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Una Ética... Ante Antonio Ordóñez

Gómez Pin, Víctor

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Revista de Estudios Taurinos N.º 9, Sevilla, 1999, págs. 13-36 UNA ÉTICA... ANTE ANTONIO ORDÓÑEZ Víctor Gómez Pin Fundación de Estudios Taurinos NOTAEN SU AUSENCIA «Mas se murió con la pena de no lidiar a la muerte ... Yanclado quedó en la orilla dormido en su última suerte» ace ahora doce años, mi entrañable amiga María Vela Zanetti me contactó en París en nombre de la revista de arte Buades, solicitándome una reflexión sobre tauromaquia. Yo no tengo con los toros otra relación que la de mero aficionado y, ya para entonces, había agotado lo que podía decir sobre aspectos de la tauromaquia que tocaban tangencialmente a mis tareas de “filósofo” (es decir, de profesor de filosofía). Ante mi resistencia, María me sugirió una suerte de reflexión al alimón con Antonio Ordóñez, al que muchos nos referíamos siempre con la expresión: el «Maestro». En uno de nuestros encuentros en París, Antonio me propuso un diálogo reposado en una de sus haciendas andaluzas. Entre ésta y alguna de las ventas de la Baja Andalucía, se fraguó este texto. Salvo contingentes correcciones, se reproduce aquí enteramente, tal como fue publicado en Buades1. Se trata de una entrevista informal, intercalada entre reflexiones propias (que, desde luego, hoy hubiera abordado con un enfoque estilístico muy diferente). El texto recoge una conversación de muchísimas horas y por ello, en varios momentos, es más síntesis que transcripción literal de la interrogación o la respuesta. Dada la lesión que le impedía torear, el Maestroasumía entonces, con lúcida entereza, un delicadísimo momento psicológico (que el fotógrafo Atín Aya –entre nosotros unas horas– captó en la melancolía de una mirada) (Fig. n.º 5). Auna pregunta mía sobre su perspectiva en aquel momento, el Maestrorespondió: «un día voy a torear, estoy convencido... en un tentadero, ante un eral (... no importa), quizá con poco público». Una ensoñación subjetiva me permitió ver al Maestro abandonando todo otro quehacer y entregado sin reserva a este proyecto... Doce años han pasado y desde hace meses las cenizas de Antonio Ordóñez son cubiertas en parte por el albero de la Maestranza de Ronda (la otra parte, como es sabido, será esparcida en su querida marisma de la Camarga). No se realizó la ensoñación... Ángel Peralta, su amigo (palabra verídica tratándose de Antonio Ordóñez), había escrito, hace años, los siguientes versos: «... el revuelo se hace onda viéndole cargar la suerte Víctor Gómez Pin 14 1Reedición de la revista Buades, Madrid, n.º 10-11, junio-julio de 1987, págs. 74-80. al humillar a la muerte en una gloria redonda». Con tristeza tuvo que añadir, en Barcelona, el pasado 28 de marzo del presente, los que citábamos al comienzo: «Mas se murió con la pena de no lidiar a la muerte ... Y anclado quedó en la orilla dormido en su última suerte». I.– HACIA RONDA Algunos veníamos desde lugares geográfica y culturalmente muy alejados y en el trayecto final, desde Sevilla o alguna otra ciudad andaluza, a la altura de los llamados (a veces abusivamente) pueblos blancos, retornaba interiormente la misma pregunta: ¿qué nos traía a este lugar, que tan sólo alguna referencia literaria arrancaba al mediodía provinciano y que en aquellos años incluso se hallaba marcado, en su imagen exterior, por una aparente abulia ante un orden socio-político universalmente condenado? La respuesta era clara. Aquel lugar estaba asociado al sentimiento de una suerte de promesa: promesa de que un acontecimiento singular y perfectamente local viniera, sin embargo, a erigirse en intersección de todas las notas o caracteres que configuran a algo como universal. Insatisfechos en la limitación, en la pobreza de una cotidianeidad marcada por la alternancia entre la indolencia y el trabajo embrutecedor y sin sentido, buscando un evento Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 15 que nos permitiera trascender tal cerco, ya constitutivo de nosotros mismos, nos trasladábamos precisamente a Ronda... ARonda cuando las claves de los acontecimientos económicos, políticos o artísticos determinantes de lo comúnmente aceptado como universal parecían, en aquellos años, deber buscarse en Zurich, Rotterdam o Salzburgo... Aquella tarde de septiembre, sin embargo, ordenaba y hasta cimentaba la vida de varios miles de personas, motivadas por la esperanza de que tuviera lugar un hecho conmovedor y hasta traumático, enmarcado no obstante en el más racional de los proyectos: acontecimiento que constituía, al igual por ejemplo que el bel canto, una liturgia estrictamente laica. Retirado de la cotidianeidad de la vida del toreo, el MaestroAntonio Ordóñez se ha impuesto una confrontación cíclica: de ahí esa aparición anual que le permite no arrancarse a la atmósfera marcada por el hálito del toro. El toro sigue determinando la trama de la vida cotidiana, el lazo con los demás, pero sobre todo, el lazo consigo mismo. Tal cita evita el refugio en la memoria, tan a menudo tentada por la complacencia narcisista; evita toda contemplación de sí que no sea en el espejo verídico del tiempo, ese tiempo «que de ordinario invisible y deseoso de hacerse ver, para lograrlo busca cuerpos», cuerpos cuidadosamente seleccionados, cuerpos empapados de palabra, cuerpos exclusivamente humanos. El toro, aun reducido a la singularidad de una aparición, impide, en suma, la distracción y el abandono: evita la inmersión en el ciclo de los días vacuos, preocupaciones artificiales y combinatoria de fugas que forjan lo ordinario de la vida. La constancia en la referencia al toro se condensa para Antonio en la goyesca, en el doble foco de la fecha sin iteVíctor Gómez Pin 16 Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 17 Fig. n.º 1.– Archivo particular, gentileza de Antonio Ordóñez. racción y de un ámbito de piedra que es fantasma de paradigmas taurinos. * * * No obstante, Antonio Ordóñez decide un día retornar a la vida regular del torero en activo, decide vestir el traje por cuya renuncia había, años atrás, señalado su retirada, sin por ello excluir Ronda: de nuevo el traje de luces, frente al traje blanco con crespones negros de la goyesca de septiembre. II.– LAHERIDA «Nacido el niño y transcurridos apenas tres días, su padre le entrelazaba los pies ordenando abandonarle en un desierto» (Edipo Rey, 717-201). Yen la preparación de tal retorno, en la intimidad de una placita de tentadero, un utrero sin puntas, un animal no elegido para la confrontación abierta, casi indigno respecto a lo que exige la liturgia acabada del toreo, una quiebra en el lúcido percibir del hombre, en ese percibir que ha de ser siempre juicio, y Antonio vencido por sí mismo, resulta herido. Ningún órgano interno queda en apariencia afectado y el torero retorna, tras unos días de trabajo, a la tarea, aún preparatoria; la lesión parece no haber dejado otro rastro que episódicas dolencias musculares. Mas la llaga oculta y abandonada buscaba revelar su ausencia de sutura. Yencontró para ello la luz más exacta. Víctor Gómez Pin 18 En el marco sin alma de una ciudad manchega, en los años en que las tabernas de la miseria arcaica mudaban su ornato mediante irrisoria fetichización de la rueda de carro, en la arquitectura de pastel que suplantó a la antigua plaza de ladrillo, ante el toro y ante el público cuyos gritos, «viejo, viejo», mostraban su inclinación a proyectar la propia renuncia, así retorna, en el cuerpo de Antonio, la quiebra interna. Ante el animal, la rotura ósea (agravada hasta quizá lo irremediable, por haber permanecido encubierta) agarrota la pierna sobre la que en el instante de entrada en jurisdicción, reposa todo el peso de la arquitectura taurina, forzando la claudicación, la enmienda, que restaura y multiplica en los tendidos la sordidez del «viejo, viejo». * * * – Antonio, ¿por qué el retorno entonces al traje de luces? – Necesitaba tener la vida enredada en torno al toro. – Pero en Ronda, la goyesca parecía cumplir esta función. Tú seguías siendo un torero en activo. Yo solía decir simplemente que toreabas pocas corridas... el caso límite, una sola, del que torea pocas corridas. – Lo cual no quiere decir torero que torea poco. Lo primero es una cuestión de elección, mientras que lo segundo significa que no te buscan. De todas formas algo faltaba. El toro seguía presente en mi cabeza todo el año pero sólo durante un mes centraba lo que me rodeaba, el ambiente de mi casa, de la vida cotidiana. Durante años yo había vivido en un mundo donde los que me rodeaban no sólo eran respetuosos con la exigencia de que al enfrentarse al toro la cabeza y las condiciones físicas fueran impecables, sino que teníUna Ética... Ante Antonio Ordóñez 19 an ellos mismos como objetivo fundamental el que esto no fallara. Mi trabajo de torero y la necesidad de hacerlo bien, daba sentido a todos mis afectos, y a todos mis proyectos, todo estaba como ar-monizado. –¿No podría decirse que esta ordenación de la variedad de vicisitudes y afectos en función de tu trabajo suponía una desvalorización de lo demás? – Yo diría que al revés. Las cosas que formaban parte de mi cotidianeidad no sólo no estaban sacrificadas sino que se enriquecían, alcanzaban sentido en esta subordinación. Había una jerarquía: el criterio lo daba el momento de estar ante el toro, pero esto no impedía la entrega en su medida a cada cosa, y si se trataba de relación amorosa, podía haber plenitud. – Antonio... gozabas de un rarísimo privilegio. Pues para la inmensa mayoría, para la casi totalidad de la gente, Víctor Gómez Pin 20 Fig. n.º 2.– Archivo particular, gentileza de Antonio Ordóñez. Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 21 Fig. n.º 3.– La imaginación diseña la lidia más adecuada, con estructura, armonía y belleza (Foto del Archivo de Espasa-Calpe. apud Abad Ojuel, A.: Estirpe y tauromaquia de Antonio Ordóñez, Madrid, Espasa-Calpe, 1988, pág. 237). para los que están sin tarea, hablar de eso siempre es pretexto y distracción. Lo peor es cuando el que se anda distrayendo de esa manera cree hacer algo importante, cree, por ejemplo, que leer el periódico es otra cosa que pasar el rato. Es más difícil aceptar que tu situación es la del que no se enfrenta a nada y nada tiene que dar. Supongo que es humano intentar verte de la mejor manera. * * * El plano de posición es de inmediato inclinado. El destino es deslizarse. Amenos que una severa confrontación frene la fuerza originaria, confrontación que es fundamentalmente una constante rebelión contra uno mismo. Pues uno mismo no es sino el conjunto unificado de fuerzas forjadoras de un destino de claudicación. Simple materia de tales fuerzas pero, como tal, condición de su despliegue. De tal forma que entre el individuo y el conjunto de obediencias a las que se somete se forja una esencial complicidad. En la obediencia uno se halla garantizado y conservado, uno perdura en la decrepitud: al perdurar es intrínseca la decrepitud. Abandonarse en la pendiente es la verdad oculta tras todas las epifanías del conservadurismo. Mas a todo aquel que meramente quiere conservar, le acompaña la lepra del temor a la rapiña. Todo conservador puro es ferozmente hermético y temeroso del otro. Ala figura del que frente al otro alza barrera, suele ser opuesta la de aquel que responde a una ética. Al vocablo ética acompaña la imagen de una donación de sí, en el sentido al menos de que se da un comportamiento motivado por exigencias que trascienden los simples intereses de la conservaVíctor Gómez Pin 28 ción individual y aun las instintivas razones de conservación específica. Frecuente es sin embargo que de tal don se dé tan sólo la caricatura, bajo la forma de una falacia ideológica. Frecuente es que la referencia al don no sitúe por delante las condiciones de posibilidad de que tal don sea posible. Frecuente es, en suma, escindir la donación del esfuerzo, escindir la ética ... del trabajo, trabajo humano, mediatizado por la búsqueda de la belleza en la verdad, del bien mismo emergiendo como unidad de belleza y verdad, vínculo que la mirada noble de Antonio busca entre el escarbar y la cabeza desafiante del toro. * * * – Antonio, ¿por qué precisamente el toro? – No lo sé, no vale en mi caso la explicación por razones familiares, al menos no tuve conciencia de querer seguir los pasos de mi padre. De hecho fue él el último en enterarse. – Hay un foto tuya con la muleta en la mano, quizá de cuando tenías tres años. ¿Recuerdas la circunstancia? – No, sólo recuerdo cuando toreé de verdad por primera vez, ya en la adolescencia, pero únicamente queda el momento mismo en que estoy ante el bicho. Todo lo demás se ha esfumado. – Al oírte piensa uno en una amnesia curiosamente selectiva. Desaparición del entorno temporal y espacial para hacer más patente aún la presencia del toro. – Quizás, en cualquier caso toda mi vida me acompañaba ya esta presencia. Es tan normal que el toro esté ahí... que el único momento de sorpresa es darse cuenta de que no está el toro. Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 29 – ¿Alivia esta ausencia? – Alo mejor te inquieta, haciéndote pensar que dejas de torear, que has entrado en una jubilación, aunque sea pasajera. – ¿Siempre el mismo toro? –El mismo en mil diferentes. Alos diecinueve años había toreado ya más de trescientos novillos y sentía que la diferencia entre los novillos iba curtiéndome, era ya parte de mí. IV.– LAMEZQUINDAD YEL ENSUEÑO Es delicado tomar la palabra. Lo es quizá más cuando ello se efectúa en público. Pero lo problemático del asunto se acentúa al extremo cuando este público, oyente o lector, no puede sino considerar que el acto mismo de la toma de palabra es un acto sustitutivo, asténico sin validez por sí mismo. Un acto que puede tan sólo, en el mejor de los casos, provocar una ácida reminiscencia, ácida porque nos hace revivir pálidamente ciertos acontecimientos a un precio excesivamente caro, al precio de experimentar en su agudeza que se trata de figuras, imágenes o atmósferas pasadas o perdidas. Somos los taurinos gente predispuesta a la evocación, predispuestos a complacernos en la imagen de lo pasado o perdido. No hace tantos años que el anuncio de un encuentro con Antonio Ordóñez, no lejos de algunas importantes ferias, hubiera despertado en el aficionado una expectación con carácter entusiasta o proyectivo: este coloquio aparecería como un pórtico, un avance mediante el cual se iría creando la atmósfera, se iría predisponiendo el espíritu del aficionado a sumergirse plenamente en la fiesta. Víctor Gómez Pin 30 Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 31 Fig. n.º 6.– Antonio Ordóñez con Richard Burton ( Archivo particular, gentileza de Antonio Ordóñez). El coloquio sería un contacto con la palabra de Antonio Ordóñez, contacto ciertamente rico en sí, pero sin embargo simple preludio del contacto con el torero Antonio Ordóñez; contacto éste incomparablemente más fértil, porque si la persona es por definición palabra hecha carne, la tauromaquia acabada, redonda e irrepetible, la tauromaquia de Antonio Ordóñez, es recreación de las durísimas condiciones de posibilidad de que un ser humano se dé, restauración del hombre en el espacio simbólico que le es propio: el terreno en que el hombre es palabra porque es cuerpo y viceversa; terreno en el que toda herida supone a la vez un atentado a la dimensión biológica y a la dimensión lingüística; terreno en el que todo fallo compromete al hombre en su integridad. Antonto Ordóñez no estará presente en los ruedos de las plazas. Esta charla que mantuvimos es palabra aislada, palabra carente de la promesa (promesa supone ya una gran riqueza) de que, con él juego y la burla del toro trascienda la mera dimensión ritual para venir a ser auténtica conmoción, esa conmoción, la faena, que siempre esperamos los aficionados y que justifica nuestro dogmatismo a la hora de valorar la fiesta. Tal ausencia de Antonio será para algunos motivo de regocijo. No me estoy refiriendo a aquellos que dentro del horizonte taurino diferirían de la valoración que aquí se hace del trabajo del Maestro. Me refiero más bien a aquellos para quienes Antonio Ordóñez aparecería como paradigma o símbolo de la tauromaquia y que a él se opondrían por considerarse enemigos de esta fiesta. Enemigos éstos que lo son, me atrevería a conjeturar, de la fiesta en general: alérgicos a toda dimensión que no sea la perseverancia en la decrepitud y el Víctor Gómez Pin 32 Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 33 Fig. n.º 7.– Archivo particular, gentileza de Antonio Ordóñez. aburrimiento (disfrazados, eso sí, de prudencia). Personajes que se autovaloran narcisistamente por el simple hecho de repudiar la confrontación con el toro, personajes que erigen la debilidad, y aun la cobardía, en virtud y cuya boca se llena de sarcasmos ante el simple vínculo entre las palabras Arte y Tauromaquia. «Si esto es arte, entonces una fiesta de antropófagos es un rito gastronómico», escribía hace un tiempo un articulista en el diario de cuya lectura se nutre toda la buena conciencia que caracteriza a ciertos estamentos sociales españoles. Los aficionados seríamos, pues, antropófagos que encubren sus infrahumanas prácticas bajo el rimbonbante título de arte. En tal miseria el torero representaría la estrafalaria figura del destripador que se equipara a Mozart. Una reflexión como ésta, con su dimensión evocadora de las pasadas y perdidas glorias de un torero, nos equipararía a aquellos que, manteniéndose erguidos por la fuerza de las circunstancias, tuvieran permanente nostalgia de la marcha a cuatro patas o de la condición de larvas. De tal modo aparecemos los taurinos aislados en el marco social que nos rodea; condenados, se nos ve, por el devenir y el progreso. La desaparición de Antonio Ordóñez de los ruedos podría incluso parecer, más allá de las vicisitudes personales, como símbolo de la desaparición de una sensibilidad, una atmósfera social y un sistema de valores. Pues bien, abandonando la evocación a la subjetividad, voy a permitirme proyectar..., proyectar respecto al futuro de la modalidad de tauromaquia que el torero Antonio Ordóñez representa. Proyecto respecto a un futuro y, en el caso de que no se den las condiciones de posibilidad de que ello cuaje, asunción de que se trata tan sólo de Víctor Gómez Pin 34 una ensoñación, algo que sólo mi fantasía garantiza: Evoco un futuro en el que un joven, un adolescente en el cual se cruzan tres referencias taurinas, se dirige al Maestrode Ronda lamentándose de no haberle visto jamás torear y movido por la secreta esperanza de que sea posible suplir de alguna manera esta carencia. Imagino que el Maestrose propone efectuar de alguna manera tal tarea... tan sólo para el muchacho. Veo al Maestro abandonando todo otro quehacer y entregado sin reserva a esta tarea que merecería plenamente el nombre de trabajo. Imagino una placita de tentadero, un novillo o un eral, poco importa, y casi un único espectador: el adolescente que recogería, aún no demasiado tarde, la semilla, y recrearía en sí mismo, fundándose en esta única lección, la forma más noble de la tauromaquia... Imagino, en la dimensión literal de Maestro, el futuro taurino de Antonio Ordóñez. París-Sevilla, Febrero de 1987. Una Ética... Ante Antonio Ordóñez 35