La corteza del quino desde el Perù a Roma y la obra del cardenal De Lugo
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La corteza del quino desde el Perù a Roma y la obra del cardenal De Lugo Leonardo Colapinto Después del descubrimiento de América muchas nuevas alfalfas han sido introducida en las farmacopeas italiana. Uno entre ellas que tuvo mayor fama, debido a los acontecimientos clamorosos que acompañaron su difusión, ha sido la corteza del quino. Desde el Perú la corteza hizo su aparición en Roma en 1632. El jesuita Alonso Messias Vargas (1557-1649) enviado desde aquel lejano país, como procurador para informar el General de la Orden sobre el desarrollo de las misiones, había traído el exótico producto con el intento de presentar la novedad terapéutica en Roma. La corteza del quino pulverizada finamente o desleída en decocciones, sanaba con extraordinaria rapidez las fiebres intermitentes, que hoy llamamos malaricas. La necesidad del remedio se hizo urgente en la mitad del siglo XVII, cuando hubo en toda Europa la mayor recrudescencia de la malaria. El taller de especias de los jesuitas, en el Colegio Romano, que recibía directamente de parte de los religiosos el producto, pudo disponer de la quina para uso publico excepto en el periodo de absoluta falta del mismo. A pesar de la hostilidad de los médicos en Roma empezaba la difusión de la quina, bajo los auspicios de dos personajes, ambos movidos por una grande inspiración al bien: Gabriel Fonseca Archiatra de Innocenzo X y el cardenal Giovanni De Lugo, ilustre teólogo, jesuita, originario de Madrid, que, aunque férvido en el socorro, concedía con iluminada prudencia el polvo de quinaquina solo bajo presentación de certificados médicos. A final del siglo XVII, a pesar de los éxitos, perduraban todavía las hostilidades, Giovanni Maria Lancisi (1654-1720) Archiatra apreciado como el más ilustre especialista de la malaria de su tiempo, añadió nueva fama al remedio y celebró de esto las virtudes con expresiones entusiásticas.