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El simbolismo comunicativo en la poesía de José Matías Gil: Raptos cifrados

Nogales Bocio, Antonia Isabel

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141 El simbolismo comunicativo en la poesía de José Matías Gil: Raptos cifrados Antonia Isabel Nogales Bocio Profesora del Departamento de Periodismo II Universidad de Sevilla La suerte de evocación y el poder de sugestión presentes en la literatura poética se deben en gran medida a la carga simbólica que ésta contiene. La posibilidad de sumir al lector en un clima de hechizo y encantamiento a través de un uso lingüístico determinado (cifrado) es uno de los objetivos fundamentales de la poesía. Esa es la constante transversal en una de las últimas obras del poeta José Matías Gil, la cual lleva por título, no de forma casual, Raptos cifrados (2005). En ella, la lengua se convierte en un código en el que desentrañar las significaciones simbólicas más o menos implícitas. En el discurrir de la obra poética, en el suave fluir del verseo, el universo simbólico va suplantando al mundo tangible dejando atrás un ejercicio de mímesis (o cualidad referencial) para abrazar una dimensión estética y comunicativa propias y especialmente singulares. Raptos cifrados fue el número 38 de la Colección Algo Nuestro, Serie Torre de la Plata. La portada es de Amalio. Cuando la pintó la torre no estaba restaurada como ahora sino que en ella incluso se veían antenas de televisión que Amalio omitió. (Nota de los coordinadores). 142 El concepto de símbolo y sus relaciones con el mito, la metáfora o la alegoría sirven para establecer la visión del universo y del lenguaje en la obra poética de Gil. Dado que la poesía tiene un fuerte poder comunicativo (entendido éste como la capacidad de emitir información) al margen de la descodificación literal de sus significantes, el potencial estético de la obra poética del onubense está por encima de lo explícito, de lo meramente referencial. Debido a su naturaleza expresiva y evocadora, el poemario nos presenta un lenguaje simbólico y connotativo gracias a la desviación de los estándares gramaticales. Esto activa un segundo marco de lectura o lo que es lo mismo, una dimensión comunicativa profunda, la compuesta por las percepciones, las evocaciones, lo que se sugiere a un segundo nivel discursivo: el de la descodificación. De este modo, por medio de asociaciones tanto verbales como mentales, surgen significaciones sutiles e implícitas que aportan nuevas dimensiones al mundo referencial enunciado. Algunas notas sobre el autor… Este poeta andaluz es doctor en Filología Hispánica y Premio Archivo Hispalense de investigación literaria, así como uno de los fundadores del grupo poético Gallo de Vidrio. De su prolífica trayectoria destacan obras como Romances Andaluces (que cuenta con hasta cuatro ediciones), Travesía del Bósforo y Vida y personalidad de Alberto Lista. La influencia de sus estudios de Teología queda patente en la interpretación y en algunas temáticas de su obra, de ahí que considere, como nos recuerda José Cenizo, que “la entrega cristiana al bien social” no está reñida con la base humanista del marxismo (el sustrato ideológico básico de Gallo de Vidrio). Dentro de su grupo poético, José Matías Gil es el máximo impulsor y cultivador del romance. El empleo de éste resulta destacable, sobre todo si tenemos en cuenta que la lírica andaluza ha estado presidida desde hace décadas por el aperturismo y las nuevas tendencias expresivas. Pese a que podemos considerar a este autor como un cultivador de metros clásicos, el poeta no renuncia al empleo de la versificación libre y a la experimentación. Dentro de sus Raptos cifrados, este contraste entre el tipo clásico y la innovación poética está también presente, tal y como podemos apreciar a continuación. Desentrañando el rapto y el código Constituyendo el número 38 de la colección de poesía “Algo Nuestro” en su serie “Torre de la Plata”, Raptos cifrados es una colección de cuarenta y cuatro aproximaciones a la forma del soneto. El poemario se compone de siete bloques a lo 143 largo de los cuales se detecta el verso andalucista y sencillo de Matías Gil. Los temas sevillanos se suman a una disposición contemplativa y un tanto bucólica, regados con aires de nostalgia presente en el aura melancólica, en las dedicatorias, los recuerdos y las semblanzas. Si nos adentramos en las dinámicas simbólicas empleadas a lo largo de esta obra podremos aproximarnos a la dimensión comunicativa profunda del poemario. El bloque de apertura se compone de un único soneto titulado “Dulce prenda”. En este poema, el autor busca en sí mismo la frescura perdida de su pluma. Sirve de presentación a toda la obra que es, como suele ser habitual, una búsqueda del poeta con respecto a su propia inspiración, una conversación “cifrada” entre el autor y su capacidad lírica. En esta pieza, la simbología fundamental se basa en la tradicional identificación entre la composición poética y el agua, en una suerte de hipálage. Entendiendo como Tales de Mileto que en el agua se encuentra el origen de la vida, Gil aprovecha esta imagen para comparar la fluidez del acto poético con el torrente caudaloso del manantial. Lo hace a través del empleo del sintagma “Fuente fría”, o de los conceptos “caudal” y “frescura” para referirse a su actividad literaria. El segundo bloque, titulado “Experiguardia”, es el más vanguardista de la obra. Compuesto por cinco sonetos, incluye además dos caligramas (“Burla burlando” y el poema criptográfico “[email protected]”). Los escritos poéticos de este tipo, en los que la disposición tipográfica procura representar el contenido del poema, sirven al poeta onubense para ilustrar la reflexión en torno a la creación artística y la necesidad de la interpretación contextual del hecho poético. El primero de los sonetos contenidos en estas páginas continúa con esta indagación introspectiva en torno a la actividad poética. Así podemos comprobarlo en “A la puerta del parnaso” (p. 19), en el cual Matías Gil aconseja a los jóvenes poetas acerca de la utilización de los metros clásicos. Observamos un curioso empleo del metadiscurso poético, teniendo en cuenta que el soneto inicial advierte a los nuevos artistas sobre los peligros de la experimentación sin el dominio previo de los géneros capitales, mientras que el propio Gil utiliza la innovación de la dimensión estética de la poesía visual. Los sonetos restantes de este bloque recuperan una serie de nombres propios: “Cautorretrato de Juanito Grillo”, “Cítrica Listararia”, “Ofelia Díaz Sotto Il ponte dei Sospiri” y “El enigma de Rafael Alfaro”. Las técnicas retóricas empleadas en esta serie van desde el asiduo hipérbaton a la metáfora, pasando por una potente sinécdoque y el epíteto frecuente. 144 A continuación encontramos una serie de piezas de marcado aire nostálgico. Bajo el revelador título de “Lienzos del recuerdo”, hallamos siete sonetos: “Álbum de aquellos años maravillosos” (enumeración arrítmica de hasta 57 nombres propios); “J. A. Ballesteros en el bar de Filología”, “Acróstico de Portillo Muñoz en la fuente del Rectorado”, “Audacia de Jesús Troncoso”, Enojos de Ramón Reig por el “Un, dos, tres, rebuzne otra vez”, “Amalio en su gloria”. Observamos en este punto semblanzas y poemas dedicados a algunos de los miembros más relevantes de Gallo de Vidrio. Resulta destacable la maniobra de prosopopeya a través de la cual se atribuyen cualidades cuasianimadas a los entornos geográficos que se relacionan con los poetas, como en el caso de “Emilio Durán en bajo de guía” (p. 36) y las reiteradas alusiones al mar y la costa para ilustrar aspectos de su personalidad. Volvemos a apreciar aquí un influjo de la dinámica comunicativa intertextual para conectar con la significación implícita de la obra. Más adelante encontramos la serie “Réquiem de colores por un joven artista”. En sus páginas nos asaltan sonetos que despliegan una gama de tonos distintos y vivaces. Detectamos en esta serie de poemas la mayor muestra de frescura de toda la obra. “Verde”, “Azul”, “Rojo”, “Violeta”, “Amarillo”, “Gris”, dejando para el final la suma de todos los colores: el “Negro”. En estos sonetos apreciamos un verso vivo y alegre, que crea imágenes bellas (blancura, fragancia, dulzura…) y expresionistas, especialmente relacionadas con estampas de la naturaleza: el mar, el cielo, el vuelo del pájaro, cerros de olivos, viñedos andaluces, nubes vaporosas, las rosas, las gacelas, un pozo, el fulgor de la luz, aireada y soleada frente, etc. El bloque dedicado “A la luz de Sevilla” es el más extenso y muestra la tendencia del poeta onubense a los temas sevillanos y el verso de corte andalucista. Encontramos en esta compilación una serie de odas de tono elevado y corte lírico dedicadas a lugares emblemáticos de la capital hispalense, como la Giralda (personificada en una figura “dulce, reluciente, carne pura, diosa, rosa…”, y elevándose hacia el cielo a través de su pretendida “ascensión” y “vuelo”. Así es como Gil hace volar a esta torre rosada, el punto más elevado de la capital andaluza. En otros poemas como “El Cristo de la Expiración cruza el Guadalquivir”, “Preces del lectoral catedralicio Muñoz y Pabón”, o el siguiente ejemplo, comprobamos esa tendencia a la poesía religiosa a la que antes aludíamos presente en muchas de las obras de José Gil. 145 FRAY ANTONIO GARCÍA DEL MORAL In memoriam Qué garbo dominico tan sapiente cuando explica la Biblia con dulzura. Tal facundia remueve la cintura del teólogo apenas en simiente. El aula de San Telmo se resiente con tanto buen gracejo y galanura y, achacosa, se queja y conjetura: "Ay, seriedad, te fuiste en la corriente de mi Guadalquivir contaminado." Y la Torre del Oro asiente triste y la Giralda vibra temblorosa. Si este exegeta augusto, amonestado, volviera al orden y olvidara el chiste, Santo Tomás le entregaría una rosa. José Matías Gil, Raptos cifrados, p. 60. Observamos pues en esta pieza una plasmación de las principales características de su perfil poético. Se une el panegírico de alabanza a la temática sevillana, así como el tono religioso que imprime a muchas de sus creaciones. Esta serie de poemas muestran la vertiente más clásica de un artista que se encuentra cómodo ante el relato cifrado del entorno arquitectónico y cultural. El costumbrismo andalucista se traduce en una poesía preciosista en la que se aprecia sutilmente el debate entre el esteticismo lírico y el compromiso sociopolítico marcado. 146 Tras la luz característica de los cielos y paisajes propios del Sur, el poeta acaricia la “Penumbra”. La “zozobra”, el “ensueño”, la oscuridad de la “caverna” o la negrura de la “muerte” están presentes en esta última serie del poemario. Las “lágrimas”, los “sollozos”, el “cansado remero” o la cruda imagen de la “mortaja” componen la estampa fúnebre de esta penúltima estancia en la que el autor nos invita a penetrar. Por último, “Ensayo de epitafio” es la despedida que cierra la obra en un solo acto. El poemario finaliza con una pregunta, símbolo de la interrogación ante la muerte, ante lo desconocido, como el cese de la vida o la merma de la creatividad poética. Este epílogo sirve de cierre perfecto con respecto a las páginas de inicio, el cual se erguía también con un solo poema. La obra demuestra que el poeta, pese a sus años de experiencia, se cuestiona en torno a la ansiada plenitud de su obra, al igual que en torno a la incertidumbre vital. En suma, el intimismo y el metalenguaje lírico, la poesía religiosa, el sentimiento de la naturaleza, los guiños al pasado, el esteticismo, la temática sevillana y el aire de nostalgia componen una obra que aúna a partes iguales viveza e introspección. En ella, el poeta se cuestiona acerca de su propia capacidad lírica y persigue la interacción profunda con su obra para proyectar esa comunión hacia el receptor. Encontramos en esta tendencia una segunda voluntad discursiva, una dimensión comunicativa más compleja que el poemario en su conjunto nos ayuda de forma sempiterna a cifrar y descifrar.