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Turdetania y turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica

García Fernández, Francisco José; Ferrer Albelda, Eduardo

Abstract

Este artículo es una contribución al estudio histórico de los turdetanos, en la que analizamos las dos principales fuentes de conocimiento: la historiografía grecolatina y el registro ar-queológico. Concluimos que Turdetania y sus habitantes no constituyen una unidad étnica pues hay varios grupos étnicos que pueblan la región: bástulos, celtas y turdetanos. Tartesios, turdetanos y túrdulos sí conforman un mismo grupo étnico o incluso un conjunto de pueblos agrupados bajo una misma denominación *trt-.

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TURDETANIA Y TURDETANOS: CONTRIBUCIÓN A UNA PROBLEMÁTICA HISTORIOGRÁFICA Y ARQUEOLÓGICA Eduardo Ferrer Albelda Francisco José García Fernández Universidad de Sevilla RESUMEN Este artículo es una contribución al estudio histórico de los turdetanos, en la que analizamos las dos principales fuentes de conocimiento: la historiografía grecolatina y el registro ar-queológico. Concluimos que Turdetania y sus habitantes no constituyen una unidad étnica pues hay varios grupos étnicos que pueblan la región: bástulos, celtas y turdetanos. Tartesios, turdetanos y túrdulos sí conforman un mismo grupo étnico o incluso un conjunto de pueblos agrupados bajo una misma denominación *trt-. ABSTRACT This article is a contribution to the historical study of the Turdetans, where we analyze the two main sources of knowledge: Greco-latin Historiography and the archaeological record. We conclude that Turdetania and its inhabitants do not constitute an ethnic unit, since there are several ethnic groups in the region: the Bastules, the Celts, the Turdetans, whereas the Tartessians, the Turdetans, and the Turdules form the same ethnic group, or even a whole of peoples under the same denomination *trt-. PALABRAS CLAVE Turdetania, turdetanos, historiografía grecolatina, registro arqueológico KEY WORDS Turdetania, Turdetans, Greco-latin Historiography, Archaeological Record. 1. INTRODUCCIÓN El contexto socio-político finisecular de España –aunque es un fenómeno generalizado a escala planetaria– ha generado, como lo hizo en el siglo XIX, un interés inusitado, más sentimental, idealista y político que científico, por etnias, estados prístinos y formaciones políticas con o sin contrastación con la literatura antigua. Los nacionalismos y regionalismos conscientemente potencian estos estudios como un medio directo o indirecto de justificar el presente y sus aspiraciones futuras buscando sus raíces más remotas en la Antigüedad o en el Medievo, recuperando una edad dorada que “histórica” y sentimentalmente los vincule y cohesione internamente y, de manera simultánea, los segregue de los otros. Esta estrategia tan burda es, sin embargo, exitosa pues cuenta con la complicidad de muchos historiadores que ven en esta dinámica un medio de supervivencia o de promoción profesional y personal. En los ámbitos científicos estos quehaceres tienen los días contados más tarde que temprano, y lo efímero de muchas de las elucubraciones se pone diariamente de manifiesto. No obstante, el mayor peligro está en los errores y horrores que genera el poder político en la conciencia social a través de la “políti- Mainake, XXIV/2002 134 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández ca cultural”, que pueden dejar secuelas en ella durante generaciones. Ejemplos de la historia española del siglo XX hay tantos que no merecen mayor detenimiento1. ¿En qué ha afectado a los turdetanos estas tendencias? La búsqueda de una edad dorada “andaluza” ha potenciado extraacadémica y políticamente el estudio de dos culturas, la tartesia y la andalusí, pues las dos ofrecen argumentos y monumentos que configuran épocas de esplendor. El período orientalizante de la cultura tartésica, ya objeto de mitificación en la cultura griega arcaica y después en la romana, mantiene intacto en la actualidad su carácter mítico en los medios educativos y de difusión social. Paradójicamente la “cultura turdetana”, que ofrece idénticos argumentos para la exaltación de un pasado áureo, no ha sufrido este proceso y figura como una gran desconocida tanto en los círculos científicos como en los populares, aunque, como veremos infra, ya fuera idealizada por los escritores grecolatinos tras la conquista romana. Las razones de esta falta de interés puede estar precisamente en la escasa “brillantez” del registro arqueológico turdetano, sin tesoros, sin bronces figurados, sin necrópolis tumulares, etc.; pero quizás también haya que buscarla en la rápida asimilación –otro tópico– por parte de los turdetanos de la cultura romana, la gran enemiga de nacionalismos y regionalismos pasados y actuales por su impronta imperialista, unificadora y homogeneizadora. Y precisamente es la Bética romana la que ofrece argumentos más “objetivos” de exaltación del pasado y de prosperidad. En los ámbitos académico y científico la relegación de los turdetanos al olvido o a un segundo plano se ha debido a varios factores. Por un lado, y no necesariamente en primer lugar, no existen hallazgos espectaculares que configuren un icono de esa cultura (El Carambolo y la cultura tartésica, o la Dama de Elche y la cultura ibérica, por ejemplo). Este fenómeno condicionó las ulteriores actuaciones de campo, pues no se busca lo que no existe o lo que no se sabe cómo puede ser; si además tenemos en cuenta que en la arqueología española de la primera mitad del siglo XX, como en la del resto de Europa, las culturas se estudiaban fundamentalmente a través de registro funerario, ya que aportaba objetos completos y ofrecía más información sobre la sociedad, no debemos extrañarnos del olvido de los turdetanos. Por otro lado, hasta hace unas décadas los turdetanos se incluían entre los íberos2, teniendo por tales no a los habitantes de Iberia, como los autores griegos entendían3, sino como una de las muchas ethne con una lengua y origen común que ocupaban el amplio territorio comprendido entre el golfo de León y Andalucía. Y entre los íberos, los del Suroeste se llevaban la peor parte. El esplendor de tiempos pretéritos, después de la crisis de los metales y de la “destrucción” de Tartessos en el siglo VI a. C., había degenerado en una 1 Vid. M. V. GARCÍA QUINTELA, “Les peuples indigenes et le conquete romaine de l’Hispanie. Essai de critique historiographique”, DHA, 16.2 (1990) 181-210; M. DÍAZ-ANDREU, “Archaeology and nationalism in Spain”, en Nationalism, polities and the practice of archaeology, Cambridge, 1995, págs. 39-56; G. RUIZ ZAPATERO, “Celts and iberians. Ideological manipulations in spanish archaeology”, en P. Graves-Browm et alii, (eds.), Cultural identity and Archaeology: the construction of european comunities, Londres, 1996, págs. 179-195. 2 No hay que remontarse a décadas lejanas; en obras de carácter general siguen siendo incluidos, por ejemplo: J.L. ESCACENA, “El poblamiento ibérico en el Bajo Guadalquivir”, Iberos. Actas de las I Jornadas sobre mundo ibérico, Jaén, 1987, págs. 273-298; A. RUIZ y M. MOLINOS, Los Iberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico, Barcelona, 1992; o las contribuciones relativas a Turdetania en AAVV, Actas del Congreso Internacional Los Iberos. Príncipes de Occidente. Estructuras de poder en la sociedad ibérica, Barcelona, 1998. 3 A.J. DOMÍGUEZ MONEDERO, “Los términos Iberia e iberos en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación”, Lucentum, II (1983) 203-224. Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 135 cultura indigna de su antecesora, y el foco de desarrollo se había desplazado a la Alta Andalucía. Las necrópolis de Tútugi, Cástulo, Toya o Baza así lo atestiguaban. Hasta las publicaciones de M. Pellicer4, y aún después, no se cambió la terminología y el concepto de “lo ibérico” a “lo turdetano” para designar un espacio y un registro arqueológico concreto5. Y aún hoy son habituales en las publicaciones científicas expresiones del tipo “época ibérica” o “ibero-turdetana”, o “cerámica ibérica a bandas” cuando se refieren a una fase o a la documentación arqueológica de yacimientos turdetanos. No cabe duda de que la razón de esta confusión estuvo en la importancia que se otorgaba a un ítem concreto, la cerámica pintada a bandas, como definidor de la cultura ibérica. Un color y un motivo decorativo, como ocurría sincrónicamente en otros horizontes prehistóricos, conformaban una cultura. Nuestro objetivo en este trabajo es hacer un análisis crítico de las fuentes de conocimiento de la “cultura turdetana” que obviamente, y como ocurre en otras culturas protohistóricas, son al menos dos y deben ser analizadas por separado para un estudio correcto, según sus respectivos métodos; nos referimos a los testimonios literarios grecolatinos y al registro arqueológico. 2. LOS TESTIMONIOS LITERARIOS GRIEGOS Y LATINOS Es práctica común en la historiografía española contemporánea pretender reconstruir la paleoetnología de la Península Ibérica a partir de una lectura historicista o poco crítica de los testimonios literarios. La ausencia de un análisis contextual de cada fuente, valorándola en la medida de sus posibilidades y limitaciones, ha dado como resultado que a menudo se utilicen las informaciones literarias antiguas como un todo sincrónico, valorando del mismo modo a autores de distintas épocas, sin tener en cuenta géneros literarios, contextos históricos, objetivos y público al que se destina. Las reconstrucciones más recientes son, en nuestra opinión, del todo insatisfactorias, precisamente por la generalizada pretensión de armonizar todos los etnónimos relacionados con el sur de Iberia/Hispania procedentes de la milenaria literatura grecolatina: tartesios, elbestios, elbisinos, cilbicenos, mastienos, tersitas, turdetanos, túrdulos, bastetanos, bástulos, etíopes, púnicos, fenicios, libiofenicios, bástulo-poenos, blastofenicios, etc. Infructuoso es por ejemplo el intento de D. Ruiz Mata6de identificar a los turdetanos con los fenicios, pues el hecho de que muchos fenicios habitaran en Turdetania7no significa que fueran turdetanos, y por esto mismo una ciudad fenicia, el Castillo de Dña. Blanca, nunca pudo ser el origen de los turdetanos en la bahía de Cádiz8; si acaso, y al contrario, la generadora de la “punicización” de Turdetania. Asimismo A. Iniesta Sanmartín9, aunque identifica a los mastienos y bastetanos como una sola etnia en dos momentos diferentes, sin embargo relaciona a los primeros con las poblaciones del Bronce Final y del período 4 M. PELLICER, “Ensayo de periodización y cronología tartesia y turdetana”, Habis, 10-11 (1979-80) 307-333. 5 F. J. GARCÍA FERNÁNDEZ, “Los turdetanos en la historiografía reciente: 25 años de avances y desencuentros”, en Homenaje al Profesor Pellicer. Spal, 10 (e.p.). 6 “Turdetanos: origen, territorio y delimitación del tiempo histórico”, Revista de Estudios Ibéricos, 3 (1998) 153-221. 7 STR., III 2.13. 8 D. RUIZ MATA, “La formación de la cultura turdetana en la bahía de Cádiz a través del Castillo de Doña Blanca”, en Iberos. Actas de las I Jornadas sobre Mundo Ibérico, Jaén, 1987, págs. 299-314. 9 “Notas para la reconstrucción del área mastieno bastetana en el sureste peninsular”, en XIX CNA, 1982, págs. 1129- 1140. 136 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández Orientalizante del Sureste y de la costa de Andalucía Oriental, obviando que, según Hecateo de Mileto (FGrHist 41), Sixo, Suel, Menobara y Molibdano eran polèis mastienas, y que todas se identifican con asentamientos fenicios de época arcaica. El mapa propuesto por Ruiz y Molinos10 es paradigmático del “método” que denunciamos, pues asienta en un mismo solar a elbestios, elbisinos y cilbicenos, que son distintas versiones de un mismo ethnnos casi desconocido, junto a tartesios, libiofenicios y mastienos, siguiendo de manera inconfesa la arbitraria descripción costera de Avieno11. Ya hemos advertido en anteriores ocasiones12 que es imprescindible efectuar una labor crítica y exegética del dato literario como paso previo a su inclusión en un argumento histórico, atendiendo a las características de la obra en que se encuentra inserta cada noticia, los planteamientos geográficos, historiográficos o literarios que la condicionan, el estado de los conocimientos geográficos, las fuentes que se utilizaron, la presencia o ausencia de autopsia, los prejuicios ideológicos o políticos, etc. Toda esta reflexión viene al caso por el hecho de que los historiadores acostumbramos a bautizar determinados registros arqueológicos con términos procedentes de las fuentes literarias, siguiendo consciente o inconscientemente el modelo “schliemanniano” de arqueología filológica de hacer cuadrar los datos arqueológicos con los literarios, pretensión por otro lado lícita siempre que se den las condiciones mínimas que hagan posible tal identificación. Un caso con tintes dramáticos de este improductivo quehacer lo constituye la búsqueda de Tartesos y de Mainake por A. Schulten13. Es decir, pretendemos hacer coincidir un dato supuestamente étnico con una “cultura arqueológica”, sin tener en cuenta siquiera las grandes limitaciones que presenta este último concepto. De ahí surge la problemática de identificación o no identificación entre “tartesios” y “turdetanos”, y las contradicciones consecuentes al intentar adecuar diacrónicamente los diferentes horizontes culturales establecidos a partir de la evidencia arqueológica (“precolonial”, “orientalizante”, “final”)14. Los arqueólogos hemos tendido a solucionar este entuerto, para nuestra comodidad, y con una obsesión propia de naturalista de clasificarlo todo15, distinguiendo, por un lado, a los tartesios como pueblo que es conocido por los fenicios y griegos desde que entran en contacto con las tierras extremooccidentales hasta el “fin de la cultura tartésica” o “caída de Tartesos” (que constituye otro tópico, y que más bien debería ser definido como el final del periodo orientalizante de la cultura tartésica); y a los turdetanos, por el otro, a lo largo de la II Edad del Hierro, 10 RUIZ y MOLINOS, Los Iberos...., pág. 241, fig. 84. 11 De la misma manera T. Chapa y J. Pereira (“Las etnias prerromanas del Sureste: problemas de su comprobación arqueológica”, en Actas del II Congreso de Historia de Andalucía, III, Córdoba, 1994, págs. 89-105) identifican a los mastienos con los bastetanos (de Basti), y no con los bástulos, que ocupan el mismo solar. Una interpretación parecida, pero llevada al extremo, es la de M. PASTOR, J. CARRASCO y J.A. PACHÓN, “Paleoetnología de Andalucía Oriental (Etnogeografía)”, en M. Almagro Gorbea y G. Ruiz Zapatero, (eds.), Paleoetnología de la Península Ibérica. Complutum, 2-3, 1992, págs. 119-136. 12 E. FERRER ALBELDA, “Suplemento al mapa paleoetnológico de la Península Ibérica: los púnicos de Iberia”, RSF, XXVI, 1 (1998), pág. 3; F. J. GARCÍA FERNÁNDEZ, Los turdetanos en la Historia: análisis de los testimonios literarios grecolatinos, Écija (Sevilla), e.p. 13 Vid. E. FERRER ALBELDA, “El anillo tartésico de Schulten”, Habis, 26 (1995) 295-314. 14 F. J. GARCÍA FERNÁNDEZ, “Turdetania, turdetanos y cultura turdetana”, Quaderni Ticinesi di Numismatica e Archeologia Classiche, e.p. 15 Ver, en este sentido, las reflexiones efectuadas por J. L. ESCACENA CARRASCO, La arqueología protohistórica en el sur de la Península Ibérica. Historia de un río revuelto, Madrid, 2000, págs. 37 y ss. Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 137 El Mediterráneo occidental para Heródoto, con Iberia e Italia en primer plano (según E.H. Bunbury, A History of Ancient Geography, Londres, 1879, pág. 172) 138 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández desde el siglo V a.C. hasta la romanización, siendo este último otro término controvertido, pues en muchas áreas la influencia romana no cristaliza en la Ulterior, después Bética, hasta época tardorrepublicana o incluso hasta bien entrado el Imperio. Este afán normativista ha llevado en numerosas ocasiones no sólo a obviar la lógica diacronía que acompaña a ambos conceptos –atendiendo a su contextualización histórico-literaria–, sino incluso al error de considerar a los tartesios y turdetanos como dos culturas distintas; la segunda subsidiaria e injustificadamente vinculada a una entelequia denominada “cultura ibérica”16. Los conceptos “Tartessos” y “Turdetania” son autónomos no sólo desde el punto de vista literario, sino también desde el histórico, pues ambos designan dos realidades bien diferentes en el tiempo y desempeñan una respectiva función en las sociedades que los generan, es decir, tienen una validez histórica en tanto fueron utilizados en el pasado con unos objetivos e intereses determinados. La imagen de Tartesos, que no es unívoca, constituye un reflejo de los escasos conocimientos griegos sobre el Extremo Occidente en época arcaica, que da lugar al traslado de una serie de mitos liminares hacia las costas peninsulares17, así como a la creación de un paradigma de riqueza –y, con el tiempo, también de civilización– envuelto en un halo de misterio que prácticamente no se abandonará durante toda la Antigüedad18. Autores como Estesícoro19 o Anacreonte20 transmitieron toda una serie de creencias y conocimientos adquiridos a lo largo de las primeras experiencias comerciales y coloniales en los confines del Mediterráneo bien adobadas por la tradición oral21. Una generación más tarde se inaugura en las ciudades griegas de Asia Menor el género periegético, consistente en una descripción de carácter “científico” de la tierra conocida basada en datos empíricos y en informaciones de terceros22, y en un proceso de racionalización de todo el mundo mítico cosmográfico creado por la poesía arcaica23. Fue en este contexto donde aparecieron las obras de Hecateo de Mileto y Heródoto de Halicarnaso, quienes transmitieron los primeros datos geográficos e históricos, premeditadamente “objetivos”, referentes a Tartesos. Es más, en Hecateo tenemos ya un intento de organización político-etnográfica de los pueblos de la Península, dentro de un “diseño 16 DOMÍNGUEZ MONEDERO, “Los términos Iberia e iberos...”, págs. 203 ss.; M. PELLICER, “Ensayo de periodización...”, págs. 307 ss. 17 A.J. DOMÍNGUEZ MONEDERO, “Los términos Iberia e iberos...“; C. GONZÁLEZ WAGNER, “Tartessos y las tradiciones literarias”, RSF, XIV, 2 (1986) 201-228; J. DE HOZ, “Las fuentes escritas sobre Tartessos”, en Mª. Eugenia Aubet, (ed.), Tartessos. Arqueología protohistórica del Bajo Guadalquivir, Sabadell, 1989, págs. 25-43; D. PLÁCIDO SUÁREZ, “Control del espacio y creación mítica: los mitos griegos sobre los extremos del mundo”, en Realidad y Mito, Madrid, 1997, págs. 61-71; Idem, “Los viajes griegos arcaicos a Occidente: los procesos de mitificación”, en Intercambio y comercio preclásico en el Mediterráneo. I Coloquio del Centro de Estudios Fenicio y Púnico, Madrid, 2000, págs. 267- 270. 18 Vid. G. CRUZ ANDREOTTI, “La Península Ibérica en los límites de la Ecumene: el caso de Tartesos”, Polis, 7 (1995) 39-75. 19 PMGF p154 (= 7 SGL) / STR., III 2.11. Vid. G. CRUZ ANDREOTTI, “Estesícoro y Tartessos”, Habis, 22 (1991) 49- 62; también J. Mª BLÁZQUEZ, “Gerión y otros mitos griegos en Occidente”, Gerión, 1 (1983), pág. 22 (con abundante bibliografía). 20 ANACREONTE 8 (Gentili) = STR., III 2.14. 21 Sobre este tema ver F.J. GÓMEZ ESPELOSÍN, A. PÉREZ LARGACHA, M. VALLEJO GIRVÉS, Tierras fabulosas de la Antigüedad, Alcalá de Henares, 1994; Idem,La imagen de España en la Antigüedad Clásica, Madrid, 1995; y por supuesto, J. MANGAS, D. PLÁCIDO (eds.), Testimonia Hispaniae Antiquae IIA. La Península Ibérica en los autores griegos: de Homero a Platón, Madrid, 1998. 22 F.J. GONZÁLEZ PONCE, Avieno y el Periplo, Écija (Sevilla), 1995, págs. 43-45. 23 J. MANGAS, D. PLÁCIDO, (eds.), 1998, cit., n. 7, pág. 138. Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 139 cartográfico que incluye al Extremo Occidente”24, distinguiendo a los mastienos de los tartesios25; mientras que Heródoto supone el primer paso para la integración de Tartesos en la historia griega26, convirtiéndola en una región geográfica definida dentro de un espacio político, en un intento de helenización incentivado sin duda por los intereses comerciales27. A partir de Heródoto se produce un punto de inflexión en la historiografía griega que se manifiesta en una clara ausencia de informaciones relativas al Extremo Occidente. Frente a la tesis tradicional de Schulten, que explicaba este fenómeno por el bloqueo cartaginés del Estrecho y la política de monopolio comercial de Cartago28, se ha optado por buscar las causas de este silencio en los cambios acontecidos en la mentalidad y en la propia literatura griega, que se manifiestan en una pérdida de interés general por todos aquellos pueblos y regiones ajenos a la historia política griega contemporánea29. Es por ello que las informaciones que encontramos sobre Tartesos en la literatura griega hasta bien entrado el periodo helenístico no constituyen más que reelaboraciones de noticias anteriores, obsoletas y carentes de contrastación autóptica con la realidad contemporánea, cuando no se procede a la revisión de los viejos topoi y mitos creados por la tradición anterior30. Habrá que esperar a las conquistas de Alejandro Magno para asistir a un nuevo auge de los géneros literarios geográfico, etnográfico, etc., como resultado de la repentina necesidad de conocer todas aquellas regiones y gentes que se encontraban ahora bajo control grecomacedónico31, aunque en un primer momento la atención se centró casi exclusivamente en el mundo oriental, a todas luces mucho más atractivo para los helenos que los límites occidentales. 24 P. CIPRÉS, G. CRUZ ANDREOTTI, “El diseño de un espacio político: el ejemplo de la Península Ibérica”, en A. Pérez Jiménez, G. Cruz Andreotti, (ed.), Los límites de la Tierra: el espacio geográfico en las culturas mediterráneas, Madrid, 1997, págs. 119-120. 25 Sólo se conservan dos fragmentos en los que Hecateo alude explícitamente a dos ciudades de Tartesos, Elibirge e Ibila: Fr. 38 Jacoby (ST.BYZ. s.u. Eliburgh). Fr. 51 Nenci (ST.BYZ. s.u. Ibulla). 26 Las informaciones que ofrece Heródoto sobre Iberia son paupérrimas si las comparamos, por ejemplo, con la descripción geográfica y etnográfica de la costa líbica. Sin embargo, el prurito metodológico del que hizo alarde Heródoto a lo largo de su obra, y que llevó a limitar sólo a las más fiables aquellas noticias referidas a la Península (DE HOZ, “Las fuentes escritas...”, pág. 31), nos permite confiar en el trasfondo más o menos histórico de muchos de sus relatos, como el de las navegaciones foceas a Tartesos (HDT., I 163), o el episodio de Coleo de Samos (HDT., IV 151-152) (desde una postura un tanto más escéptica, vid. F. J. GÓMEZ ESPELOSÍN, “Herodoto, Coleo y la historia de la España antigua”, Polis, 5 (1993) 151-162). 27 P. CIPRÉS, G. CRUZ ANDREOTTI, “El diseño....”, págs. 124-125; G. CRUZ ANDREOTTI, “Herodoto y Gades”, Baetica, 13 (1991) 56-66. 28 A. SCHULTEN, Tartessos, Madrid, 1971(1945), págs. 132 y ss. 29. A. J. DOMÍNGUEZ MONEDERO, “Píndaro y las Columnas de Heracles”, en, Actas del I Congreso Internacional del Estrecho de Gibraltar, Madrid, 1988, págs. 711-724; E. FERRER ALBELDA, “Los púnicos de Iberia y la historiografía grecolatina”, Spal, 5 (1996) 115-132. 30 J. DE HOZ, “Las fuentes escritas...”, pág. 34. 31 A. MOMIGLIANO, “La historiografía griega”, en A. Momigliano, La historiografía griega, Barcelona, 1984, págs. 21 ss.; A. DIHLE, “Etnografia ellenistica”, en F. Prontera, (ed.), Geografia storica della Grecia antica, Roma-Bari, 1991, pág. 52. En torno a este momento Éforo –en el siglo IV a.C.- y Timeo constituirán las bases sobre las que nacerá un género clave para la historiografía posterior, el de las “historias universales”, así como para la integración entre el discurso etnográfico y el discurso historiográfico (P. CIPRÉS, G. CRUZ ANDREOTTI, “El diseño...”, pág. 132). Éforo y, sobre todo, Timeo engarzarán a la explicación del proceso histórico toda una serie de noticias geográficas, etnográficas, etimológicas, así como tradiciones míticas y épicas cuya evemerización servirá de punto de partida para las posteriores reflexiones geohistóricas de Polibio y Estrabón (Ibid.). Por otro lado, Eratóstenes, desde la nueva geografía cartográfica, incluirá definitivamente a Iberia en el espacio histórico, rompiendo con la barrera simbólica que constituían las Columnas de Hércules y delimitando geo-históricamente algunas áreas a partir de elementos vertebradores puramente geográficos (Ibid., págs. 139-141). 140 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández Dentro de este mismo contexto político y cultural que conocemos con el nombre de Helenismo se produjo la conquista romana de Iberia, que facilitó el acceso a la región a geógrafos e historiadores grecolatinos, constituyendo un momento clave para la estructuración definitiva del papel geográfico del sur de Iberia32. Dejando a un lado los historiadores griegos y latinos contemporáneos a la contienda púnica –de cuya obra no ha quedado prácticamente nada-, amén de otros autores posteriores con aportaciones considerables33; fueron Polibio34, Posidonio35 y, posteriormente, Estrabón los que efectuaron una auténtica descripción etnográfica y geográfica de la Península, inserta en un discurso histórico que se yergue en legitimador de la integración de Iberia en general, y de Tartesos en particular, en la ecúmene civilizada a partir del recurso a un pasado heroico y civilizado que tiene su continuidad en el presente gracias a la acción pacificadora de la conquista romana. Así pues, la aparición en este momento de las formas “Turdetania” y “turdetanos” y sus variantes, en sustitución de las tradicionales “Tartesos” y “tartesios” va a ir acompañada de una reinterpretación espacial y conceptual de esta región, “más acorde con las nuevas necesidades de articulación y control del territorio que requiere su incorporación a Roma”36. En este sentido la obra de Estrabón se convierte en la culminación de todo el proceso pues, condicionado por la época en que vive (principado de Augusto), será capaz de interpretar la región turdetana desde una perspectiva diacrónica, esto es, estableciendo una bisagra entre: 1) la definición geo-etnográfica, e incluso geohistórica (Turdetania /turdetanos), constituida en base a su operatividad desde el punto de vista político y administrativo dentro del contexto de la conquista, de la interpretación y de la ordenación de los espacios peninsulares; y 2) el diseño de una provincia puramente administrativa, delimitada a partir de criterios esencialmente geográficos, como es la Bética. 32 G. CRUZ ANDREOTTI, “La Península Ibérica en los límites...”, pág. 59. 33 Artemidoro en Estrabón (III 1.4-5; 2-11; 4.17; 5.7) y en Esteban de Bizancio (s.u. Tourdetani)a), Tito Livio (XXIII 26.3-27.8; XXVIII 15.12-15; XXVIII 22.1-23.5; XXXIII 21.6-8; XXXIV 17.1-4; XXXIV 19.1-7) y Pompeyo Trogo en Justino (XLIV 4). 34 Desafortunadamente del libro XXXIV de las Historias de Polibio, destinado a presentar las características geográficas y étnicas de los nuevos territorios y pueblos conquistados por Roma –entre ellos la propia Turdetania–, no se conserva prácticamente nada. Sólo es posible reconstruir con mayor o menor precisión la estructura y contenido de este libro XXXIV (P. PEDECH, “La Géographie de Polybe: structure et contenu du livre XXXIV des Histories”, LEC, XXIV, 1 (1956) 3- 24), al que se supone pertenecen las informaciones geográficas y etnográficas relativas a la Turdetania transmitidas por autores posteriores como Estrabón (III 1.6; 2.11; 2.15; posiblemente también III 2.8). No obstante, a lo largo de toda la obra polibiana encontramos algunas referencias a Tartesos/Turdetania que no por breves dejan de ser significativas. Es lo que ocurre con la mención de Mastia y Tarteyo en el contexto del segundo tratado romano-cartaginés (PLB., III 24.1- 4), o la alusión a mastios y tersitas dentro del intercambio de tropas entre Iberia y Africa efectuada por Aníbal (PLB., III 33.8-9). En este caso tersitas constituye una variante del étnico de origen púnico contemporánea a la griega “tartesios” (L. A. GARCÍA MORENO, “Turdetanos, túrdulos y tartessios. Una hipótesis”, en Homenaje a Santiago Montero, Anejos de Gerión II, Madrid, 1989, pág. 294). 35 Al igual que ocurre con Polibio, las informaciones de primera mano que Posidonio obtuvo durante su visita a la Turdetania sólo han llegado hasta nosotros de manera muy fragmentaria a partir de referencias directas o indirectas en obras de autores posteriores como Diodoro (V 35.1-3; 36.1-4; 37-38.5) o Estrabón (III 2.9 = Edelstein-Kidd, F. 239), quienes solamente transmiten el interés de Posidonio por la explotación de los recursos mineros: tecnología empleada, procedimientos de extracción y tratamiento, rendimiento económico, situación de los trabajadores, etc. (vid. M. LAFFRANQUE, “Poseidonios d’Apamee et les mines d’Ibérie”, Pallas, V (1957) 15-25). Pero tampoco olvidemos que bajo la descripción estraboniana de la Turdetania (III 1.4-2.15) se encuentran indudablemente las reflexiones del filosofo rodio (F. LASSERRE, Strabon. Geographie, París, 1966, págs. 11-15; J.M. ALONSO-NÚÑEZ, “Les informations de Posidonius sur la Péninsule Ibérique”, LAC, 48, pág. 641). 36 GARCÍA FERNÁNDEZ, Los turdetanos en la Historia..., pág. 177. Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 141 La minuciosa descripción de la Turdetania realizada por Estrabón37 –vías de comunicación, recursos naturales, condiciones de navegabilidad, etc.– tiene su razón de ser en la vieja teoría, revitalizada por el estoicismo38, de que el grado de civilización de los pueblos viene condicionado por los factores geográficos y ambientales del lugar donde se asientan39. Para Estrabón, el amplio desarrollo alcanzado por los turdetanos –evidenciado en el profuso tejido urbano, en la existencia de antiguas leyes y escritura, etc.– encuentra su precedente más inmediato en Tartesos, paradigma de riqueza y civilización, vinculada a lo culturalmente griego a través de la presencia en sus tierras de una serie de mitos y tradiciones que destacan la influencia helénica como factor determinante; y se proyecta en un presente romanizado que se tiene por epílogo del largo proceso civilizador de la antigua periferia mediterránea40. La larga presencia romana había dado lugar a que las regiones definidas por medio de unos criterios políticos y etnográficos a lo largo de la conquista se diluyeran dentro del marco establecido por una organización provincial superior, un tanto más arbitraria; no obstante todavía perdurará en la literatura durante cierto tiempo el dato étnico acompañando a las informaciones geográficas y administrativas. Es lo que encontramos, por ejemplo, en la obra de Pomponio Mela41, Plinio el Viejo42 o Ptolomeo43. A lo largo de los siglos I y II de la Era sólo Apiano44 recurrirá de nuevo al término “Turdetania”, si bien haciendo referencia a hechos históricos anteriores a la reorganización provincial llevada a cabo por Augusto. En general, podemos decir que el concepto de “Turdetania” perdió toda función geográfica y política una vez quedó inserto en la nueva unidad formada por la provincia senatorial Bética, mientras que las referencias étnicas se irán reduciendo paulatinamente en los textos literarios y administrativos hasta prácticamente desaparecer en el siglo III. 37 Sería excesivo realizar aquí una valoración adecuada de la información aportada por Estrabón en su libro III acerca de la Turdetania. De igual modo resulta interminable la lista de trabajos que se han destinado a tal menester. Destacamos, entre todos ellos, por su carácter más general los siguientes: A. J. DOMÍNGUEZ MONEDERO, “Reflexiones acerca de la sociedad hispana reflejada en la Geografía de Estrabón”, Lucentum, III (1984) 201-218; J. ARCE, “Estrabón sobre la Bética”, en J. González, (ed.), Estudios sobre Urso. Colonia Iulia Genetiva, Sevilla, 1989, págs. 213-222; D. PLÁCIDO SUÁREZ, “Estrabón III: El territorio hispano, la geografía griega y el imperialismo romano”, Habis, 18-19 (1987-88) 243-256; J. M. ALONSO-NÚÑEZ, “La Turdetania de Estrabón”, en G. Cruz Andreotti (ed.), Estrabón e Iberia: nuevas perspectivas de estudio, Málaga, 1999, págs. 101-119. 38 F. J. GARCÍA FERNÁNDEZ, “La visión estoica de Iberia”, en, Actas del I Congreso Internacional de Historia Antigua: “La Península Ibérica hace 2000 años”, Valladolid, 2002, págs. 699-700. Vid. G. AUJAC, “Strabon et le stöicisme”, Diotima, 11 (1983) 17-29. 39 P. THOLLARD, Barbarie et civilisation chez Strabon. Etude critique des livres III et IV de la Geographie, París, 1987, págs. 6 ss.; G. AUJAC, Strabon et la science de son temps, París, 1966, págs. 272-273 (principalmente); L. A. THOMPSOM, “Strabo on civilization”, Platon, 31 (1979) 213-229; F. J. LOMAS SALMONTE, “Bárbaros y barbarie en Estrabón”, en Actas del I Congreso Andaluz de Estudios Clásicos, Jaén, 1981, págs. 213-229; E. CH. L. VAN DER VLIET, “L’Ethnographie de Strabon: ideologie ou tradition?”, en F. Prontera, (ed.), Strabone. Contributi allo studio della personalità e dell’opera, Perugia, 1984, págs. 27-86. 40 G. CRUZ ANDREOTTI, “Estrabón y el pasado turdetano: la recuperación del mito tartésico”, Geographia Antiqua, 2 (1993), págs. 20 ss. En palabras del propio autor, “todos estos topoi forjados por la literatura mítico-geográfica arcaica, y recluidos en los siglos inmediatamente anteriores a nuestro geógrafo prácticamente a la producción etnográfica, paradoxográfica y utópica, son introducidos en la elaboración geográfica descriptiva como evidencias de un carácter y modo de vida que ha permanecido inalterable a través del tiempo, que se ha plasmado en un desarrollo económico, urbano y político en continuo aumento, que ha dado lugar finalmente a la realidad turdetana, y que se identifica plenamente con los principios y resultados de la civilización extendida por Roma que, de esta manera, se idealiza” (ibid. pág. 25). 41 III 3; 8. 42 Nat. 3. 7; 13-14; 4. 112-113. 43 Geog., II 4.3-7; 4.9-10; 5.2-4. 44 Hisp., 16; 55; 59; 61. 148 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández cuente período orientalizante, de ahí que el autor se refiera a una “recuperación de la identidad perdida” cuando finalice el período orientalizante y se vuelva a la “atonía arqueológica” característica del período precolonial84. El problema que subyace a esta cuestión es la deficiencia cuantitativa y cualitativa del registro arqueológico, aunque es evidente que si no se han documentado necrópolis hasta la fecha no es debido a la ausencia de investigaciones sino a causas de otra índole, relacionadas indudablemente con el ritual funerario turdetano, que no ha dejado evidencias arqueológicas y que no puede ser comparable con los que dieron lugar a las necrópolis púnicas e ibéricas coetáneas85. A pesar de estas particularidades, ciertamente fundamentales ya que el estudio de las sociedades protohistóricas es mucho más rentable a través del registro funerario, que en el caso que nos ocupa no existe86; lo cierto es que la fuente de conocimiento de la cultura turdetana se limita a unos pocos sondeos estratigráficos, salvo los casos de Alhonoz y Tejada87, insuficientes para la configuración de una secuencia cultural claramente definida, y para un análisis aproximado de aspectos concretos del registro arqueológico como el poblamien- to, el urbanismo, la arquitectura o la economía88. La solución a este problema de indefinición debe venir de la mano de proyectos que asuman como objetivos el estudio global del mundo turdetano y no sólo el de un yacimiento concreto. Un ejemplo de lo mucho que queda por hacer, y de las posibilidades que tienen estos proyectos, es la reciente investigación de carácter territorial que lleva a cabo el Grupo de Investigación “De la Turdetania a la Bética”89 en diferentes entornos de la Baja Andalucía, dentro de los límites de la antigua Turdetania y de la prouincia Baetica. Concretamente en el área de la campiña sevillana (comarca de Marchena) se ha registrado un poblamiento rural 84 J.L. ESCACENA CARRASCO, “Los turdetanos o la recuperación de la identidad perdida”, en Mª.E. Aubet (coord.), Tartessos. Arqueología Protohistórica del Bajo Guadalquivir, Sabadell, 1989, págs. 433-476. 85 Mª. BELÉN, J.L. ESCACENA, “Las necrópolis ibéricas de Andalucía occidental”, en J. Blánquez y V. Antona (coords.), Congreso de Arqueología Ibérica. Las necrópolis, Madrid, 1992, págs. 509-529; J.L. ESCACENA, Mª. BELÉN, “Sobre las necrópolis turdetanas”, en Homenaje al Profesor Presedo, Sevilla, 1994, págs. 237-265. 86 La problemática que presenta la necrópolis de Mesas de Asta es debida a su documentación arqueológica, en prospecciones superficiales y no en excavación, lo que impide que conozcamos las estructuras, el ritual y los ajuares. Vid. R. GONZÁLEZ, F. BARRIONUEVO, L. AGUILAR, “Notas sobre el mundo funerario en la Baja Andalucía durante el período turdetano”, en La Andalucía ibero-turdetana (siglos VI-V a. C.). Huelva Arqueológica, XIV (1997) 245-268. No obstante, la descripción de los materiales de “época turdetana” da idea de un asentamiento muy punicizado, en la órbita de Gadir o de Doña Blanca. Al respecto, llamamos la atención sobre una estela púnica en forma de ara hallada en las excavaciones de Esteve Guerrero (M. ESTEVE GUERRERO, “Excavaciones en Asta Regia (Mesas de Asta, Jérez). Campaña de 1945-46”, en Informes y Memorias 22, Madrid, 1950, lám. XVI). Sobre las relaciones entre Asta y Gadir también se puede sacar a colación el paso de Estrabón (III 2.2) sobre la reunión de gaditanos en Asta (Vid. G. CHIC GARCÍA, “Lucubraciones en torno al conventus de Hasta (Estrabón, III, 2 2, 141)”, en Homenaje al Profesor Presedo, Sevilla, 1994, págs. 391-402. 87 El estado de la cuestión y listados de los principales asentamientos en J.L. ESCACENA, “El poblamiento ibérico...”; Id., “De la muerte de Tartessos. Evidencias en el registro poblacional”, Spal, 2 (1993) 183-218; J.L. ESCACENA, Mª. BELÉN, Mª.I. BOZZINO, “Las comunidades prerromanas de Andalucía occidental”, en M. Almagro-Gorbea y G. Ruiz Zapatero (eds.), Paleoetnología de la Península Ibérica. Complutum, 2-3 (1992) 85-113. 88 El único acercamiento que se ha realizado a la economía y sociedad turdetana delata las imprecisiones y generalidades en las que nos movemos. Por ejemplo, se recurre a la industria pesquera y conservera púnico-gaditana o a una edificación destinada a la explotación agrícola también púnica (Cerro Naranja) para rellenar los huecos que la investigación aún no ha cubierto, vid., Mª. BELÉN, J.L. ESCACENA, “Economía y sociedad en la Turdetania de los siglos V-IV a.C.”, en La Andalucía ibero-turdetana (siglos VI-IV a.C.). Huelva Arqueológica, XIV (1997) 137-160. 89 El proyecto La Formación de la Bética romana ha sido financiado por la Junta de Andalucía (HUM-152), por el Plan Propio de la Universidad de Sevilla y por el Plan General de Promoción del Conocimiento (DGES PB-97-0736). Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 149 muy denso90, superior incluso al del periodo orientalizante, que evidencia la aplicación de unos patrones diferenciados de otros ámbitos geográficos como las márgenes del sinus Tartesius (comarca de Lebrija)91, las sierras subbéticas cordobesas92 o la campiña jienense93. Por tanto, no creemos que en el caso turdetano ningún ítem arqueológico concreto tenga capacidad de definición étnica, sencillamente porque la ecuación Turdetania = turdetanos = “cultura turdetana” no existe94. La Turdetania de los testimonios griegos y latinos es un espacio más geográfico y político que étnico ya que está habitada por pueblos diferentes como bástulos (llamados púnicos), celtas y turdetanos propiamente dichos, identificados éstos con los antiguos tartesios y con los túrdulos. En tiempos inmediatamente posteriores a la conquista romana, la composición étnica de Turdetania debió ser sumamente compleja y no serían excepcionales los casos de convivencia entre comunidades de origen diverso, como deja ver Estrabón (III 2.13) cuando se refiere a que “éstas llegaron a estar tan completamente sometidas a los fenicios que la mayor parte de las ciudades de la Turdetania y de los lugares cercanos están hoy habitadas por aquellos”95. Lógicamente la cultura material de todo este extenso territorio no puede corresponder a tal o cual etnia y es vana la pretensión de caracterizar a un grupo étnico a partir de elementos de un registro arqueológico que pueden ser comunes a varios. En este sentido, no podemos hablar de murallas turdetanas, de urbanismo turdetano, de viviendas turdetanas, etc. Tan sólo la complementariedad de distintas fuentes de información y el análisis crítico de éstas puede aportar una visión renovada, aunque difícilmente diáfana, del mosaico étnico que constituyó Turdetania y la evolución diacrónica –factor pocas veces tenido en cuenta– de éste. Sin embargo, ni la literatura grecolatina, ni los estudios filológicos y lingüísticos sobre diversos soportes (epigrafía, numismática, toponimia, onomástica), ni el análisis del registro arqueológico, que son los pilares sobre los que se debe sustentar la investigación histórica en este campo, ofrecen una visión clara y unívoca, y menos aún evolutiva, del proceso histórico protagonizado por los turdetanos. Faltan datos que permitan identificar a unos de otros, como la organización socioeconómica y política, las formas en las que se refleja ésta a través de la superestructura, las estrategias de ocupación de un territorio, las bases de su economía, la lengua, etc. Si acaso, es posible delimitar unas fronteras étnicas muy generales que no tienen por qué ser estables a lo largo de la segunda mitad del Ier milenio a. C., ya que pueden ser modificadas por movimientos de población originados en razón de los acontecimientos políticos y sociales internos y externos. Ciertamente se puede establecer una línea divisoria entre la Alta y la Baja Andalucía, entre el mundo ibérico y el turdetano, y lo mismo puede decirse de las comunidades bástulo- 90 E. FERRER, M. ORIA, E. GARCÍA, “La Prospección Arqueológica Superficial del T.M. de Marchena y la conservación del patrimonio”, en El patrimonio y su conservación. Actas de las V Jornadas sobre Historia de Marchena, Marchena, 2000, pág. 94, fig. 6; E. FERRER, M. ORIA, E. GARCÍA, Mª.L. DE LA BANDERA, F. CHAVES, “Informe de la Prospección Arqueológica superficial de urgencia del Término Municipal de Marchena (Sevilla)”, AAA 1998, II, Sevilla, 2001, pág. 1040, fig. 6. 91 Prospección Arqueológica Superficial también llevada a cabo por miembros del grupo “De la Turdetania a la Bética”. 92 D. VAQUERIZO, F. QUESADA, J.F. MURILLO, “Avance a la prospección arqueológica de la Subbética cordobesa: la Depresión Priego-Alcaudete”, AAC, 2 (1991) 117-170. 93 RUIZ, MOLINOS, Los Iberos. Análisis..., págs. 111 ss. 94 GARCÍA FERNÁNDEZ, “Turdetania, turdetanos...”. 95 Traducción de Mª. J. MEANA y F. PIÑEIRO, Estrabón. Geografía. Libros III-IV, Madrid, 1992. 150 Eduardo Ferrer Albelda, Francisco José García Fernández púnicas del litoral, aunque las fronteras entre unos y otros queden muy difuminadas, como se puede argumentar en los casos de la costa onubense, de los territorios ribereños del sinus Tartesius y de algunas ciudades del interior como Carmo, en los que se puede hablar de comunidades muy punicizadas, cuando no de ciudades púnicas, como Olontigi o Ituci, a juzgar por la escritura empleada en sus amonedaciones96. 4. CONCLUSIONES A lo largo de estas líneas hemos planteado más dudas que certezas sobre el problema de la definición histórica de los turdetanos. La escasez de datos literarios y arqueológicos y la complejidad de sus respectivos análisis hacen que la investigación sobre los turdetanos, sobre todo en lo que se refiere al registro arqueológico, sea una labor más del futuro que del presente, pues por ahora las vías de estudio parecen agotadas97. A pesar de ello, pasamos a exponer sintéticamente nuestras conclusiones: Tartesios, turdetanos y túrdulos conforman un mismo grupo étnico, o incluso un conjunto de grupos étnicos; son diferentes nombres para un mismo ethnos. La diferenciación actual –básicamente cronológica– entre tartesios y turdetanos es una convención entre arqueólogos e historiadores de la Antigüedad ajena a la propia dinámica interna de estas sociedades, y tiene su origen semántico en las distintas formas de apreciación por parte de los autores antiguos. Sin embargo, la Turdetania y sus habitantes no constituyen una unidad étnica. Hay varios grupos étnicos que habitan en la región: los bástulos se asientan en la costa desde la desembocadura del río Guadiana hasta Gibraltar98; también hay fenicios habitando en la mayoría de las ciudades de la Turdetania (STR., III 2.14), celtas (STR., III 2.15) en la Beturia (PLIN., Nat., III 13 y TOL., Geog., II 4.11), y túrdulos en la costa según algunos autores latinos (MELA III 3 y PLIN., Nat., III 8), que sin embargo son localizados al norte de los turdetanos por Polibio (STR., III 1.6); los turdetanos están asentados en la mayor parte de la Baja Andalucía. Evidentemente la conformación de este mosaico de grupos étnicos no fue estable en el espacio ni en el tiempo durante el Ier milenio a. C., sino que se vio determinado por una serie de fenómenos históricos internos y externos, unos bien conocidos, otros intuidos, y los más desconocidos casi por completo, como fueron la colonización fenicia y el consiguiente período orientalizante, movimientos de pueblos del interior de la Península (lusitanos) y de áreas vecinas como la bastetana, carpetana y oretana, la presencia de ejércitos cartagineses desde fines del siglo IV a. C.99, la conquista cartaginesa y los fenómenos de 96 FERRER ALBELDA, “Suplemento al mapa...”, pág. 39. 97 Uno de los que suscribe (FJGF) está realizando la Tesis Doctoral sobre poblamiento turdetano en diversos entornos geográficos: la campiña sevillana (comarca de Marchena), los esteros del Guadalquivir (Lebrija) y la antigua desembocadura del Betis (Dos Hermanas). 98 La costa entre el Betis y el Anas está habitada por bastetanos, también conocidos por bástulos (STR., III 1.7) y “Dicen que desde Calpe, la montaña de las Columnas, hasta Nueva Carquedón hay dos mil doscientos estadios, y que esta costa está habitada por bastetanos, a los que también se llama bástulos, y en parte también por oretanos...” (STR., III 4.1); traducción de Mª. J. MEANA y F. PIÑEIRO, Estrabón. Geografía... Estos bástulos son los mismos que los mencionados por Plinio (Nat. 3 19) y Mela (II 96), y de la misma manera deben identificarse con los blastofenicios de Apiano (Hisp. 56), los bástulo-poenos de Marciano de Heraclea y los “bástulos llamados púnicos” de Ptolomeo (II 4.6), vid. FERRER ALBELDA, “Los púnicos de Iberia...”, pág. 124. 99 R. PLIEGO VÁZQUEZ, La circulación monetaria prerromana en el área de El Gandul, Tesis de Licenciatura (inédita), Sevilla, 2001, págs.131-133. Turdetania y Turdetanos: contribución a una problemática historiográfica y arqueológica 151 mercenariado, la conquista romana y la colonización y reorganización del territorio que esta conllevó y, por supuesto, todos los procesos internos de transformación de las estructuras sociales, políticas y económicas, condicionados por los substratos y los adstratos. La Turdetania tampoco es, obviamente, una unidad territorial, tanto en cuanto abarca paisajes muy diversos aunque bien comunicados. Es necesario tener en consideración este punto para entender los factores que pueden condicionar aspectos como la implantación en el territorio, el aprovechamiento de los recursos y, en definitiva, las formaciones políticas. En este sentido, los pocos datos literarios de los que disponemos y la escasa evidencia arqueológica parecen indicar una situación de fragmentación en múltiples unidades políticas difíciles de definir en el espacio y en el tiempo por su gran dinamismo, quizá fruto de la descomposición de sistemas tribales y de jefaturas, e incluidas dentro del proceso de formación de estados embrionarios (Culchas y Luxinio). Está claro, por otro lado, que en la Turdetania convivían unidades políticas de diferente rango, desde agrupaciones tribales hasta estados plenamente constituidos, como es el caso de las poleis púnicas (Gadir, Carteia); no debieron ser raros los casos en los que una formación estatal albergara todavía elementos propios de sociedades basadas en relaciones de parentesco100, y que dentro de una misma formación política coexistieran además sociedades de ambos tipos (existencia de situaciones de dependencia de poblaciones rurales con respecto a los oppida). Esto explica las diferencias de diversos niveles de urbanización en todo el territorio turdetano. 100 G. CHIC GARCÍA, “La transformación de los sistemas de convivencia: hacia la formación de las urbes en el sur de Hispania”, en J. Mangas (ed.), Italia e Hispania en la crisis de la República. Actas del III Congreso Hispano-Italiano, Madrid, 1998, págs. 299 ss.