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A crua palavra: Una conversación con Marcelo Dascal : [Prefacio]

Navarro Reyes, Jesús

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Prefacio ¿Por qué usamos el lenguaje al pensar, si nadie nos oye? ¿No debería de estorbarnos toda esa cháchara, al no estar cumpliendo ninguna función comunicativa dentro de nuestra mente? ¿Para qué decirse a uno mismo lo que se está pensando, si uno ya lo sabe? ¿Cumple ahí el lenguaje únicamente una función instrumental? ¿Sería, entonces, idealmente prescindible, como son prescindibles ciertas herramientas para el artesano experimentado, o el ensayo para un actor con suficientes tablas? ¿Sería acaso posible pensar sin usar en absoluto el lenguaje? ¿Pensar racionalmente, al modo como lo hacemos, cabe esperar, los seres humanos? Ésta es una de las muchas cuestiones que ha tratado Marcelo Dascal en sus numerosos escritos. Pero no creo que sea una cuestión más, sino quizás II Prefacio una de las centrales, de las que articulan muchos otros temas en su pensamiento. A la disciplina que estudia cómo usamos el lenguaje en esos procesos mentales el propio Dascal la bautizó con el nombre de psicopragmática. Lo más interesante de esta pragmática del lenguaje mental es que no sólo nos muestra cómo, al pensar, utilizamos el lenguaje, sino que pone de manifiesto hasta qué punto esos usos constituyen el proceso mismo del pensamiento. Pensar, al modo como nosotros, seres humanos, lo hacemos, es, en buena medida, usar el lenguaje de un determinado modo. Y, por mucho que los empleemos en nuestro foro interno, esos usos proceden del exterior, del contexto social en el que los hemos adquirido, y hacia el cuál dirigimos los productos de nuestras cogitaciones, en forma de actos de habla. Y, al introyectar ese lenguaje, nos dejamos constituir por las normas del contexto social del que ese lenguaje procede: por sus reglas y por su modelo de racionalidad. Ser un sujeto racional es, desde esta perspectiva, haberse dejado atravesar por unas normas de racionalidad que proceden de esos usos lingüísticos intersubjetivos. Pensar racionalmente es, al menos hasta cierto punto, saber hablar bien con uno mismo. Conversar con aquellos con los que estamos de acuerdo es sin duda una actividad agradable y III Prefacio placentera, pero en esos casos el lenguaje está, por así decirlo, infrautilizado. Cuando la comunicación únicamente pone de manifiesto el acuerdo, o se limita a la transmisión no problemática de información, no pone en práctica el aspecto más poderoso del lenguaje, pues no responde a su finalidad más exigente, que es precisamente la de permitirnos dirimir aquellas ocasiones de conflicto, enfrentamiento y discordancia que se dan entre nosotros. Ahora bien: estas situaciones de desacuerdo interpersonal pueden ser de distintos tipos. Hay discusiones bien encauzadas, que suelen encontrar solución mediante la aplicación de reglas más o menos explícitas: normas aceptadas por ambos contendientes, cuya aplicación los pone en el camino de una resolución determinante. Hay también disputas donde falta ese acuerdo de base acerca de las normas a aplicar, y estos enfrentamientos corren el riesgo de enquistarse, convirtiéndose en ‘diálogos de sordos’ o en enfrentamientos enconados en los que el lenguaje se atasca, la comunicación termina siendo imposible, y se impone el desacuerdo. Una de las aportaciones más interesantes que ha realizado Dascal en su dilatada carrera es haber señalado la necesidad de una tercera categoría, la de las controversias, que no es una mera mezcla de las dos anteriores, ni un estadio intermedio, sino que posee IV Prefacio una naturaleza propia, cualitativamente distinta, que exige ser considerada de un modo particular. Una controversia no es una discusión, pues no cabe esperar que avance hacia ninguna solución mediante la aplicación más o menos mecánica de ciertas reglas de razonamiento; pero tampoco es una pura disputa, pues aún es posible apelar a cierta razonabilidad en el proceso de la negociación lingüística. Eso sí: si cabe hablar aquí de algún tipo de razón que evite la caída de la categoría de las controversias en la de las disputas, esa razón habrá de ser blanda, maleable, versátil, flexible. Si el único modelo de razón del que disponemos es el de la razón determinante e inflexible que rige las discusiones ortodoxas, la categoría de las controversias perderá su rasgo definitorio. Sólo nos quedarán tonos de gris entre la razón pura, categórica y cerrada, y la sinrazón, la incomunicación y el desencuentro. Reivindicar una categoría propia para la controversia es, de este modo, reivindicar el color para los enfrentamientos humanos, frente al mundo en blanco, negro y tonos de gris, al que parece abocarnos la cerrazón racionalista. Entre esta teoría de las controversias y la disciplina de la psicopragmática —dos de los logros más sustanciales de la extensa producción de Marcelo Dascal— surge una imperiosa necesidad V Prefacio de articulación. De la teoría de las controversias emerge un modelo de razonabilidad distinto de la racionalidad del cálculo y de la lógica pura: una razón blanda, consciente de sus propias limitaciones, abierta siempre, constitutivamente, a la posibilidad de que sea el otro, en última instancia, quien lleve la razón. Y lo más sugerente de este modelo de racionalidad es que no sólo ha de aplicarse en particular a cierto tipo de intercambios sociales, a saber, las controversias, sino que de algún modo está destinado a orientar también nuestro propio pensamiento. Ser un sujeto razonable en el pensamiento, en la palabra y en la acción, es saber encontrar esa vía intermedia entre el cálculo cerrado racionalista y la arbitrariedad irracional: una alternativa que permita, por decirlo con la expresión de Ricoeur, tomarse a sí mismo como otro. Pero, y esto es lo crucial, ese otro que uno es para sí mismo no habrá de ser como el interlocutor de una discusión, ni como el de una disputa, sino como aquél con quien nos embarcamos en una controversia. La propuesta de una racionalidad blanda, flexible y maleable, no puede dejar de recordarnos al discurso llamado posmoderno, en la línea del pensiero debole, lo cual da la impresión de abocarnos al relativismo y a la apología del todo vale. Lo característico de la VI Prefacio aportación de Dascal es que precisamente procede del ámbito opuesto, y por ello parece escapar a esos extremos: es un afamado especialista en Leibniz —paradigma del modelo fuerte de racionalidad—, y ha desarrollado la mayor parte de su importante aportación en la intersección entre pragmática y ciencias cognitivas. Una descripción formal de este itinerario lo mostraría por tanto muy alejado de ese planteamiento posmoderno. Y es que Dascal no ha atacado el modelo fuerte de racionalidad, por así decirlo, desde fuera, pertrechándose en lo otro de la ciencia —a saber: la literatura, el arte, o incluso el discurso metafísico o posmetafísico—, sino que lo ha hecho desde dentro, tanto desde un planteamiento histórico como desde uno teórico o sistemático. Desde el histórico, ha mostrado que la tradición racionalista incluía ya, al menos en Leibniz, esta incitación a la razonabilidad como inseparable compañera de la racionalidad fuerte. Y, desde el teórico, ha señalado que un estudio científico y riguroso del uso del lenguaje en los procesos de pensamiento y en las relaciones sociales exige tomar en consideración modelos de razonamiento distintos del mero cálculo determinista. La aportación de Dascal durante las últimas cuatro décadas ha sido enormemente valiosa, no sólo por estas líneas que acabo de esbozar, sino VII Prefacio también por muchas otras, cuya amplitud resulta desconcertante. Por ello acepté sin dudarlo la propuesta de Giovanni Scarafile de traducir al castellano y prologar este libro. Un pequeño acto de agradecimiento a Marcelo Dascal por haber abierto caminos por los que algunos quisiéramos transitar en el futuro; caminos que probablemente ni siquiera habríamos intuido, de no ser porque alguien desbrozó el bosque y nos señaló que estaban ahí para seguirlos. Sevilla, 29 de enero de 2011 Jesús Navarro Reyes