Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613)
Full text
153 Revista de Estudios Taurinos N.º 47, Sevilla, 2021, págs.153-206 UNA CORRIDA, CUANDO NO LAS HABÍA, Y TRES CRONISTAS TAURINOS (1613) Gonzalo Santonja Gómez-Agero* Tecum habita, entra en ti mismo Persio (Sátiras, IV, 52) rticulado el título sobre la paradoja de algo que en mi opinión (basada en datos) se daba cuando en teoría no existía, lo primero será precisar qué corrida y qué tres testigos. Pues se trata –nada menos– que de la corrida grande de las fiestas mayores y solemnes, condición certificada por la asistencia parcial a las mismas de Felipe III, con que la ciudad del Acueducto exaltó la construcción del santuario de Nuestra Señora de la Fuencisla y el traslado al mismo de la venerada imagen de su patrona en septiembre de 16131, santuario levantado al abrigo de esas peñas Grajeras desde las que fue arrojada * Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. 1Según la leyenda, la imagen de la Virgen de la Fuencisla (fons stilians, fuente que mana), tallada por San Lucas, habría llegado a la ciudad por mano de San Jeroteo (8 a. C. – 71 d. C.), mártir, su primer obispo, discípulo de San Pablo y maestro de San Dionisio, siendo ocultada durante la dominación musulmana y luego descubierta por una judía. Sometida a discusión la presencia en Segovia y aún la existencia de San Jeroteo, su culto fue instituido por el obispo Diego Escolano y Ledesma (Madrid, 1609- Granada, 1672), fiscal del consejo supremo de la Inquisición, obispo antes de Mallorca y Tarazona, finalmente de Granada y autor de un Catecismo en lengua vulgar para los rectores, vicarios y curas de almas (Zaragoza, 1661). Pese a controversias que han reducido su episcopado a mera conjetura, la devoción popular cobró arraigo durante el siglo XIX y a ella responde que lleve su nombre la puerta del lado sur del crucero de la catedral. A
154 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 2 al vacío la judía María del Salto2, que constituye el corazón de un espacio mágico en el Valle del Eresma, a los pies del Alcázar, al lado del Convento de San Juan de la Cruz y a menos de un par de padrenuestros de la misteriosa iglesia de la Orden del Temple de la Vera Cruz, trinidad de joyas patrimoniales y final de una ruta que nace para el asombro en el Acueducto. Y es que antes de llegar a la Fuencisla aguardan al viajero la maravilla de Santa Cruz la Real, convento dominico fundado por el propio Santo Domingo de Guzmán que conserva la cueva en que el santo fundador se retiraba a penitenciar y donde Santa Teresa conversó en éxtasis con él; la Real Casa de Moneda, ingenio dispuesto por el gran Felipe II y construido por Juan de Herrera; y el Monasterio de Santa María del Parral, el único cenobio en la actualidad ocupada por los monjes de San Jerónimo. Así pues, Segovia y corrida no ya grande, sino mayúscula. Sobre dicho eje girarán las páginas que siguen, centradas en los relatos de tres cronistas de vista, los tres hombres de letras, dos de ellos justamente afamados y con el tercero, para nosotros el más importante, a la espera del reconocimiento que su testimonio merece. Tres hombres de letras, acabo de señalar. Y como se decía antes, ¿cuáles fueron sus gracias? Las de Diego de Colmenares, el historiador segoviano por excelencia (Segovia, 26 de julio de 1586 – 29 de enero de 1651), muchas y muy eruditas, presentando por bandera su monumental Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla, que salió de las prensas asimismo segovianas de 2Cuenta la tradición que hacia 1237 una mujer cristiana acusó a dicha judía de adulterio con su marido y que los jueces la condenaron a morir despeñada, sentencia ejecutada aunque ella no cesara de proclamar su inocencia. Lanzada al vacío, se encomendó a la Virgen y no sufrió daños. De ahí el nombre Marisaltus o María del Salto. Alfonso X consagró a este prodigio su cántiga 107, “Como Santa María guardou de morte hua judea que espenaron”. 154
155 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 2 al vacío la judía María del Salto2, que constituye el corazón de un espacio mágico en el Valle del Eresma, a los pies del Alcázar, al lado del Convento de San Juan de la Cruz y a menos de un par de padrenuestros de la misteriosa iglesia de la Orden del Temple de la Vera Cruz, trinidad de joyas patrimoniales y final de una ruta que nace para el asombro en el Acueducto. Y es que antes de llegar a la Fuencisla aguardan al viajero la maravilla de Santa Cruz la Real, convento dominico fundado por el propio Santo Domingo de Guzmán que conserva la cueva en que el santo fundador se retiraba a penitenciar y donde Santa Teresa conversó en éxtasis con él; la Real Casa de Moneda, ingenio dispuesto por el gran Felipe II y construido por Juan de Herrera; y el Monasterio de Santa María del Parral, el único cenobio en la actualidad ocupada por los monjes de San Jerónimo. Así pues, Segovia y corrida no ya grande, sino mayúscula. Sobre dicho eje girarán las páginas que siguen, centradas en los relatos de tres cronistas de vista, los tres hombres de letras, dos de ellos justamente afamados y con el tercero, para nosotros el más importante, a la espera del reconocimiento que su testimonio merece. Tres hombres de letras, acabo de señalar. Y como se decía antes, ¿cuáles fueron sus gracias? Las de Diego de Colmenares, el historiador segoviano por excelencia (Segovia, 26 de julio de 1586 – 29 de enero de 1651), muchas y muy eruditas, presentando por bandera su monumental Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla, que salió de las prensas asimismo segovianas de 2Cuenta la tradición que hacia 1237 una mujer cristiana acusó a dicha judía de adulterio con su marido y que los jueces la condenaron a morir despeñada, sentencia ejecutada aunque ella no cesara de proclamar su inocencia. Lanzada al vacío, se encomendó a la Virgen y no sufrió daños. De ahí el nombre Marisaltus o María del Salto. Alfonso X consagró a este prodigio su cántiga 107, “Como Santa María guardou de morte hua judea que espenaron”. 154 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) Diego Díez de la Carrera el año de gracia de 16373, a la vuelta de catorce años de investigación, años contados a partir de 1620, más tres de fatigosas gestiones administrativas. Hijo del carpintero Hernando de Colmenares y de su segunda mujer, Juana Bautista de Peñalosa, don Diego cursaría estudios canónicos en la Universidad de Salamanca, emulando a dos de sus hermanos (tuvo siete), y cantó primera misa en el templo segoviano de San Esteban el 9 de enero de 1611, obteniendo poco después el curato de Valdesimonte4para conseguir al cabo de seis años una iglesia capitalina: la de San Juan, punto final de su modesta carrera eclesiástica, porque en ella se ocupó hasta la muerte y recibió sepultura. Sacerdote, historiador y poeta barroco en castellano y latín que cuestionó los postulados de Lope de Vega, su cronicón sigue concitando parabienes, paradigma asumido por la Academia de San Quirce: «Nunca será bastante admirada la diligencia del cura de S. Juan. Sin su dedicación al pasado de Segovia, sin su rebusca de instrumentos y códices, ignoraríamos gran parte de nuestras antigüedades. Si consideramos cuán poco conocidos son los hechos sucedidos después, pese a ser más cercanos, nos daremos cuen- 3 3Con segunda edición inmediata, en la que añadió el índice general y un capítulo sobre las “Vidas y escritos de los escritores segovianos”, y tercera en Madrid de 1640, las tres de Diego Díaz de la Carrera, impresor en Segovia de 1637 a 1640 y Madrid hasta 1668, cuando falleció, haciéndose cargo del taller su viuda María Rey, a su vez sucedida por su sobrino Francisco Sanz, activo hasta 1710. (Fermín de los Reyes Gómez y Susana Vilches, Del Sinodal de Aguilafuente a El Adelantado de Segovia, cinco siglos de imprenta segoviana (1472-1910). Madrid, Calambur/Diputación de Segovia, 2015, págs. 97-101). 4Valdesimonte (Valle de Simón en el siglo XIII), lugar situado en el ochavo de Cantalejo, Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda, ahora con menos de medio centenar de habitantes, que eran cuarenta y dos vecinos más cinco viudas a mediados del XVIII (Catastro del Marqués de la Ensenada), entonces con cirujano, maestro de escuela, tabernero, ferrero, tejedores de lienzo, labradores, pastores, panaderos y dos molineros, amén de varios pobres de solemnidad, acogidos a 53 casas, una de ellas arruinada. 155
156 Gonzalo Santonja Gómez-Agero ta de cómo supo valorar la herencia histórica, conservada principalmente por su esfuerzo, … a pesar de errores aislados o juicios disconformes con los nuestros». (Colmenares, 1969) En fin, si admirable “la diligencia” de dicho señor cura, cómo no ponderar el sazonado quehacer literario del doctor Jerónimo de Alcalá Yáñez y Ribera (Murcia, 15715– Segovia, 1632), tal vez de ascendencia conversa, autor de Alonso mozo de muchos amos, título que los editores de los siglos XVIII y XIX completaron con El donado hablador, que hizo fortuna. Novela picaresca dividida en dos partes, respectivamente estampadas en 1624 (Valladolid, Jerónimo Morillo) y 1626 (Madrid, Bernardino de Guzmán), sus reediciones se suceden con irregular regularidad. Resumamos: médico cirujano, con estudios cursados en la Universidad de Valencia que le apartaron de su primera voca- 4 5Largo tiempo tenido por segoviano de nacimiento, en esa condición se reconocía, proclamándola desde la portada de sus obras (verbigracia, Alonso, mozo de muchos amos. Madrid, por Bernardino de Guzmán, a costa de Juan de Vicuña Carrasquillo, 1624: «compuesto por el doctor..., médico y cirujano, vecino y natural de la ciudad de Segovia»), por tal lo tuvieron sus contemporáneos (“Suma del privilegio”, firmada por el secretario Mármol: «Tiene el privilegio el doctor …, natural de la ciudad de Segovia») y así lo asienta Colmenares en “Las vidas y escritos de los escritores segovianos”, Historia (1974, III, págs. 191-3): “Nació en Segovia año mil y quinientos y sesenta y tres (ignoramos el día)”. Sin embargo, las investigaciones de Manuel Muñoz Barberán (publicadas en La Verdad, 1975) acreditan que nació en Murcia, hijo del médico Hernando Yáñez y Petronila Ribera, segoviana, y que fue a raíz del fallecimiento prematuro de su padre, cuando llegó a la ciudad en la que desarrollaría su vida, acogido por sus tíos maternos (Hernando de Alcalá, sacerdote, y Elvira), en la que escribió sus tres libros, falleció y recibió sepultura. Reclamarle ahora murciano es como hacer zamorano al ovetense Clarín, que vino al mundo por Zamora el 25 de abril de 1852, aunque tampoco cabe desconocer su parentesco con los Vélez de Murcia, a cuyo servicio estuvo su familia. De hecho, Alcalá dedicó su novela a Luis Fajardo, II marqués de los Vélez y de Molina, Adelantado y Capitán General del reino de Murcia (Vélez-Blanco o Murcia, 1508 o 1509- Vélez Blanco, 1574 o 75). Segoviano de Murcia, y en paz. 156
157 Gonzalo Santonja Gómez-Agero ta de cómo supo valorar la herencia histórica, conservada principalmente por su esfuerzo, … a pesar de errores aislados o juicios disconformes con los nuestros». (Colmenares, 1969) En fin, si admirable “la diligencia” de dicho señor cura, cómo no ponderar el sazonado quehacer literario del doctor Jerónimo de Alcalá Yáñez y Ribera (Murcia, 15715– Segovia, 1632), tal vez de ascendencia conversa, autor de Alonso mozo de muchos amos, título que los editores de los siglos XVIII y XIX completaron con El donado hablador, que hizo fortuna. Novela picaresca dividida en dos partes, respectivamente estampadas en 1624 (Valladolid, Jerónimo Morillo) y 1626 (Madrid, Bernardino de Guzmán), sus reediciones se suceden con irregular regularidad. Resumamos: médico cirujano, con estudios cursados en la Universidad de Valencia que le apartaron de su primera voca- 4 5Largo tiempo tenido por segoviano de nacimiento, en esa condición se reconocía, proclamándola desde la portada de sus obras (verbigracia, Alonso, mozo de muchos amos. Madrid, por Bernardino de Guzmán, a costa de Juan de Vicuña Carrasquillo, 1624: «compuesto por el doctor..., médico y cirujano, vecino y natural de la ciudad de Segovia»), por tal lo tuvieron sus contemporáneos (“Suma del privilegio”, firmada por el secretario Mármol: «Tiene el privilegio el doctor …, natural de la ciudad de Segovia») y así lo asienta Colmenares en “Las vidas y escritos de los escritores segovianos”, Historia (1974, III, págs. 191-3): “Nació en Segovia año mil y quinientos y sesenta y tres (ignoramos el día)”. Sin embargo, las investigaciones de Manuel Muñoz Barberán (publicadas en La Verdad, 1975) acreditan que nació en Murcia, hijo del médico Hernando Yáñez y Petronila Ribera, segoviana, y que fue a raíz del fallecimiento prematuro de su padre, cuando llegó a la ciudad en la que desarrollaría su vida, acogido por sus tíos maternos (Hernando de Alcalá, sacerdote, y Elvira), en la que escribió sus tres libros, falleció y recibió sepultura. Reclamarle ahora murciano es como hacer zamorano al ovetense Clarín, que vino al mundo por Zamora el 25 de abril de 1852, aunque tampoco cabe desconocer su parentesco con los Vélez de Murcia, a cuyo servicio estuvo su familia. De hecho, Alcalá dedicó su novela a Luis Fajardo, II marqués de los Vélez y de Molina, Adelantado y Capitán General del reino de Murcia (Vélez-Blanco o Murcia, 1508 o 1509- Vélez Blanco, 1574 o 75). Segoviano de Murcia, y en paz. 156 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 5 ción religiosa; padre prolífico, casado dos veces, con doce hijos, nueve de los cuales le sobrevivieron; y escritor, con dos obras además del Alonso, amén una gavilla de poemas sueltos6: los Milagros de Nuestra Señora de la Fuencisla, grandezas de su nuevo y fiestas que en su traslación se hicieron por la ciudad de Segovia, de quien es Patrona (Salamanca, Imprenta de Antonia Ramírez, 1615), la que aquí nos interesa, y Verdades para la vida cristiana, recopiladas de los santos y graves autores, casi póstuma (Valladolid, Jerónimo Morillo, 1632). 6Escritas para autores amigos. Así una décima para Letras divinas de Juan Quintela Ledesma y Bracamonte, dos sonetos para las Reales exequias consagradas en Murcia a la muerte de Felipe II de Juan Alonso de Almela o las letrillas, jeroglíficos, redondillas, quintillas, etc., con que concursó en el certamen convocado por la translación de la Virgen de la Fuencisla, recogidas en sus Milagros. Alonso, mozo de muchos amos responde a una estructura dialógica, aunque tal vez fuera más exacto calificarla de novela mono dialogada, con el protagonista, que ciertamente sirvió a más amos que ningún otro pícaro, contando sus peripecias a Fig. n.º 29.- Portada del libro de Diego de Colmenares, 1637. 157
158 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 6 quien se dejaba: en la primera parte al vicario de la orden del convento en que fungía de donado, mientras en la segunda se explaya con el párroco de San Zoles, bajo cuya jurisdicción ejercía de ermitaño en San Cosme y San Damián, despachándose a gusto sobre esto y aquello. En realidad Alonso no tenía madera de pícaro, buena persona llevada y traída muy a su pesar por la mala fortuna, víctima de un rosario de adversidades que le convirtió en una especie de sermoneador impenitente e inaguantable. De ahí que el vicario, instado por la comunidad, lo expulsara sin contemplaciones: con la limosna de cincuenta reales, «me sacó de la portería, y cerrando la puerta me dejó en la calle». Friso de la época, en el que no puedo detenerme, registra estampas duras y pinta costumbres poco edificantes. Por ejemplo, cuando aborda la calamidad del alojamiento obligatorio de los soldados, una plaga para los labradores, o las bromas abusivas de los estudiantes en las ventas y posadas de los caminos. Tolerante, aunque con puntas de antifeminismo que no convendría descontextualizar (se manifiestan al hilo de su matrimonio desafortunado con una viuda), la vida de Alonso está plagada de aventuras, incluyendo un viaje americano y su apresamiento por los piratas de Argel. Qué novela tan entretenida, con el inconveniente de unos excesos discursivos que rompen el ritmo narrativo. El tercero de la terna, cronológicamente el primero (“los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”, Mateo, 19, 23-30), fue Simón Díaz y Frías, licenciado en Artes y Teología por Alcalá de Henares y titular del curato segoviano de Torreiglesias, un pueblo con personalidad, a la vista de Turégano y a menos de treinta kilómetros de la capital. (Permítaseme un inciso, el primero de dos, de carácter personal: pueblo para mi providencial, ya que en él vivió y desempeñó sus dotes curativas Marino padre, el mago que en su tiempo me reparó las lesiones espeleológicas, y donde en la actualidad desempeña las suyas Marino hijo, que me arregla las goteras 158
159 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 6 quien se dejaba: en la primera parte al vicario de la orden del convento en que fungía de donado, mientras en la segunda se explaya con el párroco de San Zoles, bajo cuya jurisdicción ejercía de ermitaño en San Cosme y San Damián, despachándose a gusto sobre esto y aquello. En realidad Alonso no tenía madera de pícaro, buena persona llevada y traída muy a su pesar por la mala fortuna, víctima de un rosario de adversidades que le convirtió en una especie de sermoneador impenitente e inaguantable. De ahí que el vicario, instado por la comunidad, lo expulsara sin contemplaciones: con la limosna de cincuenta reales, «me sacó de la portería, y cerrando la puerta me dejó en la calle». Friso de la época, en el que no puedo detenerme, registra estampas duras y pinta costumbres poco edificantes. Por ejemplo, cuando aborda la calamidad del alojamiento obligatorio de los soldados, una plaga para los labradores, o las bromas abusivas de los estudiantes en las ventas y posadas de los caminos. Tolerante, aunque con puntas de antifeminismo que no convendría descontextualizar (se manifiestan al hilo de su matrimonio desafortunado con una viuda), la vida de Alonso está plagada de aventuras, incluyendo un viaje americano y su apresamiento por los piratas de Argel. Qué novela tan entretenida, con el inconveniente de unos excesos discursivos que rompen el ritmo narrativo. El tercero de la terna, cronológicamente el primero (“los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”, Mateo, 19, 23-30), fue Simón Díaz y Frías, licenciado en Artes y Teología por Alcalá de Henares y titular del curato segoviano de Torreiglesias, un pueblo con personalidad, a la vista de Turégano y a menos de treinta kilómetros de la capital. (Permítaseme un inciso, el primero de dos, de carácter personal: pueblo para mi providencial, ya que en él vivió y desempeñó sus dotes curativas Marino padre, el mago que en su tiempo me reparó las lesiones espeleológicas, y donde en la actualidad desempeña las suyas Marino hijo, que me arregla las goteras 158 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 7 musculares del montañismo, heredero de la ciencia infusa paterna, componedor al que jamás se le resistieron las patas quebradas de los afortunados jumentos y vacas de la comarca). Torreiglesias y su territorio, que incluye dos pedanías (Losana de Pirón y Otones de Benjumea, con un museo de la escuela rural con más de veinte mil objetos) ofrecen motivos para la visita: cuevas arqueológicamente tan apasionantes como La Vaquera o, en otro sentido, la de Murcieganillos, una torca que tiene su bajadita, un puente romano, la singular ermita rupestre de Santiaguito y la iglesia de Nuestra señora de la Asunción, acabado exponente del románico segoviano. Hombre curioso y pastor de gentes trabajadoras, don Simón tendría un pasar apacible, y lo que sin duda no le hubiera gustado es la semblanza crítica que le enderezó Diego de Colmenares (salió cuando llevaba años en la sepultura), que empieza así: «Nació en Segovia, en la parroquia de Santa Olalla, donde fue bautizado en dos de noviembre de mil y quinientos y sesenta y un años. Sus padres fueron Juan Díaz y Juana de Nieva. Estudio en Segovia Latinidad, y en Alcalá Artes y Teología, con buen cuidado. Obtuvo el curato en Torreiglesias, en este Obispado, y con particular devoción a Nuestra Señora escribió un libro ….» Entre dato y dato, Colmenares se permite un par de juicios: cursó estudios “con buen cuidado” y escribió un libro animado por “particular devoción a Nuestra Señora”, lo cual, tratándose de un cura, resultaría obligado: si a los militares se les supone el valor, cómo no suponer devoción por la Virgen a los sacerdotes. ¿Nada más? No, en absoluto. Diego de Colmenares se ensaña luego con don Simón. Sin ceremonias ni medias tintas, lo puso a chupa de dómine. Igual que a Jerónimo de Alcalá Yáñez. No se desprende de todo esto que la concordia reinara en la república literaria segoviana del Siglo de Oro, como tampoco reinaba, y bien se sabe, en la española. Ahí están los recados envenenados de los 159
160 Gonzalo Santonja Gómez-Agero grandes contra los grandes, ya Cervantes, obligado a defenderse, ya Lope de Vega, ya Ruiz de Alarcón y no digamos Francisco de Quevedo o Luis de Góngora. LA REPÚBLICA LITERARIA, CAMPO DE AGRAMANTE Acabo de adelantarlo: el cura historiador sacudió al colega de Torreiglesias. Retomaré la primera cita por donde la dejé: que con “particular devoción” enderezó un libro a Nuestra Señora. Mejor se lo hubiera ahorrado, sugiere implícitamente. A su juicio era reprobable hasta el título, que se le antojaba “extravagante y pomposo”, consecuencia de haberse plegado a una “costumbre o vicio moderno”. No se me hace para tanto. Porque eso de Encenias de las fiestas que nuestra ciudad hizo en la traslación de su imagen de la Fuencisla al nuevo templo, únicamente deja entrever que don Simón dominaba las conmemoraciones sagradas. Encenías es un término específico, sumamente específico, que designa la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cuyo origen se encuentra en Jerusalén, muestra de júbilo por las edificaciones levantadas por Constantino en protección de los santos lugares de muerte y resurrección de Jesucristo, vinculado al hallazgo de la Santa Cruz y extendida a una octava que recorre el itinerario del Misterio Pascual. Con vistosidad de adornos, abundancia de luces y magnificencia en las vestiduras litúrgicas, dichas demostraciones de alegría congregaban a los fieles de muchas leguas a la redonda, como asimismo las referidas fiestas segovianas, en verdad sin precedentes y de asistencia masiva, con multitudes forasteras atestando sus plazas y desbordadas por su callejero. Pero lo del título sería lo de menos. A continuación, Colmenares clava tres banderillas a la memoria de don Simón: «para adornar el asunto, que de suyo estaba suficientemente adornado, o para aumentar volumen, interpuso algunos episodios o digresiones que fueron manchas más que adorno de la obra». O sea, la obra pecaría de superfluidad, hinchazón y torpeza. 8 160
161 Gonzalo Santonja Gómez-Agero grandes contra los grandes, ya Cervantes, obligado a defenderse, ya Lope de Vega, ya Ruiz de Alarcón y no digamos Francisco de Quevedo o Luis de Góngora. LA REPÚBLICA LITERARIA, CAMPO DE AGRAMANTE Acabo de adelantarlo: el cura historiador sacudió al colega de Torreiglesias. Retomaré la primera cita por donde la dejé: que con “particular devoción” enderezó un libro a Nuestra Señora. Mejor se lo hubiera ahorrado, sugiere implícitamente. A su juicio era reprobable hasta el título, que se le antojaba “extravagante y pomposo”, consecuencia de haberse plegado a una “costumbre o vicio moderno”. No se me hace para tanto. Porque eso de Encenias de las fiestas que nuestra ciudad hizo en la traslación de su imagen de la Fuencisla al nuevo templo, únicamente deja entrever que don Simón dominaba las conmemoraciones sagradas. Encenías es un término específico, sumamente específico, que designa la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cuyo origen se encuentra en Jerusalén, muestra de júbilo por las edificaciones levantadas por Constantino en protección de los santos lugares de muerte y resurrección de Jesucristo, vinculado al hallazgo de la Santa Cruz y extendida a una octava que recorre el itinerario del Misterio Pascual. Con vistosidad de adornos, abundancia de luces y magnificencia en las vestiduras litúrgicas, dichas demostraciones de alegría congregaban a los fieles de muchas leguas a la redonda, como asimismo las referidas fiestas segovianas, en verdad sin precedentes y de asistencia masiva, con multitudes forasteras atestando sus plazas y desbordadas por su callejero. Pero lo del título sería lo de menos. A continuación, Colmenares clava tres banderillas a la memoria de don Simón: «para adornar el asunto, que de suyo estaba suficientemente adornado, o para aumentar volumen, interpuso algunos episodios o digresiones que fueron manchas más que adorno de la obra». O sea, la obra pecaría de superfluidad, hinchazón y torpeza. 8 160 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) Curiosamente Colmenares pasa por alto un lapsus o errata bien llamativo, que tampoco es la única tacha de la impresión: el soneto que el autor endereza «A la devoción que el Christianisimo Rey don Filipo Segundo tuuo en la translación de nuestra Señora de la Fuencisla», atención, «honrando las fiestas con su Real presencia», presencia imposible, salvo aparición sobrenatural, fallecido y enterrado hacía más de tres lustros, el 13 de septiembre de 1598 en El Escorial. El rey que asistió fue 9 7Los duques de Lerma, Uceda, Alba, Peñaranda y Cea, marqueses de Peñafiel, Navas, Malpica, Flores y Mirabel, condes de Barajas, Altamira, Los Arcos, Malpica, Oñate (padre e hijo), Santillana, Santiesteban y Oliva, el Adelantado de la Nueva Galicia y don Juan de Idiáquez, segoviano y familiar del su hijo Felipe III, que entró en la ciudad del Acueducto el sexto día de la celebración, miércoles18 de septiembre del año de gracia de 1613, a las tres de la tarde, acompañado la flor y nata de la corte (“lo mejor de España”7). Colmenares le perdonó ese lapsus, que entonces sería tan comentado como reído, pero se despachó a gusto. A saber que Fig. n.º 30.- Portada del libro de Simón Diaz y Frias, 1614. 161
168 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 16 Quien hubiese comprado la obra de Díaz difícilmente se interesaría por la de Alcalá. No se trasladen al XVII los esquemas de nuestro tiempo. Literatura popular y festiva de consumo urgente, ganar la batalla del tiempo no era una cuestión baladí. UNA CUESTIÓN PREVIA (QUIZÁS TEÓRICA O TAL VEZ BIZANTINA) Generalmente aceptado el deslinde trazado por Don Modesto, seudónimo José de la Loma y Milego (Madrid, 1867- 1916), hijo de Don Éxito, su guía en el periodismo taurino, y sucesor de Mariano de Cavia, Sobaquillo, en El Liberal (Madrid), que distingue entre el revistero de toros, que registra con detallismo objetivo lo acontecido en el ruedo, y el cronista taurino, que aporta su impresión personal, centrado en la esencia y prescindiendo de lo anodino, yo creo que esas dos categorías procedería agregar una tercera: la del informador telegráfico, que traslada al papel volandero de la prensa o a las ondas radiofónicas una especie de ficha básica que si acaso admite algunos calificativos o, en su caso, descalificativos. La crítica taurina comprendería estas tres modalidades, entiéndase, la crítica taurina moderna, palabra esta (moderna) que sirve para todo, ya para un roto, ya para un descosido, y que trasladada a la tauromaquia da por sentado que esta nacería en la crónica del Diario de Madrid del 20 de junio de 1793 sobre la corrida ferial de tres días antes en la Plaza de la Puerta de Alcalá, con seis toros de mañana y doce por la tarde, lidiados por Pedro y José Romero. Firmada por Un curioso, corrió por los mentideros, pasó de mano en mano y de inmediato se apuntaron a la idea los demás periódicos. Yo no creo que esa fecha ostente carácter fundacional, y discrepo por dos razones: primera, en el mundo de las letras hay más continuidad, evolución y transformación que invenciones ab ovo o puntos cero; segunda, cada día tengo más claro que la cultura taurina viene de más lejos de lo admitido. Y en este sentido, a continuación abonaré el adelanto de un par de siglos. 168
169 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 16 Quien hubiese comprado la obra de Díaz difícilmente se interesaría por la de Alcalá. No se trasladen al XVII los esquemas de nuestro tiempo. Literatura popular y festiva de consumo urgente, ganar la batalla del tiempo no era una cuestión baladí. UNA CUESTIÓN PREVIA (QUIZÁS TEÓRICA O TAL VEZ BIZANTINA) Generalmente aceptado el deslinde trazado por Don Modesto, seudónimo José de la Loma y Milego (Madrid, 1867- 1916), hijo de Don Éxito, su guía en el periodismo taurino, y sucesor de Mariano de Cavia, Sobaquillo, en El Liberal (Madrid), que distingue entre el revistero de toros, que registra con detallismo objetivo lo acontecido en el ruedo, y el cronista taurino, que aporta su impresión personal, centrado en la esencia y prescindiendo de lo anodino, yo creo que esas dos categorías procedería agregar una tercera: la del informador telegráfico, que traslada al papel volandero de la prensa o a las ondas radiofónicas una especie de ficha básica que si acaso admite algunos calificativos o, en su caso, descalificativos. La crítica taurina comprendería estas tres modalidades, entiéndase, la crítica taurina moderna, palabra esta (moderna) que sirve para todo, ya para un roto, ya para un descosido, y que trasladada a la tauromaquia da por sentado que esta nacería en la crónica del Diario de Madrid del 20 de junio de 1793 sobre la corrida ferial de tres días antes en la Plaza de la Puerta de Alcalá, con seis toros de mañana y doce por la tarde, lidiados por Pedro y José Romero. Firmada por Un curioso, corrió por los mentideros, pasó de mano en mano y de inmediato se apuntaron a la idea los demás periódicos. Yo no creo que esa fecha ostente carácter fundacional, y discrepo por dos razones: primera, en el mundo de las letras hay más continuidad, evolución y transformación que invenciones ab ovo o puntos cero; segunda, cada día tengo más claro que la cultura taurina viene de más lejos de lo admitido. Y en este sentido, a continuación abonaré el adelanto de un par de siglos. 168 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) FIESTA GRANDE DE NUEVE DÍAS, ¿CUÁNDO SE DIERON EN ESPAÑA FIESTAS GRANDES SIN TOROS? Toros hubo varios días. Para comprobarlo, empecemos por el testimonio de Colmenares, mucho más interesado por los desfiles y las procesiones que por el resto de las funciones: – El sábado «a la tarde se corrieron toros», en concreto “seis toros”9. La corrida estuvo a cargo de la Audiencia. – El domingo, al final de un combate de galeras en la plaza, «con vistosa gente y chusma y gran copia de fuegos arrojadizos que poblaban el aire, aclaraban la noche y alborotaban la gente con infinidad de cohetes», asomó por toriles «un toro cargado de cohetes y fuego, que ciego con el humo y la gente, causó mucho regocijo y ninguna desgracia». – El jueves «corriéronse muchos toros con lanzadas y rejones», alarde caballeresco al que asistieron «el rey y personas reales, grandes títulos y señores con todo el cortejo», acomodado en «ventanas y tablados que cercaban la plaza». Así pues, tres regocijos con toros. Lo mejor aconteció el lunes, día en que «las audiencias corrieron sus toros». Colmenares, siempre muy parco cuando se aparta de desfiles clericales y procesiones con lujo de carros, multitud de atabaleros, llamativas máquinas, ejercito de trompeteros, sinfín de caballos y exhibición de máscaras, resume la corrida en un manojo de líneas, anticipando las informaciones telegráficas que en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo completaban las páginas taurinas de la prensa y los espacios radiofónicos, limitadas a los nombres de los toreros, el detalle de los trofeos cortados, una breve mención al comportamiento de los astados y algunaa frase hecha respec- to a la ocupación de los tendidos (“media plaza”, “tres cuartos”, “casi lleno”, “floja entrada”). 17 9Anotación en el manuscrito que no aparece en el texto (Colmenares, 1969, II, nota 13, pág. 418). 169
170 Gonzalo Santonja Gómez-Agero El historiador segoviano apunta cuatro cuestiones. Dos menores, a saber: La función, ya lo hemos señalado, corrió por cuenta de la audiencia. En ella «se repartieron grandes premios», premios que no detalla. Y dos importantes: Los protagonistas fueron «toreros de a pie», que además estuvieron «admirables». ¿Qué en dónde descansa la importancia del mensaje? Para empezar en la normalidad de la expresión: “toreros de a pie”, sin necesidad de explicaciones. Esa llaneza supone que los “toreros de pie” formaban parte habitual de los juegos taurinos. Y repárese también en el juicio que mereció su actuación: “admirables”, calificativo explícito y llamativo, porque no fue don Diego demasiado partidario de este tipo de ponderaciones, reservadas para el “concurso de carros, personajes, galas y aparato” de las procesiones. De hecho, no gasta ni un calificativo para el alarde de los caballeros que presenció el rey, despachado lacónicamente: «Corriéronse muchos toros con lanzadas y rejones». Ni una palabra encomiástica, en contrate con las cañas: «nuestros caballeros jugaron un alegre juego de cañas con ricas y vistosas libreas», tras de lo cual identifica a los veinticuatro intervinientes, agrupados en seis cuadrillas de cuatro. «“Admirables”: los “toreros de a pie” estuvieron admirables». Por último, Colmenares desgrana una noticia de fuste que rompe el esquema de los pseudo historiadores a la gugleta de nuestros días, momificadores de José Sánchez de Neira y José María de Cossío, cuya colosal Enciclopedia hunde sus cimientos en el Gran diccionario taurómaco10.Esos “toreros de a pie” no eran espontá- 18 10 José Sánchez Neira y Álvarez de Toledo (Madrid, 1823- 1898), abogado, historiador y periodista, colaborador de La Lidia (fundada por Peña y Goñi en 170
171 Gonzalo Santonja Gómez-Agero El historiador segoviano apunta cuatro cuestiones. Dos menores, a saber: La función, ya lo hemos señalado, corrió por cuenta de la audiencia. En ella «se repartieron grandes premios», premios que no detalla. Y dos importantes: Los protagonistas fueron «toreros de a pie», que además estuvieron «admirables». ¿Qué en dónde descansa la importancia del mensaje? Para empezar en la normalidad de la expresión: “toreros de a pie”, sin necesidad de explicaciones. Esa llaneza supone que los “toreros de pie” formaban parte habitual de los juegos taurinos. Y repárese también en el juicio que mereció su actuación: “admirables”, calificativo explícito y llamativo, porque no fue don Diego demasiado partidario de este tipo de ponderaciones, reservadas para el “concurso de carros, personajes, galas y aparato” de las procesiones. De hecho, no gasta ni un calificativo para el alarde de los caballeros que presenció el rey, despachado lacónicamente: «Corriéronse muchos toros con lanzadas y rejones». Ni una palabra encomiástica, en contrate con las cañas: «nuestros caballeros jugaron un alegre juego de cañas con ricas y vistosas libreas», tras de lo cual identifica a los veinticuatro intervinientes, agrupados en seis cuadrillas de cuatro. «“Admirables”: los “toreros de a pie” estuvieron admirables». Por último, Colmenares desgrana una noticia de fuste que rompe el esquema de los pseudo historiadores a la gugleta de nuestros días, momificadores de José Sánchez de Neira y José María de Cossío, cuya colosal Enciclopedia hunde sus cimientos en el Gran diccionario taurómaco10.Esos “toreros de a pie” no eran espontá- 18 10 José Sánchez Neira y Álvarez de Toledo (Madrid, 1823- 1898), abogado, historiador y periodista, colaborador de La Lidia (fundada por Peña y Goñi en 170 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) neos, no estaban en Segovia a humo de pajas y tampoco se encontraban a la hora de marras en la Plaza Mayor, convertida en coso, por casualidad. Consideremos la frase completa: «A la tarde las audiencias corrieron sus toros con admirables toreros de a pie, que con salarios convocaron para su fiesta, en que repartieron grandes premios». “Dónde no te llaman, ¿qué te querrán?”, reza un antiquísimo refrán castellano. Pero es que dichos toreros habían sido convocados, palabra inequívoca: «Citar, llamar a una o más personas para que concurran a lugar o acto determinado» (DRAE). En representación de la audiencia, y por mor de su condición de toreros afamados, los fueron a buscar con una propuesta que aceptaron: torear aquella tarde en Segovia bajo condiciones –derechos y deberes– que obligaban a las dos partes. Qué además «repartieron grandes premios», eso era distinto. Toreros profesionales, ellos iban a salario, no a merced. La Historia se publicó en 1637, la corrida data de 1613. A veinticuatro años vista, Diego de Colmenares, que revisaría el manuscrito y corregiría las pruebas una y otra vez con la minuciosidad que cabe esperar en quien por fin sacaba a la luz el fruto de largos años de pesquisas infatigables, todavía tenía viva aquella tarde “admirable” de unos “toreros de a pie” a quienes los señores de las dos audiencias segovianas contrataron exprofeso, cumpliendo la palabra formalmente empeñada el 21 de agosto, cuando «concurrieron a las casas de consistorio todos los estados, gremios y oficios de nuestra República» para oficializar las fiestas. La Ciudad prometió representaciones y toros; la junta de los Nobles Linajes una vistosa máscara; los caballeros dos juegos de cañas; las dos audiencias, toros para el cuarto día, y los fuegos de aquella noche; los fabricadores de paños, la celebra- 19 1882) y Sol y Sombra (fundada en 1897) y autor del Gran diccionario taurómaco (1897). 171
172 Gonzalo Santonja Gómez-Agero ción de máscara de la genealogía de la Virgen Madres de Dios y etcétera, etcétera. Ningún estamento escurrió el bulto, echando la casa por la ventana desde los zurcidores a los pergamineros, presente en definitiva el universo de cargos, profesiones y oficios. Cerrando la relación, presentada al rey en San Laurencio el Real, los médicos, cirujanos, barberos y boticarios rompieron el cuadro al comprometerse a costear «una preciosa corona de oro» para la Virgen (Colmenares, 1637; 391). Toros caros y toreros bien pagados. Ellos se llevarían la parte del león del presupuesto de las audiencias, equiparable en el desembolso a las representaciones sufragadas por la Ciudad y a la “vistosa máscara” de la junta de los Nobles Linajes. En su Historia, Colmenares se limitó a la corrida del sábado, saltándose las demás funciones taurinas. Quizás solo asistiera a esa, a todas luces menos aficionado que don Simón, quien a juzgar por sus palabras no se perdió ni uno de los toros de aquellos días, aunque tampoco perdonaría los certámenes literarios ni las procesiones. De su mano, y reparando uno de los olvidos de Colmenares, consideremos la corrida del sábado, con seis astados en liza, tres en su primera parte y tres en la segunda, que fueron muy distintas. He aquí el relato de la primera: «A la tarde, después de las vísperas …, se corrieron seis Leones por toros, criados en las riberas del Duero, cuyas ondas combaten con los muros Zamoranos. Huuo quatro famosos toreadores, que a porfía hazían suertes marauillosas a la vista, y espantosas a la imaginación. Qual esperaua al toro cara a cara con un garrochoncillo, y en él vna banderola, y dexándosele entre los cuernos le burlaua, y qual con la capa se escapaua echándosela a la vista, este le entraua por vn lado y aquel por otro dexando al toro perplexo. Otra se ocupaua en solo jarretarlos, y vez huuo que de un golpe cercenó los conuejones. No huuo, a Dios gracia, desgracias, aunque atropellaron a muchos, mas eran tantos los que acudían al reclamo que se los sacauan de los cuernos». 20 172
173 Gonzalo Santonja Gómez-Agero ción de máscara de la genealogía de la Virgen Madres de Dios y etcétera, etcétera. Ningún estamento escurrió el bulto, echando la casa por la ventana desde los zurcidores a los pergamineros, presente en definitiva el universo de cargos, profesiones y oficios. Cerrando la relación, presentada al rey en San Laurencio el Real, los médicos, cirujanos, barberos y boticarios rompieron el cuadro al comprometerse a costear «una preciosa corona de oro» para la Virgen (Colmenares, 1637; 391). Toros caros y toreros bien pagados. Ellos se llevarían la parte del león del presupuesto de las audiencias, equiparable en el desembolso a las representaciones sufragadas por la Ciudad y a la “vistosa máscara” de la junta de los Nobles Linajes. En su Historia, Colmenares se limitó a la corrida del sábado, saltándose las demás funciones taurinas. Quizás solo asistiera a esa, a todas luces menos aficionado que don Simón, quien a juzgar por sus palabras no se perdió ni uno de los toros de aquellos días, aunque tampoco perdonaría los certámenes literarios ni las procesiones. De su mano, y reparando uno de los olvidos de Colmenares, consideremos la corrida del sábado, con seis astados en liza, tres en su primera parte y tres en la segunda, que fueron muy distintas. He aquí el relato de la primera: «A la tarde, después de las vísperas …, se corrieron seis Leones por toros, criados en las riberas del Duero, cuyas ondas combaten con los muros Zamoranos. Huuo quatro famosos toreadores, que a porfía hazían suertes marauillosas a la vista, y espantosas a la imaginación. Qual esperaua al toro cara a cara con un garrochoncillo, y en él vna banderola, y dexándosele entre los cuernos le burlaua, y qual con la capa se escapaua echándosela a la vista, este le entraua por vn lado y aquel por otro dexando al toro perplexo. Otra se ocupaua en solo jarretarlos, y vez huuo que de un golpe cercenó los conuejones. No huuo, a Dios gracia, desgracias, aunque atropellaron a muchos, mas eran tantos los que acudían al reclamo que se los sacauan de los cuernos». 20 172 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) Qué filón informativo, don Simón constituye una mina. Los toros procedían del campo zamorano, o sea, en Segovia no solo trajeron de fuera a unos “toreros famosos”. Sin privarse de nada, adquirieron morlacos zamoranos, ganado de bravura proverbial. Una bravura cantada entonces por Lope de Vega o Francisco de Quevedo, de la que huían los toricantanos («Y bien sé quien procuró,/ para no venir a menos,/ llegarse siempre a los buenos,/ no a toritos zamoranos,/ porque los toricantanos/ son enemigos de truenos»), y después exaltada por Josef Daza, maestro varilarguero, o por Tapia y Salcedo, preceptista del toreo a caballo. En cuanto a “los toreros famosos”, don Simón precisa el número: cuatro, uno de ellos ocupado en “jarreatarlos”, de manera que a la hora de ejecutar las demás suertes eran tres. Una terna, como en la “corrida moderna”. Como ya hemos visto, para Colmenares estuvieron “admirables”, admirables en el sentido de maravillosos y temerarios, juicio compartido por don Simón. Bien, hacían suertes, pero cuáles. Lisa y llanamente, ¿en qué consistía su toreo a pie? Esa es la pregunta del millón cuando se trata de las corridas de los siglos áureos. Uno de los tres toreadores ponía banderillas, en principio de una en una: citaría y esperaría al toro con un garochoncillo con adorno de banderola, y cara a cara se lo plantaba entre los cuernos, saliéndose de su jurisdicción con un quiebro inverosímil, al estilo de los de Manuel Escribano o Antonio Ferrera, entre cuyas habilidades se cuenta la de los pares al violín, en el que las dos banderillas en la práctica se convierten en una. No se observa una distancia sideral entre aquella forma de banderille- ar y la presente. ¿Más suertes? Otro de aquellos tres toreros brilló con la capa en corto, llegándose al toro para echársela a los ojos en el momento del 21 173
174 Gonzalo Santonja Gómez-Agero embroque y esquivar la cornada, burla burlando con la pañosa. Así cazaban osos los monteros asturianos más arriesgados, según detalla Argote de Molina: «En las montañas de Oviedo se ejercita mucho la montería de los osos, donde son muy ejercitados los hidalgos de aquel reino […], los cuales, con mucha destreza, al tiempo que el oso se enhiesta contra ellos, le arrojan el capotillo a los ojos, y métenle el venablo por el pecho, metiéndole la cabeza entre los brazos, de forma que el oso no pueda alcanzar con las garras ni la boca para herirles, y teniéndoles fuertemente, en el venablo los acaban» (Argote de Molina, 1971: 54). El toreo a pie frente a la caza silvestre del oso asturiano, como dicen en México “igual no más que diferente”: el cazador usaba el capote/capotillo para, cegado el oso, matarlo, lo cual constituía su único fin. Este toreador, sin embargo, lo empleaba toreramente, esto es, jugando con el peligro, pero jugando en serio, la cogida hurtada desde el dominio de las circunstancias, sin duda con valentía, pero valentía con mando, sosiego y agilidad gallarda. Toreo con el cuerpo. ¿Distancia entre ese toreo a pie y el toreo actual? Evidentemente bastante. Pero lo esencial se identifica pronto: un hombre con una tela frente a un toro bravo que embiste con ansías de herirlo y al que elude a cuerpo limpio. ¿Más suertes? «Este le entraua por vn lado y aquel por otro dexando al toro perplexo», dejándolo perplejo y parándolo en preparación para el momento final, en este caso a través del desjarretamien- to, acción de «cortar las piernas por el jarrete» (DRAE) con la media luna, que coexistía con espadazos de combate pero también con estocadas en corto y por derecho, suerte suprema cuya invención se atribuye a Francisco Romero y Acevedo (Ronda, 1700-1763), abuelo del histórico Pedro Romero, mas atribución 22 174
175 Gonzalo Santonja Gómez-Agero embroque y esquivar la cornada, burla burlando con la pañosa. Así cazaban osos los monteros asturianos más arriesgados, según detalla Argote de Molina: «En las montañas de Oviedo se ejercita mucho la montería de los osos, donde son muy ejercitados los hidalgos de aquel reino […], los cuales, con mucha destreza, al tiempo que el oso se enhiesta contra ellos, le arrojan el capotillo a los ojos, y métenle el venablo por el pecho, metiéndole la cabeza entre los brazos, de forma que el oso no pueda alcanzar con las garras ni la boca para herirles, y teniéndoles fuertemente, en el venablo los acaban» (Argote de Molina, 1971: 54). El toreo a pie frente a la caza silvestre del oso asturiano, como dicen en México “igual no más que diferente”: el cazador usaba el capote/capotillo para, cegado el oso, matarlo, lo cual constituía su único fin. Este toreador, sin embargo, lo empleaba toreramente, esto es, jugando con el peligro, pero jugando en serio, la cogida hurtada desde el dominio de las circunstancias, sin duda con valentía, pero valentía con mando, sosiego y agilidad gallarda. Toreo con el cuerpo. ¿Distancia entre ese toreo a pie y el toreo actual? Evidentemente bastante. Pero lo esencial se identifica pronto: un hombre con una tela frente a un toro bravo que embiste con ansías de herirlo y al que elude a cuerpo limpio. ¿Más suertes? «Este le entraua por vn lado y aquel por otro dexando al toro perplexo», dejándolo perplejo y parándolo en preparación para el momento final, en este caso a través del desjarretamien- to, acción de «cortar las piernas por el jarrete» (DRAE) con la media luna, que coexistía con espadazos de combate pero también con estocadas en corto y por derecho, suerte suprema cuya invención se atribuye a Francisco Romero y Acevedo (Ronda, 1700-1763), abuelo del histórico Pedro Romero, mas atribución 22 174 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) que se deshace a la vista de las imágenes que he dado a conocer en diversos libros, periódicos y revistas»11. Este por un lado, aquel por otro: volvamos a ese modo de torear. Para mí que entre los caballeros y los lidiares a pie terciaron influencias cruzadas. ¿Manifestaciones de ello? La más llamativa quizás se haya dado en Perú. Aludo a la llamada suerte nacional de los peruleros. Pedro José de Zavala 23 11 Por los albores del toreo a pie (León, Everest, 2012): catedral de Plasencia, sillería del coro, siglo XV (pág. 101); Toro, capitel románico del palacio de los condes de Requena (pág. 147); Monasterio de Guadalupe, cantoral del siglo XVI (pág. 155). Y “Las cosas como fueron o en corto y por derecho”, artículo publicado en Quites entre sol y sombra, revista de la Diputación de Valencia, núm. 2, segunda época, impulsada por Salvador Ferrer, en el que reproduzco una talavera de finales del XVII, propiedad de Ángel Sánchez Cabezudo, coleccionista y especialista de primer nivel en la cerámica de Talavera de la Reina, en la cual aparece un toreador que por una cara pone en suerte al toro y por la otra le asesta una estocada de libro,noticia que adelanté con Marian Granados en ABC (“Descubren un ánfora con un torero ejecutando la suerte suprema”, Madrid, 19 de octubre de 2018). Figs. nº 32.- Volapié, siglo XVI: Monasterio de Guadalupe, Oficio de Santiago Apóstol, Cantoral 61. 175
176 Gonzalo Santonja Gómez-Agero se hace lenguas de la pericia de José Lagos, Barreto, que montando sobre Rabón citaba al toro con la capa que «para tal efec- to llevaba prevenida entre su cuerpo y la cabeza de la silla», poniendo hasta cuatro banderillas. Y también glosa el buen hacer de destacados jinetes de la aristocracia limeña, que rivalizaban con capeadores profesionales, muchos de ellos «hombres de color»12, negros e indios que derrotaban un destino de humildad para conquistar una posición de otro modo inalcanzable gracias a su valor y a través del toreo, arte de temblores que nunca supo de discriminaciones por sinrazones económicas, racistas o de sexo. Ahí está el ejemplo de la mulata Juana Breña, exaltada por Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas13 y por Manuel de Odriozola14, mujer aclamada en Acho. Si en ese capeo a caballo los jinetes se miraron en los toreros a pie, a su vez estos se fijarían en aquellos para la suerte –digámoslo así– de la perplejidad. Una suerte ejecutada en rueda y a mi entender derivada del toreo en caracol de los 24 12 Pedro José de Zavala y Bravo del Ribero, VI marqués de San Lorenzo de Villaumbroso: Escuela de caballería conforme a la práctica observada en Lima, obra fechada en Madrid y abril de 1831 y con dos ediciones limeñas (1849, 1873) más simbólicas que reales. Ha sido recuperada por la Unión de Bibliófilos Taurinos (Madrid, 2019) con prólogo de Rafael Cabrera Bonet y estudios introductorios de Valentín Moreno Gallego, de la Real Biblioteca (Madrid), y José Campos Cañizares, especialista en el toreo caballeresco (edición cuidadísima, pero sin ISBN, carencia que condiciona el alcance de los libros de la Unión, por norma estupendos). 13 Ricardo Palma: “¡Buena laya de fraile¡. (Crónica de la época del virrey marqués de Viluma)”, recogida en Tradiciones peruanas. Barcelona, Montaner y Simón, 1894, I, págs. 320-26: amazona «en un zaino manchado, raza de Chile», en una corrida de especial relieve aplicó «tres suertes, sentando el caballo en la última para esperar nueva embestida», lo que lleva al autor, presente en los tendidos de Acho, a exclamar: «¡Por la encarnación del diablo que se lució la china¡» 14 Incluida por Manuel de Odriozola en el trio de ases del capeo a caballo, equiparada a Casimiro Cajapaico y Esteban Arredondo (Documentos literarios del Perú. Lima, Imprenta del Estado, 1877, X, pág. 383). 176
177 Gonzalo Santonja Gómez-Agero se hace lenguas de la pericia de José Lagos, Barreto, que montando sobre Rabón citaba al toro con la capa que «para tal efec- to llevaba prevenida entre su cuerpo y la cabeza de la silla», poniendo hasta cuatro banderillas. Y también glosa el buen hacer de destacados jinetes de la aristocracia limeña, que rivalizaban con capeadores profesionales, muchos de ellos «hombres de color»12, negros e indios que derrotaban un destino de humildad para conquistar una posición de otro modo inalcanzable gracias a su valor y a través del toreo, arte de temblores que nunca supo de discriminaciones por sinrazones económicas, racistas o de sexo. Ahí está el ejemplo de la mulata Juana Breña, exaltada por Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas13 y por Manuel de Odriozola14, mujer aclamada en Acho. Si en ese capeo a caballo los jinetes se miraron en los toreros a pie, a su vez estos se fijarían en aquellos para la suerte –digámoslo así– de la perplejidad. Una suerte ejecutada en rueda y a mi entender derivada del toreo en caracol de los 24 12 Pedro José de Zavala y Bravo del Ribero, VI marqués de San Lorenzo de Villaumbroso: Escuela de caballería conforme a la práctica observada en Lima, obra fechada en Madrid y abril de 1831 y con dos ediciones limeñas (1849, 1873) más simbólicas que reales. Ha sido recuperada por la Unión de Bibliófilos Taurinos (Madrid, 2019) con prólogo de Rafael Cabrera Bonet y estudios introductorios de Valentín Moreno Gallego, de la Real Biblioteca (Madrid), y José Campos Cañizares, especialista en el toreo caballeresco (edición cuidadísima, pero sin ISBN, carencia que condiciona el alcance de los libros de la Unión, por norma estupendos). 13 Ricardo Palma: “¡Buena laya de fraile¡. (Crónica de la época del virrey marqués de Viluma)”, recogida en Tradiciones peruanas. Barcelona, Montaner y Simón, 1894, I, págs. 320-26: amazona «en un zaino manchado, raza de Chile», en una corrida de especial relieve aplicó «tres suertes, sentando el caballo en la última para esperar nueva embestida», lo que lleva al autor, presente en los tendidos de Acho, a exclamar: «¡Por la encarnación del diablo que se lució la china¡» 14 Incluida por Manuel de Odriozola en el trio de ases del capeo a caballo, equiparada a Casimiro Cajapaico y Esteban Arredondo (Documentos literarios del Perú. Lima, Imprenta del Estado, 1877, X, pág. 383). 176 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) caballeros, localizada por Argote de Molina en tiempos de Alfonso XI: «… y del sitio donde están encerrados sacan uno a uno [los toros] a la plaza, que está cercada de palenques, donde los corren gente de a pie y caballo; a veces, acometiéndolos la gente de a caballo con las garrochas, y andando en torno dellos en caracol los hacen acudir a una y otra parte …» (Argote, 1971:XXXVIII: 87). Más arriba subrayé lo esencial del toreo a pie: un hombre solo frente al toro, con la única defensa de una tela, trasto que sin valor y sin arte no es defensa ni es nada. Ahora acabamos de identificar una (otra) de las razones que llevaron a los toreros a pie a derrotar al toreo caballeresco: la emoción. Frente al armamento de las garrochas y el amparo de los corceles, ellos se desempeñaban a cuerpo limpio. Por eso, y no por el cuento de hadas del influjo sobre los nobles de los Borbones anti taurinos, se alzaron con el mando en plaza, primer espacio hispano de libertad y clamor popular. Por último, don Simón nos informa de que aquellos tres toros «atropellaron a muchos, mas eran tantos los que acudían al reclamo que se los sacauan de los cuernos». O sea, en algún momento de la tarde se dio el toreo popular, con nitidez distinguido del profesional. Bien, tres toros, pero ¿no estábamos en que «se corrieron seis Leones por toros»? ¿Y los tres restantes? Aguardaba el gentío la salida del “quarto toro”, sigue la crónica, cuando, «casi sin pensar, porque los más de la plaza no lo sabían, entró mucha música militar de atabales, trompetas y clarines a caballo». Qué extraño: polifonías y parafernalia, pero resulta que «los más de la plaza no lo sabían». Convocados por la bravura del ganado y fama de los toreros, los espectadores/aficionados de repente se encontraban con lo que no habían ido a ver. Y, sorpresa sobre sorpresa, hete aquí 25 177
184 Gonzalo Santonja Gómez-Agero por su peso: en el valor, con frecuencia intensificado hasta la temeridad. Algunos lo resumen en una palabra: arrimarse. Paco Camino lo ha expresado meridianamente: «El que quiera ser torero debe arrimarse mucho y pasar fatigas»16; y Rafael el Gallo lo clavó con su inigualable ingenio: «El que no quiera cornadas, que se meta a obispo». Como manda esa ley no escrita del toreo, aquel moçuelo salió arreando, atornillado en el centro de la arena, citando por abajo y dejándose llegar al león zamorano hasta sentir el roce de los pitones «… este les aguardaua en medio de la plaça con grande ánimo y ossadía. Teniendo la mitad de la capa en la mano y la otra en el suelo, los dexaba llegar tan cerca que la pisauan y, al tiempo de hazer el golpe, se la echaua de suerte que no vía en quien executalle». Toreo, pues, de temeridad, sustentado en el aguante: Con la vida confiada al acierto al echar la capa a la cara del toro, ni décima de segundo antes ni décima de segundo después del instante adecuado, y a la agilidad de un quiebro al borde mismo de la cornada o el atropello, con la posibilidad en puntas de un topetazo tan brutal y fatídico como el que mandó al inolvidable Julio Robles a la silla de ruedas17. «Tanto va el cántaro a la fuente, que al final un día se rompe». Con el percance al acecho, la cogida 32 16 Coloquio de Paco Camino con el periodista Álvaro Acevedo en Villaseca de la Sagra (Toledo), XIX Jornadas Taurinas, 8 de marzo de 2019 (www.aplausos.es). 17 13 de agosto de 1990, plaza francesa de Beziers: Timador, de la ganadería pacense de Cayetano Muñoz (procedencia Torrestrella), lo partió por el medio en el primer lance, dejándolo tetrapléjico. Tras once años en silla de ruedas, Julio Robles falleció de peritonitis en Salamanca el 14 de enero de 2001. Cuando escribo este artículo se cumple el cincuentenario de su debut con caballos en la plaza portátil La Salmantina, propiedad de su apoderado Francisco Gil, el 10 de marzo de 1970 en Lérida (Francisco Cañamero, “Del toro al infinito”, blog, 8 de mayo de 2020). Sirva este nota de recuerdo y homenaje. 184
185 Gonzalo Santonja Gómez-Agero por su peso: en el valor, con frecuencia intensificado hasta la temeridad. Algunos lo resumen en una palabra: arrimarse. Paco Camino lo ha expresado meridianamente: «El que quiera ser torero debe arrimarse mucho y pasar fatigas»16; y Rafael el Gallo lo clavó con su inigualable ingenio: «El que no quiera cornadas, que se meta a obispo». Como manda esa ley no escrita del toreo, aquel moçuelo salió arreando, atornillado en el centro de la arena, citando por abajo y dejándose llegar al león zamorano hasta sentir el roce de los pitones «… este les aguardaua en medio de la plaça con grande ánimo y ossadía. Teniendo la mitad de la capa en la mano y la otra en el suelo, los dexaba llegar tan cerca que la pisauan y, al tiempo de hazer el golpe, se la echaua de suerte que no vía en quien executalle». Toreo, pues, de temeridad, sustentado en el aguante: Con la vida confiada al acierto al echar la capa a la cara del toro, ni décima de segundo antes ni décima de segundo después del instante adecuado, y a la agilidad de un quiebro al borde mismo de la cornada o el atropello, con la posibilidad en puntas de un topetazo tan brutal y fatídico como el que mandó al inolvidable Julio Robles a la silla de ruedas17. «Tanto va el cántaro a la fuente, que al final un día se rompe». Con el percance al acecho, la cogida 32 16 Coloquio de Paco Camino con el periodista Álvaro Acevedo en Villaseca de la Sagra (Toledo), XIX Jornadas Taurinas, 8 de marzo de 2019 (www.aplausos.es). 17 13 de agosto de 1990, plaza francesa de Beziers: Timador, de la ganadería pacense de Cayetano Muñoz (procedencia Torrestrella), lo partió por el medio en el primer lance, dejándolo tetrapléjico. Tras once años en silla de ruedas, Julio Robles falleció de peritonitis en Salamanca el 14 de enero de 2001. Cuando escribo este artículo se cumple el cincuentenario de su debut con caballos en la plaza portátil La Salmantina, propiedad de su apoderado Francisco Gil, el 10 de marzo de 1970 en Lérida (Francisco Cañamero, “Del toro al infinito”, blog, 8 de mayo de 2020). Sirva este nota de recuerdo y homenaje. 184 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) sobrevino a la vista de todos en esta corrida grande. Don Simón es bien preciso: «Cogióle un toro madrigado con descuydo». Un toro madrigado, la explicación de Covarrubias no deja resquicio para la duda: «se dice el toro padre … A este dejan envejecer, y así cobra mucha malicia y recato», por extensión de lo cual «llamamos madrigados a los que son experimentados …»18. Un toro padreador, dejado envejecer. Ojo al dato, porque un toro envejecido no era lo mismo entonces que en la actualidad: jugados ahora con cuatro y cinco años, en aquella época fue normal que saltasen a la arena con seis, siete y hasta ocho años o a saber. Madrigado, y basta. Sería un morlaco posiblemente corrido en distintas ocasiones, corrido y devuelto a la dehesa, como padreador probado, hasta verse sustituido en esa función, gastado en ella, quien sabe con cuantas hierbas. Una joya. Con descuydo, por confiarse. Tampoco es menester la aclaración. Mas, por si acaso, volveré al refranero: «La confianza embaraza a las mujeres y pierde a los hombres». Qué cara se paga la confianza o el descuido en el toreo. En menos que se dice amén, el percance. Ley inmutable de la Fiesta. Y también es inmutable que los compañeros vuelen al quite. Para llevarse al toro, ahora se valen de capas, muletas y del propio cuerpo, a veces lo colean. Son lances de solidaridad y peligro, lances toreros en los que nadie pierde la compostura. Sin embargo, en el siglo XVII y a juzgar por la cogida del moçuelo que nos ocupa, los toreros al quite no se reparaban en miramientos, aunque él, por los demás, también supo defenderse con una energía poco común. Comprobémoslo: «le tuuo en los cuernos, hasta que los compañeros llegaron con espadas y le hizieron pedazos» 33 18 Insistí en este episodio en Luces sobre una época oscura. León, Everest, 2010, cap. 4.I.. Sebastián de Covarrubias Horozco, Tesoro de la lengua castellana o española. 185
186 Gonzalo Santonja Gómez-Agero Acudieron espadas en ristre y lo despedazaron. Sin miramientos ni concesiones, es evidente. Sin embargo, esa evidencia no puede tapar otra: si la emprendieron a espadazos para salvar a su joven compañero, esa acción fue posible, en primer lugar, porque aquellos toreadores a pie concurrieron a la plaza con espadas y, además, las tenían muy a mano. ¿Exclusivamente para salir al paso de este tipo de percances? Puede que sí, puede que no. Lo cierto es que desde siglos antes la suerte suprema se practicaba en corto y por derecho, delantera y al volapié, de lo que tenemos constancia sobre el barro de las talaveras, en la madera de la catedral de Plasencia, en el pergamino del Monasterio de Guadalupe (imagen reproducida) y en la piedra de un capitel de Toro. Ahora mal, en esta corrida lo único que se acredita es el desjarretamiento, lo que implica el uso de la medialuna. Libros y documentos dicen lo que dicen, no lo que nos gustaría que dijesen, sobre todo cuando sencillamente, como es mi caso, siempre me gusta lo que leo, ya por fas, ya por nefas, confirmando la hipótesis que venía barajando o por lo contrario, pues al negarla me saca del error. Y este caso, reafirma mi planteamiento. ¿Qué planteamiento? En el de que, al no existir reglamentos ni estar todo milimétricamente medido, los toreros o toreadores tenían libertad para innovar, aceptando o no los usos más o menos asentados. Abiertos a la diversidad, la monotonía carecía de sitio. Antes batalla que tedio. Y ahora no se trata de poner sobre el tapete si eso lo juzgamos bien o mal, mejor o peor, sino de registrar lo que sucedía en las corridas y como se desarrollaban, que ya habrá tiempo de ir más allá en las discusiones. Y así en esto como en aquello don Simón constituye una fuente de información de fuste. 34 186
187 Gonzalo Santonja Gómez-Agero Acudieron espadas en ristre y lo despedazaron. Sin miramientos ni concesiones, es evidente. Sin embargo, esa evidencia no puede tapar otra: si la emprendieron a espadazos para salvar a su joven compañero, esa acción fue posible, en primer lugar, porque aquellos toreadores a pie concurrieron a la plaza con espadas y, además, las tenían muy a mano. ¿Exclusivamente para salir al paso de este tipo de percances? Puede que sí, puede que no. Lo cierto es que desde siglos antes la suerte suprema se practicaba en corto y por derecho, delantera y al volapié, de lo que tenemos constancia sobre el barro de las talaveras, en la madera de la catedral de Plasencia, en el pergamino del Monasterio de Guadalupe (imagen reproducida) y en la piedra de un capitel de Toro. Ahora mal, en esta corrida lo único que se acredita es el desjarretamiento, lo que implica el uso de la medialuna. Libros y documentos dicen lo que dicen, no lo que nos gustaría que dijesen, sobre todo cuando sencillamente, como es mi caso, siempre me gusta lo que leo, ya por fas, ya por nefas, confirmando la hipótesis que venía barajando o por lo contrario, pues al negarla me saca del error. Y este caso, reafirma mi planteamiento. ¿Qué planteamiento? En el de que, al no existir reglamentos ni estar todo milimétricamente medido, los toreros o toreadores tenían libertad para innovar, aceptando o no los usos más o menos asentados. Abiertos a la diversidad, la monotonía carecía de sitio. Antes batalla que tedio. Y ahora no se trata de poner sobre el tapete si eso lo juzgamos bien o mal, mejor o peor, sino de registrar lo que sucedía en las corridas y como se desarrollaban, que ya habrá tiempo de ir más allá en las discusiones. Y así en esto como en aquello don Simón constituye una fuente de información de fuste. 34 186 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 35 Nos encontramos ante una crónica de la corrida grande de una de las más solemnes celebraciones de la Segovia de los Siglos de Oro, desde luego menos detallada que las actuales, pero infinitamente más de lo que permitía esperar el silencio de los siglos precedentes. Corrida de ocho toros, y de momento vamos por cuatro, los cuatro lidiados por los cuatro toreadores asalariados que notarios y escribanos contrataron en razón de su fama, los mismos que despacharon a tres de los seis leones zamoranos que saltaron a la Plaza Mayor, convertida en coso, la tarde del sábado precedente. ¿Y qué sucedió cuando ellos cedieron su protagonismo en la plaza? Hemos llegado al momento de los contrastes. CONTRASTES Los toreadores de a pie lidiaron tres de los seis toros de la corrida del sábado, cuatro de ocho en la del lunes. En aquella los caballeros se conformaron con uno, y continuación se entregaron al jugueteo de las cañas. En esta empezaron con el quinto: «Al quinto toro de hermoso talle y de aspecto fiero, salió don Gerónymo de Carrión, hijo y vecino desta Ciudad, en caballo overo con solo un lacayo, que llevaua la lança, que era como un pino…» ¿Pero qué acabamos de leer? Por un lado, el quien: don Jerónimo de Carrión, varón ilustre, citado con el santo y seña de nombre y apellido, precisión ineludible a tenor de los buenos usos de protocolos y ringorrangos. Hombres del pueblo, la identidad de los cuatro toreadores asalariadas carecía de interés. Hasta aquí lo previsible. Mas la sorpresa sobreviene de seguido. Y es que el reverendo Díaz y Frías cargó la pluma, opinando por libre, criticando y ponderando con conciencia implícita del deber de contar la 187
188 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 36 verdad. Censuraba sin acritud, censuraba con ironía. Pero en definitiva censuraba, y no con levedad cortesana, sino ridiculizando en roman paladino. Qué palabras las suyas tan intencionadas. Acabamos de verificarlo: «llevaua la lança que era como un pino» y presentaba un «aspecto fiero», contraste que reducía la fiereza a un mera representación, representación desmentida por el pino de la lanza. Valiente contraste. A los toreadores los retrata por sus acciones: lleauan garrochoncillos, banderillas cortas y se movían cara a cara, pisando terrenos que los caballeros solo conocerían de lejos, subidos a los caballos y blandiendo árboles, lanzas que únicamente tomaban en el último instante. Para soportar su peso ya estaban los lacayos, en este caso tan solo uno, matización que tampoco se me hace venial, porque se puede entender tanto a favor como en contra: Crítica: ¿Únicamente tenía don Jerónimo para un lacayo? Elogio: con ese lacayo único denunciaba indirectamente el boato exhibicionista de otros caballeros, ostentosamente acompañados por sequitos numerosos. Consideremos las líneas que aquel cura de pueblo enderezó a la fazaña de don Jerónimo Carrión, el Caballero del pino. Iba explicándonos que llevaua la lança …. «… que era como un pino, cuyo hierro pudiera seruir de espejo de armar, aguardóle [al toro], y por dos vezes no le acometió. A la tercera le entró tan sin pensar que el acometer el toro y tomar el cauallero la lança, y atrauesársela por la espalda hasta las entrañas fue todo vn tiempo…» Don Simón escribe sin contemplaciones, escribe a dar. Lanza que «pudiera servir de espejo de armar». No era, desde luego, la lanza herrumbrosa y en astillero de don Quijote, tomada de orín. Por el contrario, lanza de desfile y alarde ceremonial: con brillo de espejo para que el Caballero del pino llamara la atención con sus reflejos. 188
189 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 36 verdad. Censuraba sin acritud, censuraba con ironía. Pero en definitiva censuraba, y no con levedad cortesana, sino ridiculizando en roman paladino. Qué palabras las suyas tan intencionadas. Acabamos de verificarlo: «llevaua la lança que era como un pino» y presentaba un «aspecto fiero», contraste que reducía la fiereza a un mera representación, representación desmentida por el pino de la lanza. Valiente contraste. A los toreadores los retrata por sus acciones: lleauan garrochoncillos, banderillas cortas y se movían cara a cara, pisando terrenos que los caballeros solo conocerían de lejos, subidos a los caballos y blandiendo árboles, lanzas que únicamente tomaban en el último instante. Para soportar su peso ya estaban los lacayos, en este caso tan solo uno, matización que tampoco se me hace venial, porque se puede entender tanto a favor como en contra: Crítica: ¿Únicamente tenía don Jerónimo para un lacayo? Elogio: con ese lacayo único denunciaba indirectamente el boato exhibicionista de otros caballeros, ostentosamente acompañados por sequitos numerosos. Consideremos las líneas que aquel cura de pueblo enderezó a la fazaña de don Jerónimo Carrión, el Caballero del pino. Iba explicándonos que llevaua la lança …. «… que era como un pino, cuyo hierro pudiera seruir de espejo de armar, aguardóle [al toro], y por dos vezes no le acometió. A la tercera le entró tan sin pensar que el acometer el toro y tomar el cauallero la lança, y atrauesársela por la espalda hasta las entrañas fue todo vn tiempo…» Don Simón escribe sin contemplaciones, escribe a dar. Lanza que «pudiera servir de espejo de armar». No era, desde luego, la lanza herrumbrosa y en astillero de don Quijote, tomada de orín. Por el contrario, lanza de desfile y alarde ceremonial: con brillo de espejo para que el Caballero del pino llamara la atención con sus reflejos. 188 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) Pero pasar de las musas al teatro, de la representación a la acción, eso era otra cosa. Sorprendido por el toro, que arranca de improviso, don Jerónimo le planta el lanzazo allá donde cae, similar en esto al célebre pintor Orbaneja del Quijote: «un pintor que estaba en Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: «Lo que saliere»; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: «Este es gallo», porque no pensasen que era zorra (Don Quijote, II, LXXI). ¿Pondría su lacayo una cartela en el sitio donde cayó el golpe, especificando lanzada, no bombardeo? Por si fuera poca la chanza, don Simón sigue: «dexole el hierro con una gran quarta de ella hasta dentro», de guisa que el toro «no a muchos pasos cayó». Suerte tosca y hasta infame, sin embargo la solemnizaron al unísono «los ministriles con música, el vulgo con vozes diziendo víctor, los caualleros con aplauso y las damas con parabienes». Casi nada: los ministriles dando a los instrumentos, el vulgo con vítores, los caballeros satisfechos y las damas embelesadas. A qué demostraciones de entusiasmo no se hubieran entregado músicos, pueblos, prohombres, doncellas, dueñas y damas si, en lugar de blandir una lanza con estatura de pino, don Jerónimo se empleara con garrochoncillo y si en vez de dejarse sorprender, asestando el lanzazo por la espalda donde el azar dispuso, desafiara al toro de frente y con pulso firme, apuntando con sangre fría para acertar en el sitio. Cuatro más uno, cinco toros. Enchiquerados aguardaban tres astados más, ¿qué sucedió con ellos? Pues nuevo cambio de registro: tras este episodio de toreo caballeresco, sobrevino el turno del toreo popular. El cronista lo despacha en un puñado de líneas: «corriéronse luego los tres toros que restauan, que no fueron menos brauos ni vuo menos suertes». Y no se registraron heridos, «aunque vuo muchos volteados». 37 189
190 Gonzalo Santonja Gómez-Agero Fin de la corrida, no de los regocijos taurinos. Porque los caballeros, insistiendo, volvieron a la Plaza Mayor para exhibirse ante el propio Felipe III el jueves a las tres de la tarde, séptima jornada festiva. Su Majestad efectuó una entrada triunfal en «coche de seys cauallos», en compañía «de todos los Títulos y Caualleros» y de su augusta esposa. ALARDE DE CABALLEROS Sus Altezas ocuparon el sitial de honor, dispuesto a las puertas de la iglesia de San Miguel, «por ser esta casa la de más comodidad, mejor y más sin sol», cerca del sitio en que Isabel la Católica fuera proclamada reina de Castilla. Don Simón tal vez barruntase que en la crónica anterior se le hubiera ido la mano, de modo que optó por redimirse. «Dexo de poner aquí las marauillosas suertes que hizieron [los caballeros] cercando los toros y quebrando rejones», comienza. La frase se diría de aliño e inofensiva, aunque quizás conllevaran cierta carga de malicia. ¿Suertes maravillosas? No serían para tanto cuando se las dejó en el tintero. ¿Por qué omitió ese cuento, negando al mundo el conocimiento de tamaños portentos? Él mismo lo explica: «por tener lugar de pintar las lançadas, que fueron tres, y porque no falte tiempo para las cañas, que se corrieron con tan gran concierto y orden como se han corrido en España». La verdad, no tengo del todo claro que escribiera sin intención. ¿Quién dijo que segundas partes nunca fueron buenas o que el tren de las oportunidades solo pasa una vez? Eso valdrá para los humildes, no para los poderosos. Y don Jerónimo de Carrión debía de contarse entre los tales. En consecuencia, le correspondió la primera lanzada. Quien quiera entender que entienda, el cronista escribía para lectores atentos: «la lanza y hierro eran del mismo peso y largo que la primera». O sea, otro pino con espejo. 38 190
191 Gonzalo Santonja Gómez-Agero Fin de la corrida, no de los regocijos taurinos. Porque los caballeros, insistiendo, volvieron a la Plaza Mayor para exhibirse ante el propio Felipe III el jueves a las tres de la tarde, séptima jornada festiva. Su Majestad efectuó una entrada triunfal en «coche de seys cauallos», en compañía «de todos los Títulos y Caualleros» y de su augusta esposa. ALARDE DE CABALLEROS Sus Altezas ocuparon el sitial de honor, dispuesto a las puertas de la iglesia de San Miguel, «por ser esta casa la de más comodidad, mejor y más sin sol», cerca del sitio en que Isabel la Católica fuera proclamada reina de Castilla. Don Simón tal vez barruntase que en la crónica anterior se le hubiera ido la mano, de modo que optó por redimirse. «Dexo de poner aquí las marauillosas suertes que hizieron [los caballeros] cercando los toros y quebrando rejones», comienza. La frase se diría de aliño e inofensiva, aunque quizás conllevaran cierta carga de malicia. ¿Suertes maravillosas? No serían para tanto cuando se las dejó en el tintero. ¿Por qué omitió ese cuento, negando al mundo el conocimiento de tamaños portentos? Él mismo lo explica: «por tener lugar de pintar las lançadas, que fueron tres, y porque no falte tiempo para las cañas, que se corrieron con tan gran concierto y orden como se han corrido en España». La verdad, no tengo del todo claro que escribiera sin intención. ¿Quién dijo que segundas partes nunca fueron buenas o que el tren de las oportunidades solo pasa una vez? Eso valdrá para los humildes, no para los poderosos. Y don Jerónimo de Carrión debía de contarse entre los tales. En consecuencia, le correspondió la primera lanzada. Quien quiera entender que entienda, el cronista escribía para lectores atentos: «la lanza y hierro eran del mismo peso y largo que la primera». O sea, otro pino con espejo. 38 190 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) Y los toros, que fueron trece, eran jarameños, procedencia revelada por Antonio Balbás Varaona, también «hijo desta Ciudad»19 y el cuarto testigo de vista de aquellas corridas, en un poema puntualmente recogido por don Simón, del que proceden estos versos: «Después que a diez jaramenos dieron picón, zaque y mate en el tablero del coso bueltos en lanças, los lancen».20 A toros zamoranos, toros del Jarama. Palabras mayores. Si temidos aquellos, de espanto estos. Segovia exaltó a la Virgen de la Fuencisla sin reparar en gastos, agenciándose lo mejor de lo bueno para celebrar la inauguración de su casa nueva, la ermita levantada a los pies de las Peñas Grajeras. “Toro del Jarama, guárdate de él cuando brama”, advierte el refranero. El propio Plinio (1629) pregonó su bravura: «los más feroces y brauos son los que se crían en las riberas de Xarama y Tajo» 39 19 Colmenares: Antonio de Balvás Varahona (Segovia, 1559-1628), al que también sacude, «impelido de su ingenio, sin más estudio que lección de libros vulgares, se dio a la poesía, o más propiamente a los versos, profesión fácil hoy a todos los ingenios. Escribió poesías que nombra sueltas y lo son en todo». Y sigue: Varón que «aborrecía la cultura», trató de imprimirlas con el título de Jardín de Apolo, pero lo cambió, y acertó al hacerlo, porque «plantara mal jardín quien aborrecía la cultura» (Colmenares, 1969: III, 159). 20 (Díaz y Frias, 1614:148r-52v). Y quede constancia de que Balbás se fijaba en los toros, regla de oro de los buenos aficionados, porque el toro es el sujeto esencial de la Fiesta. Lidiados diez jarameños, salió el undécimo: «La piel negra, rostro feo,/ de aspecto y feroz semblante,/ corto cuello, agudos cuernos,/ que causa espanto mirarle»: feo en el sentido de que verlo causaba pavor, ya que apareció por la puerta de toriles «bramando y vertiendo fuego». Pero lo más interesante está en el tercer verso, cuando lo pinta “corto de cuello”, embistiendo en línea recta, por alto, y con los pitones en puntas, con el resultado de «algunos cauallos malheridos» (Ibidem:145v-146v.).Animales íntegros, toreo con emoción y peligro, quedaba de manifiesto la diferencia entre enfrentarlos a caballo y con lanzas pinariegas o a pie y cuerpo limpio, con garrochoncillo, capa y abanico. 191
192 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 40 Díaz y Frías pondera las tres lanzadas y exalta las carreras, los cercos y el rejoneo de los caballeros, practicado en parejas o sencillamente en tumulto, pero no sé, para mi tengo que alguna sorna encubren sus elogios. De hecho, mucha gallardía, máxima destreza y más atrevimiento, pero júzguense las tres lanzadas por la realidad de donde cayeron: Don Jerónimo de Carrión se la metió al toro por la espalda y, supongo que a causa de la ya glosada longitud pinariega, «quebróla, y dexó el hierro y una gran parte del primer tercio de la hasta en el cuerpo». Sometido a tamaño desaguisado, toro para el arrastre. La segunda corrió a cargo de «vn cauallero forastero», apadrinado por don Jerónimo, cuyo protagonismo canta la necesidad que sentía de reivindicarse. Ostentoso y manifestando ánimo, su ahijado se fue al toro. Pero, ¡vaya por Dios!, marró con el rejón, fallo imputable a «dos que le silbauan a los lados», a los que acometió el jarameño, volviéndose inopinadamente y furioso. Lejos de desanimarse, aquel caballero forastero «hizo algunas suertes», aunque, de nuevo ¡vaya por Dios!, «en vna no la tvuo», obviamente no por su culpa, sino a saber, quizás un aire, tal vez la música. Excusas aparte, fue por exceso de celo. Ya «que por hazerla buena le sucedió mal, pues dio el toro con él en tierra». Menos mal que Dios aprieta pero no ahoga: allí estaba el padrino, que acudió con celeridad providencial y propinó al toro desatento «vna gran cuchillada en el cuello con un alfange corto, que le cortó casi la mitad». Más que padrino, segundo padre en funciones de matarife. La tercera aun fue menos buena, apostillándolo suavemente. El cronista no se atrinchera detrás de los eufemismos: «le hirió mal», constata sin andarse por las ramas. Y es que el lanzazo, propinado a ciegas, penetró al animal por «el vientre, y echóle algo del fuera». ¿Las tripas fuera? Nada, nada, era un 192
193 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 40 Díaz y Frías pondera las tres lanzadas y exalta las carreras, los cercos y el rejoneo de los caballeros, practicado en parejas o sencillamente en tumulto, pero no sé, para mi tengo que alguna sorna encubren sus elogios. De hecho, mucha gallardía, máxima destreza y más atrevimiento, pero júzguense las tres lanzadas por la realidad de donde cayeron: Don Jerónimo de Carrión se la metió al toro por la espalda y, supongo que a causa de la ya glosada longitud pinariega, «quebróla, y dexó el hierro y una gran parte del primer tercio de la hasta en el cuerpo». Sometido a tamaño desaguisado, toro para el arrastre. La segunda corrió a cargo de «vn cauallero forastero», apadrinado por don Jerónimo, cuyo protagonismo canta la necesidad que sentía de reivindicarse. Ostentoso y manifestando ánimo, su ahijado se fue al toro. Pero, ¡vaya por Dios!, marró con el rejón, fallo imputable a «dos que le silbauan a los lados», a los que acometió el jarameño, volviéndose inopinadamente y furioso. Lejos de desanimarse, aquel caballero forastero «hizo algunas suertes», aunque, de nuevo ¡vaya por Dios!, «en vna no la tvuo», obviamente no por su culpa, sino a saber, quizás un aire, tal vez la música. Excusas aparte, fue por exceso de celo. Ya «que por hazerla buena le sucedió mal, pues dio el toro con él en tierra». Menos mal que Dios aprieta pero no ahoga: allí estaba el padrino, que acudió con celeridad providencial y propinó al toro desatento «vna gran cuchillada en el cuello con un alfange corto, que le cortó casi la mitad». Más que padrino, segundo padre en funciones de matarife. La tercera aun fue menos buena, apostillándolo suavemente. El cronista no se atrinchera detrás de los eufemismos: «le hirió mal», constata sin andarse por las ramas. Y es que el lanzazo, propinado a ciegas, penetró al animal por «el vientre, y echóle algo del fuera». ¿Las tripas fuera? Nada, nada, era un 192 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 41 caballero. «Celebráronsela con música y no faltó quien se la alabase». Todavía faltaban siglos para que naciera El Gallo, pero que oportunidad para habérsele adelantado con aquello de «tie q´aber gente pa´to». Lanzadas y alanceadores aparte, don Simón, buen aficionado, se demuestra mejor cronista. ¿A santo de qué este juicio? Pues a santo de su atención al toro, sin el cual no existirían las corridas. Fiesta de toros, no de toreros. Por ende emplea más palabras y es más expresivo con los astados jarameños que con los caballeros. Reparemos en el toro que sufrió la lanzada de don Jerónimo: acometía con «gran ferocidad», hasta el punto de revelarse entre «los más brauos que se corrieron». Pobre toro, suerte negra. Atravesado por la espalda, con un tercio del pino dentro, se sobrepuso a esa herida mortal y, levantado sobre las patas, la bravura in extremis le hizo alcanzar con «la punta del cuerno al pecho del cauallo», al que causó una «pequeña sangría», sangría que tampoco habla bien del lancero, con ventaja para sacarlo indemne. Por su parte, el toro que derribó al caballero forastero, negro y madrigado, sumó astucia a la bravura. Midiendo y escarbando, acometía de improviso. Toro madrigado, acabo de señalarlo. Cuajado y hondo, de «espantoso aspecto», al encampanarse y bramar infundía «miedo y grima aún a los que están seguros»21. Por último, el toro que padeció el desaguisado de la eventración: también bravo y gallardo, embestía por derecho. «Había faena», pensarían los aficionados. Pero ahí concluyó su historia, aventando el castillo de tamañas ilusiones en la primera embestida, malograda por el caballero, que «le hirió mal». 21 Díaz y Frías, 1614: 144v, “seguras”, errata. 193
200 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 48 «En el medio de esta fiesta salió un toro con vna manta de coetes, puestos con tal orden que ahora salían desta parte una dozena, ya de aquella otra, ya de enzima de la indomada cerviz, ya de hazia los pies; y desta suerte hasta que se consumieron más de cien dozenas, sin que se quemase el toro, que era un León, y la gente de la plaza mucha, y así encontraua y derribaua hombres a cada paso, sin que pudiesse executar el golpe, porque al tiempo de la execución el fuego que dél salía le cegaua, y el estampido de los coetes le espantaua. No huuo desgracias, aunque huuo grande ocasión para muchas». Cegado y espantado, hasta el extremo de que, huyendo, ni siquiera corneara. Sin comentarios. «El tiempo muda los usos», constató Cervantes. En la política, en el teatro, en los toros … en cuanto perdura. De ahí, verbigracia, el peto de los caballos de los varilargueros. Porque la tradición, cualquier tradición, se afirma en los cambios, igual y distinta. Renovarse para permanecer. Por eso, saltando sobre el vértigo de las edades, la descripción del doctor Alcalá remite hoy por hoy en Castilla La Vieja al ancestral y popularísimo Toro Júbilo soriano de Medinaceli, al que los mozos de la villa acoplan en los cuernos un armazón con sendas bolas de fuego y cuyos arreones aguantan y templan con una soga, rito reconocido por la Junta de Castilla y León como «espectáculo taurino tradicional» en 200225. Sin heridos en la Segovia de 1613, sin heridos en la Medinaceli de 2019, por ahora mi último Toro Júbilo, herederos y continuadores los numerosos espontáneos de la Segovia del 25 Toro impregnado de barro, para evitar quemaduras, y con las bolas cubiertas de pez que, consumado el rito, vuelve al ganadero. El Toro Júbilo de 2015, Polvorín, de la ganadería de Manuel Relancio Izquierdo, que pasta en Gallur (Zaragoza), fue indultado, prerrogativa establecida en la ordenanza reguladora del 24 de diciembre de 1999. El estudio más completo es El Toro Júbilo. Lectura antropológica de José Antonio Martín de Marco. Prólogo de Antonio Purray Unanua, epílogo de Carlos de la Casa. Soria, Ochoa, 2008. 200
201 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 48 «En el medio de esta fiesta salió un toro con vna manta de coetes, puestos con tal orden que ahora salían desta parte una dozena, ya de aquella otra, ya de enzima de la indomada cerviz, ya de hazia los pies; y desta suerte hasta que se consumieron más de cien dozenas, sin que se quemase el toro, que era un León, y la gente de la plaza mucha, y así encontraua y derribaua hombres a cada paso, sin que pudiesse executar el golpe, porque al tiempo de la execución el fuego que dél salía le cegaua, y el estampido de los coetes le espantaua. No huuo desgracias, aunque huuo grande ocasión para muchas». Cegado y espantado, hasta el extremo de que, huyendo, ni siquiera corneara. Sin comentarios. «El tiempo muda los usos», constató Cervantes. En la política, en el teatro, en los toros … en cuanto perdura. De ahí, verbigracia, el peto de los caballos de los varilargueros. Porque la tradición, cualquier tradición, se afirma en los cambios, igual y distinta. Renovarse para permanecer. Por eso, saltando sobre el vértigo de las edades, la descripción del doctor Alcalá remite hoy por hoy en Castilla La Vieja al ancestral y popularísimo Toro Júbilo soriano de Medinaceli, al que los mozos de la villa acoplan en los cuernos un armazón con sendas bolas de fuego y cuyos arreones aguantan y templan con una soga, rito reconocido por la Junta de Castilla y León como «espectáculo taurino tradicional» en 200225. Sin heridos en la Segovia de 1613, sin heridos en la Medinaceli de 2019, por ahora mi último Toro Júbilo, herederos y continuadores los numerosos espontáneos de la Segovia del 25 Toro impregnado de barro, para evitar quemaduras, y con las bolas cubiertas de pez que, consumado el rito, vuelve al ganadero. El Toro Júbilo de 2015, Polvorín, de la ganadería de Manuel Relancio Izquierdo, que pasta en Gallur (Zaragoza), fue indultado, prerrogativa establecida en la ordenanza reguladora del 24 de diciembre de 1999. El estudio más completo es El Toro Júbilo. Lectura antropológica de José Antonio Martín de Marco. Prólogo de Antonio Purray Unanua, epílogo de Carlos de la Casa. Soria, Ochoa, 2008. 200 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 49 XVII y los no menos abundantes de la Medinaceli actual de una costumbre entrañada. Es la fuerza del Toreo, fundamento y esencia de su grandeza: la aceptación popular, aceptación desbordada en juegos taurinos que atraían y atraen a vecinos y forasteros. Alcalá Yáñez lo destaca: «de toda la comarca» acudieron »muchos», gente que tomada por la pasión del toro quería (o incluso necesitaba) sentir la emoción de sentirlos cerca. De ahí tantos y tantos encierros, desde los más antiguos de Cuéllar hasta la pamplonada universal de San Fermín, pasando por los de Ampuero (Cantabria), San Sebastián de los Reyes (Pamplona chica), Medina del Campo (Valladolid), Almodóvar (Ciudad Real), los antiquísimos de La Peza (Granada)26 o Elche de la Sierra (Albacete), los infinitos correbous levantinos, el Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo o la entrada de Segorbe, y etcétera, etcétera. Con multitud de variantes, la tradición, perpetuada, se multiplica y revive año tras año. Ahora mal, «nihil perpetuum, pauca diuturna sunt», como reflexionó Séneca, «nada es perpetuo y pocas son las cosas duraderas». Tras nueve días pletóricos, en la Segovia de 1613 al cabo sobrevino el final de las fiestas aquí redivivas. Alcalá Yáñez extendió este colofón a la marcha del Rey, que no al término de las celebraciones, aún prolongadas tres días (hasta el domingo), colofón adecuado para todas ellas: «Llegóse la noche y, acabados los toros, el Rey nuestro Señor se volvió a palacio con los príncipes, Reyna y grandes, aviendo 26 Constatados con anterioridad a 1632 gracias al proceso eclesiástico instruido contra Pedro Tesifón de Moctezuma de la Cueva (Guadix, 1584- Madrid, 1639), bisnieto de Moctezuma Xocoyotzin o Moctezuma II, heredero del mayorazgo indiano de Pedro Moctezuma, I conde de Moctezuma de Tultengo, vizconde de Ylucán, caballero de la Orden de Santiago y primer señor de la villa de Monterrosano de La Peza, señorío que compró en 1631, aunque los descendientes de sus descendientes lo perderían por impago en 1693. Fue un personaje poderosísimo, que supo ganarse notables mercedes y privilegios durante los reinados de Felipe III y Felipe IV. 201
202 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 50 sus Magestades dado muestras de mucho gusto de aver visto la fiestas, así por la variedad que uvo en ellas como por aver sido en todo buenas». CONCLUSIONES La primera y fundamental va de suyo: toreadores a pie asalariados que iban, porque los requerían, de plaza en plaza y de fiesta en fiesta por Castilla La Vieja, contratados ex profeso, a comienzos del siglo XVII. Se puede ser más papista que el Papa, aunque parece más lógico admitir las evidencias. Hay quienes siguen negando la llegada del hombre a la luna, y en el planeta de los toros no faltan quienes continúan girando en torno a sus obcecaciones. Pero en las páginas precedentes ha quedado acreditada esa realidad por tres hombres de letras de aquella época, dos sacerdotes doctos (Diego de Colmenares, Simón Díaz y Frías) y un escritor de fuste (Jerónimo de Alcalá Yáñez), fedatarios de la afición de los miles y miles de personas congregadas en la Plaza Mayor de Segovia para aclamar el toreo a pie. En cabal consecuencia, resplandecen esta verdades: – toreadores a pie – toreadores asalariados – toreadores famosos Y famosos en razón de su destreza y oficio como toreadores. Por eso los contrataban, de eso vivían. Eran profesionales que, frente al toro, exclusivamente se valían de las capas y el cuerpo, toreo ágil, de quiebros y por pies. También banderilleaban, rehiletes clavados cara a cara, pisando el terreno de la verdad. Para matar, uno de ellos estaba especializado en el manejo del jarrete. Acreditada la suerte suprema con espada y al volapié desde mucho antes, en esta ocasión, sin embargo, desjarretaron. ¿Mediaron picadores? Bueno, en el cuarto toro de la corrida de los seys Leones zamoranos consta la intervención de un picador, 202
203 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 50 sus Magestades dado muestras de mucho gusto de aver visto la fiestas, así por la variedad que uvo en ellas como por aver sido en todo buenas». CONCLUSIONES La primera y fundamental va de suyo: toreadores a pie asalariados que iban, porque los requerían, de plaza en plaza y de fiesta en fiesta por Castilla La Vieja, contratados ex profeso, a comienzos del siglo XVII. Se puede ser más papista que el Papa, aunque parece más lógico admitir las evidencias. Hay quienes siguen negando la llegada del hombre a la luna, y en el planeta de los toros no faltan quienes continúan girando en torno a sus obcecaciones. Pero en las páginas precedentes ha quedado acreditada esa realidad por tres hombres de letras de aquella época, dos sacerdotes doctos (Diego de Colmenares, Simón Díaz y Frías) y un escritor de fuste (Jerónimo de Alcalá Yáñez), fedatarios de la afición de los miles y miles de personas congregadas en la Plaza Mayor de Segovia para aclamar el toreo a pie. En cabal consecuencia, resplandecen esta verdades: – toreadores a pie – toreadores asalariados – toreadores famosos Y famosos en razón de su destreza y oficio como toreadores. Por eso los contrataban, de eso vivían. Eran profesionales que, frente al toro, exclusivamente se valían de las capas y el cuerpo, toreo ágil, de quiebros y por pies. También banderilleaban, rehiletes clavados cara a cara, pisando el terreno de la verdad. Para matar, uno de ellos estaba especializado en el manejo del jarrete. Acreditada la suerte suprema con espada y al volapié desde mucho antes, en esta ocasión, sin embargo, desjarretaron. ¿Mediaron picadores? Bueno, en el cuarto toro de la corrida de los seys Leones zamoranos consta la intervención de un picador, 202 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) 51 jinete sobre un caballo overo, tan diestro en la monta «como galán en el vestido», que protagonizó una especie de entreacto entre los toreadores a pie y la actuación de los caballeros. Yo mismo he documentado la conjunción de toreadores a pie y varilargueros en Los toros del Siglo de Oro, pero aquí no lo entiendo así. En cuanto a los toros, que son raíz, eje y fundamento de la Fiesta, como continuamente recuerda Santiago Martín El Viti, recuérdese que fueron astados zamoranos y jarameños, sin duda pagados a precio alto, y que se comportaron a la altura de su leyenda. Tardes toristas, afición informada. Informada, expectante y en actitud receptiva, abierta a los distintos modos del toreo: a caballo, ya con lanzadas, quebrando rejones o corriéndolos; a pie en sus dos vertientes: el capeo popular y los toreadores profesionales; y cómico, pero toreo cómico con emoción y riesgo, no charlotada con volteretas cómicas y bravuconadas risibles. En este sentido, la corrida sabatina de los ocho leones zamoranos representa una antología del toreo del primer tercio del XVII, básicamente el mismo del XVI (pero esto es cuestión a tratar en su lugar y momento). ¿Se cortaron orejas? Pues no, claro que no. A veces se atribuye una larga tradición a costumbres recientes. La primera oreja en Madrid, como contó Antonio Díaz-Cañabate, repitiendo a Peña y Goiñi, se la cortó José Lara Chicorro a Medias Negras, berrendo en negro, con capirote y botinero, que en premio a una actuación memorable (con salto de la garrocha incluido y rematada con un volapié fulminante) recibió el regalo del toro. Entonces fue cuando él mismo procedió a desorejarlo, pregonando que aquellos restos le pertenecían. Aconteció en la plaza de la carretera de Aragón y en 1876. Nada que ver con las orejas como nosotros las entendemos. Luego, pasando por las dos que el conde Romanones concedió por su cuenta en mayo de 1898 a Leandro Sánchez de León, Cacheta, y haciendo también caso omiso de las cuatro que 203
204 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 52 en chunga regaló el público a Francisco Serrano, Paco el de los peros, en 190127, la primera oreja madrileña en serio se la apuntó Vicente Pastor con Carbonero, de Concha y Sierra, el 2 de octubre de 1910. Y en Sevilla aún esperaron más para conceder ese premio, exactamente un lustro, retraso que mereció la pena, porque en Sevilla las cosas solo se hacen cuando tienen que hacerse y pueden hacerse con lucimiento. Sencillamente la cortó quien debía: el Príncipe de los toreros, Joselito, a Cantinero, astado santacolomeño, el 30 de septiembre de 1915. Y no es igual empezar con Joselito que con Chicorro, que se la administró por su cuenta, y la bufonada a costa de un becerro de Paco el de los peros. Si buscamos diferencias y coincidencias con las corridas del tiempo presente, enseguida saltan a la vista unas y otras. Sin embargo, lo fundamental del toreo se encuentra en la corrida segoviana que nos ha ocupado: el hombre solo frente al toro. En cuanto al periodismo taurino, volviendo a don Modesto, entiendo que Simón Díaz y Frías merece la consideración de precursor de los cronistas, por encima de los revisteros, mientras Alcalá Yáñez adelantaría la función de los informadores telegráficos o de agencia, ficha la suya con un toque literario que la distingue de las simples notas descriptivas. ¿Y Colmenares? Puesto a buscarle sitio, a mi juicio lo tendría en calidad de antecesor de los recopiladores de agendas y anuarios taurinos. Los periodistas de 6Toros6 (¡ay!) o Aplausos constituirían el extremo final de una cadena que empezaría en estos tres rela- 27 “Noticia pintoresca”, a mi entender lamentable, asentada por Cossio en la entrada correspondiente del inventario biográfico de Los toros: “aficionado sevillano”, según asienta, «vendedor de frutas y verduras, que dio su corrida de despedida en Madrid el 10 de octubre de 1901, lidiando dos becerros, a los que después de muchas bufonadas estoqueó de cualquier manera, obteniendo las orejas de ambos bichos, que el público, siguiendo la broma, le otorgó por aclamación». 204
205 Gonzalo Santonja Gómez-Agero 52 en chunga regaló el público a Francisco Serrano, Paco el de los peros, en 190127, la primera oreja madrileña en serio se la apuntó Vicente Pastor con Carbonero, de Concha y Sierra, el 2 de octubre de 1910. Y en Sevilla aún esperaron más para conceder ese premio, exactamente un lustro, retraso que mereció la pena, porque en Sevilla las cosas solo se hacen cuando tienen que hacerse y pueden hacerse con lucimiento. Sencillamente la cortó quien debía: el Príncipe de los toreros, Joselito, a Cantinero, astado santacolomeño, el 30 de septiembre de 1915. Y no es igual empezar con Joselito que con Chicorro, que se la administró por su cuenta, y la bufonada a costa de un becerro de Paco el de los peros. Si buscamos diferencias y coincidencias con las corridas del tiempo presente, enseguida saltan a la vista unas y otras. Sin embargo, lo fundamental del toreo se encuentra en la corrida segoviana que nos ha ocupado: el hombre solo frente al toro. En cuanto al periodismo taurino, volviendo a don Modesto, entiendo que Simón Díaz y Frías merece la consideración de precursor de los cronistas, por encima de los revisteros, mientras Alcalá Yáñez adelantaría la función de los informadores telegráficos o de agencia, ficha la suya con un toque literario que la distingue de las simples notas descriptivas. ¿Y Colmenares? Puesto a buscarle sitio, a mi juicio lo tendría en calidad de antecesor de los recopiladores de agendas y anuarios taurinos. Los periodistas de 6Toros6 (¡ay!) o Aplausos constituirían el extremo final de una cadena que empezaría en estos tres rela- 27 “Noticia pintoresca”, a mi entender lamentable, asentada por Cossio en la entrada correspondiente del inventario biográfico de Los toros: “aficionado sevillano”, según asienta, «vendedor de frutas y verduras, que dio su corrida de despedida en Madrid el 10 de octubre de 1901, lidiando dos becerros, a los que después de muchas bufonadas estoqueó de cualquier manera, obteniendo las orejas de ambos bichos, que el público, siguiendo la broma, le otorgó por aclamación». 204 Una corrida, cuando no las había, y tres cronistas taurinos (1613) tores de aquella corrida de 1613, condición de pioneros que mantendrán hasta que alguien, incluso yo mismo, ponga en liza referencias más antiguas, lo que pronto o tarde no dejará de suceder. Faltan infinidad de relaciones festivas por escudriñar y en esto de las investigaciones nadie tiene el amén. ¿Qué alguien prefiere aferrarse a lo que lleva años repitiendo? En su derecho estará. Como escribió Cervantes, solo «digo, paciencia y barajar». Las discusiones nunca vienen mal, preferentemente las respetuosas que transcurren con argumentos. Además, no encuentro motivos para teñir tales debates de malhumor, tensiones o desconfianzas.Y mucho menos con altanerías por haber hallado este o aquel documento, porque cualquiera que se adentre por el océano de los archivos enseguida advertirá que nos aguardan tarea y novedades en el desentrañamiento de los orígenes del Toreo, arte de temblores inequívocamente español. Como advierte maese Pedro en el Quijote: «llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala» (XXVI, 2). 53 205
206 Gonzalo Santonja Gómez-Agero BIBLIOGRAFIA Alcalá Yañez y Ribera, Jerónimo de (1615): Milagros de Nuestra Señora de la Fuencisla, grandezas de su nuevo y fiestas que en su traslación se hicieron por la ciudad de Segovia, de quien es Patrona. Salamanca, Antonia Ramírez, Edición única. Alcalá Yáñez y Ribera, Jerónimo de (2015): Alonso, mozo de muchos amos. (Primera y segunda parte), edición de Miguel Donoso Rodríguez, Madrid, Iberoamerican/ Universidad de Navarra/ Vervuert, “Prólogo al lector”, págs. 220-4. Argote de Molina, Gonzalo (1971): Discurso sobre la montería. Prólogo de Jaime de Foxá, capítulo XXV, “De la montería de los osos”, Madrid, Unión Explosivos Río Tinto. Colmenares, Diego de (1637): Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla, Segovia, Diego Díez de la Carrera, con segunda edición inmediata, en la que añadió el índice general y un capítulo sobre las “Vidas y escritos de los escritores segovianos”, y tercera en Madrid de 1640, las dos a cargo del mismo impresor. Reedición de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Segovia, 1969, 3 vols. Díaz y Frías, Simón (1614): Encenias de la devotissima hermita y nuevo santuario de la Madre de Dios de la Fuencisla y solemnísimas fiestas que en la translación desta santíssima imagen hizo la antiquísima y muy noble Ciudad de Segouia por nueue días continuos, Valladolid, Juan Godínez de Millis, Edición única. Plinio, (1629): Historia naturalis, Traducción de Jerónimo de Huerta, Madrid. 54 206