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Nuevos datos sobre los altares taurodérmicos asirios y escitas y su simbología

Gómez Peña, Álvaro

Abstract

En el presente estudio defendemos la interpretación de varios elementos representados en pinturas procedentes de palacios asirios fechables entre los siglos IX y VII a.C. como altares taurodérmicos sin conexión directa con los hallados en la Península Ibérica. A partir de una metodología propuesta en anteriores estudios recalcamos dicha interpretación, trayendo a colación numerosos nuevos testimonios que permiten reforzar esta hipótesis y empezar a descifrar el significado simbólico que pudo tener este elemento como abstracción figurativa de una divinidad con atribuciones de potencia que muestra representaciones en zonas tan septentrionales como Baite (Kazajistán) y Vani (Georgia) que datan entre los siglos IV y II a.C.

Full text

la investigación centrada en el ámbito protohistórico de la Península Ibérica ha venido en los últimos años incrementando en los estudios el protagonismo de los elementos taurodérmicos aparecidos en España y Portugal, fruto de lo cual se ha puesto mayor énfasis en detectar este tipo de formas en los trabajos de campo, con la consecuente mayor importancia en los respectivos estudios posteriores. Esta retroalimentación de la publicación al campo y del campo a la publicación ha acabado pasando con el número creciente de ejemplares de la mera atestiguación como objetos en contextos cultuales a ser actualmente centro de interpretaciones identitarias dado el carácter simbólico, comercial y elitista que se les ha otorgado. Así, dos tendencias están actualmente en contraposición. De una parte, la de aquellos que ven los taurodermos en general, y los altares de esta forma en particular, como propios de la población residente que habitaba en el suroeste a la venida de gentes orientales, habiéndose asumido dicho perfil como símbolo identitario de la élite fruto de su introducción en los circuitos mediterráneos del comercio del metal (Celestino, 1994, 306-309; Murillo et alii, 2005, 16-17; Gómez Toscano, 2009; Fernández y Buero, 2010). Quienes así opinan, basan su argumento en la existencia de lingotes de cobre de la misma forma fechados en la segunda mitad del II milenio a. C., por lo que son estos lingotes los que servirían de inspiración a los altares, negando que en oriente existan ya tales aras con idéntica forma. De otra parte, la segunda de las interpretaciones aquí defendidas ve en estos altares la continuidad en suelo ibérico de tradiciones litúrgicas orientales traídas a occidente 1. Becario PIF adscrito al área de Prehistoria de la Universidad de Sevilla. Miembro del Grupo de Investigación Historiografía y Patrimonio Andaluz (HUM-402). Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. por poblaciones de aquel lado del Mediterráneo, idea basada en la comparación de smiting-gods y representaciones en cilindros-sellos chipriotas y ugaríticos con los contextos hispanos (Escacena, 2007; Escacena y Coto, 2010; Gómez Peña, 2010). Como muchos asuntos de especial relevancia en la religiosidad tartésica, el de los taurodermos empezó a tener su razón de ser a partir de las excavaciones de El Carambolo y más concretamente con la aparición de su famoso tesoro. Así, al abordar el estudio del mismo a finales de los años cincuenta, E. Kukahn y A. Blanco empezaron a relacionar ambos extremos del Mediterráneo a propósito de los paralelos con que podían contar los conocidos por aquel entonces como «pectorales» del conjunto áureo: “Como motivo ornamental se encuentra en vasos micénicos, en los tableros de marfil, para juego, de Megiddo, en las pinturas de los palacios asirios y sirios de Khorsabad, Arslan-Tash, Tel-Barsib, etc., e incluso en lingotes de cobre de la época premonetal que aspiran a reproducir la piel extendida de un buey” (Kukahn y Blanco, 1959, 42). Vemos cómo desde bien pronto se realizó una llamada de atención tanto sobre los lingotes de cobre como sobre dichas pinturas en las paredes de algunos palacios asirios y sirios, idea esta última que sólo ha sido rescatada del olvido casi cincuenta años después por autores como J. Maier (2003, 100) y J. L. Escacena (2006, 137-138; 2011, 173; Escacena y Coto, 2010, 163 y ss.). Vaya por delante que no pretendemos en estas líneas defender que los altares taurodérmicos peninsulares sean una continuidad directa de las representaciones asirias, sino poner de manifiesto que dichas aras son el reflejo de una idea extendida por el Mediterráneo Oriental, especialmente en Chipre y Siria, que tiene su reflejo arqueológico en la Asiria de los siglos IX-VI a. C., así como en la cultura escita desde el siglo IV a. C. en adelante. NUEVOS DATOS SOBRE LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS Y ESCITAS Y SU SIMBOLOGÍA NEW DATA ON ASSYRIAN AND SCYTHIAN BULL-SKIN-SHAPED SHRINES AND THEIR SYMBOLISM ÁLVARO GÓMEZ PEÑA1 Universidad de Sevilla LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. Recepción: 02-02-2011; Aceptación: 09-11-2011 ÁLVARO GÓMEZ PEÑA 10 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. lA hiPÓtesis PANLINGOTISTA ¿son los altares una creación ex novo propia de la cultura tartésica o por el contrario ya existían sus precedentes en el Mediterráneo Oriental? Como se puede observar, el panorama de la investigación vuelve a vérselas con el sempiterno dilema entre autoctonismo y aloctonismo, problema que afecta gravemente a casi todos los sectores de la arqueología tartésica. Y si se me permite acuñar la expresión, la hipótesis autoctonista podría reducirse a una visión panlingotista, es decir, a tomar por lingote taurodérmico todo lo que en Oriente ha mostrado este perfil. Repasando la historiografía sobre este particular, se puede observar claramente cómo la sucesión de hallazgos y de interpretaciones ha marcado en gran medida a esta vía. El primer hito en esta sucesión de descubrimientos, a pesar de los paralelos apuntados por E. Kukahn y A. Blanco, es el del hallazgo de una, por entonces, fuente de bronce forjado que apareció en la tumba 16 de la necrópolis de La Joya (Huelva), la cual llevó a sus descubridores a poner como paralelo para su contorno al “lingote de cobre chipriota o talento” (Garrido y Orta, 1978, 49). Así, veinte años después del descubrimiento de los «pectorales», ambos autores se decantaban por una opción y silenciaban otra, quizás dejados llevar por la similitud del material del que estaba hecho el reinterpretado posteriormente como altar portátil (Escacena e Izquierdo, 2000, 24) con el metal del que estaban facturados los lingotes, los cuales tenían la filiación chipriota con la que los publicadores de las excavaciones de La Joya vincularon muchos de los objetos aparecidos en el interior de las tumbas exhumadas (Garrido y Orta, 1978). A este hallazgo y a su respectiva asimilación le sucedió otro igualmente importante, el del monumento turriforme de Pozo Moro, cuya base tenía para su excavador el mismo paralelo (Almagro-Gorbea, 1983)2. Fue este hallazgo el que influyó a sucesivos investigadores a presentar en las actas del I Congreso de Arqueología Ibérica varias tumbas procedentes de diversas necrópolis del sureste español íntimamente relacionadas con la forma a estudio. La tumba 31 de la necrópolis de los Villares (Hoya Gonzalo, Albacete) presentaba este contorno por partida triple: el lugar en el que se encontraron los restos óseos, la propia forma de la tumba y el cerramiento de ésta (Blánquez, 1992, 255), poniéndolo en relación con el pavimento del monumento turriforme de Pozo Moro, lo que nos demuestra la influencia de esta tumba para este tipo de interpretaciones; unas páginas después, J. M. García Cano daba a conocer otra tumba hallada en la 2. Recientemente, M. Almagro-Gorbea contempla ya no sólo como posible ejemplo a imitar los lingotes y los keftiu, sino también las pieles de toro para el caso de la base de la tumba 20 de Galera (Almagro-Gorbea, 2009, 10), más conocida por haberse hallado en su interior la “dama de Galera”. necrópolis de Castillejo de los Baños (Fortuna, Murcia) con forma, también para su excavador, de lingote chipriota (García Cano, 1992, 321); la última de las referencias a una sepultura con idéntica forma realizada en dicho congreso se trata de la famosa tumba nº 155 de la necrópolis ibérica de Baza (Ruiz et alii, 1992, 411), la cual ya hemos expresado en una publicación previa que no debe ser relacionada ni con la forma de lingote chipriota ni con la de piel de bóvido (Gómez Peña, e. p.). Mucho tienen que ver en esta interpretación por tanto tres factores: en primer lugar, el impacto de los hallazgos de La Joya y Pozo Moro y su posterior explicación que silenciaron la hipótesis taurodérmica; en segundo lugar, el desconocimiento por parte de los investigadores tanto del trabajo peletero como del resultado que tenían las pieles bovinas tras ser desolladas y perfiladas; y en tercer lugar, el eco internacional de los hallazgos durante el siglo XX de dos pecios hundidos frente a las costas de la actual Turquía en los que se encontró entre su cargamento cientos de lingotes con esta forma (Gómez Peña, 2010), opinión que suscribió entre otros J. Maluquer de Motes, quien relacionó los “pectorales” de El Carambolo con estas piezas metalúrgicas y por extensión con las ricas minas tartésicas, no dando cuenta de la posibilidad de estar ante pieles de animales: “Los grandes pectorales, en realidad, no sabemos cómo se llevarían. Su forma es ciertamente la de los lingotes o galápagos de metal” (Maluquer de Motes, 1984 [1970], 135). Pero especialmente importante fue la interpretación que se había realizado de dos smiting-gods, uno masculino y otro femenino, que aparecen sobre dos peanas con forma de lingote a ojos de sus intérpretes (Schaeffer, 1971; Catling, 1971) dado que por aquel entonces todavía no se habían descubierto altares taurodérmicos como los aparecidos en la Península Ibérica. A pesar de todo, ya en el Mediterráneo Oriental se conocía la relación entre lingotes y pieles, sin embargo se descartó tal arguyendo que el parecido formal era puramente casual ya que el contorno de los primeros se había realizado para facilitar su transporte sobre los hombros de sus portadores (Bass, 1961, 272; 1986, 275; Pulak, 1988, 6, nota a pie 8). No obstante, no podemos saber con seguridad si la forma se escogió por su fácil transporte o si aquélla acabó encontrando buen acomodo en los hombros de sus cargadores, pero lo que tenemos claro es que su más fácil transporte y su simbología no son incompatibles, toda vez que de la propia Chipre tenemos testimonios que nos dejan ver a las claras que pieles y lingotes tuvieron la misma forma (Fig. 1). Así pues, vistas en perspectiva todas estas interpretaciones, el paradigma panlingotista en ningún caso ha dado datos en contra de que los lingotes no puedan ser interpretados como pieles de bóvido. Más bien sus partidarios han rehusado utilizar esta hipótesis en una NUEVOS DATOS SOBRE LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS Y ESCITAS Y SU SIMBOLOGÍA 11 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. muestra de ceguera metodológica cuando han estudiado los pecios orientales del II milenio a. C., lo que habla nada bien de la praxis científica de sus autores, con el consiguiente espejismo entre los investigadores que se han servido de tal presupuesto para afirmar que tales altares no existen en el Mediterráneo Oriental, y que lo único que reflejan es la introducción de la población residente tartésica en las esferas económicas mediterráneas al hacer suyo un símbolo económico como eran los lingotes, tengan estos forma de piel de bóvido o no (Gómez Toscano, 2009, 42 y ss.). A este respecto cabría plantearse la siguiente cuestión: si los altares son una creación controlada por la población autóctona dado que no existen ejemplares en oriente, ¿por qué pensar que la élite tartésica usó los lingotes como símbolo para sus aras si no han aparecido tales lingotes en toda su área de influencia? El argumento usado en contra de la hipótesis taurodérmica es, por tanto, fácilmente utilizable contra la panlingotista (¡!). LA HIPÓTESIS TAURODÉRMICA Por otra parte, como venimos diciendo, se encuentra la hipótesis que ve en los altares el reflejo directo de la piel de un bóvido, cuyo primer claro defensor fue J. L. Escacena, quien como director de las excavaciones del yacimiento de Caura (Coria del Río, Sevilla) interpretó las dos aras allí aparecidas como el trasunto de una piel de toro tanto por sus características formales, como por las cromáticas y las simbólicas. Pero no sólo estos datos refuerzan esta idea, sino la propia presencia de un receptáculo en uno de sus extremos que representa el cuello del animal (Escacena e Izquierdo, 2000, 23; Escacena, 2006, 131-133). Hipótesis a la que se han sumado con el paso de los años varios investigadores que han tratado sobre este particular desde diferentes ópticas (Maier, 2003; Marín, 2006; López Pardo, 2006; Celestino, 2008; Almagro-Gorbea, 2009). Sin embargo, todavía hay quienes siguen pensando que los altares taurodérmicos no son otra cosa que la representación de “lingotes chipriotas”, unas veces por desconocimiento del trabajo de las pieles y de su simbología (Fernández y Buero, 2010), otras por querer vincular a las poblaciones autóctonas con el control metalífero frente a las alóctonas (Gómez Toscano, 2009). Sin embargo, esta interpretación taurodérmica se ve dividida entre quienes piensan que a pesar de ser pieles de bóvido, la originalidad de los altares es autóctona y no propiamente oriental. Desde esta segunda óptica somos varios los autores que hemos defendido que los taurodermos de la Península Ibérica no son los únicos testimonios arqueológicos con los que contar para poder relacionar ambas formas a uno y otro lado del Mediterráneo, para lo que venimos proponiendo una aproximación metodológica que nos permita inferir con la mayor claridad posible si los elementos a estudio son altares con forma de piel de bóvido o no. Así, hasta la fecha son en torno a cincuenta los elementos protohistóricos aparecidos en la Península Ibérica que pueden ser relacionados con una piel de toro trabajada, la mayoría de ellos asociados a santuarios y a tumbas (Gómez Peña, e. p.). A casi todos ellos se les ha identificado como tales taurodermos usando como únicos criterios la forma y su doble contorno cuando éste lo presenta, resultado del contraste visual entre la zona Figura 1: Fuente de bronce con la representación de lingotes taurodérmicos siendo transportados en barco así como tambores en forma de piel de bóvido de idéntico perfil en las manos del cuerpo de música y baile femenino (Bikai, 1987, portada). ÁLVARO GÓMEZ PEÑA 12 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. exterior rasurada y la zona interior que conservaba el pelo (Fig. 2). Sin embargo, a nuestro juicio, la similitud formal no debe de ser el único criterio a seguir para saber si estamos ante un objeto de forma taurodérmica en tanto que puede haberse llegado a él por convergencia y no por homología3. Por tanto, para una mejor comprensión del asunto a tratar en estas líneas, apuntamos la metodología utilizada por nosotros, con la que pretendemos matizar la anterior propuesta de J. L. Escacena y R. Izquierdo (2000) para fijar las características que permitan identificar tanto a los elementos taurodérmicos en general como a los que cumplieron la función real o simbólica de altares. En primer lugar, queremos llamar la atención sobre una cuestión que a pesar de ser obvia no deja a veces de ser ignorada (Fernández y Buero, 2010, 94). A saber, que los objetos taurodérmicos imitan el resultado de las pieles trabajadas, por lo que si tenemos que considerar cuál es el primer criterio para definir qué tiene forma taurodérmica y qué no, debemos de establecer paralelos formales con representaciones trabajadas en piel o en cuero. Este primer paso nos abrirá una gama de resultados posibles según el número de formas finales que encontremos y que nos servirá para poder empezar a hipotetizar sobre si el objeto de estudio en cuestión es taurodérmico o no. Pero no debemos de quedarnos sólo en la forma del contorno, como acabamos de indicar. Pueden existir otras características 3. Entiéndase por homología la definición utilizada en biología que hace referencia a la relación de correspondencia que ofrecen entre sí partes que en diversos organismos tienen el mismo origen aunque su función pueda ser diferente. En oposición a esta definición se encuentra la de convergencia, que indica la similitud que ofrecen entre sí partes de diversos organismos sin tener un origen común, independientemente de cuál sea nuevamente su función. que se aprecien en las representaciones de los propios objetos en piel o en cuero que podrían reforzar la hipótesis que ve en estos elementos dicha forma. El requisito sine qua non para identificar a los ejemplares taurodérmicos en general y protohistóricos en particular es sencillo, pero lo realmente necesario para saber si tal objeto es un altar o no reside en la búsqueda de representaciones o referencias literarias que recojan prácticas cultuales en las que aparezcan y que nos ayuden a inferir características específicas sobre la forma y rituales realizados en ellos. Como acabamos de mencionar, ya J. L. Escacena y R. Izquierdo elaboraron una metodología para intentar definir qué elementos taurodérmicos pueden ser considerados altares y cuáles no para el ámbito de la protohistoria peninsular ibérica (Escacena e Izquierdo, 2000, 27-28). En su estudio, ambos autores proponen tomar cuatro características como fundamentales. En primer lugar, la propia forma del objeto, que suele presentar en cada extremo del cuerpo un alargamiento intencionado que representa el comienzo de las extremidades del animal, a lo que venimos a sumar la posibilidad de un doble contorno; la segunda característica, la presencia de un focus central debido al fuego causante de la combustión de la víctima dada como ofrenda sobre su superficie, lo cual delata su función como altar; en tercer lugar, el carácter exento de la construcción dada la posible necesidad de realizar ritos de circunvalación; y, por último para el caso de los altares inmuebles, la orientación astronómica de la pieza hacia los solsticios de verano y de invierno, reflejo de la creencia en una divinidad que resucita dado el progresivo descenso y aumento de horas de sol tras ambos días respectivamente. Evidentemente, cuantas más coincidencias con estos cuatro puntos presenten los elementos a estudio, mejor explicará esta metodología su simbología. Sin Figura 2: En el centro los altares de Caura de las fases A y B. A la izquierda, caballo de El Cigarralejo (Mula, Murcia) presentando en la montura la lengüeta correspondiente al cuello plegado hacia atrás, como el altar de la fase A. A la derecha, yegua de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) con montura de piel igual a la de la fase B de Caura (Escacena y Coto, 2010, 159). NUEVOS DATOS SOBRE LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS Y ESCITAS Y SU SIMBOLOGÍA 13 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. embargo se nos antoja necesario recalcar un hecho. ¿Qué hacer cuando el objeto está representado pictóricamente o escultóricamente, y no arquitectónicamente? Para este particular, el tercer y cuarto puntos, los concernientes a la circunvalación y orientación astronómica de los mismos, no son válidos dado que no es verificable en todos los casos. Sin embargo, se debe de plantear una nueva característica: la representación de elementos que nos indiquen que asistimos a un ritual sobre el altar o en torno a él, o a momentos previos de éste, lo que vendría a ser un fuerte paralelo arqueológico con la búsqueda de tales indicios entre las fuentes textuales, como comentábamos anteriormente. el origen orientAl de los AltAres tAUroDÉRMICOS PENINSULARES Es, por tanto, esta metodología la que hemos utilizado para poder reinterpretar desde la tradición cananea una serie de formas aparecidas en cilindros-sellos hallados en Ras Shamra (Ugarit) y que han sido tradicionalmente interpretadas como lingotes dados los paralelos con que se contaba hasta la aparición de los altares en la Península Ibérica. Se trata de dos sellos en los que aparecen sendas formas de piel de bóvido en un contexto claramente ritual. En el primero de ellos, procedente del Museo de Aleppo (RS 6127), se observa a un hombre de pie afrontado a un animal estilizado al que se aproxima en actitud de asirle por los cuernos, los cuales son de perfil curvado hacia atrás, lo que nos hace asimilar a este animal con una cabra. Tras ella, otro animal de menor estatura le sigue en la misma dirección. Ambos podrían estar siendo dirigidos hacia la pieza que se encuentra detrás de la figura humana4, de clara silueta taurodérmica y que aparece representada desde una visión cenital para que se vea su forma. Esta pieza podría tratarse de un altar hacia el que ambas víctimas se estarían encaminando para ser sacrificadas (Fig. 3). Entre la posible ara y el último de los animales, un pájaro de significado incierto, y entre ambos animales un símbolo astral representado por un conjunto de puntos identificable quizás con el cúmulo de las Pléyades, cierran el conjunto de figuras (Bordreuil y Gubel, 1990, 484, fig. 2; Lagarce y Lagarce, 1997, 80, fig. 4, abajo). En la segunda de las piezas (Lagarce y Lagarce, 1997, 80, fig. 4, arriba) se observa la figura de un hombre sentado sobre una silla baja que porta unos cuernos en su cabeza similares también, como en el primer sello, a los de una cabra, en ademán de coger a un animal de su cornamenta y alzando amenazante la otra mano quizás en actitud de sacrificio. Resulta sugerente a este respecto observar la posición en la que se encuentra 4. Los cilindros-sellos tienen la peculiaridad de no señalar cuál es el comienzo y el final de la escena. el animal, de nuevo una cabra según la forma de sus cuernos, pues la mitad delantera de su cuerpo se encuentra sobre otro elemento de forma taurodérmica, esta vez representado desde su cenit en horizontal para que su forma pueda ser vista de acuerdo con la orientación del cuerpo del animal (Fig. 4). Nuevamente interpretamos esta pieza como un altar taurodérmico, acompañado esta vez de un árbol identificable con una asherah, árbol sagrado de tradición cananea y fenicia que recoge las propiedades de las divinidades femeninas semitas (van der Toorn et alii, 1999, 101). Un elemento más representado en el sello es una figura redondeada a la que se le representa su contorno y que relacionamos con un símbolo astral quizás identificable con el Sol o con la Luna. Todos estos elementos nos vuelven a hacer pensar que estamos ante la plasmación de un ritual sacrificial. Por último, una figura humana bocabajo sosteniendo un objeto alargado con su mano cierra la escena sin que podamos hipotetizar sobre ella. Al igual que estos dos cilindros-sellos hallados en Ugarit, de Chipre procede una buena muestra de cilindros-sellos en los que se aprecia la misma forma taurodérmica (Fig. 5), de los que la mayor parte son de Enkomi. Las escenas representan la misma temática que las procedentes de Ugarit pero no muestran escenas con animales, sino otras más simbólicas en todos los casos que conocemos. En ellas se suelen repetir una serie de elementos ya vistos en los anteriores cilindros-sellos: un personaje masculino de pie, un supuesto lingote de forma taurodérmica, un árbol, una cabra y en ocasiones bucráneos o cornamentas. Los paralelos visibles con los ejemplares ugaríticos nos remiten al mismo ámbito religioso del que hemos hecho mención antes. Los hasta ahora considerados Figura 3: Cilindro-sello ugarítico actualmente en el Museo de Aleppo (Lagarce y Lagarce 1997: 80). Figura 4: Cilindro-sello procedente de Ugarit (Lagarce y Lagarce 1997: 80). ÁLVARO GÓMEZ PEÑA 14 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. lingotes chipriotas (quizás deberíamos de decir siriochipriotas) son interpretados por nosotros como altares rodeados de todos los elementos relacionados con la práctica cultual recogidos en las piezas sirias. Así, junto a los altares vuelven a aparecer las asherah y los cráneos o cornamentas vinculables tanto con los hallados en los santuarios de Enkomi como en los cilindros-sellos hallados en la actual Ras Shamra. Un elemento sí que querríamos destacar de todos los aparecidos en los ejemplares que conocemos. Se trata de una figura formada por tres círculos concéntricos, interpretable como un signo astral al igual que el conjunto de puntos o el signo con doble contorno de los ejemplares ugaríticos. Pero queremos llevar más allá esta idea y especificar que podríamos estar ante una representación solar o lunisolar según los casos que se manifestaría en todas las ocasiones encima del altar, y cuando no lo hace no aparece en ninguna otra parte de los cilindros-sellos. Así, el ejemplar procedente de Kourion (Fig. 5, A) tiene sobre el altar la imagen de un posible sol con un cuarto lunar, mientras que los demás muestran tan sólo a la figura solar sobre el altar. Quizás el más interesante para nuestros resultados sea el ejemplar hallado en Hala Sultan Tekke (Fig. 5, J), sin duda el que más elementos presenta y el único en el que apreciamos una serie de triángulos entre el altar y el símbolo solar que interpretamos como las llamas que intentan reflejar el holocausto del sol, de ahí que podamos observar bajo el altar otro símbolo solar, probablemente de resurrección. En la misma línea se interpretaron las líneas grabadas en una de las caras de un vaso de mármol procedente de Sidón y datable en torno al s. IV a. C. como la representación del fuego que testimonia la muerte por combustión del dios sobre el altar, tratándose de un ejemplo más que ha sido relacionado con la muerte y resurrección de la divinidad baálica a través de una hipótesis astronómica y no relacionada con los ciclos de la naturaleza (Escacena, 2009, 109). De igual modo, estas figuras de tipo astral aparecen sobre y bajo altares taurodérmicos en dos cilindros-sellos procedentes también de Chipre, destacando entre su glíptica un animal cornudo con un betilo sobre su lomo, representación de la divinidad anicónica de tradición semítica, lo que da un carácter Figura 5: Improntas de cilindros-sellos procedentes de Chipre. NUEVOS DATOS SOBRE LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS Y ESCITAS Y SU SIMBOLOGÍA 15 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. más religioso si cabe a estas escenas, alejándolas de las interpretaciones metalúrgicas y pecuarias (Kenna, 1967, 577). Así, entre las características de este tipo de rituales visibles en los cilindros-sellos de Ugarit observamos algunas peculiaridades adscribibles al culto practicado en santuarios chipriotas como el de Enkomi, mencionado anteriormente. El primero tiene relación con los huesos hallados en la estancia principal del templo del “dios del lingote”: se trata de una serie de cráneos de bóvidos que no conservan parte del esqueleto en la zona posterior y que dada esta característica ha servido a los investigadores para otorgarles un uso como máscaras rituales que serían utilizadas por los sacerdotes durante las liturgias. Este ejemplo nos remite a los cuernos que lleva sobre la cabeza la figura sedente del segundo de los cilindros-sellos aquí analizados procedente de Ugarit. Quizás podamos afirmar con este paralelo que en este cilindro-sello estamos ante un sacerdote ataviado con una máscara de este tipo durante el ritual sacrificial. De igual modo, varias veces aparecen representados bucráneos y elementos que podrían ser relacionados con cornamentas, acaso en conexión una vez más con los ejemplos citados procedentes tanto de los cilindros-sellos chipriotas como de los santuarios de la misma isla. Junto a estas representaciones también se recogen, como en los ejemplares ugaríticos, asherah junto a los altares, lo que nos remite a un ambiente semítico claramente relacionado con el mundo cananeo. La dualidad altar-asherah dispone de multitud de referencias textuales en la Biblia a propósito de los “ignominiosos” altares baálicos (Jeremías 11, 13). Pero aparte de estas referencias escritas también tenemos ejemplos documentados tanto entre la toréutica oriental como entre los hallazgos de la Península Ibérica (Escacena y Coto, 2010; Gómez Peña, 2010). A la luz de estas representaciones podríamos reinterpretar los dos smiting gods comentados anteriormente. Hasta la fecha, tanto al “dios del lingote” como a su paredro de la colección Bomford se les ha identificado con sendas divinidades protectoras del trabajo de las minas y de la fertilidad de las mismas, lo que denota la clara identificación de las bases sobre las que se asientan las divinidades con los tan reiterativos lingotes de forma taurodérmica entre la bibliografía especializada. Sin embargo, a tenor de la hipótesis elaborada por J. L. Escacena (2007, 628, fig. 11), se puede interpretar que ambas figuras son la manifestación de la divinidad sobre el altar, lo que indefectiblemente obliga a relacionarlas con los símbolos astrales aparecidos en los cilindros-sellos. A este respecto creemos que la propuesta metodológica que utilizamos resulta válida, pues tanto la forma de los altares, las representaciones holocáusticas visibles junto a ellos, su carácter exento y su relación con símbolos astrales de carácter lunisolar encajan perfectamente en los cilindros-sellos analizados y, por extensión, con los smiting gods estudiados. Todo este conjunto de símbolos cobra más coherencia como un todo común a la mayoría de los pueblos semitas, incluido el cananeo, si tenemos en cuenta la siguiente cita bíblica a propósito de los tabúes identitarios de la población hebrea: “Atiende bien a lo que te mando hoy: Yo arrojaré de ante ti al amorreo, al cananeo, al geteo, al fereceo, al jeveo y al jebuseo. Guárdate de pactar con los habitantes de la tierra contra la cual vas, pues sería para vosotros la ruina. Derribad sus altares, romped sus cipos, y destrozad sus aseras. No adores otro Dios que yo, porque Yave se llama celoso, es un Dios celoso. No pactes con los habitantes de esa tierra, no sea que al prostituirse ellos ante sus dioses, ofreciéndoles sacrificios, te inviten, y comas de sus sacrificios, y tomes a sus hijas para tus hijos, y sus hijas, al prostituirse ante sus dioses, arrastren a tus hijos a prostituirse también ellos ante sus dioses. No te harás dioses de metal fundido” (Éxodo 34: 11-17) (Nácar y Colunga, 2008, 97). Desde nuestro punto de vista, tenemos en estas representaciones la plasmación de la existencia en momentos del II milenio a. C. de los altares taurodérmicos que dieron origen a los peninsulares por poblaciones de filiación semita. Así, revisando los contextos en que han aparecido estas aras en España con datación en la primera mitad del I milenio a. C., observamos cómo los tres únicos ejemplares hasta el momento (El Carambolo, Caura y Malaka) guardan estrechas similitudes con los elementos representados en los cilindrossellos (Fig. 6). No ya sólo por la forma de los propios altares, sino por su orientación astronómica, las marcas circulares ennegrecidas en su interior, la existencia de huecos para las asherah al lado de los ejemplares de El Carambolo y de Caura, y lo que se ha sabido más recientemente, la constatación de sebo de intestino de oveja o de cabra entre las huellas de combustión aparecidas en la superficie del altar de Caura (Escacena y Coto, 2010, 163). Figura 6: Altar del Carambolo III con la huella de una posible antigua asherah colmatada con barro amarillento en su nueva fase (Escacena y Coto, 2010, 171). ÁLVARO GÓMEZ PEÑA 16 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS No obstante, si bien los ejemplares ugaríticos y chipriotas comentados anteriormente suponen los paralelos más cercanos con los que relacionar a los altares andaluces, no son los únicos testimonios arqueológicos con los que contamos en el Próximo Oriente, pues las pinturas de varios palacios del área asiria fechables entre los siglos IX y VII a. C. guardan estrechas similitudes con todo el elenco de elementos que venimos analizando. Ya comentamos anteriormente que los primeros en relacionar con la piel de bóvido trabajada ciertas escenas aparecidas en pinturas procedentes de los palacios asirios de Khorsabad (antigua Dur Sharrukin), Arslan-Tash (antigua Hadatu) y Tell Ahmar (antigua Til-Barsip) fueron E. Kukahn y A. Blanco (1959, 42), haciéndose eco de estos ejemplares hace escasos años J. Maier (2003, 100) y J. L. Escacena (2006, 137-138). Las escenas aportadas hasta ahora en la bibliografía están compuestas en la mayoría de los casos por toros con la cabeza mirando hacia abajo en lo que J. Maier interpreta como una posición de embestir que muestra la potencia del animal (Maier, 2003, 100). Sin embargo, en nuestro estudio hemos podido ampliar el número de ejemplares, hallando toros y cabras con las rodillas postradas en el suelo, por lo que interpretamos las diferentes posturas como indicativo de respeto e incluso de sumisión holocáustica ante una figura central. Es precisamente esta figura en la que queremos poner especialmente nuestra atención. Se trata de un cuadrado con las esquinas alargadas que recuerda en su forma a los altares taurodérmicos, a lo que se suma una zona central que se correspondería con la imagen astral de la divinidad como más adelante nos disponemos a explicar, lo que en los altares de barro del suroeste peninsular vendría a ser el focus, que no es más que la huella arqueológica del animal sacrificado para la deidad y en algunos casos de la propia divinidad tras su muerte por combustión. Esta somera descripción formal es aplicable a la inmensa mayoría de los ejemplos encontrados por nosotros hasta el momento, excepción hecha de algunos ejemplares que no presentan el círculo central. Procedente de Nimrud (la Kalkhu asiria) hemos encontrado nuevos ejemplos hasta ahora no documentados entre la historiografía protohistórica peninsular. Se trata de frescos pintados en las habitaciones A, B y C de las denominadas upper chambers excavadas por A. H. Layard al sur del palacio noroccidental (Fig. 7), quien detallaba al respecto lo siguiente: “The painted ornaments were elaborate and graceful in design. The Assyrian bull was frequently portrayed, sometimes with wings, sometimes without. Above the animals were painted battlements, similar to those of castles, as represented in the sculptures. Below them, forming a kind of cornice, were squares and circles tastefully arranged; and more elaborate combinations were not wanting” (Layard, 1849, II, 15-16). Precisamente A. H. Layard relaciona estas decoraciones con las encontradas en el palacio de Adad-Nirari III, también en Nimrud. Sin embargo, Adad-Nirari III construyó varios palacios sin que se especifique en cuál de ellos estaban dichas pinturas. Las correspondientes a las habitaciones A, B y C de Nimrud alternan tanto figuras circulares identificadas con rosetas de doce pétalos en torno a un círculo central, como figuras taurodérmicas entre toros alados y toros no alados con las rodillas hincadas en el suelo (Albenda, 2005, 15); además de estas pinturas, también es posible que estemos ante otros ejemplares cuando P. Albenda denomina “cuadrado en forma de cojín” a los elementos pintados de un edificio a las afueras de la ciudad también de época de Adad-Nirari III: “On the east wall, within the framing lines of the painting, the center panel consists of a design of bulls, heads turned back, on either side of a circle. The bodies of the bulls are red; the geometric designs are cobalt blue and white, all with a black outline. On either side of the central panel, a cushionshaped square completes the painted decoration that extended across the length of the east wall” (Albenda, 2005, 20). Muy probablemente también de época de este mismo rey asirio sea la decoración de la pared de la cella de un templo asirio hallado en Tell al-Rimah (antigua Qattara) en la que se observa un friso que alterna figuras de forma taurodérmica (cushion-shaped squares en palabras de P. Albenda) y círculos junto a criaturas aladas compuestas de las que no especifica más (Albenda, 2005, 21). Otro caso, éste sí mencionado en estudios anteriores (Maier, 2003; Escacena, 2006), es el procedente de Khorsabad (antigua Dur Sharrukin). En dicho complejo arquitectónico, adornando una de las paredes de la sala 12 de la residencia K se hallaron restos de pintura en las que se apreciaban genios de rodillas ante una figura con varios círculos concéntricos en su interior y en otro nivel toros afrontados ante una figura taurodérmica con círculos en su interior y brotes al interior de cada esquina de la misma (Loud y Altman, 1938, figs. 89-90) (Fig. 8). Un nuevo ejemplo procedente de una habitación real de Arslan Tash (antigua Hadatu) y fechable entre fines del siglo VIII y el VII a.C. muestra en ritmo alterno círculos concéntricos y pieles de toro trabajadas con brotes en las esquinas (Albenda, 2005, 25) (Fig. 9). De nuevo la misma asociación de elementos se repite en una pintura hallada en la sala del trono S5 de Fort Shalmaneser en Nimrud (antigua Kalkhu), esta vez alternándose taurodermos y círculos concéntricos sin que dentro de aquéllos aparezca nada. Nos encontramos por tanto ante una de las representaciones más simples de todas las encontradas hasta el momento (Fig. 10). Bajo estos símbolos aparece una corte de asistentes vestidos a la manera asiria y portando una espada (Albenda, 2005, NUEVOS DATOS SOBRE LOS ALTARES TAURODÉRMICOS ASIRIOS Y ESCITAS Y SU SIMBOLOGÍA 17 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. 30). Pero no sólo aparece esta figura junto a su paredra de círculos concéntricos, ni sólo entre toros, sino también entre cabras como mencionamos anteriormente. Es el caso de la pintura aparecida en la denominada habitación 26 del palacio de Tell Ahmar (antigua TilBarsip), un largo corredor en el que en sus paredes se ha representado a un par de cabras postrando en tierra una de sus rodillas delanteras afrontadas hacia un símbolo taurodermo con un círculo en su interior y brotes en sus cuatro esquinas (Albenda, 2005, 35) (Fig. 11). De igual modo en la habitación 25 del mismo palacio también aparecen en los extremos de una decoración en la que dos genios femeninos flanquean con brotes a un conjunto de círculos concéntricos (Albenda, 2005, 37) (Fig. 12). Otra novedad procede de la habitación 46, en la que nuevamente dos genios aparecen arrodillados frente a una nueva piel de toro sin que los restos conservados puedan indicar qué portan ante el símbolo, si bien es posible que nuevamente ofrezcan algún tipo de brote como el que presenta en su interior junto a un círculo central (Albenda, 2005, 40) (Fig. 13). Por otra parte, un nuevo ejemplo procede del corredor 21, un largo pasillo que conecta los patios B y C donde se pintaron una serie de símbolos taurodermos con toros afrontados con sus patas delanteras estiradas y la cabeza una vez más agachada (Albenda, 2005, 44) Figura 7: Dibujos de la habitación superior A (arriba izq.) y de la habitación superior B (arriba der.) (Albenda, 2005, 16). Dibujos de la habitación superior A (abajo) (Albenda, 2005, 16). ÁLVARO GÓMEZ PEÑA 24 LVCENTVM XXX, 2011, 9-24. Congreso de Arqueología Ibérica: las necrópolis, Universidad Autónoma de Madrid, 313-348, Madrid. GARRIDO, J. P. y ORTA, E. 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