Théma a. Re is a de Filoso ía Nº 46 (2012 - Segundo semes e) pp.: 481-488.
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EL CUERPO ENAMORADO EN “RESURRECCIÓN”
DE L. TOLSTÓI
Joan B. Llina es
Uni e sidad de Valencia (España)
Recibido: 15-07-10
Acep ado: 14-09-10
Resumen: Re isión c í ica de la an opología ilosó ica del madu o Tols ói sob e
el cue po enamo ado, p oyección de sus ideas eligiosas sob e la muje y la
sexualidad que las an la calidad de su ob a li e a ia a día po los discu ibles
dualismos pla onizan es e idealis as en las desc ipciones de los mó iles de las
acciones de los p o agonis as.
Palab as-cla e: an opología ilosó ica, li e a u a, cue po enamo ado, sexualidad.
Abs ac : C i ical e iew o he philosophical an h opology o he ma u e
Tols oy abou he body in lo e. His no el Resu ec ion shows ha he quali y o
he w i e ’s la e li e a y wo ks was hinde ed by his eligious ideas abou women
and sexuali y, which en ailed dubious pla onizing and idealis ic dualisms in
he desc ip ions o he main cha ac e s’ mo i es.
Key-wo ds: philosophical an h opology, li e a u e, body in lo e, sexuali y.
Joan B. Llina es
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Deseamos comen a algunos aspec os del cue po humano en las ela-
ciones amo osas según los p esen a un ex o li e a io de la madu ez de Tols ói,
Resu ección, publicado en 1899, su úl ima no ela de g andes dimensiones y
uno de los hi os de su legado. Hacía décadas que su au o había su ido una
g a e c isis nihilis a –la ha na ado en Con esión–, que lo puso al bo de del
suicidio y de la que se libe ó edescub iendo cie o c is ianismo bas an e pe-
culia . Quisié amos aquila a en qué medida esa “con e sión” –que le lle ó a
esc ibi a ios ensayos eológicos y aducciones e angélicas–, incidió en su
c eación li e a ia, conc e amen e en su conside ación del cue po enamo ado en
dicha ob a. Pensamos que és a e ela aspec os de la an opología ilosó ica de
su au o , conco dan es con su in e p e ación de de e minados p ecep os eli-
giosos en o no a las elaciones amo osas, que bien me ecen e lexión y c í ico
análisis.
En esa no ela la belleza es una cualidad de la na u aleza i gen, no
some ida a los humanos, que son quienes colocan losas pa a ahoga la hie ba,
co an los á boles, ahuyen an los animales e imp egnan el ai e con el humo del
ca bón y del pe óleo (I, 1, 7).1 Igual p e oga i a ienen los á boles u ales,
los animales domés icos, los niños y los campesinos. Se dibuja, así pues, una
dualidad esencial, p oduc o de complejas con aposiciones en e lo di ino y
lo humano, lo na u al y lo a i icial, lo adicional y lo mode no, lo p opio y lo
ex año, que pe du an en el con as e en e cul u a popula ag a ia y ci iliza-
ción bu guesa indus ial, es o es, según Tols ói en cuan o na ado , en e una
supues a belleza “dada pa a el bien de odos los se es” y “que p edispone a la
paz, la conco dia y el amo ”, y el mundo al y como lo han imaginado y o ga-
nizado en la Rusia de inales del XIX los humanos “pa a impe a unos sob e
o os” (Ib.). F en e al ien o esco y i i ican e de los bosques y de los campos,
que es uen e de aleg ía, se halla la densidad pegajosa de las ciudades, con su
ai e pesado e impu o, ca gado de alqui án y pod edumb e. Es a a mós e a
co up a sume en el aba imien o y la is eza sob e odo a quienes es án en las
cá celes, amon onados en celdas é idas y uidosas. Los p esos mues an en
sus os os y en sus manos “la palidez ca ac e ís ica de quienes du an e mucho
iempo han pe manecido en luga ce ado y que ecue da a los b o es de las
pa a as gua dadas en el só ano” (I, 1, 8). Tal sociedad gene a palacios y illas
pa a p i ilegiados, y só anos oscu os y se es sub e áneos, una d amá ica y e-
sen ida escisión, como ambién cons a ó Dos oie ski.2 Dicha an í esis adical,
[1] L. Tols oi, Resu ección, ad. de José Laín En algo, Ba celona, Cí culo de Lec o es, 1972, 464
pp. Pa a acili a la localización de las ci as desde cualquie a de las aducciones ac ualmen e en
el me cado, cosa ácil po la b e edad de los capí ulos de es a ob a, indica emos siemp e, p ime o,
y en núme os omanos, la pa e de la no ela en que se hallan, y, a con inuación, el capí ulo y la
página a los que co espondan.
[2] F. Dos oie ski, Apun e del subsuelo, ad. e in . de Juan López-Mo illas, Mad id, Alianza,
2000.
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que es uc u a odo el ela o, es á simbolizada median e el ápido uelo de una
paloma an e el acilan e camina igilado y con bu dos zapa ones de una p esa
que a a se juzgada po p esun a colabo ación en un asesina o.
Se a a de la Máslo a, an igua c iada, hija de sie a sol e a, que ue
seducida y abandonada en su ju en ud po un a is óc a a, el p íncipe Nejliú-
do . Desde ese p ime pe cance que la dejó emba azada y sin hoga , oda su
expe iencia i al no ue sino una se ie de in e esados asedios po pa e de
homb es hipóc i as de las casas en que la con a aban, has a acaba eje cien-
do la p os i ución (I, 37, 139). Ese “o icio”, egis ado po la policía median e
una ca illa especí ica, no sólo conlle a la explo ación sexual del cue po de la
muje –un adul e io pe manen e, explíci o y emune ado, con econocimien os
médicos obliga o ios po el al o iesgo de in ecciones–, ambién implica gas os
ex a pa a es idos y cosmé icos seduc o es y la adicción a hábi os palia i os,
como los dulces, el abaco y el alcohol, y la con e sión de la noche en día y de
las ho as del día en o zados momen os pa a el descanso, en un calenda io
in e ido o indis in o en e ies as y jo nadas labo ales (I, 2, 13-15): un opaco
e insalub e mundo al e és, como el de las plan as en un só ano, con el sexo
indisc iminado como o o mecanismo pa a ol ida las p eocupaciones (I, 37,
139), como o o “place icioso”.
En cohe encia con la dualidad señalada, el na ado insis e en que la
p os i ución es una “ ida de c ónica iolación de los mandamien os di inos y
humanos”, y des uye “el pudo que la na u aleza dio como sal agua da del
deli o no sólo a los homb es, sino ambién a los animales” (I, 2, 15). Aho a bien,
debe ía se más explíci o, pues si es á au o izada y p o egida po las au o i-
dades, es legal; no obs an e, en cuan o injus a e inmo al, se o na inhumana
y po ello debe ía sup imi se. El “pudo ” en los animales es o o supues o dis-
cu ible, pues no odos cub en la desnudez de sus cue pos ni se esconden pa a
apa ea se. Los “mandamien os di inos” quizá se e ie an a p ecep os sag ados
o leyes na u ales que egulen las elaciones sexuales, pe o no se especi ica su
con enido, simplemen e se dan po supues os.
El p íncipe Nejliúdo apa ece en camisón, umando en su lecho, a pun o
de calza se sus zapa illas, pone se una ba a de seda y pasa al ocado pa a lim-
pia se los dien es y la a se las manos, seca se las uñas, ducha se luego con agua
ía, pone se opa in e io ecién planchada, un aje con el calzado y la co ba a
a juego, oma se el desayuno acabado de p epa a , y hojea la e is a ex anje a
a la que es á susc i o (I, 3, 16-17). Es a minuciosa desc ipción de un siba i a se
con apone con el mise able despe a de Máslo a en su celda, y des aca el eno -
me abajo que han de ealiza doncellas y se ido es pa a que es e a is óc a a
a e su cue po “a cue po de ey”, como si odos pudie an i i así.
A con inuación asis imos a la sesión que iene luga en el ibunal de
jus icia, en la cual el p íncipe, que es miemb o del ju ado, obse a a la p esa
y la econoce: “aho a eía cla amen e el sello pa icula y mis e ioso que dis-
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ingue una ca a de o a, que lo hace especial y único. A pesa de la eno me
palidez del os o y de que es aba más lleno, dicha pa icula idad, ag adable y
exclusi a, seguía p esen e en sus acciones, en los labios, en los ojos un an o
o cidos y, sob e odo, en la mi ada ingenua y son ien e y en la exp esión que
emanaba no sólo del os o, sino de oda su igu a” (I, 9, 37). Es e econocimien-
o pe mi e que su ja el ecue do de las elaciones que ambos man u ie on y que
les hizo doblemen e únicos e incon undibles, como lo mues an sus cue pos y,
en especial, sus os os, sus mi adas y su exp esi idad pe sonal. No en balde
una o og a ía de cómo e an ambos en el pasado a i a á más adelan e ese e-
cue do y obliga á a con as a lo en e lág imas con su al e ada ealidad y la
muy di e en e si uación desde la que uel en a elaciona se (c . II, 9, 244 y II,
13, 254-258).3
El na ado p ecisa que Nejliúdo había i ido sus p ime os diecinue e
años “con la inocencia de un niño. Pensaba en la muje sólo como esposa. Todas
aquellas que, según su modo de e , no podían se su esposa, no las conside a-
ba muje es, sino simples pe sonas” (I, 12, 49). En e ano, esidiendo en la inca
de sus ías, pasaba las noches de luna llena paseando po el ja dín, en egado
a sus sueños, sin epa a siquie a du an e odo un mes en la esbel a igu a de
una doncella de ojos neg os, a la que llamaban Ka iusha. Po lo is o, no hay
espacio pa a la sexualidad in an il ni ju enil, y és a es inocen e, la educación
ecibida p esen a el ma imonio como única me a, sin i encias p e ias del
cue po p opio, ni an asías e ó icas, ni apasionadas ap oximaciones in e pe -
sonales, pues o que las muje es no son conside adas como ales. Nos ememos
que sigue aquí en igo el mi o de la “bondad” del “homb e na u al”, an e io
a la “co upción” apo ada po la ci ilización, que en es e caso comienza sus
pe niciosas in luencias cuando se es á a pun o de alcanza la mayo ía de edad.
A pesa de lo cual, la ce canía del cue po de esa doncella jugando al
escondi e hace que cambien las elaciones en e ambos. Comienzan así las con-
e saciones, los p és amos de lib os, los encuen os en soli a io, y su ge en on-
ces, más allá y más acá de las palab as, el enamo amien o, como dela an sus
mi adas: “los ojos empezaban a deci algo comple amen e dis in o, mucho más
impo an e que lo que salía de su boca; sus labios se a ugaban, sen ían miedo
y se ap esu aban a sepa a se” (I, 12, 51). Había en ello, según el na ado , un
emo in undado, pues el p íncipe amaba a Ka iusha “con el amo de las pe -
sonas inocen es”, lo cual cons i uía pa a ambos “la p incipal de ensa con a la
caída” (ib.), como si besa se y ab aza se uese an ina u al y ano mal, penoso y
pecaminoso. Ese muchacho “no sólo no sen ía el deseo de posee la ísicamen e,
sino que le ho o izaba el pensa en la posibilidad de que es o ocu ie a.” Po
eso no iene conciencia de que la ama (!) y pe cibe su sen imien o hacia esa
[3] Hay inas ano aciones sob e qué es con empla el os o de una pe sona que ida a quien no se
ha is o hace mucho iempo en I, 22, 83: los ojos del espí i u descub en en un cue po cambiado a
la misma pe sona a la que quisimos.
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chica como una mani es ación más “de la sensación de la aleg ía de i i ” que
compa ía con ella (1, 12, 52). Sus lec u as a dúo pa ece que sólo les e ue zan
esa imagen de ma imonio en el u u o, sin que el ca iño, la es ima o el deseo de
mu ua compañía me ezcan que se les llame amo . Toda ía no es opo uno que
las ías azonen las condiciones de un ma imonio adecuado, pues la di e encia
de o igen y si uación en e su sob ino a is óc a a y esa semiahijada plebe-
ya debe espe a se, y eque i ía además un ca ác e ené gico pa a supe a la.
Cie amen e, una cosa es el sexo en e enamo ados, y o a, muy di e en e, el
ma imonio, como ins i ución legal y eligiosa que lo au o iza y le p opo ciona
con inuidad en el con ex o social de los cónyuges.
T es años después, el p íncipe ya ha en ado en la ida mili a y ha
cambiado, se ha con e ido en un libe ino y un egoís a consumado, ac úa con-
a su yo espi i ual y en p o echo de su yo animal, de acue do an o con las
no elas que lee y los ode iles a los que asis e, como con lo que dicen los demás,
siguiendo los malos p opósi os que aho a impulsan “a la bes ia desen enada”,
su na u aleza animal (I, 13-14, 52-58). Se ep oduce aquí o a dualidad es uc-
u al en e espí i u pu o y cue po animal, indi iduo y sociedad, pensamien o
p opio y opinión pública, li e a u a ascé ica y a e e ó ico. Bajo esas nue as
in luencias la noche de Pascua de Resu ección en la inca de sus ías y en
compañía de Ka iusha signi ica pa a Nejliúdo la consecu i a expe iencia de
dos o mas con apues as de ama : un momen o en que el sen imien o del amo
en e un homb e y una muje “alcanza su céni , en el que en él no hay nada
conscien e, calculado ni ca nal”, sino la pu eza del amo a odos y a odo, que
unde a las pe sonas en un odo único, el amo pu o, simbolizado con el beso a
un mendigo al acaba la misa, y o o momen o que acalla al p ime o, en el que
iene luga “aquel espan oso asun o”, la bes ia se adueña po comple o del alma
y p edomina sin esis encias ese sen imien o ins in i o y placen e o, e ible y
c iminal (I, 15-16, 62-66), el amo ca nal. Es p ima e a, el hielo se de i e, y,
aunque los labios de Ka iusha p o ie en una nega i a, el na ado ei e a que
odo su se , conmo ido y u bado, dice y hace lo con a io (I, 16, 65 y 17, 68).
La muje , como alcoba mal ce ada, es ambigua y con adic o ia, aunque acaba
ap e ándose con a el pecho del amado. Los pun os suspensi os aluden al i-
ual del amo que no se desc ibe. Después, emblo osa y muda, ella se ma cha
y el jo en a a de comp ende la signi icación de lo que ha ocu ido, mien as
la luna menguan e iluminaba algo neg o y espan oso (!), y pe sis ía la duda en
aquél, sin sabe si había i ido una g an elicidad o una g an desg acia (I, 17,
69). En es a pa e del ela o apenas impo a lo que desea, sien e y piensa esa
muchacha enamo ada, sea sob e las elaciones sexuales, sea sob e el ma i-
monio en el que pod ían culmina : en ella p edomina el silencio, el emo y el
emblo , como co esponde a su si uación de muje pob e y dependien e.
Al día siguien e el p íncipe e oca el “amo animal” a a és de los com-
p omisos sociales habi uales: un caballe o paga po dis u a de sexo ex ama-
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i al, esa es la cos umb e, bas a pues con la adecuada mediación del dine o.
Pe o en lo más hondo de su alma sabe que ha come ido una ileza; no obs an e,
pa a segui con un buen concep o de sí mismo, deja de pensa en ello y acaba
po ol ida lo. Tiempo después, en una nue a isi a a sus ías, el co azón se
le op ime al conoce la is e sue e de Ka iusha y lo que había sucedido le
a e güenza, sin emba go p on o lo uel e a ol ida (I, 18, 70-71). Aho a bien,
g acias al eencuen o casual en el juicio, asus ado an e los ojos de ella, ecob a
la sensación de culpa y de pecado po habe come ido una in amia al educi un
ac o de en ega amo osa a sexo me can ilizado, al con e i a una muje ena-
mo ada en una hemb a dep a ada, que había pe dido a un niño ecién nacido,
quizá hijo suyo. Desde es e momen o la no ela nos expond á –jun o a o os
ges os de ehabili ación mo al que hemos de silencia – la complicada pe ipecia
po pa e del p íncipe pa a epa a su culpa, p oponiendo ma imonio a esa
muje , aunque sea a desho a y sin pe mi i que an o en él mismo como en ella
uel a a nace la pasión amo osa, o al menos el deseo de compa i cabalmen e
su ida u u a (c . I, 48, 173).
No podemos mos a los e icue os de esa en eco ada elación que,
acabado el juicio, se uel e a en abla en e ambos p o agonis as, es ando Ka-
iusha en la cá cel po habe sido condenada po un sis ema peni encia io lle-
no de absu dos y con a iedades. De camino a Sibe ia pa a cumpli su pena
ella su e po que los homb es le esul an “ an epugnan es como los insec os…
impo unos y pegajosos, sin da le un minu o de descanso. En e las p esas y
los p esos, igilan es y soldados de la escol a se habían es ablecido unas cos-
umb es de dep a ación an cínica, que cualquie muje , en pa icula si e a
jo en y no que ía ale se de su si uación como hemb a, enía que pe manece
cons an emen e ale a” (III, 1, 379). Se boni a y ene un conocido pasado de
p os i u a hacía que odos la asedia an, sus nega i as se omaban como o en-
sas y en u ecían a los homb es. No obs an e, ambién inicia amis ades con p e-
sos polí icos de p opósi os e oluciona ios, po ejemplo, con Ma ía Pa lo na,
quien, aunque se sabe he mosa, emía la imp esión que su belleza p oducía en
los homb es y “expe imen aba e dade a epulsión y miedo a cuan o pudie a
pa ece amo ”. De ahí que a ambas las unie a “la epugnancia hacia el amo
sexual. La una lo abo ecía po que había conocido odos sus ho o es; la o a,
po que habiéndolo p obado, lo mi aba como algo incomp ensible y, a la ez,
epelen e y o ensi o a la dignidad humana” (III, 3, 385). O con Simonson, ege-
a iano consecuen e de pensamien o au ónomo, que “la que ía pla ónicamen e”
y se sen ía impulsado po su amo . Ese enamo amien o, ansmi ido con mi a-
das muy pa icula es, se con i ió en una in luencia decisi a sob e la Máslo a,
la cual, pa a no decepciona lo, “se es o zaba en despe a den o de sí misma
las mejo es cualidades que imagina pudie a. Y es o le mo ía a p ocu a se
lo mejo posible” (III, 4, 387). T as acla a las cosas con Nejliúdo , la elación
en e Máslo a y Simonson acaba á en casamien o. Ma ía Pá lo na comen a al
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espec o que, aunque en ese caso se a a de un “sen imien o pla ónico” y de
un “amo excepcional”, “siemp e hay un ondo asque oso” (III, 17, p. 424). Po
lo is o, la c uel deg adación del sis ema peni encia io y la co upción medula
de la sociedad za is a que esa deg adación con i ma han llegado a ex emos
en que el amo sexual esul a i emediablemen e pe e ido, la na u al a ac-
ción en e enamo ados se ha con e ido en algo ho o oso y bes ial, como si el
diálogo co po al obliga a a mancha se, a o ende al se amado, ei icándolo y
educiéndolo a me o obje o de place egoís a. Lo óp imo se ía, al pa ece , con-
i i como niños angelicales, í genes y célibes, o como cas os he manos en una
supues amen e idílica amilia de pad es que ya no ienen elaciones sexuales.
La no ela acaba con el econocimien o de la inocencia de Ka iusha y con
el p íncipe leyendo el E angelio, un pasaje del Se món de la Mon aña en el que
descub e unos pocos mandamien os sencillos y p ac icables que, en su opinión,
posibili an una o ganización de la sociedad sin iolencias de ningún ipo, el
eino de Dios en la ie a. El segundo de esos mandamien os, basado en Ma eo,
V, 27-32, dice: “El homb e no sólo no debe incu i en adul e io, sino que debe
e i a el place de la belleza emenina. Una ez se ha unido con una muje , no
debe aiciona la nunca” (III, 28, 463). Pod á empeza así una ida nue a.
En el capí ulo XII de su ob a Cuál es mi e4 de 1884, Tols ói esumió
esos mandamien os desde de e minada an opología, ya que cada uno de ellos
co esponde a una en ación. La segunda de las allí enume adas es el libe ina-
je, el ansia de o nicación, el deseo de posee o a muje que aquella con la que
se es á unido. El esc i o econoce que ya no puede, como hacía an es, conside-
a su sensualidad como un asgo sublime de la na u aleza humana, ni jus i-
ica la an e sí mismo po su amo a la belleza, o po habe se enamo ado, o po
los de ec os de su muje . Aho a, cuando sien e esa en ación, se e obligado a
admi i que se encuen a en un es ado mó bido y ano mal, y busca lib a se po
odos los medios de al obsesión. No sólo sabe que el desen eno sensual es un
mal pa a él, ambién sabe que la causa p incipal de esa en ación no es –dice–
la necesidad na u al de elaciones sexuales, sino el abandono de las muje es
po sus ma idos y de los ma idos po sus muje es, es o es, las sepa aciones, el
di o cio. Reco dando su biog a ía descub e que, con mayo ue za que la edu-
cación ecibida –la cual le despe ó la pasión e ó ica an o en lo ísico como en
lo men al, jus i icándola con a ac i os a gumen os–, la ampa p incipal e a
el abandono en que i ía la muje con quien se unió po p ime a ez, y la si ua-
ción de las muje es abandonadas que po odas pa es le odeaban. Así pues,
la en ación esidía sob e odo no en sus p opios ape i os, sino en los deseos
insa is echos de las pe sonas que había a su al ededo . De ahí la pe inencia
del mandamien o de Jesús: “que lo que Dios ha unido no lo sepa e el homb e.”
[4] También conocida como Aquello en lo que c eo, o Mi eligión.
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Po consiguien e, él c ee que la monogamia es la ley na u al de la humanidad
y no puede queb an a se impunemen e.5
Pa a el no elis a uso el desencadenan e p incipal del desen eno se-
xual no es endógeno, no adica an e odo en la na u aleza humana, sino en el
abandono en que queda quien ha iniciado elaciones y se ha is o luego epu-
diado po su cónyuge. No obs an e, el amo apasionado le pa ece malo y abyec-
o, pelig osa la belleza emenina, y buena “la ida uda e indigen e que mode a
los deseos sexuales.” Comienza en onces sus c í icas con a la ociosidad ísica
y la ida de abundancia, así como con a las no elas, la música, el ea o, la
pin u a y los bailes, que exci an la sensualidad amo osa y aumen an los ape-
i os sexuales, po lo que los denomina “di e siones noci as” y “pasa iempos
licenciosos”. Asce ismo y monogamia es ic a, po an o, pues es a ins i ución
egula a sus ojos las únicas elaciones in e pe sonales es ipuladas po la ley
na u al y di ina.
Jun o a es a no ela a día bas a ía eco da o os ela os, como El dia-
blo, en el que el a ac i o de una campesina es como una ue za diabólica que
p o oca la enajenación men al asesina de un ico p opie a io obsesionado po
las elaciones que man u ie on, o bien el in ie no amilia que i ió en su p o-
pia casa el madu o Tols ói desde que se “con i ió” has a su “úl ima es ación”,
pa a que de ec á amos que an o su sesgada desc ipción de los cue pos enamo-
ados como la excluyen e e apia legal que p edicó se basan en supues os an-
opológicos excesi amen e simplis as y dualis as: hab ía que al e a a ondo
la mi ada pa a pe cibi los de mane a más compleja y ecuánime, sin ol ida ni
las p opias pulsiones y la p opia esponsabilidad al en abla una elación, ni el
pun o de is a de las muje es cuando deciden i i el amo , ni la ágica ini ud
que ma ca nues as pasiones y deseos, nues os comp omisos y p omesas, en
una sociedad di idida en la que pe sis en las injus icias y las co upciones, las
cá celes, la p os i ución y la iolencia de géne o.
[5] L. Tols oï, Ma eligión, Pa is, Lib ai ie Fischbache , 1885, pp. 251-253. En es a aducción
ap o echamos la de Joaquín Galla do en L. Tols ói, Cuál es mi e. La Iglesia y el Es ado. Ba celona,
Men o a, 1927, pp. 99-100, aducción escaneada y disponible en in e ne .