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El novelista Gustavo Adolfo Bécquer

Ferrand Bonilla, Manuel

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EL NOVELISTA GUSTAVO ADOLFO BECQUER ." POR MAN UE L FERRAND Señores : Pid e la costumbre que el académico elec to inicie el discurso de jando constancia expresa de su agra decimiento. Bien me pa rece , porque es norma que si no ex istiera la hubie ra creado , con mu cho gusto y ahora mismo , quien les está hablando. Y ha s ta lam e nto qu e no fuera así para qu e mis palabra s no tuvieran ni remoto resabio de fórmula al uso. De ese modo quedaría más patent e mi gratitud hacia u ste des, que han tenido la atención de llamarme a formar parte de esta R eal Academia. Y es preceptivo que, el qu e se encu e ntr e en situación tan lisonjer a, dedique un recuerdo a quien antes que él oc upara el mismo pue s to . Ta re a para mí, ig ualm e nte grata, porqu e mi predecesor fue don Tomás Castrillo A guado, Arcipreste de la Cat ed ral de Sevilla, esc ritor c ultí s imo y de fibra y donair e. No tuve la s uert e de tra tarl e p ers onalm en te, pero si para el v erd adero conocimiento de la valía de un hombre ba s tan sus obra s, referencias tengo sobradas con la l ec tur a de sus libros y co n el testimonio de los qu e le tra taron; que no podría qu edar me solame nt e c on lo qu e d eduje de sus esc rito s, cua ndo tanto se me habló, y tan elogi osamente, de su afabilidad en el tr ato , de la oportunidad de sus consejos y del ejempl o que co nsti tuyó esa otra obra, aún más valiosa, que fue su vida. Ya han pasado años por mí; los sufici ente s para ir valorando ca da vez m ás en un hombr e su capacidad de com pr ender, serv ir y amar al prójimo, la hombrí a de bi en y la s bu e nas manera s. Admiro al que juega limpio , tal como Dios manda, • Discurso de ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Le tras el 4-XI-1 980. 20 MANUEL FERRAND BONILLA con la memoria abierta a las gratitudes y cerrada a los rencores. Y si a esto se le suma, por privilegiada ventura, la posesión y el ejercicio de la sensibilidad y de la inteligencia, encontramos al ser humano que es síntesis y reflejo de algo que vale más que los muchos conocimientos: encontramos lo que en términos trascend enta les se llama la verdadera sabiduría . Releyendo «Enemigos de Jesús en la Pa sión» he comprendido que su autor, don Tom ás Castrillo A guado, tenía que ser tal como lo recuerdan aqu ellos que cultivaron su amistad: una mente y un corazón abiertos de par en par: un hombre íntegro, en definitiva, comprensivo e intelige nte. Mucho tiempo he dejado pasar, más de lo que aconsejan la gratitud y la cortesía, antes de presentarme ante ustedes con el discurso reglamentario. Y no fue por la mera reda cción de este trabajo, que me ocupó tan só lo lo preciso, sino por mis dudas a la hora de escog er el tema. Bien sé que , en estos casos, suele elaborarse una semblanza o montar una teoría . P ero com o por afición y por oficio tiendo más a la divagación y a la creación literaria que a rigurosas investigaciones, tenía que esco ger una mat eria que se atuviera a la limitación de mis posibilidades. En medio de mis duda s, lo único que tenía bien claro es que, cualquiera que fuese el tema escogido, tendría forzosamente que entrar de lleno en el ámbito de mis predilecciones. Y es el caso que, desde un punto de vista literario, esas predilecciones se llaman la novela y Sevilla. Tan unidas en mí estrechamente que Sevilla está de una manera u otra en cuantas novelas escribí hasta la fecha. Est a conclusión fue punto de partida: podría hablar so br e la novela de un sevillano. No precisamente sobre la mía, de la que prefiero que se sigan ocupando los demás . Ya saben que algunos críticos piensan qu e el autor es el último que se ente ra, opinión que respeto porque me gusta ser respetuoso . Y, por otra parte, no creo prudente atribuirme la función de juez sobre mi propia tarea. No conozco tonto mayor que aquel que esté sa tisfecho de su vida EL NOVELISTA GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER 21 y de sus obras, así que necedad y petul anc ia sería ocuparme de mí mismo. Decidí, por fin, hablar de otro nov e li sta sevillano; y es - cogí a un escrito r ex traordinario de nuestra tierra, que quiso ser novelista, qu e es taba dot ado para e ll o ... y que no escr ibió nin g una novela. Un tema qu e me viene bien porqu e, co mo ven , se presta más al creador que al crítico, al diva gador que al erud ito. P orq ue divagación será y no otra cosa cuanto les diga sob re Gustavo Adolfo Bécque r, el novelist a que quiso ser, que pudo haber s ido . ¿Béc quer novelista? Veremo s, y Dios me g uí e. Este andaluz con ap ellido extranj ero -como los Ma chado, com o Alb er ti, Laffón , Gros so, Picasso y t antos otrosqu e iba para mar ino, p ara pintor, para au tor tea tral y que se ganó la vi da c omo funcion ari o, y algo menos como periodista, murió a los treinta y cuatro años. T reinta y cuatro años son suficientes, por lo general, para d ar la medida de un po e ta, pero po cos para el desa rrollo caba l de un narrador , es p ecia lmen te de un novelista. Con l as excepcio nes conoc ida s, los que cuentan en la historia de la novela com ponen una lista que habla por sí sola de una ne cesar ia madurez; se justifi ca así aquello que dicen que dijo R amó n Mar ía del Valle I nclán, que sa b ía no poco de estos m enes teres, al joven qu e se le presentó con un nove lón bajo el brazo: «Vi va u ste d pr i mero y escr iba d esp ués». Este de las novelas es un género qu e tiene sus propias leyes; muy lib e rale s, por cierto, porque ofrece po sib ilidades múlti pl es y rec ur sos ili mi tados. p ero con normas que hay que saber ca ptar y aca tar aunque no estén escritas con precisión de prec e ptivas. Exige la exposición convincente, verosímil de una trama, re al ista o fa nt ástica, y el man ej o de unos rec ur sos adecuados para most rar un refle jo de la vida , peq u eño universo de persona jes, de ambientes, de pasiones. Todo ello extraído de la observación y de la reflexión, y en definitiva, de ese est upendo se dim e nto qu e ha ido qu e dando en los adentros del escr it or en el transcurso de los años: lo qu e ll ama - ríamo s experiencia si por tal ente nd emos cuan to sigue vivo 22 MANUEL FERRAND BONILLA de nuestras emotividades, lecturas, observaciones y pensamientos. Hace falta el empleo de la memoria y del entendimiento y también una voluntad precisa y encaminada para expresarse debidamente por unos cauces determinados . Voluntad de comunicación, de expresar bella y justamente en el juego de unas situaciones algo de lo que el escritor lleva dentro. Se trata, por consiguiente, de un esfuerzo, complejo, penoso no pocas veces, que requiere del autor unas condiciones específicas. ¿Encontramos todo esto en Bécquer? Mucho tendría de empresa temeraria y hasta ingenua no sólo tratar el tema sino enunciarlo, si no se encauzara, como ya advertí, por los vericuetos de la divagación, menos rigurosa que apasionada. Pero no deja de ser para un escritor sevillano atrayente aventura esta de dejarse llevar por el juego de suposiciones, partiendo de bazas huidizas, con reglas que no tienen otro valor que la aplicación de unos datos ciertos y la consideración caprichosa de lo que pudiera haber ocurrido, si Gustavo Adolfo hubiera traspasado las fronteras de sus treinta y cuatro años. Los datos ciertos son las cualidades narrativas del poeta, el valor testimonial de determinados escritos que él mismo juzga como preparatorios y su expreso y dct~ .. llado deseo de novelar en el futuro. Efectivamente, por varios de sus escrito s sabemos que Bécquer esperaba el momento oportuno, tal vez el sosiego, el tiempo necesario libre de azarosas servidumbres, para escribir unas novelas. Al comienzo de su ley en da «Las tres fechas» ya no s habla de sus novelas presentidas: «Con su recuerdo me he entretenido en formar, en alguna noche de insomnio, una novela más o menos sentimental o sombría». Pero por si este párrafo resultara equívoco alejado del contexto, apresurémonos a recordar que en renglones después nos aclara: «No es esto lo que quiero hacer ahora». Aunque suene impertinente la advertencia, diré que Bécquer distinguía claramente entre novela y leyenda, y de haber querido novelar le hubiera dado, lógicamente otras dimensiones, y por supuesto otro tratamiento. Leía constantemente; era censor de novelas, no de otra cosa. En la narración «La fe salva», coloca como subtítulo EL NOVELISTA GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER «Apuntes para una novela»; y algunos ejemplos más les traería a la memoria si no fuera mejor ir de una vez y por dere - c ho a lo que dejara escrito de su puño y letra en el documento publicado por Vice nte Huidobro: Allí están los proyectos l iterarios del poeta en los que la novela ocupa un lugar, clasificada en subgéneros muy personales y cada una con un título. Recordemos: Hay tres que califica de novelas con pretensiones: «Vivir o no vivir», que dicho sea de paso es título soberbio; «Quince días de trueno», y «La máscara de oro». Corresponderían a tres ambientes distintos, perfectamente determinados a los que el poeta llama social alto, social medio y social b.ajo. Las tres serían voluminosas y lo puntualiza con la palabra gr and es. Les siguen otras tres catalogadas como artísticas: «Vicencio» (el poeta precisa : emocional), «El monedero falso» y «Herrera». De estas dos, una sería pictórica y poética la otra, según puntu aliza Gustavo Adolfo. Y aún tenía en proyecto, como es bi en sabido, siete más dentro de lo que curiosamente llama estudios en forma de novela, donde aparecen inscritas «Luz y niebla», que subtitula estudio de los fenómenos polares; «La Diana India» (estudio de América), «La amante del sol» (estudio griego), «La bayadera» (estudio indio), «Crepúsculo» (aquí vacila el poeta y se pregunta si sería un sentimiento de empeño) y, por fin, dos novelas netamente históricas situadas en la Edad Media: «Las dos copas» y «La conquista de Sevilla». La relación es importante y se presta a un ejercicio de conjeturas ciertamente atractivo . Y, también a un análisis de conceptos en el que salieran a la luz, por la confrontación con los términos hoy usuales entre los estudiosos de la novela, qu é pudieran tener de visión anticipada de las teorías modernas acerca del género, los proyectos becq ueri anos. Me ocupo sólo de las co njeturas. La relación que cito referente a soñadas novelas, ya lo saben usted es, es mucho más extensa; incluye poesía, leyendas, caprichos, piezas teatrales, ensayos críticos y filosóficos y hasta colecciones o temas sueltos, suntuosamente editados, de obras propias y ajenas . Todo un sueño que no vio la realidad. Pero lo que queda claro es que Bécquer quiso , entre otras cosas, escribir nove- 24 MANUEL FERRAND BONILLA las y que en un momento dado retuvo unos temas posibles y los fijó con títulos para que no se les fueran de la memoria, con la ilusión de convertirlos en libro. ¿Todos? Y ¿así? La lista es demasiado precisa y, por paradoja, tan vaga, que no puede ser tomada totalmente en serio, ni probablemente por el propio autor, así que pasaran uno s años. Pienso más bien que el poeta dejó volar su imaginación como tantas veces ocurre a cualquier escritor a la hora de trazar planes de trabajo. Aún a sabiendas de que no lle gará a realizar cuanto se propone; consciente de que la lista, en su provisionalidad, tiene una validez tan relativa que, a la hora de la verdad, nuevos temas más acuciantes, más acordes con el estado de espíritu del escritor o del siempre cambiante espíritu de la época , habrían de salta a la realidad tangible de la obra hecha; que los títulos, generalmente, se piensan y se vuelven a pensar, se varían, y que una novela no siempre -a veces casi nuncatranscurre como se imaginó en un principio, porque es verdad que los personajes cobran vida propia y las situaciones originan a cada paso problemas y soluciones inesperadas; aún así, el escritor se anima en un momento dado trazando por escrito proyectos literarios como el que nos ocupa . P ero no se olvide: ese momento dado se si túa entre 1861 y 1862, cuando el poeta tiene sclamente veinticinco, todo lo más veintiséis años. ¿ Ima g inan a Bécquer escribiendo esas novelas que llama grandes? En verdad nos faltan asideros. El mismo dijo: «Un libro mío no puede ser muy largo.» Y, sin embargo, en ese ejercicio de suposiciones nada se opone a que los hubiera escrito; creo que el proyecto pudiera haber sido llevado a cabo, y seguramente, con maestría . He dicho el proyecto; quiero decir el de escribir novelas, pero no las que anota como posibles, al menos en su mayor parte. Trataré de explicar el porqué de mi suposición, aunque corra el riesgo de que se crea en mí la pretensión de qu erer saber más de B écque r que Bécquer mismo. De paso diré que dejo de lado lo que pudiera ser materia de un estudio interesante, sin duda, en manos de un especialista. Porque aún suponiendo como probable que la lista es EL NOVE LIST A GUS TA VO ADOLFO BÉCQUER 25 de aquello que a Bécqu er le gus tar ía y no de lo que esperaba llev ar a ca bo, ofrece unos dato s n ada d es deñables sobre su personalidad, su cultura y sus aficiones. Hete aquí que el autor de las Rima s, confortablemente encasillado para meneste r es didá cticos, anda preocupado por la H istoria y por las r emotas ge ografía s, por los mitos y costumbres de pueblos primitivos, por los avances de la s ciencias, por los tesoros artísticos y por los descubrimiento s de la A rq ueología. Una múltiple y valiosa curiosidad sobre la que he de in sist ir porque contribuye a su capacidad potencial de novelis ta . Me voy a detener en un a sola de las nove las so ñadas. La t en ta ci ón es demasiado fuert e, porque me re fiero a la qu e trataría so br e la Conquista de Sevilla. Terna sabroso para un escr itor de esta tierra, aunque no cultive la novela histórica. Im ag in emos: Se no s vienen a las mientes paisajes ribere ños y de los alcores; campamentos a un lado y otro del río ancho y fuer te , enclava dos junto a huertos con albercas, ace quias entre naranjo s, agua sonora y límpi da para la tierra roja y perfumada. Corr erías y travesura s, que las hubo; encue ntro, al fin, del cast ellano deslumbrad o con la ciudad y, cómo no. que de novela se trata, ante los ojos, el talle y la donosura de la doncella mora. La fantasía del autor templada por aficiones arqueológicas, descubri e ndo una Sevilla do nde se mezcla lo r ecor dado con lo que se adivina: fachadas de cal, blancor exac to p ara trasparencias de sombras del ciprés, del gra nad o y del cidro, teñido de anaranjado s y de carm in es en los largos atardeceres. Sombra s de ca lle ju elas, oquedades que son estímulos para el la nc e bravo y para lo misterioso en ven ta nuca s y puert as entornadas. Gloria de brillos enmarca da en setos de arrayanes, espe jo móvil y blando para Ja palmera, para la torr e grácil y altiva que se remonta al cielo. Buen escenario, ¿cuál mejor?, para mover unos personaj es en la intriga inadivinable: lo oriental, de moda desde el Rom ant icismo, con raíces propias ahincadas en los romances fronterizos, y el amor a la ciudad del sevillano ausent e, harían lo demás, por descontado. 26 MANUEL FERRAND BONILLA Una novela s obre la Conquista de Sevilla ... Qué lástima que no llegara a escribirla Gustavo Adolfo Bé cq uer. Con ser uno de los momentos capitales de la Historia de España, y tan rico en episodios por aña didura, la Conquista de la Ciudad por el Santo Rey está literariamente cas i inédita. Esa novela hubiera sido, por lo menos, una curiosa aportación, quién sabe si pródiga en consecuencias. Ya es curios o, permítanme la insistencia y lo que pueda es te punto tener de disgresión, que el hecho histórico de la conquista de la capital de un Reino, siendo adem ás ciudad de gran r enombre, no tenga un lu gar más amplio en nuestras l etras y apenas aparezca en nuest ro riquísimo Romancero . Buscando explicación prov i sional y satisfactoria, cabe suponer que la ciudad recién conq ui stada produjo en los guerreros castellanos y leon eses mayor pasmo y ganas de di sfrute que suger encias literari as. ¿Imaginan el arribo de aquellos campamentales, que traían en el recuerdo sus ciudades y aldeas de la Cantabria lejana, de la austera meseta, campos de pan llevar o asolados por talas de ra zzias, caseríos sobre piedra y tierra parda? Ante ellos, una de las ci ud ades más brillantes y risueñas de Occidente, que además de su riqueza y hermosura ofrecía el encanto ya probad o en Córdoba, de lo oriental en su trazado, en sus verjel es, en sus to rres, mez - quitas y alcázares. El rostro dionisíaco de Sevilla h ace qu e los poetas cristianos, a partir de e nton ces y, s obr e todo, los que al cabo de los años forjaron verso a verso la colección del Romancero, ced i eran ante lo marav ill oso y placentero con olvido de las gestas; y dieran más imp ortancia a la ciudad en sí que a su c onqui sta tan rica en pintor esco anecdotario. Echamo s de menos l os romances de Tentudía, de Va lm e, de las hazañas de Gallinato y de Alonso Tello, de Garci Pér ez de Vargas el muy famoso, del bueno de don Remondo, del cast illo de Alcalá y del pobre Abu-el-Ha ssan , Axataf en los cronicones, el que tuvo por hi stórico destino la pesadumbre de entregar las llaves. Pero a cambio de est o Ja ciudad es idealizada y se poetiza por lo alto con su celebridad y con la afortunada eufonía de su nombre. Surgirá entre los cr istianos el culto a la ciudad cautiva dor a que más de un siglo después será pro- EL NOVELISTA G US TAVO ADOLFO B~CQUER 27 clamada por un bardo itinerante lynda sin comparación; y se identificará con gentil heroina de romances: La linda Infanta Sevilla, musulmana con Calaínos, mora conversa con aquel Valdovinos, sobrino carnal del Marqués de Mantua, cristiana cau tiva en el romance que empieza: «Sevilla está en una torre la más alta de Toledo»: Y por este camino ll ega el nombre de la ciudad al libro de caballería y allí es nada menos que Emperatriz, buena dueña, cortés y enseñada e de maravillosa beldat; y esposa, porque no le encontró el autor mejor marido, del Emperante Don Carlos el Mayne. Ya se sabe que el nombre de Sevilla en el rom ancero viene de una adaptación del de Sybila, la reina de Jerusal¿n , ma dr e de Balduíno, y que nos llegó a través de su transfiguración literaria en el ciclo carolingio. Pero lo importante es que el nombre hiciera fortuna por su propia belleza y por recordar a la ciudad cautivadora, la más cantada de España. La Conquista de Sevilla... ¿Cómo pudiéramos imaginar qué novela hubiera escrito Bécquer sobre este tema ni sobre otro? Pero volvamos al princ1p10. El poeta muno Joven, ya h em os recordado que a los treinta y cuatro años. En 1870. Toda su obra p er tenece, como se ha dicho, a una creación juvenil. Be njamín Jarnés señaló con acierto que a Bécquer hay que juzgarle frremediablemente «por sus primeros ensayos líricos, por sus primeras leyendas, por todo eso que Goethe arranca de su labor a los ochenta años. O lo contempla desdeñosamente». Est e punto de partida es obligado para no incurrir en error de perspectiva. La prosa becqueriana que más se conoce, que más se retiene en la memoria y que arranca elogios de los estudiosos es la del creador del poema en prosa. Pero el hechizo p erd urable de sus ley endas, con su prosa tan admirad3,