Diosas de ébano
pa a
Cuen os Neg os de Cuba
de
Lydia Cab e a
Ma ía Go e i Sánchez Mo ales
Depa amen o de Filología Española, Clásica y Á abe
Doc o ado en Li e a u a y Teo ía de la Li e a u a
Las Palmas de G an Cana ia, no iemb e de 2015
UNIVERSIDAD DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA, CLÁSICA Y ÁRABE
DOCTORADO EN LITERATURA Y TEORÍA DE LA LITERATURA
Tí ulo de la Tesis
DIOSAS DE ÉBANO
PARA
CUENTOS NEGROS DE CUBA
DE
LYDIA CABRERA
Tesis Doc o al p esen ada po Dª. MARÍA GORETTI SÁNCHEZ MORALES.
Di igida po la Doc o a Dª. ÁNGELES MATEO DEL PINO.
La Di ec o a, La Doc o anda,
( i ma) ( i ma)
Las Palmas de G an Cana ia, a 17 de no iemb e de 2015.
a mis pad es, Juani y Paco, po egend a me la ida y c ee en mí
a mi abuela Inocencia po que, en e an os ezados, me ue dejando algo de “lo in isible”
a mis he manos Ione y Ca los po la sang e de mi sang e, a mi sob ina Ga a,
a mis pad inos Ma i y Noli, a mis ías Toni y Chelo, g acias po el apoyo SIEMPRE
a Se gio y Nay a, mis he manos 2.0, ime a e ime
a mi As de T éboles po su leal ad ilimi ada, su in eligencia y sus ojos cla os
a JAG, a Tesa, a Ma ga i a y Ami po compa i an a Paz y an a Luz
al Maes o Alejand o To ealba, Dha mami a, po la sangha, el Bön ances al, las bendiciones y el linaje asmi ido
a la biblio eca de O lando, donde comenzó odo
a An onio Cambo io, po su co azón pu o
a Enzo Sca do i y Geni, desde donde sea que me siguen cuidando con sus alas
A la doc o a Mi iam Lo enzo y al mago Claudio Sa mien o po los Médicos del Cielo, Sansu a kana ii Salomona
a quienes sien en que han acompañado cada segundo de es a in es igación,
a Ángeles Ma eo del Pino po saca las mejo es palab as en mí, po la dedicación o al, el apoyo,
el iempo de su iempo, el a e y la Muje
a Lydia Cab e a, po enseña me aíces de ás de cada magia, de ás de cada cuen o, de ás de cada hemb a
a las neg as y neg os que co en po mis enas, ngandala kú ua,
de co azón, g acias miles, ihulawen aggô nen
2
3
Es e se á p obablemen e nues o e dade o iaje al ededo del mundo. Aquel que
siemp e habíamos soñado ealiza algún día sin subi nos a globos ni al omb as mágicas,
po que es a ez la his o ia de la Humanidad se ha abie o an e nues os ojos con cada
palab a desde el a duo camino de la in es igación. Una p ime a a esía que hemos
iniciado con el absolu o asomb o de quienes siemp e se emos espí i us discípulos y
de o os de la belleza del a e li e a io.
Y si cada palab a nues a esconde un pequeño a e imien o, esos an ojos de nues a
men e c ea i a no hubie an encon ado ni la inspi ación, ni el sopo e eó ico necesa io
sin el empuje de dos g andes humanis as. En p ime é mino, la pe sona que nos ajo
has a es a esis doc o al con una llamada desde su ca go de ex esponsable del
Doc o ado de Li e a u a de es a Uni e sidad de Las Palmas de G an Cana ia, —“ enga
qué más e da, échale iempo y mane as, pucha, no end ás o a opo unidad como la
que se e p esen a”—. Y esas palab as no pod ían se sino de nues o que ido amigo
Os aldo Rod íguez Pé ez (1944-2015), ca ed á ico y aman e de las Humanidades, quien
llegó al inal del in ie no pa a sen i las cenizas y los diaman es de las nubes mapuches
jun o a Ne uda. A él le debemos que hayamos caído en las manos o almen e lib es e
independien es de nues a que ida di ec o a de camino, la Doc o a Ángeles Ma eo del
Pino, p o eso a i ula de Li e a u a Hispanoame icana de la Uni e sidad de Las Palmas
de G an Cana ia sin cuyas luces, i ine a io, amo a la li e a u a, iempo, dedicación y
sen ido global, hubie a sido imposible camina hacia el umbo ma cado donde hemos
encon ado las ceibas emeninas de Lydia Cab e a.
El o o inspi ado ecundo que la e en nues as in luencias, ambién se lo debemos,
“de odas odas”, de nue o, a Os aldo, po que desde su ac i idad docen e ue quien nos
in odujo en la ob a del gigan e colombiano y con él en endimos que de ás de Gab iel,
el más Má quez, el más humilde, se esconde la “ ealidad descomunal” de Amé ica
La ina, como esc ibió el esc i o en su “Discu so de acep ación del P emio Nóbel”
(1982). También que emos, po an o, “a e e nos a pensa ” que es a ealidad
la inoame icana que hemos descubie o en la mi ada de Lydia Cab e a, no es solo la del
papel, como decía Ga cía Má quez:
sino que i e con noso os y de e mina cada ins an e de nues as incon ables
4
mue es co idianas, y que sus en a un manan ial de c eación insaciable, pleno de
desdicha y de belleza [donde] poe as y mendigos, músicos y p o e as, gue e os y
maland ines, odas las c ia u as de aquella ealidad desa o ada [han] enido que
pedi le muy poco a la imaginación. (Ga cía Má quez 1982)
El camino que eco e nues a sang e isleña, eñida de algún modo del mismo
ébano que imp egna el linaje de aquellas gen es sacudidas po la a a neg e a, lle ó
nues os pasos hacia esa An illa Ve de que es Cuba, hoga hoy de nues os amilia es
exiliados en Ma anzas. Más a de, la inquie ud po explo a la in luencia de aquella
cul u a neg a que quedaba sellada bajo las he idas de la diáspo a po los ba cos de la
c uel escla i ud, an o en Cana ias como en el Ca ibe, de u o nues a mi ada, en la ob a
de una singula esc i o a y muje como es Lydia Cab e a.
El co azón neg o de un Á ica sobe bia se des ilaba po la ayec o ia na a i a
de una au o a que comenzaba a juga con la li e a u a en una ob a nacida po pu o
en e enimien o y que se publicó casi po aza en Pa ís. Cuen os Neg os de Cuba nos
a ajo po sus con ex os (la ob a io la luz en ancés, en 1936, ue a de la Isla y no se
publica ía al cas ellano has a 1940) y ambién supuso pa a noso as el p ime paso a la
in es igación c í ica más se io que hemos abo dado.
En el Diploma de Es udios A anzados, de endimos no sólo la igu a de una
muje ca ismá ica que u o que publica , casi en soli a io, oda su na a i a, sino
ambién el ca ác e poli ónico que la au o a desa olla á como an opóloga,
in es igado a y esc i o a, una isla en un uni e so copado po las g andes igu as
li e a ias masculinas que lo ecie on den o y ue a de Cuba en el pe íodo inisecula de
los siglos XIX al XX.
Si, po en onces, pudimos acompaña nos del he moso empuje que suponía
ecupe a una igu a emenina an impo an e pa a las humanidades, no sólo po su
apo ación a las le as en nues o idioma, sino po se muje pione a de los es udios
an opológicos a ocubanos de p incipios del siglo, si en aquel p ime eslabón de
análisis quisimos aden a nos en las magias que e eb an oda la ayec o ia de Lydia
Cab e a, en es e o o des ino in es igado que iniciamos, más ambicioso, po o a pa e,
p e endemos di igi la mi ada hacia una lec u a más ac ual, si cabe, sob e Lydia
5
Cab e a, aquella que cimen a emos desde los en oques que apo a la pe spec i a de
géne o.
Comp endiendo sólo su ob a p imigenia Cuen os neg os de Cuba y
cen ándonos en el uni e so emenino que pulula a sus anchas po los ein idós ela os
de Lydia Cab e a, hemos a ado de asimila , además, el es o de su ayec o ia, an o la
li e a ia como la de co e más an opológico, pa a es ablece la co espondencia que
exis e con lo que ue su único obje o de in es igación: ecupe a las señas de iden idad
neg a que quedaban en medio de los campos c iollos, las maniguas, las lagunas cubanas
y en el co azón de esas gen es que aún celeb aban y hablaban la lengua de los iejos
sace do es yo uba.
Nues o abajo se desa olla á a lo la go de nue e capí ulos. Los seis p ime os
co esponde án a los dis in os apa ados que incluyen: es a jus i icación de la esis o
“PÓRTICO”, a quien segui án el cue po o a gumen ación de la esis, “DOS”,
“TRES”, “CUATRO” y “CINCO”, así como las “CONCLUSIONES”, conside adas
en el capí ulo “SEIS”. Inmedia amen e después, los pun os “SIETE” y “OCHO”
incluyen la “BIBLIOGRAFÍA” consul ada y la “ICONOGRAFÍA” de allada con
odas las imágenes que ilus an es e abajo académico. Como cie e, apo amos un
capí ulo “NUEVE” o “APÉNDICE” con dos anexos undamen ales pa a la mejo
comp ensión y en iquecimien o de nues a esis doc o al.
Mien as planeábamos segui le los pasos a una au o a exiliada, no imaginábamos
que nues a me odología iba a encon a algunos incon enien es pa a desa olla el
camino de nues o CAPÍTULO DOS: “LYDIA CABRERA EN SU CONTEXTO
VITAL. Algunas no as biog á icas. Ellas”. T as el iun o de la Re olución cubana
(1959), su ope a p ima quedó despe digada en e Pa ís, Cuba, México, Colombia y
Cos a Rica. Desde en onces, mucha de la c í ica que se ha e ido sob e Lydia Cab e a y
su amplia ob a co esponde a los úl imos ein icinco años, des acando los abajos
ealizados ue a de Cuba, p incipalmen e los publicados en uni e sidades
no eame icanas (Nue a Yo k, On a io, Miami), y las menciones más ecien es, que han
ido p oli e ando den o de la isla en cong esos, homenajes, a ículos y e is as digi ales.
G acias a la Sociedad de la In o mación hemos encon ado a iados documen os
de g an ascendencia en dis in os sopo es digi ales, los que han ampliado nues a
6
óp ica hacia en oques imp e isibles y emocionan es que, sin duda, han de e minado
inalmen e el camino de nues a in es igación: “Dos Ca as inédi as de Gab iela Mis al
a Lydia Cab e a” (1987), ex o de la doc o a y p o eso a cubana Onilda A. Jiménez
colgado en línea po la Re is a Ibe oame icana, el a ículo “Las muje es mágicas de
Lydia Cab e a/ Ap oximación a cie as ep esen aciones de la muje en los «Cuen os
neg os de Cuba»” (2001), de Ode e Casamayo Cisne os, o las o as Ca as de Yemayá
a Changó. Epis ola io inédi o de Lydia Cab e a y Pie e Ve ge (2011), del in es igado
Jesús Cañe e Ochoa. ¡Res os del epis ola io pe sonal con Mis al! ¡Las musas neg as
cab e ianas! ¡Inédi as ca as con su que ido epo e o a icanis a! Sopo es de
muchísimo in e és que sumamos a las aliosas e e encias documen ales y isuales —
¡casi cinco mil en adas!— que exis en a disposición de los in es igado es g acias a la
Cuban He i age Collec ion2 de la Uni e sidad de Miami, donde hemos accedido a
nume oso ma e ial sob e Lydia Cab e a y hemos conocido isualmen e a la au o a, sus
casas, sus obje os, sus e a os, algunas pos ales, sus he mosas pied as pin adas, el ba co
Ma uz, Te esa de la Pa a, La Quin a San José, Ti ina y mucho más.
Igualmen e imp escindibles nos han pa ecido o os hallazgos y menciones
i uales sob e la au o a publicados en: Cuba Li e a ia, po al de Li e a u a Cubana del
Ins i u o Cubano del Lib o; el a ículo “Imagina ios: Lydia Cab e a (20.5.1899–
19.9.1991)”3, publicado con mo i o del 110 ani e sa io del nacimien o de la esc i o a
cubana en la e is a Lib ínsula, edición mensual de la Biblio eca Nacional de Cuba José
Ma í; Cuba e, po al o icial de la cul u a cubana; la Biblio eca Vi ual de la
enciclopedia ECURED; el ca álogo en línea de la Biblio eca de Casa de las Amé icas;
EnCa ibe, el espacio de la Enciclopedia de His o ia y Cul u a del Ca ibe4;
2 La ex ensa colección de Lydia Cab e a (unas 1.850 piezas) incluye la co espondencia cedida, los
manusc i os en el abajo de campo, dibujos o iginales, ano aciones, en e is as a sus in o man es
a ocubanos, papeles suel os, documen ación o iginal sob e algunas es au aciones lle adas a cabo en
edi icios coloniales de Cuba. Una buena selección del ma e ial ha sido digi alizado. Las o og a ías
incluyen e a os de la p opia Cab e a, sus amis ades, su amilia, así como di e en es localizaciones,
Habana, T inidad, San iago de Cuba, el Campamen o base Lazea , donde se ealiza on los expe imen os
pa a la ieb e ama illa, Miami, F ancia, I alia, Nige ia, un g an apo e de imágenes de sus iajes, los
a iones, los almacenes, los es au an es, las escuelas, ea os.
3 El a ículo compila a modo de “homenaje necesa io” (Lib ínsula 2009: 238) algunas de las menciones
a ís icas más dis inguidas que se hicie on sob e Lydia Cab e a as la publicación en Pa ís (1936) y en
Cuba (1940) de Cuen os Neg os de Cuba. En e o as, des acan las palab as de igu as como Alejo
Ca pen ie , Lezama Lima, Fe nando O iz y Ma ía Zamb ano.
4 Como asegu a su equipo edi o ial, es a Enciclopedia digi al es un “p oyec o en cons ucción” de la
Fundación Global Democ acia y Desa ollo (FUNGLODE), de la República Dominicana, y la Cá ed a
“Juan Bosch”, de la Uni e sidad de La Habana, al que se han unido o as cá ed as e ins i uciones que
7
A oCubaWeb; el Cí culo de Cul u a Paname icano pa a la bibliog a ía comple a de
Lydia Cab e a; y como e is a digi al de e e encia sob e cul u a cubana, el po al La
Ji ibilla; odos ellos “si ios” de bibliog a ía digi al ilimi ada que han acili ado el
sopo e undamen al de nues a in es igación5.
Mención especial nos me ecen los abajos de la esc i o a cubana Rosa io Hi ia ,
Lydia Cab e a: Vida hecha a e (1978), Ca as a Lydia Cab e a (1988) y Más ce ca de
Te esa de la Pa a (Diálogos con Lydia Cab e a) (1980), í ulos que nos han apo ado
un ace camien o p o undo a la Lydia Cab e a más pe sonal.
De igual modo, la igu a de Ma iela A. Gu ié ez6 nos pa ece imp escindible po
el eminen e es udio cab e iano que ha desa ollado du an e más de dos décadas.
Ensayis a especializada en na a i a emenina la inoame icana y es udios li e a ios
cubanos, académica de la Academia No eame icana de la Lengua Española,
componen e del ejecu i o del PEN de Esc i o es Cubanos en el Exilio y ex di ec o a del
Depa amen o de Es udios Hispánicos de la Uni e sidad canadiense de Wa e loo (1998-
2005); en su amplia ayec o ia la doc o a ha sido, además, pieza undamen al del
comi é ejecu i o de los Es udios de la Muje (Women S udies P og am 1993-2000) de
su Uni e sidad y ha ecibido a ios gala dones po su labo in es igado a, como el
P emio a la Di usión de la Cul u a Cubana en 2008 (Valencia, España). Ma iela
Gu ié ez no sólo nos ab e el camino hacia la bibliog a ía ac i a y pasi a que ha
ecopilado sob e Lydia Cab e a, además nos ha endido puen es con publicaciones
p opias an e elado as como El cosmos de Lydia Cab e a: Dioses, animales y homb es
(1991) o Lydia Cab e a: ap oximaciones mí ico-simbólicas a su cuen ís ica (1997),
ace cándonos a la e ien e de es udio que hemos elegido: la “na u aleza psico-
espi i ual” de sus ela os p ime os (Gu ié ez 1997: 21), conc e amen e, el imagina io de
ébano con el que colo ea a las p o agonis as de Cuen os Neg os de Cuba.
Al mismo iempo, sin la labo edi o a encomiable que han desa ollado, desde
elabo an igualmen e ma e iales e e en es a sus países o de su á ea de in es igación.
5 Sólo en la búsqueda digi al lanzada bajo el epíg a e “Lydia Cab e a” den o de mo o es de búsqueda
como Google apa ecen ap oximadamen e 520.000 esul ados (en 0,34 segundos).
6 Ma iela A. Gu ié ez, P emio de 2008 a la Di usión de la Cul u a Cubana (Valencia), ha publicado una
comple a bibliog a ía sob e la igu a de Lydia Cab e a (Gu ié ez 1997: 215-235). Pa a cualquie es udio
se io sob e la esc i o a y e nóloga cubana aconsejamos su consul a y, en e o os egis os, des acamos los
abajos c í icos Idapo. El Sinc e ismo en los Cuen os Neg os de Lydia Cab e a (1971) de Hilda Pe e a y
Lo ances al a icano en la na a i a de Lydia Cab e a (1974) de Rosa Valdés-C uz.
8
Miami, Isabel Cas ellanos y Jo ge Cas ellanos, con quienes la esc i o a compa ió sus
úl imos años de exilio, no hubié amos podido p o undiza en la pe sonalidad ese ada
de Lydia Cab e a, an “p o ec o a de su in imidad”, ni en “el espí i u jocoso, mo daz a
a os, i e e en e casi siemp e” que mos aba en su p osa y en su ca ác e (I. Cas ellanos
1993: 9). Pad e e hija Cas ellanos han di ulgado –casi en soli a io– nume osos es udios
c í icos sob e el uni e so a ocubano así como de la p opia ob a cab e iana, los que
esul an de in e és capi al pa a quienes p e endemos concebi un ín imo des ello den o
del ex enso ma e ial li e a io y an opológico que ya exis e sob e nues a au o a. Con
esa ce eza hemos explo ado publicaciones como En To no a Lydia Cab e a (1987), los
cua o ólumenes de Cul u a A ocubana (1988-1994), Pione os de la e nog a ía
a ocubana (1993) o “Po qué se publica es e lib o” (1993).
Recien emen e, en ma zo de 2015, la in es igado a y Ca ed á ica cubana
Madeline Cáma a ha publicado “Pa a llega a Lydia Cab e a. Con e sación con Isabel
Cas ellanos: las ce emonias del adiós en e Lydia Cab e a y Ma ía Te esa de Rojas”,
una en e is a que conside amos sus ancial, b e e pe o muy suge en e, donde
Madeleine Cáma a in en a cla i ica cómo ue esa e apa inal de la ida de Lydia
Cab e a en Miami y la impo ancia de su p esencia en la p opia ob a de in es igación de
Isabel Cas ellanos, undamen al en e is a que nos ha descubie o una Lydia más ín ima
y ce cana, si cabe, po los de alles emo i os que se ap ecian sob e sus úl imos deseos y
momen os en Miami; así ambién nos pa ecen impo an es o os abajos an e io es de
Cáma a, como La memo ia hechizada. Esc i o as Cubanas (2003), una selección
c onológica de esc i o as7 que con igu an el “o o” espacio de la iden idad c ea i a,
au én icas “islas den o de la Isla” (2003: 7).
A la ho a de en ende la in elec ualidad de una muje como Lydia Cab e a, que
bebió de an as es é icas, hemos a ado de sob e ola los con ex os que e idencia
Cuen os Neg os de Cuba en el CAPÍTULO TRES: “LYDIA CABRERA EN LA
LITERATURA. Con ex o a ís ico. La mode nidad de Lydia Cab e a. Lydia
Cab e a a la angua dia: Neg ismo Vs. Neg i ud”. Pa a ello, nos hemos aden ado
7 La selección de au o as compiladas po Madeline Cáma a aba ca algo más de un siglo y apa ecen en el
siguien e o den: La Condesa de Me lín (1789), Ge udis Gómez de A ellaneda (1814), Dulce Ma ía
Loynaz (1902), Lydia Cab e a (1899), Ni a ia Teje a (1930), Julie a Campos (1932), Mi eya Robles
(1934), Ma ía Elena Llana (1936), May a Mon e o (1952), Daína Cha iano (1957), Zoe Valdés (1959) y
Yani izia Cane i (1967).
9
en aquellos manuales que podían e ela nos sus múl iples uen es y su simbolismo
di e so, de ahí, la p osa de “El blanco, he ahí el p oblema” (2007 [1929]), de Nicolás
Guillén; u o os í ulos inexcusables como La exp esión ame icana (1993 [1957]), de
José Lezama Lima; Los hijos del limo/Del oman icismo a la angua dia (1981 [1974]),
de Oc a io Paz; T anscul u ación na a i a en Amé ica La ina (2004 [1984]), de Ángel
Rama; Las Vangua dias La inoame icanas. Tex os p og amá icos y c í icos (1991), de
Jo ge Schwa ; “Nación y T anscul u ación en el discu so An opológico y la na a i a
cubanas (1905-1940)” (2002), de A naldo E. Vale o; Esc i u a de la His o ia de las
Muje es en Amé ica La ina. El e o no de las Diosas (2005), de Sa a Bea iz Gua dia;
“Las Amé icas: de la época colonial al siglo XX”, en Gays y lesbianas. Vida y cul u a.
Un legado uni e sal (2006), de B e Genny Beemyn; o “Mapeando las na a i as de la
diáspo a en Cuba: la imaginación de la neg i ud en la li e a u a de en e siglos” (2011),
de Sil ia Vale o.
Además, hemos ampliado nues a pe spec i a sob e la amalgama inisecula que
exis ía en La inoamé ica, su si uación social, la iden idad acial, los ana ismos
polí icos, conc e amen e del Ca ibe cubano, g acias a odo lo que nos han apo ado las
publicaciones Piel Neg a, Másca as Blancas (1973 [1952]) de F anz Fanon, Indios,
blancos y neg os en el calde o de Amé ica (1991) de Gas ón Baque o y
Rep esen aciones del pe sonaje neg o en la na a i a cubana. Una pe spec i a desde
es udios subal e nos (2010), de Ca los Uxó González, í ulos que c eemos básicos pa a
ap ecia los concep os de neg o, mes izo y mula o desde una dimensión que a más allá
del me o sen ido de aza.
Con el mismo ímpe u que nos ha ins ado comp ende la mezclada esc i u a de
Lydia Cab e a, nos hemos se ido po igual de los análisis y pe spec i as más ac uales
que han ido apa eciendo con el nue o milenio, en e o as publicaciones, Discu sos
desde la diáspo a (Ri e o, 2003) y “Li e a u a y es udios cul u ales en Amé ica La ina.
Nue as Lec u as” (Ma eo del Pino, 2008), pues han e undado nues a absolu a ce eza
y con encimien o de que la Li e a u a, sea cual sea su mani es ación, como cul u a que
es, ha de da “cabida” a odas esas exp esiones que no encajan en lo popula ni en lo
cul o, “que su gen de sus c uces o de sus má genes, y que dan luga a una cul u a
híb ida” (2008: 109), una hib idez sin la que nos se ía imposible comp ende y asimila
la ida que sucede en Cuen os Neg os de Cuba.
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Y, po lo mismo, las eces en que algunas ami icaciones de nues o es udio nos
han hecho pe de el análisis pu amen e ilológico del discu so, den o del bosque
gigan esco de la in es igación mul idisciplina , la igu a del lingüis a Teun A. Van Dijk
y sus undamen ales apo aciones eó icas sob e los Es udios Cul u ales, con í ulos
compilados como El discu so como es uc u a y p oceso (2008a) o El discu so como
in e acción social (2008b), nos han esul ado capi ales pa a e oma la senda.
Cuando iniciamos nues a humilde senda de in es igación sob e Lydia Cab e a,
aquel abajo, “Huellas a ocubanas en Cuen os neg os de Cuba de Lydia Cab e a”
(2014) con el que log amos el Diploma de Es udios A anzados de la Uni e sidad de Las
Palmas de G an Cana ia, nos in odujo en una cosmogonía de signi icados y
co espondencias ances ales que no sólo nos ha seducido o almen e, sino que nos ha
p opo cionado los ma e iales p e ios y los p e ex os pa a la elabo ación de odo lo que
con o ma y sopo a aquí nues o amplio CAPÍTULO CUATRO: “AFROCUBANÍA
CABRERIANA. Las aíces a ocubanas. Lydia Cab e a Blanquineg a. Las
incu siones en el mis icismo yo uba. Bebiendo del “ajiaco”. Fe nando O iz. De
Á ica neg a a Cuba. De Ja a a Cuba”.
En es e episodio eco emos los mo i os sob e los que se e eb a y sos iene
oda la ayec o ia a ís ica de Lydia Cab e a, la li e a ia y la de co e más an opológico,
una p osa que se ía imposible concebi la sin ap ecia el colo a ocubano y
blanquineg o con el que la esc i o a documen a cada una de sus palab as.
An e esos e i o ios que ienen odas las onalidades de la ie a nos ha esul ado
c ucial la consul a de ob as de mo i o eligioso que gi an en o no a las adiciones
yo uba, el o igen de la eligión a ocubana y el pa eón o isha, cues iones que hemos
podido localiza en las páginas de Las Amé icas neg as: las ci ilizaciones a icanas en
el Nue o Mundo de Roge D. L. Bas ide (1969), Reyes, Dioses y Espí i us de la
Mi ología A icana de Jan Knappe (1988), T adiciones o ales melanoa icanas (1962-
1990) de An onio Ga cía Ysábal (1990), El sis ema eligioso de los A ocubanos de
Rómulo Lacaha añe é (1992), Pueblos y Cul u as de Á ica. (E nohis o ia, mi o y
sociedad) (2001), de José Luis Co és López y, cie amen e, la e e encia supe es imable
a oda la ob a publicada al espec o del an opólogo cubano Fe nando O iz, Los Neg os
Escla os (1975b), Con apun eo cubano del abaco y el azúca (2002 [1940]), Los
cabildos y la ies a a ocubanos del Día de Reyes (1992 [1921]), en e o os, así como la
11
magna labo publicada sob e a ocubanía de la p opia Lydia Cab e a que nos ha
cimen ado g an pa e de las ci as bibliog á icas eseñadas no sólo en es e apa ado sino a
lo la go de odo nues o co pus doc o al.
La azón que a gumen a nues a esis que, como ya hemos señalado lle a po
í ulo DIOSAS DE ÉBANO PARA CUENTOS NEGROS DE CUBA DE LYDIA
CABRERA, se ha plan eado, explicado y desa ollado a lo la go del CAPÍTULO
CINCO: “DIOSAS DE ÉBANO”. La alquimia de Cuen os neg os de Cuba:
in ahis o ia. Simbología cab e iana: Cuen os y calde os. Los imagina ios
emeninos de Lydia Cab e a. Ca og a ías emeninas en Cuen os neg os de Cuba:
demiu gas, sandungue as, ma ias, magas, iyalochas”.
Pa a apoya nues os undamen os en es e epíg a e, ya que somos conscien es de
que el amplio análisis eó ico e ido sob e la imaginación y el simbolismo ha sido
some ido a la cua en ena po el pensamien o occiden al en no pocas ocasiones, el
a ado Es uc u as an opológicas de lo imagina io (1981) nos ha p opo cionado ese
g ado de “ e ismo” que necesi ábamos pa a azona lo insondable con obje i idad. La
p o unda me a ísica de la imagen de Gilbe Du and nos inci a a en a en la “ an ás ica”
ascenden al de los mi os, las imágenes mís icas, los símbolos, desde plan eamien os
que pe mi en que el espacio igu a i o deje de se la in ancia de la conciencia,
o o gándole iqueza, p imacía, a la abs ac a ambigüedad de lo imagina io. La ob a de
Du and se si úa delibe adamen e en un sende o an opológico que nos ha acili ado
nues a en ada al uni e so simbólico con que Lydia Cab e a nu e sus Cuen os Neg os
de Cuba, una simbología que oscila en e “las pulsiones subje i as” de la imaginación,
como las bau iza Gilbe Du and, y “las in imaciones obje i as del medio cósmico y
social” en que se hacen isibles den o de los ela os (1981: 35).
En el mismo sen ido, a la ho a de en iquece nues o juicio sob e las magias
a ocubanas cab e ianas, hemos ecu ido a La Rama Do ada (1969 [1922]) de J. G.
F aze . A pesa de su an igüedad, el olumen de F aze con inúa siendo un í ulo
indiscu ible y espe adísimo den o de la C í ica con empo ánea, donde des ilan g an
pa e de los símbolos y mi os que el pensamien o humano ha ido pe pe uando desde las
sociedades ibales, con sus cos umb es eligiosas, sus supe s iciones, sus magias, has a
la ci ilización mode na, con su ciencia y p og eso.
De igual mane a, des acamos el pa icula examen que nos ha apo ado Mi cea
18
los siglos, sin duda, el ou obo os del in elec o ha pe se e ado en iden i ica los desa íos
de una na u aleza odopode osa que aiciona nues os anhelos dejándonos minúsculos
an e el enigma de los designios. Todas las ci ilizaciones han sido o jadas dejándole
espacio a lo sob ena u al y, en es e sen ido, Occiden e se ha nu ido del pa adigma
“sec e a o abie amen e a a és de los neopla ónicos, los iluminis as y los ocul is as”,
desde la época de la Edad Media has a inales del siglo XIX, “de Goe he al Balzac
isiona io, de Baudelai e y Malla mé a Yea s y a los su ealis as” (Paz 1981 [1974]: 85).
A p incipios del siglo XX, los in e ogan es sob e lo indecible ein en a án un
nue o pun o de pa ida del símbolo como uen e uni e sal de conocimien o. El
his o iado de las eligiones Mi cea Eliade explica en Imágenes y Símbolos (1955),
e elado ensayo sob e el simbolismo mágico– eligioso, que la ans o mación
espi i ual del homb e mode no eu opeo ha o ien ado la búsqueda hacia un humanismo
nue o, o una nue a an opología, capaz de alo a cualquie pa adigma simbólico como
espejo de signi icación uni e sal de odas las cul u as, ya sean eu opeas o
ex aeu opeas:
Todos los descub imien os y odas las modas sucesi as, po lo que espec a a lo
i acional, a lo inconscien e, al simbolismo, a las expe iencias poé icas, a las
a es exó icas y no igu a i as, e c., han se ido indi ec amen e a Occiden e,
p epa ándole pa a una comp esión más i a, y po an o, más p o unda de los
alo es ex aeu opeos y, en de ini i a, al diálogo con los pueblos no eu opeos
[...] Toda ía más: hoy comp endemos algo que en el siglo XIX ni siquie a podía
p esen i se: que símbolo, mi o, imagen, pe enecen a la sus ancia de lo más
in isible, de lo espi i ual de las cul u as; que pueden camu la se, mu ila se,
deg ada se, pe o jamás ex i pa se. (Eliade 1974: 10-11)
Símbolo, al in, ha esis ido a la hibe nación g acias, en pa e, a las a es, donde
el imagina io de los c eado es lo ha con e ido en su aliado pe ec o pa a explica la
exis encia humana. Tan o es así que es e no iazgo ecu en e con el halo mis e ioso ha
sob e i ido casi in ac o en las páginas de la Li e a u a Uni e sal, p oyec ando al se
humano “hacia un mundo in ini amen e más ico que el mundo ce ado de su momen o
his ó ico” (Eliade 1974: 13).
19
La conciencia a ís ica que u iliza el símbolo en su ca ác e ins umen al y
comp ende “cie os aspec os de la ealidad —los más p o undos— que se niegan a
cualquie o o medio de conocimien o” (Eliade 1974: 12), exis ía ya en la cosmogonía
de las sociedades a caicas19. Es as ci ilizaciones, en e ec o, poseen conciencia del
pensamien o simbólico de o ma inna a y su mi ología nada en lo indesc ip ible
asimilando el Uni e so como un Todo unido de co espondencias que guía la ealidad
hacia múl iples ape u as (1974: 13).
A lo la go de la p osa de “A e Mágico”, Oc a io Paz nos uel e a suge i que
la hipó esis sob e la co espondencia en e odos los se es y los mundos “ci cula po el
a e” an es que el c is ianismo, “ligada inex icablemen e a las ac i idades humanas”
(1983 [1974]: 47). El esc i o mexicano lo a ibuye a una comunión inago able en e
magia y a e que es capaz de ans o ma oda ob a “de con emplación es é ica en
ins umen o de acción mágica” y que consien e ei e adas usiones simbólicas:
El p es igio del núme o nue e en la ob a de Dan e —como el del sie e en la de
Ne al— p o iene p ecisamen e de su alo como signo as ológico. En e
magia y a e hay un lujo y e lujo con inuo: la poesía descub e
co espondencias y analogías que no son ex añas a la magia, pa a p oduci una
sue e de hechizo e bal. (Paz 1983 [1974]: 48)
En es e sen ido se comp ende la poé ica iniciá ica de algunos esc i o es
simbolis as de inales del siglo XIX y p incipios del XX, p o undamen e seducidos po
el eso e ismo de las cul u as an iguas y sus concepciones me a ísicas. “E es un uni e so
de uni e sos”, can a Rubén Da ío en el poema “Ama u i mo...” de P osas P o anas,
inci ando al se a una o alidad c ea i a neo mís ica, a un espacio, “la celes e unidad que
p esupones” (Da ío 1979: 136), donde las palab as juegan y se some en a las mismas
19 Es a en ega hacia los di e sos simbolismos no es un descub imien o me i o io del mundo
con empo áneo. La o ien ación ya había enido su auge en Eu opa has a el siglo XVIII, pe o es la e a
mode na la que p opicia esa nue a a acción po el símbolo como uen e au ónoma de conocimien o. T es
mil años a. C., sociedades a caicas adicionales an a anzadas como las de China, Mesopo amia o Egip o
ya conside aban el mundo humano como un mic ocosmos imagen y semejanza del mac ocosmos
uni e sal, al que a ec a, en co espondencia, el mismo o den o caos de lo desconocido, “de lo no–
o mado” (Eliade 1974: 41), así mismo ocu e con la cosmogonía del pueblo yo uba, linaje a icano
ances al cuyas aíces as ea á Lydia Cab e a a a és de sus in es igaciones e nog á icas sob e la cul u a
a ocubana.
20
leyes que igen las galaxias, una dimensión celes ial idén ica a la que gobie na el
nacimien o y expansión de nues as células20.
Es as ó mulas me a ísicas que empuja on a oda una co ien e a ís ica jun o a
las sensuales ba bas de Pan21, han guiado nues a mi ada cu iosa hacia la esc i o a y
e nóloga cubana Lydia Cab e a (1899-1991), quien se manejó en la “o illa” de los
simbolismos como pez en el agua. La au o a ec ea un imagina io que nos pa ece muy
suge en e y que descansa en las cla es espi i uales de “o as” ci ilizaciones ances ales,
impe ios que se habían man enido al ma gen de la “His o ia” na ada del mundo.
Las huellas de las magias iccionales que maneja la esc i o a o man pa e de
una cul u a he edada que sólo asimila emos, en su o alidad, a a és de la p opia
Cul u a, más si enemos po e dade o que en el o igen de odas las cul u as “es á el
mi o y la insepa able unidad de la na u aleza y el homb e” (Ma ínez 2008: 66). En
1916, el g an an opólogo cubano Fe nando O iz ya de endía que no se puede concebi
la Li e a u a
sino en elación con odos los demás elemen os de la especí ica cul u a humana
po que de ella misma o man pa e: la eligión, la magia, la escuela, la mo al, la
escla i ud, el eudalismo, la co e, la iglesia, la gue a, la ag icul u a, la
indus ia, el come cio, el lujo, el sala io, la mise ia, la p os i ución, el c imen;
odas las ib aciones sociales apo an su sono idad a la g an sin onía. (O iz
1975 b [1916]: 114-115)
Siendo así, esul a cla o que el alo de lo es é ico no supone algo de ini i o que
se pueda desliga de su elación “posible o imposible” con o os ínculos cul u ales
po que “el a e nace de un con ex o his ó ico, lo e leja, p omue e su e olución” (Eco
20 Como ecue da el c í ico A u o Ramoneda en su conocida an ología de poesía española
con empo ánea, el eso e ismo, los mis e ios del mundo y de la ida emb iaga on a Rubén Da ío: “la
a acción y el anhelo po la espi i ualidad”, una de las cons an es de su ida, se con i ie on en el eje de
muchos poemas. (Ramoneda 1995: 68).
21 Pan, el dios g iego con pa as de cab a y un co azón gene oso, con el paso del iempo se con i ió en la
deidad de la cu ación y en sanado de males, “conocía odos los sec e os de los bosques ya que i ía
ce ca de la Mad e Tie a” (Kokkinou 1989: 75). Pan es uno de los dioses más inspi ado es del
Simbolismo de inales del siglo XIX, ci ado a menudo po Ve laine, en e o os a is as. No en ano,
Rubén Da ío llama ía al poe a ancés “¡Panida! Pan ú mismo”, en aquellos e sos que compuso a la
mue e de Ve laine, su “pad e y maes o” (P osas P o anas 1979: 103).
21
1990 [1979]: 64). De mane a que la e lexión ace ada de una igu a como la de Lydia
Cab e a, ligada an o a lo an opológico, como a lo psicológico social, incluso a lo
e nog á ico, que no se aleja po ello de la in elec ualidad ni del a e, au o a que maneja
la li e a u a on e iza de la “o edad” (Ma eo del Pino 2008: 87) y que “no o ma pa e
del ai én me can il de las edi o iales” (2008: 89), no pod íamos undamen a la sino
desde la óp ica in eg al que ins au an los Es udios Cul u ales, el campo de in es igación
que nos ha sus en ado de o ma in e disciplina ia y nos ha pe mi ido concebi nues o
análisis alejándonos de la isión es ic amen e ilológica. Los Es udios Cul u ales
apo an pe spec i as eó icas ac uales y c uzan las ba e as delimi adas que
p opo cionaban o as ciencias iempo a ás, o ien ando los nue os con ex os y los
nue os en oques de es a e a cada ez más mul icul u al, ca gada de p o undas
ans o maciones sociales, económicas y polí icas (Ma eo del Pino 2011: 10).
En o as palab as, hemos en iquecido nues o análisis explo ando a ias
disciplinas como la An opología Cul u al, la Psicología Social, la Filoso ía, la
Geog a ía Humana, los Es udios de géne o, la Teo ía Social, la C í ica Li e a ia, pues o
que Lydia Cab e a es ejemplo de una in es igado a e in elec ual “clásica” en la his o ia
cul u al cubana del siglo XX, den o y ue a de la isla, que esc ibió “ob as de au én ico
análisis sociológico” (Hi ia 1989: 16). Y de ahí nace, en cie a medida, uno de los
p opósi os que nos han impulsado: camina hacia un modo de in es igación híb ida que
a a iese el mismo sende o me odológico he e ogéneo desa ollado po la e nóloga
cubana en su ayec o ia.
A pesa de ceñi nos a la c í ica que hemos log ado compila ielmen e sob e la
Lydia Cab e a de Cuen os Neg os de Cuba, somos p uden es en nues a a ea, pues nos
queda án aún muchas a is as que explo a en la ó bi a de la au o a p olija que ha sido,
no sólo de o os í ulos de icción sino ambién de un sinnúme o de ob as c í icas,
e nog á icas y de es udios di e sos ace ca de las “c eencias eligiosas y la medicina de
aíces a icanas en la isla de Cuba” (Gu ié ez 1997: 21). Sea como sea, hemos a ado
de conquis a su ob a inicial pa a i dibujando, poco a poco, el des ile sobe bio que
p o agonizan odas las muje es a ocubanas de sus cuen os p ime os: seduc o as
a odi as de ébano, dueñas absolu as del eino de acá y del más allá.
G an pa e de nues a labo de in es igación, undamen almen e e ospec i a, la
22
hemos desa ollado na egando po los ondos bibliog á icos de la Uni e sidad de Las
Palmas de G an Cana ia, an o en los accesos de las dis in as ob as que exis en en la
Biblio eca Gene al Uni e si a ia como en la Biblio eca de Humanidades y Fo mación
del P o eso ado. Ag adecemos la colabo ación y apoyo que hemos ecibido de odo su
pe sonal écnico, así como el acceso di ec o a cie as joyas consul adas, el caso de
A icanía de la Música olkló ica de Cuba (1965) y La música a ocubana (1975) de
Fe nando O iz, o La música en Cuba [1972 (1946)] de Alejo Ca pen ie , pues
co esponden a ejempla es únicos de es ingida consul a donados po el musicólogo e
in es igado Lo ha Siemens a la Uni e sidad de Las Palmas de G an Cana ia.
Asimismo, ag adecemos la complicidad que nos ha b indado el p o eso Miguel
Ángel Ramos Vila , biblio eca io de la Casa Museo de Colón de Las Palmas de G an
Cana ia po la asis encia y conocimien o apo ados; en las es an e ías que cus odia
descansan es ejempla es o iginales de la p ime a edición de algunas ob as de Lydia
Cab e a: El Mon e, en su publicación de 1954, con i ma y dedica o ia de la au o a a la
his o iado a Me cedes Gaib ois22, Anagó. Vocabula io Lucumí. (El yo uba que se habla
en Cuba), de 1957, y La Sociedad Sec e a Abakuá, de 1958, odas ellas edi adas en la
ciudad de La Habana (Cuba), ob as, sin duda, de alo incalculable pa a el campo de la
in es igación y la cul u a en gene al que han en iquecido nues as páginas.
O as e e encias bibliog á icas co esponden a nues a biblio eca ín ima, la que
hemos ido con o mando con los años en e nues o place lec o , las p opias inquie udes
cul u ales y la ayec o ia p o esional, que sigue meciéndose en los b azos de las
Humanidades, el Pe iodismo y la diligen e pe se e ancia en usias a.
22 Me cedes Gaib ois y Riaño de Balles e os ue la p ime a académica medie alis a nume a ia de la Real
Academia de la His o ia española, luga que ocupó desde 1935, además de pe enece a la Academia de
Buenas le as de Ba celona y de la Sociedad de Ame icanis as de Pa ís. Ilus e his o iado a a quien
podemos enma ca den o de la Gene ación española del 14. Me cedes Gaib ois es au o a de nume osas
publicaciones sob e la época medie al de España des acando los ex os en que dedica especial a ención a
la his o ia de géne o de ese pe íodo, su labo como p ecu so a de la en ada de la muje en la es e a
in elec ual es incon es able. Con espec o a Amé ica, es g an conocida po su con ibución en las páginas
de Raza Española. Re is a de España y Amé ica. El ejempla de El Mon e (1954) que hemos consul ado,
y que Lydia Cab e a le i ma a a Me cedes Gaib ois, descansa desde 1961 en la Casa de Colón g acias al
Fondo Balles e os, uno de los ondos bibliog á icos más in e esan es que exis e en G an Cana ia den o
del pano ama de los a chi os his ó icos de la isla. El Fondo Balles e os lo con o man nume osos
documen os, ins umen os ma e iales y manusc i os que e lejan la ex ensa labo p oduc i a que
desa olló el ma imonio de los dos g andes his o iado es An onio Balles e os y Me cedes Gaib ois
(Mo ales 2003: 180).
23
No ol idamos, po úl imo, el g an componen e mo i ado que se esconde
in isible y que lo in ade odo, mi ad impulso mi ad azón, sin el que nos hubie a sido
imposible emp ende es a a dua a ea in es igado a: el eng anaje que nos nace en el
co azón que siemp e acompaña odos nues os e os, ése que nos hace ap ecia , desde el
en oque mul idisciplina , odo acon ecimien o cul u al po el simple hecho de
p oduci se, e oca se, y no po que sólo si a al dis u e de las biblio ecas uni e sales.
La sabidu ía de los pueblos es ances al, el pa imonio que a co iendo po las
enas de las gene aciones, g acias al legado de las pe sonas an iguas y de quienes se
es ue zan po conse a sus adiciones, es mucho más que Cul u a y asciende los
iempos. Así, los e bos empleados a lo la go del p esen e abajo que han oscilado
conscien emen e en e el p esen e, el pasado y el u u o: la línea empo al en la que
sigue mo iéndose la Cuba más oní ica, aquella que pe i e en el mundo de lo
sob ena u al y esuci a de en e los Cuen os Neg os de Lydia Cab e a, la e e na.
24
25
2. LYDIA CABRERA EN SU
CONTEXTO VITAL
Fig. 3: “En La Habana, 1925”.
26
27
“Nada me desengaña
el mundo me ha hechizado”.
F ancisco de Que edo
Lydia Cab e a a e izó en la bohemia a ís ica de la década de 1920 bebiéndose
el champán desde el p opio Pa ís. Allí se con agió de oda la a mós e a cosmopoli a y
de aquellas nacien es endencias angua dis as donde ya na egaban o os in elec os
la inoame icanos. La inno ación oca a su pue a con espí i u cu ioso, a ayen e; en a
en con ac o, además, con el uni e so de lo mís ico manejando las lla es de odos los
conocimien os posibles a los que accede . Aún u o iempo, en e pinceles, clases,
iajes, es ancias la gas en el ex anje o y abajos de campo sociológicos, de inicia —
con alen o— una ace a na ado a que nació po pu o juego li e a io. La nue a
sensibilidad a ís ica que he ía en Eu opa con mani es aciones an dis in as de las
co ien es inisecula es le p es a algo de la es é ica; de Amé ica, de Cuba, adop a la
isonomía y la ideología de su p osa, sin emba go, se á la sobe bia Á ica quien le
apo e a Lydia Cab e a el o igen yo uba, la búsqueda de unas aíces au én icas,
p imi i as, que se pe pe ua án en su mi ada c eado a concibiendo una ealidad li e a ia
blanquineg a, una cuen ís ica desbo dada po mágicos y ma a illosos mis e ios de
ul a umba.
Acaso po su cosmogonía neg oide alejada de los cánones es ablecidos o quizás
po ese cóc el de in luencias li e a ias y an opológicas que p esen a, la ealidad es que
Cuen os Neg os de Cuba (1936) es una ob a que nos seduce y nos in i a a conside a la
desde en oques he e ogéneos. Pe o ¿qué apo a ?, ¿de qué o ma podemos amplia la
se ie de abajos publicados sob e Cuen os Neg os de Cuba?, ¿cómo suma nos a la
igu a de Lydia Cab e a as la oleada de in es igaciones que han des acado en los
úl imos sesen a años? Nues a p e ensión no se á o a que comp ende sus códigos,
analiza sus esencias, y aca icia , de algún modo, sus má genes desde una pe spec i a
emenina has a aho a menos in es igada. Quizás po los juicios equí ocos del discu so
he e ono ma i o o las ap ensiones aún la en es que esis en en la c í ica
La inoame icana a la ho a de abo da las in es igaciones sin omi i ce ezas en la
condición sexual de los au o es y las au o as, lo cie o es que conside a una igu a
como la de Lydia Cab e a desde la mi ada de géne o y alo a la in luencia que pudo
34
La pequeña de ocho he manos31 p esumía de igu a pa e na, el céleb e
in elec ual don Raimundo Cab e a y Bosch, miemb o des acado de la céleb e
gene ación cubana del sesen a y ocho, abogado, pe iodis a, simpa izan e polí ico en
a o de la Independencia, conocido po su eno me apo ación a la educación y la
cul u a cubanas du an e los años siguien es al ad enimien o de la República, pa a Lydia,
un “homb e de ida sumamen e in e esan e, hon ado y gene oso”, de ideas libe ales “a
lo Jo ellanos, lo que se dice un idealis a”, que goza ía de g an in luencia polí ica en el
país pe o nunca acep a ía ningún pues o (ci . p. Hi ia 1978: 101), quien, además, ue a
p esiden e de la Sociedad Económica de Amigos del País y miemb o de la Academia
Cubana de la His o ia32.
abuela ma e na, Doña Pe ona, Lydia Cab e a no simpa izaba an o po que “lo que me con aban mi mad e
y mi ía no me gus aba” (Pe ona Casano a y Sa diñas e a hija de e a enien es cubanos y anexionis as no
abolicionis as) (Hi ia 1978: 101).
31 Lydia Cab e a, u o sie e he manos, “yo ui la oc a a hija, el úl imo mono”, exp esaba la esc i o a con
humo , “G acielle, Rami o, Emma, Ju enal, Es he , Raulín y Seida”, pe o de odos, Emma Cab e a e a su
p e e ida y Lydia siemp e es aba a su lado “como un pe i o” (Hi ia 1978: 103). A al ex emo la que ía
que la llamaba Mamá Emma, “así la sigo llamando en mi in e io . ¡Mamá Emma! Sabía que enía o a
mad e mayo , de pelo g is, a la que ambién que ía mucho, cla o, pe o con mamá Emma me en endía
mejo ” (104). Sob e la especialísima elación ilio–ma e nal de Lydia Cab e a con su he mana, la
esc i o a ambién con esa ía que a Emma no había que explica le las cosas “po que en endía odo.
Escuchaba cuan o se me ocu ía imagina , y no se eía de mí. Me hablaba como si yo ue a g ande y su
edad no me sepa aba de ella. Los egaños de los demás me esbalaban, en cambio, mamá Enmma a solas,
se moneándome con mucha sua idad y calma y con buenos azonamien os… «oye Lili a no e pa ece que
no debías de habla ...», log aba en seguida que admi iese mi al a, me a epin ie a de co azón y me llenase
de buenos p opósi os de enmienda pa a el u u o” (105).
32 A pesa de la igu a des acada que don Raimundo Cab e a y Bosch ha signi icado pa a Cuba, en los
es udios a los que hemos podido accede , no nos pa ece an mencionada la eno me in luencia pa e na que
ecibió Lydia Cab e a, incluso en la dimensión más “espi i ual” apenas indagada. En lo polí ico, Don
Raimundo Cab e a u o una pa icipación di ec a en la independencia cubana que pagó con su salida del
país en 1895, di igiéndose a España, F ancia y Nue a Yo k, has a eg esa a la isla de Cuba con la
República. Fue enca celado en la Isla de Pinos du an e su ju en ud y su ió el des ie o po sus ideas
sepa a is as. Abogado po la Uni e sidad de Se illa, don Raimundo Cab e a eje ció, además, una
ayec o ia pe iodís ica in a igable bajo los seudónimos Jo ge, Hen y King, J. C. T e ejos, El andaluz
Paco Man illa, Un poe a del 68 y Co onel Rica do Buenama . En 1897 unda, en Nue a Yo k, la e is a
Cuba y Amé ica que con inúa edi ando en La Habana a pa i de ene o de 1898 y de la cual ue di ec o
has a su desapa ición, en 1917. Redujo y comen ó la ob a T iunphan Democ acy (1889), de A. Ca negie,
bajo el í ulo Los Es ados Unidos (La Habana, Imp. Sole , Ál a ez). Su ob a Cuba y sus jueces ue
aducida al inglés po Lau a Gui e as (Cuba and he Cubans. Philadelphia, The Le y ype Co., 1896). Mis
buenos iempos ue lle ada al i aliano po Angelina Fan oli (Pa igi, Delgado & Gab ieli, 1921). Poco
an es de mo i , en 1923, se le ibu ó un homenaje, e ec uado en el Tea o Nacional de La Habana. Don
Raimundo dejó una ex ensa ob a esc i a, en g an pa e, au obiog á ica. Pe o, además, ue impulso de la
ob a de o os, abolicionis as y g andes libe ales como el cubano Emilio Ba ca dí, más conocido po la
bebida o po su ace a de his o iado que po se uno de los impo an es esc i o es de la no ela cubana de
1900 has a 1958, quien con ibuyó con su na a i a al es udio de la p esencia neg a en Cuba ( éase al
espec o Cul u a A ocubana IV: Le as. Música. A e de Jo ge Cas ellanos e Isabel Cas ellanos [1994]).
35
Fig. 5: “Raymundo Cab e a y Lydia Cab e a”.
Lydia Cab e a se o ja den o de esa a mós e a cul u al cubana de p incipios de
siglo que odeaba a don Raimundo y que con e ía la casona amilia de Galiano en
núcleo de e ulias en e polí icos, esc i o es, pin o es. No es de ex aña , po an o, que
la odisea de ap ende a lee la comenza a en aquella imp en a que ado aba, el alle
donde se edi aba la e is a Cuba y Amé ica que di igie a su pad e y el luga al que se
escapaba an as eces al dobla la esquina de su casa; allí ap endió a lee sola, según
con iesa la esc i o a, pues
me ascinaba e abaja a los cajis as, compone los ex os en las ba i as de
ace o en que apa ecían las le as, y que me pe mi ían ene en las manos, y así
c eo que ap endí las le as y ap endí a lee . (ci . p. Hi ia 1978: 116)
La na u aleza en e miza de Lydia Cab e a le acompañó desde que enía apenas
es años, una disen e ía casi la ma a (Hi ia 1989: 12). Sin emba go, la delicada salud
de la in ancia no le impedi á o ma se. Su paso po el colegio de Ma ía Luisa Dolz du ó
muy poco, lo mismo que el ap endizaje en el Colegio Zapa a, una de las escuelas de la
Sociedad Económica de Amigos del País. Lydia es udia á inalmen e en casa igual que
sus he manas po que “en aquellos años las muje es no iban a Ins i u os” (ci . p. Hi ia
1978: 21). Los p o eso es pa icula es comple an su educación, He minia Fe áez le
36
apoyaba en a i mé ica y Jus o Pa illa33, di ec o del Colegio Zapa a, le enseñaba las
ma e ias que más le gus aban, la his o ia, la li e a u a.
Uno de an os episodios que quedan en el ecue do de la jo en es udian e ocu e
cuando su p o eso Pa illa, le an ando el índice, eci aba a Núñez de A ce “... la luna
como hos ia san a, len amen e se le an a sob e las olas del ma ” y, ese dedo, eco da ía
Lydia, “quedó unido pa a siemp e en mi memo ia a la luna de Núñez de A ce” (ci . p.
Hi ia 1978: 123). De es e modo, Pa illa la iba empapando de las páginas de au o es
omán icos como Bécque , el Duque de Ri as, Campoamo , Esp onceda y el p e e ido
siendo niña, Alejand o Dumas. La se ie de Los es mosque e os, la de los Valois, El
conde de Mon ec is o, ella iba de o ando odas las no elas his ó icas del esc i o que se
le subie on a la cabeza “como a Don Quijo e los lib os de caballe ía; e a un juego de mi
an asía, un juego sí, al que me dediqué po en e o du an e un iempo” (123).
Realmen e, la an asía e a el mundo de es a muje ; no le in e esa ía mucho la
ealidad y “siendo muy pequeñi a”, como le con esa a a Rosa io Hi ia , se acos aba en
la eno me gale ía de la “ inqui a” colonial pa a escucha los cuen os de su he mana
Emma y de la neg a Tula, la cos u e a de la casa: “la casa amilia de Galiano se
poblaba” pa a ella, “po i ud de los cuen os de Tula, de muñecos, de animales, de
cosas an ás icas” (1978: 37). Una imaginación in an il que la o ien a ían hacia el sueño,
hacia ese ealismo mágico que nos o ece ía en sus na aciones, iempo después.
Aquellas amas con duelos, la ida de co e, la hon a que había que de ende
po encima de odo le apasionaban has a al pun o que, según cuen a Lydia Cab e a,
u o
la idea de c ea una co e de caballe os y nobles damas, con i iéndome yo en
D'A agnan... ¡en el duque D'A agnan! —no en duquesa—, que no hubie a sido
lo mismo. (ci . p. Hi ia 1978: 124).
33 Jus o Pas o Pa illa y Pé ez e a cana io de nacimien o (San a C uz de Tene i e 1841-La Habana
1918), un impo an e pedagogo, poe a, pe iodis a y geóg a o cubano. Llegó a Cuba pequeño, pe o as el
es allido de la Gue a del 68 eg esa a las Islas Cana ias, donde unda La Re is a de Cana ias (año 1878).
En 1884, de nue o en Cuba, publica el lib o de ex o cubano pa a la asigna u a o icial de Geog a ía Cu so
Elemen al de Geog a ía. En 1907 alcanza el í ulo de Doc o en Filoso ía y Le as. Además de su labo
pedagógica como ca ed á ico y p o eso , Pa illa ue P esiden e de la Asociación Cana ia de Bene icencia,
pe eneció a la Sociedad de Geog a ía de Pa ís, colabo ó en Cuba y Amé ica, El Tiempo, Le Figa o, Cuba
y Cana ias y Las A o unadas. G acias a su in a igable ac i ismo du an e la Gue a de la Independencia
se c eó el Ba allón de Volun a ios Cana ios de La Habana (Domingo 2002: 133).
37
Su pad e, di e idísimo, siemp e colabo ó en los dispa a es y las a en u as de
mosque e o:
me egaló una espada con puño de náca y me comp ó unas cuan as
condeco aciones an iguas de casas de empeño […] Algunas noches, después de
come , me lle aba a la calle de San Miguel, po la que no pasaba nadie, a
celeb a un duelo... Figú a e, duelos imagina ios, con an asmas. A los amigos
de mi edad les di í ulos de nobleza [...] Yo los llamaba po sus í ulos, y a odos
les hacía un g an e ec o; me gus aba hace les pe gaminos, con unos edondeles
do ados, unos sellos que se pegaban con goma y que me suminis aba el
sec e a io de mi pad e […] Luego se me pasó aquella acha y no que ía se más
Duque D'A agnan. Al pasa de los años siemp e me he encon ado algún
supe i ien e de mis condes, izcondes o ma queses, nos hemos eído
eco dando aquellos días. (ci . p. Hi ia 1978: 125)
En la ju en ud, bajo el seudónimo de Nena, i maba las p ime as c ónicas
sociales en Cuba y Amé ica, la e is a que di igie a su pad e. Aunque, de odas las a es
que le llamaban, la pin u a ue su g an ocación de ju en ud, la p ime a ocación
a ís ica de Lydia Cab e a que e dade amen e le lle a ía a Pa ís. El ingen e pin o
cubano Leopoldo Romañach34 Guillén, ue quien la animó desde muy pequeñi a, e a
isi a dia ia en casa y lo que ía con deli io, “le llamaba «mi chi o iejo», y yo e a su
chi i o” (ci . p. Hi ia 1978: 128).
Romañach pin aba en casa de Lydia y ella se ex asiaba an e el a án del
ca ed á ico y a is a. Tal y como ela a a la p opia Lydia Cab e a, se quedaba “mi ándole
ap e a los ubos de colo es; o denándolos en la pale a, mezclándolos y ex endiéndolos
en la ela” (ci . p. Hi ia 1978: 128). Romañach le hablaba de pin u a, de los años de
ap endiz en Roma, de cómo compone los onos al pin a (“nunca un neg o pu o”, le
epe ía) y esa amis ad du ó siemp e. En la an esala de la casona de Galiano descansa ía
aquel lienzo p opiedad del pad e de Lydia, La Con alecien e, una ob a exquisi a,
34 En Lydia Cab e a: Vida hecha a e de Rosa io Hi ia apa ece el apellido del pin o con la acepción
“Romanach”, al y como se ecoge en palab as de la p opia Lydia Cab e a (1978: 128).
38
adelan ada a los iempos, que ue a p emiada en una exposición de Pa ís, en el año
1900.
Ninguna o a igu a de su in ancia y ju en ud le ha ía despe a igual a ec o, no
ol ida ía aquellas palab as “¡haga siemp e lo que sien a!, un a is a iene que se
hon ado” (128). En una de an as c í icas publicadas sob e la in luencia de Romañach
como a is a “pó ico de la pin u a cubana”, Lydia Cab e a elogiaba a su maes o con un
es imonio especialmen e emo i o que ep oducimos casi ín eg o y que demues a la
singula admi ación que le p o esaba la esc i o a:
al pin o hono able cuya ob a p opo ciona a la his o ia de la pin u a en Cuba
sólido ma e ial pa a su capí ulo más impo an e; al a is a since o, sin ambición
de anidad, que apa ado de las inquie udes y necesidades ideológicas y
especula i as de nues a época, sólo se empeñó en lle a al lienzo, lealmen e, lo
que eía y sen ía; al maes o comp ensi o, odo co dialidad e in eligencia, que
no u o el empaque ni el ono de una pesan ez p o eso al enemiga de la libe ad
c eado a, pues e a demasiado sensible y lúcido pa a c ee y p econiza que el
uni e so se encie a en una sola ó mula; maes o pa e nal y gene oso que
enseñaba como una eligión el a e que p ac icó has a casi la íspe a de su
mue e con acen o de e o y de e dad inol idable [...] Su nomb e no se
con e i á pa a mí en un nomb e más, des anecido en el ío egis o de los
mue os que dejamos mo i y mue en ealmen e. Su somb a es a á en e las
somb as muy que idas que nues a e nu a egoís a no consien e que se alejen;
és as cuya compañía es an dulce cuando nos quedamos solos, y que sien o, nos
segui án ieles y consolado as has a o o día en que la ie a se ab i á ambién
pa a noso os. (Cab e a 1952)
Con odo, a la chi i a le encan aba pin a , hacía dibujos a lápiz y ca ica u as.
Allá po 1914, mien as seguía con mucho empeño y se iamen e los cu sos de
Bachille a o “po la lib e”, en e lib os y exámenes, el e o de Lydia Cab e a, ambién
consis i ía en asis i , sin ma icula se, a las clases de su he mana Emma en la Academia
de a es plás icas de San Alejand o. Du an e seis meses y a escondidas de su pad e
es udió con Romañach y manchó sus p ime os lienzos.
39
Nues a ap endiza y apasionada lec o a no imaginaba la in ensa ida que le
es aba espe ando. Tampoco suponía que aquella mañana en que la neg a Te esa M.,
“desposeída de sus de echos he edi a ios, ocó a la pue a de Raimundo Cab e a en
busca de ampa o legal” (Respall 1993: 5), iba a se decisi a en su ayec o ia, pues
conoce ía a la mucama que le pond ía en con ac o con una cul u a ca gada de aíces y
adiciones ascinan es. Aunque el p es igioso abogado no pudo hace nada po aquella
causa, desde ese mismo ins an e Te esa M. en ó en la amilia “en calidad de cos u e a”,
y “ ue ella quien me condujo po p ime a ez a un asien o” a ocubano (ci . p. Hi ia
1989: 6). Ese de alle de la in ancia le despe ó una capacidad ex ao dina ia pa a la
obse ación minuciosa que desa olla ía p esenciando danzas, supe s iciones y
mis e ios.
Su p ime iaje a Eu opa, en 1905, deja ía g abadas imp esiones imbo ables,
los í e es de los Champs-Elysées, los pas eles, los ja dines, la opa nue a à la modè, el
Lou e, Pa ís se la ganó desde en onces:
Recue do la Venus de Milo, aquella muje que no enía b azos, luego, an os
desnudos... me in igó mucho sabe po qué la gen e ya no andaba desnuda
como las es a uas que lucían muy boni as. ¿Y po qué e a malo, indecen e anda
desnudo? Así, po un iempo, no hacía más que dibuja muñecos desnudos. (ci .
p. Hi ia 1978: 113)
Luego llega ían el pasado cul u al de Flo encia, el Valpino Toscano (que llama on
Piccolino) un pe o que i ió muchos años en la amilia y que comp a on allí, las
góndolas de Venecia, Roma y las palomas de la plaza de San Ma cos; en Bélgica, el
ja dín zoológico de Ambe es o las isi as dia ias, ya en Luce na, del cónsul cubano que
po en onces “e a Fe nando O iz” (ci . p. Hi ia 1978: 115) –dos años más a de O iz
se casa ía con su he mana Es he Cab e a. Asimismo queda ían las huellas iaje as de
incones españoles, la Pue a del Sol en Mad id, las calles de Cádiz o Se illa, donde su
pad e había es udiado, odas le esul aban pa ecidas a La Habana. Los iajes de la
in ancia y su gus o po la his o ia del pasado alimen a ían ese espí i u, en cie o modo,
inquie o, nómada que iba a expandi el pensamien o de Lydia Cab e a más allá de Cuba.
40
A p incipios de los años 20 ya había log ado que la iden i ica an con las
an igüedades. Alguna de sus exposiciones de a e e ospec i o consiguió cong ega a
más de cua en a mil pe sonas. F en e a la Uni e sidad habane a u o su p opio alle de
muebles, el “Aladys”, que llegó a con o ma una plan illa de has a ein icinco ob e os
con “muy buenos ebanis as” y unas piezas que comp aba en I alia, pe sonalmen e:
Recue do que lle aba un capi al de cinco mil dóla es y e miné gas ando ein a
y cinco mil. Cuando me di cuen a dije: aho a Lydia, a la cá cel. Pe o u e
sue e; lo endimos odo y pude no sólo paga la deuda de la comp a, además,
ganamos dine o […] y cuando c eí que enía lo su icien e pa a pasa una la ga
empo ada en Eu opa y dedica me a los es udios que me in e esaban, me
“la gué”. (ci . p. Hi ia 1978: 152)
Hacia 1927 ya es aba ins alada en la 11 A enue Juno , en el conocidísimo ba io
bohemio de Mon ma e, donde i i á g an pa e de la época comp endida en e la
p ime a y la segunda gue a mundial. “Pasé dos años pin ando” en L'Ecole du Lou e,
con aba la p opia Lydia (ci . p. Hi ia 1989: 12) donde se g adua ía en 1930. En e
pale a y pinceles i i á en Pa ís de 1927 a 1938. La a mós e a a ís ica e in elec ual
pa isina, que ya despe aba hacia una nue a o ien ación espi i ual y el edescub imien o
de lo au óc ono, de lo na i o, la lle a ía a las p opias aíces. Así compagina ía su
inquie ud a ís ica con un especial empeño po las in es igaciones y la cons an e
a acción hacia lo p imi i o. Comenzaba a agua se la ayec o ia más e nológica de
una au én ica in es igado a, la “incon es able pione a de los es udios a ocubanos”,
como la ha conside ado Ma iela A. Gu ié ez (1997: 26).
En es e sen ido, la p opia Lydia Cab e a es imoniaba cómo le habían a aído las
cul u as o ien ales, en gene al, su colo ismo, sus cos umb es, los undamen os de sus
eligiones:
La India llamó mi a ención, el mo imien o budis a y el olklo e chino. De muy
jo en, Japón me in e esó p o undamen e, su cul u a... Todo el O ien e ue pa a
mí una g an expe iencia. Lo es udié bien. (ci . p. Hi ia 1978: 144)
41
Cuando eg esó a Cuba “po dos meses, sen ía ya una inquie ud po ace ca me a ‹‹lo
neg o››; había descubie o a Cuba a o illas del Sena” (ci . p. Gu ié ez 1997: 22)35. Dos
meses impo an ísimos de in es igaciones en La Habana a aladas po la ayec o ia del
g an Fe nando O iz36, su o o maes o37, quien la había in oducido en los es udios
e nog á icos de aíces a icanas años an es. Lydia le segui á en una labo iel, p olí ica
conside ándole como el “ ecundo y soli a io pione o de los es udios a icanis as en
Cuba”, a quien siemp e hon a en sus menciones (Cab e a 1958: 17). Un lus o después,
la c í ica se ha enca gado de coloca a la discípula en me ecido pues o:
el camino que ab e a comienzos [del siglo XX] su p opio cuñado, el eminen e
an opólogo cubano Fe nando O iz, en lo elacionado al es udio cien í ico de lo
a ocubano, lo con inúa y lo sob epasa Lydia Cab e a du an e más de medio
siglo de incesan e labo , pe iodo en el que publicó, como nadie más lo ha
log ado has a la echa, más de un cen ena de ob as. (Gu ié ez 1997: 26)
Ese inal de la década de 1920 ue apasionan e jun o a la no elis a enezolana
Te esa de la Pa a, su compañe a insepa able du an e el iempo que pudie on compa i
idas y iajes. En es e sen ido, es in e esan ísimo alo a cómo la pe sonalidad de
ambas esc i o as e leja esa iloso ía de ida me opoli ana “ iaje a” que se ins au ó con
la mode nidad. El gus o po las la gas a esías o los g andes mo imien os u ilizando
anspo es más ápidos que en épocas an e io es, con ibuyó a sacia la sed nómada
ambién de las muje es, quienes colma on sus libe ades median e la mo ilidad deseada,
el “desplazamien o geog á ico” elegido (T as o ini 2009: 167).
La ex ao dina ia opo unidad de abandona los apa ados mundos in e io es y
emancipa se de las isiones o cos umb es de la sociedad, aún eminen emen e pa ia cal,
bene ició di ec amen e a las a is as, pa a quienes el signi icado de
35 Repe imos la ci a que adelan amos en el “Pó ico”, es a ez con la e e encia de Ma iela A. Gu ié ez.
36 Fe nando O iz es u o casado en e 1906 y 1930, con Es he Cab e a Ma caida, he mana de Lydia.
37 En la “Ca a I” de las “Dos ca as inédi as de Gab iela Mis al a Lydia Cab e a”, la esc i o a chilena se
e ie e a Fe nando O iz como “a cángel del olklo e” cubano (Jiménez 1987: 1004).
42
sali es mucho más que una me á o a, es un au én ico mo imien o ísico, es la
posibilidad de pasea po las calles, es camina sin umbo [...] Pe o es ambién
la posibilidad de ma cha se, usando el iaje —y su i ual libe ado de pa idas,
ánsi os, llegadas— pa a sepa a y edibuja agmen os de la iden idad y la
ida de una. (T as o ini 2009: 167-168)
Aunque las muje es han iajado siemp e y po di e sos mo i os, a eces no an
a en u e os como los del homb e, el a e de iaja descub e, en es a época del siglo XIX
al XX, nume osas iden idades emeninas “calleje as”, a en u e as, iaje as in elec uales
o iaje as a is as, iaje as solas y sol e as, que mues an la necesidad de expandi su
cu iosidad, mo e se. A ás quedan aquellos iajes exclusi amen e e apéu icos o
cu a i os ealizados sólo po las e e nas con alecien es. Las muje es más inquie as de
es as polis de la mode nidad se emba ca án en iajes cul u ales (o casi misiones) de oda
índole, impulsadas po un au én ico espí i u de cul i ación p o esional que les pe mi e
asg edi y echaza la ida impues a, o da salida a un necesa io deseo de huida de
u u os insopo ables:
El iaje de las a is as es, en gene al, un g an desplazamien o, un cambio de
esidencia, la elección de o o luga donde i i , abaja , en el que se a is as o
desde donde mi a el mundo. Pa a ellas mo e se es indispensable y sus iajes de
o mación son un medio pa a cambia o expe imen a nue as iden idades.
(T as o ini 2009: 169)
Es el caso de la in e esan e ida de la usa Lydia Alexand a Pachko (1829-
1929) y su p ecu so iaje, en 1872, a Egip o, Si ia, Pales ina; o de Isabelle Ebe ha d
(1877-1904), que comba e y i e en el no e de Á ica, asladada a A gelia, muje con
una excen icidad encan ado a, con e ida al Islam, mul ilingüe, mezclada con los
na i os pa a escándalo de los eu opeos, quien elegía a sus aman es en e los á abes y
i maba su co espondencia con la pe sonalidad masculina de Mahmoud Saadi; o, po
o o lado, la conocida explo ado a Alexand a Da id-Néel (1868-1969), explo ado a
o ien alis a y budis a, quien ala gó su es ancia en el Tíbe más de 30 años; o de la
43
dibujan e, pe iodis a y explo ado a Ode e de Puigandeau (1894-1991) en Mau i ania; o
el caso de Jane Dieula oy (1851-1916), una de las p ime as muje es a queólogas; o las
Vic o ian lady a elle s, a is as, na u alis as y explo ado as como Isabella Bi d (1831-
1904), Ma y Kinsley (1862-1900), F eya S a k (1893-1993), Ma ianne No h (1830-
1890), Edi h Du ham (1863-1944); o la sub e si a esc i o a, aduc o a y iaje a
ancesa Ma gue i e You cena (1903-1987), la nómada de los países y los lib os, de
nomb e eal Ma ga i e Cleenewe ch de C ayencou , la au o a de Memo ias de Ad iano
(1951); o ambién la ac i is a y epo e a no eame icana Nellie Bly (Elizabe h Jane
Coch an, 1864-1922), la muje que hizo ealidad la uel a al mundo de Julio Ve ne, pe o
en 72 días y inanciada po un pe iódico. Los ejemplos y es imonios de esc i o as
iaje as son nume osos, aunque no es én documen adas con la asiduidad que
co esponde38.
La Habana, F ancia, las p ima e as de I alia, Leysin, Zú ich, España, die on pa a
abundan es y g a as expe iencias de “cosmopoli ismos disc epan es” en Lydia Cab e a,
u ilizando la denominación de James Cli o d (1997: 51), opo unidades de in e acción
cul u al que la esc i o a pod á e ela en sus con e saciones de Miami con Rosa io
Hi ia , cincuen a años después:
Aho a que soy con empo ánea de Ma usalén, mi mala memo ia pa a los
nomb es […] Recue do de Pa ís a los p o eso es G ousse , Dayés, Con eneau…
En e los hispanoame icanos me acue do de Miguel Ángel As u ias – enía a
e me a mi casa, a la a enue Juno . A Ne uda lo conocí en Mad id […] Más
a de a Oc a io Paz, en quien econozco un g an esc i o , y al que no he uel o a
encon a me. Tu e muchas amis ades españolas; a la amilia de Gab iel Mi ó, la
conside aba como mía […] Recue do a Ce nuda; a Ca men Conde […] Soy
mala pa a eco da nomb es. (Lydia Cab e a: Vida Hecha A e 1978: 155)
La isión a ís ica an pa icula de Lydia Cab e a agua á g acias a esos iajes
y a ese “ambien e” eu opeo cul i ando impo an es amis ades in elec uales. Cuando
sucede el episodio inespe ado de Fede ico en Mad id, en casa del esc i o cubano José
38 Recomendamos al espec o la ob a de Michelle Pe o (2008 [2006]) «Mi» his o ia de las muje es y, en
conc e o, el epíg a e “Muje es en mo imien o: mig aciones y iajes” (106-111).
50
publica á en La Habana. Fe nando O iz p ologa la ob a, pe o el éxi o o undo que
consiguió en Pa ís no llega á has a décadas después, impulsada po las in es igaciones
pos e io es que la c í ica li e a ia ha ealizado sob e la au o a.
Los úl imos ein e años que pasó en Cuba los en ega á po comple o a la
in es igación jun o a la cubana Ma ía Te esa de Rojas, la muje que acompaña á a Lydia
Cab e a du an e casi cincuen a años, quien se enca ga á, además, de odos sus a chi os.
Ma ía Te esa de Rojas, Ti ina, des acó po sus es udios paleog á icos cubanos y
sus ansc ipciones sob e documen os his ó icos de los siglos XVI y XVII. Jun as
desa olla án he mosos p oyec os pa imoniales, pe o el más ambicioso se á La Quin a
San José, su hoga colonial del ba io de Ma ianao con inca y casa de dos plan as, una
au én ica joya his ó ica que acomoda on con piezas y muebles de g an alo .
Fig. 10: “Fachada de la Quin a San José, Ma ianao, La Habana”.
Según ela a la p opia Lydia Cab e a, “el p opósi o de Ma ía Te esa coincidiendo
con un iejo sueño mío ue hace de la Quin a San José una casa museo” pa a
con e i la en una Gale ía sob e la e olución his ó ica de la casa cubana (ci . p Hi ia
1978: 161). Todo ue des uido cuando se ma cha on al exilio:
Las ob as de a e pasa on algunas a manos de come cian es ap o echados, o as
51
a… —más ale no eco da . Todo se pe dió, la Quin a San José, la casa en sí,
ue de uida po el égimen. Es o ocu ió en el 1960; oda ía los usos no enían
las iendas de odo en sus manos y “aquellos” no sabían nada de nada; con un
poco más de cul u a hubiesen al menos conse ado esa labo . (ci . p. Hi ia
1978: 164)
A pesa del u u o ne as o que depa ó al aliosísimo p oyec o, aquella ue una
época ecunda en la ayec o ia de la esc i o a, que se dedica á po en e o a la cul u a y
las eligiones de in luencia neg a. En 1954, Lydia Cab e a publica ía su ob a más
econocida, El Mon e, conside ada como la au én ica Biblia de las li u gias a ocubanas,
donde se ecoge una ex ensa colección de es imonios sob e “el pensamien o mís ico de
la cubanía”, como ha alo ado Raimundo Respall Fina (1993: 8). Con El Mon e, Lydia
Cab e a log a inse a el cen o mismo “de las ib aciones del alma cubana” en la
mi ología uni e sal, la huella isible de sus supe s iciones, danzas, los mis e ios de sus
an epasados, “ oda una cosmogonía de génesis y simbiosis, descubie a en la elación
Tie a-Mad e, Á bol-Pueblo, ocul a en el mon e cubano” (Respall 1993: 7). La ob a
desc ibe “c edos” de pode es “ e ídicos” que
no son in en os de su ealis as asnochados, alaces auma u gos de lo insóli o.
No se a a de elojes que se de i en como melcochas; ni de caballos que
ascienden a un cua o piso, pa a acudi a la consul a de su e e ina io. Se a a
del ab azo pe pe uo en e el homb e y su imaginación, de la ligación a la ie a
que lo pisa y lo alimen a con sus u os, a la lucha ances al en e la ida y la
mue e. (Respall 1993: 9)
Lydia Cab e a pe sigue las huellas de las cos umb es a icanas po T inidad, La
Habana y Ma anzas has a junio de 1960, cuando comienza el camino al silencio. No
publica á nada du an e una década po p opia decisión. En e o as, su ob a La laguna
sag ada de San Joaquín ep esen a la pe la documen al que e leja esas úl imas
in es igaciones di ec as ealizadas en suelo cubano. Aunque las páginas ie on la luz
casi ein e años después (1973) como ibu o a la diosa del agua Yemayá, Lydia Cab e a
había ecabado odo ese ma e ial en el in ie no de 1956, en la é il p o incia de
52
Ma anzas. La “excu sión” jun o a los no ables a icanis as amigos Al ed Me aux y
Pie e Ve ge , les lle a ía a eco e “una de las lagunas sag adas” del “Cen al de
Cuba”, conocido ingenio azuca e o de ieja adición c iolla que pe enecía a la ambién
amiga Jose ina Ta a a y sus he manos, “aquella excu sión que se ía, sin sospecha lo, la
úl ima que ealiza íamos en suelo ma ance o” an es de la du a lejanía:
¿Es que sabíamos en onces, nos dábamos cuen a los cubanos, odos, pob es,
icos, blancos, neg os, a eos, ca ólicos, animis as, los buenos, los b ibones, has a
qué pun o é amos un pueblo eliz, el más eliz del mundo, dicho es o sin
exage ación ni sensible a pa io e ía? [Cab e a 1993 (1973): 9]
No ol ida á jamás a Cuba. Lydia Cab e a comienza el du o exilio como odas “las
conciencias de mo edizos pe iles” (Gu ié ez 2011: 72). Aunque Te esa y ella pensaban
sali de Cuba po una semana, en el momen o de hace el equipaje sin ió una
p emonición a al. Pe mí ansenos el ela o casi en su o alidad po lo signi ica i as que
esul an las p opias palab as de la e nóloga:
Si nos quedábamos en Cuba nos mo i íamos de asco; y de hamb e, si
emig ábamos. Había que escoge en e esos dos ex emos: p e e imos mo i nos
de hamb e […] Mien as hacía las male as i uno de esos baúles anceses con
los que iajábamos an es, y dejándome lle a po un impulso inexplicable: lo
llené de odas las ichas que había eunido en mis la gos años de con e saciones
con los hijos y nie os de a icanos. Coleccionaba joyas de o o an iguas, desde
muy jo en, y con las ichas me í la colección. Pa ecía absu do… pe o odo eso,
las ichas me han pe mi ido segui esc ibiendo, y la colección de cadenas,
pulse as, c uces, b oches, e cé e a, nos ayudó a subsis i un iempo. […] Aquel
‘ e y boa ’ que se alejaba de las cos as cubanas, el úl imo que salió de La
Habana... Jamás ol e ía a mi país. (ci . p. Hi ia 1989: 14) (1978: 167-168)
En la con e sación con Hi ia ambién documen a que su idea e a exilia se en
España con Ma ía Te esa de Rojas, pe o en e mó g a emen e y u ie on que eg esa a
53
“es e desie o de cemen o” donde “me sal é de la pelona43” (ci . p. Hi ia 1978: 28).
Así es como Lydia Cab e a es ablece su des ino de ini i o en Miami donde anscu i án
sus úl imos ein a años de se enidad, pe íodo que coincide con la apa ición de las
p ime as in es igaciones sob e su ob a en los Es ados Unidos, las e e encias como
muje pione a de los es udios a ocubanos y los homenajes, así como los iniciales
aseso amien os académicos a u u os doc o es e in es igado es (Hi ia 1989: 15).
Los úl imos años de Miami se aslada al hoga de Isabel Cas ellanos44. “Ahí
es á son ien e, con ese humo píca o que ha lle ado a sus ela os. Delgada, inquie a”,
cuen a la esc i o a Rosa io Hi ia , “hoy con la mi ada algo des aída, hemos hablado y
hablado” ca iñosamen e
de sus lib os, de los años en Pa ís, La Habana, Leysin, su ida en el exilio, sus
ecue dos... –¿Po qué no esc ibe sus memo ias? Sale con una b oma, me hace
eí . –Tú e es la p ime a que no c ee en au obiog a ías. Cie o, pe o así y odo
insis o. –Rosa io, sabes que no lo ha é. Con e samos de la mue e; no la eme,
ecue da la de su pad e, la de Ti ina, la de Te esa, p e ie e no hace e e encia a
cosas ín imas, demasiado ce canas a ella misma. (ci . p. Hi ia 1989: 15)
Acaso no esc ibió su p opia ida pa a no a e a se a las aguas del pasado
e ocando an os episodios di íciles. A qué emo e las he idas p o undas que deja on el
exilio o zoso, los amo es silenciados, las apa iencias sociales, los duelos ¡si es que, a
pesa de la agilidad ísica que mos ó de pequeña siemp e al calo de la
sob ep o ección amilia , los años le egala on una o aleza emocional gigan esca con
la que supe a casi odo lo i emediable!
Isabel Cas ellanos, en la llama i a en e is a de Madeline Cáma a que ya hemos
e e ido, Pa a llega a Lydia Cab e a. Con e sación con Isabel Cas ellanos: las
ce emonias del adiós en e Lydia Cab e a y Ma ía Te esa de Rojas (2015), ecue da los
43 Acepción coloquial u ilizada en Amé ica Cen al pa a e e i se a la palab a “mue e”.
44 Isabel Cas ellanos, incondicional amiga de Lydia Cab e a en sus úl imos años, es la au o a de En o no
a Lydia Cab e a (1987); la des acada D a. y su pad e, el ambién céleb e his o iado cubano Jo ge
Cas ellanos, han desa ollado una ingen e labo in elec ual sob e los emas cubanos con inuando, en cie o
g ado, la es ela in es igado a de Lydia Cab e a. En e o os abajos publicados de los Cas ellanos,
des aca la colección de cua o olúmenes Cul u a a ocubana (1988-1994), que incluimos en nues a
bibliog a ía.
54
du os días que pasó Cab e a as la mue e de Ti ina, “una en e medad que du ó dos o
es semanas. Tu imos que lle a la al hospi al, yo c eí que ella se iba a mo i , pe o ella
ebasó eso” (ci . p. Cáma a 2015: 30). La o ma en la que Lydia enció el más absolu o
desalien o an e o o episodio de sepa ación a al que suma a su ida, sólo puede se
u o de una na u aleza op imis a, el empe amen o son ien e y di e ido con el que
a on ó cons an emen e odos los sinsabo es:
hay cosas simpá icas ace ca de es a c isis, le hicie on es udios psiquiá icos
po que ella se con undió mucho en el hospi al, y yo decía: “déjenme lle a la
pa a la casa y ella se a a o ien a de nue o,” le p egun a on que cuál e a la
di e encia en e un niño y un enano y ella dice “en que el enano es chiqui o
po que no le queda más emedio” y yo sol é la ca cajada. (Cáma a 2015: 30)
Ya padecía, po en onces, una g a e degene ación macula de la e ina, una
cegue a len a que le había ido de e io ado su ac i idad, su abajo in a igable y el g an
en e enimien o que pa a ella e an pin a , esc ibi , lee , “busca sus no as” (ci . p.
Cáma a 2015: 30).
El edio an e la incapacidad ue me mando sus cualidades, sus ansias, su calidad
de ida, pe o pa a despedi se ápido, muy ápido, ue muy co a la agonía inal, el
úl imo alien o de Lydia Cab e a, “yo di ía que una semana”, ela a Isabel Cas ellanos,
de es e modo an signi ica i o:
Esa noche ella se ue como apagando poqui o a poco y dejando de habla . Muy
anquila muy se ena, nada de angus ia al con a io, con una son isa. Muy
se eni a que es aba Lidia y de p on o me dijo... “La Habana”, muy baji o. “La
Habana”, y yo le dije “¿qué cosa Lydia?”. “La Habana”. Le dije: “¿Us ed es á
en La Habana?” Y me dijo, “sí”, eso es lo úl imo que dijo, ya de ahí du ó un
a ico y simplemen e dejó de exis i . No su ió absolu amen e nada. Luego
inie on de la une a ia, ella había pedido que la c ema an. Ma ía Te esa es á de
cue po comple o, es án jun as en el nicho que ú is e en Woodland Cemen e y,
en la 8 y la 32. Ahí es án, ahí es án ellas dos. (ci . p. Cáma a 2015: 30)
55
Lydia Cab e a mu ió sa is echa con su ida, “sa is echa no es la palab a:
ag adecida po odos los años que i í, has a po lo malo” (ci . p. Hi ia 1978: 179).
Una ida que hubie a uel o a bebe se “¡de cabo a abo!” con la con icción de que la
mue e iba a se como odos solemos pensa la,
haciéndonos la ilusión que po lo menos la nues a y la de los que que emos de
e as, es á lejos. No sé si la emo. Si es un sueño… quizá no. Pe o cuando se me
ocu e pensa si acaso du an e un iempo, mien as la ma e ia se des uye nos
queda un poco de conciencia, pienso que lo oy a pasa muy mal, pues padezco
de claus o obia… Siemp e he pensado mucho en la mue e, an es más que
aho a. En los mue os pienso siemp e. Los míos no han mue o… digo, pa a mí.
(ci . p. Hi ia 1978: 179)
Ma ía Te esa de Rojas, Ti ina, mu ió en Miami (1987). También Lydia Cab e a
la esc i o a cubana, la e nóloga, la muje (1991):
¿Es la mue e inconsciencia, un sueño apacible sin despe a , o una pesadilla
conscien e de halla se he mé icamen e ence ada en una caja? (Cab e a 1993:
42)
Fig. 11: “P ime plano de Lydia Cab e a”.
56
2.2. Ellas.
“Lo ideal se ía se capaz de ama a una muje o a un homb e,
a cualquie se humano,
sin sen i miedo, inhibición u obligación”.
Simone De Beau oi
“¡Todo po mi calla a ibulado
que es más a oz que el en a en la mue e!”.
Gab iela Mis al
“Yo nunca me he acos ado con un seño . Nunca.
Fíja e qué pu eza, yo no engo de qué a e gonza me...
Mis dioses me hicie on así”.
Cha ela Va gas
“Palab as, ca icias, ozamien os, eso somos noso as”
Liane de Pougy
Algunos de los ace camien os biog á icos más ac uales sob e la igu a de la
pensado a cubana nos p oponen lec u as que apues an po e idencia la iden idad
homoe ó ica, su o edad, sus exilios pe sonales en el diálogo i al jun o a las amigas y
amadas, lo que signi ica, a o unadamen e, que casi un siglo después, aún queda ánsi o
“c í ico” po anda en e los “escollos” ma ginales de Lydia Cab e a.
Las alianzas ín imas que es ablece con muje es an ep esen a i as, an ecundas
e in luyen es como Amelia Peláez, Te esa de la Pa a, Gab iela Mis al, Ma ía Te esa de
Rojas, Jose ina Ta a a, Ma ía Zamb ano o Amalia Baca dí queda án e lejadas en oda
su ayec o ia, la li e a ia y la an opológica, que desa olla á in a igablemen e, ya
sabemos, en e Cuba, Pa ís, Mad id y el exilio “de cemen o” en Miami, como solía
e e i lo en a ias ocasiones (ci . p. Hi ia 1978).
Es as leal ades, que se han ma e ializado lo mismo en lo in elec ual, en lo
económico como en lo pe sonal, cons i uyen el sen ido de una ida ma cada po el
57
apoyo mu uo de muje es encon adas pa a siemp e, solida ias en e ellas, con sus
“ o mas la e ales de deci una iden idad en apa iencia silenciada” (Cues a 2015: 12),
muje es cuyos ínculos oza emos en las siguien es líneas.
AMELIA PELÁEZ.
Igual que u ge el alien o i al, Lydia Cab e a necesi a á sen i se lib e lejos de La
Habana, emancipa se del en o no que la odea y ma cha se con la a is a Amelia Peláez
del Casal (1897-1968) signi ica á la ma e ialización de sus sueños. El a o que las une
es, cla amen e, el de la supe i encia. La des acada cubana había sido o a de las
alumnas p edilec as del maes o Leopoldo Romañach, es udia on jun as en la Academia
San Alejand o. Mediando con el p esiden e Machado, buen amigo de su amilia, Lydia
Cab e a le consigue una beca pa a hace es udios sob e museos en F ancia y log an su
mejo coa ada, especializa se jun as en Pa ís. Vi i án en el núcleo bohemio de
Mon ma e, jun o a la casa del poe a su ealis a T is an Tza a (1896-1963). Lydia
Cab e a se á undamen al en el ascenso a ís ico de Amelia en Pa ís, que, sin duda, se á
me eó ico: la beca debajo del b azo, los iajes po I alia, España, Alemania y Hung ía,
los es udios con la g an deco ado a ea al usa Alexand a Ex e , la École Na ionale
Supè ieu e de Beaux A s y la École du Lou e con Lydia Cab e a, y su exposición
indi idual pos e io en 1933 que p esen a on en la gale ía Zack:
¡Fue una época muy di e ida aquella: Consegui que la mè e Zack nos
alquilase a muy buen p ecio su gale ía, y luego, que el día del “ e nissage”
des ila an po ella cua ocien os in i ados! Fie ens, uno de los buenos c í icos
de en onces, hizo un a ículo y Miomand e, desde luego, o o. Alexand a Ex e ,
que ayudó a Amelia con oda su alma —sin duda su mejo época, sus cuad os
mejo es da an de aquellos años—, me decía eu ó ica con su acen o usa:
¡Magni ick, magni ik! (ci . p. Hi ia 1978: 158)
58
Fig. 12: “Alexand a Ex e ”.
Y a Lydia, es a p ime a y p ema u a elación con Amelia Peláez le hizo
“ espi a ” o as almas, con o ma su iden idad lib emen e sabiendo que había más como
ella misma, i i a su ai e al mismo iempo que comple aba inspi aciones en he mosos
p oyec os pa imoniales como el del museo de ep oducciones de Cuba. Lydia que ía
con a con el alen o de Amelia, pe o aquella ealización no pudie on ma e ializa la:
El cos o del museo, del ma e ial que hubie an hecho en Pa ís, e a muy
abo dable, ecue do que no excedía de medio millón de dóla es. El p oyec o se
hubie a lle ado a cabo si no ue a po lo que pasó […] si los cubanos u ie an
buena memo ia, la expe iencia de la caída de Machado, el deso den, el caos, los
a en ados, las bombas, les hubiese sido muy ú il —y es posible que aho a no
es u iésemos [en Miami]—. (ci . p. Hi ia 1978: 149)
Pa a Mabel Cues a (2015), “de ás del ges o” de Lydia Cab e a po aslada se
con Amelia a Eu opa no es á solamen e el de mejo a la o mación a ís ica o
p oyec a se en imagina ios p o esionales u u os, exis e cie amen e una apues a más
que e bal,
hay, cla o es á, un ejido aún más denso —y, sob e odo, enso— en es a alianza
Cab e a-Peláez: un umo no documen ado que asegu a un a ai e en e ambas,
quienes necesi aban escapa a Pa ís pa a pone en ma cha an o sus iden idades
59
y deseos —ma ginales en cuan o homoe ó icos— como sus p oyec os
pe sonales, es ando es os de algún modo inalienablemen e in e conec ados.
(Cues a 2015: 13-14)
En alguna de las imágenes que se conse an en la Cuban He i age Collec ion de
la Uni e sidad de Miami, Amelia Peláez y Lydia Cab e a “salen” jun as en el Majes ic
Monaco umbo a Eu opa, apoyadas po las palab as esc i as en e so “y nadie di ía que
son bellezas”.
Fig.13: “Con Amelia Peláez umbo a F ancia”.
Amelia du a á con Lydia lo que aguan an los buenos y he mosos sueños, pe o la
amis ad ecunda pe du a á in ac a más allá de los años, las e apas, incluso más allá del
exilio, con una co espondencia in ensa que man end án nues a esc i o a y an opóloga
desde Miami, la amiga pin o a desde Suiza.
66
La esc i o a Syl ia Molloy49, p ecu so a de la li e a u a lésbica a gen ina,
pione a, además, de es udios sob e la elusión de la homosexualidad en cie os esc i o es
y esc i o as, es una de las in es igado as que ha indagado la in e esan ísima ayec o ia
de Te esa de la Pa a50 desde el pun o de is a del géne o, y sos iene que las exclusiones
sob e la elación en e Te esa de la Pa a y Lydia Cab e a son esul ado del p o undo
“pa o ” de un sec o de la c í ica li e a ia a en a en cues iones que deses abilizan
cualquie discu so he e ono ma i o.
Al compa a los dia ios o iginales manusc i os de Te esa de la Pa a con la
edición c í ica de la Ob a comple a (1982), se comp ueba que se han sesgado a ios
pasajes po Velia Bosch, la econocida in es igado a y c í ica enezolana a quien se le
con ió el cuidado de la ob a de Te esa de la Pa a. En e o os eco es, Sil ia Molloy51
des aca ese momen o en Mad id en que Te esa esc ibe, días an es de mo i , “hoy Lydia
ue a la ópe a y cuando ol ió se acos ó en mi cama y hablamos de T is án e Isolda”
(ci . p. Lenna d 2009). En la e sión de de Velia Bosch (edición de la Biblio eca
Ayacucho), no apa ece “en mi cama”, ealizándose una lec u a in e esadamen e
supe icial, en palab as de Molloy, una in e p e ación “ oyeu ís ica que hizo es a muje ,
po que dudo mucho de que ‘en mi cama’ quie a deci ”, en ese con ex o, “o a cosa que
acos a se jun o a la compañe a en e ma” (ci . p. Lenna d 2009).
Algo más e iden e, esul a compa a las dis in as e siones que exis en en
algunas ansc ipciones de las ano aciones de Te esa de la Pa a. A modo de ejemplo,
leamos cómo queda e lejado el 21 de ene o de 1936, p ime o según la e e encia de
Ramón Díaz seguida de la en ada que ecoge Velia Bosch:
Pienso du an e un a o en la elicidad del hedonismo y del ideal epicú eo que
49 Sil ia Molloy ambién es p ecu so a de li e a u a homosexual, es udios de géne o y es udios Quee en
La inoamé ica, es la au o a de En b e e cá cel (1981), una de las p ime as no elas que na ó sin pudo el
amo en e muje es en la li e a u a a gen ina.
50 En o no a la igu a de Te esa de la Pa a, como ambién ha e lejado Ana Te esa To es, exis en
“dis in as conside aciones que se oponen a pene a el esgua dado san ua io de una a e a a de nues a
li e a u a”, a pesa de habe sido “ampliamen e an ologada, compilada, seleccionada y edi ada po
nomb es de econocido p es igio” (To es 2006: 253). Una c í ica sesgada y ex emadamen e pa cial que
ha llegado a compa a la ida sen imen al de Te esa de la Pa a con la de So Juana Inés de la C uz, pues
ambas se ocul an “bajo la apa iencia de un labe in o” donde “nadie pudo p es a le(s) sus alas pa a sali de
allí” (Bosch 1997: 156).
51 Es as o as palab as de Sil ia Molloy es án ecogidas en el conocido dia io a gen ino Página/12, en
una en e is a que la esc i o a e in es igado a le concedió a Pa icio Lenna d pa a el Suplemen o “SOY”.
67
puedo goza en lo que me queda de ida, sob e odo al lado de Lydia cuyas
ci cuns ancias como a mí se lo pe mi en: como yo, se sien e mal en e la gen e y
encuen a su bienes a en la independencia y en la soledad. (Díaz 1954: 180)
Pienso du an e un a o en la elicidad del hedonismo y del ideal epicú eo que
puedo goza en lo que me queda de ida, sob e odo si las ci cuns ancias me lo
pe mi en: yo me sien o mal en e la gen e y encuen o bienes a en la
independencia y en la soledad. (Bosch 1982: 464)
Aunque la edición de Velia Bosch en Ayacucho es más ecien e que la de Ramón Díaz
en Ga ido, no sólo se ha expu gado oda mención sob e Lydia Cab e a o el hecho de
que la an opóloga pudie a sen i la ida “como” Te esa de la Pa a, aquí la omisión
implica ía, asimismo, bo a el deseo palpable de Pa a de es a esos úl imos meses,
“sob e odo, al lado de Lydia”, compa i con ella lo que le “queda de ida”. Una
omisión inequí oca an e la cual Sil ia Molloy plan ea algo que, nue amen e, esul a
incues ionable:
Quién compa ió la ida con Pa a du an e los úl imos cinco años,
acompañándola de sana o io en sana o io en una in e minable ecupe ación
has a que mu ió en Mad id; a quién le dejó sus más p eciados e ec os
pe sonales; quién se enca gó, con absolu a i meza, del une al de Pa a cuando
“las muje es de su amilia” se queda on en casa (Hi ia , Más ce ca 116); quién,
después de la mue e de Pa a, solici ó una médium pa a con ac a con su amiga
(a o unadamen e, con éxi o) (Hi ia , Más ce ca 70); es a muje es ninguneada,
mi igada, po los eco es, a una me a anécdo a en la ida de Pa a. [Who sha ed
Pa a’s li e du ing he las i e yea s, accompanying he om sana o ium o
sana o ium in ques o an e e una ainable cu e ill she died in Mad id; o
whom Pa a le he mos p ecious belongings; who, b eaking wi h con en ion,
a ended Pa a’s bu ial when ‘ he women o he amily’ s ayed a home; who,
a e Pa a’s dea h, epai ed o a medium o con ac he iend (success ully, she
claimed); his woman is displaced, educed, by he cu s, o a me e ci cums ance
in Pa a’s li e]. (Molloy 1995: 239-239)
68
Al espec o, Sil ia Molloy explica que, mien as e isaba los o iginales de
Te esa de la Pa a, se in e esó po el mo i o de los “ eco es” y Velia Bosch negó
cualquie ce eza amo osa de Te esa enco se ando, aún más, la “posibilidad”
homoe ó ica en e las esc i o as:
Se habla mucho de la homosexualidad de Te esa de la Pa a, pe o ancamen e
yo no c eo pa a nada en eso. Las muje es somos muy a ec uosas. El g an amo
de su ida ue Gonzalo Zaldumbide. Y su elación con Lydia Cab e a… bueno,
ellas e an muy amigas”. Incluso, Bosch me llegó a deci que le había dicho a la
p opia Lydia Cab e a que se equi ocaba en lo e e ido a la supues a
homosexualidad de Te esa. ¡A la muje que había sido su pa eja! “No, Lydia, ú
e equi ocas. Te esa no e a así.” Una escena de una idiculez lamen able. (ci . p.
Lenna d 2009)
La sup esión de pá a os o palab as con i ma ían la complicidad amo osa y el
ue e ínculo sen imen al que gua da on, du an e años, has a el mismo lecho de mue e
de Te esa de la Pa a en Mad id. A pesa de esas mu ilaciones a las e idencias, an o de
la c í ica como del en o no de las esc i o as, el legado epis ola he mosísimo, de
publicación más ecien e [Ca as a Lydia Cab e a. (Co espondencia inédi a en e de
Gab iela Mis al y Te esa de la Pa a) (1988)], e ela, “po supues o, o a his o ia” [‘o
cou se, ano he s o y’] (Molloy 1995: 239). En muchas misi as, Te esa se di ige
ca iñosamen e a Cab a o Cab i a, como le gus aba llama a Lydia Cab e a,
10 noche. Cab i a mía que ida: u ca a de hoy ol ió a deja me an p eocupada
[…] Tengo la ube culosis me ida en la cabeza y aunque no lo c eo, la emo.
(ci . p. Hi ia 1988: 101)
Que ida Cab i a: Va ias eces en el cu so de es a semana he empezado a
esc ibi e, pe o no podía ija la is a sin a ae me el millón de complicaciones y
desis í siemp e. Me enía muy desazonada u ala ma y no sabía cómo hace pa a
69
calma e. (127)
El ono de su p osa a a iando desde aquella p ime a ca a bien comedida, en iada a
una “Que ida Lydia” po una “muy a ec uosa, Te esa”, has a la úl ima ca a de 1935 que
le di ige a la “que ida Cab illo ica, su pequeña, minúscula”, Cab a, mien as ya Te esa
anda de as ada po la en e medad (ci . p. Molloy 1995: 239). De la una a la o a, las
se en a y es ca as documen adas, que se han conse ado sólo pa cialmen e52 g acias a
los papeles ín imos de Lydia Cab e a, con i man, según Molloy, “una compleja, in ensa,
y sí, elación lésbica” [a complex, in ense, and yes, lesbian ela ionship] (Molloy 1995:
239).
Si obedecemos además a los plan eamien os que o ece Bea iz Suá ez B iones
sob e las es es a egias de ap oximación al concep o de li e a u a lesbiana y omamos
que, po el aspec o de la ecepción, son lesbianos “aquellos ex os leídos como ales,
que e elan su lesbianismo en el p oceso de lec u a” y añaden una lec u a e
in e p e ación homoe ó ica dis in a de la sexualidad alocén ica (2008: 13), ¿po qué
no ab i en onces el close de las Ca as en e Te esa de la Pa a, Lydia Cab e a y
Gab iela Mis al y deshoja su o a lec u a, la disiden e?
GABRIELA MISTRAL.
Sin duda, es os ela os aliosos enca nan ielmen e la ilación de las esc i o as y
el ínculo pos e io con la chilena Gab iela Mis al. La la ga en e medad de la amiga
enezolana las unió as la ecupe ación en Leysin. “Conocí mucho a Gab iela Mis al”,
con iesa Lydia Cab e a (ci . p. Hi ia 1978: 156), el p ime encuen o ocu e “en
Ba celona”, en 1935, y “ ue po Te esa” como pudo conoce la y man ene “una la ga
amis ad” (ci . p. Hi ia 1989: 12). Aún más, a a és de las Ca as se conoce que
Gab iela ecuen aba el apa amen o de Te esa y Lydia en Mad id, aquel “des án” que
52 Las con es aciones, a su ez, que pudo en ia le Lydia Cab e a no se conse an y, según Sil ia Molloy,
han sido des uidas, p esumiblemen e, po la amilia de Te esa de la Pa a.
70
había pe enecido an es a Pablo Ne uda:
A Ne uda lo conocí en Mad id. Cuando se ma chó de España alquilé el
apa amen o que i ía en Ma io Roso de Luna, jun o al paseo de Rosales.
Nunca he is o más bo ellas en mi ida, que las que dejó allí acías, el poe a.
(ci . p. Hi ia 1978: 156)
Pe o Gab iela había conocido, años a ás, a “o a” amiga Te esa, la que
explosionaba las e ulias la inoame icanas de Pa ís:
su belleza hacia ol ida su ango li e a io dejando a las gen es en el pu o
dis u e de una c ia u a log ada a oda maes ía co po al. Mi ándola se daba las
g acias po ella al a esano o ángel de la aza. (ci . p. Jiménez 1987: 1001)
Cuando ol ie on a encon a se en Ba celona, descub ió una segunda Te esa que es aba
aniquilada ísicamen e po la ube culosis, “pe o es oica y en e a an e la ce eza de su
des ino” (ci . p. Jiménez 1987: 1001). Gab iela Mis al no pudo ealmen e alo a has a
qué pun o sen ía a Te esa sino as su mue e:
Yo no sabía, aunque c eyese sabe lo, cuán o y cuán o que ía a Te esa, has a
dónde e a ella c ia u a en añable mía, un poco mi o gullo, o o mi delicia, o o
mi e nu a. Había llegado a se an pe ec a que la memo ia de ella que me había
dejado es algo c is alino si no uese a la ez i al, es algo como la p esencia de
un ángel, cons an e, ibia y lige a. Dios mío, más la quie o que a pe sonas con
quienes i í años y no hay nada an idio a como en años suyos y míos en
Eu opa no i iésemos jun as pa a habe nos dado ese ca iño na u al y
sob ena u al […] Ma a illosa niña, ma a illosa pu a (ci . p. Hi ia 1980: 10)
Mien as la época li e a ia dis u aba de los mo i os de la chilena —el amo , el
dolo cósmico, la na u aleza y el cul o a la in ancia que ie e en Desolación (1922),
71
Tala (1938) y Te nu a (1944)— y, a la ez que el a e mis aliano eía su ayec o ia
colmada con el Nobel (1945), Gab iela Mis al egalaba ca iño y “ inos saludos”
sob ena u ales a Te esa y a Lydia Cab e a en sus ca as. Y quizás necesi aba p o undiza
con Cab e a de ese modo, en o os ángulos dis in os de aquella amiga que había
conocido exclusi amen e en egada a la en e medad de Te esa, “su única y noble
en e me a”, como llegó a desc ibi la Gab iela Mis al, “que a la ho a del desbande de
las amis ades, es aba con ella y queda ía a su lado has a las pos ime ías” (ci . p.
Jiménez 1987: 1002).
Aunque Gab iela Mis al le admi ía a Lydia que “en lo que oca a la pe sona” a
penas la conocía, e a obsesi a en su in en o po in ima con la cubana y le llega a
con esa que no e a “ninguna ma a illa”, sino una muje a isca po momen os, ansiosa,
una ieja con lados niños, mal educada, no poco aná ica en a ias cosas, al ez
a abilia ia y mal co esponsal, po que apenas esc ibo ca as. Nos dé Dios,
Lydia, iempo y ocasión de a a nos. Quizás a nues a Te esa le gus a ía —
donde es é— e nos co diales y a e nas. (ci . p. Jiménez 1987: 1006)
Es a co espondencia que sos ienen cons i uye, según plan ea Mabel Cues a
“o o momen o climá ico” de las alianzas que es ablece Lydia Cab e a en su ida, “en
donde so o idad y deseo lésbico no exp esado se hacen huella as eable”, a eces
cla amen e “ ansida de momen os de al a ensión e ó ica e i e u ables p uebas de
amis ad” y Gab iela, po su pa e, u iliza á una y o a ez las ecu idas “es a egias
diluyen es de la iden idad con que las pa ejas suelen se ep esen adas desde la mi ada
del o o” (Cues a 2015: 14).
El sen imien o que nace en Mis al no es u o sólo de aquella en ega ilimi ada
que obse ó en la cubana cuando se olcó en la en e medad de Te esa. Gab iela ambién
alo a la condición amilia de Lydia Cab e a, “pe enece a una de las amilias más
p ecla as de la Isla” —dice— “muy inculada con su his o ia”, econoce sus p oyec os
y el “ abajo p ecioso” de Cab e a (ci . p. Jiménez 1987: 1002), quizás po que la poe isa
chilena e a una aman e de los alo es más e nog á icos de los pueblos. En alguna
ocasión llegó a exp esa que la li e a u a la inoame icana debía ol e se hacia
72
“Amé ica, en ez de u iliza ma e iales o áneos” (ci . p. Jiménez 1987: 1003). Además,
Gab iela Mis al ue quien alen ó a Lydia Cab e a pa a que publica a en español y en La
Habana Cuen os Neg os de Cuba (1940):
yo quie o que ú salgas po in con esa aducción de los Cuen os al español, es
una illanía queda se con ese lib o sólo en F ancés ¿oyes? El p ólogo mío que
c eo e o ecí es á segu o... No as a queda e a lo niña egalona sin publica
más lib o que ése, el abajo aísla del ho ible mundo que es amos i iendo y
sólo él sal a en semejan e in ie no de humo sin llama, abaja pues, que o a
cosa se á muy ea en i que no ienes cosas eas. (Mis al 1980: 17)
G acias a odo lo que se ha e ido sob e la igu a de Gab iela Mis al sabemos
que la ue za de su epis ola io posee un alo a ís ico incalculable, no sólo po las
ca as que man u o con Te esa de la Pa a y Lydia Cab e a, sino con o as celeb idades
amigas, pues las misi as que “ an pa a muy lejos” cons i uían, pa a ella, una “loca
azón, como son las azones de las muje es” (Mis al 1976: 808).
Fig. 17: “Gab iela (a la izqda.) con unas amigas en la playa”.
El apo e documen al que supone, po an o, la publicación de Ca as a Lydia,
(Hi ia 1988), así como el hallazgo de “Dos ca as inédi as de Gab iela Mis al a Lydia
Cab e a” (Jiménez 1987), dan mues a de la buena disposición en e la chilena y la
73
cubana. La segunda ya no pod ía ol ida nunca los ap eciables consejos li e a ios que le
die a Gab iela a a és de las ca as pe sonales53, con un ap ecio li e a io “de ini i o y
e ical” (ci . p. Jiménez 1987: 1002).
Si llegadas a es e pun o, de acue do con las apo aciones de Leila J. Rupp
(2006), nos plan eamos lo que ha ascendido, en gene al, sob e las amis ades
omán icas de muje es conocidas po su ayec o ia, lo que sabemos o no de los deseos
de a is as como Lydia Cab e a, Te esa de la Pa a, Gab iela Mis al, muje es que a
amaban a o as muje es, las espues as posibles no depende ían, únicamen e, de p uebas
al espec o, sino ambién de los signi icados o de las in e p e aciones y, en esos la es,
¿qué es ablece íamos con el apela i o de “ elación”?:
¿Los besos, los ab azos, los a umacos? ¿Y qué sucede con los ac os que
pa ecen cla amen e sexuales desde una pe spec i a con empo ánea occiden al
pe o que quizá no es án elacionados con el deseo e ó ico en o os con ex os?
Todas es as p egun as son di íciles de esponde . Lo que sí sabemos es que, a
pesa de odos los obs áculos, han sob e i ido algunos es imonios de muje es
que enían deseos hacia miemb os de su mismo sexo. (Rupp 2006: 232)
Es as amis ades omán icas, en el mismo plan eamien o de Rupp, a aje on an o
la a ención po que las muje es con inquie udes in elec uales dejaban a menudo
cons ancia es imonial de su mu uo a ec o en ca as y dia ios. En el caso de la
co espondencia publicada en e Lydia Cab e a y Te esa de la Pa a ¿es a íamos an e
mues as de deseo ísico?, ¿an e palab as u ina ias de amis ad?, ¿o a eces en e lo
p ime o, o as an e lo segundo y el es o de menciones, an e ambas?
Nues os in e ogan es en a ían en las lides de uno de los deba es undamen ales
en la his o ia de la sexualidad, si la esc i u a omán ica, apasionada, in ensa, a ec uosa
en e las esc i o as conlle a o no o a o ma de elaciones (“en endidas” como la
implicación de los geni ales y/o el deseo sexual y/o la pos e io g a i icación sexual).
¿Cómo man ene , en onces, el sec e o de la consumación en e las a is as? Con el único
53 Las Sie e ca as de Gab iela Mis al a Lydia Cab e a ue on edi adas y publicadas po la p opia Lydia
Cab e a en 1980.
74
p e ex o posible en es os casos: las aman es en a ían “a escondidas” en las habi aciones
as un dis az de p o unda e in ensa amis ad54.
Desde luego, pa e de lo que Te esa de la Pa a, Lydia Cab e a, Gab iela Mis al
se esc ibie on en e sí pa ecen decla aciones explíci as de deseo enmasca ado.
Vislumb a las idas de aquellas muje es, desde una pe spec i a emenina, es escucha a
las amigas que se elogian sus bellezas en e algodones po que se aman.
Aunque nues a in ención camina po o a senda de in es igación, poco podemos
igno a en el nue o milenio sob e los de echos a las libe ades, la iden idad elegida, las
p ác icas sexuales o la ce eza de una e imología ap opiada al espec o. Sin emba go,
como plan ea Robe Ald ich, la globalización sexual no ha bo ado las di e encias
exis en es aún en el mundo, y ampoco debe ía ocul a los cambios p oducidos po la
his o ia. Un en oque his ó ico “puede se i pa a e i aliza nues as ac i udes y
conduc as an o como nues a concepción de los alo es sexuales dominan es” y supe a
la p o unda igno ancia que sólo esconde un e e no “miedo humano” a lo que no se
conoce (Ald ich 2006: 13).
En el mismo sen ido, Ald ich ambién ecue da que desde iempos inmemo iales
los homb es han deseado y amado a o os homb es, y las muje es han deseado y amado
a o as muje es. La poe isa Sa o (siglo VI a.c.) exp esó los la idos de amo en e muje es
de una mane a an desbo dan e y emo i a que la isla donde nació, Lesbos, ha dado luga
al é mino lesbianismo. Igualmen e, y a pesa de la condena de la sodomía po pa e del
judaísmo,
las Esc i u as judías apo a on ejemplos de muje es in e esadas en muje es y de
homb es apasionados po sus compañe os como po ejemplo la is aeli a Noemí
54 La compa ación que es ablece Leyla J. Rupp con o os ipos de uen es que nos pe mi en, asimismo,
islumb a las idas de muje es cuyas oces no nos han podido llega de o ma di ec a, es
in e esan ísima. Po ejemplo, en el pequeño y pob e país de Leso o, encla ado en el Á ica aus al, donde
no iden i ican cie as p ác icas con la ca ego ía especí ica de sexuales ni de inen lo que hacen como sexo
po que en Leso o, pa a eso, se eque i ía de un pene. “Como en g an pa e del es o del mundo, se espe a
que las muje es se casen y engan hijos. Pe o las chicas de los in e nados se empa ejan, se besan, se o an
mu uamen e los cue pos, ienen a eces con ac o geni al y gua dan celosamen e sus elaciones. Las
muje es de más edad se saludan con la gos besos con lengua, se aca ician y p ac ican el ibadismo
( o amien o mu uo de las ul as) y el cunnilingus, odo lo cual se desc ibe como «que e se, queda se
jun as de o ma ag adable, aga a se», o «pasa un buen a o jun as», pe o no como sexo. Y no son
lesbianas” (Rupp 2006: 239).
75
y la muje de su hijo allecido Ru , o bien Da id, el pas o con e ido en
ma agigan es del que se hizo amigo Jona án, hijo del ey Saúl. […] En la India,
el poema épico Mahabha a a [esc i o p obablemen e hacia el año 200 a. C.]
desc ibía la amis ad que había en e K ishna y A juna como la ue za que les
condujo a la inmo alidad. Como señaló Osca Wide hace casi escien os años,
son ejemplos del “amo que no osa deci su nomb e”. (Ald ich 2006: 6)
En Eu opa, los años comp endidos en e 1870 y 1940, ep esen an un momen o
decisi o pa a la his o ia de la homosexualidad55, cuando cob a una impo ancia nue a
an o en la li e a u a como en la p ensa y se c ean, además, los p ime os mo imien os de
mili an es homosexuales ( eco demos que es á echada en el año 1870
ap oximadamen e, po un médico húnga o). Los en o nos de Ma cel P ous y Radcly e
Hall en un Lond es no an emilgado, o el Be lín píca o de los p ime os mo imien os de
emancipación sexual y el “holocaus o” gay, así como el Pa ís pédé, o muchos
emig an es, independien emen e de si e an in elec uales como Lydia Cab e a o no,
busca on e ugio en la capi al ancesa.
Los homb es y muje es homosexuales “podían elaciona se con ela i a libe ad”
en los ba ios pa isinos de Mon ma e y Pigalle y Mon pa nasse “aunque”, como
sugie e Flo ence Tamagne, an e es os p ime os mo imien os ac i os de ambien e gay y
55 Tal y como ecoge Gays y lesbianas. Vida y cul u a. Un legado uni e sal (Ald ich 2006), el deba e
sob e la homosexualidad, su causa y, pa a muchos, su posible cu a, p opo cionó g an ema de di ulgación
a la ciencia eme gen e de la sexología, g acias a las publicaciones de Ka l Hein ich Ul ichs (1825-1895),
pione o del mo imien o LGBT, Magnus Hi sch eld (1868-1895), econocido médico sexólogo judío-
alemán, A. Amb oise Ta dieu (1812-1879), médico o ense ancés y expe o en medicina legal, hijo del
a is a y amoso ca óg a o Amb oise Ta dieu, o el pad e del Psicoanálisis, el neu ólogo Sigmund F eud
(1856-1939). A las p opues as e in es igaciones de es os con empo áneos de Lydia Cab e a se suma on
las de odas las eo ías basadas y sos enidas en p uebas cien í icas i e u ables, además de las eo ías de
los mismos homosexuales, como el esc i o b i ánico Edwa d Ca pen e (1844-1929), ideólogo del
Roman icismo socialis a a dío y pione o en el ac i ismo LGBT. Los nue os plan eamien os pusie on de
elie e la ida homosexual en la sociedad occiden al de los siglos XIX al XX, p opiciada po las jus as
ei indicaciones pa a e o ma la ley de de echos y, ambién, po los escándalos, en pa icula , los juicios
de Osca Wilde en 1895. Una época en la que apa ece po p ime a ez el neologismo g ecola ino
homosexualidad, la denominación más ampliamen e ecogida pa a e e i la elección sexual en e
pe sonas del mismo sexo, es á echada en la década de 1860 po un médico húnga o. La “e ique a” de
homosexual no ue acep ada uni e salmen e y apa ecie on denominaciones al e na i as como in e idos,
u nings y u anianos. Desde esa época, de hecho, cada idioma apo ó su a go en endiendo,
p incipalmen e, como pe sona homosexual a la denominación pa a el homb e, no se incluía a las muje es
lesbianas. Así, un homb e homosexual e a un pédé en ancés, un Schwul en alemán, un ocio en i aliano
y un ma icón en español, “en cuan o a las lesbianas, se habló de ibadismo. O ambién de e ce sexo o
sexo débil, dejando a los homb es homosexuales aislados como un géne o dis in o al de homb es y
muje es” (Ald ich 2006: 11).
82
Lydia Cab e a decide pasa una empo ada en casa de su mad ina, Ma ía Te esa
Ga cía de Lomas y Na a e e, seño a de Rojas, pa a ella “una segunda mad e” (ci . p.
Hi ia 1978: 160), la ma ia ca de una an igua amilia habane a, aunque el e dade o
ma iz es que a esa acaudalada amilia pe enece ambién Ma ía Te esa de Rojas, hija y
he ede a.
La esc i o a no a da en pe cibi la melancólica uina del pasado cubano y se
con ie e en su especial de enso a jun o a Ma ía Te esa de Rojas, Ti ina, así la llamaban
sus ín imos. Una elegan e dama esuel a, emp endedo a, muy cul a, aman e de las a es
y apasionada de los es udios his ó icos, paleóg a a céleb e, a ella se le debe la p ime a
es au ación au én ica del Palacio Ped oso, po den o y po ue a así como su eno me
achada.
Igualmen e pudo de ol e le la magni icencia a la iglesia de San a Ma ía del
Rosa io, conocida en La Habana como la Ca ed al de los campos, una de las iglesias
a o i as del pueblo cubano, según Espe anza Figue oa, “es e delicado abajo cos ó
menos de ein a mil dóla es” (1983: 9).
Ya hemos sub ayado que ue Ti ina quien impulsó el p oyec o de la habili ación
de la casona de la Quin a San José, una an igua p opiedad de su amilia, que había
he edado, y que es aba muy bien si uada en La Habana, en las p oximidades del ba io
de Pogolo i, en Ma ianao. Jun as, Ti ina y Lydia, le de ol ie on odo el esplendo
his ó ico de la casona colonial dándole la apa iencia de un museo abie o al mundo y, a
la ez, habi able, que si ió de hoga pa a las dos an es del o zado exilio.
La Quin a de San José no sólo se con i ió en un luga de ábula pa a cie os
cí culos de la in elec ualidad; en aquel po al de a qui ec u a neoclásica ecibían a un
José Lezama Lima, a la esc i o a Ma ía Zamb ano, al amigo pin o Wi edo Lam, lo
mismo que a babalawos de enomb e. Los in o man es pa a los abajos de campo de
Lydia, p o enien es de las más humildes casas ma ianenses, coincidían a eces con el
ma chan e de a e Pie e Loeb o con la millona ia mecenas Jose ina Ta a a. Las palab as
ele adas de Lezama Lima enían a ea i ma la epu ación del que ue el g an p oyec o
pa imonial de Lydia Cab e a y Te esa de Rojas:
83
Tene una casa es ene un es ilo pa a comba i al iempo. Comba i al iempo
solo se log a si a un esencial sen ido de la adición se une la c eación que
oda ía man iene su espi al, que no ha dejado aún de anscu i . El que iene
una casa iene que se bienquis o, pues la casa p oduce siemp e la aleg ía de que
es la casa de odos. (Lezama 1958: 309).
Fig. 19: “Lydia Cab e a (de echa), Ti ina (cen o) en San José” (1950-1959).
Con el apoyo incondicional de Ti ina, Cab e a pudo elabo a buena pa e de su ob a
an opológica más abundan e, El Mon e (1954), Re anes de neg os iejos (1955),
Anagó (1957), La sociedad sec e a abakuá (1958) y allí pasan ein e años que son
ambién los de su mayo p i acidad en Cuba, donde lidia el iempo “y los mons uos”,
que Mabel Cues a desc ibe como “homo obia cul u al e in e nalizada, suspicacias en
o no a su elación, desmanes de la República epe idos has a hace an poco” (2015: 17).
Dos décadas que les pe mi i án consuma deseos p opios e in elec uales en pa eja y
desa olla una labo e nog á ica conjun a muy ecunda po la Cuba más guaji a,
compilando cán icos, ob as de a e, iden i icando in o man es, es ableciendo,
84
una ez más, edes de amigas que esul a án an indispensables a la ob a de
Cab e a —en an o que sos enedo as inancie as y emocionales— como sus
p opias aman es. (Cues a 2015: 17)
José Qui oga (1999) p opone, al espec o, que es a en ega an opológica de
Lydia Cab e a y la a ea que emp endió después pa a di undi la con su esc i u a, ue el
modo al e no de con a la o a iden idad, “su mane a p opia de e asión” y “su mejo
modo” de exp esa “el deseo lésbico que la acoge”, pues
escapa se, e adi se son mé odos iguales pa a plasma las expe iencias y no
necesa iamen e pa a nega las. No implican acasos en la decla ación sino que
es ablece modos al e nos de deci lo [e asion, a oidance a e all modes o p axis
and no necessa ily o ms o denial. They do no imply ailu es o u e ance bu
a he pa icula ways o saying i ]. (Qui oga 1999: 80-81)
Fig. 20: “Ma ía Te esa de Rojas y Lydia Cab e a (1970-1979)”.
Con Ti ina se en aíza esa al e idad de Lydia Cab e a que pudo se le a eba ada
en las elaciones an e io es, al menos log a solidi ica una ida se ena que le
acompaña á has a el inal de su camino odeándose de con enien es cómplices de su
o edad y su ida e nog á ica, como Jose ina Ta a a, Amalia Baca dí, Isabel Cas ellanos:
85
una ed de so es que asegu an que su pensamien o an opológico y sus deseos
p ohibidos puedan se dichos de mane a cen al a a és de in e secciones en
donde consigue da oz a sabe es ma ginales an p osc i os como la cul u a de
he encia a icana en Cuba y el deseo homoe ó ico emenino. (Cues a 2015: 18)
Muje es ce canas que las sus en a án du an e décadas y que, de algún modo,
esponden a es a lógica de “deseo lésbico” ocul ado capaz de mani es a una iden idad a
a és de los p oyec os an opológicos. La igu a de Jose ina Ta a a, la amiga de
siemp e, es undamen al en las labo es de campo, “amable y en usias a, muje llena de
i udes” (Bolí a y Del Río 2000: 33), an i iona en las in es igaciones y o óg a a en
algunas, in oduc o a, mediane a con los in o man es, su en ega se encuen a plasmada
en ob as an ele an es de Cab e a como La Laguna Sag ada de San Joaquín (1973), o
las g abaciones pa a los discos Canciones de ba á, bembé y palo, Ri mos y canciones
pa a los O ishas y Música sac a a o-cubana de los campos (2001 [1957])60, que se
publica on en Es ados Unidos y cuyos de echos Ta a a cedió ín eg amen e
en un ges o que además de simpli ica emas bu oc á icos mues a una ez más
g an con ianza y u gencia de encon a medios de ida en e las es echeces
económicas que su en la an opóloga y su compañe a en Miami. (Cues a 2015:
21)
Jose ina Ta a a con inuó el con ac o con Lydia Cab e a y Ma ía Te esa de Rojas en
Miami-Mad id-Miami, ambién desde su exilio en Elba, Roma, o Suiza, y en las ca as
las llama á “Cab as” o “Cab i as” (Hi ia 1980). Si iajamos a la época de las
g abaciones de 1956, en La laguna sag ada de San Joaquín, Lydia Cab e a de alla
p ecisamen e ese apoyo o al que ecibió de la amilia Ta a a ag adeciendo, en conc e o,
a:
60 En la cubie a de los es discos, edi ados en el exilio, se puede lee : ‘ om he his o ic eco dings o
Lydia Cab e a and Jose inaTa a a’ [de las his ó icas g abaciones de Lydia Cab e a y Jose ina Ta a a]
(Cab e a y Ta a a 2001).
86
la S a. Jose ina Ta a a, a cuya esone a y gene osa colabo ación se debe es a
g abación, ins alase en e ellos su Ampex 600, mien as en onaban sus can os y
ba ían sus ambo es al ai e lib e. Al igual que las cáma as o og á icas, es as
o as máquinas b ujas, que ecogen odos los sonidos de la ie a y la oz
humana que queda en ellas ence ada. (Bolí a y Del Río 2000: 33)
La complicidad se ía mu ua en e más que amigas “en endidas”, cuyo cí culo se
ab e ambién a la ilóso a andaluza Ma ía Zamb ano, p ecu so a de los pensamien os
eminis as de la in elec ualidad eu opea, “cuya in luencia es sólo compa able a la de
Simone de Beau oi , Hananh A end y Simone Weil” (Cáma a 2010: 38), quien llega ía
exiliada a La Habana en 1936 y esa misma noche conoce ía a un jo en poe a José
Lezama Lima en la Bodegui a del Medio (A cos 2007: 13). Toda una p emonición.
El exilio de la discípula de O ega en Cuba es ablece ínculos in elec uales
indudables además de con Lezama, con Vi ie , Fina Ga cía Ma uz, Eliseo Diego,
Vi gilio Piñe a, Fe nando O iz, José Ma ía Chacón y Cal o, pe o ambién con Lydia
Cab e a, Ma ía Te esa de Rojas y con la p opia Jose ina Ta a a. Las eces que eside en
La Habana, en el pe íodo de 1949 a 1953, Ma ía Zamb ano y Jose ina —Fi í— Ta a a se
ecuen a án y es e ínculo le lle a ambién a es echa lazos en o no a las esiden es
amigas de la Quin a San José. En alguna ocasión Lydia Cab e a la lle a á a conoce el
mundo espi i ual de los a ocubanos, donde “le dije on que pe enecía a Oba alá, el dios
mediado , a mónico y de la cabeza” (A cos 2007: 52).
Los conni encias a ias se án de uel as a modo de palab as y Ma ía Zamb ano
dedica á, en e o os, el a ículo “Lydia Cab e a, poe a de la me amo osis” (1950),
publicado en O ígenes y mo i ado po la publicación de Lydia Cab e a ¿Po qué?
Cuen os neg os de Cuba (1948), o “El es ilo en Cuba: la quin a de San José” (1952),
que publicó en las páginas de Bohemia esal ando la impo ancia pa imonial de la
Quin a habane a:
No es ob a del aza ; unas manos que saben y sien en la han ido lle ando hacia
su pe ección. Y al e la se dice: “Así debió de se exac amen e, ella y la ida
en Cuba”. La imagen coincide con la nos algia que la p ecedie a; es la
87
ealización de lo que se espe aba po quienes llega on a la Isla habiéndola
soñado. (Zamb ano 1952: 39)
Palab as que ambién en ega á a Jose ina Ta a a en la co espondencia que pe i e
en e ellas, como el siguien e agmen o que le di ige en ma zo de 1951, desplazada
empo almen e a Pa ís:
pa e de mi ida y de mi co azón es án unidos a Amé ica y conc e amen e a un
país más que a ningún o o que se llama Cuba. La idea de que yo me despida de
ella de ini i amen e me es insopo able y aunque u ie a millones, no lo ha ía,
no pod ía enuncia a ol e a ella, incluso a enseña , sí, a enseña a esas gen es
que me han oído con lo mejo de su alma […] que me han o ecido lo mejo y
que han hecho su gi lo mejo que yo enía pa a o ecé selo […] es oy ligada a
él y no quie o co a esa ligadu a; pe enece a lo más bello de mi ida, a pesa
de que haya aído su imien o. Nos duele lo que que emos y lo que o ma pa e
de nues a ida. (ci . p. A cos 2007: 48)
Es os años cubanos de mayo in imidad en e Ti ina y Lydia Cab e a, ambién lo se án
pa a sen i a las o as con iden es. Las o os que se conse an mues an a Ti ina
peinando a Lydia o dis azadas pa a ecibi a amigas como Ma ía Zamb ano (Cues a
2015: 17).
Fig. 21: “De izquie da a de echa: Ma ía Zamb ano,
Lydia Cab e a, Julia Ga cía Lomas and Ma ía Te esa de Rojas”.
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Los p e ex os a lo la go de la madu ez, la in e ac uación cons an e en e
iden idades pe i é icas solida ias incluye o os pe iles den o y ue a de Cuba, los que
insinúan una leal ad muy cabal. Amalia Baca dí ue la g an amiga de la in ancia que
Lydia Cab e a ecupe ó en el exilio, alguien que pudo apoya la económicamen e, a ella
y a Ti ina, in en ando p e ex os muy he e osexuales pa a consolida el sus en o
inancie o incondicional, como aquella ocasión que Lydia Cab e a econoce en que se
decidió mucho más que la eedición de El Mon e:
Pasé mucho iempo sin esc ibi […] Un día, una amiga de la ju en ud, a la que
ol ió a uni me el exilio y la labo de in o mación que un g upo de cubanos
hacíamos en colabo ación, se le ocu ió que eedi a a El Mon e. Fue el año
1967. –No engo dine o, le espondí. ¡Yo e lo p es o!–. El lib o cub ió gas os,
pe o mi amiga se negó a acep a que lo pagase. Me hizo bien, pues ol í a
abaja … Es a buena amiga, “que no se consuela de se una des e ada”, según
me con iesa desde Mad id en su úl ima ca a, es Amalia Baca dí, hija del
esc i o cubano Don Emilio Baca dí. (Hi ia 1978: 96)
La si uación de la pa eja e a p eca ia. Habían salido de Cuba en 1960 sin mucho más
que la ince idumb e. Según documen a Mabel Cues a, ni Lydia ni Ti ina acep a on en el
exilio la idea de pedi le ayuda económica al gobie no ame icano,
A güían que no habían abajado en es e país y que, po an o, no habían
co izado, y en consecuencia nada les co espondía. Es en es e ma co de ele ada
ca adu a mo al que la p esencia de las amigas y colabo ado as cob a una
signi icación ha o mayo en an o que ecu so de supe i encia y, a la ez,
esul a ácil in ui cuán o con lic o in e io debió supone el acep a
pasi amen e el apoyo que Baca dí o Ta a a les b inda an. (Cues a 2015: 19)
Menos aún la posibilidad de gana dine o a cos a de la san e ía ap endida y
documen ada, pues se san e o e a algo que, pa a Lydia Cab e a se había con e ido
“lamen ablemen e” en “un come cio”, al y como llega a explica en más de una
89
con e sación y en e is a que en seguida de allamos:
Sé que hay muchos san e os en Miami, pe o me emo que eso se uel a un
come cio. Yo hubie a podido gana mucho dine o aquí. Po que me demandaban
las consul as po elé ono. “Quie o que me dé una consul a, que le pago lo que
us ed me pida”. Pe o dije: “No puedo, no es oy iniciada”. Yo no enía ca a pa a
oma le el pelo a nadie. (Hasson 1988: 96-97)
Respe o p o undamen e odas las eligiones y al que since amen e c ee. Sé que
mucha gen e piensa que soy Iyalocha (san e a), pe o no es oy iniciada en la
“Regla lucumí”; me piden “consul as” y no me c een cuando les digo que no
puedo complace los po que, como se dice “no he hecho San o” –no, no es oy
iniciada. Si pudiese engaña a la gen e me hubie a en iquecido dando consul as.
(ci . p. Hi ia 1978: 173)
Con Amalia Baca dí hubo, po an o, o o ipo de colabo aciones con que
gana se el sus en o, o a se ie de pedidos donde la p opia Baca dí les solici aba que se
desplaza an a Mad id, pues “que ía eedi a las ob as de su pad e, Don Emilio, y uimos
a ocupa nos de la imp esión y co ección” (ci . p. Hi ia 1978: 97). G acias a es a
in i ación “esc ibí en España Yemayá y Ochún, empezada en Miami, y La laguna
sag ada de San Joaquín” (97). Esos apoyos y p o ecciones desde la amis ad
he e osexual de Baca dí les do a de cie a independencia y supe i encia económica,
como explica ambién Mabel Cues a, lo que pe mi i á “jus amen e desde su
he e osexualidad de endencia no ma i a”, no ce a las pue as a la amiga de la amiga,
po el con a io, “incluye a Ti ina en los p oyec os in elec uales” de Cab e a pa a pode
compensa la a cambio. (Cues a 2015: 19-20)
Amalia Baca dí y esas amis ades que jamás azan o ozan la homo obia hacia
ellas, sino una he mandad cómplice e ín eg a, como ambién o ecie on Eugenio Flo i o
Isabel Cas ellanos61, hacen del p opio exilio den o del exilio una es ancia cálida,
61 Como ambién nos ha alumb ado Mabel Cues a en su a ículo, solamen e hemos des acado aquellas
elaciones y apoyos que se es ablecen en e algunas de las muje es de e minan es en la ayec o ia de
Cab e a po la dimensión biog á ica que nos apo an, “pe o muy la ga es la lis a de amigas que apoyan a
90
a mónica, pa a Cues a,
hacen del luga un si io menos es á ico, acaso acogedo en la belleza de los
sua es desplazamien os de angos o a enas que pe manecen in ac os una ez
que el cemen o es exca ado, desapa ecido. (Cues a 2015: 20)
La igu a de Lydia Cab e a se ab e, inalmen e, a la conciencia pe i é ica y a la pleni ud.
El “cemen o” ya no de Miami, sino de los “o os” exilios, queda á diluido as un pac o
implíci o en e damas, una alianza que sólo econocen ellas.
–Como muje , ¿se sien e sa is echa con su ida? –Si el mismo C eado me
p egun a a ¿quie es ol e a i i u ida? Le con es a ía: –¡Sí Seño , de cabo a
abo!, y le da ía las g acias po odos los años que i í, has a po los malos.
Sa is echa no es la palab a: Ag adecida. La ida me a ó muy bien, quizá
demasiado, pe o es posible que lo que pa a mí ep esen a la elicidad —la
ela i a elicidad a la que podemos aspi a —, no lo sea pa a o os. Nunca ui
ambiciosa, ni pedí pe as a un olmo. Po lo i ido y po odo, has a po la
expe iencia de habe lo pe dido odo —menos el humo —, le doy g acias a Dios.
(ci . p. Hi ia 1978: 179)
Cab e a y Rojas du an e sus años de exilio de los más di e sos modos. Des acando en e ellas Isabel
Cas ellanos, quien la cuida a has a su mue e y que es hoy su albacea” (Cues a 2015: 23).
91
3. LYDIA CABRERA
EN LA LITERATURA
Fig. 22: “Le Somb e Malembo, Dieu du ca e ou ”, Wi edo Lam.
98
manos de Ma cel Duchamp (1887-1968), queda á ambigua, con bigo e y pe illa a lápiz.
La oleada de ascismos empieza a aga se a oda Eu opa y en es e con ex o, el
ambien e pa isino y los su ealis as de la década de 1930 no deja án de e leja el ho o
de unas gue as que ya se p esien en y que se desa a ían en España, con la Gue a Ci il
de 1936, y en el mundo con la II Gue a Mundial de 1939. El a e se llena de
e ichismos, de un cul o al absu do que a ae á lo mismo que indigna á. Sal ado Dalí
es buen exponen e de un pano ama he ede o de las eo ías psicoanalis as de F eud, de
los mani ies os de And é B e on, pe o, a la ez, de un a e que i ía su p opia
e olución con las manos, con los co azones y con las men es de aquellos hijos de la
eu ó ica y a i icial Belle Époque: los a is as que p o agoniza on la eclosión de las
angua dias (P eckle 2009: 244).
Al igual que Dalí, Lydia Cab e a ue uno de los espí i us de la mode nidad
cie amen e anaco e as, con sus pe eg inajes, sus medi aciones sob e la ida y las gen es
a ocubanas, a pesa de se he ede a de esa clase cul a cubana que p o agonizó los
cambios cul u ales de la época y que se alimen aba de los ideales de la Re olución usa,
la Re olución mexicana, las e o mas del mo imien o a gen ino de la Uni e sidad de
Có doba, con José Ma í a la cabeza (So o 1987: 27).
Po sue e, pa a ace ca nos a los con ex os de sus p ime os Cuen os neg os, an
o iginales, no se p ecisa án ni “ex a agancias analí icas” ni demasiadas “e ique as”,
man eniendo la acla ación que ambién hicie a Espe anza Figue oa, bas a á con eco da
que “la labo lydiana” de es a hija de su iempo, la a ea que emp ende á como
ecupe ado a de los mi os cubanos, que habían quedado agmen ados as la
colonización y el mes izaje (indios/ neg os/ blancos), se á “lidia con la e dad ín ima
del pueblo” (1983: 11).
99
3.2. La mode nidad de Lydia Cab e a.
‘Once upon a ime, he e was a king who had one only daugh e .
The king said: –any man who can gi e me
a s o y wi hou an end can ma y he p incess’62.
A o-ame ican Folk ale
“La ji a a dijo:
–Seño , mi deseo es ene sabidu ía.
.–Bien dicho, a pa i de aho a no habla ás,
pues los cha la anes son unos necios.
En cambio, los sabios callan...
Po eso la ji a a lo e y lo oye odo,
pe o nunca emi e sonido”.
Fábula T adicional a icana
“Todo lo esc i o en ellos e a i epe ible
desde siemp e y pa a siemp e
po que las es i pes condenadas a cien años de soledad
no enían una segunda opo unidad sob e la ie a”.
Gab iel Ga cía Má quez
Mucho segui á debiéndole la Li e a u a al e e no Ce an es po habe an icipado
la mode nidad, no sólo en El Quijo e, sino ambién en las No elas Ejempla es63. La
c í ica ya se ha enca gado ampliamen e de esboza ese modo único con el que el
“P íncipe del Ingenio” ba ajaba el a e de la concen ación y el a e de la suges ión en
sus ob as (ci . p. Rosales 1969: 10). Fo mulándolo de o o modo, Ce an es no buscaba
62 Cuen o adicional A oame icano: “É ase una ez exis ió un ey que enía una hija única. (Un día)
Dijo el ey: –cualquie homb e que sea capaz de o ece me una his o ia sin inal pod á casa se con la
p incesa”. T aducción p opia, “Cuen o adicional A oame icano” de A ican Ame ican Folk ales (1985).
63 “Cuando se dice, y se epi e, que Ce an es es el c eado de la no ela mode na, odos pensamos,
juzgando sob e segu o, que ha ganado es e í ulo esc ibiendo el Quijo e [...] Mas no es o égano odo el
mon e [...] La c í ica se quijo iza ambién un poco al oca es e pun o y, así, esc ibe P óspe o Me imée que
el es ilo de las No elas Ejempla es es supe io al de la p ime a pa e del Quijo e [...] Pa a zanja el plei o
con iene que busquemos un á bi o impa cial; la mejo opinión es la del público, pues la e dad suele
hace se en e odos, y es que las No elas Ejempla es u ie on en España, du an e el siglo XVII, mayo
acep ación aún que la inmo al no ela ce an ina” (Rosales 1969: 9).
100
que los sucesos ue an eales o ejempla es, al elegi sus amas, sino más bien que
u ie an un ca ác e insóli o y so p enden e (Rosales 1969: 11). Las páginas ce an inas
es án plagadas de hechos que pa ecen e osímiles. ¿Cómo en ende , en onces, el
episodio de las b ujas Camacha, Mon iela y Cañiza es, en El Coloquio de los Pe os,
los dos humanizados pe os hablado es, Cipión y Be ganza, “los pe os de Mahudes”,
de aquel “limosne o del Hospi al de la Resu ección”? (Ce an es 1969: 145). Sólo
desde la usión de p o ecías y sucesos abulosos con de alles ealis as que acaban po
pa ece no sólo e osímiles, sino posibles.
En ada la mode nidad, los mic o ela os, en endidos desde el signi icado y el
alo que ha des elado Pé ez Galdós, “ ep esen an el p ime albo de la g an no ela”
donde el c eado o c eado a puede ap opia se de sus ca ac e ís icas “pa a o ma un
cue po mul i o me y a io, pe o comple o, o ganizado y uno, como la misma sociedad
(Galdós 1870).64
El mic o ela o, pues, como o ma de c eación li e a ia que pe mi e, igual que a
don Beni o, “mi a de ce ca las es ellas”, sumado a esa a acción casi poé ica que
susci a la in ensidad de la b e e es uc u a na a i a que iene y, si lo ade ezamos,
además, con el ing edien e eso é ico y sob ena u al, an an iguo como la misma
Li e a u a, con o ma una miscelánea desbo dan e que u o una p o usión insospechada
en e los esc i o es de la edad con empo ánea (comenzando sus ecos desde inales del
siglo XVIII).
Ya adelan aba Rica do Gullón, cuando a ó de explica la as a co ien e
eso é ica que in luyó en los a is as del mode nismo li e a io hispánico en “El
eso e ismo mode nis a” (1979), que las doc inas ap eciadas p ocedían de las eligiones
o ien ales y las hindúes, del pi ago ismo y los ex os gnós icos, de la Cábala heb ea y de
la eoso ía. Una a acción al mis e io “con i mable en” esc i o es “nos álgicos del
pasado” comple amen e seducidos po las sociedades sec e as e iniciados en algunas de
ellas, quienes, según Gullón, sus i uye on “po o as di inidades, el Dios cuya mue e
había p oclamado Nie zsche con an en á ica ene gía” (1979: 69).
La emá ica sob ena u al es aba ahí, sólo había que e oma la de la p ime a
64 Beni o Pé ez Galdós, “Obse aciones sob e la no ela con empo ánea en España”, en Re is a de
España, Mad id, 1870.
101
sociedad espi i is a que el his o iado Méndez Beja ano (1857-1931) si uó en el
mismísimo Cádiz, en el año 1855 (Méndez 1929: 515), aunque la e ien e an ás ica
del cuen o li e a io de inales del siglo XIX y p incipios del XX, en España, oma á su
inspi ación de uen es complemen a ias. Po un lado, la co ien e adicional que sigue
eco iendo la li e a u a española (Ros de Olano, Zo illa, Ala cón, Vale a), po o o, las
endencias eu opeas de la adición omán ica o neo omán ica de la escuela gó ica, con
sus ambien aciones e o í icas y mis e iosas (los ecos de Walpole y Ho mann,
con inua án en Esp onceda o Bécque ) y, en igual g ado de in luencia, las pode osas
na aciones de Poe, donde lo sob ena u al cob a dimensiones ealis as p opias del ol a o
de un de ec i e y “la p ecisión de un ma emá ico” (Izquie do 1994: 18), in luencias,
és as, que des aca án, sob e odo, con An onio de Ala cón y Emilia Pa do Bazán.
Si Lydia Cab e a espi ó el inicio de la República cubana de Tomás Es ada
Palma, en 1902, se o mó en el Pa ís de en egue as, i ió la España de 1936 y su ió
la diáspo a del exilio cubano as la Re olución de Fidel Cas o, en 1959, po qué iba a
escapa de las icas in luencias de la época. La esc i o a ue ho ma singula de su
iempo y deudo a de una “mad e pa ia” li e a ia que apa ecía palpi ando en e el
apogeo de su “edad de pla a”65 y las Gene aciones del 98, del 14 y del 27, además del
Mode nismo.
T as el p eceden e de la u opía espi i is a de Manuel Co chado con His o ia de
Ul a umba (1872) abunda on o as páginas ca gadas de an asías eso é icas que no
a da ían en esc ibi Edua do Holmbe g o Valle-Inclán, p eocupados más po la belleza
es é ica que po alo a la legi imidad de las uen es inco po adas. Según a ala Gullón,
la simbología a caica les p opo cionó múl iples “es ímulos pa a la an asía”, unas
posibilidades de eno ación de ideas “nebulosas”, que lejos de se un obs áculo, “e an
un alicien e” den o de sus ob as (1979: 70).
De un modo u o o, los mode nis as incu siona on en el mis e io y lo eso é ico
aspi ando a ecupe a la ascendencia li e a ia. El Rubén Da ío más abulado , como
65 Un pe íodo que el in es igado Juan Ignacio Fe e as ha conside ado “ iel e lejo” de la sociedad
nue a que despe ó as La Glo iosa, la e olución bu guesa del 68 ( eco demos que el p opio Raimundo
Cab e a, pad e de Lydia pe eneció a esa Gene ación). Al espec o, en un b e e agmen o de “La
Gene ación de 1868”, Fe e as añade que “en once años escasos nos encon amos con la apa ición de
no elis as como Pé ez Galdós, Vale a, Pe eda, Ala cón, Pa do Bazán y Palacio Valdés; inmedia amen e a
con inuación apa ece án las ob as de O ega Munilla, Oc a io Picón, Cla ín, pad e Coloma, Ma éu, López
Bago y o os” (1973: 418).
102
apun á amos en los p elimina es de nues o es udio, aquel que ya en 1893 sumaba
“esc i os que los ne iosos no deben lee nunca de noche” (1982 [1976]: 107), hizo
des ila po sus páginas un mundo de espí i us, he mé icos o ígenes, maha mas,
aqui es, gu ús, salomones neg os de “inaudi o azabache”66, cons i uyendo lo que José
Oli io Jiménez desc ibe como un au én ica “enciclopedia pa cial de lo ocul o” (Jiménez
1982 [1976]:19). En algún luga de El mundo de los sueños (1911-1913), Da ío llega a
anuncia que “el espi i ismo es á llamado a p es a a la Humanidad se icios
conside ables” y “nos pe mi i á p oba cien í icamen e la e elación y el milag o”
(1922: 22).
Igual que an os espí i us inquie os de aquellos años, Rubén Da ío aspi aba a
uni el milag o de la ciencia y el milag o eligioso y como expone en esa colección de
ensayos, no log a á la conquis a de lo Absolu o, “pe o lo Absolu o se ace ca á an o que
se deja á di isa ” y “quizá enga a la humanidad el desa ollo comple o de un nue o
sen ido” su giendo “un Colón del más allá” (ci . p. Jiménez 1982 [1976]: 18).
En el mismo “P ólogo” a Cuen os Fan ás icos de Da ío (1982 [1976]), Oli io
Jiménez apun a que la necesidad exp esa de los esc i o es po supe a el “ asnochado
colonialismo espi i ual de la Amé ica hispana del XIX” acili ó la endencia a concebi
una ealidad li e a ia capaz de coexis i con sueños, isiones noc u nas, ocul ismos,
ex años mis icismos. Una suge en e exigencia li e a ia que, sin duda, nos pe mi e si ua
y amplia la uen e cuen ís ica de Lydia Cab e a hacia múl iples o illas, en oncando con
las a mós e as mís icas de odos los modelos: Rudya d Kipling, Edga A. Poe, Wilde,
Baudelai e, Lezama, Bo ges.
Pe o, an es que busca esas esonancias, únicamen e, en los p ecu so es del
Mode nismo (Ma í, Casal, Gu ié ez Náje a y Sil a), ein en a la es é ica de Rubén
Da ío o An onio Machado en “demanda de la Belleza o de la Ve dad” (Díaz-Plaja 1979:
59), y se eco de Guillén, Ca pen ie , Lezama, Lydia Cab e a pa ece encon a su
e dade o manan ial iniciá ico en la b e edad del cuen o sob ena u al yo uba. El elixi
de lo eso é ico ha á sona sus ambo es a oame icanos en Cuen os Neg os de Cuba y
los ela os ap ende án a danza ce canos a los espacios de Cuen os de la Sel a (1918) o
de Anaconda (1921), ambos de Ho acio Qui oga, en los que cob an ida in ensa íos,
66 El cuen o “El Salomón Neg o” de Ruben Da ío ue publicado en El Sol (Buenos Ai es), 1899 (1982
[1976]: 57).
103
animales del bosque y á boles sacados de las p opias expe iencias exó icas que el
u uguayo i ie a en las sel as del Chaco y de Misiones.
Cubanos y no cubanos, es os esc i o es excepcionales ep esen an la
con empo aneidad67 de Lydia Cab e a. Con ellos compa ió, en algunos casos, e ulias
asiduas y cu iosidades es é icas. También cuen os ¡y so ilegios!, pues odos
p oyec a on “lo especí ico de la magia” en el sen ido de comunión o al que in e p e a a
Oc a io Paz:
concebi al uni e so como un odo en el que las pa es es án unidas po una
co ien e de sec e a simpa ía. El odo es á animado y cada pa e es á en
comunicación i ien e con es e odo [...] De ahí que el obje o mágico se cub a o
se desnude an e nues os ojos, o eciéndose como lo nunca is o y lo ya is o.
(1983 [1974]: 49)
Lydia Cab e a gus a de la na u aleza que na an esos au o es y despie a en ella
la necesidad de explo a las suge en es maniguas cubanas, las más an iguas posibles, las
más neg as y sob ena u ales, llega al umb al de un a e mágico semb ado de dis in as
co ien es, mode nas como cen ena ias o milena ias.
Aún nos so p ende en a con esme o en alguna His o ia de la Li e a u a y
encon a su nomb e de esc i o a únicamen e empa ejado al de los más impo an es
ensayis as cubanos con empo áneos de la isla68. No exis e mención alguna de Lydia
Cab e a como na ado a, menos aún que sea ca alogada den o de la na a i a de
icción, de la cuen ís ica an ás ica cubana, donde esul a ep esen a i a. ¡No se á
po que c onológicamen e queda a lejos de los o os!
67 Schopenhaue , De Quincey, S e enson, Mau hne , Shaw, Ches e on, León Bloy, au o es que se eleen
en la época y que inspi aban el espí i u de es os dandies de inales del siglo XIX y p incipios del XX,
absolu amen e egocijados en bebe la in elec ualidad de odas las uen es posibles, en odos los idiomas
posibles, de odas las épocas posibles.
68 Es e es el caso de Giuseppe Bellini: “En e los mejo es ensayis as con empo áneos ambién me ece
des aca se a Fe nando O iz (1881-1969), sociólogo e his o iado , in es igado agudo de las cul u as
a icanas, au o de undamen ales es udios como Los neg os B ujos (1905), Los neg os escla os (1916)
[...]; su excepcional conocimien o del olklo e y la mís ica neg os le ha pe mi ido da nos ex os
insus i uibles. Con O iz ci a emos ambién a Lydia Cab e a, igualmen e aliosa in é p e e del olklo e
a ocubano” (Bellini 1990: 680-681).
104
La p ime a ob a cuen ís ica de Lydia Cab e a es, a nues o juicio, la que mejo
plasma el e eno on e izo de lo sob ena u al, sin concesiones a “ éplicas”. La cubana
si úa su singula p osa p imigenia en una ama de “neg i ud” alejada de aquellos
con empo áneos. Nos a en u a íamos a a i ma que en Cuen os Neg os de Cuba lo ece
una aleación de “Neg ismo mode nis a”, pues la ob a inco po a ambas in luencias, el
gus o mode nis a eso é ico ya apun ado y la emá ica de up u a angua dis a
conc e ada en la exal ación de un ibalismo neg o. Algo que se pe cibe en an as
génesis cosmogónicas que se cuelan en las páginas de la ob a, como la del ela o “Los
mudos”:
La p ime a noche, la luna apa eció como un pelo. Luego, como el ilo de una
hoz anspa en e; luego, como una ajada de melón de Cas illa cho eando su
almíba ; luego... como la ueda de un molino; y al in se desp endió y cayó en el
boque ón de la noche, donde el Escondido Siemp e, que nadie ha is o –el que
es á en el ondo de lo que no iene ondo- machaca con una pied a las lunas
iejas, pa a hace es ellas, mien as iene o a luna nue a. (Cab e a 1989
[1940]: 184)
Cubie os con una ex ao dina ia pincelada de icción, esos agmen os
mi ológicos se man ienen in ac os en los ela os cab e ianos, al y como “la anciana
mo ena debió na á selos a ella” (O iz 1989 [1940]: 33): los llamados pa akies o
pa akines, pa a Lydia Cab e a, pa aquines o pa aquíes (1993 [1973]: 17), las leyendas
que con o man la Regla de Ocha y la Regla de I á a ocubanas, popula men e conocidas
con el anscu so de los años como San e ía.
Según documen a la p opia Cab e a en una ci a al capí ulo “Bilongo” de El
Mon e (1993 [1954]: 25-72), la palab a “ egla” es empleada po el pueblo en el sen ido
de cul o o eligión y comp ende los i os y p ác icas “ eligiosas y mágicas impo adas
de Á ica”, en dos g andes g upos: egla de Ocha —Yo uba—, y egla de Mayombe —o
Palo Mon e. “Sencillamen e”, esc ibe Cab e a,
egla lucumí (de los san e os) y egla conga (de los pale os), que co esponden a
105
los dos g upos é nicos que p edomina on numé icamen e en Cuba, y que aún
ep esen an i amen e, con sus idiomas, músicas y cul os, las cul u as yo uba y ban ú.
(1993 [1954]: 70)
A ese espec o, en una ob a más ecien e, O ishas del Pan eón Cubano (2008),
la an opóloga Na alia Bolí a pun ualiza á que la San e ía cubana se undamen a en
“dos g andes cue pos li ú gicos” uni icados a inales del siglo XIX en Ma anzas y La
Habana, “la Regla de Ocha”, o ganizada po Lo enzo Oc a io Samá y Timo ea Albea
(más conocidos po sus nomb es eligiosos Obbadimeyi y Adyai La uan), y “la Regla
de I á, la sag ada o den de los babalawos”, o mulada po el popula Remigio He e a o
Adde Shina (Bolí a 2008: 24).
Los pa aquíes, po an o, siguiendo el p ime ela o que apun a Cab e a,
encie an los undamen os sob e el o igen de oda la je a quía o isha (lucumí y
mayombe a), así como ansmi en las idas y los a a a es de es os dioses de o igen
a icano, lo que signi ica que es as leyendas mi ológicas con o ma ían el au én ico
cimien o eó ico de la eligión a ocubana, las nociones y p incipios que odo de o o
debie a conoce .
Cie amen e, es ahí donde subyace, pa a noso as, pa e de la o iginalidad
c ea i a de la esc i o a en sus Cuen os neg os. A a és de la base del pa aquí, Lydia
Cab e a eje icciones con las que nos in oduce en un mundo mágico que no se limi a al
mo i o eligioso. No sólo di ige la mi ada hacia las pequeñas na aciones que an o
había escuchado de sus in o man es y las in e cala en e los ela os p opios, c eando
“nue os” pa aquíes. Igualmen e, añade o o g ano de audacia al espacio li e a io, el que
encon a á en o a uen e adicional neg a: los pequeños olk a ican- ales o cuen os
adicionales a oame icanos.
A es e espec o, es signi ica i o menciona que el a e de la na ación es una de
las más impo an es mani es aciones cul u ales de odo el con inen e a icano, el blanco,
el á abe y el neg o. Esas huellas de Á ica pe i en en e las gen es blanquineg as
cubanas g acias a la adición o al69. Al mismo iempo que los e sos y es o as del
69 Unas huellas semejan es que son aplicables a Cana ias, donde exis e una adición na a i a o al
in e esan ísima que ya, desde 1962, ha comenzado a es udia se se iamen e, en e o os in es igado es, po
106
Siglo de O o español se conse an hoy con g an i eza, g acias a la in luencia cons an e
de, en e o as, la adición o al cana ia que la emig ación ha lle ado a la isla, en Cuba
ambién ge mina la ue za de una o alidad espi i ual sos enida, día a día, en los
conju os, ensalmos, augu ios, i os y c eencias cosmogónicas sob e la concepción del
mundo70, odo ello mues a de la conse ación de una exp esi idad ca gada de
au én icos “ onos de ieja he umb e del ingenio azuca e o”, el caudal i o de un o ma
de habla que ecue da “acen os amilia es, pe o con asgos de másca a a icana”
(Ause ón 2012: 49).
En la ac ualidad, el gus o po las b e es na aciones adicionales a oame icanas
des aca en las oces ejempla es de lau eados na ado es o ales cubanos como Haydée
A eaga, la g ande en e los g andes con ado es desde la p ime a mi ad del siglo XX,
co undado a de la Peña de los Jugla es, la na ado a Ma ía Te esa F ey e de And ade o,
ambién, el econocido esc i o y na ado cubano F ancisco Ga zón Céspedes, a incado
en Mad id, di ec o de la Cá ed a Ibe oame icana I ine an e de Na ación O al Escénica.
A p opósi o, nos in e esa ae a colación alguna de las b e es na aciones de
adición o al a icana que pe i en en el imagina io neg o,
Cuando la mue e cie a la pue a, el hamb e la ab i á. No bas a habe comido
aye , ni hay Dios que se compa e a la ga gan a humana. A ella, día as día,
debemos some e nos. (Ga cía Ysábal 1990: 25)
El ejemplo de “Hamb e”, ela o ecopilado po An onio Ga cía Ysábal, es ablece
de e minadas analogías con cie os pasajes de Cab e a; ad ié ase en el siguien e
agmen o de “La loma de Mambiala”:
An onio Ga cía Ysábal en T adiciones o ales melanoa icanas (1962-1990), un p oyec o ecopila o io
sob e la “mul iplicidad a icana” que ha p ologado José Caballe o Milla es en la edición de 1990,
Aleg anza C í ica, Las Palmas de G an Cana ia, y que no debié amos ol ida en u u as in es igaciones.
70 Guille mina Ramos C uz en el a ículo “O alidad A icana en Cuba: memo ia y discu so de
pe manencia cul u al”, publicado en la e is a O á ica, especializada en la publicación de
in es igaciones o iginales ace ca de cualquie a de los aspec os elacionados con las adiciones o ales
a icanas des aca la apo ación signi ica i a que han dado la Regla de Osha y los pa aquines yo uba a la
his o ia del imagina io de las adiciones o ales, musicales y plás icas de la cul u a cubana; Ramos
de iende, ambién, “la ocación de la palab a”, pues “es á ci ada en su capacidad pa a desa a la luz,
amansa a los lobos, in oca libe ades y hace del a do de ecue dos, adiciones i as e inma cesibles”
(Ramos 2006: 113).
107
De limosna, bendi o sea Dios, y sin más complicaciones, habían comido con
bas an e egula idad, él, su muje y sus hijos […] Pe o llegó una época muy
mala, muy mala -como nunca se pensa a- y la comida se hizo chica pa a odos
[…] Así empeza on a sen i , él y su p ole, los dolo es del hamb e. (Cab e a
1989: 112-113)
O en las simili udes que se pueden es ablece en e los p o e bios nige ianos de
co e yo uba, ambién llamados yasey,
Ba muusu banda cee i a ga haw ka / ba muusu banda cee i, a si subu nwa.
(Olañe a 1998: 102)71
con esos sonidos a isado es de consejos, o aciones o enseñanzas lucumí que Cab e a
inse a en los ela os como “his o ias que con a on los iejos”, e ocando los yasey que
pudo escucha de i a oz en la in ancia: “¡Ay, Imba iya, a amimian úmba,
Aínba iyaya! (Dios, mi a mi he mano de cue po p esen e)” (1989: 124). Las his o ias
que gobie nan sus Cuen os Neg os de Cuba poseen, po an o, es a abulosa o alidad
sob ena u al y eanudan una cuen ís ica an iquísima, ca gada de leyendas de iempos
emo os sob e el mi o de la c eación.
Al espec o, eco dando el “P ólogo” que Elsa López hicie a a la ob a de Ga cía
Ysábal, Animales y dioses en la memo ia de Á ica (2002), “es indudable” que el Á ica
o al la e en odo el plane a. La esc i o a ei indica que en a en unos es udios sob e la
génesis de la o alidad a icana implica “ a a de aleja nos”, de ini i amen e, “del mi o
de un Á ica sal aje poblada de caníbales que an escla os a Cuba ayéndose sus
se pien es enenosas” (López 2002: 13); pa a Elsa López, la cul u a de Occiden e le
debe muchas de sus mani es aciones a Á ica, “pe o en su sobe bia no ha sabido o no ha
que ido econoce lo” y p opone apa a los con encionalismos y las suspicacias pa a
descub i que “se pueden econquis a nues as aíces li e a ias en un Á ica que, lejos
71 “El ien o no necesi a excusa se cuando el ien o se cuela po en e las ablas y los amajes”,
aducción del edi o (Olañe a 1998: 103).
114
inequí oco de p opicia su olun ad y ob ene su a o ” (O iz 1975: 208). Po eso:
le habló como si uese muy na u al que ella le comp endiese, y aún más na u al,
que pudiese consola lo. -¡Ay qué boni a e es y qué edondi a y nue eci a!
¿Quién e ha aído aquí? ¿Algún desg aciado como yo buscando una calabaza?
¿Cómo e llamas, Neg i a go da? La cazueli a, mo iéndose en sus cade as, con
mucha coque e ía, le con es ó: -Yo se ñama Cazueli a Cocina Bueno. (Cab e a
1989: 114)
El encuen o en e el neg o Se apio y el obje o Cazueli a nos des ela el
in e esan e manejo del lenguaje que exis e en Cuen os Neg os de Cuba. Lydia Cab e a
ha á des ila oces, c iollas, mula as-neg as, yo ubas (bozales) y españolas. Cada quien
se á do ado de su egis o. Al espec o, eco demos el análisis que Fe nando O iz
ealizó sob e el lenguaje li e a io de inspi ación neg oide en A icanía de la Música
Folkló ica de Cuba (1975). El an opólogo e idencia cómo los a ocubanos de inales
del siglo XIX y p incipios del XX iden i ican pe sonajes y ambien es siemp e en uel os
en una combinación de palab a, música, danza y i mo, pues el lenguaje que u ilizaban
u o que “amula a se y domina el idioma blanco, el cas ellano, po que ue la lengua
común de odos los neg os de Cuba pa a pode acia sus exp esiones en molde ajeno”
(O iz 1975: 118).
Una écnica del discu so que une a Lydia Cab e a con la na a i a c iolla
an e io . Los neg os-mula os hablan con la mezcla en e bozal (el lenguaje pe i ien e
a icano) español y c iollo, Lydia Cab e a asc ibe cómo hablan según su an ojo
li e a io: “¡Ah, cuma i, mi cuma i, que me gus a mi cuma i! ¿Vamo a imbé, cuma i...”
o “Dolé no quié pondé Vamo a llamá Dolé” (“Dolé no quie e esponde , amos a llama
a Dolé”), ambos e e idos al cuen o “Los Compad es” (Cab e a 1989: 90-111).
Sólo aquellos pe sonajes que enca nan a los o ishas dioses poseen el don de la
palab a yo uba. En esa cosmología, la magia esul a á elemen al en los cuen os neg os
de Cab e a, el elemen o p opiciado y bene ac o que esuel e a o ablemen e odas las
di icul ades. Qué hacen si no los pad es de la p incesa Dingadingá en “B egan ino
B egan in” (1989 [1940]: 37-52) cuando p ecisan los consejos del babalawo de la co e
115
pa a pone condiciones sob ena u ales a los p e endien es de la mano de su hija. Sólo
“ob end ía en p emio a Dingadingá, lo cual equi alía a eina después de ellos” aquél
que con su “mejo onada” hicie a baila a la eina, “que enía una odilla mohosa”, y al
ey, “quien se apa ía con ce a los oídos” (39). Cómo hace lo sin la magia de un dec e o,
igualmen e mágico, con el que el sace do e babalawo pac a con los o ishas una mue e
inal pa a quien pudie a consegui el e o, un au én ico can o úneb e inin eligible pa a
los p o anos: “boggua á a ayé micho be e e bei oku kué oku e on ogguá odgá oni
ombaodgá omiokué” (39).
A p opósi o, Fe nando O iz señala, de nue o, que se emplean,
an e odo, palab as, nomb es, y locuciones peculia es que se es iman muy
e icaces e i esis ibles, gene almen e sec e as, ó mulas mis e iosas, ijadas po
la adición, consag adas po la expe iencia mís ica o e eladas (O iz 1975:
251).
Los únicos pe sonajes de Lydia Cab e a que in e ac úan con los o ishas en la
locución eligiosa es án no malmen e ep esen ados po el babalawo sace do e, po un
animal en e o po ese espí i u que puede con es a les y es ablece
una comunicación con el mis e io sob ehumano pa a p opicia lo; bien pa a
me ece su auxilio, median e el halago, bien pa a domina los con la ue za
mís ica de la palab a o pa a inc epa lo y hace que cambie de ac i ud. (O iz
1975: 189)
Así, median e el empleo del lenguaje ce emonial los pe sonajes mágicos de Lydia
Cab e a son con ocados median e can os, conju os y hechizos, al y como se llama a los
o ishas dioses que es ablece la eligión a ocubana en la Regla de Ocha y ellos, en
espues a, siemp e aplica án sus ances, sus male icios y sus pode es sob e los
pe sonajes humanos que les o enden en las amas.
En “Ta abisaco” la mula a p o agonis a, po no sabe “da le las g acias, como e a
116
debido” a Ta abisako, “Pad e de la Laguna”, su i á el enojo del o isha “en una noche de
ango y sang e”. El o isha iejo le qui a a su “Neg i o” y sólo un i ual con las palab as
mágicas pod á des ui la cóle a del “Pad e Agua” y de ol e al niño: “¡Ta abisako, úa
dila Moana mé, Ta abisako, kuenda y b ikuendé. Kuma imbombo yo, yo!” (Cab e a
1989 [1940]: 141).
El an opólogo Mau ice Blondel (1861-1949) ya explicó, al espec o, en 1927,
que el lenguaje eso é ico y pode oso que con ienen las palab as yo uba enc ip adas en
las p ác icas a ocubanas, esos nomb es he mé icos, no son una me a e ique a sino que
signi ican un conjun o de inusuales p opiedades mís icas, pues
p onuncia el nomb e es oca a la pe sona, al se o la cosa, es al e a los, y es
ambién e oca los y o za los a apa ece [...]. De ahí odas las p eocupaciones
que oman los yo uba con los nomb es de las pe sonas, de los animales y de los
obje os. (Blondel 1927: 61).
Es e pode de la palab a se es ablece en muchas o as cosmogonías, no sólo en la
yo uba y, cie amen e, es un símbolo uni e sal que se con oca desde iempos emo os,
como ocu e en la g an obe u a del “P ólogo de San Juan”, donde se can a al pode oso
Logos, o igen de odo lo c eado con ese “in p incipium e a e bum, Yo p imo dial a
quien odo e o na” (Juan 1: 1-3); o como ambién se ecoge, po o o lado, en el
“Himno de la C eación” del Rig eda, uno de los himnos más sublimes de la adición
hindú, cuyas palab as se emon an al pe íodo cósmico más emo o concebible:
No había mue e ni inmo alidad en onces.
Ningún signo dis inguía la noche del día.
Uno solo espi aba sin alien o po su p opio pode .
Más allá de eso nada exis ía. (Rig eda 1968: X, 129)
Todo el uni e so oní ico que exis e en las páginas de Cuen os Neg os de Cuba
es un can o lúdico a esa na u aleza an do ada y he mé ica que es capaz de e o ce se
117
“ex añamen e” como los “juncos” de la laguna de “Ta abisako” (Cab e a 1989: 136-
141), que “silba on y se ala ga on ondulando, ans o mados en neg as culeb as
enenosas” al pasa una muje que enía en su cue po male icio de mue e (1989: 138);
lo mismo que las pied as de “la laguna neg a” ue on capaces de a anza al ededo de la
muje “solas, eno mes cocod ilos con las auces abie as”, en un a án abioso po salda ,
con la misma pode osa magia, “ag a ios an iguos” de i uales de “ oja sang e” que no
ue on celeb ados y o ecidos adecuadamen e (1989: 138).
La ealidad in isible del “hechizo” a ocubano acecha á de ás de cada imagen
de los Cuen os de Lydia Cab e a. La in o mación sob e esos espí i us o ishas y dioses
yo uba que ha ido ecopilando en sus in es igaciones, colabo a en la cons ucción de
cada ela o. La na ado a los “u iliza” pa a que apo en su sabidu ía, apliquen sus
des inos o jueguen con los hechos y, así, el es o de pe sonajes queden o almen e
some idos a su an ojo, “secundados po los espí i us in isibles que se beben el agua de
los asos que les dejan en las cocinas” (Figue oa 1983: 13).
La di inidad mis e iosa no se de iene en los ela os cab e ianos y el so ilegio,
malo o bueno, el pode , que señalamos an es, queda á jus i icado y se cola á en e la
dosis de una icción apa en e. Nó ese el episodio, nue amen e de “Los Compad es”,
donde se desc ibe la sen encia de mue e que u o una san e a, “la neg a la ande a”, que
“se ue de es a ida mise able” po culpa “de un abajo que le hizo un mayombe o”;
en e la icción y el desa ollo del ela o en p ime plano, Lydia Cab e a cuela da os
secunda ios dignos de cualquie manual de eligión a ocubana:
¡Nadie mue e de mue e na u al! Con aba con enemigos en e la san e ía [...]
Cuando le a isa on que habían oído men a su nomb e a iba de la “p enda”, ya
el “bilongo” lo enía muy aden o y el “ esgua do” que se hizo pa a el cue po de
nada le si ió... Le habían cogido la delan e a. Así es la b uje ía: gue a
con inua en emboscada. Un cla o sacando a o o cla o, pe o si el daño lo
sazona y iene de un b ujo que sabe su o icio, es muy di ícil lib a se, muy
di ícil. (1989 [1940]: 99)
Nada escapa a la suges ión bajo las a mós e as cab e ianas. Todas las
118
na aciones explo an el uni e so a ocubano en su esplendo , ec eando una lec u a que,
como apun a Rosa io Hi ia , consigue “un a mónico esul ado de in eligen es y
complejas e lexiones es é icas” y es á elabo ada desde un abanico de múl iples
cons ucciones na a i as (1989: 21). Hi ia ecalca que Lydia Cab e a se desen iende
del esquema académico li e a io pa a in oduci sus co espondencias mágico-
eligiosas, pues “ odo, en ella, es á es udiado, has a el apa en e caos de las
onoma opeyas que poseen la ue za de la suges ión” (1989: 27). Obse emos pa a ello
el manejo poé ico con el que se p esen a la sobe bia mue e inal del p o agonis a de
“La Loma de Mambiala”:
El Ahogado subía en onces en el agua inmó il, de lo p o undo, silencioso,
escalando el silencio. Un so do chapo eo desleía las es ellas caídas, y odo el
Ahogado, ol ía en dos manos abie as y desespe adas, subiendo po el olo de
la Ye ba Buena. Las habían is o las neg as que al oscu ece no se ace can al
pozo. Demasiado a de pa a sal a se, demasiado a de pa a que sus g i os se
oye an, solos en el sueño con el pozo, las manos que asomaban po las pied as
del b ocal, se apode aban de ellos, ías y du as como las pied as, y los
sume gían en el ondo pa o oso de inena ables sec e os. (Cab e a 1989: 123)
Acaso, po odo lo expues o, el hilo na a i o de aquellos cuen os adicionales
conocidos, an o denados y i ualizados con el «É ase una ez...», «... y ue on elices»,
no se mues a en los ela os de Lydia Cab e a. Po el con a io, con o man un caó ico y
nada lineal uni e so de icción en el que la au o a se puede pe mi i , po ejemplo, que
no exis an inales o almen e conclusos, sino a mós e as poé icas como las de “A e e
Ma ekén”, que concluye con la me á o a de un amo insóli o capaz de ans o ma has a
el capa azón de o uga Hico ea:
Po in llegó la noche, con la luna lune a, cascabele a. Hico ea — odo en
pedazos—, esuci ó. ¿Y quién di ía que su cue po no e a áspe o, sino du o, liso
y sua e? Tan as cica ices po el amo de A e e, de A e e Ma ekén. (Cab e a
1989: 144).
119
O, po o o lado, las ampoco lineales desc ipciones ácidas y bu lonas que
in e umpen la ama p incipal de cuen os como “Los Compad es” o “Ñoguma”,
colando en ellas una i onía que sólo puede des ela se desde la cla e a ocubana. Véanse
dos mues as:
No e a una mue e como odas las mue es. “No señó”. Lo sabían an bien, en lo
más oscu o de sus almas, que no se a e ían a habla de ello. [...] Y lo que pasó
ue es o, ni más ni menos. Nadie pod á ol ida lo. Capinche enía bu ando y
a as ándose po el suelo, has a los pies de la mue a. Deshizo el suda io. Se
echó encima del cadá e . La es ujaba, la besaba en la boca, e a una culeb a
e ol iéndose en el cue po de Dolé. “– ¿Yo no se lo ad e í, José Ma ía?, –dijo
la neg a c ispándose con el iejo. – ¿Cuándo ha is o us é que así se llo e
mue o?”. (Cab e a 1989: 109-111)
En casa de Tig e no hay cocine o. Nadie busca allí acomodo. ¿Quién a a
cocina les a los Tig es? ¿Quién se a e e? Se comen la comida que les p esen a
el cocine o, en pailas. Después se comen i o al cocine o. Siemp e han hecho
así. Es la cos umb e. (1989: 158)76.
En o o pasaje, es a ez en “La Vida Sua e”, Lydia Cab e a des ila du an e cinco
páginas (1989: 124-128) po los sucesos de una amilia ha agana “de nacimien o”, que
“ i ían elices sin hace nada, nada que al cue po le die a pena”. Mien as se a
na ando el acon ece de unos p o agonis as “sin a iga” y sin da nunca “un golpe”,
llega el inal ab up o, pe o he moso: “¡Nada! Ce ó la noche. La ieja mi ó al cielo; ¡al
G an Indi e en e!... Se encogió de homb os y se ue a do mi ” (Cab e a 1989: 128).
Muchos pasajes cab e ianos no p o ienen de esa e ien e li e a ia adicional
a icana, que ya hemos apun ado, y que la au o a ha eelabo ado o epa ado en una labo
de conse ación magis al. Un “núme o conside able” de sus ela os “son p oduc o
exclusi o de la ecunda y libé ima imaginación” de la au o a quien in en a el ema
o iginal e iéndolos en los moldes de la na a i a a ocubana popula (J. Cas ellanos
76 En el la gome aje cubano de animación Vampi os en la Habana (1985), el pe sonaje de “Tig e”
ep esen a la ca ica u a del a que ipo del neg o cubano que siemp e es á hamb ien o y se lo come odo.
120
1993: 189). Lydia end á que ec ea en muchos o os cuen os, el empeño po ep oduci
ese peculia ambien e psicosocial que los adicionales pa aquines e lejan po sí
mismos y “lo log a a cabalidad” (Cas ellanos 1993: 191), como cuando la “inmensa
cabelle a” de la mula a Soyán Dekín, en el cuen o “El Limo del Almenda es”, lo aba en
la misma “agua e de, somb ía” que se la aga “len amen e” y, desde el ondo, “en los
si ios que es más limpio y más p o undo el ío”, una “bellísima” muje de canela “al
mo e se dila a el co azón del agua” (Cab e a 1989 [1940]: 148-149).
Lydia Cab e a mues a una écnica na a i a única en una ob a que no aspi aba,
ni po asomo, a consegui una ascendencia li e a ia “ex ao dina iamen e o iginal y
p ecu so a” (Cas ellanos 1993: 188), que es á a la al u a de los esc i o es cubanos que
des aca on en el subgéne o del cuen o. Pa a Espe anza Figue oa, es a ascendencia es
la que obliga a “si ua a Cab e a en el luga que le co esponde: es la in en o a del
subje i ismo elú ico”, donde odo es á en mo imien o, lo que a iene, da uel as,
sigue, se aleja, se “ umbea” con his o ias que es án den o de o as, como en el ela o
“B egan ino B egan in”, donde el iempo es p escindible y se cuelan una y o a
na aciones sin cesa , busca le no io a la p incesa, después Lomb iz, luego To o, luego
Sanune y su emancipación, una combinación de amas donde “ elojes y calenda ios
di uminan el pecado y la mo al helénica” al es ilo de Las Mil y una noches (Figue oa
1983: 14).
Y desde esa pe spec i a, el mundo en e o de Cab e a es un eguile e y en a en
una na a i a lógica, espon ánea, con palab as que son cuad os donde la ida sucede en
“sólo un ins an e de una belleza ho enda” (Cab e a 1989 [1940]: 52), po donde se
pasean “gen es”, según insis e ambién Figue oa, que
nunca en an en las casas, i en al ai e lib e. Leen las nubes y las hojas de los
á boles, en ienden el lenguaje de los animales, con e san dia iamen e con
espí i us y con a cángeles, a a iesan “caminos de mo ado sun uoso”, sien en,
poseen “la codicia de la ie a”. Al con a io de los lemá icos ingleses no han
sido necesa ios cas illos pa a habla con los an asmas. (Figue oa 1983: 11)
121
Al espec o, Jo ge Cas ellanos si úa los ela os de Lydia Cab e a en la an esala
del ealismo mágico ma a illoso que se a ibui á a la na a i a del boom ame icano
pos e io , la de Juan Rul o o Ga cía Má quez. Pa a Cas ellanos,
la au o a de Cuen os Neg os ep oduce con g an exac i ud la cosmo isión de los
descendien es de escla os a icanos, no sólo en los de alles ex e nos sino en lo
más hondo de su espí i u. Elemen os básicos de es a concepción del mundo son,
en e o os muchos, el animismo y la magia. Y esa es la ealidad espi i ual que
p i a en es os ela os. Hoy es a o ien ación li e a ia iene un í ulo: ealismo
mágico. Lydia Cab e a ue la p ecu so a de esa escuela y, a la ez, uno de sus
ep esen an es más elices (J. Cas ellanos 1993: 191-192)
En ealidad es una ca ac e ís ica imp escindible en las na aciones de co e
sob ena u al. Si no hay sucesos ex ao dina ios, no exis e ama. Lydia Cab e a, “do ada
de un alen o ex ao dina io” (J. Cas ellanos 1993: 161) pa a cap a la epide mis y el
colo ismo de las a mós e as, nos aspo a a ese co idiano acon ece , mi ad eal mi ad
an ás ico, que con na u alidad pasmosa sucede “po el bocho no de un día de e ano de
un año que no se sabe” (“B egan ino B egan in” 1989: 37), donde “las pa edes del
ho izon e que habían dejado a ás embla on y se de umba on en es uendo silencioso”
(“Tai a Hico ea y Tai a Tig es” 1989 [1940]: 70).
Cada ins an e sob ena u al de Cuen os Neg os de Cuba a enma cado en
ambien aciones de ealismo mágico de g an belleza que se en egan y se inden po
comple o an e los ex ao dina ios acon ecimien os. En el ela o “Apopoi o Miamá”, la
libe ad de la na ado a es absolu a al desc ibi como un “Cas igo de Dios” con ie e en
desg acia “ odo lo que había sido aleg ía” y ida de cap icho pa a la mula a
p o agonis a, po “jac anciosa de sus ca nes” y “pindongue a”:
Cuando el sol caía de plano, en la calle de la C uz Ve de, elumb aban como si
ue an a es alla de luz, los c is ales del a ol, y los mu os encalados cegaban de
blancu a, las pa edes de su casa quedaban en somb a. La casa, a odas ho as, se
hundía en una penumb a de a a dece cansado, que encogía el co azón. E a la
122
casa de la Mala Somb a –de la mue e i a-, de la en ana ce ada. [...] No hubo
ye ba ni blandu a que no se le con i ie a en pied a. F escu a que no se o na a
pol o. (Cab e a 1989: 133)
El “genio de la an asía” cab e iana habi a en e las páginas de sus Cuen os
Neg os de Cuba y exis e en el mismo sen ido que de ini ía Jo ge Luis Bo ges años más
a de. Pa a esc ibi un cuen o sob ena u al, “in encionadamen e”, ella no necesi aba
“sen i que odo el uni e so e a an ás ico y mis e ioso”; aunque p e endie a “esc ibi de
modo ealis a ace ca del mundo”, es a ía igualmen e esc ibiendo una his o ia an ás ica,
“po que el mundo es en sí an ás ico, mis e ioso, insondable”77. Un mundo de
ingeniosos guiños que, en la p osa de Lydia Cab e a, puede con e i se en mad esel a,
enado, ig es, jico ea, o en la eal egión de Cocozumba del cuen o “B egan ino,
B egan in” donde sólo podían nace muje es y odo es aba some ido a la olun ad del
único a ón “To o” despiadado:
si acaso la única inno ación, a pa i de cie a época, consis ió en elimina
ambién del lenguaje co ien e, el géne o masculino, cuando no se aludía al
To o. Po ejemplo: allí se hubie a dicho, que se cla aba con «ma illa», se
guisaba en la « ogona» y se chapeaba con la «mache a». Un pie, e a «una pie»;
así la pela, la ojo, la pecha, la cuella —o pescueza— las diez dedas de la mana,
e c. Nadie se hubie a e e ido al Cielo, sino a la «Ciela»; Ciela abie a...
(Cab e a 1989: 49-50)
Los guiños, el humo , la pica día, el ealismo mágico y los componen es de
na a i a o al que des ilan los ein idós pa akines neg os de Cuba de Lydia, hoy,
poseen la no edad que la edi o ial Gallima d en egó a los lec o es pa isinos en aquel
lejano 1936. No imaginaba Lydia Cab e a la dimensión que esos ela os llega ían a
alcanza décadas después. Si los esc ibió pa a que Te esa ol ida a su du a en e medad
había que abaja los, in en a los con una es uc u a hilada inamen e.
77 En e is a de Ronald Ch is a Jo ge Luis Bo ges apa ecida en el núme o 40 de la e is a The Pa is
Re iew en 1967 donde el esc i o e ela su pa icula de inición de “cuen o an ás ico”.
123
Los Cuen os Neg os de Cuba hay que lee los una y o a ez. La p ime a pa a
eí , la segunda pa a en ende y la e ce a pa a dis u a , sen i y descodi ica . Las
me á o as, los gi os léxicos lucumí, las amas, los pe sonajes, no son pu o eje cicio del
lenguaje na a i o que p e enda delei a al lec o , incluso so p ende . La e dade a
complejidad de los ela os descansa en su código sob ena u al, en su cosmogonía
eligiosa a ocubana que, desde las mismas aíces de la cul u a yo uba a icana, es
sob ena u al.
En de ini i a, a emos de en a en Los Cuen os Neg os de Cuba, con la ac i ud
del esc i o de Cuba Roja78, quien mos aba escaso in e és po las ob as li e a ias que
con ocaban a ue zas sob ena u ales eso é icas. Seamos a eos y sólo mos emos espe o.
Da igual. De segu o, queda emos a apados en una belleza incon olable que oma á
o mas, cien os de o mas, odas las o mas posibles y las no posibles. Y debajo,
en uel o, el lico de los e dade os códigos: la cosmogonía a ocubana gi ando en lo
p o undo, los sones de los ances os neg os que se cuelan en la icción de Lydia Cab e a
con ocando a “Elegguá, po e o del mon e”, pa a que les deje pasa (Bolí a 2008: 41).
Ahí es án pa a queda se, e e namen e.
78 El esc i o al que hacemos e e encia es Román O ozco, au o del “P ólogo” de la ob a O ishas del
Pan eón cubano, de Na alia Bolí a A ós egui (2008). El esc i o hace un guiño diciendo que es “a eo
p o undo” de la magia yo uba, y, sin emba go, asegu a que cae endido a los pies de la p ime a ob a de
Bolí a , Los o ishas en Cuba.
130
p ime a aduc o a al cas ellano de la ob a. Ocho años después que en Pa ís (1943),
consiguió que se publica a en La Habana con las ilus aciones del cubis a cubano
Wi edo Lam y la colabo ación del poe a su ealis a ancés Benjamín Pé e .
La ges ación y expansión de la Neg i ud y las consecuencias de la diáspo a
a icana de Pa ís a eso aban sus p opios “pad es” neg os. Jun o a Aimé Césai e,
des aca on igu as como la del esc i o y polí ico Léopold Séda Sengho (1906-2001),
uno de los in elec uales neg os más exponenciales que ha dado el siglo XX, p esiden e
de Senegal en e 1960 y 198085. G aduado en G amá ica F ancesa po la Uni e sidad de
Pa ís, ue el p ime p o eso de aza neg a que impa ió clases de lengua ancesa en
F ancia, en las uni e sidades de Tou s y Pa ís du an e 1935 y 1945, pe íodo de con ac o
con Aimé Césai e y Léon-Gon an Damas (1912-1978).
Aquella nue a ía de exp esión que iniciaban es os c eado es se i ía de base
ideológica pa a o as cul u as86, independencias y pensamien os an i acis as que
culmina ían con e oluciona ios pos e io es, como el psiquia a neg o F anz Fanon
(1925-1961). En una de sus ob as ep esen a i as, Piel neg a, másca as blancas (1952),
el ilóso o y esc i o ancés elabo a la psicopa ología más au én ica del “pe íodo de la
an opo agia” de la colonización (Fanon 1973 [1952]: 187), ensayo que concluye con
es e can o conscien e y sensa o pa a la humanidad:
Yo, homb e de colo , sólo quie o una cosa: que cese pa a siemp e la
escla ización del homb e po el homb e. Es deci , de mí po el o o. Que se me
pe mi a descub i y que e al homb e donde quie a que es é. El neg o no es. No
más que el blanco [...] ¿Supe io idad? ¿In e io idad? [...] Al inal de es a ob a
quisie a que los demás sin iesen como yo la dimensión abie a de oda
conciencia. Mi úl ima o ación: ¡Oh, cue po mío, haz de mí, siemp e, un homb e
que in e ogue! (Fanon 1973 [1952]: 192)
85 Léopold Séda Sengho dedicó g an pa e de su ob a poé ica al concep o de la Neg i ud, éase í ulos
como: Chan s d'omb e (Can os de somb a), de 1945; É hiopiques (E iópicas), de 1956; Noc u nes
(Noc u nos), de 1961; Élégies majeu es (Elegías mayo es), de 1979. (ci . p. Casa Á ica s. .: en línea).
86 La ei indicación neg a despe ó mismamen e la sensibilidad in elec ual blanca con abajos pione os
como el no able Decame ón neg o (1910), del e nólogo alemán Leo F obenius (1873-1938), o la
An ología Neg a (1921), del poe a suizo- ancés Blaise Cend a s (1887-1961).
131
Respec o a Cuba, la Neg i ud aspasó las ba e as é nicas con ex os an o
cien í ico an opológicos como es é icos, isibilizando “la cues ión abú”87 de una
iquísima cul u a que es aba p ác icamen e silenciada: el neg o, su luga subal e no en la
cul u a y la sociedad cubanas, así como el apo e de las cul u as y eligiones de o igen
a icano. Con ello, se plan ea on las p ime as espues as cubanas sob e las cues iones
aciales y, “a pesa de la masac e de miles de neg os en la mal llamada «Gue i a de
Agos o», en b ace os ca ibeños”, en el plano a ís ico “comienza una mi ada a la aíz
a icana de nues a cul u a” (Zu bano 2006: 112): el a ocubanismo, que denomina ía
Alejo Ca pen ie en La Música de Cuba, pues “hacía iempo que los neg os habían
dejado de se escla os” (1972 [1946]: 286).
En es os inicios del mo imien o de la neg i ud cubana, la igu a de Fe nando
O iz es undamen al. Con sólo 20 años eje cía de diplomá ico en España, I alia y Pa ís.
Toda la in elec ualidad conocía a Fe nando O iz y don Fe nando O iz se elacionaba
con odos: Fede ico Ga cía Lo ca, Menéndez Pidal, Fe nando de los Ríos, Juan Ramón
Jiménez, Ma ía Zamb ano, Ra ael Albe i, Wi edo Lam, Nicolás Guillén, Alejo
Ca pen ie , José Ma ía Chacón y Cal o, Ri a Mon ane , Miguel Ángel As u ias, José
Lezama Lima. La di ulgación humanís ica de sus ob as ue exponencial, de una
ampli ud cien í ica sin p eceden es. Es uno de los sabios imp escindibles, la his o ia y
la c í ica le debe más de un neologismo:
Nos pe mi imos usa po p ime a ez el ocablo anscul u ación [...] pa a que
en la e minología sociológica se pueda sus i ui , en g an pa e al menos, al
ocablo acul u ación [...] po las complejísimas ansmu aciones de cul u as que
aquí se e i ican, sin conoce las cuales es imposible en ende la e olución del
pueblo cubano (O iz 2002: 254).
En ico Ma io San í, en la “In oducción” a Con apun eo cubano del abaco y
87 Al espec o, nos ha pa ecido cla i icado el es udio La cues ión abú. El pensamien o neg o cubano de
1840 a 1959, compilado po Ma ía Poumie . Un e elado ensayo que ecoge “las mejo es páginas
e lexi as” del pensamien o neg o cubano y que apa ece como espues a a “la sup emacía blanca”. La
in elec ualidad cubana neg a des acó, has a el iun o de la e olución del 1959, como g i o con a la
escla i ud y como isibilización del pun o de is a neg o que, según Poumie “ha sido íc ima de una
ocul ación sis emá ica en el me cado cul u al”. Los ex os que ecoge la au o a, “cons i uyen una oz
co al” que o ece un ela o inédi o de la his o ia cubana, “con ono jus o y p o é ico” (Poumie 2007: 65).
132
azúca (2002: 23-103) econoce que la igu a de O iz es necesa ia pa a la comp ensión
de odo el p oceso his ó ico de nacionalización de Cuba, de igual mane a que pa a
cualquie es udio que p e enda ace ca se a las aíces de la neg i ud cubana.
Jo ge Schwa z ha p ecisado que el é mino “Neg i ud” no es á exen o de cie a
polémica y como mani es ación ideológica que engloba a los mo imien os su gidos
sob e los años 30 pa a ei indica los de echos de los neg os (en Cuba y B asil
p incipalmen e du an e la década del 20 al 30), “no debe con undi se con el neg ismo”
(1991: 616) y, en ese aspec o, la Neg i ud ue ealmen e la oma de conciencia de la
o iginalidad del pensamien o a icano y “el descub imien o de una nue a nobleza”
(1991: 625). Po o o lado, según el plan eamien o de Schwa z, el
neg ismo angua dis a ue ealmen e una mani es ación “especí icamen e li e a ia” y
omó in luencias de la “huella abie a” po algunos a is as plás icos eu opeos (Piscasso,
Vlaminck, B aque, B ancusi, Klee, Giacome i), quienes ecu ie on al p imi i ismo
neg o como uen e de ema y o mas (1991: 617). Y, an e al ascinación, la emá ica
neg is a se inco po a á a las angua dias, cons i uyendo un epe o io impo ado,
un discu so plás ico p oducido po una éli e blanca y eu opea que inco po a la
emá ica neg a pa a di ulga la an e un público ambién blanco, en gene al
pe enecien e al mismo g upo de éli e cul u al. (Schwa z 1991: 618)
Las mani es aciones a ís icas eu opeas inspi adas en la cul u a a icana
queda on suje as a sonidos, ambien es, desc ipciones exó icas de lo neg o, a la
sensualidad de su mi ología, al anhelo de su uni e so p imi i o y, a pesa de
e oluciona el a e mode no de la época, no con o ma on una endencia ideológica de
libe ación; plan eado así, el neg ismo eu opeo angua dis a no hizo sino a i a los
uegos de la neg i ud, más si enemos en cuen a que ue un mo imien o a ís ico cuya
isión del neg o y de su cul u a pasaba po el il o de la pe spec i a a ís ica blanca y
sus éli es blancas.
De es a mane a, se explica ía el que algunas publicaciones cubanas p o oca an
un au én ico impac o y ascendie an las on e as de la isla, como ocu ió con los
poemas Mo i os del Son (1930), del cubano Nicolás Guillén, que apa ecie on en
133
“Ideales de una aza”, el suplemen o dominical del habane o Dia io de la Ma ina,
haciendo esu gi la poesía neg a y, po ende, un neg ismo li e a io que mezclaba é ica y
es é ica, un neg ismo p opiamen e cubano, que bebía de la Neg i ud, de la cues ión
neg a en oda su dimensión, así como del Neg ismo angua dis a a ís ico.
Al espec o, Roge Bas ide (1898-1974)88 ha plan eado que el poe a Nicolás
Guillén impulsó el mo imien o como o ma cul u al o iginal y álida den o del
con ex o mes izo la inoame icano y que su p oducción a mucho más allá del neg ismo
p opiamen e dicho, “exp esa el Á ica i a, pe o en las encan adas islas de Amé ica”
mezclando el “a icano” con las je gas de “los bajos ondos” o “el cas ellano
c iollizado” (1969: 18). Cuando p ologa su ob a Sóngo o Cosongo (1931), ci ada po el
p opio Guillén como “poemas mula os”, no igno a,
desde luego, que es os e sos les epugnan a muchas pe sonas, po que ellos
a an asun os de los neg os y del pueblo. No me impo a. O mejo dicho: me
aleg a. Pa icipan acaso de los mismos elemen os que en an en la composición
é nica de Cuba [...] El neg o, a mi juicio, apo a esencias muy i mes a nues o
cóc el. (Guillén 1981 [1931]: 92)
El in e és po di ulga una sensibilidad se hizo p esen e. Aquel can o y epique
de Sóngo o cosongo ans o maba plan eamien os no sólo po su apo e es é ico, pues
apa ecía eple o de oces neg oides en hono a la ji anjá o a angua dis a acuñada po
el cubano Ma iano B ull, esas onoma opeyas ca en es de signi icado, pe o esponsables
del sabo y i mo neg oides de los e sos de Guillén (Mad igal 1995: 26); los “poemas
mula os” cons i ui ían, igualmen e, una inno ación po el singula modo de ei indica
el a ocubanismo y, pa a Nicolás Guillén, ins au a ían la ea i mación de una
“composición é nica de Cuba, donde odos somos un poco níspe o” (1981 [1931]: 91), la
decla ación del pasado neg o impe ecede o, siemp e la en e en Cuba:
88 No e ocamos las palab as de Roge Bas ide (1898-1974) sólo po que haya sido conside ado un
au én ico pione o de la in es igación a oame icanis a den o del campo de la an opología ame icanis a
ancesa. El sociólogo y an opólogo ancés ue g an amigo de la cubana Lydia Cab e a, incluso p ologó
alguna de sus ob as, Anagó. Vocabula io Lucumí (1957); man u ie on una asidua co espondencia en
ancés que se conse a en la Cuban He i age Collec ion de la Uni e sidad de Miami.
134
La inyección a icana en es a ie a es an p o unda [...] Las dos azas que en la
Isla salen a lo de agua, dis an es en lo que se e, se ienden un ga io
subma ino, como esos puen es hondos que unen en sec e o dos con inen es. Po
lo p on o, el espí i u de Cuba es mes izo. Y del espí i u hacia la piel nos end á
el colo de ini i o. (Guillén 1981 [1931]: 93)
Es as palab as de Guillén es án con enidas en el “P ólogo” de Sóngo o cosongo
y esc i as el mismo año en que Alejo Ca pen ie publicaba ¡Ecue-Yamba-O! (1931), su
p ime a no ela decla adamen e neg is a en la que, el esc i o , inco po a á la inédi a
mi ada an opológica de lo a ocubano como ins umen o pa a abula una “cosa no a a,
pin o esca” (Ca pen ie 1933: 3). Una ob a po la que pululan inédi os p o agonismos,
exp esándose en je gas mula as he edadas, que habían pasado desape cibidos has a
en onces pa a la na a i a cubana. Según apun a A naldo E. Vale o, el mundo ocul o de
las mani es aciones eligiosas a ocubanas se cuela “magis almen e” en e los
acon ecimien os p incipales de la no ela, con desc ipciones amplias de i uales,
escena ios, al a es, a uendos, san e os. En la icción de Ca pen ie , los oles
desempeñados po los “iniciados” some en el ela o de al o ma que has a “el des ino
de Menegildo Cué”, se á “el de mo i en un en en amien o en e po encias ñáñigas”
(2002: 162).
Si enemos en cuen a, ambién, las ap eciaciones del e nólogo cubano Rómulo
Lacha eñe é89, es e inal de ¡Ecue-Yamba-O! esul ó pode osamen e opo uno y
ace ado en 1931, al conec a con una “década en la que el cul o yo uba e a” concebido
como “una suges i a o ma de supe s ición que, pa adójicamen e” debía se alo ada, y,
“conside ada componen e de la cul u a nacional” (Lacha eñe é, 1992: 3). En el
“P ólogo”, el p opio Alejo Ca pen ie lo explica jus i icando que:
89 Según esis de Jo ge Cas ellanos, el p og eso de los es udios an opológicos en Cuba, du an e la
p ime a mi ad del siglo XX, se debe undamen almen e a los “ es pione os” de la e nog a ía a ocubana
Fe nando O iz, Lydia Cab e a y Rómulo Lacha eñe é, cuyas labo es se complemen an. Lacha eñe é ue
a macéu ico y e nóg a o au odidac a, quien ija ía su a ención en la eligión a ocubana “ a ando de
deslinda odos sus campos di e sos”; a pesa de su mue e emp ana, Lacha eñe é desa olló una labo de
in es igación impo an e y sus “p eciosas con ibuciones seminales” ambién ue on pione as den o y
ue a de Cuba (J. Cas ellanos 2003: 187). Pa a Cas ellanos, la ob a de O iz, Cab e a y Lacha eñe é, en su
conjun o, “ab e las pue as a odos los no ables desa ollos que se p oducen en el seno de la e nog a ía
cubana” (2003: 233).
135
había, pues, que se «nacionalis a», a ándose, a la ez, de se « angua dis a».
Tha ’s he ques ion... P opósi o di ícil pues o que odo nacionalismo descansa en
el cul o a una adición y el « angua dismo» signi icaba, po ue za, una up u a
con la adición. De ahí que la ecuación de más y menos, de menos y más, de
conciliación de los con a ios, se esol ie a, pa a mi hamlé ico monólogo
ju enil, en el p oduc o híb ido — o zosamen e híb ido, aunque no ca en e de
pequeños acie os, lo econozco— que aho a a a lee se... (Ca pen ie 1933: 4)
La po encia a ocubana i umpe po p ime a ez en la angua dia de la isla con
Alejo Ca pen ie . Aunque p ime amen e publica el poema de ca ac e ís icas a icanas
“Li u gia” en la e is a A ance en 1930, se án las páginas de ¡Ekue-Yamba-O! donde el
esc i o log a as asa “los mi os, las leyendas y can os eligiosos de los a ocubanos”
pa a asimila los “a los cánones acep ados o econocidos pa a el lec o con encional”
(Vale o 2002: 163). A pesa de habe se opues o a su eimp esión unos años después, en
1933, en Mad id, la p opues a es é ica de la no ela de Ca pen ie esul a oda una
an esala de la angua dia de lo a ocubano que pos e io men e pod á pe cibi se en la
Lydia Cab e a de Cuen os Neg os de Cuba.
De es e modo, el Neg ismo ue egalando o as bondades cubanas que no sólo se
halla on en la poesía de Mo i os de Son (1930) o en la p osa de ¡Ecue-Yamba-Ó!
(1933), a is as como el pin o Wi edo Lam90 o el congue o Chano Pozo91 iun a on
en Nue a Yo k y los in es de es e mo imien o a ís ico pe mi ie on desa olla
ayec o ias sob esalien es den o y ue a de Cuba: Ramón Gui ao, Emilio Ballagas,
Picha do Moya, el po o iqueño Luis Palés Ma os, que aduce odo el mundo mí ico
a icano den o de Tun ún de pasa y g i e ía (1937) o la colección de ela os b e es ¡Oh
mío Yemayá!, de Rómulo Lacha eñe é, que suponen la p ime a colección de cuen os
olkló icos publicados en Cuba, a pesa de se pos e io es a los Cuen os Neg os de Cuba
90 A p opósi o de la igu a del pin o Wi edo Lam exis en menciones in e esan ísimas como las que le ha
dedicado And é B e on en a ias ocasiones. Los a ículos “A la la ga nos algia de los poe as...” y “De
noche en Hai í”, esc i os en 1946, ecalcan la igu a de Lam, el neg is a “de lo ma a illoso p imi i o”,
es imonio a ís ico “único y es emecido” que a “con la es ella de la liana en la en e y odo lo que
oca a diendo de luciólas” (B e on 1977: 199). El a e de Wi edo Lam, pa a B e on, “se dispa a desde ese
pun o donde la uen e i al e leja el á bol mis e io, quie o deci el alma pe se e an e de la aza, pa a
ega de es ellas el DEVENIR que debe se el mayo bienes a humano” (B e on 1977: 200).
91 Sob e la música cubana de la época éase el b illan e abajo de Alejo Ca pen ie en La música
a ocubana de Cuba (1972 [1946]).
136
de Lydia Cab e a (1936).
En es e ma co in elec ual se inse an las p ime as publicaciones de Cuen os
Neg os de Cuba (1936/1940) de Lydia Cab e a, no exen as de polémica a pesa de la
no edad. Lydia Cab e a se ha de desma ca con buenos a gumen os de aquellos
“es udiosos de la época ca gados de p ejuicios” con “una men alidad oda ía
p o inciana y mal in o mada” (Cab e a 1958: 7-8).
A pesa de las p esiones in elec uales, los neg is as cubanos en uel os en la
polémica, Lydia Cab e a en e ellos, no de u ie on su p oceso de mula ez, aspasa ían
on e as. Sin es os espí i us cul i adísimos, an inquie os, quizás el Neg ismo hubie a
quedado sólo como un ismo secunda io más den o de los eu opeos, los que, po o o
lado, ue on de e íme a du ación en la isla (Bellini 1986: 474).
En la línea que plan ea Ca los Uxó (2010), es ine i able es ablece una conexión
en e “los ciclos de una li e a u a abolicionis a”, que publicaba en e 1838 y 1901, la
pos e io na a i a epublicana (que una y o a ez e o naba a la c udeza is e del
pe iodo colonial) y esa o a gene ación de esc i o es más jó enes (blancos o neg os),
donde se si úa Lydia Cab e a, que es án ce canos a la p osa pe iodís ica de Nicolás
Guillén en a ículos como “El Camino de Ha lem”, “El blanco, he ahí el p oblema” o
“La conquis a del blanco”, publicados en el Dia io de la Ma ina (1929). Los jó enes
in elec uales cubanos hacían isible la necesidad de la igualdad acial, enseñando:
—alguna ez los maes os habíamos de se noso os— que nues a piel oscu a
es á cub iendo un homb e que se pa ece muchísimo al que la e de ás de su piel
blanca. (“El Camino de Ha lem”, ci . p. Poumie 2007: 193).
Los “neg is as” cubanos son los he ede os, además, de esa búsqueda de
con enidos nue os que se ab ían paso g acias a la ansmisión ecunda, ya lo apun amos
an es, de blancos in a igables como Leo F obenius, el helenis a alemán conside ado el
descub ido del mundo yo uba, de las uinas de I é, el “iniciado del géne o li e a io de
los cuen os neg os que cul i a ían después Lydia Cab e a y Rómulo Lacha eñe é”
(Poumie 2007: 63).
137
Los es udios a icanis as de F obenius se conocen en Cuba en 1931, g acias a las
aducciones de algunos de sus ex os undamen ales92, a la ez que ya se leían los
b illan es es udios sob e la psicología y la cul u a a ocubana del an opólogo Fe nando
O iz, admi ado inspi ado , como hemos dicho, de la ayec o ia de Lydia Cab e a.
Tampoco ol idamos que, en e los p ecu so es del es ilo neg is a, había blancos
españoles: un excelen e poe a sa í ico e impo an e igu a de los an eceden es del ea o
bu o cubano que e a an o C e o Gangá como Ba olomé C espo, nacido en el Fe ol y
(1811-1871), y el as u iano cubano Al onso Camín (1890-1982), quien publica a sus
p ime os e sos neg os en el ci ado Dia io de la Ma ina (1925), el p ime poe a “en
implan a el ono ele ado pa a celeb a las cosas de neg os” (Poumie 2011: 24).
Sin emba go, en Cuen os Neg os de Cuba, como en alguna ocasión p ecisó la
p opia Lydia Cab e a, “no hay p o es as ni ei indicaciones… no ienen azón en un
mundo de an asía” (ci . p. Hi ia 1989: 17). Con unas inquie udes mul icul u ales
la iendo en lo p o undo, el Neg ismo que se esconde en e las páginas de la na ado a
cumple o os deseos, ambién aquel “sueño de odo la inoame icano —especialmen e de
in elec uales y a is as—”, como p ecisa Ángeles Ma eo del Pino, que es iaja a una de
las me ópolis eu opeas, “Pa ís: cuna de la ci ilización y el p og eso” (2008: 92).
Cuando Cuen os Neg os de Cuba se publica en Pa ís (1936) ya i adia en e sus
páginas el nue o lenguaje o encial de la Vangua dia, ese que “se ap opia de la lengua
de Ce an es ecundándola en apasionado ab azo” (López Ál a ez 1974: 15), al es ilo
del b illan e Miguel Ángel As u ias con la “pu a in ención del au o a as ado po el
desbo damien o de aleg ía de su libe ación o al” (López Ál a ez 1974: 15).
Ya hemos adelan ado que sus p ime as “ lo es” neg oides b o an g acias a la
pa isina Edi o ial Gallima d. El no elis a Paul Mo and insis ió en inclui Con es nèg es
de Cuba en la colección de La Renaissance de la Nou elle y se publica
simul áneamen e jun o a Légendes du Gua emala de Miguel Ángel As u ias93. A ambos
esc i o es la inoame icanos los descub ie on los anceses.
92 En una an e io ci a hemos apun ado el Decame ón neg o que, jun o a los doce olúmenes de A lan is,
con es el poésies populai es d'A ique son los í ulos de F obenius que más han ascendido en Cuba,
g acias a las publicaciones de Re is a de Occiden e en e 1925 y 1929.
93 Rosa io Hi ia sub aya que an e la publicación simul ánea, “la c í ica es ableció de inmedia o sus
aspec os coinciden es y pasó po al o, sal o alguna excepción, las di e encias” y además añade: “no
obs an e sí con iene llama la a ención sob e las di e sas ci cuns ancias cul u ales: neg a de los cuen os,
india de las leyendas” (1989: 18-19).
138
El siemp e opo uno Alejo Ca pen ie , como an icipamos en o o epíg a e,
conociendo casi al ins an e el ecibimien o en usias a que despe ó la publicación de
Cab e a en Pa ís, se despachó en alabanzas li e a ias hacia la esc i o a en el a ículo
“Los Cuen os Neg os de Lydia Cab e a”, publicado en la e is a habane a Ca eles el
11 de oc ub e de 1936. Ca pen ie no impond á ba e as a su admi ación, des acando el
alo inno ado y único que apo a la ob a, una ob a de up u a ca gada de aíces
“sun uosas” que le seducen de p incipio a in; pe mí asenos algunos de esos elogios al
comple o:
Acaba de publica se en Pa ís un g an lib o cubano. Un lib o ma a illoso. Un
lib o que puede coloca se en las biblio ecas al lado de Kipling y lo d Dunsany,
ce ca del iaje de Nils Holge sons, de Selma Lage lö . Y ese lib o ha sido
esc i o po una cubana. ¿Pe cibís oda la impo ancia del acon ecimien o? Los
Cuen os Neg os de Lydia Cab e a cons i uyen una ob a única en nues a
li e a u a. Apo an un acen o nue o. Son de una deslumb ado a o iginalidad. Y
si me hacen e oca los nomb es de Kipling, lo d Dunsany y Selma Lage lö , es
po que, con emo as e in olun a ias analogías de p opósi os, “sopo an la
compa ación” con cie os ela os de es os au o es. No impond é ba e as a mi
admi ación. No quie o a enua la ma a illada so p esa que me dejó la lec u a de
ese lib o, buscando, en e página y página, de alles suscep ibles de inspi a
epa os c í icos. Los Cuen os Neg os de Lydia Cab e a sal an los lími es de
nues as on e as de agua salada. Conquis an un luga de excepción en la
li e a u a hispanoame icana [...] me ecen plenamen e el í ulo de ob a maes a.
(Ca pen ie 1936)
Es as lisonjas li e a ias de 1936 adelan an y e elan la pe sonalidad a ís ica de
una muje de angua dia, inquie a, inno ado a, in es igado a, con empo ánea. La
neg i ud que despie a en Lydia Cab e a, po an o, “ aza una pa ábola uni e sal”
ompiendo los esquemas eli is as de la men alidad eu opea (Respall Fina 1993: 10) y, si
acaso, es á pe ec amen e enma cada en la imagen “genuina” de au o (a) “ame icano”
con empo áneo que había conside ado Lezama Lima, pues, en la esc i o a cubana
ambién:
139
lo sob ena u al, el pode de las ue zas de la na u aleza ienen un oque
pu amen e ame icano que bebió de la in luencia hispana de Góngo a y Que edo
y la igu a o ien al, pe o que se hizo pu a ma a illa y pu o sabo en [...] la
li e a u a hispanoame icana. (Lezama Lima 1993 [1957]: 87)
En e La Habana y Pa ís, Cab e a a con igu ando sus neg oides uni e sos de
icción y ap ende a conoce la A ocuba ue a de la isla, la más endógena, la más
supe s iciosa, la de las c eencias eligiosas. De es a o ma, asimila á, con un espe o
hono able, odos los sinc e ismos con que Á ica se “adap a á” a la sociedad cubana de
la época. Como ecoge Luis López Ál a ez,
las palab as se cambian unas en o as, ene gías ege ales y animales se unden
en ellas o zándolas a una nue a abundancia de mo imien os y olun ades
pe pe uamen e eno adas. Y ambién las palab as de la aza y del país se
mezclan con ellas según su mes izaje que ha con ibuido a la o iginalidad de
esas nue as naciones. (López Ál a ez 1974: 15-16).
De acue do con lo exp esado, el an eceden e gigan e de Cuen os Neg os de Cuba
pudo habe llegado con las Leyendas de Gua emala, la ob a de “la iloso ía del ealismo
in e io ” de Miguel Ángel As u ias —como designó Lanoël (1995: 27) a la esc i u a del
gua emal eco; la no ela de As u ias ue publicada en 1930 po la Edi o ial O ien e de
Mad id y ep esen aba una Gua emala inédi a, sus colo idos paisajes, sus olcanes, las
adiciones mayas y el en o no mágico de los mi os; As u ias log aba c ea de o ma
“impe ecede a” una “imagen ge minal de ese u o magní ico que es el pensamien o
mágico del Popol Vuh”94 (Lanoël 1995: 27).
En 1936, F ancis de Miomand e aducía Légendes du Gua emala95 pa a la
94 El Popol Vuh, ex o p ecolombino conside ado Biblia de los mayas que, en su mensaje p o undo,
man iene i as las adiciones o ales sag adas y la cosmogonía de una de las ci ilizaciones an iguas más
impo an es del mundo.
95 La e sión ancesa de F ancis Miomand e ecibió el P emio Li e a io Sylla Monsegu , p emio
ins au ado po el emp esa io y mecenas a gen ino, con el p opósi o de p emia a la mejo edición ancesa
242
de sus cuen os ca ga con los es os de sus ances os. Las líneas del capa azón
ep esen an las cica ices del escla o neg o que u o que u di con su as ucia
embaucamien os, e as, pa a sopo a an o some imien o de los amos.
De ahí el p o agonismo en muchísimas de sus páginas (en algunos de los se en a
ela os que con o man los es olúmenes de cuen os de la au o a). Desde sus ances os
neg os, “Jico ea lle a la supe icie cua eada de su ca apacho156”, pe o pod á esuci a
po que “posee na u aleza b uja, algo que al homb e le es edado po los dioses”
(Gu ié ez 1997: 47).
Vi uosa o malé ica, de lado san o o maligno, de conduc a in ini amen e pacien e
o pe e sa, den o del ela o cab e iano, Jico ea, es i al, po en osa, su “co azón [...]
con inúa la iendo a ias ho as después que ha mue o” y “se dice que [...] decapi ada, su
boca mue de, sus ojos mi an” (Cab e a 1971: 12).
EL TODOPODEROSO ES ORISHA.
Las his o ias de la c eación más p imi i as suelen se equi alen es. “No exis ía
nada edi icado”, na a el comienzo del sag ado Popol Vuh de los indios mayas,
“solamen e el agua limi ada, solamen e la ma anquila, sola, limi ada. Nada exis ía”,
(2007: 5). Los o ígenes Cheyenne cuen an que al p incipio no había nada. Todo es aba
acío y Maheo, el g an espí i u... El lib o más an iguo sob e el mi o y leyendas de
Japón, el Kojiki, asigna un o igen di ino a los p ime os poblado es impe iales. El mi o
mesopo ámico e leja su can o de alabanza a a és del “Enuma Elish” (“Cuando en lo
al o”) y emi e al o igen di ino de un uni e so sin o ma donde an sólo exis ían las
aguas saladas (de la diosa Tiama ) y las aguas dulces (del dios Apsu)157.
En Á ica, aunque exis en muchas e siones de la c eación, los yo ubas suelen
inicia sus génesis de o ma simila : en el p incipio no había nada más que oscu idad y
156 “Capa azón” de o uga y de algunos c us áceos, en su acepción cubana.
157 Sob e el mi o del o igen de las dis in as ci ilizaciones a caicas, éase Mi o y ealidad de Mi cea
Eliade (1973), Reyes, Dioses y Espí i us de la Mi ología a icana de Jan Knappe (1988), Dicciona io de
Símbolos (1993 [1989]) de Hans Biede mann, Símbolos, desci a y localiza mo i os mí icos y
espi i uales (2009) de Tony Allan, o B e e his o ia del mi o de Ka en A ms ong (2005).
243
agua..., se comienza y el es o de si uaciones ex ao dina ias an sucediendo “adap adas
a las ci cuns ancias y expe iencias de los di e en es pueblos” (Knappe 1988: 15).
A su ez, muchas de es as mi ologías an iguas coinciden en una his o ia de la
c eación muy ligada al o igen di ino de su p opia ibu (Knappe 1988: 15). Los dioses
eje cen su ue za p imigenia, po an o, en casi odas las génesis p imi i as como
hacedo es del uni e so y, asimismo se c ee que los dioses o ishas alguna ez ue on
humanos, de i ándose de ellos muchos de los pa akines, ela os en la Tie a.
La cosmogonía de o ishas de Lydia Cab e a nace en los yo uba de Nige ia, con
una mi ología iquísima de dioses y espí i us que eje cen una in luencia o al sob e la
ida de los se es humanos. Cuen an los yo ubas que
el g an O isha, el Espí i u Di ino, i ía en su casa al pie de una mon aña
ocosa. [...] Un g an peñasco cayó sob e su casa y quedó espa cido po odas las
di ecciones, pe o como e a el Dios, su espí i u no podía mo i . Diseminado en
odas las di ecciones, po eso aho a exis en 401 o ishas o dioses. (Knappe
1988: 37)
A pesa de la mul iplicidad de uen es que cohabi an en los Cuen os neg os
(c iollas, cubanas, clásicas, a icanas...), Lydia Cab e a goza en sus páginas del
i mamen o o isha: de sus equi alen es sinc e izados al ca olicismo; de los espí i us, las
ene gías que i en en odo y que pueden in e ac ua con los o ishas, como el To o en
“B egan ino, Be gan ín”; incluso de su ans igu ación en humanos, el caso del b ujo
“Osain de un Pie”.
Los o ishas de Lydia Cab e a ep esen an pe sonajes que i en en un mundo
más allá del bien y del mal, donde no exis e el concep o de pecado aunque pueden
queb an a los alo es mo ales, como se e ela al inicio de “Los Compad es”:
Todos somos hijos de los San os, y lo de la malicia y el gus o de peca ya le
iene al homb e de los san os. Po en edos de muje es, de ie a Tácula —el
más san o de odos, Changó—, llegó una ez huyendo a la ie a de Ochún.
244
(Cab e a 1989: 90)
Los dioses o ishas son cap ichosos, como ecoge Lydia Cab e a en La laguna
sag ada de San Joaquín (1973), la ob a que documen a la ies a anual que se celeb aba
siemp e en hono de la diosa azul. A la o illa de las aguas apa en emen e bondadosas e
inal e ables de San Joaquín de Ibáñez, en Ma anzas:
Yemayá se enamo ó de su he mano y lo e u o un año a su lado. A eces se los
oba pa a siemp e o según su cap icho, los de uel en a la ida. (Cab e a 1993
[1973]: 22)
En una elación escue a, pe mí asenos menciona algunos de los dioses más
ep esen a i os del pan eón o isha que des ilan a su an ojo po los ela os cab e ianos: a
la cabeza, el dios sup emo Oloduma e u Olo i, el c eado del uni e so que después
desapa eció y que, aunque i e sepa ado de odo, y no se le conoce i ual, nada se
mue e sin su olun ad; Oba alá, el más g ande de odos los se es c eados, hijo de Olo i,
macho y hemb a en él, además el c eado del géne o humano, quien ep esen a las
ene gías ep oduc o as de la na u aleza y el equi alen e lucumí de Jesuc is o o de la
Vi gen de las Me cedes; Changó, el o isha dios del ueno, el uego y la gue a,
equi alen e de San a Bá ba a, explosi o y a ogan e, el Don Juan de los dioses a icanos
(Gu ié ez 1997: 37), muy muje iego además de ene dos esposas, Obbá dueña de las
lagunas y los lagos, y Oyá, la o isha de la cen ella, del emolino y las o men as
(Nues a Seño a de la Candela ia, en su equi alen e ca ólico); el úl imo de los
conside ados g andes o ishas es á ep esen ado po I á, el g an adi ino o Banga, el
e elado de lo ocul o que pone nomb e a la Regla de I á, como hemos señalado, el
i ual de adi inación de los babalaos.
En e los nume osísimos es an es o ishas, ambién nacida de Oba alá, la diosa
del ma es Yemanyá o Yemayá, la pa ona de los ma ine os, equi alen e de la Vi gen de
Regla, la mad e de los a oyos y de las uen es, cualquie pied a de agua la ep esen a
como obje o o e iche, sus hijos son Changó y Oggún, el segundo dios de la gue a y del
mache e. Ochún es la diosa del ío, dueña del cob e, del o o, de los co ales, odos los
245
homb es y dioses i en p endados de ella, la Venus neg a odeada de decenas de
pa akines que na an sus amo es, conside ada po los a ocubanos como la diosa del
amo , iden i icada, además, como la pa ona de la isla, la Vi gen de la Ca idad del
Cob e. La di inidad de la cu ación es á ep esen ada po Babalú-Ayé, o Ta a Fumbe
(San Láza o). Elegguá, es un o isha de e ien es de o os, iene las lla es del des ino y
ab e o cie a las pue as a la desg acia o a la elicidad, en cie o modo el más malé olo,
el enga i o, el equi alen e de Luci e pa a muchos babalaos, que cons an emen e
equie e de sac i icios pa a calma sus i as y demonios, ep esen ado —
pa adójicamen e— po las ánimas bendi as del pu ga o io. Y Osain, el o isha que iene
una sola mano, una sola pie na, un solo ojo, una o eja g ande so da y o a pequeña po
la que escucha, es el seño de las hie bas, el dueño de la na u aleza que cuida el mon e
di ino, p o agonis a sin igual de uno de los ela os más suge en es de Lydia Cab e a
“Osain de un Pie” (Cuen os neg os de Cuba 1989 [1940]: 167-172)158, ela o al que
dedicamos un in enso capí ulo en nues o Diploma de Es udios A anzados, el p ime
ace camien o c í ico que hemos ealizado sob e la esc i o a y sob e Cuen os Neg os de
Cuba.
Como au én icos p o o ipos de la i alidad y el ino humo , los dioses
cab e ianos supe an la ealidad co idiana y ascienden en los ela os en la mane a en
que Lydia Cab e a los ha oído de sus in o man es. Den o de los Cuen os Neg os, la
au o a se limi a igu osamen e a consigna les “sin p ejuicio” sus caminos de lucumí
(1993 [1954]: 13) y asimismo espe a la oz de quienes le con a on que “muchos son
he ma odi as”, lo son Changó, Agayú, Inle, Naná-Bulukú, y Olokun, la mayo de las
Yemayá que “bajo la apa iencia de una muje , sale del ío y a a pasea se po la sabana
y los que la han is o de lejos, asegu an que es bellísima” (Cab e a 1993 [1973]: 21-
22]).
La ida y la mue e se uni ican, se con unden y unden en ellos (Hi ia 1989:
21), los o isha yo uba a icanos ep esen an esa en idad dual y no se ía posible
asimila los de o o modo159. Lydia Cab e a ap ende á a econoce sus códigos y
158 Sob e una elación más de allada de los o ishas a ocubanos, sus nomb es, a a a es, e iches y con
quiénes se sinc e izan, éase El Mon e (1993 [1954]) de Lydia Cab e a, La eligión a ocubana (1975) de
Me cedes C os Sando al o, ambién, O ishas del pan eón a ocubano (2008) de Na alia Bolí a
A ós egui.
159 Reco demos, en es e sen ido, al genial J.G. F aze (1922[1944]) cuando explicaba cómo la e olución
246
en iende que lo más impo an e de las c eencias de es a Á ica expo ada es la i me
de e minación de segui i iendo después de la mue e, de cue po en cue po: “lo que
noso os mismos llamamos espí i us” (Knappe 1988: 37), y quien quie a encon a los,
i os o mue os, end á que en a en el mon e (donde quie a que el mon e se encuen e
ep esen ado): “descendemos de los dioses” (Cab e a 1996 [1974]: 93).
EL AGUA ES SANTUARIO.
Desde el a que ipo del dilu io uni e sal, en cuán as ocasiones la aza humana se
ha alimen ado, e escado, o ado, eído, llo ado, “lamen ándose” a los pies de las
co ien es de las aguas, o en las cha cas y las lagunas (F aze 1981 [1944]: 99). Las
aguas donde habi an dioses o en iados de los dioses como el a a a Pez Ma sya, pa a la
adición hindú, el p o ec o an e los desas es na u ales o el enca gado de sal agua da
la segu idad pa a ma ine os y iaje os.
Tal y como se lo han na ado sus enciclopédicos a ocubanos, Lydia Cab e a
explica que:
sin agua, los animales, los homb es y las plan as mo i ían. ¡Oyo so ko ni awadó!
No llue e... ¡maiz no c ece! Sin agua no hay ida. De Yemayá nació la ida. Y
del ma nació el San o, el Ca acol, el Ocha e dade o. (1996 [1974]: 21)
Según esa men alidad p imi i a pe o, a la ez, an lógica, que encon amos en
cie as palab as de los in o man es de Lydia Cab e a, el agua lo es odo po que “la
bebemos al nace , la bebemos al mo i y ella nos e esca el camino cuando nos lle an a
en e a ” y si no, “¿qué se ía del mundo al al a le el agua?” (1996 [1974]: 24).
El elemen o i al supone una cons an e en la simbología de la que bebe Lydia
Cab e a. Toda su na a i a queda inundada po la impo ancia del agua, del mismo
de odas las eligiones “ha es ado subo dinada po el miedo a los mue os”, una ue za aún más pode osa
“en la o mación de la eligión p imi i a” (13).
247
modo que los hijos y de o os de o ishas, o ecen agua pa a ecibi y saluda a sus san os
“cuando bajan a baila ” (1996 [1974]: 24). Pe o no podemos ol ida nos de una lógica
mayo , como bien e ela Ma iela A. Gu ié ez: Cuba es isla y agua, “ odeada de agua
po odas pa es” lo mismo que a a esada po lagunas, íos, a oyos, manan iales, “más
aún que Á ica”; así que se hace e iden e que “el escena io de las aguas o me pa e de
la mí ica a ocubana y po ende de la cuen ís ica de Lydia Cab e a”.
Y en ese san ua io na u al donde el agua es símbolo de la supe i encia de la
ida e es e, las aguas cob an impo ancia en el imagina io o isha po su elación
di ec a con las diosas que gobie nan esas aguas: Yemayá y Ochún, he mosas po las
aguas y po su belleza. En ese emplo acuá ico i en. Una ez más, la ue za
documen al de Lydia Cab e a consegui á “saca las a la luz”, en palab as de Gu ié ez,
e i i las po medio de “los i uales de las di e en es diosas lu iales ene adas en Cuba
y los múl iples appa akis con ados po sus adep os” (1997: 103).
El neó i o, en ese pun o, se sen a á en una “silli a baja o en un cajón”, los pies
descalzos y las manos apoyadas en las odillas con las palmas hacia a iba, “ es
cho i os de agua en el suelo” y la Iyalocha o sace do isa eza:
Omí u i, ana u u
Tu u la oye ilé u o. (Cab e a 1996 [1974]: 143)
En lucumí: Agua esca pa a que odos engan esco, se sien an bien, haya comp ensión
y bene olencia “y el ilé es é anquilo” (1996 [1974]: 143).
EL FUEGO ES SACRIFICIO.
No se a a de iaja de la ciencia al mi o, pe o, cuando obse amos
de enidamen e la ansmu ación o sac i icio de dis in as c ia u as al ededo de los
uegos edondos de Cuen os Neg os de Cuba, nos iene al pensamien o la p ime a de
248
las leyes más sólidas que exis e en la Na u aleza, quizás la única pa a la que el homb e
no iene dudas, el p ime p incipio de e modinámica. Si la ene gía ni se c ea ni se
des uye, aunque cie o es, que puede ans o ma se en o a en idad, mejo coce la a
uego len o, en un “ uego a icano”, ade ezada con una pizca de o ismo, pi ago ismo,
neopla onismo, cábala, he me ismo y ambo a icano. Sólo en onces, el símbolo gi a á
y gi a á en e O ien e y Occiden e, sólo así pod emos en ende que la na a i a mí ica
de Cab e a, como sugie e Gu ié ez, “es á sa u ada de lo sob ena u al” de unas
iconog a ías y de o as (1997: 22).
Den o del calde o cab e iano se jun an en mo imien o las mismas consonancias
uni e sales, e elándonos que el casi edondo “hue o cósmico”, awi indoeu opeo,
ma iz de Venus o alambique alquimis a ep esen an un símbolo que imp egna la
his o ia de la Humanidad desde épocas emo as, “c eando una ed de co espondencias
en e ci ilizaciones y cul u as apa en emen e muy dis an es en e sí” (Ba is ini 2003:
133).
A e, iloso ía y eligión se han ace cado al mis e io ine able de la ida median e
es e símbolo de la pe ección que une al “Todo”. El o um, el ú e o ¿no con iene, acaso,
el neg o al blanco y el blanco al neg o en la aoís a iconog a ía del cí culo y no es
mandala pa a el ibe ano o mando la en los sag ados e ablos c is ianos? ¿No con ienen
odos en él la na u aleza di ina, incluso una ida que supe a a la de cualquie o a o ma
de comunicación humana? (Allan 2009: 80).
Las na aciones de Cuen os Neg os de Cuba no pueden sos ene se sin la
supe s ición a icana, sin esa simbología que necesi a de calde os y de mayombe os
yo uba que enciendan el uego. Si de e dad se p e ende lucha con a la b uje ía,
den o del uni e so de icción cab e iano, ha de se un sace do e a ocubano, un b ujo
mayombe o, el que puede lucha con la misma b uje ía: “¡nganga con a nganga!”,
conju o con a conju o, es deci “ene gía con a ene gía”, o “lo que hace un b ujo, o o
lo deshace” (Cab e a 1993 [1954]: 26).
Lydia Cab e a, lo exp esa, lo mezcla en sus Cuen os desde la ecu en e
p esencia del sac i icio de algunos pe sonajes, quienes gi an hi iendo de calo ,
undiéndose den o del calde o, igual que la ida yo uba gi a en o no a su eligión y ha
de undi se con el odo. No es ágico al inal pa a cualquie pe sonaje si quien es á
249
den o del uego es Jico ea, ya lo hemos exp esado, pu o a a a , i uosa ene gía y
espí i u de los o ishas, e e nidad que esuci a siemp e, ep esen ación de la sabidu ía, de
la as ucia que pe sis e humilde an e la a ogan e igno ancia humana, símbolo de la
esu ección.
¿Qué sen ido ienen en onces odos es os mi os y odos es os i os? “Es que el
mundo nace, se es e iliza, pe ece y nace de nue o a un i mo muy p ecipi ado”, como
se con es a a Eliade (1975 [1955]: 79). Los símbolos es án ligados a la ida espi i ual,
pe enecen a su sus ancia, pese a que se haya p e endido ex i pa la idea en alguna e apa
de la his o ia. Sin es a p emisa es imposible en a en la ob a li e a ia de Lydia Cab e a.
Aunque siemp e pueden eni o a ez al paso las ciencias ísicas de la e modinámica,
pa a demos a cualquie a gumen o y deci , según el o o p incipio básico, que odo es
ela i o.
250
5.3. Los imagina ios emeninos de Lydia Cab e a.
Fig. 38: “O enda”
“Jamás me he c eado un sis ema
como lo hacen las muje es in eligen es,
jamás me he a ado a ninguna concepción del mundo
como lo hacen los homb es aún más in eligen es,
ampoco me he cons uido un a ca.
Yo soy lib e”.
Else Laske-Schüle
“Yo había pasado el día comiendo manzanas y leyendo,
en un Balzac p ohibido,
el ex año idilio de un homb e y de una pan e a.”
Simone de Beau oi
“No son las di e encias las que nos inmo ilizan
sino el silencio.”
Aud e Lo de
Ac ualmen e, se conside a un ópico ya ealza el alo de una esc i o a po el
ac o de esc ibi en un uni e so copado po homb es, pe o no nos exime de ene lo en
251
cuen a si p e endemos iden i ica ma cas de géne o en la con igu ación de los p ime os
pe sonajes emeninos de Lydia Cab e a y ahonda en la ex ao dina ia pe sonalidad de
es a au o a nacida en 1899 y cul i ada en la Vangua dia eu opea.
Aunque en o no a la cues ión de iden idad sexual “aún no se anspa en an las
consecuencias del abajo in e disciplina io ni los c uces me odológicos, p opios de los
es udios cul u ales” (Cas o 2012: 9), el p oceso ha sido a duo y di ícil pa a an as
pe sonas in es igado as que a lo la go del pasado siglo XX ue on publicando, casi en la
inche a, dis in os abajos de géne o sob e eminismo y muje es.
Algunos de esos olúmenes se han con e ido en manuales imp escindibles de
consul a que con o man un amplio ca álogo de bibliog a ía especializada que, sin duda,
ha log ado despoja del anonima o a un audal de muje es a is as, ilóso as, cien í icas,
pedagogas, cali icadas de he oínas, einas, b ujas, hechice as, sanado as, que han
engend ado la o a his o ia del mundo160.
Den o de la nue a iden idad que e lejan las luces emeninas no p e endemos
p o undiza , aquí, sob e el deba e igualdad/di e encia —nues o comp omiso y nues a
con icción apues an po el p ime o—, más cuando que esa labo ya comenzó con las
iden idades del poses uc u alismo, como apun a Angie Simonis [2008:38]); ni ampoco
a a emos de jus i ica las di e en es co ien es que el Feminismo ha man enido a lo
la go de su his o ia, pues nues o sende o no apun a hacia esos obje i os. Sin emba go,
desde o o o den de análisis, sí nos in e esa alumb a —con place — a las iniciado as de
una esc i u a emenina que se e ige como an eceden e uni e sal de la cubana Lydia
160 Véase al espec o ob as como: Isabel Mo an (di .) (2005) His o ia de las muje es en España y
Amé ica La ina; Geo ges Duby y Michelle Pe o (di s.) (1993) His o ia de las muje es en Occiden e;
Bonnie S. Ande son y Judi h P. Zinsse (1991) His o ia de las muje es: una his o ia p opia. 2 ols;
Ma ga e Alic (1991) El legado de Hipa ia. His o ia de las muje es en la ciencia desde la An igüedad
has a ines del siglo XIX; Celia Amo ós (ed.) (2000) Feminismo y iloso ía; Hen ie a Moo e (1991)
An opología y eminismo; Mº Ángeles Que ol y C. T i iño (2004) La muje en el o igen del homb e; C.
Clemen y J. K is e a (2000) Lo emenino y lo sag ado; Judi h Bu le (2001) El g i o de An ígona y
(2007) El géne o en dispu a: el eminismo y la sub e sión de la iden idad; Pila Pé ez Can ó y Ma ga i a
O ega (eds.) (2002) Las edades de las muje es; Ana Ca o (1993) Valo , ag a io y muje . Ba ba a
Eh en eich y Dei d e English (1988 [1973]) B ujas, comad onas y en e me as: His o ia de las
sanado as; Pa icia Mayayo (2003) His o ias de muje es, his o ias del a e; I is Za ala (di .) (1977)
B e e his o ia eminis a de la li e a u a española en lengua cas ellana: la li e a u a esc i a po muje es
de la Edad Media al siglo XVIII; Noemí Ma ínez y Ma ian López Fe nández Cao (2001) Pin ando el
mundo. A is as la inoame icanas y españolas (1850-1950); Anne Caballé (ed.) (2004) La ida esc i a
po muje es. IV. Po mi alma os digo. De la Edad Media a la Ilus ación; U a G osenick (2003) Muje es
a is as de los siglos XX y XXI; Angie Simonis (coo d.) (2012) Feminismo/s nº 20: La Diosa y el pode de
las muje es. Re lexiones sob e la espi i ualidad emenina en el siglo XXI.
258
in es igaciones y en las elaciones he mosas, como la que ya hemos mencionado que
man u o con la esc i o a del pe sonaje “Mamá Tina”166 o “Blanca Nie es”, la no elis a
Te esa de Pa a, o con su o a compañe a de ida as la mue e de la esc i o a
enezolana, la cubana Ma ía Te esa de Rojas, Ti ina, cus odia iel de una pa e de la
co espondencia ín ima de Lydia Cab e a, la enca gada de sal agua da las e idencias
homoe ó icas en odas las e e encias, ela aquellos nomb es comp ome idos, los
pá a os, algunas páginas y ca as en e as que necesi aban in isibilidad y p o ección
mediá ica (To es 2006: 259-260).
En no pocas ocasiones, la p osa de la enezolana Te esa de la Pa a e ela la
necesidad de una “ edención” de los de echos que habían quedado “maldi os de
se pien es” desde el mismísimo día en que los mi ológicos Adán y E a “peca on po
sobe bia de la in eligencia” (Pa a 1982: 322). Reco demos esa Te esa de la Pa a que
decla a, en la “Ad e encia” inicial de su ob a Memo ias de Mamá Blanca, que el
pecado o iginal ue, po an o, una “ ep esalia” del c eado donde “Dios ence ó en ella
la mayo ía de nues os dolo es y mise ias” (Pa a 1982: 322).
En esas páginas iniciales de las Memo ias, la au o a ambién jus i ica que
“Mamá Blanca”, la p o agonis a que con iesa admi a desde que la conoce “cuando ella
no enía aún se en a años ni yo doce”, y con la que aba “amis ad, como ocu e en los
cuen os” (316), se le apa ece “como una somb a”, pa a hace le una “sua e ep imenda”
po da an os odeos pa a la publicación de las Memo ias. La ob a mues a el a que ipo
de una muje que “amaba la sana aleg ía” y olaba “con alas de ma iposa” (322), casi la
e elación emenina donde Te esa de la Pa a puede ea i ma se a sí misma y ele a ,
as la imagen de Mamá Blanca, las palab as que de ienden una ida lib e y plena po
encima de los juicios:
¡Chs ! Bas a de anos a gumen os. Hablas demasiado. ¿Po qué no ap endis e
con mi piano iejo a e a sin disculpa e? [...] Después de peca po
desobediencia y eme idad, como la muje de Lo , me has negado a ias eces
po espe o humano, lo mismo que Ped o. Pod ía deci e muy se e amen e “ e e
166 “Mamá Tina” es la p o agonis a de Memo ias de Mamá Blanca (1929), ob a que inmo alizó a la
esc i o a enezolana Te esa de Pa a, como apun amos al p incipio del es udio, esc i o a conocida,
ambién, po el éxi o de su an e io no ela I igenia (1924).
259
y no peque más”, si no uese po que juzgo imp uden e ana ema iza el pecado
con demasiada iolencia. P osc i o del mundo, su absolu a ausencia pod ía deja
as él una a idez de desie o, pues, ¿qué ald ía ya la ida sin la g acia del
pe dón y la indulgencia? (Pa a 1982: 322-323)
No hay nada que añadi a la e idencia: las muje es siemp e han enido la misma
necesidad de esc ibi que los homb es y, como sos iene Es he Tusque s, las muje es de
inales del siglo XIX y p incipios del XX no esc ibían con el p opósi o exclusi o de
iun a o hace se amosas:
esc ibían po la misma azón que los esc i o es de cualquie sexo y de cualquie
época: po que no podían deja de hace lo, po que esc ibi e a una necesidad
ineludible. Habían sido desde siemp e g andes ecep o as de his o ias,
magní icas na ado as o ales, les había llegado el momen o de pode esc ibi las,
y no iban a pe de la opo unidad de hace lo. (Tusque s 2007: 11-12)
Con eniencia que Lydia Cab e a no desap o echa ía, cuya ocación, pe il
in elec ual y a ís ico lo ecie on más allá de limi aciones. Cuando Cuen os neg os e la
luz, la esc i o a ya posee un sin ín de oces emeninas y masculinas en sus imagina ios;
la cul u a le sale po los po os po que ha consag ado sus ho as leyendo a Vi ginia Wool
(1882-1941) lo mismo que a Ve laine (1844-1896).
Cab e a desa olló su ace a in es igado a en un mundo copado po la isión
masculina pa ia cal, pe o legi imó un modes o p es igio li e a io que no ocupa on o os.
No sólo se desa olló como una esc i o a que publicaba sus abajos den o y ue a de
Cuba, an es y du an e el exilio, su capacidad c eado a ambién es aba sa is echa. Lo
a es igua el he moso legado epis ola que man u o asiduamen e con g andes amigos y
amigas a is as, y que se ha podido publica g acias a la pos e io labo ensayís ica que
se ha ealizado sob e su ida y ob a167.
167 Ve la co espondencia y diálogos que man u o Lydia Cab e a con Rosa io Hi ia , amiga y esc i o a
cubana, en la ob a Lydia Cab e a: Vida hecha a e (New Yo k, 1978), así como Ca as a Lydia Cab e a.
(Co espondencia de Gab iela Mis al y Te esa de la Pa a) (Mad id, 1988). La especialis a Ma iela A.
260
Que Lydia Cab e a con inúe la ayec o ia que ya habían iniciado o as esc i o as
hispanoame icanas deslizándose po el Pa naso del con inen e con sello p opio, no es el
único en oque emenino que nos puede habe iman ado hacia las páginas de Cuen os
Neg os de Cuba.
Quienes ealmen e nos sume gen en esas páginas son sus muje es p o agonis as,
las que no sólo explosionan de belleza y encan o, sino que so p enden po su as ucia o
po su aleg ía de i i . La imagen que Lydia Cab e a nos o ece de la muje “impone
cabalmen e su olun ad” en los desenlaces de la na ación y, como ha sub ayado Ode e
Casamayo , “dis a en g ado sumo de aquella que se unde bajo el sol de la exis encia
o dina ia, en e las enazas é icas de la sociedad con empo ánea” (2001: a íc. 2556).
A pesa de que Lydia Cab e a nace en una época en la que el econocimien o
a ís ico y el p o agonismo emenino en la esc i u a suponían una odisea, Cuen os
Neg os de Cuba des acan po la icción, la mano emenina de ás de la icción y el
modo a ayen e de ei indica el ac o de esc ibi sin exhibiciones comba i as. An es que
nada, Lydia Cab e a ue a is a: pin o a. Cualidad que aslada a la esc i u a de icción
ans o mándola en un cosmos de palab as muy isual, un uni e so plagado de
na u aleza, ue zas elú icas y mucho ébano.
En sus ela os, el p opósi o de enal ece los o ígenes yo uba ambién se e ela
cuando dibuja a las muje es, las aíces a icanas de las p o agonis as sob esalen den o
de un as o abula io que queda o almen e alejado de posiciones eminis as. Una cosa
es que Lydia haya suge ido y isibilizado el p o agonismo de cue pos que en li e a u as
an e io es no impo aban, haciendo sob esali de las maniguas de la o edad a unas
muje es que o almen e lib es de la dominación simbólica que el pa ia cado ha ope ado
en su psiquismo (Simonis 2012: 33), y o o asun o es que apues e po un discu so
eminis a con muje es dispues as a p ac ica una lucha iden i a ia adical.
Aho a bien, conside amos me i o io que decidie a plasma su alen o a ís ico en
medio de las cas as neg oides cubanas, an e adas a blancos y a muje es. Lydia Cab e a
es asg eso a en su o alidad, pe o po que le ocó i i en un mundo cul u al-social-
Gu ié ez ambién ci a, en su bibliog a ía sob e Lydia Cab e a, el a ículo de Onilda A. Jiménez (1983)
“Dos ca as inédi as de Gab iela Mis al a Lydia Cab e a”, publicado en Hispamé ica. Así mismo, Ca as
de Yemayá a Changó. Epis ola io inédi o de Lydia Cab e a y Pie e Ve ge (2011), la co espondencia
que man u o con su o óg a o y amigo Ve ge , publicada po Jesús Cañe e.
261
his ó icamen e de dominación masculina y, desde ahí, pa icipó su ilmen e en odas las
luchas de la libe ación uni e sales que su gían an e el pode y la abominación de la
época.
Al espec o, es impo an e e lexiona que en la na ación de la mode nidad
a ís ica o de cualquie o o momen o his ó ico, la apa ición y ac i idad de las muje es
es aba condicionada, e an “ igu as con e idas en pasi as “po la mi ada o po la acción
de los homb es”, como bien plan ea Ma ía An onie a T as o ini, se menciona a las
muje es pe o den o de la ca ego ización y la e ique a:
las p os i u as y las baila inas pin adas po Toulouse-Lau ec, Mane , Degas,
Renoi , las iudas y las old ladies desc i as en las no elas, las íc imas de
homicidio de las na aciones de Poe, la passan e (« iandan e») desconocida
can ada po Baudelai e. (T as o ini 2009: 165)
Sin emba go, ue a de esa habi ación de mi ada masculina, jun o a esos dandis,
con un en oque es é ico de la ida que hace del cue po emenino y de su exis encia una
ob a de a e, apa ece un balcón in elec ual pa adigmá ico donde se asoman las o as
igu as emeninas, esas muje es desa ian es, p o undamen e ac i as, con un p oyec o de
au onomía e independencia p opio, las “desca alogadas” po la his o ia, las
exceden es, huéspedes no deseadas de la mode nidad, como la sol e ona, la
his é ica, la lesbiana, la su agis a y sob e odo la a is a, pe sonajes que
compond án el a iado e inquie o mosaico de iden idades de la nue a muje .
(T as o ini 2009: 165)
Es a nue a muje ep esen a un desplazamien o complejo que de ine el pe il de
igu as como la de Lydia Cab e a. La p eocupación de es as in elec uales se es ablece
lle ando lo que an es e a p i ado a lo público, amplían sus on e as ísicas u
psicológicas aspasando el ámbi o más pe sonal. Lo mismo ma cha án a i i a las
262
ciudades168 que mo e án y ansmu a án esos espacios ce ados, ocul ados, de lo
emenino sacándolos a la luz de las p o esiones o de las nue as iden idades sociales
(T as o ini 2009: 166).
En es e sen ido, Lydia Cab e a desa olla su na a i a suge en e isibilizando el
ma gen en oda ampli ud y, pa a ello, escoge ecupe a el mundo de lo eso é ico, an
e elado a lo la go de la his o ia, desde la magia a ocubana. Has a en onces, no exis ía
nada más impene able en la isla de Cuba que la Sociedad Sec e a Abakuá, cuna de la
eligión y psicología yo ubas. Blanca y muje , apo ó su con icción y c ea i idad
emeninas con p o undo espe o, con obje i idad y has a con aché. Un iesgo y un
acie o que hacen único el apo e a ís ico de Lydia Cab e a: que la p oducción li e a ia
de una muje blanca cubana, bebie a de las mismísimas aíces de la ceiba.
168 De aquí su ge nos su ge un in e esan e análisis que alo a ía la his o ia del iaje, de los mo imien os,
desde un en oque emenino, po que la p opia his o ia del iaje es la his o ia de géne o donde las muje es
han quedado desplazadas, a inconadas a la inmo ilidad o a la e e na espe a de los e o nos. Desde el
siglo XIX mo e se y iaja ya no se án “p e oga i as” solo de los homb es (T as o ini 2009: 167).
Aunque se á dis u ado po las muje es de clase media y al a, como la p opia Lydia Cab e a, el iaje se
con ie e en el siglo XIX y p incipios del XX en una de las mane as de nues as in elec uales pa a sali de
aquel ce co es echo donde se enco se aba y dibujaba el en o no y la ida social de la muje (Pe o 1998:
447).
263
5.4. Ca og a ías emeninas en Cuen os neg os de Cuba: demiu gas, sandungue as,
ma ias, magas, iyalochas.
“En oda habi ación acía
a las doce de la noche
llo a silencioso el an asma
de alguna muje ol idada.”
Lydia Cab e a
“¿No es e dad que es u Sa o encan ado a?”
Me cedes Ma amo os.
“¿O es la p opia neg u a
de u os o de ébano absolu o,
de ib a noc u na has a el ondo,
la que e hace son eí an inamen e
-como a la muje g á ida, cuando se queda sola,
el mis e io de su hijo?”
Cin io Vi ie
“HEMBRA PARIDORA DE HEMBRAS EN CELO”.
Miguel Ángel Ma ínez
“Te compa o con una san a diosa
Longina seduc o a”
Manuel Co ona (1916)
Quiénes son las muje es que e oca Lydia Cab e a. Qué dimensión les o o ga en
su nue o pa aíso de exube an es E as a as, an neg as, an e in as como la mula a
de ojos cla os que enía el pelo lacio; sandungue a —más e eche a que Oyá—,
sonsacado a de ma idos y siemp e sol e a. Enamo aba a los homb es, y los
homb es po ella abandonaban a sus muje es. (Cab e a 1989 [1936]: 129)
264
Po qué so p ende la ica a iedad de sus ca ac e es emeninos “en el e ablo de los
cuen os de Lydia Cab e a”, como ambién ha plan eado Jose ina Inclán, cuál es la
a acción que encie an es as duales
diosas de mi o, muje es de leyenda, de au óc ono blanco y neg o, de blanco y
neg o c iollo, mula as opicales, neg as blanqueadas, blancas amula adas y en
lo in e io buenas y malas, des uc o as o o jado as. (1987: 105)
La ábula “adul e ada” de aquellas muje es exó icas del Á ica sal aje que,
únicamen e, es aban some idas a d amas blancos de des ino in iel y abandono, se
ans o ma á, den o de las páginas cab e ianas, en un conju o li e a io de a odi as
neg as llenas de agua dien e, olup uosas, p i ilegiadas, bas an e alejadas de los juicios
que le an ó la mula a decimonónica Cecilia Valdés, la p o agonis a de la homónima
no ela de Ci ilo Villa e de que ya hemos apun ado.
Po sus pe iles emeninos, que son a iados “po que a iado es el aspec o de la
ida cubana, de su eligión y de sus c eencias” (Inclán 1987: 105), la icción de Lydia
Cab e a es ola alejada de esas o as mani es aciones li e a ias que ya exis ían en la
época. Sus damas queda án dibujadas po los ce e os asgos ísicos, pe o más aún po
los asgos in e nos que de ellas des aca. Lydia Cab e a “pene a en sus pe sonalidades,
de ahí la na u alidad de sus idas” (1987: 105), y log a desde ahí edescub i mi os
uni e sales, empode a , de algún, modo los a que ipos emeninos que acompañan a la
his o ia de la humanidad.
Pa a Jose ina Inclán, las “c iollas ejempla es” de los cuen os de Lydia Cab e a,
pueden enma ca se en es ca ego ías de ep esen ación: la p o ec o a mad e que e oca
el Génesis mi ológico, la nin a oní ica e ocado a del amo idealizado enacen is a y la
neg a c iolla en ado a, desconce an e, i al. “Son: Sanune, la Muje de agua y Dolé”
(Inclán 1987: 105), las p o agonis as de los cuen os, en es e o den, “B egan ino
B egan in” (Cuen os Neg os de Cuba 1989 [1940]: 37-52), “La muje de Agua”
(Cuen os pa a adul os niños y e asados men ales (1996 [1983]: 33-35) y “Los
compad es” (Cuen os Neg os de Cuba 1989 [1940]: 90-111).
Pa a noso os, po su a oma, su colo y el con oneo de sus cade as, la ebenus de
265
Cab e a se gana á la “ ama” de he mosa en e odas las cubanas y es a á concebida con
una mezcla de canela, muy neg a po den o y ca meli a169 hacia la piel. Seduc o as
li e a ias muy ce canas, en la ep esen ación, a las emeninas ulminan es que
desc ibie a Alejo Ca pen ie en las páginas de La Música de Cuba, las que pa en de lo
eso é ico pa a “insinua se en abie o”, au én icas “mula as po su ángel y sab osu a” que
“des acaban en el baile” con exó icos “ es idos is osos y pendien es de g andes a os”
(1972 [1946]: 140).
Cab e a incluye musas exube an es y “a e idas” que p o agonizan escenas
como la de la “muje que soli ian a a los homb es” que “olía mejo que un ca e al” en el
cuen o “Apopoi o Miamá” (1989 [1940]: 129-135), una mula a que “ci aba su o gullo”
en su p opia belleza, an e la cual “las casadas, po usadas y eas” no podían “compe i
—ni ilusiona ” a “sus ma idos”, una mula a que las muje es “ emían más que al Diablo
y la Vi uela. La maldecían” (Cab e a 1989: 129)
O, ambién, in oduce aquellas más a icanas que apa ecen con la imagen de la
abajado a de la ie a y su bebé a cues as, como la muje del o o ela o “Ta abisaco”
(1940 [1936]: 136-141); o aquellas in é p e es a ales que in iman con las aguas de la
ida y son capaces de dilui cada d ama en me á o as solo a la al u a de diosas neg as
po el cen o que i en en un Olimpo ca gado de “sinc e ismo, idapo o mezcla que no
son sino nomb es académicos y yo uba, pa a designa la palpi an e ealidad de la
mula ez cubana” (Pe e a 1971: 11).
Todos los su iles des ellos que se en e ejen en las amas de Lydia Cab e a an
adi inando deno a i amen e y con ienen la cons an e p esencia de la sobe bia Á ica.
¡Qué ep esen a esa pujan e y igo osa sexualidad emenina de los ela os cab e ianos
sino a la mismísima Á ica!
Al espec o, el impo an e es udio Idapo. El sinc e ismo en los Cuen os neg os
de Lydia Cab e a de Hilda Pe e a (1971), que pudo elabo a en con ac o di ec o con la
esc i o a cubana, nos ecue da que Lydia Cab e a consiguió en a en el con inen e
ma ia comp endiendo que el enómeno del sinc e ismo de la sociedad cubana pe mi ía
“la usión de azas y cul u as neg a y blanca”. Según Pe e a, la Lydia de Cuen os
Neg os de Cuba y de su pos e io ¿Po qué: cuen os neg os de Cuba con o ma un
169 Ca meli a, acepción cubana pa a designa “colo canelo o ma ón cla o”.
266
“p oduc o a ís ico indi idual” den o de la li e a u a cubana y es á ma cado po el
“sinc e ismo” en es ado pu o desde las mismísimas “peculia idades” que cimen a on “la
enc ucijada de su hoga c iollo” (Pe e a 1971: 20), algo que imp egna á sus na aciones
de una “ isonomía sui-gene is”, el alma “a anosa” con la que descub e “la can e a que
yacía inexplo ada en la p opia Cuba” (Pe e a 1971: 21).
De es e modo, Lydia Cab e a mece la in e elación de azas cuen o a cuen o: en
el ondo, en los emas, en los pe sonajes, en el es ilo, en la écnica. A pesa de la
cons an e imposición de la cul u a blanca de la época sob e la adición y men alidad
neg oa icana, la esc i o a descub e el sinc e ismo “ i al” log ado en los neg os y da á
oz a odo a ocubano que des ile po sus p ime as icciones. También a las muje es, a
quienes pin a á mi ad blancas mi ad neg as. Allí es a án la cos u e a Te esa M. (Omi-
Tomí), Calix a Mo ales (Oddeddei), su g an amiga neg a, elegan e, de au én ico linaje
o ilé, lucumí, damas que queda án mezcladas en e lo que es documen o eco dado de
las in es igaciones y lo que es la li e a u a o ec eación a ís ica p opia de la esc i o a.
Es impo an e p ecisa de nue o, en es e pun o, que odo el “pac o” de Lydia
Cab e a con las a ocubanas de sus cuen os e leja ese animismo y la concepción
mágica de la ealidad que hay que comp ende desde la p opia men alidad a icana
yo uba, la cul u a lucumí pe i ien e en la Cuba de inales del siglo XIX y p incipios
del XX, que es la que ha dejado mayo huella en sus in es igaciones y, po ende, en oda
su na a i a.
Como el es o de mo i os pe soni icados en Cuen os Neg os de Cuba, las
muje es se conciben p o undamen e iden i icadas con la na u aleza, poseen la misma
psique de las ue zas na u ales po que es án do adas de aquel animismo ca ac e ís ico de
oda cul u a p imi i a que Fe nando O iz explica en Los neg os b ujos. Todo lo que nos
odea, el ien o, el agua, el uego, la pied a, odos los se es y ue zas de la na u aleza
quedan con una “ ida semejan e” a la que concibe el se humano (O iz 1995 [1906]:
44).
Con esa simili ud, se cons uyen unas p o agonis as a las que no les sob a á
deseo sexual has a el pun o de “soli ian a a los homb es”, es as coque as y
p o oca i as de uego y agua a las que ene an an o se es di inos como se es humanos
son Yemayá y Ochún, las au én icas and ó onas o ma ado as de homb es que onda án
267
las amas de Cuen os Neg os de Cuba como au én icas A odi as neg as. Un juego
li e a io con el que con e i á a sus au o as a ocubanas en ecu so ecu en e p opio.
Las e oca po que las ha es udiado bien, pues no ol idemos, como ya hemos ido
señalando, que Lydia Cab e a dedica á a Yemayá, la diosa del ma , y a Ochún, la diosa
del amo , muchas de sus na aciones y, en e o as, las más de escien as cincuen a
páginas de Yemayá y Ochún: Ka iocha, Iyalo ichas y Olo ichas (1996 [1974]), una de
sus ob as de co e an opológico más he mosas y a días, publicada en el exilio.
Al ededo del imagina io neg o yo uba de es as emeninas y escul u ales neg as,
Lydia Cab e a con igu a á sus muje es p o agonis as, siemp e a ibuyéndoles las
mismas acciones mágicas, el mismo compo amien o pode oso, aunque en apa iencia
sean ep esen adas de o ma dis in a170. Todas se con ie en en sinónimos de Venus:
bellezas neg as, lunas neg as, sag adas neg as, basilis o einas neg as.
Así, pa a la men alidad a ocubana, como documen a la p opia Lydia Cab e a, la
diosa “c iande a del mundo”, la doble a icana de “Nues a Seño a la Vi gen de Regla”,
es Yemayá y “el lec o debe á e ene siemp e que no hay más que una sola Yemayá”,
pa a mejo comp ensión:
Reina Uni e sal po que es el Agua, la salada y la dulce, la Mad e de odo lo
c eado. Ella a odos alimen a, pues siendo el Mundo ie a y ma , la ie a y
cuan o i e en la ie a, g acias a Ella se sus en a. Se cumplió la olun ad de
Dios, y al ex ende se el ma y sali las es ellas y la Luna de su ien e, és e ue
el p ime paso de la c eación del mundo. (1993 [1974]: 21).
Po o o lado, Yeyé Ka i, Ochún conc e amen e, es la diosa que “in unde y
p o ege el amo ” y que “ aspasa a sus hijas su «gancho», su sandunga” (Cab e a 1996
[1974]: 118). En Cuen os Neg os de Cuba, la di inidad o isha end á an os caminos en
sus p o agonis as como nomb es ha podido documen a Lydia Cab e a: Ochún Yeyé
Mo ó o Yeyé Ka i, la más he mosa, e e namen e aleg e y coque a, se mi a, se pin a y se
170 Pa a el es udio de los pe sonajes desde sus deseos y unciones en los cuen os, no sólo en la ob a de
Lydia Cab e a, sino en o os análisis li e a ios que se equie an, ecomendamos en a en las páginas de
Vladimi P opp: Las aíces his ó icas del cuen o (1979), Mo ología del cuen o (1977) y Las
ans o maciones del cuen o ma a illoso (1972).
274
Si a de ejemplo el “aquela e li e a io” (Cas ellanos y Cas ellanos 1994: 110)
que se desp ende del sobe bio cuen o sob ena u al “La Jico ea Endemoniada”, den o de
su ob a cuen ís ica Ayapá. Cuen os de Jico ea (2006 [1971]: 111-122). En esas páginas
se puede lee una au én ica o gía de la magia más b uja en plena noche e uel a de
abismos, de duelos, de mue os ex a iados, de “asque osos e os e des escalando
mu os”, donde iba bo acho, “con isas, aullidos, dien es, alas y palab as o as, el ien o
oscu o”; en esa noche del “Diablo” y de ángeles caídos po in, se alza una oz “del
amanece de Dios”, la oz de “los Ángeles del despe a ”, la oz de Chakumbe, una oz
con a el “Espí i u Malo”, que apa ece pa a ahuyen a a “la chusma e uel a y desa ada
del o o mundo” esa ul a umba que eg esa a las cazuelas y calde os de los b ujos
li e a ios cuando Lydia Cab e a la in oca. ¿Cómo segui pa a jus i ica la ecu en e
simbiosis de me á o a con mi o en la oda la ob a de la au o a? Bas a con busca el inal
de es e ela o en las páginas de Ayapá y se comp oba á la magis al ambigüedad con la
que Cab e a manipula siemp e lo documen ado con lo oní ico:
Y allí se es u o la casa has a que le al ó el sos én de aquella oz que le hacía
c ee , a a os, en la ealidad de su exis encia. Jico ea ue la dueña en u osa de
la laguna. Sólo que andando el iempo, a su g an so p esa, la abandona on de
imp o iso ga zas, yaguasas, lamencos, co úas, ma bellas y sebiyas.
Desapa ecie on los peces y las plan as, y los Güijes, los lige os duendes de agua
dulce, il ándose po una g ie a, se escondie on en la ie a buscando po enas
sub e áneas el nace de algún ío. Ya no espejó más el cielo, las nubes, las
es ellas, la Luna, que a aía a sus o illas las ioladas silenciosas, los en es más
pálidos de la noche. La Laguna comenzó a educi se has a se una go a de ocío
a pun o de desp ende se del co azón sin pe ume de una lo amba ina. (Cab e a
1996 [1971]: 121-122)
De ahí la e idencia que demues a el empeño con inuo y ecu en e de Cab e a
po da ese ca ác e mágico eligioso a odas sus na aciones, esa necesidad de a i ma
el ono y sabo a ocubanos de las mismas, pues “—como sabemos—“, en la ob a de la
au o a cubana, “lo numinoso pasa po el eje mismo de la exis encia del neg o y lo
pe mea en odas sus exp esiones i ales” (Cas ellanos y Cas ellanos 1994: 111).
275
Po o o lado, a e ándose conscien emen e desde la icción a es e Olimpo nue o
libe ado, Lydia Cab e a puede ce a accesos hacia o os aspec os de la ida de los
neg os cubanos. En sus cuen os, como ya hemos señalado, no hay p o es as ni
ei indicaciones, no caben en el mundo simbólico de la esc i o a cubana “amiga del
mis e io y de la an asía” (Inclán 1987: 119).
En es e cosmos cab e iano, donde las con adicciones y angus ias de la ida
co idiana (no sólo de las muje es) se esuel en en un cons an e lui de magias, no hay
cabida pa a la p oblemá ica acial o la sexual, ni an siquie a median e la c í ica jocosa
que Cab e a sos iene en ex os de años pos e io es como és e discu so que ep oducimos
ín eg o:
He aquí una lis a de asociaciones emeninas bau izadas o adje i adas, como sea
más co ec o deci , po el ín eg o y amable misógino que nos la en ía:
Asociación de Muje es de Algodón Mielado.
Asociación de Ton onas Blandonas.
Asociación de Muje es de Tie a Cocida.
Asociación de Muje es de Pelo La go y Cin u a Cimb eña.
Asociación de Muje es Ga denias. (Muy exclusi a).
Asociación de Muje es Teñidas de Neg o y Ado nado el Cabello con Flo es
Ma chi as del Cemen e io.
Asociación de Muje es en Paisaje de Ma y Palme as.
Asociación de Muje es Tipo Incubado a.
Asociación de Muje es Palanganoides,
Asociación de Muje es Glu inosas.
Asociación de Muje es To almen e Oseas.
Asociación de Muje es de Noche y Guayaba.
Asociación de Muje es Almend a Tos ada y Son isa P ome edo a.
Asociación de Muje es Papihondas y Culipandallonas.
276
Asociación de Muje es Sabihondas, Elocuen es y Cons uc i as.
Asociación de P os i u as Filán opas. (Cab e a 1993: 72)
Tal como la au o a en iende la “a monía en la ida social de sus «neg os»”, las
muje es neg as y mula as de los Cuen os se án ajenas a la de inición del pecado del que
son íc imas comúnmen e, “su a án seduc o no pod á en onces se juzgado” y
con o ma án un pa aíso in ini o, en e amen e some ido a la ue za del dominio o isha
(Casamayo 2001). También es a án suje as a una mo alidad in e na elabo ada po la
oz de la na ado a omniscien e que la esc i o a p ac ica y, desde ese empode amien o
c eado , el uni e so de bellezas emeninas de Cab e a apun a á siemp e hacia el
p o undo mis e io que espe an y p o esan. Así ac úa, en e o as p o agonis as, aquella
“Sanune” del ela o “B egan ino B egan in” (1989 [1940]: 37-52), la simbólica mad e
que no es i gen, pe o que se pa ece a la Mad e c is iana y Vi gen Ma ía, en su papel de
muje que engend a á al sal ado del “ eino de Cocozumba”, o almen e some ido a la
olun ad del pe sonaje “To o”. En una as a y ica mi ología que domina la au o a,
donde mezcla y sinc e iza a su an ojo la adición c iolla con la adición bíblica, la
emenina p o ec o a Sanune, bajo la mi ada analí ica ambién de Jose ina Inclán, i i á
en un cuen o a icano con el colo de almend a os ada de su piel c iolla que ya
no es de azabache como la de los dioses que ene a y que su mad e le legó en
he encia. Se le e humilde y seca de cue po. Apa en a sumisión pe o es e ca y
es ebelde [...] Ella es la c eado a, la mad e que sal a la aza con la ayuda de los
o ishas y da al mi o —mi o ella ambién— un hé oe nacido pa a edimi
escla i ud. Sanune, con su belleza in e io y sus nobles anhelos es un símbolo:
el de la mad e c eado a de des ino. (Inclán 1987: 110).
La misma simbología a ocubana que yace en odo lo humano y en lo
ex ao dina io de sus na aciones donde es capaz de e e su c í ica más ácida de in es
an iimpe ialis as y donde el ol emenino no sólo es undamen al, sino que puede
esul a an enigmá ico como en aquel inal de o o de sus cuen os más a díos, “El
sabio descon ía de su misma somb a” donde “Un homb e c ee que una muje es
277
ealmen e una muje ”, al mismo iempo que “una muje es á segu a que un homb e no
es más que un homb e. ¡Y nadie sabe lo que se esconde en un dis az humano…!”
(Cab e a 1972: 137).
Al espec o de es as in e secciones donde la ideología emenina de la Lydia
Cab e a más ocul a se mues a, la lec u a de géne o más ecien e de Mabel Cues a
sub aya que es p ecisamen e el pensamien o an opológico quien sus en a la exp esión
de sus deseos p ohibidos y le pe mi e da oz “a sabe es ma ginales an p osc i os como
la cul u a a icana en Cuba y el deseo homoe ó ico emenino” (Cues a 2015: 18). Pa a
Cues a, además, la asociación ob ia en e deseo lésbico y an opología en Lydia Cab e a
“ha ondado con na u alidad” a odas las pe sonas que han abo dado su na a i a, la
misma libe ad espon ánea con la que “al inal de sus días, mi a a a Ma ía Te esa de
Rojas igno ando a la cáma a indisc e a” que las inmo aliza a y “ ue a a busca las a
alguno de sus modes os apa amen os en la ciudad de Co al Gables, del condado de
Miami Dade”. Como señala adelan a Cues a:
si omamos esa o o co espondien e a sus úl imos años de exilio como el
momen o en que c is alizan an o sus elaciones homoe ó icas como su abajo
an opológico, con end emos ambién en que pa a desemboca en es e
momen o “esa mi ada sosegada”, se ha de ansi a an es po una se ie de
escollos de los cuales solo la ponen a sal o las alianzas con amigas y aman es.
(Cues a 2015: 13)
Fig. 42: “Ti ina y Lydia Cab e a, casa de Co al Gables, Miami”.
278
Lydia Cab e a se so p ende ía comp obando que las p ecu so as neg as de los
Cuen os con o man un a que ipo que se ha ido ans o mando, ab iendo caminos, casi
no en a años después. Aunque cla o es á, esos espacios los inaugu an ambién esc i o as
como Me cedes Ma amo os (1851-1906), medio siglo mayo que Lydia Cab e a, quien
pa icipó “al modo li e a io en el comba e po ab i se paso en la sociedad cubana”
(Poumie 2011: 24). El pensamien o neg o cubano ecogido en la compilación de Ma ía
Poumie econoce la poé ica alien e de Me cedes Ma amo os, la Sa o neg a, muy
admi ada, en e o os, po José Ma í, quien leyó sus poemas en el Liceo de Guanabacoa
en una época hamb ien a de mili ancia y de echos pa a la muje neg a (Poumie 2011:
24).
Aquella p ime a mi ad del siglo XX la li e a u a cubana egaló una sensibilidad
emenina nue a con esc i o as de la al u a de Dulce Ma ía Loynaz (1902-1997) o las
con empo áneas poe as Fina Ga cía Ma uz (1923) y Ca ilda Oli e Lab a (1924),
a is as dis in as a Cab e a pe o con exp esiones de una eminidad que, en palab as de la
in es igado a I ina Bajini, “mues a elemen os sociales libe ado es que son pun o de
pa ida” pa a el ópico de la mula a cubana como “una cons an e de ans o mación,
suscep ible de de i aciones y me amo osis” (Bajini 2012:17).
Tan o es así que algunas de las a oesc i o as su gidas a pa i de la década de
los 50, con unas es é icas y unas psicologías na a i as algo alejadas de la mi ada
cab e iana, han con inuado impulsando, sin emba go, la igu a de la muje neg a, es a
ez, desde la doble pe spec i a acial y de géne o, con oces an des acadas como la de
la esc i o a a ocubana Inés Ma ía Ma ia u (1942-2013), ecien emen e allecida, au o a
del ensayo ¿Y las neg as qué? Pensando el a o eminismo en Cuba172. Las
a o eminis as ei indican en la Amé ica con empo ánea la p esencia de esa neg a que
ha o mado pa e de la his o ia, a eces, in isible, una muje que no se ha ol idado ni de
su p ime a escla i ud ni de sus aíces, como de iende Ma ia u:
La his o ia de las muje es neg as y mes izas en Cuba y en oda la diáspo a,
172 Las palab as de ¿Y las neg as qué? Pensando el a o eminismo en Cuba ecibie on la Mención
Especial P emio Casa de las Amé icas del año 2012 en la ca ego ía P emio Ex ao dina io de es udios
sob e la p esencia neg a en la Amé ica con empo ánea.
279
como sabemos es á ma cada po la p ocedencia del con inen e a icano, po la
escla i ud y po úl imo po el p oceso an o económico, como cul u al que ellas
su ie on quedando elegadas po su condición acial y de géne o en una
si uación de subal e idad en la sociedad colonial como escla as o lib es. No es
lo mismo un neg o de descendencia a icana o descendien e de blanco, como los
hay en Cuba. Ni siquie a los neg os y neg as de o igen yo uba, ban ú, a a á,
ca ibeño-inglés o anco-hai iano esponden a las mismas ealidades
sociocul u ales, pe o odas somos hijas de la diáspo a. Sí, odas muje es neg as
y odas a ocubanas. (Ma ia u y Rubie a 2011: 42)173
Desde ese en oque, las a ocubanas de la “diáspo a cab e iana” no denuncian
in isibilidades ni mues an el colo de sus oces, se man ienen en un cosmos de icción
que da p io idad a la belleza a ocubana en su la i ud más mís ica, an es que o os
in e eses. Y no ei indican po que Cab e a se man u ie a ajena a esos plan eamien os
de co e, digamos, eminis a. De hecho, en una na a i a pos e io , como en Consejos,
Pensamien os y No as de Lydia E. Pinbán, exis en agmen os donde la esc i o a ie e
la miel de una e oz i onía pa a c i ica a una sociedad que sigue pe pe uando la imagen
de la muje obje o:
Las lenguas ipe inas de una ciudad cubana, al nomb a a cie a dama, nunca
dejaban de dedica le es e juicio pa a pone nos en au os:
Pu a su mad e
Pu a su abuela
y su ía.
¿Cómo no había de se pu a
si nació de pu e ía?
Los concep os de la mo al han a iado o no se ponen en p ác ica. El hono de
los homb es se medía po su epu ación. La hon a de las muje es po la
173 A ocubanas. His o ia, Pensamien o y p ác icas cul u ales, de Inés Ma ía Ma ia u y Daysi Rubie a
p esen a, en sus 408 olios, ensayos y a ículos de no ables in elec uales a ocubanas que nos ace can a
plan eamien os y en oques emeninos poco a ados o ealmen e desconocidos sob e la his o ia y cul u a
cubanas, odas apo an la isión de una Cuba neg a o mes iza, has a en onces in isible pa a el mundo
dominan e.
280
in lexibilidad de sus pie nas. (Cab e a 1993: 64)
Vol iendo la mi ada a las p o agonis as de sus p ime os Cuen os, las “lindas” que dibuja
Cab e a se alzan po encima de e edic os popula es banales, sob e i en en a monía
con lo que las odea median e el aché. Humanas y espí i us, humanas y o ishas se
comp enden, an jun as y en uel as en la mi ología de las leyes sob ena u ales que
ep esen an, acep an sus des inos na a i os ex ao dina ios po que la cul u a p imi i a
de la que hacen ala de es, de po sí, un “ an ás ico” e ugio “sec e o pa a alcanza la
inmo alidad” (Gu ié ez 1997: 122).
En o a pe spec i a eminis a y ac ual, es a ez de la Diosa como símbolo de
belleza, ue za y pode , la ob a La Diosa y el pode de las muje es. Re lexiones sob e la
espi i ualidad emenina en el siglo XXI (2012) ecoge una in e esan e compilación de
los es udios que se es án plan eando a ce ca del eso o cul u al del mi o de la Diosa y de
cómo las dis in as co ien es y colec i os de muje es es án o mulando y ecupe ando,
desde el discu so académico, la simbología pa a el e o no de la Diosa en la
espi i ualidad eminis a.
En es os plan eamien os, se insis e en ecupe a la cul u a de la Diosa que
digni ica el pode emenino bené ico y c ea i o de la muje sace do isa o b uja de odos
los iempos; se eanuda esa desinhibición del cue po emenino y la libe ad e ó ica “que
las eligiones masculinas han pe seguido y cas igado como el más impo an e de sus
ana emas” (Simonis 2012: 33), la “a i mación posi i a y gozosa del cue po de la muje
y de sus ciclos” como un símbolo de pode es undamen almen e cósmicos (Simonis
2012: 39).
En 1936, las a odi as neg as de Lydia Cab e a ya e an es as cósmicas y
mensaje as que en egaban sus sensualidades di inas pa a desa a los encan amien os.
Lo mismo que la ac ual cul u a eminis a de la espi i ualidad plan ea, los cul os
an iguos, ibales, de las musas cab e ianas se en edan en e los Cuen os Neg os. Sus
muje es son bellas, “pa eje as” y amo ales con encan o, “cuca achas locas” y a eces
“ha aganas”, como la neg a Dolé que “no e a mala, pe o no e a iel [y] odos los
homb es la ape ecían y el que menos le gus aba e a el suyo”; muje es exó icas pe o
cabales, in eligen es, a isado as, conocedo as de las eglas que igen el Pan eón cubano,
como la ecina de Juana Ped oso que pa a e i a que la “mula a que pa ecía de ámba ”
281
enamo a a al ma ido ue diciendo:
mi neg o y yo [...] es amos casados, sac amen ados al es ilo de los blancos. Nos
casó con cu a la Seño a nues a ama, allá en la capi al. Y... ¡con sac amen o no
se juega! Si se le al a, se su e pa a mo i , y en el hoyo, aunque sea debajo de
una c uz, se mo de á la ie a. Con que si la mula a se me lle a a José Ma ía [...]
ni a ma é escándalo; pe o ju o que la ha é anda has a que encuen e a Apopoi o
Miamá! (Cab e a 1989: 131)
Al espec o, cab ía plan ea se si es as musas cab e ianas de Cuen os Neg os que
se e igen a sí mismas y se p e ie en po encima de odo lo que exis e, en oncan ambién
con la imagen de la muje que Rosa io Cas ellanos p esen a en los ensayos de su ob a
Muje que sabe la ín… (1995a [1973]), donde la esc i o a mexicana insis e en esa
ges ión iden i a ia que ecu e a o as uen es y no se deja “a apa en la ieja ampa del
in en o de con e i , po un conju o silogís ico o mágico, al a ón mu ilado —que es
muje según san o Tomás— en a ón en e o” (R. Cas ellanos 1995b [1973]: 19).
La muje que mues a Lydia Cab e a ambién posee esa ue za que desc ibe
Rosa io Cas ellanos “a la que no doblega ninguna coe ción”, un pode que ompe los
moldes impues os “pa a alcanza su imagen au én ica” donde es capaz de consuma se y
consumi lo que le odea (R. Cas ellanos 1995b [1973]: 20).
Las diosas de ébano de Lydia Cab e a “pese a odas las écnicas y ác icas y
es a egias de domes icación” como denuncia ambién Rosa io Cas ellanos, “usadas en
odas las la i udes y en odas las épocas po odos los homb es” (1995b [1973]: 20),
ienden siemp e a se muje , gi an en su p opia ó bi a jó enes e inquie as, se desnudan y
se aden an “en el agua” sin “ e güenza”, o ishas que cuando les odean “la cin u a”
p o ocan los hechizos “¡sí seño, yáyabómbo, ayáyabón!”, y “ab en las lo es de cac us,
milag osas”, como la muje de las “joyas de agua, o as” del cuen o “Suandénde”
(Cab e a 1989: 150-154).
Los pe sonajes emeninos de Cab e a son se es de au én ica and oginia cuen o a
cuen o, en su ma a illa e imaginación. No sólo po la ambigüedad de unos
p o agonismos asexuados, como ha suge ido Rosa io Hi ia (1989: 26), de dioses-
282
diosas como Changó, ambién conocido como San a Bá ba a, a quien le gus ó Ochún, la
mismísima Ca idad del Cob e, sino ambién po que esponden a los dos o ígenes de
Cuba, las dos azas que co en po las enas blanquineg as de las gen es a ocubanas.
“La p odigiosa Gallina de Guinea” (Cab e a 1989 [1940]: 173-180) p esen a an as
alusiones a la época de la colonia, como las oces en lucumí “Isé Kué A iyénye! Isé
Kué A iyénye!”, de la umba Mambisa de la as u a Gallina neg a con “ga gan a de
pla a” que dejó plan ada a oda la colonia, eyes de España y Colón incluidos, después
de le an a les los cua os.
La cons an e híb ida de Cab e a se pe cibe desde el p ime cuen o que ab e los
ela os neg os, “B egan ino B egan in”, donde la esc i o a juega con el léxico pa a
ecalca la imagen machis a del pe sonaje To o, “no hay homb e en el mundo más que
yo” en e a un pueblo donde To o some e a sus gen es y sólo deja i as a las muje es.
Así, el pasaje donde se pe mi e insinua la p imacía del uni e so emenino eliminando
“del lenguaje co ien e” de la egión de Cocozumba, el géne o masculino:
Po ejemplo: allí se hubie a dicho, que se cla aba con la “ma illa”, se guisaba
en la “ ogona” y se chapeaba con la “mache a”. Un pie, e a “una pie”; así la
pela, la ojo, la pecha, la cuella —o pescueza— las diez dedas de la mana, e c.
Nadie se hubie a e e ido al Cielo, sino a la “Ciela”; Ciela abie a… (Cab e a
1989 [1940]: 50)
De es e modo, Lydia Cab e a iende a pe ila unas musas neg as que ecu en a
o os es imonios nada con empo áneos y se hunden en el pasado —po que en el pasado
se alimen an odas las aíces. La gené ica de sus a ocubanas iene una densidad
me a ísica muy pa ecida a los a que ipos de muje es po las que des ila la hilada p osa
de Rosa io Cas ellanos en “La muje y su imagen”, esas:
monjas que de iban las pa edes de su celda como So Juana y la Po uguesa;
doncellas que bu lan a los gua dianes de su cas idad pa a asi el amo como
Melibea; enamo adas que saben que la abyección es una másca a del e dade o
pode ío y que el dominio es un dis az de la incu able debilidad como Do o ea y
283
Amelia; casadas a las que el abu imien o lle a a la locu a como Ana de Ozo es,
o al suicidio como Ana Ka enina, después de pasa , in uc uosamen e, po el
adul e io […] p os i u as gene osas como la Pin ada; ancianas a quienes los
años no han añadido hipoc esía como Celes ina; aman es cuyo ímpe u sob epasa
su obje o... como odas. Cada una a su mane a y en sus ci cuns ancias niega lo
con encional, hace es emece se los cimien os de lo es ablecido. (1995b [1973]:
20-21)
Las muje es de los Rela os neg os, igualmen e, se ían capaces “de ala ma
espí i us de la mo al dominan e” (Casamayo 2002), pe enecen al mon e, al pa aíso
in ini o sin pegado o iginal, siemp e p o egidas po la mi ada del aché, el alien o di ino,
pues, como explica la p opia Cab e a, al igual que los homb es,
las Iyalochas [sace do isas] ue on en Cuba deposi a ias de la cul u a de sus
an epasados, conse ada en los Cabildos de la colonia. Gozan de an a au o idad
como el Babalocha, y es que la muje lucumí nunca es u o en si uación de
in e io idad con espec o al homb e, nos asegu aban los iejos, “y el que le
al aba el espe o o mal a aba a una muje ” lo conside aban un canalla. (1996
[1974]: 236)
Ellas son la mismísima na u aleza a icana enca nada en eminidad que “han de
sal agua da la especie”, a la que la humanidad debe la ida, “y no sólo el géne o
humano, pues c ia u a exis e en la ie a y en el agua, ¿no es así? nace de una mad e”
(Cab e a 1996 [1974]: 237). He aquí el ejido que compone la na u aleza emenina del
ela o, una ez más, “B egan ino B egan in”, donde odo en Cocozumba e a “nada más
que muje es” (Cab e a 1989 [1940: 49).
Todas ep esen an blancas, neg as y mula as de una sensualidad i me, pode osa,
que as asa la condición de géne o. Cuando Rosa io Hi ia , en su ob a Lydia Cab e a:
ida hecha A e (1978), le p egun a di ec amen e a Cab e a “¿qué opina us ed sob e el
mo imien o in e nacional en a o de los de echos de la muje ?”, no i ubea a la ho a de
exp esa lo que supone pa a ella la desigualdad, una pos u a o almen e alejada de la
290
esa única na ación pod ía esconde se en onces ese sello, ese guiño de ojos solo pa a
ella, pa a la pe sona que iba a lee las na aciones cuando ni siquie a se p e eía que
se ían publicadas. Una e idencia que nos esul a posible si en la memo ia la e esa muje
que las leyó an es que nadie, la compañe a golpeada po la en e medad a al, la más que
he mana que, pa a Lydia Cab e a, “mo ía, i ía” al in, e e namen e, si quedaba
ep esen ada de algún modo en la p opia ob a (Walo-Wila 1989 [1940]: 60).
¿Po qué no c ea ese cosmos de alianza exclusi a en una de las ein idós
icciones, que las au o ep esen a á en un espacio mí ico, di ino, es ableciéndose desde
ahí así mismas? ¿Po qué no deja cons ancia plena del place p opio ocul ándolo bajo
un simulac o sen imen al que descansa bajo la piel de las ce emoniales diosas yo uba
Walo-Wila y Aye e Kénde?
Vis o así, la e dad de Lydia Cab e a den o de las páginas de Cuen os Neg os de
Cuba se nos an oja di e en e y, de es e modo, desde la p opia dimensión ci ada, es
capaz de cola se pa a exp esa an o los deseos silenciados como pa a e e la magia
a ocubana más an opológica, con los que log a á ascende la inú il sepa ación con el
o o géne o, uni ica en un odo de a i mación posi i a a la muje plena, cabal y
odopode osa.
La ue za c ea i a de la esc i o a, desde p incipio a in, se pod ía pa ece ,
en onces, a la pied a p eciosa que mues a en la úl ima de sus ob as en ida, O án
Iyebiyé, donde Lydia Cab e a se con e i á, e e namen e, en po encia, en:
Pied a p eciosa, un amule o que po sí misma, cuando el i o no la consag a,
eje ce su in luencia p endiéndose a una ida en un al ile , b illando en un colla ,
en una pulse a, en un anillo, símbolo pe ec o de alianza con algún pode a cano
que, aún en los más p o anos, implica una idea de ligamen a ese mis e io que
concen a y mi a en las pied as p eciosas como mi a en las es ellas. (1970:113)
291
Fig. 44: “Lydia Cab e a y su pied as pin adas”.
292
293
6. CONCLUSIONES
Fig. 45: “Yemayá Reina del Ma ”.
294
295
“Yo c eo que mi ob a
Apenas es á comenzando…
Es odo lo que he hecho: empeza ”.
Lydia Cab e a
“Pe o si es necesa ia una de inición
pa a el papel de iden idad, apun e
que soy muje de buenas in enciones
y que he pa imen ado
un camino di ec o y ácil al in ie no”.
Rosa io Cas ellanos
“Cuba se á lib e. Yo ya lo soy”.
Reinaldo A enas
“Reco da : del la ín e-co dis, ol e a pasa po el co azón”.
Edua do Galeano
Si hubié amos alo ado la ob a p ime a de Lydia Cab e a desde una pe spec i a
única de es udio, es o es, pe cibi sólo la in luencia de lo neg oa icano en Cuen os
Neg os de Cuba, p obablemen e nos hab ía hecho edunda los mismos análisis que se
han e ido sob e la au o a y nos hab ía conducido, de igual modo, a enco se a una ez
más la pe cepción o al y ab umado a de una au o a que aspasa las on e as de la
p opia con empo aneidad po an ísimos mo i os.
No sólo hemos a ado de aden a nos en su he e ogénea ace a humanís ica
desde múl iples e ien es académicas, además hemos abo dado su análisis eniendo en
cuen a que, en Lydia Cab e a, odo se elaciona con odo y en su concepción de la
pola idad no es posible a i ma que “los cisnes son únicamen e blancos”. La compleja
isión c ea i a de su na a i a ha de alo a se alejada de la p o unda pa adoja de nues a
ci ilización que con inúa e eb ando las azas, los sexos, los géne os, desde una su il
dominación de simbología pa ia cal que pe i e his ó icamen e.
La mi ada cien í ica de Lydia Cab e a nos mues a los ínculos p o undos de
296
unas aíces a ocubanas que llegan al con inen e más an iguo de odas las ci ilizaciones
y, sin apega se a ese obje o único de in es igación, con una humilde ambición
in elec ual, ab e magis almen e la na a i a con empo ánea a una ie a de abaco y
caña e al que exige o endas sob ehumanas de códigos insóli os.
Desde ahí es posible pe cibi cómo “la au en icidad de la ue za elú ica” de las
icciones “y la ex ao dina ia subsis encia de lo eligioso p imi i o”, en el mismo
sen ido que plan ea Ma iela A. Gu ié ez (1997: 124), se co esponde con uni e sos
desencadenan es nunca an es ela ados po una mi ada emenina.
La lec u a de sus Cuen os neg os, desde esa in e p e ación, nos hace pa icipa
de un oque de bembé su il y di e en e, como ambién sugie e Espe anza Figue oa, que
es á “bailado po la muje de An onio y Papá Mon e o, con un co o chambelonesco de
ma acas y bongó”, donde cada ela o es un paseo insóli o jun o a babalochas pode osas,
a iesos “chiche ekús, gangas baila inas, mayombés bilongos y milla es de diabli os
sal a ines comiendo pan con imba” (Figue oa 1983: 22).
Si iden i icamos, como Judi h Bu le que “una es muje ”, y “desde luego que
eso no es odo lo que una es” (2007: 49), la dimensión de Lydia Cab e a no se puede
alo a sólo desde su pe il de esc i o a. Su oz debe ap ecia se ambién po se neg a o
blanca, he e osexual o lesbiana, occiden al o budis a, como muje de amilia adine ada o
cubana que sob e i e en el exilio y podemos plan ea nos el mismo in e ogan e que
exp esa a Bu le :
¿exis e algún elemen o que sea común en e las “muje es” an e io a su
op esión, o bien las “muje es” se inculan únicamen e en i ud de su op esión?
(2007: 35)
Sin el sus en o de odas las hipó esis eminis as que su gi án en décadas
pos e io es, la au o a cubana se á capaz de eco e y ab i una senda emenina más allá
del sexo que no es sexo, más allá de cue pos que no impo an. Su pe sonalidad
con o ma una isla p opia, no sólo den o de la Isla, donde desa olla y publica una
esc i u a al ma gen de la in elec ualidad de la época, sino que se á una isla den o de la
p opia eminidad impe an e que no pod á concebi se bajo los co sés, aún con usos, de la
297
dis inción de géne os.
Lydia Cab e a es ablece á su esidencia in elec ual en ese Lesbos silenciado
único donde la esc i o a y la muje pod án sob e i i y desplega alas. El deseo
homoe ó ico de Lydia Cab e a pod á sob e i i en esos a ayen es espacios neg os
lib es de p ejuicios: pa adisíacos amasijos de ébano con un pasado dolo oso pe o
exube an e, cuyas e e encias ans o ma án su esc i u a y le pe mi i á con e i las
lág imas del neg o escla o en ese baile aleg e de dioses y diosas con en as que es
Cuen os Neg os de Cuba.
Las cu as emeninas de sus ela os de ébano se con ie en en símbolo del pode
cósmico uni e sal y quedan magis almen e ep esen adas, sob e odo, desde ese
eso e ismo a ocubano que sus en a á su na a i a comple a. Un uni e so p opio
cons uido desde lo he edado donde caben las oces de los animales b ujos más b ujos y
donde Lydia Cab e a pod á cola , con maes ía, una and oginia de homb es y muje es
que eme gen lib es de pecado o iginal, cuen o a cuen o.
En ese pa aíso de azabaches, en ese “ma co de ma a illosa iqueza imagina i a”,
en palab as de Rosa io Hi ia (1989: 26), con i en los se es de sensualidad igo osa y
elú ica de Cuen os Neg os de Cuba. Allí eme gen los onos blanquineg os de la Sanune
del ela o “B egan ino B egan in” (Cab e a 1989 [1940]: 37-52); o “las oces de
muje es en e los á boles” que no en ienden el “co o de los animales del mon e” en la
p osa b e e de “Cheggue” (53-55); o las más que he manas o ishas Ochún y Yemayá
de “Walo-Wila” (60-63); o las “dos einas lucumí” que “ i ían en e po en e” que
“se a ancaban” la una a la o a “las o ejas que ol ían a c ece les de noche”, en “Dos
Reinas” (64-65); o “Anikosia”, la hija “bizca” del Rey de “Tai a Hico ea y Tai a Tig es”,
que e a amaman ado a, “aunque i gen oda ía”, y dueña de una leche inago able con la
que “se alimen aban su icien emen e odos los asallos de su Pad e Masawe” (66-89); o
“la in iel” Dolé a quien le espe a el des ino a al de la mue e ía que le “heló el
co azón” po que ue muje a la que le ape ecían “ odos los homb es y el que menos le
gus aba e a el suyo”, la neg a Dolé, que “no e a mala. E a hija de Ochún” (90-111); o la
mágica hemb a b uja animizada en “Cazueli a Cocina Bueno”, una cazuela capaz de
mace a su alquimia a uego len o, hace milag os “mo iéndose sob e sus cade as, con
mucha coque e ía”, capaz de da de come al hamb ien o neg o Se apio con almue zos
298
exquisi os, pa a nunca más pasa hamb e en las páginas de “La Loma de Mambiala”
(112-123); o la “muje pol ona” la “ ieja” de “La ida sua e” capaz de baila con unos
“mayi os” o pája os sag ados has a que “ce ó la noche” y “mi ó al cielo, ¡al G an
Indi e en e! Se encogió de homb os y se ue a do mi ” (124-128); o la “mula a de ojos
cla os que enía el pelo lacio”, con una ida de “mal i i ” quien inalmen e sob e i e
po que un cang ejo mago le “un ó de sal y sol las bubas” de ol iéndole a la mula a a la
“Mambelle”, ya casi diosa, “la aleg ía, la ju en ud y la g acia” e e nas en “Apopoi o
Miamá” (129-135); o la “moana” o muje del ela o “Ta abisaco”, quien sal ó la ida de
su p opio hijo in e cambiando su p opia exis encia cuando el o isha “Pad e de la
Laguna”, ese “Viejo Agua”, había a as ado a su pequeño has a las neg as
p o undidades donde habi a (136-141); o la “muje del ey, que e a muy bella, pa ecía
doncella”, la casi diosa in ocable que el ey cus odiaba como una “pied a que el ma le
había dado”, po quien Hico ea es capaz de mo i “a palos” y esuci a después, po que
le me ecen la pena “ an as cica ices po el amo de A e e, A e e Ma ekén” (142-144); o
la a ollado a “Soyán Dekín”, cuya belleza no enía iguales “en odo el mundo”, la
“mula a más linda”, la “ eina” del baile, la Ochún de “ ingo- ango”, ca iñosa, po la que
Billillo pie de el sen ido y se encomienda al “b ujo de la Ceiba, que i ía me ido en la
mue e y sólo se ocupaba en ob as malas”, pa a lle á sela median e male icio “cau i a”
y con e i la pa a siemp e en las aguas de “pupila e de” de “El limo del Almenda es”
(145-149); o la muje “muy inocen e” de aquel ma ido celoso que decide “plan a su
casa” en medio del mon e, la muje que en su soledad de las aguas del ío, mien as
es aba “jugando con el agua”, seduce “muy inocen e” al “ ímido” “Suandendé” (150-
154); o “La p odigiosa gallina de Guinea” que can a como las si enas y embelesa con su
umba a oda la co e que llega a las An illas, al “Rey de España” y a “Colón”, has a
consegui su “ e uño” p opio “en el Cas illo de A a és”, la “endiablada gallina, a e ida
y ila e a, loca, loca de a a ” (173-180); o la nue amen e mi ológica igu a
amaman ado a que se desp ende de “El Sapo Gua die o” y que alimen a a los
“mellizos” pe didos en la “neg u a del bosque”, con un “pecho ibio, undido; el sueño
de los niños luyendo po sus enas” (187-190).
Página a página, ela o a ela o, odas las bellezas de ébano de las icciones de
Lydia Cab e a despliegan un pode único, sobe bio, y ésa se á, ealmen e, su g an
licencia a ís ica nue a, inno ado a: que, a pesa del colo , sus musas ele en un can o,
299
so p endan con “el elogio de la libe ad y discu an la gamen e los de echos de odos los
hijos de la ie a, sin excep ua los del Ai e y los del Agua” (Cab e a 1989 [1940]: 181).
Al mismo iempo, ecompone un mundo que ha escuchado de i a oz po las
mucamas con las que pudo c ia se y c ece . Las muje es neg as de su in ancia le
in oducen en el mundo de las magias o isha. A a és de esas oces emeninas que
ecuen an el mundo lucumí y coexis en con las ce emonias a ocubanas, la esc i o a
log a aden a se con paso con iado en la apasionan e cul u a que c ecía en los
ba acones habane os. A pesa de lo que supone en su ayec o ia la eno me in luencia
de Fe nando O iz, c eemos que las muje es son las e dade as in oduc o as de la
a ocubanía que se despie a en Lydia Cab e a.
En es e sen ido, Lydia Cab e a esc ibe su p opia ob a como un epi a io, según
p ologó ambién Guille mo Cab e a In an e, “de no habe habido neg os allá nunca
hab ía uel o a Cuba” (1996: 12). Condenada po un exilio mayo que el p opio
os acismo y des ie o en Miami, la Sa o in isible de Lydia Cab e a, doblemen e
ma ginada como muje y como muje que ama a o a muje , ocul ada an e la homo obia
cul u al de la época, queda á alidada y consen ida bajo su o iginal esc i u a. Desde ahí,
pod á lici a su homoe ó ica emenina “en una época y país imposibles”, como sugie e
Sil ia Molloy (1995), donde el in en o de legi imidad lésbica queda á subsanado
median e
un es ablecimien o de su sabe e nog á ico pione o que la lle a a in e esa se en
la cul u a y olklo e a ocubano, o o g upo que ha sido ma ginalizado y
silenciado po la hegemonía pa ia cal. (Molloy 1995: 251)
Lydia Cab e a, odo lo que ella signi ica, es su ob a en esencia y se ie e en e a
en los jugue ones Cuen os neg os de Cuba. Los ela os, a pesa de nace en su
imaginación con el único in de en e ene y despis a a la esc i o a enezolana Te esa
de la Pa a en su en e medad, p esen an una capacidad c ea i a absolu amen e pode osa.
Cab e a se con ie e, po an o, en la mismísima demiu ga de sus ein idós na aciones,
cons uidas en pa aísos de “ anquilidades” inusuales, ein idós icciones de ébano
pobladas de “ ida nue a” y “nue as muje es”, el escena io absolu o de la Mode nidad.
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FIGURA 13 (pág. 59)
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“Lydia Cab e a y Te esa de la Pa a” [en línea]. Colección pe sonal Lydia Cab e a.
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Colección pe sonal Lydia Cab e a. Biblio eca de la Uni e sidad de Miami, Cuban
He i age Collec ion.
h p://me ick.lib a y.miami.edu/cdm/ e /collec ion/chc0339/id/1701/ ec/638
FIGURA 19 (pág. 83)
“Lydia Cab e a y Ti ina con unas amigas en San José” (1950-1959) [en línea].
Colección pe sonal Lydia Cab e a. Biblio eca de la Uni e sidad de Miami, Cuban
He i age Collec ion.
h p://me ick.lib a y.miami.edu/cdm/ e /collec ion/chc0339/id/4885/ ec/588
FIGURA 20 (pág. 84)
“Ma ía Te esa de Rojas y Lydia Cab e a (1970-1979)” [en línea]. Colección pe sonal
Lydia Cab e a. Biblio eca de la Uni e sidad de Miami, Cuban He i age Collec ion.
h p://me ick.lib a y.miami.edu/cdm/singlei em/collec ion/chc0339/id/5044/ ec/561
FIGURA 21 (pág. 87)
“Ma ía Zamb ano, Lydia Cab e a, Julia Ga cía Lomas and Ma ía Te esa de Rojas” [en
línea]. Colección pe sonal Lydia Cab e a. Biblio eca de la Uni e sidad de Miami,
Cuban He i age Collec ion.
h p://me ick.lib a y.miami.edu/cdm/ e /collec ion/chc0339/id/4662
FIGURA 22 (pág. 91)
“Le Somb e Malembo, Dieu du ca e ou ” [El somb ío Malembo, Dios de la
Enc ucijada] (1943), de Wi edo Lam, óleo [en línea].
h p://www.wi edolam.ne /es/ob as/pin u as-anos-30.h ml
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