M. Zimmerman, Apuleius, Metamorphoseon libri XI, recognovit brevique adnotatione instruxit M. Z., Scriptorum classicorum bibliotheca Oxoniensis, Oxonii: Oxford University Press, 2012, pp. 352, 9780199277025 [Reseña]
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ExClass 17, 2013, 401-411 ISSN 1699-3225 M. ZiMMerMan, Apuleius, Metamorphoseon libri XI, recognovit brevique adnotatione instruxit M. Z., Scriptorum classicorum bibliotheca Oxoniensis, Oxonii: Oxford University Press, 2012, pp. 352, 978-0199277025. Por primera vez en la historia una edición de Apuleyo en Oxford Classical Texts, y la segunda en lo que llevamos de siglo. La autora, Maaike Zimmerman (en adelante Z.), es una reputada filóloga de la Universidad de Groninga, experta en este escritor y responsable, entre otras muchas publicaciones como autora y coordinadora, de un magnífico comentario al libro X de Metamorfosis (Groninga, Egbert Forsten 2000). Indudablemente ha sido sobre todo este libro, que queda con todo merecimiento para la historia de la Filología, lo que le ha valido el encargo de esta comprometida edición, que aspira, de forma natural en esta colección, a convertirse en el libro de referencia sobre esta obra. Quizá, antes de nada, habría que hacer un par de consideraciones previas: cuando se abre el volumen, que se presenta según las norma en OCT con una portada latina en la que se anuncia un brevis aparato crítico, lo primero que se observa es una larga introducción en inglés (vii-xli) con una bibliografía bastante amplia (xlii-lvii) y, si se sigue hojeando el libro, se comprobará además que las anotaciones críticas no tienen nada de breves. Esto último, teniendo en cuenta los enormes problemas de texto que tiene Metamorfosis, es un acierto indiscutible; no estoy tan seguro por lo que respecta a la lengua del prefacio. Es cierto que a una introducción mucho más ambiciosa, como la que aquí se presenta, no le viene mal una expresión más clara y comprensible para todo lector que la que suele proporcionar el encorsetado «latín de prefacio», pero, aunque no es el primer caso en la colección, produce cierta tristeza que se renuncie a la lengua del Lacio en uno de los pocos lugares en los que se empleaba en exclusiva y resulta incoherente con el aparato crítico: ¿llegaremos a ver pronto anotaciones al texto en lenguas modernas? En contra de lo normal en esta serie, la presentación empieza por tratar aspectos literarios o históricos, como vida de Apuleyo, sumario de la obra, relaciones con otras obras y modelos, intención del autor o datación, siempre con las referencias bibliográficas esenciales. Aunque en general this is not the place to go into these issues, esta brevísima primera parte del prefacio tampoco roba demasiado espacio a consideraciones más acordes con una edición de texto latino. Sí es propio de estas lo que sigue: tras unas notas sobre las ediciones preparadas por Salustio en el siglo IV de las que informa la subscripción del libro IX y varias hipótesis sobre la llegada del texto a Montecasino, Z. aborda el estudio del manuscrito principal, F (Laurentianus plutei 68.2).
402 Juan Martos Fernández: M. ziMMerMan, Apuleius, Metamorphoseon... ExClass 17, 2013, 401-411 La exposición en este caso es clara y precisa; quizá se tendría que haber aludido al manuscrito C, aunque este solo conserva fragmentos de Apología. Por lo que respecta a las primeras ediciones, estoy totalmente de acuerdo con la importancia de la princeps (1469) y la segunda Juntina de Philomathes (1522), pero la perceptible mejora que aporta esta probablemente no se debe tanto al uso de varios manuscritos, sino a la labor del editor y a la recepción en el texto de las conjeturas y correcciones de otros críticos, especialmente Bacichemus, como se ve más adelante en pp. xxii-xxiii; en este aspecto, es mucho el progreso que supone, pero también mucho lo que tiene en común, por ejemplo, con la Aldina, un año anterior. Para el resto de las consideraciones sobre otros códices, singularmente φAES y U, Z. sigue esencialmente y con buen criterio las ideas de Robertson. Ha colacionado enteros φA y U —además de F, por supuesto— y se ha basado en las lecturas de Robertson y Giarratano para E y S. Habría que advertir, por cierto, que Robertson solo lee sistemáticamente F: a los otros, φ incluido, no acude más que ante la existencia de algún problema. Resulta, por tanto, que no son pocas la veces que se encuentran en el aparato crítico referencias a A y U, pero nos quedamos sin saber si E o S compartían las mismas lecturas. El manuscrito Ambrosiano presenta la nueva datación de finales del siglo XIII que le adjudica Ferrari. Z. tiene toda la razón al confirmar que U en muchos casos se parece mucho más a A que al ancestro de la clase I: puedo atestiguar la enorme coincidencia entre ambos códices en lo que respecta a Apología y Flórida, por lo que la situación del Illinoiensis en el stemma de esta edición, resulta, como mínimo, intrigante. Z., además, ha efectuado una nueva colación parcial del Dorvillianus y ejemplos de sus lecturas aparecen esporádicamente en el aparato crítico. A continuación se halla una descripción algo más detallada de las primeras ediciones que se usan: además de la ya mencionadas princeps y segunda Juntina, se trata del comentario de Beroaldo (1500), que aportó tanto un texto menos que mediocre como una labor crítica excelente, que se sigue valorando. Habría que apuntar incidentalmente que el texto empeora en las ediciones venecianas posteriores, y aún más en las parisinas de 1510; sería recomendable acudir en lo posible a la primera impresión. Z. está acertada, con toda seguridad, al excluir el spurcum additamentum a X 21 del texto, porque definitivamente no lo escribió Apuleyo. En este caso, incluso se omite en el aparato crítico, en el que únicamente se encuentra una referencia al prefacio (xxiii sq.). Los criterios seguidos en la confección del aparato crítico (xxv-xxviii) son irreprochables: se podrían resumir como proporcionar la mayor información ahorrando todo el espacio posible. Naturalmente, F tiene un lugar especial y siempre presente, pero también se citarán las copias de este, las ediciones antiguas y, constantemente, las propuestas de filólogos antiguos y modernos. En cuanto a la ortografía, Z. deja bien establecido que lo que tenemos — en definitiva, la del manuscrito F, que siendo optimista se podría remontar a
403 ExClass 17, 2013, 401-411 Review ARticles / ARtículos ReseñA la revisión de Salustio en el siglo IV— no cabe atribuírselo sin más a Apuleyo, pero que probablemente este no era absolutamente coherente en sus planteamientos, y hay buenas razones para convencerse de esto. Z. pretende seguir un criterio ecléctico, entre la consistencia más completa y el respeto por las formas que presenta F, se les dé a estas el valor que se les dé. Las bases para corregir, en el caso concreto de la asimilación o no de los prefijos (xxxi), han sido la estadística y los estudios de Prinz (ALMA 21, 1951, 87-115; ibídem 23, 1953, 35-60): el resultado, por supuesto, no es coherente, hay correcciones en unos casos y en otros no. Lo que sí se puede decir es que Z. ha hecho bien en descargar el aparato crítico de variaciones ortográficas y realizar tácitamente correcciones ligeras como b/v, c/ch, etc. También estoy persuadido, con Z., de que Apuleyo no escribía la misma palabra unas veces con ph y otras f; no estoy tan seguro, por ejemplo, en el caso de la distinción entre los verbos fraglare, fragrare y flagrare. Que Apuleyo supiera la diferencia es innegable, pero ¿cómo se pronunciaba generalmente en su época? ¿Y no cabe pensar que aceptara la situación del habla general de su tiempo, como en otros aspectos? Es obvio que no lo sabremos nunca. A propósito, ya que se respeta la alternancia sed/set, debería haber escrito esta última forma en 3.4.4 sobre todo teniendo en cuenta, como pensaba Helm, que F se copió seguramente de otro manuscrito en beneventana. Hay razones más importantes para uniformar los nombres propios, como ha hecho Z., y admitir la forma más clásica, pues en estos se ceban los fallos en la trasmisión y podemos tener mayor certeza de que Apuleyo transcribía de forma exacta el griego en el que estaba el original de la mayoría. El estado de los conocimientos actuales sobre la forma de escribir del escritor no permite que la ortografía que se emplea en la edición de sus obras pretenda siquiera aproximarse a los usos del autor: es verdad que ningún texto, ni el de Helm, que conserva, por ejemplo, la alternancia Photis/Fotis, sigue sin más la forma de escribir que se halla en F, pero corregir formas presentes en otros textos y fundamentalmente correctas en aras de una mayor consistencia cuando hay tantas dudas sobre el original no creo que sea más científico ni que ayude al lector. Tras un breve examen de las ediciones desde 1842 (Hildebrand) y unas consideraciones sobre el texto que presenta en sí, Z. aporta una extensa bibliografía. Naturalmente, siempre hay alguna omisión; es más, en un libro tan estudiado y leído se agradece alguna selección, pero a pesar de todo, hubiera merecido una cita a propósito del conocimiento de Apuleyo en la Edad Media G. C. Garfagnini, “Un «accessus» ad Apuleio e un nuovo codice del Terzo Mitografo vaticano”, Studi medievali 17, 1976, 307-62; resulta llamativo que se cite F. Piccioni, “Un manoscritto recenziore del De magia di Apuleio: il cod. Ambrosiano N 180 sup.”, Segno e testo 9, 2011, 165-210, a pie de página y no en bibliografía y no se mencione otro artículo de la misma autora —“Il De magia di Apuleio. Un testimone trascurato: il codice Assisiate 706”, en E. Bona - M. Curnis (eds.), Linguaggi del potere, poteri del linguaggio,
404 Juan Martos Fernández: M. ziMMerMan, Apuleius, Metamorphoseon... ExClass 17, 2013, 401-411 Alessandria 2010, 365-75— que deja zanjado el controvertido asunto de la situación de este códice, aunque se limite a otra obra de Apuleyo. También podría haber tenido un lugar en aparato crítico Juan J. Martos, “A note on Apuleius’ Metamorphoses”, ExClass 8, 2004, 77-81. En las siglas, se recogen las tradicionales de manuscritos (exactamente FφAUES), una —α— para las coincidencias entre algunos o todos los manuscritos AUE y S y el símbolo ya tradicional, presente también en Helm, para las lectiones vulgatae presentes en otros códices y ediciones antiguas: v. Habría que dejar constancia también de algunas reglas generales: a diferencia de otras ediciones, se utiliza v para u consonántica y se escribe mayúscula después de punto y seguido. El aparato crítico se remite a las líneas del texto, que también presentan la división de párrafos de Robertson; las referencias internas acertadamente utilizan esta última (libro, capítulo, párrafo) y no la de página y línea, como en Helm. Los signos presentes en el texto se reducen a los paréntesis angulares para incluir alguna expresión y llaves, en vez de los tradicionales corchetes, para eliminarlas: el resultado es un texto limpio, que se lee muy bien y no entorpece al lector con incesantes signos y cambios de tipo de letra. La edición es espléndida y muy cuidada, como no podía ser de otra manera en esta colección, apenas hay alguna errata insignificante o algún pequeño fallo tipográfico: como ejemplo, véase en p. xiii 9th por 19th; o en p. 93, línea 4, donde debería aparecer <eam fastus>, no eam <fastus>. Entre las novedades, naturalmente, figura la actualización del aparato crítico, al que se ha incorporado la crítica más reciente y, por supuesto, la presencia en este de los manuscritos de la clase I de Robertson. En cuanto a las nuevas intervenciones de los filólogos, se han recogido prácticamente todas. En algunos momentos parece que se ha efectuado cierta selección: así, falta alguna de Harrison 2006, por ejemplo, pero, por otra parte, se anotan casi todas las de Shackleton Bailey, que en su mayoría son absolutamente prescindibles. A algunas, como se ha visto, se le ha concedido especial importancia: quizá el tiempo lleve a verlas con más perspectiva. Pero Z. no solamente ha recolectado lo último: además, ha realizado una inmensa labor de estudio de conjeturas antiguas en ediciones anteriores a Oudendorp (1786) e incluso ha buscado en las ediciones de los siglos XIX y XX datos de cada una de las propuestas, discusiones y defensas que aparecen en el aparato crítico y que no figuraban con esa minuciosidad en ninguna otra edición. La verdad es que el procedimiento habitual hasta ahora de basarse en las anotaciones de Oudendorp editadas por Ruhken (Leiden 1786) ha demostrado tener bastantes fallos, pero hacer de nuevo el trabajo de colacionar todas las publicaciones sobre Apuleyo entre 1469 y finales del XVIII sería, a pesar de los excelentes medios actuales, sobrehumano y probablemente no demasiado fructífero. Z. ha emprendido una parte muy amplia de esta labor, pero ni puede ser exhaustiva ni carece de algún error ocasional. Por ejemplo, es verdad que en 4.29.3 la lectura differuntur no es de la Aldina, que presenta deae
405 ExClass 17, 2013, 401-411 Review ARticles / ARtículos ReseñA proferuntur, exactamente como el códice U, pero tampoco está claro que sea la de Colvius, que en el texto presenta Deæ deferuntur (68 l. 8) y en las notas equivocadamente escribe lege ex Aldino ‘deseruntur’ (!) y solo después añade forte non malè etiam ‘differuntur’, pero no parece que pretenda prescindir de Deæ. A pesar de todo, es muy meritorio y admirable lo que se ha hecho para atribuir cada conjetura a su lugar o persona correspondiente. Solo por esto las anotaciones de Z. tienen un valor incalculable. La presentación de los manuscritos, como se ha advertido antes, es muy irregular: aparecen con muchísima mayor frecuencia A y U que ES (casi abriendo el libro por cualquier página se encuentran ejemplos). Comparado con otras ediciones, como la Helm, no hay citas sistemáticas de φ. Por otra parte, hay pocas lecturas procedentes de AUES, casi siempre los dos primeros, que no estuviera ya a disposición de los estudiosos en las demás ediciones — en la de Helm, concretamente, con la sigla v—, pero las hay, y no dejan de ser importantes: véase, por ejemplo, vis amoris (AU) en 3.15.6, talium en 3.19.5 (U) o utque también de U en 4.3.6. Asimismo la intervención de los manuscritos UES en 5.13.4 es trascendental para leer devotae dicataeque. También cambia la situación en 5.16.3 la presencia de mendacium en U, al igual que la de de proxima civitate (8.1.1), aunque sería útil saber qué presentan los demás manuscritos. Refuerza igualmente los argumentos para eliminar lavacri en 6.28.5 la falta de este en AU y la princeps, además de en φ. De la misma forma, Z. con De Buxis y Philomathes se decide por el atractivo sauciantis de U en vez del satiantis de Colvius en 8.10.1. Y así en otros muchos pasajes: véase, por ejemplo, 11.16.10 (ritu). Especialmente valiosa es la aportación de estos manuscritos a lugares especialmente dañados, como por ejemplo 6.30.13 y 8.5.9-6.3. Naturalmente, el hecho de que una lectura esté avalada por un manuscrito de esta importancia es suficiente para darle aún mayor valor a la edición. De todas formas, hay que ser cauto: no siempre es seguro que la lectura de los manuscritos sea más que una corrección banal producto del ingenio, más o menos acertado, de algún copista. Así, por ejemplo, el genitivo servulum de 4.19.1 que AU —una vez más nos quedamos sin saber nada de ES— corrigen en servulus. Tampoco creo que tenga mayor valor comburat (AU en 8.2.7). Además, da la impresión de que U presenta en no pocas ocasiones correcciones propias ajenas a cualquier tipo de modelo y, consecuentemente, su valor es muy desigual. Z. ha realizado y reflejado en el aparato con enorme claridad y honradez un inmenso trabajo de colación de manuscritos. Pero no se puede decir que la situación de todas las lecturas esté del todo dilucidada. Incluso en F, tantas veces leído, colacionado y estudiado, se pueden encontrar sorpresas. Un par de ejemplos de divergencias: me sigue dando la impresión de que la lectura original de F en 2.4.10 era deamtu (no deamtum) y que la primera mano añadió sum (la lectura de φ), pero quizá habría que volver al manuscrito directamente para tratar de solventar las dudas. Lo mismo se podría afirmar de
406 Juan Martos Fernández: M. ziMMerMan, Apuleius, Metamorphoseon... ExClass 17, 2013, 401-411 3.29.5, donde, después de volver a consultar las copias y la Teca Digitale de la Laurenciana sigo leyendo praterimus, tanto en F (138v) como en φ (35v), y no praeteriremus, como afirma expresamente en el aparato crítico Z. Por supuesto, estas pequeñas diferencias, que no están del todo claras, no implican que el lector no pueda tener absoluta confianza en la información sobre los manuscritos que tiene en este libro; así lo han demostrado, al menos, las veces que, esporádicamente, he comprobado lecturas de FφAU. En resumen y en conjunto, la edición de Z. es, en sus planteamientos generales, excelente. La razón es que es la más completa que existe hasta estos momentos por la cantidad de información que aporta, procedente tanto del uso de los manuscritos y las primeras ediciones como de las conjeturas de los filólogos. Además, la “limpieza” del texto y la claridad expositiva del aparato crítico refrendan este juicio. Z. ha optado por no tratar de proporcionar una reproducción paleográfica de los manuscritos, sino que ha acudido siempre a la transcripción, obteniendo así unas anotaciones magníficas y perfectamente comprensibles. Las poquísimas veces que se aparta de esta regla (e.g. 7.27.3; 10.12.4) se resiente la claridad expositiva. Tampoco se ha sentido tentada por la funesta idea de Helm de abreviar el nombre de los filólogos, que naturalmente aparecen íntegros, y además ha utilizado el excelente procedimiento de distinguir en las citas las diferentes publicaciones de un mismo autor con números volados, algo comodísimo para el lector, que en la bibliografía puede dirigirse directamente a la obra que le interesa en cada caso. Otra cuestión es, por supuesto, el uso que se le ha dado a esta cantidad de datos y aquí, obviamente, es lógico encontrar disparidad de criterios y casi de gustos entre unos filólogos y otros. Hasta estos momentos se había observado una cierta tendencia, con muchos altibajos, a mantener el texto de Metamorfosis relativamente cerca del testimonio más antiguo, F. Las sucesivas ediciones de Helm en Teubner han supuesto un enorme avance en este sentido, y uno de los más claros beneficios que han aportado, quizá bajo la impresión del desenfreno conjetural de Van der Vliet, fue la supresión de muchas intervenciones gratuitas que solo se justificaban por tradición. También optaron por este criterio los sucesivos Groningen Commentaries on Apuleius. Por supuesto que ha habido notables excepciones: la principal, el texto de Robertson con traducción de Vallette en la colección Budé. El caso es que Z. se mantiene en buena parte dentro de esta línea. En el aparato crítico son constantes las notas que atestiguan que se han defendido y mantenido las lecturas de F. Pero también es verdad que en cierta medida se ha cambiado de criterios por la cantidad de enmiendas y adiciones que se han incorporado al texto. Por supuesto que no pocas están plenamente justificadas, pero en otros casos distan de ser no ya oportunas, sino ni siquiera necesarias. Así, por ejemplo, entre las adiciones, no creo que se adelante nada precisamente con la de Wagenwoort en 4.30.3 (<fastus>), que no admitieron ni
407 ExClass 17, 2013, 401-411 Review ARticles / ARtículos ReseñA Robertson ni Kenney, por ejemplo; es más ni siquiera se le cita en el comentario de este (Apuleius. Cupid & Psyche, Cambridge 1990, 122-3) ni en el más moderno de Zimmerman et al., Apuleius Metamorphoses. Books IV 2835, V and VI 1-24, Groningen 2004, 61-2. No tan grave es la intervención de Magnaldi un poco más adelante, en 4.31.5, pero tampoco supone ningún progreso, como también dudo de que en 7.12.4 mejore realmente el texto. Un retroceso claro es la adopción, perfectamente prescindible, de <minatur> de Van der Vliet en 5.11.3. Discutible la adopción de la corrección de 1.2.2 de Robertson, un filólogo proclive a inventarse texto escudándose en un saut du même au même. Mucho más es la adopción de determinadas conjeturas en el texto que pretenden solventar supuestas lagunas, como el <Aristomenes sum> de Castiglioni en 1.5.3 y todavía más después del contundente y sutil estudio de A. Bitel (en Keulen - Nauta - Panayotakis (eds.), Lectiones Scrupulosae, Groningen 2006, 222-33, en el que, por cierto, falta el clásico de Brotherton en CPh 29, 1934, 36-52), que, a propósito, debería haber figurado tanto en la bibliografía como en el aparato crítico en el lugar correspondiente. El texto, recordémoslo, no es completamente coherente y el autor juega deliberada y frecuentemente con esta falta de consistencia, pero de lo que podemos estar seguros es de que hay tantas probabilidades de que Apuleyo escribiera esto como cualquier otra cosa, y hay motivos, como en este caso, para sospechar que estamos enmendándole la plana al mismo escritor. Aparecen con cierta frecuencia las alteraciones de algún término o la eliminación de alguna expresión, normalmente por considerarla un elemento extraño, producto de un error en la copia y, sobre todo, de la introducción en el texto de una glosa. También aquí hay casos seguros y perfectamente admisibles (2.1.8) y otros en los que no se explican ciertas decisiones. No comprendo, por ejemplo, las razones para admitir la conjetura hebetati de Conte en 2.32.1 (véase la explicación de la lectura liberati en Van Mal-Maeder 2001, 404), que me parece demasiado racional y simple, ni la eliminación, como glosa a hostiis circumforaneis del improbable lustralibus piamentis en 3.2.5, dos intervenciones que no deberían haber pasado del aparato crítico. No veo la ventaja del Ditis sectator de Panayotakis en 6.18.6 con respecto a las anteriores propuestas de Gronovius o Robertson, por no hablar de la excelente de Seyffert. La vuelta a la corrección in bove en 6.29.5, con nuevos apoyos de Nicolini, no deja de ser un atraso, así como la adopción del inútil <vestras> de Rossbach en 8.20.1 o de toda la intervención en 11.1.4 escribiendo por un lado <laetus et> a partir de las anotaciones de Helm y eliminando el <laetus et alacer> de acuerdo no con la ingenua idea de Leo, sino con la advertencia de Robertson de que se vuelve a utilizar la misma palabra en poco espacio (Keulen – Egelhaaf–Gaiser, Aspects of Apuleius’ Golden Ass III, Leiden - Boston 2012, 3-5). No es imposible que se haya producido algún accidente, como opina Magnaldi, pero el texto tal como aparece en F podría ser auténtico y es sabido que los antiguos no consideraban incorrectas, como nosotros, estas repeticiones.
408 Juan Martos Fernández: M. ziMMerMan, Apuleius, Metamorphoseon... ExClass 17, 2013, 401-411 Hay algunos pasos en los que las correcciones tiene cierto apoyo externo, pero también son perfectamente razonables los que mantienen lo trasmitido; así, volver a lecturas como e.g. el tradicional <omni>videntem de Leo en 1.5.1 podría interpretarse como un retroceso desde la última edición de Helm, a pesar de Keulen (Apuleius. Metamorphoses I, Groningen 2007, 146-7). También tengo la sensación de que la sintaxis, un poco extraña —¡pero no imposible!— de 2.13.5 responde a la intención del autor, tiene un sentido literario y no es necesaria la corrección de Ammannati, por más que sea económica y deje un texto perfectamente pulido. Alguna vez, Z. da la impresión de intentar acomodar el texto a los usos del latín “clásico”, a pesar de que reconozca en el prefacio (xxix) que Apuleyo no es un autor demasiado convencional ni pertenece a un momento o corriente artística demasiado convencionales. Así la corrección, que yo calificaría de simplista, de Thessaliam en Thessalicam (desde Beroaldo —Bolonia 1500, 9—, en 1.5.2) cuando el original cuenta con paralelos sintácticos para todas las peculiaridades que presenta (Keulen ad loc. 148-9); igualmente el tradicional destricto (Oudendorp) en 4.5.4, derepsissent (Pricaeus 4.6.7); la atétesis de nequicquam [frustra] en 8.16.6, o la unificación de la forma cuppedinis (por cupidinis en 1.24.3, 1.25.1 y 2.2.2). Pero esto no es en absoluto general: así, por ejemplo, admite los imperativos profers (1.23.8), aufers (2.6.6), defers (6.13.5) y offers (10.16.10) —aunque no llega a uniformar el refer de 5.2.3—; o suscitare con el significado de sustinere en 22.30.5 y 11.29.1. Igualmente normalizadora es la lectura leuatos de 4.1.4; también la “restitución del orden apuleyano” de Sic lamentata (Kirschhoff en 4.24.6), cuando precisamente es esta disposición lo que hace más probable que sea una lectura original. Otra disposición muy efectiva deteriorada por una corrección vana se da en 5.6.7 siguiendo a Traina (te efflictim et). En la elección entre varias posibilidades de los manuscritos, no veo, aunque lo hayan adoptado varios editores, la conveniencia de corrección imperat en 5.9.7, por más que se diera ya en las primeras copias de F, cf. Kenney 1990, 152 ad loc. Definitivamente no veo la necesidad de tinnula (1.7.4) por timida, que constituye un clarísimo oxímoron fácilmente inteligible: “socarronería temerosa”, porque está todavía aterrorizado, pero poco a poco va tomando confianza con su amigo. La lectura corregida, en cambio, no añade nada, es únicamente la palabra más parecida que indica un sonido y no creo que Quint. inst. 2.3.9, que aplica el adjetivo a los malos preceptores, sirva para avalarla. Estoy convencido también de que es un error la supresión de et pater meus en 1.17.4, que estropea esta irrupción tan cómicamente exagerada como irónica por parte del narrador y que ha tenido convincentes defensores (Keulen 2007, 320). Se hubiera debido mantener audire en 2.9.7 con el sentido del OLD s.v. 5 contra videri de los demás manuscritos y de acuerdo con Van Mal-Maeder (Apuleius, Metamorphoses II, Groningen 2001, 179) y en consonancia con 5.16.4, donde no hay propuesta alguna de corrección.
409 ExClass 17, 2013, 401-411 Review ARticles / ARtículos ReseñA No son raras, por otra parte, las intervenciones de la propia Z. en el texto. Entre estas, no creo que sea precisa la adición de <invidiam> en 2.18.4; se puede entender perfectamente que insidias es el único objeto tanto de splendor como de contemptus. En 4.6.5 se encuentra ac aula firma, que sigue una brillante conjetura de Dowden (CQ 30, 1980, 218-20). En 4.15.3 elimina, de forma poco convincente, respiratui como interpretamentum a los orificios que se practican en la nariz. En vez de imi en 6.11.5 escribe, tras los pasos de Paratore, ubi: lo que no es admisible es que remita al comentario de Cupido y Psique (Zimmerman et al. 2004, 449-50) para las notas a este difícil pasaje, cuando además en el libro empieza enviando a Capponi, “Cruces Apuleianae”, Latomus 46.3, 1987, 609 ss. En 6.19.7 opta por leer curare, siguiendo a Koziol (<curare> curiosius) en vez de curiosius, con lo que soluciona el problema del verbo —si es que de verdad es un problema, cf. Armini, “Studia Apuleiana”, Eranos 1928, 301-2—, pero elimina un elemento muy importante; creo que, si hay que decidirse por una enmienda, cures al menos cuenta con el respaldo de los manuscritos. En 9.25.5 traslada el suplemento de Helm <deverteret> hasta después de sibi basándose en 9.40.4 (sibi devertit). No le veo ninguna ventaja a destinarant (10.13.4) en vez del poco frecuente, pero lógico praedestinarant de F convenientemente defendido por la propia Z. (2000, 203) frente a praestinarant de v. En 10.19.4, en un pasaje en el que existe una laguna manifiesta para cuya resolución hay un paralelo en Ὄνος 50.5, ha acudido a su propia conjetura, basada en una propuesta de Novák y ya publicada en el comentario al libro X (266-7) : <curans an ei quicquam>. También en 10.3.5 Z. se decide por ofrecer una solución propia simplificando <ornata. sed et uestis> de Castiglioni en <ornata. Vestis>. De la misma forma, la repetición de tibi en 11.6.3 es perfectamente admisible y la corrección tanto de este por parte de Colvius como de mearum en earum por la de Scriverius son completamente prescindibles y no deberían haber subido del aparato crítico. Del de Robertson, por cierto, aunque este no lo admite en su texto, toma Z. la idea de eliminar [de litteris] en 11.17.3, precedido por la intervención de Helm de quitar [de libro]. Algo más adelante, admite el texto de Nicolini (Philologus 154, 2010, 152-4) en 11.23.5, lingua[e] <illicitae intemperantiae ista>, sustituyendo a la de Van der Vliet —lingua[e] <ista impiae loquacitatis>— que obtuvo la aprobación de Robertson, naturalmente con las mismas probabilidades de haber acertado con el texto apuleyano. En 11.26.2 rechaza Z. la explicación que aporta Hildebrand del texto trasmitido como una elipsis e imprime su propia adición: <potitus sum>, mientras que en las anotaciones «dubitanter» propone <accessi>. No entiendo, por último, a pesar de leer la defensa (RFIC 138,2010, 194-7), qué tiene de recomendable o qué dificultad subsana el qui de Nicolini en vez de inquit en 11.28.4 ni acaba de convencerme la lectura de 11.27.6: similis esset [ut somnium] con intervenciones de Nicolini y Stewechius respectivamente. Un aspecto muy llamativo en la novela es la utilización al margen de los