Full text
Libro de actas Juan Carlos Suárez Villegas Rosario Lacalle Zalduendo José Manuel Pérez Tornero Editores and Communication Facultad de Comunicación de Sevilla 1, 2 y 3 de abril de 2014 II International Conference Gender
De los autores y las autoras Dykinson S.L. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS No está permitida la reproducción total o parcial de este medio ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros medios sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. EDITADO POR: Juan Carlos Suárez Villegas Rosario Lacalle Zalduendo José Manuel Pérez Tornero Abril de 2014 I.S.B.N. 978-84-9085-030-5
664 MUJERES, DERECHOS HUMANOS Y PRÁCTICAS DE RESISTENCIA EN UN CONTEXTO GLOBALIZADO: EL CASO DE LA MUJER LATINOAMERICANA 36 Daniel Barredo Ibáñez Investigador en el Proyecto Prometeo Centro Internacional de Estudios de Comunicación para América Latina (CIESPAL) y Universidad Central del Ecuador [email protected] Belén Zurbano Berenguer Facultad de Comunicación Universidad de Sevilla [email protected] María del Carmen Cevallos Facultad de Comunicación Social Pontificia Universidad Católica del Ecuador [email protected] Resumen: las mujeres de América Latina, gracias a la transformación sociopolítica de la región, han alcanzado importantes puestos en las instituciones y en las empresas; se han introducido en ámbitos y posiciones anteriormente definidos por el conocido “techo de cristal”(como el de la Judicatura); se ha disminuido sustancialmente la pobreza (un indicador que beneficia sobre todo a los entornos rurales, donde la mujer sigue siendo en la mayor parte de los casos la principal perjudicada); se han activado, a nivel regional, instituciones que custodian los derechos, o que fiscalizan la labor de importantes actores como los medios de comunicación, entre otros elementos. Sin embargo, según estudios como el de CEPAL (2013), la mujer latinoamericana ha sufrido un retroceso de sus posibilidades de desarrollo en un marco igualitario. Por ello, a pesar de este balance a priori positivo de la situación actual, en la siguiente comunicación subrayamos algunos de los condicionantes que dificultan la igualdad en América Latina, como la discriminación laboral o la violencia sexual. Palabras claves: igualdad, género, América Latina, discriminación, mujer 1. Introducción América Latina es una de las regiones del mundo más peligrosas para la mujer: según Garita (2013: 11) catorce de los países latinoamericanos están entre los veinticinco países del mundo con un mayor porcentaje de feminicidios; y frente a la media de 19,14 feminicidios por cada millón de mujeres de la prevalencia mundial, según cifras publicadas por el Centro Reina Sofía (Sanmartín, Iborra, García y Martínez, 2010), en América hay una tasa de 39,66 mujeres asesinadas por millón, mientras que en la Unión Europea esta cifra se reduce a las 11,66 mujeres por millón 37 , y en países como España alcanza los 5,15 feminicidios por millón de habitantes. 36 Este trabajo científico ha sido parcialmente financiado por el Proyecto Prometeo de la Secretaría de Educación Superior de Ciencia, Tecnología e Innovación de la República del Ecuador. 37 Esta media se realiza a partir de los datos con los que cuenta el informe: 44 países distribuidos de la siguiente manera: el 63,64% son países europeos, el 31,82% americanos, el 2,27% africanos y el 2,27%
665 Otros datos, como los presentes en el informe Femicide: A Global Problem, afirman que 66.000 mujeres y niñas son asesinadas en el mundo anualmente, cifra que supone el 17% del total de víctimas de homicidios intencionados cometidos mayoritariamente por hombres (Geneva Smalls Arms Survey, 2012). Por regiones, según el estudio citado, América Latina es la que presenta las tasas más altas: cinco de los doce países con una mayor tasa de feminicidios pertenecen a América Latina: El Salvador (de cada 100.000 habitantes femeninas, 12 mujeres o niñas son asesinadas), Guatemala (9,7 mujeres asesinadas por 100.000 habitantes del sexo femenino), Honduras (7 mujeres asesinadas por 100.000 habitantes femeninas), Colombia y Bolivia (ambos con cifras de en torno a 6 asesinadas por cada 100.000 mujeres). Asimismo, otros países de la región presentan cifras muy elevadas en cuanto a la violencia que se ejerce contra las mujeres. El machismo, asentado en amplias capas sociales, impide la falta de equilibrio intersexual en este continente. Y no olvidemos que, desde el punto de vista cultural, la dominación hispano – portuguesa dejó una importante huella en varios ámbitos simbólicos, como recuerda Molyneux (2010: 188). El resultado de más de tres siglos de colonialismo aún se deja ver –en mayor o menor gradoen unas sociedades donde la supremacía masculina suele verse aparejada con la “impunidad” (Garita, 2013: 12) como asimilación social de los crímenes sobre las mujeres, o los malos tratos en el ámbito laboral o doméstico, por mencionar los más habituales. El colonialismo se percibe en multitud de fenómenos asociados al continente americano, como por ejemplo la devastación epistemológica del feminismo de esa parte del mundo, de ese Sur que sigue luchando por reivindicarse tan feminista como “el feminismo” occidental. Que aún hoy mantiene las luchas en contra de la “colonización discursiva” según Mohanty (cit. por Espinosa, 2009: 40-1). Los movimientos sociales latinoamericanos –y en concreto el de las mujeres, que es el que nos interesaabsorben con frecuencia las prácticas simbólicas que se producen en los países occidentales. Unos países que, en general, no suelen tener en cuenta la existencia de unas sociedades multiétnicas o plurinacionales con todos los valores identitarios distintivos asociados a dicha realidad. El colonialismo, también, desde el punto de vista jurídico se refleja en la complejidad de los entramados judiciales (Sieder y Sierra, 2011: 3 – 4) que ocasiona la convivencia en algunas zonas de América Latina de la ley penal, de marcado carácter unitario, con la multiplicidad de leyes indígenas. Esa complicada interpretación de la legalidad supone, todavía, una enorme dificultad a la hora de emprender iniciativas de género; sin una cuidada composición de los matices, se vuelve muy difícil conseguir un entendimiento eficaz de la comunicación, con la consiguiente asimilación social. Es habitual en el continente latinoamericano la existencia de justicias paralelas, y en particular la existencia de modos propios de entender la legalidad, o de acudir a ella: “<…> no todas las mujeres indígenas pueden recurrir o recurren a las autoridades comunitarias en caso de abuso doméstico 38 . <…> A diferencia del sistema de justicia oficial, también toman en cuenta el contexto más amplio dentro del que sucede una disputa, así como sus causas subyacentes profundas, de larga data. Además, el tipo de resoluciones que se ofrecen no sólo pertenecen a Oceanía. Sobre la Unión Europea se han obtenido datos del 76,92% de los países (Sanmartín, Iborra, García y Martínez, 2010). 38 Quepa señalar que los autores de este trabajo no reconocen el término “violencia doméstica” como definitorio de las violencias específicas que por razón de sexo-género sufren las mujeres, si bien, por supuesto, respetan las exposiciones discursivas de los autores y sus terminologías referidas.
666 tienden a involucrar diferentes formas de compensación para la víctima (monetaria o de otro tipo), sino que también las dignifican al insistir en la necesidad de que las personas culpables de transgresiones cambien sus actitudes y comportamiento” (Sieder y Sierra, 2011: 19-20) El uso de ortigas y agua fría, por ejemplo, o el escarnio comunitario público y la obligada redención del agresor (castigos típicos de los pueblos indígenas), son elementos comunes de amplias zonas eminentemente rurales que contrastan con la privación de libertad o el arresto de los agresores, castigos más típicos de las zonas urbanas. Son, como puede deducirse, modos de vida, cosmovisiones radicalmente opuestas, elementos simbólicos concebidos a partir de patrones históricos y sociológicos diferentes. Asimismo, otro elemento común del pensamiento latinoamericano es la fuerte influencia del catolicismo, como apunta Colazo (2009: 108). Es ésta una religión dominante y que tiende a recrear patrones patriarcales donde la mujer desempeña tareas estereotipadas en función de su sexo-género tales como la atención del hogar o de los hijos. La mujer, según los patrones estructurales del catolicismo, depende económicamente de su marido ya que se sitúa profesionalmente al cargo de los cuidados, siendo ésta tarea (crianza de hijos, educación, manutención del hogar) no reconocida profesionalmente ni socialmente como un “trabajo”. Así, en 2010, las mujeres urbanas sin ingresos propios alcanzaban el 30,4% de la población femenina latinoamericana, mientras que en las zonas rurales ese porcentaje ascendía hasta el 41,4% (CEPAL, 2013: 40). La ausencia de recursos propios, con la consiguiente problemática para la gestión autónoma de la vida, es un factor fundamental en la inmovilidad y reproducción de fenómenos como la violencia de género 39 . La falta de oportunidades laborales genera que las denuncias se reduzcan considerablemente, y en paralelo aumente la tolerancia a los malos tratos asociados a una situación material tan clara como es la supervivencia. La relación unívoca entre recursos materiales y tolerancia a la violencia sufrida (resistencia más bien) ha sido también comprobada en contextos afines al latinoamericano -como el contexto española partir de problemáticas contemporáneas como la situación de crisis económica. La coincidencia de la crisis económica con el descenso de las denuncias por violencia de género ha operado como un factor clave para la subsiguiente reflexión sobre la incidencia de ésta en la crisis. Así, algunos datos han subrayado que hasta un 97% de mujeres víctimas consideran el paro un freno para la denuncia por la situación de desamparo económico familiar que pudiera originarse (Adecco, 2013). Asimismo, se ha detectado una progresiva disminución de las denuncias (hasta un 10%) que se agrava en el periodo de crisis, dato que -teniendo en cuenta las declaraciones sobre seguridad económica proporcionadas por el informe de Adeccoofrecen una conclusión clara: la crisis, tanto en su dimensión de dificultad en el acceso al mercado laboral, como en lo concerniente a la merma de recursos públicos destinados a la ayuda a las víctimas de violencia de género, ha tenido efectos negativos sobre las mujeres víctimas que han dejado de denunciar la violencia. Al describir el contexto latinoamericano, hay que resaltar forzosamente el desequilibrio nacional y local de un continente en el que la evolución de los entramados sociales 39 Con respecto a qué entienden los autores como violencia de género se recomienda visitar las aportaciones realizadas por Zurbano (2012).
667 circula a distintas velocidades. Pero a pesar de reconocer las diferencias de los países de este continente, tenemos que subrayar una procedencia similar de las causas que producen desigualdades (Chan, García y Zapata, 2013: 130), ya que son países que descienden de contextos socioculturales similares. 2. Objetivos Estas páginas se han construido alrededor de los siguientes objetivos: Objetivo general Reconocer y analizar críticamente los avances y los retrocesos sufridos en los últimos años en la situación de la mujer en América Latina. Objetivos específicos 1. Determinar las principales influencias negativas que impulsan un recorte de derechos de la mujer en la región americana. 2. Identificar los avances y sus orígenes en el desarrollo de los derechos de la mujer latinoamericana. 3. Metodología La siguiente comunicación, realizada a partir del diálogo entre investigadores españoles y latinoamericanos, se fundamenta en el análisis documental de tres tipos de fuentes: a) Fuentes institucionales. Se ha prestado especial atención al estudio de los informes publicados en fechas cercanas por instituciones como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina. También se han recabado datos de instituciones nacionales que ofrecen interesantes panoramas estadísticos como el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Ecuador), el Instituto Nacional de Estadística (Venezuela), el Instituto Nacional de Estadística e Informática (Perú), el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Colombia), etcétera. b) Fuentes académicas. Entre otros estudios se ha tomado como fuente de referencia los estudios de UNIFEM, así como la producción científica del área. Pueden citarse como ejemplos: Breaking the Silence on Violence against Indigenous Girls, Adolescents and Young Women; Systematization of evaluations on human rights and gender equality in Latin America; Igualdad de derechos y desigualdad de oportunidades: ciudadanía, derechos sociales y género en América Latina, entre otros. c) Fuentes mediáticas. Como no podía ser de otro modo -dado el perfil comunicológico de los investigadoresentre la documentación consultada se han tenido en cuenta las fuentes informativas como medidores del pulso igualitario de la sociedad, ya que no es infrecuente que los tratamientos periodísticos desvaloricen la lucha por la igualdad en el continente latinoamericano. 4. Desarrollo Hace prácticamente una década, se denunciaba la falta de información sobre la situación real de las mujeres latinoamericanas (Alméras et al., 2002), una indicador ausente que dificultaba la evaluación de la gravedad del conflicto en este continente. Por fortuna, la
668 ausencia de datos estadísticos no es ya el problema; el crecimiento exponencial y la mejora de los observatorios, o la asimilación de la violencia de género como un tema de interés prioritario en los censos de la opinión colectiva, son factores que permiten concluir que existe una vasta cantidad de datos que ayudan a la reconstrucción del mapa de la mujer en el territorio latinoamericano. Asimismo, la creación de leyes para regular las agresiones de género –una realidad en prácticamente todos los países del continenteha impulsado la implantación de políticas públicas que se han materializado en forma de instituciones específicas, de ministerios, de campañas de sensibilización financiadas con fondos gubernamentales, de proyectos de investigación en universidades públicas y privadas de la región. La erradicación de este fenómeno, entonces, aparece asociada no ya a una invisibilización o falta de apoyo estatal, ni solamente a un desconocimiento, como por ejemplo ocurría en la mayor parte de los países antes de la década de los años ochenta. Han sido muchos los intentos de adoptar una postura regional ante los conflictos de género, muchos de ellos más simbólicos que efectivos. En 1928 se estableció la llamada Comisión Interamericana de Mujeres 40 , un organismo multilateral que pretendía concentrar la representación de los derechos del género femenino; sin embargo, desde esa lejana fecha de creación, muchos años tuvieron que pasar hasta que los países integrantes de América Latina y del Caribe comenzaran a visibilizar, a legislar y a incorporar a sus agendas la problemática de la mujer. Desde 1989, año en que fue aprobada la Ley 54 de Prevención e Intervención en Violencia Doméstica en Puerto Rico, prácticamente todos los países de Nuestra América han regulado la situación de la violencia de género mediante la creación de instrumentos en mayor o menor medida eficaces, si bien presentan lagunas, porque como subraya el CEPAL (2013: 12) todavía hay países que no han incorporado figuras específicas para abordar problemas como el feminicidio. Y en el caso de esos países que sí contemplan esas figuras jurídicas, el problema, más bien, es la aplicación de las leyes, o como denuncian Alméras et al. (2002: 17) la dificultad de poner en marcha “mecanismos de seguimiento” que validen la efectividad de las sanciones y la lucha real de los gobiernos en las áreas de la prevención y la erradicación del fenómeno. A lo que podemos añadir la necesidad de una conceptualización de “violencias de género” o “violencias contras las mujeres” (que no mujer, mujeres: diversas, plurales) amplias, complejas y contextuales como hemos reclamado con anterioridad: “Conocer el modo en que las leyes definen el fenómeno de la violencia contra las mujeres constituye sin duda un primer acercamiento a la conceptualización subyacente. Así como a los marcos de sentido que operan detrás y si éstos referencian la violencia de género como violencia doméstica, el grado de privacidad que le otorgan al problema o qué tipo de prácticas pueden ser identificadas como esta violencia en particular y no como una violencia social genérica. Nos estamos refiriendo, por ejemplo, al caso de los asaltos sexuales: ¿pueden ser considerados atentados de género? ¿Afecta el conocimiento previo o no entre víctima y victimario? ¿Responde el atentado de la violación o el hostigamiento a un claro condicionamiento sexual de dominio? Cuestionamientos que desde una perspectiva feminista del fenómeno pudieran parecer fuera de lugar no se vuelven tan claros si nos adentramos en los imaginarios sociales a los que podemos acercarnos a través de algunas de sus construcciones como son los textos legales. Por ejemplo, en la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, el hostigamiento sexual o las violaciones no estarían amparadas dentro de la definición presentada como “violencia de género”. Sin embargo, en otras legislaciones, como la argentina, encontramos 40 Según se explica en la historia de este organismo internacional. Datos consultados el 26/02/2014 de: http://portal.oas.org/Portal/Topic/Comisi%C3%B3nInteramericanadeMujeres/AcercadelaCIM/tabid/622/ Default.aspx
669 (siempre hablando del marco teórico, conceptual, no de su práctica efectiva ni de las garantías de protección desarrolladas 41 ) reconocida la afrenta obstétrica siendo ésta la que ejerce el personal sanitario sobre los cuerpos y los procesos reproductivos femeninos expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales” (Zurbano, Liberia y Campos, 2013:6) Además, reivindicamos un cambio de terminología de referencia y una unificación de la misma que supere el concepto de “género” (extremadamente útil pero con poca fuerza estratégica social) en pro del reconocimiento de unas violencias (en plural, porque son muchas, diferentes y a menudo desconocidas y no reconocidas por sociedad y legislación) hacia un grupo sexual que supone más de la mitad de la población del mundo: las mujeres. No la mujer, pues es hora de superar la idea occidentalocéntrica de la mujer definida como colectivo, grupo con rasgos definitorios, anclada históricamente en esa representante de todas las mujeres: la mujer blanca, heterosexual y de clase media: “(…) “la categoría “mujer” no puede seguir definiéndose de una manera descontextualizada, sino que tiene que hacerse siempre en función de su condición de oprimida y poniendo en relación otras categorías como las de la raza, la clase o la religión con la del género y la propia crítica a este como un mecanismo esencialista y maniqueo de control social. En este sentido y distanciándose claramente de la Teoría Feminista “clásica”, los feminismos disidentes contemporáneos proponen una resignificación de la violencia de género para que deje de ser un concepto institucionalizado que reproduce exclusiones y perpetúa discriminaciones” (Pons y Solá, 2011: [en línea]) En el mismo sentido -pero desde los feminismos postcolonialesMohanty hace una crítica a la definición y homogeneización de las mujeres como grupo a partir de su caracterización como sujetos oprimidos a través de la noción de género: “Al hablar de las mujeres como una categoría de análisis me refiero al supuesto crítico de que todas las que compartimos el mismo género, sean cuales fuera nuestra clase y cultura, de alguna forma estamos socialmente constituidas como un grupo homogéneo (…) la homogeneidad de las mujeres como grupo no se produce sobre la base de características biológicas esenciales, sino de universales secundarios de carácter sociológico y antropológico (…) lo que une a las mujeres es una noción sociológica de la “igualdad” de su opresión. Es en este punto que se produce una elisión entre “las mujeres” como grupo en el discurso construido y “las mujeres” como sujetos materiales de su historia” (Mohanty, 2008: 121) A partir de 1970, la ONU comenzó a introducir en su agenda social la situación de la mujer. Esta preocupación del organismo internacional se reflejó en las distintas cumbres que se sucedieron a nivel global y que sirvieron para que los estados latinoamericanos paulatinamente impulsaran en sus políticas nacionales un interés por el contexto de las mujeres dentro del apartado de la “Cooperación Internacional”. Pero justo en esos años, las dictaduras o autoritarismos gobernantes en algunos de los países de la región, 41 Siendo plenamente conscientes de que los textos normativos no son garantía de acciones y condiciones necesarias para garantizar el cumplimiento de las propuestas legales, hemos creído necesario abordar las ideas que presentan sobre la violencia las diferentes normas, puesto que serán la base en el diseño de las acciones que se desarrollarán posteriormente, o que habrían de ser desarrolladas, y que pueden dejar determinadas prácticas y manifestaciones de la violencia fuera de su ámbito de actuación por no estar contempladas desde la primera instancia: la definición, la prueba explícita de la conceptualización subyacente.
670 intentaron anular las reivindicaciones feministas, enfrentándose a las organizaciones o movimientos civiles en defensa de las mujeres (en Colazo, 2009: 108). El activismo feminista, muy presente hasta finales de los noventa (Molyneux, 2010: 194), obtuvo en esa década sus principales logros, al conseguir –como comenta Guzmán (2001: 34)- que el 9 de junio de 1994 se firmara en Brasil la “Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer”. En esta reunión multilateral, con la que se buscaba adoptar una postura común, intervinieron 30 países de la región latinoamericana y del Caribe (Alméras et al., 2002: 17). Poco años después de la celebración de la conocida Convención de Belém do Pará, los estados firmantes aprobaron en Washington D. C. el Estatuto del mecanismo de seguimiento de la implementación de la Convención Interamericana (OEA, 2004; Alméras y Calderón, 2012), un documento que recoge algunas indicaciones para verificar la situación real de las iniciativas emprendidas por los países firmantes. Un año antes del evento en Brasil, en 1993, se había celebrado en Viena la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, en la que se trataron los derechos de las niñas y las mujeres como “parte integrante, inalienable e indivisible de los derechos humanos” (Alméras y Calderón, 2012: 18). En 1995, la Organización de Naciones Unidas impulsó el compromiso de los países de la región a introducir medidas concretas con la celebración de la IV Conferencia de Naciones Unidas para las Mujeres en Beijing (China). Los eventos descritos sucintamente en los párrafos anteriores generaron un alto impacto en América Latina, ya que se produjo un efecto expansivo que introdujo mejoras en prácticamente todas las esferas de las instituciones públicas: “Se despliegan políticas legislativas (Reformas Constitucionales, de los Códigos civiles, penales, laborales, electorales, de las leyes de educación, ordenanzas municipales); políticas ejecutivas en educación, salud, trabajo, violencia, participación política; a niveles centrales, o descentralizados (regionales, provinciales y municipales). El proceso de desconcentración o descentralización de políticas de género, dio lugar a instancias dedicadas a las problemáticas de las mujeres, en dichos niveles. No avanzan al mismo ritmo las reformas del sistema de justicia, en la inclusión del enfoque de equidad de género” (Colazo, 2009: 110) La generalizada reforma constitucional de los años noventa, trajo consigo multitud de efectos positivos sobre las sociedades latinoamericanas. Entre otros, se consiguió en primer término un reconocimiento de la pluralidad de las culturas y las naciones que pueblan América Latina (Sieder y Sierra, 2011: 5-6), un paso importante para desarrollar conceptos como paridad, equidad e integración. Las reformas legales, de igual manera, motivaron un avance rotundo en la entrada de las mujeres en los cargos de poder, aunque al examinar determinados puestos estratégicos –como el de las ministrasun informe constata que la mayor parte de la ocupación femenina en los ministerios, en 2011, estaba vinculada a áreas socioculturales en un 55% de los casos, frente a ámbitos económicos (23%) o políticos (21%), según datos consultados en CEPAL (2013: 29). Estas estadísticas prueban parte de la instrumentalización de la mujer dentro de la representación: la paridad tiende a ser un signo distintivo en la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos, pero la participación femenina se restringe a esferas rosas, donde la acción transcurre fundamentalmente en marcos simbólicos. En el caso del máximo órgano judicial, por ejemplo, en el promedio de los 20 países latinoamericanos