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España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales

Gutiérrez Koester, Isabel

Abstract

Es conocida la pasión que sentían desde el siglo XVIII los viajeros centroeuropeos por las raíces orientales de España. En plena época del turismo de masas, los viajeros alemanes continúan moviéndose entre este exotismo oriental y las particularidades y peculiaridades meridionales. El presente artículo se centra en el debate del mito español entre atraso y modernidad en el siglo veinte mediante el análisis de fronteras tanto mentales como geográficas entre España y África en varios relatos de viajeros alemanes.

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14 Magazin 22 a situación geográfica de la Península Ibérica en el contexto europeo siempre ha sido especial: por un lado, aislada de la Europa septentrional por los Pirineos, por otro, puente entre dos continentes, sólo separados por el estrecho de Gibraltar. Es conocida la pasión que sentían numerosos viajeros románticos por las raíces orientales de España y la aureola exótica que el país adquirió sobre todo para los observadores alemanes, que plasmaron sus impresiones en numerosos relatos de viaje a partir de finales del siglo xviii. Sin embargo, la cuestión que este artículo se plantea se sitúa en torno a lo que ha perdurado de esa imagen —a menudo estereotipada— tras la irrupción a partir de los años 60 del turismo de masas y hasta qué punto aún es válido el famoso y controvertido aforismo «África comienza en los Pirineos», tanto desde el punto de vista del viajero alemán como del intelectual español. Con el comienzo de la segunda mitad del siglo xx tuvo lugar un importante cambio en torno a la percepción de los conceptos de viaje y viajero. El viajero tradicional (intelectual, artista, escritor, científico o aventurero) se convirtió paulatinamente en un viajero globalizado y la odepórica se posicionó, en consecuencia, entre tradición y modernidad, viéndose condicionada e influida de manera determinante por el incipiente turismo de masas, que contribuyó a crear un nuevo entendimiento del concepto de viaje y del comportamiento social que éste implicaba. Carl Degener, comerciante y pionero del negocio del turismo, anticipó en 1949 que los alemanes viajarían como nunca en cuanto volvieran a tener suficiente para comer.1Y así fue, pues en los años cincuenta, como consecuencia del milagro económico alemán, el viaje vacacional se convirtió para gran parte de la sociedad en algo asequible e incluso habitual. Tras muchos años de escasez, penurias y de daños en la infraestructura turística como consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, se trató de reconstruir cuanto antes este sector empresarial. La gente sentía anhelo por el soleado sur y de esta manera, la zona del Mediterráneo se convirtió pronto en uno de los destinos preferidos por los nuevos turistas alemanes. A partir de 1950 comenzó la popularidad de la Italia adriática (Toscana, Istria) y de manera incipiente también de la Costa Brava española. En los años sesenta siguieron las costas del sur de Francia, el sur de España y las Baleares y, a partir de 1970, el turismo comenzó a conquistar Túnez, Marruecos, Turquía y el sur de Portugal. Al comienzo de este desarrollo, la mayor parte de España se veía sin embargo todavía como un destino exótico, muy por detrás de una Italia más conocida por su importancia en la tradición cultural y literaria alemana. Los problemas administrativos complicaban además la entrada al país, pues el visado sólo se concedía tras meses de espera y también el sistema de divisas de la Alemania occidental dificultaba un libre tránsito del viajero (cf. Lehmann 2006: 112). Si se tiene en cuenta que la cobertura informativa fotográfica a principios de los años 50 apenas había empezado a extenderse, y que eran sobre todo emisiones radiofónicas y coEspaña-África: Viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales ISABEL GUTIÉRREZ KOESTER Universitat de València L Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. mentarios periodísticos los que tenían que aplacar la curiosidad viajera, resulta comprensible el posicionamiento crítico que se tenía inicialmente ante España. Hasta los años sesenta, España realmente se consideraba un país más propio de aventureros. Así por ejemplo Robert Haerdter habla en su Capricho español. Imágenes de un viaje (Spanisches Capriccio. Bilder einer Reise, 1957) de una «diferenciación enigmática» (geheimnisvolle Andersartigkeit). Títulos como España pagana (Heidnisches Spanien, 1958) de Richard Wright y Werner von Grünau o El sur está más cerca del paraíso (Der Süden ist dem Paradiese näher, 1956) de Hans von Uslar dan testimonio del carácter intacto y poco explorado del país. Y titulares en la prensa alemana occidental del tipo El problema español (Das spanische Problem), Misterio España (Rätsel Spanien) o Demonios españoles (Spanische Dämonen) (cf. Becker 2007: 25) explican el hecho de que la literatura de viajes de autores alemanes era inicialmente algo excepcional y que España todavía se consideraba un destino de viaje desconocido y especial. Los escasos viajeros que decidían cruzar la frontera no sólo geográfica sino también mental de los Pirineos venían en gran parte atraídos por el legado árabe y el encanto orientalista que acompañaba la imagen europea de España. Sin embargo, al entrar en el país, la mayoría de estos viajeros reaccionaba con cierta desazón al encontrarse con un país solitario y prácticamente olvidado por el resto de Europa, que distaba mucho de las imágenes de delicado y sensual orientalismo tan extendidas en la Alemania del momento. Richard Kaufmann, por ejemplo, le pone el nombre de la cordillera al primer capítulo de su relato Licht über Spanien de 1957 (Luz sobre España) y describe los Pirineos como «los Alpes olvidados de Europa» (Kaufmann 1957: 8). Tras esa primera barrera, Kaufmann se siente aplastado por la vastedad del paisaje y un ambiente casi anacrónico que nada tiene que ver con la moderna Europa: La extensión del paisaje puede parecerles aburrida a muchos viajeros. Ellos vienen de Europa, sus ojos intranquilos están acostumbrados a ver anuncios y señales de prohibido, a chicas que sirven Coca-Cola, a los chicos de los cigarrillos, áreas de servicio que advierten, atraen, invitan con rótulos y vuelven a dejar libre el paso. No hay nada de eso aquí. En lugar de eso hay un esqueleto oxidado de un camión en medio del campo y uno alberga la sospecha de que lleva aquí desde los días de la Guerra Civil y que está regresando lentamente a la naturaleza.2(Kaufmann 1957: 10) Es un paisaje que para el viajero se asemeja a una tierra oriental: pueblos de casas terrosas, mesetas desérticas, llanuras áridas y carentes de vegetación… A lo largo de la lectura del relato viajero de Kaufmann y de otros autores, el lector a menudo tiene la impresión de que las descripciones que de manera tan plástica se le presentan, bien podrían estar refiriéndose a África en lugar de a España. Y es que la similitud de ambos países durante las primeras décadas del siglo xx es en ocasiones sorprendente y no sólo en lo que al paisaje se refiere. Es sobre todo en Andalucía, donde el parecido es más llamativo. Kaufmann la llama «el viejo puente terrestre entre Europa y África» (Kaufmann 1957: 176), punto de encuentro y centro de atracción para los pueblos de todas las razas desde tiempo inmemoriales. La relación tan estrecha entre ambos países queda patente sobre todos en las palabras finales del viajero: Tras nubes y montañas queda atrás España como un sueño africano de sol, rocas solitarias, carreteras polvorientas, valles vastos y enormes que caminan junto al viajero acompañados por la severa melodía del baile español. (Kaufmann 1957: 309) invierno de 2014 15 Resumen Es conocida la pasión que sentían desde el siglo XVIII los viajeros centroeuropeos por las raíces orientales de España. En plena época del turismo de masas, los viajeros alemanes continúan moviéndose entre este exotismo oriental y las particularidades y peculiaridades meridionales. El presente artículo se centra en el debate del mito español entre atraso y modernidad en el siglo veinte mediante el análisis de fronteras tanto mentales como geográficas entre España y África en varios relatos de viajeros alemanes. Palabras clave:relaciones interculturales Alemania-España, orientalismo, estereotipos, fronteras culturales. Abstract Schon seit dem 18. Jahrhundert übte Spaniens orientalisches Erbe eine starke Anziehung auf mitteleuropäische Reisende aus. Und in diesem Spannungsfeld zwischen orientalischer Fremde und südländischen Eigentümlichkeiten bewegen sich auch weiterhin die deutschen Reisenden im Zeitalter des Massentourismus. Im Folgenden soll die Debatte des spanischen Mythos zwischen Rückständigkeit und Fortschritt im zwanzigsten Jahrhundert näher erörtert werden, indem den sowohl geografischen wie auch mentalen Grenzen zwischen Spanien und Afrika anhand verschiedener Reiseberichte nachgegangen wird. Schlagworte: interkulturelle Beziehungen Spanien-Deutschland, Orientalismus, Stereotype, kulturelle Grenzen. Los escasos viajeros que decidían cruzar la frontera no sólo geográfica sino también mental de los Pirineos venían en gran parte atraídos por el legado árabe y el encanto orientalista que acompañaba la imagen europea de España. [] Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. También Wilhelm Lukas Kristl trató de acercar la inexplorada España al público alemán con obras como Kampfstiere und Madonnen de 1954 (Toros bravos y vírgenes). El sugerente título vuelve a hacer hincapié en el carácter misterioso y desconocido de la España de los años cincuenta. Al comienzo de la obra, el autor destaca —como casi todos los viajeros— que una de las características más destacadas del país es su tendencia hacia la yuxtaposición y convivencia de rasgos extremos. Y es en la comparación o, mejor dicho, contraposición de dos ciudades como San Sebastián y Tarifa, donde el lector se da cuenta de que en la piel de toro realmente convergen dos continentes: Cada país da muestras de diferencias y de contrastes. ¿Pero quién es capaz de imaginar una ciudad como San Sebastián en el norte y una como Tarifa en el sur en la misma península? San Sebastián en el golfo de Vizcaya: casas de cuatro pisos con balcones y balconcitos, mujeres vestidas a la moda parisina, brillante asfalto húmedo de anchas avenidas; una imagen agradable, moderada y abarcable, en una palabra —Europa. Tarifa junta a la carretera de Gibraltar: viviendas cúbicas de paredes blanqueadas y patios escondidos, arcos de herradura y sinuosas callejuelas entre muros sin apenas ventanas, estridentes voces guturales, mujeres en ropajes negros y todos los olores en las callejuelas, desconocida y reservada— África. (Kristl 1954: 7) El periodista suizo Peter Schmid habla en sus Impresiones españolas de 1952 (Spanische Impressionen) de cómo hay fronteras en las que uno no se da cuenta de que ha entrado en otro país. Sin embargo, en el caso de España, el viajero se adentra en un «inmenso misterio desconocido» (Schmid 1952: 7). El autor recuerda cómo sólo tres años antes, cuando Francia mantenía cerradas sus fronteras al país vecino y España quedaba condenada al ostracismo por su colaboración con las potencias del Eje derrotadas en la II Guerra Mundial, Europa efectivamente acababa en los Pirineos. Pero incluso tras la apertura de fronteras en 1948, el viajero más sensible se percata inmediatamente, según Schmid, de que en España se respira un aire diferente al común europeo y que las personas son radicalmente distintas (Schmid 1952: 8). Los Pirineos se convierten por lo tanto no solo en una frontera entre países sino también entre continentes, si bien no geográficos o políticos, sí mentales. También Hans Reutimann tiene una experiencia similar que relata en su obra Pero en España… de 1956 (Aber in Spanien…), título que apunta hacia esa gran contradicción que le es inherente a la piel de toro y que todo viajero percibe nada más cruzar la frontera. «Éste es el río que separa España de Francia», comenta uno de los viajeros del tren que cruza por un río antes de llegar a la frontera. Otro de los viajeros en el mismo compartimento sin embargo corrige: «¡Éste es el río que separa a España del mundo!» (Reutimann 1956: 7). Reutimann, al igual que la mayoría de viajeros alemanes, recurre al famoso aforismo «África comienza tras los Pirineos»3para incidir en la lejanía cultural entre España y Europa. Hubo, sin embargo, voces de destacados intelectuales españoles que, en loor de la estrecha relación de España con África más allá de la política de dependencias coloniales, vieron en dicha expresión la constatación de una especificidad cultural que consideraban motivo de orgullo. Así, por ejemplo, Miguel de Unamuno, recordando el levantamiento del 2de Mayo contra las tropas napoleónicas, describía el espíritu del pueblo español como «alma africana» («y a mucha honra») que se revolvía contra las «mesnadas del hijo de la Revolución» y quiso desproveer la controvertida frase de su matiz peyorativo: Para afrentarnos y rebajarnos se inventó aquella frase de que el África empieza en los Pirineos y aquí nos hemos pasado los años procurando borrarla y citándola como un bochorno. Día llegará —tengo en ello fe y esperanza— en que repitamos con orgullo esa frase y digamos a nuestra vez mirando allende nuestro montes linderos: Europa empieza en los Pirineos. (Unamuno 1908) Las reflexiones sobre África de otro insigne representante de la Generación del 98 en El paisaje de España visto por los espa16 Magazin 22 Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. Bruno Walter, 1912. ñoles de 1959 llevaron al célebre escritor y crítico literario Azorín hasta el punto de identificar numerosos aspectos comunes a ambos países y a considerar que «el porvenir de Europa está en África; los más próximos hermanos de los españoles están pasando el Estrecho, aquende el Atlas». Es sobre todo contemplando el paisaje alicantino, donde Azorín aprecia más y con mayor admiración las similitudes entre ambos países: El África nos atrae profundamente; no podemos pensar en África sin pensar en España y, más concretamente, en la tierra alicantina, en que hemos nacido. No podemos pensar, a la inversa, en España sin pensar en África. El África se ha dicho que principia en los Pirineos; esta frase, de un novelista francés, enoja a mucha gente; no vemos el motivo para la desazón. El África no principia, rigurosamente hablando, en el Pirenne; la costa cantábrica (el Norte y el Noroeste) no es África; el África comienza poco después de pasar la provincia de Álava. Ya el panorama admirable de Burgos, de líneas tan finas, de colores tan suaves, es puramente africano; todo el resto de España lo es también. Y se puede decir con plena exactitud que España llega hasta el Atlas. (Azorín 1959: 129) Para Azorín, España llega incluso a confundirse con el norte de África. Y sigue preguntándose: Y más que las horas de anormalidad jovial, más que los momentos de fiestas, lo que nos atrae irresistiblemente son los minutos anodinos, los días en que no pasa nada. Una puerta en el blanco muro encalado, ¿dónde está? ¿En Marruecos o en Alicante? Este patio silencioso, recatado, de paredes cuidadosamente enlucidas, ¿a qué casa pertenece? ¿A una marroquí o a una alicantina? Y estos ojos anchos, negros y reidores, o tristes, con una tristeza profunda y desgarradora, ¿de quién son? ¿De una bella africana o de una hermosa alicantina? Hay la tradición, tratándose de moros, de que, al salir de España, los últimos creyentes del profeta se llevaron las llaves de sus casas y de que todavía los descendientes de aquellos españoles conservan esas llaves. ¡Cuántas llaves de esas que debe de haber en las casas de África vendrían bien en las cerraduras de las casas de Alicante, Valencia y Castellón, las tres bellísimas y amadas provincias! No nos enojemos, singularmente los valencianos, cuando se diga que el África comienza en la cadena pirenaica; al contrario, tengamos ufanía en corroborar la especie. (Azorín 1959: 131) Cuando intelectuales españoles de la talla de Azorín o Unamuno insistían tanto en la cercanía de ambos paisajes y culturas, no resulta difícil imaginarse qué debían pensar los viajeros extranjeros que llegaban a esa España anacrónica de principios de siglo que permaneció prácticamente inalterada y casi intacta hasta bien entrada la década de los sesenta. Bruno Geuteres, otro viajero alemán, supo apreciaren su obra de 1956 España, avanzada de Occidente (Spanien, Vorposten des Abendlandes) la semejanza entre el paisaje alicantino, concretamente el de Elche, y el marroquí. Al describir las palmeras que tanto caracterizan el paisaje ilicitano, se refiere a ellas como «esbeltas hijas del desierto que se sienten como en casa no sólo a causa del clima sino también por las casas a sus pies, blancas sin apenas ventanas que den a la calle, que tienen el aspecto de un pueblo moro» (Geuter 1956: 15). Este colorido oriental se traduce también en un rasgo que trasciende lo puramente paisajístico y plasma rasgos del carácter y la idiosincrasia propia del pueblo español. Peter Schmid, conocedor y gran viajero por países como China o la India, afirmaba haber vuelto a encontrar el carisma que le había cautivado en Oriente y que tanto echaba de menos en Europa, en especial en su Suiza natal (cf. Schmid 1952: 10), precisamente en esa España que había descrito con tanto detalle Azorín cuatro décadas antes. Al llegar al Estrecho, nuestros viajeros alemanes vislumbran al fin ante sí lo geográficamente africano, pero en su recorrido han visto ya muchos aspectos y vivido sensaciones que para ellos son propias de África, por lo que no pueden estar seguros de si realmente han llegado a una frontera entre dos continentes, o más bien al punto de unión de ambos pueblos, un lugar de mestizaje de culturas y herencia del pasado donde abundan los vestigios de la cultura árabe y africana.4Y es que África es como un estado de ánimo generado por el subconsciente en muchos escritores. Sin embargo, pese a estar al alcance de la mano, sólo escasos viajeros se aventuraban a emprender realmente la «aventura africana». Uno de los pocos que se decide a cruzar el Estrecho es precisamente Reutimann, aunque se limita a visitar Tetuán, que en el momento del viaje todavía es capital de protectorado español (1913-1956). El ambiente que se respira en el Marruecos español es para el autor propio de la España más genuina, siendo en muchos casos intercambiable: invierno de 2014 17 Geuter, al describir las palmeras que tanto caracterizan el paisaje ilicitano, se refiere a ellas como «esbeltas hijas del desierto que se sienten como en casa no sólo a causa del clima sino también por las casas a sus pies, blancas sin apenas ventanas que den a la calle, que tienen el aspecto de un pueblo moro». [] Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. 18 Magazin 22 Mientras uno pasea por las sinuosas callejuelas del barrio moro de Tetuán, acompañado de desconfiadas mirada que van dirigidas más bien a la cámara colgada del cuello que al intruso, uno tiene la impresión de que el conocimiento no solo de la misteriosa Andalucía sino de toda la esencia española cobra mayor profundidad y trasfondo. Lo que uno cree reconocer como rasgos típicamente españoles: el recogimiento de las personas, sobre todo de las mujeres, a la vida dentro de las casas que, sin ventanas que den a la calle, se proyectan hacia los patios interiores y hacia preciosas habitaciones, aquí resulta todavía más llamativo. (Reutimann 1956: 41) El autor experimenta la tácita norma del regateo en la calle de los mercaderes y expresa su admiración ante un viajero español que ha logrado obtener su preciado trofeo a muy buen precio, mientras que él ha sufrido vergüenza y nervios ante el mismo mercader y otros turistas suizos han comprado un souvenir sin siquiera discutir el precio (Reutimann 1956: 44ss.), con lo que han demostrado su completa ignorancia acerca de la cultura propia del país y no han logrado ganarse la admiración y el respeto del comerciante. Este sentimiento de lejanía cultural entre esa España oriental y Europa se expresa de manera metafórica en la imagen que evoca el autor en la última frase del relato: Con Europa a su espalda, la vista sobre África y el Nuevo Mundo, el español se encuentra sobre su tierra antiquísima, que ha sido impregnada de manera inconfundible por la cultura árabe y oriental, y a pesar de cualquier división, Europa sigue dejándose fascinar una y otra vez por la magia de España. (Reutimann 1956: 138) La España de los años cincuenta sin duda conservaba un carácter que sobre todo para los viajeros de la Europa septentrional podía considerarse original y genuino, pero que para numerosos intelectuales españoles no eran más que reflejo de la falta de libertad política y el retraso social que reinaba en el país. Así, el conocido jurista e historiador Joaquín Costa (18461911) hizo un ejercicio de autocrítica y no dudó en denunciar el atraso del país como «africano» y exigió una desafricanización y una europeización. Este debate entre la europeización —símbolo de modernidad— y la africanización —símbolo de la tradición— fue un motivo recurrente en la literatura de viajes de la primera mitad de siglo y Arnold Nolden, entre otros, lo resume en su obra de 1932 África comienza tras los Pirineos (Afrika beginnt hinter den Pyrenäen). En esta ambivalencia, este no saber si hay que ser europeo o africano, se basa toda la problemática de la España moderna. En la España intelectual siempre se plantea la misma cuestión: ¿Nos europeizamos? ¿Nos africanizamos? «África comienza tras los Pirineos.» Esta frase encierra una gran parte de verdad. (Nolden 1932: 53) La problemática se agudizó con la llegada de la segunda mitad del siglo XX. Y es que el resto de Europa estaba entrando en una era de prosperidad y bonanza económica, pero a la vez se había visto sometido a un involuntario proceso de homogenización que la desproveía, según muchos intelectuales, de su individualidad. Por ello, la mayoría de los viajeros coincidían en que España, a pesar de su estructura social obsoleta y anquilosada, no había sucumbido a los excesos de la civilización moderna y no se había visto apisonada por la gran maquinaria europea. El célebre ensayista y filósofo español Ortega y Gasset ya había hecho alusión a este problema en su famoso ensayo de 1930 La Rebelión de las Masas: Triunfa hoy sobre todo el área continental una forma de homogeneidad que amenaza consumir por completo aquel tesoro. Dondequiera ha surgido el hombre-masa de que este volumen se ocupa, un tipo de hombre hecho deprisa, montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa al otro. Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meros idolafori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. Turistas caracterizados para fotografía en la Alhambra, Granada. invierno de 2014 19 de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga —sine nobilitate—, snob. (Ortega y Gasset 1930: 11) Carl Nahrstedt reflexiona al final de su obra de 1950 España eterna en el borde de Europa (Ewiges Spanien am Rande Europas) precisamente sobre este problema y, siguiendo el planteamiento de Ortega y Gasset, cree poder afirmar que el español ha sido entre todos los pueblos europeos el que más ha sabido mantener su propio Yo y el que menos ha tenido que sacrificarse al Moloc de la masa (Nahrstedt 1950: 147). En la misma línea, Peter Schmid describe el país como «anacoreta de la historia mundial», pero se pregunta si aún podrá tener un gran futuro o si la rueda de la historia ya ha pasado por encima de las ideologías a las que este pueblo sigue empeñado en aferrarse. Y esta pregunta se puede contestar cuando se estudia la literatura de viajeros a España a partir de los años sesenta y es que es entonces cuando, de manera paralela al desarrollo del turismo, comienza a multiplicarse. Con ayuda de capital extranjero se sentaron las bases de una incipiente política empresarial germano-española y pudo comenzar la industria turística española propiamente dicha. Si hasta ese punto Italia había sido destino preferido por los alemanes, en los años sesenta fue relevada por España, en especial la costa mediterránea y las islas. Gracias a la creciente motorización y ampliación de la red de comunicaciones, el número de turistas alemanes comenzó a crecer de manera imparable. A pesar de la dictadura franquista, en los años sesenta se registraron más de seis millones de visitantes internacionales, la mayor parte provenientes de Alemania. La irrupción del turismo de masas a partir de los años sesenta supuso un punto de inflexión para el papel de España en el contexto europeo, pues como destino turístico alcanzó una popularidad internacional enorme. Sin embargo, la mayoría de turistas alemanes no eran conscientes de la situación política de España y prefirieron concentrarse en su lado más agradable: sol, playas, buena comida y precios económicos. Hans Buisman resume esta evolución en la introducción a su obra de 1972 España (Spanien): «España sin duda ya no es lo que era hace 25 años – pero cómo van a evolucionar las diferentes fases de su desarrollo no lo saben ni los propios españoles.» (Buismann 1972: 9). Cuando el autor llega a Gibraltar, describe la visión del continente africano precisamente con la extraña ambigüedad que produce su cercanía geográfica pero su lejanía cultural: Justo bajo nosotros se extiende como sobre un enorme mapa el estrecho azul marino de Gibraltar, y en el lado opuesto saluda de manera escarpada y con rechazo, pero por otro lado al alcance de la mano, el continente africano. No hay rastro de vida humana en estas negras paredes rocosas - las ciudades de Ceuta y Tánger se esconden tras los promontorios -, y uno se encuentra confrontado en una cercanía casi inquietante a un mundo desconocido y misterioso. (Buismann 1972: 207) España le parece al viajero por tanto más europeizada y cercana que África, a lo que sin duda ha contribuido el turismo y la rápida proliferación de una infraestructura turística. África, sin embargo, no ha logrado en los años setenta todavía dar ese paso y sigue siendo la gran desconocida. Sin embargo, este desarrollo también tiene su lado oscuro: la pareja de escritores y poetas alemanes Hans-Jürgen Heise y su mujer, Annemarie Zornack, realizaron varios viajes a España entre 1968 y 1986 y plasmaron sus profundas reflexiones en Los dos ríos de Granada. Viajes por España, África del norte y Madeira de 1976 (Die zwei Flüsse von Granada. Reisen durch Spanien, Nordafrika und Madeira) y El macho y el gallo de pelea. De camino por España y Latinoamérica de 1987 (Der Macho und der Kampfhahn. Unterwegs in Spanien und Lateinamerika). La pareja deja bien claro al comienzo de la primera obra la diferencia entre los conceptos de viaje y turismo, considerándose ellos mismos viajeros, pues su destino no es llegar sino el estar de camino (Heise 1987: 7). A diferencia del vacacionista, ellos no buscan simplemente descanso o diversión, sino el enriquecimiento cultural. Sus conocimientos literarios, la sensibilidad al abrirse a nuevas sensaciones e impresiones y su espíritu cosmopolita hacen del relato de viaje de esta pareja de intelectuales un profundo y reflexivo análisis del desarrollo de España desde la década de los sesenta a los años ochenta. Su primer viaje tiene lugar cuando España comienza a despertar de su largo letargo y aislamiento internacional: Cuando viajamos a España por primera vez en 1968 íbamos en busca, cada uno a su manera, de un país que mostrara similitudes pero también diferencias con lo que habíamos conocido en nuestra niñez. Pudimos volver a experimentar el sueño y el trauma – en un entorno que desde el punto de vista de la civilización estaba tan atrasado como la Alemania provinciana de los años 30 en la que crecimos. (Heise 1987: 7s.) La irrupción del turismo de masas a partir de los años sesenta supuso un punto de inflexión para el papel de España en el contexto europeo, pues como destino turístico alcanzó una popularidad internacional enorme. [] Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. 20 Magazin 22 Enfrentados cada vez con mayor frecuencia a graves delitos ambientales, testigos de la destrucción sistemática de la naturaleza y de las consecuencias de una civilización que se desmorona por el consumismo y una construcción descontrolada, la pareja va en busca de espacios que todavía conserven su espíritu original y no estén contaminados por la decadencia occidental. Sin embargo, en cada capítulo se respira un tono de melancolía y estancamiento y en el lector se extiende la terrible sensación de que España ya sólo es un esbozo de una época de transición: No fue hasta la época del Generalísimo que la economía española logró integrarse en las estructuras de la economía mundial. Grandes cantidades de capital entraron en el país, las multinacionales establecieron sucursales y se pusieron a disposición de la OTAN bases militares. Además, Franco, influido por los codiciosos miembros del clan familiar, dio el visto bueno a la venta y liquidación de paisaje. Las costas se desnaturalizaron y sobreedificaron. Antiguas localidades como Benidorm y Torremolinos, antaño dotadas de un ambiente único, ahora son sinónimo de monstruosidades arquitectónicas y turismo del montón. Hoy sólo quedan escasísimas ciudades, en la que los rascacielos no hayan ocupado la totalidad del terreno entre el mar y las montañas costeras. El progreso, durante tantos siglos desterrado de la península ibérica, ha irrumpido con la violencia de un huracán y ha dejado sus huellas por todas partes. En pequeños pueblos, los coches se apiñan por las callejuelas por las que antes sólo transitaban unas cuantas mulas. Del interior de los bares, en los que antes sólo se oía el zumbido del ventilador y el traqueteo de las piezas del dominó, ahora berrean máquinas tocadiscos. La juventud va por la plaza con motos, esperando que al fin abra la discoteca. Las mujeres vestidas de negro, que hasta hace pocos años eran prácticamente el símbolo de España, se han convertido en una imagen muy poco frecuente. De vez en cuando se ve a una abuelita de éstas cruzar la calle a la casa de su nieto, que ha trabajado en Alemania y en cuyo salón J. R. Ewing vuelve a engañar a su hermano Bobby. (Heise 1987: 23s.) La pareja, al igual que la mayoría de viajeros intelectuales a partir de los años del turismo de masas, se muestra muy crítica con la nueva imagen de una España moderna. La decepción es grande cuando Heise y Zornack, grandes conocedores de la literatura española, se percatan de que la prosa de autores como Gabriel Miró, Azorín o Unamuno ya no se corresponde con la realidad y buscan en vano la utopía de una España atemporal, mítica, ajena al imparable devenir de la historia. La vieja España de profundos jardines y costas solitarias se ha convertido hace ya tiempo en un mito, un acorde exótico que suena desde una lejanía temporal, una reminiscencia teñida de nostalgia. Si Salvador Dalí pintó en recuerdo de su infancia el Mediterráneo como una tela azul cuya punta alzaba levemente un niño desnudo en busca de misterios ocultos, el Mediterráneo de hoy no es más que una piscina abarrotada en la que buceadores practican esnórquel y en la que desembocan cada vez más aguas residuales, mientras se diezma la población de peces y se exterminan, sin ningún tipo de conciencia ecológica, gran cantidad de variedades vegetales imposibles de cultivar. (Heise 1976: 34s.) En un capítulo dedicado a la costa mediterránea, la pareja recuerda al escritor alicantino Gabriel Miró, cuyas palabras sobre Benidorm se citan en un prospecto del Ministerio de Información y Turismo de 1975: Pueblo claro y recogido. Dentro de los azules, paredes de aristas de espigas, contorno de nitidez de sal. Casas volcándose sobre cantiles de color de limón; casas con lonas de faluchos. Entre los remos y salabres, una higuera que mana su olor caliente y espeso como una resina […]. (Miró 1970: 64) «Puro cinismo», sentencia la pareja, al contraponer esta bella descripción a la «brutal arquitectura de rascacielos en y alrededor de Benidorm» (Heise 1976: 31) que caracteriza a esta población desde los años setenta y que se ha convertido en triste testimonio de la sobre-edificación de las costas y la destrucción de bellos parajes naturales. Así se observa cómo la imagen de la España se ha visto sometida a un proceso de profunda transformación durante la segunda mitad del siglo xx. Aún en los años cincuenta los viajeros creían haber redescubierto el exotismo idealizado de los románticos. La frontera geográfica y política que separaba pero también protegía a España del resto de Europa había hecho Aún en los años cincuenta los viajeros creían haber redescubierto el exotismo idealizado de los románticos. La frontera geográfica y política que separaba pero también protegía a España del resto de Europa había hecho posible que los viajeros percibieran el país como genuino y original. ][ Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. invierno de 2014 21 posible que los viajeros percibieran el país como genuino y original. Destacados intelectuales españoles apoyaron esta imagen, mientras que otros exigían una mayor y más rápida modernización del país que lo desanclara del pasado. Una serie de acontecimientos políticos y sociales contribuyeron a que esto sucediera a partir de los años sesenta y con ello aumentó la predisposición de los estados occidentales a establecer y normalizar relaciones políticas y empresariales con el país. Por otro lado, las aspiraciones liberalizadoras y aperturistas facilitaron y aceleraron este proceso. La irrupción del turismo de masas fue finalmente decisiva para la definitiva desmitificación del país. Si bien España había experimentado un desarrollo vertiginoso a nivel técnico, económico y social, se rindió al pensamiento globalizador. La tensión entre atraso y modernidad, entre orientalismo idealizado y discurso europeizante acabó de desplazar las impresiones viajeras románticas. Tal y como lo formulan Heise y Zornack: El precio que el turista de masas tiene que pagar por poder inspeccionar cada rincón del mundo consiste en que tiene que cambiar un sueño que era inconmensurable por un trozo de realidad, carente de aura y de autenticidad palpable y que además tiene que compartir con los demás viajeros de la manera más humilde. (Heise 1976: 35) Gutiérrez Koester, Isabel. «España-África: viajeros alemanes ante fronteras geográficas y mentales» Magazin, n. 22. Invierno, 2014, pp 14-21. Referencias bibliográficas Azorín (1959), El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Espasa-Calpe. Becker, Anne-Katrin y Meggle-Freund, Margarete (2007), ¡Viva España! Von der Alhambra bis zum Ballermann. Deutsche Reisen nach Spanien, Badisches Landesmuseum Karlsruhe, INFO Verlag, Karlsruhe. Buismann, Hanns (1978), Spanien, Walter-Verlag, Olten y Freiburg i. Br. Geuter, Bruno (1956), Spanien. Vorposten des Abendlandes, Kühlen, M.Gladbach. Heise, Hans-Jürgen y Zornack, Annemarie (1976), Die zwei Flüsse von Granada. Reisen durch Spanien, Nordafrika und Madeira, Claassen, Düsseldorf. Heise, Hans-Jürgen y Zornack, Annemarie (1987), Der Macho und der Kampfhahn. Unterwegs in Spanien und Lateinamerika, Neuer Malik Verlag, Kiel. Kaufmann, Richard (1957), Licht über Spanien, Deutsche Buch-Gemeinschaft, Berlin y Darmstadt. Kristl, Wilhelm Lukas (1954), Kampfstiere und Madonnen. EinSpanienbuch, Deutsche Hausbücherei, Hamburg. Lehmann, Walter (2006), Die Bundesrepublik und Franco-Spanien in den 50er Jahren, Oldenbourg, München. Luján, Néstor (1993), Cuento de cuentos: origen y aventura de ciertas palabras y frases proverbiales, vol. I. Folio, Barcelona, 14-15. Miró, Gabriel (1970), Años y Leguas, Salvat-Alianza, Madrid. Nahrstedt, Carl (1950), Ewiges Spanien am Rande Europas, F. Eilers Verlag, Bielefeld. Nolden, Arnold (1932), Afrika beginnt hinter den Pyrenäen, Sibyllen-Verlag, Berlin. 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Geuter describe España como «Mischbecken der Rassen und Kulturen». (Geuter 1956: 5)