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El Cardenal Cisneros : (romance histórico), 1516

L. V. y D.

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(ROMANCE HISTORICO.) im. I. En tm sencillo aposento de la morada que habita en Madrid, el Cardenal Gobernador de Castilla, discutiendo varios nobles, mas que con calor con ira, aguardan ásu Eminencia que está celebrando misa. Enriquez yPimenteles, Haros, Girones, Medinas, ven allí representantes de sus progenies altivas ; yáfé que las duras mallas ylas corazas bruñidas que en vez de brocado ópieles sus anchos hombros cobijan, maniSestan álas claras que su temprana visita ni es respetuoso homenaje, ni rasgo de cortesía. Sus descompuestas palabras odio ycólera respiran hacia el poder vigoroso que sus blasones humilla. ymas de una vez, llevados por la pasión instintiva que el reconcentrado fuego de sus miradas indica, con ademan arrogante de indomaWe altanería se vid buscar el acero ásu diestra convulsiva. —«¿Hasta cuándo, un Benavente esclama, serán sumisas nuestras cervices al yugo que nos cubre de ignominia? Ta lo veis, para ese fraile, que valiéndose de intrigas tiene hoy en su mano el cetro yen ambos mundos domina, somos cual viles lacayos dplebe desconocida, áquien se hace en la antesala esperar una sonrisa.» —«¡Voto átal !contesta uri Haro, cuyas tostadas mejillas cubren del orgullo herido las arrebatadas tintas; ¡voto átal! que si esas fijases que aun me hieren sin oirlas, procediesen de otra boca mas baja dmenos amiga, pronto les diera mi espada contestación merecida, cortando la torpe lengua que se atrevid áproferirlas. » —«Guardad de ese ardor los bríos para otra causa mas digna, que áquien dobla cual vasallo ante un fraUe la rodilla, ni cuadran tales arranques que la humüdad abomina, ni le están bien otras armas que el hisopo yla capilla. » —«Paz, señores; interrumpe Enríquez, cuya política en aras de la prudencia las pasiones sacrifica. ¿Es posible que arrastrados por inútiles rencillas deis al olvido el objeto que causa nuestra venida? Mal consejero es el odio ymal amigo la envidia cuando en asuntos de Estado la imaginación vacila. Tengamos calma un instante, aguardemos la salida del Arzobispo Cisneros que acaso ya se aproxima, yesponiendo nuestras quejas con voz severa ytranquila, escuchemos las razones con que su conducta esplica.» Pero tan digno consejo las pasiones no mitiga, yal oir que se respeta la autoridad combatida, unos la atacan por dura, otros la tachan de indigna, otros porque de las Córtes la aprobación necesita; todos peroran áim tiempo, yátal estremo se agitan que mas parece im tumtilto que ima reunión pacífica. —«¡Basta de contemplaciones que han de causar nuestra ruina! prorumpe con voz de trueno un Girón, ardiendo en ira. Acordémonos, señores, que en ocasión parecida nuestros ilustres abuelos esgrimieron la cuchilla, ysi un Beltran de la Cueva yun Luna, vieron perdida su privanza ante el empuje de los nobles de Castilla, no ha de conseguir un fraüe empresa tan atrevida, que la fuerza de su brazo de nuestro silencio es hija. Al campo, pues; de la Córte dejad las sendas torcidas. Al campo, yque viva el rey, si jura nuestras firanquicias.» Un aprobador murmullo espresa las simpatías de los oyentes, que acojen sin discutir la medida; mas al dirigir sus pasos ála puerta de salida se abre esta yel Cardenal se les ofrece ála vista. n. El conqTÚstador de Orán; el hombre que ante la historia se ha presentado ceñido por una triple aureola; el que invirtiendo sus rentas en inmarcesibles obras, alzó con ellas un templo álas letras españolas, yde la naciente imprenta, como muestra portentosa dejó en la Biblia poliglota un monumento de gloria; el que sostuvo en sus manos el peso de dos coronas, haciendo morder el polvo áuna nobleza orgullosa, ningún distintivo ostenta que revele en su persona la suprema dignidad que ejerce con tanta honra. Tosco sayal franciscano cubre sus enjutas formas, como testigo elocuente del origen que le abona, ycon sandalias de cuerda bajo del hábito asoman aquellos pies que del trono pisan las regias alfombras. Dnicamente en su pecho luce la muceta roja con que premiar sus virtudes quiso la Sede apostólica, como para hacer patente que por la fé religiosa vertería de su sangre hasta la postrera gota. Pero en cambio ¡qué grandeza hay en su frente espaciosa! ¡qué penetración se advierte en su pupila recóndita! Tras de la humilde apariencia de que su esterior blasona, ^de la energía ydel génio arder la Uama se nota, revelando sus miradas esa fuerza misteriosa de los hombres áquien Dios sobre los hombres coloca. Ttanto es así, que al verle la reunión tumultuosa retrocede subyugada ysu rencor aprisiona. 111. —«Escusadme, caballeros, si he tardado ápesar mio,> dice el noble Cardenal tomando asiento tranquilo; «y ora esponed francamente de vuestra queja el motivo, que si él esjusto yyo puedo, no sereis desatendidos.» Mas aunque así les invita, aquellos nobles altivos, ópor cólera ,ópor miedo, guardan estraño mutismo; hasta que al fin Benavente, interpretando atrevido el pensamiento de todos, responde en tono conciso: —«La nobleza castellana quiere, señor Arzobispo, que en la dirección del reino sea su voto atendido. Es costumbre que han guardado los reyes durante siglos, yno es cosa ¡vive Dios! que la rompan sus ministros.» —«Aunque para obrar cual obro, le contesta el gran político, . puedo presentar, señores, un incontestable título, estoy dispuesto ácederos el gobierno que no ansio, si citáis en vuestro apoyo un fundamento legítimo. ¿Qué monarca ha sancionado ese privñegio inicuo? ¿qué ley concede álos nobles tan inmenso poderío?» —«¿Qué ley? La de la conquista; el derecho que ha nacido dela salare derramada z' en combates infinitos. Nuestra espada cred el reino, ysi un Señor consentimos, la autoridad nos compete cuando el trono está vacío.» —«La autoridad es de Dios, yél se la dá álos unjidos para velar sobre el pueblo, como padres por sus bijos. Por voluntad de Femando, hasta que su nieto invicto venga áceñir la corona, debo ejercerla, aunque indigno; ysi apelando ála fuerza intentareis impedirlo, áfin de guardarla incólume, el cielo me dará auxilio.» —«¿Addnde están los poderes de que os creeis revestido? Mostradlos: sepa Castilla quién la manda ycon qué títulos.» —«Los vereis, dice Cisneros, yabriendo un balcón vecino, añade: «para vosotros no pueden ser mas legítimos.» Con asombro yestrañeza, se agolpan áser testigos los nobles; pero bien pronto retroceden confundidos, que en im llano que se estiende delante del edificio, miran formado xm ejército de continente aguerrido. —«Aquí teneis mis poderes, dice el Cardenal ministro, creo que harán respetable de la diadema el prestigio, que hasta la ley es inútil sin apoyo positivo, yante argumentos de espada, quien razona está perdido.» Aquella osada energía que aniquiló el íeudalismo, hizo posibles las glorías del inmortal Cárlos Quinto; ysi en los presentes males aun nos consuela su brillo, lo debemos áCisneros, ál fraile de San Francisco. li. V. yD. DEPÓSITO CENTRAL, LIBBEBÍA DE LA VIUDA ÉHIJOS DE D. J. CUESTA, Carretas, 9. MADRID: 1870. establecmiento tipográfico de EduardoCuesta, Rollo, 6, bajo.