El '"Hada verde" en la poesía modernista: algunos ejemplos españoles
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727 EL HADA VERDE EN LA POESÍA MODERNISTA. ALGUNOS EJEMPLOS ESPAÑOLES Marta Palenque Universidad de Sevilla El hada o la m usa verde es la personificación del ajenjo o la absenta, una bebida de un tono esmeralda y sabor amargo que, al ser mezclada con el agua, se vuelve de color opalino. Para los defensores del «arte por el arte», para aquellos luchadores que siguieron como divisa o credo poético el lema «Poesía, Belleza, Amor e Ideal», que Paul Verlaine sitúa en el preliminar de sus Poemas saturnianos, el ajenjo forma parte de sus ritos comunitarios. En el espacio del café, reiterado como lugar de encuentro y tema de tantos poemas y narraciones que dibujan el ambiente de la decadencia y la bohemia, nunca falta el ajenjo. Integra el lenguaje modernista, es tema, motivo, imagen y símbolo. La figura de Verlaine o Lélian agarrado a su vaso de ajenjo es una imagen repetida que los paseantes peninsulares por la capital parisina traerían impresionada en sus ojos. La poesía decadentista, el mundo de la bohemia, estarían incompletos sin el recuerdo del ajenjo, ese licor mágico y destructivo al mismo tiempo, que integra la realidad social y el imaginario de la literatura europea de las últimas décadas del XIX y principios del XX. No pretendo ahora escribir acerca de los efectos del alcohol en la poesía decadentista ni de los paraísos artificiales finiseculares en general(1), sino describir de forma somera la esencia de este rito y algunas de sus circunstancias históricas, además de ofrecer varios ejemplos tomados de la poesía española. Los poetas clásicos de la Antigüedad hablaron de la Inspiración o de las Musas y les dieron cuerpo: eran hermosas mujeres vestidas con túnicas blancas y sus atributos se relacionaban con las distintas artes. En el Decadentismo (en el Modernismo hispánico) el hada o la m usa verde era la emisora del nuevo arte; los poetas se refieren a su magia y de su mano intentaron alcanzar ese anhelado «Poesía, Belleza, Amor e Ideal». En coincidencia con el uso de otras drogas, el ajenjo fue utilizado como una forma de potenciación de los sentidos: el hada verde permitía descubrir m undos y aspectos distintos, bien más refinados y artísticos, bien más extravagantes y raros, siempre ajenos a la percepción de la burguesía mercantilista e ignara. «El ajenjo es un gran promotor de la cultura...», afirma Manolo Molano en las memorias de Rafael Cansinos Assens |2). Médicos y artistas coincidieron en el interés por investigar en los nuevos caminos que las drogas y el alcohol abrían para la imaginación creadora. Salina, 25, 2011, 121-132
722 Salina, 25, 2011 EL HADA VERDEEN LA POESÍA MODERNISTA Los poetas m odernistas rechazaron el arte burgués, el arte realista-naturalista del siglo XIX, y eligieron el cam ino de lo aristocrático com o una form a de evasión o de la bohem ia y los bajos fondos, aunque es com ún que los com binen, respirando de am bos espacios y am bientes. El ajenjo se usa tam bién com o sím bolo de esa form a de concepción artística, de una nueva manera de sentir y viv ir el acto creador; significa el abrazo a la anarquía, un distinto credo que im plica el rechazo a la sociedad y la adopción de una actitud de desprecio y negación hacia cualquier form a de poder. En el prólogo a Azul... (1888), de Rubén Darío, Eduardo de la Barra mencionaba esta bebida al declarar el ideario de los decadentistas: A los que así proceden los llamó decadentes el buen sentido público, y ellos, como pasa tantas veces, del apodo hicieron una divisa. Los poetas neuróticos de esta secta hacen vida de noctám bulos y ocurren a los excitantes y narcóticos para enloquecer sus nervios, y así procurarse visiones y armonías y ensueños poéticos. Acuden a la ginebra y al ajenjo, al opio y a la morfina, como Poe y Musset, como los turcos y los chinos. El deseo de singularizarse es su motor, la neurosis su medio ,3). Como recuerda de la Barra, era una bebida asociada a las costu m bre s de los b oh em ios rom ánticos. Entre sus ilustres bebedores estaban Edgar A lian Poe o A lfred de M usset, tam bién Víctor Hugo y los grandes santones franceses de la poesía c onte m po rá n ea: Paul V erlain e, Charles Baudelaire, Stephanne M allarm é y A rthur Rimbaud, para quienes el licor perm itía asim ism o huir del sufrim iento (físico o espiritual). Escribía Rimbaud que el poeta, en los m om entos de m ayor desolación, «a causa de los horrores de este mundo», se entregaba en brazos de esta nueva musa para aliviar su dolor: «[...] Am or, llam ada de vida y canto de acción, / la Musa Verde y la Justicia ardiente, vienen / a arrancarle de su augusta obsesión» (Las herm anas de la caridad, 1871),4). La lista de escritores, músicos o pintores de diferente nacionalidad (los más estudiados son los franceses) que degustaban absenta y se perdían en los brazos del hada verdees larga.Tam bién en la conocida com o «la biblia del decadentismo», es decir, Á Rebours (1884), de Joris-Karl Huysmans, se alude a ella a propósito de la pintura de Félicien Rops, quien la retrató materializada en distintas mujeres, prostitutas enferm as y casi moribundas. M uchos otro s p in tore s sigu ieron su em brujo y reflejaro n en sus lienzos su presencia en la cotidianeidad de los cafés parisinos, dibujándola a veces com o única protagonista (por ejem plo, en Vaso de absenta y botella, 1887, de Van Gogh) o asociada a una figura, masculina o fem enina, cuya m irada a veces se abism a en la contem plación del fondo del vaso (Manet: Bebedor de Absenta, 1859; Degas: La absenta, 1876; Picasso: Bebedora de absenta, 1901; etc.). En los cuadros que detienen escenas de tertulia y diversión la copa de ajenjo se sitúa sobre los veladores (Gauguin: En un café de Arlés, 1888;Toulouse-Lautrec: En el M oulin Rouge, 1892; etc.). Albert M aignan (La m usa verde, 1895) o Viktor Oliva (El bebedor de absenta, 1901) prefieren pintar a la musa, al fantasm a o la diablesa verde, una especie de fuerza o energía que acompaña, dom ina y asusta al artista. Docum entos efím eros tales com o carteles publicitarios o tarjetas postales anim an la im agen del hada en una atractiva iconografía.También las revistas ilustradas aportan con frecuencia im ágenes donde com parece el ajenjo, en sentido positivo o negativo. El ajenjo ilum ina y consuela, pero tam bién mata ,BI.
MARTA PALENQUE Salina, 25, 2011 123 En la literatura española el sabor amargo del ajenjo es traslado exacto de la amargura existencial del bohemio al menos desde El frac azul (1864), de Enrique Pérez Escrich, quien afirmaba mencionando a Federico Soulié: «Lo que el célebre autor francés acaba de deciros, podrá ser amargo como la absinta, pero es gráfico como los esplendorosos rayos de sol» (6). El ajenjo aparece así en numerosos textos del Modernismo hispánico, como antes en la literatura romántica y finisecular gala. ENTRE HADA Y DEMONIO En la prensa francesa ilustrada hay numerosas imágenes de escenas burguesas de interiores de cafés o bistrots en los que, a partir de 1860, se incrementó la moda de la «hora verde», que coincidía con las cinco de la tarde, aunque -según diversos testimoniospodía transcurrir entre las cinco y las siete. El guatemalteco Enrique Gómez Carrillo recordaba que, en una estancia parisina hacia 1910, andaba de noche medio extraviado el Barrio Latino y entró en un «café ruidoso», donde se sentó en un rincón discreto a observar. Pidió una copa de ajenjo, que le sirvieron «con algo de extrañeza»: Deteniéndome en los trazos reales de esta bebida, el ajenjo es -como es sabidoun aperitivo con alto contenido alcohólico destilado de distintas hierbas, en mayor medida de absenta (artem isia absinthium ), fuente de su característico sabor amargo, y anís verde. Su historia se inicia en Suiza, a finales del siglo XVIII, donde comenzó a ser usada con propósitos medicinales, aunque -según David Nathan-Meister, a quien sigo en este 'asumen histórico (71inició su popularidad entre ‘ 844 y 1847. Las tropas francesas destinadas en Argelia la usaron tanto para curar la fiebre y la disentería como para alentar sus cansados ánimos en la lucha con los alemanes. Entre 1880 y 1910 se suso de moda en Francia entre todas las clases sociales y gustó tanto a hombres como a mujeres. A la pionera casa Pernod Fils, de Pontarlier, le sucedieron nuevas marcas y combinaciones al - ’.ismo ritmo que aumentaba la leyenda en torno = su poder destructivo y alucinógeno, por lo que term inó adquiriendo -na aureola maldita, :jyo encanto maléfico z-erdura hasta hoy. La bebida tiene su rito. Se sirve en -na copa de cristal y, zara ocultar su sabor s-nargo y rebajar el "n te n id o alcohólico, 55 mezcla con azúcar . agua helada: se reoosita un terrón en ."3 cuchara perforada se fabricaron preciosas r.charillas a este efecto, ron d e c o ra cio n e s ;_e semejan motivos rs ra cterístico s del - r t N ouveau) y se va rtiendo el agua fría í-ta m e nte sobre el = ;jc a rillo . Nathan- ’-'eister explica el i-e-tido de esta ceremonia y ofrece numerosas - =genes de los utensilios idóneos, así como de zzo el proceso paso a paso. La mezcla con el sc-a producía un color particular, lechoso y turbio, :;s escente (el efecto louché). Apenas el liquido brilló en mi copa, una morena muy pálida, de grandes ojos de fantasma, se acercó a mi mesa y me dijo con una voz que parecía venir del otro mundo: -Mais tu es fou, morí petit. Ingenuamente preguntóle en qué signos exteriores se reconocía así mi locura: -En ce breuvage horrible... Est ce que l'on prend du pernod aprés le diner?... Yo ignoraba que el ajenjo fuese un licor que nadie, ni aun los bohemios, podían tomar después de la comida l81. Un grabado de José Luis Pellicer inserto en La Ilustración Española y Am ericana recrea la conocida como «hora del ajenjo». Para el comentarista de la sección «Nuestros grabados», Eusebio Martínez deVelasco, era una de las más arraigadas costumbres parisinas en 1881. El título completo de la ilustración es La hora del ajenjo. El boulevard Montm artre, a la hora del ajenjo. Dibujo del natural. Pellicer perfila el bulevar a la hora del ocaso, cuando los adeptos de ambos sexos confluyen para descansar después del trabajo o el paseo y toman un aperitivo en los veladores
124 Salina, 25, 2011 EL HADA VERDE EN LA POESÍA MODERNISTA de algunos de sus num erosos cafés, m ientras charlan anim adam ente o leen el periódico. Una de las aceras del bulevar (que form a parte del Barrio Latino, el frecuentado por los artistas y escritores) era conocida com o la Puerta del Sol por la gran afluencia de españoles e hispanoam ericanos, com enta M artínez de Velasco. El pú blico está form ado sobre todo por hom bres, aunque hay algunas m ujeres, cuyo vestid o y tocado hace pe nsar en dam as b urgu esas. S in e m ba rg o , Martínez de Velasco anota que es el m om ento en que comienzan a llegar a la zona «las m odernas sacerdotisas de Venus» ,sl. Según Nathan-M eister, hacia 1910 el consum o anual de la bebida en Francia se calculaba en 36.000.000 litros. El color o sus supuestos poderes alucínógenos sedujeron a los artistas. Pero, más allá de este halo rom ántico, su altísim o contenido alcohólico (entre un 80 y 90%) la convertía en un veneno real, sobre todo para aquellos que tenían el estóm ago no m uy lleno. Adem ás, la alta dem anda la llevó a ser adulterada con frecuencia. La locura, la tuberculosis y la muerte final hermanó a los poetas con el pueblo y los desarrapados de la sociedad. A p rincip io s del XX se la llam aba ta m bié n el «peligro verde» o el «dem onio verde», y comenzó la campaña para su prohibición en varios países europeos. No solo era el aperitivo de los bohem ios y de sus herm anas, las prostitutas, sino, durante mucho tiem po, de las clases populares a causa de su bajo precio. Fue tam bién el cam ino del suicidio activo de estos soñadores. Los hospitales parisinos vieron llenas sus salas a causa del alcohol, no solo de la absenta. La p u b lic id a d c o n tra el a je n jo fu e particularm ente virulenta. En la literatura médica de la época, el uso continuado de la bebida daba lugar a lo que se llam aba «absintismo», que -se afirm abaproducía adicción, excitación nerviosa extrema, ataques epilépticos y alucinaciones. Las imágenes de la campaña antialcohólica en Francia y Suiza dibujan a la absenta con form a de m ujer y de color verde, con rasgos de arpía u otros anim ales o seres terroríficos, y es llamada veneno. Se argum entaba que su ingesta era una de las mayores causas de la ruina m oral de la sociedad, pues destrozaba a las fam ilias, hacía a los buenos padres de la clase trabajadora hom bres crueles y agresivos que, ávidos del veneno verde, gastaban todo su capital en la bebida y dejaban m orir a su m ujer e hijos o les condenaban a la miseria. En la decadencia de la raza que los científicos y filósofos advierten en el Fin de Siglo el gusto por la absenta es un com ponente decisivo. La propaganda anti absenta llegó al cine. N ath an -M eister resum e los ejem plos m ás a ntiguo s, breves películas mudas com o La Bonne Absinthe (1899), de Alice Guy, la más antigua referencia a la absenta en el cine según el autor, que dura solo un m inuto; Victimes de l'alcoolism e (1902) y Les Victimes de l'alcoo l (1911), de Gérard Bourgeois; y Absinthe (1913), un film am ericano producido por la Gem M otion Picture Company. Estos film es han sido rescatados por N athan-M eister, digitalizados y están disponibles en el m ercado <10’. Finalmente, la prohibición del ajenjo se hizo efectiva: en 1908, en Suiza, en 1915, en Francia, y fue cundiendo en distintos países europeos y tam bién en EEUU. Hoy día la bebida vuelve a ser legal, aunque, en general, con una tasa alcohólica menor. ESPAÑOLES Y AMERICANOS EN PARÍS En las crónicas y recuerdos parisinos de numerosos e s c rito re s e sp a ñ ole s o h is p a n o a m e ricano s aparecen noticias en torno a la bebida. Em ilio B o b a d illa (el c o n o cid o com o F ray C a ndil) lam enta esta moda creciente y crea el sustantivo «ajenjism o»: «Com o si no tuviéram os bastante con la eterom anía, el m orfinism o, hay que agregar el ajenjismo». Extendiendo la reputación de sus efectos negativos, Luis B onafoux da ejem plos de cóm o induce a la locura crim inal, y acuña el ve rb o «ajenja r» y el a d je tiv o «ajenjado». También Eduardo M arquina se refiere a la «hora verde» com entando el m om ento fijo en que este «veneno» parecía adueñarse de las voluntades de los parisinos. En su crónica alude en concreto a la prohibición de la bebida durante el gabinete de Georges Clemenceau, hacia 1915 111 Góm ez C arrillo anota en varias ocasiones la perm anencia de la m oda pese a su riesgo e in tro d u c e a v a rio s a rtis ta s («los jó ve n e s m elenudos») que beben absenta con pasión en el Q uartier, perm aneciendo fieles a «la m usa
MARTA PALENQUE Salina, 25, 2011 725 .5'de de Musset y deVerlaine». Confirma su valor comunitario: «...aquí el vermut, el jerez, el ajenjo, *o se beben. Se charlan. La copa es un pretexto rrara hablar mal de todo el mundo y bien de sí — :smo. [...] Y lo que se llama el instante verde, = instante del absintio, el instante de la hada z auca, es, muy a menudo, un instante de simples ; :scursos»; solo la muerte impide a un cliente serio acudir a la cita de su ajenjo» t12). EL AJENJO EN LA POESÍA ESPAÑOLA _os españoles bebieron más vino peleón que ajenjo, pero el licor verde aparece igualmente en sus versos. Su amargor lo hace símbolo ideal de as desdichas del artista, su color recuerda a los iris glaucos de las sirtes y serpientes embaucadoras, a os ojos de la mujerfatal -personificadas por Salomé 0 Lilith-, el brillo opalino es compendio cromático de la paleta de las emociones crepusculares y de las ojeras femeninas y evoca la preferencia por el matiz ñ-ente al color absoluto o puro... En España aparece desde temprano asociado a la marginalidad o a la protesta. Pero también como una forma de vicio que afectó a la burguesía, tal y como se lee en la -.arrativa del Realismo y el Naturalismo. Consta en as novelas de Balzac, Maupassant... o Emilia Pardo Bazán, quien, al retratar en La m adre Naturaleza a Gabriel, cuenta que terminó renunciando a todos sus vicios para cambiar de vida, renegando «de las aventuras, los naipes y el absintio...» |13). Las citas más repetidas son las de Azul... '888), de Rubén Darío. El Garcín de El pájaro azul es la representación de los jóvenes artistas que egan a París buscando la belleza y el aplauso de su arte, y, como muchos de ellos, «aquel pobre 3arcín, triste casi siempre» era un «buen bebedor ;s ajenjo». El ajenjo se convierte igualmente en su roesía en símíl que permite sugerir la amargura r crema de las lágrimas del yo lírico: «después de i'a r mil lágrimas /ásperas como el ajenjo [...]»(14). Es símbolo de modernidad y de pertenencia a .n grupo rebelde, que abraza una nueva estética, re fondo francés y, sobre todo, parisino. Manuel '■'echado subraya esta alianza entre el mal del ; e-jo y el mal de París (esa enfermedad llamada ;* = época «parisitis») en su prosa «El alma del 1 -r-jo»: Alma turbia, alma de poeta. En su color de ópalo, venturina, de sgata verde, se pierden y se confunden Todos los matices. Se pierden como se ~3n perdido las miradas de las mujeres ■srmosas que nos han amado, como se r-erdieron nuestros grandes designios de os días de beatitud y nuestros candores se niño, no menos sabios que nuestros resengaños de viejo. -¡Absintio! [...] Tú reflejas el cielo de París, al que has tr — ado lo inseguro del color, y copias unos : :s cargados de pensamiento y una frente palidece cansada... Tu reputación es mala y tu fama de loco peligroso sólo te atrae los despreocupados y los artistas. (...) Pero entonces, tú, olvidado también, eres grande y magnífico, néctar nuevo, néctar moderno, creador de locos y de artistas...Tuya es la hora lenta del crepúsculo tornasolado, tuyos los ojos aterciopelados que se entornan para mirar, tuyo el espíritu de la sospecha, y el dejo de la remembranza, y el presentimiento de la verdad, tuyo el sentir de los nuevos poetas y el pensar de los dentistas nuevos... ¡Licor de hoy!1151 En su Poesía bohem ia española. A ntología de temas y figuras, Víctor Fuentes destaca el vino y el ajenjo en el espacio reservado a los temas, espacios y motivos del «desenfreno orgiástico» del bohemio ,16). Cita Fuentes, apelando a Durand y Cirlot, el valor simbólico del alcohol o Dionisos, trasunto de la sangre y el sacrificio, de la juventud y la vida eterna, embriaguez sagrada. Prostíbulos, cafés, bailarinas, cupletistas... hacen acto de presencia en los poemas de esta sección, que, en un segundo momento, se concentra en los efectos del alcohol. Empieza, no podía ser de otra manera, con un canto báquico de Pedro Barrantes, invitación al placer dionisíaco y a la inspiración sagrada, titulado A la juventud: «¡Alegre juventud! Llena de vino / el vaso cristalino, / y entrégate al placer (...]». Este texto de D elirium trem ens es una glosa del pequeño poema en prosa de Baudelaire: Em briagaos, verdadero himno al poder de la creación como camino de huida del dolor o de evasión a través del arte: Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible delTiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos [...],,7). Siguen ¡Vino!, de Manuel Paso (que murió alcoholizado), El vino, de José de Siles y En la taberna, de Pedro Luis de Gálvez. Se refieren al ajenjo en concreto dos poemas que resumen los tópicos en torno a la bebida, aquí amanerados com o síntesis de una estética o una pose: Ajenjo, de Luis de Oteyza, y Bebedor de ajenjo, de Mauricio Bacarisse. Es una buena selección, porque en ambos poemas se dan la mano los motivos y recursos más repetidos del imaginario finisecular, asociados con el símbolo de la absenta. Otros tantos poetas siguieron la exhortación de Baudelaire y se emborracharon de ajenjo, de ideal, de pasión o de poesía: «no sé si borrachos de amargura / o embriagados de ajenjo» (Bohem ia, Francisco Villaespesa); «me emborrachó el ajenjo de un verso modernista» (Breve historia de am or, Manuel Machado), etc.
126 Salina, 25,2011 EL HADA VERDE EN LA POESÍA MODERNISTA No cabe extenderse en el límite de un artículo en una interpretación global. Comento brevemente y transcribo algunos poemas centrados en el destilado verde, que ordeno cronológicamente. La prosa modernista (memorias, narraciones, ensayos) ofrece asimismo numerosos ejemplos. Empiezo con un poeta del primer Modernismo español: el cordobés Manuel Reina (Puente Genil, 1856-1905), quien en La M usa verde (publicado por primera vez en la revista La Diana, el 22 de febrero de 1883, con este título; se convierte luego en Ú ltim a noche de Edgardo Poe en el libro La vida inquieta, 1894) fusionaba realidad y leyenda mezclando la triste biografía de Poe y la cita de sus escritos: el fatídico El c u e rv o y el cuento E le o n o ra . Su tono decadente lleva a pensar en el Poe traducido por Baudelaire: En el vaso tallado y luciente fulgura el ajenjo, como el ojo de un tigre o las ondas de un lago sereno. Bebe ansioso el licor de esmeralda el vate bohemio, el cantor de Eleonora, y se abisma en plácidos sueños. De repente, fantástica, surge del vaso de ajenjo una virgen de túnica verde y rostro siniestro. Sus pupilas están apagadas como un astro mueno, y en sus lívidos labios la risa parece un lamento. Es la virgen la horrible Locura que abraza al bohemio, y se lanza con él a un abismo terrorífico y negro. II Enlazado a la virgen fantástica de ojos yertos y frente de mármol, así exclama, con lúgubre acento, el pobre noctámbulo: -¡Oh, bebamos, bebamos, hermosa! que los besos abrasan los labios y el amor da una sed insaciable. ¡Bebamos, bebamos! ¡A gozarI Este néctar de fuego tiene perlas, perfumes y rayos como tú, m i gentil adorada. ¡Bebamos, bebamos! ¡A cantar, a reír! Luego puedes descansar en tu lecho de sándalo bajo el rico dosel de oro y púrpura. ¡Bebamos, bebamos! ¡Sí, bebamos! La vida es horrible, y ahogar quiero en el fondo del vaso mis angustias y negros dolores. ¡Bebamos, bebamos! III En su raudo corcel de tinieblas huyó luego el fantasma temido de la noche glacial con los trasgos y los monstruos que engendra el delirio. De la aurora la antorcha de oro alumbró con fulgores magníficos, a la puerta de oscura taberna, el cadáver del genio sombrío. ¡Sobre el cuerpo del mísero Edgardo revolaba aquel cuervo fatídico de su triste, espantable poema, dando roncos y fúnebres grito s!1181 El protagonismo absoluto del ajenjo y de sus contradictorios efectos («como el ojo de un tigre / o las ondas de un lago sereno») al inicio del poema resumen su poder en la biografía del personaje Poe, que -en un plano más ampliose describe bebiendo y, al pronto, cayendo en un ensueño alucinatorio que va transformándose desde la placidez inicial hasta la irrupción de la musa verde, cuya apariencia fantástica y virginal cede al m om ento a sensaciones y visiones siniestras, preludio de la locura mortal a la que conduce sin remedio. Sugiere Manuel Reina el sentido maléfico y divino asociado a la absenta, así como la identificación con la mujer, la musa o la inspiración. Poe es aquí el triste poeta que quiso ahogar su angustia vital en el vaso. El eco de uno de los momentos más populares de La Bohém e de Puccini se adueña del ritmo y el tono de la segunda sección en esa incitación a beber, a cantar y a reír, que se trunca en la angustia de los versos finales. Los últimos delirios y desvarios de Poe son anuncios de la muerte inminente, que toma la forma del fatídico cuervo. Cada una de las partes del poema descansa, pues, en textos previos: el cuento Eleonora, la ópera pucciniana y el poema El cuervo, construyendo un intertexto perturbador. En cuanto al metro, repite Reina en el conjunto del poema un similar esquema rítmico en la combinación de versos decasílabos y hexasílabos, de rima asonante en pares. La rima cambia en cada sección: eo, en la I, enfatizando la relación semántica entre el sustantivo «ajenjo» y términos como «negro», «bohemio», «siniestro»...; ao, en la II, esta vez en torno a la invitación al acto de unión en torno al alcohol con ese reiterado «bebamos»; e io, en la III, con eje en el sustantivo «delirio», asociado a «temido», «fatídico», «gritos»... También José Durbán Orozco (Salamanca, 1865-Almería, 1921) y Salvador González Anaya (Málaga, 1879-1955) cantaron al ajenjo. Ambos apelan en sus versos a la promesa de esos supuestos mundos oníricos de felicidad o pesadilla que, figuradamente, anidan en el fondo de la copa de ajenjo, y coinciden en relacionar la bebida con una falsa y dolorosa alegría, promesa de huida de un mundo de pesar y duelo que desemboca en la locura.
MARTA PALENQUE Salina, 25, 2011 127 González Anaya incluye su composición El • 5so de ajenjo (dedicada al conocido poeta de :3~tares Melchor de Palau) en Cantos sin eco, libro :■= ‘ 899. Al igual que el de Reina, el texto empieza el fulgor de la bebida, su color especial y — -tante, la copa colocada sobre la mesa y su -e ación simbólica con la creación poética: Con reflejos verdes, en el vaso tiembla el ajenjo, el grato licor de los tristes, de los soñadores y de los poetas. Brindemos. La dicha en el fondo del vaso me espera; mirad como ríe tras el irisado cristal de Bohemia. ¡Qué lim pio y qué verde! ¡M i vaso de ajenjo tiene los cambiantes y la transparencia de las esmeraldas y los resplandores de los ojos de ella! ¡De ella, de la diosa que atractiva y tierna, me fingió un cariño de vibrantes ansias y de amantes penas! ¡Su recuerdo grato, m i cansada y triste juventud orea, como errante brisa que del campo viene de perfumes llena; y en tropel, del alma surgen los ensueños de la edad aquella, como mariposas que en los troncos duermen y que el sol despierta! ¡Oh, dulces recuerdos de la adolescencia, ya vuestros cantares me parecen quejas! ¡Oh, dulces recuerdos, pájaros del bosque, que entonáis endechas desde los nidales en las alboradas de la primavera, volvedme a la vida de las ilusiones y de las promesas; que alumbren m i alma los rayos ardientes del sol; que las selvas respiren sus brisas cargadas de efluvios, y cubran los troncos nidadas y yemas, y cierren las tardes preñadas de sombras, y se abran las noches cuajadas de estrellas y torne a mis brazos aquella amorosa, gentil compañera...! ¡Cuántos horizontes a m i vista se abren, ante el lim pio néctar, que en el vaso ríe tras el delicado cristal de Bohemia! ¡Oh, vaso de ajenjo! ¡Cuántas veces ¡cuántasI m i amargura intensa se apagó en tus ondas, en tus verdes ondas, claras y serenas! ¡Bebamos! La dicha en el fondo del vaso me espera. ¡Brindemos alegres por los que combaten y por los que lloran y por los que sueñan! ¡Oh, ajenjo! ¡Oh, ardiente licor de los tristes, de los soñadores y de los poetas! 091 Suma versos dodecasílabos y hexasílabos de rima asonante en ea en pares. El predominio de una sola rima subraya un mapa de sentido que une sustantivos y adjetivos tales como «poeta», «espera», «Bohemia», «transparencia»... El epitome final retoma los versos dos y tres, aunque intensificando el tono con el énfasis exclamativo y el cambio del adjetivo «grato» por «ardiente». En En el fondo (de 1900) Durbán opta por el endecasílabo de rima consonante: Reíd, reíd, ¡quién piensa en el mañana! ¡Servidme ajenjo!... Con traición sombría m i pecho hirió la dulce amada mía, y aún sangre fresca de la herida mana. Suena en m i corazón una campana que de mis sueños canta la agonía, y veo de m í en torno, cada día, con asco y miedo, la comedia humana. ¡Servidme ajenjo!... En el actual éxodo lo más puro, lo más enaltecido, sólo es miseria y corrupción y lodo. ¡Servidme ajenjo!... Triste y abatido quiero, ¡oh, amigos!, olvidarlo todo, y en el fondo del vaso está el olvido. II En el fondo del vaso está el olvido... Del ajenjo en los lim bos nebulosos, se van hundiendo tristes y tediosos los recuerdos del mundo envilecido. Sueños de amor, tristezas del vencido, actos ruines, crímenes odiosos, se esfuman en los lindes misteriosos de un extraño país desconocido... Y en tanto que dichoso e inconsciente voy vertiendo el olvido lentamente en mis sedientos labios abrasados, allí, en el fondo de la copa oscura, surge el siniestro clown de la locura y clava en m í los ojos espantados{20). En el mismo espacio del café, el poema S ilue ta s de un vie jo café, de Juan Pujol (La Unión, Murcia, 1883-1967). Compuesto de varias secciones, transcribo la primera, titulada «Mis amigos», que parece pintar un decorado esencial y simbólico para enmarcar la imagen de un bohemio soñador y ensimismado cuya única compañía -como en A n tifo n a rio de Manuel Machadoes la prostituta, ambos al margen de la sociedad:
128 Salina, 25, 2011 EL HADA VERDEEN LA POESÍA MODERNISTA Difunde su luz vaga el alumbrado exiguo; hay un enorme, arcaico reloj, frente a un espejo; hay en los muros restos de pinturas borrosas; hay un aristocrático piano de cola antiguo, y hay un violín que, en manos de un violinista viejo, relata melancólicas historias amorosas... Una m ujer anémica -las manos en la faldamira a todos los hombres que van entrando lentos, y, con un gesto impúdico, ofrécese risueña; yante una copa verde -de un licor de esmeraldaun bohemio de grandes ojos calenturientos, fuma una larga pipa y, ensimismado, sueña... Es larga la melena de este bohemio triste... A intervalos asoma una sonrisa amarga a su faz de romántico, pálida, marfileña... La hetaira en ofrecérsele, prometedora, insiste. Un hombre obeso ríe de su melena larga, y él, impasible, bebe su ajenjo verde, y sueña...1211 El ajenjo forma parte de una puesta en escena, es un topos de la modernidad. En el soneto alejandrino La M usa verde (de Tristitiae rerum , 1906), de Francisco Villaespesa (Laujar de Andarax, Almería, 1877-Madrid, 1936), la atmósfera de la taberna y la tertulia permite rememorar al gran Baudelaíre. La seducción verde es el principio m ágico que aguza y confunde la percepción y se embarullan tiempos y espacios, ficción y realidad. Este café es el café de Charles Baudelaire, Madrid es París, y los «artificiales paraísos perdidos» y las «flores del mal» son intuidos por los sentidos hiperestesiados. Villaespesa incluye ingredientes como el vampirismo y la nocturnidad. El tema no es nuevo en los versos del almeriense, que había cantado a la absenta en Intim idades (1893; me refiero a Los ojos verdes). La M usa verde está dedicado a Manuel Reina, trazando un hilo de sentido con el que abría mi selección: Es uno de esos días cálidos y angustiosos que presagian trastornos atmosféricos. Una luz lívida nos hace pensar en venenosos metálicos reflejos de una muerta laguna. Todo está en carne viva. Lo más sutil se siente. A l corazón, la asfixia de su dolor sofoca... Parece que los nervios maceran lentamente los dientes puntiagudos de una sádica boca. Es tu hora sombría, ¡oh Baudelaire! Fumamos opio, se bebe ajenjo, y, embriagados, soñamos con tus artificiales paraísos perdidos... Al alba invade el ansia de muertes misteriosas, y sentimos deseos de quedamos dormidos sobre un lecho fragante de flores venenosas(22). El térm ino 'ajenjo' (escrito con la grafía 'axenjo') figura en el D iccionario de A utoridades desde 1726 como planta o hierba amarga de uso medicinal; igual que 'absinthium', en 1770, como planta amarga, de efectos medicinales. En sucesivas ediciones del D ic c io n a rio de la Real A ca d em ia E spañola 'ajenjo' consta, desde 1817, con una acepción similar a la que, progresivam ente, se le añade la cualidad de bebida alcohólica. En cuanto a 'absenta', se remite generalmente al vocablo anterior. Solo en 1983 (D iccionario m anual..., 3.a ed.) hay una incorporación interesante, pues se añade el sentido figurado «Pesadumbre, amargura», que se elimina a partirde 1992. Esta acepción figurada es una constante en los poemas citados. Hay títulos de libros poéticos que recogen esta correlación semántica entre el sabor amargo de la bebida y las tristes experiencias del creador. Por ejemplo en el colombiano Julio Flórez, autor de Gotas de ajenjo (1909). No podía faltar en esta breve selección uno de los más conocidos autores asociados a la bohemia española, Emilio Carrere (Madrid, 1881 1947), en cuya obra, en verso y prosa, la absenta y sus consecuencias reaparecen una y otra vez. Selecciono El ajenjo celeste, incluido en el volumen El caballero de la m uerte (1909). La bebida y la Luna son las fuentes de inspiración para el poeta y producen un efecto visionario teñido de oscuridad y maravilla que, como en otros momentos de la escritura carreríana, recuerda a los experimentos de Valle-lnclán: La triste luna de plata nuestro camino ilumina. La niña de ojos de gata le dice. «¡Salud, madrina!» Yo grito al ver sus crueles verdes ojos en la altura: «¡Préstame tus cascabeles, Madre Locura!» «Rima el delirio que inspira tu verde beso fatal en m i alma, que es una lira de cristal». «Que tu extraño beneficio me dicte rimas sonoras, que hagan amable el suplicio de las horas... de las horas...» «Da a mis ojos tu apacible pálido rayo sedeño, para ver a esa imposible Mujer-Ensueño». «Que oiga su voz extrahumana, que es un musical tesoro, mientras sueño, m i galana, leyenda de oro». Y m i sombra trashumante vaga en la noche sombría, ebria el alma delirante de sueño y de poesía.
MARTA PALENQUE Salina, 25, 2011 129 C - bella y loca fortuna ::: - que endulza m i calvario r s enjo visionario :■= a Luna!1231 E~ el poema que abre este libro, donde ara su poética a la manera autoconfesional í"rcterística de la época, ya adelantaba fuente: «Yo soy un hombre triste, altivo • í: :arío, / a quien brinda la Luna su ajenjo ; :~arío [...]» (p. 5). Teófilo Pajares, el personaje paródico de ~ '::sra s y danzaderas (1913), de Ramón Pérez ae Ayala (quien, según Phillips, tiene mucho de ■ =espesa y Carrere) también compone un soneto rei que alude al «ajenjo de luna» («Con ajenjo una mi corazón se embriaga...», primer verso :e último terceto)(2a|. M uchos de los lugares com unes del '.’zdernismo confluyen en el libro Brumas (1905), Luis de Oteyza (Zafra, Badajoz, 1883-Caracas, '5-51), donde se incluye el citado Ajenjo, en el que se repite la rima asonante en pares eo, subrayando mapa semántico-ritmico muy usado: riman ajenjo», «veneno», «bohemios», «muriendo»... S:n embargo, el conjunto es de una plasticidad sjgerente. No lo cito completo: Verted en m i copa ajenjo. Verted en m i copa las líquidas gemas del verde veneno. El néctar amargo, de artistas bohemios, da vida matando a los seres que viven muriendo. Morfina del alma es el verde ajenjo. [...] Am argor dulcísimo de besos mezclados con lágrimas tiene el verde néctar. Y creo al beberlo que la muerte me besa en los labios con su helado beso. Con su helado beso que trae el descanso eterno. Ya sé que me mata, por eso lo bebo. (...] Mauricio Bacarisse (Madrid, 1895-1931) marca un final de época y da paso a las Vanguardias. Su libro El esfuerzo (1917), donde se lee Bebedor de ajenjo, fechado en 1914, es una especie de brindis final en el que, junto a otros motivos e imágenes, no podía faltar la absenta: Si siempre estoy ensayando m i sonrisa amarga y triste, es porque estoy esperando a una m ujer que no existe. Víctima del desencanto sufro martirios letales; por eso adoro yo tanto mis dichas artificiales. Paraísos artificiales que huyen del ruido y del sol... iM is rimas son inmortales pues son hijas del alcohol! Soy mísero y decadente; en m i alma el Hastío muerde. Por eso adora m i mente los sueños del licor verde. Licor venenoso y triste que como un suave beleño, un grato perfume diste al cadáver de m i ensueño. Licor que tiene el matiz de unos ojos que yo amé, y del tinte del tapiz en que danzó Salomé. (Ojos glaucos y perversos que asesinasteis m i vida, y le disteis a mis versos fragancia de flor podrida.) Turbio ajenjo sibilino que tienes el sabor fuerte; que harás de m i desatino vestíbulo de la Muerte. Cómplice de la locura, mis hojas muertas no arranques, licor que todo lo cura, licor de color de estanques... Si siempre estoy ensayando m i sonrisa amarga y triste, es porque estoy esperando a una m ujer que no existe. El ajenjo fue también diana de las críticas antimodernistas, que lo tomaron como objeto de su parodia. La im itación de la literatura francesa, el excesivo amaneramiento estilístico, los extravíos sensibles... despertaron la burla de los antimodernistas y de parte del público en general. Salvador Rueda invocará con desprecio a los bebedores de ajenjo, licor que para él es equivalente a poesía francesa; por lo tanto, a la inspiración artificial que cree causante de la decadencia. En el preliminar a C antando p o r am bos m undos (1913) arremete contra «ajenjistas, eteristas y morfinistas» (25). Como escribe J. Buxadé en Gente Vieja: el Modernismo no tiene personalidad propia, es una mera idea que «descendió a una copa de