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La poética de la química

López Lloret, Jorge

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t cnocultura 62 Sevilla Técnica, número 36 e LA PÓETICA DE LA QUÍMICA P oética: palabra que proviene del término griego ποίησις, que significa “acción, creación, composición”. El verbo del que procede, ποιέω, puede traducirse como “construir, realizar, crear, sacar a la luz, engendrar”. La poética es una disciplina que trata de la “poiesis”, es decir, de los actos mediante los que creamos algo nuevo. La cultura occidental ha considerado desde los griegos que eso lo hacían especialmente los poetas y los artistas, gracias su imaginación privilegiada. Química: el origen de esta palabra no está resuelto. Al menos procede de “alquimia” y se conecta con el radical egipcio k?me, que significa tierra. Pese a ello, la química se constituyó como ciencia a finales del siglo XVIII en directa oposición a la alquimia. Se definió como el estudio racional y empírico de la materia y sus partes elementales. Como ciencia buscaba la verdad, no la novedad, y no se basaba en la imaginación sino en la razón. El positivismo decimonónico se empeñó con éxito en separar la ciencia del arte, creando una cesura que incluso hoy se mantiene, pudiendo observarse, por ejemplo, en la organización de nuestros estudios de bachillerato y universitarios. Así como el positivismo negó la dimensión imaginativa y creadora de la ciencia, el romanticismo estético en ocasiones negó la existencia de reglas en la creación artística, concebida como el producto irracional y expresivo de una personalidad genial. Sin embargo, las artes siguen metodologías precisas y definidas que proporcionan conocimiento. Toda creación utiliza determinados lenguajes, por lo que la irracionalidad y la carencia de reglas sólo pueden ser relativas. Incluso el poeta más genial tiene que usar un lenguaje, incluso el pintor más subjetivista compone para la visión. También las ciencias tienen la capacidad de provocar en nosotros experiencias perceptivas, formales y emocionales de gran profundidad. La superación de la cesura abierta me permite aproximar la poética y la química como un ejemplo revisionista ilustrativo. Es así que me permito hablar de la poética de la química. La química no es sólo una disciplina científica cuantitativa y precisa. Posee un lenguaje con su semántica y su sintaxis, con sus palabras y su gramática. Todo lenguaje es así: no considera un sistema de reglas que puede decirnos algo objetivo y neutro o ya sabido y tópico, pero también otra cosa. Las reglas establecidas de cualquier lenguaje pueden decir siempre algo nuevo, hermoso y emocionalmente intenso. Eso le ha sucedido a la química a lo largo de su historia. Le sigue sucediendo hoy día, quizás más que nunca. Veamos algunos de los niveles en / Jorge López Lloret. Departamento de Estética de la U.S. 63 Sevilla Técnica, número 36 los que su lenguaje científico se transforma en experiencia estética y antropológica. En el siglo XIX la química, ya establecida, abrió los ojos de los occidentales como nunca antes a la belleza de los colores. No sólo el estudio de los mismos fue tarea de químicos como Chevreul, sino también su producción a través de la industria de los tintes artificiales. Es un tema bien estudiado en libros tan bonitos como el de Philipp Ball (La invención del color. Madrid: Turner, 2003) o el de Simon Garfield (Malva. Historia del color que cambió el mundo. Barcelona: Península, 2001). Éste último describe la manera en la que William Perkin obtuvo por accidente en 1856 el primer color artificialmente producido de venta masiva: el malva. Perkin buscaba obtener quinina sintética a partir de la hulla para tratar la malaria, pero obtuvo, a partir de residuos de sus experimentos, un color que apasionó a la mujer occidental de mediados del siglo XIX. Con esto se inició la carrera de los colorantes artificiales, que son más variados e intensos que los naturales y que hoy podemos producir a voluntad. Desde entonces el mundo fue más cromático y nuestros ojos más felices. Hay además un matiz que no se debe desdeñar: el tinte sintético era más barato de producir y, por lo tanto, también lo era el objeto teñido. Con esto se abrió otra puerta: el mundo no sólo fue más hermoso cromáticamente, sino que el acceso a dicha hermosura fue más fácil. Los placeres de la vista y la posibilidad de dar a los demás una imagen deseada comenzaron a democratizarse. Pronto los laboratorios controlaron el proceso objetivo, por decirlo así, la gramática profunda de la generación de los colores. No fue, con todo, el único enriquecimiento visual que la química aportó al mundo moderno. Junto con el color ayudó a revolucionar y enriquecer el mundo de las formas. Estoy pensando en la producción de materiales sintéticos, especialmente en los plásticos. Se trata de un producto puro de la ciencia química que se remonta a la invención del celuloide por J. W. Hyatt en 1860, que tuvo su hito más importante con el desarrollo de la bakelita a partir de 1909 por L. H. Baekeland y que después de la Segunda Guerra Mundial definió el mundo formal occidental. Con los plásticos los químicos han podido satisfacer casi todo tipo de requisitos materiales y estructurales. También y por lo mismo casi todas las exigencias y caprichos formales. Sobre esto último Charlotte y Peter Fiell escribieron un bonito libro de título sugerente, Plastic Dreams. Synthetic Visions in Design (Londres: Fiell Publishing, 2010), mostrando que todas las posibilidades podían ser agotadas. Con los plásticos la química nos abrió un mundo de colores, formas, texturas, peso, dureza, etc., etc., que carecía de precedentes. No en vano, “plástico” y “plástica” tienen el mismo sentido: el plástico es el material escultural por excelencia, el que nos permite convertir en un espectáculo visual la forma de cualquier mechero, de cualquier teléfono, de cualquier silla de bebé, lo que se nos ocurra. También, por supuesto, a precios muy asequibles, con lo que añadimos un argumento más en el papel democratizador del gusto y la belleza que la química juega en nuestra vida cotidiana. La química en el mundo moderno ha ido más allá del color y la forma en el ámbito de la experiencia estética. De hecho, ha jugado y juega racionalmente con sensaciones indefinibles, evanescentes y evocadoras. Se trata de un ámbito que Luca Turin y Tania Sánchez situaron entre la química y el arte (Perfumes: The A-Z Guide. Londres: Profile Books, 2008). El ser humano ha fabricado perfumes desde muy antiguo de manera artesanal y alquímica. Después de la era napoleónica emergió la perfumería como una industria, precisamente en el momento en el que la química comenzó a ocuparse sistemáticamente de sus fórmulas y componentes. Tanta fue su importancia que hoy la determinación de fragancias es prácticamente competencia exclusiva suya. A lo largo de los dos últimos siglos la diversidad de aromas ha sido grandísima, pudiendo producirse casi cualquier matiz. Este trabajo tan controlado con elementos químicos en diverso estado produce sensaciones aún más intensas que las que hemos tratado antes. Lo hace en dos sentidos, pues proporciona a sus usuarios una imagen deseada y, sobre todo, abre un mundo de evocaciones incontrolables a todos los que disfrutan del olor generado. El ser humano posee una memoria aromática asombrosa, tan grande que cualquier olor tiene la capacidad de transportarnos al pasado como ninguna otra experiencia, haciendo que emerja el tono emocional de las situaciones ya vividas. La profundidad de la subjetividad a la que el olor accede carece de parangón en otras artes. La química, creando con abstractas formulaciones pautas de fragancias, abre las puertas de nuestra esencia más allá de la razón… Valga lo dicho como breve muestra de la relación de la química con la poética en sentido etimológico: creación de algo nuevo y antropológicamente intenso. Lo dicho sabe a poco, pues la química hace eso en muchos otros ámbitos: en la gastronomía, en la elaboración de nuevos tejidos, en la colosal industria farmacéutica, etc. No obstante lo dicho vale como muestra del interés del celebrar en el 2011 el Año Internacional de la Química, reconocimiento de una disciplina cada vez más presente en nuestras vidas cotidianas, cada vez más efectiva, cada vez con mayor hermosura. é