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Santas medievales a los ojos barrocos

Bejarano Pellicer, Clara

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TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 1 Santas medievales a los ojos barrocos 1 Medieval Female Saints in The Baroque Eyes Clara Bejarano Pellicer 2 Universidad de Sevilla [email protected] Resumen: La hagiografía en España en el siglo XVII cumplió la función de difundir un concepto de santidad que actuó como modelo para las religiosas de clausura cuando se trataba de santas que fueron monjas en su propia orden en algún período de la Historia. El ejemplo que pudieran suponer las vidas de las santas cistercienses medievales reconstruidas por sor Ana Francisca Abarca de Bolea, a diferencia de otros hagiógrafos de su propia época -el siglo XVII-, propone una concepción de la santidad femenina en el que la cuestión de género parece tener cierta influencia. Palabras clave: santidad, hagiografía, biografía, feminismo, cisterciense. Abstract: Hagiography in Spain in the XVIIth century fulfilled the role of spreading a santity concept that worked as a model for nuns of closed orders when it was about saint women who were nuns in their orders in a period of History. The example that medieval Cistercian saints’ lives reconstructed by sor Ana Francisca Abarca de Bolea could mean, unlike other hagiographists of her time –XVIIth century-, proposes a concept of nun’s santity where genre matters seem to have certain influence. Key words: santity, hagioghaphy, biography, feminism, Cistercian. La biografía de modelos de virtudes y la hagiografía fue uno de los tipos de literatura más característicos de la población monacal española durante el siglo XVII. 3 1 Artículo recibido el 8 de junio de 2012. Aceptado el 5 de octubre de 2012. 2 Trabajo que se inscribe en el Proyecto I+D “Memoria de los orígenes y estrategias de legitimación en el discurso histórico eclesiástico-religioso en España” (siglos XVI-XVII)”. HAR2009-13514. Dicho Proyecto está financiado por la Subdirección General de Proyectos de Investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación. 3 J. Jaime GARCÍA BERNAL, “Flores de la montaña cordobesa: la biografía ejemplar en la memoria de los monasterios jerónimos de Sierra Morena y valle del Guadalquivir (siglos XVI-XVII)”, en TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 2 Especialmente las monjas, cuyas actividades estaban mucho más restringidas a causa de las limitaciones impuestas por la clausura, fueron consumidoras de biografías de modelos ejemplares mediante la lectura personal y colectiva. Asimismo se cuentan ejemplos de monjas literatas que dedicaron sus esfuerzos intelectuales a escribir obras hagiográficas. Muchos de los escritos autobiográficos que entregaron a sus confesores como penitencia se convertirían en material de primera mano para llevar a cabo biografías de monjas muertas en olor de santidad, claro que vulgarizados, censurados y modificados en gran medida para adaptarlos a la ortodoxia. 4 La hagiografía podía escribirse sobre santos pretéritos o sobre personas ejemplares recientemente muertas, con objeto de contribuir a su prestigio y a su proceso de beatificación. 5 Llama la atención la obra hagiográfica de la cisterciense sor Ana Francisca de Abarca y Bolea por las oportunidades que ofrece a la hora de contrastar el modelo hagiográfico medieval con el barroco y comprobar la flexibilidad del modelo de perfección bajo las variables históricas, en relación con otras biografías de monjas ejemplares del siglo XVII, especialmente la de fray Francisco de Ledesma sobre las mercedarias descalzas, por constituir su antípoda. 6 Sor Ana Francisca de Abarca y Bolea es una figura literaria respetable en el panorama del siglo XVII. Su vida ha sido objeto de investigación, 7 y su obra literaria no Franciscanos, místicos, herejes y alumbrados, Córdoba, Universidad de Córdoba, Séneca, 2010, pp. 401- 415. 4 Isabelle POUTRIN, Le voile et la plume. Autobiographie et sainteté féminine dans l’Espagne Moderne, Madrid, Casa de Velázquez, 1995, passim. Alison WEBER, “Autobiografías por mandato: ¿Egodocumentos o textos sociales?”, en Cultura escrita y sociedad, 1, 2005, pp. 116-119. Beatriz FERRÚS ANTÓN, Discursos cautivos: vida, escritura y convento, Valencia, Quaderns de Filologia- Anejos, 2004. Margarita PEÑA, “Manipulación masculina del discurso femenino en biografías de monjas”, en Monika BOSSE, Bárbara POTTHAST y André STOLL (eds.), La creatividad femenina en el mundo barroco hispánico, Kassel, Reichenberger, 1999, tomo II, pp. 597-610. 5 Rosalva LORETO LÓPEZ, “Leer, contar, cantar y escribir. Un acercamiento a las prácticas de la lectura conventual. Puebla de los Ángeles, México, siglos XVII y XVIII”, en Estudios de Historia novohispana, 23, 2000, pp. 67-95. Asunción LAVRIN y Rosalva LORETO LÓPEZ (eds.): Diálogos espirituales: manuscritos femeninos hispanoamericanos siglos XVI-XIX. Puebla: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla: Universidad de las Américas, 2006. 6 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS DE SANTAS / DE LA ORDEN DEL / CISTER, Zaragoza, herederos de Pedro Lanaja y Lamarca, 1655. Fray Francisco de LEDESMA (O. M.), HISTORIA / BREVE / DE LA FUNDACIÓN DEL CONVENTO / DE LA PURÍSSIMA CONCEPCIÓN / DE MARÍA SANTÍSSIMA, / LLAMADO COMUNMENTE / DE ALARCÓN / Y DEL CONVENTO DE SAN FERNANDO, / de Religiosas del Real Orden de Nuestra Señora / de la Merced, Redención de / Cautivos. / CONTIENE LAS VIDAS, Y HEROYCAS VIRTUDES / de algunas Religiosas, y Religiosos. / Y LA VIDA, OBRAS, Y ESCRITOS DE LA VENERABLE / Madre Soror Magdalena de Christo, una de las Fundadoras / de su Convento de San Fernando, Madrid, Francisco Antonio de Villa-Diego, 1709. 7 María Angeles CAMPO GUIRAL, Doña Ana Francisca Abarca de Bolea, Zaragoza, Departamento de Cultura y Educación, 1993. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 3 menos. 8 Nacida en Zaragoza en los años 20 del siglo XVII en la villa de Casbas de padres nobles (Martín Abarca de Bolea y Castro y Ana de Mur), 9 ingresó en el oscense monasterio cisterciense de Casbas 10 a los tres años, adquiriendo una sólida formación humanística. Profesó en 1624, en 1655 era maestra de novicias y abadesa electa cuatrienal en 1672 y 1676. Su actividad intelectual fue extensa, manteniendo contactos epistolares con los eruditos de su época y recibiendo los parabienes de Baltasar Gracián. En su obra Vigilia y Octavario de San Juan Bautista, novela pastoril de inspiración renacentista, incluyó una miscelánea de poesía, novela y otros géneros literarios. También compuso poesía suelta y tres obras hagiográficas, entre las que destaca Catorce vidas de Santas de la Orden del Císter, donde la religiosa aborda las semblanzas de figuras femeninas de la historia de la orden cisterciense, remontándose a la Plena Edad Media. Ésta será la obra cuyas posibilidades abordemos en este artículo. El extenso texto de 376 páginas se articula en catorce capítulos, uno por cada una de las mujeres biografiadas. Por lo que parece a juzgar por su correspondencia con el poeta Uztárroz, escribió esta obra en 1648 y 1650 y pretendía incluir una decimoquinta hagiografía, que podría haber sido la de Santa Susana, que publicó exenta en 1671. 11 Estas vidas se yuxtaponen por orden cronológico sin ningún discurso que las relacione, en una estética de adición. El trabajo que esta religiosa llevó a cabo está a medio camino entre la recreación y la investigación. Cada una de las catorce historias está narrada con innegable agilidad y amenidad, incluso con dosis de suspense, entreverada con reflexiones morales y argumentaciones puramente religiosas, por lo que la autora puso mucho material procedente de su propia creatividad. Era normal que los hagiógrafos no interpolaran las fuentes con otros relatos de tradición oral y que las adaptaran a un 8 IDEM, Edición y estudio de la "Vigilia y octavario de San Juan Baptista" de Dña. Ana Francisca Abarca de Bolea”, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1991. IDEM, Devoción y fiesta en la pluma barroca de Ana Francisca Abarca de Bolea: estudio de la vigilia y octavario de San Juan Bautista, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2007. José Manuel BLECUA, La poesía aragonesa del barroco, Zaragoza, Guara (col. Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses), 1980, p. 125. Manuel ALVAR, Estudios sobre el «Octavario» de Doña Ana Abarca de Bolea, Zaragoza, s/e, 1945. J.M. CASTRO Y CALVO, “Prosa y versos de Doña Ana Francisca Abarca de Bolea”, Aragón, XIV, 1938. Ana NAVARRO (ed.), Antología poética de escritoras de los siglos XVI y XVII, Madrid, Castalia, Instituto de la Mujer, 1989, pp. 55 y 253. 9 G. GARCÍA CIPRÉS, “Los Abarca de Bolea”, Linajes de Aragón, VII, 1916, 5, pp. 81-93. 10 Lourdes ASCASO SARVISE, El monasterio cisterciense de Santa María de Casbas (1173-1350), Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1986. Regina VIDAL CELMA, “El abadologio del monasterio de Santa María de Casbas siglo II Orden del Císter en el Alto Aragón”, en VVAA, El Císter. Órdenes religiosas zaragozanas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1987, pp. 207-220. 11 José Miguel OLTRA, “La hagiografía como pretexto autobiográfico en Ana Francisca Abarca de Bolea”, en Jean Pierre ETIENVRE y Leonardo ROMERO (coords.), La recepción del texto literario, Universidad de Zaragoza, Casa de Velázquez, 1988, pp. 77-104. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 4 modelo preconcebido de santidad que encajara con la sociedad de su tiempo. 12 Ella misma reconocía que su objetivo era más la glosa que la mera transcripción, y de hecho su obra aparece salpicada de introducciones justificativas y digresiones cargadas de consejos y sentencias. No obstante, honradamente incluyó al final de cada capítulo la bibliografía histórica de la cual había obtenido los datos conocidos sobre santas tan pretéritas, lo cual de paso nos permite comprobar la condición pseudohistoriográfica de esta obra, la conciencia histórica que se concitaba en sor Ana Francisca en el apogeo del Barroco y las variadas lecturas hagiográficas e historiográficas que tuvo a su alcance como monja de clausura, puesto que la restricción de esta bibliografía sugiere que se limitó a la biblioteca del convento. 13 La hagiografía es un género literario que procede de la Antigüedad Tardía, se desarrolló a lo largo de la Edad Media, 14 pero que en el Barroco alcanzó su perfección. El ejemplo más antiguo conservado es la vida de San Antonio Abad escrita por San Atanasio hacia el año 357. La leyenda y los elementos maravillosos salpicaban este género, cuyo mayor exponente es la Leyenda Áurea de Jacopo de la Vorágine, muy difundida desde el siglo XIII, y el Martirologio de Cesare Baronio de 1584, hasta que los jesuitas bolandistas del siglo XVII se esforzaron por depurar la verdad histórica de los santos mediante criterios de racionalidad en las Acta sanctorum. Estos esfuerzos vinieron motivados por el intenso empuje que experimentó la hagiografía durante el Barroco. La Contrarreforma animó este género para despertar la piedad popular después de los conflictos religiosos motivados por la Reforma en el siglo XVI. La difusión de las vidas de santos mediante la imprenta alcanzó un espectacular alcance en el siglo XVII entre todos los grupos sociales, a juzgar por la recurrencia del Flos Sanctorum en los inventarios postmortem. 15 Entre 1480 y 1700 se escribieron 453 vidas de santos, que se conozcan. 16 La razón de este éxito se debía a que se vendía en versión culta y en pliegos de cordel, 17 y a que la hagiografía proyectaba sobre las vidas de los santos pretéritos aquel modelo de santidad que estaba vigente en la mentalidad de los lectores, 12 Ángeles GARCÍA DE LA BORBOLLA, “La hagiografía medieval, una particular historiografía. Un balance del caso hispano”, Hispania sacra, 51:104, 1999, pp. 687-702. 13 J. M. CASTRO Y CALVO, “Prosas y versos […], op. cit., p. 5. 14 Ángeles GARCÍA DE LA BORBOLLA, “La hagiografía medieval […], op. cit., pp. 687-702. 15 María de la Cruz GARCÍA DE ENTERRÍA, “La hagiografía popular barroca: entre lo maravilloso y lo fantástico”, en Draco: revista de literatura española, 3-4, 1991-1992, pp. 191-204. 16 José SIMÓN DÍAZ, “Hagiografías individuales publicadas en español (1480-1700)”, en Hispania Sacra, 30, 1977, pp. 421-480. 17 María de la Cruz GARCÍA DE ENTERRÍA, Sociedad y poesía de cordel en el Barroco, Madrid, Taurus, 1973. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 5 adaptando la veracidad histórica a la actualidad. 18 Constaban de avisos morales explícitos y estimulaban la confianza en los poderes taumatúrgicos de las reliquias, en contraste con la negación que la Reforma hacía de sus habilidades intercesoras. Llegaron a tratarse jocosamente. A su vez, el género se difundió entre los religiosos como inspiración para su propia vida. La imitación se suscitaba despertando la empatía del lector y también la admiración por la heroicidad del santo, por lo que la imitación era posible hasta cierto punto. 19 Sor Ana Francisca de Abarca realiza una selección de figuras que no es casual. Para comenzar, reúne a catorce mujeres porque su presumible público son las monjas de los conventos, para poder tomarlas como ejemplo, pero también para reivindicar el papel de las mujeres en la fundación y difusión del Císter a nivel europeo. En el santoral dominaban los hombres (ya que entre los apóstoles, evangelistas, pontífices y doctores de la Iglesia no había mujeres), 20 por lo que ella tuvo la voluntad de hacer una selección con criterios de sexo. No por casualidad las escogió de diferentes nacionalidades y pertenecientes a los primeros siglos de la reforma: desde el XII al XV. No en vano se constata la influencia de las místicas medievales en las monjas escritoras del siglo XVII hispánico. 21 En segundo lugar, todas sus biografías corresponden a santas canonizadas o en proceso de canonización, como Beatriz de Silva, cuyo proceso de beatificación no empezó hasta 1636 y no sería santa hasta la segunda mitad del siglo XX. 22 Para que no cupieran dudas sobre la autoridad moral y ortodoxia de aquellas mujeres ejemplares, las escogió consagradas por la Iglesia, reuniéndolas en un solo volumen con el objetivo de resaltar la abundancia de contribuciones de la rama femenina cisterciense al santoral católico y a la Historia de la Iglesia. Por último, en su obra destaca la importancia de las mujeres doctas y literatas, las selecciona teniendo en cuenta ese criterio, quizá por 18 Teófanes EGIDO, “Claves históricas para la comprensión de San Juan de la Cruz”, en Introducción a la lectura de San Juan de la Cruz, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1991. IDEM, “Hagiografía y estereotipos de santidad contrarreformista: la manipulación de San Juan de la Cruz”, en Cuadernos de Historia Moderna, 25, 2000, pp. 61-85. 19 José ARAGÜÉS ALDAZ, “Frontera de la imitación hagiográfica (I): una retórica de la diferencia”, en Ignacio ARELLANO y Marc VITSE (coords.), Modelos de vida en la España del Siglo de Oro, tomo II, Madrid, Iberoamericana, 2004, pp. 275-302. 20 Ángela MUÑOZ FERNÁNDEZ, Mujer y experiencia religiosa en el marco de la santidad medieval, Madrid, Asociación cultural Al-Mudayna, 1988, p. 114. 21 Isabelle POUTRIN, Le voile et la plume. Autobiographie et sainteté féminine dans l’Espagne Moderne, Madrid, Casa de Velázquez, 1995, pp. 71-76. 22 Enrique GUTIÉRREZ MAYOR, Crónica de la canonización de Santa Beatriz de Silva: fundadora de la orden de la Inmaculada Concepción (3 de octubre de 1976), Burgos, Aldecoa, 1978. María del Mar GRAÑA CID, Beatriz de Silva (ca- 1426-ca. 1491), Madrid, Ediciones del Orto, 2004. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 6 sentirse identificada o quizá como un gesto reivindicativo sobre aquello que las monjas podían aportar a la sociedad cristiana, aunque fuera en clausura. Naturalmente, esta idea no es explícita. El discurso está marcado por la modestia. La misma autora confiesa que su obra se publicaba “sin pretensión alguna de aplausos. Que fuera vana presumpción el pretendellos”. 23 No obstante, el hecho de que Sor Ana Francisca no tenía una opinión tan pobre de su pluma como da a entender se demuestra en el proemio, en el que la autora dice que escribe porque le estimuló el deseo de seguir los pasos de las mujeres científicas y escritoras, 24 que surcan su obra. Por otro lado, sembró los márgenes de esta obra con citas latinas para demostrar su erudición. No era la primera vez que escribía: ya había publicado varias contribuciones en verso a obras colectivas. 25 El tópico de la autora iletrada, que desconfía de sus propias posibilidades como escritora, que solicita opiniones de expertos y que emula el estilo ajeno, era recurrente porque, además de contribuir a la captatio benevolentiae, alimentaba al texto de autoridad. Desde el punto de vista vigente, una mujer sin estudios superiores sólo podía producir una obra intelectual de altura si estaba asistida por la inspiración sobrenatural, por lo que su obra era más fiable que la de los sabios, convirtiéndose en interlocutora privilegiada con Dios. La propia sor María de Ágreda abogó por este argumento. 26 Hildegarda de Bingen evocaba en numerosas ocasiones en su obra al Espíritu Santo y su iluminación. 27 Las reacciones de los hombres no dieron a entender, por lo que parece, gran rechazo o menosprecio a su obra literaria. Si tomamos como muestra a quienes prologan y aprueban su libro, únicamente uno de los cuatro hizo mención a su feminidad. Las aprobaciones de los demás (el abad de San Vitorian, Francisco Salvá de la Compañía de Jesús, un monje del monasterio de Valdigna) se centraron en elogiar su estilo sin hacer alusiones a su condición de mujer, aunque ponderaron su mérito al consagrarse a Dios en clausura desde la más tierna infancia. Únicamente la epístola del doctor don Manuel 23 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS…, p. 24. 24 Ibídem, p. 2. 25 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), “Dos sonetos a la muerte del Príncipe Don Baltasar”, en Obelisco histórico y literario que la Imperial ciudad de Zaragoza erigió al Serenísimo Señor Don Baltasar Carlos de Austria, Príncipe de las Españas, Zaragoza, 1646; “Octavas”, en Palestra numerosa austríaca, Huesca, 1650; “Al libro que escribió Don Francisco de La Torre, intitulado Baraja nueva de versos. Décima”, en Entretenimiento de las Musas, Zaragoza, 1654. 26 Beatriz FERRÚS ANTÓN, “Mayor gloria de Dios es que lo sea una mujer… Sor María Jesús de Ágreda y Sor Francisca Josefa de la Concepción y el Castillo (sobre la escritura conventual en los siglos XVI y XVII)”, en Revista de Literatura, 139, 2008, pp. 31-46. 27 Hugh FEISS, “Traducción, notas y comentario de la Explicación de la Regla de San Benito por Hildegarda de Bingen”, en Cistercium, 204, 1996, pp. 25-68. Beatriz FERRÚS ANTÓN, Heredar la palabra: cuerpo y escritura de mujeres, Valencia, Tirant lo Blanch, 2006. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 7 de Salinas y Lizana, canónigo y prepósito de la catedral de Huesca, recalcó su feminidad. No lo hizo con la intención de que atribuirle más mérito a una producción intelectual, sino que por el contrario rompió explícitamente una lanza a favor de las mujeres cultas y sus capacidades con este comentario: “que ni castigó la naturaleza al sexo femenil, embotándole el entendimiento para hazerle incapaz de la enseñança, ni aquella está oy menos apta a producir ingenios grandes”. Por lo demás, alabó su estilo atribuyéndoselo a la lectura e imitación de fray Gerónimo de San Iosef, y centró sus loores detalladamente en el abolengo de la estirpe de la autora. Puesto que una cosa no quita la otra, Sor Ana Francisca de Abarca también escribía por motivos corporativos. Demuestra gran adhesión y sentido de la fidelidad hacia el Císter en relación con la orden de San Benito, y hacia su propio monasterio, en el que vivió toda su vida, aun cuando éste no fuera un ejemplo de hermandad, concordia ni disciplina. 28 Una de las motivaciones que le mueven a escribir es precisamente contribuir a la gloria sagrada y mundana de su comunidad mediante el trabajo intelectual. 29 De hecho, dota a su libro de una introducción en la que adjunta una extensa descripción y sinopsis histórica del monasterio de Casbas, basada en la recopilación que mandó hacer fray Dionisio Ferrer en 1628 con motivo de un pleito. 30 Situado en la sierra de Guara, en las faldas de los Pirineos aragoneses, los puntos destacados por sor Ana Francisca fueron su antigüedad (origen medieval del monasterio y de la cofradía de fundación de real que residía allí), su patronazgo nobiliario y femenino (doña Áurea u Oria tuvo que oponerse a su hijo, en la línea de la tradición hagiográfica, para fundar el convento y cederle cuatro lugares seis años más tarde), el dominio absoluto de su jurisdicción desde el punto de vista fiscal (con privilegio de franqueza respecto a la corona desde 1628 y curatos de siete lugares), la clausura que era ponderada como “indicio grande de su mucha virtud” (Breve que obtuvo la abadesa doña Beatriz Cerdán de Escatrón, después de un largo pleito con la Santa Sede) y por último sus dos imágenes milagrosas de la Virgen, una medieval y otra hallada en la tierra de labor. 31 La actitud de sor Ana Francisca resulta de lo más natural. El sentimiento de pertenencia y la exaltación de la propia comunidad era un rasgo frecuente de la sociedad del privilegios del Antiguo Régimen, sucedía en todas las 28 José Miguel OLTRA, “La hagiografía como […], op. cit., pp. 77-104. 29 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., p. 2. 30 José Miguel OLTRA, “La hagiografía como […], op. cit., p. 90. 31 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 4-23. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 8 corporaciones y también en los monasterios dentro de la misma orden. La Historia estaba al servicio de la competición por atribuirse la mayor antigüedad en España y el entronque con la figura fundadora. 32 La vocación universalista de esta obra tiene su reflejo en las variadas nacionalidades de sus protagonistas. A medida que el Císter se fue expandiendo por Europa, en cualquier lugar surgieron figuras femeninas admirables. Francia está representada por la madre y la hermana de San Bernardo de Claraval, Santa Aleyda y Santa Umbelina. Los estados de la periferia de Europa (Italia, Escocia, 33 Polonia y la Península Ibérica 34 ) presentan a una santa cada uno. Por su parte, de Alemania proceden tres de las santas biografiadas, y de Bélgica cuatro. Como es lógico, el relato se va desplazando cronológicamente desde el epicentro de la reforma (la familia y la patria de San Bernardo de Claraval) progresivamente hacia la periferia, por lo que la obra de Abarca también refleja simbólicamente de alguna manera la evolución histórica del Císter. Como en cualquier otra obra hagiográfica, es un lugar común afirmar los elevados orígenes sociales de los santos. Éste es un rasgo común entre el discurso de sor Ana Francisca y el de fray Francisco de Ledesma. 35 Los adjetivos más habituales para exaltar a figuras femeninas, en la corriente literaria sobre mujeres admirables que nació en el siglo XV, eran virtuosa, clara y santa. Por tanto, la santidad y la virtud o comportamiento de acuerdo con la ley moral quedaban ligados a la condición de ilustre. 36 La nobleza (incluso la realeza en el caso de Santa Eduvigis y Santa Matilde) y la riqueza engalanaron la cuna de nueve de las catorce santas retratadas por sor Ana Francisca. Únicamente en el caso de Hildegarda de Bingen prescindió de reseñar el linaje de los padres. Si bien la pobreza era un atributo de virtud, la autora disculpa la riqueza diciendo que los ricos pueden ser virtuosos si saben apreciar más lo que les falta 32 José Carlos VIZUETE MENDOZA, “El Císter en Toledo. Fundación y exención del monasterio de San Clemente”, en Cistercium, 192, 1993, pp. 155-161. 33 La autora confunde dos figuras homónimas históricas elevadas a los altares: una Matilde llegó a reina de Inglaterra (1080-1118) y otra fue monja alemana cisterciense célebre por sus revelaciones (1241- 1299). José Miguel OLTRA, “La hagiografía como […], op. cit., pp. 77-104. 34 España no se caracterizó por tener muchos santos nacionales durante la Tardoantigüedad ni la Edad Media, en comparación con otras áreas europeas, y hasta el siglo XVII no se recopilaron vidas de ejemplares abades y fundadores de monasterios españoles de la orden del Císter. Javier PÉREZ-EMBID WAMBA, Hagiología y sociedad en la España medieval. Castilla y León (siglos XI-XIII), Huelva, Universidad de Huelva, 2002, pp. 11-15. Ángeles GARCÍA DE LA BORBOLLA, “La orden del Císter y los reinos hispanos peninsulares: la visión de la santidad”, en Cistercium, 238, 2005, pp. 277-306. 35 36 María Isabel MONTOYA RAMÍREZ, “Virtuosas, claras y santas mujeres en algunas obras medievales”, en Analecta malacitana, 26, nº2, 2003, pp. 515-521. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 9 que lo que poseen. 37 Este tópico entronca con la creencia secular de que la nobleza suponía un conjunto de dones físicos y morales carismáticos. No obstante, desde el siglo XIV y la exaltación de la virtud interior, comenzaron a ser reconocidos santos plebeyos. 38 En el repertorio de sor Ana Francisca, brilla con su propia luz Santa Catarina, nacida como Rachel, de padres judíos. Fuera de este caso que implica la más desventajosa de las situaciones de partida para convertirse en santa, en el peor de los casos se encuentra Santa Isabel de Esconaugia, cuyos progenitores no destacaban ni por su nobleza, ni por su riqueza ni por su virtud. Los de Santa Eduvigis tampoco eran muy virtuosos, pero en cambio sí lo eran los de Santa Franca, también la madre de Santa Lutgarda, y el padre de Hildegunda era tan devoto que murió en peregrinación a Tierra Santa. En algunos casos como el de Santa María de Ognies, el mérito del padre queda concretado en su condición de soldado leal. Por su parte, el padre de Santa Aleyda destacó por la cultura que dio a su hija: “La hizo aprender con particular cuidado lo que llaman los eruditos buenas letras, advertido que las ciencias no desvían del camino de la virtud a los que tratan de ella, ni dexan de servir de grande adorno a las mujeres ilustres”. 39 Los dones naturales solían adornar a las santas desde su nacimiento, sin duda como señal de favor divino y de su predisposición a la virtud. La belleza física y la dulzura en la elocuencia son atributos muy relacionados con la excelencia moral y aparecen citados en ocho de las catorce vidas. La facilidad para la comunicación oral parecía funcionar como un anticipo de la escrita, “pues si lo apacible no acompaña a la sabiduría, pierde en la atención agena, lo que adquirió con la ciencia”. 40 De algunas se dan señas de su actitud filial ejemplar: Santa Umbelina cuidó a su padre cuando su madre murió y sus hermanos ingresaron en religión. 41 Las santas se caracterizaban por nacer con un cúmulo de dichas y bendiciones de hecho y en potencia. Sirva como muestra Santa Matilde, de la cual lo dijo incluso la jerarquía eclesiástica coetánea: fue llevada al templo para protegerla de la enfermedad y el sacerdote le auguró vida, felicidades y prodigios. 42 A estos dones hay que sumar una actitud penitente muy poco común dada su precocidad, impropia de niñas, que llega a 37 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., p. 25. 38 Ángela MUÑOZ FERNÁNDEZ, Mujer y experiencia […], op. cit., p. 27. 39 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 25-26. 40 Ibídem, pp. 63-64. 41 Ibídem, pp. 45-82. 42 Ibídem, pp. 63-64. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 16 hacían referencia a una realidad más presente en la época en la que la autora escribía que en el Medievo al que se refería. Igual que la narradora, sus personajes tienen que sortear el peligro de soberbia que conlleva la sabiduría, de manera que Santa Hildegarda de Bingen no la demostró hasta los 44 años, en que la adquirió por ciencia infusa y Dios la obligó a darle uso mediante dolorosas enfermedades. Cuando el abad de San Desivodo la convenció para que dejara a un lado su extrema humildad y empezara a escribir, su salud mejoró. No sólo escribió muchos libros y epístolas examinados en el concilio de Tréveris, sino que también salió del monasterio algunas veces a predicar y enseñar, 72 porque la sabiduría es otorgada por Dios para servir a la sociedad transmitiéndola. Reservarse las capacidades literarias para sí no sólo suponía un desperdicio, sino una grave oposición a Dios castigada con dolores. Asimismo, Santa Lutgarda rogó a Dios más sabiduría pero para el exclusivo objetivo de ayudar a los fieles plebeyos que acudían a ella en busca de consuelo y consejo. San Juan se le apareció en figura de un águila y le transmitió su ciencia con el pico en su boca. Adquirió inteligencia, el don de lenguas, elocuencia comparable a los más sabios hombres, esto es, “hecha un retrato del colegio apostólico”. 73 Por lo tanto, mediante este argumento, la propia autora se justifica a sí misma no sólo al escribir sino también al publicar, salvándose de cualquier sospecha de soberbia porque no hacía más que seguir modelos ejemplares. Con respecto a la jerarquía observamos el mismo discurso, aunque aquí se nos ofrecen las dos alternativas. La misma humildad fue la que llevó a rehusar el puesto de abadesa electa a Santa Hildegarda, aunque finalmente lo llevó a cabo con gran éxito: el monasterio se pobló tanto que tuvo que ampliarlo y fundar otro llamado de San Ruperto (Rupertsberg). Como premio a su iniciativa, recibió la ayuda divina: le costó conseguir la licencia del abad de San Desivodo porque el monje Arnaldo se le oponía, el cual fue castigado con una enfermedad que le hizo cambiar de parecer. Por el contrario, la humildad dominó a Santa Lutgarda, la cual fue elegida priora con 24 años, emigró a Francia para evitarlo pero allí también fue recibida como abadesa, de modo que llegó a pedir a la Virgen que la relevara de aquella responsabilidad. Por consiguiente, perdió el habla durante cuarenta años. 74 Tal vez esta postura neutral de sor Ana Francisca con 72 Su obra mística ha suscitado una gran bibliografía. Su obra más conocida fue la explicación a la regla de San Benito, escrita en una fecha imprecisa entre 1150 y 1160. 73 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 209-245. 74 Ibídem, pp. 209-245. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 17 respecto a la jerarquía se explique por el debate que en su monasterio había tenido lugar años antes, entre cargo perpetuo y cargo electo renovable. También fueron abadesas Santa Isabel de Esconaugia y Santa Franca. La amistad es un vínculo muy presente en la obra, que refuerza la cara más humana de las religiosas y estimula la identificación del lector con ellas. La visión de la amistad es positiva en todo momento, supone siempre una ayuda e invita a la colaboración. La óptica más barroca, por el contrario, evitará las referencias a las relaciones personales, dando por hecho que el amor al prójimo y el sacrificio por él deben ser impersonales y universales. Por ejemplo, Santa Lutgarda consiguió que Dios mostrara a su amiga la gloria que le esperaba para que no se afligiera con su muerte. Nótese la diferencia con la biografía de Santa Lutgarda elaborada previamente por Bernardino de Villegas, que señala los daños que acarrea la amistad entre religiosas al estilo de vida riguroso que defiende. 75 En las Vidas escritas por sor Ana Francisca se pueden encontrar siete referencias a amigas. La relación entre las monjas según sor Ana Francisca se basaba en la amistad personal y en el buen carácter; entre las mercedarias de fray Francisco de Ledesma, en un sentido impersonal de servicio al prójimo. Los aspectos biográficos a partir del siglo XIII cobraron interés por encima de los taumatúrgicos en la hagiografía por la influencia de las órdenes mendicantes, que hicieron hincapié en el culto a los santos como modelos sociales para los laicos. Así, en la Baja Edad Media abundaron las figuras femeninas preponderantes en el panorama espiritual y, aunque pocas culminaron el largo proceso pontificio de canonización, fueron proclamadas santas que no se adscribían a la categoría tradicional de mártir, sino que plantearon modelos nuevos más próximos a la realidad social: la monja de clausura, la beata y la seglar. 76 Ya hemos visto cuántos detalles pintorescos y cotidianos desgrana sor Ana Francisca en sus relatos, pero eso no impide que los elementos más religiosos y sobrenaturales tengan una oportuna presencia en todas las vidas. Lo maravilloso formaba parte de la realidad barroca, por lo tanto no desafiaba a la razón, sino que únicamente generaba admiración como hecho extraordinario. Los milagros más habituales del género hagiográfico tenían relación con el agua, la mansedumbre de los animales salvajes, la aparición de seres celestiales y demoníacos, el 75 Bernardino de VILLEGAS (S. I.), La esposa de Christo […], pp. 232-235. 76 Ángela MUÑOZ FERNÁNDEZ, Mujer y experiencia […], op. cit., pp. 92-93 y 109-120. Sofía BOESCH GAJANO, “La mujer en la historia de la santidad entre la Antigüedad y el Medievo”, en María CHIAIA (ed.), El dulce canto del corazón. Mujeres místicas, desde Hildegarda a Simone Weil, Madrid, Narcea, 2006, pp. 21-38. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 18 dominio sobre la materia (levitación, ubicuidad, perfume sobrenatural). 77 Los milagros podían ser ejercidos tanto por personas en nombre de Dios, como por objetos inanimados. Eran requisitos imprescindibles para la canonización, autentificados por una serie de testigos. Los hechos milagrosos pueblan las Vidas de Abarca de Bolea, y se producen tanto en vida (8 casos) como después de la muerte (11 casos) de sus protagonistas. Muchos de ellos no se pueden atribuir a su propio mérito o cualidades, sino a la intervención divina, pero en cualquier caso son detalles que prueban la preferencia celestial por estas figuras. Entre estos acontecimientos sobrenaturales que difuminan los límites entre el mundo sensible y el trascendente, las apariciones de figuras celestiales: Dios y el Niño Jesús jugando son dos tipos de visión que encontramos una vez en el libro; Cristo, los ángeles, las ánimas del purgatorio y un conjunto de santos aparecen dos veces cada uno; la Virgen es la visión más recurrente, pues aparece citada en tres ocasiones. Por su parte, a Santa Franca se le apareció una corona sobre su cabeza como signo de posesión de Dios en el momento de su profesión. Y si las visiones se pueden clasificar como milagros pasivos puesto que los santos son el sujeto paciente, no hay mejor ejemplo que el de Santa Cristina la Admirable para ilustrar los milagros activos que se podían atribuir a una santa. Para empezar, resucitó dos veces a lo largo de su vida: una a los 12 años, tras una grave enfermedad en que la dieron por muerta, y otra para poder despedirse de su amiga que no había llegado a tiempo para verla morir. Como para disipar cualquier sospecha de coma, la propia santa afirmó que había estado en el purgatorio y ante un Dios magnánimo que le dio a elegir entre la gloria y regresar al mundo a trabajar por las ánimas del purgatorio. No contenta con haber resucitado dos veces, Santa Cristina adquirió en su segunda vida dos habilidades sobrenaturales que le aseguraron la subsistencia: el don del vuelo o levitación para escapar una y otra vez de las persecuciones y las prisiones a las que la sometieron sus deudos y vecinos, que tomaban sus poderes por demoníacos, y un óleo celestial que manaba de sus pechos y que le servía de alimento y de medicina, lo que le permitió llevar una vida eremítica a salvo de sus acosadores. A su vez, Santa Cristina demostraba tan poco miedo a la muerte que incluso disciplinándose con fuego salía ilesa. Su ingreso en el convento cisterciense tuvo lugar sólo cuando sus perseguidores se desanimaron y la dejaron en paz. Así pues, la vida de anacoreta se nos presenta sólo como segunda opción, porque pudiendo elegir “ser de mayor perfección y mérito el 77 Jacques LE GOFF, Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente Medieval, Barcelona, Gedisa, 1985. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 19 vivir en comunidad como nos lo da a entender grandemente nuestro casinense padre, reprobando la vida de los vagamundos espíritus, teniéndolos por escándalo común y peste de la virtud”. En particular en el caso de las mujeres, la vida eremítica no era recomendable por su inseguridad. Por el mismo motivo, la conversa Rachel fue llevada a un monasterio cisterciense por su mentor Raynerio cuando se escapó de casa: “porque muger estraña en albergue propio, llega a ser riesgo, particularmente donde no media la obligación, y seguridad”. 78 En su vida conventual, Santa Cristina tuvo el don de la profecía: predijo la victoria de Saladino, la hambruna de 1270, la apostasía de una monja que se arrepentiría. Reconvino algunas faltas al conde de Loen y luego sacó su ánima del purgatorio. En su suma, la vida de Santa Cristina fue un prodigio de principio a fin. 79 No fue la única santa cisterciense en gozar de poderes sobrehumanos. En las catorce vidas narradas, el don de la profecía aparece atribuido a tres santas y el de las lágrimas a dos. Santa Lutgarda fue bendecida con un milagroso medio de sanación: cuando se encontraba mal, no tenía sino que beber la sangre que manaba de las cinco fuentes del crucifijo, pero más tarde renunció a él por pura humildad, para evitar la admiración pública. Incluso logró que Dios la librara del pecado original. 80 Santa Eduvigis dirigió su poder de curación hacia los demás, cosa que lograba con la bendición de una pequeña imagen de la Virgen. Era tal su fama de sanadora que para obtener pruebas de sus milagros con objeto de canonizarla, Clemente IV ofició una misa 25 años después de su muerte y le pidió que curara la ceguera de su hija legítima. 81 La vida de Santa Hildegunda fue tan azarosa como la de Santa Cristina, pero afrontó las dificultades con muchos menos recursos sobrenaturales. Cuando su padre murió en Tiro de regreso de una peregrinación y el esclavo de confianza huyó con todas sus posesiones, fue la propia Hildegunda la que tuvo que aprender lenguas y sortear la mendicidad por sus propios medios, disfrazándose de hombre. Cuando fue inculpada de un robo, tuvo que demostrar su inocencia y evitar la horca mediante una ordalía. Cuando los amigos del verdadero ladrón ejecutado la asaltaron y dejaron por muerta en el bosque, estuvo pendiendo de su cadalso durante dos días hasta que unos pastores la encontraron y liberaron. Por el contrario, Dios la asistió haciéndola levitar y llevándola 78 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 183-208. 79 Ibídem, pp. 156-183. 80 Ibídem, pp. 209-245. 81 Ibídem, p. 280. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 20 sobre ángeles a Verona para entregar un correo al Papa en el contexto de las querellas entre éste y el Emperador. 82 La vida de Santa Beatriz de Silva también está surcada por lo maravilloso. Fue liberada por la Virgen cuando la reina Isabel del Portugal, envidiosa del éxito que su parienta despertaba entre los caballeros de la corte, 83 la encerró en una alacena. San Francisco y San Antonio de Padua se le aparecieron posteriormente para convencerla de que su destino era fundar una nueva orden. Cuando el barco que portaba la bula papal de confirmación se hundió, Santa Beatriz encontró la bula entre sus propias pertenencias en su celda, lo cual reconocieron los obispos de Guadix y Toledo como un milagro. 84 Después de la muerte, lo más habitual era que una santa se apareciese a alguien o que sus reliquias obraran sanaciones prodigiosas. Sea cual sea la obra hagiográfica estudiada, quedaba probado el desvelo de la santa por el prójimo más allá de la muerte. Santa Aleyda se apareció después de muerta a sus hijos Bernardo y Andrés para que uno siguiera por el camino de la perfección y el otro dejara las vanas glorias del siglo. 85 Su hija Santa Umbelina se apareció a su hermano San Bernardo dando muestras de la gloria y ofreciendo su favor a los que le fueran devotos. 86 También Santa María de Ognies se apareció a varias personas, animándolas o exhortándolas a la virtud. 87 Santa Lutgarda se apareció a varias personas dando pruebas de la gloria, invitando a seguir su ejemplo, diciendo ser abogada de las preñadas, incitadora de la castidad y protectora a la hora de la muerte. 88 Por su parte, Santa Beatriz de Silva se apareció a San Juan de Tolosa, fraile franciscano. 89 Los cadáveres de las santas desafiaban a la naturaleza para demostrar su participación de la gloria. La expiración se producía con una expresión facial plácida y la belleza física del cuerpo muerto era una garantía de su gloria. Por ejemplo, Santa 82 Ibídem, pp. 282-309. 83 El relato de su vida es tan aventurero que existen varias comedias barrocas manuscritas y publicadas sobre Santa Beatriz de Silva, incluso atribuidas a Lope de Vega, Tirso de Molina (Doña Beatriz de Silva, 1619), el toledano Blas de Mesa (Fundadora de la Santa Concepción, o vida y muerte de doña Beatriz de Silva, 1664) y Cortés de Arellano (El milagro de los celos o Doña Beatrz de Silva). En ellas, los celos de la reina se deben al amor del rey, pues Beatriz es tan hermosa que el Rey la confunde con la reina antes de conocerlas y se enamora de ella. La reina la hace desaparecer para que el rey piense que ha huido. Luis VÁZQUEZ FERNÁNDEZ, “Doña Beatriz de Silva”, de Tirso, y “La fundadora de la Santa Concepción”, de Blas F. de Mesa”, en Estudios humanísticos. Filología, 16, 1994, pp. 321-340. 84 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 351-375. 85 Ibídem, p. 44. 86 Ibídem, p. 62. 87 Ibídem, p. 155. 88 Ibídem, p. 245. 89 Ibídem, p. 375. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 21 Lutgarda quedó con los ojos abiertos y no se le pudieron cerrar. 90 Santa Franca también fue admitida en la gloria a juzgar por su rostro y su perfume de difunta. 91 Santa Eduvigis quedó con un aspecto fresco y sonrosado, e incluso a los 25 años, cuando fue exhumada para la canonización, tenía tres dedos incorruptos porque estaba sosteniendo una imagen de la Virgen, tenía el cerebro intacto y un suave perfume en el cabello. 92 Las monjas trataban de tocar a la muerta para obtener objetos que hubieran estado en contacto con ella y portaran partículas de santidad. De hecho, la propia Santa Eduvigis veneraba el agua y las toallas de las religiosas, pensando que transmitían bienes corporales y espirituales. 93 Las reliquias de una monja fallecida con fama de santidad eran solicitadas por personalidades ajenas al convento, lo cual suponía una fuente de ingresos para el mismo. La sangre se extraía ceremonialmente para enfrascarla, y el cuerpo se mantenía en exposición previamente embalsamado con polvos, ceras y perfumes. 94 En algunos casos, los signos milagrosos se producían justo entre la vida y la muerte, en el momento de la expiración. La naturaleza expresaba su júbilo por su entrada en la gloria. En la muerte de Santa Hildegarda de Bingen, se vieron dos arcos relucientes desde la tierra al cielo cruzando todo el orbe, adornados con otros pequeños y con cruces, de vivos colores. En la frente de Santa Beatriz de Silva apareció una estrella al expirar. La muerte era un momento glorioso, liminal, incluso de protagonismo en los conventos. Las monjas no tenían miedo a la muerte porque ya habían muerto para el mundo cuando habían ingresado en clausura. La muerte se definía con expresiones de felicidad porque suponía la liberación de la doble prisión del cuerpo y del convento. La clausura era una garantía de sustraerse al peligro de muerte violenta o inesperada, porque las monjas meditaban sobre la muerte y se preparaban para ella constantemente. La mitad de las santas retratadas adivinaron la fecha de su propia muerte con una notable antelación, 95 que podía ser hasta de un año, lo cual supuso una especial gracia divina porque les otorgaba un margen de tiempo para preparar su alma esmeradamente, 90 Ibídem, p. 244. 91 Ibídem, p. 350. 92 Ibídem, p. 381. 93 Ibídem, pp. 246-281. 94 Antonia MOREL D’ARLEUX, “Arte de bien morir en los conventos femeninos del siglo XVII”, en VVAA, I Congreso Internacional del monacato femenino en España, Portugal y América 1492-1992, León, Universidad de León, 1993, tomo II, pp. 91-104. 95 Hecho corriente en toda la hagiografía. Domingo Luis GONZÁLEZ LOPO, “El ritual de la muerte barroca: la hagiografía como paradigma del buen morir cristiano”, Semata, 17, 2005, pp. 299-320. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 22 sacrificando su salud de forma suprema. El texto recalca que tuvieron una buena muerte, siguiendo todos los ritos canónicos. Las visiones y revelaciones que la moribunda relataba y su aceptación por parte de quienes la rodeaban eran debidos a una permanente vivencia en los límites entre el mundo sensible y el invisible, que tornaba verosímil y natural cualquier experiencia sobrenatural. La comunidad era receptiva a estos signos y daba cuenta de ellos porque le interesaba tener figuras santas en sus anales. La acumulación de oficios, misas y aniversarios postmortem reflejan cuánto tiempo y atención se dedicaba a la muerte en los conventos. 96 La actitud hacia la enfermedad sí es exactamente la misma en todas las biografías de monjas, aunque fray Francisco de Ledesma se detiene mucho más en relacionarla con las técnicas del diablo y en describir los sufrimientos y curas dolorosas que acarreaban. La muerte se contempla con la misma felicidad y se desarrolla indefectiblemente con la misma presciencia, ortodoxia ritual y hechos sobrenaturales que en el texto de sor Ana Francisca. La incidencia de la enfermedad y la edad de muerte se aproximan estadísticamente mucho en ambos casos. En cuanto a lo maravilloso, los milagros eran muy parecidos: visiones, apariciones, coronas flotantes, fusión de la sangre divina. Los dones que las monjas podían exhibir también son comunes a las dos obras: oración, lágrimas, profecía, elocuencia, sabiduría... Hasta el momento hemos visto que la santidad se cifraba en una serie de atributos otorgados por Dios en el momento del nacimiento o a través de diversas experiencias, pero los individuos también era artífices de su condición de santos en virtud de un arsenal de actitudes y prácticas que no dependían de las aptitudes o dones, sino de la predisposición al sacrificio por la fe en grado heroico. Los comportamientos más alabados en las vidas de las catorce santas cistercienses eran las disciplinas de sangre a través de azotes, cilicios y varas de hierro (6 casos), el ayuno (7 casos), la resistencia a las tentaciones demoníacas (6 casos) y la humillación personal motivada por un desarrollado sentido de la humildad (6 casos). 97 Aunque este libro no hace demasiado hincapié en la penitencia, ésta constituía una constante en la vida de una religiosa y no estaba en correlación con sus pecados. La mortificación se producía mucho más sistemática y rigurosamente entre mujeres que entre hombres en el claustro. Precisamente porque vivían en un lugar a salvo de los 96 Antonia Morel D’Arleux, “Arte de bien […], op. cit., pp. 91-104. 97 Contabilizamos las biografías en las que se menciona explícitamente, lo cual no excluye que el resto de las santas también lo llevara a cabo. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 23 pecados, se les exigía moralmente mayor perfección que al resto de los mortales. 98 Como todos los aspectos de la sociedad barroca, la violencia era estructural en el claustro. 99 Cuanto más perfecta era una religiosa, más rigurosamente practicaba la anorexia mística para seguir el ejemplo de los modelos de virtudes. 100 La privación de alimento y la agresión corporal se complementaban mutuamente, pues el ayuno extremo puede hacer perder la sensibilidad corporal, de ahí que se resista mejor la disciplina, de la misma manera que combate el apetito carnal al causar amenorrea. Santa Hildegarda de Bingen evitaba la comida porque no estimaba la vida y no temía perderla, y aun así conseguía tener menos hambre que aquellos que comen mucho. 101 Un ejemplo explícito de ayuno puede ser el de Santa María de Ognies: sólo comía pan de salvado, legumbres y hierbas crudas, cuando por enfermedad tuvo que comer carne o pescado, luego se mortificó con una navaja, por añadidura ayunó tres años seguidos a pan y agua. 102 Santa Cristina aunó el ayuno y la humildad en una sola práctica, comiendo el pan que sobraba a las demás, “entendiendo que la abstinencia es la mayor, y más esclarecida felicidad de los mortales, para alcançar la bienaventurança”. 103 Santa Edugivis sólo comía una vez al día en determinadas fiestas y períodos, era vegetariana, comía el pan con ceniza y ni siquiera bebía cerveza. Cuatro años antes de su muerte renunció a toda comida salvo las sobras de pan. 104 No resulta extraño que todas las santas estén aquejadas por penosas dolencias, aunque el discurso religioso nunca lo atribuye a su estilo de vida, sino que lo hace descender de la infancia. La enfermedad larga y dolorosa se concebía explícitamente como una bendición porque daba la oportunidad de purgar los pecados y demostrar la excelencia en las virtudes de la paciencia y la humildad: “Uno de los mayores favores que hizo Dios a su querida Isabel, fue quitalla del todo la salud, que aunque los poco 98 Asunción LAVRIN, “La religiosa real y la inventada: diálogo entre dos modelos discursivos”, en Monika BOSSE, Bárbara POTTHAST y André STOLL (eds.), La creatividad femenina […], op. cit., pp. 535-558. Mari-Élisabeth MONTULET-HENNEAU, Les cirterciennes du pays mosan. Moniales et vie contemplative à l’époque moderne, Bruxelles-Brusel-Rome, Institut Historique Belge de Rome-Belgisch Historisch Instituut te Rome, 1990. 99 José Luis SÁNCHEZ LORA, Mujeres, conventos y formas […], op. cit., p. 245. 100 Miri RUBIN y Sarah KAY, Framing Medieval Bodies, Manchester, Manchester University Press, 1994. Rudolph Mac BELL, Holy Anorexia, Chicago-Londres, The University of Chicago Press, 1985. Caroline WALKER BYNUM, Holy Feast and Holy Fasts: The Religious Significance of Food to Medieval Women, Berkeley and Los Angeles, University of California Press, 1987. María Leticia SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “Veinticuatro horas en la vida de un monasterio de los siglos XVI y XVII”, en Cuadernos de Historia Moderna. Anejos, VIII, 2009, pp. 199-227. 101 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 82-109. 102 Ibídem, pp. 126-155. 103 Ibídem, pp. 156-183. 104 Ibídem, pp. 246-281. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 24 mortificados le juzgamos por grande trabajo, los virtuosos lo estiman por el mayor alivio”. 105 Se entendía la enfermedad como “señal evidente de la sanidad de su espíritu”, lo cual explica que Santa María de Ognies la pasara cantando hasta que se le apagaba la voz. 106 Las llagas eran interpretadas como reflejos de las heridas de Cristo, y las enfermedades se vivían con fervor mimético, “porque el que de veras se entrega a Dios, tiene por mayores delicias las mayores penalidades”. 107 Santa Lutgarda rogó a Dios experimentar el martirio, y por eso se le concedió un sudor de sangre y la ceguera para que viese a Dios con los ojos del alma. 108 Incluso el médico las desahuciaba en ocasiones, reconociendo el origen divino de la enfermedad. Las enfermedades más frecuentes entre las monjas eran la que afectaban al sistema nervioso y paralizaban, aunque también encontramos patologías relacionadas con la desnutrición. Aunque la narradora diga que Santa Eduvigis murió de “ardiente amor de Dios”, lo cierto era que llevaba cuatro años alimentándose de sobras de pan. No podemos medir el impacto de la práctica constante de estos sacrificios en la salud, pero las únicas tres biografías que indican la edad de muerte dan la impresión de una mortalidad normal, hecho contrastado por otros autores: Santa Isabel de Esconaugia murió joven (36 años), Santa Cristina de mediana edad (54 años), Santa Lutgarda con 64 años, Santa Beatriz de Silva con 76 años y Santa Hildegarda de Bingen muy longeva (82 años). Con frecuencia se ha afirmado que este maltrato físico estaba motivado por una concepción negativa de la materia. Habría que tener en cuenta a su vez que el cuerpo era el único cauce que las mujeres sometidas de la sociedad del Antiguo Régimen tenían para expresarse o para tomar decisiones, de ahí que abusaran de la protesta a través de él. En un contexto de alto control social, el cuerpo era un medio para ejercer influencia y presión. En la vida del siglo, el cuerpo de las mujeres era sometido a una gran vigilancia para evitar acciones fraudulentas que podrían dañar al linaje; de ahí que las monjas hicieran uso de su libertad. La penitencia radical no era sino un signo de rebeldía, una señal de invulnerabilidad. Las mujeres santas no odiaban al cuerpo sino que lo reconvertían en fuente de vida para los demás a través de la redención lograda con el sacrificio. 109 105 Ibídem, pp. 110-125. 106 Ibídem, pp. 126-155. 107 Ibídem, pp. 63-81. 108 Ibídem, pp. 209-245. 109 Alexandra BARTOLOMEI ROMAGNOLI, “La cuestión del cuerpo en la mística femenina medieval”, en María CHIAIA (ed.), El dulce canto del corazón […], op. cit., pp. 39-66. Jacques LE BRUN, TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 25 Junto al castigo físico mediante disciplina y ayuno, la humildad funciona como la otra cara de la moneda porque supone una mortificación psicológica. Esta actitud está en especial relación con la muerte porque en ese momento ya no tienen valor los honores terrenales. Santa Aleyda hizo enterrarse con una cogulla cisterciense, aun siendo una gran señora y no habiendo profesado nunca. 110 Santa Isabel de Esconaugia mandó poner su cuerpo sobre ceniza para simbolizar su insignificancia. 111 Santa Eduvigis se hizo sepultar en el enterramiento común de las religiosas, no con el duque su marido. 112 Santa Cristina se fingía lunática a ratos, con el objetivo de evitar estimaciones por su perfección. 113 No obstante, tengamos en cuenta que estas manifestaciones de humildad son puramente externas, gestos rituales que no tenían por qué contener una auténtica humildad espiritual y que probablemente estaban destinados a atraer la admiración. En cuanto a las tentaciones diabólicas y/o eróticas, que no podemos distinguir enteramente (en el libro aparecen tres casos de galanteadores de monjas), en la santidad femenina tienen una especial importancia por la necesidad de contrarrestar la condenación social que Eva había arrojado sobre las mujeres. 114 Dios permitía que el demonio les tentara para recordarles la futilidad de su existencia mortal. 115 En el caso mercedario que narra fray Francisco de Ledesma, las tentaciones tienen especial incidencia en la fase de noviciado para disuadir de profesar, se desarrollan en un plano espiritual y son superadas con un carácter heroico, casi militar. En la pluma de sor Ana Francisca, el diablo no se limita a tentar sino que demuestra una gran agresividad física, forcejeando con las monjas cuerpo a cuerpo. En ocasiones trataba de matarlas, las apaleaba y les impedía hacer la señal de la cruz; en otras recibía una paliza por parte ellas. 116 Estas pugnas resultan bastante ingenuas puesto que las fuerzas estaban igualadas entre los contendientes, pero no era extraño ver esta corporeidad del diablo, esta transformación de la pugna espiritual en física, incluso necesitando ayuda humana, “L’institution et le corps, lieux de la mémoire, d’après les biographies spirituelles féminines du XVIIe siècle”, Corps écrit, 11, La Mémoire, Paris, P.U.F., 1984, pp. 111-121. 110 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., p. 25. 111 Ibídem, pp. 110-125. 112 Ibídem, pp. 246-281. 113 Ibídem, pp. 156-183. 114 León Carlos ÁLVAREZ SANTALÓ, “La santidad femenina cristiana: Eva Scelerata, Félix Eva”, en David GONZÁLEZ CRUZ (ed.), Vírgenes, reinas y santas. Modelos de mujer en el mundo hispano, Huelva, Universidad de Huelva, 2007, pp. 263-291. 115 Antonia MOREL D’ARLEUX, “Arte de bien […], op. cit., pp. 91-104. 116 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., pp. 310-333. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 32 poniendo en comparación la obra de sor Ana Francisca con la de fray Francisco de Ledesma sobre las monjas mercedarias descalzas más ejemplares del siglo XVII, 131 o con la de Alonso de Villerino de 1691 sobre agustinas recoletas ejemplares del siglo XVII. 132 La obra de fray Francisco de Ledesma, basada en las notas anónimas de las monjas del convento y publicada en 1709, tiene como centro de interés el desarrollo histórico de la rama femenina de la orden de la Merced en Madrid, desde su fundación a comienzos del siglo XVII hasta los días del propio autor, el cual estuvo especialmente vinculado a ella. Se ofrece un gran contraste entre la obra de sor Ana Francisca, cisterciense de mitad del siglo XVII, y la de fray Alonso de Villerino, agustino de finales del siglo XVII y la de fray Francisco de Ledesma, mercedario de inicios del siglo XVIII. Todos escriben sobre las religiosas ejemplares de su orden con sentido histórico, pero el modelo de santidad que transmiten no coincide. La preponderancia que muestran las Catorce Vidas de los elementos biográficos y maravillosos por encima de los que deberían constituir un edificante espejo de virtudes sugiere varios interrogantes. Podría deberse a las fuentes de las que la autora bebió: la tradición pretridentina hace más hincapié en los milagros y las peripecias mundanas de los santos que en el ejercicio de las virtudes en su vida claustral, sobre todo aquella tradición anterior al siglo XIII, fecha en que se produjo el tránsito de la santidad admirable a la santidad imitable. 133 No obstante, debemos tener en cuenta que quien da forma al discurso es una monja que vivió en el apogeo del Barroco y que debería haber dejado su impronta en la selección y redacción de los datos. Sin dejar de tratarlos de forma moralista, sor Ana Francisca demuestra su preferencia por los elementos más exóticos de la hagiografía, quizá porque esto estimulaba su imaginación fertilizada por la lectura y privada de la contemplación del mundo exterior desde los tres años de edad. La otra alternativa por la que podemos 131 Fray Francisco de LEDESMA (O. M.), HISTORIA / BREVE / DE LA FUNDACIÓN DEL CONVENTO / DE LA PURÍSSIMA CONCEPCIÓN / DE MARÍA SANTÍSSIMA, / LLAMADO COMUNMENTE / DE ALARCÓN / Y DEL CONVENTO DE SAN FERNANDO, / de Religiosas del Real Orden de Nuestra Señora / de la Merces, Redención de / Cautivos. / CONTIENE LAS VIDAS, Y HEROYCAS VIRTUDES / de algunas Religiosas, y Religiosos. / Y LA VIDA, OBRAS, Y ESCRITOS DE LA VENERABLE / Madre Soror Magdalena de Christo, una de las Fundadoras / de su Convento de San Fernando, Madrid, Francisco Antonio de Villa-Diego, 1709. 132 Alonso de VILLERINO, Esclarecido solar de las religiosas recoletas de nuestro padre San Augustín y vidas de las nsignes hijas de sus conventos, Madrid, Bernardo de Villadiego, 1690. 133 A. VAUCHEZ, “Saints admirables et saints imitables: les fonctions de l’hagiographie ont-elles changé aux derniers siècles du Moyen Age ? », en Les fonctions des saints dans le monde occidental (IIIe-XIIIe siècle), Roma, École française de Rome, 1991, pp. 162-166. Domingo L. GONZÁLEZ LOPO, “San Rosendo: de santo admirable a santo imitable. Un análisis comparativo de hagiografía medieval y moderna”, en Rudesindus, 1, 2007, pp. 17-44. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 33 inclinarnos es la idea de que la escritora abogara por una vía menos rigurosa y más mística de entrega a la religión. No en vano insiste en el valor de la educación y las actividades intelectuales. La desproporción entre las actitudes voluntarias adoptadas por las santas, al alcance de cualquier mortal, y los hechos milagrosos concedidos o predestinados a estas figuras por la iniciativa divina, revela que sor Ana Francisca tenía una concepción bastante trascendente de la santidad. Su discurso da la impresión en todo momento de que la condición de santo viene impuesta desde el nacimiento a través de la Gracia de Dios y que se va manifestando a lo largo de la vida mediante signos muy evidentes que discurren por vías no necesariamente relacionadas con la práctica de la imitación de Cristo. Por tanto, este discurso se sitúa casi en las antípodas del que sostendrían fray Alonso de Villerino o fray Francisco de Ledesma cincuenta años más tarde. Por tanto, a pesar de lo que algunos autores aprecien, el género de la biografía de monja resulta no ser inmune al transcurso del tiempo, de escasa originalidad, autor omnisciente e intención edificante, 134 sino que demuestra flexibilidad. 135 En el caso de sor Ana Francisca, no es cierto que las biografías no estén lo bastante individualizadas, ni que todas se adapten a un modelo rígido. 136 A juzgar por la confrontación entre la obra de sor Ana Francisca y las de fray Alonso de Villerino y fray Francisco de Ledesma, entre las que median cincuenta años, la visión de la ejemplaridad monjil se había transformado a lo largo del siglo XVII, en dirección a un paulatino reforzamiento de los esfuerzos humanos y alcanzables por la purificación, en detrimento de la colaboración divina y la predisposición del “material genético”, por así llamar al conjunto de dones extraordinarios. Esto es, la santidad se había humanizado gracias a ejemplos históricos cercanos. El afán de autosuperación parece mucho más presente en las obras de fray Alonso y fray Francisco, los cuales centran los méritos de las monjas en sus esfuerzos por disciplinarse, mortificarse y padecer enfermedades y tentaciones. Para ellos, la faceta literaria sólo está al servicio de la confesión y la humildad es la primera virtud exigible. Por supuesto, siguen reflejando una tendencia a atribuir orígenes nobles e infancias ejemplares a las religiosas, y se siguen obrando milagros, apariciones y señales divinas de favor, pero no en una proporción tan alta y tan detallada como la que refleja sor Ana Francisca. Entre ambos, fray Alonso (el caso más 134 Margarita PEÑA, “Manipulación masculina […], op. cit., pp. 597-610. 135 Teófanes EGIDO, “Hagiografía y estereotipos […], op. cit. pp. 61-85. 136 José Miguel OLTRA, “La hagiografía como […], op. cit., pp. 77-104. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 34 temprano) ofrece una versión más atenuada, más intermedia, que la de fray Francisco, porque es más recurrente en su obra la intervención de las figuras divinas en la vida cotidiana de las monjas. Frente a algunas biografías en las que carga las tintas describiendo con prolijidad los tormentos que se infligían, por ejemplo en la de Mauricia del Santísimo Sacramento se torna más proclive a la narración de aventuras de una casada desafortunada previamente a su ingreso en religión. 137 Esta diferencia que se aprecia entre las obras puede venir motivada no sólo por el desfase cronológico, sino también por muchos otros elementos coadyuvantes. Uno de ellos podría ser el sexo del autor. La monja, como parte implicada de la que se esperaba que siguiera el modelo que proponía, declina responsabilidades, mientras que los hombres exigen de las mujeres el máximo recato y recogimiento, además de tener siempre presente la responsabilidad de purgar el pecado original cometido por Eva. Podría pensarse que los hombres son más partidarios de una vida religiosa recogida entre los muros del convento y enteramente centrada en el dominio del propio espíritu, en los combates espirituales contra la tentación. Esto implica una fuerte conciencia de la debilidad que condujo a la mujer al pecado original, y de alguna manera una lejana recriminación. Otro factor explicativo a tener en cuenta es la orden religiosa, pues la Merced descalza se creó en el siglo XVII precisamente a causa de la necesidad que existía de una reforma que combatiera la laxitud de la observancia. El Císter, que ya de por sí era una rama reformada desde su origen, tiene una filosofía más medieval, menos rigorista. Sin olvidar las fuentes de las que beben estas obras, ya que sor Ana Francisca se remontó a la Plena Edad Media mientras que las figuras sobre las que fray Alonso y fray Francisco escribían habían vivido todas en la era de la Contrarreforma y ellos mismos habían conocido a algunas de ellas. No obstante, este argumento pierde peso cuando se coteja la visión que ofrece sor Ana Francisca de Santa Lutgarda, y la que presenta el jesuita Bernardino de Villegas unos años antes sobre la misma figura. Mientras que la monja la encumbra como paradigma de la sabiduría teológica, el don de lenguas y los poderes taumatúrgicos, contrástese esta visión de Santa Lutgarda con la que ofrece Bernardino de Villegas, su biógrafo anterior, el cual hace especial hincapié en las salvaciones de almas que logró la 137 Alonso de VILLERINO, Esclarecido solar de…, vol. 2, pp. 193-221. Sonja HERPOEL, “Sobre la autobiografía por mandato: caso de Mauricia del Santísimo Sacramento”, en Strosetzki, Christoph (coord.), Actas del V Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Münster 20-24 de julio de 1999, 2001, pp. 708-715. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 35 santa con sus oraciones, y en su privilegiada relación con las figuras divinas y difuntos que se le aparecían frecuentemente. La restricción de las actividades de la santa al plano interior y espiritual que éste propugna aparece elevada a la enésima potencia por la limitación a la palabra hablada que argumenta durante varios capítulos. 138 En resumidas cuentas, la vida de Santa Lutgarda le sirve como pretexto para desarrollar algo semejante a un manual, dirigido preferentemente a confesores, de la represión que correspondía al estilo de vida conventual, en que están seriamente limitados el uso de los cinco sentidos, de la lectura y la palabra oral y escrita, de la vestimenta incluso en las imágenes, del juicio personal y del contacto con el exterior. Sea como fuere, parece que el género hagiográfico de conventos femeninos no tenía por qué aplicar un patrón uniforme a todas las realidades para transmitir un concepto inamovible de santidad, sino que también se adaptaba a toda una serie de variables históricas. Con todo, no se trata de hacer de sor Ana Francisca una feminista, pues comparte el discurso habitual en el género literario. Algunas de sus expresiones dan a entender que una mujer era más santa y valiosa cuanto más imitara a un hombre. De ahí que aludiera al estoicismo de Santa Eufemia ante las apariciones demoníacas como “varonil ánimo”, 139 o que comentara que tener a Santa Lutgarda como hija fue más dicha que tener varones, pues “con sus virtudes adelantó sus méritos, aun a los de muy esclarecidos”. Por lo tanto, daba por hecho que de no haber sido por sus extraordinarias prendas, siempre sería más deseable tener hijos que hijas. 140 Santa Hildegunda, en cambio, se hizo pasar por monje durante su vida claustral, empleando los dos años de vida que le quedaban, probablemente porque su identidad masculina era la que le había asistido en las numerosas dificultades de su vida. Sin dar demasiados detalles, la autora dice que aventajó a todos los varones en mortificación y entrega, y que después de muerta fue descubierta su feminidad para que los monjes y los fieles se admirasen, 141 lo cual parece una forma encubierta de reivindicación femenina: así quedaba públicamente demostrado que una mujer era capaz de llevar a cabo las mismas proezas que los hombres, tanto en el siglo como en religión. Por añadidura, la apoteosis de la obra es la 138 Bernardino de VILLEGAS (S. I.), La esposa de Christo […], pp. 268-294. 139 Ana Francisca ABARCA DE BOLEA MUR Y CASTRO (O. Cist), CATORZE / VIDAS […], op. cit., p. 310. 140 Ibídem, p. 209. 141 Ibídem, pp. 282-309. TIEMPOS MODERNOS 25 (2012/2) ISSN: 1699-7778 Santas medievales a los ojos barrocos Clara Bejarano Pellicer 36 vida de Santa Beatriz, que aunque no es exactamente cisterciense, 142 sor Ana Francisca decide incluir en su selección con un gran interés feminista. Esta orden fue la primera en ser aprobada por la Santa Sede como exclusivamente femenina y constituyó la versión femenina del franciscanismo. 143 Todo su culto se organizó en torno a la Concepción. Por lo tanto, esta santa tiene un carácter marcadamente reivindicativo de la mujer que sor Ana Francisca, como parte implicada, aunque ni siquiera se tratara de la historia de su propia orden, no podía dejar correr. El interés de la obra parece radicar en plantear un modelo de santidad específicamente femenino que, aunque influenciado en cierta medida por el pensamiento masculino vigente, superara los complejos y la visión negativa de la naturaleza femenina, destacando las proezas y aportaciones que las mujeres habían hecho a la historia de la Iglesia. 142 Tuvo que adscribirse al Císter por la mera razón de que necesitaba partir de una orden ya aprobada. La Regla de su fundación fue la del Císter. 143 Su hermano Amadeo de Silva fue el fundador del grupo reformado de franciscanos “amadeístas”. La bula de confirmación fue concedida por Inocencio VIII en 1489.