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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces)1 The Theory of Climates in the Works of Montesquieu, Hume and Voltaire (A Problem of Enlightenment’s Historical Grammar) Jean-Patrice Courtois2 Université Paris-Diderot (Francia) Recibido: 27-04-16 Aprobado: 18-06-16 Resumen La théorie des climats se concibe aquí como la oposición entre una visión estándar y una visión renovada de dimensión medioambiental (las relaciones entre territorios y pueblos, entre un ambiente geográfico y los sistemas morales, políticos, estéticos). La versión estándar asigna negativamente la transferencia de lo físico a lo moral desde un territorio provisto de características físicas mediante el sesgo del determinismo basado en la noción de causa. Se ha de remplazar el nexo de la causalidad por las nociones de correlación o de conexión (Hume/ Montesquieu), las únicas que autorizan pensar lo particular en política. La teoría de la historia proporciona aquí un ejemplo de la disputa entre dos concepciones de la teoría de los climas (Voltaire/Montesquieu). Palabras-clave: teoría de los climas, causa, correlación, determinismo, geografía, medio ambiente, historia, Montesquieu, Hume, Voltaire. 1 Traducción de Esteban Anchustegui Igartua y Julen Mesonero Sánchez. Revisión de Guiomar Hautcur. 2 ([email protected]). Jean-Patrice Courtois, especialista en literatura y filosofía de la Ilustración, ha publicado Inflexions de la rationalité dans l’Esprit des lois - Ecriture et pensée chez Montesquieu, Paris, PUF, 1999 y numerosos artículos sobre Montesquieu, entre ellos “Le climat chez Montesquieu et Rousseau”, L’Evénement climatique et ses représentations (XVIIe-XIXe siècle) — Histoire, littérature, musique et peinture, dir. E. Le Roy Ladurie, J. Berchtold, J. P. Sermain, Paris, Desjonquères, “L’Esprit des lettres”, 2007, pp. 157-180. Se ocupa de las relaciones entre estética, filosofía, medio ambiente y ecología. Es Maître de Conférences Habilité à l’Université Paris-Diderot Paris 7 y enseña estética, literatura y filosofía.
132 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 Abstract In this paper, the theory of climates is understood as the opposition between a standard model and a renewed one with an environmental dimension (the relationships between territories and peoples, between a geographic environment and moral, political and aesthetic systems). The standard model ascribes the transfer of physical attributes to moral ones in a negative way from a territory with physical characteristics through a determinism based on the notion of causality. It is necessary to replace the notion of causality with that of correlation or connection (Hume / Montesquieu) as only such notions enable a conception of the singular in politics. The theory of history is an example of the conflict between two conceptions of the theory of climates (Voltaire / Montesquieu). Key-words: theory of climates, causality, correlation, connexion, environmental dimensions, Montesquieu, Hume, Voltaire. Si en lo que suele denominarse historia del pensamiento la “teoría de los climas” plantea un problema de gramática histórica, ello se debe a que tanto el objeto que conforma como su modo de existencia permanecen problemáticos. Y es que, en efecto, los modos de existencia de la teoría de los climas varían según las configuraciones históricas y las formulaciones teóricas del objeto. Y dichas configuraciones históricas aparecen inseparables de una teoría del objeto que los determina, siendo estas dos perspectivas muy delicadas, incluso polémicas. Desde este punto de vista, la pregunta que hacemos aquí puede ser legítimamente realizada tanto para resolver un problema de gramática como de historia, ya que la teoría del objeto proviene de la gramática y el modo de existencia del objeto despliega esta gramática en la historia. Así, con la condición de justificar una teoría del objeto que reconsidere la teoría de los climas, podemos distinguir tres modos de existencia del objeto, distribuidos a su vez según tres fases históricas de amplia periodicidad: una fase clásica, que va de Hipócrates a Montesquieu, dotada de una caracterización emblemática fuerte (fase crónica); una fase moderna que abarca el siglo XIX (fase diacrónica) y una fase contemporánea –siglos XIX y XX– susceptible con condiciones de constituir otra visión (fase anacrónica)3. Cada una de estas fases articula una “teoría de los climas” a la vez según una teoría diferente –el objeto de comprensión no es el mismo− y según una historia diferente: el objeto de 3 Aquí no podemos explicar, por falta de espacio, los límites de esta periodización ni detallar las distintas doctrinas. Aquí no se plantea más que el cuadro de la reflexión. Para más información me remito a mi Habilitación, titulada Le Climat des philosophes – Essai sur la théorie des climats à l’Âge classique, Paris-Diderot, 2010.
133 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 extensión no coincide e incluso desaparece la propia expresión de teoría de los climas. En adelante, nos concentraremos en el problema de las dos versiones de la teoría de los climas. La versión estándar de la “teoría de los climas” ¿Qué es la “teoría de los climas”? Se trata de un objeto con reputación negativa, impura, incluso dudosa. Es la razón por la que aparece como un astro muerto, cuya la luz nos alcanza mucho después de que la estrella que nos la traía se haya extinguido y del que, por lo tanto, sólo podemos tratar de captar la luz. El gesto que se utiliza para defender y recomponer el objeto es el mismo que sirve para entenderlo. Para defenderlo de su reputación y para recomponerlo, pues la teoría del clima puede ser otra cosa. Consiguientemente, aparece con un doble objeto: como objeto de pensadores, constituyendo una primera teoría que se despliega en la fase clásica (de Hipócrates a Montesquieu) y una segunda teoría de especialistas procedentes de diversas disciplinas, que han constituido el objeto y el mismo nombre de “teoría de los climas” a partir de la década de los 50. Así pues, partiremos de la segunda teoría, ya que es ésta la que propone la primera construcción del problema. Se apoya en tres niveles de una versión que denominaremos estándar, a la cual Clarence Glacken y Mario Pinna, geógrafos, dieron la mejor fórmula en los años 50: a) una acción física se manifiesta sobre el individuo (aire, temperatura, zona geográfica); b) la acción física actúa a su vez sobre los estados morales a nivel del individuo (carácter); c) los efectos morales pasan del individuo a los pueblos enteros (las particularidades de los pueblos). Hay que tener en cuenta que esta versión estándar, bien mirado, no ha existido nunca y jamás se ha dado como tal sucesión de influencias directas de un plano sobre el otro en los textos principales que sirven de soporte a la teoría de los climas, se trate de Hipócrates o de Montesquieu4. Se trata más bien de un objeto segundo solidificado y repetido, construido por los comentaristas en el origen de la expresión o en el origen de los primeros modelos teóricos5. 4 Sobre Hipócrates, ver Jean-François Staszak, La Géographie d’avant la géographie – Le climat chez Aristote et Hippocrate, Paris, L’Harmattan, 1995, y sobre Montesquieu, ver Georges Benrekassa, La Politique et sa mémoire; le politique et l’historique dans la pensée des Lumières, Paris, Payot, 1983 – Catherine Larrère, “Galiani lecteur de Montesquieu”, Eclectisme et cohérence des Lumières (Mélanges à Jean Ehrard), Paris, Nizet, 1992, pp. 97-109 – Jean-Patrice Courtois, “Le physique et le moral dans la théorie du climat chez Montesquieu”, Le Travail des Lumières – Pour Georges Benrekassa, eds. C. Jacot-Grapa, N. Jacques-Lefèvre, Y. Seité et C. Trévisan, Paris, Champion, 2002, pp. 139-156 et “Le climat chez Montesquieu et Rousseau”, L’Evénement climatique et ses représentations (XVIIè-XIXè siècle) – Histoire, littérature, musique et peinture, dir. E. Le Roy Ladurie, J. Berchtold et J.P. Sermain, Paris, Desjonquères, “L’Esprit des lettres”, 2007, pp. 157-180. 5 La primera vez que aparece esta expresión, que yo sepa, es en Roger Mercier, “La théorie des climats: des “Réflexions critiques” à “L’Esprit des lois””, Revue d’Histoire Littéraire de la France, Armand Colin, LIII, enero-marzo 1953, N° 1, pp. 17-37 et LIII, abril-junio 1953, N° 2, pp. 159-
134 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 La cuestión del “determinismo”, como modelo de paso entre los tres niveles, ha perseguido a las primeras construcciones y constituye una eficaz caricatura del efecto determinista al que nos conduce. Las representaciones son bien claras, de tal forma que la definición global que da Mario Pinna, al inicio de uno de sus artículos, representa perfectamente este efecto: Los historiadores utilizan la expresión teoría de los climas para indicar esa doctrina antigua que pretendía explicar las diferencias entre los diversos grupos humanos, y más precisamente entre europeos y asiáticos, entre hombres del Norte y hombres del Sur, entre habitantes de las montañas y habitantes de la llanura por las diferencias climáticas que existen entre esas regiones. Durante mucho tiempo, en la cultura del mundo occidental hemos afirmado: “Los hombres del Norte son fuertes y valerosos, pues están endurecidos por el clima frío, pero son poco inteligentes e ineptos para los asuntos políticos; los hombres del Sur (norteafricanos, asiáticos) poseen una inteligencia viva y una gran imaginación, pero son blandos en cuanto debilitados por el clima cálido; como conclusión, los hombres de las latitudes intermedias poseen las mejores cualidades de unos y otros […]” 6. Esta descripción constituye la representación habitual y más difundida de la “teoría de los climas”, la que muestra la imagen más estándar. Pero ya otros, y antes, habían avalado esta visión de la teoría de los climas que leemos en Montesquieu. En este sentido mostraremos dos ejemplos claros que forman parte de la historia de los comentarios y son los más radicales y representativos de las dos principales disciplinas: el geógrafo Pierre Gouru y el sociólogo Pierre Bourdieu7. Sus artículos han marcado tanto a los geógrafos como a los sociólogos, y sus autores son siempre referencias en sus disciplinas. Y para acusaciones, éstas sí que lo son: “concentración de prejuicios y de 174. Los primeros modelos teóricos, por orden de publicación, aparecen en el libro fundamental de Clarence J. Glacken, Traces on the Rhodian Shore. Nature and Culture in Western Thought from Ancient Times to the End of Eigteenth Century, Berkeley / Los Angeles, University of California Press, 1967 traducido al francés con el título Histoire de la pensée géographique, realizado por Tina Jolas e Isabelle Tarier, Paris, Editions du C.T.H.S. (Comité des travaux historiques et scientifiques), 4 tomos, 2000-2007, incluyendo un volumen completo para la Antigüedad y para el siglo XVIII, titulado “Culture et environnement au XVIIIè siècle”, abreviado en adelante como HPG, y el libro de Mario Pinna, La teoria dei Climi – una falsa dottrina che non muta da Ippocrate a Hegel, Roma, Memor. Società Geografica Italiana, vol. 41, 1988. También se puede leer a Mario Pinna en francés, “Un aperçu historique de la “théorie des climats””, Annales de Géographie, année 1989, Volume 98, N° 547, pp. 322-325 y “Les géographes et la protection de l’environnement pour l’écologie mais contre les écologistes”, Annales de Géographie, Année 1991, Volume 100, N° 557, pp. 64-75. 6 Mario Pinna, “Un aperçu historique de “la théorie des climats””, Annales de Géographie, Année 1989, Volume 98, N° 547, pp. 322-325, p. 322. Recordemos que para Mario Pinna la teoría de los climas es “una falsa dottrina”. 7 Pierre Gourou, “Le déterminisme physique dans “L’esprit des lois””, L’Homme, Año 1963, Volumen 3, N° 3, p. 5-11. Et Pierre Bourdieu, “Le Nord et le Midi: contribution à une analyse de l’effet Montesquieu”, Actes de la Recherche en Sciences Sociales, “L’identité”, noviembre 1980, N° 35, pp. 21-25.
135 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 inconsecuencias”, “capítulos […] ligeros y presuntuosos” “menudo lío de climas” una “cantinela que ha perdurado antes que Montesquieu” para Pierre Gourou8 y “mitología racionalizada”, “forma de presunción incluso de usurpación”, “fantasías sociales y fantasías sexuales”, y “apariencia de ciencia” para Pierre Bourdieu9. Ninguna construcción del objeto está comprometida ni, por otra parte, parece deseada, y es en nombre del determinismo por el que la liquidación de la teoría de los climas como “ciencia” encuentre su justificación. Empero, hay que haber construido previamente el objeto para saber si se trata de contradicciones y de mitología para Montesquieu. Y hay que tenerlo construido para saber en qué modelo o referencia de ciencia podemos hacerle preguntas. Porque la pregunta es: ¿en qué ciencia o estado de la ciencia nos encontramos? Pierre Gourou afirma que, bajo la mirada de la geografía que conoce y con los conocimientos de su tiempo, no es ciencia, y Pierre Bourdieu afirma que se trata de una mitología que toma la apariencia de ciencia, considerando incluso muy difícil de leer lo que dice. Con valoración negativa pero de manera cierta, tales ensayos nos dicen que la construcción del objeto tendrá mucho que ver con la cuestión del tipo de “ciencia” de la que se trata, así como si trata o no de “ciencia”. Pierre Gourou parece articular su reproche principal alrededor de la falta de conocimientos: “[…] razonar sobre los vínculos entre leyes y clima en regiones como la India, China y la “Tartaria” era una empresa fantástica cuando las “leyes” y la naturaleza física de esos países eran prácticamente ignoradas”10. Cita por otro lado, sin precisión alguna –parece que una ciencia que no lo sea pueda criticarse abandonando los criterios mismos de la “ciencia”–, la “biología” de la época de Montesquieu bajo la forma del “juego de fibras”, aspecto éste que retomará Bourdieu con una sospecha de documentación suplementaria11. En efecto, los dos flancos de la crítica planteados por Pierre Gourou muestran que el problema de la ciencia está mal planteado desde el principio. Los extremos son, de un lado, la ausencia de informaciones (historia), y de otro, una ciencia (las fibras, la biología), pero incorrecta (episteme). Ahora bien, son precisamente ambos extremos lo que son incorrectos. En primer lugar, el vínculo entre informaciones y ciencia no puede plantearse en el caso de esa teoría de los climas en el ámbito de la distinción entre ciencia e historia que se realizaba desde el periodo greco-romano, o al menos desde Aristóteles: 8 Art. cit., pp. 5, 7 y 9. 9 Art. cit., pp. 21, 22 y 24. 10 Art. cit., p. 9. 11 Pierre Gourou, art. cit., p. 6.
136 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 Sabemos que desde el periodo greco-romano, particularmente desde Aristóteles, era común oponer dos formas de conocimiento teórico: por un lado, la ciencia propiamente dicha (episteme), que enuncia propiedades universales y explica; y, por otro lado, la historia (o las historias, como se decía comúnmente todavía en el siglo XVII), que designa un conocimiento por acumulación de todo tipo de hechos observables y desprovisto de una estructura deductiva fuerte. Según esa antigua distinción, la historia (etimológicamente “investigación”) es un conocimiento de segundo orden, que, no obstante, se impone en dominios donde la universalidad estricta no es accesible, en particular cuando se trata de hacer frente a la inmensa diversidad de los minerales, plantas y animales. De esos seres naturales tan variados, hemos considerado por mucho tiempo que había más “historia” que ciencia, o dicho de otra manera, un conocimiento descriptivo y dividido, en el que la unidad podía encontrarse, en el mejor de los casos, en una actividad de clasificación12. Está claro que el análisis de la relación entre las leyes y el clima (concebido únicamente y de forma rápida entre zonas geográficas y sus factores físicos) no responde al de una “ciencia” en el sentido de que podría tener ese término en la filosofía y las ciencias de la era clásica. Montesquieu, en efecto, no confunde la generalidad de la ley con una ley general13. Busca los principios que pueden producir regulaciones en contextos particulares, lo que el término “relación” indica, esto es, que las leyes tienen relación con el clima. Y una relación no es una propiedad. Depende, pues, en su “investigación” de los relatos de viaje que, sin estar por encima de toda crítica, no son tampoco las “habladurías” que Pierre Gourou quiere ver. Pero, sobre todo, Montesquieu construye un objeto particular en el que todo l’Esprit des lois trata de expresar la novedad de su carácter, a condición de que se tome en consideración el conjunto de sus proposiciones. Las relaciones múltiples de los factores entre sí no aspiran a la ciencia de un principio universal que explicaría todo, sino a la constitución de un espacio de reflexión nuevo, capaz de integrar la “infinita diversidad de leyes y de costumbres” que se presentan bajo la forma de “casos particulares” y de “detalles”14. E incluyendo el uso de “viejas” teorías o intuiciones. Y en segundo lugar, no hay ciertamente “biología” con la teoría de las fibras, teoría que John Arbuthnot había promovido en el marco de una teoría de 12 Jean Gayon, “La biologie entre loi et histoire”, Philosophie, Minuit, N° 38, junio 1993, pp. 3057, p. 32. 13 Jean-Patrice Courtois, Inflexions de la rationalité dans l’Esprit des lois, Paris, PUF, 1999, Primera parte, “La généralité de la loi”, pp. 17-103 y en particulier pp. 18-34. 14 Esprit des lois, “Préface”, § 3, 4 y 6, p. 5; en adelante abreviado como EL. Louis Althusser había visto bien que Montesquieu fue el promotor de la “ciencia” nueva: “Si Montesquieu n’est pas le premier qui conçut l’idée d’une physique sociale, il est le premier qui voulut lui donner l’esprit de la physique nouvelle […]” – mais qui n’oublia pas de rappeler qu’Helvétius voyait en Montesquieu “le ‘tour d’esprit’ de Montaigne”, lo que Althusser glosa diciendo: “Comme Montaigne, et tous ses disciples, ramasseurs d’exemples et de faits quêtés dans tous les lieux et tous les temps, il se donnait pour objet l’histoire entière de tous les hommes qui ont vécu”, Montesquieu - La politique et l’histoire, Paris, PUF, 1974 (1959), respectivamente p. 15 y p. 13.
137 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 los climas acotándola a la parte médica15. Para que naciera la biología, y para que el término apareciera en 1800, ésta tenía que ser distinguida de la historia natural y de la idea de una “ciencia verdaderamente general de los fenómenos comunes a todos los seres vivos”16. No es ése el espacio de la “teoría” de los climas en general, ni de Montesquieu en particular. Para la teoría de los climas lo viviente interviene en un plano que pone en contacto a los individuos, en su dimensión fisiológica la mayor parte del tiempo, y a la naturaleza, en su dimensión física y climática todo el tiempo. El método de Pierre Bourdieu, debido a que no juega la carta del determinismo, puede parecer que aporta una iluminación crítica y que representa lo que la sociología, en tanto que ciencia social segura de sus métodos, puede aportar de relevante. La tesis general y de inmediato enunciada tiene que ver con la mezcla que daría la lectura de la teoría de los climas de Montesquieu, mezcla de una época donde la “naciente ciencia social vacila entre el mito y la ciencia”, época, en pocas palabras, de una “mitología ‘científica’ ” organizada a su vez por dos principios entrelazados: una coherencia científica perceptible y una coherencia mítica escondida17. Entendemos mejor por qué el ángulo del determinismo no es el de esta crítica: es el de la mitología como resorte secreto y la ciencia no es más que la apariencia de ciencia. Mas la crítica de la ciencia, por cometer el mismo error de Pierre Gourou, toma prestados caminos diferentes18. En particular, hace hincapié en los procedimientos de legitimación y de aceptación de un discurso científico reconociendo que “la apariencia “científica” […] tiene una eficacia independiente de su valor de veracidad” y que los “significados míticos le aseguran una coherencia de otro orden”19. El 15 John Arbuthnot, Essay concerning the Effects of Air on Human Bodies, Londres, 1733. Montesquieu seguramente la la conoció y la Academia de Burdeos poseía la traducción de Boyer de Prébandié, Essai sur les effets de l’air, publicada en 1742, cf. Robert Shackleton, Montesquieu – Biographie critique, Saint-Martin-d’Hères, Presses Universitaires de Grenoble, 1977, p. 239. 16 Jean Gayon, art. citado, p. 32. El neologismo “biología” es introducido por Burdach en una nota marginal de un tratado de medicina en 1800, y poco después por Treviranus Alemania y JeanBaptiste Lamarck en Francia en 1802, cf. Nota 2, p. 30. Es el antiguo artículo de Marc Kleinel el que previamente marcó su origen en una nota de Lamarck, “Sur l’origine du vocable “biologie””, Archives d’anatomie, d’histologie et d’embryologie, t. XXXVII, 1955, pp. 105-114, como se ve en Wolf Lepenies que cita este artículo en Qu’est-ce qu’un intellectuel européen? – Les intellectuels et la politique de l’esprit dans l’histoire européenne, Paris, Seuil, 2007 (Lecciones en el Collège de France de 1991-1992), Quinta lección, “L’histoire naturelle et l’histoire de la nature: au seuil de la modernité”, pp. 134-170, p. 138. 17 Pierre Bourdieu, art. citado, p. 21. 18 A diferencia de Pierre Gourou, que no cita ninguno de los tres primeros libros “modernos” sobre Montesquieu publicados antes de su artículo (Starobinski, Louis Althusser, Robert Shackleton), Pierre Bourdieu cita Pierre Gourou, pero no a Numa Broc, quien, sin embargo, discute las tesis de Gourou en el artículo que considera la cuestión de un Montesquieu “padre de la geografía” y al que responde negativamente porque L’Esprit des lois manifiesta “la préponderance des causes historiques et politiques sur les causes physiques”, cf. Numa Broc, “Peut-on parler de géographie humaine au XVIIIe siècle en France?”, Annales de Géographie, Année 1969, Volumen 78, Número 425, pp. 5775, p. 74. 19 Pierre Bourdieu, art. cit., p. 21.
138 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 paso de los datos físicos del cuerpo, modificados por las diferencias de posición geográfica vía las fibras excitadas según la gama de sus diferencias, a los datos del espíritu es el lugar de la fantasía y de un impulso social incontrolado en el que el corazón sería una “combinación de fantasías sociales y sexuales socialmente instruidas”20. Pero tampoco convence esa demostración a quien hace pasar de contrabando el determinismo de una pulsión social a coherencia mítica para explicar el rol funcional de la teoría de los climas. Primeramente, no es posible dejar de remarcar que la pulsión social de motor fantasmal permite justamente una homonimia del Norte/Sur. Ciertamente, las pulsiones de asignación identitaria son duras de eliminar –el número de Actes de la Recherche de donde proviene el artículo se titula precisamente “La identidad”– y duermen en nosotros listas para despertarse, decía Pierre Gourou. Pero la división Norte/Sur no tiene nada que ver con Montesquieu, porque la oposición la construyó Bourdieu mismo. Y en esa construcción se olvida de todo aquello que no entra en ella, en particular las reversiones de imágenes tradicionales y las complicaciones de la teoría de la mediación. Se han silenciado parágrafos de Montesquieu, así como de Pierre Gourou. Por otro lado, Pierre Bourdieu se preocupa de historizar bien, observando que no puede aplicarse a la división Norte/Sur interna de Francia, surgida más tarde. Pero no se plantea la pregunta de si esa misma historización no vale para la teoría de los climas de Montesquieu, lo que revelaría, justamente, que él determina tres zonas generales y no dos. No hay oposición Norte/Sur para Montesquieu, que estaría provista de un valor global y universal discriminante. El objeto del que habla Pierre Bourdieu no es la “teoría de los climas” en el espacio que, según Montesquieu, le corresponde. Porque la teoría de los climas, en su versión real, es decir, resultado de sus propios textos y no en su versión estándar, no es un objeto construido alrededor de una diferencia. La operación que consiste en deslegitimar la teoría de los climas superponiéndole al artefacto de una sola diferencia y haciendo del supuesto artefacto el objeto que queremos analizar, es una operación errónea. Y es errónea desde los propios términos con los cuales ella, por su parte, se construye. En efecto, si hay una historicidad de los procesos de certificación científica, y sobre todo para las ciencias experimentales, como bien lo ha demostrado Christian Licoppe para la Edad clásica, entonces la teoría de los climas difícilmente se rige por una comprobación exclusivamente experimental21. Las informaciones sobre la comida, las costumbres, las leyes, los modos de gobierno, los terrenos, en suma, cuanto entra en su ámbito, son poco accesibles por experiencia directa. Y por eso es por lo que el estudio y el interés por las variaciones en 20 Pierre Bourdieu, art. citado, p. 24. 21 Christian Licoppe, La Formation de la pratique scientifique – Le Discours de l’expérience en France et en Angleterre (1630-1820), Paris, La Découverte, 1996.
139 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 el tiempo y en el espacio a través de las huellas documentales (los romanos de antaño y los romanos de ahora, los textos antiguos y los viajes de ahora) deben ser considerados como una de las modalidades teóricas de sustitución de la experimentación para gran cantidad de datos sobre tales dimensiones geográficas. No se trata, por tanto, de un “efecto Montesquieu”, sino más bien de un “efecto Bourdieu”22. Se notará, para finalizar, que en la primera fase de los años 50 y 60 los especialistas en Montesquieu o en siglo XVIII no han cedido ante esta versión estándar23. Y Clarence Glacken, que dio una formulación clara de la teoría de los climas en los tres niveles estándares tal como la encuentra, tampoco reduce Montesquieu a esa versión estándar determinista o mitológica. Al contrario, desarrolla una posición sutil, finalmente anti determinista, que entiende que para Montesquieu “las causas físicas forman parte plenamente del aparato teórico”24. Inicia así, y es el primero, otra comprensión completamente diferente de lo que hemos llamado “la teoría de los climas”. La imagen estándar de la teoría de los climas, aquella que asigna una caracterología en sentido teofrastiano del término a un espacio dotado de características físicas, se ha visto favorecido por dos aspectos que, malentendidos a mi parecer, han valido como formas de obstáculos epistemológicos: la zonación geográfica y la rigidez articulatoria del plano de contacto hombre/ naturaleza. El determinismo no puede pensar en la correlación fundamental en cuestión precisamente porque los espacios físicos a los cuales se aplican no tienen características comunes homogéneas en las diferencias de su distribución (zonificación): una misma temperatura puede coincidir con un sistema geográfico físico y civilizatorio diferentes. Desde este punto de vista, no nos olvidaremos de remarcar que las primeras palabras del “Preámbulo”de la caracterología teofrastiana señalaron este problema, estableciendo de entrada lo que yo llamo una contra-correlación : “Me he solido plantear para el pasado una pregunta que me asombra, dice Teofrasto, y que probablemente no cesará de asombrarme: ¿cómo puede ser que no tengamos las mismas costumbres si el conjunto de Grecia se halla sometida al mismo clima y si todos los Griegos reciben la misma educación?”25. En pocas palabras, estamos en el núcleo de 22 Esta vez no se trata de la dificultad que tiene la geografía con la cuestión del determinismo; se trata de la dificultad que tiene la sociología con uno de sus supuestos fundadores, lo que la expresión de Bourdieu, la “naciente ciencia social” puede permitir tener en cuenta. Para un análisis más detallado, me remito a Climat des philosophes, HDR, 2010, en espera de la próxima publicación del libro. 23 No la encontramos como tal, e incluso se encuentra criticada en Jean Starobinski, Louis Althusser, Robert Shackleton y Numa Broc. 24 Histoire de la pensée géographique, edición citada, tomo IV, p. 104. Se lo puede ver confrontando las diferentes secciones relativas a Montesquieu de su tomo IV, “Culture et environnement au XVIIIe siécle”, Capítulo 12 “Le climat, les mœurs, la religion et le gouvernement”: de la Sección 4, “Sur Montesquieu en général”, pp. 103-108, a la Sección 9, “Constructions à partir des travaux de Montesquieu, Buffon et Hume”, pp. 142-156. Véase especialmente la sección 6, titulada precisamente “Un autre visage de Montesquieu”, pp. 118-127. 25 Teofrasto, Caractères, traducción de Nicolas Waquet del texto griego establecido por J. Rusten
146 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 las causas por la determinación de una sola causa actuante y aislable, ya que las otras causas actúan también, mas también indicar, pese a todo, el resultante de las fuerzas en acción bajo la forma de una dominante. La metáfora del tono sustrae la cuestión de la causa al sistema de la correlación constante. Podemos, pues, entender que el hecho de que el clima domine en los salvajes significa que las leyes o los modales o la religión actúen menos, y no sólo que el canal fisiológico (que Montesquieu, por otro lado, no identifica con el clima) es el único en actuar sobre ellos39. Los dos principios de la historia y de la teoría están entonces activos juntos, aunque no sea dicho aquí, y la inscripción de su co-presencia y de su co-acción está asegurada. La dominante implicada por el tono permite entrar la idea de un principio director de una nación, menos como una causa efectiva y un origen que como un efecto resultante sobre un perímetro, mientras que el sistema de las causas que avanza y que retrocede permite entrar, de manera contraintuitiva, ciertamente, el principio de la variación histórica, ya que esos avances y retrocesos sean del orden de la variabilidad histórica. El tono lleva consigo la capacidad de estar afectado por la historia y no puede, por tanto, sino señalar a lo provisionalmente dominante. Montesquieu es, de manera general, muy reticente a la “causa única”, y el tono como metáfora para pensar la resultante de las causas, resultante que de hecho no podría ser una causa, no es la única. En el Essai sur le goût intentará explicar las reglas y las excepciones a través de una alternancia de “causa general” y de “causas particulares”, lo cual hace recordar el sistema del perímetro de acción de las causas en lo relativo de sus relaciones40. Por otra parte, de acuerdo a la economía del estilo propio de Montesquieu, la idea de esa concomitancia de los principios se escribe en la economía, en pocas palabras, a través de la alternancia de los ejemplos, tiempos antiguos (Lacedemonia, Roma) y tiempos modernos o presentes (Japón, China, salvajes)41. 39 Recuérdese además la “contradiction dans les caractères de certains peuples du midi” que prácticamente abría el Libro XIV sobre el clima: la contradicción es, por definición, la impugnación de una constancia en la correlación, puesto que dos correlaciones se asientan en el mismo canal. Y en comparación con los “bárbaros” del Norte del libro del Norte XIV, los que se quedaron sabían “par le seul bon sens attaché aux fibres grossières de ces climats”, XIV, 3, p. 249, lo que significa que, si leemos el Libro XIV conjuntamente con el Libro XIX, el poder del aire influye en las fibras, igual que afecta en el factor de una menor densidad legislativa e institucional entre los romanos. Como lo hace la diferencia entre pueblos “barbaros”, “pequeñas naciones que pueden unirse” y “salvajes” o “pequeñas naciones dispersas”, cf. EL, XVIII, 11, p. 308. 40 “Quoique chaque effet dépende d’une cause générale, il s’y mêle tant d’autres causes particulières que chaque effet a en quelque sorte une cause à part […]”, EG, Sección adicional, “Des règles”, p. 509. Cf. también la “multiplicidad de causas” que “pueden producir un sentimiento”, p. 499. 41 “Ce qui fait ordinairement une grande pensée, c’est lorsqu’on dit une chose qui en fait voir un grand nombre d’autres, & qu’on nous fait découvrir tout-d’un-coup ce que nous ne pouvions espérer qu’après une grande lecture”, EG, p. 492. Este es el estilo de Florus que “nous représente en peu de paroles toutes les fautes d’Annibal”, ibid. Historiador menor, reeditado 52 veces entre 1650 y 1699, muy glosado en Juilly, donde Montesquieu realizó sus estudios y señalado por Stendhal como uno de los maestros de estilo de Montesquieu, cf. Annie Becq, Note 19, p. 492. Ver el destacado artículo
147 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 Sobre Montesquieu cabría añadir, junto a los argumentos ya expuestos, una indicación que puede ayudar a concebir cómo integra las causas en su pensamiento en general. Una de las intuiciones que en Montesquieu sigue siendo decisiva, por muy general que sea: la de la conexión de las cosas de las que él rehace un fundamento de la manera de percibir por el alma, “hecha para pensar, es decir, para percibir”, en su Essai sur le goût, su gran texto estético42. “Porque”, dice Montesquieu, “como todas las cosas están en una cadena en la que cada idea precede a una y sigue a otra, no podemos querer ver una cosa sin desear ver otra”, constituyendo así la naturaleza de la curiosidad43. Pero esta cadena de cosas es una cadena que trama las cosas y puede así explicar la manera en la que el alma está afectada por su conexión. A esta manera de encadenar cosas, el alma responde por lo que llamamos curiosidad, programada de alguna manera por esta cadena. Las causas detectadas en el sistema del espíritu general de una nación constituyen, por su lado, una cadena de causas, de la que acabamos de ver el funcionamiento, una cadena de acciones y de contra acciones que se reparten el terreno de acción en función de sus respectivas fuerzas. Sin embargo, hace falta prestar atención a que en Montesquieu la cadena de las cosas no se superpone a la cadena de las causas. La cadena de las causas no hace sino representar en un momento de equilibrio dado la cadena de las cosas, la cual sí se queda activa permanentemente. La cadena de las cosas es tal –“Todo está extremadamente ligado”– que solamente podemos, por el lenguaje de las causas, entender entre qué fuerzas anda el juego, mientras que los momentos de equilibrio resultantes de las mismas quedan indicadas mediante la metáfora del “tono”. La discusión que hemos esbozado entre Hume y Montesquieu muestra que hay que abandonar el lenguaje de la causalidad para pensar la teoría de los climas en el siglo XVIII. Y ello tanto más cuanto que, partiendo de premisas y posiciones diferentes, Hume como Montesquieu llegan hasta ahí. Para Hume, ese abandono parece claro, pues está tematizado como tal en su filosofía del entendimiento, al sugerir el término de conjunción en lugar del de conexión. Y aun cuando proporciona como conclusión en la famosa Sección VII “un método” para evitar la conclusión de que esas palabras [causa, efecto] “carecen por completo de significado cuando se emplean en los razonamientos filosóficos de Jacques Proust, “Poétique de l’Esprit des lois”, Spicilegio moderno, 9, 1978, pp. 3-17, recogido en L’Objet et le Texte, Genève, Droz, 1980, pp. 295-311. Pero Mme. de Staël ya lo había visto antes: “Montesquieu, Pascal, Machiavel sont éloquents par une seule expression, par une épithète frappante, par une image rapidement tracée, dont le but est d’éclaircir l’idée, mais qui agrandit encore ce qu’elle explique”, De la littérature, éd. Axel Blaeschke, Paris, Garnier, 1998, Primera parte, Capítulo IX “De l’Esprit général de la Littérature chez les Modernes”, p. 152. 42 EG, p. 491. Cf., sobre la conexión de las cosas, Jean Ehrard, “La ‘cadena’ de l’Esprit des lois”, en L’Esprit des mots, Genève, Droz, 1998, pp. 179-192. 43 EG, p. 491.
148 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 o en la vida diaria”44, tenemos en tal caso que hacer valer el ensayo sobre los “caracteres nacionales” para mostrar el estancamiento de las causas físicas que actúan sobre los caracteres. Y la identificación de un carácter nacional, para ser empíricamente aceptado a pesar de todo, no pasa en todo caso por una causalidad física. En cuanto a Montesquieu es sólo mediante la lectura de todos los lugares donde se pone en juego la teoría de los climas donde podemos ver que el lenguaje de la causalidad apoyado sobre un vocabulario de la causa no es en ningún caso la última palabra de la filosofía. La teoría de los climas plantea un formidable problema a la filosofía del Siglo de las Luces, problema que Hume puede dar a entender con precisión al principio de la sección VII: “La gran ventaja de las ciencias matemáticas sobre las ciencias morales consiste en que las ideas de las primeras, que son sensibles, son siempre claras y determinadas; que la más pequeña distinción que se encuentra en ella es inmediatamente perceptible y que los mismos términos expresan las mismas ideas, sin ambigüedad ni variación […]. Pero los sentimientos más sutiles del espíritu, las operaciones del entendimiento, las agitaciones variadas de las pasiones, bien que realmente distintos en sí mismos, se nos escapan fácilmente cuando los examinamos mediante reflexión: y no está en nuestro poder recordar el objeto primitivo tan a menudo que tengamos ocasión de contemplarlo”45. Montesquieu, al defender su proyecto del Esprit des lois, nota que “el buen sentido consiste en gran medida en conocer los matices de las cosas”46. La teoría de los climas pertenece a la vez a la teoría de las “ciencias morales”, como dice Hume, y a la teoría de las ciencias, pero no matemáticas o físicas, lo que la coloca no sólo entre las dos legalidades científicas de Hume, sino también ni de un lado ni del otro. Se halla a la vez, si se quiere, constitutivamente entre la moral y lo matemático-físico y al lado de esas dos legalidades. No causa, pues, asombro que la cuestión de la causalidad sea un nudo y una dificultad insuperable para la teoría de los climas. La disputa del clima: Montesquieu y Voltaire Quisiéramos detenernos sobre el conflicto entre Montesquieu y Voltaire a propósito de la teoría de los climas de l’Esprit des lois, en la medida en que 44 Edición citada, Sección VII, Segunda parte, p. 141. 45 Edición citada, Sección VII, Primera parte, p. 127. 46 Défense de l’Esprit des lois, dans De l’Esprit des lois, édition Robert Derathé, Paris, Garnier, 1973, 2 tomes, tome 2, Seconde partie, p. 429. El “bon sens” de Montesquieu no está aquí tan alejado del de d’Holbach si se tiene en cuenta la distinción que hace en la Défense entre “ciencias religiosas” y “ciencias humanas”, pero sin la carga polémica; cf. d’Holbach, Le Bon Sens ou Idées naturelles opposées aux idées surnaturelles, Londres, 1772, para quien el “bon sens” es une “portion de Jugement suffisante pour connaître les vérités les plus simples” situándose totalmente contra la teología que se caracteriza por “ignorance des causes naturelles réduites en système”, Prefacio, p. I y II.
149 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 este conflicto, que es de hecho un conflicto sobre la naturaleza de la historia, conforma un perfecto ejemplo de conflicto de la causalidad. Pero distinguiremos dos cosas de entrada. Es absolutamente necesario distinguir en Voltaire su crítica de Montesquieu sobre el clima o los climas y su propia “teoría de los climas”, si es que se trata de una “teoría”. Ciertamente, hay en Voltaire una idea del clima, un conjunto de proposiciones sobre el objeto “clima” y su influencia, por decir las cosas rápidamente, pero no es seguro que eso conforme una teoría. Su crítica en cambio es lo suficientemente mordaz, importante, repetida varias veces en varios sitios y hasta la saciedad para que pueda aparentar ser tal en un corpus que es pertinente reunir. Si la crítica de Voltaire es sistemática en un sentido repetitivo, es por el contrario anti sistemática en su exposición y su método, sea cual sea el tipo de escrito sobre Montesquieu. Para todos los textos principales, y con la excepción del artículo “Clima” de las Questions sur la Enciclopedia, poner remedio a dicho efecto de confusión –y de interferencia, al que se aboca– a través de una sistematización de presentación de los tipos críticos permite simplemente leerlos e informar de ellos. Fuera de la erudición puntillosa y genérica −“una prodigiosa erudición”, dice René Pomeau47– que constituye lo principal y más deseado de sus críticas, Voltaire defiende tesis que se han repetido en numerosas ocasiones, y de las que el artículo “Clima” de las Questions representa organizado el terminus ad quem. El libro de Montesquieu, que no tiene ni orden ni método según Voltaire, le ha permitido de algún modo sentirse autorizado a suplirlo, y así ha podido desarrollar críticas tan carentes de coordinación como la atribuida al objeto48. Así pues, distinguiremos tres tipos de enunciados críticos, válidos para 47 René Pomeau, Prefacio a André Versaille, Dictionnaire de Voltaire par lui-même, Bruselas-París, Complexe, 1994, p. X. La erudición de Voltaire fue respondida desde el siglo XVIII, por ejemplo por el famoso jesuita Nonnotte, cf. Dictionnaire philosophique, 1764, dir. Christiane Mervaud, Oxford, Voltaire Foundation, 1994, tomos 35-36, Introducción, pp. 3-278, Sección 3 “La présence du “déjà dit””, pp. 61-96, p. 63. Toda erudición suscita esta clase de revisiones y de sobrepuja: no entraremos en este debate, ni en este empeño. 48 La falta de orden y método es el topos que abre, o cierra mediante la variante de repetición, todas las críticas. En el orden cronológico: “le défaut continuel de méthode dans cet ouvrage” “trop souvent des saillies où on attendait des raisonnements”, Catalogue de la plupart des écrivains français qui ont paru dans le siècle de Louis XIV, 1756, ien Montesquieu - Mémoire de la critique, éd. C. Volpilhac-Auger, Paris, PUPS, 2003, pp. 293-294, p. 294 (todos los textos proceden de esta edición) – “laberinto sin hilo”, “ningún método”, “colección de ocurrencias”, “Michel Montaigne es legislador”, L’A, B, C, ou dialogues entre A, B, C, 1768, p. 463-475, p. 464, en adelante abreviado como ABC – “todo el mundo está convencido que este libro adolece de método ”, “Leyes (espíritu de las)” en Questions sur l’Encyclopédie, 1771, pp. 477-489, p. 488, en adelante abreviado como LQE – nada, sin embargo, acerca del método, en el Commentaire sur l’Esprit des lois, 1777, pp. 499-534, que contiene un apartado titulado específicamente “Climat”, pp. 529-532, abreviado como CEL. En cuanto al artículo “Climat” de Questions sur l’Encyclopédie alude a Montesquieu a través de la Encyclopédie, pero sin abundar en la crítica que a menudo se le hizo de “faire tout dépendre du climat”, como d’Alembert señalaba defendiendo a Montesquieu, cf. la Anotación de Olivier Ferret, Artículo “Climat”, Œuvres complètes, Oxford, Voltaire Foundation, tomo 40, 2009, pp. 128-136, p. 128 para la primera nota, abreviado como CQE. Es, pues, un artículo mucho menos anti-Montesquieu que todo lo recién mencionado, escrito probablemente en la primavera de 1770 por Olivier Ferret. Las Questions son una obra considerable en 9 volúmenes, aparecidas de 1770 à 1774. La Encyclopédie contiene dos artículos titulados “Climat”, uno de d’Alembert de naturaleza geográfica, otro de Venel de naturaleza médica.
150 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 dar cuenta de las posiciones de Voltaire contra Montesquieu: los enunciados de tipo estrictamente filológico, los enunciados que mezclan filología y filosofía, y los enunciados de tipo estrictamente filosófico. El primer tipo de enunciado no es necesariamente estricto en sus ideas reales o esperadas, pero puede serlo: es a la vez estrictamente filológico y a veces estrechamente filológico. Pertenecen a ese tipo la corrección de “errores” −los suyones no son una “nación germánica”, como dice Montesquieu, sino “habitantes de una isla del océano más allá de Alemania” según Voltaire, que se apoya sobre Tácito49– o incluso la crítica a la negociación que Montesquieu atribuye a Francisco I con Colón, cronológicamente imposible50. Son correcciones en forma de rectificaciones de hechos o rectificaciones de citas, y son innumerables. De ahí que tan solo mencionemos esas dos incidencias particularmente significativas. Sin embargo, el enunciado filológico a veces puede ser más amplio y abrir más el pensamiento, lo que constituye el segundo tipo de crítica. Voltaire, en general muy hostil a la visión del despotismo oriental y del despotismo de la Sublime Puerta, del “despotismo del sultán” visto por Montesquieu, hace un inciso: “Somos vecinos de los turcos y no los conocemos”51. Añade que no hay “ninguna traducción tolerable del Alcorán, antes de la que nos ha dado el inglés Sale en 1734”, no citando la de André du Ryer, aparecida en francés en 1647 y por tanto sin duda implícitamente apuntada por Voltaire52. El tercer tipo de enunciado proviene de las posiciones críticas de Voltaire sin filología particular alguna. Por ejemplo, Voltaire se opone a la venalidad de los cargos y de los oficios que Montesquieu defiende por razones que Voltaire ni examina –la economía crítica de Voltaire consiste a menudo en refutar la tesis subestimando el argumento que la sostiene53. Dos posiciones políticas y filosóficas, en el sentido de una reflexión sobre la 49 LQE, p. 480 entre otras. 50 ABC, p. 467 y CEL, XXXVII, p. 521. 51 ABC, p. 468. 52 ABC, p. 467 y CEL, p. 508. André du Ryer realiza la primera traducción en 1647, que se fue reeditando hasta 1775 y que estuvo en el origen de otras numerosas traducciones. La primera traducción occidental es de Robert de Kenton, en latín, en 1143. La primera en lengua “vulgar” fue la del italiano Andrea Arrivabene en 1547 y la primera “moderna”, si se puede decir esto, fue la de Sale en 1734, repetida por Savary en 1751, y después en alemán por Boysen en 1773. Francia lee sobre todo a Du Ryer y más tarde a Savary. Montesquieu poseía en su biblioteca de La Brède la versión de Du Ryer (sin fecha) y la de Arrivabene de 1547, Catalogue de la Bibliothèque de Montesquieu à La Brède, edición citada, respectivamente en Nos 585 et 584, p. 95. Pero debemos recordar que, para Voltaire, los turcos están en Europa, ya que, a la observación de Montesquieu “En Europe les empires n’ont jamais pu subsister” (EL, XVII, 6), responde que “Cependant l’empire romain s’y est maintenu cinq cents ans, et l’empire turc y domine depuis l’an 1453”, LQE, p. 486. La disputa se refiere tanto a la inclusión de los turcos en Europa así como sobre el imperio. 53 Adviértase que Hume en su carta a Montesquieu sobre el Esprit des lois aprueba de hecho la venalidad: “Tous ces déclamateurs qui sont en France exercent leur rhétorique contre la vénalité des charges, dont vous parlez dans le même chapitre; mais vous en jugez sur des principes plus vrais et plus profonds”, Carta de Hume a Montesquieu del 10 abril de 1749, en Montesquieu, Œuvres complètes, ed. André Masson, París, Nagel, 1950-1955, 3 tomos, tomo 3, p. 1218.
151 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 naturaleza de la monarquía, la justicia y la virtud, se enfrentan54. Sobre esos dos tipos de enunciados, no hay nada más que decir, ya que el vínculo filología/ filosofía está, precisamente, ausente. O bien es un enunciado sólo filológico, o bien es un enunciado sólo filosófico. En este tipo de enunciado, para acabar, se ha de reconocer que el “clima” siempre está ausente: no es ahí donde encontramos la teoría de los climas. Las situaciones que ven cuestionada la teoría de los climas son precisamente situaciones intermedias en las cuales la conjunción de la filología y la filosofía entran en juego. Conozcamos primero algunas hazañas militares y extractos críticos antes de concluir esa polémica climática con Montesquieu. A Montesquieu, que consagra los pueblos de los países cálidos a la “timidez” y a los pueblos de los países fríos al valor (EL, XIV, 2), Voltaire le replica diciendo que “hay que tener cuidado con esas proposiciones generales”, y se vale de los contra-ejemplos de los españoles y los árabes vencedores55. Pero olvida el capítulo siguiente (EL, XIV, 3) que ya hemos utilizado, y que muestra a los indios en su “contradicción”, extremadamente valientes frente a otros peligros ligados a la imaginación. A Montesquieu, que evoca los ríos y las montañas de Persia, Voltaire responde con una lección de geografía (filología geográfica) y se enfurece preguntando “¿[y] al fin qué relación puede tener el espíritu de las leyes con los ríos de Persia?”56. Pero olvida todo el libro XVIII sobre el suelo y el terreno en el cual Montesquieu muestra dicha relación en la perspectiva de lo que llamamos la “moderación hidráulica” del despotismo y que viene de tan lejos como el Oeconomicus de Jenofonte57. A Montesquieu, que afirma que la “esterilidad del terreno de Ática establece en él el gobierno popular” y “la fertilidad del de Lacedemonia, el gobierno aristocrático” (EL, XVIII, 1), Voltaire replica con el ejemplo de la prosperidad de Atenas y la pobreza sueca, aunque monárquica, observables hoy día58. Pero olvida que Montesquieu hace aquí una correlación local y no una correlación global, lo que significa que entra la esterilidad relativa del Ática y el gobierno popular cabe hipotizar un vínculo, y no que como “regla general” tal vínculo quede establecido para todo espacio y toda época. Lo que podemos confirmar por la correlación interna 54 LQE, p. 478. 55 LQE, p. 482. 56 ABC, pp. 465-466. 57 “Lorsque les Perses étaient les maîtres de l’Asie, ils permettaient à ceux qui amèneraient de l’eau de fontaine en quelque lieu qui n’aurait point encore été arrosé, d’en jouir pendant cinq générations; et comme ils ont quantité de ruisseaux du mont Taurus, ils n’épargnèrent aucune dépense pour en faire venir de l’eau”, EL, XVIII, 7. ¿Es este el discurso de alguien que ignora que hay ríos y montañas en Persia? De Jenofonte, cf. HPG, I, p. 233 y por su papel en la concepción de una finalidad de la naturaleza que tuvo su importancia para los estoicos (Balbus, Cicerón), pp. 92-95. Montesquieu tenía en su biblioteca al menos los comentarios de Raffaello Maffei, dice Volaterranus, Economicus de Jenofonte, Catalogue de la Bibliothèque de Montesquieu à La Brède, edición citada, N° 2649 (1552), p. 326 et N° 2727 (1544), p. 336. 58 LQE, p. 485.
152 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 del Ática y de Lacedemonia, regiones cuyos gobiernos son examinados uno en relación con otro. Eso quiere decir que en el sistema de correlaciones de Montesquieu ningún otro factor ha llegado a interponerse entre los dos polos de la correlación, y no que son “reglas pretendidas, constantemente desmentidas por la experiencia”59. A Montesquieu, que trata de presentar leyes o usos raros, inhabituales o sin referencias para Occidente, como que en Tokin los magistrados son eunucos (EL, XV, 19) o que entre los Lamas se “permite a una mujer tener más de un marido”60, Voltaire replica mediante una de sus “ocurrencias”, una de ésas cuyo uso tanto reprocha a Montesquieu: “Aunque tales fábulas fuesen verdaderas, ¿qué pasaría? ¿Nuestros magistrados querrían ser eunucos y no estar sino en cuarta o quinta posición, al lado de las mujeres de los consejeros?”61. Pero olvida, una vez más, lo que Montesquieu intenta pensar y su olvido cobra el aspecto de chanza. Nos detendremos en esos cuatro ejemplos, considerados como significativos desde el punto de vista de la teoría de los climas. Formularemos dos órdenes de hipótesis para entender dicha polémica e intentar, desde el punto de vista de la teoría de los climas, darle un estatuto –y para no reducir el fondo del asunto a una pura batalla de erudición. De esta manera, avanzaremos un poco hacia el concepto de clima de Voltaire. Esos dos órdenes de ideas son la cuestión del desorden y de su eventual estrategia (problema de método) y la cuestión de la teoría (problema de la correlación). 1. La cuestión del desorden quiere decir, para empezar, que Voltaire juega sin duda a un juego mimético crítico y polémico con Montesquieu en los textos que le dedica abiertamente. Ya que, para los otros, el tono y la actitud difieren suficientemente para considerar que la relación con Montesquieu sea percibida de otro modo. Las listas de citas supuestamente erróneas o de errores geográficos o históricos están expuestas acumulativamente por Voltaire en un desorden que reproduce la categoría mayor de la crítica que realiza contra Montesquieu, esto es: el desorden. Para Voltaire, Montesquieu es un hombre que “casi siempre se ha equivocado con los sabios porque él nunca ha sido uno de ellos” o que “confunde casi siempre su imaginación con su memoria”62. Voltaire llega incluso a tematizar esa crítica mimética y polémica, pensando subrayar el defecto de Montesquieu en el movimiento: “En lugar de continuar hallo por casualidad el capítulo 2 del libro X, por el cual tendría que haber empezado. Se trata de un singular curso de derecho público”63. Esa cuestión del 59 Ibid. 60 EL, tomo 1, XVI, 4, p. 283 (y no el XVI, 15, como dice Voltaire: o les ediciones cambian entre la princeps de 1748 y la póstuma de 1758, o yerra Voltaire) 61 ABC, p. 468. 62 LQE, p. 489 y ABC, p. 468 respectivamente. 63 CEL, V, p. 503. La construcción del “Comentario” de Voltaire por pequeños capítulos numerados pretende dar orden en un desorden tan recurrente por naturaleza, lo que sólo puede contaminar la
153 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 “sabio” debe alertar y hacer pensar que entre Voltaire y Montesquieu hay por cierto una disputa acerca de la relación entre saber y método. La vemos aparecer dos veces bajo especies diferentes, mas perfectamente correlacionadas. Una vez bajo forma “teórica” y otra bajo forma “polémica”. Aquélla aparece en el artículo “Clima” de las Questions sur l’Encyclopédie (1770), lo que es conforme con lo que hemos dicho de un texto de naturaleza diferente y que, si bien apunta a Montesquieu a través de la Encyclopédie y especialmente al artículo de D’Alembert favorable a Montesquieu, aun así, no se centra sobre una rectificación de las tesis o de los ejemplos de Montesquieu, de los que comparte algunas y algunos en otros lugares64. Con frecuencia, la fórmula no es elocuente o particularmente visible: “Hay usos de pura fantasía”, dice Voltaire hablando de la circuncisión, motivo recurrente de crítica para él65. Ahora bien, tal fórmula remite al prefacio de Montesquieu a De l’Ésprit des lois: “Primeramente he examinado a los hombres, y he creído que, en esa infinita diversidad de las leyes y costumbres, no se guiaban únicamente por sus fantasías”66. No cabría oponer mejor, a través de un término y el singular frente al plural (fantasía/fantasías), dos métodos. Montesquieu quiere dar cuenta a través de la razón, y hasta donde es posible llevarla, de todos los usos, hábitos y leyes posibles, de manera que la fantasía sea solamente la apariencia de las cosas y no su razón de ser. Voltaire deja a la “fantasía” el cuidado de gobernar a los hombres en ciertos puntos, con la condición de entender la fantasía como el cruce del doble principio de vicisitud universal −“Todo cambia en los cuerpos y en los espíritus con el tiempo”− y de opinión: “Eso [el dogma religioso] no depende del suelo y de la atmósfera, sino únicamente de la opinión, esa reina inconstante del mundo”67. Voltaire, en plena lógica con sus principios, jamás hace referencia al proyecto de Montesquieu formulado en el prefacio, ni tampoco a los lugares donde se explican esas razones68. Sobre su polémica fórmula, son los textos, con la mirada puesta en Montesquieu, los que se encargan de indicar la diferencia de los métodos y la diferenciada ligada a la esfera del saber. Voltaire rechaza en efecto el interés (y exposición volteriana aun a pesar de ella. Esta es una estrategia retórica de de Voltaire, que él utiliza con moderación concertada, lo que le permite jugar al ved cuánto desorden hay y cómo no se le puede contener en absoluto. 64 Cf. la anotación de Olivier Ferret ya citada en el artículo “Climat”, CQE, pp. 128-136. Voltaire defiende a Montesquieu contra la “Infâme”, pp. 130-131, y Olivier Ferret señala que en su ejemplar personal del Esprit des lois, hay un marcador XIV, 10 que dice “prohibition du vin. Loi de climat”, en la que Voltaire anota esta expresión de Montesquieu “ley sobre el clima”, cf. Nota 23, p. 133. 65 CQE, p. 133. 66 EL, tomo 1, Prefacio, § 3, p. 5. 67 CQE, p. 132 y p. 136 respectivamente. 68 Esta es la razón por la que Montesquieu mostrará la potencialidad de una evolución histórica y, por tanto, la hipótesis de una razón histórica incluso en los países que parecen destinados a lo inmutable. India, China y Persia. Me refiero a mi artículo “L’Europe et son autre dans l’Esprit des lois”, L’Europe de Montesquieu, Actes du Colloque de Gênes (26-29 mai 1993), Cahiers Montesquieu, N° 2, eds. Alberto Postigliola y Maria Grazia Bottaro Palumbo, Napoli/Paris/Oxford, Liguori/Universitas/ Voltaire Foundation, 1995, pp. 309-328.
154 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 las conclusiones) de Montesquieu sobre el feudalismo y toma partido por Du Bos en la disputa sobre los orígenes de la monarquía francesa: No entraré en la discusión sobre el antiguo gobierno de los francos, vencedores de los galos; en ese caos de costumbres todas extrañas, todas contradictorias; en el examen de esa barbarie, de esa anarquía que ha durado tanto tiempo. Hay tantas diferencias en esto como las que tenemos en teología. No hemos hecho sin perder un tiempo excesivo descendiendo a esos abismos de ruinas; y el autor del Esprit des lois ha tenido que extraviarse al igual que los otros69. Todos los orígenes de la nación son la oscuridad misma, al igual que todos los sistemas sobre los primeros principios son un caos de fábulas. Cuando un genio tan alto como Montesquieu se equivoca, yo me hundo en otros errores descubriendo los suyos: es la suerte de aquellos que corren tras la verdad; se golpean en su carrera, y todos son arrojados al suelo70. Se destaca claramente que el enredo feudal es de otro orden que el del saber, y que viene de las “fábulas” como todo lo concerniente al origen. Los usos son los de la fantasía, de lo extraño y escapan tanto a la razón como a la opinión, y en ese sentido la crítica de Voltaire consiste en retirar del campo de un saber cualquiera –¿cómo es posible el saber a partir de lo que solamente es “anarquía”?– ese momento histórico y sus leyes. Montesquieu, al contrario, lo sabemos, será el primero, según March Bloch, en introducir la comprensión en las “leyes feudales”71. Para Voltaire, el método está de alguna manera disociado del saber, y en todo caso, salvo para una filología que pretende ser ejemplar, desvinculado de campos enteros del saber: epistemológicamente tal es, si se quiere, el rol de la fantasía o de lo extraño de trazar los límites a partir de los cuales puede considerarse el objeto del saber. Para Montesquieu, a la inversa, la fantasía pertenece de pleno derecho a ese campo, por hipótesis y por método, en el cual la primera está precisamente para poner en plural el término “fantasía”. La “fantasía”, al devenir “fantasías”, deja el estatus de principio para pasar al de los hechos empíricos, algunos innumerables, extraños otros, incomprensibles tal vez, pero justamente por esto es por lo que solicita la ayuda de la razón para un propósito donde el saber y el método son lo mismo72. En términos 69 LQE, 1771, p. 486. 70 CEL, 1777, p. 529. Este parágrafo está precedido de un parágrafo estrictamente idéntico al citado en la Nota 409 de Questions sur l’Encyclopédie. 71 “[…] ce fut lui, incontestablement, qui au public cultivé de son siècle imposa la conviction que les “lois féodales” caractérisèrent un moment de l’histoire”, La Société féodale, Paris, Albin Michel, 1982 (1939/1940), “Introducción”, p. 12, a partir de la edición electrónica de Pierre Palpant, revisado por Jean-Marie Tremblay. Sobre esta cuestión cf. Elisabeth Magnou-Nortier “Les lois féodales et la société d’après Montesquieu et Marc Bloch”, Revue historique, abril-junio 1993, pp. 321-360 y Céline Spector, “Féodalité”, Dictionnaire électronique Montesquieu. Marc Bloch elimina “feudalidad”, como Montesquieu, ya que encuentra el término “demasiado abstracto”, y habla de “sociedad feudal”. 72 No es sorprendente, por tanto, ver a Hegel, quien fue precisamente el pensador de la identidad entre el saber y el método, sostener a Montesquieu contra Herder por ejemplo y alabar su trabajo: “De cette manière la méthode n’est pas une forme extérieure, elle est l’âme et le concept du contenu […]”, Encyclopédie des
155 La teoría de los climas en Montesquieu, Hume y Voltaire. (Un problema de gramática histórica del Siglo de las Luces) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 modernos, Montesquieu es más antropólogo y Voltaire más historiador, aunque Voltaire pueda hacer de antropólogo puntualmente de manera perfectamente perceptible y, recíprocamente, Montesquieu de historiador73. 2. La posición de Voltaire sobre la teoría de los climas está constituida de varios niveles y es lo que la vuelve tan difícil para realizar una síntesis. Que no haya síntesis, y de hecho no la hay, no significa que no haya una posición. Voltaire produce tres tipos de enunciados sobre el clima: un enunciado de anulación de tal o cual correlación particular, un enunciado de anulación del principio mismo de la correlación y un enunciado de afirmación de un tipo de correlación particular74. La posición de Voltaire no puede ser reconstituida sino a través de una triangulación de esos tres tipos de enunciados que tratan sobre el clima. Así pues, podemos entender, a partir de ahí, el primer tipo de contradicción que Voltaire achaca a Montesquieu sobre este tema. Es una contradicción creada sobre el tipo de correlación necesariamente implicada, ya lo hemos visto, en toda teoría de los climas. La operación recurrente más visible es una práctica de la contra relación. Ello hace de Voltaire un temible correlacionista de la contra relación, que consiste en enfrentar sistemáticamente otra correlación en el tiempo o en el espacio al teorema climático general apuntado. Pero el teorema no es “general” más que por haber sido extraído previamente del trayecto y así “generalizado” contar el sentido del texto. Otros filósofos han practicado esa contra correlación, caso de Hume, que comparte con Voltaire la práctica historicista, pero Voltaire la practica con el apoyo de una filología masiva, repetitiva y no duda en enumerar los supuestos errores de sciences philosophiques en abrégé, trad. Maurice de Gandillac, Paris, Gallimard, 2004 (1990), Primera parte “La science de la logique”, § 243, p. 233. En defensa de Montesquieu, cf. Des différentes manières de traiter du droit naturel, trad. Bernard Bourgeois, Paris, Vrin, 1972, citado en La Philosophie de l’histoire, ed. Myriam Bienenstock, Paris, LGF / La Pochothèque, 2009, Dossier “Herder et Montesquieu”, pp. 547-549. 73 Así, y sin dar aquí demasiados detalles, cuando Montesquieu, al tratar del origen de la esclavitud, cita de Lopez de Gama el gesto de los habitantes de Santa Marta depositando caracoles y saltamontes para los españoles, sus conquistadores, se equivoca sobre la cita o sobre el origen histórico de la esclavitud si se admite que era eso lo que este gesto quería mostrar (mas sólo es una referencia, no un argumento), pero está mucho más cerca de un razonamiento antropológico que vería al vencedor confundiendo alteridad y barbarie, y participando así del menosprecio por los vencidos y, in fine, de su reducción a la esclavitud. Para la crítica de Voltaire, cf. LQE, p. 482. Se trata de una filología estricta, pero precipitada, que pierde de vista las mediaciones. Voltaire “literaliza” el discurso de Montesquieu eliminándole toda profundidad. 74 Habría que examinar, entre otras, la posición de Voltaire sobre la India y compararla con la de Montesquieu. Voltaire critica el “candor de las costumbres” que M. ve en la India (CEL, “Du climat”, p. 530), pero está muy interesado en la India a partir de 1740 y señalará el vínculo de la India con el clima en varios puntos: “La nature du climat seconda cette loi [le végétarisme], ou plutôt en fut l’origine: une atmosphère brûlante exige une nourriture rafraîchissante, et inspire de l’horreur pour la coutume d’engloutir des cadavres dans nos entrailles”, artículo “Brachmanes, Brames”, Questions sur l’Encyclopédie, ed. L. Moland, Paris, Garnier, 1877-1885, tomo 18, p. 35, en Renan Larue, “Le végétarisme dans l’œuvre de Voltaire”, DHS, La Découverte, N° 40, 2010, pp. 19-34, citado en la Nota 32, p. 27. Por tanto, también hay una “teoría de los climas” en Voltaire, pero digamos que es de una perímetro más restringido.
162 Jean-Patrice Courtois Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 18, nº 36. Segundo semestre de 2016. Pp. 131-163. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2016.i36.07 Ehrard, Jean, “La ‘chaîne’ de l’Esprit des lois”, dans L’Esprit des mots, Génève, Droz, 1998, pp. 179-192. Furetière, Antoine, Dictionnaire Universel, La Haye et Rotterdam, 1690, Genève, Slatkine Reprints, 1970, 3 tomes. Gayon, Jean, “La biologie entre loi et histoire ”, Philosophie, Minuit, N°38, juin 1993, pp. 30-57. Glacken, Clarence J., Traces on the Rhodian Shore. Nature and Culture in Western Thought from Ancient Times to the end of Eigteenth Century, Berkeley/Los Angeles, University of California Press, 1967 traduit en français sous le titre Histoire de la pensée géographique, traduit par Tina Jolas et Isabelle Tarier, Editions du C.T.H.S. (Comité des travaux historiques et scientifiques), 4 tomes, 2000-2007. Gourou, Pierre, “Le déterminisme physique dans ‘L’esprit des lois’ ”, L’Homme, Année 1963, Volume 3, N°3, pp. 5-11. Hegel, G.W.H., Encyclopédie des sciences philosophiques en abrégé, trad. Maurice de Gandillac, Paris, Gallimard, 2004 (1990). Des différentes manières de traiter du droit naturel, trad. Bernard Bourgeois, Paris, Vrin, 1972, cité dans La Philosophie de l’histoire, éd Myriam Bienenstock, Paris, LGF/La Pochothèque, 2009, Dossier “Herder et Montesquieu”, pp. 547-549. Hippocrate, Airs, Eaux, Lieux, éd. Jacques Jouanna, Œuvres complètes, tome II, 2e partie, Paris, Les Belles Lettres, 2003 (1996). Holbach, Paul Henri Thiry baron d’, Le Bon-Sens ou Idées naturelles opposées aux idées surnaturelles, Londres, 1772. Hume, David, Essais moraux, politiques et littéraires et autres essais, traduction Gilles Robel, Paris, PUF, 2001. Enquête sur l’entendement humain, section VII, Deuxième partie), éd. Michelle Beyssade, Paris, GF, 1983. Klein Marc, “Sur l’origine du vocable ‘biologie’ ”, Archives d’anatomie, d’histologie et d’embryologie, t. XXXVII, 1955, pp. 105-115. Larrère, Catherine, “Galiani lecteur de Montesquieu”, Eclectisme et cohérence des Lumières (Mélanges à Jean Ehrard), Paris, Nizet, 1992, pp. 97-109. “Les typologies des gouvernements chez Montesquieu”, Etudes sur le XVIIIe siècle, Textes et Documents, Association des Publications de la Faculté des Lettres, Clermont-Ferrand, 1979, pp. 87-103. Larrère, Catherine et Raphaël, Du bon usage de la nature - Pour une philosophie de l’environnement, Paris, Aubier, 1997. Mercier, Roger, “La théorie des climats : des ‘Réflexions critiques’ à ‘L’Esprit des lois’”, Revue d’Histoire Littéraire de la France, Armand Colin, LIII, janvier.-mars 1953, N°1, p. 17-37 et LIII, avril-juin 1953, N°2, p. 159-174. Larue, Renan, “Le végétarisme dans l’œuvre de Voltaire ”, Dix-Huitième Siècle, La Découverte, N°40, 2010, pp. 19-34.
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