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Una corrida en Barcelona, a mediados del siglo XIX, a través de un viajero alemán

Martínez Shaw, Carlos

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Revista de Estudios Taurinos N.º 31, Sevilla, 2012, págs. 199-216 UNA CORRIDA EN BARCELONA, AMEDIADOS DEL SIGLO XIX, ATRAVÉS DE UN VIAJERO ALEMÁN Carlos Martínez Shaw* n 1854 el científico alemán Emil Adolf Rossmässler, famoso por sus contribuciones a la historia natural y por sus actividades políticas a favor de la democracia y del primer socialismo, realizó un viaje por tierras hispanas, subvencionado por unos patrocinadores ingleses. Además de los materiales recogidos y analizados en el transcurso de su expedición, el naturalista de Leipzig nos dejó una relación de sus impresiones sobre España, donde hace gala de una mirada profunda y de una gran capacidad de observación y espíritu crítico. Son sus Reiseerinnerungen aus Spanien, que han sido recientemente publicados por Editorial Polifemo, con traducción y estudio preliminar a cargo de Irene Prüfer Leske: Emil Adolf Rossmässler: Recuerdos de un viajero por España, Madrid, 2010. De estos recuerdos del científico germano nos interesa destacar aquí una larga descripción de una corrida de toros celebrada en Barcelona el 17 de julio de 1854, que nos permite descubrir el ambiente de la capital catalana y la actitud de su población ante la fiesta, mostrándonos por enésima vez una conducta en nada diferente de las observadas en muchas otras ciu- * Fundación de Estudios Taurinos. E Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 199 Carlos Martínez Shaw 200 dades españolas en este momento cenital de consolidación de la corrida de toros de acuerdo con la normativización que acababa de reflejar por escrito en su Tauromaquia Completa Francisco Montes, Paquiro, menos de veinte años antes, en 1836. Por ello, antes de ofrecer unos breves comentarios sobre el relato, conviene reproducir el texto íntegro que, incluido entre las páginas 442 y 455 de la versión castellana, resulta ser un modelo de rigor y precisión. CAPÍTULO XXI «(…) Uno se puede olvidar fácilmente en Barcelona que se encuentra en una ciudad española; sin embargo, se le recuerda este hecho cuando, durante los meses de verano, utiliza un domingo en verificar que la corrida lo absorbe todo y pone desde la mañana temprano todo en movimiento. Aunque me costó mucho convencimiento ir con mis amigos, no lamento ahora haberlo hecho. Indudablemente, queda un vacío en la caracterización del carácter nacional español cuando uno nunca ha visto una corrida. Creo no equivocarme al considerar, como prueba de la íntima unión de las corridas con el pueblo español, que Boix no cuenta entre la enumeración de las causas por actos criminales, a las corridas, porque temía quizás contradecir demasiado las simpatías del pueblo. Ya pesar de ello, estoy firmemente convencido de que las corridas deben tener una influencia muy negativa sobre el español, fácilmente irritable. Nunca me olvidaré del ambiente en el cual abandoné la Plaza de Toros. También sé que describo algo que se ha hecho ya cientos de veces, Apesar de ello no me abstengo de describir el 17 de julio en Barcelona, un día totalmente absorbido por la corrida. Cuando por la mañana llegué a la Rambla hallé, entre los paseantes, mucha gente que hasta a mis ojos inexpertos daban la impresión de no ser barceloneses. En todos los sitios se reconoce al pueblerino o pequeño ciudadano en una gran ciudad, se Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 200 Una corrida en Barcelona a mediados del siglo XIX a través de un..... 201 distingue con facilidad al extraño sin ocupación del habitante que en un momento dado se encuentra sin su ocupación habitual. Era sobre todo el vistoso sombrero calañés que se ve raras veces en la cabeza del barcelonés y que se destacaba hoy sobremanera. Debajo de las columnas del Teatro del Liceo, en la parte superior de la Rambla, uno de los nueve despachos de billetes estaba destinado a la corrida; allí la gente entregaba sus reales brillantes para conseguir su deseado billete, ya que “no se admiten ni cuartos ni monedas que se deben pesar, sólo los lactantes no pagan entrada”. Varios muchachos ofrecían entre los transeúntes abanicos de corrida. Estos son palos de caña de una vara de largo aproximadamente, en cuyos extremos está fijado, como una bandera una hoja cuadrada que tiene impresa a ambos lados imágenes y versos malos, en su mayoría concernientes a la corrida. En todas las esquinas de las calles había carteles gigantescos con gran extensión explicativa y con una litografía que no era mala, de una escena de la lidia, invitando al espectáculo. Se podía leer que “Su Excelencia el Gobernador ordenará y presidirá la Corrida”, acto que en Madrid corresponde a veces a la Reina misma. Se debían matar ocho toros, cinco de puntas y tres embolados. En el papel se destacaba con especial importancia “que en esta capital estaba presente la compañía de hindúes y portugueses bajo la dirección de Francisco Rodríguez Alegría, que había obtenido enormes éxitos en Madrid y otras capitales del Reino y que las empresas no habían obviado costes para agradar al público contratando a éstos, aunque sea por una sola vez”. Después se indica la filiación de cada toro con el nombre de la ganadería y de la propiedad de ésta. Después siguen los nombres de los espadas –principales luchadores que nosotros llamamos generalmente de manera errónea matadory los de los indios: Bautista el terrorífico de Jerusalén, Campos el Fuerte, súbdito del Rey del Congo, Benedicto el valiente de Brasil, Caneco el arrogante, el Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 201 Carlos Martínez Shaw 202 hindú bravo, Francisco Tiburcio León, súbdito del rey de Julán y Caporal bravo de los indios Braganza Espumas. Debajo de la enumeración de los actores atrevidos se podía leer la anotación nefasta: “En caso de que algún lidiador se inutilizara –por lesión o muerte– el público no tiene derecho a que sea sustituido por otro”. El asiento más barato en la parte del sol costaba 5 reales y el más caro en el palco 60 reales, para nuestro grupito de 6 personas entonces 10 reales, y además por cada uno 9 reales de entrada. Por lo tanto, es una diversión muy cara. Los carteles en los muros, aunque principalmente contenían todos los domingos lo mismo, encontraron a numerosos lectores en todos los sitios. La gente lee al menos los nombres de los toreros y busca entre ellos el preferido del pueblo. Mientras yo estaba con Arigo en Burriana nos enviaron desde Valencia uno de estos carteles enormes que anunciaban tres corridas que deberían tener lugar allí mismo una tras otra. Su contenido con las ilustraciones hubieran llenado más o menos un folio impreso. Hacia las cuatro de la tarde nos fuimos, sin equivocar el camino, ya que se vertía una verdadera migración a través de la Puerta del Mar, hacia el arrabal de Barcelona a cuyo lado izquierdo se encontraba la Plaza de Toros, un simple anfiteatro redondo fabricado de tablones y vigas. Estaba envuelta en una nube de polvo transparente, pues las tartanas, el ómnibus y los carruajes elegantes ayudaban a la avalancha de infantería a levantar las profundidades de fino polvo. Los piquetes militares de a pie y a caballo recordaban que la revolución de 1835 había tenido su inicio en ese anfiteatro, por lo cual Barcelona tuvo que prescindir durante quince años de las corridas. Con el corazón latiendo fuertemente penetré en la casa del maltrato, tenía la sensación de asistir a una ejecución. Pero cuando entré en el palco y tuve delante de mí con una sola vista el enorme anfiteatro, esta imagen impresionante deshizo por un Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 202 Una corrida en Barcelona a mediados del siglo XIX a través de un..... 203 momento mis remordimientos morales. Mis ojos fueron cegados literalmente porque los abanicos de las mujeres y los plumeros de aire descritos en las manos de los hombres expandían sobre la multitud una flor de aire trémulo, como si el aire caliente de la chimenea de un alto horno fingiera meter en un movimiento tembloroso a la pared montañosa situada detrás. No vi personas individuales sino un mosaico de personas de miles de colores delante de mí. El redondel o arena ocupa aproximadamente 60 pies de diámetro y es el centro del enorme edificio. Está cercado por una barrera de la altura de un hombre, detrás de la cual se halla un callejón de cuatro pies de ancho. Este pasillo es el refugio de los luchadores a caballo, que brincan como saltamontes por las altas barreras ante los ataques del toro a cada momento. Detrás del callejón se encuentra primero la contrabarrera y detrás de ella las filas de los asientos en terrazas ascendentes. Casi en todos los lugares hay dos filas de palcos anchos de los que conté más de 60. Frente al chiquero de los toros, del cual lleva una puerta a la arena, se halla el palco del Gobernador de la Provincia y en ángulo recto con estos dos puntos la orquesta y el portal para la entrada de la cuadrilla. El momento del comienzo de la lucha había llegado. El público temblaba como sus abanicos ante las ansias del espantoso espectáculo y se libraba a través de sus gritos “¡Toros, toros!”. En inmenso contraste con ese júbilo hay un sacerdote que en este momento celebra todavía una misa con los luchadores, quizás para alguno de ellos la última, y el médico prepara sus instrumentos, vendas y tiritas. Entonces suena el clarín esperado desde hace mucho tiempo. El portal se abre para la cuadrilla, la cual entra con paso solemne. Delante de ellos, dos alguaciles en traje negro de corte antiguo español a caballo. Conforman un grupo multicolor en traje pintoresco de la tradición española galonado de oro y plata y hecho Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 203 Carlos Martínez Shaw 204 de terciopelo y seda. Detrás de los alguaciles vienen primero las ocho capas o capoteros, que también se llaman chulillos o diestros. Su única arma es una larga capa de seda de muchos colores que envuelve el brazo. Son sólo los ayudantes de los verdaderos luchadores, que conducen a los toros con sus capas o intentan desviarles cuando éstos se acercan demasiado a los toreros. Después de ellos siguen los tres picadores a caballo, con sombreros bajos de ala ancha, todavía sin su arma, su pica del largo de seis pies, con una punta de hierro corta que sobresale solamente por dos pulgadas de la madera de fresno sólida cortada de manera horizontal. Aellos les siguen los cuatro banderilleros, así llamados por la banderilla, una varilla decorada de papel de colores y cintas de un largo de tres pies con un garfio de hierro en la punta. Luego vienen los espadas, que llevan el nombre de su arma, la espada, en el brazo la muleta, un pañuelo rojo sangre que da importantes servicios en la lucha. Para todos estos luchadores diferentes sirve el nombre general de torero o lidiador. Todos llevan un tocado de pelo de caballo parecido a una peluca. Al lado de los españoles elegantes los indios morenos parecen aventureros en sus trajes fantásticos. Los portugueses en simples pantalones de Nanking y chaquetas rojas fueron conducidos por Don Francisco, que cabalgaba un magnífico caballo andaluz. Por último vinieron los mozos con sus perros, una raza gris ceniza de dogos fuertes con doble nariz. El final lo conformaban los mulos, ricamente decorados con borlas rojo sangre cuya función es retirar el toro liquidado. Con una profunda reverencia se paró la cuadrilla ante el Gobernador, que entregó la llave del chiqueroa uno de los alguaciles. Éste se la dio a uno de los mozos y todo aquel que no estaba participando en ese momento en la lucha se apresuró para salvarse. Sólo quedaron en la arena los tres picadores y los capoteros. Aquellos se emplazaron encima de sus miserables rocines viejos, a la izquierda del chiquero, aproximadamente a Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 204 Una corrida en Barcelona a mediados del siglo XIX a través de un..... 205 un paso de la barrera a distancias convenientes uno del otro. Con la pica en posición bajada, debajo del brazo y con puño de hierro dispuesto para la embestida, esperaban la apertura del portal. El pobre caballo lleva una venda en los ojos; si no, sería incapaz de efectuar la lucha desigual con el fuerte toro. Siente el cuerno que se clava en sus entrañas sin saber de donde viene esa herida mortal. Caballos jóvenes y valientes convertirían a este espectáculo en demasiado costoso. La pierna derecha del picador está protegida con hierro por debajo del pantalón de cuero, contra las embestidas del toro, y su pie se esconde en un ancho estribo morisco. Los capoteros se distribuyen como tiralleurs por toda la amplia arena. Dos mozos se van al chiquero. Un silencio total convierte por un momento la casa murmurada en ruina de iglesia desértica. Todos los ojos se dirigen a un solo punto. El portal se abre y con la cola levantada y los ojos amenazantes hacia todos lados entra a toda velocidad el bello animal. Los cuernos inmensos en punta de aguja dibujan la forma de una lira en el aire. En la cruz ondea una cinta larga de color que designa su descendencia: le fue impuesta como adorno de despedida a la salida del chiquero. Enfurecido se lanza al grupito colorido de los capoteros que se separan como palomas ante el halcón. Uno lo recibe y le atrae con su capa en dirección de un picador. Éste le ofrece el lado derecho del caballo, porque el toro siempre da su embestida con el cuerno derecho. El toro no es un toro de sentido, ya que no ataca al hombre sino al caballo. Pero la fuerza hercúlea del picador le retiene del caballo con la pica, cuya punta de hierro le entra en el cuello, y el caballo se ve desplazado hacia el costado por la pica que se dobla y por el toro que no siente el dolor, tan grande es la fuerza de su caballero. El toro abandona su propósito y se dirige a otro picador que, quizás, con menos fuerzas, y menos habilidad, no sabe proteger su caballo. El toro se desliza de la pica e introduce su cuerno profundamente en su cuerRevista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 205 po. Realiza un salto desesperado y como un cúmulo horrible azulado se salen las entrañas por la herida. Debe, sin embargo, aguantar, aunque casi pisa sus entrañas. Entonces el toro recoge fuerzas y mata al pobre animal elevándolo junto a su caballero para que ambos caigan al suelo. Un aplazo furioso alaba el toro al cual el torero, que yace debajo del caballo muerto, parece estar expuesto por completo. Sin embargo, allí se acercan, desde todos lados, las capas voladoras de los capoteros y liberan al pobre de su contendiente amenazante. Éste elige uno de pies ligeros y a cada momento se teme que le alcance por completo con sus cuernos. Entonces el capoterole ciega con su capa, que lanza hábilmente, y se esconde detrás de una barrera, delante de la cual el toro se detiene estupefacto. Mientras tanto, el picador ha salido para volver enseguida sobre un nuevo caballo. Así sucede con otro caballo más, y el cuello del toro al cual se han dirigido en exclusiva las puntadas, está ya inundado de sangre. Dos caballos muertos yacen sobre la arena y una nueva señal llama a los banderilleros, mientras que los picadores se alejan. También ellos necesitan de los servicios de los capoteros, porque el toro nunca debe ser atacado, sino que tiene que ser él mismo el atacante. Teniendo en cada mano una banderilla, están dispuestos a cada momento para clavársela al toro entre las dos paletillas. El toro no debe ser herido en otra parte. Éste ataca a uno de los banderilleros, que lo espera con los brazos levantados como para sacrificarlo. El toro baja la cabeza para la embestida, pero, dado que cree que sus cuernos levantados están seguros de su adversario, éste se desliza como un pensamiento justo al lado de su cabeza y coloca al mismo tiempo por ambos lados de su cuello las banderillas. El toro se sacude furioso para sacarse las moscas que le pican, aumentando de esta manera solamente sus dolores. Corre, con dolores atroces y rabia por la pérdida de una victoria, hacia otro banderillero, que justamente por esta razón puede colocarle una de sus banderiCarlos Martínez Shaw 206 Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 206 Una corrida en Barcelona a mediados del siglo XIX a través de un..... 207 llas. De tal manera, al toro le son colocadas poco a poco ocho de estas armas ardientes, y el pueblo inquieto y con gritos de alegría reclama por miles de gargantas al espada. Entonces se lanza el toro con furia renovada sobre un capotero casi despreocupado. Pero no lo estaba y salta en seguida sobre la barrera. Sin embargo, a mí se me congeló la sangre en las venas: el toro levanta su cuerpo pesado para un salto inusual y casi al mismo tiempo está en el callejón al lado del banderillero. Un grito y un susto espantado pasa como una flecha por los que están sentados al lado. Antes de que el toro coloque su cabeza para embestir a su adversario que se fuga, éste se encuentra nuevamente en la arena, a la cual no le puede seguir, ya que para ello es incapaz de tomar el suficiente impulso en el estrecho callejón. La misma circunstancia y la pared interior aún más alta del callejón protegen a los espectadores. El toro corre hasta la próxima puerta que se ha abierto mientras tanto y vuelve a la arena. Los gritos que aclaman y los aplausos que no cesan recompensan y confunden al toro bravo que se enfrenta ahora al espada. Camina con grandeza como si no hubiese ningún toro en la arena, hasta frente al Gobernador, delante del cual ofrece un discurso fanfarrón sobre su proyecto y lanza a continuación, con un “¡Viva!” a la Reina, su sombrero al aire. En su izquierda la muleta, en su derecha el largo florete, espera en posición tranquila y digna al toro que es enviado hacia él por los capoteros. La muleta roja excita al animal para que ataque. El espada hace primero dos pases de muleta, es decir, simula las embestidas del toro con la muleta para conocer su carácter. Pero ahora ha llegado la última hora del toro. En el tercer impulso el espada coloca el florete hasta el mango entre las espaldillas del toro. Este da otra vuelta por la arena con el hierro en su cuerpo. La sangre le sale de la boca y nariz, se abre de piernas para mantenerse en pie y cae después de algunos instantes al suelo. Ahora se lanza el cacheteroque lleva el nombre de su arma, de Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 207 táculo, del número de los toros y del nombre de los espadas), permitiéndose hasta una consideración sobre los precios, que le parecen demasiado elevados y convierten a sus ojos la corrida en «una diversión muy cara». La segunda parte es la descripción del festejo propiamente dicho. Tampoco en este caso hay apenas nada que añadir, salvo que se trata de una de los más precisos y jugosos cuadros de una corrida romántica que se puede leer entre los muchos escritos por españoles y por extranjeros. Por un lado, la ceremonia ha alcanzado ya un alto grado de regularidad en su ritualización, pero, por otro, nos encontramos con muchos rasgos de esta primera época de la normativización de la fiesta, que todavía podemos calificar de espectáculo mixto con rasgos que hoy consideramos arcaicos en relación con la práctica impuesta en la segunda mitad del siglo XX. Mencionemos sólo la coexistencia de tres tipos de lidia: la protagonizada por los matadores españoles (que culminará en la corrida actual), la encomendada a los toreros portugueses (que se prolongará en el rejoneo de hoy, aunque también tiene aspectos de rodeo con un toro al que hay que coger por los cuernos y que se pone a disposición del espada español para que lo sacrifique) y, finalmente, la burlesca, a cargo de los “indios” de increíbles nombres y descabelladas procedencias: “Bautista el terrorífico de Jerusalén, Campos el Fuerte, súbdito del Rey del Congo, Benedicto el valiente de Brasil, Caneco el arrogante, el hindú bravo, Francisco Tiburcio León, súbdito del rey de Julán y Caporal bravo de los indios Braganza Espumas». Y, entre las prácticas que el tiempo terminará por abolir, encontramos el uso de las banderillas de fuego y de los perros para azuzar a los toros juzgados mansos, el trabajo de los cacheteros frente a los puntilleros y la utilización por parte de los picadores de caballos desprotegidos, sin duda el mayor escándalo de los ruedos y el principal argumento de la opinión antitaurina hasta fechas recientes. Carlos Martínez Shaw 214 Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 214 Una corrida en Barcelona a mediados del siglo XIX a través de un..... 215 La tercera y última sección se dedica al juicio que le merece al naturalista alemán la corrida que acaba de presenciar, aunque se haya salido de ella a la muerte del quinto toro. En su espíritu se mezclan muchos sentimientos encontrados: «repugnancia y asco, sorpresa y admiración». Considera que la avidez de muerte que ha observado predispone a la indiferencia ante el asesinato, aunque, en descargo de los españoles, alega que tampoco está exento de crueldad el trato dispensado a los animales en Alemania. Finalmente, tras negarse a admitir «el papel de los que elogian las corridas, ni tan siquiera el de los que las defienden», aunque pueda comprender que gusten a algunos (al modo como comprende a los fumadores de opio, añade), termina exponiendo la panoplia de los argumentos tradicionales contra los toros (pese a que sabe que es imposible la erradicación a la fiesta, el “hechizo de los españoles”, como recientemente ha sido calificada por Jesús María García Añoveros en un estudio ejemplar): los toros son el equivalente del circo en el mundo romano (el “Panem et Circenses se llama aquí ¡Pan y toros!”, como ya había señalado en su día León de Arroyal), existe una radical incompatibilidad entre los toros y la cultura («Fernando VII, el padre de la reina actual, decretó el cierre de las universidades y la creación de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla»), los toros son quizás el síntoma de una enfermedad moral que aqueja a los españoles y cuyas causas debe conocer (¿y tal vez atajar?) el Ministro de Educación. Revista n” 31 quark.qxp 06/06/2014 10:48 PÆgina 215