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Andaluces y periodistas por Oriente Medio

Rengel Ramos, Carmen

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ANDALUCES Y PERIODISTAS POR ORIENTE MEDIO CARMEN RENGEL RAMOS Ser un andaluz por el mundo supone afrontar la misma carga de nostalgia, soledad, asombro, choque cultural y ajustes vitales que un siberiano o un malayo al que sacas de su casa. Es un terremoto vital, en mi caso absolutamente afortunado, que sacude los cimientos, la base en la que fuimos criados, y nos sitúa ante la riqueza de la diversidad y, lo mejor de todo, la naturaleza inmutable del común denominador, lo que nos une como hombres, el asombroso parecido, idénticas pulsiones y deseos. Esas son las pinceladas gruesas, a carboncillo, sentimientos generales que se repiten siempre, en menor o mayor grado: la añoranza de la familia, de los amigos, de los rincones, de la manera fácil de actuar cuando conocemos las claves del terreno que pisamos. En eso todos nos parecemos. Para muchos, a esos sentimientos habría que añadir la incomprensión del imaginario propio, la distancia de la diferencia, a veces una barrera que complica la rutina. Hay a quien se le hace insostenible, hay quien lo ve como un reto estimulante. No hablo sólo del idioma o la comida, eso se supera con los días, sino de una base más profunda, algo así como la idiosincrasia, el carácter, la raíz. No es mi caso ni será el caso de los andaluces que se radiquen en Oriente Medio, a poco que comiencen a contac- 98 Andaluces y periodistas por Oriente Medio tar con la gente que allí vive. Ser andaluz es un valor que allana el camino si la tierra en la que uno pisa es la que hoy tengo por casa. Es una excusa maravillosa para el diálogo lento y hondo, una etiqueta que abre puertas. Y eso es impagable en nuestro oficio y con las condiciones que allí afrontamos. Andalucía, de donde vengo, supone sabiduría, historia, pasado común. Va mucho más allá de las Tres Culturas, es un referente de convivencia y de revolución cultural que no ha perdido su luz con el paso de los siglos. La huella del pasado andalusí, del califato o de los judíos sefardíes, ha dejado impronta de cariño a flor de piel en los descendientes de quienes protagonizaron esa etapa espléndida, que ha cuajado con el tiempo en un interés notable por lo que aquí ocurre. Es la transformación de la que fue su casa y quieren conocerla con detalle. Lejos de cualquiera de los tópicos que en el resto de España o de Europa se nos achacan, allí queda la curiosidad por un pueblo de referencia en sus herencias culturales. Se habla de música, de producción libresca, de debates filosóficos... Se venera esa estela en la tumba de Maimónides en Tiberias y en las revisiones de los Omeya que hacen los historiadores de Jericó, en las investigaciones de genealogía de las sinagogas de Safed, en la búsqueda de similitudes entre las nanas en ladino con las coplas andaluzas, o en el empeño por conectar el dolor del flamenco con la hondura de los sufíes. No son ejemplos tópicos, son intereses reales con los que me he topado trabajando y que han hecho que mi labor más grata, hasta la adulación. Porque vengo de la tierra que fue suya, en el sentido menos bélico y sanguinario. Porque quieren saber de los que aún consideran hermanos suyos. Es un hilo de acero, irrompible, que nos mantiene unidos, una conexión que no he visto con colegas de otros orígenes. Casi, diría que ni el ardor por el Barcelona o el Madrid lo igualan. 99 Carmen Rengel Ramos El interés no sólo proviene del pasado, llega hasta hoy: está en la obra de Antonio Muñoz Molina, reciente Premio Jerusalén de Literatura, en la treintena de academias de flamenco que se han abierto en 5 años en Israel y en los discos de Radio Tarifa, que se buscan, se venden, se piratean por toda Palestina. Los andaluces que trabajan con la fundación Baremboin-Said saben del interés de sus alumnos, por ejemplo, en las piezas de Manuel de Falla. Ya no espero que nadie salga con lugares comunes, para ellos no somos vagos ni complacientes ni pillos ni embaucadores, somos el progreso de su misma sangre. De ahí se desprende un profundo respeto y una curiosidad infinita. Esa cercanía tiene su sombra también cuando al andaluz, en Oriente Medio, se le busca en no pocas ocasiones como cómplice. Palestinos e israelíes necesitan ese refrendo para sus respectivas causas, tan enfrentadas, desde hace tanto. El desapego como periodista, la distancia crítica, tratan a veces de recortarla con alusiones a esos siglos comunes... Toca ser firme. Como periodista, insisto, nuestra condición facilita el acceso a las fuentes, con la gente. Sin embargo, y reconozco que me apena tremendamente confesarlo, es dolorosa la sensación de sorpresa de descubrirte como profesional andaluz en una zona en conflicto. Estoy algo cansada de escuchar el mismo comentario: ¿andaluces corresponsales? No. Volvemos a los estigmas: lamentablemente, aún hay no pocos colegas de otras comunidades autónomas que ven como algo marciano a un andaluz lejos de su hogar, trabajando. Es verdad que no somos muchos en comparación con catalanes o madrileños, que copan los puestos de la llamada “tribu”, pero ¿eso nos hace peores? El lastre de siempre: somos tan celosos de nuestras tradiciones, de nuestras costumbres y fiestas que parece un contra dios escapar de nuestra tierra querida. Y como somos tan cómodos, ¿para qué enredarnos con el viaje? Se llama 100 Andaluces y periodistas por Oriente Medio miopía, desconocimiento. A veces citaría una larga lista, de los Pinzón que partieron hacia América a Pablo Picasso estableciéndose en Francia, andaluces que lo fueron y partieron. Como si la curiosidad del hombre tuviese límites al sur de Despeñaperros. “Sois más de lo vuestro”, me dijo un día un colega. ¿Qué es lo nuestro? ¿Lo nuestro es sólo contar la Semana Santa? Que la contamos, que la cuentan algunos buenos amigos, como nadie. ¿Pero sólo servimos para eso, sólo debemos centrarnos en lo que otros creen nuestro? Ahí está la realidad para desmentirlos, la inmensa lista de profesionales que han recorrido el mundo, desde Andalucía, para contarle a la gente lo que le pasa a la gente. Desde Enrique Facio, malagueño, que publicó la primera fotografía de guerra de la prensa española en 1859 (soldados españoles frente a tribus del Rif en Marruecos) a los fotógrafos Gervasio Sánchez, Emilio Morenatti, Sergio Caro, Rafael Marchante, Laura León, o los reporteros Ilya U. Topper, Javier Espinosa, Beatriz Mesa, Luis de Vega, Antonio Navarro Amuedo... Os hablo apenas de los que ahora están en los medios. Muchas voces con talento. Quiero acordarme de ellos, como de los cooperantes andaluces que trabajan en organismos internacionales y en ONG de Palestina e Israel, gente universal convencida de que la dignidad está por encima de las banderas. Robaré finalmente unas palabras al filósofo Emilio Lledó. En 2003, la Junta de Andalucía lo nombró Hijo Predilecto de Andalucía, y en el Teatro de la Maestranza pronunció el discurso que rompe con todos los atrasos, las etiquetas, el ombliguismo y el patrioterismo. Lo retomo porque ahora entiendo su sentimiento. Porque sus palabras sobre la patria, cuando se está lejos, serían las mías, si yo fuera, que disto mucho, alguien tan asombrosamente lúcido como Lledó. “Recuerdo que hace años, en Berlín, oí, por la radio, unos fandangos de Antonio Núñez, Chocolate, y tuve una extraña con- 101 Carmen Rengel Ramos moción. Inmerso en otro mundo cultural, hablando una lengua que no era realmente la mía, aquel misterioso murmullo sonoro, aquella fuerza que parecía empujar a lo mejor de nuestro ánimo, de nuestra sensibilidad, me llamaba desde una patria mucho más profunda que las convencionales y carcomidas recetas de otros deleznables patriotismos”… Era la patria del patio con jazmines de su madrina, en Salteras, Sevilla. Eso es para mí Andalucía desde la distancia: la descarga eléctrica al ver Yerma de García Lorca traducido al hebreo en una librería de la Ciudad Vieja de Jerusalén; la que causa la sonrisa de un chaval israelí de uniforme que descubre que su apellido, Alcalá, sirve para nombrar a varios pueblos de mi comunidad; el estremecimiento al ver un colegio bautizado como Córdoba en pleno corazón del Hebrón ocupado, o el tarareo de las letras de Los Piratas, la comparsa de Martínez Ares, en plena cola para cruzar el checkpoint de Qalandia. No traen himnos ni escudos, sino lo mejor de nuestro ánimo. Lo dice Lledó, así que ya sobran más palabras.