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Casacas rojas y capas pardas: los soldados británicos y el pueblo español en la Guerra de la Independencia

Alberich Sotomayor, José

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Poco después de la batalla de Bailén, cuando el general Castaños y su estado mayor asistían a misa en una iglesia madrileña, una manola se separó de la muchedumbre y se abalanzó sobre el coronel Whittingham con tanta fuerza que ambos rodaron por el suelo, mientras la muchacha exclamaba a voz en grito: “¡Bendito sea el inglesito de mi alma!”1. Casi seis años más tarde, al abandonar la Península, el capitán de dragones William Bragge manifiesta su hostilidad a todo lo español al afirmar que “no hay dos naciones más opuestas en todo que la española y la inglesa, ni dos ejércitos que se detesten mutuamente más que los de estos dos países”, para concluir que “las famosas ovejas merinas deshonrarían el rebaño de cualquier gentleman inglés, y que ni las mujeres ni los hombres, ni los perros ni los caballos, ni los asnos ni las mulas de este país son dignos de trasladarse a Inglaterra, donde espero no ver nada español salvo algún prisionero, un duro o un bolero”2. ¿Cómo se compaginan estos sentimientos tan opuestos entre las clases populares españolas y los militares ingleses que vinieron 1. Anécdota procedente de Ferdinand WhiTTingham, A Memoir of the Services of Lieut.Gen. Sir Samuel Ford Whittingham (Londres, 1868) y citada por Ronald FRaseR, La maldita guerra de España, Crítica, Barcelona, 2006, p. 283. 2. William BRagge, Peninsular Portrait, Oxford University Press, London, 1963, pp. 120 y 122. Las traducciones al español siempre son mías, mientras no se indique lo contrario. CASACAS ROJAS Y CAPAS PARDAS: LOS SOLDADOS BRITÁNICOS Y EL PUEBLO ESPAÑOL en la GueRRa de la indePendencia Por JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 41, 2013, pp. 259-292. a ayudar en la rebelión contra la invasión napoleónica? El contraste entre los dos casos que acabo de citar puede deberse simplemente a diferencias personales, pero el lector familiarizado con muchos de los diarios, epistolarios o memorias legados a la posteridad por los militares británicos, tanto oficiales como simples soldados o suboficiales, estaría legitimado para verlos también como epítomes de actitudes y sentimientos muy generalizados entre los nativos, de una parte, y los aliados extranjeros, de otra. Sabido es que las nuevas autoridades españolas, improvisadas y auto-nombradas como eran, solicitaron auxilio a Gran Bretaña, sobre todo de armas y dinero, y al mismo tiempo mostraron gran desconfianza cuando se trataba de admitir tropas inglesas en plazas fuertes fácilmente defendibles. Esa desconfianza era comprensible en un país que había considerado a Inglaterra su enemigo tradicional y que, en efecto, siguió oficialmente en guerra con ella hasta julio de 18083. Pero el españolito de a pie no compartía esos recelos, ni siquiera sabía de ellos, y hay muchos testimonios de cómo los casacas rojas fueron recibidos con entusiasmo en toda España, desde los pueblos más remotos de la costa gallega4 hasta Don Benito, en el sur de Extremadura5, así como por Salamanca, tanto en la expedición de Moore6 como en la de Wellington camino de los Arapiles7 y, por supuesto, a su entrada en Madrid en el verano de 1812. Este reconocimiento popular se acentúa, como es lógico, cuando el avance de las tropas aliadas hace vislumbrar el final de la guerra, y así nos lo relata, por ejemplo, el capitán Kincaid al entrar en el valle del Ebro: “Por todas las ciudades y pueblos que cruzábamos salían a recibirnos las muchachas campesinas, que solían adornarnos con guirnaldas de flores y que bailaban ante nosotros sus peculiares danzas”8. No poseo testimonios directos 3. Tales desacuerdos fueron estudiados en detalle por el marqués de villauRRuTia en su extensa obra Relaciones entre España e Inglaterra durante la guerra de la Independencia, 3 vols., Librería de Beltrán, Madrid, 1911-1914, y son bien conocidas de toda la historiografía española del siglo XX. 4. Capt. Basil hall, Corcubión, University of Exeter, Exeter, 1975, p. 6. 5. Walter henRy, Surgeon Henry’s Trifles, Chatto & Windus, London, 1970, p. 54. 6. Carole oman, Sir John Moore, Hodder & Stoughton, London 1943, p. 548. 7. John aiTchison, An Ensign in the Peninsular War, Michael Joseph, London, 1981, p. 170. 8. Cit. por W.H. FiTcheTT, Wellington’s Men, Smith, Elder & Co., London, 1900, p. 60. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR260 sobre las costas de Levante, pero la historiografía moderna registra la anglofilia de plazas como Alicante y Cartagena, nunca ocupadas por los franceses y defendidas en parte por tropas británicas. De este entusiasmo se hace eco don Benito Pérez Galdós, como siempre bien informado, en sus Episodios Nacionales, comenzando por Cádiz, donde el inglés lord Gray es admitido de buena gana en la tertulia de doña María del Rumblar: “Tal vez extrañará alguno de los que me oyen o me leen que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio; pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objeto de las más cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nos daba en la guerra; y como era opinión, o si no opinión, deseo de muchos que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían con buenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que los partidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio a nuestros aliados”9. Y luego, en La batalla de los Arapiles, nos describe el estado mayor de Wellington como formado por “multitud de oficiales de todas las graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos que entraban y salían, formaban corrillos, disputando y bromeando unos con otros en amistosa intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia”. A renglón seguido. Gabriel Araceli se declara dispuesto a “morir por la Gran Bretaña” mandando una tropa escocesa que asaltará el Arapil Grande, mando que le concede Wellington bastante inverosímilmente, dada la pobre opinión que tenía el Duque de Hierro de los militares españoles10. Galdós, además de exagerar el espíritu de cooperación entre ingleses y españoles, quería poner a Araceli en plena batalla, cosa que no hubiese sucedido si hubie9. Benito PéRez galdós, Cádiz, La Guirnalda, Madrid, 1883. p.263. Sabido es que el duque de Wellington no sentía ninguna simpatía por los liberales españoles, a los que consideraba demasiado jacobinos para sus preferencias políticas, muy conservadoras. 10. B. PéRez galdós, La batalla de los Arapiles, La Guirnalda, Madrid, 1883, pp. 386 y 453. Los despectivos juicios que, con poquísimas excepciones, emitió Wellington sobre los militares profesionales españoles están dispersos por las innumerables biografías suyas e historias de la guerra que produjo el siglo XIX en Inglaterra, pero un buen resumen de ellos se encontrará en Pablo de Azcárate, Wellington y España. Espasa-Calpe, Madrid, 1960. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 261 ra permanecido en su unidad, mandada por el conde de España, y que se mantuvo en el pueblo de Torres “más bien para observar al enemigo que para atacarle”. Araceli, en el plan de Galdós, tenía que actuar como un héroe, ser herido de gravedad, arrebatar un águila a los franceses y ser felicitado por el mismísimo Wellington11. Son muchas y muy variadas las intervenciones de tropas o jefes ingleses en la España sublevada contra los Bonaparte, desde la ocupación de Tarifa por los soldados del capitán Skerrett, la reconquista de Vigo con la ayuda de una fragata británica, la expedición del general Graham contra el mariscal Víctor, que terminó con la sangrienta batalla de Chiclana, la misma defensa de Cádiz con contingentes ingleses, el merodeo de Sir Home Popham por las costas de Vizcaya y Guipúzcoa, etc, etc. En algún caso, los menos, se trató de aventureros mejor intencionados y pintorescos que efectivos, como la “Legión Extremeña” reclutada y vestida a la usanza española del siglo XVI por el inefable coronel John Downie12 o las andanzas del poeta escocés Walter Savage Landor con las tropas de Blake13. Sin embargo, los grandes movimientos del ejército británico en España, los verdaderamente decisivos en uno u otro sentido, fueron de dos clases, a saber, la expedición de Sir John Moore por el norte de Extremadura, León y Galicia, y las incursiones del duque de Wellington desde la frontera portuguesa y sus cercanías, primero hasta Talavera (1809), luego hasta Salamanca y Madrid (1812) y finalmente a Vitoria (1813) y los Pirineos, poniendo así fin a la guerra. Son estas tropas de Moore y Wellington las que nos han dejado mayor cantidad de noticias y juicios sobre los españoles que encontraban a su paso, y al comentarlas habremos de tener en cuenta la duración y la naturaleza de dichas expediciones. La historia militar no es, pues, separable de estos sondeos que podríamos calificar con el amplio título de sociología de la guerra. Lo que nos cuentan los soldados de Sir John Moore hay que leerlo a la luz de una retirada desas11. B. PéRez galdós, La batalla..., p. 249. 12. Se tropezó con ellos en las cercanías de Badajoz el capitán Moyle sheReR, Recollections of the Peninsula, Longman, London, p. 230, quien afirma no haber visto nunca una tropa tan ridícula, con sus justillos acuchillados y capas cortas, empapados por el chaparrón que acababa de caerles encima. Galdós también los describe en Cádiz, pero atribuyendo su jefatura al quijotesco don Pedro del Congosto. 13. R.H. suPeR, Walter Savage Landor, John Calder, London, 1957, pp. 85-88. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR262 trosa, sólo redimida por la heroica muerte de su jefe a extramuros de La Coruña. Los ejércitos de Sir Arthur Wellesley, en cambio, pasaron en Portugal la mayor parte de su estancia de casi cinco años en la Península. La única parte de España en la que invernaron y pudieron establecer contacto continuado con la población fue Extremadura y el sur de Salamanca, en torno a la plaza fuerte de Ciudad Rodrigo. Por la cuenca del Tajo, y luego por la del Duero y el alto Ebro, hasta los Pirineos, avanzaron a marchas forzadas (y así mismo se retiraron dos veces apresuradamente), lo cual creaba problemas de abastecimientos y de transportes, que eran a su vez fuente de conflictos con unos nativos poco conocidos y a los que estaban tentados de robar o causar daños para asegurarse la propia subsistencia. Wellington fue siempre un jefe muy preocupado por la disciplina e inclinado a castigar, tal vez con exceso, a sus soldados, a los que aplicaba el no muy halagador epíteto de “hez de la humanidad” (“scum of the earth”), pero ese buen orden sólo se mantenía en los largos acantonamientos o en las marchas regulares, nunca en las retiradas rápidas y mucho menos en las ciudades que acababan de sufrir un costoso asedio. Comencemos, pues, por la expedición de Sir John Moore, general considerado el mejor del ejército en la Inglaterra de su tiempo, vencedor de los franceses en Egipto, pero a quien algunos de sus subordinados encontraban pesimista y pusilánime en exceso14. Una vez derrotado el ejército de Junot en Portugal por Wellington, Moore se dirige a Salamanca con la mayor parte de la tropas inglesas, mientras Sir John Hope y Sir Edward Paget avanzan con sendas columnas hasta el Escorial y Toro respectivamente. Tanto en estas expediciones como en las mandadas por Wellington a partir del año siguiente (1809), los militares británicos valoran a los paisanos españoles por encima de los portugueses, a los que conocen mucho mejor. Éstos los han recibido con júbilo y los han tratado generosamente, pero los ingleses creen que pecan de servilismo. Los españoles, en cambio, los tratan de igual a igual, sin perder nada de su dignidad. Así lo escribe, por ejemplo, el suboficial Robert Blakeney, del ejército de Moore: “Durante nuestra marcha por Portugal nos mezclamos con gente que en cierto modo nos admiraba y nos trataba con servilismo. 14. Adam neale, Introduction to “The Spanish Campaign of 1808”, en anónimo, Memorials of the Late War, 2 vols., Constable’s Miscellany, Edinburgh & London, 1828, II. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 263 Ahora encontramos un pueblo que no consideraba a ningún extranjero superior a ellos mismos... Los españoles, aunque tan generosos como los portugueses, ofrecían su hospitalidad con orgullo y sinceridad, sin ninguna ostentación”15. Sir Robert Ker Porter, en la misma expedición, siente que el corazón le late aceleradamente al acercarse a esos “valientes hijos de la libertad, en cuyos rostros espero ver el brillo del entusiasmo”16. El alférez Aitchison, al cruzar la frontera en julio de 1809, encuentra en las cercanías de Plasencia un país “bien cultivado y con casas y gentes de mucho mejor aspecto que las portuguesas”17. Sherer, al visitar Badajoz por primera vez, halla que “el español tiene nobles facciones, alta estatura, andar erecto y modales altivos; su forma de hablar varía mucho, pero suele ser grave y solemne, excepto cuando se habla de temas de gran interés. En estos casos su rostro se anima extraordinariamente”18. También William Bragge, a pesar de su odio a todo lo español, nos considera mejores que los lusos19. Estos juicios tan favorables no tardarán en verse invertidos, como pronto constataremos. En Salamanca, Sir John Moore pasó un mes, disfrutando de la hospitalidad del marqués de Cerralbo, que le cedió su casa-palacio, y de la simpatía de la población. Sus tropas se comportaron ejemplarmente, con orden y disciplina notables. Por fin, el 13 de diciembre, después de algunas vacilaciones por parte de su jefe, a quien desconcertaron los acontecimientos (Madrid se rindió a Napoleón el 4 del mismo mes), salieron de la ciudad con intención de unirse a las tropas del marqués de La Romana en el Norte y llegaron el día 15 a Toro, donde la población les recibió con júbilo. Todos abrieron sus casas a los “English heroes”. Pero esta buena disposición cambió bruscamente cuando los nativos se enteraron de que Moore y su ejército, amenazados por Napoleón en persona al mando de sus mejores tropas, iniciaban la retirada. En Mayorga “el pueblo no podía tener peor aspecto, pues los habitantes, que se habían hecho invisibles, habían cerrado sus contraventanas y atrancado sus puertas, no sin motivo, al parecer, pues 15. Robert Blakeney, A Boy in the Peninsular War, John Murray, London 1899, pp. 27-28. 16. Sir Robert Ker PoRTeR, Letters from Portugal and Spain, Longman, London, 1809, p. 94. 17. J. aiTchison, An Ensign..., p. 51. 18. Capt. M. sheReR, Recollections, p. 73. 19. W. BRagge, Peninsular Portrait, p. 45. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR264 había indicios de que los oficiales habían sido incapaces de impedir a sus hombres que saqueasen algunas casas. Los soldados, negándose a esperar a que llegase el bagaje para darles sus suministros, se habían apoderado de lo que podían, robando alimentos e incluso arrancando el maderamen de las casas para hacer hogueras... En Valderas, que fue la parada siguiente para las columnas de Hope y Fraser, los paisanos levantaban el puño cerrado a los casacas rojas, y éstos les contestaban que si eran hombres por qué no luchaban por su país”20. He leído las narrativas de siete militares, de muy diferente graduación, que fueron testigos presenciales de esa trágica retirada, y todos coinciden en la descripción de sus más terribles sucesos. Algunos consideraron milagroso el llegar con vida a La Coruña. El desmadre comenzó, en sus peores formas, en las cercanías de Benavente, donde los soldados alojados en el palacio vacío de la duquesa de Osuna (que había huído a Sevilla) destrozaron salvajemente muebles y cuadros, hicieron fuegos en el suelo y durmieron envueltos en tapices de gran valor21. En Sahagún se ensañaron con el palacio de los condes-duques de Benavente y en ambos lugares perforaron las barricas de vino que pudieron encontrar y se emborracharon a conciencia22. La raíz psicológica de estos desmanes, aparte de las necesidades físicas de los soldados durante un invierno muy frío y lluvioso, está en que las tropas de Moore, cansadas de huir y deseosas de dar batalla a los franceses, se desmoralizaron cuando fracasó el encuentro con el ejército del marqués de La Romana. Éste llegó tarde a la cita, con una escasa tropa de seres desarrapados, hambrientos y descalzos; los ingleses esperaban verse reforzados por un ejército español bien pertrechado y dispuesto, y atribuyeron a esta desgraciada decepción la decisión de retirarse a La Coruña, cuando en realidad lo que motivó a Sir John Moore fue la noticia de que un ejército de 70.000 hombres, con Soult y Napoleón a la cabeza, avanzaba rápidamente por el norte de Castilla y León para cortarles la retirada. “De allí en adelante -escribe Blakeneyel odio 20. c. oman, Sir John Moore, pp. 548-563. 21. anónimo, “Journal of a soldier of the Seventy First Regiment”, en Memorials of the Late War, 2 vols., Constable’s Miscellany, Edinburgh & London, 1828, I, pp. 53-55 y p. 178. Ver también R. FRaseR, La maldita guerra, p. 368 y Rafael FaRias, Memorias de la guerra de la Independencia escritas por soldados franceses, Editorial Hispano-Africana, Madrid, 1919, p. 218. 22. Sir R.K.PoRTeR, Letters, pp. 243-244. Ver también A. BReTT-james, Life in Wellington’s Army, Allen & Unwin, London, 1972, pp. 58-59 caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 265 y el desprecio por los soldados españoles llenó los pechos de todos los militares británicos, y estos sentimientos se renovaron en Talavera y se confirmaron en La Barrosa (Chiclana), y por motivos parecidos se perpetuaron entre los ingleses hasta el fin de su estancia en la Península”23. Este odio se hizo extensivo a los civiles que tuvieron que soportar el salvajismo y la furia de los casacas rojas, como reconoce uno de los más humanos entre estos últimos, el anónimo soldado del regimiento 71 de Infantería Ligera: “Los pobres españoles tenían poco que esperar de estos hombres que les culpaban de inactividad. A todos los que encontraban en sus casas los tildaban de traidores a su país... Los británicos están aquí para luchar por la libertad de España, y ¿por qué no está armado y luchando todo español? Su causa no es la nuestra, ¿tenemos que ser nosotros los que sufrimos?... Estos eran los sentimientos más comunes entre nuestros soldados, y de estos sentimientos nacieron los saqueos y desmanes subsiguientes”24. Tenemos que volver a Blakeney, pues este joven oficial, al servir en la retaguardia, iba encontrándose por donde pasaba todos los horrores cometidos por las unidades inglesas que le habían precedido. Su relato es horripilante. En Benavente se concentraron muchas tropas y se comenzó a destruir almacenes para que no se apoderasen de ellos los franceses. Los paisanos se negaban a dar ni vender comestibles, sabiendo que los ingleses iban en retirada y que pronto vendrían los franceses exigiendo raciones, actitud muy criticada por el narrador, que la atribuye a hostilidad gratuita. En Astorga se tropezaron de nuevo con las tropas hambrientas y desnudas del marqués de La Romana, que robaron comida y ropa donde pudieron, mientras los ingleses se lanzaban a beber todo el vino que encontraron25, y, borrachos como cubas, forzaron su entrada en algunas casas y 23. R. Blakeney, A Boy, p. 35. 24. anónimo, Memorials of the Late War, I, p. 54. Esta actitud es hasta cierto punto disculpable en el poco instruido soldado raso que no se imagina cuál sería su situación en un país invadido por el enemigo desde antes del principio de la guerra, pero no así en los oficiales que compartían dicha animosidad. Nadie ha resumido mejor que Hans Juretschke (Los afrancesados en la guerra de la Independencia, Sarpe, Madrid, p. 119) la crítica situación de la mayoría de la población española en esos años: “Entre los dos extremos, el del heroico y fanático lidiador por la resistencia de un lado, y el del activo partidario de José del otro, oscilaba la gran masa del pueblo español, ciertamente no adicta al intruso, pero resignada en gran parte y, de hecho, forzada a doblegarse ante la dura ley del conquistador o adaptarse a ella”. 25. R. Blakeney, A Boy, p. 46. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR266 maltrataron a los habitantes, cosa que motivó una protesta oficial del marqués26. En la misma Astorga se descubrió una de las formas más divertidas de robar que tenía la tropa: imitar con habilidad el cacareo de los gallos y hacer así salir a las gallinas que habían ocultado sus dueños. Bembibre presentaba un verdadero maremágnum de delincuencia: habían pasado por allí otras unidades, que habían robado y destruido a mansalva. No quedaba una puerta ni una ventana sana y “rivers of wine” salían de algunas casas y llenaban la calle, donde se amontonaban soldados, mujeres, niños, carreteros, con un líquido rojo que les salía por las bocas y las narices, y que no era sangre sino vino. Los rezagados que no pudieron seguir a los ingleses sufrieron al día siguiente el ataque de la caballería francesa, que los masacró sin piedad, sin perdonar a viejos, mujeres ni niños27. Los jefes intentaban de vez en cuando imponer la disciplina militar. En Villafranca del Bierzo se fusiló en público a un soldado que entró en un almacén del ejército y robó, y en Cacabelos el general Paget, a riesgo de ser alcanzado por la caballería francesa, se detuvo en la plaza y formó un cuadro para ahorcar a dos soldados ladrones, pero al final los perdonó y les hizo dar media vuelta para enfrentarse al enemigo28. Al llegar a Villafranca se encontraron el pueblo en llamas, o eso parecía: lo que ocurría en realidad era que la intendencia tenía allí unos depósitos de víveres y los estaba quemando para que no cayesen en manos del enemigo. Pusieron centinelas que impedían a los hambrientos soldados coger galleta o carne de las hogueras, pero algunos lograron con sus bayonetas pinchar trozos chamuscados de carne de cerdo. Los oficiales que golpeaban a los soldados para que no cogiesen nada se alegraron esa noche, cuando llegaron a Herrerías, de poder comer algo de lo robado. En este pueblo, después de ver por el camino innumerables rezagados muertos, encontraron un grupo de tres hombres, una mujer y un niño formando montón en medio de la calle, alrededor de una vasija con restos de ron: sin duda se habían intoxicado y muerto de frío. Numerosos caballos tuvieron que ser sacrificados por sus dueños, que les disparaban con los ojos llenos de lágrimas; habían perdido las herraduras y no había clavos para herrarlos de nuevo. Esto suce26. c. oman, Sir John Moore, p. 569. 27. R. Blakeney, A Boy , p. 46-51. El jefe de esa caballería, Colbert, murió poco después a manos de los ingleses y encontró su merecido. 28. R. Blakeney, A Boy, pp. 52-56. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 267 remos”. Henry se muestra especialmente agradecido al joven cura, que lo trató con gran tolerancia y generosidad, sobre todo si se tiene en cuenta que una tercera hermana del sacerdote, abadesa de un monasterio, había sido violada por soldados británicos tras la toma de Badajoz. El mismo médico pasó luego tres meses en Trujillo, en casa de un conde descendiente de Pizarro y muy engreído con sus blasones, pero cuyas dos hijas solteras mimaron al huésped, al que despertaban todas las mañanas con un chocolate muy rico47. A veces piensa uno que estos sentimientos de gratitud y benevolencia dependen más del carácter del sujeto que los experimenta que de las circunstancias objetivas en que se halla, pues en la misma situación unos lo encuentran todo muy mal y otros se inclinan a ver el lado favorable de las cosas. Tal es el caso del anónimo diarista (tan sólo conocemos su nombre de pila, Tom), soldado del regimiento 71 de Infantería Ligera, un escocés aventurero que se alistó en el ejército por escapar de su familia y se encontró de sopetón, sin saber por qué, en el Rio de la Plata, donde los futuros argentinos lo hicieron prisionero y, según él, lo trataron muy bien. En octubre de 1808 entra en España por primera vez, por Badajoz, con la división de Sir John Hope, y allí recibió también un buen trato, tanto por parte de los habitantes como de los soldados españoles, cosa esta última bastante rara de oir en boca de un británico. Lo mismo le ocurrió, al volver del Escorial hacia Salamanca, en un pueblo donde acamparon y donde los vecinos les suministraron todo lo que necesitaban, a más de algunos barriles de un licor que él llama “accadent” [¿aguardiente?]48. Pero donde más tiempo pasó entre españoles fue en una ciudad que él describe como importante mercado y cruce de caminos, en el invierno de 1813. Debe tratarse de Béjar [“Boho”, en su peculiar ortografía] , en casa de un tal Gálvez y su familia. Había mucha fruta, y lo trataban como a un hijo, dándole de comer lo mejor que tenían. En su tiempo libre enseñaba a leer (¿) a los niños de la casa. Aquella familia, por su piedad, le recordaba a las escocesas, pues antes de acostarse rezaban un padrenuestro y el salmo XXIII49. “Cuando yo les dije -escribe Tomque en Escocia hacían lo mismo, me miraron asombrados 47. W. henRy, Surgeon Henry’s Trifles, pp. 52-55. 48. anónimo,Memorials, I , pp. 52-53. 49. “El Señor es mi pastor, nada me falta”. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR274 y me preguntaron que por qué rezaban así los herejes”. Todos los soldados de esa unidad pasaron un buen invierno, tratados con simpatía; incluso aprendieron a torear. Bailaban con los bejaranos, que tocaban las castañuelas; los británicos se sorprendían de la sensualidad del fandango. Cuando tuvieron que abandonar la ciudad en el mes de mayo: “Yo nunca había sentido pena al dejar ninguna población en España. La mañana en que nos fuimos la ciudad quedó desierta, pues sus habitantes nos acompañaron un buen trecho. Las muchachas lloraban y corrían a meterse entre nuestras filas para que no les viesen sus familias mientras se despedían de sus amigos. Los padres tiraban de sus hijos y les regañaban. Los soldados y los habitantes cantaban e intercambiaban adioses. Casi todos los hombres llevaban el pañuelo en la boca de sus fusiles. Los hijos de Don Galves [sic] se despedían de mí llorando. Nunca los volví a ver. Dios les bendiga”50. Otro militar muy diferente, el alférez Blakeney, cuyos juicios durísimos sobre los españoles hemos transcrito más arriba, pasó cerca de un año en Tarifa con las tropas inglesas que, procedentes de Gibraltar, protegían esta ciudad, que nunca cayó en manos de los franceses. Desde allí tomó parte en la expedición contra Víctor que terminó con la batalla de Chiclana y volvió herido a su alojamiento de Tarifa, en la casa de un anciano sacerdote, don Fabián Derqui. “Su hermana, una solterona mayor que vivía con él -escribe el alféreztambién me trataba con un cariño y un cuidado imposibles de describir. Cuando le dije a esta señora que la bala que me había alcanzado había pasado antes a través de una naranja, un bollo de ración y un pollo asado, la buena mujer se arrodilló con los ojos arrasados de lágrimas y recitó una fervorosa oración de gracias a la santísima Virgen por haber criado el ave que, según ella, me había salvado la vida milagrosamente”. Al salir de Tarifa con su unidad, por barco, rumbo a Lisboa, “toda la población estaba en la playa tirándonos besos y haciendo ondear al viento sus pañuelos. Los co50. anónimo, Memorials , I, pp. 108-112. Este Tom era un sentimental. Después de más de siete años en el ejército, y de sobrevivir a la batalla de Waterloo, se encontró en Edimburgo sin dinero y teniendo que vivir a costa de su hermana y su cuñado, hasta que decidió marcharse. Pero antes escribió a un amigo íntimo confiándole su manuscrito, y en esa carta decía que tal vez se iría a Buenos Aires, donde le habían tratado muy bien, o a España, para vivir en “Boho”. Parece ser que emigró a Argentina en 1818. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 275 nocíamos a todos, y el recuerdo de tantos días felices pasados allí, donde tantas veces tocamos y cantamos y bailamos el alegre fandango, nos arrancó a todos una lágrima o un suspiro”51. Cuando las tropas de Wellington volvieron a ocupar Fuentes de Oñoro, después de la retirada de Massena, se encontraron el pueblo incendiado y devastado, un lugar donde habían pasado casi un año. “Nuestra división -escribe el anónimo veterano del regimiento 43 de Infantería Ligeraconocía a todas las familias del pueblo, y por eso nos causó profundo pesar ver que los soldados que nos habían precedido habían entrado a saco, dejando sólo el esqueleto de unas casas donde, tres días antes, vivía apaciblemente una población siempre amistosa con nosotros. Y tanto lamentamos todos esta salvaje destrucción que el ejército entero organizó una colecta y entregó ocho mil duros a los infelices habitantes”52. Es en ese rincón de la provincia de Salamanca, al norte y al sur de la sierra de Gata, en Gallegos, Fuentes de Oñoro, o más arriba, en Freneda, donde Wellington y sus hombres pasaron los momentos más tranquilos y ordenados de su estancia en España, donde el general en jefe y Sir Rowland Hill, su más capaz subordinado, se entregaba a placeres como la caza con perros traídos especialmente de Inglaterra, o donde el Duque de Hierro nos ofrece una insólita estampa de humanidad cruzando la plaza de Freneda dando la mano a una niña española de cinco o seis años, canturreando, para comprarle caramelos en alguno de los puestos del mercado53. En esos años últimos de la inacabable guerra (18121813), cuando las victorias de los aliados comienzan a rendir sus frutos, es también, lógicamente, cuando las relaciones entre los españoles y las tropas inglesas se vuelven más distendidas y amistosas. Sus diaristas nos hablan de bailes, tanto por parte de los campesinos como con participación de los casacas rojas, y tanto en lugares de pocos habitantes (Isar [Burgos], Olmedo, Rueda, Tafalla) 51. R. Blakeney, A Boy, p. 209. Este autor da como apellido de su anfitrión “Durque”, pero tiene que ser Derqui, nombre de una familia muy arraigada en la ciudad. 52. anónimo, The Story of a Peninsular Veteran, p. 140 y W.F.P. naPieR, History, II, p.147. 53. a. BReTT-james, Life , p. 248 y W. henRy, Surgeon Henry’s Trifles, p. 61. Según Kincaid, Wellington salió a galope detrás de una liebre poco antes de comenzar la batalla de los Arapiles (W.H. FiTcheTT, Wellington’s Men, p. 70). JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR276 como en ciudades de mayor entidad (Isla de León, Cádiz, Ciudad Rodrigo, Medina del Campo, Salamanca, Madrid). Por esos días, “siempre que las tropas vivaqueaban cerca de una ciudad más de unos pocos días, los habitantes solían visitarlos. En la vecindad de Salamanca, en junio de 1812, los españoles montaron un bien abastecido mercado en el mismo campamento, y todas las tardes acudían miles de personas de la ciudad para divertirse, cantar y bailar hasta que las trompetas y tambores de los militares advertían a los civiles que era hora de irse a la cama”. Estas escenas debieron hacerse habituales, pues en un lugar cuyo nombre no he podido identificar [¿ Leomil?] , el teniente Le Mesurier se quejaba de que las señoras locales eran tan vagas que no querían bailar, y los oficiales se veían obligados a bailar unos con otros [¡]54. El domingo 28 de junio de 1812, tras la rendición de los fuertes franceses de Salamanca, se celebró un Te Deum al que asistieron Wellington y todos sus generales. Por la tarde hubo iluminaciones y fuegos artificiales; las mujeres hicieron hogueras en las calles con cestas y sillas, mientras los niños pequeños, en grupos de seis u ocho, bailaban boleros a su alrededor, acompañados de castañuelas. Por la noche, los salmantinos dieron un magnífico baile al general en jefe y sus oficiales, en el que fue muy gratificante ver a militares británicos, portugueses y españoles participando en las mismas danzas con la más absoluta cordialidad55. Lo curioso es que muchos ingleses (y aun más los puritanos escoceses) encontraban inmorales los bailes españoles, tanto los rurales como los urbanos. A Sir Robert Ker Porter el bolero le parecía una danza salvaje que se inventó para “expresar pasiones, y no precisamente las más tiernas”56. A George Hennell, los bailes españoles le resultaron bonitos pero indecorosos, ya que “la mujer coge al hombre por la cintura con un brazo y el varón también rodea a la muchacha”57. Pero los bailes seguían celebrándose, y el más espléndido de todos tuvo lugar en Madrid en agosto de 1812, como parte de los festejos con que la capital recibió al vencedor de los Arapiles58. No tan brillante, pero más sonado, fue el que le ofre54. a. BReTT-james, Life , pp. 103 y 168. 55. J. aiTchison, An Ensign, p. 170. 56. Sir R. k. PoRTeR, Letters, p. 111. 57. George hennell, A Gentleman Volunteer, Heinemann, London, 1979, p. 25. 58. J. aiTchison, An Ensign, pp. 186-189. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 277 ció la nobleza residente en Cádiz a finales de diciembre del mismo año, pues Wellington se las compuso para cenar sólo rodeado de señoras, dejando a los varones fuera de la sala59. Los militares ingleses también se divertían a veces organizando funciones de teatro a las que invitaban a las chicas del pueblo. Una de las que más éxito tuvieron entre la tropa fue la tragedia titulada The Revenge, de Edward Young, una especie de Otelo con personajes pretendidamente españoles, representada en Fuenteguinaldo. En Gallegos algunos oficiales pusieron sobre las tablas la comedia de Sheridan The Rivals. Los pueblerinos, sin embargo, no perdían la cabeza por asistir a estas funciones, ya que no solían entender lo que se hablaba en el escenario, y a las mujeres les repugnaba la costumbre inglesa de dar papeles femeninos a los varones60. Las corridas de toros, en cambio, que a los españoles les parecían el mejor espectáculo que se podía ofrecer a sus aliados, no siempre eran apreciados por éstos, a los que les repugnaba sobre todo el ver los caballos arrastrando las tripas por el ruedo. La que dio el Ayuntamiento de Madrid en honor de Wellington horrorizó a George Hennell, y otras semejantes que se celebraron en Trujillo, Sevilla, Cádiz y Bilbao tampoco fueron acogidas con excesivo entusiasmo61. En esta época que pudiéramos llamar de bonanza, desde el punto de vista de la convivencia, ocurrieron sin embargo algunos hechos terribles de todo el mundo conocidos, es decir, los saqueos de Ciudad Rodrigo (19 de enero de 1812), Badajoz (6 de abril de 1812) y San Sebastián (31 de agosto de 1813) por las tropas aliadas. Será indispensable recordar, por ahora, algunos datos de los dos primeros. Según el capitán de fusileros Kincaid, que acudió a la plaza principal de Ciudad Rodrigo, donde estaban formados los prisioneros de la guarnición francesa, el resto de la plaza estaba lleno de soldados ingleses y portugueses, todos mezclados, que empezaron a disparar sin ton ni son a las puertas y a las ventanas de las casas circundantes, a los tejados, y algunos a las nubes, “y al fin algunas cabezas se vieron caer de los hombros”, hasta que apareció Sir Thomas Picton soltando 59. Marqués de villauRRuTia, Relaciones, II, p. 519. 60. a. BReTT-james, Life, pp.162-163 y G. hennell, A Gentleman, p. 64. 61. G. hennell, A Gentleman, p. 47 y A. BReTT-james, Life in Wellington’s Army, p. 217. JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR278 tacos con su gran vozarrón y los coroneles Barnard y Cameron, con otros oficiales, agarraron los cañones de algunos fusiles rotos y se liaron a porrazos con los soldados que disparaban o cargaban sus armas. Tres casas comenzaron a arder y gracias a los esfuerzos del coronel Barnard, que estuvo allí toda la noche, no se propagó el fuego a otros edificios62. Parecido es el relato del anónimo sargento del regimiento 43 de Infantería Ligera: “Los aliados corrieron de todas partes a ocupar las calles... La ciudad fue incendiada en tres o cuatro lugares; los soldados amenazaban a sus oficiales y se disparaban unos a otros; muchos murieron en la plaza del mercado. Las borracheras hicieron que aumentase el desorden, y, por fin, en el frenesí de aquella completa locura, hubo quien prendió fuego intencionadamente a un gran almacén, lo cual habría hecho a toda la ciudad saltar por los aires a no haber sido por la energía y el valor de unos pocos oficiales y soldados que no perdieron la cabeza”63. Según J. Colville, “Wellington, que era muy severo con los saqueadores, se sintió disgustado, sin duda, pero no impuso ningún castigo”64. Lo curioso es que algunos escritores militares de la época trataron de embellecer estas desastrosas conductas con palabras como las de Moyle Sherer, quien escribe que tras la toma de Ciudad Rodrigo “muy pocos [enemigos] fueron pasados por las armas, pues los soldados victoriosos los trataron no sólo con tolerancia, sino con amistad. Sin embargo, “la población sufrió la triste suerte de todas las plazas tomadas por asalto”65. Esa suerte fue aun más triste en el caso de Badajoz. Aunque hay varios relatos de primera mano de aquella orgía de sangre, vino y pillaje, voy a resumir el de Robert Blakeney, notable como siempre por su vividez y detallismo. Lo primero que nos sorprende es que acudiesen paisanos de toda la comarca para presenciar el asalto, como quien va a ver una exhibición de pirotecnia: “Yo me ví rodeado al momento por una multitud de españoles, miles de los cuales, de todas las edades y sexos, se habían ido reuniendo, procedentes de los pueblos y lugares vecinos, para presenciar el asalto a la ciudad y disfrutar del brillante espectáculo en el que millares de hombres, mujeres y niños, incluidos sus compatriotas, iban a morir heridos de bala, de bayoneta, o hechos añicos 62. W.H. FiTcheTT, Wellington’s Men, p. 93. 63. anónimo The Story of a Peninsular Veteran, p. 158. 64. J. colville, Portrait, p. 87. 65. m. sheReR, Military Memoirs, II, p. 155. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 279 por una explosión”66. Ya en el mismo castillo, que fue lo primero en caer, escalado por los hombres de Picton, “las escenas eran de naturaleza deplorable y terrible: asesinatos, robos y toda clase de excesos y obscenidades se cometían por doquier, a pesar de los esfuerzos que hacían los oficiales por impedirlos”. Al día siguiente, Blakeney quedó horrorizado cuando volvió a la ciudad. Las mujeres no estaban seguras ni en las iglesias, y todo el que quisiese impedir los desmanes de los soldados corría el riesgo de morir de un tiro. A las muchachas les arrancaban los pendientes o los anillos, a veces con los dientes67. Se disparaban fusiles en las calles o desde las ventanas, y morían hombres, mujeres y niños sin más razón que el capricho de los soldados borrachos. Cuando éstos no lograban abrir una puerta, juntaban diez o doce armas de fuego y hacían saltar el cerrojo, o seguían disparando hasta destrozar la puerta, a veces matando a los de dentro. Blakeney y un amigo llamado Huddleston evitaron que la soldadesca entrase en la casa de una mujer que estaba a punto de dar a luz destrozando muebles y objetos para que pareciese que la casa ya estaba robada. El saqueo duró tres días sin interrupción...En la mañana del cuarto día (10 de abril) se envió a la ciudad al regimiento nº 9 y se levantó un patíbulo en la plaza principal y en otros puntos; así mismo se leyó un decreto anunciando que el primer hombre que fuese sorprendido robando sería ejecutado, pero no se ahorcó a nadie. Los soldados se habían vuelto ejemplares de repente. Los portugueses robaron también, pero menos que los ingleses. Además, como éstos volvían al campamento (en las afueras de Badajoz) borrachos como cubas, los portugueses les robaban el botín que traían y los otros ni se enteraban68. 66. R. Blakeney, A Boy, p. 267. Todo el cap. XXIV merece leerse. 67. R. Blakeney A Boy, p. 274. Según Glover, una de las mujeres que perdieron sus zarcillos de esta forma fue una tal Juana María de los Dolores León, que fue salvada de peores ultrajes por el capitán Smith de la “Rifle Brigade”, y con el cual se casó dos días más tarde, actuando de padrino lord Wellington. Años después, cuando su marido, ya Sir Harry Smith, era gobernador de la Colonia del Cabo, ella dio nombre a la ciudad de Ladysmith, famosa por su resistencia a los ataques de los zulúes (G. hennell, A Gentleman, p.17). Ver Autobiography of Sir Harry Smith, John Murray, London, 1901 y Cristina moRaTó, Las reinas de África, Plaza-Janés, Barcelona, 2003, pp. 87-106. 68. R. Blakeney, A Boy, pp. 267-278. Según Kincaid, Wellington sí mandó ahorcar a algunos delincuentes (W.H. FiTcheTT, Wellington’s Men, p. 102). JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR280 Algunos narradores de estos lamentables sucesos trataron de aminorar su culpabilidad hasta cierto punto. John Aitchison, por ejemplo, achaca la salvaje furia de los ingleses a que los habitantes de Badajoz no se habían portado muy bien con las tropas acantonadas allí en 181069. El médico Walter Henry echa parte de la culpa a “the rascally mob”, la gentuza local que hay en las ciudades de cierto tamaño y que sirvió de guía a los ingleses y portugueses señalándoles las casas que merecía la pena saquear para participar ellos en el botín. Asevera, además, que las tropas de la cuarta división que escalaron el bastión de San Vicente, al dispersarse por las calles recibieron disparos de francotiradores españoles que hacían fuego desde las ventanas, y remata estas ridículas excusas con la más absurda de todas: que nada de aquello hubiese ocurrido si la plaza no se hubiese rendido a los franceses en marzo de 181170. Para George Hennell, “según las leyes de la guerra, los vencedores pueden matar a todas las personas que siguen en el interior de una ciudad tomada por asalto [¡], y nuestros soldados dijeron que lo harían, pero un inglés no puede matar a sangre fría, y nosotros llevábamos apenas un cuarto de hora en la ciudadela cuando los prisioneros [franceses] salieron tranquilamente sin ser molestados”71. Lo sorprendente es que dichos comportamientos, que igualaron e incluso superaron al del enemigo galo, no despertasen hostilidad alguna entre los habitantes de Extremadura y Salamanca. Por el contrario, éstos demostraron buena voluntad de cooperar y ayudar cuando todavía la permanencia de los aliados estaba en duda, como atestigua Aitchison: “Durante los tres días que pasamos en las alturas de Villanes [¿Villares de Yeltes?] , donde no había agua ni matorrales para hacer un fuego, los paisanos obedecieron alegremente las órdenes de Wellington y todos, 69. j. aiTchison, An Ensign, p. 147. 70. W. henRy, Surgeon Henry’s Trifles, pp. 46-47. 71. g. hennell, A Gentleman , p.17. Sir Charles Oman sostiene que entre los soldados ingleses de la Península había mucha gente inteligente, honrada, sobria y de buenas costumbres que habría respondido mejor al entusiasmo y a la confianza que a la “embrutecedora crueldad” del código militar practicado por Wellington. También cree que no todos los soldados eran tan salvajes como se dice, y que era una minoría incorregible de 50 o 60 hombres por batallón los que llevaban la voz cantante en ocasiones como las que acabamos de comentar. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 281 hombres y mujeres, jóvenes y viejos, acudieron a traernos cantidad de agua fresca y de leña seca; y cuando regresamos a Salamanca el día 21, al parecer forzados por el enemigo a retirarnos -ya que nuestro hospital y nuestros almacenes se habían trasladado a la retaguardianadie pensó en reprocharnos que les abandonásemos, por el contrario, casi todos parecían confiar en que haríamos lo posible por protegerlos, y los que ponían pocas esperanzas en nuestro triunfo se mostraban resignados con su suerte y nos trataron hasta el último momento con la misma cortesía que cuando llegamos”72. Mejor aún se portaron los salmantinos después de la victoria de los Arapiles, cuando más se necesitaba su ayuda, acudiendo todos, grandes y chicos, e incluso las señoras de alto copete, al campo de batalla para trasladar los heridos a sus casas [subraya el autor] y procurarles la mayor comodidad posible, prestando ayuda también en los hospitales. “¡Que el resto de España siga el ejemplo de Salamanca y estarán también protegidos!”, concluye Aitchison. “El 22 de julio de 1812 -escribe otro testigosalieron muchos salmantinos con té, café y otras bebidas, mientras carros cargados de frutas, alimentos y vasijas con agua pasaban chirriando hacia el campo de batalla. En la ciudad, las mujeres habían preparado gran cantidad de vendajes para cubrir las heridas y aquella tarde se vió en el campo a muchas chicas prestando ayuda a los heridos que podían andar. También les llevaban las mochilas y los fusiles. Los médicos de la ciudad salieron así mismo con linternas y con asnos cargados de vendas y medicinas a fin de curar a los heridos -a algunos de ellos por lo menossobre el terreno”73. Sería ocioso insistir en la cordial acogida que prestaron los madrileños a los vencedores de esa batalla, los festejos que se or72. j. aiTchison, An Ensign, pp. 176-178. Ver también A. Brett-James, Life in Wellington’s Army, p. 115. El primer aniversario de la toma de Ciudad Rodrigo fue celebrado con un baile por los españoles de esta localidad (A. Brett-James, Life in Wellington’s Army, p. 168). 73. A. BReTT-james, Life in Wellington’s Army, p. 265. Estos testimonios contrastan con las malévolas insidias de algún cascarrabias como el Tnte. Col. David RoBeRTs , autor de The Military Adventures of Johnny Newcome, (Methuen & Co., London, 1904 [1816]) parodia en verso de los diarios y memorias que estamos comentando, según el cual “peasants unconcerned,th’ensuing day/ ploughed thro’ the honoured soil where/ heroes lay” (p. 79). JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR282 ganizaron, la espontaneidad con que ingleses y españoles -y sobre todo españolaspaseaban juntos por las orillas del Manzanares o por el Prado, las voces que vitoreaban a Wellington cuando salía de paseo o aparecía en el teatro...74. Todo eso cuando Madrid, como otras ciudades españolas, estaba apenas saliendo de una terrible hambruna75 que hace a George Hennell asombrarse ingenuamente de que los madrileños coman poca carne y se contenten con ensaladas y fruta, haciéndole notar así mismo el gran número de pordioseros medio desnudos que poblaban las aceras y los chiquillos esqueléticos que se refugiaban en los portales para dormir. Algunos casacas rojas reaccionaron generosamente ante este espectáculo: “Cuatro o cinco regimientos han decidido recolectar las pagas de un día al mes para costear un reparto de sopa para los pobres y los oficiales de los regimientos 95, 43, 94 y 47 representaron una obra de teatro que produjo 250 duros para el mismo fin”76. El optimismo de los aliados duró poco, pues el fracaso del asedio a Burgos obligó de nuevo a efectuar una penosa retirada hacia la frontera portuguesa, agravada por un fallo muy serio de la intendencia británica, algunos de cuyos comisarios fueron juzgados en Londres77. Con un tiempo infernal de lluvia, viento y frío, la moral del ejército era muy baja, los soldados se rezagaban y robaban lo que podían. Los carreteros y arrieros españoles responsables de la impedimenta desertaron casi en masa, cansados del mal trato que recibían por parte de los oficiales ingleses. Los mismos generales desobedecían las órdenes de Wellington y cambiaban de ruta sin su permiso. La retirada de Salamanca a Ciudad Rodrigo, que tuvo lugar a principios de noviembre (de 1812), con lluvias torrenciales y una casi absoluta falta de transportes, fue dantesca. John Aitchison encontró el camino lleno de cadáveres de animales 74. Véase la extensa descripción de estos sucesos que hace j. aiTchison, An Ensign, pp. 186-190. 75. Cfr. R. FRaseR, La maldita guerra , cap. 26. 76. g. hennell, A Gentleman, pp. 47 y 52. Hay que recordar que la ración reglamentaria del soldado inglés era una libra de carne, otra de pan o de galleta y un vaso de ron al día. Los oficiales, cuando podían, se daban unas comilonas pantagruélicas de carne de vacuno y cordero, empanadas, perdices, pollos, etc. Además se bebía muchísimo. Ver el mismo hennell, A Gentleman, p. 21 o W. henRy, Surgeon Henry’s Trifles, p. 94 o j. aiTchison, An Ensign, p. 142. 77. g. hennell, A Gentleman, p. 62. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 283 Francia, donde les recibían con vítores pero no les proporcionaban las provisiones ni la ayuda militar que ellos esperaban, pues llevaba meses desprovisto de sus autoridades naturales, todo estaba en manos de juntas locales que rivalizaban entre ellas, tenían un ejército que se empeñaba en dar batallas campales (inspirados en la falsa confianza que les dio la victoria de Bailén) y perderlas, etc, etc. Era, además, un país pobre de recursos naturales, sobre todo en las regiones que más frecuentaron los ingleses (Extremadura, León, Galicia), que había sufrido una gran hambruna en 1803-1805 y la volvería a sufrir en 181292. El soldado inglés estaba acostumbrado a estar bien alimentado, y si fallaba la intendencia española o británica se veía tentado a robar a los nativos, a menudo paupérrimos, y a pelear con ellos si se resistían, por lo que les llamaban traidores y falsos. También los acusaban de cobardía, por ver en los pueblos a campesinos que no empuñaban las armas en defensa de su patria. No se les ocurría pensar qué habría sido del país, y de ellos mismos, si no hubiese quedado nadie para cultivar los campos y recoger las cosechas o cuidar del ganado, amén de ejercer las labores artesanas indispensables. Además de estar orgullosos por pertenecer a un ejército fuerte y bien disciplinado (aunque incontrolable en ciertas situaciones), el militar inglés miraba con más simpatía a su homólogo francés que a los españoles que tenía que defender. El ejército bonapartista también era admirable, sus soldados valientes y aguerridos, sus mariscales competentísimos estrategas y su emperador el mayor genio de la época. Hoy no nos sorprende que los memorialistas ingleses denunciasen los repugnantes actos de crueldad que se cometían con los heridos indefensos después de las batallas93, pero sí nos extrañan los episodios de fraternización entre enemigos, a los que el mismo Wellington era proclive, con gran escándalo del ayudante y amigo de éste, don Miguel Ricardo de Álava94. 92. R. FRaseR, La maldita guerra, pp. 759-760 y 697-698. 93. W. henRy, Surgeon Henry’s Trifles, p. 59; anónimo, The Story of a Peninsular Veteran, pp. 80-81; g. hennell, A Gentleman, pp. 32 y 139. 94. Earl of sTanhoPe, Notes of Conversations, p. 225. Álava no comprendía la admiración de los ingleses por aquellos flamantes duques y príncipes, ostentosamente uniformados y grandes vividores que, por muy buenos militares que fuesen, a él sólo le parecían bandidos rapaces y verdugos inmisericordes de los españoles (Ver P. naPieR, Revolution, p. 138). JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR290 Aparte de despreciar a los ejércitos regulares españoles con más o menos razón, según los casos, los militares ingleses tenían una opinión muy pobre de los guerrilleros, aun cuando en algunas ocasiones colaboraron estrechamente con ellos (por ejemplo, la caballería de don Julián Sánchez, el Charro). Los miraban como a bandoleros y criminales, de lo cual, ciertamente, tuvieron algo, pero no siempre, y desconocían el apoyo popular que solían recibir. Napier llegó a escribir en su historia que si los franceses hubiesen logrado eliminar las partidas se habrían ganado la buena voluntad de los españoles, sin más95. Y hay un incidente poco conocido y muy inquietante en relación con este asunto: el 25 de mayo de 1811 las guerrillas de Espoz y Mina sorprendieron a un convoy francés en el puerto de Arlabán y lo deshicieron casi totalmente. El convoy llevaba numerosos carros cargados con el botín de Massena y conducía a Francia a 1.070 prisioneros españoles, ingleses y portugueses. A los primeros disparos, los prisioneros españoles, después de echarse cuerpo a tierra, corrieron a unirse con sus libertadores, pero los cincuenta y ocho prisioneros ingleses, en vez de aprovechar la ocasión para escapar, se apoderaron de los fusiles de los franceses y dispararon contra los guerrilleros96. ¿Fue una confusión, o tenían más miedo a los guerrilleros que a los franceses? Las “partidas”, como se les llamaba entonces, jugaron un papel decisivo en los últimos años de la guerra. Llegó a haber 330 de ellas, y su total se calcula en unos 50.000 hombres, es decir, casi tantos como los del ejército regular (70.000). Napoleón, cuando preparaba su campaña de Rusia, donde sufriría una espantosa derrota a manos de un ejército popular semejante al de los españoles, las tomó muy en serio; temía sobre todo que llegasen a invadir territorio francés, y ordenó a sus generales Reille y Suchet que organizasen su persecución con un ejército de cien mil hombres, cosa que nunca se llevó a cabo por pura imposi95. W. F. P. naPieR, History, II, p. 143. 96. José María iRiBaRRen, Espoz y Mina el Guerrillero, Aguilar, Madrid, 1965, p. 35 y R. FRaseR, La maldita guerra, p. 643. El primero da como fuente a E. maRTín, La Gendarmerie Française (1898) y el segundo un informe del general francés Caffarelli. caSacaS RoJaS Y caPaS PaRdaS 291 bilidad97. Wellington, por el contrario, nunca estimó en todo su valor los servicios que le prestaron las guerrillas como tropas de enlace y vigilancia. A Mina le impidió unirse a las unidades españolas que lucharon con él al norte de los Pirineos. Miraba a los guerrilleros con una mezcla de repulsión (por considerarlos un populacho indisciplinado y cruel) y admiración por su energía y sus victorias. Como dice Pablo de Azcárate, “sus concepciones políticas, tan reaccionarias, incluso para su época, que no es exagerado calificarlas de feudales”, le hacían desconfiar de ellos98. También le hacían desconfiar de los liberales españoles y su flamante constitución, lo mismo que su hermano, el embajador Henry Wellesley, quien desde su balcón de la calle de Alcalá vitoreó a Fernando el Deseado cuando éste hizo su entrada triunfal en Madrid, escoltado por cuatro mil soldados de caballería, espléndidamente uniformados y mandados por el general Whittingham99. 97. R. FRaseR, La maldita guerra, pp. 687-688. Curiosamente, la palabra “guerrilla” comenzó a usarse como traducción del francés “petite guerre”, aplicada a las rebeliones de la Vendée y la Chouannerie (R. FRaseR, La maldita guerra, p. 540). 98. P. azcáRaTe, Wellington y España, p. 159. 99. Ricardo Blasco, Los albores de la España Fernandina, Taurus, Madrid, 1969, pp. 142-144. En una semblanza contemporánea de Fernando VII, Francis Gibbon reproduce unas palabras de Brougham en los Comunes donde acusa a Whittingham de haber ayudado al rey absoluto en la persecución de los liberales y lamenta que haya sido promovido a una ayudantía del Príncipe Regente, sin duda por recomendación de Wellington (F. giBBon, The Public Characters of Europe, 3 vols., A. Whellier, London, s. a., [circa 1815], III, pp. 766-767). JOSÉ ALBERICH SOTOMAYOR292