, es interminable. 72 Algo
semejante se manifestaría para los líderes étnicos. ¿Q ué es más impor tante
para ellos: figurar en una asociación por simple satisfacción per sonal, mani-
pular en beneficio propio las necesidades de los coterráneos para sus inter e-
ses, legitimar su ascenso social ante los ojos de su comunidad de origen y al
tiempo ante la de acogida, o redimir ante su comunidad de origen el aban-
dono del país natal mostrando su permanente apego a él desde la distancia?
A nuestro par ecer , resulta evidente que al estudiar la acción colectiva de
base étnica en colectividades emigrantes nos encontraremos con una com-
binación de diversas motivaciones por par te de diferentes tipos de actor es.
Y , en nuestra opinión, c abe no excluir a pr iori ni el altr uismo ni la ideología;
pero tampoco la consideración meramente instrumental del liderazgo étni-
co por parte de sus detentadores: alcanzar posiciones de poder , prestigio e
influencia social tanto en relación al grupo de per tenencia como al de r efe-
rencia, sea la sociedad de origen como la de destino , la propia comunidad ét-
nica, el barrio étnico o la comunidad local en la que se viva, etc. La par ticipa-
72 E interminable sería hacernos eco aquí del debate existente entre las diversas teorías
explicativas de los movimientos sociales al respecto . P ara una introducción, es de utilidad la
consulta de Casquete (1998) y T arrow (1997).
134
Xosé M. Núñez Seix as
ción en asociaciones y c lubes étnicos, e inc luso el activismo político y social
comprometido con r elación a la tierra de origen, se pueden convertir en un
método indirecto para legitimar un pr estigio social adquirido por otras vías
(movilidad social en el comercio o la industria, c arr era profesional, etc.) que
le añade un capital organiz acional –a tr avés de la participación en asocia-
ciones y organizaciones– y un c apital simbólico –respetabilidad por parte de
los coterráneos. protección de los nuevos inmigrantes, rentabilidad social de
la filantropía, y un largo etcétera–. 73 P ar ticularmente cuando el acceso a las
altas esferas del poder está restringido para los inmigrantes recién llegados,
o inc luso para los que ya llevan déc adas de asentamiento en el país r eceptor
y que solo pueden aspirar a ocupar cargos políticos a nivel municipal.
A estos grupos de problemas podemos añadir hasta tres más, relaciona-
dos con los ya expuestos de forma más o menos colateral. P asamos a expo-
ner los de forma br e v e.
6) ¿Cómo delimit ar el papel de los líderes en las r edes sociales informa-
les de su actuación externa y más visible en las organizaciones que se pre-
tenden repr esentativas de todo el grupo étnico o , si se quiere , en las estr uc-
turas de poder formal existentes dentro del mismo? La cuestión consiste en
si se puede delimitar . P ues, como hemos señalado , con frecuencia las redes
sociales formales o los ámbitos institucionales se han constituido a partir de
la existencia previa de redes sociales informales, relaciones clientelisti c as,
presencia de padroni que r elegitiman su función social hacia el exte r ior , y
un largo etcétera. A menudo , las asociaciones italianas de Buenos Aires ser-
vían para domesticar el conflicto social mediante el recurso a la solidaridad
étnica: los notables empleaban a sus coterráneos y al tiempo creaban una
asociación local de socorros m utuos o de beneficencia en la que entraban
los rurales (Gandolfo 1992). Con ello , se reducía la posibilidad de conflicto
social en las fábric as o en los establecimientos –los socialistas italianos se
lo pensaban dos veces antes de denunciar a los notables que simbolizaban
al conjunto de la colectividad– y se recubrían las relaciones sociales de un
barniz de paternalismo y patrio tismo local. Q uiz á se pueda afirmar algo
73 S obre la importancia del capital simbólico –concepto , como se sabe, acuñado por el sociólogo
Pierre Bourdieu– y del organizacional en la atribución de categor ías como pres tigio social y
respetabilidad existe una amplia discusión en la teoría social (Crompton, 1997).
135
Las patr ias ausentes
semejante de varias asociaciones microterritor iales galaicas, si bien aquí
juegan un papel más importante, a nuestro par ecer , la imbr icación con la
movilización sociopolític a en los lugares de origen y la necesidad por parte
de una élite de notables modestos –pequeños comerciantes o pr opietarios
de un taller de pocos empleados–, de profesionales medianos y de activistas
políticos de crear un espacio institucional a su medida, frente a la oligar qui-
zación de las grandes asocia ciones mutualistas gallegas y/o españolas, apro-
vechando pr ecisamente un momento de vacío de poder en Buenos Aires
(ausencia de un Centro Gallego de dimensión apr eciable hasta 1907, que
no empieza a despegar realmente como institución mutualista hasta 1911-
1914) que no se dio en la misma medida en La Habana. 74
T anto en uno como en otro caso se trata de una multiplicación de líde-
res cuy o radio de actuación es prefer en temente local, y cuya capacidad de
influencia se reduce a unas centenas de paisanos, que actúan como inte-
mediarios de c adenas migra torias de alc ance reducido donde los pioner os
gozaban de un cier to estatus premigratorio , dentro de un ramo pr oductivo
o un ámbito espacial (un barrio) reducido , como ha mostrado Gandolfo
para los agnoneses, o Rober t F . Harney para los padroni italianos de T oron-
to . S u influencia socie taria o institucional no se puede comprender sin su
influjo en redes micr o-sociales y su prestigio transportado a la comunidad
de origen, que los convertía en puntos de referencia obligada de los r ecién
llegados, puesto que los miembros de la élite estaban vinculados entre sí
por estrechos lazos parenta les (Gandolfo 1986; Harney 1984). Al tiempo ,
sin embargo , también podía suceder que var ias de esas r edes microsociales
de alcance y dimensión loc al funcionasen con la suficiente eficiencia como
para catapultar a sus líderes a posiciones de mayor r epresen tatividad dentro
del conjunto de la colectividad étnica, en niveles concéntricos y sucesivos. 75
74 En el caso de los italianos en la Argentina se ha mostrado cómo , por ejemplo, las nue vas
asociaciones de inmigrantes creadas a fines del siglo xix corr espondían también a la necesidad
sentida por parte de la nue va élite inmigrante procedente del sur de Italia de construirse un
espacio institucional a su medida, frente al predominio de ligur es y septentrionales en las
asociaciones surgidas a mediados de siglo . V éanse. por ejemplo F rid de S ilberstein(1993) y
Gandolfo (1986).
75 P or ejemplo, una red paesana de pocos cientos de personas y bien estructurada, procedente
de unas pocas parroquias del municipio pontevedrés de Lalín, llevó a su líder Xosé Neira
136
Xosé M. Núñez Seix as
En este punto , c abe r econocer que el estado presente de las investigacio-
nes nos hace ignorar más de lo que sabemos, y que aquí solo nos podemos
limitar por el momento a dar algunas pistas llevados por el ejer cicio de la
inferencia inductiva. Será de desear que estudios monográficos más deta-
llados nos muestr en hasta qué punto un tipo de liderazgo conducía al otro .
Y , asimismo , que constaten en qué medida son las redes sociales informa les
las que crean las institucionales, o bien estas últimas contribuyen tam bién
a crear y r ecrear aquellas, al tiempo que redefinen con su mera pr esen cia
institucional y el discurso de los notables, per iodistas y fiestas étnicas los
límites de la com unidad imaginada.
7) ¿Hasta qué punto existe una relación det erminante entr e participa-
ción política de la élite inmigrante en la sociedad de recepción e influen-
cia social dentro de su colectividad étnica? S e trata de un aspecto , en
realidad, empa rentado con el punto anterior . S in duda, para el c aso esta-
dounidense y/o canadiense la existencia de bosses electorales y de bolsas
de voto étnico homogéneo es un clásico de la investigación, y el valor del
voto constituy e una de las vías de integración –aunque sea c lientelar–
de los inmigrantes en el sistema político y social norteamer icano . P or el
contrario , el mismo esque ma se torna más complejo en las sociedades la-
tinoameric anas, donde no siempre el sufragio universal masculino estaba
vigente o era una garantía de participación polític a, y donde la existencia
de coterráneos en posiciones elevadas en la jerarquía social y/o en puestos
administrativos y políticos de nivel medio e inferior podía permitir la
coop tación de miembros de los diversos grupos étnicos a través de redes
microsociales dispersas y m últiples, sin que el voto se convir tiese necesa-
riamente en la únic a herramienta disponible para la defensa de derechos
colectivos –o de la plena equiparación de der echos cívicos individuales
con el resto de los ciudadanos–.
Con todo , y por poner algunos ejemplos, los estudios sobre la élite dane-
sa, italiana o española en T andil, Córdoba, Rosar io , Luján o Mar del P lata,
al igual que para Uruguay , muestran cómo la élite inmigrante disfrutó de
V idal a mantener el control de las dir ectivas del Centro Gallego de Buenos Aires –esto es, la
institución mutualista más importante del colectivo español– en los años treinta y cuar enta,
por poner un ejemplo (F ernández S antiago , 2001).
13 7
Las patr ias ausentes
un acceso mucho más fluido de lo que se pensaba a las estruc turas del poder
municipal, particularmente en z onas en las que no existía una élite crio-
lla tan compacta y numerosa como en Buenos Air es (Bjerg 1992; Míguez
1987; P ianetto y Galliari 1989; F rid 1993; Marquiegui 1993; Da O r den
1995, 2005; Zubillaga 1996). A través de esa vía, los dir igentes étnicos
pudieron tejer una útil r ed de relaciones con los coterráneos agrupados en
sociedades étnicas, con la propia élite local criolla y de otras colectividades,
decisiva para favor ecer la movilidad social de los inmigrantes y reforz ar su
prestigio , así como para forjar y/o reforz ar el papel de esa élite inmigrante
como intermediaria entre el conjunto de la colectividad española (o gallega,
o catalana, o vasca o de otras z onas), las autor idades politicas, consulares
y diplomáticas del país de or igen y los círculos selectos de la sociedad r e-
ceptora. P or lo tanto , la no naturaliz ación de la masa de los inmigrantes
no suponía necesariamente que c areciesen de vías y r ecursos para influir
en la toma de decisiones políticas, al menos a nivel municipal, a través
de mecanismos informales más o menos alternativos al voto –aunque en
este aspecto se podría plantear muchas cuestiones (Devoto 1992a)– y redes
c lientelares de r elación más o menos formalializadas y barniz adas por un
discurso de solidaridad étnic a.
En el caso hispánico , aunque la élite inmi grante española –configurada
con nitidez hacia 1890– no accede de forma fluida a la gran propiedad
terrateniente, al poder político y a los c lubes sociales más exc lusivos, sí es
cierto que puede dialogar de modo fluido con la propia élite argentina,
que la considera inter locutora para la discusión de asuntos de importancia
(relaciones con España, leyes de ciudadanía); igualmente, llega a puestos
políticos secun darios y a cargos municipales, pero es más tolerada que inte-
grada por la élite criolla, según sugieren algunos autor es (F ernández 1990).
Esto no necesariamen te iba en menosc abo de la eficacia del papel social de
esa élite y le propor cionaría un incentivo suplementar io para jugar la car ta
del liderazgo étnico , añadir íamos nosotr os: no solo con vistas a su encum-
bramiento ante la élite local a través de una cuidadosa política simbólic a
e institucional, sino también con vistas al afianz amiento de su posición de
intermediarios entre el colectivo inmigrante y la alta sociedad local.
14 4
Xosé M. Núñez Seix as
tes hispánicos, han mantenido hasta hoy un respaldo electoral may oritar io ,
salvo algunos gr upos minoritar ios, al P ar tido P opular (pp), y se consideran
parte integrante de la colectividad española. Cualquier visitante de una aso-
ciación gallega en Améric a se verá sorprendido por la profusión de bande-
ras españolas, por la presencia del folc lore pr ototípicamente «español» en
sus celebraciones ( flamenco , tonadillas , etc.) o por la notable hispanización
lingüística de los inmigrantes gallegos en Argentina o , inc luso , Brasil. Este
estado de cosas contrastaba con el impor tante auge electoral del naciona-
lismo político en la misma Galicia durante la década de 1990, donde aquel
recogió un 25 por ciento de los sufragios en las elecciones autonómicas de
octubre de 1997 y un 19,2 por ciento en las elecciones generales de marz o
de 2000); pero también se distanciaba del discurso de afirmación regio-
nalista que, en tiempos de la presidencia de F raga Iribarne (1990-2005),
caracter izaba a la derecha conser vadora galaic a.
Esta situación venía a r omper con la que era habitual en la Galicia de
U ltramar durante el primer tercio del siglo xx. En ese periodo , el mensaje
etnonacionalista se abrió c amino en las com unidades de emigrantes gallegos
en Améric a con un ritmo de acepta ción social inc lusi may or que el que se
registraba en la pr opia Galicia. En Amér ica surgieron los primeros grupos
políticos y periódicos que se dec laraban abier tamente independentistas (en
La Habana en 1921-22, y en Buenos Aires desde 1926). D urante la déc ada
de 1940 los exiliados nacionalistas gallegos enco ntrar on allí, par ticularmente
en la capital argentina, un campo per fecto para propagar sus ideales, gracias
a la movilización previa de la colectividad propiciada por toda una genera-
ción de activistas residentes en América. S in embargo , el etnonacionalismo
bajó en intensidad desde la década de 1960. S olo a partir de la segunda
mitad de los años noventa del siglo xx par ecía resurgir en Buenos Air es y
Montevideo , como consecuencia del éxito electoral del Bloque Nacionalista
Galego (bng) y de su impacto sobr e las colectividades de emigrantes.
De idéntico modo , los impor tantes sector es de la colectividad de emi-
grantes canar ios en V enezuela que simpatizaban con el par tido regionalista
Coali ción Canar ia (cc) designar on un repr esentante como c andidato en
sus listas para el S enado en los años nov enta. El caso de Canar ias, en una
14 5
Las patr ias ausentes
escala muy inferior , repr oduce otra par adoja. En contraposición con la casi
inexistencia del nacionalismo canar io hasta su re form ulación en c lave iz-
quierdista durante las décadas de 1960 y 1970, fue en estos núc leos de la
emigración insular en V enezuela –pr incipiando por Secundino Delgado y
el periódico El G uanche – y en Cuba –lugar en que se constituy ó en 1924 el
primer P artido Nacionalista Canario– do nde nació el nacionalismo canar io
y donde, desde los años setenta del siglo xx, el credo nacionalista encontró
una cierta respuesta social (Garí Hayek 1993; Acosta P adrón 2005; Divas-
són Mendívil 2006).
D E EMIGRANTES A ESP AÑOLES … ¿O NO ?
¿P or qué la situación se presentaba a fines del siglo xx de esta guisa?
Una primera explic ación, un tanto simplista, podría ser que los emigrados
vascos y catalanes son más etnonacionalistas que los gallegos y los c anarios,
porque en España los nacionalismos vasco y catalán son históric amente
más fuertes. S e habría producido , en consecuencia, una transferencia mi-
mética de sentimientos de identidad nacio nal desde Europa hacia las co-
lectividades de emigrantes. No obstante, ha y que tomar en consideración
dos cuestiones que relativizan esta hipótesis. P or un lado , el hecho de ha-
blar de «comunidades» más o menos identific adas con un ideal nacionalista
implica siempre una distorsión. En efecto , aquéllas no inc luyen a todos los
vascos, c atalanes, gallegos o c anarios: un amplio porcentaje de inmigran-
tes no participa en la vida de sus instituciones, no votan en las elecciones
españolas (menos de un 15 por ciento de los residentes inscritos en los
consulados españoles en el extranjero ejer cía de modo regular su der echo
al voto) o bien, simplemente, figuran como miembros de instituciones de
alcance y ámbito españoles, donde están también inc luidos los inmigrantes
de otros orígenes regionales. P or otro lado , las instituciones «vasc as», «c a-
talanas» y algunas instituciones «gallegas» han llevado a c abo una labor de
nacionalización más o menos exc lusiva en su seno gracias a los procesos
previos de conquista del poder de dichas instituciones. Estos se tradujeron,
en ocasiones, en salidas y expulsiones de miembros desplazados a otras aso-
ciaciones que permanecían leales al nacionalismo español –caso del Cent ro
14 6
Xosé M. Núñez Seix as
Euskaro Español de Montevideo fundado en 1911, por ejemplo–, y otras
veces se plasmar on en escisiones c ausadas por conflictos simbólico-iden-
titarios entre inmigrantes que se sentían españoles y otros que compartían
otras identidades exc lusivas. Es más, en el seno de la Asociación P atriótic a
Española de Buenos Aires durante las décadas de 1910 y 1920, los inmi-
grantes vascos «hispanistas» –llamados también vascong ados – desempeña-
ro n un papel sobresaliente. 80
P or otro lado , el nivel de implantación y/o de hegemonía social de las
ideas etnonacionalistas en cada una de las colectividades de emigrantes fue
variable y discontinuo en el tiempo . En el c aso vasco-argentino tuvieron
lugar fuertes oscilaciones durante el pr imer tercio del siglo xx, en función
del grado de poder institucional que los nacionalistas vascos conseguían
obtener en las asociaciones m utualistas de los emigrantes. En el caso galle-
go se puede apuntar un ejemplo concreto: durante la primera mitad del año
1932, el semanar io de may or difusión entre la colectividad galaica de Bue-
nos Aires llevó a cabo una encuesta a propósito de la autonomía de Galicia.
A mediados del año 1932 habían respondido 410 personas, de las cuales
160 se habían manifestado favorables al centralismo (40,48 por ciento), 84
respaldaban la autonomía (20,48 por ciento), 97 se dec laraban partidar ios
del federalismo (23,65 por ciento) y 51 optaban por la independencia de
Galicia (12,43 por ciento). 81 Se puede afirmar , sin r iesgo de exageración,
que en esa época la Galicia emigrada era mucho más autonomista, e inc luso
independentista, que la Galicia europea. S etenta años más tarde , la situa-
ción es completamente distinta para los gallegos; por el contrar io , no ocurre
lo mismo entre los vascos y los catalanes de Argentina.
L os vascos, los c atalanes y los gallegos resultar on ser los primeros emi-
grantes hispánicos llegados a Améric a Latina desde mediados del siglo
xix; lo mismo sucedió con los c anarios en Cuba, y más tarde en V enezuela.
Desde su llegada, par ticiparon de una forma notable y sin grandes pr oble-
mas identitarios en las instituciones de ámbito español. Cuba constituía
80 Como el músico F élix O rtiz y San P elayo , quien en 1915 combatía en una obra agresiva
la «infiltración» de los nacionalistas vascos en el Laur ak Bat de Buenos Aires (Ortiz y S an
P elayo 1915).
81 V id. los resultados definitivos en Correo de Galicia, Buenos Air es, 17.7.1932.
14 7
Las patr ias ausentes
una excepción, porque allí el asociacio nismo r egional fue precoz, debido
en gran medida a que la isla fue colonia española hasta 1898, y a que la
necesidad de organizar centros españoles no se había hecho notar en la
misma medida, aunque sí existían círculos de élite, como el Casino Es-
pañol, y la milicia de V oluntar ios Españoles para combatir a los insurrec-
tos cubanos reclutaba adherentes de todas las regiones, así como cubanos.
L os colectivos de emigrantes vascos, c atalanes y gallegos pr oporcionar on
una buena parte de las élites dir igentes de las instituciones hispánicas que
aglutinaban a los inmigrantes, inc luyendo a las asociaciones cuy o credo era
militantemente españolista.
De idéntico modo , en el universo simbólico de las celebraciones y los
imaginarios promovidos por las élites de las colectividades españolas se
reser vaba siempre un destacado lugar para las diversas manifestaciones et-
noculturales regionales , sin que por ello estas fueran consideradas como un
elemento contradictorio con la afirma ción nacional española. S e pueden
tomar como ejemplo las diversas delega ciones de la Asociación Española
de S ocorr os Mutuos (Ae sm, fundada en 1857) de Buenos Aires. En las
fiestas celebradas por sus diversas delega ciones locales para conmemorar
las fechas patriótic as españolas, el folc lore , la gastronomía y los símbolos
de las diversas r egiones se recr eaban en tiendas o pabellones separados. Un
ejemplo era la evocación literar ia por el escritor vasco-argentino F rancisco
Grandmontagne de una disputa entre inmigrantes gallegos, asturianos y
vascos durante una asamblea local de una Ae sm en la provincia de Buenos
Aires. La discusión giraba alrededor de una relevante cuestión: ¿Q ué ins-
trumentos musicales debían prevalecer durante la romería española que se
iba a celebrar poco después? Curiosamente, era el cr iollo , hijo de españoles,
quien acababa z anjando la discusión, siendo el único c apaz de expr esarse en
un correcto castellano mientras que tanto el vasco como el gallego , a pesar
de su españolismo , apenas eran capaces de chapurrear un castellano pleno
de barbar ismos gallegos y vascos. S e trataba de una disputa por ostentar la
hegemonía simbólica de su r egión en el seno del colectivo español y , al tiem-
po , por convertirse en la imagen más visible de este c ara al exterior . 82
82 F . Grandmontagne, «Txistus y gaitas», Car as y Caretas, 24.6.1899.
14 8
Xosé M. Núñez Seix as
Esto también revelaba un fenómeno paralelo: los emigrantes vascos,
catalanes, gallegos o de otras regiones transfirieron a América desde me-
diados del siglo xix su identidad local, regional o comar cal, más o menos
paesana o más o menos construida, pero siempre a un niv el prepolítico y sin
entrar en contradicción con un sentimiento de identidad nacional española,
aunque esta estuviera poco codificada simbólic amente, lo que revelar ía la
ineficacia relativa, señalada por var ios autores, del proceso de nation-buil-
ding promovido por el Estado liberal español en el siglo xix (Riquer 1994).
P or el contrario , los emigrantes españoles cuya lengua materna no era el
castellano (que en Argentina representaban en torno al 75 por ciento de
los inmigrantes españoles en el tercer ter cio del siglo) experimentaban a
menudo un reforzamiento de su identidad española. Esto se debía a otros
factores, como se puede deducir a través de las fuentes autobiográficas. Uno
de ellos era la campaña de adoctr inamiento nacionalizador que preconizaba
la élite dirigente de las instituciones y diar ios españoles. O tr o era la identi-
ficación de un ot ro exterior : la reacción frente a la pr ofunda hispanofobia de
la opinión pública argentina, ur uguaya, mexicana o cubana, que estallaba de
forma más o menos visible en algunas coyunturas. 83 De esta forma, se puede
afirmar que muchos campesinos, sin otro sentimiento de pertenencia que
la identificación loc al con su parr oquia o ámbito primar io de interacción
social, se convir tieron en esp añoles en ultramar gracias a su par ticipación en
los colectivos de emigrantes. 84 La acción colectiva era en consecuencia un
proceso de toma de conciencia nacional (española).
Aquí, sin embargo , se han de tener en cuenta las grandes diferencias
que existían entre los div ersos gr upos r egionales en lo relativo a vista de
la existencia de condiciones previas para la forja de una identidad etno-
cultural colectiva. P ara empezar , se registraban grados m uy distintos de
conocimiento del castellano , que podemos suponer que era bastante alto
entre vascos peninsular es, c atalanes y gallegos, si bien en muchos casos más
pasivo que activo . Existía también un acusado contraste en lo relativo a su
83 P ara el caso argentino a finales del siglo xix, vid. García (1998). Un ejemplo autobiográfico
en Suárez García (1942).
84 Un fenómeno bastante semejante ha sido señalado en el caso de los polacos en Amér ica: vid.
Pienkos (1991).
14 9
Las patr ias ausentes
prestigio social en las sociedades de acogida. Era alto entre los inmigran-
tes vascos, bien aceptados por la opinión públic a argentina y uruguaya por
mor de la existencia previa de un estereotipo étnico positiv o , lo que hacía
más favorable su aceptación en la sociedad de acogida. En el c aso de los
inmigrantes gallegos, sin embargo , imperaba un estereotipo étnico negati-
vo (N úñez S eixas 1999 d ). Ello podía lle var a que la simple identificación
como vasco se pr esentase como una estrategia de integración social y de
prestigio m ucho más eficaz que la identific ación como g allego . En este úl-
timo caso era mucho más útil, tanto para las élites inmigrantes como para
los demás, identific arse como españoles . P ero esto significaba, como se ha
destacado a propósito de los nacionalistas lituanos en los Estados Unidos,
que la afirmación política y cultural de la etnicidad podía ser utiliz ada por
las élites del grupo inmigrante para hacerse más «respetables» a ojos de la
sociedad receptora (Hartman 1998). S in embargo , la elección más racional
no era siempre la patria chica, sino la g r an patr ia de origen.
Las élites de las respectivas colectividades de emigrantes ibéricos se
vieron r enovadas a partir de 1870-75 por las llegadas sucesivas de var ias
capas de expatr iados o de exiliados más o menos voluntarios, identific a-
dos políticamente con el c ar lismo (sobr e todo entre los vascos) o con el
republicanismo federal (de modo particular , gallegos y catalanes). Estos
nuevos expat riados trajeron con ellos dir ectamente de Europa influencias
ideológicas de tendencia descentraliz adora más o menos regionalista: la
defensa de los F ueros en el caso vasco , y el federalismo en el c aso de los
gallegos y catalanes (Az cona P astor 1992 a : 73-78). Una par te de estas
nuevas élites también por taron consigo el aliento de los movimientos de
recuperación cultural y literaria de los idiomas regionales de Cataluña y
de Galicia, así como en menor medida del P aís V asco . Con ellos llegaron
los juegos florales y la publicación de libros en lenguas regionales en Ar-
gentina o en Cuba, así como los Juegos F lorales gallegos y catalanes, que
pasaron también a ser celebrados en Buenos Air es. Estas élites polític as,
que se convirtieron en auténticos líderes étnicos en Améric a, impor tar on
igualmente una serie de discursos histor icistas de reivindicación del pasa-
do de su región o nacionalidad. Eran narrativas que, empero , todavía no
150
Xosé M. Núñez Seix as
eran contradictorias con el proy ecto nacional español, fundado sobre la
idea de la unidad en la variedad.
No obstante , y al igual que ocurr ía en España, los nue vos elementos de
afirmación etnocultural contribuían a introducir elementos de tensión con
el discurso nacionalista español a largo plaz o . V ar ios grupos y revistas de
carácter c atalanista hicieron ya su aparición en Montevideo , Buenos Aires y
Cuba desde principios de la déc ada de 1870, afirmándose sobre todo en la
década de 1880. Algunos de ellos presentaban ya rasgos bastante radicales,
como la revista La G r alla de Monte video , fundada en 1885, cuyos pr omo-
tores se separar on del Centre Català de la capital ur uguaya, nacido cuatro
años antes, para fundar una nue va asociación, la Societ at Cat alana R at P enat ,
y también organizaron los primeros juegos florales de la lengua catalana
en Améric a en diciembre de 1887 (Castells 1986: 63-68). Además, en el
caso de los vascos c abe señalar el proceso de apr oximación m utua que tuvo
lugar entre los inmigrantes vascofranceses y vascoespañoles, al constatar la
similitud cultural existente entre ellos, pues a ambos lados de la frontera
los emigrantes procedían en su may oría de z onas vascófonas. De hecho ,
a principios del siglo xx surgió en Buenos Aires una asociación común a
vascofranceses y vascoespañoles, el Euskal Etxea ; y desde fines del siglo xix
se puede constatar la existencia de precedentes de un discurso identitario
común de naturaleza etnocultural, que tendía a agr upar a los inmigrantes
vascos de las «siete provincias» de Euskal Herria en una comunidad com ún
definida, ante todo , por poseer un idioma común (Álvarez Gila 1995, 2011).
Estas doctrinas hallaron una acogida bastante positiva en los colectivos
de inmigrantes. L o que se debió , en gran par te, al hecho de que los discur-
sos historicistas elaborados en Europa asumieron en América una función
distinta, al actuar en un medio social diferente y en el seno de élites inmi-
grantes cuyo origen social e intereses colectiv os también eran distintos. En
el caso gallego , la reivindicación de las glor ias pasadas y presentes de la His-
toria de Galicia ser vía de argumento para un objetivo más amplio , como era
la elevación del prestigio social del conjunto de la comunidad inmigrante
frente al sentimiento compartido de ser víctimas de desprecio o , al menos,
menosprecio simbólico por parte de la esfera pública y las autor idades de las
15 1
Las patr ias ausentes
sociedades latinoameric anas y del resto de los inmigrantes españoles. En el
caso vasco , las elaboraciones histór ico-literarias más o menos mític as de los
escritores fueristas incidían sobre la «superior idad» y la nobleza or iginaria
de los naturales del P aís V asco , contr ibuy endo así a realzar sus virtudes y a
aumentar la imagen favorable que la sociedad r eceptora ya tenía del colec-
tivo vasco . Se podr ía afirmar algo parecido de los catalanes. Esos discursos
de afirmación política anticentralista y la progresiva r eivindicación (o , si
se quiere , la elaboración) de las culturas alternativas a la oficial española
mostraban además otra virtualidad, al menos en el c aso de los gallegos:
presentar la emigración como una desgracia colectiva, cuyo r esponsable se-
ría el mal gobierno del Estado , la discr iminación de los ciudadanos a través
de un sistema impositivo injusto o la opr esión c aciquil mediatizada por
los poderes del Esta do , obligando así a los gallegos a emigrar como únic a
vía para escapar de la miser ia. 85 Emper o , y como ya hemos afirmado , todos
estos elementos estaban aún lejos de llevar necesar iament e a la negación de
la españolidad del P aís V asco , de Galicia o de Cataluña.
El impacto de la guerra de independencia cubana de 1895-1898 sobre la
evolución polític a y la organizació n societaria de las colectividades españo-
las emigradas en Améric a, al igual que sobre el desarrollo de r epresentacio-
nes nacionalistas contrapuestas en la metrópoli (Ucelay-Da Cal 1997), dio
lugar a dos tipos de reacciones. P or un lado , en Cuba se registr ó una extre-
mada polariz ación de las posiciones políticas entre las élites inmigrantes y
el colectivo inmigrante español en general. Las posturas proindependentis-
tas que simpatizaban con los insurrectos cubanos generaron una identifica-
ción simbólica mucho mayor con sus patrias locales entre algunos sectores
de la élite inmigrante gallega y catalana, una par te de la cual también se
mostraba receptiva a la posibilidad de que el Estado español concediese un
estatuto de autonomía colonial a Cuba y Puer to Rico . Así podr ía principiar
85 Esta estrategia tenía cier tos paralelismos, de un modo genérico, con la de las élites emigradas
ir landesas o lituanas, influidas por el nacionalismo de la segunda mitad del siglo xix:
presentar la Great F amine y el éxodo migrator io masivo de los irlandeses (o de los lituanos)
como una consecuencia de la dominación colonial británica (o r usa) que, finalmente, sería la
responsable de las penalidades de los irlandeses como obreros no cualificados en los Estados
Unidos (Brown 1966; Brown y Miller 1985).
152
Xosé M. Núñez Seix as
una generalización del autogobierno r egional a Cataluña, al P aís V asco y
a Galicia. Estas posturas, sin embargo , sufrieron una acusada pérdida de
legitimidad en el seno de la colonia española al estallar el conflicto colonial,
y tras la derrota española en 1898 quedar on desarboladas, en par te debido
al retorno de m uchos de los emigrantes que se habían movilizado en pro de
la autonomía cubana después de 1898.
En otros casos, el estímulo de la independencia cubana abrió la vía a
una emulación del ejemplo caribeño . No fue casualidad que a lo largo de
la primera déc ada del siglo xx surgiesen en la isla de Cuba varios gr upos
nacionalistas catalanes c aracteriz a dos por su orientación independentis-
ta, desde S antiago de Cuba (1898, creación del Centre Catalanist a ; 1907,
constitución del Cat alunya G rup Nacionalista Radical como escisión del
anterior), Guantánamo ( Bloc Nacionalist a , fundado en 1911) y Camagüey
(Casal Na cionalista) hasta L a Habana. L os sectores catalanistas alc anzaron
de forma progr esiva el control de las principales instituciones de la colecti-
vidad inmigrante catalana a lo largo de la segunda déc ada del siglo xx, par-
ticularmente en el Centre Català (fundado en 1882) de La Habana a par tir
de 1911, mientras que la más «apolític a » y poderosa Sociedad de Bene ficencia
de Natur ales de Cataluña , fundada en 1840, permaneció en manos de una
dirigencia acomodada y per fectamente identificada con el nacionalismo es-
pañol. L a emergente simbología del independentismo catalán tenía desde
principios del siglo xx una c lara influencia cubana, como se manifiesta en
la bandera independentista o est elada (Crexell 1984), y las instituciones en
manos de los catalanistas en Cuba adoptaron esta enseña, que más tarde se
extendió a otros países de América. El discurso catalanista en la isla procu-
raba desde el principio encontrar una g enealogía común con el nacionalis-
mo cubano , intentado amoldar sus refer encias histór icas y simbólicas a los
patrones del nacionalismo cubano . 86 Igualmente, a finales de la segunda dé-
cada del siglo xx, los grupos galleguistas que se mantenían activos en Cuba
se radicaliz aron y adoptar on, en gran medida, actitudes independentistas
86 P or ejemplo, el primer número de la revista catalanista F ora Grillons! (1907) public ada en
Santiago de Cuba, aludía al Gr it o de Y ara del nacionalista cubano Carlos Manuel Céspedes,
gesto fundador del movimiento independentista, «esperando el día, día glorioso , en que un
grito semejante retumbará por todas partes en Cataluña » (Castells 1986: 71).
153
Las patr ias ausentes
que, en su simbología, su imaginar io y su discurso se apro ximaban más al
modelo insurreccional cubano –ejemplificado en líderes como José Martí o
Car los Manuel Céspedes– que al nacionalismo gallego de Europa. Un sec-
tor reducido de la élite de la colectividad inmigrante canaria, influida por
el ejemplo cubano , elaboró igualmente una nueva doctr ina nacionalista que
dio origen en L a Habana en 1924 al P ar tido Na cionalista Canario , mucho
antes que en las Islas Canarias, donde no consiguió implantarse (Cabre-
ra Déniz 1996; Acosta P adrón 2005: 25-27; Roy 1988, 1999; Br umme y
S chubert 1991; Núñez Seixas 1992).
El otro extr emo de la polariz a ción fue la acentuación del sentimiento
nacionalista español de una buena parte de las élites emigrantes. L a des-
movilización de los batallones de v oluntarios contra los guerr illeros cuba-
nos, rec lutados en buena propor ción entre los inmigrantes españoles en
Cuba –que contaban con un buen porcentaje de asturianos y de canar ios,
pero también de gallegos y de emigrantes de otras r egiones–, el rechaz o del
discurso hispanófobo del propio nacionalismo cubano y la ocupación de la
isla por los americ anos, considerados como unos nue vos invasor es, intro-
dujeron una r enovada tendencia de nacionalismo int eg r al español a través
de una movilización social, una simbología y un discurso de regeneración
nacional fuertemente influido por la exper iencia bélica de las guerras de
independencia cubanas (Klein 2002). P or poner un ejemplo , en abril de
1922 la colectividad española de S antiago de Cuba asistía de forma masiva
a una ceremonia patriótica que habr ía resultado absolutamente exótica en
España: un homenaje a una tumba del soldado español desconocido . 87
El influjo de la retórica hispanoamer icanista propagada desde España
a partir de 1900 contr ibuyó a moderar el tono de este discurso españolista
de guerra, el cual, aunque aceptaba la existencia de la diversidad regional
dentro del colectiv o hispánico , no podía e vitar considerar a Cuba como
una región amputada de la patria española, y no solo como una antigua
colonia. L a influencia de esta variable parece haber sido mucho may or en
las colectividades asturiana, c anaria o c astellana que en la gallega. S e puede
constatar además en el seno de la colectividad galaica la persistencia de un
87 V id. Eco de Galicia, La Habana, 20.4.1922.
256
Xosé M. Núñez Seix as
riamente provenían de una dir ecta influencia española, sino que podían ser
una traslación de las modas musicales imperantes en el ambiente porteño
desde fines del siglo xix. A pr incipios del xx el gusto por el pasodoble y la
zar zuela estaba muy extendido en Buenos Air es, dando lugar a un híbr i-
do propio , z arzuelas de ambiente por teño , que gozaron de gran éxito . De
hecho , algunos de los pasodobles de mayor difusión entr e las sociedades
gallegas eran obra de compositores argentinos, y hasta de músicos gallegos
inmigrados (Pujol 1991). T ampoco era infrecuente que en los programas
de los festivales de las sociedades de instrucción se inc luyesen canciones
populares italianas, sobre todo desde 1927-28.
Ciertamente, había también asociaciones, como las de S illeda o A Es-
trada, en las que el peso de dir igentes orientados hacia el nacionalismo
gallego se hacía notar en los programas de sus v eladas. Con todo , otras
entidades cuya dirigencia estaba imbuida del ideal galleguista no osaban
ir más allá de la inc lusión de una o varias piez as teatrales en gallego junto
a género chico español, y de combinar flamenco con muiñeira. En una
misma fiesta podían figurar sin aparente contradicción himnos y discur-
sos de encendido nacionalismo con repr esentaciones teatrales y musicales
arquetípicamente hispánicas. Hasta los cantaores y bailaor as de flamenco
que con más voluntad que talento ejecutaban númer os de c anto y baile en
las sociedades galaicas podían ser gallegos, y dis fr utaban de buena acogida
entre el público . 190 En otras asociaciones, como las de P arga y T rasparga, de
O Covelo o de P onteareas en los años veinte y tr einta, era mayor el influjo
de postulados obreristas, traducidos en la inc lusión de himnos proletarios,
de la Marcha de Riego y de algunas obr as teatrales formativas, sin que ello
supusiese la exc lu sión del género chico , del folc lore y del tango .
La presencia masiva de elementos estéticos y artísticos –propios de la
cultura de masas española–, no extraña tanto si se compara con lo que
sucedía en la misma Galicia. L a combinación de piezas teatrales breves
castellanas y gallegas, así como la mez cla sincrética de música folc lór ica
gallega y música «española» también era usual en las veladas festivas en la
misma Galicia. Y más de un testimonio advierte de que los bailes modernos
190 V id . ejemplos en Cor reo de Galicia, 10.11.1929. Igualmente, vid. L ence (1945: 267).
25 7
Las patr ias ausentes
habían invadido las fiestas campestres gallegas en los años veinte y tr einta
( T ato F ontaíña 1997: 34; Del Río 1933: 35-49). Aunque estos testimonios
tendían a idealizar la pureza supuestamente pr ístina de la cultura popular , y
no tenían en cuenta que buena parte de esas influencias foráneas sufr ían un
proceso de asimilación al folclore gallego , también indicaban que la cultura
de masas española penetraba en las z onas rurales de Galicia, lenta pero
progr esivamente, a lo largo del primer tercio de este siglo .
S in embargo , a lo largo de los años veinte se puede apreciar una cierta
evolución en este sentido dentro de las fiestas gallegas de Buenos Air es.
Algunas asociaciones comenzarán a introducir con más frecuencia y pr o-
porción en sus pr ogramas de fiestas música gallega, inc luyendo piezas de
apertura con cier to valor simbólico e identitario como podían ser la Al b or ada
del compositor P ascual V eiga, y de modo progr esivo el himno gallego (más
difundido en Argentina que en Cuba, pese a que fue en L a Habana donde
se estrenó por primera vez en 1907). Desde los años veinte aquel figura al
lado del Himno de Riego , o a veces de La Marsellesa ; en otras oc asiones solo
al lado del himno argentino , en var ios pr ogramas de fiestas, par ticularmen-
te –como vere mos a continuación– en los correspondientes a asociaciones
perte necientes a la F ederación de S ociedades Gallegas (fsg). En las fiestas
de las sociedades de tendencia más iz quier dista, la combinación más fre-
cuente solía ser la ya omnipresente Al b or ada de V eiga, el Himno de Riego , el
himno argentino e himnos revolucionarios como La int ernacional e Hijos del
Pueb lo ; con frecuencia combinados ecléctic amente en la misma celebración.
En las fiestas de las asociaciones más allegadas al galleguismo político desde
mediados de los años veinte se acos tumbraba a tocar el himno gallego , el
himno argentino y , no siempre , la Marcha de Riego .
Ello se obser va en el cuadro 3, obtenido a par tir del análisis de 370 vela-
das festivas celebradas entre 1926 y 1929. Es de destacar un mayor peso del
teatro y de la m úsica argentinos, al igual que de la música y teatro gallegos, así
como una ligera disminución de los elementos arquetípicamente hispánicos.
La e volución fue más pr onunciada en el seno de las asociaciones adhe-
ridas a la F ederación de S ociedades Gallegas entre 1924 y 1929. La or ien-
tación de las élites dirigentes de las asociaciones gallegas fue determinante
258
Xosé M. Núñez Seix as
en cambiar sustancialmente el c arácter y contenido de las fiestas. En con-
creto , los elementos identitar ios exc lusiva o pr edominan temente gallegos,
promovidos sobr e todo por los sectores nacionalistas (may or presencia del
himno gallego , de la música folc lóric a galaica y del teatro en idioma galle-
go) aumentan sensiblemente su presencia en las v eladas festivas. Hasta el
punto de que, por primera vez, las obras de teatro en gallego o bilingües
rebasan en númer o de repr esentaciones y en número de veladas a las obras
de teatro de autor es españoles, mientras que se mantiene e inc luso aumenta
el porcentaje de fiestas que incluyen comedias y sainetes de autores y/o
ambiente argentino .
Las tendencias referidas para las asociaciones que giraban en la ór bita
de la fsg (aumento de los referentes identitarios especificamente gallegos,
disminución de los r eferentes españoles e incremento con sonante de los
argentinos, junto a un reforz amiento de los elementos izquierdistas, como
los himnos revolucionarios y el himno de Riego) se acentuaron durante
los años treinta, a juzgar por los datos que podemos ofrecer para el bienio
1931-1932, correspondientes a las asociaciones pertenecientes a la f sg de
predominio nacionalista –tras la escisió n sufrida en 1929– con sede en la
calle Belgrano (cuadro 5). 191 Más del 40 por 100 de las sociedades inc luy en
ahora en sus veladas el himno gallego , en una propor ción casi seis veces
superior a la presencia del himno de Riego . Igualmente, las ejecuciones de
música folc lórica gallega superan ahora a pasodobles, jotas aragonesas y
flamenco . Y el teatr o gallego va a estar presente en más del 15 por 100 de
las fiestas, equiparándose a las representaciones de teatr o popular argentino .
191 Desgraciadamente, el hecho de que el órgano oficial de la fsg pro-socialista con sede en
la calle Mitre, Acción Gallega , no ofrez ca información tan completa sobre los pr ogramas de
fiestas, nos impide presentar un contrapunto para este mismo periodo .
259
Las patr ias ausentes
C UADRO 2
F iestas de las sociedades locales gallegas de Buenos Aires (1919-1923)
Elementos inc luidos Número de veladas que los incluyen
1919 1920 1921 1922 1923 1919-
1923 %
Alborada de V eiga 16 30 14 34 32 126 30,8
Himno Gallego - - - - 5 5 1,22
Marcha Real 6 4 5 6 4 25 6,11
Himno de Riego /
Marcha de Cádiz / La
Marsellesa 2 6 3 2 2 15 3,66
Himnos izquierdistas 2 - - 2 - 4 0,97
Himno Argentino 6 4 6 6 5 27 6,6
O bras de teatro de au-
tor y ambiente español 34 46 34 53 49 216 52,8
O bras de teatro y
ambiente argentino 41 39 29 42 51 202 49,3
O bras teatrales y diá-
logos en gallego
o bilíngües español/
gallego
12 20 14 19 24 89 21,7
O bras en español de
autores y ambiente
gallegos 14 1 6 3 7 31 7,5
P oesías / monólogos
en español 17 13 11 16 16 73 17,8
P oesías / mónologos
en gallego 10 11 9 15 22 67 16,3
Música española (pa-
sodobles, etc.) 37 28 28 33 32 158 38,6
Música folc lóric a
gallega 21 29 15 21 17 103 25,1
Música argentina 6 3 6 11 8 34 8,3
P asadobles de ambien-
tes local gallego 13 16 11 11 15 66 16,1
Númer o de veladas 82 78 60 83 106 409
F uente: Elaboración propia a partir de Cor reo de Galicia , 1919-1923
260
Xosé M. Núñez Seix as
C UADRO 3
F iestas de las sociedades locales gallegas de Buenos Aires (1926-1929)
Elementos inc luidos Número de veladas que los incluyen
1926 1927 1928 1929 1926-
1929 %
Alborada de V eiga 42 24 16 23 105 28,3
Himno Gallego 28 12 13 9 62 16,7
Marcha Real 2 3 1 7 1 3 3,5
Himno de Riego / Marcha de
Cádiz 333- 9 2 , 4
Himnos izquierdistas (uhp ,
etc.) 332- 8 2 , 1
Himno Argentino 2 5 3 9 19 5,1
O bras de teatro de autor y
ambiente español 57 40 21 31 149 40,2
O bras de teatro y ambiente
argentino 81 46 35 57 219 59,1
O bras teatrales y diálogos en
gallego 29 25 11 35 100 27
O bras en español de autores y
ambiente gallego 722 2 1 3 3 , 5
P oesías / monólogos en español 20 12 10 11 53 14,3
P oesías / mónologos en gallego 8 12 8 10 38 10,2
Música española (pasodobles, etc.) 5 4 2 9 1 9 3 2 1 3 4 35,6
Música folc lóric a gallega 42 30 15 32 119 32,1
Música argentina 18 17 17 18 70 18,9
P asadobles de ambientes loc al
gallego 26 11 5 15 57 15,4
Númer o de veladas 115 89 68 98 370
F uente: Elaboración propia a partir de Cor reo de Galicia , 1926-1929
26 1
Las patr ias ausentes
C UADRO 4
F iestas de sociedades locales adher idas a la F ederación de S ociedades
Gallegas de Buenos Aires (1924-1929)
Elementos inc luidos N.º de veladas
que los inc luy en (%)
Albor ada de V eiga 68 46.6
Himno Gallego 34 23.3
Marcha Real 1 0.7
Himno de Riego / Marc ha de Cádiz / La marsellesa
(Himnos republicanos) 10 6.8
Himnos obrer os (La internacional, Hijos del pue-
blo , etc.) 20 13.7
Himno argentino 1 0.7
O bras de teatro de autor y ambiente español 54 37
O bras de teatro de autor y ambiente argentino
(sainetes) 93 63.7
O bras teatrales y diálogos en gallego i bilingües
español/gallego 56 38.3
O bras en español de autor y ambiente gallego 4 2.7
P oesías/monólogos en español 18 12.3
P oesías/monólogos en gallego 20 13.7
Música española (pasodobles, etc.) 51 34.9
Música folc lóric a y coral gallega 47 32.2
Música argentina 23 15.7
P asodobles de ambiente loc al gallego 45 30.8
Númer o de veladas 146
F uente: Elaboración propia a partir de El Despertar Gallego , 1924-1929.
262
Xosé M. Núñez Seix as
C UADRO 5
Celebraciones festivas de las sociedades loc ales adher idas a la F ederación
de S ociedades Gallegas (1931-1932)
Elementos inc luidos Número de veladas que los
inc luy en
1931 1932 T otal %
Albor ada de V eiga 7 8 15 27,2
Himno Gallego 7 16 23 41,8
Marcha Real -- - -
Himno de Riego / Marc ha de Cádiz 1 3 4 7,2
Himnos izquierdistas (uhp , etc.) 1 - 1 1,8
Himno Argentino 1 2 3 5,4
O bras de teatro de autor y ambiente español 9 6 15 27,2
O bras teatrales de autor y ambiente argentino 11 14 25 45,4
O bras teatrales y diálogos en gallego 13 12 25 45,4
O bras teatrales en español de autores y am-
biente gallego 1 1 2 3,6
P oesías / monólogos en español 3 7 10 18,2
P oesías / mónologos en gallego 2 11 13 23,6
Música española (pasodobles, z arzuelas, etc.) 3 11 14 25,4
Música folc lóric a gallega 11 11 22 40
Música argentina 7 8 15 27,2
P asadobles de ambiente loc al gallego 2 8 10 18,2
Númer o de veladas 25 30 55
F uente: Elaboración propia a partir del periódico Galicia , 1931-1932.
263
Las patr ias ausentes
C UADRO 6
F iestas de las asociaciones de T eo y V edra en Buenos Aires (1929-1936)
Elementos inc luidos N.º de veladas
que los
inc luy en (%)
Alborada de V eiga 5 25
Himno Gallego 2 10
Marcha Real - -
Himno de Riego/Marc ha de Cádiz/La marsellesa (Him-
nos republicanos) 42 0
Himnos obrer os 1 5
Himno argentino 2 10
O bras de teatro de autor y ambiente español 8 4 0
O bras de teatro de autor y ambiente argentino (sainetes) 10 50
O bras teatrales y diálogos en gallego y bilingües
español/gallego 73 5
O bras en español de autor y ambiente gallego 4 20
P oesías/monólogos en español 6 30
P oesías/monólogos en gallego 3 15
Música española (pasodobles, etc.) 5 25
Música folc lóric a y coral gallega 5 25
Música argentina 5 25
P asodobles de ambiente loc al gallego 4 20
Númer o de veladas 20
F uente: Elaboración propia a partir de la revista Unión de T eo y V edr a ,
1929-1936.
El referido proceso de r egalleguización, relativa per o c laramente pro-
gresiva, también es apreciable en núcleos societar ios comarcales situados
fuera de la fsg y del influjo directo de los galleguistas. Era el c aso de las
activas asociaciones de tendencia republicano-agrarista e iz quierdista de
los ayuntamientos coruñeses de T eo y V edra en Buenos Aires (cuadro 6),
que tenían una larga trayectoria de dinamismo aso ciativo , per iodístico y
publicístico . P ese a no estar integradas ninguna de las dos F ederaciones de
264
Xosé M. Núñez Seix as
S ociedades Gallegas, el análisis de los contenidos de sus veladas festivas
en el periodo 1930-1936 revela que la penetración de refer entes culturales
gallegos también era un hecho fuera de los ambientes más influidos por el
galleguismo político y la iz quier da, aunque en proporciones inferiores a las
que presentaban las sociedades federadas en la fsg. Así, de un total de vein-
te veladas analizadas en el periodo considerado , apreciamos que las obras
en galle go se inc luyen en un 35 por 100 de las v eladas, frente al 40 por 100
de las españolas; y el teatro en gallego ocupa el 21,9 por 100 del total de
repr esentaciones. P ero , igualmente, disminuye notablemente la pr esencia
del hinmo gallego , frente a la may or frecuencia del Himno de Riego . La
regalleguización, en este c aso , era más informal que formal y ritualiz ada.
L OS INMIGRANTES Y EL TEA TRO
Y a hemos visto que, de modo general, en el consumo cultural de la colecti-
vidad gallega de Buenos Aires pr eponderaba el teatro argentino y el español,
mientras que el teatro gallego se mantenía en una posición minoritaria, pero
no insignificante; y que la presencia de este último fue cr eciendo a lo largo
de la tercera década del siglo xx. Es más, podemos afirmar que a comienz os
de los años veinte la pr oporción existente entr e el número de obras teatrales
repr esentadas en gallego y el montante total de población porteña nacida en
Galicia podía considerarse hasta cuatro v eces más ele vada que el índice que
se registraba en la misma Galicia. P or poner dos ejemplos, en 1919 se regis-
traron en toda Galicia 65 r epresentaciones en gallego , frente a 12 en Buenos
Aires; y en 1921 se contabilizan 54 representaciones en Galicia contra 14 en
la capital argentina. No obstante, la rela ción entre la población total de Ga-
licia y el contingente estimado de inmigr antes gallegos en Buenos Aires era
de 16 a 1. Un inmigrante gallego en Buenos Aires tenía una posibilidad de
asistir a repr esentaciones de teatro en su idio ma en una propor ción entre tres
y cuatro v eces mayor que la que tenían sus parientes residentes en Galicia. 192
Ello confirmaría la mayor importancia que adquiere el teatro costumbrista
en idioma vernáculo como espectá culo de masas que satisface una demanda
de nostalgia y diversión para un público inmigrante necesitado de ocio a
192 Elaboración del autor a partir del anexo de T ato F ontaíña (1997: 69-77) y datos propios.
265
Las patr ias ausentes
bajo coste, como se ha señalado para diversos grupos étnicos de los Estados
Unidos. Muchos inmigrantes de or igen rural descubr ían en Buenos Air es el
teatro como espectáculo de masas atractiv o y barato . 193
D urante el per iodo 1879-1908, el teatro en gallego se mantuvo en unos
niveles m uy bajos dentro de las celebraciones festivas de la colec tividad
inmigrante. Únicamente el O rfeón Gallego representaba teatr o en idioma
vernáculo en este momento . P or el co ntrario , el Cuadro Dramático Gallego
fundado en 1898 tuvo que suspender su primer estreno por falta de público ,
disolviéndose al poco tiempo . No era tan extraño: en la ciudad de A Cor u-
ña, el porcentaje de obras en gallego estrenadas en sus teatr os en 1908 no
llegaba al 5 por 100; y siete años más tarde, la totalidad de la ofer ta teatral
era en castellano (Díaz P ardeir o 1992: 207-28).
La expansión del teatro gallego en Buenos Aires fue paralela al desarr o-
llo del tejido societario de c arácter microterritorial. V arias de esas asociaciones
locales destac aro n par ticularmente por su labor de pr omoción consciente del
teatro en gallego , en especial a par tir de mediados de la segunda década del si -
glo . S in embargo , desde 1909-1910 los intelectuales y sectores ideológicamente
más iz quier distas de la colectividad gallega lamentaban el escaso nivel cultural
y formativo de las obras r epresentadas en los festivales de las entidades, donde
primaba ante todo el deseo de agradar al público asistente. De ahí que, entre
los autores argentinos, las obras más repr esentadas fuesen los sainetes criollos
y las comedias burguesas de tema más o menos insustancial. Entre los autores
españoles repr esentados, se registraba un mayor equilibrio entre dramaturgos
(Benavente, los Echegaray) y comediógraf os de segunda o ter cera autores de
pasos, sainetes, zar zuelas breves y entr emeses (de R amos Carrión a los Álvarez
Q uintero , pasando por Muñoz S eca, V ital Aza o Jackson V e yán, entre otr os).
El elenco de obras y autores seguía de modo bastante fiel las modas dominan-
tes en la España de los años veinte, como se puede apreciar al parangonar las
obras y autores españoles más r epresentados en las fiestas societarias gallegas
de Buenos Aires con los que experimentaban ma y or aceptación en las plateas
madrileñas de la misma époc a (Doughert y y V ilches 1990, 1997).
193 Vid. por ejemplo , el testimonio de Carmen Cornes, c ampesina inmigrada en los años veinte
(L ópez 1992: 40).
27 2
Xosé M. Núñez Seix as
la exaltación costumbrista, precisamente, de la patr ia chica; y una tercera
esfera, tanto más fuer te cuanto más largo era el tiempo de residencia en el
país receptor y más vínculos hubiesen establecido con la sociedad r eceptora,
era la identidad argentina. L a identificació n con el terr uño , la idealización
de la nostalgia o morriña, ser vía de modo ideal a fines concretos, como era
la búsqueda de su regeneración sociopolítica y económica, o la exaltación
del paisanaje frente a las divisiones sociales internas que conv enía a buena
parte de las élites societar ias. P ero la exaltación de la patria loc al no siem-
pre iba unida a exclusión del sentimiento de per tenencia a una esfera más
amplia, la española. El discurso de las élites de la colectividad inmigrante
española ponía énfasis en la suma de particular idades regionales, paisajes y
legados histórico-culturales, constr uy endo una visión de la nación española
a (re)definir en la emigración como una suma de identidades particulares
(F ernández 1987; D uar te 2004).
La asunción de los referentes básicos de la cultura española de masas,
desde el folc lore al teatr o , introdujo además un elemento de r elativa ho-
mogeneización, una nacionaliza ción mediante el ocio , en par te inducida
por las modas porteñas, pero también en parte identific ada como asunción
consciente de una identidad española complementaria a otras (de c lase,
étnica, agraria o argentina). Inc luso si el proceso de galleguización de las
fiestas a lo largo de los años veinte y tr einta es notable, ello no necesar ia-
mente significaba que esa galleguiz ación fuese percibida por el conjunto
de la colectividad inmigrante como una negación de su españolidad. P ara
muchos, era más bien una exaltación del terruño natal –reforz ando una
imagen de solidaridad loc al que no siempr e era un bagaje cultural previo
del inmigrante, sino que obedecía a una implícita constr ucción discursiva–
como epítome de la patria, que los más seguían considerando que era Espa-
ña, como resultado de la propaganda de las élites inmigrantes, pero también
como consecuencia del cruce de imágenes y de las reacciones provocadas
por las tendencias hispanófobas del nacionalismo argentino desde fines del
siglo xix. L a expresión de ese españolismo lugar eño parecía a más de un
intelectual emigrado un «patriotistno feo , pequeño», carente de grandiosi-
dad (S uár ez 1924: 145; Gil de Oto 1915: 81-84). L a patria lejana también
27 3
Las patr ias ausentes
se construía, sin embargo , desde la región y desde la localidad, asimilando
parcialmente los r eferentes de la cultura española de masas, y recr eando
asimismo los ingre dientes de la cultura popular de or igen.
No obstante , aquel discurso de la nostalgia, de la vuelta a la región y al
terruño , la revalor ización del folc lore y del teatro en idioma v er náculo , y la
contraposición con otros sector es de una colectividad his pánica inmigrada
nunca ar ticulada de modo unitario , actuó también como una precondición
favorable para la actuación de élites alternativas que, imbuidas de las nue vas
ideas galleguistas surgidas en la metrópoli, hallaron en América un c ampo
abonado para la difusión de sus ideales. El discurso público (y public ado)
en revistas y libros traslucía el pen samiento de una élite que influía en la
configuración de los programas de fiestas en aquellas entidades donde los
nacionalistas gallegos eran mayoritarios mediante los mec anismos del lide-
razgo étnico , sin que ello tradujese siempre una pr esión social desde la base
(Núñez Seixas 1992, 2001d).
Ese discurso tuvo una acogida social desigual. Es problemático calibrar
hasta qué punto los asistentes a las fiestas interior izaban el mensaje iden-
titario y simbólico que en ellas se quer ía difundir , y hasta qué punto solo
estaban interesados en la div ersión y la r ecr eación de la sociabilidad loc al,
al igual que en los incentivos selectivos que suponían los ser vicios ofrecidos
por las asociaciones de emigrantes. P ero podemos constatar mediante otr os
indicadores que la galleguización de las fiestas era para lela a un aumento
del sentimiento galleguista entre la colectivida d.
La emigración había creado españoles entre m uchos campesinos iletrados
con poca conciencia de per tenecer a una nación antes de emigrar . P ero tam-
bién había remodelado los r eferentes de identidad española ya pr eexistentes
entre otr os muchos migrantes que r eafirmarían su españolidad como una op-
ción racional ante el escaso prestigio social de que gozaba la etiqueta de ga ye -
go en la sociedad argentina. Igualmente, la emigración también había cr eado
galleguistas, no de modo mayoritar io per o sí en proporción más elevada que
en la propia Galicia. P or algo Alfonso R . Castelao definió Buenos Aires en
1940 como la Galicia ideal . ¿F ueron cr eados esos galleguistas por la acción
de las élites y los activistas nacionalistas actuantes en Buenos Aires, de modo
27 4
Xosé M. Núñez Seix as
que el campesino descubr ía Galicia con otros ojos en el hemisferio austral,
espoleado por los prejuicios acer ca de los inmi grantes galaicos? ¿O bien se
trataba de una identidad más fuerte que un tenue barniz de nacionaliz ación
española, que solo esperaba a aflorar en el exter ior? Son preguntas que, por el
momento , todavía no pueden ser respondidas de modo conc luy ente.
27 5
9. U NA A PRO XIMACIÓN A LA IMAGEN SOCIAL DEL EMIGRANTE RETORNADO DE
A MÉRICA EN LA P ENÍNSULA I BÉRICA ( SIGLOS XVI - XX )
La conformación de estereotipos e imágenes de difusión popular acer ca
de los retornados de la emigración ultramarina durante la segunda mi tad del
siglo xix y primer tercio del siglo xx constituye uno de los as pectos quiz ás
peor conocidos de las múltiples facetas del fenómeno migratorio . A menudo
despachado con algunas citas literarias extraídas de novelistas de gran éxito ,
se ha olvidado con frecuencia el impor tante papel que juegan las imágenes
y los estereotipos en la conformación de las particulares visiones del m undo
por parte de los actores, actuando a su vez como factores condicionantes en
la toma de decisiones en un contexto de racionalidad más o menos limitada,
e inter vienen en su agencia indi vidual y social. En este sentido , es ya un
tópico de la investigación en ciencias sociales sobr e el fenómeno migrator io
el señalar la importancia del e f ect o imit ación , es decir , la percepción del éxito
de los emigrantes retorna dos –temporal o definitivamente– y de su impacto
en la sociedad de ori gen, introduciendo nuevos hábitos de consumo , nuevas
costumbres, ideas y recursos materiales e inmateriales, a la hora de evaluar
el peso de los condicionantes macroestructurales y microestruc turales que
inter vienen en la decisión –individual o del gr upo familiar– de emigrar .
La percepción del éxito o del fracaso de los que vuel ven, y su influjo en
la conformación de un patrón imitativ o , estaba a su vez me diatiz ada por un
tamiz de experiencias propias, de ideas adquir idas en el proceso de sociali-
zación de los futuros emigrantes, y de un imaginario popular más o menos
difundido socialmente que elaboraba una o varias imágenes de Amér ica, de
los «indianos» o «americ anos» y del éxito o fracaso de la emigración. Y esas
ideas adquiridas ejercieron un papel de filtr os, de moldes –que conformaban,
podríamos decir , un habitus a la manera teoriz ada por Bourdieu– a trav és
de los cuales se percibía la r eali dad, siempre compleja y cambiante. P or otro
lado , esas imágenes no sur gen por generación espo ntánea: actores con inte-
reses particulares y cosmovisiones específicas codificaron y elaboraron este-
reotipos y visiones del r etornado , a cuñando c aracterísticas y personajes fijos
que más tarde cobrar on una cier ta autonomía discursiva y evolutiva.
27 6
Xosé M. Núñez Seix as
Apro ximarse a la imagen del «indiano», o más gené r icamente del retor-
nado de Améric a, en la P enínsula I bér ica, obliga asi mismo a adoptar una
perspectiva de larga duración. P ues, aunque la emigración masiva de espa-
ñoles a Améric a comienza realmente en el último tercio del siglo xix, las
imágenes sobr e el indiano que transmite la li teratura popular de esa época
son de gestación anterior , y se retr otraen al siglo xv i, cuando la figura del
retornado de América comenz ó a hacerse popular en géneros literarios de
cierta difusión social, como el teatral. L os atributos de los personajes in-
dianos se mantienen con una continuidad icónica sor prendente hasta prin-
cipios del siglo xx, produciéndose un fenó meno de generalización social
descendente de estereotipos antes r eser vados a unos cuantos privilegiados.
El retornado de Indias, prácticamente desde el pr imer viaje de Colón
en 1492, c argado de baratijas y muestras de pr oductos americ anos, y acom-
pañado de algunos indígenas para demostrar la existencia del Nuevo Con-
tinente, destacaba por su c arácter exótico , su exhibición de fr uslerías, sus
atributos externos de r iqueza y la posesión de elementos considerados típi-
camente amer icanos, desde plumas hasta loros o mo nos. Algo semejante se
puede obser var en las imágenes iconográfic as del indiano en el imaginario
popular del Norte de España en el primer tercio del siglo xx. P or poner un
caso , se suponía que to dos los americanos traían un loro de vuelta –lo que es
harto dudoso si retornaban de países tan poco exóticos en c li ma o costum-
bres como las zonas urbanas del Río de la P lata–. La ima gen adquir ida se
imponía como sustituto de la r ealidad vivida, algo per ceptible m uchas veces
en los relatos autobiográficos o en la memoria oral de los propios pr otago-
nistas de la emigración, a la hora de recrear cómo eran los r etornados de
Améric a en sus parroquias o pueblos de origen. ¿S e trataba de un reflejo fiel
de la realidad o de una imagen defor mada, producto de la contemplación
de esa cambiante y contradicto ria realidad, a través de un filtro alimentado
por imágenes preconcebi das y difundidas a través del teatr o , el refraner o
popular , la c aric atura o más tar de el cinematógrafo?
En este artículo nos limitaremos a exponer un en say o de inter pretación
de evolución de las imágenes que se forjaron del india no a partir de la épo-
ca colonial, avanzando una tipologiz ación para la época contemporánea.
277
Las patr ias ausentes
Las imágenes y los estereotipos son, en sí, un fenómeno ambivalen te: si por
un lado los tipos literarios e icónicos sufren una evolución au tónoma una
vez consagrados dentro de un géner o , independientemente de los c ambios
en la realidad empírica que les sir vió de base en su mo mento de gesta-
ción, por otro lado han de mantener una mínima ver osi militud para ser
creíbles y , por lo tanto , socialmente efic aces e identifi c ables por el público
receptor . De ahí que, sobre los moldes heredados, la polifacétic a realidad
de la emigración interaccionase en ca da époc a concreta con las imágenes
preconcebidas, dando lugar a nuevas inter pretaciones y/o re form ulaciones
de los mismos estereotipos.
L A FORMACIÓN DEL ESTEREOTIPO DEL INDIANO EN LA E DAD M ODERNA
La figura del indiano comenz ó a hacerse habitual en los géneros lite rarios
de mayor difusión social en el segundo ter cio del siglo xv i. En 1544, el in-
diano de México hace su aparición es telar en la comedia Selvagia (Alonso
de V illegas), y en 1547 L ope de R ueda ya ridiculiza el afán hiper bólico de
los ric achones indianos por r e tratar el nuevo mundo en La tier r a de Jauja ,
argumento que se re pite en El Crotalón (1553) de Cristóbal de V illalón, y
en V iaje de T urquía de Andrés de Laguna (c a. 1554-57) (Moríñigo 1946:
36-39). Y a en esa époc a los r etornados de Améric a, todavía un tipo social
muy minoritario , comenz aron a hacerse pr esentes en la vida social españo-
la, tanto los frac asados como , sobre todo , los paradigmáticos enr iquecidos
o «exitosos», y su impacto en las comu nidades loc ales de partida –a través
de su ejemplo , ostentación e inversio nes– presentaba ya a mediados del
siglo xv i la opción de la aventura ame r icana como una vía para conseguir
ascenso social y riquez as, como bien se ha mostrado para el c aso extr emeño
(Altman 1989: 247-74; F air 1972).
La palabra indiano se utiliz aría como sinónimo del peninsular que vuel-
ve rico de Amér ica –según la acep ción recogida en 1611 por el T esoro de la
lengua cast ellana o española de S ebastián de Covarrubias–, pero no ha nacido
allí, y durante los dos siglos siguientes tuvo sinónimos como perulero (que
vuelve del P er ú) o , en oc asiones, chapet ón . Su c aracteriz ación como tipo
teatral consistía en un personaje rodeado de criados, ataviado con trajes
27 8
Xosé M. Núñez Seix as
ostento sos, joyas vistosas, objetos de oro y metales preciosos, llevando un
papagayo o un mono y con plumas en el sombr ero . Y , por lo general, era un
segundón de familias hidalgas, o un plebeyo que, enr iquecido , aspiraba a ser
cortesano o a comprar un título de noblez a. De ahí que, par ticularmente en
autores como L ope de V ega, el indiano repr esentase un peligro de corrup-
ción de las hidalgas virtudes de la noblez a y de las élites hispánicas. Pues
se tra taba de un personaje de or igen humilde y pobre , que había emigrado
a las Indias con ánimo de lucro o por huir de la Justicia, entregándose al
vicio y placeres exóticos en desconocidos parajes, enriquecido con métodos
desconocidos y supuestamente inmorales (tráfico de esc lavos, crueldad con
los indígenas, contrabando , etc.), y que vol vía a la P enínsula hecho un ser
presuntuoso , que exageraba todo lo que había visto en Amér ica, falto de
cultura e ignorante de cualquier otro valor que no fuese el cr ematísti co , ava-
ro y guar doso (Brioso S antos 1998: 423-34; Díez Borque 1976: 216-18).
Es cierto que tanto en L ope de V ega –uno de los dramaturgos que contr i-
buyen a fijar en el teatr o el personaje del indiano– como en T irso de Molina,
así como en alguna de las novelas de Miguel de Cer vantes, el tra tamiento
de los indianos difiere un tanto según la época vital y las expe r iencias per-
sonales de los autores, y no dejan de reconocerse una cierta complejidad y
hasta contradicciones en su caracter ización –pues podían también ser avaros
y generosos, arrojados o cobar des–. P ero los indianos eran, para los autores
c lásicos del Siglo de O ro español, un vehículo para expresar su crític a a los
nuevos valores que estarían amenaz ando las cualidades tradicionales de la
sociedad hispánica. El retornado de América se conver tía así en símbolo de
nuevos vicios como la avaricia, el mater ialismo , la vulgari dad, el poder co-
rruptor del dinero y la falta de respeto por las jerar quías, males de lo que se
hacía responsable –en may or o menor medida– a la aven tura de Indias, y que
contendrían en germen los síntomas de la dec adencia posterior del imper io
español (Martínez- T olentino 1991; Urtiaga 1965).
No obstante , sobre la base de las caracter ísticas fijadas por L ope de
V ega, T irso de Molina y otros autor es menores, y populariz adas en el
tea tro menor de los siglos xv i y xv ii en escala descendente, menos r ica
en matices y estereotipada (Rípodas Ar danaz 1991: 9-67), en el siglo
27 9
Las patr ias ausentes
xv iii se registra una menor pr e sencia del indiano como personaje teatral,
e inc luso un retr oceso de su im por tancia. P ero también tuv o lugar una
creciente vulgarización de su c aracteriz ación hasta convertir lo en un ar-
quetipo car icaturesco de aparición recurrente en el teatr o menor , al igual
que ocurría en el P or tugal de la misma época, de expresión pr eferente en
entremeses, sainetes y to nadillas, de gran aceptación popular tanto en la
Corte como en las ciuda des provincianas. El indiano dieciochesco apare-
ce ahora como un indivi duo provinciano , r icachón tras años de privacio-
nes en las Indias, petulante y fabulador a la vez que crédulo , de vestimenta
ridícula a fuer de extrava gante. Aun encerrando cierta var iedad. interna,
los indianos que aparecen como personajes teatrales principales o secun-
darios entre 1720 y 1806, responden al mismo tipo forjado en el siglo xv i
(Rípodas Ardanaz 1986: 1-61).
L A REACTIV ACIÓN Y VULGARIZACIÓN DEL TÓPICO DURANTE EL SIGLO XIX
Entre la emancipación de las colonias americanas y el comienz o de la
corriente emigrator ia hispánica hacia Amér ica, la imagen del indiano deja
de ser un elemento frecuente en la publicística, exceptuando quiz ás las es-
porádicas alusiones a los retornados de Cuba a mediados del siglo xix. P ero
es sobre todo con la nueva oleada de emigr ación ultramarina, c ada v ez más
masiva, hacia el Nuevo Mundo que los estereotipos her edados se reacti-
va. L a may or ía de las semblanzas literarias, periodístic as y publicísticas en
general de la segunda mitad del siglo xix sobre la figura del r etornado se
centran casi exc lusivamente en el tr iunfador , en el petulante y el r icachón,
figura que posee ya c laros antecedentes en la época colonial.
Desde mediados del siglo xix la figura del indiano acomodado co-
menz ó a hacerse habitual en amplias zonas de Galicia y en la franja can-
tábric a de España, así como en Cataluña. P or poner un ejemplo , el político
liberal gallego Alfredo V icenti describía en 1875 a aquellos vecinos que
habían adquirido en la emigración un modesto c api tal cuando acudían a
las ferias aldeanas, retratándolos como arr ogantes fantoches llevados de
su deseo de hacerse notar , que c ausaban impresión entr e los sencillos al-
deanos que fatuamente les admiraban:
280
Xosé M. Núñez Seix as
Concurren llevados por su imbécil amor propio con el deseo de expo ner
a la pública envidia la faja de seda, el reloj de similar y los doblones ad-
quiridos ochavo a ochavo en el muelle de Cádiz o en las esquinas de Mon-
tevideo . «Donde esté yo , nadie paga», se complacen en gritar medio beodos,
perorando en el puesto de bebidas ante un cír culo de labradores embo-
bados. Y es entonces cuando aparece el monedero falso pidiendo cambio
para un centro , y se sonríe deslumbrada por el br illo de la plata la doncella.
( V icenti 1984: 86).
V ar ios testimonios de la España cantábr ica y atlántica inciden en imá-
genes similares, al igual que algunos relatos autobiográficos y/o nov elados.
El influjo de los «indianos» enriquecidos en las aldeas de Astur ias y Galicia
era señalado hacia 1879 por F ernando S an Julián, quien estimaba que por
cada retornado de éxito emigraban cien personas, que «como los jugadores
de lotería, ven y conocen al ganancioso , al que obtu vo el pr emio; pero no
ven el inmenso númer o de los que perecen por allá sin haber encontrado
esa circe injusta, malévola y engañadora, que el mundo llama for tuna». 197
S emejantes tipos r etrataba Rosalía de Castro en 1866. Y personaje omni-
presente en las ferias y mercados gallegos desde fines del xix serían dos
o tres indianos con una corte de fatuos admiradores a su alr ededor , des-
pachándose en una mez cla de gallego y c astellano criollo (Castro 1980
[1866]; P or tela P é r ez 1896: 30). Incontables son asimismo los testimonios
autobiográficos de emigrantes en los que los indianos finise culares apar e-
cían como uno de los factores catalizadores de su decisión de emigrar ( V ejo
V elarde 1976: 45-48; F ernández S aavedra 1986: 18-19).
Estos testimonios coincidieron en el tiempo co n la reactivación del es-
tereotipo her edado de la Edad Moderna, convenientemente actuali zado y
adaptado en cuanto a atributos externos, y al mismo tiempo que «aplebeya-
do», por ex presarlo de algún modo , lo que reflejaba la extensión de la figura
del re tornado a capas sociales más amplias y de infer ior posición económica
y/o cultural, par ticularmente el campesinado de las z onas rurales del Norte.
La c aric atura de los indianos que volvían a sus aldeas de ori gen ocultando
197 210 F . S an Julián, «De la emigración en Asturias y Galicia», La Ilust r ación Gallega y
Asturiana, v ol. I (1879), p . 74.
28 1
Las patr ias ausentes
sus años de privaciones en Amér ica y aparentando unas ri quez as que dis-
taban de poseer , pero dejándose querer y admirar por la imaginación de sus
convecinos, que retrataba Antonio F errer del Río a mediados del xix (F errer
del Río 1945 [1851]: 57-77), dejó paso a la más cr uel del indiano habanero
como negrer o y déspota badulaque que solo cedía a liberar a su esc lavo como
condición im puesta por la criada que pretende, que registramos en tiempos
del S exenio Democrático (Segovia 1871). Este icono llegaba al extremo en
los novelistas asturianos y cantá bricos del realismo y del regionalismo cos-
tumbrista (Armando P alacio V aldés, L eopoldo Alas Cla r ín , más tarde Ra-
món P érez de A yala y José M.ª P ereda), así como en Benito P érez Galdós.
Estos últimos centraban sus invectivas en el pr esun tuoso indiano enriqueci-
do que había ascendido de campesino analfabeto a r icachón sin distinción ni
alcurnia, hablantes de un idioma exóti co y aderezados con atr ibutos exóticos
que recogían parte de los elemen tos ya pr esentes en la literatura del S iglo de
Oro –el loro , la vestimenta suntuosa, la tendencia a fanfarronear– y añadían
otros nuevos: el sombrero de pajilla y jipijapa , el chaleco , los mostachos exa-
gerados, el reloj con cadena, más tarde el gramófono .
Empero , la imagen negativa del in diano tenía un contrapeso frecuente
en el «americ ano», denominación más extendida en el Norte peninsular .
Era éste en el fondo un personaje que, aunque có mico en sus manifesta-
ciones exteriores, no dejaba de ser una víctima de una desgracia secular y
ajena a su control, pero que contribuía eficazmen te a modernizar sus pue-
blos de origen con sus r iquezas y su magnanimi dad, gracias a su aquilatado
patriotismo en el destierro (P ér ez de Castro 1977: 21-24; Ruiz de la P eña
1993: 182-85). La imagen correspondiente al indiano español en la litera-
tura portuguesa, el br asileiro del N or te de P or tugal, a lo largo de la segunda
mitad del siglo xix –y par ticularmente en escritores como Camilo Castelo
Branco– presentaba unos ras gos muy semejantes, acentuándose aún más,
si cabe, sus c aracterístic as negativas y los elementos del ester eotipo c arica-
turesco , forjado un poco más tardíamente que en España, hacia el siglo
xv iii (Sil va Br ummel 1987: 47-64, 108-41; Rego 1961; César 1969).
La valoración del indiano c am bió sustancialmente después del De-
sastre de 1898. Con anterior idad a esa fecha, predominaba el estereo-
288
Xosé M. Núñez Seix as
campesinas– iba a tener muy diversa incidencia sociopolítica y cultural en
sus comunidades de origen. Así fue juzgado por los contemporáneos des de
diferentes perspectivas ideológicas.
E L RETORNADO COMO AGENTE PER TURBADOR
Opinión extendida en la literatura y publicística del pr imer tercio del si-
glo xx era definir a los retornados como descr eídos, irreligiosos y potenciales
revolucionarios, que habían perdido en Améric a el respeto por las tradicio-
nes y que, influidos por el movimiento obrer o argentino o cubano , la maso-
nería y las «malas lecturas», se convertir ían a su vuelta a la P enínsula I béric a
en instigadores de ideologías subv ersivas. En ello continuaban y amplifica-
ban una percepción que ya algunos nov elistas del xix habían señalado: el
indiano como agente disolvente del orden ru ral tradicional y de la sociedad
patriarcal –siguiendo en par te aquellas trazas establecidas por el teatro del
S iglo de Oro–. P ero si enton ces eran ric achones sin alcurnia y anticler icales
que se apuntaban a la re volución de 1868, ahora los retornados no solo eran
nuevos ricos antic ler icales. T ambién eran anarquistas y socialistas, masones
y de extracción social más baja, por lo que su potencial subversivo era aún
mayor . El galleguista católico Antón L osada Diéguez resumía así en 1929
que los retornados «pensan sobr e todo no antic leric alismo e con el fan unha
mistura de socialismo hespañol, comunismo ruso e masonismo amer icán». 203
Desde el c lero , los testimonios eran aún más alarmistas. El ya aludido
Ramón Castro L ópez afirmaba que en el campo gallego , «don de se r espiran
aires pur os y costumbres puras, a donde no llegaron las doctrinas de los sec-
tarios de nuestros días, donde jamás penetrara el vicio y la corr upción de las
grandes ciudades», el influjo de los retornados de Amé r ica introducía entr e
sus convecinos, y especialmente entre los más jóve nes, el rechaz o y despr e-
cio de la «fe cristiana y las venerandas tradiciones de nuestros may ores»,
además de sembrar la discordia «en las más r emo tas y apar tadas aldeas» a
través de su pr édica y «lecturas perniciosas» (Castro L ópez 1923: 15; Eiján
1913: 55-58). Javier V ales F aílde, por su lado , deploraba en la emigración
el hecho de que la mayoría de los que iban a Améric a fracasaban allí y
203 A. L osada Diéguez, «No día», Céltiga, 25.7.1929.
289
Las patr ias ausentes
no retornaban, «infelices que lloran desconsolados sus viudedades y or-
fandades en infectos tugurios», pero sobr e todo que los pocos que volvían
ejercían con su ejemplo «tan deleté rea influencia en las creencias y en las
costumbres» ( V ales F aílde 1902: 38-40). V arios testimonios incidían en lo
mismo para Galicia y Asturias (Casais S antaló 1915; Castroviejo 1912;
Rosete 1913). A veces se presentaba a esos r etornados sin dinero como el
«Brasileiro» que evocaba en 1919 V . L oureir o , trayendo «amar ela a súa cara,
a y-alma fría, / e mor to ...xa sin vida o curaz ón», cónvir tiéndose en las zonas
rurales en la ver güenz a de sus familias: pese a vestir un «traxe bó , reló , y-uns
pavos», gas taban todas sus energías en criticar a los curas, pues, como todos
los que vovían de Améric a, «c ando volven, xa non queren/ que se lles fale
d ’ igrexa, nin de ceo , nin d ’ inferno inda qu’as portas o teñan./ Dicen qu’ eso
d ’ ouvir misa nos domingos e nas festas son cousas que fan os vellos porque
xa son cousas vellos». 204
Alguna base real tenían tales apr eciaciones. L a jerarquía eclesiástic a ga-
llega ya alertaba desde comienz os de siglo contra el «cambio br usco de
ideas y costumbres que se opera en m uchos de los que emigran a Améri ca,
donde se consideran desligados de todos los deberes r eligiosos», para lo que
el arz obispo de Compostela señalaba en 1907 como causas pr inci pales «la
tibieza en la fe, los respetos humanos, el afán de r iqueza y los compromisos
adquiridos con las sectas masónic as», vicios que se traduci r ían en un mal
ejemplo para sus familias y convecinos (Costas Costas 1996: 769-87). Y
varios curas párrocos de la diócesis de Lugo señalaban en las respuestas a
un cuestio nar io repartido a fines de la década de los veinte que todas las
influencias «impías», desde matr imonios laicos a lecturas poco aconsejables,
habían venido de Améric a. 205 En los mismos argumentos incidía el político
con ser vador Augusto González Besada, quien c argaba las tintas en la ig-
norante petulancia de los emigrantes retornados, «V erdaderos salvajes que
retornan a su patria más resabiados de lo que salier on, tra yendo por toda
ilustración unos ochavos más, por toda religión la pér dida de creencias»
204 V . L oureiro , «O brasileiro», O Tío Marcos da Portela, 3.ª époc a, 21.4.1919.
205 Cuestionario del obispo Balaurá al c lero de la diócesis de Lugo , 1929, en Arquiv o Diocesano
de Lugo.
290
Xosé M. Núñez Seix as
(González Besada 1905: 26). T estimonios del género podrían multiplicarse
(Risco 1980 [1930]: 157; Bell 1994: 20-23). Común a todos ellos es pre-
sentar al retornado de América co mo un agente de subversión del orden
social vigente, tanto por sus nuevas costumbres –adquiridas en un me dio
urbano– como por sus nue vas ideas –may or progresismo , laicismo y re chazo
de los valores políticos y sociales hasta entonces imperantes, en especial del
poder de las élites tradicionales: la Iglesia y los c aciques ru rales–. Y eran
lamentos típicos del c lero en otras r egiones europeas de fuerte emigración
transoceánica, como el país vasco-francés o las áreas de poblamiento polaco
de P rusia O riental (Lhande 1971 [1910]: 138-39; W alasz ek 1995).
S in embargo , estos argumentos no pueden ser siempre aceptados de
modo literal. En ellos inter viene la propia percepción de los autor es con-
temporáneos, quienes tendían a exagerar o deformar costumbres, ideas y
creencias a las que se oponían. Así sucede con el frecuentemente aludido
«masonismo» de los retornados, uno de los argumentos esgrimidos por
parte de los publicistas conser vadores para denunciar su carácter revo-
lucionario . Cier to es que la masonería exper imentó una penetra ción im-
portante entre los «americ anos», quienes por lo general ingresaban en las
logias en Améric a y después continuaban siendo miembros activ os en
España. P ero ser masón en la España de la Restauración y en la Améri-
ca de la misma époc a no signifi c aba la may oría de las veces mucho más
que adherirse a una «moda» ex tendida, que operaba como rito y lugar de
sociabilidad de una élite librepensante que pr ofesaba un republicanismo
más o menos diluído , y que mediante esos r ituales afirmaba su conciencia
de grupo (Núñez S eixas 1998a: 331-33; V alín 1994: 127-33; González
Raposo 1999). T ampoco faltaron donativos de «americanos» para la re-
construcción de iglesias, ce menter ios y casas rectorales, para compra de
imágenes religiosas, etc. Y un modo de demostrar el ascenso social ante los
convecinos era para los «indianos» el participar en las tradicionales pujas
por el honor de llevar las varas de delante y detrás de la peana al final de
las procesiones (Lisón T olosana 1974: 368-69).
¿Eran revolucionarios los que volvían de Amér ica? No hay duda de que
los retornados jugar on un papel galvaniz ador de la acción colectiva en va-
29 1
Las patr ias ausentes
rias z onas de España, desde la pr imera década de este siglo , sobre todo en
las z onas rurales de la franja cantábr ica y Galicia. En función de ello , no ha
de extrañar que desde el agrarismo gallego , por ejemplo , los retor nados fue-
sen contemplados como la gran esperanza, es decir , los cuadros posibles de
un movimiento que estimularía la supuesta pasividad de los campesinos. El
entonces socialcatólico L uis P eña Novo ofrecía en 1913 una visión triun-
falista del papel renovador de los r etornados: si habían sido los «predilectos
de la raza» quienes habían emigrado antes a Amér ica, porque «aquí no en-
cuentran campo donde germinen sus fuer zas», cuando tras años de trabajo
duro per o forjador de re cios c aracter es y de profundas convicciones demo-
cráticas el emigrante retornaba de Améric a, donde «las almas vencen como
los cuer pos, la cultura se cotiza aún más que la fuer za […] no es lac ay o de
ningún político , ni rin de homenaje más que al trabajo», al volver a España
no podría aguantar la «indolencia de las gentes, este vandalismo de los ca -
ciques», convir tiéndo se en apóstol de las vir tudes del asociacionismo , de la
formación cultural y cívica y de la acción común. El diputado hispano-cu-
bano Rafael Mar ía de Labra, en un de bate en el Senado español, reconocía
la creciente impor tancia de los retornados, que a la altura de 1912 ya no
eran los «indianos» exóticos y adinerados del 98, sino que representarían
«un elemento social, y pronto serán un elemento político». 206 Sin embargo ,
cabe preguntarse en qué medida las exaltaciones del papel innovador de los
retornados por par te de obser vadores liberales o republicanos coetáneos
no revelaba, como en la Italia de la época, una consciente voluntad de pre-
sentar al «hombre nuevo», forjado en la emigración, como el antídoto más
eficaz contra la revolución, y el instr umento más adecuado para mantener
el cambio y el progreso bajo co ntrol (Cinel 1982: 72-74).
¿Hasta qué punto testimonios como los citados constituían una eva-
luación real de lo que ocurría, y no una sobrevalora ción de c asos aislados?
A esa cuestión solo podemos responder por ahora de modo cualitativ o , y
extrapolando a partir de las conc lusiones de los esc asos estudios micro-
históricos disponibles. P ara el caso gallego , existe una co rrelación positi-
206 L. [P eña Novo], «Hablar por hablar . L as dos emigraciones», El R atón, V ilalba, 5.7.1914;
debate en el Senado español el 20.6.1912, repr oducido en «Hispano-americ anismo», Boletín
de la Unión Hispano-Americana V alle Miñor , 35, agosto 1912.
292
Xosé M. Núñez Seix as
va entre la existencia de sociedades locales y comarcales de emigrantes en
Améric a, la presencia de emigrantes retornados y la fundación de socieda-
des y sindicatos agrar ios y , en menor medida, de socie dades obreras y de
oficios varios, en z onas rurales y semiurbanas. Junto a los canteros, obreros
a tiempo parcial de periferias ur banas que se inserta ban en nue vos mar cos
de relación social y apr endían nuevas estrategias de acción colectiva, y al-
gunas élites ilustradas que vivían a caballo del mundo urbano y del r ural
(profesiones liberales, maestros, etc.), los «amer icanos» eran elementos di-
rector es y di namiz adores del agrarismo , especialmente de las sociedades
agrarias «neutras» y/o de or ientación republicana. P ero la agencia social de
los re tornados también dependía de otros factores: su propio ni vel de éxito
o fracaso , sus exper iencias asociativas y políticas en ultramar , el grado de
movilización sociopolític a existente en sus lugares de origen, y la estr uctura
de oportunidades a nivel loc al (N úñez S eixas 1998 c 1999 a ). Es posible que
la tónica sea semejan te en otras regiones peninsulares, aunque carecemos
de estudios mono gráficos que nos lo confirmen.
E L « AMERICANO » COMO NUEVO CACIQUE
El colectivo de los r etornados no solo estaba compuesto de «revolucio-
narios» o agitadores anticaciquiles. T ambien se pueden aducir ejemplos del
fenómeno contrario: de la emigración. de retorno como agente renovador
de las viejas élites locales, a las que propor cionaba cuadros de r ec ambio
reclutados entre las nuevas c apas de «americ anos» enriquecidos después de
un tiempo en Améric a. Hubo igualmente abundantes c asos de r etornados
que, tras una etapa de ac tividad anticaciquil ac abaron por integrarse en el
sistema político de la Restauración, o por acceder al poder loc al durante la
Dictadura de P rimo de Rivera, para después militar en formaciones conser-
vadoras y hasta anti democráticas (Núñez Seixas 1998 a : 348-52; De Goeje
1997). L a vía alternativa seguida por los «retornados» para acceder al po-
der local a través de la promoción del asociacionismo agrario podía llevar
a muchos de ellos a cambiar de comportamiento e intereses en pocos años,
sobre todo si a una posición econó mic a más o menos desahogada añadían
su experiencia organiz ativa y asociativa y un nuevo capital relacional. Inc lu-
293
Las patr ias ausentes
so , no faltan testimonios contemporáneos que cr iticaban amarga mente la
conducta de los «americ anos» de buena posición y cierto c audal adquirido
en ultramar que, una vez retornados, no constituir ían un revul sivo o factor
de progr eso , sino que se convertir ían en un factor más de pa rálisis y refor-
zaban el poder de los c aciques tradicionales, ya que solo bus c arían alianz as
políticas, comerciales o incluso familiares con estos, cuando no perseguían
convertirse ellos mismos en nue vos caciques. 207
No obstante , si vol vían a Améric a se deleitarían en comentar el atraso y
falta de ci vilización de sus lugares de origen, lamentando la falta de progre-
so de Es paña (P ajares 1931). Caric atura que se correspondía en parte, como
ver emos, con la mirada crític a que de la r ealidad española solían tener los
intelectuales, per iodistas y activistas políticos es pañoles de distinta tenden-
cia que residían en América.
En parte, esto ocurrir ía por que, como recordaba Xosé Lesta Meis, 208
mu chos «amer icanos» que habían pasado media vida trabajando duro para
poder volver a España con una posición respetable r etornaban dispuestos a
vivir de rentas y poseídos de un anhelo no disim ulado de demostrar su as-
censo social ante sus convecinos. P ara ello , imitaban en su comportamiento
social a la pequeña nobleza r ural, a los tradicionales c a ciques e, inc luso ,
intentaban enlazar con familias de alcurnia. Como par te de esa estrategia
social, practic aban la filantropía, donaban dinero para le vantar hospitales o
asilos en su lugar natal y , conocedores del m undo ur bano y de los ser vicios
públicos, contr ibuían a la construcción de aceras o del alumbrado público .
Inc luso , pese a ser poco religiosos, daban genero sas limosnas para reparar la
iglesia del lugar y se construían si podían un gran mausoleo en el cemen-
terio parroquial para per petuar su memoria. Con ello , esos «amer icanos»
cumplían también de paso con su conciencia, lo que muchas veces acababa
por ser una suerte de «amor de anticuar io» por España. Y , por tanto , poco
interés podían tener en combatir a los caci ques, sino que par te fundamental
de su estrategia de ascenso social con sistía, precisamente, en lle varse bien
207 V id. por ejemplo M. Montero , «Galicia valdrá lo que valgan los gallegos», Eco de Galicia, La
Habana, 20.8.1922.
208 X. L esta Meis, «De mi tierra. El patriotismo de algunos “ americanos”», Eco de Ga licia, La
Habana, 18.6.1922.
294
Xosé M. Núñez Seix as
con ellos. P or lo que c aer en la acomo dación al retornar a España era la
opción más frecuente . 209
De hecho , el estereotipo caric aturesco en la literatura popular solía pr e-
sentar al retornado petulante e ignorante que había apr endido algunas le-
tras y acumulado algún diner o en Améric a como el peor de los caciques
una vez que accedía al control del ayuntamiento . Un ejemplo podía ser el
Xerónimo T rincacodias descrito por A velino Rodríguez Elías. T ras volver
de la emigración, Xerónimo ya solo frecuentaba la compañía del médico ,
el cura y el maestro , «porque decía qu’ os demais nin xiquera sabían falar».
Al poco tiempo entró en política y «púxose ó lado d ’ os caciques grosos d ’a
provincia», convirtiéndose en el c acique de la aldea y ganándose la animad-
versión de los vecinos pues, además de gobernar para su beneficio desde el
ayuntamiento en cuestiones de impuestos y contribuciones, su pe tulancia
llegaba al punto de pretender bautizar una calle con su nombre. S emejante
era la historia de Cipr iano , un emigrante analfabeto e ignorante en Buenos
Aires que , tras sufr ir desprecios y burlas sin fin, consiguió ascender de em-
pleado a insta larse por su cuenta como comerciante , tac añeando el último
peso: para él, el «tener plata» se convir tió en el único criterio de ascensión
social y el único valor aceptable. Un día volvió a su aldea r icachón, c argado
de frusler ías y hablando un pintoresco lenguaje . Al c abo de unos años, don
Ciprino se hiz o una nueva c asa, instaló en los bajos una tien da y se convir-
tió en el principal prestamista del lugar . Con ello , en par te por su ejemplo y
en parte por necesidad de satisfacer las deudas con él contraídas, los jóvenes
emigraron en masa a América. 210
No obstante , c abe juzgar muchos de estos tes timonios con distancia, pues
el término «cacique» en la España anter ior a 1936 era ubicuamente utilizado
209 Así, el per iodista gallego de La Habana S alvador Liste Mourenza recordaba en 1922 que
hasta muchos emigrantes «que a nuestr o lado compar tier on las ideas de paz, justicia y li-
bertad gallegas» y que se habían visto for zados a emigrar de sus lugares de origen por la
persecución caciquil, no tenían inconveniente tras retornar a Galicia en hacer amistad «con
los verdader os ladrones de nuestros inter eses patrios». S . Liste Mourenza, «Ecos de Galicia»,
Galicia , L a Habana, 23.9.1922.
210 Chuco de Canedo [A. Rodr íguez Elías], «No turreir o . ¡Q ue aproveite!», Boletín Ofi cial del
Centro Gallego de A vellaneda, 15.9.1913; J. Ojea, «Un rege nerador de la patr ia», Almanaque
Gallego par a 1907, Buenos Aires: Impr . El Correo Es pañol, 1906, pp . 82-85.
295
Las patr ias ausentes
por muchos actor es del juego político con un fin descalific ativo . P odía ocu-
rrir que los retornados, que en la segunda déc ada del xx escogieron la vía
de la movilización a través de las sociedades de agricultores como c amino
alternativo para acceder al poder local, ac abasen por romper con las aso-
ciaciones de Buenos Aires o La Habana que ve nían apoyando sus fines, ya
que a menudo los todavía emigrantes exigían un mayor radicalismo y una
orientación iz quierdista que no estaban dispuestos a secundar los r etorna-
dos que ya habían accedido a cargos, por pacto con las élites caciquiles –que
facilitaban la integración de concejales agr arios en el gobierno municipal sin
elecciones previas, con lo que estos pasaban a ser copar tícipes de la gestión
y de sus irregularidades–. L os retornados pasaban así a convertirse, en la
óptica de las élites emigrantes que en Amér i ca contemplaban la e volución
política española, en unos «nuevos c aci ques» (Núñez S eixas 1998a: 358-60).
A pesar de todas las limitaciones apuntadas, esos «amer icanos» con for-
tuna también jugaban un papel moderniza dor . Cierto era que con ello bus-
caban ante todo un recono cimiento de su nueva posición social dentro de
las comunidades a las que se r eincor poraban, y que en más de un caso la va -
nidad de verse r econocidos como benefactor es del lugar natal era un móvil
principal en su proceder . L a suntuosidad de las cons tr ucciones promovidas
por los «americ anos», su promoción de las obras públicas y la beneficencia,
ha de entenderse también en el contexto de la búsqueda de rentabilidad
social, del reconocimiento por parte de sus ve cinos y de las élites tradicio-
nales, para las que los enr iquecidos retornados eran unos adv enediz os sin
alcurnia. F enómeno señalable tanto para Gali cia como para Asturias y Ca-
taluña (Uría González 1982: Bermejo L orenzo 1998; Erice 1995: 128-29;
Domènech 1993).
S in duda, en la preocupación de los emi grantes y de los retornados por
dotar de ser vicios públicos a sus villas y al deas de or igen –desde la traída
de aguas hasta la atención sanitaria–, o con su ejercicio de la beneficencia,
contribuían en mucho a paliar la insu ficiencia del papel modernizador del
Estado . L a existencia de una corr elación positiva entre la pr e sencia de emi-
grados y el surgimiento o desarrollo de asocia ciones agrarias y/o obr eras, de
candidaturas antic aciquiles y agrupaciones republicanas o socialistas en el
296
Xosé M. Núñez Seix as
medio rural no implic aba que todos, ni siquiera que la ma yoría de los emi-
grantes retornados, mantuviesen un comportamiento so ciopolítico contes-
tatario . P or el contrar io , abundan los testimonios contemporáneos que des-
mitifican al retornado , inc luso al que no alcanz ó gran fortuna en ultramar y
mantenía un fuerte compromiso político y social, presentándolo igualmente
como presuntuo so , carente de concepción global de España e ignorante de
otra realidad de la que conoció en su aldea y en su experiencia americ ana,
por lo que su término de comparación era siempre despr oporcionado . Así
lo indicaban, por ejemplo , las quejas de los agrar istas de Salceda de Caselas
(P onteve dra) ante sus correligionarios por teños, recriminando que lo pr ime-
ro que hacían m uchos retornados era cumplimentar al cacique y mante nerse
alejados de la F ederación Agraria loc al. 211 El también agrarista P edro V arela
reconocía que , aunque la mayoría de los emigrados que retornaban a su A
Estrada natal ejercían un influjo benefactor , «se han pulido adquiriendo una
cultura, cuando no esmerada, muy aceptable y pasadera, y la propagan en-
tre sus familiar es, deudos y vecinos, lo cual redunda en beneficio general»,
siempre existía «algún fantoche con una por ción de tierras en La Habana,
ex trañándose de que en L a Estrada no haya tranvías eléctricos, telégrafo
per manente y otras lindez as; y abr umándonos con un sin fin de ripios, gali-
cismos y vicios de dicción» ( V arela Castr o 1923: 87). Car icatura no muy
diferente de la que abundaba en la literatura popular italiana a lo largo del
primer tercio del siglo xx, presentando a petulantes americani que contaban
historias fantástic as sobre N avaiorca y Bro ccolino en una mez cla no menos
cómica de italiano e inglés chapurreado , el a veces denomi nado italglish (P e-
rri 1978 [1928]; F ranzina 1996: 187-209; Crupi 1979).
Ese comportamiento poco acomodaticio con la sociedad de la que ha-
bían partido se debía también al desasosiego íntimo de los que retornaban,
que en el fondo echaban de menos el mundo urbano y «moderno» donde
habían adquirido preciosas experiencias vitales. Un irónico obser vador des-
tacaba así que los retornados, pasados los pr imeros ins tantes de regocijo y
reencuentr o con familiares y amigos, no encontraban un fácil reacomodo
211 Car ta de la F ederación Agraria de S alceda de Caselas al Centro de P rotección Agrí cola
de Salceda de Caselas en Buenos Aires, Par derrubias, 16.12.1917 (Archiv o de la Casa T ui-
Salceda, Buenos Aires).
29 7
Las patr ias ausentes
en la mansa realidad del campo , por lo que tendían a «aislarse o busc ar las
relaciones de los americanos de su misma proce dencia, con los que com-
parten sus desilusiones y sus penas [...] aburr idos con el ocio a que los
condena su posición de adinerados, y echando de me nos, quizá, la vida agi-
tada que acaban de dejar». De ahí que muchos de ellos optasen por volver
definitivamente a Améric a. 212 Y es que el fastidio y aburrimiento de los que
retornaban, como recor daba en las memorias de su viaje a Amér ica el escr i-
tor Eduardo Zamacois, era una suer te de contraemigra ción que se oponía
al hambre f ísica: era «hambre de ensueños, que hace temblar las almas…
vosotr os, los que fuisteis miserables y ahora sois millonar ios, decidme: ¿cuál
es peor de los dos?»; a fin de cuen tas, la emigración era «agr idulce … como
la vida misma» (Zamacois 1913: 213).
T estimonios menos indulgentes preferían tachar a los «ame r icanos» re-
tornados a España de holgazanes, tacaños e inc luso de «mal ejemplo» para
la juventud, pues se limitarían a vivir de rentas. P ero en ellos surgía también
una diferencia entr e quienes triunfaron en Améric a, que después tendían
en España a la pasividad y al aislamiento , y quienes no acumular on for tunas
en ultramar . Estos últimos se in tegrar ían m ucho mejor de nuevo en la vida
peninsular e inc luso «hallan aquí buen campo para desarrollar sus energías»
en todos los órdenes, ya que, pese a no volver ricos, sí que retomaban con
unas actitudes diferen tes ante el trabajo , la vida social y la polític a. 213 P or
esta raz ón, los pr imeros tenderían más bien hacia un cierto aisla miento
–buscando la compañía de otros «americ anos»– y un inconformis mo so-
ciopolítico más pasivo que activo , siendo el antic ler i c alismo una de las for-
mas más externas y espectaculares de manifestar su pr ogresismo , mientras
en el resto de su comportamiento el conformismo y la búsqueda de la inte-
gración en la élite política loc al sería lo usual. Castro L ópez pr oporcionaba
numerosos ejemplos de la «polí tic a de gestos» de que solían hacer uso mu-
chos «americ anos» en su parro quia, como negarse a ir a la iglesia, mostrar
desgana en la misa dominical o no descubr irse el sombrer o al paso de una
212 F . Mar tínez Santradán, «Los ches», Almanaque Gallego para 1911, Buenos Aires: Impr . El
Diario Español, 1910, pp . 126-28.
213 Vid. por ejemplo J. Dávila, «L os galaico-americanos “ retirados”», Almanaque Ga llego para
1913, Buenos Aires: Impr . El Diar io Español, 1913, pp. 33-35.
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Xosé M. Núñez Seix as
res ciudadanos en todos los aspectos y , pese a la hostil recepción que les
dispensan sus familiares, acaban por ganarse su respeto y afecto (L ópez
de S áa 1915). El mismo argumento se repite en la nov ela Da emig r ación.
Not as d ’un g ale go , narración con elementos autobiográficos del emigrado y
nacionalista gallego A ntón P az Míguez. El protagonista, P ablo , tras una
experiencia vital enr i quecedora en Buenos Aires que le lleva a valorar su
tierra, su idioma y la necesidad del progreso , regresa a su aldea henchido de
pro pósitos reformadores:
F undarei unha escola; unha biblioteca pública; un campo de deportes
que leve por lema «mens sana in cor por e sano»; un taller de artes e oficios;
dareille impr esións de renovación nas maneiras do traballo ós labrador es;
farei que apr endan a ler i escribir todolos analfabetos [...] fareilles conocer
os adiantos das cencias modernas [...]. F undarei unha sociedá das xuventu-
des para que se formen verdadeir os paladíns dos ideaes galegos e leven
cru zadas e misións de galeguismo pol-as montañas, pol-as aldeas, pol-os
pobos, pol-as cibdás.
S in embargo , cuando llega a su aldea descubre que la chica que ama ba
cuando partió se va a c asar con otro , hijo de un indiano de éxito de tiempo
atrás. Desilusionado , realiza un viaje por toda Galicia, y experimenta una
de silusión paralela aún mayor al contemplar «unha Galicia mísera, chea
de pobreza, de pr ivacións, d ’ inf or tunio», el abandono del gallego por los
«se ñor itos» y la invasión de rumbas, fox-tr ots y tangos en las romerías que
desplazaban a las muiñeiras. Ante este espectáculo , P ablo intenta suici darse
sin éxito . F inalmente resuelve volver a Argentina, donando todo el dinero
que había ganado en ultramar para que fuese invertido en una es cuela en su
aldea (P az Míguez 1936).
Esta imagen pesimista se correspondía con las esperanzas depositadas en
los residentes en América por par te de los galleguistas, quienes soñaban con
que los emigrados se convirtiesen en un agente re nacionalizador de Galicia y
la salvasen de las garras del centralismo y de la c astellanización, uno de cuyos
agentes en el medio rural se rían precisamente los retomados de la Améric a
hispanohablante, pese a que los testimonios sobre este último aspecto son
matizables (Núñez Seixas 1998a: 325-26). De hecho , los relatos literarios a
305
Las patr ias ausentes
menudo ridiculiz aban el uso de americ anismos (el che r ioplatense o el chico
cubano , etc.), y los viajeros extranjeros por Ga licia señalaban la influencia
de los emigrantes retornados al intr oducir mo dismos lingüísticos cr iollos,
asimilados a progr eso y moderni dad. P ero otr os testimonios sugieren que
el comportamiento social más r utinario de los retomados después de un
tiempo era una vuelta a la diglosia habitual antes de partir . Es más, en algún
relato de la pr ensa de la emigra ción se insistía inc luso en que la nostalgia de
los «americ anos» cuando volvían a sus aldeas natales les llevaba a resucitar
el gusto por la música y bailes tradicionales, en retroceso ante las nuevas
expresiones m usicales que invadían las fiestas aldeanas. 226
El pesimismo , sin embargo , no siempre era el tono predominante en
los relatos y composiciones literarias elaboradas en torno al retorno desde
la emigración. P or el contrar io , más de una vez se atr ibuía a los retorna-
dos un papel regenerador y hasta r edentor de la tierra natal y una función
de comunicador entre dos culturas, del mismo modo que en la Italia de la
época, y por actores bastante diversos del espectr o político . 227 P ara ello , era
recurr ente la alegoría del emigrante o hijo de emigrante que redescubre su
tierra de origen a través de los ojos de alguna hermosa mujer del país, o
que se arrepiente de su pasajer o alejamiento de su país de origen después
de encontrarse a su vuelta con un anciano campesino iletrado que le ense ña
más de la vida de lo que él pretende saber . 228
En algunas obras, como en la z arzuela La galleguit a (1914), cuya au-
toría compar tían los periodistas emigrados José R . L ence y Ramón F er-
nández Mato , se insistía en la la bor de «apr oximación hispanoameric ana»
que correspondería a los india nos: el hijo del emigrante enriquecido que
retorna al pueblo de su padr e y que no se identifica con la tierra de sus
antepasados, se entrega a la «mala vida» para matar el aburrimiento , hasta
226 V id. un ejemplo en J. V ega Blanco, «La última alborada (costumbres gallegas)», El Eco de
Galicia, Buenos Aires, 30.8.1906; igualmente , Grandmontagne (1944 [1933]: 319-22).
227 Desde el nacionalista Enrico Corradini (1910) al poeta Guido Cozz ano a comienzos de
siglo (F ran zina 1996: 162-65).
228 El contraponer al retornado petulante y hablante de una mezc la de gallego y mo dismos
latinoameric anos con un anciano r epresentante de la tradición fue un recurso bas tante
habitual en el teatro gallego del primer tercio de siglo: vid. por ejemplo Charlón Ar ias y
Sánchez Hermida (1921).
306
Xosé M. Núñez Seix as
que se enamora de una aldeana. Cuando el padre quiere r etornar de nuevo
a Améric a, el hijo se niega a ha cer lo y decide permanecer en el país de
sus ancestros.
Un recurso seme jante aparece en la novela R amo Cativ o , obra de un
periodista y literato modernista y decidido par tidario de la emigración, el
vigués Jaime S olá. El personaje principal, L orenzo F reir e, acomodado hijo
de un emigrante ourensano en N ueva Y ork que había dejado Galicia con
siete años, se de dicaba en Amér ica a los florecientes negocios heredados
de su padre , ha biendo ol vidado su tierra de origen. P er o F reire descubr e de
repente su país natal al leer una obra de Jacobo Roig , escr itor galleguista
trasunto del propio Solá. Decide entonces hacer un viaje al Ribeiro , acom-
pañado por Roig, quien le enseña a amar la comarca y por extensión a Ga-
licia y el idioma gallego . F inalmente, F reire conoce una bella chica aldeana,
Adega, de la que se enamora y a la que ofrece todas sus riquezas. a cambio
de su amor . L a alegoría resultaba c lara: el emigrante se reencontraba con su
tierra de origen a través de unos mediadores o «descubridores» que no eran
otros que los intelectuales, periodistas y , élites concienciadas, plenas de un
sano amor a su región y a España (Solá 1918 a ). 229 T ambién en la novela
Est e bo de Xosé L esta Meis se mostraba esta perspectiva optimista: el
protagonista, tras emigrar desencantado de Galicia a Cuba y trabajar en
la zafra, vuelve a su aldea y se c asa con su novia gallega, con lo que al final
se «reencuentra» positivamente con su país (L esta Meis 198 1 [1927]).
Un mensaje semejante era igualmente típico de la literatura italiana de la
época, como en Italia Madre (1911): un hijo de emigrante se enamoraba de
V enecia y así redescubr e Italia (Mioni 1911).
229 Un argumento hasta cier to punto semejante, el hijo de un emigrante que retorna a Galicia
y se identifica con los valores aldeanos, se enamora, etc., en Solá (1918 b ) .
30 7
III. Sobre la emigración gallega en
La tinoamérica
10 . U N P ANORAMA SOCIAL DE LA INMIGRACIÓN GALLEGA EN B UENOS A IRES ,
1750-1930 230
La par ticipación de los gallegos durante el periodo colonial en los con-
tingentes migratorios hispánicos hacia Amér ica fue bastante minor itaria,
aunque se incrementó , par ticularmente en el caso de los llegados al Río de
la P lata, durante la segunda mitad del siglo x viii. Hacia 1810 los gallegos
ya constituían el grupo regional más impor tante entr e los peninsulares r e-
sidentes en el Río de la P lata, y suponían entre un 30 y un 40 por ciento de
los peninsulares inmigrados r esidentes en Buenos Aires. P rocedían en su
casi totalidad de los núc leos ur banos de Galicia, además de algunas áreas
costeras de las provincias atlánticas. Y tenían un pr otagonismo destac ado
en un ramo del pequeño comercio urbano desde finales del siglo xv iii, de
particular visibilidad social, como eran las pulperías, las cuales desempeña-
ro n un papel nada despreciable en las prácticas de sociabilidad informal de
los sectores popular es rioplatenses. Y a en este momento se registraba, tan-
to en Buenos Aires como en Monte video , la existencia de la connotación
230 Este texto recoge en lo fundamental nuestra inter vención en el simposio Buenos Aires
galleg a: Inmigración, pasado y presente (Buenos Aires, agosto 2007). Hemos reducido el
aparato crítico al mínimo indispensable. Un desarrollo más amplio en la parte dedic ada a
Argentina, de nuestra autor ía en Cagiao V ila y Núñez Seixas (2007).
308
Xosé M. Núñez Seix as
conmiserativa o despectiva del gentilicio gallego , mez c la de sentimiento
antipeninsular y de reflejo r elativamente verosímil del pr otagonismo social
de los gallegos (De Cristófor is 2008, 2009).
Las llegadas de inmigrantes prom ovidas por el Gobierno del general
Rosas (1829-1852) hacia mediados del siglo xix, y de las que se enc argó
la casa consignatar ia de F elipe Llavallol, no contribuyeron a mejorar los
rasgos arquetípicos adscritos a este colectivo . Llavallol par ticipó en la orga-
nización de var ias expediciones de colonos pr ocedentes del Noroeste ibé-
rico , par ticularmente desde Galicia a través de sus conexiones con algunos
armadores de bergantines del puerto de Carril (P onte vedra), para satisfacer
las necesidades cr ecientes de mano de obra del Gobierno por teño y de al-
gunos particulares. L os colonos, en su mayoría hombres jóvenes, arr ibaron
a Buenos Aires en penosas condiciones higiénicas, sanitar ias y alimenticias.
F ueron alojados en barracas y aguardaron hasta ser «colocados» en empleos
oficiales (particularmente en hospitales, en la policía, en la reparación de
calles o en el gremio de los serenos), o bien como peones en toda c lase de
trabajos no cualificados, criados y changadores. P ero Rosas también reclutó
entre los más jóv enes y formados a escr ibientes y funcionarios públicos.
S egún los datos extraídos del censo de Buenos Air es de 1855, los espa-
ñoles eran la tercera colectividad extranjera de la ciudad (5892 sobr e 53 332
habitantes), por detrás de italianos y franceses. Y dentr o de los residentes
españoles, los gallegos que figuraban como tales, un total de 1492, supo-
nían un 39 por ciento de aquellos. En su inmensa mayoría procedían de A
Coruña, Compostela, F errol y V igo , además del área del valle del Umia y
la península de O S alnés (P adrón, Caldas de Reis, V ilagarcía y Cambados).
De los gallegos censados, un 39,6 por ciento eran trabajadores manuales no
cualificados, un 17,1 obrer os semicualific ados, un 16,3 por ciento se des-
empeñaban como obrer os manuales cualificados, un 21,7 por ciento eran
trabajadores no manuales de baja cualificación, un 3,9 por ciento desempe-
ñaban oficios no manuales de media o alta cualificación, y un 1,4 por ciento
eran profesionales. Dentro del conjunto hispánico , ocupaban los peldaños
más bajos de la escala laboral, si bien no muy inferiores a los asturianos o a
los vascos, y más alto que los c anarios (Moya 1998, 2001).
309
Las patr ias ausentes
Esa preponderancia r elativa de los gallegos en Buenos Aires es corr obo-
rada por varios informes consulares españoles en la década de 1860. En el
Censo Na cional de 1869 los españoles ya constituían un 16,9 por ciento de
los extranjeros en la Argentina (1,8 por ciento de la población total del país),
y eran un 7,8 por ciento del total de los habitantes de Buenos Aires, lo que
situaría a los gallegos en un 3,5 por ciento , como mínimo , de la población
total de la urbe. T anto varios informes consulares posteriores como algunas
listas de pasajeros llegados a Buenos Air es desde Galicia corroboran que las
áreas costeras, y algunas inter iores, de la provincia de P ontevedra ostentaban
la primacía dentro de la corriente dir igida al Río de la P lata.
S e trataba de una población en aumento , pero todavía mayoritariamente
exogámica. L os inmigrantes gallegos, al igual que el resto de los peninsula-
res, se casaban entonces de forma mayoritar ia con criollas (más de un 90 por
ciento de los casos), según las muestras manejadas por N adia De Cristófor is
(2008) para la ciudad de Buenos Aires entr e 1782 y 1840. V ar ios factor es in-
fluían en esa conducta. P or un lado , la naturalez a del mer cado matr imonial:
la presencia de m ujeres nacidas en Galicia era m uy escasa en ese per iodo .
P or otro lado , el hecho de que el matr imonio r efor zaba, en buena par te de
los casos, una relación comer cial o laboral establecida en el país de or igen.
Estrategia típica de ascenso social de un inmigrante gallego –o de otras pro-
cedencias– en el Buenos Aires de la primera mitad del siglo xix consistía en
desposar a la hija del patrón para el que trabajaba como empleado , depen-
diente o agente comercial, y después hacerse con las riendas del negocio . El
hecho de que muchas de esas alianzas se forjasen con hijas de inmigrantes
gallegos o peninsulares en general arriba dos con anterior idad –y que en la
documentación ec lesiástica o civil figuran como naturales del país–, lleva a
pensar que en un porcentaje apr eciable la exogamia ocultaba, en realidad,
copiosos casos de endogamia encubier ta: un inmigrante galaico se c asaba
con la hija de otro compatriota gallego , que a menudo podía proceder , a su
vez, de su misma parroquia de origen.
No era tampoco casual que hacia mediados del siglo xix la prensa rio-
platense ya recogiese de v ez en cuando chistes de gallegos. Eran en parte
una continuación de a quel estado de opinión antihispánico heredado de
310
Xosé M. Núñez Seix as
los tiempos de la independencia, antes que un retrato real de la inser ción
social de los inmigrantes gallegos. P ero en ellos también comenzaba a
adivinarse cierto desprecio social hacia la humilde condición de los recién
llegados como inmigrantes extranjeros a un país independiente . En la
década de 1860 se registraron en Buenos Air es y en otros lugar es del país
varios enfrentamientos entre inmigrantes españoles y criollos que se soli-
dariz aban con Chile durante la guerra del P acífico; y el mote despectivo
siempre utilizado seguía siendo el de g allegos para designar a todos los
españoles presuntamente imperialistas. De ahí también que se emplease
el término g allego como insulto puro y simple para descalific ar a los opo-
nentes políticos en la escena pública argentina. L os prejuicios hacia los
gallegos –inmigrantes o no– salían a flote, además, en buena par te de la
prensa argentina en cuanto surgía algún conflicto laboral o social en el
que se veían envueltos trabajador es de ese or igen, par ticularmente en los
oficios de baja calific ación del sector ser vicios en los que aquellos tenían
un visible protagonismo . P or ejemplo , en septiembre de 1865, cuando
los serenos de Buenos Air es, en su gran mayoría gallegos –después de
la reorganización del cuer po operada tras la caída de Rosas en 1852– se
negaron a r enunciar a la ciudadanía española para continuar en su trabajo ,
como les exigía la municipalidad. Hubo inc luso varios enfrentamientos
entre los pr omotores de la pr otesta y fuer zas de policía. Como recogía el
periódico por teño La España de modo contemporáneo a los hechos, en la
Argentina parecía que «el nombr e de Gallego sea sinónimo de judío para
ciertas autor idades subalternas».
Esta dinámica, que continuó durante los cuatro lustr os siguientes, a juz-
gar por varios testimonios aislados, se encuadraba dentro de lo que era la
percepció n general de las élites intelectuales argentinas, en las que desde la
década de 1860 empez ó a aparecer un cierto miedo a las consecuencias de
la inmigración masiva que sustituía el pasado optimismo sobre sus supues-
tas bondades. Aunque el temor principal eran los inmigrantes italianos, por
su mayor númer o y escasa disposición a acr iollarse rápidamente, y los in-
migrantes españoles pasaron a ser r evalor izados por algunos intelectuales y
políticos australes ya desde mediados del siglo xix, las jerarquías regionales
31 1
Las patr ias ausentes
estaban c laras: los gallegos ocupaban uno de los esc alones más bajos dentr o
de los no muy apr eciados españoles. En 1888 el per iodista y escritor Emilio
Daireaux afirmaba que gallegos y napolitanos compartían el sentimiento de
ser desprecia dos por la sociedad receptora a causa de su baja calific ación,
siendo su gentilicio sinónimo de bruto e ignorante. Hasta el punto de que
muchos inmigrantes gallegos le manif estaban que «una cosa es ser gallego
y otra que se lo digan».
L A INMIGRACIÓN EN MASA (1880-1930)
Entre 1880 y 1930, Argentina recibió dos millones de españoles, de los
que alrededor de un 60 por ciento (1,2 millones) permaneció definitivamente
en el país. Eran el segundo gr upo estatal en importancia, tras los italianos
(1,5 millones). P ues según las estadísticas de entrada argentinas, entre 1878 y
1927 un 46,2 por ciento de las entradas de pasajeros de ultramar pr ocedieron
de Italia y un 32,88 por ciento de España, seguidos a distancia por franceses
(3,51 por ciento), «r usos» (judíos de Europa centr o-oriental, un 3,1 por cien-
to) y un 14,29 por ciento que prov enía de otros estados y países. El punto
álgido de las llegadas de españoles registr ó en las dos primeras déc adas del
siglo xx, en que se situaron por encima de los italianos. ¿Españoles? L a ma-
yoría procedía de Galicia. L o que coincidía con la etapa de may or crecimien-
to económico argentino , desde la déc ada de 1880. Entre 1885 y 1895, única
década en la que las estadístic as de salida españolas inc luy en la procedencia
provincial, el 55,8 por ciento de todos los ciudadanos españoles arribados al
país austral eran gallegos, con un c laro predominio todavía de las pr ovincias
de A Coruña y P ontevedra, a las que se unieron entrado el siglo xx con por-
centajes progr esivamente más altos Lugo y O urense.
A pesar de lo problemático que r esulta realizar una cuantificación, re-
sulta un saldo no inferior al medio millón de personas nacidas en Galicia
definitivamente instaladas en la Argentina. Y durante el primer tercio del
siglo xx, los gallegos constituyeron alr ededor de un 50-55 por ciento del
contingente de españoles residentes en Buenos Air es. Ello suponía entre
150 000 y 200 000 inmigrantes nacidos en Galicia en vísperas de la I G uerra
Mundial, y entre un 8 y un 10 por ciento de la población porteña en 1914.
31 2
Xosé M. Núñez Seix as
P ropor ción que en algunos par tidos de lo que será el Gran Buenos Air es,
como en el caso de Barrac as al Sud (desde 1904 Av ellaneda) estudiado por
Ruy F arías (2010), se incrementaba hasta un 13-14 por ciento en 1914 (y
el 68-75 por ciento de todos los españoles entre 1890 y 1930). No exage-
raban en absoluto , así, quienes afirmaban que en aquel momento la c apital
argentina era la urbe con más habitantes gallegos de todo el planeta, muy
por encima de V igo o de A Cor uña.
La inmensa mayoría de esos inmigrantes eran de or igen campesino , en
concreto agricultores, jornaleros o campesinos, según las profesiones de-
c laradas. L as listas de pasajer os ha cia Buenos Aires enviadas por el cónsul
argentino en V igo entre 1858 y 1859, que inc luían 640 c asos, muestran
un predominio abrumador de campesinos, super ior al 98 por ciento . Una
muestra de 872 inmigrantes llegados en 1889 desde la pr ovincia de A
Coruña, al abr igo del corto per iodo durante el que la Argentina practi-
có una política de pasajes subsidiados (1887-1889), ofrecía la siguiente
distribución en lo relativo a las pr ofesiones dec laradas: un 28 por ciento
eran campesinos, un 40 por ciento decían ser jornaleros, un 7 por ciento
dec laraban no tener profesión, un 3 por ciento eran c arpinteros, y el resto
se repartía entre ocupaciones diversas (2 por ciento de canteros, 1,4 por
ciento de zapateros, etcétera). Y en su may or parte correspondían también
al modelo de emigración canaliz ada a través de dinámicas microsociales
espontáneas y no institucionales, transmitidas por medio de redes sociales
y cadenas migratorias.
El perfil no variaba de modo signific ativo tr einta años después. O tra
muestra de 805 inmigrantes gallegos arribados al puerto de Buenos Aires
en 1924 presenta por centajes muy similar es: un 58 por ciento de los llega-
dos dec laraba ser campesino , ganadero o pescador ; un 24 por ciento obrero
o jornalero; un 5 por ciento ar tesano y obr ero; un 4 por ciento decía ser ven-
dedor o afines, y otro 4 por ciento se componía de chóferes y conductor es, y
el resto se r epar tía entr e diversas ocupaciones. Es más, visto desde los pun-
tos de partida, el flujo de emigrantes a Argentina se componía en mayor
propor ción que otros destinos de jornaler os y campesinos, como mostraba
por ejemplo el caso de Mar ín (P onte vedra).
31 3
Las patr ias ausentes
El predominio masculino era evidente –aunque inferior al que se regis-
traba entre los italianos–, y se mantuvo hasta la segunda década del siglo
xx, cuando la incor poración de la mujer inmigrante al mer cado laboral de
los ser vicios urbanos exper imentó una fuerte expansión, traducida en el no-
table incremento del númer o de féminas que viajaban solas desde 1910.
Eran sobre todo hombr es jóvenes en edad laboral, que en su mayoría se
desplazaban solos, con alta expectativa de retorno , y que solo en una segunda
etapa llamaban junto a ellos, si los había, a sus mujer es e hijos. T endencia
al reagrupamiento familiar que se vio complementada por el aumento de
inmigrantes de sexo femenino . P or otro lado , la reducción progr esiva de los
costes de viaje merced a la intr oducción del vapor en los buques transoceáni-
cos permitió inc luso formas de migra ción estacional, en cuantía difícilmente
determinable: hombres jóvenes que se dir igían al Río de la P lata para allí
trabajar en labores agrícolas en el interior argentino durante una par te del
año , y volvían después a Galicia. De hecho , en las dos pr imeras décadas del
siglo xx los emigrantes de la parroquia de Mar ce (F erreira de P antón, L ugo)
en Buenos Aires acostumbraban a pasar varios meses al año como trabaja-
dores agrícolas en la P ampa húmeda, volviendo después a la c apital argen-
tina, donde o bien permanecían en los alrededores de la estación ferr oviaria
del Once, o bien retornaban por algunos meses a Galicia (Puga 1988).
A pesar de ser de origen mayoritar iamente campesino , y en menor pro-
porción marinero , los gallegos se asentaban sobre todo en las ciudades, o
en los alrededor es en expansión de las grandes urbes. En 1914, un 73 por
ciento de los inmigrantes españoles se concentraba en áreas urbanas, pro-
porción may or que en otros grupos inmigrantes. P ero los gallegos eran aún
más urbanos que el conjunto de los españoles, y mostraban una acusada
prefer encia por la ciudad de Buenos Aires y las localidades colindantes. A
mucha distancia le seguían las pr ovincias de S anta F e (con pr eferencia por
su capital y Rosar io), Córdoba y Mendoza. Con todo , en la primera expan-
sión de la actividad productiva de tipo agrícola y pecuario de la provincia
de Buenos Aires, entre 1840 y 1880, hubo una participación signific ativa
de pioneros galleg os. F ue el c aso en el ár ea de T andil del ourensano Ra-
món S antamarina (1827-1904) o del compostelano José S uár ez Mar tínez
320
Xosé M. Núñez Seix as
especiales», mostrando preferencia quienes se empleaban en el comer cio y la
industria por r ubros como la fabricación de cigarr illos, la tiendas de ropa al
por mayor , las sastrerías y la impor tación y venta de comestibles y bebidas.
L os anuncios de comercios, profesionales y negocios en la pr ensa gallega
de Buenos Aires pueden dar una cierta indicación de cuáles eran sus pr in-
cipales ramos de actividad. A par tir de una muestra de 574 anuncios y no-
ticias refer entes a las actividades comerciales y pr ofesionales de inmigrantes
gallegos entre 1900 y 1930, puede apreciarse que la gama de comer cios y
actividades terciarias y artesanales en las que estaban presentes los galle-
gos era sumamente variada, aunque con mayoría relativa de sector es como
restauración y alimentación (13,41 por ciento de los anuncios), almacenes
de comestibles y bebidas (8,53 por ciento), hosteler ía (10,8 por ciento) y
sastrerías, mercerías y negocios textiles y de ropa en general (18,64 por
ciento). Esos comercios, además, se situaban en barrios y z onas concretas
de Buenos Aires. De los 574 registr os que conforman la muestra señalada,
la gran mayoría (488, el 85 por ciento) se ubic aban en los barrios de S an
T elmo y Montserrat, así como en la par te septentrional del barr io de Cons-
titución. Otras muestras más reducidas llevaron a r esultados similares. En
barrios como S an T elmo y Montserrat, de hecho , en una área que limita al
Oeste con el barrio del Once, al Nor te co n la estación de Retiro y al Sur con
el barrio de L a Boca y la estació n de Constitución, la densidad de pequeños
y medianos comercios que eran pr opiedad de gallegos era superior a dos o
tres negocios por cuadra en varias calles.
Hacia 1900, las estimaciones obtenidas a par tir de registr os de asociacio-
nes mutualistas permiten av enturar que el perfil social en lo que respecta a
la cualificación global de la colectividad inmigrante en la ciudad de Buenos
Aires no varía demasiado , excepto por un ligero incr emento de los trabaja-
dores cualificados y sobre todo de los ocupados en labor es no manuales de
baja calific ación. Con todo , los inmigrantes c anarios, vascos o astur ianos no
salían mejor parados de la comparación con los gallegos. Así lo dedujo José
Moya (1998) a partir de los datos de 6603 gallegos presentes en las listas de
socios de la AE SM de Buenos Aires. Igualmente, sobre una muestra de 750
asociados a cuatr o entidades microterritor iales pontevedresas entr e 1918 y
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