Geografía y viaje como motivos literarios en el mundo árabe islámico medieval
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Fátima Roldán Castro ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 Geografía y viaje como motivos literarios en el mundo árabe islámico medieval Fátima Roldán Castro Universidad de Sevilla La literatura relacionada con la geografía y el viaje en la cultura árabe islámica es exponente, desde sus orígenes y a lo largo de los siglos, de un proceso creativo de rasgos peculiares paralelo al devenir histórico-político del mundo árabe. Las fuentes escritas que han llegado hasta nosotros, desde la poesía preislámica hasta los diccionarios geográficos y relatos de viaje de época tardía, describen la evolución de una cultura que surgió en el desierto y que en poco tiempo dio forma a una civilización fruto de la aparición de un fenómeno clave, el islam, y de la formación de un imperio de gran extensión que absorbió con avidez todo lo que pudo de los pueblos con los que se relacionó. Estas circunstancias, grosso modo, fueron las que propiciaron el avance del género geográfico en sus variantes y el de las literaturas de viaje, como veremos a continuación (Miquel, 1973, 2000; Nafis; Maqbul; Blachère & Darmaun; Chalmeta; Roldán; Baldussi). De manera general y a modo de preámbulo recordemos que según R. Blachère y H. Darmaun (250), la aparición y el progreso de la geografía literaria en la cultura islámica podrían distribuirse de la forma siguiente: 1. Aparición de la geografía para uso de funcionarios y población culta interesada en el tema (Ibn Ḫurdāḏbih, Ibn Faḍlān): siglos IX-X; 2. Relatos de viajeros, desarrollo del género al-masālik wa-l-mamālik (los caminos y los estados) (al-Ya‘qūbī); al-Iṣṭajrī, Ibn Ḥawqal, al-Muqaddasī); redacción de obras divulgativas como las de al-Mas‘ūdī y al-Birūnī: siglos X-XI; 3. Obras geográficas de recopilación sin viaje previo, aparición de enciclopedias (Ibn Rusteh, al-Mas‘ūdī, al-Maqdisī), cosmografías y geografías universales, diccionarios geográficos (al-Zuhrī, Yāqūt, al-Qazwīnī), y relatos de viajes o riḥla (Ibn Ğubayr, Ibn Baṭṭūṯa): siglos XII y siguientes. Aparición y formación de una geografía literaria Con anterioridad a la llegada del islam, durante la ğāhiliyyā, se describieron viajes de resonancias literarias que dejaron su recuerdo impreso en numerosos versos y fuentes variadas, de manera similar a lo que había ocurrido en el mundo griego. Para el hombre preislámico, cuya vida giraba en el entorno del desierto y en las estepas de la Península Arábiga o en las ciudades de importancia de aquel contexto, eran de interés absoluto tanto el conocimiento físico y toponímico de su territorio y el de la red de caminos que surcaban aquellos paisajes, en especial los terrestres, como las distintas etapas posibles a lo largo de dichos itinerarios y las claves de orientación auxiliadas por la posición de las estrellas. Estos datos quedaron registrados como telón de fondo en las mu‘allaqāt o composiciones poéticas preislámicas (Corriente, 1974, 2005), así como en las épicas narraciones en prosa que se recogen en los Āyyām al-‘arab ‘Los días de los árabes’ (Ibn ‘Abd al-Rabbihī; Ramírez 2002). En aquel tiempo preislámico numerosos poetas acudían a las ferias anuales que se celebraban en las ciudades más significativas del entorno donde importantes certámenes literarios servían de excusa a recitadores que, como portavoces de sus clanes, daban a conocer un tipo de composición tan singular en su conjunto como tópica en su contenido. A pesar de que hay diversidad de opiniones a propósito de la autenticidad de dichas casidas o poemas, lo cierto es que al leerlos nos introducimos en escenarios de abundantes topónimos y en paisajes que incorporan aduares, tiendas y fuegos nocturnos, bóvedas estrelladas, pozos de agua en oasis entre palmeras… Siguiendo la narración de estas
Fátima Roldán Castro 201 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 casidas preislámicas, en dichos lugares ocurrían encuentros amorosos que servían de preliminar al poema en una rememoración nostálgica de lo que ya no existía; sólo quedaban restos visibles en las ruinas del campamento y en las huellas dejadas por las caravanas al abandonar el lugar. Estas escenas, que debieron ser muy del gusto del público, se repetían con variantes y servían de prólogo a las mencionadas mu‘allaqāt. Dicha introducción amorosa llamada nasīb, tenía una extensión variable al igual que las otras dos secciones del poema. La segunda parte, el raḥīl, estaba destinada a relatar el viaje del poeta por el desierto y sus vicisitudes, momento que se aprovechaba también para describir paisajes y animales. La tercera, el madīḥ, servía como autoelogio, panegírico o alabanza dirigida a algún personaje conocido o sátira hacia una tribu enemiga. Aunque todas las secciones de estos poemas tienen interés por sí mismas, es la segunda parte la que aquí nos interesa especialmente porque estaba dedicada, por lo general, a relatar algún viaje y por ello se define con un término que surge de la raíz árabe que ilustra la idea de viajar: /rḥl/ de la que se deriva un amplio campo semántico. En esta sección, como ha quedado dicho, las referencias geográficas se centran prácticamente en la mención de topónimos y en la descripción de paisajes de evocación subjetiva que actúan como escenarios ricos en imágenes. Recordando los versos del poeta ğāhilī Labīd Ibn Rabī‘ al-‘Āmirī, en traducción de F. Corriente, leemos: Desvanecido se han las moradas de Minà, casas o campamentos Y asoladas están sus (montañas de) Ġawl y Riġām, Y las torrenteras del monte al-Rayyān, cuyos surcos desnudos, Pelados, son cual escritura confiada a la piedra […] Me detuve a preguntar, mas ¿cómo hacerlo A piedras inmutables, de expresión ininteligible? (Las moradas) han quedado desiertas, tras estar allí todos: partieron de mañana, quedando abandonados su desagüe y su yedra. Las viajeras del aduar me dieron nostalgia al partir, Chirriando las jaimas, ocultas bajo (toldos de) algodón, En cada cubierto palanquín dando sombra a largueros Un brocado, con cendal y cortina, Yendo en grupos, cual si transportaran vacas de Tūḍiḥ O antílopes de Wağra, volviéndose las gacelas (a ver las crías) Pero siguieron adelante y cesó su espejismo, Como en las revueltas sinuosas del (valle) de Bīsha, con sus tamarindos y rocas […] (1974,101-108; 2005). Imru’ l-Qays, quizá el más nombrado de los poetas de la ğāhiliyya expresaba, en versión de F. Corriente: Al alba a menudo, aún en su nido las aves, Voy en un (corcel) ligero, corredor de fieras, recio, Que yendo y viniendo, avanzando y volviendo, Parece una roca que arrastra el torrente: Es bayo: resbala la crin por medio de su lomo, Como la lluvia sobre lisa piedra […] Me senté con mis compañeros, entre Dāriġ Y al-‘Udayb, a buena distancia de mi espectáculo: El aguacero parecía extenderse por la diestra hasta Qaṭan, Y hasta Sitār y Yabul, por la izquierda: El agua comenzó a fluir en torno a Kutayfa,
Fátima Roldán Castro 202 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 Volviendo copa abajo grandes troncos de kanahbal. 1 […] (1974, 71-77; 2005). Antes de la aparición del islam, como se ha dicho, era bien conocido el continuo ir y venir de beduinos y comerciantes por las distintas áreas del interior de la Península Arábiga. Entre los beduinos la hospitalidad y solidaridad se configuraron como virtudes de especial importancia, tanto que se presuponían, de forma que ambas se convirtieron en rasgos fundamentales del carácter de los hombres del desierto: arrojo en la guerra, valor, generosidad y hospitalidad eran algunos de los rasgos que definían al héroe preislámico. La presupuesta hospitalidad en los traslados por largas, cansadas y a veces desconocidas rutas daría al viajero (rāḥil) la tranquilidad de entregarse al destino confiando en hombres y tribus que lo ayudarían a sobrellevar el camino, incluso a sobrevivir en más de una ocasión. Más tarde el Corán al reflejar el modo de vida preislámico consolidó esta cuestión afirmando en materia de solidaridad y amparo que: “Las limosnas son para los indigentes, los pobres, quienes por ellos actúan, quienes tienen sus corazones dispuestos a aceptar el islam; deben darse para el rescate de los esclavos e insolventes, para la senda de Dios y el viajero” (Corán IX, 60). La llegada del islam trajo consigo cambios radicales en la organización de un nuevo estado que a partir de ahora establecería sus cimientos sobre una doctrina también nueva. Ésta rompía la tradicional estructura tribal para sustituirla por otra mucho más abierta, la umma o comunidad islámica, que aglutinaría a miles de personas a través de los siglos, personas que compartirían la conciencia de pertenecer a un marco unitario presidido ya no sólo por unas creencias religiosas sino por un nuevo modo de vida. En poco más de un siglo tras la muerte de Mahoma, los musulmanes habían extendido su poder hasta la península Ibérica por occidente y hasta la India por oriente. La galopante expansión llevada a cabo por los omeyas (661-750), exigió el proceso de organización de un nuevo estado que tuvo como eje esencial la religión islámica y como vehículo de comunicación la lengua árabe. Ésta se convertiría desde entonces en lengua de cultura; en árabe habrían de expresarse los autores del mundo árabe durante toda la edad media e incluso después. Ya en esta etapa al interés por los modelos clásicos se unieron las exigencias de un imperio que precisaba conocer la ubicación exacta de los distintos territorios incorporados al islam así como sus características: relieve, clima, riquezas naturales, peculiaridades culturales, etc. La relación de latitudes y longitudes así como la localización en ellas de los países a lo largo del mundo conocido y en concreto la situación de las tierras del islam, como se ha dicho, tenían relación inmediata con los conocimientos matemáticos con los que también se relacionaba la situación de las constelaciones y estrellas del firmamento. Como consecuencia nacieron la geografía matemática y la cartografía, con obras que respondían por lo general al título kitāb ṣūrat al-arḍ ‘libro que versa sobre la imagen de la tierra’, que iniciaron su existencia y recibieron una especial atención con fines eminentemente prácticos. La astronomía y la geodesia nutrieron estas obras de datos técnicos. En ellas se combinaban la tradición griega, hindú, persa y la árabe clásica. De los griegos tomaron, en concreto de Tolomeo, la tradicional división de la tierra en “climas”, interpretados como siete franjas longitudinales. Dentro de estos climas, algunos eran más apropiados para la vida, por su situación y clima y, por lo tanto, en ellos se encontraba la mayor parte de los territorios habitados, fuera de éstos quedaban las tierras poco o nada conocidas y los lugares inhóspitos. Este tipo de obras se encargó fundamentalmente a funcionarios para uso propio ya que incluían todos los materiales que debían conocer y dar a conocer. Entre los temas más 1 Nota del traductor: “árbol grande de la familia de la encina y el roble.”
Fátima Roldán Castro 203 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 tratados por ellos estaban los relativos a los impuestos, caminos y defensas fronterizas. Pero muy pronto a la compilación de estos datos se unió la tendencia paulatina de sus autores a convertir los datos técnicos en ejemplos de geografía humana con una preocupación cada vez mayor por el hombre y por abandonar la tecnicidad inicial. A este nuevo perfil de la geografía administrativa se sumaba un nuevo objeto de atención en cartografía: la fe islámica, que llevaba ahora a la representación de las tierras habitadas por los musulmanes así como a la localización del centro del mundo en La Meca adonde habrían de dirigirse aquéllos para cumplir su precepto religioso. Dada la amplitud de los territorios del islam, el viaje hasta La Meca podía exigir años de preparación y ejecución. Para cualquier musulmán que previese su traslado hasta el Ḥiğāz, el conocimiento de las vías de transporte disponibles, tanto terrestres como marítimas, le permitía organizar el viaje según sus posibilidades y objetivos. La suplantación de los omeyas por los ‘abbāsíes (750-1258), dinastía que se nutrió de numerosos mawālī o clientes de origen persa, trajo consigo un nuevo e ingente programa cultural que respondió a las propias necesidades gubernamentales. El estado fue conformando poco a poco un denso tejido de exigencias múltiples que tendría gran repercusión en el desarrollo de la geografía del mundo árabe islámico. Aunque la intervención de los omeyas fue esencial en el tema que nos ocupa, con la nueva dinastía la geografía se atendió como materia científica (Maqbul, 590-91). En efecto, el establecimiento del califato ‘abbāsí supuso la apertura de una etapa de esplendor y prosperidad cultural. La actividad científica ya iniciada con los omeyas fue objeto de un desarrollo sin precedentes en el que tuvo especial relevancia la inmensa tarea de traducción organizada y llevada a cabo bajo el auspicio del poder estatal, que deseaba conocer obras importantes escritas en otras lenguas de cultura, algunas muy antiguas, otras contemporáneas. Fue con la llegada al poder del califa Abū Ya‘far al-Manṣūr (753775) cuando comenzaron a encargarse traducciones al árabe de numerosas obras científicas, aunque el verdadero avance se produjo durante el califato de al-Ma’mūn (813833), que fundó el centro de traducción conocido como Dār al-Ḥikma ‘Casa de la Sabiduría’ (Castelló, 485-493), en el que además de organizar una gran biblioteca, reunió un amplio número de traductores de distintos orígenes, buenos conocedores todos de la lengua árabe, bajo la dirección de Ḥunayn Ibn Isḥāq, que además de científico era lingüista, especialista en griego, siríaco, arameo y árabe, física, minería, botánica, astronomía y geografía. Parece obvio pues que el nacimiento de la actividad científica en el islam tuvo gran repercusión en el desarrollo de los estudios geográficos. Aunque los conceptos geográficos más antiguos entre los árabes eran de procedencia babilónica –ya el Corán se hacía eco de ello así como la tradición profética y la poesía preislámica–, la influencia más relevante fue, sin duda, la obtenida del mundo clásico a partir de las obras de Tolomeo. Los conocimientos helenísticos pasaron a la cultura árabe gracias al proceso de traducción mencionado; la mayoría de los autores de obras geográficas siguieron el Almagesto, Las apariciones de las estrellas fijas y el Tetrabiblon de Claudio Tolomeo, obras con perfiles matemáticos y astronómicos. Aunque también influyeron otras obras y autores como la Geografía de Marino de Tiro (ca. 70-130 C.); la Meteorología, la Metafísica y el De Caelo de Aristóteles así como el Timeo de Platón (Delgado, 28-29). De hecho el término ‘geografía’ (ğuġrāfîyyā) fue adoptado y reproducido por los árabes, pero no con el significado global que hoy le reconocemos sino más bien como sinónimo de ‘mapamundi’ o cartografía (González; Pérez). Pero los árabes no interpretaron la geografía como una disciplina única ni delimitada sino distribuida en obras que trataban aspectos parciales, que surgieron atendiendo a necesidades gubernamentales como materias diversas relacionadas entre sí. De hecho, S. Maqbul (599) divide el género geográfico en ocho categorías: cosmología, geografía
Fátima Roldán Castro 204 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 universal, literatura de ziyārāt, diccionarios geográficos, relaciones de viajes, literatura marítima, astronómica y geográfica regional. En cualquier caso, todas las obras que trataban aspectos parciales se habían enmarcado en un género literario abierto a todo tipo de obra escrita que recibía el nombre de adab, en cuya estela figuraban multitud de obras literarias, didácticas, filológicas e históricas que respondían a cierto humanismo imperante en la época (Goldziher, 122-123). El utilitarismo de los estudios geográficos no se detuvo sino más bien se incrementó de la misma forma que el interés por redactar las obras en un estilo literario no sólo asequible sino atractivo. El estado precisaba conocer no sólo la localización de los países sino las vías de comunicación y los caminos que cruzaban el mapa físico de los territorios islámicos cada vez con mayor precisión con el fin de establecer buenas y, en lo posible, rápidas redes de transporte para contingentes militares, para agilizar transacciones comerciales, organizar un sistema eficiente de aduanas y cobro de impuestos, así como un eficaz servicio de correos (barīd), en definitiva, con el fin de diseñar un plano de comunicaciones útil para la correcta administración y para el dominio de los extensos territorios dependientes de la sede central del gobierno. Como respuesta a todas estas exigencias, comenzaron a redactarse obras geográficas que recogieron la información viaria acompañada de datos de interés variable, y que fueron en su mayoría tituladas: Kitāb al-masālik wa-l-mamālik o lo que es lo mismo ‘Libro de los caminos y los estados’. Entre los autores que se dedicaron a redactar obras de este tipo, algunos realizaron viajes de gran envergadura anotando sus experiencias personales a las que sumaban los relatos de otros personajes y/o viajeros que encontraban en sus rutas. Muchos de ellos consultaban también los escritos de geógrafos anteriores o de su tiempo, y siguiendo la información ofrecida por éstos, daban forma definitiva a sus propias obras. El viaje, por lo tanto, fue la fuente de información esencial, aunque con el tiempo la geografía se convertiría en un género sedentario nutrido a partir de la información ofrecida tiempo atrás, por lo que numerosas obras ofrecerían datos anacrónicos con respecto a la época en la que fueron redactadas. Es el caso de numerosas enciclopedias y diccionarios geográficos de época tardía. En lo que se refiere a las fuentes de información de las que partían los geógrafos, ningún texto las describe con mayor claridad que el siguiente expresado por Ibn Ḥawqal: Lo que me impulsó a escribir este libro y a realizarlo del modo en que está hecho arranca de mi fascinación, desde que era joven, por la historia de los países y de mi interés por la situación de las grandes metrópolis. La mayor parte de la información y de las noticias las sacaba de los que viajaban por esos mundos y de los comerciantes, aparte de la lectura de libros sobre el asunto. Cuando topaba con una persona que me parecía fiable y con conocimiento de lo que yo buscaba, tomaba el relato que creía cierto. Luego me lo aprendía de memoria, estudiando los itinerarios y las descripciones. La mayor parte de las noticias no eran exactas, ya que los que me hablaban lo hacían en ocasiones desde la ignorancia. Por ello volvía a requerir la información a una determinada persona comparando con ella lo que me había contado la otra acerca del mismo asunto. Así reunía sus relatos con el de una tercera fuente juzgándolos con imparcialidad; los diferentes testimonios se contradecían y las noticias variaban en gran medida. Esto no hacía sino invitarme a satisfacer mi inclinación hacia los viajes, y a afrontar lo desconocido, a conocer las ciudades, los emplazamientos de las grandes urbes y la distribución de las provincias y comarcas. Nunca me aparté del libro de Ibn Ḫurradāḏbih, ni de al-Ğayhānī, o del relato de Abū l-Farağ Qudāma Ibn Ğa‘far (Ibn Ḥawqal, 329).
Fátima Roldán Castro 205 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 Cuando pasado algún tiempo se fue abandonando el prurito utilitario de la geografía para atender a otros factores, comenzaron a redactarse obras con fines literarios. Así por ejemplo, las obras que trataban a un tiempo de geografía, cosmogonía y astronomía, tenían como principal objetivo proporcionar “bajo una forma sólida y sistemática el conocimiento del mundo al lector medio. Los autores utilizan sin duda fuentes árabes anteriores pero, en su conjunto, los materiales son presentados sin espíritu crítico […], y en ellas se carece del gusto por la investigación” (Maqbul, 599; Delgado, 31). Se trataba de presentar el globo terrestre y dentro de él los países, las ciudades, ríos, montañas… En este ámbito, los distintos autores solían hacer especial hincapié en las maravillas de la Naturaleza o de lo creado por la inteligencia del hombre, así aparecen en niveles similares tanto los fenómenos naturales, bondades de la tierra, la fauna o la artesanía en un largo catálogo que dio lugar a auténticas enciclopedias de conocimiento variado donde lo esencial, como se ha dicho, no era la veracidad de los hechos sino el efecto que producían y la toma de conciencia de lo ínfimo de la naturaleza humana frente a la creación divina. Como afirman R. Blachère y H. Darmaun (279; Delgado, 32-33), los cosmógrafos eran: […] especialistas que se interesaban por todos los fenómenos que se producían en la superficie de nuestro globo y eran, al mismo tiempo, astrónomos, geógrafos, mineralogistas, botánicos, zoólogos y etnógrafos […], eran místicos que se esforzaban sobre todo, por encontrar en el Universo la mano del Creador: sus escritos fueron en este sentido obras edificantes que mostraban la ínfima pequeñez del Hombre en el gran Todo. En estas obras tampoco primaba la originalidad de la información sino que era muy frecuente la compilación e incluso la reproducción literal. Sus autores reseñaban en muchos casos las fuentes de información utilizadas, cosa que proporcionó importantes datos sobre obras que permanecen total o parcialmente perdidas hasta el día de hoy. De lo que no hay duda es que este tipo de obras tuvo gran éxito debido a la inclusión frecuente de ‘ağā’ib o ‘maravillas’, término con el que se designó otro de los géneros literarios relacionados con la geografía, precisamente porque ésta y sus ciencias afines eran las que mejor se adaptaban a su contenido (Delgado, 33; Dubler, 209; Rodinson, 167). En definitiva, se trata de un género literario que es el mejor testimonio de la persistencia de la memoria colectiva de costumbres en la que intervenían el resurgimiento de la cultura antigua y la aportación local. “La perplejidad que causaba la descripción de seres y fenómenos no habituales, extraños a los ojos de cualquier mortal, provocaba también emociones y curiosidades de gran atractivo que en numerosas ocasiones trascendían al ámbito del pensamiento imaginario” (Rodinson, 167-168; González). De los territorios de conjunto del mundo conocido, fueron precisamente los lugares más alejados y las islas, por su condición de tierra rodeada de mar por todas partes, los más proclives a la incorporación de leyendas y relatos maravillosos. Sirva de ejemplo la descripción que hace al-Qazwīnī a propósito de la isla de Wāq Wāq en traducción de M. Delgado: Se encuentra en el mar de China, contigua al archipiélago de Zānağ. El camino que guía hasta esta isla lo indican las estrellas. Algunos dicen que [se trata de un archipiélago de] mil seiscientas islas. Se le puso este nombre porque en ella hay un árbol cuyos frutos tienen la forma de mujeres colgadas de las ramas por sus cabellos. Cuando alcanzan la madurez, se puede oír como dicen: “¡Wâq-wâq!.” Las gentes de esta isla interpretan este sonido como algo de lo que obtener augurios. Dijo Muḥamad Ibn Zakarīyā’ al-Rāzī: “Es un país que tiene mucho oro, hasta el punto de que sus habitantes fabrican las cadenas de los perros y los collares de los monos con este metal. También confeccionan sus túnicas de hilo de oro.” Dijo
Fátima Roldán Castro 206 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 Mūsā Ibn al-Sīrāfī que él estuvo en la isla y que la gobernaba una mujer. La vio en un trono, desnuda, con una corona sobre su cabeza y rodeada por cuatro mil sirvientas desnudas y núbiles” (Al-Qazwīnī trad. Delgado, 120-121). Al-Andalus por su condición de lugar limítrofe situado en el extremo del mundo conocido, acogió numerosas historias y leyendas que habrían de relacionarse con sus habitantes y con su territorio, algunas habían sido acuñadas en el ámbito del Mediterráneo, incorporadas ahora con leves variantes, otras transportadas desde oriente (Hernández Juberías, 249-254). A menudo los geógrafos y viajeros incorporaron en sus obras referencias que respondían a esa literatura de ‘ağā’ib (‘maravillas’) que tanto éxito tenía en la época por su atractivo y singularidad. Los viajes marítimos, aunque no tan frecuentes, también protagonizaban historias fantásticas cuya inclusión se justificaba por el tono dramático con el que éstos solían expresarse debido a las dificultades y a los peligros que acechaban a los que viajaban por mar. Tras al-Andalus, situado en el extremo del mundo conocido, se hallaba el ‘mar de las Tinieblas’, baḥr al-Ẓulumāt, oscuro y misterioso tal como lo describía al-Qazwīnī en el siglo XIII: Al-Andalus está circundada por el mar Negro, al que también llaman mar de las Tinieblas (océano Atlántico), que baña la península por el norte y el oeste (…) Este mar es del color de la tinta, aunque si coges un poco de agua en un recipiente no ves la negrura (Al-Qazwīnī trad. Roldán, 102-103). El Mediterráneo, en cambio, se asimiló tradicionalmente con la idea de comunicabilidad, el mar interior a través del cual se conectaba al-Andalus con el resto del mundo islámico; se le definía como ‘mar Blanco’, baḥr al-Abyaḍ. El trasiego por el Mediterráneo y el hecho marítimo en sí se asimilaron preferentemente a este mar, ya que el Atlántico por sus características fue transitado en menor medida. Las fuentes informan al respecto y son algunos los viajeros que relatan la navegación por las costas occidentales de al-Andalus y del norte de África (Vernet, 1989; Lirola, 1990; Picard, 1997, 2000). Entre las referencias al Océano, sirva como testimonio el texto de al-Ḥimyarī (s. XIV): [Océano] es uno de los nombres del mar de las Tinieblas (baḥr al-Ẓulumāt) y al que se le llama también el mar Verde (al-baḥr al-aḫḍar) y el Circundante (alMuḥīṭ), al que no se le conoce límite ni se sabe su extensión, y en el que no hay animales. Es el mar del que sale el Mediterráneo (baḥr al-Rūmī), que es el mar de Siria, Egipto, el Zagreb y al-Andalus. Este último es un golfo que sale de aquél. El andalusí Ḫašḫāš, uno de los fityān de Córdoba, arriesgó su vida con un grupo de jóvenes de la misma ciudad, pues embarcaron en unas naves que habían preparado y penetraron en este mar, por el que se ausentaron durante algún tiempo. Más tarde volvieron con abundante botín y noticias que fueron renombradas. Pero solamente se navegaba en este mar por la parte contigua a occidente y al norte, es decir, desde los confines del país de los negros (bilād al-Sudān) hasta Bretaña, que es la mayor isla que hay en el extremo norte. En él [este mar] hay seis islas, en frente del bilād al-Sudān, llamadas “las eternas (al-Ḫālidāt). Nadie sabe lo que hay más allá (Al-Ḥimyarī trad. Lirola, 261-262). Para cualquier viajero, el conjunto de la ecúmene se concebía distribuido en tres grandes grupos: los territorios que pertenecían al islam, el resto de la tierra habitada, y la tierra deshabitada (Paradela, 7). Desde oriente, al-Andalus era el estado más alejado del conjunto de la Dār al-Islam, situado en el extremo occidental, y la costa norteafricana era el espacio territorial más cercano separado de la península Ibérica por el mar Mediterráneo. En líneas generales el
Fátima Roldán Castro 207 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 norte de África y el actual Túnez más al-Andalus constituían el espacio que se denominaba al-Magreb ‘occidente’; desde Egipto hasta los países islámicos no arabófonos se extendía al-Mašriq ‘oriente’. Para los orientales, los países de lo que hoy es Europa occidental eran menos conocidos que los de oriente y más misteriosos. A la hora de narrar historias sobre éstos, los viajeros unían a su experiencia personal los datos de que disponían sobre los territorios que habían conocido e incluso de aquellos que nunca visitaron (Paradela, 7-9). Un sistema de enseñanza superior Desde muy pronto en el mundo árabe se impuso un sistema de enseñanza superior con requisitos y características especiales. Los estudiosos de las ciencias islámicas (fī ṭalab al-‘ilm) que comenzaban su andadura con los maestros de su país de origen, tenían la necesidad y obligación de continuar la formación con los grandes sabios maestros de su época, que impartían docencia en las mezquitas aljamas de las urbes más importantes del momento. La relación directa entre maestros y discípulos se hizo imprescindible, de manera que la mayoría de los estudiosos iniciaba un largo viaje cuyos propósitos básicamente se centraban en realizar la peregrinación a La Meca y la búsqueda del saber. Estos sabios y estudiosos nutrieron un grupo social de élite, el de los ulemas, que en definitiva eran los mantenedores de las bases ideológicas del islam en cuanto a que ejercían como jueces, jurisconsultos, almotacenes, y docentes especialistas en varias disciplinas relacionadas con la religión islámica y con la sagrada lengua del Corán, esto es: gramática, historia, literatura, leyes, tradiciones islámicas, entre otras. Solían presentarse como individuos de comportamiento ejemplar, piadosos, de gran generosidad, entregados a su obligación, musulmanes modélicos cuyas vidas mostraban verdaderos ejemplos dignos de emulación. Para cualquiera de estos estudiosos viajeros las urbes de mayor importancia en la Edad Media ofrecían atractivos múltiples y todas ellas, desde al-Andalus hasta oriente, disponían de una red nutrida de servicios de albergues urbanos (funduq) y alojamientos situados en los caminos o caravasares (ḫan) donde se ofrecía la posibilidad de alojamiento para los comerciantes y viajeros así como el almacenamiento de mercancías y atención a los animales de carga y transporte. El derecho islámico muestra una amplia casuística al respecto e informa a propósito de cobros de impuestos, contratos de alquiler de animales y servicios variados (Chalmeta, 97-107). Los viajes en busca del saber establecieron vías esenciales de transmisión tanto de conocimientos como de obras. Para los andalusíes oriente significaba el centro cultural del mundo de entonces y a la inversa, desde oriente visitar al-Andalus también era objetivo de especial importancia. Todo ello dio lugar a que numerosos personajes más o menos conocidos iniciaran este viaje como exigencia vital, llevándolo a cabo incluso varias veces en la vida. Estos viajeros tenían intereses, por lo general, similares y, aunque su formación también era semejante, cada uno de ellos destacaba en diferentes ramas de las ciencias islámicas como literatos, especialistas en tradiciones, poetas, lingüistas, jurisconsultos, etc. Afirma M. Marín (1995, 123-130), además que dichos perfiles subraya[n] los diversos niveles en los que puede situarse el testimonio del viajero. Un viaje es antes que nada un traslado de la mente del personaje que registra novedades y coincidencias con su paisaje mental y físico habitual. Es un catálogo de contrastes que se enjuician y valoran mientras que el viajero se va ajustando lentamente en su comportamiento y en sus apreciaciones a la transformación del entorno (Marín 1992, 1997; Fórneas, 131-147; Urvoy 1978, 1990).
Fátima Roldán Castro 208 ISSN 1540 5877 eHumanista/IVITRA 6 (2014): 200-217 Y como todos estos viajeros no pertenecían a grupos sociales de élite ni poseían fondos suficientes para sufragar los gastos que suponía mantenerse ellos mismos e incluso mantener a quienes a veces los acompañaban, solían recurrir a los sistemas organizados a tal efecto, alojamientos subvencionados con fondos públicos o mediante donaciones piadosas que atendían las necesidades mínimas de alimentación y vestido de los que viajaban y también de los necesitados. La razón de dicha atención se fundamentaba en la conciencia de hermandad entre musulmanes que se remonta a aquella hospitalidad y solidaridad de grupo de la que hacían gala los árabes preislámicos, disposición que, como se ha subrayado, pasó al islam y se mantuvo firme a través de los tiempos. En ocasiones estos estudiosos se alojaban en casa de ulemas que ejercían como maestros, cadíes o personajes del ámbito de la cultura, que ofrecían la posibilidad de convertir su domicilio en lugar de acogida y que con ello tenían la conciencia también de haber actuado de acuerdo a unos principios morales de los que eran ejemplo (Chalmeta). Fueron muchos los ulemas que compusieron diccionarios biográficos en los que recogieron amplias listas de estudiosos y sabios de interés, unos de mayor renombre que otros, pero todos merecidamente incluidos en dichos elencos. En su conjunto se trata de obras sin la menor pretensión estética ya que su finalidad no era relatar el viaje en sí sino más bien reflejar la progresiva formación intelectual. En esencia se trataba de conservar las biografías y la especialidad de cada uno de los biografiados con el fin de mantener vivo el sistema de transmisión del saber, conservar los nombres y las cadenas de maestros y, de manera especial como ya se dijo, para definir comportamientos intachables que cualquier ulema habría de imitar. En todas las biografías se mencionan viajes tanto por el interior del país de origen y/o de los territorios adyacentes, como hacia el exterior. La relación entre maestros y discípulos establecía el nivel de autoridad del personaje biografiado y le otorgaba un especial reconocimiento en el caso de haberse formado con los sabios de mayor reputación de la época. La relación de las ciudades más importantes, la actividad cultural de unas ciudades frente a otras, discursos de maestros, debates, diálogos y encuentros entre sabios, son algunos de los datos que ofrece esta literatura singular. Cada estudioso que viajaba añoraba conseguir el reconocimiento de su saber y su capacidad para ejercer como docente, para ello alguno de sus maestros debía concederle la iğāza, licencia que lo capacitaba para tal actividad y que por lo tanto, justificaba de nuevo el esfuerzo que exigía el viaje en sí. El viaje como motivo literario Aparte de esta literatura onomástica también fue consecuencia directa de dichos viajes piadosos y de aprendizaje, la aparición en el occidente musulmán, sobre todo a partir del siglo XII, de un género original, el relato de viaje propiamente dicho o riḥla. En un principio sólo transmitía información sobre los lugares de destino de los viajeros y los nombres de los maestros, sin embargo el diario de viaje surgió en al-Andalus en una época en que el occidente musulmán se unificaba primero bajo los almorávides y más tarde bajo los almohades. Aunque la producción de diccionarios biográficos había sido prolífica desde el siglo X, nunca hasta entonces se redactaron tantas obras de este tipo. En lo que se refiere a los libros de viaje, la mayoría de sus autores plasmaron en ellos todo lo visto y vivido aunque alternando siempre la objetividad con la apreciación subjetiva, de forma que estos libros van a mostrar un indudable matiz biográfico. Los motivos para emprender el viaje podían ser múltiples: desde el interés por conocer mundo a intercambios comerciales, razones de índole diplomática, asilo político o espionaje entre otros, (Makki, 5-23), pero por lo general la peregrinación y la búsqueda del saber fueron los móviles que actuaron con mayor fuerza al menos según quedó explícito en la mayoría de obras de este tipo.
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