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RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 La última muerte antes del Imperio: historiografía castellana y providencialismo en torno al príncipe Miguel y al nacimiento del futuro Carlos V* Cristina Moya García Universidad de Sevilla [email protected] Introducción Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos, tuvieron un único hijo varón, el príncipe don Juan (nacido en 1478), y cuatro hijas, las infantas Isabel (1470), Juana (1479), María (1482) y Catalina (1485). Sus matrimonios sirvieron para establecer una serie de alianzas políticas con otros reinos. El heredero, el príncipe don Juan, contrajo matrimonio con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano I y de María de Borgoña. La alianza con el imperio se vio reforzada con el matrimonio de la segunda de sus hijas, Juana –que pasará a la historia con el sobrenombre de «Juana la Loca»– con Felipe el Hermoso, hijo y heredero de Maximiliano y duque de Borgoña. De este modo, se celebraron dobles bodas, dos hijos de los Reyes Católicos con dos hijos del emperador1. La hija primogénita, Isabel, casó en 1490 en primeras nupcias con el príncipe don Alfonso, heredero de Juan II de Portugal; un enlace dichoso pero corto en el tiempo, ya que el príncipe murió a los pocos meses de * Este trabajo se inscribe en el proyecto La escritura elaborada en español de la Baja Edad Media al siglo xvii: Lengua epistolar y cambio lingüístico (PID2020-113146GB-I00). 1 También se va a denominar a estos enlaces «matrimonios cruzados». A partir de las bodas de los hijos de los Reyes Católicos y los del emperador Maximiliano I, los matrimonios cruzados se convirtieron en una costumbre en la casa de Austria, con la que se fortalecía doblemente la alianza de los Habsburgo con otras casas reales. Así, Fernando de Austria, futuro emperador, y su hermana María de Austria, hijos de Juana y Felipe, se casarán respectivamente con Ana y Luis II Jagellón; sus hermanos Carlos V y Catalina contraerán matrimonio con Isabel de Portugal y Juan III de Portugal; el futuro Felipe II y su hermana Juana se unirán a María Manuela de Portugal y a su hermano, el príncipe Juan de Portugal, hijos ambos de Juan III de Portugal; y la costumbre continuará con sus sucesores. El emperador Maximiliano fue quien puso en práctica este sistema (Bennassar 2007: 52-60). Un conocido dístico latino refleja el interés de la casa de Austria por establecer alianzas a través de los matrimonios: «Bella gerant fortes, tu, felix Austria, nube / Nam quae Mars aliis dat tibi regna Venus» («Deja guerrear a los fuertes; tú, feliz Austria, cásate, / pues los reinos que Marte da a otros, a ti te los da Venus») (Rumeu de Armas 2001: 72).
164 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 la boda tras caer de un caballo. Al enviudar, la infanta Isabel volvió con sus padres, con los que permaneció hasta la celebración de su segundo matrimonio, que la convirtió en esposa de Manuel I de Portugal y en reina del país vecino. Las infantas menores, María y Catalina, contraerán matrimonio años después; María en 1500 con el viudo de su hermana Isabel, Manuel I de Portugal, y Catalina con el príncipe Arturo, heredero de Enrique VII de Inglaterra, en 1501 y, años después, en 1509, se convertirá en reina de Inglaterra por su unión con Enrique VIII2. Todas las esperanzas de los reinos y de los Reyes Católicos recaían en el príncipe don Juan, el anhelado heredero que vino al mundo en Sevilla el 30 de junio de 1478 (Bernáldez 1962: 73). Armado caballero por su padre en la vega de Granada en 1490 (Bernáldez 1962: 217), cuando todavía no se había vencido a los nazaríes, el príncipe recibió una esmerada formación (Alcalá y Sanz 1998: 53-85). Puede considerarse que su boda con Margarita de Austria en la primavera de 1497 marca el momento cenital del reinado de sus padres. Anexionada Granada en 1492, los reinos vivían un momento de esplendor y el peso en la política internacional de Castilla y Aragón era cada vez mayor. Sin embargo, la historia es caprichosa y los festejos por las bodas del heredero se tornaron en luto cuando el príncipe falleció en Salamanca el 4 de octubre de 1497 a la edad de 19 años (Alcalá y Sanz 1998: 190-191). Esta es la primera de una serie de muertes que se sucederán antes de que los derechos dinásticos recaigan, contra todo pronóstico, en Juana –tercera de los hijos de los Reyes Católicos–, y, a través de ella, en su hijo Carlos, que será I de España y V de Alemania. La muerte del príncipe don Juan sumió a los monarcas y a todos sus reinos en la más profunda de las tristezas, pues Isabel y Fernando no tenían más hijos varones. La viuda del príncipe, la joven Margarita de Austria, quedaba encinta, pero el embarazo se malogró3. La primogénita de Isabel y Fernando, la infanta Isabel, que acababa de convertirse en reina de Portugal por su matrimonio con Manuel I, pasaba a ser la princesa de Asturias. Fue, precisamente, cuando se estaban celebrando sus bodas en Valencia de Alcántara, cuando llegó aviso de la gravedad del estado del príncipe don Juan, por lo que el rey Fernando partió velozmente a Salamanca, adonde llegó para ver expirar a su hijo (Anglería 1953: 344). 2 Las alianzas matrimoniales establecidas con las bodas de los hijos de los Reyes Católicos han sido profusamente estudiadas. La bibliografía que podría citarse es muy amplia, remito a dos trabajos muy esclarecedores (Pérez 2002: 53-82; Alvar Ezquerra 2002: 131-165). 3 En una carta dirigida al arzobispo de Braga y fechada el 5 de junio de 1498, Pedro Mártir de Anglería (1953: 365) escribe: «¡Ay de nosotros! Cuando aquella desnaturalizada madrastra empieza a ponerse furiosa, ¡vaya arrugas que se le amontonan! En lugar de la deseada prole, [Margarita] ha tenido un aborto; en vez de la apetecida descendencia, nos ha ofrecido una informe masa de carne digna de lástima. Por tanto, al faltar la deseada prole por parte del Príncipe, son llamados a esta ingente mole de tantos reinos sus futuros posesores –si Dios no dispone otra cosa– tu Rey Manuel y su esposa Isabel».
165La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 Convertida en heredera de sus padres, Isabel tenía que ser jurada por las cortes de Castilla y Aragón, motivo por el que la nueva reina de Portugal –«aviendo sólos çinco meses que estaua en Portugal», como señala Pedro Mexía, cronista de Carlos V (Anglería 1945: 17)– y su esposo cruzaron la raya y se adentraron en tierras castellanas. La jura por las cortes de Castilla tuvo lugar en Toledo y discurrió sin incidentes. Salvado este trámite, tocaba la jura en Aragón, reino en el que estaba vigente la ley sálica y en el que el sucesor del rey Fernando no podía ser una mujer. Como la reina de Portugal y princesa de Castilla y de Aragón se encontraba embarazada, se decidió esperar al alumbramiento para ver si nacía un varón (Santa Cruz 1951: 180; Zurita 1991: 119-120). Miguel, «herida de Dios» En Zaragoza, los reyes y la corte esperaban en agosto de 1498 el alumbramiento de la princesa y reina de Portugal. Para alegría de los monarcas, Isabel dio a luz a un varón. En la Historia del rey don Hernando el Católico, Jerónimo Zurita aporta detalles precisos sobre el día del parto. Así, informa de que «nació el príncipe un jueves víspera de San Bartolomé a las doce horas del mediodía» (Zurita 1991: 120); es decir, el nacimiento tuvo lugar el 23 de agosto. Aquel día, sin embargo, la felicidad por la llegada del nuevo heredero rápidamente dio paso a la más absoluta desolación cuando una hora después del alumbramiento, la princesa y reina de Portugal fallecía en brazos de sus padres (Zurita 1991: 120)4. Una vez más la muerte torcía las esperanzas de los Reyes Católicos y convertía a un recién nacido en el heredero de los reinos de Castilla, Aragón y Portugal. En su Historia del Emperador Carlos V, una crónica muy interesante dentro de la historiografía del emperador, Pedro Mexía relata el nacimiento del príncipe Miguel –errando, por cierto, en la fecha del mismo– y ofrece una serie de explicaciones en las que compara la venida al mundo de este nieto de los Reyes Católicos con un episodio bíblico: 4 Los partos suponían un grave peligro para la vida de las madres. Lamentablemente, la muerte de las mujeres al dar a luz o en los días posteriores era frecuente. Diferentes reinas y princesas peninsulares fallecieron en el trance de parir. Solo por ceñirnos a tiempos relativamente próximos al nacimiento del príncipe Miguel, de las cuatro hijas de los Reyes Católicos dos fallecieron de parto: la ya mencionada princesa Isabel al tener a su hijo Miguel y, años después, en 1517, María, reina de Portugal desde 1500, perdió su vida en 1517 al dar a luz a su hijo menor, Antonio (Ávila Seoane 2016: 140). La emperatriz Isabel, esposa de Carlos V e hija de la anterior, murió en 1539 como consecuencia de un parto que se adelantó (Fernández Álvarez 1999: 593). De las cuatro esposas de Felipe II, hijo de Carlos V y de la emperatriz Isabel, dos fallecieron de parto: María Manuela de Portugal, en 1545 sin haber cumplido aún los 18 años, al dar a luz al príncipe don Carlos (Parker 2010: 85-86); e Isabel de Valois, en 1568 con 23 años, al sufrir un parto prematuro de una niña, Juana, que, al igual que su madre, no logró sobrevivir (Parker 2010: 452).
166 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 Y estando en ellos [los reinos de Aragón], en el mes de otubre del año de noventa y ocho, vn año después que murió el prínçipe don Juan, parió la dicha doña Ysabel, reyna de Portugal y prinçesa de Castilla y Aragón, vn hijo, el qual llamaron don Miguel. Y pudiérasele poner el nombre de Benoni, que puso Rachel quando parió a Benjamín su hijo, que se interpreta hijo de mi dolor, por la misma razón porque del dolor y trauaxo murió la reyna su madre, como Rachel del suyo (Mexía 1945: 17). La historia de la muerte de Raquel es narrada por el Génesis (35: 1720)5. Hay que tener en cuenta que tanto los escritores del reinado de los Reyes Católicos como los de épocas posteriores establecieron paralelismos entre distintos personajes o episodios de la familia real y diferentes personajes o pasajes bíblicos. Así, por ejemplo, con motivo del nacimiento del príncipe don Juan después de nueve años de matrimonio, el bachiller Palma comparó en su Divina retribución de España a la reina Isabel y al príncipe don Juan con santa Isabel y su hijo san Juan6. En el caso del nacimiento del príncipe Miguel, la comparación entre la muerte de su madre con el fallecimiento de Raquel tras parir a Benjamín se inserta en la misma línea providencialista que imperaba en la época y que continuará durante los reinados siguientes7. De hecho, en la literatura de su tiempo, se valorará con frecuencia al emperador Carlos V desde el providencialismo y el mesianismo8. La comparación que establece Mexía entre Isabel de Castilla y Aragón y la Raquel del Antiguo Testamento es pertinente no solo porque ambas mueren al dar a luz, sino porque esta última se considera modelo de mujer «buena», «casta» y «sierva de Dios», como la define Diego de Valera en su tratado Defensa de virtuosas mujeres (2009: 282), donde 5 Citaré los pasajes bíblicos a partir de la traducción de Luis Alonso Schökel y Juan Mateos (Nueva Biblia Española 1975). En el reinado de los Reyes Católicos la historia de la muerte de Raquel era bien conocida no solo por la Biblia sino también por una serie de textos que recogieron cómo esta dio a su hijo el nombre de Benoni antes de morir tras parirlo. Así, Palencia refiere esta historia en su Universal vocabulario en latín y en romance (1967: fol xxxxiiiiv); al igual que Rodrigo Fernández de Santaella, quien también alude al nombre de Benoni que Raquel dio a su hijo pequeño en su Vocabularium Eclesiasticum (1499). Remitiendo al Génesis, explica que Benjamín fue «nombre que Iacob, su padre, le puso quando lo circuncidó siendo infante de ocho días, pero cuando su madre, Rachel, murió de su parto, lo llamó Benoni: hijo de mi dolor (Gene. xxxv.)» (1549: h. B 7v). 6 En esta obra, leemos: «Nasçió el bien aventurado san Juan, de santa Elisabed; nasció el deseado príncipe don Juan, de la Reyna, nuestra sennora, donna Ysabel: a tales madres, tales fijos; deseado el vno, deseado el otro» (1879:78). Baltasar Cuart Moner, hablando del providencialismo en el reinado de los Reyes Católicos, señala que a la reina Isabel se la llegó a comparar con la Virgen María, por lo que «la figura de la reina cobraba tintes casi divinos, y casi blasfemos» (2004: 85). 7 Sobre el providencialismo en el reinado de los Reyes Católicos, véase José Cepeda Adán (2010: 85-99). 8 Se ha señalado la conexión de Carlos V con las corrientes mesiánicas europeas. Sobre esta cuestión pueden consultarse desde el estudio ya clásico de Reeves (1969: 361) hasta el más reciente de Potestà (2018: 156, 176, 236), pasando por el imprescindible trabajo de Milhou (1983: 301, 331).
167La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 la inserta en la nómina de mujeres bíblicas virtuosas. Álvaro de Luna, por su parte, autor de otra obra –contemporánea a la de Valera– que igualmente ensalza a las mujeres virtuosas, Virtuosas e claras mugeres, menciona a Raquel junto a su hermana Lía y se refiere a ellas como: «las muy sabias e virtuosas Raquel e Lía, mugeres del grand patriarca Jacob florescientes por maravillosos dotes de sus coraçones» (2008: 227). Sabemos que la reina de Portugal y princesa de Castilla y Aragón, conocedora de los peligros del parto, temía el momento del alumbramiento y quiso prepararse, como buena cristiana, para una posible muerte que, según Alonso de Santa Cruz, de alguna forma, ella intuía. Así lo recoge Santa Cruz en su Crónica de los Reyes Católicos, donde escribe al respecto: «Y la reina doña Ysabel de Portugal, como temiese mucho su muerte en aquel parto, como sabia y buena cristiana procuró antes de venir aquel punto de confesarse y recebir los sanctos sacramentos, con muy gran devoción y muchas lágrimas» (1951: 180). Un testigo de los hechos, Pedro Mártir de Anglería, confirma que Santa Cruz está en lo cierto, pues según el italiano: «ella previó su muerte, la muerte que tantas veces anunció vendría con el parto», por lo que «antes que llegara el día del puerperio, se hizo preparar cuidadosamente el viático y hacía venir a cada momento a religiosos para confesarse con ellos». Pedro Martír de Anglería ofrece todos estos datos en una carta escrita en Zaragoza, donde se encontraba la corte, fechada el 1 de septiembre, días después del óbito, y dirigida al arzobispo de Braga donde, entre otras informaciones, explica a su interlocutor que la reina y princesa «si casualmente incurría en algún error, de rodillas y con lágrimas pedía, rogaba e insistía en que se le diera la absolución» (1953: 374). Los temores de la reina y princesa se confirmaron y el parto tuvo un fatal desenlace. Santa Cruz relata que «venida la hora, parió un hijo; el qual aun del todo no hera salido a luz, quando la madre, con el gran dolor que sintió, quedó muerta. Porque como fuese muy delicada, no tubo fuerça para sufrir los grandes dolores que en el parto le dieron» (1951: 180). Su fallecimiento causó a los padres y al marido un enorme dolor, «tanto que movía a conpasión de vellos y de oír lo que decían»9. No obstante, «como personas tan sabias, se consolaron, conformándose con la voluntad de Dios Nuestro Señor, que avía tenido por bien el llevársela para sí» (Santa Cruz 1951: 180). Esta resignación cristiana en el momento supremo de la muerte de un hijo ya la había mostrado anteriormente la reina Católica cuando, al recibir la noticia del fallecimiento del príncipe don Juan, supuestamente pronunció, según la tradición: «Dios nos lo dio, Dios nos lo ha quitado, sea su nombre bendito» (Clemencín 9 Zurita, por su parte, señala que «Fue su muerte con gran dolor y sentimiento del rey y de la reyna que la amaban sumamente» (1991: 121).
168 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 1820: 42), rememorando la conocida frase bíblica de Job (1: 21)10. Ante la muerte de la princesa Isabel, tanto la reina Católica como el rey Fernando y el rey Manuel, su yerno, entendieron que Dios «avía tenido por bien el llevársela para sí» porque, además de ser «cristianísima, hera sabia y honesta y católica reina» (Santa Cruz 1951: 180). El recién nacido, heredero de los reinos de sus abuelos y de Portugal por parte de su padre, fue bautizado con el nombre de Miguel. No está clara la razón por la que el príncipe recibió este nombre, que anteriormente no había llevado ningún rey de Castilla, Aragón o Portugal11. Dependiendo de la fuente que consultemos la explicación del motivo de la elección será una u otra. Las crónicas nos ofrecen diferentes versiones. Andrés Bernáldez, el cura de Los Palacios, señala en sus Memorias del reinado de los Reyes Católicos que fue su madre, la reina de Portugal, la que tomó esta decisión –«a quien ella mandó llamar don Miguel» (1962: 380)–, pero no precisa la razón de su elección. Santa Cruz, por su parte, indica que el nuevo príncipe «fue bautiçado, aunque no con el placer que se pensava», por la muerte de su madre, y comenta que «le pusieron por nombre don Miguel, por aver nacido día de San Miguel» (1951: 180-181), lo cual no se ajusta a la verdad porque el príncipe no nació el 29 de septiembre; es más, ni siquiera nació en el mes de septiembre. En este sentido, debe señalarse que las crónicas no coinciden en la fecha del nacimiento del niño y, dependiendo del texto consultado, el alumbramiento se sitúa en agosto, septiembre e, incluso, octubre de 1498. Sobre el bautizo del príncipe, es Zurita, una vez más, el cronista que proporciona los datos más precisos. Además, aporta una versión diferente del motivo de la elección del nombre de Miguel: El príncipe fue baptizado un martes a cuatro del mes de septiembre, en la iglesia metropolitana de San Salvador en la capilla parroquial de San Miguel, que fundó el arzobispo don Lope Hernández de Luna, de rico y sumptuoso edificio; y la dedicación de ella y religión de aquel sagrado lugar parece que fue causa que al príncipe se puso nombre de Miguel (1991: 121). 10 Son muchos los biógrafos modernos de Isabel la Católica que, sin remitir a fuente alguna, refieren que la soberana pronunció esta frase bíblica (Job 1:21) –con variantes, fundamentalmente porque a veces se cita «nos lo dio» y otras «me lo dio»– al tener conocimiento de la muerte del príncipe Juan. No obstante, no he logrado encontrar ninguna fuente más o menos contemporánea a la reina que la refiera. Tampoco, ya en el siglo XVIII, la recoge el padre Enrique Flórez en sus Memorias de las reinas católicas (1761). La fuente más antigua que he podido rastrear es Clemencín (1820), por lo que creo que podría ser una invención del siglo XIX con la que se quiso subrayar el espíritu cristiano de la soberana y su resignación ante los designios divinos. De hecho, Tarsicio de Azcona señala que no sabemos «cómo reaccionó la reina ante la aterradora noticia» de la muerte de su hijo (1964: 714). 11 Cuestión también resaltada por Ruth Martínez Alcorlo (2021: 241). El libro de Martínez Alcorlo sobre Isabel de Castilla y Aragón es ya un trabajo imprescindible sobre esta hija de los Reyes Católicos.
169La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 Descartado el razonamiento de que se eligió el nombre de Miguel por haber nacido el príncipe en la festividad de este arcángel, tenemos las versiones de Zurita, de que se debió a la advocación de la capilla en la que fue bautizado, y la de Bernáldez –cuya crónica se compuso en una fecha mucho más próxima a los acontecimientos– que indica que fue deseo de su madre, la princesa y reina de Portugal, que se llamara así; una información que coincide con la contenida en el Carro de la Donas: «E como ella hera tan christianíssima dexó su testamento hecho y mandó que lo que pariesse, si fuesse hijo, le pusiessen Miguel, e si fuesse hija Ana» (2001: 106)12. Curiosamente, en su Jardín de nobles doncellas, un speculum reginae compuesto por fray Martín de Córdoba para Isabel la Católica antes de que esta se convirtiese en reina, el agustino aconsejaba a una joven y todavía soltera Isabel que a los hijos, si los toviere, es obligada de los servir, criándolos o haciéndolos criar a buenas y honestas amas y sobre todo católicas, que cuando les dieren la teta nombren a Jesú y a la Virgen María y a Sant Miguel, porque con la leche beban devoción deste nombre Jesús y de los otros (1953: 53-54). No sabemos si la reina Isabel cumplió esta recomendación de fray Martín de Córdoba, pero parece cierto que su hija mayor, la princesa y reina de Portugal fue muy devota de san Miguel. Siguiendo con la elección del nombre del nuevo príncipe, Pedro Mexía ofrece en su Historia del emperador Carlos V la siguiente apreciación: «no vino fuera de propósito el nonbre de Micael, que significa herida de Dios. De manera que al alegría grande de su naçimiento se mezcló luego gran dolor y tristeza, y fue otro nuevo cuchillo y herida para los reyes sus padres» (1945: 17). Lo cierto es que no sabemos cuál fue la razón por la que se eligió el nombre de Miguel para el nuevo príncipe. No obstante, entrando en el terreno de las hipótesis, sí podemos aventurarnos a ofrecer algunas conjeturas. Indudablemente, el nombre de Miguel –a pesar de la nula tradición en las monarquías ibéricas– está cargado de simbolismo en el mundo cristiano. Quizá una princesa tan religiosa como lo fue Isabel de Castilla y Aragón quisiera que su hijo llevara el mismo nombre de san Miguel para criarse bajo su protección y, tal vez, para que le sirviera de inspiración y modelo en su futura vida de príncipe cristiano. Gutierre Díaz de Games declara en El Victorial que Dios tiene «tres órdenes de cavalleros», siendo la primera «la orden de los ángeles que pelearon con Lucifer, de la que san Miguel es su «caudillo» (2014: 53). 12 Martínez Alcorlo también recoge esta información del Carro de las Donas (2021: 241) y señala que hasta ahora no se ha encontrado el testamento de la princesa y reina, que vieron en su momento Góis y Resende (2021: 231).
170 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 El Apocalipsis (12: 7-12) cuenta cómo, efectivamente, fue san Miguel el encargado de luchar contra Lucifer. Díaz de Games explica a continuación que la segunda orden es la integrada por «los mártires que murieron por la fee santa católica» (2014: 53). La tercera, que implica directamente al nuevo príncipe, está constituida por los «buenos reyes de la tierra, justos e derechureros e tenientes a Dios», además de por los buenos caballeros «que punan por defender e mamparar la madre santa Iglesia, e la fee católica, e la verdad de su rey e su reino» (Díaz de Games 2014: 54). De acuerdo con lo recogido en El Victorial, como futuro gobernante, el hijo de los reyes de Portugal está llamado a formar parte –igual que su padre, abuelos y demás antepasados– de esta tercera orden de la caballería celestial, por lo que tener como patrón a san Miguel, que es el «defensor de la iglesia de Dios» (Díaz de Games 2014: 53), es toda una declaración de intenciones de lo que se espera de este príncipe. San Miguel, además, tiene otras decisivas encomiendas de Dios. De ellas nos informan distintas obras literarias, tanto medievales como de los siglos posteriores, y, por supuesto, la Biblia, en la que el arcángel aparece en diferentes pasajes, como en la «Epístola Universal de san Judas Apóstol», donde se cuenta cómo san Miguel tuvo que luchar con el demonio por el cuerpo de Moisés (Judas 1, 9). Y es que san Miguel era el encargado de recoger el alma de los difuntos y llevarla al cielo13. Quizá esta sea la razón por la que la reina Isabel la Católica, después de invocar a Dios y la Virgen al comienzo de su testamento, menciona a san Miguel: En el nombre de Dios todopoderoso, Padre e Fijo e Spíritu Sancto, tres personas e una essençia divinal, Criador e Governador universal del Cielo e de la Tierra e de todas las cosas visibles e ynvisibles, e de la gloriosa Virgen María, su madre, Reyna de los Çielos e Señora de los Angeles, nuestra Señora e abogada, e de aquel muy exçelente Prínçipe de la Iglesia e Cavallería angelical sanct Miguel (Torre 1974: 61). Igualmente, el príncipe don Juan encomienda su alma a san Miguel tras hacer lo propio con Dios y la Virgen en su testamento. Reproduzco el pasaje en cuestión porque es muy revelador: E primeramente, porque la anima es mas noble e preciosa que el cuerpo, encomiendo mi anima a nuestro Señor e Salvador Ihesucristo que la compró e redimió por su preciosa sangre, para que la lleve a su sancta gloria; e luego a la virgen santa Maria, su madre, que tenga por bien de rogar a su glorioso hijo que quiera perdonar todas mis culpas e pecados, e me dé graçia para bivir en arrepentimiento e caridad e acabar 13 En diferentes textos literarios se alude a esta misión de san Miguel. Muestra de ello son los dos versos iniciales del romance «Quejas de Urraca», donde la infanta le dice a su padre, el rey Fernando I, en su lecho de muerte: «—Morir vos queredes, padre; / San Miguel vos haya el alma» (Díaz-Mas 1994: 76).
171La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 en verdadera penitencia; e a señor sant Miguel, angel, que dé camino saludable a mi anima despues que destas pecadoras carnes saliere, para que sin ympedimento del enemigo pueda yr al deseado lugar (Alcalá y Sanz 1999: 186-187). Diferentes obras literarias medievales tratan la figura de san Miguel. Especialmente relevante en este sentido es el Libre dels àngels de Eiximenis, donde el franciscano le dedica todo el tratado quinto, titulado De Sant Miquel Arcàngel14. Precisamente, Elisa Ruiz identifica dos libros en castellano que pertenecieron a Isabel la Católica, titulados Natura angélica, con dos traducciones de esta obra de Eiximenis (2004: 434). No obstante, hay que tener en cuenta que no todos los críticos consideran acertado identificar el Natura angélica con una traducción del Libre dels àngels de Eiximenis15. Texto muy conocido y que gozó de una notable difusión, con distintas versiones, fue la obra Epístolas y evangelios por todo el año, tradicionalmente atribuida a fray Ambrosio de Montesino16. En una versión impresa en Sevilla en 1549 por Domenico Robertis leemos que san Miguel arcángel «tiene oficio de pesar los méritos y deméritos de las almas» (1549: ccxxvr), por lo que «la Iglesia canta: “¡O archángel sant Miguel, yo te he establecido por príncipe para rescebir todas las almas”» (1549: ccxxvv). Al igual que san Miguel es el encargado de conducir a los que han ganado la vida eterna al cielo, el príncipe cristiano tiene que velar por la salvación de sus súbditos, por lo que debe librarlos de los peligros y malas influencias que les pudieran acechar. Tal vez esta idea pesó en Isabel de Castilla y Aragón cuando eligió el nombre de Miguel para su hijo –si es que aceptamos la teoría de que fue ella la que decidió que se llamara así–. Conviene recordar que antes de contraer matrimonio con Manuel I de Portugal, la entonces infanta Isabel –no era princesa pues aún vivía en ese momento el príncipe don Juan– pidió a Manuel I como condición para que se celebrase su matrimonio la expulsión de los judíos de Portugal17. Con esta demanda, la entonces infanta dejó traslu14 Este tratado quinto, De Sant Miquel Arcàngel, ha sido editado por Curt Wittlin (1983). Del Libre dels àngels puede consultarse una versión manuscrita fechada entre 1401 y 1460 en la Biblioteca Digital Hispánica de la BNE (<http://bdh-rd.bne.es/viewer. vm?id=0000040690&page=1>) 15 Así lo manifiesta Manuel José Pedraza Gracia, quien escribe sobre el De natura angelica que «con muchas reservas podría identificarse con alguna traducción del Llibre des Angels del franciscano Francesc Eiximenis» (1998: 76). Sobre las traducciones castellanas de la obra de Eiximenis, véase Andrés Ivars (1923). 16 María Matesanz del Barrio –especialista en esta obra, pues realizó como tesis doctoral una edición crítica de ella (defendida en la UCM en 1995)– explica que se trata de una atribución errónea, a pesar de que así se ha transmitido y así ha sido recogido este texto en diferentes catálogos (1997: 215-230). 17 Trata este asunto y hace un resume de la cuestión Martínez Alcorlo (2021: 195-202). Esta investigadora recoge una carta de la hija de los Reyes Católicos a Manuel I en la que insiste en la necesidad de la expulsión de los judíos de Portugal (2021: 196-197).
178 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 La Casa de Austria buscó vincularse con Julio César siglos atrás. Para tratar esta cuestión, debemos remontarnos al momento en que el conde Rodolfo de Habsburgo fue elegido Rey de Romanos en la segunda mitad del siglo xiii. Entonces, la Casa de Austria se encontró con el problema de que era una familia que no tenía gran antigüedad –desde luego no como la que tenían otras familias nobles del Sacro Imperio– por lo que buscaron emparentar con una estirpe romana ilustre, de la que se van a presentar como herederos (Edelmayer 2004: 18). En el siglo xiv se continuó alimentando y perfeccionando esta teoría, aunque sin mencionar exactamente de qué estirpe se trataba. Es a mediados del siglo xv cuando se muestran como descendientes de los Colonna, importante familia romana a partir de la cual lograban emparentar con el mismísimo Julio César. Todo este proceso es resumido por Edelmayer (2004: 18-19), quien señala que, como había otras familias nobles del Sacro Imperio que igualmente aducían estar emparentadas con los Colonna, llega un momento en que resulta más adecuado entroncar con otra estirpe romana cuya filiación no pudiera ser reclamada por otras casas nobiliarias. De ahí que, a finales del siglo xv, los Habsburgo se muestren como sucesores de los Pierleoni, que también se consideraban emparentados con Julio César. Edelmayer considera que tal vez Carlos V creyó en esta versión, pues estando en Roma se interesó por posibles supervivientes de esta ilustre familia (2004: 19). El nombre con el que fue bautizado el primogénito de Juana y Felipe, Carlos, no tenía tradición en las casas reales castellana y aragonesa, pero sí era un nombre muy importante en Borgoña, pues el abuelo materno de Felipe el Hermoso era el famoso Carlos el Temerario, tal y como recuerda fray Prudencio de Sandoval (1955: 18). El nombre de Carlos servirá a Carlos V para reivindicar la «herencia profética» que proviene de Carlomagno y que, por cierto, también reclamó para sí otro monarca que llevaba este mismo nombre, Carlos VIII de Francia (Reeves 1969: 358-359; Milhou 1983: 331). Sobre el título que había de llevar el recién nacido Carlos, Zurita explica que «hubo alguna altercación cómo se llamaría por nombre de dignidad». Finalmente, su padre, Felipe el Hermoso, decidió concederle el de «duque de Lucenburg» (1991: 193); un título que para Sandoval anunciaba la grandeza que esperaba al niño, ya que lo «habían tenido los Césares, sus pasados, el emperador Sigismundo, el emperador Carlos, cuarto de este nombre, y Wincislao, reyes de Bohemia y Césares famosísimos»; por lo que Sandoval escribe: «De donde comenzaron a adivinar y echar juicios, que no se engañaron, que el nuevo duque de Lucemburg había de ser un príncipe notable en el mundo» (1955: 18). Diferentes cronistas –y según Zurita el imaginario popular– achacaron a la reina Católica una reacción muy reveladora cuando tuvo noticia del día en que había venido al mundo este nieto. Galíndez de Carvajal,
179La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 en sus Anales breves del reinado de los Reyes Católicos, apunta que en el año 1500, a 25 de febrero «nasció el Príncipe D. Carlos en Flandes, hijo del Archiduque don Felipe, Príncipe de Castilla, y de la Princesa Doña Juana» (1953: 550). Galíndez de Carvajal otorga una intitulación a Felipe y a Juana que no les correspondía en ese momento, pues en esta fecha vivía aún el príncipe Miguel y Felipe y Juana no eran príncipes de Castilla. No obstante, a pesar del error, lo sustancial es lo que escribe a continuación: «y dijo la reina cuando lo supo: Cecidit sors super Mathiam» (1953: 550), la suerte ha caído en Matías, atribuyendo esta cita bíblica de los Hechos de los Apóstoles (1: 26) a la reina Católica sin entrar en mayores explicaciones29. Más datos aporta Santa Cruz en su Crónica del emperador Carlos V, pues informa de que los Reyes Católicos se encontraban en Medina del Campo cuando supieron del nacimiento de su nieto Carlos en Gante, lo que les produjo «muy gran placer». Además, Santa Cruz también recoge las premonitorias palabras de la reina Católica y recrea el contexto en el que las pronunció: y la Reina dijo al Rey Don Fernando, su marido, sabiendo que su nieto había nacido el día del Apóstol San Matías: «Creedme, señor, y no dudéis, que así como sobre aquel Apóstol cayó la suerte para ser en el número con los otros Apóstoles, así ha caído en suerte sobre este nuestro nieto para heredar nuestros reinos» (1920: 2). Las palabras de la reina, que podríamos definir como proféticas –teniendo en cuenta la dimensión que les otorgan los cronistas–, son especialmente relevantes porque en el momento en que nació Carlos vivía todavía el príncipe Miguel y él era el heredero de sus abuelos. No obstante, más allá de la magnitud que conceden tanto Santa Cruz como otros cronistas a este episodio, lo cierto es que el juicio emitido por la reina Isabel estaría fundamentado en la poca confianza que inspiraba la salud del príncipe Miguel, del que sabemos, por una carta anteriormente citada de Pedro Mártir de Anglería (1953: 376), que nació muy débil. Años después, Sandoval escribirá en su Historia de Carlos V que del príncipe Miguel se tenían «pocas esperanzas de larga vida» (1955: 17). Jerónimo Zurita, por su parte, recoge igualmente las palabras pronunciadas por la reina Católica sobre su nieto Carlos indicando que «es cosa muy pública y que la oímos a nuestros padres y digna de considerarse», y remite además a los Anales del «doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal autor de aquellos tiempos y del consejo del rey y de la reyna» (1991: 193). El episodio, por tanto, está avalado, según Zurita, por una autoridad culta –la de Galíndez de Carvajal, persona, además, próxima a los Reyes Católicos– y por la tradición oral, pues es de dominio público 29 Sobre esta frase bíblica pronunciada por la reina Católica, véase Carretero Zamora (2005: 36-41).
180 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 y bien conocido por el pueblo, que lo ha transmitido de padres a hijos30. Zurita lo relata así: cuando la reina doña Isabel su abuela supo su nacimiento, acordándose de lo que en la Sagrada Escritura se hace mención que fue elegido por suerte al apostolado de Cristo San Matías, entendiendo en cuánta esperanza avía nacido su nieto de poder suceder en tantos y tan grandes reinos y señoríos, dijo que había caído la suerte sobre Matías (1991: 193). Y apostilla Zurita a continuación: «y no pasaron muchos días que salió tan verdadera su profecía que pareció después haberlo dicho por inspiración divina» (1991: 193). El providencialismo y el mesianismo en torno al nacimiento del futuro emperador también están presentes en la Historia del rey don Hernando el Católico de Zurita, en la que el cronista aragonés señala: «y así cuanto más en mi memoria revuelvo las cosas antiguas y de nuestros tiempos, tanto más se me representa la variedad de los casos humanos en todos los sucesos», y continúa: «porque en la esperanza de todos se tenía por muy cierta y fundada la sucesión del príncipe don Miguel con la unión del reino de Portugal con los reinos y señoríos de Castilla y Aragón» y sin embargo «fue preferido para la sucesión de ellos el que estaba reservado por juicio del Cielo en la providencia divina que había de suceder en tanta gloria y ensalzamiento de sus reinos con aumento de tan diversos estados y señoríos» (1991: 193). Una vez más el providencialismo se asocia a un miembro de la familia real, en este caso, en realidad, a dos, pues la reina Católica profetiza lo que va a pasar y es capaz de interpretar los designios divinos, y su nieto, el futuro Carlos V, nace acompañado de una serie de señales que lo marcan como el elegido por Dios para hacerse cargo de los destinos de las coronas de Castilla y de Aragón. Antes de su nacimiento, también la venida al mundo de su abuelo Fernando el Católico fue presentada por algunos autores –entre los que sobresale Lucio Marineo Sículo (1943: 18-19)– como extraordinaria, pues estuvo acompañada de una sucesión de fenómenos que anunciaban la grandeza del destino que le tenía deparado Dios31. 30 Esto demuestra que en el momento en el que Zurita redactó la Historia del rey don Hernando el Católico, diferentes capítulos de la biografía de los Reyes Católicos formaban parte del imaginario popular a pesar del tiempo transcurrido desde que sucedieron los hechos. La edición príncipe de esta obra de Zurita vio la luz en Zaragoza, en 1580, y salió de las prensas de Domingo de Portonariis y Ursino (Sarasa Sánchez 2014: 107). 31 Sobre este asunto, véase el trabajo de Nicasio Salvador Miguel (2012). Lucio Marineo Sículo, por cierto, fue autor de unos poemas latinos dedicados al príncipe Miguel que se publicaron junto a otras de sus composiciones en una obra titulada Carmina et epistolae, que vio la luz en Sevilla en el taller de Meinardo Ungut y Estanislao Polono después de agosto de 1498 (el príncipe nació el 23 de este mes) (Solís de los Santos 2012: 22 y n. 33). Agradezco al profesor Solís, admirado compañero y amigo, el haberme facilitado su trabajo muy generosamente.
181La última muerte antes del Imperio RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 Para ilustrar cómo Dios eligió a Carlos para ser el heredero de los Reyes Católicos, Pedro Mexía recurre, nuevamente, en su Historia del emperador Carlos V a un episodio bíblico, concretamente a la historia de cómo David fue elegido por el profeta Samuel para ser rey de Israel ante la sorpresa de su padre, ya que no era de los hijos mayores. La comparación con la historia de Carlos era fácil de establecer para Mexía, quien hace un repaso de todas las personas que han fallecido antes de que los derechos sucesorios recaigan en Carlos a través de su madre: Ansí pareçe, como se á uisto, que estos Católicos Reyes pusieron delante su hijo y su hija, y después su nieto pero por secretos juyzios de Dios no fueron admitidos para el reyno, porque éste otro era el Dauid que Él tenía escoxido para ello, avnque chiquito y apartado, y oluidado por ventura para esto (1945: 18-19). Mexía describe al emperador Carlos como un nuevo rey David no solo por la forma inesperada en la que llegaron a él los reinos, también porque «en todo á sido ymitador de Dauid, en la religión y defensión de sus reynos y acrecentamiento dellos» (1945: 19)32. Con esta comparación, Mexía vincula al emperador Carlos con uno de los reyes más importantes del Antiguo Testamento –a cuya casa pertenecerá siglos después José, marido de la Virgen–; un rey bíblico que, además, tendrá un papel destacado en las corrientes escatológicas del tiempo de los Reyes Católicos y del emperador. Igual que se había identificado al rey Fernando con el Encubierto, también se presentó al rey Católico –con fines políticos, para fortalecer el poder monárquico– como un nuevo David (Milhou 1983: 236, 302). En su nieto Carlos continuará esta identificación. Las comparaciones entre Carlos V y el rey David trascienden el discurso historiográfico y son visibles en otros terrenos artísticos, como por ejemplo la pintura o la escultura (Checa Cremades 1988), ya que en la iconografía bíblica del César se representó en distintas ocasiones al emperador como al vencedor de Goliat. Además, el emperador fue un gran admirador del rey David y sabemos que, al final su vida, leía con frecuencia los Salmos de este rey de la Biblia (Gonzalo SánchezMolero 2000: 931), con el que tanto se le identificó; una identificación que continuó después de su muerte. De hecho, es muy interesante que, en el sermón fúnebre que predicó François Richardot en Bruselas ante Felipe II con motivo de la muerte de Carlos V, se comparara al difunto emperador con el rey David y a su hijo y sucesor, Felipe II, con Salomón (Janssens 2001: 353-354); se entronca por tanto a estos dos reyes de la 32 Vemos que Mexía relaciona a Carlos V por su nacimiento con Julio César y con el rey David, por lo que el cronista lo entronca con un héroe de la antigüedad y con un personaje bíblico. Además, el nacimiento extraordinario –acompañado de señales– que atribuye al futuro emperador lo vincula con los dioses grecolatinos, los santos y los héroes caballerescos.
182 C. Moya García RLM, xxxiii (2021), pp. 163-188, ISSN: 1130-3611 | e-ISSN: 2660-4574 casa de Austria con dos reyes bíblicos que destacaron por su sabiduría. Richardot defendió que el gobierno de Carlos V se parecía al del rey David y que el emperador había igualado al rey bíblico «en su celo, devoción, magnanimidad y éxito». El nuevo rey, Felipe, se asemejaba a Salomón porque ambos continuaron y finalizaron la obra de sus padres. Además, igual que Salomón había construido el templo a la muerte de su padre, se esperaba que Felipe hiciera lo mismo en su reinado (Janssens 2001: 354), algo que finalmente realizará con la construcción del monasterio de El Escorial, nuevo Templum Dei (Checa Cremades 1989; Sánchez Rubio 2019: 46-50). Los Reyes Católicos y su nieto Carlos se sirvieron de una concepción providencialista de la historia para reforzar su poder regio, pues mostrando los hechos históricos –bien fuesen felices o adversos– como designios divinos otorgaban a los acontecimientos, y a sus propias personas, una dimensión y magnitud que escapaba del control de los hombres. Esto es lo que encontramos en las crónicas castellanas de Carlos V, base de este trabajo, cuando explican cómo recayeron los derechos dinásticos de las coronas de Castilla y Aragón en manos del emperador a través de su madre tras la muerte de los hijos mayores de Isabel y Fernando, el aborto de Margarita de Austria y el fallecimiento del príncipe Miguel. Desde esa concepción providencialista de la historia y, por tanto, de los monarcas, las diferentes corrientes proféticas que señalaban al rey Fernando como quien habría de luchar contra el anticristo, y que después señalarán también a su nieto Carlos, no hacían más que engrandecer la figura del monarca al presentarlo como un elegido de Dios. Referencias bibliográficas Alcalá, Ángel y Jacobo Sanz (1999), Vida y muerte del príncipe don Juan. Valladolid: Junta de Castilla y León/Consejería de Educación y Cultura. Alfonso de Palencia (1967), Universal vocabulario en latín y en romance, I. Madrid: Comisión Permanente de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Alvar Ezquerra, Alfredo (2002), Isabel la Católica. Una reina vencedora, una mujer derrotada. Madrid: Temas de Hoy. Ambrosio de Montesino, fray (1549), Epístolas y evangelios por todo el año con sus doctrinas y sermones de la corrección de fray Ambrosio Montesino los más copiosos que fasta agora se han impreso porque nuevamente van añadidas en esta impresión ciertas exposiciones. Sevilla: Doménico Robertis. Ávila Seoane, Nicolás (2016), «Documentos de las hijas de los Reyes Católicos: María (primera parte)», De Medio Aevo, 9/1, pp. 139-198.
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