Religión y capitalismo (más acá de Max Weber)
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RELlGlON Y CAPITALISMO (MAS ACA DE MAX WEBER) Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto dioses. Luis Cernudo En un dossier sobre Debates recientes de la historia económica (l), el asunto de la religión no parecerá en su lugar ni por lo uno ni por lo otro, ni por económico ni por reciente. Bien se sabe que hace más de ochenta aiios, principiando el siglo, Weber escribió La ética protestante y el espúitu del capitaüsmo y que un duro debate le siguió (2), mas los tiempos son distin - tos. dAfecta igual ahora que el catolicismo resulte inocente o sin mérito en el naci - miento de la economía capitalista? 2Hoy se toma tan a pecho este reparto de res - ponsabilidades o esta bastante más gene - rosa adjudicación de irresponsabilidades?. , Otros vinculaban el mismo fenómeno a la religión judaica y ya se sabe también lo que ocurrió. Afortunadamente más laicos, los historiadores no parecen apasionarse en nuestros días por cuestiones de esta índo - le. LECCIONES ENCONTRADAS No parece siquiera que guarden algún interés intrínseco. Nos lo dice la obra más ambiciosa del más reputado de los histo - riadores; Civilización material, economía y capitalismo de Fernand Braudel deja caer en efecto afirmaciones de este cariz: Primera. La susodicha conexión entre religión y economía no fue más que un epi - sodio antimarxista, justamente fracasado; en sus propias palabras, o de su traductor castellano: " La explicación idealista, unívoca, que hace del capitalismo la encarna - ción de cierta mentalidad, no es más que 1. Conterencia de 15 de enero de 1987. Debo y agradezco a M' Teresa PBrez Picazo la ocasidn y el beneficio de una audiencia interesada y coloquiante. 2. Ha comenzado a aparecer (Taurus. 1984) la traduccidn completa de los Ensayos sobre soclologls de 1s rellglón de Weber, cuyo primer volumen abre la última versidn de Ls Btlcs protestante; a falta de me - jor guía en castellano, sobre el debate ya hay pistas en introduccidn. notas y escritos que acomparlan. Pa - ra anteriores referencias, B. Clavero, Usura. Del uso econdmlw de la rellgldn en la hlstorla, Madrid (Tecnos) 1985, p. 30; salvo un par ineludible, evito aquireiteraciones. Bartolome CLAVERO Universidad de Sevilla la puerta de salida que utilizaron, a falta de otra, Werner Sombart y Max Weber " ; " no estamos obligados a seguirlos " , conti - nuará (3). Segunda. Este recurso a un idealismo adolecía de inconsistencia empírica tanto como teórica. ')Qué decir - interroga - de la ruptura de la Reforma? dHa favore - cido esta ruptura el desarrollo de un capi - talismo liberado de sus inquietudes, de sus arrepentimientos, para decirlo todo, de su mala conciencia? Esta es en resumen -imputa - la tesis de Max Weber " , siguiendo los achaques: el del " viático bastante có - mico " , según su calificación, que le ofre - ciera una encuesta sociológica y de una " forma sutil y confusa de razonar a la cual yo (Braudel) confieso ser tan alérgico co - mo lo era el propio Lucien Febvre9'(4), su autoridad de profesión y escuela. Y tercera. El debate subsiguiente care - ce de utilidad y sentido, resultando en si y con todo económicamente indiferente su motivo religioso: "En cuanto a hablar, co - mo lo hace Sombart, de un espíritu capi - talista que coincidiría con las directrices de la religión de Israel, es coincidir con la explicación protestante de Max Weber.. Esto podría decirse con igual lógica a pro - pósito del Islam ... " (S), con igual falta de lógica, naturalmente. Ocurrencia idealista, inconsistencia científica y debate caprichoso: he aquí el veredicto. Lo es de Braudel, pero igual lo 3. F. BRAUDEL, Clvllluclón msterlsl, economla y cspltsllsmo, slglos XV-XVlll(1979). Madrid (Alian - za) 1984, 11, p. 347. 4. F. BRAUDEL, Clvlllzscl6n. economls y capitsllsmo, 11, ps. 494495. 5. F. BRAUDEL, Clvlllzscldn, economía y capi - tsllsmo, 11, ps. 128 y 496. encontraríamos en otros historiadores, sin 17 la ventaja tal vez de la franqueza que la autoridad permite. Cambiemos entonces de tercio; acudamos a la más reciente re - visión metodológica de la llamada Transi - ción del feudalismo al capitalismo, obra ésta de un sociólogo, R.]. Hilton. (6). Ya empieza por guardarse otra conside - ración a Weber: figura el suyo como uno de los tres más importantes paradigmas ex - plicativos de dicha transición, junto al que se origina en Marx y a un tercero, o pri - mero históricamente, de Adam Smith o de una teória de mercado que también sigue al efecto viva, gracias ahora particularmen - te a la obra de Douglas North y Robert Thomas (7). Pero vayamos a lo nuestro, so - bre lo que tenemos noticias del siguiente tenor: Primera. Nadie seriamente presenta hoy la sociología histórica de Weber como an - titética a la de Marx; nació en nuestro ca - pítulo incluso enfrentándose más bien a la obra de Sombart, y no sólo por su cone - xión entre capitalismo y judaísmo, sino también por la forma un tanto simple de concebirse la propia relación: son autores como Sombart, que no Weber, quienes piensan en una incidencia directa de la re - ligión en la economía, inhibiendo o incentivando. Segunda. Nadie seriamente ya cree que la Etica protestante encierre una explica - ción casualmente idealista de la génesis del capitalismo, dándose crédito a las propias protestas de Weber en tal sentido. Ya se produjo éste en unos términos de causación bastante más estructural o nada lineal, aislando explícitamente el factor religioso a los efectos exclusivos de investigación sectorial. Su incidencia económica no la 6. R.J. HORTON, The Tmnsltlon trom Feudsllsm to Capltsllsm, Londres (MacMillan) 1985, ps. 103 - 124 para todo lo que ariadimos. 7. DOUGAS C. NORTH y ROBERT P. THOMAS, El nsclmlento del mundo occldentsl. Una nueva histoda econdmlw, 9üG 1700 (1973). Madrid (Siglo XXI) 1978.
creía ni directa ni, mucho menos, inten - cional, sino a través de la transformación de modos y mentalidades sociales o de la concreta aparición en el caso del método de vida que convendrá al capitalismo: mo - tivación y compulsión de una disciplina so - cial interiorizada, no coactiva, en el seno de una clase burguesa. Y tercera. Empíricamente mal contras - tada, la posición de Weber se sostiene más por su forma que por su contenido, por su problemática metodológica más que por sus resultados substantivos: de aquísu mis - mo actual valor. Hay así otra sentencia, menos condena - toria. Otras comprobaciones también ca - brían, pues tampoco es éste un pronun - ciamiento hoy aislado, sólo que normal - mente entre sociólogos. No parece sino que hubiera más de un escritor respon - diendo al nombre de Max Weber y ocu - pándose con tan dispar fortuna de unos mismos asuntos. Puede que todavía sea uno solo, pues algo en común guarda y es - to es lo negativo: su aportación más empí - rica todos nos dicen que resulta en nuestro estricto tema parca (8); el desacuerdo co - mienza luego: para el historiador no pre - senta interés su cuestión metodológica que parece esencial para el sociólogo. Hay dos varas de medir o dos formas de afrontar su obra, y la de la historia sená in - dudablemente light, más a la moda, la más alegre, despreocupada y ligera. No es tam - poco que ahora desprecie materias como la religiosa; realmente, con la llamada his - toria de las mentalidades, le presta su cul - to, sobradamente atendiéndola, mas siem - pre a la par ignorando la problemática de cuño weberiano: trata la historia esta es - pecie inmaterial de materias sin interro - garse sobre su posición y sus funciones en el complejo de la estructura y la dinámica 8. Pare reciente estado de la cuestidn, valordndose tambidn mds wmo socidl~go su original cuadro me todoldgiw, GIANFRANCO POGGI, Calvlnlm and the Capltallst Splrlt, Londres (MacMillan) 1983. sociales, sin relacionárseles con las de más material especie (9). No es novedad la his - toria de las mentalidades, sino su ensimis - mamiento e intransitividad (10). Lo que conservaba para el sociólogo valor en Weber es lo que precisamente parece estor - bar al historiador. PASADO Y PRESENTE Mas no se le hace justicia a la misma his - toria con esta sencilla confrontación. No se caracteriza asímal una situación actual, pero tampoco satishctoriamente. Cierto es &e los historiadores de profesión suelen mostrarse a articular mente cerrados ante una propuesta metodológica como la de Weber, al contrario que respecto al otro par de paradigmas, el de mercado y el mar - xista, pero precisamente en tiempos más cercanos se han producido novedades que despreciaba Braudel y que poco realmen - te se aprecian en la tendencia historiográfica dominante, esto es, en la denominada Escuela de Annales, con sus padres fun - dadores, como Febvre que se nos decía, su tracto sucesorio de autoridades, como Braudel que se entiende, y su órgano de promoción y culto, que no sólo de publi - cación y debate, la dicha revista Annales (1 1). 9. Imposible la resetia, comprudbese en lo que ha sido manual substantivo, no meramente programático, de esta historia de mentalidades y sensibilidades: ROBERT MANDROU, lntroductlon B la France moderne, 1500 - 1640. Essel de Psychologie historique (1961). París (Albin Michel) 1974. 10. El mismo territorio ya había recibido una visita mds weberiana: BERNHARD GROETHUYSEN, La bmacldn de la conclencla burguesa en Francla du - rante elslglo XVIII (1927-1930), Mdxiw (Fondo de C16 tura Econdmica) 1943 y 1981, obra mejor planteada a mi entender que la tenida por cldsica de WERNER SOMBART, El burgu6s. lntroducclón a la hlstorla esplritual del hombre econdmlco moderno (1913), Ma - drid (Alianza) 1972. 11. Con su dxito entre la misma historiografía anglosajona, a la que ahora vamos: GEORG G. IGGERS, New Dlrectlons In European Historlugraphy (revised edltlon), Londres (Methuen) 1985, ps. 43 - 79, que es todo un capítulo, y p. 257, que refleja con su biblio - grafía el fendmeno de conversidn de los propios Annales en objeto historiogrdfico. Es en otro sector de la historioprafa donde los acontecimientos se han produ - cido: en el de la Escuela de Past and Present, si escuela queremos también llamarla cuando no es éste realmente su estilo y si podemos igualmente identificarla con un título de revista bien empeñada, desde su fundación en los años cincuenta, en la ani - mación de una ciencia histórica (12). Nacía empero en las peores condiciones para revisar nuestro capítulo, tanto por militancia como por nación. La misma revista era fundación del Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico (13). Del marxismo se nos ha dicho que era el objetivo atacado por Weber; tanto no lo parece, pero la idea tiene su base; Braudel no inventa. Precisamente pertenece al propio marxismo, que se sintió realmente agredido por lo que entendió como idea - lismo que 'afirma la prioridad del factor religioso " en orden a " la refutación del ma - terialismo histórico " (14); subyacía el tó - pico de la religión como fenómeno supraestructural que, si alguna incidencia práctica alcanzara, sená de más directa do - minación de clase. Aquíse fraguó el este - reotipo maniqueo cuyo éxito desbordó al propio marxismo, llegando a obras como la de Braudel. Mal punto de partida para una revisión. Y mejor no lo era el de la nacionalidad británica, por la carga religiosa de su historiografía. La misma revolución propia, ya 12. Mds modestamente dentro de un capítulo de Marxlsm and Modern Soclal Hlstory: G.G. IGGERS (y Norman Baker en esta parte), Dlrections In European Hlstorlography, ps. 123 - 174. 13. ERIC J. HOBSBA WM, The Historians' Group o? the Communlst Party, en MAURICE CORNFORTH (ed.), Rebels and their Causes. Essays in Honour of A.L. Morton, Londres (Lawrence and Wishart) 1978, ps. 22 - 47; CHRISTOPHER HILL, RODNEY H. HILTON y €.J. HOBSBA WM, Orlglns and Early Years, en Past and Present, 100, 1983, ps. 3 - 14. 14. GYdRGl LUKACS, El asaito a la razón. La tra - yecto& ktl Imlonallsmo desde Schdllng hasta Hitler (1953), Barcelona (Grijalbo) 1976, p. 489, como ejemplo más señero pues las comprobaciones podrían ser también desde luego interminables.
equiparada a la francesa y otras que die - ran paso a nuestro tipo de sociedad, se identificaba aquí, singularizándose, me - diante calificativo religioso -la revolución inglesa del XVII como revolución puri - tana - , con la correspondiente hipoteca sobre toda su problemática (1 5); en Ingla - terra se había también producido la recep - ción más acogedora, aun con sus puntos de desacuerdo, del planteamiento weberiano: La religión y el orto del capitalismo que publicara Richard Tawney en 1 926 (1 6), dato suplementariamente incómodo por tratarse del autor más renovador, desde las posiciones menos conservadoras, de esta historia moderna en su generación (1 7). Es en este contexto religiosamente sobrecar - gado, y por mérito de una escuela que apa - recía con el compromiso primordial de traer esta historia a un terreno materialis - ta, donde la novedad se produce. cómo pudo ser?. Nada fácilmente desde luego. La cues - tión de entrada no dejaba de despreciar - se. Ilustrativo resulta el conocido debate sobre La transición del feudalismo al ca - p italismo que se suscitara durante los pri - meros años cincuenta a propósito de los Estudios sobre el desarrollo del capitalis - mo de Maurice Dobb; ya es curioso que tuviera que ser un historiador japonés quien viniese críticamente a recordar la significación de Weber para e1 tema del " espíritii capitalista " que había debido to15. R.C. RICHARDSON, The Debate on the Engllsh Revdutlon, Londres (Methuen) 1977, ps. 64 - 84. 16. R.H. TA WNEY, Rellglon and the Rlse of Capltallsm (1926). Londres (Penguin) 1969, ps. VII - XIII: prefacio de 1937 interesante al propio entendimiento de Weber. No tengo noticia de traduccidn viva, pero la hubo temprana, en fecha aciaga, Madrid (Ed. Re - vista de Derecho Privado) 1936, y luego Buenos Aires (Dédalo) 1959, creo que distinta. 17. R. C. RICHARDSON, Debate on the Engllsh Revolutlon, ps. 85 - 90; G.G. IGGERS, Dlrectlons In European Hlstorlogmphy, ps. 159 - 160; la incomodi - dad: GARETH STEDMAN JONES, Hlstorle: la mlserla del emplrlsmo, p. 120, en ROBIN BLACKBURN (ed.). Ideología y Clenclas Sociales (1972). Barcelo - na (Grijalbo) 1977, ps. 109-131. car Dobb: " Resulta sorprendente que cuando Dobb habla del espíritu capitaista pase por alto la admirable percepción de Weber " (1 8). De hecho, Dobb le pre - sentaba como una especie de secuazpoco dúctil de Sombart (19). La indicación de Kohashiro Takahashi, quien era el crítico (20), cayó por lo demás en baldío. El de - bate ha venido luego a Weber, pero para cuestión de historia urbana, no de la reli - giosa (21). En un medio historiográfico tan carga - do de religión, tampoco podía llanamente ignorársele; y bien que no se hizo. A estudiársele vino, pero con la orientación na - turalmente que tendía a reducirla a la dimensión más material: entre intereses económicos y políticos, había de resultar desprovista de entidad y de incidencia pro - pias. Christopher Hill, cabeza de la escuela si la hubiera, abordó bajo esta óptica la his - toria de la iglesia de Inglaterra y penetró con el mismo propósito en ésta como en otras religiones, mas la religión en síno se constituía en objeto histórico, pese tam - bién a la estima de la obra de Tawney (22). 18. PAUL M. SWEEZY y otros, La translclbn del feudallsmo al capltallsmo (1954, s61o los proceden - tes de Sclence and Soclety), Madrid (Ciencia Nueva) 1967, p. 94, reeditándose por Artiach y por Ayuso. 19. M. DOBB, Estudlos sobre el desarrollo del capitalismo (1946), Buenos Aires (Siglo XXI) 1971, ps. 19 - 24; le precedió edicidn cubana (Ed. Ciencias So - ciales, 1969) incluyendo debate. 20. Su intervención también aquírecogida en H.K. TAKAHASHI. Del FeudaIIsmo al Capitalismo. Proble - mas de la translclbn, Barcelona (Grijalbo) 1986, ps. 15 - 59. y Weber en p. 46. 21. Edicidn última, con introduccidn y más recien - tes intervenciones, del mismo debate: R.H. HILTON (ed.), La transicibn del feudallsmo al capitalismo (1976), Barcelona (Grijalbo) 1977, ps. 21 y 241-243, so - bre cuyo capitulo en esta misma polémica: B. CLAVE - RO, El mlto histbrico de la cludad burguesa, en Ciudad y Territorio, 57 - 58, 1983, ps. 37 - 43. 22. Van estos trabajos de HiII, fundamentalmente, de Economlc Problems of the Church from Archblshop WhltgMt to the Long Parllement, de 1956, a Protestantlsm and the Rlse of Capitalism, que fue contribución en 1961 a un homenaje a Tawney (trad. que no he visto en DAVID S. LANDES y otros, Estu - dlos sobre el nacimiento y el desarrollo del capitaA otros efectos la misma presencia de 1s la religión en la propia historia claramejite incomodaba; Eric Hobsbawm, brazo de la escuela si existiera, emprendió la histo - ria de los movimientos sociales compren - diendo en la catenoría " arcaica " de Re - - beldes primitivos a los obreros ingleses que inicialmente se expresaron y organizaron median te la religión: sería una " anomalía " en la historia de estepaís, que no de otros (23). El mismo autor, planteando por otra parte el tema de una crisis más general del siglo XL'II en la que encuadrar la propia revolución innlesa, no es extraño entonces que manifestase su desconsideración por Weber (24). Y llegamos a la década de los sesenta, cuando el panorama cain bie; me - diada, Hobsbawm manifiesta srr aprecio por Weber situándolo incluso junto a h4ar.y para " el problema siempre fascinante y fundamental de las relaciones entre pro - testantismo y capitalismo o, más genérica - mente, entre ideología y economía " (25). No hay modo de escapar; la religión re - torna. Al cabo de dicha década, llegándo - se a los setenta, tras unos años de respiro religioso, Hill reincide: se ocupa de temas como el del Anticristo bajo la confesión Ilsmo, Madrid, Ayuso, 1971). pasándose por diversas publicaciones sobre el puritanismo (R. C. RICHARDSON, Debate on the Engllsh Revolutlon, ps. 96 - 1 12). En sus lntellectual Orlglns of the English Revolution, de 1965 (trad. Grijalbo, 1980). tendrán sus capítulos el derecho, las ciencias o la historia, pero no la reli - gión. 23. E.J. HOBSBAWM, Rebeldes primitivos. Es - tudlo sobre las formas arcaicas de los movlmientos aoclales en los slglos XIX y XX (1959). Barcelona (Ariel) 1968, cap. 8. 24. E.J. HOBSBA WM, El siglo XVll en el desarro - llo del capltallsmo (1960), p. 77, en aquí, En torno a los orígenes de la revolución Industrial, Buenos Aires (Siglo XXI) 1971, ps. 71 - 88, tras su Crisis gene - ral de la economía europea en el slglo XVll(1954), originalmente recogido, con otros de diversos autores que siguieron en Past and Present, en TREVOR S. ASTON (ed.), Crisis en Europa, 1560 - 1660 (1965), Ma - drid (Alianza) 1983, con Apendice al dia de Pablo Fernández Albaladejo. 25. E.J. HOBSBA WM, Industria e lmperlo (1968), Barcelona (Ariel) 1977, p. 291.
20 además de que no debiera despreciarse su entidad teológica a los mismos efectos de - considerarse su incidencia social (26). Se le puede tener a Hill ahora como un autén - tico restaurador de la religión en la histo - ria (27). El mismo, el propio Christopher Hill, privadamente ironiza sobre el tinte protestante, religioso, de la militancia mar - xista del grupo (28). iQué ha ocurrido a esta tendencia nacida con tan distintos y perversos propósitos? iAlguna conversión colectiva, aunque de la apostasía a la he - rejía fuese, como las de los buenos tiem - pos antiguos?. Tampoco tanto. Pero alguna revelación sí hubo. Hubo un camino de Damasco. PODER DEL SIGNO Sincero parece el testimonio del propio Hobsbawm con ocasión de reeditar sin ex - cesiva convicción páginas suyas sobre la " anomalía " de la religión entre Trabaja - dores británicos: la vacilación la habría causado La formación de la clase obrera inglesa de Edward Thompson aparecida en el interín, en 1963; una rendición se pro - duce; si hay desacuerdo, manifiesta Hobsbawm, el crédito debe concedérsele a Thompson (29), otro brazo, y éste el iz - quierdo, de la escuela si, de haber existi26. C. HILL. Antlchrlst In Seventeenth-Century England. Londres (Oxford University Press) 1971, ps. 167 - 1 77, sobre conferencias de finales de 1969 y cu - ya cuesti6n justamente se integra en su El Mundo Trastornado. El Idearlo popular extremista en la re - volucldn lngh9~ del slglo XVll(1972). Madrid (Siglo XXI) 1983. Ypara subibliografia, hasta 1981: DONALD PENNINGTON y KElTH THOMAS (eds.). Purllans and Revolutlonarles. Emys In Seventwnth-Century Hlstory presented to Chrlstopher Hlll(1978). Oxford (Clarendon) 1982, ps. 382-402. 27. G.G. IGGERS, Dlrectlons ln European Historlography, ps. 16G161, con toda su superficialidad. de N. Baker en esto como decíamos. 28. RAPHAEL SAMUEL, Brltlsh Marxist Hlstorfans, 1880-1980.1, p. 52, en New Leit Revlew, 120, 1980, PS. 21 - 96. 29. E.J. HOBSBA WM, Traba~s. Estudlos de hlstorle & la clase obrera (1964), Barcelona (GrijaC bo) 1979, p. 48, en nota a texto de 1957. do, aún subsistiera cuando ya venían reveIándose disensiones políticas antes que científicas. ¿Qué tiene todo esto que ver con nuestro asunto? iEn qué entra ya Weber con su cuestión religiosa?. En mucho; en todo: de aquíprocede el viraje de un marxismo y de una historiografía, o a la lar - ga incluso de la ciencia social sin más, res - pecto a este preciso punto. Tendrá que verse todo, por supuesto. Repásese la mencionada obra de Thompson y repásese, ,va desde los ep2rafes del índice, en su uso de motivos reli - giosos, sin asomo de ironía (30). Causando su sorpresa, se ha recordado la formación religiosa, antes que marxista, de Thompson como de Hill(31), pero se trata de al - go ,va distinto: de un punto de llegada, que no de partida. Se ha constatado la impor - tancia histórica del factor religioso para los primeros tiempos del capitalismo e inclu - so, como gustara a Weber, para las propias posibilidades de su implantación; Tawney ya no resulta incómodo. Y los acuerdos no se ocultai: véase en particular el capítulo elocuentemente titulado El papel transfor - mador de la Cruz para comprobarse cuan - to decimos (32). Acoge Thompson y amplía el plantea - miento de Weber. Interesan los cambios producidos por el protestantismo en la re - ligión dada sobre todo su eventual virtud inductora del determinado método de vi - da conveniente al capitalismo, y no sólo en el seno de alguna burguesía, sino también, lo que ahora se subraya, en lo que a1 pro - letariado importa: la disciplina laboral ca - racterística de una economía capitalista también pudo en su caso contar con la relizión, debiéndosele así inexcusablemen30. E.P. THOMPSON, La formacldn hlstdrlca de la clase obrera. Inglaterra, 1780 - 1832 (1963). Barce - lona (Laia) 1977. 31. R. SAMUEL, Brlüsh Marxlst Historians, ps. 43 y 54. 32. E.P. THOMPSON, La formación de la clase obrera, 11, ps. 239-306. te atender para la comprensión de su establecimiento histórico, menos espon ti - neo o natural de lo que ya suelepresumirse. Se ha dicho que luego ha ido Thompsoii a un tratamiento más laico del capítulo (33), pero él mismo, debatiendo críticas, se ha reafirmado en lo substancial (34). De - bate ha tenido su obra, mas también en ~iuestro punto su éxito: ilivestigaciones monográficas de presupuestos marxistas sobre la clase obrera pueden integrar pacífica - mente en Inglaterra esta cuestión religio - sa (35). Thompson trata un caso precisamente pionero, a lo que tal vez no sea ajeno el mismo cambio en la religión. Si la implan - tación del capitalismo pudo venir favore - cida por una modificación religiosa que, según el plan teamien to weberiaio, tendie - se a la interiorización de una disciplina so - cial, ~cÓ~o advendná el fenómeno fallando la condición?. Ya precisaría más coacción y otro grado de ruptura social; éstas en el caso inglés no faltan, como expone desde luego Thompson, pero, con mayores difi - cultades para la misma novedad económi - ca, sus intensidades como sus efectos ya diferirán. No es sólo cuestión, o no la es exactamente, de interés económico y po - der político de una iglesia, sino de fuerza de una cultura o del requisito de su trans - formación interna. iEra indiferente la re - ligión?. Siga quedando para nosotros tan sólo la pregunta, pues no es que precisa - mente suela todavía desde Iii perspectiva atenderse. Pero continuemos con Thompson, que 33. R. SAMUEL, Brltlsh Marxlst Hlstorlans, p. 43, refiriéndose a su Tlempo, dlsclpllna de trabajo y capltallsmo lndustrlel(1967). aquien su Tradición, re - vuelta y consclencla de clase. Estudios sobre la crlsls de la socledad prelndustrial, Barcelona (Grjjalbo) 1979, ps. 239-293. 34. E.P. THOMPSON, Epílogo de 1968 a La formacldn de la clase obrera, en 111, ps. 531-562. 35. Asi JOHN FOSTER, Class Struggle and Industrlal Revolutlon. Early Industrial Capitallsm and Thm Engllsh Towns, Londres (Methuen) 1974, ps. 25 - 28, 64 y 214-216.
aún más atiende el tema. No sólo se trata - ría del servicio de una determinada forma de religión a la implantación del capitalis - mo, sino también, complicándose bien las cosas, exactamente de lo contrario: ha de - bido vencer el capitalismo la resistencia re - ligiosa incluso en los casos de dicha modificación previa. " En términos de cla - se era hermafrodita " , esto es, " de explo - tados y explotadores " , la misma religión protestante que más favorable le fuera, lo que se subraya frente al planteamiento me - nos comprensivo de Hobsbawm (36). La religión habría efectivamente concurrido a la primera práctica de unos derechos de manifestación, reunión y asociación entre los trabajadores ingleses (37), con la tras - cendencia que Thompson a ello confiere para la misma aparición histórica de la pro - pia clase obrera. La diferencia con países menos protestantes también podría hacer - se desde luego notar. Y es claro que no estamos ante una teoná de la liberación, aprovechable luego por católicos menos aventajados; nos encontra - mos ante análisis históricos precisos de ca - so que efectivamente abriera camino, con su alcance asímás que singular. Y en aná - lisis concreto sabe también elevarse a ca - tegoría, como la expresivamente híbrida, con sus componentes religiosos como la proscripción de la usura, de economía mo - ral que prestara resistencia de aliento po - pular a la economía propiamente dicha, por constitutivamente " desmoralizada " co - mo dice, que sería la capitalista (38). Y es categoría que supera la prueba de otras 36. E.P. THOMPSON, La tomaclbn de la claae obrera. 11, ps. 247 - 249 y 29 1, y 111, Epflogo de 1968, ps. 535 - 536, sorteando, con espíritu todavia de grupo, el debate al que se le quiso provocar con Hobsbawm. 37. En materia política o constitucional resulta más concreta y mejor asimilada la evoluci6n del propio Hobsbawm: Revdutlon, en ROY PORTER y MIKULAS TEICH (eds.), Revolutlon In Hlstory, Londres (Cambridge University Press) 1986, ps. 5 - 46. 38. E.P. THOMPSON, La economía moral de la multltud en la Inglatemi del siglo XVlll(1971). en Tradlcibn, revuelta y consclencia. ps. 62-134. aplicaciones, llegando a fronteras como la de la historia de Murcia (39). Llega la aportación de ~hbm~son a las fronteras, pero dejando sus vacíos. El mis - mo principal difusor, y no sólo por prólo - gos a las traducciones, de su obra en Es - paña, Josep Fontana, sigue incorruptiblemente manteniendo posiciones marxistas más tradicionales, acentuando el propio maniqueísmo (40). Por sus latitudes tam - poco ha sabido siempre apreciarse este gi - ro del marxismo; quien puede ho,v pasar, con su notable capacidad de construcción histórica, por el máximo exponen te de un materialismo histórico renovado, Perq Anderson (41), se ha constituido en cronista del Mamismo occidental sin abrirle siquie - ra registro de entrada al grupo fundacional de Past and Present, que sólo intere - saría para la historia más doméstica del Marxismo inglés; rectificó, pero tarde pa - ra rendir justicia a obras ajenas y poco pa - ra replantearse la suya propia; respecto a Thompson, con quien ,va había tenido sus enfren tamien tos, es significativo que al fin lo atienda más en su vertien te directamen - te política que en la propiamente científi - ca; respecto a Weber, por quien algún aprecio en campo histórico ha mostrado, más lo es que lo siga tomando por antago - nista en el momento que se entiende de la teoría (42). De Weber a Thompson, con 39. GUY LEMEUNIER. El reino de Murcla en el siglo XVIII: realldad y cwntradlcclones del ccreclmlento, ps. 324-327, en ROBERTO FERNANDEZ (ed.), Es - paña en el siglo XVIII. Homenaje a Pierre Vilar, Barcelona (Grijalbo) 1985. ps. 289 - 34 1. A la luz de su capitulo, a la hontera de Andalucia aún no han Ilegado cosas previas. 40. J. FONTANA, Sobre revoluciones burguesas y autos de te, en Mientras Tanto, 1, 1979. ps. 25 - 32; para la resistencia, el prólogo a Tradlclón, revuelta y consclencla de Thompson; para el acento, el del re - ferido Homenaje a Plerre VIIar, tambidn suyo. 4 1. R.J. HOL TON, Transltlon trom Feudalism to Capltallsm, ps. 91 - 99. 42. P. ANDERSON, Consideraclones sobre el marxlsmo occidental (1 976), Madrid (Siglo XXI) 1979; Arguments wlthin English Marxlsm, Londres (New Tawne,v ,v con Hill, se ha producido más 21 simplemente para otros " cierto tráfico de ideas entre los criterios de derechas y de izquierdas " (43). La historia y la política se relacionan aquí ciertamente; con ello puede ver el mismo aprovechamiento de Weber por parte de Thompson. Según la pista de sus propias expresiones, parece haber pasado por El miedo a la libertad de Erich Fromm, a cu,va lectura presumiblemente más le llevaná su preocupación por el fascismo y por el agravamiento de las formas totalitarias del propio comunismo (44); hay en nues - tro grupo un hilo rojo entre crisis política y revisión historiográfica, con estas media - ciones que al efecto más importan. El ca - pítulo peculiarmente weberiano que de - dica Fromm a la Reforma lo valora Thompson como una acertada amplificación del planteamiento de Weber, colocándose eil la fila (45). Mas los beneficios de una inti - midad de trato entre ciencia ypolítica, el1 lo que no se sigue desde luego a Weber, tampoco resultan regulares o ni siquiera de provecho suficiente. Thompson al menos deja en nuestras mismas cuestiones más dudas pendientes que resueltas. Seguimos ciertamente en la incertidum - bre sobre las diferencias, que debieran ser decisivas, entre la religión de una sociedad Leíi Books and Verso) 1980 (trad. anunciada en Siglo XXI como Teoria, polItIca e hlstorla: un debate con Edward Thompson): Tras las huellas del materialis - mo hlstbrlco (1 983), Madrid (Siglo XXI) 1986, ps. 24 - 25 y 107-108. 43. R. SAMUEL, Historia popular, historia del pueblo, p. 25, en R. SAMUEL (ed.), Historia popular y teoría socialista (1 981), Barcelona (Grijalbo) 1984, PS. 14 - 47. 44. ERlCH FROMM, El miedo a la Ilbertad, Bue - nos Aires (Paidos) 1965, con abundantes reediciones, y Barcelona (Planeta) 1985, con la misma traducción; Thompson utiliza edición de 1960, significativamente tardía; la primera inglesa, como The Fear ot Freedom, es de 1942, precediéndole aún una americana, como Escape trom Freedom, en 1941, datos que debo a Antonio - Enrique Pérez Luño. 45. E.P. THOMPSON, La tormacidn de la clase obrera, 11, p. 249.
22 precapitalista y la de una fase de implan - tación del capitalismo; su mismo concep - to de economía moral ignoramos cómo habría de operar en una sociedad señorial, que le será más propia, cuando sólo se le contempla en su derivación como índice de una resistencia popular a las alturas de la Inglaterra del XVIII; el específico mie - do a la libertad que él corrobora en un pri - mer capitalismo, con su necesidad de un control ya preferentemente interiorizado, tampoco acaba de substanciarse como un requisito de su propio establecimiento; su misma caracterización bifronte, en térmi - nos de clase, de alguna determinada reli - gión resulta elusiva de este tipo de pro - blemas más genérica o estructuralmente sociales. Y no son cuestiones que se hayan realmente dilucidado, o ni siquiera propia - mente debatido, en la polémica provoca - da por Thompson, estorbándolo su misma ulterior afirmación positivista (46). Su respeto, aún a la contra, de una tópi - ca marxista ya le condicionaba; frente a cá - nones como el de supraestructuralidad y dominancia clasista de la religión, mejor se en tiende su propia forma de presentar resultados; ante coordenadas como la de lucha de clases, también se comprenderá su resistencia a entrar en un terreno de es - tructura social en el que, como mínimo, protagonismos de esta clase temporalmen - te ceden. Pero estamos coiisiderando no tanto la problemática srjbstan tiva como el acontecimiento historiográ%co: y la obra de Thompson ya lo es por su mismo giro, sin renegaciones ni autos de fe, en el serio de una historiografía animada por el marxis - mo. Lo es por su tensión metodológica in - terna: Marx y Weber. 46. €.P. THOMPSON, Mlserla dr> la Teorla (1978), Barcelona (Grijalbo) 198 1, sobre cuyo debate: RAFAEL ARACIL y MARI0 GARCIA BONAFE (eds.), Hacla una hlstoria soclallsta, Barcelona (Del Serbal) 1983, con informada introducción, y R. SAMUEL (ed.), Historia popular y teoría sociallsta. ps. 271-317. CONFL UENCIAS Y DISONANCIA La obra serninal de Thompson apareció en 1963, tras cii,va fecha efectivamente se detectan significativos cambios de postu - ra respecto a Weber, comenzándose por nuestra cuestión religiosa y por nuestro grupo de Past and Present. No parece que aquí haya falacia croriológica: 'post hoc, propter hoc " . La misma revisión teórica vendrá en el capítulo a con tiiiiiación de la histórica, lo que ya es de notar. Vedmoslo sin salirnos de este medio historiogrfico y, pues traerá teoría, del sociológico que le está vecino o que ahora precisamente más se le acerca. La misma revista se ha abierto y es ahora plural (47), pero no es sil evolución la que aquíparticularmente nos interesa, como la de su escuela de na - cimiento y la del binomio revoliición y ca - pitalismo en su propio entoriio Tras entradas más ligeras, y advenedi - zas a nuestro menú como Religión, Refor - ma y cambio social de Trevor-Roper (48), llega iin nuevo plato fuerte: La religión y el declive de la magia de Keith Thomas, produciéndose en uiios términos substaiicialmente weberianos pese a su propia me - nor estima de partida de la obra de LYeber; estudio de la decadencia precisamen te de formas religiosas in trínsecamen te indisciplinadas en la Inglaterra de la edad moder - na, despliega su esfuerzo teórico por si - tuarse en el terreno y coiitribuir alprogreso de un aiiálisis social integrado, a cuyo fin sigue el ejemplo de uiia antropología de esta tendencia y esta capacidad transi47. JACOUES LE GOFF, Later Hlstory, en Past and Present, 100, 1983, ps. 14 - 28, lo que ya es moti - vo de celebración junto con la del propio número cen - tenario. 48. H.R. TREVOR-ROPER, Religión, Reforma y cambio social (1967). Barcelona (Argos Vergara) 1985, ya también más light por consistir en una reco - pilación no muy integrada de artículos, alguno ya tra - ducido, como el de La crisls general del siglo XVll en el volumen citado de Trevor Aston, y el más espe - cifico, que presta titulo a la colección, datando de 1963, sin llegar a Thompson. 49. K. THOMAS, Religion and the Decline of Mativas (49). Y no es un esfuerzo aislado; ha podido repetir la obra de Thornas el efecto de la de Thompsoii (50); más decisivameiite, al propósito metodológico, han seguido de Past and Present iniciativas de acercamieiito de la historia a la antropologh para el más preciso abordaje de materias de esta íIidole sir] pérdida o en búsqueda de dicha penetración social (51): aún con todo el tracto de traduccioiies que traemos, ,va piirece esto llegarnos con mayor dificultad (52). Respecto a Wel~er, tampoco era otra substancialmente su propuesta, bien que efectuada con su lenguaje de épooi, cuan - do estaba distante la antropología del es - tado de desenvolvimiento que permite el trazado de la operacióii (53); que iio se le conecte entonces siempre, todavía acrjsu el peso del estereotipo. También a estas alturas, coi] pertrechos como el de la antropologia, podría de Wegic. Studles In Popular Belleves In Slxteenth and Seventeenth - Century England, Londres (Weidenfeld and Nicolson) 1971, con su anticipo metodológico: History and Anthropology, en Past and Present, 24, 1963, ps. 344. 50. Expresivo ahora precisamente C. HILL, el Mundo Trastornado, IX y 6. Reseñó en su momento La clase obrera de Thompson sin interesarse por el asunto religioso: Men as They Llve Their Own History (1963). en su Change and Continuity in Seventeenth - Century England, Londres (Weidenfeld and Nicolson) 1974, ps. 239-247, donde también se re - coge su Protestantism and the Rlse of Capitalism, ps. 81 - 102. 51. JACKGOODY, JOAN THIRSKy E.P. THOMPSON (eds.), Family and lnheritance. Rural Society in Western Europe, 1200-1800, Londres (Cambridge University Press) 1976; E.J. HOBSBAWM y TERENCE RANGER (eds.), The lnventlon of Tradition, Lon - dres (C.U.P.) 1983; JOHN BOSSY (ed.), Disputes and Setllements. Law and Human Relatlons in the West, Londres (C. U.P.) 1983. 52. He aquí un síntoma que en otra ocasión ya he señalado: la colección de los artículos de Thompson. Tradicidn, revuelta y consciencia, lleva el citado sub - título de Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial mientras que su equivalente italiano ostenta el menos tópico y más incisivo de Saggi di antropologla storica. 53. B. CLAVERO, Tantas Personas como Esta - dos. Por una antropología polltlca de la historia europea, Madrid (Tecnos) 1986, ps. 30-34.
ber prescindirse, pero los sociólogos tam - POCO nos dejan, o nos lo impiden al me - nos quienes entre ellos no se resignan a que su tarea se reduzca a una forma ilus - trada de periodismo: necesitan a Weber. Y no se piense que precisan de autorida - des propias para evitar disolverse como ciencia social entre otras de empuje cua - les la historia o la antropología; en nues - tro ámbito anglosajón, se trata de algo de mayor envergadura y que a todas las dis - ciplinas sociales afecta; precisamente de lo contrario: del proyecto de una integración de la ciencia social en el que vendría a ju - gar un papel de primer orden la recupe - ración de nuestro paradigma weberiano. Durante los años setenta. la obra de Anthony Giddens traza los fundamentos, in - cluida su demostración de la mayor cer - canía de Weber respecto a Marx que en - tre éste y el marxismo que se le reclama, especialmente desenvuelta en su Capita - lismo y moderna teoría social (54); obra también traducida, como casi la totalidad de las reseñadas, tampoco parece mucho su efecto entre nosotros, inclusive entre profesionales de quienes ya debe suponerse que manejan originales (55). Sin traduc - ción todavía, a comienzos de los ochenta, Philip Abrams extrae las consecuencias a nuestro objeto, con su postulación de una Sociologia histórica que, superando esté - riles interdisciplinariedades, pierda el res - peto por las mismas disciplinas .v aprenda a conjugarlas en una sola ciencia social. Su rigor de partida ya entraña crítica de la me - jor historia: desde una exigencia tal la mis - ma obra de Edward Thompson aparece 54. A. GIDDENS. El capltallsmo y le moderna teorla soda1 (1971), Barcelona (Labor) 1977. 55. Lo del efecto ya lo afirma, con aplicaci6n in - cluso a símismo, un soci6logo: JOSE ENRIQUE RODRIGUEZ IBAÑEZ, De Gouldner a Glddens: dos momentus renovadores de le teoria soclológlca anglosalona, en Slsteme, 47, 1982, ps. 133-143; respec - to a su mds reciente tratado critico del materialismo hist6ric0, se ha traducido ERlK O. WRIGH T. Glddens sobre Marx (1983), en Zona Ablerte, 31, 1984, ps. 127-168. como efectivamente todavía light (56). Referencia fundamen tal de este proyec - to indeclinablemente resulta nuestra Etica protestante, ya abordando un asunto de mentalidad con la perspectiva precisa de análisis social; de este tipo de integración entre problemática sociológica de alcance e indagación histórica de contraste, asíse trata; de este horizonte de conjugación en - tre la vertiente más subjetiva, o espiritual si se quiere, y la más objetiva, o material entonces, de una única realidad social, aquí se habla. Lo hace la sociología, pero tras la historia: a través de Giddens y de Abrams, el mismo capítulo weberiano de La transición del feudalismo al capitalis - mo de Holton pasa por El poder transfor - mador de la Cruz de Thompson. El mismo pensamiento de la sociología ha venido tras una experiencia de la historia que también era además política. Más cercano a nuestros medios, yapuede encontrarse en Abrams la serie de con - sideraciones sobre la aportación de Weber que nos rendía la exposición de Holton (57). Su misma trinidad de paradigmas puede tener su fuente en Giddens, con una variante desdeñable a nuestros efectos; en Holton la formaban Adam Smith, Marx y Weber; en la Moderna ciencia social de Giddens están éstos últimos, junto a Durkheim (58). Dos resultan a estas alturas tan insustituibles como inseparables. iTerminaremos con aquel desdoblamiento entre más de un Max Weber en compañía de es - te nuevo autor definitivamente único: Mam Weber?. El mismo monoteísmoprecisa un dios compuesto, o al menos con 56. P. ABRAMS, Hlstofy, Soclology, Hlstorlcal Soclology, ps. 5 - 6, en Past and Present, 87, 1980, ps. 3 - 16. y reiterando la crítica, en su volumen apare - cido pdstumo, Historlcal Sociology, Shepton Mallet (Open Books), ps. XI - XII. 57. P. ABRAMS, Hlstorical Sociology, ps. 86-103. 58. Ya se anunciaba en un subtítulo escamotea - do en la traduccidn castellana: An Analysls of the Writlngs of Marx, Durkhelm and Max Weber, de quienes realmente se trata. profeta. iVolvemos al comienzo? iRetornamos, en ajuste de cuentas, también a Braudel?. Algo de bochorno, como historiadores, ya nos provocaría. Algunas de las aportacio - nes consideradas, como las de Abrams y Holton, son posteriores a Civilización ma - terial, economía y capitalismo, de 1979, pero no desde luego otras, como la de Giddens o como, en elpropio terreno de la his - toria, La clase obrera de Thompson, ya casi entonces mayor de edad. A ella ni si - quiera hace referencia Braudel cuando alu - de a hitos del debate beberiano que debieran atenderse, si algún interés guar - dase (59). Y tienen estas obras sus cosas en común, como la forma de tríptico. Las diferencias eran internas; es la de Braudel una excursión alrededor del mundo; la de Thompson, una incursión a las entrañas de una sociedad. iEn qué turismo cabe este viaje?iY de qué lado queda situado el lim - bo?. Si la historia quiere participar en la construcción de una ciencia social, y no fic - ción, ya se sabe lo que precisa: algo que producía alergia a Braudel y, por lo visto, a toda su Escuela de Annales (60). Y la alergia aquí la curan con alegría. De la de sus posiciones conciencia te - nía el propio Braudel: reconoce la posibi - lidad de que " mi lectura (de Weber) no haya sido lo suficientemente atenta " , co - mo también la evidencia de que su apor - tación suele hlsearse: " Allí donde él (Weber) no veía más que una coinciden - cia, un encuentro, se le ha acusado de ha - ber afirmado que el protestantismo es la génesis misma del capitalismo " (61). 59. F. BRAUDEL, Clvlllzacl6n, economía y capitallsmo, 11, p. 496. 60. Compartiéndose por una vez la hipérbole, es de justicia recordar el diagnóstico de J. Fontana, As - censo y decadencia de la Escuela de los " Anales " (1974), en ALBERTO M. PRIETO ARClNlEGA (ed.), Hacia una Nueva Hlstoria, Madrid (Akal) 1976, ps. 109 - 127. 61. F. BRAUDEL, CiviIizacl6n, economía y capi - tallsmo, 11, ps. 495 y 507.
24 Arriesga la contradicción, pero no se co - rrige. Noparece que Weber le merezca la molestia de una lectura, curándose en sa - lud. Ni Weber ni el otro del dúo: tampoco lectura encuentra en su obra Marx, pese a la mayor deferencia de su mismo trato. Ya el propio desprecio a La ética protes - tante, o su descalifjcación como antirnarxisrno de ocasión, era un guiño a la au - diencia; weberismo más bien no hay y en cambio existe un marxismo cu,va enemiga nada conviene y que todavía se cree iden - tificar con tópicos como éste. La historia es light también por razones de marketing; para estas operaciones de comercio, que menos de ciencia, cuenta también la ex - portación a latitudes de cultura tópica mar - xista. Entre el dogmatismo de unos y la ligereza mas aprovechada de otros, hay de - bates que se cierran en falso. Asíde senci - lla, y sólo una, es mi conclusión.