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Isidoro Moreno Universidad de Sevilla Globalización, ideologías sobre el trabajo y culturas del trabajo Resumen Toda persona se posiciona respecto a un triple marco de referencia -relaciones de producción, relaciones de sexo-género y relaciones interétnicas-, relaciones que generan, a su vez, una matriz identitaria triple -culturas de producción, culturas de género y culturas étnicas-. En 1 concreto, las culturas del trabajo son moldeadas por colectivos de trabajadores a partir de la experiencia compartida en procesos de trabajo concretos bajo determinadas relaciones de producción. El autor se interroga sobre cómo estas culturas del trabajo se ven afectadas por procesos mayores en curso: la globalización del capital; las nuevas formas y condiciones de trabajo en el Primer Mundo, marcadas por la desregulación y la precarización, y que conducen a la segmentación de los trabajadores; la conformación de una ideología dominante, en torno a la entronización del mercado como principio absoluto, y su difusión entre los trabajadores. Como consecuencia, se crean las condiciones para la ruptura del pacto keynesiano y para la destrucción del Estado del Bienestar y se abre paso a una nueva conformación social tripartita -integrados, precarios y excluidos-. 17 Palabras clave Antropología del trabajo, culturas del trabajo, globalización, segmentación social, matriz identitaria. GLOBALIZATION, IDEOLOGIES ABOUT WORK AND WORK CULTURES Abstract Every people along their lives have to deal with a threefold framework: production relationships, sex-gender relationships and interethnic relationships. At the same time those relationships produce a threefold identity: production, gender and ethnic cultures. Work cultures are produced by collectives of workers starting from experiences they have shared at a certain work process under concrete conditions of production. The author inquires about how those work cultures are affected by major processes. First, the globalization of capital. Second, the new forms and working conditions -precarious and deregulatedwho are becoming widely lmown in the First World, leading to the segmentation of workers. Third the formation and spreading among workers of an hegemonic ideology, that looks at the market as an uncontested absolute. In that way conditions are created for the breaking of the keynesian contract, and for the destruction of Welfare State. And a society emerges who is sharply divided beteween those who remain integrated, those who survive in precariousness and those who are excluded at last. Key words Anthropology of work, work cultures, globalization, social segmentation, identity.
Isidoro Moreno Universidad de Sevilla (1) Una primera versión de este artículo fue publicada en Ii·abajo. Revista Andaluza de Relaciones Laborales: 3, Sevilla, 1997. (2) J. Rufkin (1996): El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era. Madrid, Taurus. (3) A. Anaut.: Suplemento dominical de El País, 1995. (4) Algunas de las más notables aportaciones, en el Estado español, al debate crítico sobre la globalización económica y sus efectos sobre el trabajo son los estudios de L.E. Alonso, ].M. Naredo y M. Delgado Cabeza. De especial interés es el último artículo de éste (Delgado Cabeza, 1998). Sobre la imbricación entre globalización y localización puede verse Moreno (1999). (5) El actual debate sobre la semana de 35 horas es un buen ejemplo de cómo los slogans políticos y las reivindicaciones de las burocracias sindicales pueden carecer casi totalmente de análisis de base mínimamente rigurosos. 18 Globalización, ideologías sobre el trabajo y culturas del trabajo1 Introducción El título del reciente y conocido libro de J ere m y Rifkin' resume perfectamente las ideas hoy dominantes sobre la situación actual y el futuro del trabajo, al menos en las sociedades del que, hasta hace unos años, venía denominándose "Primer Mundo", es decir, en los países centrales del sistema capitalista (incluyendo tanto los que son realmente centro como los que constituyen la periferia interna del mismo, como es el caso del Estado español, del que Andalucía, Galicia o Canarias son, a su vez, periferia). No es solamente en libros realizados sobre la base de análisis más o menos adecuados, o como ensayos con aspiración de best-sellers, donde se argumenta en esta dirección, sino también en multitud de artículos y colaboraciones en diarios y revistas de difusión muy amplia. "El empleo ha muerto. No hay empleo ni, quizá, volverá a haberlo más. Al menos, según el concepto tradicional: con horario, ascensos y sueldo fijo. El trabajo que viene es flexible, por definición. Y el cambio no afecta sólo a los parados; si usted tiene trabajo, también puede perderlo. Ha llegado la hora de que cada uno invente su propio futuro", se afirmaba en un amplio documento-reportaje periodístico, publicado en 1995 en el dominical del más influyente y "respetable" diario madrileño.' Y los ejemplos podrían multiplicarse, no sólo en prensa, sino también en tertulias de radio y TV y en los discursos de casi todos los políticos. E incluso, aunque sottovoce, de no pocos destacados miembros de los sindicatos mayoritarios. La situación actual en las varias dimensiones y aspectos que el trabajo posee, desde las cuestiones referidas al mercado de trabajo hasta la ideología sobre el trabajo, se analiza, de manera prácticamente unívoca, como un resultado de la globalización. Es bien significativo, sin embargo, que exista poco debate sobre la verdadera naturaleza de esta globalización y sobre si realmente constituye la única e inevitable dinámica de nuestra contemporaneidad. Autores como Robertson, hace ya años, acuñaron el término glocalización para dar cuenta de que es una doble dinámica, y no una sola, la que caracteriza realmente a la fase actual del proceso de mundialización: las dinámicas de la Globalización y de la Localización o reafirmación identitaria (Robertson, 1994 ). Pese a ello, en esto como en tantas otras cuestiones, sigue siendo claramente hegemónico, a niveles político y académico, un pensamiento único que tiende a hacer equivalentes mundialización y globalización y a calificar de retardatarios, tribales, fundamentalistas, reaccionarios o contrarios al sentido de la Historia, cuantos fenómenos y elementos no encajen en la dinámica de la globalización o se opongan a determinados aspectos de ella. Apenas si se enmarca el debate sobre el trabajo en las coordenadas de la glocalización' En general, a lo más que suele llegarse es al planteamiento de posibles medidas que suavicen los efectos más duros de la globalización sobre los mercados de trabajo, pero sin realizar un análisis serio de las raíces y significación de los problemas.' Prácticamente sin excepciones, tanto los más ortodoxos neo(ultra)liberales como los más conspicuos representantes de la antigua izquierda socialdemócrata -reconvertida ahora en social-liberalaceptan hoy que el trabajo, tal como ha sido definido y percibido en los doscientos últimos años en las "sociedades avanzadas" ha muerto, y su centralidad en la vida social ha pasado a la historia. La situación actual es considerada no sólo irreversible sino que es tratada como inevitable. Y, sin embargo, convendría hacer un esfuerzo para no dejarnos arrastrar pasivamente por esta fuerte corriente, mayoritaria y dominante, y para intentar separar las constataciones de las interpretaciones interesadas, desvelando éstas por más que nos sean presentadas como si fuesen evidencias contrastadas. Y enmarcándolas en los citados ejes de la globalización y la localización, es decir, en el proceso de glocalización.
El mito de la globalización de la economía Muy pocos se atreven hoy a plantearse, y aún menos a discutir, si realmente estamos inmersos en un proceso de globalización total de la economía. Se parte de la realidad de éste como un axioma, cuando, verdaderamente, no se da en una serie de aspectos y dimensiones. La globalización como ley histórica única es un mito que conviene desvelar y deconstruir. Realmente, lo que está globalizado, o al menos en avanzado proceso de estarlo, no es el conjunto de la economía, sino el mercado, pero incluso en éste no todos los factores lo están, ni lo estarán en el futuro, de la misma manera. Sí es cierto que ya es prácticamente único, y por ello cabe decir que están globalizados, el mercado de capitales financieros, el mercado de tecnología y el mercado de las comunicaciones (incluido el de la llamada información). También lo está, en su mayor parte, con tendencia a estarlo totalmente, el mercado de mercancías, tanto materiales como de servicios e intelectuales," y el crimen organizado, en especial las tramas del narcotráfico y el tráfico de armas. Pero no está globalizado, ni se halla en la dinámica de unificarse, el mercado de la fuerza de trabajo o, si se prefiere, de los recursos humanos (el cambio de palabras no supone, o al menos no debería suponer, una modificación de la realidad a la que éstas hacen referencia ni una distinta visión de ésta, aunque ello sí ocurra, generalmente, debido a la carga simbólica que las propias palabras poseen). No todo el mercado se halla, pues, globalizado ni en vías de globalización, y aún menos toda la economía. Ni siquiera todas las mercancías están sujetas al mismo proceso de liberalización y desaparición de fronteras. El capital, sobre todo financiero, sí es, cada vez más, supraestatal y se mueve ya prácticamente sin trabas ni control por parte de los Estados. Y lo mismo es cierto, como ya hemos señalado, para la tecnología y la mayor parte de los productos, sean o no manufacturados, aunque también sabemos que se están consolidando áreas, con sus respectivas periferias, donde el libre mercado es interior y actúan diversos proteccionismos respecto al exterior. El flujo de trabajadores, sin embargo, salvo dentro de estas áreas -USA, la Unión Europea y Japón, principalmente-, no sólo no se facilita, sino que se restringe y dificulta crecientemente con fuertes barreras legales y policiales, mucho mayores que las existentes hace sólo unos años. Los ciudadanos de los "terceros países", no importa qué nivel 1 de cualificación tengan ni cuáles sean sus necesidades económicas y/o políticas, no están dentro de esa globalización que se afirma posee el mercado, todo el mercado, y las mercancías, todas las mercancías. A la libre circulación de capitales, no se corresponde una igualmente libre circulación de trabajadores. Los capitales, la tecnología y las mercancías del centro sí se extienden a todas las periferias, pero las personas de la periferia no pueden desplazarse al centro. Una vez más, no hay equiparación ni relación igualitaria entre capital y trabajo. Ni tendríamos porqué esperarla a menos de ser ingenuos, podría añadirse. Y es cierto, pero entonces no hablemos de globalización total del mercado, y menos de globalización de la economía, como si ello fuera una verdad evidente. Cuando magrebíes, subsaharianos o albaneses pretenden entrar en el territorio de la UE, se utiliza la palabra invasión, aunque se añada que pacífica. La entrada en el centro está hoy cerrada legalmente, salvo para muy pequeños cupos cuantitativamente poco relevantes. Por eso, a los estigmatizados como ilegales se les devuelve, a veces no demasiado pacíficamente, a sus lugares de origen. Pero cuando los grandes bancos y las grandes corporaciones industriales se instalan en el antes llamado Tercer Mundo, y llevan a éste su tecnología industrial y financiera, destruyendo el débil tejido industrial-artesanal previamente existente, desestructurando sus redes comerciales tradicionales y aprovechando en muchos casos las estructuras políticas autoritarias cuando no dictatoriales, nunca se habla de invasión, sino de modernización, de llegada del progreso, incluso de cooperación al 19 (6) El no establecimiento de la "excepción cultural" por parte de la Unión Europea respecto a la libre entrada de las producciones cinematográficas norteamericanas, a pesar de la insistencia francesa, hace dos años, en dar una cierta protección al mercado interno europeo, es una buena pista para saber hacia dónde van las cosas.
AREAS 19 desarrollo. Y ello, aunque sea evidente que este supuesto desarrollo se realiza aprovechando, y contribuyendo activamente a perpetuar, situaciones políticas y sociales que son con frecuencia despóticas cuando no sanguinarias, pero que son legitimadas cínicamente por Occiderlte en base a la celebración de rituales electorales o mediante el impresentable argumento de que, a pesar de que los hombres fuertes de muchos de esos países sean dictadores y violen constantemente los Derechos Humanos, ellos son "nuestros dictadores". Son precisamente esas situaciones de negación de los Derechos Humanos más elementales las que permiten que las grandes corporaciones del capital trasnacional puedan libremente sobreexplotar, sin distinción de sexo ni edades, a una abundante mano de obra que produce a muy bajos costes y en condiciones que recuerdan, o sobrepasan, en dureza y ' crueldad las del capitalismo salvaje de mediados del XIX en Europa. Es sobre esta combinación de capitalismo oligopólico, nuevas tecnologías y abundante fuerza de trabajo en condiciones miserables y carente de derechos, sobre la que ~ tuvo lugar el fuerte crecimiento económico -en modo alguno desarrollode una serie de países que fueron denominados "emergentes", como los denominados cinco "dragones" o "tigres" del sureste asiático. Un crecimiento que produjo aumentos espectaculares en las cifras del PIB, pero que no repercutió en mejora de los niveles de vida ni de las condiciones de trabajo del conjunto de la población, sino que acentuó la proletarización y la miseria económica y moral de ésta. Tras el crack financiero de los últimos meses, es claro que el capital globalizado sí ha obtenido muy grandes beneficios en dichos países, que en lugar de emerger parecen ahora ahogarse cuando ese mismo capital globalizado decidió que ya no era útil invertir en ellos. 20 Por otra parte, la asfixiante deuda externa de los países periféricos y las maniobras especulativas del capital globalizado están llevando a la gran mayoría de dichos países no a alejarse del subdesarrollo, sino a acentuar éste y su dependencia tanto económica como política. Y a endurecer sus políticas internas mediante la imposición de medidas de "austeridad" dictadas por el FMI y otras instancias supraestatales no sujetas a ningún control político. Para lo que se hace preciso acentuar la represión sobre sus poblaciones para obligarlas a aceptarlas, manteniendo como coartada las formas, vacías de contenido y funciones, de los comicios electorales supuestamente democráticos. El fin del trabajo en los países centrales ¿Cuáles han sido las repercusiones de la globalización de los mercados de capitales, de tecnología y de la mayor parte de las mercancías sobre los países del centro del sistema? Entre otras, al "desterritorializarse" la producción e introducirse en ellos un gran número de productos de consumo producidos en el Tercer Mundo a muy bajo costo, con tecnología y capitales procedentes del centro -no se olvide esto, so pena de malentender completamente la situación-, se hace difícil la competencia con aquellos de los productos equivalentes fabricados en los países tradicionalmente industrializados, sobre todo en relación a garantizar al capital una misma alta tasa de beneficios. Es esta la causa principal del desmantelamiento de sectores enteros de la producción, que pasan a otras áreas geográficas del planeta, y de las continuas reestructuraciones de los procesos productivos, con objeto de abaratar costos y sobrerrentabilizar el capital financiero. Estas reestructuraciones consisten, sobre todo, en la aplicación de innovaciones tecnológicas cada vez con un ciclo más corto, basadas en lo que se ha denominado el complejo cibernético-informático, y en el recorte de los costos salariales mediante la destrucción de puestos de trabajo y la "informalización" o desregulación de un número cada vez mayor de eslabones de los procesos productivos. El paro, la precarización y el trabajo negro o "sumergido" se han convertido, así, en factores estructurales de las economías de los países centrales, mientras la tasa de beneficios de las grandes corporaciones y
sociedades se multiplica a mayor ritmo que en ninguna otra época. Hasta el punto que, ya hoy, como señala Alfonso Ortí (1994), la sobreacumulación de activos financieros ha hecho que éstos se reconduzcan hacia actividades cada vez más especulativas y menos ligadas a la producción real: actualmente, ya casi el 90% del capital global existente en el mundo no tiene ninguna relación directa con la producción de bienes y servicios. Un dato este que es fundamental tener en cuenta para comprender el mundo en que VIVImOS. No es una paradoja, sino algo completamente coherente, que en los últimos años, una vez superado el bienio 92-93, coincidan, tanto a nivel mundial como en el marco de cada Estado y área económica, un espectacular y continuo crecimiento de beneficios de las grandes empresas y de las entidades bancarias y un también claro ascenso de las cifras de desempleo. Un hecho general que está especialmente presente, como bien sabemos en el Estado español y especialmente en áreas como Andalucía. Los efectos de la presente situación sobre los puestos de trabajo son evidentes: las empresas, sobre todo las que están en manos del capital trasnacional, junto a reconversiones tecnológicas permanentes, muy intensivas en capital, y a una política de deslocalización productiva -que ha dado lugar a la hoy llamada industria difusa, con muy altos niveles de empleo precario y de "informalización "-, han emprendido una estrategia de reducción y flexibilización de la fuerza de trabajo con despidos masivos sucesivos en también casi permanentes reconversiones: las menos sofisticadas acudiendo al cierre de factorías o al fomento de las jubilaciones anticipadas y de las bajas "voluntarias" de buena parte de sus plantillas, y las más "modernas" organizando el downsizing, como púdica o, mejor, cínicamente las llaman, incluso entre nosotros, los tecnócratas especializados en "Recursos Humanos", en este caso para disminuir el número de trabajadores en las empresas "con los menores costes posibles" (se entiende que para la productividad y la tasa de beneficios).' Desde hace ya tiempo, no pocos sociólogos y economistas nos anunciaron que, a nivel mundial, habíamos entrado ya en la "era postindustrial", y ello podría hoy incluso ser cierto, aunque con una significación distinta a la que dieron a la expresión los predicadores de la post- ' modernidad, si la referimos a los países del centro del sistema, que es donde se está desmantelando el tejido industrial de muchos distritos y comarcas antes altamente industrializados -aunque no de todos-, pero no para los aludidos países del Tercer Mundo, que precisamente ahora están siendo introducidos en la era de la industrialización a través de la puesta en mar- ! cha de procesos productivos que combinan, 1 como ya señalamos, una muy intensiva inversión de capital en tecnología y unos muy altos niveles de sobreexplotación de una abundantí- ! sima mano de obra sin apenas derechos ni cualificación. Es esta "nueva" era la que ha sido caracterizada como la del fin del trabajo: el fin del empleo : estable y cualificado, del puesto de trabajo fijo percibido como para toda la vida, en muchos casos en una misma empresa, con horarios definidos, sueldo estable y expectativas de ascensos. Frente a ese modelo, que se afirma ha periclitado, se propugna, como el medio idóneo para conseguir una mayor productividad y competitividad empresariales -los dos valores absolutos y axiomáticos, y por ello sacralizados, del Absoluto Social central de nuestro tiempo, el Mercado-, la flexibilización del mercado de trabajo y la polivalencia de los trabajadores. Ello se traduce, en primer lugar, en la necesaria disponibilidad de éstos para moverse sucesivamente desde una situación de empleo a una de paro y desde ésta a otro puesto de trabajo, diferente del anterior y también temporal. Es lo que algunos llaman "pasar del empleo de por vida a la empleabilidad de por vida". Y para facilitar este cambio, se procede a la desregulación del mercado de trabajo, es decir, a la anulación de gran parte de las conquistas legales obtenidas por los trabajadores como consecuencia de más de cien años de luchas sociales. 21 (7) Una exposición acrítica, muy al uso, de dicha estrategia puede verse en el artículo de Robles y Rodríguez (1 996).
AREAS 19 1 Anulación que se está realizando en casi todos los países con la colaboración activa, o al menos la anuencia, de los sindicatos otrora de clase hoy convertidos, en la gran mayoría de los 22 casos, en simples gestorías y en aparatos burocráticos de Estado que viven de las subvenciones de éste. Suele ahora afirmarse, de manera que no podría ser calificada sino de cínica, que de lo que se trata es de conseguir la igualdad entre las dos partes involucradas en la producción, empresarios y trabajadores, permitiendo a unos y a otros establecer y romper sus relaciones contractuales cuando les interese, sin más complicaciones. Lo que supone eliminar los obstáculos para el libre comportamiento de los patronos, pero no es otra cosa que una pura ilusión de libertad para los asalariados, ya que las relaciones entre ambos colectivos jamás pueden ser igualitarias porque son estructuralmente asimétricas. A pesar de esto último, diversas formas de "autoempleo" son ofrecidas hoy impúdicamente como supuestas soluciones al desempleo y como un avance en las relaciones entre capital y trabajo, respecto a la situación tradicional. La flexibilización no sólo se predica para el mercado de trabajo sino también para la organización del trabajo dentro de las empresas, propugnándose la aceptación por parte de los trabajadores de la movilidad funcional y geográfica siempre que convenga a las "necesidades de la producción", es decir, a las empresas. A ello se unen la imposición, abierta o subrepticia, de contratos de trabajo temporales y/o a tiempo parcial, el establecimiento de horarios y salarios variables e irregulares, la supresión de numerosos niveles de gestión y la subcontratación de otras empresas, a menudo no legalizadas, para la realización de aspectos importantes de la producción o la gestión. Todo ello, crecientemente, se realiza mediante la extensión de las "relaciones flexibles", es decir, de la contratación no formalizada, o formalizada sólo por tareas, con autoempleados, como ocurre a través del denominado "teletrabajo", el cual, a pesar de su aparente modernidad, no es otra cosa que una versión actualizada del tradicional trabajo a domicilio: una forma de subempleo o de "aparcería moderna" que no refleja en modo alguno una situación autónoma, sino la acentuación de la dependencia. Esta falsa autonomía, que es en realidad una situación de total desprotección y carencia de derechos ante las empresas, prolifera hoy en los sectores industrial y de servicios, llevando a quienes caen en ella a la imposibilidad de toda reivindicación laboral y de toda posibilidad de asumir los valores sociales propios de las culturas del trabajo que se generan en la experiencia compartida de la subalternidad y en la sociabilidad entre iguales, es decir, a través del trabajo junto a otros en unos mismos lugares de interacción. La reconversión ideológica: los cambios en la ideología dominante sobre el trabajo De acuerdo con la nueva situación, que ha sido definida como de capitalismo financiero especulativo y neotecnológico (Ortí, 1994: 42), y sobre todo para su aceptación con las menores resistencias posibles, se ha hecho necesaria una reconversión no menos importante que la tecnológica y la realizada en la organización del trabajo: la reconversión ideológica. Suele afirmarse, y ello es cierto, que el neoliberalismo como doctrina es hoy la ideología dominante. Pero conviene no sólo señalar sus principales elementos componentes y sus más evidentes efectos -que es lo que generalmente se hace-, sino dibujar también su marco de referencia implícito a partir del cual cobra todo su sentido. Este marco es el proceso de sacralización del Mercado. Como ya he desarrollado en otros lugares (Moreno, 1993; 1995), la esfera de lo sagrado, que es aquella propia de los absolutos sociales como señalara Durkheim, estuvo durante milenios ocupada, al unísono y en estrecha fusión, por la Religión y el Estado. Concretada en cada formación social y cada época en creencias, valores, rituales, prácticas sociales y gestores específicos, esta fusión sacralizada de lo religio-
so y lo político -que en la Edad Media europea, y en España hasta el siglo XIX, se llamó la alianza entre el Trono y el Altargarantizó el orden económico-social y su reproducción aún por encima de las discontinuidades en los modos de producción. Las doctrinas reveladas por el Dios de turno, o elaboradas en su nombre por sus vicarios y altos funcionarios, constituían la explicación extrasocietaria, "sobrenatural", del mundo y del orden social de cada sociedad, legitimando éste, simbólicamente representado por el soberano, que en ocasiones llegó a encarnar ambos absolutos, el político y el religioso -y que incluso cuando no fue así era considerado monarca "por la gracia de Dios"-, con la obligación de velar por su perpetuación. Las relaciones sociales desigualitarias de sexo, étnicas y entre clases sociales eran atribuidas al orden del mundo y de las cosas, establecido de una vez y para siempre por la deidad, y no a mecanismos y estructuras producidos por la sociedad misma. En esta larga época, el trabajo fue la actividad obligada de los colectivos identitarios subalternos: mujeres (sobre todo en el trabajo doméstico y en labores de muy bajo prestigio social), pueblos dominados (que tenían que trabajar, además de para garantizar su subsistencia, para pagar los impuestos o tributos al dominador) y clases oprimidas (según las épocas, esclavos, siervos o trabajadores "libres"). El trabajo, por tanto, entendido sobre todo como trabajo manual, era considerado un tormento o tortura -recuérdese que el término latino tripaliare significa justamente estoy un resultado de la comisión de actos o pecados contrarios a la divinidad: el pasaje del Génesis es bien explícito al respecto y mitos equivalentes existen en muchas otras culturas. Sólo quienes participaban de algún modo del sacro religioso y/o del sacro estatal podían escapar a esa tortura del trabajo. Era el caso de sacerdotes, curadores, astrólogos y componentes de colectivos dedicados a reverenciar a la divinidad o divinidades -órdenes religiosas, vestales, etc.-. Y también de gobernantes, guerreros, escribas y juristas; todos ellos gestores o funcionarios del sacro Estado. Unos y otros podían dedicarse a la dirección de los asuntos públicos y a propiciar la protección sobrenatural de la sociedad porque ésta se basaba en el trabajo que realizaba para ellos la gran mayoría de la población, cuyos resultados les llegaba en forma de tributos, impuestos o diezmos (lo que se ha denominado apropiación del excedente, aunque el propio concepto de "excedente" sea ! muy discutible). La ideología del orden social, i reglado por los preceptos de la divinidad y por la idea de "servicio" a la comunidad, e incluso de "sacrificio" por la comunidad, por parte de las clases dominantes, eran los ejes del consentimiento social a la dominación, percibida no como tal, sino como garantía de la reproducción del orden social y sobrenatural. Una novedad muy importante supuso la doctrina calvinista y, en general, las doctrinas de las iglesias reformadas respecto a la consideración del trabajo: ahora éste no representa sólo un recuerdo del estigma del pecado, ni un posible aunque heroico medio de santificación personal si se combinaba con la oración -como había sido contemplado por algunas minorías en el Medioevo-, sino que el éxito en las actividades económicas suponía también un signo de predestinación, de haber sido favorecido por el Absoluto. Como señalara lúcidamente Max Weber, esta inflexión ideológica estuvo estrechamente relacionada con el gran impulso del capitalismo. Pero, además, constituyó la base para una ética puritana del trabajo: el trabajo no es, desde entonces, ya propiamente un castigo sobrenatural, sino un imperativo ético dictado desde la divinidad. Tímidamente desde el Renacimiento y ya de forma acentuada desde la Ilustración, en Occidente el sacro religioso fue siendo desplazado de la centralidad de lo sagrado por la Razón como Absoluto, es decir, por la lógica racionalista europea, manteniéndose como sacro el Estado, crecientemente legitimado por la r-acionalidad en lugar de, o además de, por la religión. "Hacer entrar en razón", o lo que es lo mismo "civilizar", se convierte ahora en la jus23
AREAS 19 tificación ideológica que legitima la dominación europea sobre los otros pueblos del mundo. "Civilizar" a los salvajes sustituye en su misma función a los anteriores discursos de la "evangelización" de los infieles. Y es, tam- : bién, por ser definidos los hombres como dotados de mayor racionalidad que las mujeres, y ser caracterizadas éstas como más inestables emocionalmente, como lo masculino sigue considerándose ahora superior a lo femenino. La ideología legitimadora de las desigualdades no descansa ya principalmente en el orden sobrenatural, sino en el orden natural. Esta naturalización de las relaciones y valores sociales es la que fundamenta ahora el que las razas inferiores y el sexo inferior estén destinados por naturaleza al trabajo: de ahí la permanencia de la esclavitud, o al menos de la exclusión no sólo económica, sino social y política, de todos los pueblos no occidentales y de todas las mujeres. ' Sólo los dominantes: europeos (y luego también norteamericanos y otros grupos de raíz europea en los diversos continentes) y varones están llamados a las actividades significativamente no calificadas como "trabajo" siempre que pertenezcan a las élites dominantes: gobernación, ejército, sacerdocio, profesiones liberales, comercio a gran escala. Y sólo los europeos varones que no forman parte de dichas élites pueden hallar en otros trabajos más modestos -éstos sí considerados como "trabajos"-, el camino para vivir cristianamente las penalidades terrenas, cumpliendo así su función en esta vida. Sólo para los europeos varones, de unas u otras clases sociales, es aplicable y funcional la ética puritana sobre el trabajo. 24 En el siglo XIX, la concepción marxiana plantea por primera vez la distinción entre trabajo y "trabajo alienado". La conceptualización del trabajo se realiza, así, en base a la estructura de cada sociedad o, más bien, a la del modo de producción que es dominante en ella, y no a esferas extrasocietarias, sean sobrenaturales o naturales. Bajo relaciones sociales de producción asimétricas y de dominación, el trabajo pierde su valor fundamental de constituir la articulación entre la actividad material y la actividad intelectual; valor que sólo sería posible recuperar en el marco de una sociedad sin clases. Conviene no minimizar las implicaciones de este planteamiento, a pesar de las evidentes insuficiencias del análisis marxista respecto a la explicación de las relaciones sociales de sexo y de las relaciones interétnicas y nacionalitarias, porque en él, dado el carácter de clase que explícitamente conlleva el trabajo, éste, a pesar de ser en las sociedades capitalistas trabajo alienado, se considera como el nexo principal entre quienes están llamados a construir revolucionariamente la sociedad socialista, que sería precisamente aquella sociedad en la que "a cada quien se dará según su trabajo". Fue muy importante el papel tanto del marxismo como de las diversas corrientes del denominado socialismo utópico en la dignificación del trabajo a los ojos de quienes tenían que sufrirlo, sin que ello supusiera legitimar las formas y condiciones en que éste se desarrollaba. En esto existen tanto semejanzas como diferencias respecto a la ética puritana del trabajo que no podemos ahora profundizar. En el ámbito católico, la no introducción de la ética calvinista sobre el trabajo llevó al mantenimiento de la consideración como innoble del trabajo -la literatura del Siglo de Oro español refleja perfectamente las dificultades de reproducción de la ética tradicional-, aunque aquélla va ejerciendo una creciente influencia, que se acentúa sobre todo a través de las ideas enciclopedistas e ilustradas del siglo XVIII. Y en su combate contra las ideas liberales y socialistas, ya en el siglo XIX, la Iglesia comienza a preocuparse del "mundo del trabajo", exaltando en su discurso la importancia del trabajo como deber cristiano. Como no pocos autores han señalado, las encíclicas pontificias de las últimas décadas siguen en esta misma línea, siglos antes condenada como calvinista, de considerar el trabajo como medio ordinario de santificación personal, siendo organizaciones como el Opus Dei la versión católica más equivalente de la ética protestante sobre el trabajo (Roca, 1996).
En nuestros días, sin embargo, el Absoluto Social central es el Mercado y por ello ocupa la centralidad del ámbito de lo sagrado; centralidad de la que ha desplazado tanto al sacro religioso como al sacro estatal, los cuales giran hoy en su órbita. Cuanto no se integra en el Mercado, es decir, cuanto no funciona como mercancía, con valor de cambio, está devaluado socialmente o no se percibe siquiera su existencia: así ocurre con el trabajo de las "amas de casa" -que "no trabajan, sino que hacen sus labores"- o con el trabajo que realizamos para nosotros mismos, aun si posee un gran valor de uso. Y desde esta misma clave se contempla la situación de los jubilados, de los parados de larga duración y de los jóvenes sin empleo, que son, por ello, socialmente marginales al quedar excluidos del mercado de trabajo. Los cambios estructurales en la naturaleza del capital y en la producción, a los que antes hicimos referencia, que caracterizan la nueva fase en el desarrollo del capitalismo, están obligando a una reconversión ideológica que es necesaria para legitimar el modelo actual de mundialización del mercado de capitales, de tecnología y productos, pero no de la fuerza de trabajo. Nueva legitimación que, en los países centrales del sistema, debe generar el consentimiento hacia la nueva situación y evitar que los sectores más perjudicados por ésta, en especial la clase obrera industrial tradicional y los estratos de trabajadores medios en las diversas actividades, puedan desembocar en protestas sociales que pudieran obstaculizar la garantía buscada de una tasa adecuada de beneficios para el capital globalizado. Dicha reconversión ha modelado ya una nueva ideología sobre el trabajo que es parte muy importante de la doctrina neo(ultra)liberal, la cual, para extenderse y ser interiorizada por los sujetos sociales, y en especial por los trabajadores, necesita cuartear y debilitar dos constructos que son, a su vez, resultado de todo el desarrollo del capitalismo hasta tiempos muy recientes, con sus contradicciones y luchas. El primero de ellos refiere al corpus legal de derechos reconocidos en relación al trabajo y de obligaciones del Estado respecto a los trabajadores. El segundo, está constituido por las culturas del trabajo que los diversos colectivos de trabajadores han modelado procesualmente como resultado de sus experiencias en procesos de trabajo específicos bajo concretas relaciones 1 de producción. El recorte del "Estado del Bienestar" y la fragmentación social Con respecto a lo primero, se está desmontan- ¡ do lo que se dio en llamar "pacto keynesiano", ; a través del cual la confrontación capital/trabajo derivó en la relación tripartita capital/Estado/sindicatos y en el denominado "Estado del Bienestar", que venía a garantizar la paz social mediante la definición como derechos de las prestaciones estatales por desempleo, las pensiones por jubilación, viudedad o enfermedad, la asistencia gratuita sanitaria, educativa, etc. y los precios políticos para transportes, viviendas y otras necesidades. Como es sabido, la dinámica de la actual nueva fase del capitalismo, antes delineada, tiende necesariamente a desmontar, o al menos a recortar, este edificio del Welfare State -que en el Estado español no llegó nunca a estar completamente construido, al menos en comparación con otros países europeoscomo forma de reducir los "gastos extralaborales". A facilitar este objetivo se dirige hoy la ideología del "Estado mínimo" y las ofensivas ideológicas -y presupuestariascontra todo lo público: tanto en la esfera de la producción, mediante la privatización de las empresas públicas, como en los campos de la educación, la sanidad, las comunicaciones, la vivienda o las pensiones. Las empresas privadas son contempladas, por definición axiomática, como automáticamente más eficaces, productivas y competitivas que las empresas públicas. Lo cual, cuando en concreto es así, tiene mucho más que ver con la burocratización, corruptelas y falta de control generalmente presentes 25
AREAS 19 (13) Conviene señalar que cuando hacemos referencia, a lo largo de todo el texto, a los "procesos productivos", no estamos considerando sólo la producción de bienes materiales, sino también la producción de toda clase de bienes y servicios, incluyendo los bienes que son consecuencia de la aplicación de conocimientos profesionalizados: sanidad, educación, cte. ( 14) Sobre estos aspectos pueden verse Moreno (1998a y 1998b). ( 15) Es especialmente fértil, en este aspecto, la posición de Godclier (1989), aunque entiendo que no termina de extraer todas las consecuencias posibles a su análisis. neo(ultra)liberal y de su ideología sobre el trabajo, ¿qué ocurrirá en las próximas décadas, cuando el contenido de las culturas del trabajo se haya transformado, al transformarse las bases materiales y las formas de organización de los procesos productivos" y no puedan reproducirse, en sectores cada vez más amplios de la población, dichos valores? La cultura del trabajo de la mayoría de los jóvenes actuales difícilmente podrá poseer valores sociales que generen actitudes y prácticas basadas en la autoestima a través del trabajo y la solidaridad entre quienes son conjuntamente explotados ' sencillamente porque cada vez se dan menos las bases materiales e ideacionales para ello: porque o no tienen empleo o éste no posee la duración y condiciones necesarias para permitir la ¡ generación de dichos valores y su interioriza1 ción por los sujetos sociales. Y yerran quienes creen que, por ello, los jóvenes desempleados o que realizan trabajos temporales o a tiempo parcial en las actividades más diversas no pose- ' en cultura del trabajo. Lo que ocurre es que ésta consiste, crecientemente, en la ideología dominante sobre el trabajo, que ya sabemos es hoy la ideología neo(ultra)liberal de la Globalización, sin que a ésta se añadan, contradictoriamente, los rasgos generados desde las vivencias de un proceso productivo vivido en común con otros trabajadores. Desgraciadamente, este continuo retroceso de los aspectos más valiosos, por solidarios y liberadores, de las culturas del trabajo, combinado con el equivalente avance de la ideología ya hegemónica sobre el trabajo, dibuja un futuro no precisamente alentador: el de una sociedad fuertemente desvertebrada, con fracturas inter- ! nas no coincidentes con las generadas por la estructura de clases tradicional -en la que, por ello, partidos políticos y sindicatos, incluso si intentaran no ser meras corporaciones de intereses, quedan obsoletos al responder a una realidad que ya no existe-, y profundamente deshumanizada. Una sociedad en que los hombres y mujeres acentuarán su papel de simples mercancías en mercados fuertemente segmentados 32 y desigualitarios, y de instrumento de los intereses económicos en lugar de ser sujetos sociales que aspiren a poner éstos al servicio de sus necesidades históricas. Y en relación a los otros dos principios estructurales, el étnico y el de sexo-género, conviene ser conscientes, aunque este no sea el lugar donde profundizar en ello, de que se están produciendo sendas dinámicas equivalentes y conectadas a la expuesta. La ideología de un falso universalismo, de una "globalización cultural" y una única "ciudadanía del mundo" está siendo presentada como ineludible y positiva por la doctrina neo(ultra)liberal, que ha encontrado, en este punto, un significativo y suicida aliado en el reduccionismo "internacionalista" de los jacobinos, y avanza queriendo arrasar las diversidad cultural y la identidad de los grupos étnicos y etnonacionales." Y los valores androcéntricos, que, como la competitividad o la agresividad, tan bien encajan en la doctrina neo(ultra)liberal, están penetrando, también a gran velocidad, en el colectivo identitario de las mujeres, haciendo que la reivindicada igualdad entre los sexos se esté realizando, en gran medida, en base al modelo de la cultura de género masculina, con todo lo que de negativo esto conlleva. ¿Qué puede, pues, hacerse ante todo esto? Modestamente, considero que es prioritario realizar el análisis de las realidades de nuestro mundo contemporáneo partiendo del marco teórico-metodológico que estamos propugnando para superar las limitaciones tanto del reduccionalismo materialista como del esencialismo ideográfico. Rechazando los simplismos con los que, desde una y otra posición, se ha tratado el tema de la relación entre lo material y lo ideacional" y rechazando también, por reduccionista, la consideración de que existe un solo principio estructurante de la realidad social. Y respecto a la práctica social y política, entiendo que no hay otra posición, si no queremos colaborar al avance, supuestamente imparable, de la Globalización como ideología, con la imposición de su pensamiento único, al que
pertenecen las concepciones del fin del trabajo y del fin de la Historia, que convertir los aspectos más liberadores y profundamente humanos -por nacidos en la experiencia de la relación con la naturaleza y con los otros seres humanos poniendo en juego valores de usode las culturas del trabajo, de las culturas étnicas y de las culturas de género (en este caso, sobre todo de la "cultura femenina"), en ejes de resistencia frente al avance demoledor de la ideología neo(ultra)liberal para la cual sólo existen los valores de cambio y únicamente interesa cuanto tiene un precio en el mercado. Difícilmente pueda hacerse ahora nada más útil que el reforzamiento de lo que Castells (1997) denomina identidades de resistencia, para en el futuro poder aspirar a reconvertidas en identidades proyecto encaminadas a la transformación de toda la estructura social. 33
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