Comunión de soledades: Paravicino, El Greco y Góngora
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Índice 1. Introducción: «Vuelve un momento esos ojos / a honrar estos versos viles» ..... 1 2. La difusa sombra de un poeta trinitario ............................................................... 2 3. Vires ab invidia: Breve esbozo de la vida de Paravicino ...................................... 5 4. Entre pinceles y versos, fray Hortensio: escritor, modelo y amigo................... 10 5. Fray Hortensio instrumentalizado. ...................................................................... 15 6. El legado poético de fray Hortensio Paravicino: Obras póstumas, divinas y humanas de Don Félix de Arteaga ............................................................................... 18 7. Conclusiones: «que merezca como vos / ser envidia de los dioses» .................. 22 8. Bibliografía ............................................................................................................ 24
1 1. Introducción: «Vuelve un momento esos ojos / a honrar estos versos viles» 1 Preguntan unos versos de fray Hortensio Félix Paravicino: ¿Qué pretende este tumulto?, ¿qué intentan estos rumores? 2 Y aunque no esperan contestación nuestra, responderlos parece una buena forma de iniciar este trabajo, dando cuenta de su finalidad al lector. En un primer momento, el tema abordado no iba a ser el que ahora nos ocupa, sino otro bien distinto, aunque guarde relación con él: me proponía investigar sobre las relaciones entre don Luis de Góngora y El Greco a partir del epitafio que el cordobés dedicó al pintor. No obstante, en mi camino tropecé con el retrato de fray Hortensio Paravicino y Arteaga, pintado por el griego, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Boston 3 , «tal vez el retrato más atractivo que se haya hecho nunca de un fraile» 4 según Mercedes Blanco, y hube de preguntarme: ¿Quién es Paravicino? Empecé a centrarme entonces algo más en la figura del trinitario y, a medida que leía trabajos sobre él, surgió en mí una nueva inquietud: ¿Por qué nunca he oído hablar de Paravicino? Fue entonces cuando el objetivo de este trabajo cambió y pasó a tratar de responder a esta segunda pregunta, investigando acerca de las razones por las que fray Hortensio Paravicino ha quedado excluido del canon a pesar de la admiración que despertó y la importancia que alcanzó en su época. A medida que la investigación avanzaba, la redacción fue convirtiéndose paulatinamente en una tímida reivindicación de la figura del trinitario y así es como, finalmente, se presenta este trabajo. La exposición comienza con unas primeras impresiones obtenidas a partir de la lectura de la bibliografía, en las que se apuntan las ideas fundamentales que se desarrollan después en el resto de apartados. A continuación, se hace oportuno un breve esbozo de la vida de fray Hortensio como presentación de este singular ingenio; este recorrido biográfico no sería necesario de tratarse de un personaje más conocido como 1 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, «Romance», en Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, p. 163. 2 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, «Romance a la Pasión de Jesucristo Redentor Nuestro», en Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, p. 135. 3 Anexo 1. 4 Mercedes Blanco, «Ut poesis, oratio. La oficina poética de la oratoria sacra en Hortensio Félix Paravicino», Lectura y signo, 7 (2012), pp. 29-65, p. 31.
2 lo pueden ser Góngora, Lope o Quevedo, pero en este caso resultaba inexcusable. Sigue un intento de profundizar en las relaciones que Paravicino estableció con El Greco y Góngora en vida; la finalidad de este empeño es ilustrar acerca de los motivos por los que el trinitario ha quedado relegado al papel de instrumento en tantos estudios sobre ellos en lugar de recibir interés por sí mismo. Para argumentar esta hipótesis, nos apoyamos en el análisis de dos trabajos en los que fray Hortensio aparece instrumentalizado, en uno al servicio de Góngora, en otro, al de El Greco. Finalmente, llamamos la atención sobre la poesía paraviciniana y su trayectoria editorial, procurando hallar el momento a partir del cual comenzó a perder interés, desapareciendo del panorama, hasta hoy. Nos sirve además ese último apartado para reivindicar la faceta poética de fray Hortensio Paravicino, tan frecuentemente opacada por su papel de predicador. Sin más dilación, abrimos esta reflexión compartiendo el deseo de quien por primera vez reunió la poesía de su protagonista: Sea pues esta recopilación un sollozo breve de un llanto largo para resucitarle a bramidos en la memoria de todos, ya que en la verdad no puedo. 5 2. La difusa sombra de un poeta trinitario A la hora de intentar acercarnos a la figura de Paravicino, son más las investigaciones en las que podemos encontrar referencias a él debido a su relación con algún otro personaje relevante de su época que por lo que a su faceta de creador se refiere. Los escritores, y artistas en general, tal vez debido a esa sensibilidad o don especial con los que están dotados, suelen ser temperamentos excepcionales y, en gran parte debido a eso, incomprendidos y solitarios a pesar de su popularidad; siempre es fascinante recrearse en las relaciones que entre ellos se establecen, compartiendo intereses que resultan ajenos al resto del mundo, en una especie de comunión de soledades. No obstante, esto conlleva el peligro de que algunos queden perdidos en esa comunión, relegados al papel de intermediarios entre otras personalidades que, por uno u otro motivo, acaparan más interés que la suya en el discurrir de la historia. Tal es el 5 Antonio Osorio, «Al que leyere», en Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, pp. 130-132, p. 132.
3 caso de nuestro trinitario: fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, al menos dos veces retratado por El Greco y fiel defensor de Góngora, quien ha recibido más atención como modelo del primero y amigo del segundo que por su propia obra. Al margen del tratamiento circunstancial de las investigaciones del Siglo de Oro, la figura de fray Hortensio Paravicino es hoy bastante desconocida, olvidada por el canon institucional, cuando en su momento fue un personaje harto importante. Su celda era visitada por otros personajes reverenciados todavía hoy, en los que despertaba admiración sincera, figuras principales de la época, tanto del campo de las letras como del arte y la cultura en general. Mayor valor del que se le concede habría de encontrarse en Paravicino si despertó la admiración en personajes tan dispares como podían ser Lope de Vega y Luis de Góngora. No quiere esto decir que merezca nuestra atención por haber recibido la de tan notables hombres de letras, sino que algún motivo habría para que la despertase en ellos, motivo que deberíamos encontrar nosotros también. Sintomático es que a día de hoy, y en palabras de Francis Cerdan, «seguimos esperando una buena edición crítica de la poesía de Paravicino» 6 , lo cual señala después de enumerarnos brevemente las distintas ediciones impresas de la obra poética del trinitario: Durante su vida, solo alguna que otra composición religiosa, que había presentado en un certamen, las más veces bajo un seudónimo, se publicó en las relaciones del evento. Poco después de su muerte, hubo una edición bajo el título de Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga, Madrid, 1641, con reediciones en 1645 y 1650. En el siglo XVIII, en 1766, el Provincial de los trinitarios, publicó al final del tomo VI de su edición de los sermones de Paravicino, «Varias poesías, sagradas y morales, del mismo autor». Después, de manera aislada, se publicaron algunas composiciones, muy pocas en realidad. Entrando ya el siglo XXI, en 2002, Francisco Javier Sedeño Rodríguez y José Miguel Serrano de la Torre publicaron, en la colección «Autores recuperados» de la Universidad de Málaga, las Obras Póstumas, Divinas y Humanas de Don Félix de Arteaga según la edición 1641, con excelente introducción, buenas notas, pero con insuficiente establecimiento crítico del texto de la obra poética. 6 Francis Cerdan, «Paravicino y el Greco: un soneto inédito y un retrato desconocido», Criticón, 117 (2013), pp. 5-28, p. 5.
4 De hecho, aquellas de sus composiciones que más interés han suscitado son las que dedicó a El Greco en agradecida respuesta a los retratos que éste le hizo, interés que despierta precisamente por esa condición de respuesta al pintor más que por la entidad poética de las obras de fray Hortensio. No obstante, aunque no se cuente con tantos estudios como los dedicados a otros autores áureos, la obra de Paravicino ha sido estudiada con detalle por Francis Cerdan y, en menor medida, por otros investigadores, como Emilio Alarcos. En lo que a la configuración del canon en sí se refiere, no hemos de olvidar que se trata de un proceso histórico y que los criterios que se adoptan para delimitar el corpus de autores y obras que lo configuran varían conforme pasan las épocas pero, en el caso concreto de la poesía del Siglo de Oro, los propios contemporáneos de quienes escribían «comenzaron ya a delimitar el corpus de las obras integrantes y tendieron a configurar el canon de ese corpus instituido» 7 , como bien señala Begoña López Bueno. Las retóricas del propio siglo XVII sentaron ya las bases para la configuración del canon en épocas posteriores. Concretamente, Jaime Galbarro 8 señala la Elocuencia en arte de Jiménez Patón y el Jardín de la Elocuencia de José Antonio Hebrera y Esmir como las que establecen el canon literario español áureo, en las cuales están reflejados ya Lope de Vega, Góngora y Quevedo, plenamente canonizados a día de hoy. Si bien en estas dos retóricas no está representada la figura de Paravicino, sí que aparece en otras contemporáneas como la Censura de la elocuencia de Gonzalo Pérez de Ledesma, la Retórica de José de Olzina y la Rethorica Sagrada y Evangélica de Francisco de Améyugo, todas ellas orientadas a la predicación religiosa. Otra de las razones por las que Paravicino ha quedado casi relegado al olvido, mientras El Greco y Góngora, cada uno en su ámbito, son reverenciados a día de hoy, pese a que los tres tenían afinidades estéticas y compartían la aspiración de permanecer inmortalizados en la historia a través de la fama, es que la obra del trinitario no ha dado pie a tantas polémicas como las que han suscitado el oscurantismo del griego en el campo de la pintura o el cultismo de don Luis en el de la literatura. Esto se debe en parte 7 Begoña López Bueno, «Presentación», en B. López Bueno, ed., En torno al canon: aproximaciones y estrategias (VII Encuentro Internacional sobre Poesía del Siglo de Oro), Sevilla, Secretario de Publicaciones de la Universidad/Grupo PASO, 2005, pp. 9-13, p. 10. 8 Jaime Galbarro García, «Hacia una catalogación de las retóricas españolas más importantes del siglo XVII. Modelos, tendencias y canon poético», en B. López Bueno, ed., El canon poético en el siglo XVII (IX Encuentro Internacional sobre poesía del Siglo de Oro), Sevilla, Secretario de Publicaciones de la Universidad/Grupo PASO, 2010, pp. 77-92.
5 a que el mismo Paravicino procuró mantenerse al margen de las polémicas en su momento, pues se trataba de «tiempos convulsos, donde los corrillos, tertulias y academias se convertían en campos de batalla para poetas de uno y otro bando» 9 . Por ello, fray Hortensio llegó al punto de pedirle a Pellicer que retirase de su edición de las Lecciones Solemnes el folio donde lo alababa como precursor e inspirador del estilo culto de Góngora 10 . Sin embargo, no se ha concedido importancia a esa prioridad del trinitario, en una suerte que recuerda en cierto modo a la que corrió Boscán con Garcilaso en la centuria anterior –salvando la diferencia de que Boscán dio a imprenta sus obras junto a las de su amigo y Paravicino nunca quiso que su poesía se imprimiese–; a pesar de ello, más conocido es Juan Boscán que Hortensio Paravicino. En lo que a afinidad con El Greco se refiere, el profesor Cerdan señala que fray Hortensio «debía “reconocerse” de cierta manera en la estética del Greco, tanto en el cromatismo y los juegos de luces, como en el dinamismo interno patentes en numerosas obras de ambos» 11 . La obra del trinitario dio de qué hablar en su época y tuvo que defenderse de modo similar a Góngora, llegando las críticas recibidas a tal punto que aceleraron su camino a la tumba 12 , pero no generó una polémica de suficiente magnitud para continuar siendo tratada a día de hoy, como sí pasó con sus dos admirados amigos. De hecho, la parte de ella que más interés suscitó, tanto para bien como para mal, fue aquella que declamaba en el púlpito, sus sermones, que le granjearon el título del “gran Hortensio” entre sus contemporáneos. 3. Vires ab invidia 13 : Breve esbozo de la vida de Paravicino No es difícil intuir, a raíz de todo lo señalado anteriormente, que nuestro personaje tuvo una existencia interesante cuanto menos, pues, lejos de vivirla como un fraile recluido en su convento, experimentó durante unos treinta años lo que era la vida 9 Julián González-Barrera, «De pelícanos, turcos y monjas: a vueltas con la polémica de las Soledades», Anuario Lope de Vega, 15 (2009), pp. 113-125, p. 119. 10 Todo lo relativo a este asunto puede leerse en Jaime Galbarro García, «Lectores y lecturas de las Lecciones solemnes… de José Pellicer de Ossau y Tovar», en prensa. 11 Francis Cerdan, «Fray Hortensio Paravicino retratado por El Greco», Pliegos volanderos del GRISO, 14 (2011), pp. 1-18, p. 5. 12 Para estos datos véase Francis Cerdan, « Elementos para la biografía de Fray Hortensio Paravicino y Arteaga», Criticón, 4 (1978), pp. 52-55. 13 Entrambasaguas señala que Paravicino gustaba de aplicarse a sí mismo esta expresión en las ediciones propias con las que obsequiaba a sus allegados: Joaquín de Entrambasaguas, «Aportaciones a la bibliografía de Paravicino», en Homenaje al profesor Emilio Alarcos García en el centenario de su nacimiento: 1895-1995, tomo II, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1966, pp. 225-247.
6 cortesana, al tiempo que se sumergía de lleno también en los acontecimientos literarios que se sucedieron en el primer tercio del Seiscientos. Vino al mundo el buen Hortensio el 12 de octubre de 1580, en Madrid, hijo de don Mucio Paravicino, noble del milanesado, y doña Ana de Arteaga, una hidalga de Guadalajara 14 . Estos datos, que parecen ser claros y concisos, son en realidad un claroscuro de información que enmascara una realidad más complicada de la que aparentan. Las dudas acerca de la legitimidad de su nacimiento, señalada en su momento por quienes quisieron atacarle, se dispersaron cuando Francis Cerdan encontró en el Archivo Histórico Nacional de Madrid un documento notarial de 1600 al respecto. Para nuestra sorpresa, lo que parecía ser una injuria de sus enemigos para desprestigiarle, resulta ser cierto: Hortensio nació fuera del matrimonio y tuvo que ser legitimado ante notario después de su nacimiento 15 . Al parecer, sus padres tenían intención de casarse formalmente, pero cuando lo concibieron solo se habían unido en unos desposorios secretos que escapaban de las reglas establecidas por el Concilio de Trento. Por desgracia, don Mucio tuvo que partir a Italia a solucionar algunas cuestiones relativas a su hacienda, para encontrar al volver a España que la muerte se había llevado a su mujer poco después de dar a luz, antes de que pudiesen casarse como era debido. 16 Esos orígenes turbios, por calificarlos de alguna forma, que acabamos de señalar, son apuntados por Manuel Calderón 17 como posible incentivo para Hortensio a la hora de elegir vestir el hábito trinitario, pues la filiación religiosa supondría para él el respaldo ante la sociedad del que podría verse privado por su condición de hijo natural a la hora de promocionarse. En este aspecto, podríamos encontrar muy semejante su situación a la que viviría unos setenta años más tarde, y a un océano de distancia, sor Juana Inés de la Cruz. Pero contaría nuestro Paravicino con diecinueve años al escoger la vida religiosa y antes de ello le había dado tiempo ya a cursar Humanidades en el colegio de los jesuitas de Ocaña, donde coincidió con Quevedo, y de matricularse en la Universidad de 14 Francis Cerdan, «Paravicino y Arteaga, Fray Hortensio», en Pablo Jauralde Pou, dir., Diccionario Filológico de literatura española: siglo XVII, Madrid, Castalia, 2012, vol. II, pp. 32-43, p. 32. 15 Para estos datos véase Francis Cerdan, «Nuevos elementos para la bio-bibliografía de Fray Hortensio Paravicino», Criticón, 46 (1989), pp. 109-124, pp. 109-116. 16 Para estos datos véase la «Introducción crítica» de Francis Cerdan en su edición de los Sermones cortesanos de Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, Madrid, Castalia, 1994, pp. 9-32, p. 10. 17 Manuel Calderón Calderón, «Introducción», en fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, La Gridonia, ed. Manuel Calderón, Madrid, CSIC, 2009, pp. 11-34, p. 11.
7 Salamanca. Durante su estancia en dicha ciudad universitaria el arzobispo de Toledo le concedió derecho para obtener prebendas y dignidades eclesiásticas. También participó en esa época en la justa poética organizada por la Universidad a la muerte de Felipe II, en la que compitió también Bartolomé Leonardo de Argensola, quien recibió, como Hortensio, una mención especial 18 . Tras profesar, fue enviado al convento-universidad de Santo Tomás de Ávila y allí se graduó como Maestro en Teología en 1602 –título que convalidaría en Salamanca un año más tarde–, sin haber cumplido aún los veintidós años, como señala Lope de Vega: Maestro en la sagrada teología de poco más de veinte, suficiencia que la Academia en éxtasis tenía. 19 La siguiente fecha digna de mención en la vida de fray Hortensio es 1606, año en que se traslada a Madrid siguiendo a la corte, y es nombrado definidor de su Provincia. Residirá Paravicino desde entonces hasta su muerte en el convento trinitario de la calle Atocha, con estancias esporádicas en otros conventos debido a su condición de definidor. Es en esta época cuando comienza a tejerse su amistad con El Greco, cuyo taller era prácticamente vecino del convento de trinitarios de Toledo, en el que nuestro autor se hospedaría ocasionalmente. Cerdan señala la fecha de 1609 para la realización del primer retrato que el cretense pintó teniendo como modelo a fray Hortensio, del cual se conserva una copia en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad de Sevilla 20 , y la de 1613 para el segundo, más conocido, que se conserva en Boston. Los motivos que el pintor pudiera tener para elegir al trinitario como modelo son un misterio, pues la relación entre ellos sigue sin conocerse en profundidad, pero sin duda hubo de tener que ver la afinidad que existía entre los espíritus de ambos hombres sin que afectase en absoluto la diferencia tanto de edad –se llevaban casi cuarenta años– como de formación que los separaba. También debió contribuir la admiración mutua que se profesaban, de la que tenemos prueba en los cuadros del griego y los sonetos de fray 18 Para estos datos véase Francis Cerdan, «Elementos para la biografía de Fray Hortensio Paravicino y Arteaga», Criticón, 4 (1978), pp. 37-74, pp. 40-41. 19 Félix Lope de Vega y Carpio, «Eliso, égloga en la muerte del Reverendísimo P. Maestro Fray Hortensio Félix Paravicino», en La vega del Parnaso, dir. Felipe B. Pedraza Jiménez y Pedro Conde Parrado, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2015, p. 603. 20 Anexo 2.
14 de una audiencia del Padre Maestro fray Luis de Aliaga, confesor del Señor Rey Don Felipe III”, como prueba de su amistad: Al que de la conciencia es del tercero Filipo digno oráculo prudente, de una y otra saeta impertinente, si mártir no lo vi, lo vi terrero. Tanto, pues, lo ceñía ballestero, cuanta lo estaba coronando gente, dejándole el concurso el despidiente hecho pedazos, pero siempre entero. Hortensio mío, si esta llamo audiencia, ¿cuál llamaré robusta montería, donde cien flechas cosen un venado? Ponderé en nuestro dueño una paciencia que en la atención modesta fue alegría, y en la resolución, sucinto agrado. Lo más probable parece ser que la enemistad señalada no llegase a existir realmente, o no pasase de rencillas menores del todo normales entre dos hombres que fueron amigos durante años, y que el soneto hubiese sido un intento por parte de un tercero para arruinar la buena relación entre ambos. Fuera como fuese, ambos estaban en buenos términos cuando Góngora hizo testamento, pues nombró a fray Hortensio como uno de sus albaceas, poder que le permitió dar licencia a Pellicer para que imprimiese las Lecciones Solemnes tras la muerte del poeta. Como hemos podido ver, contamos con numerosos datos que atestiguan las relaciones mantenidas por Paravicino tanto con El Greco como con Góngora; sin embargo, no hay constancia de que entre el cordobés y el cretense llegase a haber un contacto directo en su día, aunque se ha fantaseado mucho con la idea y ha dado pie incluso a una novela 37 . El “Doménikos” de don Luis, en lo que a retratista se refiere, fue Diego Velázquez, aunque una de las obras en las que el poeta quedó inmortalizado se 37 Ana Rodríguez Fischer, El poeta y el pintor, Barcelona, Alfabia, 2012. El tema central de la novela es la conversación que podrían haber entablado don Luis y Doménikos durante un hipotético encuentro en Toledo.
15 conserve en el mismo museo bostoniano 38 . Si bien es verdad que nunca ha sido necesario que dos artistas se conozcan realmente para rendirse tributo entre ellos, también es cierto que todo parece apuntar a que fray Hortensio fue ese punto común o puente entre ambos que llevó a la escritura del epitafio que don Luis escribió a Doménikos a su muerte en 1614. No resulta difícil imaginar al joven trinitario, conversando en su celda con Góngora de, entre otros muchos temas, el pintor al que tanto admiraba y que le había retratado en el cuadro que podían estar contemplando en ese mismo instante. Emilie Bergmann se plantea incluso que llegase a presentarlos: «Paravicino was a close friend of El Greco in Toledo, and may have introduced the painter to the Cordovan poet» 39 . También resulta interesante observar cómo las aspiraciones más “terrenales” de Góngora y El Greco se vieron frustradas conforme sus vidas avanzaban, plano en el que fray Hortensio triunfaba figurando como uno de los personajes más influyentes de su momento, mientras que en el aspecto más “espiritual” las suertes se intercambiaron. Con ello me refiero a la fama, objetivo perseguido por los tres para lograr cada uno su eco en la eternidad, pues se escuchan con nitidez los de El Greco y Góngora, pero el de Paravicino es tan tenue que apenas se oye si no es como reminiscencia en los de sus amigos. 5. Fray Hortensio instrumentalizado Una vez esclarecidas las relaciones personales entre las tres figuras que nos interesan, vamos a centrarnos ahora en lo que a relaciones artístico-literarias se refiere. Para ello, nos vamos a apoyar principalmente en dos publicaciones, una referida a la relación entre Paravicino y Góngora y otra referente a la que se puede establecer entre el trinitario y El Greco. El análisis de dichas publicaciones nos permitirá reafirmar la idea de que la gran mayoría de la atención prestada a fray Hortensio en los estudios modernos no se ha debido a que fuese suscitada por su obra en sí, sino a que podía relacionarse con el legado de otras figuras reconocidas en el canon actual. La primera publicación que nos va a servir de apoyo es el artículo «Paravicino y Góngora», publicado por Emilio Alarcos 40 en la Revista de Filología española. Dicho 38 Anexo 3. 39 Emilie Bergmann, «Art Inscribed: El Greco's Epitaph as Ekphrasis in Góngora and Paravicino», MLN, Vol. 90.2 (1975), pp. 154-166, p. 157. 40 Emilio Alarcos, «Paravicino y Góngora», Revista de Filología española, 24 (1937), pp. 83-88.
16 artículo parte a su vez de otro trabajo de Lucien-Paul Thomas 41 acerca de la relación literaria existente entre Paravicino y Góngora. La finalidad del trabajo de Alarcos es, siguiendo la cronología de publicaciones de Paravicino igual que Thomas, ver a partir de qué punto comienzan a apreciarse rasgos culteranos en las obras de fray Hortensio, para así poder afirmar quién fue cultista antes, si el trinitario o Góngora, más allá de lo que pudiese afirmar Pellicer en su Vida de don Luis de Góngora o en el folio mutilado de las Lecciones Solemnes que ya hemos mencionado. Para el profesor Alarcos, no hubo realmente influjo ni del madrileño sobre el cordobés ni a la inversa, sino que la obra de ambos fue el resultado de la tendencia de la época de acuerdo con el genio de cada cual. Concluye diciendo lo siguiente: Creo, pues, que ni Paravicino es un precursor de Góngora ni es el ejemplo de éste lo que le anima a introducir lo «culto» en la oración sagrada; pero me parece evidente cierta influencia del estilo gongorino sobre el de Fr. Hortensio. 42 Frente a las palabras de Pellicer, reproducidas así por Adrián Izquierdo en su edición de la Vida de don Luis de Góngora: […] según él (Góngora) confesaba públicamente, estudió la cultura en aquel peregrino ingenio, padre de la elocuencia de España, maestro sin duda de los maestros de ella, orador perfecto de nuestra edad, fray Hortensio Félix de Paravicino que, entonces como ahora, era asombro y ornamento de su nación. Decía don Luis que la atención con que oía sus oraciones evangélicas o sermones en el púlpito, la frecuencia con que asistía en su celda y la conformidad del ingenio, le despertaron a que aspirase a la alteza del lenguaje y grandeza de su estilo, y para esta verdad cotejaba los versos que escribió los veinte años antes de su muerte, hallando diferencia bien considerable en los antecedentes. Llenas ya de este furor sublime las ideas, capaces de ardor tanto, intentó el poema del Polifemo. 43 Es decir, que en este caso, la obra de fray Hortensio es doblemente relegada. Primero, cuando se procede a su análisis simplemente para reconocer méritos propios a otro poeta; segundo, cuando se le niega el mérito a él concedido por sus 41 Lucien-Paul Thomas, Le lyrisme et la preciosité cultistes en Espagne, Halle, Ehrhardt Karras, 1909. 42 Emilio Alarcos, «Paravicino y Góngora», Revista de Filología española, 24 (1937), pp. 83-88, p. 88. 43 José Pellicer y Tovar, Vida de don Luis de Góngora, ed. de Adrián Izquierdo, Université ParisSorbonne, LABEX OBVIL, 2016.
17 contemporáneos. De ello se infiere que no solo es poca la atención que a Paravicino se le rinde en la actualidad, sino que además cuando se le presta resulta contraproducente para que persista su memoria. El segundo artículo en el que nos vamos a apoyar para dar solidez a esta idea fue publicado por Francis Cerdan 44 con el título «Fray Hortensio Paravicino retratado por El Greco». El artículo comienza indagando en las relaciones existentes entre el trinitario y el cretense, cuestionándose acerca de la afinidad que sentían el uno por el otro en lo que a estética se refiere. Cerdan incluso reconoce la existencia de una filiación entre la pintura de Doménikos y los versos de fray Hortensio: […] más allá de la sincera admiración que experimentaba Paravicino por la pintura del Greco y que explicitó muy claramente en sus sonetos dedicados al toledano o en su comedia La Gridonia , una profunda afinidad en el dominio estético aunaba a los dos hombres. No quiero decir que los lienzos del Greco (que Paravicino tuvo la oportunidad de ver y contemplar con admiración en el taller del maestro o en otros lugares de Toledo) influyeron directamente en los versos del trinitario o en algunos de sus sermones, pero creo que se puede afirmar que entre ambos existe un evidente parentesco. 45 Sin embargo, el trabajo se desvía de este tema tan interesante, aunque tan difícil de esclarecer, y pasa a centrarse en los poemas dedicados al cretense por Paravicino. No hemos de inducirnos a error pensando que el análisis de los mentados poemas es realizado por el interés que sugieren ellos propiamente, pues no es esa la finalidad que se persigue, sino otra bien distinta: dilucidar, a partir de las composiciones que fray Hortensio escribió como agradecida respuesta por los retratos para los que había servido como modelo, las fechas en las que cada uno de los retratos del trinitario fue realizado. Una vez más, la obra de fray Hortensio sirve como instrumento a la hora de acercarse al legado de otro artista y merece atención por el nombre de esa otra figura que sí está reconocida en el canon actual, en este caso, en el de la pintura. De hecho, los poemas dedicados por Paravicino a El Greco captaron antes la atención de historiadores del arte que de filólogos, lo cual ya resulta significativo de antemano. 44 Francis Cerdan, «Fray Hortensio Paravicino retratado por El Greco», Pliegos volanderos del GRISO, 14 (2011), pp. 1-18. 45 Francis Cerdan, «Fray Hortensio Paravicino retratado por El Greco», Pliegos volanderos del GRISO, 14 (2011), pp. 1-18, p. 2.
18 6. El legado poético de fray Hortensio Paravicino: Obras póstumas, divinas y humanas de Don Félix de Arteaga Ahora que hemos visto, a grandes rasgos, qué lugar parece ocupar la poesía paraviciniana en el panorama actual, parece oportuno que nos acerquemos a ese legado que hemos tratado en cierto modo de reivindicar desde el inicio de este trabajo. Como ya veníamos anunciando anteriormente, la faceta de poeta de fray Hortensio no ha recibido mucha atención en los estudios de literatura del Siglo de Oro, pues ha quedado a la sombra de otras figuras más enaltecidas, por un lado, y de su propia faceta de predicador, paradigma de orador cultista 46 , por otro. Él mismo tiene en parte culpa de ello, pues nunca dio su obra a la imprenta y cuando ésta se estampó al fin fue con carácter póstumo, compilada por Antonio Osorio bajo el título de Obras póstumas, divinas y humanas de Don Félix de Arteaga en 1641. No obstante, esta edición de las Obras póstumas no es la primera muestra de poesía impresa de fray Hortensio de la que disponemos 47 . Se publicaron siete composiciones suyas en la recopilación que Matías Porres hizo tras la justa poética organizada con motivo de las honras fúnebres de Felipe II que se celebraron en la Universidad de Salamanca en 1598, de la cual se conserva aún hoy un original en la Biblioteca Nacional de Madrid 48 . De esas siete composiciones, solo se incluye en las Obras póstumas la titulada «Canciones en la muerte de Felipe Segundo para las honras que le hizo la Universidad de Salamanca, la cual, aunque el autor era entonces muy mozo, hizo tanto caso de ellas que las sacó con otras de Bartolomé Leonardo de la competencia de los demás». Las otras seis serían recopiladas y publicadas dos veces por José Manuel Blecua, primero en 1949 en el trigésimo tercer número de la Revista de Filología Española, como «Poemas Juveniles de Paravicino», artículo que incluyó en 1970 en su libro Sobre la poesía de la Edad de Oro: (ensayos y notas eruditas) 49 . 46 Sobre el estilo de la oratoria de fray Hortensio puede leerse en Emilio Alarcos García, «Los sermones de Paravicino», Revista de Filología Española, 24 (1937) pp. 162-197, así como en la «Introducción crítica» de Francis Cerdan en su edición de los Sermones cortesanos de fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, Madrid, Castalia, 1994, pp. 9-41. 47 Lo que se referirá a partir de aquí sobre los impresos de la obra de Paravicino puede confrontarse con Francis Cerdan, «Bibliografía de Fray Hortensio Paravicino», Criticón, 8 (1979), pp. 1-149, pp. 87-108. 48 Exequias a la muerte del Rey D. Felipe II, Salamanca: s. n., 1598. BNE, VE/1190/1. 49 José Manuel Blecua, «Poemas juveniles de Paravicino», en Sobre la poesía de la Edad de Oro: (ensayos y notas eruditas), Madrid, Gredos, 1970, pp. 257-270.
19 También se conservan, en la Biblioteca Nacional de Madrid 50 y en la de París 51 , ejemplares de la Descripción de la Capilla de Nuestra Señora del Sagrario… 52 , impresa en Madrid en 1617, dentro de la cual incluyó Pedro de Herrera las «Canciones a la Asunción de Nuestra Señora» que Paravicino compuso para el certamen poético que se celebró en las fiestas del Sagrario de Toledo en 1616 y firmó bajo el pseudónimo de Padre Presentado Juan Centeño de la Orden de la Santísima Trinidad. Existe una última muestra de poesía paraviciniana impresa antes de las Obras Póstumas de la que conservamos un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Madrid 53 : las décimas espinelas “A un toro que mató su majestad de un arcabuzazo”, firmadas bajo el pseudónimo de Don Enrique Manuel, que se incluyen en el Anfiteatro de Felipe el Grande, Rey Católico de las Españas de José Pellicer de Tovar, publicado en Madrid en 1631. Como se advierte, la producción impresa de Paravicino en vida se corresponde con una serie de composiciones poéticas de circunstancias y, generalmente, camufladas bajo un seudónimo, nunca una recopilación sistemática de su producción, como sí pretendía serlo el borrador que Antonio Osorio llevó a la imprenta. A la edición madrileña de 1641 de las Obras póstumas, en casa de Carlos Sánchez, le seguirían la de Lisboa en 1645 y otra de Alcalá en 1650. Después de estas ediciones, algunas poesías de Paravicino se incluyeron en el quinto tomo del Parnaso Español de Juan Joseph López de Sedano (1771), en el Romancero General recopilado por Agustín Durán (1849) y en el Romancero y cancionero sagrados por Justo de Sancha (1855). En el siglo XIX no se publicarían de fray Hortensio más que los poemas que se prestaban a ser citados en estudios críticos en los que se desarrollaba un tema que no lo tenían ni a él ni a su poesía como protagonistas. Como podemos imaginar, a raíz de lo 50 Descripción de la capilla de Nª. Sª. del Sagrario que erigió en la Sta. Iglesia de Toledo el [...] Cardenal D. Bernardo de Sandoual y Rojas…, por el licenciado Pedro de Herrera (En Madrid: en casa de Luis Sánchez, 1617). BNE, 2/42682 y 3/59097. 51 Descripción de la capilla de Na-Sa del Sagrario, que erigió en la Sta. iglesia de Toledo el […] cardenal D. Bernardo de Sandoval y Rosas..., por el licdo Pedro de Herrera [Texte imprimé] (En Madrid: L. Sánchez, 1617). FRBNF30598843. 52 Digitalización disponible en: http://fondosdigitales.us.es/fondos/libros/3565/8/descripcion-de-lacapilla-d-na-sa-dl-sagrario-que-erigio-en-la-sta-iglesia-d-toledo-el-cardenal-d-bernardo-de-sandoual-yrojas-arcobpo-sic-de-toledo-y-relon-de-la-antiguedad-de-la-sta-imagen-con-las-fiestas-de-su-traslacion-cpor-pedro-de-herrera/. 53 Anfiteatro de Felipe el Grande..., dedicale a su magestad Don Ioseph Pellicer de Touar ... [Texto impreso] (En Madrid : por Iuan Goçalez, 1631). BNE, 2/55065.
20 que se ha venido desarrollando a lo largo del trabajo, esos poemas no fueron otros sino los dedicados a El Greco y los dirigidos a Góngora. Así pues, es en el siglo XIX cuando la poesía de Paravicino pierde interés para los estudiosos de la literatura y pasa a ser considerada una herramienta de apoyo a la hora de enfrentarse al estudio de otros ingenios. En una fecha más cercana a la nuestra, tras cotejar las tres ediciones de las Obras póstumas, las únicas que contienen el texto íntegro, Francisco Javier Sedeño Rodríguez y José Miguel Serrano de la Torre 54 toman como base para la que es la edición más actual de las poesías completas de Paravicino, publicada en la colección «Autores recuperados» de la Universidad de Málaga en 2002, la prínceps, debido a los errores encontrados en las que la siguieron. Francis Cerdan, a quien podríamos considerar máxima autoridad en lo que a estudios sobre fray Hortensio se refiere por lo mucho que ha indagado en su figura, considera que esta edición cuenta «con excelente introducción, buenas notas, pero con insuficiente establecimiento crítico del texto de la obra poética» 55 . Ciertamente, no se puede considerar una edición crítica ni se presenta como tal, pues sus editores aclaran en el prólogo que la finalidad que persiguen «es sólo recuperar la lectura para universitarios de clásicos españoles cuya dificultad radica en la falta de ediciones modernas o en la costosa accesibilidad a sus fondos» 56 . Recurrir a los impresos a la hora de elaborar una edición de las poesías de Paravicino en la actualidad parece ser el camino más sencillo y sensato, pues se dan por perdidos muchos de los manuscritos, entre ellos los autógrafos. Esa desaparición es debida a varios factores, siendo el primero de ellos la personalidad del propio fray Hortensio que, una vez más, en palabras de Francis Cerdan «era muy generoso» 57 repartiendo sus papeles. A su muerte, fray Hortensio Ramírez, Provincial de los Trinitarios, reunió todos sus documentos y libros, que quedaron guardados en una cuadra del Convento de la Santísima Trinidad de la calle Atocha, que había sido la residencia de Paravicino durante la mayor parte de su vida. Por desgracia, no se sabe qué pasó con esta biblioteca 54 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002. 55 Francis Cerdan, «Paravicino y el Greco: un soneto inédito y un retrato desconocido», Criticón, 117 (2013), pp. 5-28, p. 5 56 Francisco Javier Sedeño Rodríguez y José Miguel Serrano de la Torre, «Criterios de edición», en su edición de las Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga, de Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, pp. 123-124, p. 124. 57 Francis Cerdan, «Paravicino y Arteaga, Fray Hortensio», en Pablo Jauralde Pou, dir., Diccionario Filológico de literatura española: siglo XVII, vol. II, Barcelona, Castalia, 2012, pp. 32-43, p. 40.
21 paraviciniana después de que las tropas napoleónicas saqueasen el convento, que fue además Biblioteca Real durante un tiempo. No obstante, se hicieron muchas copias de los manuscritos que se agruparon en obras de carácter colectivo a lo largo de todo el siglo XVII en España y Portugal, de modo que las que han llegado hasta nosotros han podido ser inventariadas por Francis Cerdan en la entrada dedicada a fray Hortensio en el Diccionario Filológico de literatura española: siglo XVII, vol. II, por Pablo Jauralde Pou. En cuanto a la acogida de la poesía de Paravicino, parece ser que fue buena. Tendríamos prueba de ello, por ejemplo, en esa mención especial que le fue concedida en el certamen celebrado por las honras fúnebres de Felipe II, o en el reconocimiento que tuvo del mismísimo Quevedo, enemigo declarado del estilo culto al que se adscribía el estilo de fray Hortensio. No obstante, también fue objeto de burlas y censuras, siendo el mayor ejemplo de ello la broma introducida por Calderón en El Príncipe constante, donde, como señala Isabel Hernando Morata, «además de utilizar una enrevesada sintaxis, inventó la palabra “empononio” para referirse a la peculiar lengua del fraile» 58 : Una oración se fragua fúnebre, que es sermón de Berbería: panegírico es que digo al agua, y en emponomio horténsico me quejo, porque este enojo, desde que se fragua con ella el vino, me quedó, y ya es viejo. 59 A pesar de todo, no es de extrañar que se dirigiesen ataques de este tipo a la poesía de Paravicino, cuya producción enmarcan Juan Manuel Rozas y Miguel Ángel Pérez Priego 60 en la segunda generación de poetas barrocos (nacidos en 1580), junto a otros declarados seguidores y discípulos de Góngora como Pantaleón de Ribera. En vida, fray Hortensio reaccionaba apasionadamente a estas acusaciones, catalogándolas como muestra de envidia por parte de quienes no le querían bien. 58 Isabel Hernando Morata, «Paravicino y las letras», en Rebeca Lázaro Niso, Carlos Mata Induráin, Miguel Riera Font y Oana Andreia Sâmbrian, eds., Iglesia, cultura y sociedad en los siglos XVI-XVII, Nueva York, IDEA/IGAS, 2016, pp. 51-62, p. 54. 59 Pedro Calderón de la Barca, El Príncipe constante, Cambridge, Cambridge University Press, 2013, p. 18. 60 Juan Manuel Rozas y Miguel Ángel Pérez Priego, «Trayectoria de la poesía barroca», en Francisco Rico, coord., Historia y crítica de la literatura española. 3. Siglos de Oro: Barroco, Barcelona, Crítica, 1983, pp. 631-668, pp. 637 y 645.
22 Por último, consideramos oportuno llamar la atención sobre ese carácter dual que se adivina en Paravicino al descubrir su poesía, pues no parece aleatorio que las Obras póstumas le fueran atribuidas empleando sus segundos nombre y apellido y recurriendo al tratamiento de “don” y no de “fray” como era habitual. Nuestro autor parece contener en sí mismo, bien separadas y delimitadas, una faceta apolínea y otra dionisíaca: de un lado, fray Hortensio Paravicino, Predicador del Rey, el religioso que declama sermones en el púlpito con la solemnidad del eco de su voz reverberando en las paredes de una iglesia; de otro, Don Félix de Arteaga, poeta, el hombre que escribe sonetos de amor inclinado sobre su escritorio en el silencio apenas interrumpido por el crepitar de una vela que se consume en la noche. Visto así parecen contraponerse dos vidas paralelas, una espiritual, con la figura de fray Hortensio perfectamente visible ante un público para que le reconozca, y otra terrenal, oculta tras pseudónimos o segundos nombres que él no tenía problema en compartir con amigos, pero que nunca quiso sacar a imprenta ni dar a conocer. Sin embargo, no hemos de olvidar que él era un solo hombre, y su nombre: Hortensio Félix Paravicino y Arteaga. 7. Conclusiones: «que merezca como vos / ser envidia de los dioses» 61 La respuesta que buscábamos al dar inicio a esta pequeña investigación ha sido hallada: la causa por la que Paravicino es hoy casi un desconocido en el mundo de las letras tiene su origen en el siglo XIX, cuando su vida y su obra fueron instrumentalizadas y puestas al servicio del estudio de otras personalidades. Este siglo lo maltrató terriblemente y ni sus sermones, que tantos halagos reciben hoy, salieron bien librados 62 . Ello llevó a que la figura del trinitario fuera despojada progresivamente del valor que le correspondía, de modo que el interés en él y su producción fue decayendo hasta que quedó casi completamente enmascarado por las sombras de otros. Como reacción contraria a esa tendencia, este trabajo ha hecho de Fray Hortensio su protagonista, siendo algunos de esos otros a los que se suele subordinar, concretamente El Greco y Góngora, los que sirven de instrumento para conocerle mejor y para demostrar la hipótesis de su instrumentalización. 61 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, «Romance», en Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, p. 161. 62 Puede consultarse como prueba el artículo de D. R. García Sánchez, «Prosistas sagrados», El fomento literario, 6 (1864), p. 1, donde los escritos de fray Hortensio se consideran «faltos de talento y erudición». Disponible en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0005269181&page=1&search=paravicino+hortensio&lang= es.
23 Profundizar en los aspectos relativos a su vida nos ha permitido comprobar lo interesante que sería recuperar la figura del trinitario prestándole la atención que le fue arrebatada: la peripecia vital de Paravicino nos sirve para ilustrar una época a partir de tantas facetas que resulta casi abrumador, pues, siguiendo a un solo hombre, podemos movernos por la corte, subir a los púlpitos y oír tertulias literarias en una humilde celda trinitaria. De su mano, podemos descubrir entresijos del mundo de las letras hispánicas que van más allá de las rencillas, de las polémicas y de los estilos, y ver cómo los límites entre diferentes manifestaciones del arte, como lo son pintura y literatura, se diluyen. Prestar atención particularmente a su poesía, tan a menudo dejada de lado por la preferencia que hasta él mismo sentía por sus sermones, nos ha hecho descubrirla como ejemplo de una tendencia y ver que como tal ha de ser estudiada, no como fuente de inspiración o como fruto de influencias ajenas. De ese modo, se evita el silencio en que ha estado sumida su obra, en el que parece que se cae procurando evitar la discusión sobre la prioridad temporal de su estilo, como si el reconocerla fuese a restar reconocimiento a Góngora para proporcionársela a fray Hortensio. Todo ello nos lleva a defender que fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga merece ser revalorizado y rescatado del aletargamiento en que se encuentra, de modo que los estudiantes de Filología Hispánica no extrañemos su nombre y los de Historia del Arte reconozcan al verlo a un poeta español, del mismo modo que reconocen a Góngora en el retrato de Velázquez, y no a un fraile trinitario más retratado por El Greco. Como el sol tras una larga noche, hemos de ayudarlo a salir de las sombras y alzarse de nuevo. No los disgustos nos venzan, temporal es la fortuna, si el sol muere muchas veces también resucita muchas. 63 63 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, «Romance describiendo la noche y el día, dirigido a Don Luis de Góngora», en Obras póstumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga: Poesías completas, ed. Francisco Sedeño Rodríguez y J. Miguel Serrano de la Torre, Málaga, Universidad de Málaga, 2002, p. 141.
30 Anexo 4: El entierro del conde de Orgaz, por El Greco. El único personaje que mira de frente es el propio Doménikos, autorretratado en el cuadro.