El estudio de la variedad dialectual en España durante el siglo XX
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Lexis XXVIII. 1-2 (2004): 199-215. El estudio de la variedad dialectal en España durante el siglo XX Antonio Narbonajiménez Universidad de Sevilla No hace muchos años, José Luis Rivarola se ocupó en un breve trabajo de cuándo y cómo surgió y se desarrolló en el pensamiento occidental la noción de variedad dialectal de una lengua. 1 Dentro de esa línea de investigación pueden situarse estas observaciones sobre la dialectología en España a lo largo del siglo XX. O. No voy a trazar, claro está, un panorama de las aportaciones más relevantes, de sobra conocidas, sino que me limitaré a poner de relieve algunas claves del recorrido seguido y ciertas razones de las inflexiones en su trayectoria, así como de sus carencias. Como sucede en tantos otros campos de la filología española, a R. Menéndez Pidal se deben el arranque entre nosotros de los estudios dialectales y los primeros pasos firmes, tanto desde una perspectiva histórica (en el capítulo III -"Regiones y épocas"- de sus Orígenes se dibuja la situación de las variedades en el período arcaico) como sincrónica. Sus investigaciones sobre el dominio asturianoleonés, que contaban con muy escasos precedentes -Gessner, Munthe, Hanssen y pocos más- y son aún de ineludible consulta, fueron continuadas por estudiosos estrechamente vinculados a él (R. 1 "Algunas observaciones sobre los orígenes prernodemos del concepto y del término dialecto", La Torre, III, n° 7-8 (1998), 29-40.
200 Lexis XXVIII.l y 2 Lapesa, E. Alarcos, A. Galmés, D. Catalán, etc.). Y una minuciosa reseña suya de la tesis doctoral de A. Griera sobre la frontera entre el aragonés y el catalán2 se sitúa en el inicio del interés por las hablas aragonesas, de las que posteriormente se han ocupado T. Navarro Tomás, A. Kuhn, F. Krüger, M. Alvar, F. Lázaro, F. Monge, P. González Guzmán, T. Buesa, F. González Ollé y otros muchos. Animado por R. Menéndez Pidal, su discípulo T. Navarro Tomás emprendió la tarea de confeccionar un atlas lingüístico similar al de J. Gilliéron y E. Edmont para Francia, pero la empresa quedó truncada, como tantas otras, por la Guerra Civil que estalló en 1936. Puede afirmarse que hoy no queda área del español descuidada por los dialectólogos. Pero son las modalidades meridionales de la Península, el canario y el español de América, es decir, el inmenso espacio que se ha querido englobar bajo la denominación de español atlántico, las que han ido acaparando cada vez más su atención. Desde que H. Schuchardt publicó en 1881 su trabajo sobre los cantes flamencos, 3 las hablas andaluzas no han cesado de atraer a los estudiosos, algunos tan prestigiosos como A. Castro, otro discípulo de M. Pida! a quien debemos unas páginas, publicadas en 1924,4 que contienen ideas que no han perdido actualidad, o como el mismo T. Navarro Tomás, que, no mucho después (1933), en colaboración con A. M. Espinosa [hijo] y L. Rodríguez Castellano, trazó la frontera del andaluz:5 M. Alvar, desde su llegada a la Universidad de Granada en 1948, dio un impulso decisivo a la dialectología andaluza. El Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía (ALEA), realizado con la colaboración de A. Llorente y G. Salvador, y cuyos seis tomos fueron apareciendo entre 1961 y 1973 -en 1991 la Consejería de E. y C. de la Junta de Andalucía publicó una edición facsimilar en tres volúmenes-, se convirtió en modelo para otros, la mayoría de ellos dirigidos también por M. Alvar: Islas Canarias (1975-1978), Aragón, Navarra y Rioja (1979-83), Cantabria (1995), Castilla y León (1999), etc. 2 "Sobre A. Griera: La .frontera cata/ano-aragonesa", RFE, III (1916), 73-88. :l "Die Cantes flamencos", ZRPh, V, 249-322. Hay edición independiente en español con comentarios de G. Steingress, E. Feenstra y M. Wolf. Fundación Machado. Sevilla 1990. 4 "El habla andaluza", en Lengua, enseñanza y literatura. Madrid, 1924, 52-81. 5 "La frontera del andaluz", RFE, XX, 1933.
Narbona • El estudio de la variedad dialectal 201 La dialectología calificada de diatópica, espacial u horizontal ha tenido en España un cultivo tan extendido e intenso, que, por ejemplo, en las décadas de 1960 y 1970 muchos licenciados en filología daban sus primeros pasos en la investigación con una monografía sobre el habla de alguna localidad, comarca o zona, cuya elección solía responder, si no era sugerida por el Director, a razones de vinculación familiar. Es verdad que bastantes memorias de licenciatura y tesis doctorales de este tipo duermen, sin publicar, en los departamentos universitarios, y no pocos de sus autores han preferido abandonar esa senda de indagación. l. El juicio global que ha merecido tan ingente labor no ha sido muy favorable. En Lingüística Ibero-Románica. Crítica retrospectiva, obra publicada en 1974, en la que se toma "como fecha terminal [del análisis] la década de los 60", D. Catalán llega a una conclusión que cabe calificar de descorazonadora. En el epígrafe 3.16, titulado "Hacia una renovación de la Dialectología", califica su trayectoria de paradójica. Llamada a ser la disciplina que, por su extraordinario interés experimental, debería haber sacado a la lingüística de la insatisfacción a que lleva centrarse en lenguas "ideales", prefirió mantenerse en un confortable conservadurismo y aferrarse a los viejos moldes, bien encerrándose en sí misma, bien refugiándose en el campo etnográfico. Veinte años después, E. de Bustos Gisbert, en un artículo titulado "Dialectología, sociolingüística y español de América",6 en el que examina la "situación de la investigación dialectal desde principios de los 70" (es decir, desde el punto en que la había dejado D. Catalán), viene a sostener casi lo mismo: "Lo que caracteriza a la Dialectología es su estancamiento o su enfrentamiento con los planteamientos nuevos, cuando no su más absoluto desdén" (las negritas son del autor). Comparte la opinión de J. K. Chambers y P. Trudgill de que "la dialectología y la lingüística han tenido cada vez menos contacto". Los dos autores españoles coinciden también al señalar las circunstancias y factores determinantes de tal situación. Según el primero, la dialectología no se ha interesado más que por lo que "se 6 Dicenda (Cuadernos de Filología Hispánica), UCM, 13, 1995, 39-64.
202 Lexis XXVIII.l y 2 aparta de la norma castellana" y se ha limitado a "inventariar los rasgos aberrantes [sic]"/ en lugar de "describir la estructura y funcionamiento de los dialectos, precisar las relaciones (sincrónicas y diacrónicas) entre unos y otros y entre todos y la lengua patrón". No se ha planteado {la ha evitado, llega a decir) la perspectiva vertical, y cuando ha comenzado a despertarse el interés por los estudios sociolingüísticos, ha sido "más bien en función de los problemas sociales, que como método de ahondar en el conocimiento del mecanismo del lenguaje". Comparte, pues, el diagnóstico que, por la misma fecha, hacía Y. Malkiel, refiriéndose al conjunto de las lenguas románicas: "los ingredientes más atractivos de la dialectología tradicional no se prestan a una transmutación sociolingüística", por lo que sólo puede sobrevivir si es "absorbida por su hermana más joven y más sólidamente construida". Parece ser una idea generalizada. En el capítulo que se dedica a la dialectología en el Panorama de la lingüística moderna de la Universidad de Cambridge, se dice lo mismo en relación con el ámbito anglosajón. 8 Aparte de aludir a problemas "técnicos" no desdeñables {por ejemplo, la lentitud de la tarea de recoger los datos, que, además, por ser laboriosa y poco lucida, suele encargarse a investigadores principiantes), E. de Bustos Gisbert hace hincapié en el estancamiento teórico, incluso ateorismo, achacable al modo de proceder de los dialectólogos. Sin ni siquiera separar con claridad lo que es un método -la geografía lingüísticade la disciplina propiamente dicha, se lanzan a recoger miles de datos sin que se sepa muy bien para qué {las negritas siguen siendo del autor). No extraña por tanto, termina diciendo, que la lingüística haya acabado por cerrar el paso al progreso científico de la dialectología. La irrupción del generativismo no supuso, ni mucho menos, en España la postergación inmediata del estructuralismo; y conviene no olvidar que el 7 Aunque habré de volver sobre ello, me interesa destacar que una y otra vez alude a la "absoluta desatención de la sintaxis". 8 Vol. IV. El lenguaje: contexto socio-cultural. Edición española, Visor, Madrid, 1992, 149- 172. K. Walters reconoce que la geografia dialectal "no es tan popular como lo fue antes de la 11 Guerra Mundial", entre otras razones, porque "desde sus comienzos como rama de la filologia y de la lingüística histórica, se ha manifestado acérrimamente orgullosa de la tradición de sus métodos y objetivos", distanciándose así cada vez más de los avances modernos en el estudio del lenguaje.
Narbona • El estudio de la variedad dialectal 203 único terreno en que había llegado a aplicarse realmente la concepción estructuralista de la relación entre la variación dialectal y el díasistema de invariantes es el de la fonología. 2. No puedo detenerme con detalle en ese desfase o déficit teórico, observado y denunciado repetidamente. Me limitaré a recordar que, si bien es mucho lo que se ha escrito acerca de las interrelaciones que han marcado la conexión entre la dialectología y la gramática generativa, la discusión {también prácticamente reducida al campo de lo fonológíco) entre integracionistas y aislacionistas parece no tener final ni solución posible. Mientras los primeros defienden que la descripción de un conjunto de dialectos debe ser unitaria, a partir del que resulte más simple, mediante cambios en las reglas, los segundos opinan que los dialectos deben estudiarse por separado, y sólo después procede comparar las descripciones para establecer el grado de afinidad o de diferenciación entre ellos. Si ha sido esta última posición la más seguida, es sólo porque permite servirse mejor de los fenómenos dialectales para contrastar hipótesis; pero habría que discutir previamente la validez de las hipótesis mismas y, sobre todo, la utilización que de los datos se hace para intentar verificarlas. De modo que, si bien ha contribuido a recuperar el encuentro entre la dialectología y la lingüística teórica, los problemas de siempre siguen sin resolver: ¿cuál es la naturaleza de la variación?, ¿con qué criterios e índices debe medirse?, ¿es posible la predictibilidad?, ¿hay o no fronteras interdialectales? Late en el fondo de todo ello una cuestión que también es ampliamente compartida. Así la expresa E. de Bustos Gisbert: "el objetivo de describir la competencia lingüística de un hablante-oyente ideal en una comunidad lingüística homogénea es necesariamente contrario al del dialectólogo". La dialectología, añadiría yo, no puede permitirse el lujo de distanciarse un ápice de los hablantes reales y concretos, idealiQindolos a su antojo. No hace muchos años {1992), aunque sin referirse en particular a la dialectología, E. Alarcos, al presentar en Oviedo a N. Chomsky, afirmó lo siguiente: "Nosotros hacemos lingüística de las lenguas; los generativistas, lingüística del lenguaje. Nosotros andamos por la superficie; ellos, por las profundidades; nos interesa lo particular de cada lengua; no lo universal del lenguaje. No somos incompatibles, pues recorremos caminos diferen-
204 Lexis XXVIII.! y 2 tes". Lo que de atinado hay en estas palabras viene a coincidir en lo esencial con lo que piensan otros, como E. Coseriu. Pero, en opinión de este último, tampoco el paradigma científico funcional se ocupa verdaderamente de los idiomas, sino de la lengua previamente aislada por el lingüista. Todos los lingüistas se encuentran, en mayor o menor medida, como sostiene R. Simone, 9 jerárquicamente deformados, al autoerigirse en representantes de (todos) los hablantes, la mayor parte de los cuales tiene escasa o nula conciencia de estar empleando variantes de una supuesta invariante. Pero en la actitud de E. Alarcos, plenamente identificado con los principios de la escuela filológica española, tal deformación es mínima o nula, como puede comprobarse en bastantes de sus escritos. En el titulado "Estertores latinos y vagidos romances", 10 en que se ocupa del nacimiento del castellano, afirma que "no cambian las lenguas, sino que son los hombres [que las usan] los que las transforman, los que cambian de lengua, si bien no como cambian de atuendo o de ideas". La insatisfacción a que conduce la consideración de la lengua desde cualquier modelo estructural, funcional o formal, forzosamente se acentúa entre los dialectólogos, y también entre los sociolingüistas, que han de moverse en las capas más superficiales. Ni unos ni otros pueden despegarse de los datos, del corpus representativo del que han de partir. Puede pesar en algunos el temor a la disminución de la entidad de los estudios dialectológicos. Pero no creo que deba verse como problema la pérdida de autonomía, pues es discutible que la lingüística misma deba seguir siendo autónoma, en el sentido de saber desligado de otros, y que ello sea garantía, por sí solo, de un mayor rigor científico. Las relaciones con otros campos científicos son demasiado obvias para seguir siendo obviadas. 3. La dialectologia, abocada a ser cada vez más vertical que horizontal (hasta el cambio de orientación, desde lo rural a lo urbano, se debe a que en las pequeñas comunidades las variables sociales con repercusión en el comportamiento lingüístico son menos relevantes), no puede desentenderse de sus raíces históricas. Si no se puede hablar del espacio geográfico de ningún dialecto sin referirse al de la lengua 9 "¿Cuál es la lengua de default en un ambiente de variación?", en A. Narbona 1 M. Ropero {eds.), El habla andaluza. Actas del Congreso del habla andaluza, Sevilla, 1997, 29-41. 10 BRAE, LXXXV, 1995, 433-445.
Narbona • El estudio de la variedad dialectal 205 en que se incluye, es porque vicisitudes históricas (indesligables, eso sí, de las culturales, políticas, etc.) explican la formación de los idiomas nacionales o comunes. Cada dialecto, como cada idioma, tiene su propia historia, sus propias crisis históricas, que van determinando, no sólo su mayor o menor expansión geográfica, sino también el distinto alcance vertical de los fenómenos. Y es este criterio sociohistórico el que ha de ayudarnos a entender las condiciones efectivas de uso de los dialectos, sin subvertir la relación entre la lengua y el dialecto. Siempre que entran en contacto modalidades lingüísticas diversas (sean lenguas o dialectos), hay una variedad que, por tener un mayor radio de acción, ser más prestigiosa y valorada culturalmente, y más útil para ascender socialmente, domina sobre otra u otras. La dominada recibe más que lo que aporta en todos los casos. A pesar de los obstáculos, algunos insalvables, que no permiten averiguar cómo se hablaba en el pasado, una dialectología y una sociolingüística históricas son posibles, y es significativo que la primera figure como una sección más en los Congresos de la Asociación de Historia de la Lengua Española desde el celebrado en Salamanca (1993) y la segunda se haya incorporado en el de Madrid (2003). También lo es que el interés se oriente hacia los hechos gramaticales, y en particular los sintácticos, por entenderse que son los que han de proporcionamos la base para descubrir las diferencias más significativas. En un reciente trabajo titulado "Hacia una dialectología histórica. Reflexiones sobre la historia del leísmo, el laísmo y el loísmo", 11 Inés Fernández Ordóñez, pese a admitir que hay una limitación de partida (pocas posibilidades hay de reconstruir la historia de un fenómeno "si constituye un marcador sociolingüístico, si está condicionado en su covariación por factores estilísticos"), no sólo no duda de su viabilidad, sino que está convencida de que "la historia de la lengua española está necesitando urgentemente una revisión crítica alumbrada desde la perspectiva de la dialectología histórica". 4. No deben extrañar los juicios, algunos radicales, sobre el trabajo de los dialectólogos. Los dialectos ya no son lo que fueron ni para los lingüistas, que se acercan a ellos desde perspectivas y con procedimientos de análisis diversos, ni para los hablantes. Sin haber sido desterradas del todo, atrás van quedando las creencias dispares, e 11 BRAE, LXXXI, 2001, 389-464.
206 Lexis XXVIII.l y 2 incluso contradictorias, sobre las variedades dialectales. Mientras para unos éstas eran algo marginal e inferior, otros las veían como lo incontaminado y auténtico; lo que para algunos era sinónimo de atraso o se encontraba ligado a un trasnochado nacionalismo ideológico que suponía un riesgo de fragmentación, un freno al progreso e incluso un escollo en la enseñanza, no pocos lo consideraban expresión propia de la identidad cultural de los pueblos o de los grupos sociales, que debía mantenerse como alternativa liberadora -se ha llegado a decirfrente a la creciente uniformidad de la imparable globalización. No hace falta decir que de la segunda actitud a posiciones excluyentes no hay más que un paso, que en los últimos decenios se ha dado más de una vez en España. Pero en la era de la multiplicación de los contactos internacionales, de los medios de comunicación de masas cada vez más influyentes y de los movimientos migratorios cada vez más intensos y multidireccionales, el dialectólogo no tiene otra opción que replantear y redefinir una y otra vez el par lengua! dialecto. La lingüística se ha ido haciendo más variacionista, pero la variación que importa especialmente es la derivada de las diferencias verticales que se dan entre las clases sociales que configuran una comunidad idiomática y de las que tienen que ver con la diversidad de situaciones comunicativas en que participan sus miembros. En realidad, ningún estudio dialectal se ha limitado a señalar exclusivamente la distribución geográfica de las variantes, y aunque no falta quien opina que no se ha hecho sociolingüística ni dialectología urbana hasta W. Labov, lo cierto es que desde muy pronto la balanza se fue inclinando en España en esa dirección. M. Alvar dedicó su libro Niveles socioculturales en el habla de Las Palmas de Gran Canaria (1972) a Vicente García de Diego, por ser "el primero que entre nosotros habló de dialectos verticales", concretamente ien 1926! Las relaciones entre lengua y sociedad nunca son sencillas, ni fáciles de descubrir. Por un lado, opiniones no ilustradas ni contrastadas y prejuicios y estereotipos infundados dan lugar a actitudes arraigadas que suelen ser interpretadas en términos, no estrictamente lingüísticos, de lealtad y deslealtad, 12 y enturbian la descripción. Por otro, la vinculación de lo dialectal a ámbitos de uso y estilos o 12 Cfr. A. Narbona, Sobre la conciencia lingüística de los andaluces, Sevilla, 2003.
Narbona • El estudio de la variedad dialectal 207 registros propios del habla familiar e informal viene a complicar bastante el análisis. De hecho, la dialectología (tampoco la sociolingüística) no constituye el precedente de los estudios actuales sobre las hablas vivas, que han acabado interesando más por ser hablas que por serlo de una zona o estrato determinado. Encontrar los cauces adecuados para que los datos que, cada vez en mayor número y con más facilidad, se van obteniendo no queden convertidos en un simple inventario acumulativo, no es tarea fácil. Menos lo es atribuir cada hecho o rasgo a uno o varios grupos o redes sociales de usuarios que realmente se sirven de él y precisar las circunstancias de las situaciones comunicativas en que lo hacen. Descubrir las diferencias rara vez es fruto del azar, sino de una intensa labor de búsqueda. Sólo la realización de muchas encuestas para el ALEA permitió a G. Salvador y M. Alvar detectar las divergencias entre el habla de los hombres y de las mujeres en algunas localidades granadinas. 13 En el ALEA hay más sociolingüística de lo que parece, como se han encargado de señalar, entre otros, J. Villena 14 y R. Morillo. 15 En el último volumen queda de manifiesto, por ejemplo, que cuando coexisten dos o más variantes en un mismo hablante, éste elige -con mayor o menor grado de conciencia, claro es- en función de variables sociales. R Morillo ha destacado, además, que la obra nos brinda la rara oportunidad de comprobar los cambios habidos en el andaluz en tiempo real a lo largo de medio siglo. Incluso podemos deducir si las previsiones que hubieran podido hacerse aplicando la hipótesis del tiempo aparente resultan válidas o no. Así, a diferencia de lo que ha ocurrido con la distinción entre y y ll en ciertos islotes andaluces, que, por estar en mayor o menor medida estigmatizada, retrocede frente al yeísmo, las dos realizaciones de la eh, africada y fricativa, siguen hoy en toda An- 13 G. Salvador, "Fonética masculina y fonética femenina en el habla de Vertientes y Tarifa (Granada)", Orhis, l, 1, 1952, 19-24; M. Alvar, "Diferencias en el habla de Puebla de don Fadrique (Granada)", RFE, XL, 1956, 1·32. 14 "Sociolingüística andaluza y sociolingüística del andaluz: problemas y métodos", en A. Narbona 1 M. Ropero (eds.): El habla andalWJl. Actas del Congreso del habla andalWJl, Sevilla, 1997, 277-347. 1.5 "Sociolingüística en el ALEA: variable generacional y cambio lingüístico", ELUA, 15, 2001, 13-49.
214 Lexis XXVIII.! y 2 independencia de la distancia que medie entre los interlocutores), se encuentran, por supuesto, los socioculturales, pero la ubicación en la escala de cada acto comunicativo depende también del propio escenario en que tiene lugar y, sobre todo, del grado de complicidad y connivencia entre los participantes. Esto viene a corroborar, pues, que los dialectólogos no pueden centrar sus pesquisas sólo, ni siquiera preferentemente, en un sector de la población concreto, a saber, el constituido por hablantes mayores con escasa participación en intercambios comunicativos con hablantes de áreas distintas, poco expuestos a la influencia de los medios de comunicación, etc., todo lo cual daba como resultado unos datos estilísticamente homogéneos. La realidad es otra. Así, por ejemplo, en casi todo el territorio andaluz hay hablantes que continúan usando la correspondiente forma de ser como auxiliar del pluscuamperfecto de subjuntivo (si yo fo{er}a esta{d]o allí no fo{er}a pasa{d}o eso); no se sabe cuántos, ni tampoco su distribución vertical, pero sí que son precisamente los que tienen nula o muy escasa conciencia de estar sirviéndose de una variante (históricamente anterior) de la invariante con haber. Operar con el postulado de que la variación es una noción inherente y esencialmente relativa, por lo que todas las variantes han de examinarse, en primera instancia al menos, en pie de igualdad, tiene en sintaxis más dificultades que en el terreno de la pronunciación y en el del léxico. Entre otras razones, porque es más costoso dejar de trasladar la conciencia del lingüista a los hablantes. ¿Cómo identificar las invariantes (algo que, claro es, ha de ser siempre decisión del lingüista), cuando toda elección de los hablantes viene determinada por la adecuación al tipo de acto y situación de comunicación, por ser la más relevante y eficaz? En suma, no cabe seguir trabajando en dialectología, que ha de ser horizontal y vertical simultáneamente, fuera del marco del análisis del discurso conversacional. En la conversación, el control estructural predicativo se somete continuamente a la eficacia comunicativa con que se logra transmitir el contenido intencional. Antes de calificar su andadura sintáctica de inftrior, lo que es discutible, debe contemplarse como diferente de otras, y averiguar por qué lo es. La tarea es tan difícil como sugestiva, pero no más para los dialectólogos que para el resto de los lingüistas, pues el objetivo es el mismo: entender y explicar, a través de los usos idiomáticos, el com-
Narbona • El estudio de la variedad dialectal 215 portamiento humano. Que el interés de la dialectología se centre en ciertas manifestaciones habladas -las primeras, por cierto, desde cualquier punto de vista, y las únicas de que muchos pueden servirse-, no cambia sustancialmente nada. Oralidad y escritura no viven separadamente, sino que mantienen una relación recíproca cada vez más intensa, pues mayor es el número de los que participan de la cultura escrita. En la medida en que el dialectólogo, que no tiene otro objetivo que el estudio de la variación lingüística, siga sin atender al programa de trabajo aquí esbozado, continuará con la sensación insatisfactoria del deber incumplido.