¿Por qué muere el toro? Examen de la teoría pitt-rivesiana
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Revista de Estudios Taurinos N.º 16, Sevilla, 2003, págs. 133-147 ¿POR QUÉ MUERE EL TORO? Examen de la teoría pitt-riversianal Francis Wolff Universidad de París • Por qué se matan los toros? ¿Por qué, en la tauromaquia española - o andaluza, si se prefieremuere el toro? Julian Pitt-Rivers es quien, recientemente, más y mejor ha trabajado para elaborar una respuesta modélica a esta difícil pregunta. Se trata de la que podríamos llamar explicación sacrificialista. Como es sabido, el sacrificio del animal constituye uno de los actos esenciales del culto en numerosas religiones y la corrida consistiría en la realización colectiva de un rito profano cuya . finalidad sería el sacrificio del toro. Esta interpretación se encuentra ya en otros destacados autores como, por ejemplo, en el escritor francés Michel Leiris2• En la que nos propone Julian Pitt-Rivers3 el sacrificio del toro tiene un sentido preciso: «A través de la representación de un intercambio de sexo entre el torero y el toro y la inmolación de éste último, que transmite su potencia generadora a ' Traduc: Jean-Christophe García-Baquero Lavezzi. 'Ver, sobre todo, Leiris, Michel: Miroir de la tauromachie. París, 1938. 'Pit-Rivers, Julian (1938): "Le sacrifice du taureau" en Le temps de la réjlexion, 4, 1983, págs. 281-297.
134 Francis Wolff su vencedor, se produce una transferencia entre la Humanidad y la Naturaleza: los hombres sacrifican al toro y reciben a cambio la potencia que éste posee» (1983: 291 ). Es por ello que el matador (Pitt-Rivers sostiene que la palabra viene del latín mactare que originariamente significaba inmolar) se despoja, progresivamente, a lo largo de la lidia, de sus símbolos femeninos para adquirir los atributos de la virilidad (en particular, la espada del sacrificio) en tanto que el toro se despoja, progresivamente, de su virilidad salvaje, la del monstruo todopoderoso. Esta es la tesis que nos proponemos examinar aquí. El mejor homenaj~ que se puede rendir a un pensador no consiste en escribir sobre él, sino con él. Y el mejor testimonio del valor de un pensamiento es que nos permite seguir pensando . tras él y, por tanto con él, hasta obligamos a pensar contra él. Prosigamos, pues, hasta el final, si es posible, la defensa de la tesis de Pitt-Rivers al objeto de comprobar sus límites. Habría dos formas de verificar el valor de su teoría: una genealógica (¿la corrida de muerte deriva remotamente de un rito de sacrificio?) y otra sistemática (¿la muerte del toro tendría, según el reglamento y las formas actuales del festejo, un sentido sacrificial?). Dejemos de lado la cuestión histórica e intentemos un análisis sistemático, buscando en la organización del espectáculo moderno los indicios de un ritual que hace del toro un animal sacrificado. Se pueden encontrar tres: uno referente a la configuración de la corrida, otro que tiene que ver con el significado del.animal sacrificado y un tercero que atañe al sentido de la relación hombre-animal. Para que se pueda hablar de sacrificio es necesario por una parte que exista la práctica de un ritual y, por otra, que
, ¿Por qué muere el toro? 135 su finalidad sea la inmolación pública de un animal. Ahora bien, de todos los espectáculos modernos la corrida es, sin duda, el más obsesivamente ritualizado, constituyendo el paseíllo su arquetipo. Éste comienza de manera inmutable a la hora ftjada y obedece a prescripciones intangibles de un orden regulado hasta el más mínimo detalle. Otro tanto sucede con la representación que anuncia la llave del toril, los capotes que se despliegan, los saludos, el automatismo de los gestos, las posiciones prefijadas, el brindis, la maquinaria obsesiva de los signos, los clarines, los pañuelos, el vaso de plata, las manos que se frotan y todo esto ad libitum. Existe también una ordenación del decoro (lo que se hace, lo que no se hace), un orden de prelaciones (quién va delante y quién detrás, quién antes y quién después, quién a la derecha, en el centro o a 1a izquierda, quién en la barrera), un orden jerárquico (en la cuadrilla), un orden de antigüedad entre los toreros (alternativa) y los toros (presentación en Madrid), etc. Existe un orden espacial, de modo que toda porción de espacio tiene un sentido reconocible: espació concéntrico de la contemplación, espacio central de la acción; sol y sombra, toril y presidencia, terrenos del toro y del torero, el centro peligroso, el burladero protector, etc. El tiempo también está normalizado: el orden de los seis toros, de los tres matadores, de los tres tercios de cada faena, de las tres etapas en la vida pública del toro, de los tres avisos. Debido a la frenética manía por el ceremonial, las reglas y las formas la corrida es, incontestablemente, un rito, y lo que entronca este rito con el sacrificio es que su finalidad, indefectiblemente, no es otra que la muerte al animal. Por más que el combate sea ·incierto y el comportamiento del animal imprevisible, el
136 Francis Wolff final está previsto, la muerte es segura4• En la corrida, el hombre muere excepcional y accidentalmente, pero el animal muere siempre y necesariamente. Y debe morir según las formas requeridas, pasando por los tres tercios de la lidia y los tres estados (levantando, parado, aplomado) de su ineludible descenso hacia la muerte, que es como su gradual ascenso al sacrificio. Esta necesidad de muerte es, justamente, la que distingue a la corrida de otras "diversiones" humanas donde los animales mueren, como la caza, por ejemplo. La caza, cuando no. responde a una exigencia alimenticia, consiste en un deporte o un juego, no en un sacrificio, porque, incluso en sus formas más ritualizadas, como en el caso de la montería, se esfuerza en dejar al animal algunas posibilidades de huir, evitar o esquivar la muerte en un espacio más o menos abierto y durante un tiempo que no está fijado a priori. La corrida no es ni un deporte ni un juego porque el final está determinado y el ruedo cercado, como lo está también el tiempo, que fija a priori la duración de la vida y el momento. de la muerte. Es necesario que el toro muera. Está destinado a la inmolación. Todo anuncio de corrida asegura una sola verdad: habrá corrida de muerte. La segunda condición para que, en verdad, se pueda hablar de sacrificio es el valor insigne que debe tener el toro inmolado. Se pueden matar animales por muy diversas circunstancias, podemos deshacernos de una fiera dañina o efr4 Cualquiera que sea el sentido que se le atribuya, la muerte del toro es el fundamento mismo de la corrida española. Desde este punto de vista y cualesquiera que sean sus justificaciones genéticas, la propagación proliferante del indulto, en el momento actual, parece entrar en contradicción con la esencia misma de la corrida.
¿Por qué muere el toro? 137 minar una bestia despreciable, siendo ese valor negativo el que justifica su muerte. Podemos también abatir a un animal por necesidad vital o económica, constituyendo entonces el valor positivo de su cadáver (su carne, su piel, su sangre, sus defensas, etc.) el justificante de su muerte. En todo caso no es a la muerte del animal en sí misma a la que se premia sino a la no-vida, a su inexistencia. Ahora bien, en el sacrificio lo importante no es que un animal deje de vivir, sino que se le mate. Y lo que da sentido a esa muerte es la condición misma de vivo que tiene el animal. No es que su vida no valga nada o que sólo valga muerto por lo que hay que eliminarlo, sino que es, precisamente, porque su vida vale, ya que es superior la condición de vivo que tiene o que representa. Según esto, el acto ritual de la muerte adquiere un sentido. ¿Cómo no reconocer en esta exigencia simbólica el valor que se le otorga al toro en los discursos y prácticas de la corrida? Sabemos hasta qué punto los discursos tauromáquicos dignifican al toro hasta elevarlo a la categoría de "d ios que combate", según el título de la obra de Marie Mauron5• Sabemos también que la vida del toro de lidia debe preservarse de cualquier manipulación o enfrentamiento con el hombre y de todo contacto con alguna hembra6• El animal debe mantenerse limpio. Él está preparado, dispuesto, purificado para la ceremonia final de su muerte pública. Existen 5 Vid. Mauron, Marie(l 949): Le taureau, ce dieu qui combat. París. 'Ya he desarrollado este tema en mi articulo "Qui est le taureau? Les représentations de !'animal dans les discours et les pratiques tauromachiques contemporaines'', en A. Molinié-Bertrand, J-P. Duviols, A. Guillaume-Alonso: Des taureaux et des hommes. Tauromac hie et société dans le monde ibérique et ibéro-americain. Presses de l'Université de París-Sorbonne, Paris, (1999).
138 Francis Wolff razones técnicas para ello pero que también adquieren significación simbólica. Su consagración a la muerte es lo que hace que el toro deba permanecer casto y puro hasta la hora de esa muerte, protegido en su naturaleza inviolable (son siempre las criaturas vírgenes las consagradas al sacri - ficio). Y esta vida vacía, enteramente dedicada a su fin, sólo puede consumarse en el clímax llamado justamente la hora de la verdad, que es para todo el mundo un momento de deferencia y de recogimiento. El silencio reina cuando el torero monta la espada. Incluso los públicos más festivos, los que van a la plaza para divertirse y no para comulgar, sienten, en el momento de la estocada, que la corrida· es en el fondo una ceremonia trágica, que la muerte del animal no es sólo el fin inevitable de la gesta taurómaca sino su verdadera razón de ser. Es el nudo que encierra su significado y el punto que concentra toda su emoción. Esta deferencia por el animal, que culmina en el instante de su muerte, se prolonga en el respeto a su cuerpo inerte, pudiéndose palpar incluso en los aplausos que acompañan su salida y que parecen dirigirse al fantasma del toro muerto o al espíritu que ha dejado entre nosotros o a nuestro alrededor. Para que haya sacrificio todavía es necesaria una tercera condición. No es suficiente que haya una muerte pública y ritualizada de un animal, no basta que esta muerte deba su valor al atribuido al ser sacrificado; es necesario, además, como recordaba Pitt-Rivers, que el acto sacrificial sea concebido como el que permita de alguna manera la transmisión de este valor del animal al hombre. Pitt-Rivers concebía esta transferencia como un intercambio de sexo y un rapto de potencia. Sin negar estas connotaciones podemos captar en
¿Por qué muere el toro? 139 el acto tauromáquico otro intercambio entre toro y hombre: el de la bravura, que es la suprema cualidad del toro en la corrida moderna. Como creo que he podido demostrar7, la bravura es una cualidad ambigua, ni propiamente salvaje ni verdaderamente doméstica o, mejor dicho, seminatural, semihumana, una mezcla equívoca. de la agresividad brutal de la fiera y del valor lúcido del hombre. Así, todo ocurre como si, enti:e su entrada y salida, la bravura del toro hubiese pasado de un estado a otro: la bravura salvaje, natural y desordenada, se ha hecho inteligente, se ha culturizado, atemperado, moderado, se ha vuelto débil y temible como la astucia, sinuosa como el artificio, a medida que la bestia, por así decirlo, se ha humanizado. Y es en ese momento cuando debe morir. Como es sabido, el toro muere en el momento en que su estado físico y, sobre todo, moral, exige la muerte, es . decir, en el momento en que, comprendiendo lo que pasa, . amenaza con saberlo todo (incluso griego y latín), lo que lo volvería demasiado peligroso. Este último límite fijado a la vida del toro responde a exigencias técnicas pero tiene también, sin duda, una dimensión simbólica. Al igual que el hombre debe ser condenado a muerte en muchos mitos cuando se acerca, por hybris, al saber reservado al dios -en una transgresión fatal para la preservación de la divinidad-, el animal debe asimismo morir cuando accede al saber humano -en una transgresión fatal para la naturaleza del hombre. Sabe demasiado, ha abandonado su naturaleza bruta para acercarse a la humana, la Naturaleza en él se ha hecho Cultura y por ello debe morir. Paralelamente, en el hombre, ' Art cit nota precedente.
140 Francis Woljf la Cultura se ha vuelto a convertir en Naturaleza y, por ello, mata. Y es en este gesto, a la vez extremadamente violento y supremamente humano (por estar regulado), que es la estocada cuando el hombre puede, de alguna manera, hacerse con la bravura del toro para hacerla suya -en un rapto del poder detentado por la víctima, que es en lo que consiste todo sacrificio ritual. Tenemos, pues, tres indicios fuertes de la veracidad de esta tesis sacrificialista. El orden tauromáquico aparece como un rito encaminado a la muerte. El toro debe morir porque es un ser vivo superior y adorado. El hombre lo mata para apoderarse de su excelencia en un intercambio simbólico de sus respectivas naturalezas. Estos son los tres pilares del sacrificio taurino. Igual que Pitt-Rivers, aunque por vías un poco diferentes, encontramos pues, en la corrida, el mismo sentido· que él le había dado. Sin embargo esta explicación, por convincente que parezca, no puede gozar de una adhesión completa, quizás por no contemplar un aspecto constitutivo de la corrida de muerte, de su sentido, de sus valores, de su ordenación: el combate. La corrida no puede ser solamente un ritual sacrificial porque es también -esencialmenteuna lucha entre el hombre y el toro. Ahora bien, nada hay más contrario a la idea de sacrificio que la idea de combate. Cuando un animal es inmolado, es ante todo víctima: puede morir ofreciendo resistencia pero no combatiendo. Cuando un sacrificador oficia de manera ritualizada puede ser valeroso pero, ante todo, es un verdugo. El que arriesgue su vida es accidental, no consustancial a su función: puede ocurrir matando mal, pero no combatiendo bien. Si es sacerdote no es soldado. Y
¿Por qué muere el toro? 141 Fig. n.º 13.- Julian Pitt-Rivers con sli íntimo amigo Julio Caro Baraja (Fot. de autor desconocido, Archivo Pitt-Rivers, Maison René Ginouves, Universidad de Nanterre, París).