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Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los "Cuevas".

Mena García, Carmen

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1 Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” Carmen Mena García Universidad de Sevilla 1. Introducción En torno a 1500, la región del Darién colonial, cuyo territorio comparten hoy las repúblicas de Panamá y Colombia, estaba habitada por diversos grupos indígenas de filiación chibcha, caribe y/o amazónica, algunos de los cuales, o sus descendientes, forman en la actualidad el grupo Tule o Cuna y el grupo Chocó. Gonzalo Fernández de Oviedo, el cronista “oficial” de la Tierra Firme, no duda en considerar que a la llegada de los españoles vivían en el istmo de Panamá más de dos millones de indios, una cifra que es rechazada por las modernas investigaciones que sugieren densidades más débiles. En lo que existe unanimidad es a la hora de aceptar que la población amerindia que ocupaba la mayor parte del territorio histórico ocupado por Balboa y Pedrarias eran los cuevas y que éstos desaparecieron casi totalmente en el transcurso del siglo XVI. El nombre de Cueva hace referencia tanto a su phylum lingüístico como a su etnia, que a la llegada de los españoles había alcanzado ya un cierto desarrollo cultural hasta los niveles de sociedades de rango o cacicazgos. La tierra de Cueva –anota Andagoyase extiende “hasta una provincia que se dice Peruquete, y de una mar a otra y la isla de las Perlas y el golfo de San Miguel y otra provincia que llamamos Behetrías por no haber en ella ningún señor, se llama Cueva”. Por su parte, Oviedo describe así sus términos: “Adelante (del Golfo de Urabá hacia Occidente) –dice Oviedoes la lengua que llaman de Cueva, la cual, so ciertos límites, la mandó llamar el rey Castilla del Oro”. El pueblo Cueva se extendía, por tanto, desde la región del Golfo de Urabá hacia el occidente del Istmo, ocupando un amplio espacio geográfico que en la actualidad se corresponde con una parte del Darién chocoano y las provincias panameñas del Darién, Panamá, Colón y la Comarca Indígena de San Blas, es decir, prácticamente el tercio oriental de la actual República de Panamá hasta una zona que se puede situar en las proximidades del actual Canal de Panamá. Precisamente allí comenzaba el dominio de los Coiba, grupo amerindio estrechamente emparentado con los Cueva (Casimir de Brizuela, 2004:40). “Desde esta provincia de Peruquete hasta Adechame -escribe Andagoya-, que son cerca de cuarenta leguas todavía al oeste se llama la provincia de Coiba, y la lengua es la de Cueva, más de que difiere de ser más cortesana y aun la gente de más presunción” (Andagoya, 1986:88). En el extremo opuesto, el territorio de los Cueva terminaba por el sudoeste con la provincia de Chochama -probablemente en la actual punta de Garachiné, en la costa sur del golfo de San Miguelque fue visitada en 1522 por Pascual de Andagoya. Precisamente allí el cronista y soldado vasco tuvo noticias precisas de la existencia hacia el sur de la provincia de Birú, cuyos belicosos habitantes venían por mar todas las lunas llenas a hacerles la guerra a los de Chochama, “y tenían tanto miedo de aquella gente los de aquella provincia que no osaban ir a la mar a pescar... Toda la tierra de allí adelante era gente crecida y belicosa” (Andagoya, 1986:111). Ciertamente, las crónicas de siglo XVI constatan la existencia en el Darién oriental Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 2 de varios grupos humanos diferentes a los cuevas, tanto en lo cultural como en lo lingüístico, en primer lugar “los del Birú”, ubicados por Romoli en la cuenca alta del río Tucutí y en segundo, los de Quarequa ó Careca que a diferencia de los cuevas utilizaban en sus guazabaras arco y flecha. En efecto, desde el punto de vista étnico, la población que habitaba el Darién, aunque dominada por los de la lengua Cueva, no era uniforme. Se constata la existencia entre ellos de algunas tribus “caribe”, de procedencia desconocida hasta la fecha, y cuya permanencia en el valle del Cauca ha dejado huellas bien visibles. Otros grupos bien distintos estaban relacionados con los cuevas, pero su organización social estaba mucho menos desarrollada y no habían superado la etapa evolutiva desde sociedades igualitarias (banda/tribu) a sociedades de rango (cacicazgos). Basándose en la inestimable información de los cronistas, K. Romoli calcula que el dominio de los Cuevas se extendía en unos 25.000 km2 (1987:24). En esta extensa región, que -recordemos- ocupaba casi una tercera parte del Istmo, una cifra no bien precisada, pero que podría superar las 220.000 personas hablaban una misma lengua y compartían, según Romoli, una misma cultura aunque con variantes locales (Denevan, 1976, citado por Kramer, Lovell y Lutz, 1993:78; Cooke, Sánchez, Carvajal, Griggs y Isaza, 2003:1-35; Jaén, 1998:43 y ss; Constenla, 1991:46 y ss; Lara, 1996:107-114). Algunos investigadores calculan que a la llegada de los españoles al territorio del Istmo, la región se encontraba poblada por un millón de habitantes. Y aunque todavía no es posible estimar con precisión el tamaño de la población amerindia hacia 1500, existe unanimidad respecto a que esta cifra resulta demasiado elevada. Julián H. Steward y Charles F. Bennet calculan una cifra cercana a los 225.000 indios habitando el Istmo a la llegada de los españoles, lo que parece mucho más razonable a criterio del geógrafo panameño Omar Jaén Suárez. K. Romoli calcula que a la llegada de los españoles habría un total de 230.000 habitantes en todo el territorio cueva, lo que supondría una densidad de 9,1 personas/km2. Por su parte, otros historiadores como Constenla o Gloria Lara la reducen a 220.000. Desde fines del siglo XVI gran parte del territorio de los cuevas, que fue diezmado tras la conquista, comenzó a ser ocupado por sucesivas migraciones de amerindios procedentes del noreste de Colombia. Primero lo hicieron churrucas y talegras, éstos posiblemente de filiación chocó, y más tarde, ya en las primeras décadas del XVII, los bugle-bugle, emparentados con los cunas, pero para entonces el gran Darién había pasado a la historia. 2. Las cabalgadas esclavistas del Darién ó la “montería infernal” contra los indios Las prácticas esclavistas ya existían en el Nuevo Mundo mucho antes de que los españoles arribasen al continente, y éstas no eran tan suaves ni complacientes como el fraile Las Casas quiso hacernos ver: “Ser esclavo entre los indios, de los indios, es –nos dice el frailetener muy poquito menos que los propios hijos muy cumplida libertad, y la vida y tratamiento que tienen con sus propios amos es todo blando y suave; pero la servidumbre que tienen entre los españoles es toda infernal, sin ninguna blandura, sin algún consuelo y descanso, sin darle un momento para que resuellen” (Mira, 1997:263). En efecto, cuando los conquistadores entraron en contacto con las primeras comunidades aborígenes del Darién descubrieron que muchos de sus señores disponían de indios esclavos para su servicio. El capitán Gonzalo de Badajoz, al frente de una expedición que partió de Nombre de Dios y llegó hasta el archipiélago de las Perlas en la costa pacífica Carmen Mena García 3 halló entre los coibas algunos de estos esclavos marcados en la cara con punzones de hueso. La información llegó puntualmente a oídos del cortesano milanés Pedro Mártir de Anglería (Álvarez, 1944:177), quien lo transmitió en su crónica con notable afán divulgativo e impactado por la novedad de los hechos relatados, como lo haría cualquier reportero en nuestros días: “Lo que encontraron allí –anotaba Angleríafueron esclavos señalados con crueles marcas. Con punzones hechos de hueso o de espina les hacen a los esclavos agujeros en la cara, y de seguida se los polvorean con cierta clase de polvo y se los untan con un jugo negro o rojo, y es tan tenaz aquella materia que jamás en ningún tiempo se borra… Cuentan que la acritud de aquel jugo da tanto tormento que por el excesivo dolor no pueden los esclavos comer durante algunos días. Se sirven de los esclavos los caciques que los prenden y también nuestra gente para buscar oro y cuidar de los sembrados”. Acostumbrados a prácticas esclavistas de raigambre milenaria, los españoles no tardaron en trasladar al Nuevo Mundo su particular modo de entender la institución. Su implantación entre los indios americanos corrió paralela a la conquista y fue objeto de una encendida polémica no resuelta del todo a lo largo de un dilatado periodo. Así mientras que en 1503 la reina Isabel concedió el permiso de atacar y vender a los caribes por sus prácticas de antropofagia, en 1509 se autorizó la captura de los indios lucayos, extendiéndose en 1512 a aquellas zonas de la Tierra Firme que fueran explícitamente determinadas por las autoridades de La Española. En la práctica –como precisa E. Mira (1997:261, citando a Otte 1977:104) - sólo quedó excluida la región del golfo de Urabá, dado que se consideraba con crasa ignorancia que esta tierra estaba habitada por indios pacíficos. Esta interdicción no tuvo efecto porque era demasiado lo que estaba en juego: los esclavos proporcionaban a los españoles la mano de obra indispensable para poner en marcha las explotaciones y su tráfico proporcionaba el capital necesario para la compra de alimentos, ganados, ropas y otras manufacturas. En la práctica, tales medidas fueron aprovechadas por los conquistadores para realizar rancherías de caza de esclavos en las cuales nadie se interrogaba si éstos eran caribes o no. De igual modo, las armadas de rescate con los indios acabaron convirtiéndose en expediciones para capturar esclavos y algunas resultaron muy lucrativas. En el Darién los españoles se encontraron con comarcas muy despobladas, bien diferentes a las altas densidades que ofrecieron años más tarde los pueblos indígenas de Mesoamérica y el Alto Perú. Puede afirmarse que la escasez de naturales fue uno de los primeros escollos de la conquista de la Tierra Firme y asimismo una de las principales razones que impulsaron un tráfico esclavista de largo alcance. En este escenario se forjó una raza de capitanes fronterizos que extendieron sus depredaciones hacia el norte, hasta tierras de Nicaragua, y hacia el sur, hasta el Perú, llevándose miles de esclavos y arrasando la población aborigen (Sherman, 1979; Mac Leod, 1973; Mac Leod y Wasserstrom, 1983; Radell, 1976:67-76). Hace algunos años el historiador chileno Mario Góngora analizó en una obra de gran impacto historiográfico la fisonomía histórico-social de la conquista de la Tierra Firme y demostró magistralmente la importancia que las cabalgadas o razias depredadoras, cuyo origen podría estar relacionado con las algaradas medievales contra los moros. Estas terminaron convirtiéndose en un “remedio” de los españoles o una forma de subsistencia, que Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 4 imprimió un peculiar carácter a la empresa conquistadora en esta primera fase de la anexión de las tierras continentales. Para el citado autor, la conquista de Tierra Firme asumió en su época más temprana un rasgo que la define: la de avanzada guerrera y esclavista de Santo Domingo en el continente. Así lo indica (1962:11): “En Santo Domingo, el hecho primordial es la factoría transformada en el curso de pocos años en una colonia. Las bandas esclavistas comienzan su acción hacia 1509- 1510, y son un fenómeno importante, pero a pesar de todo periférico. Lo mismo en Puerto Rico y Cuba. En cambio, en el extremo occidental de la Tierra Firme, en Darién, poblado a fines de 1509, las entradas en todas direcciones asumen una importancia central para la vida de la ciudad, que no tienen en las islas de colonización más temprana. Desde 1509 ó 1510 no hay año en que no se dirijan bandas en busca de oro y de esclavos, hasta la última y decisiva marcha de Pizarro, los primeros días del año 1531. Después de la captura del tesoro incásico, Panamá se convierte en puerto de tránsito hacia el Perú y varía su rango”. Los primeros establecimientos españoles en la costa occidental de Tierra Firme se instalan en 1509 en el ámbito territorial de dos nuevas gobernaciones americanas que reciben los nombres de Veragua y Urabá ó la Nueva Andalucía. Desde que pusieron pie en el golfo de Urabá, los españoles comenzaron a llevar indios esclavos a las Antillas mayores para venderlos y trocarlos por alimentos, ropas y ganado. Sabemos que si el poblado español de San Sebastián, fundado en febrero de 1510 por Alonso de Ojeda, flamante gobernador de la Nueva Andalucía, pudo sobrevivir por algunos meses fue gracias al sostén alimenticio proporcionado por la Española y sobre todo gracias a los ingresos obtenidos por la venta del botín en oro y en piezas de esclavos que habían sido capturados en el golfo de Urabá. En efecto, Las Casas nos dice que al poco tiempo de la llegada de Ojeda a las costas colombianas, agotadas las provisiones que traía en sus barcos, decidió despachar uno de sus navíos a Santo Domingo con el oro robado y un buen cargamento de indios maniatados para venderlos en las islas como esclavos. El gobernador pide que le traigan refuerzos a su regreso, pues en las escaramuzas con los indios se han producido muchas bajas de españoles, y solicita, asimismo, alimentos en abundancia para su hambrienta tropa (Mena, 2011:131). Existen suficientes indicios como para suponer que no fue ésta la única ocasión en la que los barcos de los desesperados exploradores del Darién surcaron las aguas del Caribe con cargamentos de indios esclavos. La fundación por los españoles, a fines de 1510, de Santa María de la Antigua del Darién, en donde los fallidos pobladores que acompañaron a Diego de Nicuesa a Veragua hallaron cobijo, significa el establecimiento del primer asentamiento permanente de las tierras continentales. Casi de inmediato, se proyectan sobre el escenario numerosas cabalgadas proyectadas como flechas en todas las direcciones, con un vaivén incesante que se prolongará bajo los gobiernos de Ojeda, Balboa, Pedrarias y Pedro de los Ríos hasta el descubrimiento del Perú en la década de los treinta. Los comienzos del poblado de Santa María de la Antigua fueron muy difíciles y estuvieron presididos por dos impulsos fundamentales: el afán de botín de oro y esclavos y la desesperada búsqueda de alimentos para asegurara la supervivencia de las huestes. La llegada del gobernador Pedrarias en 1514 al frente de una expedición de más de mil hombres, que arrasa como una plaga de langosta el humilde poblado establecido por Balboa, echó por tierra cualquier proyecto de colonización estable. Y es que el gran problema del Darién Carmen Mena García 5 radicaba –como ya adelantamosno sólo en la falta de recursos alimenticios para asegurar la subsistencia de tanta gente, sino muy especialmente en la escasez de naturales. El asiento de Santa María había sido fundado en una región de cacicazgos no bien nutridos. Si la pequeña colonia establecida por Balboa y su gente pudo sobrevivir en ella fue gracias al valioso servicio de los indios que habían sido capturados en las entradas y eran luego empleados en las minas, casas y estancias de los españoles como esclavos y naborías. No obstante, como más adelante denunció Las Casas, esa firme alianza fue conseguida «a fuego y sangre», es decir, recurriendo a los métodos más violentos. La llegada de Pedrarias al frente de un contingente tan numeroso modificó sustancialmente el panorama, como ya vimos. Para aliviar la situación, especialmente la alimenticia, se dispusieron descargas de la población en forma de entradas, que fueron realmente numerosas entre 1514 y 1515. Sólo en este último año se despacharon hasta siete expediciones. Las cifras que proporcionan Oviedo, Andagoya y Anglería, los tres grandes cronistas de la conquista de Tierra Firme, aseguran que éstas se componían de 40 hasta 400 hombres, que fueron los que consiguió reunir el capitán Juan de Ayora en la mayor expedición de que se tienen noticias en el Darién. Sin duda fue ésta una época turbulenta, guerrera y expoliadora durante la cual los capitanes exploran el territorio en todas las direcciones y lo esquilman, poniendo en pie de guerra muchos de los cacicazgos indígenas que habían establecido relaciones de alianza con Balboa, años atrás. Algunas de estas crueles expediciones, como la de Gaspar de Espinosa, quien en 1517 recorre desde Acla hasta la península de Azuero y trae a su regreso nada menos que 2.000 prisioneros indios, cargados de cadenas y un botín de 80.000 pesos de oro, son un buen ejemplo de lo que decimos. Las expediciones de exploración y conquista, conocidas también como cabalgadas o entradas, se configuran al principio como un recurso depredador fundamentado en la imperiosa necesidad de sobrevivir, si bien luego, conforme el producto de la conquista se acrecienta, aumenta también la codicia y el ansia de enriquecimiento, constituyéndose así una soldadesca empeñada continuamente en participar en las expediciones, a la búsqueda no sólo de alimentos, sino también de oro y esclavos (Mena, 2011: 532-579). Nada nuevo se observa respecto al modus operandi de los conquistadores de la Tierra Firme. Los hombres llegados con Pedrarias no hacen más que continuar las prácticas esclavistas, iniciadas por Ojeda y Balboa años atrás, sólo que éstas alcanzan ahora unas dimensiones espectaculares, respecto al número de las cabalgadas y a los efectos devastadores de las mismas (Mena, 2011:534-542). Basándonos en los datos que nos proporcionaron los libros de cuentas de la tesorería de Castilla del Oro, informamos en nuestra obra más reciente de las fechas de las partidas y regreso de las cabalgadas de Tierra Firme, así como del botín expoliado (tabla 23)1. Otra diferencia importante sobre esta temprana etapa observa M. Góngora: “en los años de Ojeda y Balboa, los esclavos quedan en el Darién, al menos en cierta proporción, para las minas, estancias y casas de los españoles. Pero Pedrarias, afrontando el temible problema del exceso de hombres en la villa, sacrificó parcialmente la prosecución de las explotaciones mineras”. Aunque –añadiríamos por nuestra parteno las descuidó. Buena prueba de lo que decimos se constata en nuestra obra sobre las explotaciones mineras del Darién (Mena, 2011). También debe achacarse al gobernador el dudoso mérito de impulsar definitivamente el comercio de esclavos en proporciones hasta entonces desconocidas. 1 AGI, Contaduría, 1451. Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 6 El 4 de octubre de 1514 el triunvirato de la colonia formado por Pedrarias Dávila, el obispo Juan de Quevedo y los oficiales reales se reúne en la casa del gobernador y allí adoptan un importante acuerdo que pretende legitimar la trata esclavista. Los españoles de aquella época eran muy dados a los formulismos legales, pero también acostumbraban a sortear las leyes o a acomodarlas en beneficio propio cuando lo consideraban conveniente. Esta era una buena ocasión para recurrir a soluciones ingeniosas, máxime teniendo en cuenta la terrible situación por la que atravesaba aquella colonia de desesperados. Antes de zarpar para la Tierra Firme, el rey Fernando había concedido una serie de generosos incentivos (“franquezas y libertades”) a todos aquellos que acompañasen a Pedrarias en su viaje y se avecindasen en aquellas tierras (Mena, 1992)2 Uno de ellos hacía referencia a la posibilidad de comerciar con Castilla o con las islas del Caribe, a fin de que a los vecinos no les faltasen los suministros necesarios y la colonia pudiera sobrevivir a todas las penurias. Desde luego el monarca no estaba pensando, al aprobar esta medida, en el tráfico de seres humanos, pero tampoco lo prohibió expresamente. En consecuencia, las autoridades de la colonia dictaron un auto por el cual: “visto algún provecho que se seguirá a los vecinos de estas tierras de Tierra Firme, pudiendo enviar a vender los esclavos que tuvieren, traerán en el retorno bastimentos para comer con que se sostengan hasta que la tierra sea más descubierta e que de otra manera esta tierra se despoblaría por el poco provecho que en ella sienten… se acordó que se dé licencia a todos los vecinos e moradores e habitantes en la dicha Castilla del Oro e mercaderes que allá vayan e vengan que puedan llevar a Castilla e a la dicha isla Española e a otras islas de Sus Altezas, que son Jamaica e Cuba e San Juan cualesquier indios esclavos, así los que Sus Altezas tienen dados por esclavos declarados en la instrucción del señor tesorero, como de todos los otros a quien fuere hecho el Requerimiento de Su Alteza, e no lo obedecieren e cumplieren, que fueren declarados e pronunciados por esclavos”.3 Vasco Núñez de Balboa, el gran opositor de Pedrarias, expuso inútilmente los inconvenientes de dejar salir a los indios de sus tierras y protestó enérgicamente al rey en sus cartas redactadas en 1515 contra la política asoladora del gobernador y sus capitanes. No obstante, Pedrarias se mantuvo firme en su propósito convencido de que “por el presente era bien consentirlo, porque se remediase la gente en algo”. De este modo, como señala Mario Góngora (1962:20) “el oro y los esclavos pagaban así, de un modo inmediato, sin emplearse antes como capitales en la tierra, las indispensables importaciones de ganados, ropa y demás productos elaborados”. Tras la fundación de Panamá en 1519, el gobernador concedió a sus vecinos, entre otras medidas destinadas a incentivar la población del nuevo asiento, la facultad de vender en otros lugares a los indios capturados en las entradas, si bien en esta ocasión se establecieron ciertos límites, tales como que debía tratarse de indios varones y 2 “Mercedes concedidas a los que acompañasen a Pedrarias para poblar la Tierra Firme, 1513”. Véase apéndice 3. 3 “Merced para vender esclavos indios en Castilla y en las islas a cambio de bastimentos para comer”. Santa María de la Antigua del Darién, 4 de octubre de 1514. El traslado del acuerdo está fechado en Panamá, el 21 de octubre de 1527. Juicio de Residencia de Pedrarias Dávila. Archivo General de Indias de Sevilla (en adelante AGI), Justicia, 359. Carmen Mena García 7 mayores de veinte años. Una real cédula de 6 de noviembre de 1521 prorrogó por dos años la licencia (Álvarez Rubiano, 1944)4. 3. La marca de la esclavitud: el “carimbo” indígena Los españoles denominaron “carimbo” indígena a la vergonzosa estampilla que señalaba, como se hacía con el ganado, la condición servil de los indios que capturaban y su conversión en mercancía humana. De manera similar al carimbo aplicado a los negros, ésta consistía en una marca a fuego sobre la piel, realizada con un hierro candente –el hierro real- , que servía para identificar la legalidad del esclavo y facilitar su recuperación en caso de huida. Una Real Provisión de 25 de julio de 1511 explicaba con detenimiento las razones de su introducción: “a causa de que los indios que se traen a la isla Española de las otras islas comarcanas, no están, ni andan señalados, para que se conozcan cuáles son e dónde e cuyos en la dicha isla hay y se espera haber algunas diferencias, e asimismo, los dichos indios se van e ausentan, e por causa de no ir señalados no se pueden haber ni conocer”. Con esta medida, se pretendía tener identificados en adelante a los esclavos que habían sido llevados a la Española desde las otras islas (especialmente las Lucayas), a fin de conocer su número y diferenciarlos de los indios libres, incluso cuando huían. Para ello, el monarca dispuso un plazo de quince días para herrarlos de la siguiente manera: que “se les haga e ponga una señal en la pierna”, para que así “sean conocidos cuyos son, e sin dilación e sin formas exquisitas, cuando los tales indios se ausentaren o fueren de los unos a los otros, sean conocidos por la tal señal cuyos son”. En esta ocasión se disponía que los indios tenían que ser marcados en la pierna, pero estas señales no fueron siempre iguales, ni por su dibujo ni por su colocación. Ruth Pike en su informe sobre los esclavos de Sevilla, donde –recordemosfuncionaba uno de los principales mercados de Occidente, asegura que la marca más frecuente era una S y una línea (clavo), que significaba esclavo y que se aplicaba en una mejilla, y la inicial o señal del dueño en la otra. Pero también se usaban en Sevilla otros emblemas. En 1500, por ejemplo, se hace mención de un esclavo marcado con una flor de lis en una mejilla y una estrella en la otra. Hay constancia de otro caso en el que el esclavo exhibía el nombre completo del dueño en la cara (Pike, 1972,187-188). Conocemos asimismo muchas de las marcas utilizadas en el Nuevo Mundo con los indios sometidos a la esclavitud. También aquí, como en el mercado hispalense, no parecía existir una regla fija. Bernal Díaz del Castillo informa que en la conquista de Méjico era frecuente marcar a los indios capturados en combate con la letra “G”, inicial de guerra, aplicada a la mejilla. Sin embargo, Sherman (1987:90) recoge para Centroamérica numerosas variantes, al tiempo que recuerda que la marca real estaba formada por las letras “ROC” y la marca para los rescatados era en ocasiones una “R”, que eventualmente se usaba también para los indios naborías. Entre los indios lucayos solía estamparse el hierro en el muslo del esclavo y esta misma costumbre se observaba también, como a continuación veremos, en el Darién. 4 Apéndice 89. “Autorización a los vecinos de Panamá para vender sus esclavos en otros pueblos”. Real Cédula dada en Burgos, 6, septiembre, 1521. Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 8 4. Quintar o herrar a los indios esclavos El acuerdo sobre la venta de esclavos indios en las islas o en Castilla, adoptado por el triunvirato gobernante el 4 de octubre de 1514, con el que se pretendía incentivar a los nuevos pobladores y retenerlos en la colonia, -pues no en balde muchos ya habían regresado a España o buscado refugio en las islas-, establecía también, por primera vez, la forma en la que el veedor Gonzalo Fernández de Oviedo debía de marcar a los indios en el muslo para diferenciar a los esclavos de los naborías. Decía así: “e los que se hubieren de aquí adelante, los hierren, como su alteza manda, en el muslo e los hierre el veedor Gonzalo Fernández de Oviedo, que tiene cargo de ello por el señor secretario Lope de Conchillos, e que los indios de servicio que dicen naborías estos se hierren poniendo el hierro en el muslo a la luenga e los esclavos se hierren poniendo el hierro en el muslo a través, e que ésta es la diferencia.” Una nueva medida se adopta meses más tarde completando el acuerdo anterior. Por razones “humanitarias”, que suenan fingidas, el 5 de enero de 1515 el gobernador y demás autoridades deciden prohibir el hierro de los esclavos para evitar su huida por temor al cruel procedimiento. Sin embargo, la obligación de registrar con el pago de los derechos establecidos persiste. Transcurridos algunos años, uno de los cargos a los que tuvo que enfrentarse Oviedo en su juicio de residencia decía así: “que ha llevado el derecho del hierro sin herrar a los indios”5. En su defensa, Oviedo recordaba la citada medida, que – sospechamosno debió estar vigente por demasiado tiempo. La Corona trató de evitar los abusos de los conquistadores de carimbar ó herrar a los indios, que no eran legalmente esclavos, disponiendo que se realizase siempre en presencia de los oficiales reales, al tiempo que se abonaba el quinto real o 20% del valor del esclavo para el monarca, como estaba prescrito al tratarse de un botín de guerra. “Quintar” y “herrar” eran, por tanto, dos actuaciones que se realizaban de manera simultánea y que estaban destinadas a un mismo fin. Bastaba con un simple sello en la cara, en las manos o en los muslos del indio capturado y con el abono de una modesta suma a los funcionarios de la Corona para garantizar legalmente la esclavitud de cualquier indio, fuese de paz o de guerra. Así lo reconocía el fraile Las Casas (Mira, 1997:264) en uno de sus escritos: “Unos por engaños que hacían a los indios que estuviesen o viniesen con ellos, o por miedos o por halagos los traían a su poder y después les hacían confesar delante de los justicias que eran esclavos, sin saber o entender los inocentes qué quería decir ser esclavos. Y con esta confesión, las inicuas justicias y gobernadores, pasaban y mandábanles imprimir el hierro del Rey en la cara, siendo sabedores ellos mismos de su maldad”. Como es bien conocido, los abusos de las autoridades coloniales fueron muy frecuentes en estos tempranos años. El mismo gobernador Pedrarias fue denunciado en numerosas ocasiones por haber consentido que se vendiesen indios libres por esclavos (Medina, 1913; 5 “Cargos contra Gonzalo Fernández de Oviedo del tiempo en que fue veedor”. AGI, Justicia, 359, N.2, R.6. Carmen Mena García 9 Friede, 1955-1960: doc. 40)6. La trata esclavista era un negocio de suculentos beneficios en el que estaban involucrados muchos colonos, daba igual su oficio o extracción social, y todas las interdicciones cayeron en saco roto. No olvidemos que hubo territorios del espacio caribe en donde la captura de esclavos se convirtió en uno de los más sólidos pilares de una economía guerrera y fronteriza, por no decir el único. Con frecuencia, se adoptaron medidas cautelares. Esteban Mira nos informa de que en Cubagua estaba ordenado que el hierro de marcar esclavos debía guardarse en el arca de tres llaves, bajo la custodia tripartita de las justicias, del guardián del monasterio de San Francisco y del beneficiado de la iglesia de Nueva Cádiz. Sin embargo, por misteriosas razones, fueron los oficiales reales quienes se hicieron con el hierro y lo utilizaron a su antojo, contraviniendo lo dispuesto (1997:264). Los esclavos del quinto real capturados por los conquistadores en sus devastadoras entradas por el interior del istmo de Panamá, o por otras vías, eran confiados para su custodia -hasta que se vendían en almoneda- a un vecino, designado por las autoridades para ejercer el oficio de “depositario de los indios”. Durante algunos años –al menos desde octubre de 1514 hasta bien entrado los años veinteel oficio fue desempeñado por el hidalgo Blas de Bastos, por más señas criado del influyente y ambicioso tesorero del Darién Alonso de la Puente. El mencionado depositario cobraba por el desempeño de su cargo 2.250 maravedís mensuales, un buen salario si se tiene en cuenta que éste equivalía a tres pagas mensuales de un soldado de la hueste.7 La relación entre estos dos personajes –el tesorero y su hombre de confianzaresulta cuando menos sospechosa, más aún teniendo en cuenta la amistad que unía a ambos y el hecho de que el lugar elegido para guardar a los indios no era otro que la mismísima casa del tesorero. El depositario de los indios estaba obligado a llevar un libro registro en donde –siempre en presencia de un escribanose anotaban los ingresos y las bajas, ya fuera por muerte o por fuga. Pero las irregularidades en el manejo de estos registros estaban a la orden del día. Llegado el momento, Blas de Bastos alegó en su defensa que “por excusar costas” no solía recurrir a ningún escribano, sino a testigos ocasionales “que más a mano hallaba para que lo viesen y diesen fe de ello”. Por supuesto, se refería a los amigos y protegidos del tesorero Alonso de la Puente, que eran los que solían frecuentar su casa (Friede, 1955-1960: I, 62).8 La pregunta surge de inmediato: ¿Blas de Bastos ejerció negligentemente el cargo? ¿O, quizás actuó confabulado con el tesorero, ocultando –se nos ocurreesta valiosa mercancía en el barco de su propiedad para luego venderla en la Española?9 Son preguntas sin respuestas, pero inevitables, a la luz de las fuentes que se han conservado. Un repaso a los documentos de aquellos años muestra la excesiva frecuencia con 6 “Vender indios libres. Se han vendido muchos indios e indias libres sin ser esclavos y de ver que el mismo gobernador lo hace, todos los otros lo usan”. En: “Carta de un religioso dominico sobre la desorden de Pedrarias, s.f.” AGI, Patronato 26, R. 5. 7 AGI, Contaduría, 1451. 8 Entre éstos, se citan a Andrés de Cereceda, Alonso de Cáceres, Pedro Alonso de Zafra, Fernando de Zafra y Antón de Trigueros. “Información sobre pérdidas de indios”. 9 AGI, Justicia, 1451. Algunos de los documentos que atestiguan las frecuentes fugas de los prisioneros han sido publicados por Friede, 1955, vol. I. Véase, en especial: “Fragmentos de la probanza que hace el tesorero Alonso de la Puente sobre huida de indios”. Santa María de la Antigua del Darién, 27 de julio de 1517, pp. 59 y ss. Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 16 Darién en 1514 acompañando al capitán Francisco Vázquez de Coronado, fueron adquiridos en Santa María por el flamante obispo del Darién, Juan de Quevedo, por nada menos que 55 pesos (24.750 maravedís). En la misma almoneda Martín Estete ofreció hasta 30 pesos de oro (13.500 maravedís) por el indio Sebastianico, también originario de la Española.17 Tan abultadas cifras muestran el desorbitado valor que estos indios adquirieron en el mercado darienita. Ambas resultan especialmente elocuentes si se las compara con el precio que alcanzaba por aquellos años un animal tan valioso y escaso, como era el caballo. En efecto, un registro contable de la misma fecha indica que 9 yeguas y un caballo fueron vendidos en 245 pesos (110.250 maravedís), lo que nos da una proporción de 24,5 pesos de oro, por cada animal. Ello indica que el precio de un indio esclavo llegó a superar en el mercado al de un equino. Pudiera aventurarse una explicación para tan elevados precios. ¿Se trataba en esta ocasión de indios ladinos, dóciles y acostumbrados a los usos españoles y, por consiguiente, más apreciados por el posible comprador? Es posible, aunque realmente no existen respuestas fiables a tales interrogantes ya que desgraciadamente las fuentes contables pueden ser abundantes, pero con frecuencia resultan incompletas y mucho menos explícitas de lo que el investigador desea. De lo que no cabe duda es de que a tan solo un año de la llegada de la flota del gobernador el valor de los indios esclavos, en este caso capturados por los capitanes de Pedrarias en sus numerosas y cruentas razzias por las tierras del Darién parece haber experimentado un considerable descenso. En 1515 fueron vendidos cuatro esclavos de la entrada de Bartolomé Hurtado por tan sólo 6 pesos y 3 tomines (1,5 pesos/pieza). En ese mismo año el lapidario Ruy Díez pagó 14 pesos de oro por otros cuatro esclavos (3,5 pesos/pieza) de la entrada de Tello de Guzmán a las provincias de Comogre y Tubanamá. El propio Tello fue condenado a pagar 14 pesos por cuatro indios capturados en su expedición (3,5 pesos/pieza) y de los que el citado capitán se había apropiado fraudulentamente sin declararlos para el quinto. Otro registro similar anota el ingreso de 12 pesos y 2 tomines por siete esclavos del quinto vendidos en almoneda (1,5 pesos/pieza). Pero en 1516 el lapidario Ruy Díez compró una india esclava procedente de la expedición del capitán Gonzalo de Badajoz por una cantidad bastante superior (8 pesos de oro). A partir del citado año resulta muy difícil averiguar el valor de estos esclavos, pues los oficiales reales acostumbraron a registrar en sus libros de cuentas el producto de la venta de los indios del quinto en una sola y anónima partida (“ciertos indios”), sin especificar su número. Esta práctica contable, utilizada asimismo con otros valores fiscales, como los quintos del oro de minas, fue sancionada años más tarde por la Corona. 7. Conclusión La historia del primer Darién, historia fronteriza de cabalgadas esclavistas y búsqueda de oro por doquier, con clarísimas reminiscencias medievales, fue muy breve. Apenas bastaron 17 Remesa de provisiones venidas de La Española en la nao Santiago, capitán Francisco Vázquez Coronado (fue enviado por delante al Darién en la Santa María, maestre Juan de Camargo el 17 de noviembre de 1513). AGI, Contaduría, 1451. Carmen Mena García 17 catorce años -entre 1510 y 1524- para echar por tierra un ambicioso proyecto colonizador que habría de fracasar en su primera etapa. Con el cierre de la frontera darienita y su desplazamiento hacia occidente se confirman ya los efectos devastadores del proceso de “occidentalización” Gruzinski (1988) sobre la población amerindia autóctona que termina siendo arrasada, tal y como denunciaba un dominico allá por 1515: “toda la mayor parte de la gente que había desde el Darién hasta Nombre de Dios y después atravesando allí a la costa del Sur, es muerta y destruida”.18 Del mismo modo, años después, Fernández de Oviedo (1959: III, 20) testimoniaba que “(la provincia) de Cueva estaba muy poblada de mar a mar y desde el Darién a Panamá lo cual todo al presente está cuasi yermo e despoblado”. A la desarticulación de las comunidades amerindias por el impacto violento de la conquista se unieron las epidemias que irrumpieron desde el Viejo Continente con efectos devastadores –se ha dicho que América pagó caro su aislamiento-, sin olvidar las consecuencias del intenso tráfico esclavista, ya referido. En definitiva, puede hablarse con propiedad del exterminio de una población que contaba al menos con 120 siglos de presencia continua en el Istmo y que se extingue casi por completo en menos de dos décadas. Los datos de los que se disponen hablan por sí solos: de los aproximadamente 225.000 a 500.000 indios que había en el Istmo de Panamá hacia 1500, antes de la llegada de los españoles, no quedan más que quizás 25.000, un 5% a un 10%, en 1520. A fines del siglo XVI se cree que sólo habían sobrevivido 15.000 indígenas en todo el territorio panameño en su gran mayoría concentrados en las vastas planicies y montañas de la región de Veragua, frontera con Costa Rica (Fernández de Oviedo, 1959: III, 20; Castillero, 1995: 37-53). Alfredo Castillero calcula que hacia 1522 los cacicazgos ubicados entre Azuero y el Darién habían quedado reducidos entre un 12% y un 7%, y en lo que se refiere a los Cueva, “su población había quedado disminuida al 3%” cuando sólo habían transcurrido diez años del inicio de la conquista. Los de la lengua Cueva, que habitaban la región del Darién en tiempos de Colón, Balboa y Pedrarias, desaparecen rápidamente del escenario darienita, de manera que los últimos reductos no habrán de superar el siglo XVII (Torres de Arauz, 1980: 127; Jaén, 1998:127). Reina Torres de Araúz señala que “no es posible...identificar las culturas encontradas por los hispanos a inicios del siglo XVI con las que sobreviven hoy, a más de cuatro siglos de distancia histórica... y que los testimonios documentales permitirían...hacernos una composición clara de ese Darién ocupado en el momento de la conquista por una mayoría de población Cueva, que ejercía fuerte hegemonía en la región, pero con algunas avanzadas Cunas que posteriormente habrían ocupado el territorio. El avance Cuna fue beligerante y agresivo” (Jaén, 1998: 127). 8. Anexo documental “Traslado de un Acuerdo adoptado por las autoridades de Castilla del Oro en Santa María de la Antigua del Darién, el 4 de octubre de 1514, para que se saquen a vender indios esclavos fuera de la tierra (Castilla, La Española y otras islas) y esclavizarlos y el modo en que deben ser herrados” (El traslado está fechado en Panamá, el 21 de octubre de 1527) AGI., Justicia, 359”. 18 “Carta de un religioso dominico sobre la desorden de Pedrarias”, s.f.” AGI, Patronato 26, R. 5. Los inicios de la esclavitud indígena en el Darién y la desaparición de los “Cuevas” 18 Este es un traslado bien e fielmente sacado de ciertos capítulos que estaban en un libro que en fin de los dichos capítulos pareció estar firmado de cuatro firmas que parecía ser, la una del señor Pedrarias de Ávila, gobernador que fue en estos reinos por sus majestades, e la otra del tesorero Alonso de la Puente e la otra del contador Diego Márquez e la otra del factor Juan de Tavira, los cuales dichos capítulos son estos que se siguen: En cuatro de octubre de quinientos e catorce años, este día estando juntos el señor gobernador e el señor obispo y el tesorero Alonso de la Puente e el contador Diego Márquez y el factor Juan de Tavira, oficiales de Sus Altezas, e el licenciado Espinosa, alcalde mayor, platicaron en cómo Su Alteza por un capítulo de las mercedes e franquezas que hizo a los pobladores de estas tierras en que puedan llevar a vender a Castilla e a la Española e a otras cualesquier partes todas las cosas que en Castilla del Oro hubiese por mercaderías o en otra cualquier manera, que usando de la merced e considerando los grandes gastos y enfermedades que han tenido e tienen de presente todos los moradores de esta tierra, así los que de antes estaban, como los que vinieron en la armada, e como al presente por las dichas causas e por no tener indios de servicio ni se poder haber de los caciques sino por guerra, no pueden sacar oro de las minas ni ellas están tan rasgadas ni buscadas para que conocidamente se saque de ellas el trabajo e gasto, e considerando asimismo que cuando algunos indios, así naborías como esclavos, tienen aquí en esta tierra, se van e huyen y no se pueden haber de ellos provecho e que llevándose a Castilla e a la Española e a otras islas, conforme a la dicha merced que Sus Altezas hicieron, que será su servicio e gran provecho e utilidad de los pobladores de las dichas islas, porque teniéndolos como los tendrán seguros, sacarán con ellos oro de las minas y en otros servicios de que su Alteza habrá sus quintos e sus rentas aprovechadas, e los vecinos e pobladores de las dichas islas serían aprovechados e asimismo visto algún provecho que se seguirá a los vecinos de estas tierras de Tierra Firme, pudiendo enviar a vender los esclavos que tuvieren, traerán en el retorno bastimentos para comer con que se sostengan hasta que la tierra sea más descubierta e que de otra manera esta tierra se despoblaría por el poco provecho que en ella sienten como de hecho todos los más de los que vinieron se van a Castilla por todas estas consideraciones, se acordó que se de licencia a todos los vecinos e moradores e habitantes en la dicha Castilla del Oro e mercaderes que allá vayan e vengan que puedan llevar a Castilla e a la dicha isla Española e a otras islas de sus Altezas, que son Jamaica e Cuba e San Juan cualesquier indios esclavos así los que sus altezas tienen dados por esclavos declarados en la instrucción del señor tesorero como de todos los otros a quien fuere hecho el Requerimiento de Su Alteza e no lo obedecieren e cumplieren que fueren declarados e pronunciados por esclavos de los que se trajeron de la entrada donde fue el teniente Juan de Ayora e los que se hubieren de aquí adelante los hierren como su alteza manda en el muslo e los hierre el veedor Gonzalo Fernández de Oviedo que tiene cargo de ello por el señor secretario Lope de Conchillos, e que los indios de servicio que dicen naborías estos se hierren poniendo el hierro en el muslo a la luenga e los esclavos se hierren poniendo el hierro en el muslo a través, e que ésta es la diferencia. E que todas las personas que hubieren de enviar los tales esclavos a vender e trocar por mercaderías de la isla Española o a otras partes, como dicho es, vayan ante el alcalde mayor a certificar e averiguar cómo los tales indios son esclavos e son de la tierra que están dados por esclavos e que de esto de una fe el escribano ante quien pasare la tal averiguación breve firmada del dicho alcalde mayor e de él e con esta fe vayan las tales personas a los oficiales de sus altezas para que les den la dicha licencia e que estas fees queden en poder del contador de Carmen Mena García 19 la dicha Castilla del Oro para que sepa cada vez que fuere necesario para qué indios y esclavos sea dada la dicha licencia y cuyos eran… E porque algunas personas no tendrán noticia de la merced que Sus Altezas hacen a los pobladores de esta tierra, como dicho es, e sabiendo que pueden llevar o enviar los esclavos que tuvieren a las dichas islas permanecerán e poblarán en la dicha tierra e con más diligencia trabajarán de se ayudar, visto que algún provecho les puede resultar de llevar o enviar los dichos esclavos e en el descubrir de la tierra pondrán mayor diligencia, que se pregone que todos los que ahora tuvieren esclavos o de aquí adelante que los podrán llevar a vender a Castilla o a las dichas islas Española e Cuba e Jamaica e San Juan conforme a la dicha merced de Sus Altezas”. 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