El autor y la obra: José Cuenca Anaya
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Por estos días primeros de octubre, hace cincuenta y siete años, esto es, en 1953, se incorporaba a la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, sita en aquellos entonces en la calle Laraña, al amparo de la estatua de Maese Rodrigo de Santaella, un joven brillante, nacido en Iznatoraf, en la provincia de Jaén. Hasta ese momento había adquirido su equipaje humano y de conocimientos a caballo entre su Jaén natal, donde se hizo cazador y setero, y Sevilla, que lo haría Licenciado en Derecho, y llegaba a la Universidad provisto de un excelente expediente académico y la clara y decidida vocación de ser diplomático. Su nombre era José Cuenca Anaya. Hoy ese joven estudiante es un todavía joven abuelo que comparece ante nosotros, con una envidiable por abundante cabellera blanca, y que ha compartido su vida con una extraordinaria mujer, Carmen, a la que desde aquí saludo con el mayor de los afectos, con la que ha tenido dos hijos y con la que ha desarrollado su dilatada y fructífera carrera profesional; porque podemos adelantar ya que, efectivamente, llegó a cumplir su vocación de diplomático. Pero volvamos atrás. A poco de llegar a la Facultad, José Cuenca, por esa misteriosa y espontánea sintonía que se establece entre personas con estilos, aspiraciones y propósitos similares, entra en contacto con un grupo de compañeros que coincidían en su incomodidad ante el clima asfixiante de la dictadura y una acusada conciencia social nacida de sus creencias religiosas. Este grupo se EL AUTOR Y LA OBRA: JOSÉ CUENCA ANAYA Por LUIS URUÑUELA
integra inicialmente por compañeros de curso como Manolo Navarro, hoy Abogado del Estado, José Antonio de Yturriaga, también diplomático como él, Juan Carlos Aguilar, que ejerce la profesión y yo mismo, Luis Uruñuela, que he simultaneado el ejercicio libre con la docencia y la vida política. Convencido este grupo de amigos de que no era suficiente dedicarse sólo a estudiar y llamados por una inquietud que ya se manifestaba en otras universidades, fundan las Juventudes Universitarias Católicas de Sevilla que, como el resto de movimientos especializados, tales como la JOC (Juventudes Obreras Católicas) o la HOAC (Hombres Obreros de Acción Católica) se van a convertir en unas de las vanguardias precursoras de los movimientos políticos y sociales que, más tarde, harían posible la Transición a la democracia en España. En esta tarea el pequeño grupo inicial fue ampliándose con compañeros de nuestra y otras facultades, llegando a constituir el más activo y numeroso de la Universidad hispalense. A los ya citados habría que añadir, en una primera generación, nombres como José Bolaños y Pedro Enrique Muñoz entre los futuros médicos, Alfonso Campoy, José Luis Cáceres, José María Aguilar y otros, y en una segunda generación, Carlos Suán, hoy Abogado del Estado o el después alto funcionario Ricardo Reinoso. Que me perdonen tántos y tántos que no he citado.Terminadas nuestras carreras, cada uno tomó su rumbo, pero seguimos unidos y relacionados mediante la fundación de los Graduados Católicos de Sevilla, el movimiento especializado “senior” que tuvo iniciativas tan importantes como las Semanas de Pensamiento Actual, en las que por primera vez en la España de Franco, habló en una iglesia católica un teólogo protestante, el Prior de Taizé, una mujer, Lilí Alvarez, escritora, deportista y feminista y un pensador de orientación marxista, el médico cordobés José Aumente. Estas semanas tuvieron más repercusión en el extranjero que en España, dado el control de los medios de comunicación en plena dictadura, hasta el punto de que el entonces Cardenal de Sevilla Bueno Monreal recibió felicitaciones de sus compañeros cardenales en el Concilio Vaticano II, creyendo que las Semanas eran iniciativa suya. Perdonen ustedes que me haya extendido en este capítulo de la biografía de nuestro autor, que quizás resulte más colectiva y casi autobiográfica que personal, pero, dado que José Cuenca, en lógica correspondencia con la profesión que había elegido, nunca perteneLUIS URUÑUELA324
ció a ningún partido político, me interesaba establecer los parámetros fundamentales, a mi entender, de su posición ideológica, que podríamos resumir como un pensamiento de raíz cristiana, plenamente demócrata y liberal, con una fuerte carga social. Pues bien, como he dicho, finalizados los estudios universitarios, cada integrante del grupo de amigos tomó su rumbo, y el de José Cuenca Anaya no podía ser sino el de la carrera diplomática. El historial de nuestro Embajador no ha podido ser más brillante, acorde con su vocación, sus capacidades y su preparación. Comenzada la carrera durante el franquismo, como es natural por razones cronológicas, ya en democracia, la ha ejercido durante gobiernos de los tres colores: la Unión de Centro Democrático, el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular. Todos ellos, sin excepción, han sabido entender la valía del Embajador Cuenca y le han confiado puestos de alta responsabilidad. Me permito no hacer alusión a todas las misiones diplomáticas que ha cumplido, porque las tienen ustedes resumidas en la solapa del libro que presentamos, pero no me resisto a hacer alusión expresa a su embajada en la Unión Soviética, en un momento crucial para la reciente historia de nuestro mundo. En el año 1987 José Cuenca es nombrado embajador en la URSS con lo que fue testigo cualificado de todo el proceso que se abre con la llamada “perestroika”. Pues bien, sus estancias en el extranjero, lejos de nuestra ciudad y de sus amigos sevillanos no interrumpe la relación con ellos. Muy al contrario, incluso se institucionaliza el contacto, de tal modo que desde hace más de treinta años, cada día 29 de diciembre nos reunimos a cenar en un conocido restaurante, en casa Robles concretamente, y a través de estas cenas hemos podido seguir sus avatares diplomáticos y constatar su extraordinaria capacidad de análisis y sus acertadas previsiones en política internacional. Hasta aquí la semblanza biográfica de nuestro escritor, que me ha parecido necesario hacer, en primer lugar, para cumplir la cortesía de su presentación, y en segundo lugar para destacar los extremos que lo unen a Sevilla, -su segunda patria como él tantas veces ha afirmado-, y, por último, para que ustedes puedan comprender mejor cual que fue mi sorpresa cuando llegó a mis manos su primer libro. EL AUTOR Y LA OBRA: JOSÉ CUENCA ANAYA 325
En el año 1996 José Cuenca publica Sierras, perdices y olivares. Hacía cuarenta y tres años que lo conocía y había mantenido con él una continuada relación. En definitiva, sabía de su valía y valoraba sin reservas sus méritos. Pues bien, a pesar de ello, cuando leí esta primera obra, mi reacción fue sencillamente de perplejidad y de sorpresa. El libro trata sobre la caza de la perdiz con reclamo, así como suena. Yo en mi vida he cazado, mi única relación con las perdices es la pepitoria y, en cuanto a reclamos, lo más cercano que he conocido son las reclamaciones que como Abogado he tenido que formular. Sin embargo, cuando empecé a leer el libro no pude parar. Lo leí de un tirón, por completo enganchado al texto y tuve que acabar enamorado de las sierras, de las perdices y de los olivares. Y me preguntarán ustedes: ¿perplejidad porqué? Pues muy sencillo. Yo hubiera encontrado natural, dados los muchos talentos de José Cuenca, una escritura con un alto grado de corrección literaria. En realidad, todos los amigos a que vengo haciendo referencia hemos hecho uso del lenguaje escrito o hablado en artículos, conferencias e intervenciones públicas; por tanto, nada me hubiera extrañado que un libro satisfactoriamente escrito hubiera salido de la pluma de Cuenca. Pero la perplejidad y el asombro nacía del hecho de que, después de más de cuarenta años, había venido a descubrir tan próximo a mí uno de los escritores más brillantes en lengua española que he tenido ocasión de leer, capaz de ser comparado con cualquiera de nuestros grandes escritores. Y que el autor de estos once relatos es un gran escritor no lo digo yo sólo. Me consta que un autorizado comentarista, tras la lectura del nuevo libro que hoy presentamos, ha afirmado que José Cuenca debe tener un lugar en la Academia de la Lengua, e incluso se ha comprometido a hacer gestiones en éste sentido. Los dos libros que nuestro autor ha publicado posteriormente, La Sierra caliente en el 2003 y Encuentros de un Embajador con Don Quijote en 2008, así como numerosos relatos que han aparecido en distintas publicaciones, vinieron a demostrarme que su primera obra no era fruto de la casualidad, ni agotaba la capacidad del escritor. Su último libro, La noche de bodas, Relatos de Cazorla y de Segura, que se presenta ante su ciudad de adopción en éste acto, viene a consagrar definitivamente el gran escritor que es José Cuenca. LUIS URUÑUELA326
Y bien, ha llegado el momento de decir unas palabras de la obra presentada, aunque no creo que nadie espere de mí una crítica literaria desde una perspectiva técnica. Yo no me siento autorizado para ello porque no soy un experto. Soy sólo un lector, algo avisado e interesado si se quiere; aunque eso sí, con sesenta años de lectura que algún conocimiento me habrán dado. Así pues pretendo, desde este planteamiento amateur, hacer algunas apreciaciones que no sé si aquellos que han leído el libro de relatos compartirán conmigo o no. Desde una perspectiva general, lo primero que me ha cautivado del texto es la calidad estilística con que está escrito. El libro se lee perfectamente, tanto que podría inducirnos al error de que escribir es fácil. Su construcción sintáctica está tan bien compuesta que la lectura fluye, hasta el punto de atrapar inexorablemente al lector. Pocos, muy pocos son los libros en que al leer algún párrafo complejo no haya tenido que volver atrás para recuperar el sentido de lo leído. En los relatos de La noche de bodas, que se extienden a lo largo de 276 páginas, ni una sola vez he tenido que revisar el sentido de un texto, por complejo que este fuera y por muchas oraciones subordinadas que en él se contengan. Y esta limpieza formal de la escritura produce para mí otra de sus características excepcionales: su musicalidad. A lo largo de toda la obra se hace presente la voluntad del autor de dotar de sonido a su escritura, de tal manera que podría decirse que al seguir el texto el lector encontrará ritmo, armonía e incluso melodía. Sorprende también en los relatos - como en toda la obra de José Cuenca - la extraordinaria riqueza de vocabulario y el acierto de muchas de sus expresiones. Así, a modo de ejemplos ilustrativos, en el relato La Rubia nos dice: “Macario pudo contemplarla a gusto, gruesa y rubia, - se refiere a la trucha - con unas pintas rojas que adornaban la librea de sus costados”. O más adelante: “Aún recuerda que sintiendo tan ardiente su mirada, en las carnes se le puso un repentino pelofrío, igual que si hubiera visto al lobo”. Y cuando nos presenta al Andarríos, un pescador especialista traído ex profeso para capturar la trucha, escribe: “Era de parla breve, zanca larga y maneras reservadas”. ¿Acaso esto no lo podía haber escrito Don Miguel de Cervantes? Debo ir terminando, pues aún han de intervenir Don Manuel Olivencia y el propio autor. Pero no quiero hacerlo sin llamar la EL AUTOR Y LA OBRA: JOSÉ CUENCA ANAYA 327
atención de ustedes sobre lo que yo he dado en denominar los “otros protagonistas” que enriquecen los relatos. Me refiero a los seres inanimados que, junto a los personajes humanos -serranos y serranas, amigos, madres y esposas abnegados – pueblan las historias que José Cuenca nos relata y que el autor sabe dotar de alma y actitudes que los acercan a seres dotados de inteligencia. Me refiero a los ríos, los árboles, la trucha, el lobo, el águila real y tantos otros. En definitiva, los seres que pueblan las Sierras de Segura y Cazorla, de las que, espero, nos hablará hoy el autor. Para referirme a algunos de esos “otros protagonistas” voy a recurrir a textos del propio autor, que nos permitirán ilustrar y, al propio tiempo, adverar mis comentarios anteriores. Comienza Cuenca su relato El misterio de la rubia con esta alusión al río Segura: “De los altos cantiles del Cuartón se descuelgan, recias y aguerridas, las rumbadoras aguas del Segura. A su paso por las caídas de La Hierbabuena, el río se alborota, flanqueado por pinos y robles corpulentos que vigilan la carrera enloquecida de sus blancas espumas agitadas”. ¿No escuchan ustedes la música? Vean estas líneas que hacen referencia a una trucha astuta y resistente a los pescadores: “Tras estas aventuras, empezó a extenderse por la Sierra la leyenda que ya todos comentaban: “La Rubia” no era un pez como los otros, sino un ser inteligente y avispado, de finos instintos, humores tornadizos y recelos cautelosos…” O la descripción de un pino: “Allí lo pude contemplar: erguido y misterioso, plantando su perfil atormentado como un aullar de lobo viejo, herido por una historia cruel que aún duele en el recuerdo de estas tierras.” Pero hay que terminar y lo voy a hacer. Alguien ha dicho que José Cuenca en sus relatos ha ido de la anécdota a la categoría y es cierto. Cuando lean la obra busquen, tras los hechos vividos por el autor o recibidos de referencia directa, los valores trascendentales que comparten los hombres y mujeres de la Sierra, que en realidad son universales. La exaltación de la amistad de La noche de bodas. La valentía de las serranas y su capacidad de dar la vida por sus hijas en Noche de lobos, el tesón de una recadera que se enfrenta a solas con el mundo atroz que la rodea en El último viaje, o la dignidad del trabajo que refleja El calor de una bufanda… Pero en fin, de todo esto estoy seguro que nos hablará mejor que yo el propio autor, al que felicito de todo corazón por su obra. Muchas gracias. LUIS URUÑUELA328