El poder en "El señor presidente" de Asturias: límites y mecanismos
Abstract
Este artículo focaliza los procedimientos narrativos con que Miguel Ángel Asturias construye la figura omnímoda y mitológica de un dictador en la novela El Señor Presidente (1946). El despótico protagonista, todopoderoso creador de redes de intriga y terror con las que somete a los ciudadanos, manipula las leyes de la casualidad y la causalidad a su capricho. El estudio hace hincapié en la configuración del autócrata como encarnación simultánea de la Providencia cristiana y de Tohil, dios del fuego y de la lluvia maya. A pesar de este retrato divinizado, en última instancia, Asturias resquebraja su poder ilimitado mediante el uso de lo grotesco.
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Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 82 EL PODER EN EL SEÑOR PRESIDENTE DE ASTURIAS: LÍMITES Y MECANISMOS Jesús Gómez-de-Tejada (Universidad de Sevilla/IDESH. Universidad Autónoma de Chile) Resumen. Este artículo focaliza los procedimientos narrativos con que Miguel Ángel Asturias construye la figura omnímoda y mitológica de un dictador en la novela El Señor Presidente (1946). El despótico protagonista, todopoderoso creador de redes de intriga y terror con las que somete a los ciudadanos, manipula las leyes de la casualidad y la causalidad a su capricho. El estudio hace hincapié en la configuración del autócrata como encarnación simultánea de la Providencia cristiana y de Tohil, dios del fuego y de la lluvia maya. A pesar de este retrato divinizado, en última instancia, Asturias resquebraja su poder ilimitado mediante el uso de lo grotesco. Abstract. This article focuses on the narrative procedures which Miguel Ángel Asturias uses to build the mythological and all-encompassing figure of a dictator in his novel El señor Presidente (1946). The despotic protagonist, powerful creator of terror and intrigues to submit the citizens, manipulates the laws of chance and causality at will. This analysis highlights the configuration of the autocrat as a simultaneous embodiment of the Christian Providence and the Mayan Tohil, god of fire and rain. Despite this divinized portrait, Miguel Ángel Asturias breaks the unlimited power of his protagonist through the use of the grotesque. Palabras clave. Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente, Novela de la dictadura, Literatura guatemalteca del siglo XX, Literatura hispanoamericana del siglo XX Keywords. Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente, Dictator Novel, 20th Century Guatemalan Literature, 20th Century Spanish American Literature
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 83 Una primera lectura de la novela de Miguel Ángel Asturias puede dar la impresión de que son varios los acontecimientos y hechos que escapan al control de los fatales hilos de poder manejados con impiedad e impunidad por el dictador protagonista –aunque no lo nombra, el guatemalteco Estrada Cabrera, según se acepta unánimemente– 1 . Ello puede posibilitar que el lector extraiga una visión según la cual es un orden caótico el que decide los destinos de los seres a los que la narración da vida. Sin embargo, aunque la casualidad o el azar alcancen en la obra un cierto nivel de importancia, no hay que obviar que la mayor parte de los acontecimientos y hechos que se cuentan parte originaria y directamente de la voluntad del déspota que adquiere carácter de designio divino. 1. Casualidad y causalidad del Poder El narrador nos presenta inmediatamente el hecho a partir del cual se desencadenará una serie de acontecimientos, cuyo desarrollo en sus diferentes ramificaciones constituirá el nudo central del argumento de la obra. La muerte del coronel Parrales Sonriente, el hombre de la mulita, a manos del Pelele, posee un carácter esencialmente fortuito y, por tanto, ajeno a la voluntad del Señor Presidente: «El idiota Pelele mata al más poderoso de los agentes de la dictadura, y este episodio inicial pone en funcionamiento la máquina infernal del dictador» (Anderson-Imbert, E. 1971: 127). Por su importancia en el relato, este es el ejemplo más llamativo de la acción del azar (Asturias, M. A. 1994: 13). A pesar de ello, también es la muestra más evidente de la capacidad del impío presidente para reconvertir y reconducir la naturaleza y el efecto de estos azarosos acontecimientos hacia los cauces de su propio deseo. Así, los posibles testigos del asesinato de uno de los hombres de mayor confianza del máximo mandatario del país son convenientemente interrogados y torturados para demostrar la participación en dicho crimen de enemigos del régimen. Esto hace afirmar a Anderson-Imbert que existe «[c]asualidad en el crimen del idiota, pero causalidad en la venganza del dictador» (Anderson-Imbert, E. 1971: 127): 1 Entendida como un subgénero narrativo, la novela de la dictadura hispanoamericana comienza a esbozarse con Amalia (1851), de José Mármol –quizás con Facundo (1845), de Domingo Faustino Sarmiento– y se prolonga al menos hasta La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa. El Señor Presidente continúa algunos de los rasgos establecidos por títulos anteriores como la citada de Mármol o Tirano Banderas (1926), de Ramón María del Valle Inclán. Otros títulos muy conocidos pertenecientes a esta modalidad novelística son: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; Yo, el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos; El otoño del Patriarca (1975), de Gabriel García Márquez. (Kadiköylü, N. 2012: 222 y ss.).
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 84 –¡Fue el idiota! […] –¡Mentira…! –afirmó el Auditor, y, a pausa de por medio–, ¡mentira, embustero!... Yo le voy a decir, a ver si se atreve a negarlo, quiénes asesinaron al coronel José Parrales Sonriente; yo se lo voy a decir… ¡El general Eusebio Canales y el licenciado Abel Carvajal!... (Asturias, M. A. 1994: 17, 18) Igualmente, el asesinato del Pelele, que podría interpretarse como fruto de la casualidad, es ordenado directamente por el Señor Presidente a fin de encubrir la conspiración urdida contra los dos inocentes responsabilizados del inopinado crimen y, que a su vez se reviste de legalidad bajo la necesidad de acabar con la rabia que se dice afecta al citado personaje (Asturias, M. A. 1994: 142). Otro ejemplo de casualidad reconvertida en instrumento de la fatídica voluntad del tiránico presidente es la ayuda que Cara de Ángel presta al mayor Farfán, quién había sido condenado a morir envenenado por «un calmante definitivo en la primera borrachera que se ponga de hacer cama» (Asturias, M. A. 1994: 181). Posteriormente, este militar se encarga de llevar a cabo la detención del propio Cara de Ángel. El lector, a partir de los hechos, puede colegir que el mayor Farfán ha denunciado a su benefactor, congraciándose así de nuevo con el dictador, quien como se dice explícitamente en la novela gusta de utilizar para sus planes a aquellos sobre los que pende una condena judicial o a los que, en situación extrema ante él, se encuentran deseosos de reconquistar su favor: El delito de sangre era ideal; la supresión de un prójimo constituía la adhesión más completa del ciudadano al Señor Presidente. Dos meses de cárcel, para cubrir las apariencias y derechito después a un puesto público de los de confianza, lo que sólo se dispensaba a servidores con proceso pendiente, por la comodidad de devolverlos a la cárcel conforme a la ley, si no se portaban bien. (Asturias, M. A. 1994: 181182) La boda de Cara de Ángel con Camila, hija del general Eusebio Canales, y el rapto de esta a manos del futuro esposo se sitúan fuera del ámbito de los designios del execrable dictador, pero ambos hechos serán utilizados para acabar con la vida del general y con su efímera tentativa de revolución (Asturias, M. A. 1994: 259-260). Cualquier duda en torno a la premeditación con que el Señor Presidente determina la publicación de la noticia de la boda de estos personajes, falseándola al presentarse como padrino de estos, queda resuelta en los últimos capítulos de la obra, cuando, valiéndose de un procedimiento similar y después de haber acabado físicamente con Cara de Ángel, destruye también el alma de su antiguo siervo (Asturias, M. A. 1994: 293-294). Además, para
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 85 encubrir su encarcelamiento y su posterior muerte, el dictador utiliza un doble del ex –favorito para que viaje a Nueva York, ilusorio destino oficial del verdadero Cara de Ángel, y deje constancia de la falsa estancia del detenido en la ciudad estadounidense (Asturias, M. A. 1994: 277, 285-287). Cuando la ley o la razón –fundamentos de la democracia y de la civilización– se convierten en la voluntad personal del Señor Presidente – representante de la dictadura y de la barbarie (aunque dedique templos y fiestas a Minerva)–, lo arbitrario adquiere un carácter de causalidad indefectible, de hecho inextricable. Por tanto, todo aquello que contraviene los deseos del tirano se ubica necesariamente en el espacio de lo casual y de lo anómalo, ya que se opondría a la razón y a la ley suprema del Señor Presidente. De este modo, el azar aparece claramente vinculado con la libertad y la ruptura de los estrechos límites determinados por el poder. Los mecanismos represores y coercitivos actuarán sobre lo aleatorio, es decir, el azar será castigado. La casualidad se define como todo hecho o acontecimiento que se produce fuera del ámbito decisorio de la voluntad y el capricho del Señor Presidente. Mientras, que por causalidad se entiende el espacio en que se sitúan la mayor parte de los actos y de los elementos de la novela de Asturias, esto es, el contexto delimitado por los designios expresos del mandatario. A este corresponde racionalizar tal casualidad por medio de un encadenamiento de acciones destinadas a marcar el carácter ilegal de la casualidad y la naturaleza legal de la reacción causal subsiguiente. Se intenta con ello ocultar el más execrable de los regímenes dictatoriales tras una máscara democrática y progresista. La (re)acción causal encausa y encauza en la inequívoca y fatal dirección de la voluntad presidencial todo fenómeno casual – deliberado o no–, es decir, que el Señor Presidente, como razón-ley-voluntad suprema y también como fatum inapelable, va a regir los destinos de todos los habitantes del país, controlando sus actos y regulando cualquier anomalía que escape de la urdimbre de sus deseos a través de métodos expeditivos en que lo casual es utilizado en su propio beneficio y reconducido hacia el espacio gobernado causalmente por su voluntad. El Señor Presidente, como él mismo dice en la novela, no es sino la encarnación de la Fortuna, y su mejor aliada siempre ha sido y será la muerte: «Con decir que si no fuera por mí no existiría la fortuna, ya que hasta de diosa ciega tengo que hacer en la lotería…» (Asturias, M. A. 1994: 267). En este afán de delimitación de la influencia de lo casual y de lo causal en la esfera del poder, según se presenta y se desarrolla dicho concepto en la novela, es pertinente y aclaratorio recuperar el debate que en el siglo XV tuvo lugar en torno a las relaciones entre la Fortuna y la Divina Providencia. De Nigris afirma que sobre tal cuestión se postulaba por un lado y desde una posición profana el carácter divino, arbitrario y hostil de la Fortuna, mientras que desde una visión cristiana, era presentada bajo el gobierno de una voluntad superior a
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 86 ella, es decir, de la Divina Providencia. En la época, continúa De Nigris, fueron numerosos los autores que desarrollaron el tema en sus obras, oscilando entre ambas posturas y matizándolas en diferentes grados. Así, el marqués de Santillana en la Comedieta de Ponza y en Bías contra Fortuna la presentaba respectivamente como «ministra de Dios» y como «una enemiga de la cual el sabio debe defenderse, desde una posición estoica», mientras que en su obra, Doctrinal de Privados, intenta alcanzar «una fórmula para conciliar la existencia del hado, la omnipotencia divina y los méritos de los hombres». En este último sentido, Juan de Mena en Laberinto de Fortuna trata de armonizar la idea de la Fortuna como enemiga del ser humano con la existencia de una deidad omnipotente, de tal modo que, cita De Nigris a Rosa Mª Lida, «el verdadero árbitro del destino humano es la Providencia y que la Fortuna no es señora, sino sierva de aquélla». Mena, por tanto, hace prevalecer la concepción cristiana por la que la Fortuna pagana que daba al hombre sensación de caos, era gobernada por la Divina Providencia, la cual regulaba y organizaba el aparente caos de las casualidades promovidas por la Fortuna, bajo la tutela de la voluntad de Dios. El mismo Dante, a quien Asturias leyó, como atestigua el hecho de que la obra se tituló provisionalmente Malevolge –último círculo del infierno en La Divina Comedia– consideraba a la Fortuna como ministra de Dios (Nigris, C. de 1994: LXIII-LXV). Desde una perspectiva pagana, la Fortuna es vista, según lo dicho, como una diosa caprichosa y voluble que hace subir y bajar a los hombres de ella sin sentido, de modo aleatorio, girando a modo de rueda y situándolos arriba y abajo indiscriminadamente; mientras que, desde la concepción cristiana, el carácter aparentemente azaroso y casual, que a los ojos de la humanidad muestra la Fortuna, es guiado en última instancia por el designio premeditado y causal de la Divina Providencia. Al aplicar estos conceptos a la novela de Asturias, comprobamos que los hechos casuales que escapan en su origen a la voluntad del dictador son reconducidos inmediatamente hacia la esfera dominada por los designios presidenciales, espacio en el que pierden su prístina naturaleza aleatoria y pasan a formar parte del entramado racional, premeditado y causal de las intrigas del Señor Presidente. Nos encontramos con una fuerza o voluntad superior –Divina Providencia, Dios– capaz de gobernar y revertir los iniciales efectos de una fortuna, desprovista, por sí sola, de su condición de deidad. Esta necesita fusionarse con la figura del Señor Presidente, compendio de distintos aspectos de las tradiciones míticas cristiana, clásica y precolombina, para alcanzar su absoluto y verdadero poder como regidora del destino de los hombres 2 . A pesar de eventuales acontecimientos en los que es Fortuna la que parece manejar los hilos de la vida humana, los azarosos devaneos de sus designios son sometidos y regulados por la voluntad suprema del Señor Presidente, que aparece ante el 2 Verduzco analiza las relaciones entre los mitos cristianos, mayas y griegos que se entrecruzan en la novela (Verduzco, R. 2012).
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 87 pueblo como el hombre necesario, la figura paternal que ordena el caos: «¡La lotería, amigo, la lotería! ¡La lotería, amigo, la lotería! Esta era la frase-síntesis de aquel país (…) la única ley en egta tierra eg la lotería: pog lotería cae ugté en la cágcel, pog lotería lo fusilan, pog lotería lo hagen diputado, diplomático, presidente de la Gepública, general, minigtro!» (Asturias, M. A. 1994: 106). 2. Deificación y desmitificación del dictador Minguet afirma que el nobel guatemalteco «en vez de “reproducir” exactamente el propio destino de Estrada Cabrera, o de presentar un retratotipo de un dictador de novela, […] fiel a la representación que la gente de su patria tenía del dictador (nadie veía nunca al Presidente) ofrece de él un retrato proteiforme, mitológico» (Minguet, Ch. 1978: CXLVI). Rodríguez argumenta que, de forma contradictoria, «la mitificación del dictador en El Señor Presidente tiene tres vertientes: // 1) La que lo asimila a la deidad maya-quiché, Tohil. // 2) La que lo asimila al Dios cristiano. // 3) La vertiente de la política oficial» (Rodríguez, T. 1989: 44). Es evidente la voluntad de Asturias por presentarlo como un ser omnisciente y ubicuo. Son muchos los fragmentos narrativos que subrayan esta singularidad del personaje. Además de su capacidad para manipular el destino de los hombres, encontramos otra serie de rasgos que le confieren un halo de divinidad 3 . A través del narrador, ya en las primeras páginas, se señala la capacidad del Señor Presidente para habitar «muchas casas a la vez», así como el hecho de que «no dormía nunca o que cuando lo hacía era al lado de un teléfono con un látigo en la mano» (Asturias, M. A. 1994: 13). Es la misma voz del Señor Presidente, la que se arroga el derecho de decisión del destino humano y la potestad de saberlo todo (Asturias, M. A. 1994: 268). Incluso, el narrador parece otorgarle la facultad de desaparecer a su antojo, transcendiendo los límites de su carnalidad: «Lo que ninguno pudo decir fue por dónde y a qué hora desapareció el Presidente» (Asturias, M. A. 1994: 103). Al presentar la red de espías que circunda el palacio presidencial, el poder del opresor parece incluir una conexión sobrehumana con la naturaleza: Todo le pareció fácil antes que ladraran los perros en el bosque monstruoso que separaba al Señor Presidente de sus enemigos, bosque de árboles de orejas que al menor eco se revolvían como agitadas por 3 Sawala argumenta que, en la literatura latinoamericana (ejemplificada con la novela de Asturias, El otoño del Patriarca de García Márquez y La fiesta del Chivo de Vargas Llosa), la dictadura puede leerse «como un sistema mítico-ritual» (Sawala, W. 2014: 227). Para Sawala, «el poder autoritario inscribe la vida social en un discurso peculiar que adopta una forma narrativa y presenta rasgos que pueden identificarse como mitológicos, partiendo de la concepción general del mito» (Sawala, W. 2014: 227).
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 88 el huracán. Ni una brizna de ruido quedaba leguas a la redonda con el hambre de aquellos millones de cartílagos. Los perros seguían ladrando. Una red de hilos invisibles, más invisibles que los hilos del telégrafo, comunicaba cada hoja con el Señor Presidente, atento a lo que pasaba en las vísceras más secretas de los ciudadanos. (Asturias, M. A. 1994: 41) En muchos pasajes, se explicita la usurpación del papel de Dios por el Señor Presidente y se subraya la adoración pseudoreligiosa que los subyugados ciudadanos de la República profesan al tirano. Dicha identificación presenta en la obra una doble vertiente según se manifieste en función de la tradición católica o de la indígena. En el capítulo V «Todo el orbe cante» aparecen múltiples alusiones que equiparan la figura del dictador con la del Dios cristiano. La voz del narrador proclama repetidamente como una letanía, un fragmento de una oración de la religión católica, mientras subraya la actitud reverencial de los miembros de las más importantes esferas sociales: «¡Señor, Señor, llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria! Las señoras sentían el divino poder del Dios Amado. Sacerdotes de mucha enjundia le incensaban» (Asturias, M. A. 1994: 100). Asimismo, Cara de Ángel tras oír como el presidente es llamado al comienzo de un panegírico en su honor «hijo del pueblo», lo identifica rápidamente con Jesucristo: «…pero el favorito, que le bailaba el agua, se atrevió a decir en voz baja: // –Como Jesús, hijo del pueblo…» (Asturias, M. A. 1994: 101). Por otra parte, a través de la tradición maya-quiché, el temido mandatario es también asimilado a la figura de Tohil, dios que exigía a sus adoradores sacrificios humanos a cambio del fuego, símbolo de vida. Esta figura de la mitología precolombina aparece descrita en el Popol-Vuh (Libro del Consejo), Biblia de los mayas, donde se narra como «Tohil había dado fuego a su gente. Pero ese primer fuego sagrado desapareció como resultado de una gran lluvia, y nuevamente Tohil tuvo que proveerlo, pero esta vez frotando sus sandalias una con otra… Como pago, exigió sacrificios humanos» (Leal, Ll. 1971: 315). León Hill apunta que Tohil también era dios de la lluvia y añade que habiéndose producido una gran confluencia de tribus y siendo los hombres que las constituían extremadamente pobres y estando ateridos de frío, estos se dirigieron al dios Tohil para pedirle la gracia del fuego protector, la cual no les fue otorgada. Aconsejados por un mensajero de los dioses, preguntan al dios del fuego y de la lluvia qué quiere a cambio de concederles su deseo. Este exige sacrificios humanos. Al negarse los hombres, Tohil por «medio de la treta de darles el fuego y luego quitárselo enviándoles copiosa lluvia, los vence y se someten a su poder» (León Hill, E. 1972: 32). La asimilación del personaje con esta figura divina se concreta con relativa nitidez en el capítulo XXXVII, precisamente llamado «El baile de Tohil». Cara de
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 89 Ángel, en el instante en que el tiempo adquiere para él un carácter de íntima y oscura cuenta atrás, puesto que su sentencia de muerte ya ha sido dictaminada definitivamente por el vengativo capricho del déspota, tiene una visión que entronca directamente con el ritual de los sacrificios humanos ofrecidos al sanguinario dios. Además, nos sitúa en el pasaje de la mitología maya en que los hombres, sometidos a su impía voluntad, aceptan la inmolación de sus semejantes a cambio de recuperar la llama que les había dado luz y vida, aunque ahora bajo esa feroz condición, como proclama el mismo Tohil en la visión de Cara de Ángel, «no habrá ni verdadera muerte ni verdadera vida» (Asturias, M. A. 1994: 270). Junto con este fragmento, que vincula ambas figuras con bastante claridad, hay que destacar el gran número de alusiones relacionadas con el dolor, la angustia, la soledad, la miseria asociadas al frío y a la humedad extremas, en íntima conexión, todo ello, con el distanciamiento respecto al Señor Presidente, la caída en desgracia y el encarcelamiento de algunos personajes, especialmente Cara de Ángel, en quien el proceso alcanza dimensiones prometeicas: «Dos horas de luz, veintidós horas de oscuridad completa, una lata de caldo y una de excrementos, sed en verano, en invierno el diluvio; esta era la vida en aquellas cárceles subterráneas» (Asturias, M. A. 1994: 290, 291). Estas referencias dan mayor consistencia a la vinculación del dictador con el dios del fuego maya, ya que el alejamiento del tirano o la pérdida del favor presidencial son específicamente relacionados con el despojamiento de la luz y del calor. Cara de Ángel, como un nuevo Tántalo, apenas puede tocar una luz que, como especifica el narrador, «se estaba yendo desde que venía» (Asturias, M. A. 1994: 290, 292). El Señor Presidente, como un nuevo dios del fuego y de la lluvia, aparta al siervo rebelde de sí, negándole el calor que administra a su capricho. A la privación de luz, se une la humedad que genera la lluvia de invierno, igualmente dócil a los designios presidenciales, que acrecienta la tortura del personaje y la imagen fría e infernal de los calabozos. Sin dejar esta intención divinizadora, señalamos cómo la relación entre el todopoderoso autócrata y su, en otra hora, siervo principal desarrolla una imagen paralela e invertida de la rebelión que, en la tradición bíblica, protagoniza Luzbel –ángel de luz, ángel bello– contra Dios. El ángel rebelde, derrotado, es condenado al infierno, donde pasa a reinar como Satán y se convierte en poder y símbolo contrario al de Dios en los cielos –las tinieblas frente a la luz–. En la novela, esta inversión se establece a través del intercambio entre los personajes de la naturaleza y el signo del poder al que representan en las Sagradas Escrituras. El Señor Presidente, aunque dador del fuego, es un dios oscuro y maligno, mientras que Cara de Ángel, que bajo su mandato, había sido «bello y malo como Satán» (Asturias, M. A. 1994: 101), al enfrentarse a él y, por ello, ser apartado de su reino de negra luz, de calor mortecino, de muerte en vida, se convierte, en cierto modo y por contraposición a la figura opresora
Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada Comparada ISSN 2420-918X (Roma) Fecha de recepción: 21/11/2016 / Fecha de aceptación: 18/12/2016 90 presidencial, en símbolo del bien asociado al Dios de los cristianos. Miguel Cara de Ángel, se transforma en San Miguel Arcángel, al que la Iglesia llama príncipe de la milicia celestial, defensor del pueblo de Dios contra el demonio, venerado como ángel vencedor de Satanás y sus seguidores a los que expulsó del cielo con su espada llameante. La figura de Cara de Ángel se polariza en una doble naturaleza: primero demoníaca y, más tarde, angelical. Con ambas, se subraya la maléfica divinidad del Señor Presidente. Asturias conoció personalmente al dictador Estrada Cabrera. Su familia había sufrido cierta persecución durante el mandato del tirano, de niño había escuchado los relatos que en lo más profundo de las casas y con las puertas cerradas se contaban sobre este. En su época parisina, había competido con otros intelectuales hispanoamericanos por recrear las más truculentas y atroces historias sobre la violencia y crueldad de los distintos déspotas de sus respectivos países de origen. Durante el proceso judicial, que siguió a la caída de Estrada Cabrera en 1920, pudo comprobar la fascinación que el mandatario seguía ejerciendo sobre el pueblo guatemalteco. Para ellos, el omnímodo dueño de sus destinos durante veintidós años (1898-1920) no podía haber sido encarcelado y desposeído de su poder. Aquel hombre que las nuevas autoridades mostraban ante ellos, marchito y avejentado, era visto como un impostor. Es esta mentalidad fruto de prolongados y salvajes padecimientos, germen a su vez de un terror atávico, la que origina el mito del Señor Presidente; y es esta forma de pensar la que Asturias ha pretendido reflejar. Sin embargo, a pesar de esta consciente mitificación y divinización del Señor Presidente en sus dos vertientes cristiana y pagana, colonial y precolombina, en ocasiones, se desprende del texto, al mismo tiempo y en sentido contrario, la voluntad de desposeer al tirano de esa aureola de omnímoda deidad por medio de la presentación del lado más terrenal y finito del brutal personaje bajo el signo de la parodia y del esperpento. Ruffinelli sugiere que «Asturias ha debido haberse visto fascinado por la dictadura como expresión del poder malévolo de un individuo, y es hacia –contra– lo individual de su dictadura que enfila sus dardos satíricos, subrayando lo grotesco del personaje Presidente y lo absurdamente cruel de sus actos» (Ruffinelli, J. 2000: 881). Como si no quisiera esconder la base real, el soporte tangible y carnal que sustenta la imagen mítica, el autor salpica el relato de alusiones que desdibujan la figura presidencial y presentan sus temores, sus vicios, sus orígenes, sus relaciones juveniles con la madame Chon Diente de Oro, su sordidez, las marcas que en él ha dejado el paso del tiempo. Egüez se refiere a «la capacidad regenerativa del grotesco bajtiano [… que] posibilita[n] la aproximación a otro orden de las cosas, a un mundo al revés que concentra la tensión de la ambivalencia y se rebela en contra de la realidad ‘al derecho’ representada por el Presidente» (Egüez, R. 2003: 221-222). Todo ello, contribuye a diluir, en cierta medida, la omnipotencia del déspota y permite intuir el crepúsculo del dios. Se