scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados

Cirillo, Stefano; Capecci, Valentina; Moral, Gonzalo del; Garrido, Miguel

Abstract

El autor analiza algunos casos clínicos para reflexionar sobre diferentes resultados que la experiencia del abuso sexual sufrido en la infancia puede tener en la influencia del desarrollo de un sujeto de sexo masculino. Se proponen tres distintas posibilidades que se pueden detectar en la población clínica. La clásica trasformación de víctima a agresor, la persistencia, por el contrario, en la posición de víctima y aquella del espectador relativa a los hermanos varones de víctimas de sexo femenino. Los recursos ofrecidos por el modelo de apego (ofrecido por el progenitor protector, y también por el mismo abusador) en relación a la dimensión del miedo suscitado por el evento traumático juegan un papel determinante en la dirección que puede tomar la evolución del niño abusado.

Full text

Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. 289 S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Dirección del autor: Escuela de Psicoterapia “Mara Selvini Palazzoli”. Viale Vittorio Veneto, 12, 20134 Milán (Italia). Correo electrónico: [email protected] Este artículo es la traducción el titulado “Il bambino abusato diventa adulto”, publicado en el número 91 de la revista Terapia Familiare (noviembre de 2009, páginas 161-182). Traducción de Valentina Capecci, Gonzalo del Moral y Miguel Garrido. Recibido: septiembre 2009. Aceptado: septiembre 2009. Apuntes de Psicología Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. Universidad de Cádiz, Universidad de Huelva y ISSN 0213-3334 Universidad de Sevilla El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Stefano CIRILLO Escuela de Psicoterapia “Mara Selvini Palazzoli”, Milán Resumen El autor analiza algunos casos clínicos para reflexionar sobre diferentes resultados que la experiencia del abuso sexual sufrido en la infancia puede tener en la influencia del desarrollo de un sujeto de sexo masculino. Se proponen tres distintas posibilidades que se pueden detectar en la población clínica. La clásica trasformación de víctima a agresor, la persistencia, por el contrario, en la posición de víctima y aquella del espectador relativa a los hermanos varones de víctimas de sexo femenino. Los recursos ofrecidos por el modelo de apego (ofrecido por el progenitor protector, y también por el mismo abusador) en relación a la dimensión del miedo suscitado por el evento traumático juegan un papel determinante en la dirección que puede tomar la evolución del niño abusado. Palabras clave: abuso sexual, efectos del abuso, víctima de sexo masculino, repetición de la violencia, inhibición de la agresividad, consecuencias sobre los hermanos de la víctima. Abstracct The author analyzes some cases clinicians to reflect on different results than the experience of the sexual abuse suffered in childhood can have on the influence of development of a male subject. Proposed three different possibilities that are they can detect in the clinical population. The classical transformation of victim to aggressor, the persistence, on the contrary, in the position of victim and one the relative to the victims of female male brothers spectator. The resources offered by the attachment (offered by the parent) model (guard, and also by the same abuser) in relation to the dimension of the fear aroused by the traumatic event play a decisive role in the address that can take the evolution of the abused child. Key words: Sexual abuse, Abuse, Effects victim male, Repetition of violence, Aggression, Inhibition impact on the brothers of the victim. 290 Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Las experiencias infantiles desfavorables Numerosos estudios ya han demostrado que las experiencias infantiles desfavorables (EID; en inglés ACE: Adverse Childhood Experiences) tienen efectos negativos a largo plazo, dejando huellas significativas no sólo en el plano psíquico, sino también sobre la salud física del adulto (Bonner, 2006; Malacrea, 2007). Entre las experiencias estudiadas (por ejemplo, pobreza, catástrofes naturales, guerras, pérdida de uno o ambos padres por muerte, abandono de la familia, encarcelamiento; grave enfermedad física o psíquica, o tóxicodependencia de los mismos, entre otros) no hay duda que el maltrato, físico y/o psicológico, las faltas graves de cuidado y el abuso sexual representan algunas de las condiciones más perjudiciales. El conocimiento aceptado de esta relación entre trauma en la infancia y sufrimiento en la edad adulta permite que a menudo los operadores que trabajan con niños gravemente traumatizados se pregunten sobre cuál será su destino una vez que se conviertan en adultos, interrogándose si sus esfuerzos reparativos lograrán prevenir estructuraciones de personalidad más o menos seriamente comprometidas. Partiendo de mi experiencia como clínico, me propongo ofrecer un abanico de situaciones terapéuticas que, sobre la base de algunas redundancias de tipo cualitativo, puedan constituir puntos de partida para encontrar una respuesta a esta pregunta. Para no dispersarme excesivamente, me centraré en un solo tipo de maltrato, el abuso sexual, que es comúnmente considerado el más extremo y, por tanto, el más devastador para el desarrollo de los menores víctimas. Además, para focalizar una casuística relativamente homogénea, he decidido exponer sólo situaciones de víctimas de sexo masculino: se trata de una casuística relativamente poco conocida, ya sea por la probable menor difusión de esta agresión hacia el género masculino, o bien probablemente por una mayor resistencia de los hombres a revelarla. El efecto del abuso sobre las víctimas en función del género En el número especial de la revista Terapia Familiare, titulado “L’infanzia negata” (La infancia negada, nº 46, correspondiente a 1994) fue publicado un artículo de Green referente a este tema, en el que hace un elenco de las consecuencias del abuso sexual e informa, sin comentarlo, de un estudio que atribuye la incidencia más elevada de personalidad borderline entre las mujeres a una violencia sexual más generalizada hacia ellas (Herman y Van der Kolk, 1987). También Benjamin (1993), en su trabajo sobre trastornos de personalidad, afirma textualmente: “La personalidad borderline es mucho más frecuente entre las mujeres, quizás porque más a menudo son víctimas de abuso incestuoso. Por este motivo, uso los pronombres femeninos en este capítulo para referirme a la BPD (Borderline Personality Disorder). De todos modos, también los chicos pueden sufrir abusos incestuosos.” (pág.145). Siguiendo a Green (1994), tras identificar una serie de graves secuelas del abuso sexual infantil (ansiedad, depresión, bajo nivel de autoestima y comportamientos suicidas, abuso de drogas, disfunciones sexuales, vulnerabilidad de las víctimas de sexo femenino a sufrir nuevos episodios de violencia en la vida adulta), recuerda que un número menor pero significativo de ellos se convertirá en autor Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. 291 S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados de acoso sexual a niños. Y concluye: “Parece existir un vínculo fuerte entre la violencia sexual infantil y el posterior comportamiento violento en los hombres” (pág. 27). Sobre este tema, Benjamin formula a su vez una cuestión implícita (y desarmante): “no sé por qué los individuos a veces mantienen el mismo rol [de víctima] de la infancia... y a veces lo cambian para identificarse con el agresor” (1999, pág. 143). Los diversos destinos de chicos abusados Después de haber trabajado con un cierto número (aunque limitado) de pacientes adultos con los cuales he podido analizar la vivencia de tal evento traumático, me ha parecido interesante intentar comparar sus trayectorias de vida, aún sabiendo que sus historias, a pesar de que se hayan desviado en su curso natural por tal acontecimiento trágico, se han construido a partir de la intersección de mil factores que no podremos abarcar jamás sino de forma extremamente simplificada: ni tampoco queremos cuestionar la presencia de la libertad humana, que puede imprimir giros e interrupciones a caminos que parecen ya prefijados. Espero que estas reflexiones puedan proporcionar alguna indicación operativa que consuele un poco a quien hoy en día se debate en la angustia de cómo evitar que un drama de este tipo pueda destruir la vida de un hijo propio o de un niño del que se hace cargo profesionalmente. Una joven pareja, hijos de amigos míos, solicitan con urgencia una entrevista: acaban de descubrir que su hijo de cuatro años ha sido repetidamente objeto de abuso sexual por parte del bedel de la guardería privada a la que asistía. Los dos padres se encuentran comprensiblemente angustiados: ¿Por qué el hijo ha tardado tanto en revelarles tal cuestión? ¿Tenía miedo? ¿No se ha fiado de ellos? ¿En qué han fallado? ¿Cómo es posible que su preparación (ambos son profesores) no haya sido suficiente para evitar que permanecieran ciegos a las señales de malestar del pequeño? Y sobretodo, ¿Qué sucederá ahora? ¿Le han arruinado la vida para siempre? ¿Qué pueden hacer ellos para ayudarlo? Factores que influyen en las consecuencias del abuso Para iluminar una materia tan dura y misteriosa, que incluso nos obliga a echar un vistazo al futuro, la clínica nos proporciona escasas indicaciones y además alejadas de la fuerza de un silogismo (“partiendo de estas premisas, la consecuencia es que...”). Se puede, de todos modos, hacer un elenco de algunos factores que, si bien no guardan una relación directa, sí influyen en el resultado del abuso (véase la Declaración consensuada en temas de abuso sexual a la infancia, ratificada por la Coordinadora Italiana de Servicios contra el Maltrato y el Abuso a la InfanciaCISMAIvéase el apéndice de la obra de Malacrea y Lorenzini, 2002): 1. La relación con el abusador. Mientras más estrecho y significativo sea el vínculo que mantiene con la víctima, más doloroso debería ser el trauma. 2. La edad de la víctima. A mayor precocidad del trauma, más destructivo puede llegar a ser. Pero también, a mayor plasticidad psíquica, mayor es la probabilidad de que la herida pueda cicatrizar. 3. Las modalidades con las que el abuso ha sido llevado a cabo. Cuanto más invasivo haya sido, más dañino puede llegar a ser. Pero también, cuanto más oscuro y enmascarado haya sido, más difícil será para la víctima decodificarlo como un abuso. 292 Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados 4. La duración. Una mayor duración del trauma en el tiempo, se relaciona con peores consecuencias. Pero también, un único gesto aislado puede conllevar consecuencias dramáticas. 5. Las reacciones de la víctima. Es un factor importantísimo, en el que las personas sin experiencia piensan en raras ocasiones: mientras más capacidad haya tenido la víctima para defenderse, para poner fin al abuso, para pedir ayuda, para denunciar precozmente, menos intensos e invasivos serán los sentimientos de culpa. 6. Los factores de protección intra y extrafamiliares (Di Blasio, 2005), cuyo complejo cruce se suma a la dotación de recursos individuales para configurar el fenómeno que se ha dado en llamar resiliencia (Cyrulnik, 1999). Cuando trabajamos en psicoterapia con alguno de estos pacientes, todos estos factores se agolpan en el ánimo de la persona, que se formula (¡y nos formula!) sin parar las mismas preguntas: ¿Por qué yo? ¿Qué tengo yo malo y equivocado que ha hecho que el abusador me haya elegido justo a mí? (Malacrea, 1998). ¿Por qué no me he defendido? ¿Por qué no he hablado antes? La autodescalificación, en el sentido de la propia desvalorización, es el primer enemigo de estos pacientes, y por tanto, el primer obstáculo que encuentra la terapia. Escuchemos lo que dice Anna, una mujer excepcional, de la que he aprendido mucho, y cuya terrible experiencia he contado en el libro Malos padres (en prensa). Los hijos de Anna le han sido alejados porque no ha protegido eficazmente a su hija mayor tras descubrir un abuso por parte de un vecino del mismo bloque, por lo que el hecho se ha repetido de nuevo. Cuando la mujer encuentra a la trabajadora social, está furiosa por esta medida que tacha de injusta: “¿Por qué el juez ha intervenido si sólo ha sucedido en dos ocasiones? ¡A mí me ha pasado una vida entera, cuando era pequeña! Mi padre, mi abuelo, un vecino,... ¡Siempre a mí, a mis hermanas nunca! ¡Me pregunto por qué! ¿Qué tenía yo que no funcionaba? De pequeña, ¡incluso los perros lo intentaban!” Si pasamos de indagar la vivencia intrapsíquica de la víctima a sondear su percepción de las relaciones significativas, nos daremos cuenta que al revisar las modalidades de las revelaciones del abuso por parte de la víctima, sean parciales o completas, sean o no eficaces, escuchadas o ignoradas, o al contrario, su incapacidad para hablar de ello, nos conducirá directamente al corazón de las relaciones familiares, cuyo funcionamiento hace que el niño hable o se calle, casi como si el abuso fuera revelador de la calidad de los vínculos en los que el pequeño está inmerso. Cuando Anna tiene doce años, se dirige a su madre, con el fin de protegerse a sí misma y a la joven tía que es discapacitada psíquica, de los abusos del padre y del abuelo materno que vive con ellos. Los abusos comenzaron hace tres años. La madre contesta: “¡Sabes cómo son los hombres! Tenéis que aprender a estar lejos de ellos”. Y no hace nada. Más adelante Anna huye. La policía ferroviaria la encuentra a 600 km. de distancia. La chica cuenta que su padre y su abuelo la han molestado. La acompañan a casa: “Verás que tu madre lo arreglará todo.”. Sin embargo, nada cambia. Primera posibilidad o situación: de víctima a agresor La atroz experiencia de Anna, que no fue defendida y por eso hoy es incapaz de defender eficazmente a su hija, nos lleva a Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. 293 S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados un tema crucial, como hemos dicho, en el tratamiento de los hombres abusados en la infancia: la repetición del abuso. Esta terrible posibilidad, ha sido tan frecuentemente citada en la literatura científica (De Zulueta, 1993), y tan ampliamente divulgada, que ha llegado a representar una preocupación no menor en las víctimas que cuando son adultas nos piden ayuda. De hecho hoy en día ya no es excepcional como hace tiempo que una persona, más a menudo mujeres pero también hombres, llegue a la consulta con la demanda explícita de elaborar una historia de abuso infantil, que cree relacionada con sus actuales dificultades, frecuentemente en el área sexual (escasa respuesta sexual o, al contrario, tendencia a la promiscuidad, trastornos de la identidad de género,…), aunque es más común que la historia de un abuso sufrido en la infancia surja durante un tratamiento empezado por un problema o una patología específicas, frecuentemente un trastorno borderline de personalidad, con todo su conjunto de conductas autolesivas y de dependencia del alcohol o sustancias estupefacientes. (Entre los residentes de las comunidades terapéuticas para drogodependientes, la presencia en la anamnesis de una experiencia de abuso sexual es muy frecuente en las mujeres, y tampoco es rara entre los hombres). Estos pacientes, ya sean padres, o estén pensando en la posibilidad de serlos, con cierta regularidad preguntan: “¿Es verdad que existe el riesgo de que yo también pueda abusar de mi hijo? ¡Entonces prefiero dejar de vivir!”. Para introducirnos en el mundo de los hombres abusados en la infancia, empezaré con la historia de un caso que no he conocido personalmente, pero que he seguido a través de la supervisión a un servicio especializado sobre el maltrato, caso que presenta de manera muy clara las problemáticas que tenemos que afrontar. Gianni, de 30 años, se dirige al Tribunal de Menores de París para recuperar el derecho de visita de su hijo Enrico, de 7 años, que vive en esa ciudad con la madre, la nueva pareja de ella, paquistaní, y el niño de 1 año de la pareja. Enrico presenta un grave retraso en el desarrollo y pasa el día en un colegio especial. Gianni cree que su ex mujer y sobre todo su pareja (que según él es muy severo como todos los musulmanes) no cuidan del niño como es debido. Quisiera poderle tener consigo durante algunos periodos en la ciudad de la región de Emilia (zona del centro-norte de Italia) donde vive con su segunda joven mujer, embarazada, o, como alternativa secundaria, hacerle pasar las vacaciones de verano en Sicilia con la abuela (la madre de Gianni), que cuidó de él en sus primeros años de vida. La medida de suspensión de las visitas del padre a Enrico fue debido a que su ex mujer mencionó que cuando dejó a Gianni mudándose de Sicilia a París, fue porque no confiaba en él ya que tenía un antecedente penal: con 20 años había sido arrestado y condenado por abuso sexual sobre un niño de 6 años. En respuesta a la petición de Gianni de poder ver al hijo, el Tribunal encarga una investigación al Servicio Tutelar de Menores de su lugar de residencia. Interrogado por los trabajadores del Servicio en relación al abuso cometido, Gianni lo reconoce, aunque minimiza la importancia de su acción; decía que fue hacia un niño tunecino, abandonado a si mismo, que frecuentaba la obra donde él trabajaba. En una entrevista posterior contará, con mucho malestar, haber sufrido la misma experiencia a la misma edad y en circunstancias idénticas. Llama mucho la atención en esta historia la escisión entre la idealización que el hombre manifiesta de sí como padre (soy mejor que mi ex mujer y su pareja en la forma de 294 Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados afrontar el cuidado de un hijo difícil) y la banalización del sufrimiento provocado a un niño casi de la misma edad que el suyo. Veamos el desarrollo de este mecanismo de escisión en los dos siguientes casos, de pacientes que encontré en el Centro para el niño maltratado de Milán (CbM), ambos son padres maltratadores y violentos derivados por el Tribunal de Menores después del alejamiento de los hijos, en ambos casos tanto los hijos como sus respectivas madres fueron ingresados en una casa de acogida. Se trata de dos hombres (cuyas historias, como la de Anna, se pueden encontrar detalladamente en mi libro Malos padres que han recorrido la trayectoria de víctima a agresor. Antonio es investigado penalmente por dos gravísimos episodios de maltrato físico hacía su hijo recién nacido, Loris, que con pocos días de vida sufre una fractura de cráneo y, después de algunos días tras volver a casa después de un largo ingreso en el hospital junto a su jovencísima madre (el padre también tiene poco más de 20 años), la fractura de una tibia. El joven, asustado por la idea de ser condenado y encarcelado, niega con fuerza haber sido el autor de las conductas violentas (reconducidas de manera fantasiosa a una primita que entraría en la cuna con botas), y termina por atribuirlas a su problema de sonambulismo. Le pregunto entonces por qué no se ha tratado nunca el sonambulismo, descubriendo que el joven sufre durante las horas diurnas de pérdidas de conciencia, que empezaron durante el servicio civil, que Antonio hizo como “acompañante” en el autobús que llevaba a los niños a la guardería municipal: cuenta que en aquel periodo cuando devolvía a los pequeños a las madres a veces tenía que reprocharlas si eran bruscas o maleducadas con los hijos, pero le contestaban que se metiese en sus asuntos (“¡que sabes tú con 18 años de niños!”). Además, con gran pena, tenía que darse cuanta que no todos los niños respondían a su cariño, incluso algunos estaban asustados: cuando llegaba a casa se miraba al espejo para entender qué había en él que provocaba temor. Allí empezarían sus desmayos, que podrían hacer pensar, en una persona gravemente trastornada y que sufre como evidentemente le pasa a Antonio, de un trastorno por estrés post-traumático. El joven es el último de los once hijos de una familia multiproblemática, en la que dos hermanitos fueron dados en adopción con la intervención de los servicios, y otro “cedido” a familiares y nunca más visto. Tras el shock debido a la pérdida de los hijos adoptados, la madre de Antonio, campesina analfabeta, se reúne en el norte de Italia con el marido, él también analfabeto, donde nacerá el último hijo. Las carencias y la falta de cuidado que Antonio sufre en la infancia, criado por el hermano y la hermana mayor, en su historia están escondidas bajo el velo de la idealización. Sólo tras mucho esfuerzo mencionará que desde el inicio de la escuela primaria comenzó a vagabundear por el pueblo en vez de ir a la escuela, y se benefició de una especie de acogimiento espontáneo por parte de la mujer del alcalde del pueblo, que le ayudaba a hacer los deberes, le daba de merendar y le enseñaba a no usar palabrotas. A los once años, como le ocurrió hace años a dos de sus hermanos mayores, es retirado por parte de los Servicios Sociales y lo llevan a una institución (“pero sólo para hacerme estudiar, no porque hubiera problemas en casa”). Aquí, cuenta Antonio con gran dificultad y vergüenza, que fue sometido a repetidos abusos por parte de un sacerdote. Los favores sexuales eran extorsionados, tanto a Antonio como al resto de chicos, con extrema violencia, hasta que las víctimas lograron rebelarse dirigiéndose al director del Centro, y el abusador fue despedido (pero no denunciado). Antonio nunca antes había hablado de estos abusos (“si no mi padre habría hecho una locura”), sólo a su mujer y por alusiones. Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. 295 S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Tras casarse muy joven, Antonio deseaba ardientemente un hijo, para rescatar una genealogía de padres incapaces de desarrollar su propio rol: su padre porque emigró, y el abuelo paterno por su temprana muerte, cuando su hijo tenía tan solo cuatro años. Ahora que finalmente el chico reconoce el maltrato cometido a un niño tan deseado, lo explicará así: “Yo lo quiero mucho, a Loris, muchísimo, y quería a toda costa ser un buen padre, pero él no me lo permitía, ¡porque no me reconocía! Recién nacido, cuando lloraba yo lo cogía en brazos para calmarlo, pero él nada, lloraba aún más fuerte. Con mi mujer, sin embargo, se calmaba sin problemas. Y yo me ponía muy nervioso....y entonces, quizás...lo he dejado caer” “o quizás -digo yolo ha tirado al suelo...” Y Antonio no lo niega. En este momento se trata de ayudar a Antonio a confesar lo que ha hecho delante de sus familiares, que le están pagando un abogado con muchos sacrificios para defenderlo de una acusación que consideran injusta. Le preguntamos si antes sería capaz de contarles el abuso sufrido, para comprobar la capacidad de la familia de ponerse de su parte. Antonio consiente, aunque con muchas resistencias: sin embargo, en la sesión siguiente, he escuchado a su propio padre preguntarle, tras oír su revelación ¡qué había hecho él para merecerse ese castigo! De acompañar al hijo para que denunciara, ninguna posibilidad: el hombre, derrotado, aplastado por el miedo hacia la autoridad, como era ante sus ojos el sacerdote abusador, niega con firmeza: “yo jamás he enseñado a mis hijos a hacer este tipo de cosas”. Tras finalizar la evaluación, Antonio deberá seguir un tratamiento psiquiátrico en uno de los servicios locales: pero no acudirá jamás. La mujer se reúne con él, dejando en la casa de acogida a Loris, que será dado en acogimiento. Al poco tiempo la pareja dará a luz a una niña, que morirá a las pocas semanas de vida por un traumatismo craneoencefálico. Durante las pesquisas policiales, saldrán a relucir los abusos cometidos por Antonio a dos de sus sobrinos. Antonio se encuentra en la actualidad en la cárcel. Esta historia pone de manifiesto el funcionamiento del mecanismo de defensa de la identificación con el agresor: para no sucumbir al trauma, el niño víctima, inerme e impotente, desplaza en el futuro una especie de represalia y de venganza. “No seré siempre tan pequeño y débil, me haré mayor y fuerte, y entonces verán de lo que soy capaz”. Sin embargo, el mecanismo implica un precio muy alto para la psique, porque obliga a la mente a una escisión: como hemos visto en el caso de Gianni, Antonio también, en su idealización de si mismo, se ve primero como educador (de los niños del autobús) y luego como óptimo padre, que no quiere que otros niños, y menos su propio hijo, sufran una experiencia traumática. Por otro lado, la coacción a repetir el abuso responde a la exigencia de revivir el trauma sufrido, pero esta vez controlándolo -y no sufriéndologracias al intercambio de rol. Para hacerlo, tiene que, por así decirlo, matar una parte de sí mismo, suprimiendo la empatía hacia el niño que se transforma en su víctima. El segundo ejemplo es el de Fausto, uno de los pacientes más arduos y trabajosos, que hemos tenido en el Centro del Niño Maltratado, sobre todo por la sobrecarga afectiva que nos ha impuesto. También él se ha casado muy joven, subyugando con su personalidad intrigante y magnética a una mujer que se engancha al desafío que él le propone: “Cúrame la homosexualidad, que no pertenece a mi propia naturaleza, sino que es el fruto del abuso sexual que he sufrido”. El chico fue abusado con tres años por uno de sus tíos, y la relación incestuosa se ha prolongado hasta los límites de la edad adulta. 296 Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Tras el nacimiento de dos niños, el matrimonio entra en crisis: Fausto, infeliz y gravemente trastornado, agrava su patología (un trastorno de personalidad borderline) sometiéndose a una dieta con el fin de resultar más atractivo para los hombres que seduce cada noche, no consigue respetar las restricciones alimentarias que se impone y comienza a darse atracones y a vomitar, después a controlar el hambre con fármacos que pueden producir anorexia de base anfetamínica que consigue en el mercado negro; se descompensa, intenta suicidarse varias veces (incluso escribe una carta de acusación contra los padres por no haberlo protegido del abuso), y no es capaz de seguir trabajando. Durante el sueño es atormentado por parálisis histéricas. Cada noche se repite la misma escena siempre más violenta: su mujer intenta impedir que salga para sus encuentros en saunas y locales gay, y sus hijos están cada vez más asustados, hasta que -en respuesta a una petición de ayuda de la joven mujerson enviados por los Tribunales a una casa de acogida junto con ella. Fausto, parcialmente consciente de su condición, acepta un tratamiento, pero dejando claro que, si descubre que hubiéramos inducido a su mujer a abandonarlo, nos habría matado a todos: a ella, a los niños, a los operadores. Un posterior encuentro con sus padres, desconfiados y agotados, dispuestos a colaborar sólo por el interés hacia sus nietos, ya que para el hijo no tienen esperanzas, se convierte en sumamente difícil: se rigidifican cuando aparece el tema del abuso, no creen que merezcan ningún reproche, y por otro lado, es imposible hablar en serio con Fausto. En efecto, el hombre es extremadamente provocativo, siempre hablando sarcásticamente y de forma ofensiva y listo para decir todas las barbaridades que pueda, con el fin de descalificar todo aquello que él mismo dice. Incluso la reconstrucción de los hechos parece imposible: los padres mantienen que el hijo, adolescente, sedujo al tío, tan sólo 9 años mayor que él y retrasado mental; Fausto habla de un abuso iniciado en la infancia por parte de un chico 12 años mayor que él. Finalmente, las versiones logran aproximarse: los padres consiguen recordar que el niño, en las vacaciones en el pueblo de los abuelos y del tío, no quería dormir la siesta con éste último, y protestaba llorando porque “le molestaba”; reconstruyeron después que aquel otoño volvieron a Milán con el hijo mayor, dejando al pequeño Fausto solo con los abuelos, porque la madre esperaba el tercer hijo; comprendieron que los abusos se repitieron todos los veranos siguientes. Es en este momento cuando Fausto admite sin problemas que fue él más adelante quién le propuso al tío de mantener relaciones sexuales completas. La madre, que al principio reía incongruentemente, se pone seria: “¡Pero entonces te ha arruinado la vida!”. Se promete a si misma, que cuando vaya al pueblo, hablará seriamente con su hermano. También el padre se oscurece. Sólo ahora se da cuenta de cuánto ha debido sufrir su hijo, y aún más en soledad, y se culpa de haberle gritado y castigado cuando aparecían sus señales de inquietud y malestar. Llega a confesar que, para “curar” al niño de las pesadillas que tenía todas las noches, se había escondido debajo de la cama con una media en la cabeza diciendo que era un monstruo que había devorado a sus padres y que también lo devoraría a él. Como en la situación precedente, la supresión de la empatía de Fausto no puede dejarnos indiferentes: parece buscar coactivamente una única confirmación del propio valor, la capacidad de seducir a hombres siempre distintos, a través de relaciones extremamente degradantes. Lo mismo ocurre a menudo con las mujeres víctimas de abusos sexuales que se dedican a la prostitución, reduciendo a los clientes a meros objetos sexuales de los que aprovecharse económicamente, complaciéndose del propio poder para seducirlos y observando, de manera alejada y Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. 297 S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados fría, la dependencia erótica de estos hombres (y quizás reservando para otros la intimidad del beso, como señal de reciprocidad y de implicación amorosa). Del mismo modo sorprende, en ambos casos, el registro del miedo: Antonio tiene miedo no sólo del abusador violento, sino también del padre, que lo considera responsable del abuso que se habría “merecido”, y de la madre que no protege a sus hijos, y que ha perdido tres, entre adopciones y acogimientos, como en el cuento de Pulgarcito, abandonado en el bosque junto a sus hermanos. Del mismo modo, Fausto ha estado aterrorizado no sólo por las vejaciones de su tío, sino también de la intolerancia sádica del padre y de la necia incomprensión de la madre: y se las arregla, de manera más explícita que Antonio, para aterrorizar a su vez a los demás. Ha asustado a su mujer, convenciéndola para que se casara con él aludiendo a sus poderes paranormales, y aún más asustados nos tiene a los operadores, amenazando abiertamente a la trabajadora social, a los educadores de la comunidad, y también a mí, declarando poseer un cuchillo escondido en el abrigo, hasta tal punto que he terminado por quitar mi nombre del listín telefónico. Toda una sesión ha estado dedicada a una pregunta suya a la vez insinuante y descarada: “Cirillo, hoy, de uno a diez, ¿cuánto miedo tienes de mí?” Tras una notable mejoría, posterior al restablecimiento de las relaciones más positivas con los padres tras el trabajo conjunto que hemos realizado, se produce una grave recaída cuando la mujer se separa de él y otra aún más importante cuando ella encuentra una nueva pareja, al que Fausto se enfrenta amenazándolo a él y a sus hijos. A diferencia del caso anterior, en el que estuvimos obligados a interrumpir nuestro trabajo tras finalizar la CTU (Consulenza Tecnica di Ufficio; peritaje técnico de oficio) y que concluyó con un nuevo drama, aquí tuvimos la posibilidad de efectuar un largo y articulado acompañamiento, con la recuperación final de las relaciones del paciente con los hijos tras lograr una notable mejoría. Fausto se fue a vivir con un compañero al apartamento que le dejaron sus padres, reconciliándose con su homosexualidad. Me gustaría añadir, que Fausto también presenta aquel elemento de idealización de sí mismo como defensor de los niños que hemos descrito anteriormente en los casos de Gianni y de Antonio: al finalizar la terapia colaborará con la policía, infiltrándose en las primeras redes on line de pedofilia, y contribuirá al arresto de varias personas. Segunda posibilidad o situación: víctima para siempre No todos los niños abusados, afortunadamente, se convierten en agresores: hay algunos cuyo triste destino parece ser la condena a permanecer como víctimas. Esta segunda categoría de pacientes no la encontramos por tanto como padres maltratadores derivados por los Tribunales a los servicios especializados de infancia, sino como sujetos que solicitan ayuda a nivel privado de psicoterapia o en los servicios de atención especializada y psiquiátricos, con demandas por patologías depresivas o ansiosas, con personalidades caracterizadas por escasa asertividad, dependencia, inseguridad en las relaciones con los demás: igual que en el primer grupo la agresividad se presentaba hipertrofiada e incontrolada, aquí sin embargo se presenta reprimida y censurada, mediante una especie de autocastración. Cuando conozco a Raffaele, de 35 años, que me viene derivado, junto a los padres y al hermano, por una petición de supervisión de 304 Apuntes de Psicología, 2009, Vol. 27, número 2-3, págs. 289-304. S. Cirillo El niño abusado se convierte en adulto: reflexiones sobre algunos casos tratados Conclusiones: vínculos de apego y efecto del abuso En síntesis, podemos decir que el vínculo de apego es un factor discriminante para predecir los efectos a largo plazo del abuso: cuanto más intenso es el terror asociado al trauma, tanto más necesaria es la presencia de figuras seguras y activas, que salven a la pequeña víctima del hundimiento en la vivencia de abandono provocado por la propia inerme soledad, que sentaría las bases para la identificación con el agresor. Por el contrario, apegos inseguros, pero privados de aspectos de miedo, y por ello no de tipo desorganizado, inducirán probablemente procesos de construcción de un si mismo más integro, pero entregado a un destino de falta de autoestima y de autodesvalorización, que – sin una intervención terapéutica reparativa - hará probable la repetición de experiencias de victimización. Por esta razón, a la pregunta inicial “¿qué les ocurrirá a las pequeñas víctimas que encontramos hoy?, ¿podrán salir íntegras del trauma que han sufrido?” podemos responder con cierta confianza que la presencia de figuras capaces de garantizar un apego seguro disminuye las probabilidades de resultados infaustos constituyendo un factor fundamental de resiliencia. Nuestras reflexiones (todavía en una etapa provisional y por ello discutible) derivan de una población clínica muy reducida, pero la extensión del razonamiento nos permite pensar que exista una población no clínica en la que las heridas del abuso curadas por las figuras parentales, eventualmente apoyadas por profesionales competentes, se han cicatrizado sin dejar grandes marcas. Por ello tiene fundamento orientar nuestro trabajo de prevención secundaria y terciaria no sólo al apoyo directo a la pequeña víctima, sino también el indirecto, que pase a través del apoyo al padre potencialmente protector (Malacrea, 2007). Referencias Benjamin, L. S. (1993). Interpersonal diagnosis and treatment of personality disorders. Nueva York: Guilford Press. Bonner, B. (2006). Longitudinal Perspective of the Abuse. Ponencia presentada en el IV Congreso de CISMAI, Pescara (Italia). Cirillo, S. (en prensa). Malos padres. Cómo ayudarles. Barcelona: Gedisa. Cyrulnik, B. (1999). Un merveilleux malheur. París: Éditions Odile Jacob. De Zulueta, F. (1993). From Pain to Violence: The Traumatic Roots of Destructiveness. Nueva York: John Wiley and Son. Di Blasio, P. (1990). Dinamica incestuosa e rapporto tra fratelli. En M. Malacrea, M. y A. Vassalli (Eds.), Segreti di famiglia (págs. 321-337). Milán: Raffaello Cortina. Di Blasio, P. (Ed.) (2005). Tra rischio e protezione. La valutazione delle competenze genitoriali. Milán: Unicopli. Green, A.H. (1994). La violenza sessuale infantile: conseguenze immediate e a lungo termine e loro trattamento. Terapia familiare, 46, 15-38. Malacrea, M. (1998). Trauma e riparazione. Milán: Raffaello Cortina. (Traducción española en Trauma y reparación: El tratamiento del abuso sexual en la infancia. Barcelona: Paidós, 2000). Malacrea, M. (2007). Esperienze sfavorevoli infantili: migliorare l’approccio clinico. Ecologia della mente, 2, 151-157. Malacrea, M. y Lorenzini, S. (2002). Bambini abusati. Linee guida nel dibattito internazionale. Milán: Raffaello Cortina.