¿Democracia islámica?: De la primavera árabe al invierno musulmán
Abstract
Este artículo analiza el recorrido de las conexiones entre el islam y los procesos democratizadores que se aglutinaron en tono a la “primavera árabe”, originados por las multitudes en las calles. Este proceso, aún inconcluso, vislumbra un final menos feliz de lo esperado en el cual juega un rol definitorio la religión coránica, enemiga de la democracia. Frente a ello, el autor propone, en primer lugar, los rasgos que definen la democracia para luego relacionarlos con el núcleo de la tradición coránica y, finalmente, establecer cómo los movimientos religiosos han obrado en relación a los principios democráticos.
Full text
ISSN 1390-3837, UPS-Ecuador, No. 19, julio-diciembre 2013, pp. 17-48. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán Islamic democracy? From the arab spring to the muslim winter Antonio Hermosa Andújar1 [email protected] Resumen Este artículo analiza el recorrido de las conexiones entre el islam y los procesos democratizadores que se aglutinaron en tono a la “primavera árabe”, originados por las multitudes en las calles. Este proceso, aún inconcluso, vislumbra un final menos feliz de lo esperado en el cual juega un rol definitorio la religión coránica, enemiga de la democracia. Frente a ello, el autor propone, en primer lugar, los rasgos que definen la democracia para luego relacionarlos con el núcleo de la tradición coránica y, finalmente, establecer cómo los movimientos religiosos han obrado en relación a los principios democráticos. Palabras claves Democracia, Estado, religión, principios democráticos, primavera árabe, religión coránica Abstract This article analyses the extend of the connections between islam and the democratization processes that came together with the “arab spring”, originated by the crowds on the streets. This process, even, envisages a less happy ending than what was expected, in which Coran’s religion plays a definitive role, enemy of democracy. In face of this, the author proposes, firstly, the features that define democracy to then relate them with the nucleus of Coran’s tradition and, finally, establishes how religious movements have acted in relation to democratic principles. Keywords Democracy, State, religion, democratic principles, arab spring, Coran’s religion. Forma sugerida de citar: HERMOSA ANDÚJAR, Antonio (2013). “¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán”. En: Universitas, XI (19), julio-diciembre, p. 17-48. Quito: Editorial Abya Yala/Universidad Politécnica Salesiana. 1 Docente de la Universidad de Sevilla-España. Director de la Revista Araucanía.
18 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 Introducción En el mundo árabe, las sociedades islámicas han tejido una polifacética red de “resistencia y protesta” (Bennani-Chraïbi y Fillieule, 2004)2 desde tiempos inmemoriales, mientras las lealtades familiares, tribales o regionales dominaron incontestablemente la zona (Hourani, 1968) o también mientras el nacionalismo autoritario dominaba la escena pública; pero hasta lo que se ha dado en llamar “primavera árabe” nunca rozaron el corazón de la democracia. Cuando se les ha querido buscar un cierto pedigrí se ha remontado especialmente hasta el Egipto del siglo XIX (o hasta los esfuerzos contemporáneos de Turquía3 y Líbano por construir puentes hacia la modernidad), cuando el Estado se ordena siguiendo el modelo organizativo francés; o bien al de las décadas de 1920 a 1950, cuando se produjo el experimento liberal que el nacionalismo árabe de Nasser y la hegemonía social y cultural de los hermanos musulmanes acabaron de enterrar. Algunas de las sociedades aludidas conocieron momentos de esplendor laico, como el propio Egipto, Iraq o Siria, países en los que determinados movimientos sociales acaban siendo políticamente representados por un partido único que, a imitación de los Estados totalitarios fascistas o comunistas, se adueñaba de las estructura del Estado bajo un jefe que se adueñaba de las estructuras del partido, transformándose en un régimen.4 Del laicismo que les inspiraba ideológicamente mantuvieron –por un tiempo y de manera interesada– los lazos que les unían a la secularización,5 en tanto segaban de un tajo cuanto les vinculaban a la democracia. A decir verdad, a finales del pasado siglo diversos países árabes incorporaron en su seno político ciertos rasgos claramente democráticos, como son los procesos electorales y el sistema multipartidista (opendemocracy.net). A partir 2 El libro está consagrado a la explicación de tales fenómenos sociales en el siglo XX. (Véase también Mernissi, 2003: 43-50). 3 Es la unidad cultural de los países islámicos, por lo demás no exenta de diferencias que la atraviesan geográfica, social, política, lingüística, cultural y hasta religiosamente, lo que nos lleva a veces a alinear a Turquía en el mundo árabe. (Para la diferencia entre árabes, turcos y persas véase Hourani, 2003: 119-122). 4 Lo que explica el exceso de burocratización presente en cada uno de ellos, típico de la tradición oriental, en la cual, por otro lado, el Estado es más “feroz” que fuerte. (Véase Ayubi, 1998: 580). 5 Seculares y nacionalistas, dice Zabaida, pero en todo caso no democráticas, sea que se aliasen con el constitucionalismo liberal, el fascismo o el socialismo (opendemocracy.net).
19 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán de ahí surgieron algunos fenómenos que denotan una mayor pluralización y liberalización de las sociedades islámicas, los cuales, aun cuando no se les puede calificar de democráticos, despertaron ilusiones de que ciertos efectos suyos emprendieran ese camino. Como afirma Ayubi, algunos de esos fenómenos forman parte de lo que puede llamarse “democracia cosmética”, pero nada impide que ahí se gestara de manera insospechada alguna raíz democratizadora. Un fuego que podía prender a partir de las algaradas callejeras que durante la década de los 90 sacudieron los cimientos de varios países como Marruecos, Túnez, Turquía e Irán; o bien a partir del refuerzo en la autonomía de la administración de justicia inspirado por el mayor relieve adquirido por la figura de la ley en el organigrama estatal; o bien a partir de los intereses que se concentraban en grupos definidos fuera del círculo gubernamental y de las asociaciones próximas a él; o incluso, por último, a partir de los pactos y las cartas nacionales mediante los cuales se accedía a una nueva legitimidad y estabilidad políticas o se aspiraba a una renovada reconciliación nacional (Ayubi, 1998: 596-602). Con todo, la conexión más profunda jamás establecida entre el islam y la democracia se ha producido a través de la llamada “primavera árabe”, un movimiento que probablemente adeuda su origen a las “revueltas por la comida” o las “protestas contra la austeridad” que antes incluíamos en las algaradas callejeras, y que tras su inicio en diciembre de 2010 en Túnez, se extendió como un reguero de pólvora por otros países colindantes. Lo que al principio se presentó en sociedad como una petición más de trabajo y como una demanda de mejora de las condiciones sociales de la población, pronto añadió una exigencia absolutamente revolucionaria a sus demandas habituales: la de libertad. Era la democracia lo que se buscaba junto a la introducción de cambios positivos en las condiciones laborales y los resultados, tan rápidos como inesperados, al menos por la mayoría de los negativamente afectados, pronto cambiaron la faz de diversos países de la región. La democracia se exigía al tiempo que era practicada por las multitudes en calles y plazas (opendemocracy.net); reclamó, contra la propia historia de los países musulmanes, instituciones, prácticas y procedimientos inspirados en la tradición occidental; clamó sin cesar contra sus propios gobernantes en lugar de hacerlo, al son de una cacareada ideología, contra sus enemigos naturales y, en su empuje, terminó por derribar sucesivamente a varios déspotas de sus tronos, interrumpiendo además esa cadena
20 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 tiránica de poder que se configura tan pronto como el detentador del mismo piensa en forjar su propia dinastía, según nos enseñara Herodoto (2000: 96105) milenios atrás. Dicho proceso no ha concluido todavía, pero ya ha experimentado cambios sustanciales que hacen prever para el mismo un final menos idealista del que se prometió. En ese final no feliz, nuestra convicción es que la religión coránica, enemiga de la democracia, ha jugado un papel esencial. Intentaremos, en el resto del trabajo, 1) fijar algunas de las características básicas de toda democracia (con independencia de que muchas de ellas no se cumplan o no en los países occidentales) y 2) relacionarlas con el núcleo de la tradición coránica, es decir, analizar cómo los movimientos religiosos que actúan en su nombre y son partidarios de su imposición al conjunto de la sociedad, han obrado hasta aquí en relación con los principios democráticos que en la actualidad dicen sustentar y practicar. Principios democráticos El primero de ellos, tanto histórica como normativamente, y condición de los demás, es la secularización, vale decir, la separación entre religión y política, que en su origen tardo-medieval se manifestó como separación entre la Iglesia y el Imperio6 y más tarde como separación entre la Iglesia y el Estado. El paso supone una revolución en toda regla, tanto respecto de la inmanencia de la política como para la constitución del individuo y su reconocimiento jurídico como sujeto de derechos. Es también, en cuanto hecho, el antecedente del laicismo, la cara teórica de la medalla secularizadora. 6 Acerca de dicha problemática la bibliografía es infinita, por lo que solo recordaré aquí uno de los textos más brillantes que conocemos, el de Paolo Prodi (2000). Prodi considera que esa separación es una de las señales distintivas del proceso de formación de las libertades y de su consolidación democrática en las sociedades occidentales (que completará más tarde con otro texto igualmente excepcional dedicado a las relaciones entre Estado y mercado, en el que la necesaria autonomía de uno y otro resultan decisivas para la libertad [Prodi, 2009]). De ahí su lamento en el capítulo final, ante el hecho más que manifiesto de la imposición de la ley positiva sobre la ley moral. Con todo, la pérdida de autoridad religiosa que esto último conlleva –la Iglesia es el poder principal que subyace a la validez de la norma moral– no solo nos parece un hecho positivo, sino una condición indispensable para el mantenimiento de las libertades, en especial la de conciencia, básica en la configuración de la dignidad individual.
21 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán El laicismo, que considera el mundo humano como una realización humana y al Estado como un ente sustancialmente autónomo de la religión, considera asimismo a la religión como un ente sustancialmente autónomo del Estado y la práctica de las creencias religiosas como un derecho individual. Solo que ahora la religión ha dejado de ser la estrella que guía el rumbo de la sociedad a través de sus magos o de los híbridos a los que transustancia, como los reyes, y ha abandonado la esfera pública para encerrarse en el ámbito privado, donde continua siendo la luz de la conciencia de los fieles. Por decirlo con palabras de Marcel Gauchet: “salida de la religión no significa salida de la creencia religiosa, sino salida de un mundo al que la religión estructura, en el que ordena la forma política de las sociedades y en el que define la economía del vínculo social” (Gauchet, 1998: 13). La idea ahí implícita es muy sencilla: es posible un Estado religioso, confesional, pero es imposible que dicho Estado sea democrático. La democracia implica secularización y laicismo para nacer y sobrevivir, y si cualquiera de los dos elementos faltara cabría sin duda la posibilidad de divisar en el escenario político la celebración de elecciones libres y a gobernantes emancipados del clero ejerciendo sus funciones, solo que no serían sino fantasmas democráticos paseando ocasionalmente por la arena pública. Añadamos que el correlato individual de la inmanencia del Estado inherente al proceso secularizador es la libertad de conciencia. Cada sujeto profesará las creencias que elija7 y tendrá derecho a su tutela estatal en iguales condiciones que las de sus correligionarios o que las de la competencia. Ahora bien, al sujeto le cabe optar no solo por la libertad de creencias, sino –como ilustrara Spinoza–8 por la libertad de las creencias (religiosas), por liberarse del mundo de superstición que las genera y al que reproducen, así como de la infinita irracionalidad que conllevan y de la cruel violencia a que dan lugar; y ello con la seguridad de que la profesión de fe laica vale tanto como cualquier fe religiosa o de que aun siendo ateo se puede ser mejor ciudadano que el militante de cualquier religión. Cabría rubricar una seguridad más: el laicismo, potenciando 7 Podríamos, en la mayoría de los casos, decir mejor que “le elijan”, pero desde el momento en que un sujeto racional las ejerce voluntariamente las está convalidando como suyas, esto es, legitimando. 8 El primero “en reducir el ateísmo en sistema”, como dijo Pierre Bayle (Israel, 2002: 160; véase también Spinoza, 1986: 61-68).
22 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 la igualdad de todos los individuos al reconocer su común humanidad, al contrario de cuanto es connatural a los miembros de cada secta religiosa, no solo no es un vaciado moral neutro, sino un ideal de justicia y emancipación que representa la sola opción ética consecuente con la mencionada igualdad. Otro principio democrático básico es el pluralismo. En dicha forma caben diversos contenidos, pero aquí nos ceñiremos a uno solo: el reconocimiento de la irreductible singularidad individual y la legitimidad de las consiguientes diferencias y posibles conflictos en los modos de vida de cada sujeto. El pluralismo, así, completa el sistema de la igualdad desde la diferencia.9 Declarando válidas por principio las distintas cosmovisiones de los individuos, las diversas teorías del bien a que dan lugar y sus respectivas prácticas, salvo las originadas en la violencia, y legitimando al tiempo los potenciales conflictos que de ellas pudieran derivar, declara iguales a los sujetos que las sostienen. A partir de aquí ya no es posible fundar supremacías originarias, y ninguna referencia al credo, a la raza, al género, a la estirpe, a la posición social, a la riqueza, etc., bastará para cimentar ninguna autoridad ingénita de un individuo sobre otro: la naturaleza, el estatus o la religión han perdido todo poder sancionador. Ahora bien, en tal modo el individuo no solo se libera de la dependencia del Señor o del Amo merced a la igualdad común, sino que por mor de la legitimidad de sus formas de vida, que solo el recurso a la violencia anula, se libera asimismo de la dependencia del Estado, o mejor, se convierte en un deber para él. El vínculo con el constitucionalismo, con los derechos humanos y con el mito nuclear de la democracia, la soberanía popular, queda en este punto fijado con solidez; mas también con el liberalismo en el aspecto, esencial, que revela la esencia del pluralismo como un límite al ejercicio del poder del Estado, dimensión esta que, por ejemplo, el pluralismo social, al constituir la sociedad en grupos de intereses y naturalizar su presencia en la misma más allá de la voluntad estatal –es decir, al concebir la vida social y política como un sistema poliárquico, contrario por naturaleza al absolutismo político– no hará sino apuntalar. Añadamos que el pluralismo se acompaña además de una epistemología 9 Jocelyn Maclure y Charles Taylor (2011: cap. 1) muestran con evidencias la continuidad existente entre libertad de conciencia y pluralismo moral.
23 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán escéptica y de una ética relativista,10 que en conexión con la doctrina jurídica de los derechos humanos genera una teoría social centrada desde y punto de vista axiológico sobre el individuo en lugar de sobre la comunidad; sobre un ser cuya conciencia tasa los valores que adopta para regir gran parte de su vida y cargado de derechos y obligaciones en relación con los demás y con el Estado. El predominio de la comunidad sobre sus integrantes, los valores adscriptivos, de matriz trascendente o no, y el absolutismo político quedan abolidos por tanto de un plumazo, o bien el egotismo individualista de quien ignora la necesidad, con sus correspondientes leyes, de la existencia del otro junto a él. El tercer rasgo, en conexión sistémica, que no histórica, con el anterior es la soberanía popular. La igualdad de todos los ciudadanos implica transferir a la mayoría aquello de lo que se privó a uno o a la inmensa minoría: la condición de ciudadanos que los lleva de inmediato ante las puertas de la soberanía asentándolos definitivamente en el trono del poder social. Del que en lo sucesivo ya no se les desalojará sino mediante el uso de la violencia, una mancha que cuando cae sobre la arena pública transforma el escenario en un erial porque nunca desaparece, dado que, como expresarán de manera áurea Maquiavelo primero y luego Kant –en contextos, por razones y con fines diversos– el recuerdo de la libertad no se cancela de la memoria de los ciudadanos. Hoy, ningún tirano es ya legítimo, por mucho consenso social que le sostenga (y ello a pesar del creciente descrédito que puebla el mundo democrático). Y, desde luego, ha transcurrido ya una eternidad desde que se viera a Dios llevando de la mano al Rey o una cordillera de privilegios separar al noble de sus criados. Incluso el dinero ha dejado de privilegiar, como lo hacía incluso en los primeros regímenes liberales, a sus nuevas deidades frente a quienes sufren la renovada prepotencia. Todo ello es lógicamente inherente a la proclamación del pueblo como sujeto político único y al reconocimiento del conjunto de sus miembros en cuanto iguales. Ese tercer rasgo se mezcla en las democracias contemporáneas con los principios liberales del constitucionalismo y del Estado de Derecho, y absorbe asimismo el ímpetu revolucionario consagrado en los Derechos del Hombre y 10 Por paradójico que pudiera parecer, es esa ética relativista la que ha conferido respetabilidad a toda esa caterva de creencias absolutistas que, de imponerse alguna, convertiría la vida de quienes no la profesaran en tierra quemada, vale decir, en algo quizá peor, caso de ser posible, de lo que ya ha devenido la mente de sus acólitos (laicismo.org).
24 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 del Ciudadano en Francia y en la segunda enmienda a la Constitución de los Estados Unidos –bien que, en realidad, una notable parte de razón asistiera al federalista Hamilton cuando se resistía a su Declaración constitucional al verlos ya puestos en práctica en la división de poderes y en la ordenación federal del territorio. Porque, ciertamente, el efecto común de tales elementos es la división y limitación de los poderes del Estado, así como el control de su ejercicio mediante el principio de legalidad; lo cual se suma a la consagración del sujeto individual reconociéndolo libre además de igual, e incluso a un elemento clave en el nuevo sistema de justicia establecido: la eliminación de la violencia del ámbito de la justicia. Idea ésa cuyo desarrollo exige un proceso de formalización y objetivación que, entre otros muchos resultados, abarque a todos los ciudadanos y no solo a los héroes, y tase a todos con la misma regla; que separe el daño de su réplica por la otra parte y considere la entidad del mismo como medida de la sanción, según sostiene la bíblica y no bíblica Ley del Talión; o, en fin, que despolitice el castigo desligándolo del arbitrio del gobernante. El cuarto y último rasgo lo constituye el primado de la política. Una vez producido el desencantamiento del mundo, con las fuerzas naturales desterradas de la racionalidad y los saberes, fundados en su inmanencia, estructurados de acuerdo con su lógica interna, la política debe cumplir su función única en la sociedad: garantizar su seguridad y su paz, primero, y fomentar la libertad y el bienestar después. Los enemigos son, en potencia, las demás, aunque en acto acuerdos y tratados pueden desactivar ese bélico potencial. Mas lo son también las sociedades mismas, por cuanto sus miembros, arrastrados por pulsiones insolidarias, no raramente malinterpretan o reniegan de los vínculos de solidaridad con los que el individualismo, que concibe al sujeto como un ser social por naturaleza, los entrelaza. Además, los grandes grupos de interés, auto-legitimados para devenir grupos de presión, fuerzan con frecuencia las reglas a fin de arrimar el ascua a la sardina cada cual del suyo a costa del de los otros si es necesario. En este sentido la política, que desde su resurgimiento en el mundo moderno había soltado su lastre religioso y marcaba su territorio frente al mercado, ve cómo poco a poco, a través del liberalismo primero y de la democracia luego, se le añaden, en cuanto saber, una teoría que explica su naturaleza y refuerza su autonomía, y como práctica el mundo de la libertad y de los derechos junto a la garantía de la Constitución, al objeto de preservar a ambos y que proteja la
25 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán unidad y coordinación de su poder sin sufrir los efectos de su fuerza; que medie entre los conflictos que todos esos elementos, juntos o por separado, producen por su misma naturaleza sin verse destruida por ellos. Fines esos a los que la realidad colorea a menudo con el tinte heroico de los ideales. En aras de la satisfacción de su función tutelar de la sociedad y la libertad individual, la democracia por tanto protege a la política de los demonios de la religión y de la tiranía del mercado: de fiar su ejercicio a los burócratas divinos por medio de los cuales el dios de turno impera en la sociedad y de que el mercado, merced a las diversas potencias surgidas del culto a la suprema deidad del dinero, la conforme a su imagen y semejanza construyendo una sociedad de mercado habitada por lobos en permanente acecho de su interés egoísta. La consecuencia más determinante de ese proceso de afirmación de la política democrática es la construcción social del futuro, una tarea siempre inacabada a la que el escultor debe intentar modelar extrayendo sucesivamente formas del mármol del tiempo, en función de las circunstancias, de su voluntad y de su poder; siempre en conexión con otros actores del entorno, cada vez más planetario, y siempre con la libertad y la paz como telos. Ideas, técnica, negociaciones, pactos continuarán proveyendo de los medios más frecuentes con los que llevarla a cabo, y conforman junto a esa sombra de azar que rodea todo lo humano los ingredientes fundamentales de la acción con la que la sociedad se abre paso entre la maleza de posibilidades para elegir la suya. Un último ingrediente facilitará su eficacia: que la acción que construye la arquitectura del futuro se vea cada vez más adelgazada en su obrar del peso del pasado. Hemos sintetizado en cuatro los rasgos que, en principio, definen a una democracia. Si ahora dirigiésemos la mirada a cualquier democracia real, incluidas las de mayor pedigrí histórico o sociológico, a fin de medir su alcance y calibrar su pleno rendimiento en los hechos, advertiríamos sin sorpresa que posiblemente ninguna reproduce cabalmente el modelo, vale decir, comprobaríamos una vez más la a veces sideral distancia, y aun contradictoria, que separa la teoría de su práctica. Si viajáramos, por ejemplo, al Reino Unido oiríamos a su actual primer ministro afirmar que Inglaterra es cristiana, al tiempo que leemos los resultados de una encuesta que rebajan el número de los que así se declaran, entre otras razones a causa del aumento notable de quienes se profesan ateos (laicismo.org); en todo caso, lo que nunca hallaríamos es una
32 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 tras las causas del incendio. ¿Y con qué se topa? Pues, simplemente, con un sujeto inesperado: una multitud que crece y se renueva a sí misma conforme va cambiando su grito, que pasa de ser una dolorida consigna contra el subdesarrollo y el autoritarismo, esto es, contra el hambre, la pobreza, el desempleo, la desigualdad y la corrupción, a convertirse en un enardecido programa de reivindicación política en el que la marea crece desde la petición de dimisión de ciertas autoridades a la exigencia de un cambio de régimen. Multitud sin duda enloquecida, pensará nuestro tolerante multiculturalista, porque, a ver, ¿qué hace una mayoría de árabes islámicos reclamando reformas políticas que, de ponerse en práctica, llevarían incluso a confundirles con los sistemas políticos del enemigo? Y, por si fuera poco, todo eso como si nada. Total, llega uno, se quema a lo bonzo, ¡que mira que es poco musulmán eso!, además, y la chispa que ahí salta quema el palacio. ¡Ni que fuera esta la primera vez en su historia que pasan hambre o están sometidos, ni que no fuera ésa su forma de ser! ¡Aquí hay gato encerrado!, clamará para sus adentros, mientras rumia ya cómo desmontar el complot. Y es que, en efecto, una parte de lo que había ocurrido, y otra cada vez mayor de cuanto ocurría, no estaba escrito en el guión de la historia local, salvo como nota a pie de página a lo sumo, ni tampoco en las suras coránicas. Pase que una sociedad partida en dos por varios costados vea rebelarse a la parte mayoritaria demandando una cura para sus urgencias: mejores salarios contra el hambre, empleos que ilusionen con un horizonte a su futuro, incluso algo más de justicia que diluya un tanto la ignominia en las desigualdades creadas por los privilegios, etc.; pase asimismo que esa rebelión tome cuerpo tras un hecho tan irrespetuoso como es que a alguien le dé por inmolarse, en sí un ejercicio de vanidad que no tiene en cuenta la tradición religiosa de llevarse por medio a algún enemigo del islam, pero que en esta ocasión ha llevado, en su soberbia, hasta a organizar, aunque sea algo informalmente, la rabia y sacarla a pasear en público, en contra de la tan probada tradición política; pase, faltaría más, que sobre los rebeldes las fuerzas del orden ejerzan su violencia habitual, pues por qué dejarles hacer lo que quieren, tan en contra de lo que deben. Ahora bien, lo que no puede pasar es que una vez empiezan a disiparse las brumas de los primeros enfrentamientos entre ambos bandos –esto es, la estela de muerte, de sangre, de dolor, de miedo y de rabia renovada que el choque
33 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán de la violencia contra los rebeldes produjo en sus filas, incitándoles a la respuesta–, el mayoritario, el de los enragés, comience asimismo a vislumbrar los rasgos del que, con mayor o menor razón, consideraba entonces responsable último de la situación, que le ponga el nombre y el rostro de su presidente, y el de sus allegados, y a la petición de pan sume la exigencia de libertad. O sea: lo que no debía pasar, según las cuentas de cuantos consideran la reclamación de libertad una muestra más del imperialista ideario occidental, es que una multitud que salta a la calle con una determinada idea en la cabeza, por no decir en el estómago, mute mientras la recorre y llegue a la plaza convertida en dueña del palacio: en un nuevo sujeto político que, primero, reclama diversas libertades, para acto seguido atribuirse la soberanía y ejercerla de inmediato, forzando la deposición de los miembros afines al anterior autócrata presentes en el Gobierno recién formado tras su huída. Pues sí, lo que les quedaba por ver: ¡una antigua masa árabe informe que ha embocado por el momento su transformación en pueblo soberano a la occidental! Tal fue a grandes trazos el cuadro de lo sucedido en Túnez, el patrón en cierto sentido de cuanto vino después, incluidos los acontecimientos egipcios, pese a la importancia considerablemente mayor de estos por ser Egipto el país que es. Pero ya se sabe que a los imitadores no les gusta la virginidad de la historia: como, recibido el empujón –éxito oblige– suelen tener prisa por abandonar el Ancien Règime, mejor optan por quemar etapas antes que por seguir la pauta del modelo original en toda su pureza, y en lugar de imitar los pasos uno a uno les va más lo de empezar donde terminaron los pioneros: reclamando el cambio del gobernante a la par que el del régimen, y si se acuerdan hasta reclaman también pan y trabajo. Se trata pues de un acto que, como se ve, implica un juicio completo, condena incluida, al sistema anterior. Por eso, al “dictadorsaurio” yemení, que pensaba que por haber refundado el país este sería suyo para siempre, ya no le bastará para retener lo suyo con regalar los alimentos o introducir la meritocracia en el país; y por eso, a Mubarak terminó por truncársele el deseo de instaurar en Egipto la dinastía antes de que le sucediera su primer heredero. No ha de olvidarse que las exigencias de las plazas árabes eran de libertad. Ciertamente, en ese estado de cosas, en absoluto cabía descartar que el antiguo régimen reaccionase con éxito en busca de su termidor, sobre todo en Egipto, donde Mubarak sí reinaba sobre el ejército. Pero era mucho más fácil
34 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 pensar que la mecha prendida inicialmente en Irán contra el robo en las urnas del triunfo de la oposición por parte del Gobierno actual siga generando más incendios. Como también lo era que cuando lo que prende la mecha es la libertad, todo lo que la refrena, antes o después, correrá peligro si no rejuvenece. Y entre ese todo figura, y de manera solemne, el propio islam. Ya en Egipto, los organizadores de las manifestaciones aceptaron la posterior incorporación de los hermanos musulmanes a condición de que renunciaran a su lema sacrosanto de que “el islam es la solución”, un lema ahistórico y autoritario además de falso y cobarde. Y en Túnez, aunque aquí la historia cuenta, las fuerzas laicas prevalecieron desde el inicio. Pero por otro lado, si algo aprendieron de inmediato los manifestantes es que la libertad de manifestación y expresión que entonces exigían estaba siendo un hecho con su protesta aun antes de que el cambio acabe por transformarla en derecho; que son ellos los que la están conquistando mientras la ejercen; y que el éxito del ejercicio exige la garantía de que podrá repetirse en el futuro cuando se juzgue oportuno. Con la misma celeridad han aprendido que en el nuevo régimen ellos deben ser el soberano. Y que ambas cosas van o pueden ir juntas… A partir de ahí el camino es tan fácil de imaginar cómo difícil de recorrer, máxime cuando para la tradición cultural imperante representa una novedad absoluta. Pero las novedades no asustan a quienes exigen libertad mientras la ejercen, que pronto podrán aprender con Tocqueville que el precio de los males de la libertad es más libertad. Lo que es cierto es que si las revoluciones hubieran prosperado todo se habría cuestionado, incluido el papel a jugar por la propia religión musulmana en el futuro. De ser así, estaríamos en los comienzos de un proceso extraordinariamente complejo y duradero del que en absoluto podía verse ni preverse el final; pero la calle árabe llegó a sentir ese calor que esparce “l’alta crémor/del foc de llibertat” (Salvador Espríu), y también por eso desde entonces ya sabemos que entre las posibilidades aquí abiertas por los pueblos árabes a sí mismos se incluye la de que el propio islam empiece a experimentar en sus carnes su renacimiento y su ilustración, algo imprescindible si quiere convivir con la democracia en Occidente, entre otras razones. La primavera árabe hizo nacer la flor de la democracia en aquel mundo, por lo general hostil a la misma, casi por generación espontánea, pero en cuanto brotó no tardaron en percibirse los vínculos que la engarzaban con otros epi-
35 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán sodios del pasado. Vale la pena recordar aquí, en efecto, que a lo largo de su historia se ha citado en varias ocasiones con el laicismo, algunas de ellas desde el nacionalismo autoritario. En los siglos IX y X, por ejemplo, un conjunto de librepensadores, entre los que descuella Abu Bakr al-Razi, había resuelto la dicotomía fe/razón elevando a la última a los altares, mientras confinaban la primera en los arrabales de la proteica debilidad humana. Un pensamiento humanista y ateo desterraba la sumisión a dios y a cualquier otra autoridad fundada en él, emplazando en el corazón del paraíso a un sujeto individual en grado de distinguir racionalmente lo bueno de lo malo, lo necesario de lo inútil, una capacidad al alcance de todos los individuos, que venían así a ser declarados iguales (guardian.co).15 Oriente Próximo vivió en los siglos XIX y XX un largo periodo de reformas, que invadieron los ámbitos de la cultura, la política y los modos de vida. La nahda, el “renacimiento cultural” árabe, fructífero sobre todo en Líbano y Egipto, si bien afectó al conjunto de los pueblos árabes; supuso en pleno dominio otomano la reivindicación de “las glorias de su pasado preotomano”, y constituyó prevalentemente desde la literatura la primera gran cita moderna de las sociedades islámicas con el laicismo, aun cuando sus efectos se harían sentir igualmente en el ámbito político (Rogan: 12-13, 217ss.). La formación de los primeros Estados árabes, con Egipto a la cabeza, siguiendo el modelo básicamente francés; la aparición de los partidos políticos de corte moderno, el surgimiento de ideologías provenientes asimismo de Europa, como el nacionalismo, el liberalismo, el fascismo, el socialismo o el panarabismo constituyeron otras tantas reformas políticas que se fueron sucediendo en tierras musulmanas, primero durante el imperio otomano y más tarde bajo el paraguas del Estado nacional. Si a ellas añadimos los grandes cambios habidos en los modos de vida; en la forma de vestir; en las relaciones de género, donde 15 Hourani (2003: 107-111) cita a un falasifa, esto es, a un filósofo, Al-Farabí, entre los grandes intelectuales que preservaron la unidad de esas dos instancias separadas y contradictorias que son razón y fe; tarea llevada a cabo en un modo que precede al tantas veces socorrido en la Europa moderna, esto es, destinando el ejercicio de la razón a los filósofos y dejando la Sharía para las mentes menos dotadas (las de “ignorantes” y “extraviados”, al decir del propio Al-Farabí [1985: cap. 34]). Spinoza y Locke son dos de los grandes nombres que aparecen en la aludida tradición y comparten con el autor islámico también la prevalencia del conocimiento “apodíctico” del filósofo sobre cualquier otra forma de conocer (1985: 110).
36 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 prevalecía la igualdad entre hombre y mujer; en los hábitos de ocio de la juventud, que llevaron al extraordinario desarrollo del cine, la televisión y la música, y en los que el alcohol tenía cabida con naturalidad, percibiremos cuán hondo caló la occidentalización en tales pagos, y en cuántas direcciones se propagó el laicismo en las sociedades islámicas. Como dice Rogan (622): “dada la destacada presencia que tiene en la actualidad el islam en la vida pública de la mayor parte del mundo árabe, resulta fácil olvidar que en el año 1981 el Oriente próximo era notablemente laico”. Las sucesivas crisis por las que fue pasando el mundo árabe comportaron la irrupción en escena de las fuerzas religiosas, que al prevalecer finalmente en la misma se esforzaron por borrar hasta la menor huella occidental, confundida ahora con el mal y, por ende, anatematizada como pecado. La breve reseña histórica acerca de las vicisitudes de la irreligiosidad en el mundo islámico destaca dicha secularización como el elemento compartido entre liberalismo, nacionalismo y su actual y alicaída primavera, aparte de las vivencias de libertad así mismo comunes entre aquél y esta. Pero hoy como ayer la visión democrática del futuro de la zona divisada desde ambas perspectivas socio-políticas ha sido disipada por la intervención de los hermanos musulmanes en Egipto. Durante la crisis de la dictadura totalitaria, y pese a la represión sufrida junto a las fuerzas de izquierda, supieron sobreponerse al poder oficial gracias a su control de las mezquitas y de las instituciones de caridad, las bases a partir de las cuales suministraban a una población cada vez más necesitada los bienes materiales, servicios y trabajos que requerían, y que antaño habían constituido la contrapartida ofrecida por Nasser, quien había añadido un programa de reformas de la tierra, a cambio de una obediencia absoluta. Así empezó su dominio sobre la sociedad mientras se hallaban alejados de la política, un hecho favorecido al comenzar a gravitar en la zona de influencia de Estados Unidos en lugar de continuar en la de la antigua Unión Soviética; Sadat y Mubarak recibirían un pingüe apoyo militar y económico por parte del renovado amo a cambio de abrir las fronteras de su cerrado sistema económico al capital y a la privatización económica, los nuevos ídolos que, por su parte, inducirían más cambios en los sistemas social y político: la radical separación de las clases16 y 16 La división en ricos y pobres se acentúa con el crecimiento de la riqueza especialmente petrolera, que riega las arcas de los potentados al tiempo que acentúa la proliferación de pobres (Hourani, 1968: 521-525).
37 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán una corrupción galopante –el personalismo y autoritarismo preservaron cómodamente su estatus. En el Egipto actual, la reciente aprobación de la nueva Constitución demuestra que la primavera democrática se ha ido y todos saben cómo ha sido. El tiempo político camina al revés del atmosférico porque el nuevo dueño del poder ha permitido la construcción de una fachada democrática en contrapunto a la devolución del trono legal a la Sharía. Este nuevo sujeto, que se sumó tardíamente al movimiento revolucionario que exigía reformas sociales, laborales y políticas al antiguo Gobierno, que exigía la transformación democrática del régimen, concordaba con este en algunos de sus reclamos, pero temía perder su posición de privilegio en la sociedad si los deseos aireados se hacían realidad y con ellos las reformas mentales que les son inherentes. El eslogan “el islam es la solución” volvió a surgir como grito de guerra entre sus huestes y en las sucesivas elecciones, incluidas las presidenciales, celebradas tras la renuncia de Mubarak, demostraron su arraigada implantación social. Fue el inicio de la inicua reislamización de la sociedad, anunciada primero en gestos inequívocos, como la aparición –algo prohibido en época de Mubarak– de una periodista en televisión con el hiyab (elmercuriodigital.net); consolidada después con medidas políticas de clara significación simbólica y ratificada ahora con la aprobación de una Constitución que, como antes señaláramos, impone la Sharía como demiurgo jurídico y social (laicismo.org). O por decirlo de otro modo: que la democracia, con sus libertades específicas como las de pensamiento, prensa, culto y creencias, tendrá que volver a emigrar a la región de los sueños, el lugar donde dos años atrás fuera invocada con singular apremio desde el simbólico corazón revolucionario, la plaza Tahrir de la capital egipcia.17 Con todo, el pujante sujeto que como salido de la nada ocupó durante meses el centro de los focos públicos clamando justicia social y libertad no se ha volatilizado, sino que permanece por el momento ansioso y agazapado detrás 17 Que haya sido una plaza en lugar de una mezquita el centro de la revuelta contra el autoritarismo político y social egipcio constituye en sí mismo un hecho pleno de simbolismo, y permite hacerse una cabal idea de la magnitud del cambio que el nuevo sujeto social y político trae consigo. La mezquita, en efecto, es el lugar desde donde, tanto históricamente –asesinato de los Omeyas por los Abasíes– como en la actualidad –Siria es el mejor ejemplo actual, pero también Irán– han partido las revueltas en el mundo musulmán. (Véase Cattedra y Janati en Bennani-Chraïbi y Fillieule, 2004: 132).
38 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 de la desorientación que ha supuesto para él la inexperiencia política, ciertos desgarros internos, el aplastamiento del número y la consiguiente toma del poder por sus enemigos políticos religiosos; pero sus ideales permanecen vivos e íntegros, y su fuerza de arrastre, aunque mermada, casi total. Difícil será que el Egipto musulmán pueda caminar hacia sus añejos objetivos de manera sencilla, creyendo que la victoria del número legitima cualquier acción, y que la mayoría otorgada por el creyente musulmán a sus diversos representantes es razón suficiente para legalizar toda política. Si la Constitución quiere enmarcar la democracia en el estrecho círculo de la Sharía no ha hecho sino incubar en su seno el huevo de la serpiente, y una estela de disturbios civiles cada vez más violentos puede ser el juez que dirima el conflicto entre los partidarios de tales enemigos inconciliables. Si no deseaba dar alas a la conflictividad política, el constituyente debería haber eliminado toda referencia democrática y haber sancionado la Sharía sin más. Solo que en tal caso habría desplazado el conflicto al centro de la sociedad, porque la democracia se ha convertido en Egipto, merced a los revolucionarios de la primera hora, en mucho más que una simple formalidad, un pasatiempo contra el aburrimiento o una exposición de gestos cara a la galería occidental. La tradición, merced a su ímpetu, y pese a su mayor arraigo social, tiene de qué preocuparse ante lo nuevo. La primavera árabe parece haber sido sepultada con los últimos acontecimientos. ¿Significa eso que la democracia está vedada a los países islámicos? Unas creencias absolutistas como las que integran la Sharía y unas prácticas autoritarias como las del islamismo político allá donde alcanza el poder, ¿autorizan a confirmar la desesperanza de un cambio democrático en la región gobernada por tales creencias y prácticas? Afirmar eso es compartir los delirios del pensamiento esencialista o de las ideologías absolutistas, reluctantes a la evidencia ontológica de que tiempo significa cambio. Si el lema “el islam es la solución” es ahistórico y falso, se debe a que se niega a aceptar que la historia narra las transformaciones naturalmente producidas por los hombres en el mundo de las cosas, que es también el suyo. Si, además, es también autoritario se debe precisamente a su afán por querer congelar una determinada forma de entender a un ser cuya naturaleza es mutar, vale decir, querer congelar una forma de ser que ya fue. Si, por último, es cobarde, la razón es que rehúye el
39 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán reconocimiento de que el propio islam es historia, que él mismo ya cambió también y debe cambiar más. Las razones de la esperanza frente a la desesperación de la experiencia manan de cierta pluralidad de fuentes, que van desde la ontológica de la historia humana como locus del cambio hasta el propio ejercicio del poder por los islamistas, pasando por la aparición del sujeto democrático antevisto en las sociedades islámicas, el caso turco o incluso la división religiosa del islamismo, que ocasionalmente ha llevado a las fuerzas que lo profesan a adoptar posiciones encontradas en la arena política. Acabamos de aludir a la primera fuente. La historia surgió en occidente en las palabras de Herodoto (2000) al objeto de conservar la memoria de las gestas humanas –tanto griegas como “bárbaras”– que procuraban gloria, pero no solo por su valor de exempla, como fijaría más tarde la historiografía romana con Salustio a la cabeza, sino justamente para evitar su plena desaparición; se trataba de una empresa en clara rebeldía contra la ley del tiempo, cuya prescripción de olvido amenazaba con dejar al futuro sin pasado, o mejor, con anular la continuidad del acontecer humano y por lo tanto con la eliminación de uno y otro. Los hechos encuadrados en la categoría del Ubi sunt?, que entre la melancolía y el proselitismo dan cuenta de la fugacidad de las creaciones del hombre; o, para el presente, la volatilización de imperios inmóviles y pétreos según toda apariencia, destinados a sobrevivir contra natura, como el de la antigua Unión Soviética, y lo que más pronto que tarde veremos suceder en el confucionismo comunista de la nueva China antigua cuando la suma de procesos en marcha cristalice (Faure en Golden, 2004: 206-212), vuelven a ilustrarnos sobre la ceguera de quienes pretenden detener el tiempo simplemente porque hablen en nombre de valores intemporales… inexistentes antes de su temporal creación por los hombres. Esto es así incluso con las instituciones religiosas, establecidas para hablar en nombre de un señor que gracias a ellas no solo existe sino que además se le entiende. Y ello pese a ser invisible y mudo. ¿Quién, por ejemplo, en tiempos de los talibanes católicos, cuando se habían infiltrado por todas las capas del tejido social manejándolo a su cínico antojo, cuando armando a su capo con un concepto intelectualmente terrorista como el de plenitudo potestatis jaleaban su autoproclamación como dueño y señor del mundo, habría podido imaginar
40 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 que a semejante arrobamiento del poder, a semejante delirio del arbitrio habría seguido con el tiempo el surgimiento de una sociedad democrática? Cierto, sus pulsiones la llevan a salirse de dicho marco una y otra vez; de hecho, alguna sociedad occidental debe su déficit democrático al consentimiento de sus excesos más que a ninguna otra cosa, porque además de ceder territorio y soberanía al Vaticano en virtud de la firma de algún humillante Concordato; de violar incesantemente la regla de la igualdad constitucionalmente fijada, de imponer su cosmovisión a través de políticos sin principios, dicha sumisión a la Iglesia le sirve asimismo de coartada para usar el poder público en beneficio propio en esferas no directamente ligadas al interés eclesial. Con todo, los señores de ayer hoy lo son solo a ratos y por materias, y cuando a dios se le ocurre revelarse a la sociedad, y lo hace desde el santuario del mercado, ese acto de divina impiedad para con sus burócratas es al tiempo una confesión de impotencia de los mismos. Su cambio de estatus lo ha sido también de su poder. El sujeto democrático, formado espontáneamente en la crisálida del islam es en sí mismo un huevo de serpiente incubado por este, aunque por otro lado ha sido el primer factor en desligar su nombre del terror. Ahora bien, su estructura, su funcionamiento y su empeño en exigir reformas sociales y democracia, trabajo y libertad –bienes desde luego perfectamente compatibles entre sí aunque no conformando necesariamente una unidad sistemática– constituyen otros tantos vectores contra la autoridad del islam, por lo que de proseguir su desarrollo significaría que se habría agrietado el muro totalitario con el que pretende aislar su supuesta pureza del curso de la vida: del tiempo. Ese sujeto no entraña la renuncia a las creencias religiosas por parte de quienes participan en él, pero sí una organización distinta de la profesión de fe que las centraliza, y que a partir de ahora debería coexistir en son de paz e igualdad con las de la competencia, y desaparecer todas de la esfera pública, so pena de hacer estallar ahí sus diferencias, de hacerla estallar en consecuencia, y de transformar el escenario público en una batalla sin cuartel, quizá en una guerra civil. Laicismo con su cohorte de paz social o perpetuación de la dictadura religiosa totalitaria: tal es el ser o no ser democrático de las sociedades donde domina el islamismo. Turquía es el ejemplo tanto de que una sociedad democrática puede empezar a forjarse políticamente en tierras islámicas como de que el islam no se piensa dejar seducir por la democracia. Por el momento guardan un piadoso
41 Antonio Hermosa Andújar. ¿Democracia islámica? De la primavera árabe al invierno musulmán equilibrio ligeramente escorado en los últimos tiempos a favor del islamismo, que parece ir dando tirones al cuerpo político a través del sentimiento religioso de sus líderes, eco de las intenciones dominantes entre la población. Pero, hasta el momento, que una sociedad tan abrumadoramente islámica y con un partido confesional en el poder durante tres legislaturas no se haya decantado de una vez por todas por la religión tiene algo de doblemente milagroso, dado que rebaja el poder de Alá. La pervivencia del espíritu laico infundido por el fundador de la Turquía moderna, ahora que se tambalea el poder de las instituciones en las cuales encarnó, quizá sea herencia de la época kemalista, pero es asimismo obra de un orden democrático que enseñó a la ciudadanía que las diferencias de credo, fines, intereses u opiniones entre sus miembros no eran la ocasión para desgarrarse entre sí; un logro valioso también porque el laicismo de la joven república fue desde su inicio el adjetivo de un sustantivo nacionalista de vitola netamente autoritaria. La evolución de Turquía constituirá siendo clave para el resurgimiento y consolidación de la democracia en tierras islámicas, porque el originario papel de modelo se ha diluido notablemente ante las ínfulas sultánicas de su actual primer ministro y, sobre todo, por la incapacidad de llegar a pactos con su pasado, revelado en un ejercicio violento e impune del poder en el que han fundido sus esencias autoritarias dos enemigos antes inconciliables, el ejército y el partido gobernante, y que ha producido más víctimas recientes entre kurdos y armenios que añadir a los genocidios del pasado. Empero, ese legado de la historia turca a la política turca es ajeno al problema de la democratización de los regímenes islámicos como tales, bien que la compasiva relación de su fuente con cualquier forma de autoritarismo en tierras mahometanas favorezca soluciones como las aludidas. Pero si, a pesar de todo, la Sharía no deviene la sola fuente normativa del derecho turco, y si el poder religioso no se funde, como cabe prever, con el político, la vía turca constituirá sin duda una posibilidad a tener en cuenta en la exploración de los nuevos caminos hacia un porvenir democrático para los países musulmanes que aspiren a alcanzarlo. Y ello aun contando con los devaneos confesionales de sus actuales líderes y con las taras todavía políticamente irresolubles provenientes de su historia reciente.
48 Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador, Año XI, No. 19, 2013 Prodi, P. 2000 Una storia della giustizia. Bologna: Il Mulino. Prodi, P. 2009 Settimo non rubare. Bologna: Il Mulino. Schammah Gesser, S. y Rein, R (coords.) 2011 El otro en la España contemporánea. Prácticas, discursos y representaciones. Sevilla: Tres Culturas. Spinoza, B. 1986 Tratado teológico-político. Madrid: Alianza. Vercellin, G. 2002 Istituzioni del mondo musulmano. Torino: Einaudi. Viano 2006 Laici in ginocchio. Roma: Laterza. Referencias electrónicas http://abonnes.lemonde.fr/cgi-bin/ACHATS/ARCHIVES/archives.cgi?ID=db63d6d8c 5b2ee82316f3a4062f8f0ebbff09c70f07d621e http://blog.zeit.de/schueler/2011/03/22/arabische-revolutionen/ http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/01/06/actualidad/1357489536_823122.html http://www.aurora-israel.co.il/articulos/israel/Opinion/40409/ http://www.elmercuriodigital.net/2012/09/egipto-velado.html http://www.elmercuriodigital.net/2012/09/el-islam-cabalga-de-nuevo.html http://www.guardian.co.uk/commentisfree/belief/2010/may/10/islam-freedom-expression http://www.guardian.co.uk/commentisfree/belief/2010/may/10/islam-freedom-expression http://www.hurriyetdailynews.com/constitution-commission-faces-critical-daysahead.aspx?pageID=238&nID=38165&NewsCatID=338 http://www.laicismo.org/detalle.php?pk=12842 http://www.laicismo.org/detalle.php?pk=18627 http://www.laicismo.org/detalle.php?pk=18635 http://www.laicismo.org/detalle.php?pk=18713 http://www.opendemocracy.net/mehmet-dosemeci/democracy-in-revolution-mediterranean-moment http://www.opendemocracy.net/sami-zubaida/arab-spring-in-historical-perspective Envío 20 de mayo/2013 - Aceptación 17 de diciembre/2013