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Que la Na u aleza –se esc ibe así, con mayús-
culas– es á a pun o de es alla , se ha uel o hoy
un luga común de la co ección polí ica p og e.
Y en cualquie ideología, se sabe, hay siemp e
lo que Ado no llama ía un momen o de e dad
(de o a mane a el discu so ideológico ca ece ía
de oda e icacia): en e ec o, eso que suele nom-
b a se como el capi alismo sal aje –nos al a aún
conoce uno ci ilizado–, y que como lo explica
con agudeza F ed ic Jameson, ha e minado de
sa u a su canibalís ica expansión mundial, en-
onces ha comenzado a au ode o a se (y a odos
noso os con él, cla o) has a al pun o que las
p opias condiciones de supe i encia biológica de
la especie humana –y de odas las demás– es án
en cues ión.
Si uno iene inclinaciones apocalíp i-
cas (¿y cómo no ene las, con un mínimo de
lucidez?) puede imagina que asimismo ya ha
empezado, como eacción, una gigan esca en-
La InVencIOn deL deSIeRTO
Edua do G üne
Un ma gen sin lími es que acecha al Tex o
más allá de sus bo des
Taha Djaou : L’in en ion du dese
ganza de la Na u aleza: en e e emo os, e-
calen amien os globales, sunamis y o nados,
ciudades en e as con sus habi an es son en-
gullidas en el maels om de los elemen os que
pugnan po sacudi se de encima la i anía de
una écnica pues a al exclusi o se icio de una
lógica psico izada de la ganancia y el pode . Una
lógica que ha adqui ido ida p opia, au onomi-
zándose incluso de sus ines o igina ios: es la
Mode nidad ans o mada en pu o sínd ome
del ap endiz de b ujo, o el pasaje al ac o de las
peo es pesadillas ka kianas.
Esa ac ualización –en un sen ido más o
menos a is o élico– debe ía al e a los é mi-
nos mismos del pensamien o c í ico con empo-
áneo. An es, lo que eníamos –pongamos, en
Heidegge , o en la Escuela de F ank u , incluso
a su mane a en Lé i-S auss– e a la me á o a de
la Na u aleza iolen ada como ep esen ación
del ocul amien o del Se po el cálculo écnico
ASTRAGALO, 20 (2015)
A ibu ion-NonComme cial-Sha eAlike - CC BY-NC-SA
A ículo, ISSN 2469-0503
h ps://dx.doi.o g/10.12795/as agalo.2015.i20.03
Doc o en Ciencias Sociales
LA INVENCION DEL DESIERTO
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de los en es, del iun o de la acionalidad ins-
umen al a do-capi alis a, lo que ue a. Pe o
ya no es más una me á o a. O, mejo : lo que e-
nemos es una demos ación del pode bien ma-
e ial de las me á o as. Po un lado, la p opia
Na u aleza se ha uel o ins umen o del Pode :
es lo que Foucaul llamó biopolí ica.
Po o o, la colonización de la Na u ale-
za po la Cul u a es ambién la des ucción de la
Cul u a. Y lo de colonización ampoco es una me-
á o a: como no podía se de o a mane a, son los
e i o ios ¿ex? coloniales los que –po in e medio
de una globalización ecnológica aún mucho más
de o mada que las de las sociedades “cen ales”–
su en las consecuencias más ca as ó icas, con
su secuela de sob eexplo ación, pes es, hamb u-
nas, en e medades; y es o iene sucediendo al
menos desde mediados del siglo XIX, como hace
no mucho lo demos ó un exhaus i o ensayo de
Mike Da is. Como ha dicho alguien, la p omesa
que sí pa ece que pod á cumpli el ac ual o den
ci iliza o io es la de la ans o mación del plane a
en e o en un gigan esco desie o.
Sin emba go, ¿es es a a i mación o al-
men e jus a con el desie o? Después de odo,
el desie o es ambién pa e de la Na u aleza;
usa lo como alego ía de la des ucción de la Na-
u aleza ¿no implica acep a el ideologema del
luga acío, no-humano, un luga de p e-huma-
nidad que ol e á a se lo que e a en la pos -hu-
manidad? Pe o –además de que ese ideologema
sigue dando po sen ado que la Na u aleza ne-
cesa iamen e es á e e ida a la humanidad , que
po lo an o no se le econoce un de echo a la
exis encia en sí–, lo que noso os denominamos
desie o ue siemp e , en buena medida, una in-
ención de la cul u a. Y como al, ue siemp e
una unción de la acionalidad ins umen al pa a
acionaliza , jus amen e, muy p ecisas o mas
de dominación. T a a emos de explica nos lo
más b e emen e que podamos.
* * *
La me á o a espacial –y su o a ca a, la impo -
ancia del es ablecimien o de on e as– iene
una la ga his o ia, desde los o ígenes mismos
de la cul u a polí ica occiden al. En la República
de Pla ón, en e ec o, la polis, la Ciudad, asien-
o de la Ci ilización, se opone simé icamen e
a un a ue a , a una ex e io idad con a la cual
ambién le an a on e as ígidas: el desie o ,
asien o de la Ba ba ie, del despo ismo asiá ico
–una denominación que llega has a el mismí-
simo Ma x– que se iden i ica con el espacio in-
de e minado y sin on e as. En el medio, en e
ambos, es á el Labe in o, e ce o en una oposi-
ción imagina ia, ideológica, en e las on e as
de la Ciudad y la in ini ud , sin lími es isibles,
del Desie o bá ba o.
La me á o a u o una ca e a exi osa.
La encon amos, oda ía, en el Iluminismo, y
en cie o sen ido ilumina, e ec i amen e, el pen-
samien o de la Re olución F ancesa: en Mon-
esquieu, po ejemplo, el desie o es el asien o
na u al de la i anía, pues o que en esa línea ec a,
sin in e upciones, el Déspo a puede igila odo
el e i o io (la democ acia, po el con a io,
lo ece en las zonas mon añosas –como Suiza,
digamos– que a o ecen la exis encia de comu-
nidades pequeñas, con elaciones ca a a ca a).
¿Pe o no es amos asis iendo hoy mismo
al e o no de esa iconog a ía en la oposición
cósmica del Bien y el Mal espacializados en el
con as e de imágenes en e la Ciudad Ci ili-
zada –digamos, esa que ha pe dido sus dos o-
es– y el Desie o Bá ba o –digamos, ese que
se nomb a como I ak, aunque en su p opio cen-
Edua do G üne
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o se le an e nada menos que la Ciudad de las
Mil y Una Noches, una de las más ci ilizadas y
ci ilizado as que ha conocido la his o ia de la
humanidad–? (desde luego, lo que no se ol ida
es que, casualmen e, los e i o ios desé icos
son los que suelen con ene pe óleo) ¿Y no ha
p opues o Sla oj Zizek, hablando de odo es o,
que hemos e o nado al desie o de lo eal?
Como sea: ¿qué es, del Desie o, lo que
an o ascina al Pode de la Ciudad? ¿Es, pa a po-
ne nos más o menos deleuzianos, p ecisamen e
su ausencia de on e as, que acili a oda clase
de lujos desean es sin umbo ijo, que o ece su
espacio in ini o a la in e minable umbosidad
del Nómade que se opone al Es ado, ya que no
puede se ins i ucionalizado, ab ochado po las
g illas clasi ica o ias del pode ci adino? Quizá:
no lo desca emos. Sin emba go, hay una hipó e-
sis, po así deci , menos izomá ica, más e enal.
La me á o a en cues ión, dijimos, es un
an iguo in en o occiden al. La equi alencia De-
sie o = Ba ba ie es ibu a ia de la ope ación
ideológica que Edwa d Said ha bau izado como
o ien alismo , en i ud de la p oli e ación, es-
ic amen e pa alela a la expansión colonial
mode na, de los llamados es udios o ien ales;
po ex ensión, se aplica el concep o a las imáge-
nes ideológicas que el pode colonial cons uye
a p opósi o de sus o os: imágenes que ienden
odas ellas, po supues o, a jus i ica el ges o
in aso que in oduci á la ci ilización en el de-
sie o de la ba ba ie.
El Desie o es una pan alla de p oyec-
ción de los deseos de dominio occiden ales: se
llama desie o a un espacio que puede no ene
on e as es ables como la Ciudad, pe o que sin
emba go es á a eces icamen e poblado po
cul u as milena ias y complejas. No obs an e,
el pode colonial iene que imaginá selo como
un espacio acío, sob e el cual imp imi , p oyec-
a , su p opia película, su p opia cul u a iden i i-
cada no con una, sino con la Ci ilización.
Y la his o ia a gen ina iene, desde ya,
su p opia e sión de es e lapsus ideológico: es
ese episodio he oico conocido como la conquis-
a del desie o. Obsé ese: el enunciado no dice
poblamien o, i igación, o es ación o siquie a
colonización del desie o; dice conquis a. Pe o,
¿po qué, con a quién, hab ía que conquis a un
espacio desie o? Empeza po nomb a ese luga
como ya desie o no es más que an icipa en la
enunciación el ac o eal de aciamien o de ese
espacio po el ex e minio ísico y el e nocidio
ideológico de los cue pos que lo habi an.
* * *
Es o ya es á, a su mane a, en Sa mien o como
en Albe di. Es la asociación casi au omá ica de
la Ciudad con la u opía de una sociedad pe ec-
amen e o denada y acional, opues a al caos de
la Na u aleza. Po supues o: en ellos –así como
en los iluminis as y posi i is as cuyo ejemplo
siguen– es á p esen e con la misma ue za, en
an o elemen o cons i u i o de la u opía u ba-
na, un alo que es aba comple amen e au-
sen e de la concepción polí ica clásica: la idea
del p og eso , de la in ini a pe ec ibilidad de la
na u aleza humana den o del p oceso de inc e-
men o ci iliza o io.
Pe o el p og eso sólo es concebible, p e-
cisamen e, como con enido en los lími es del
o den ci il. La bande a com iana de O den y
P og eso pues, ecibe su decodi icación exac a
como p og eso den o del o den. Lo cual esul-
a casi en una au ología: sólo es e dade o
p og eso lo que se a iene a al o den. Del o o
lado es á el desie o inmó il, sal o po los des-
ASTRAGALO, 20 (2015)ISSN:2469-0503
LA INVENCION DEL DESIERTO
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conce an es cambios de posición de las dunas
mo idas po el ien o e e no. Pe o eso, desde
ya, no depende de la olun ad plani icado a de
los homb es, de una olun ad de pode ón ica,
di ía Heidegge : el desie o es el Se lib ado a
su p opia espon aneidad.
Tal ez es a u opía es é más explíci a-
men e ema izada en un ex o semi-sa í ico
como A gi ópolis –que, en onces, adquie e el
es a u o de un cie o lapsus–, pe o oda la ob a
de Sa mien o es á a a esada po la he encia de
inspi ación u ópica que han dejado el aciona-
lismo, el iluminismo y, con más ambi alencia,
el posi i ismo eu opeos. La ida de Cice ón, la
au obiog a ía de Benjamín F anklin, los esc i-
os lamíge os de Thomas Paine lo lle aban a
usiona la polis y la ci i as con el ejemplo de la
epública no eame icana: u opía e ospec i a
e imi a i a, cap u ada a a és de la mediación
le ada, pe o que e a la con apa ida –de ma-
ne a simila a lo que había sucedido en las na-
ciones a anzadas– de la necesa ia cons ucción
de una sociedad bu guesa acional.
Ya se e aquí despun ando la cues ión
que a a culmina en la gene ación del 80: la
de la in ención de un país, de a iba hacia abajo,
allí donde no había una sociedad que hubie a
seguido la ía clásica del capi alismo –del cam-
po a la ciudad, po un lado; de la sociedad ci il
a la polí ica, po el o o– que iden i icaba Ma x
en Eu opa, casi exac amen e en el mismo mo-
men o en que Sa mien o esc ibía el Facundo. Se
a a de in en a Una Nación pa a el Desie o A -
gen ino, según e icaz í ulo de un lib o de Tulio
Halpe ín Donghi.
Po con as e, el uni e so indio y c io-
llo (el espacio desie o y po lo an o bá ba o) es
la anomalía anac ónica de la his o ia eal a la
que debe opone se –siguiendo la huella de los
g andes u opis as– la modelización del u u o,
la plani icación del p og eso. Y en ella, el pa a-
digma de la Vi ud g eco omana an igua, al
como se e oma en las u opías ilus adas, ocu-
pa á siemp e un luga de p i ilegio.
La na u aleza de la ba ba ie que con o -
ma esa ealidad (así lo pensaban Mon esquieu,
Tocque ille, Guizo , pa a el despo ismo o ien-
al: ¿po qué Sudamé ica hab ía de se dis in-
a?) es á de e minada po la ex ensión inaudi a
y la consiguien e ausencia de sociabilidad; es de-
ci – eesc ibi íamos hoy, g amscianamen e–:
po una sociedad ci il casi inexis en e, débil y
gela inosa. Como las a enas del desie o, diga-
mos, que gi an en emolinos in o mes.
Pa a que esa sociedad ci il exis a y se
consolide, se equie e no sólo un Es ado o gani-
zado me iculosamen e, sino una cul u a u bana
de alladamen e plani icada. Aquí Sa mien o se
desliza en sus e e encias li e a ias: pasa de To-
cque ille a los socialis as u ópicos Sain Simon
o Fou ie , y poco después, po es e puen e, al
u opismo posi i is a. La u opía de una comuni-
dad anspa en e an e sí misma, en posesión de
odos los elemen os ma e iales y espi i uales
pa a en ende se, es un hilo ojo que a a iesa el
pensamien o con ac ualis a democ á ico oc-
ciden al, desde la con o mación de la olun ad
gene al de Rousseau has a, mucho después de
Sa mien o, la de la es e a pública de in e acción
comunica i a en Ju gen Habe mas.
La línea he e odoxa –digamos, la del
malen endido es uc u al de, po ejemplo, Rim-
baud, que a i maba soca onamen e que Los
homb es no se en ienden… po sue e: si no, se ma-
a ían odos en e ellos– queda de ini i amen e
sepul ada (o mejo : se á la ese a de un incons-
cien e polí ico que ope a á con insis encia su
e o no de lo ep imido).
Edua do G üne
- 31 -
En Sa mien o, el log o de esa sociedad
ideal es á obs aculizado po el O o e en ual-
men e conquis able que es la sociedad bá ba-
a, pe o ambién po ese Segundo O o mucho
más i educ ible que es la maldición del espacio
na u al: la Na u aleza incon olable es una con-
dena (me a) ísica –aunque pa a ene una au-
én ica me a ísica de o a Na u aleza hab á que
espe a al g an adióg a o Ma ínez Es ada–;
la ealización de la u opía equie e la emodela-
ción del acío desé ico, su educción pe o am-
bién, sob e odo, su o denamien o . Sa mien o
es iel, en esa ocación, a lo más ca ac e izado
de la adición u ópica que idealiza (aunque
ad ie a sob e sus posibles e ec os nega i os,
como lo hace el p opio Sa mien o) las necesida-
des de econs ucción geog á ico-espacial del
capi alismo mode no. Es un sis ema de ep e-
sen ación imagina ia, una iconog a ía polí ica
an o como una opología social, en la que la me-
á o a espacial cumple un ol de o ganizado-
a cen al del disposi i o e ó ico-discu si o,
especialmen e –insis amos en ello– a a és
de la oposición en e la Ciudad y el Desie o:
una oposición canónica, como hemos is o, que
sal a po encima de las ideologías, las es é icas,
las alo aciones sociales.
La oposición ciudad / campo pasa á a
insc ibi se de mane a decisi a en la ideología
ci ilizado a del 80: la ciudad-pue o es la pue a
de salida pa a conec a se con el come cio in e -
nacional, po ejemplo, pe o ambién es la pue a
de en ada, no solamen e de los nue os capi ales
y la nue a ue za de abajo, sino ambién de la
ci ilización u bana eu opea: en es a u opía del
p og eso, el campo pone la ma e ia p ima, la
ciudad la indus ia, el come cio, las inanzas y
la cul u a. En el medio, el desie o es nada : una
sue e de acío de signi icaciones, de g ado ce o
del sen ido, po encima del cual hay que ende
puen es –si es necesa io, a sang e y uego– pa a
que lo u bano y lo u al se encuen en y al mis-
mo iempo se di e encien. Aquélla espon anei-
dad na u al del espacio acío es ociosa, moles a,
si no di ec amen e emible.
* * *
Albe di, po su pa e (al menos el Albe di an e-
io a su co ajudo C imen de la Gue a), no pien-
sa en nada que deba o pueda se plan eado a
la conciencia polí ica como me a p obabilidad
subje i a; quie e, concibe, p esupone di ec a-
men e el Es ado de o ma en que odo quede
allanado como con ingencia pe sonal, aunque
pa a llega a es a o ma enga que pa i se de
un sen imien o o de una conciencia de la pa i-
cipación pe sonal en un o den absolu o.
Se pe ciben cla amen e, aquí, los dos
componen es cen ales del socialismo u ópico:
la olun ad de una plani icación me iculosa
de la ida de la polis, de mane a que el ac o
subje i o, imp edecible y cambian e, pueda se
educido al mínimo; y en segundo –y comple-
men a io– é mino, la conside ación de los
p oblemas humanos en gene al, y polí icos en
pa icula , p i ilegia los alo es de la comuni-
dad y la asociación po sob e los indi iduos. El
desie o queda nue amen e en el medio, o lisa
y llanamen e a ue a, como el no-luga donde
oda ida comuni a ia es imposible, o bien
es la ba ba ie p e-social, que se ía mejo que
no exis ie a.
Es –como di ía Louis Dumon – el iun-
o de la pe spec i a holis a sob e la indi idua-
lis a: el eje del pensamien o o gánico no es ya
el indi iduo abs ac o y au ónomo –como en
el acionalismo y el con ac ualismo clásicos–
ASTRAGALO, 20 (2015)ISSN:2469-0503
LA INVENCION DEL DESIERTO
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sino el socius, el en e colec i o in eg al den o
del cual ecién es posible y concebible el e da-
de o suje o. Cu iosamen e, aquí pa ece cola se
ambién algo de ese o ganicismo comuni a io
que –como lo ha señalado Richa d Mo se– es
más p opio de la ambi alen e he encia cul u al
hispánica ( an echazada po Sa mien o y los
p og esis as) que de la anglosajona o incluso la
ancesa ilus ada: ¿se á o o lapsus? Sea como
sea, del p incipio de los de echos del homb e
y del ciudadano se pasa al p incipio del o den
o gánico, imp escindible como condición de
posibilidad de la exis encia indi idual. Es a es
la idea de socialismo en las u opías de Sain Si-
mon y Com e –que no deja de ene un cie o
pa en esco con la noción de olun ad gene al de
Rousseau–: po encima del se indi idual es á
el se colec i o, suje o a una lógica p opia y au-
ónoma, a un complejo de e minismo, que sin
emba go puede plani ica se, modela se po la
acionalidad aplicada.
En el ondo, lo que hay de ás de la me-
á o a del Desie o es es a ocación –p o unda-
men e u ópica e idealis a– de una omnipo encia
de la Razón que puede hace bo ón y cuen a
nue a, que puede unda una ealidad ex nihilo,
sob e el acío de lo ac ual. Pe o, ya se sabe: lo
ep imido e o na. ¿No esc ibe acaso Robe o
A l , a p incipios de los 30 –cuando ya se han
apagado los ulgo es del Cen ena io y el sueño
de la G an República se ha encon ado con la
ho a de la espada– un ex o llamado, casualmen-
e, El Desie o en a en la Ciudad?
* * *
Pan alla de p oyección, decíamos más a iba, y
película. Hollywood ha mos ado una y mil eces
la ecuación Desie o = Ba ba ie, y la consiguien-
e jus i icación ideológica del papel ci ilizado
de occiden e. Empezando po los desie os p o-
pios, cla o, que en la g an adición del wes e n
p e io a la pé dida de la inocencia son el ma co
na u al del Ame ican D eam , sólo pe u bado
po algunas cabezas emplumadas ápidamen e
ba idas del mapa.
Pe o el desie o p on o se ans o mó en
un ema, en un ópico –li e almen e: un luga
epe ido–, en sí mismo. El encan o de cien os
de ilms como Gunga Din , como Las T es Plumas
, como Beau Ges e o incluso Casablanca p oba-
blemen e p o enga del cando , de la e dade a
inocencia –que es o o nomb e pa a la mala e
en sen ido sa eano– con la que el cine de los
años 30 y 40 asumía la ca ga del homb e blanco
de la que hablaba Rudya d Kipling y exo izaba a
los o gullosos dueños del Desie o, p esen án-
dolos o bien como sal ajes inmo ales y sedien-
os de sang e o bien como niños excén icos e
ile ados que eque ían de la guía pa e nal del
maes o blanco.
Pe o después de las iolen as gue as
an icoloniales, en la e a neo o pos -colonial, las
cosas se complica on, aún pa a el cine: el De-
sie o ya no puede se ep esen ado como ese
espacio acío, ilimi ado, sin on e as, donde
hace ad eni las imágenes de la ci ilización
allí donde había nada, la Nada. Aho a, el De-
sie o iene que se ha o más complejizado,
densi icado po iconog a ías –li e a ias y cine-
ma og á icas– más espesas y con lic i as: ha
co ido demasiada his o ia bajo la a ena. De
pu o Deco ado me a ó ico, el Desie o de iene
Alego ía nega i a.
Po ejemplo, en Law ence de A abia , de
Da id Lean (sob e Los Sie e Pila es de la Sabi-
du ía, del p opio T. E. Law ence) el desie o se
puebla de in igas polí icas, i alidades iba-
Edua do G üne
- 33 -
les, conspi aciones coloniales c uzadas, psico-
logías neu ó icas o abie amen e pe e sas,
con adicciones ideológicas, sin po ello enun-
cia al g an espec áculo de ese océano de a ena
donde el sol a dien e alumb a pe o al mismo
iempo enloquece: ¿no decía el ancés-colono
en A gelia Meu saul , en El Ex anje o de Ca-
mus (poco elizmen e aspues a al cine po
Luchino Viscon i), que había ma ado al á abe
po que había mucho sol? La ambigüedad es ma-
ni ies a: po un lado, el pode colonial oda ía
se sien e au o izado a impone le sus imágenes
al espacio acío del desie o; po el o o, el sol
esplandecien e hace e que el O o es u o
siemp e ahí, como un es o bo pa a esa p oyec-
ción cap ichosa e indisc iminada. La misma
au oi onía e oz puede escucha se, pa a ol e
a él, en el co onel Law ence de A abia, cuando
an e la p egun a de po qué ama al desie o,
esponde: Po que es limpio. ¿Limpio? ¡Pe o si él
acaba de ensucia lo has a lo indecible con íos
de sang e!
En El Desie o de los Tá a os , de Ca lo
Lizzani (sob e la no ela homónima de Dino
Buzza i) un egimien o de la Legión Ex anje a
–obsé ese: de la Legión Ex anje a; es deci , de
una banda de desespe ados y des e i o ializa-
dos po de inición– espe a e e namen e, en los
bo des ex e io es del desie o, la in asión á -
a a que nunca llega á –sal o, en anspa en e
alego ía, po la p esencia de un caballo sal aje
que, como deambulado del desie o, es el único
se ealmen e lib e de la his o ia–: lo impo an-
e, y ambién lo ka kianamen e absu do, es es-
a allí , ma cándole al desie o unos lími es que
no ienen o o alo más que el de se on e as
imagina ias que no sepa an nada, pe o indican
la necesidad –más: la obsesión– de alucina una
di e encia con a la Nada.
En Re ugio pa a el Amo , de Be na do Be -
olucci (sob e El Cielo P o ec o , de Paul Bowles)
una pa eja de bohemios has iados busca, en su
a esía sin umbo p eciso, nómade, po el de-
sie o y sus pequeños poblados, ecupe a ¿qué
cosa? ¿el amo y el deseo, pe didos, ago ados
o alienados en el sinsen ido de la enajenación
ci ilizada? ¿ al ez un más allá me a ísico o mís-
ico, simbolizado po esa ex ensión inaba cable
e inalcanzable – ep esen ación inquie an e de
lo sublime kan iano– que pese a su in ini ud apa-
ece con enida po el cielo p o ec o ?
P e isiblemen e, sólo encon a án allí
desolación, angus ia, pes ilencia, mue e: el
cielo es á an acío y es an poco p o ec o
como el desie o mismo. La p o agonis a eme-
nina, después de un la go y a ieb ado pe iplo
po un desie o al cual pugna po inco po a se
pe o que le es insal ablemen e ajeno , ol e á a
Tánge , a la Ciudad: es inú il, la Na u aleza ya
no iene nada que deci le a quien la ha o ien-
alizado has a el idículo, aún con las mejo es
in enciones.
La me á o a, pues, pe sis e: el desie o
sigue siendo pan alla de p oyección. Pe o lo que
se p oyec a aho a sob e ella ya no es el pode , la
imaginación, el omance, el ensueño de Occi-
den e: son sus an asmas y sus pesadillas, como
si el mundo sin on e as, que occiden e c eía ha-
be alcanzado bajo su hegemonía, se enga a,
haciéndolo pe de se en caminos sin salida. El
Desie o había es ado allí desde siemp e, mu-
cho an es que el Homb e. Pe o desde que el
Homb e decidió además in en a lo pa a sus
p opios designios de dominación, pasó a o ma
pa e de una Na u aleza an i-na u al.
En e dad, nunca hubo e dade a oposi-
ción excluyen e en e la Na u aleza y la Cul u a,
como muchos se han ap esu ado a simpli ica
ASTRAGALO, 20 (2015)ISSN:2469-0503
LA INVENCION DEL DESIERTO
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en una des-lec u a de la an opología llama-
da es uc u al: pe o su c eado , Claude Lé i-
S auss, es ablece cla amen e que en e ambos
hay an o una dis inción como una a iculación;
el abú del inces o –Ley uni e sal que ma ca el
pasaje de la Na u aleza a la Cul u a– es lo que ya
hay de la segunda en la p ime a, y lo que oda ía
hay de la p ime a en la segunda.
Fue la acionalidad ins umen al-domi-
nado a mode na la que ope ó una gigan esca
enegación de ese ínculo ambiguo, con lic i-
o, educiendo la Na u aleza a me o y ex e io
u ensilio-a-la-mano, ese a de ma e ias p imas,
pa que emá ico pa a u is as, lo que sea, odo
ello desgas ado y iolado has a su o al co up-
ción. Del o o lado de la aya –el lado de los que
Wal e Benjamin hubie a llamado los encidos
de la His o ia– el desie o es el espacio abismal
de ma i io y mue e de los mig an es ilegales,
el campo de concen ación abie o donde se
seca el alma de los espaldas mojadas.
El Desie o ue p i ilegiado como u en-
silio, como imos, po que su an aseada p oxi-
midad al acío pe mi ía, desde la lógica de la
dominación, imagina un comple o con ol de
esos ínculos. Pe o no. De línea ec a, escena-
io de una de las e ien es mí icas o igina ias
de nues a Cul u a en su a a esamien o po
Moisés, el Desie o ha de enido en el peo de
los Labe in os. Como po o a pa e ya lo ha-
bía an icipado –según su in e e ada cos umb e
p o é ica– Bo ges.
Bien enidos en onces, en e ec o, al De-
sie o de lo Real.