Conversación con...Angeles Galino Carrillo, historiadora de la Educación
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CONVERSACIÓN CON… ÁNGELES GALINO CARRILLO HISTORIADORA DE LA EDUCACIÓN Talking with… Ángeles Galino Carrillo Julio RUIZ BERRIO y Consuelo FLECHA GARCÍA Universidad Complutense y Universidad de Sevilla Fecha de aceptación de originales: julio de 2007 Biblid. [0212-0267 (2007) 26; 519-538] CON UNA VIDA LARGA, llena de realizaciones en diferentes ámbitos de actividad, pero muy especialmente en el universitario, Ángeles Galino Carrillo (Barcelona, 17 de agosto 1915) no sólo es la primera persona que obtiene una Cátedra de Historia de la Educación en España, y la primera mujer en ocupar una cátedra universitaria por oposición libre —el nombramiento de Emilia Pardo Bazán en 1916 para una especial del periodo de Doctorado lo fue en virtud de sus méritos literarios—, sino que desde ella ha sabido ser maestra de saber y maestra de vida para sucesivas generaciones de estudiantes y de profesionales de la educación. Considerada en España como una de las personas más representativas de los estudios de Historia de la Educación, se la reconoce por su buen hacer y por su participación decisiva en el desarrollo de esta disciplina —docencia e investigación—, de su presencia en los planes de estudio de Pedagogía y de las Escuelas Normales, de la ampliación de sus plantillas docentes. Ahora, cuando todas las Facultades de Educación de las universidades españolas disponen ya de una o varias Cátedras de Historia de la Educación, podemos recordar su contribución, de diferentes maneras pero sin duda significativa, al crecimiento experimentado durante los años en que empezaron a ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ISSN: 0212-0267 3. CONVERSACIONES 3. Conversations 2006
crearse las primeras cátedras; la más importante, apoyando la formación de personas que han ejercido y ejercen la docencia universitaria y que reconocen su magisterio. De ahí que con la conversación que ha aceptado mantener para su publicación en Historia de la Educación, esta revista quiera manifestar su reconocimiento a una trayectoria de dedicación a la enseñanza de esta disciplina, y a líneas de investigación que han abierto nuevos campos teóricos y favorecido la mejora de prácticas educativas. Y lo ha hecho desde planteamientos abiertos a distintas perspectivas en el estudio de cada una de las temáticas, lo que puede comprobarse, por ejemplo, en sus trabajos sobre los pensadores más influyentes de la Ilustración en España. Con rigor científico, exigencia metodológica, destacando las posibilidades que ofrecía a la historia de la educación el detenerse en nuevas fuentes, dando un enfoque a las cuestiones amplio y actualizado, señaló un camino para futuras investigaciones, y se convirtió en referencia de respeto a lo que requiere aplicar las últimas técnicas disponibles en la indagación histórico-pedagógica. Ha integrado en su compromiso intelectual actividad docente e investigadora, elaboración de análisis e impulso a innovaciones pedagógicas, dirección de centros e instituciones educativas, responsabilidad en la gestión de políticas educativas, iniciativas para la formación del profesorado, e implicación directa en diversas e importantes cuestiones pedagógicas. Actuaciones que desbordan el campo histórico-educativo, pero que tampoco son ajenas a él; las relacionadas con la educación personalizada, la programación y la evaluación educativas, los modelos de formación del profesorado, la condición social de las mujeres, la educación en valores, la educación intercultural, educación y ciudadanía, distintas dimensiones que afectan a la calidad de la enseñanza, etc. Es autora de numerosos libros y de varios centenares de artículos sobre educación y pedagogía, a los que hay que seguir acudiendo para profundizar en determinados temas; conferenciante en innumerables encuentros científicos y congresos nacionales e internacionales; profesora invitada en numerosas universidades de Asia, América y Europa; Doctora Honoris Causa por las Universidades Santo Tomás de Manila (Filipinas), Comillas (Madrid) y Jaime I (Castellón). Académica de Número de la Real Academia de Doctores, y Académica Correspondiente de la de Ciencias Morales y Políticas. Ha sido impulsora de ese movimiento de innovación y renovación pedagógica que no ha dejado nunca de ocupar a quienes creen en la educación, y que Ángeles Galino suscitó y alentó en la Escuela de Formación del Profesorado de Enseñanza Media, y desde el Ministerio de Educación como Directora General de Enseñanza Media y Profesional primero, como Directora General de Ordenación Educativa después, años en los que se redacta el Libro Blanco de la Educación en España y se elabora y aprueba la Ley General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa; desde el CENIDE como Presidenta del Patronato de lo que fue el Centro Nacional para la Investigación y el Desarrollo Educativo; desde el Consejo Nacional de Educación; desde el Instituto de Estudios Pedagógicos Somosaguas; desde la Fundación Santa María, y otras entidades. Todo ello, con el plus de sentido y de significado que siempre ha dado a cada relación personal, a cada circunstancia y a cada acontecimiento; con la voluntad de servicio puesto en tantas causas nobles que nunca la sorprenden ausente; con el estímulo, el apoyo y la ayuda que ha ofrecido a quienes se han acercado a ella en ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 520 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
su tarea profesional. Vocación de educadora y vocación de historiadora, estudiosa de pensamiento abierto y universal, que ha sabido poner a la persona en el centro del proceso educativo. Una de sus alumnas, profesora de la Universidad Jaime I de Castellón, la recordaba así en el acto de concesión del Doctorado Honoris Causa: Como profesora, sus clases destacaban por el atractivo en la presentación de los temas históricos, en los que la atención a los hechos, causas, circunstancias y consecuencias, así como a las enseñanzas que se podían extraer del pensamiento de los autores más representativos de las distintas teorías pedagógicas, eran una incitación a la reflexión y a la formación de la conciencia personal e histórica. Con sus exposiciones desarrolló en sus alumnos el gusto por la Historia, y suscitó el interés por la profundización en los temas, la lectura directa de los textos y la toma de postura en torno a las teorías y acontecimientos educativos. De mi época de alumna recuerdo su gran preparación, su profundo conocimiento de las cuestiones, su amplia cultura y capacidad de situar los hechos educativos en contextos más amplios, su facilidad y brillantez expositiva, su buena disposición en la relación con sus alumnos, y la simpatía y afecto que en ellos generaba. Buena parte de su alumnado nos sorprendíamos de cómo cuidaba la preparación de las clases, de los contenidos eruditos y actualizados que transmitía, de la renovación del programa que presentaba cada curso, de sus exposiciones claras, sugerentes, entusiastas, de la atención personalizada que nos hacía sentir, de los incentivos que utilizaba para llevarnos a las fuentes de la disciplina, al contacto directo con las obras y a su lectura desde el contexto en el que fueron escritas, pero en diálogo con el presente. Estos testimonios guardan relación con lo que en otros momentos se ha recordado, que bajo su dirección se elaboraron más de doscientas cincuenta Memorias de Licenciatura y en torno a veinticinco Tesis de Doctorado, en unos años en los que el atractivo por la historia no estaba precisamente vivo entre el alumnado de Pedagogía. Sin embargo, sus clases, los seminarios que organizaba, los cursos de doctorado que impartía, y su misma referencia como investigadora, lograban despertar intereses y ganar voluntades. Su carrera como profesora universitaria la inicia en 1945 en la Universidad de Madrid, en la que ejerció hasta su jubilación. En 1946 se encarga de dirigir la sección de Historia de la Educación del Instituto de Pedagogía San José de Calasanz —del que fue secretaria— en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Es socia fundadora de la Sociedad Española de Pedagogía en 1949, un año después de la Sociedad Internacional de Estudios e Investigaciones Pedagógicas PAEDAGOGICA, en 1968 del Instituto de Estudios Pedagógicos Somosaguas, en 1974 de la Sociedad Española de Pedagogía Comparada, en 1979 de la Internacional Standing Conference for the History of Education, en 1989 de la Sociedad Española de Historia de la Educación, además de pertenecer a la Association Mondiale de Sciences de l’Éducation. Esta presencia en sociedades científicas y los numerosos viajes fuera de España, le permitieron el contacto y las relaciones con profesorado y realidades educativas de otros países, sobre todo de Europa y de América; una mirada y una apertura internacional que a la vuelta difundía, pues la pedagogía que entonces se conocía en España estaba muy necesitada de ese contraste. ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 521 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
La madurez de pensamiento y de acción que sigue acompañando a Ángeles Galino es fruto de la exigencia profesional que siempre ha demostrado; de hecho el paso de cada año por su vida es testigo de alguna nueva contribución suya a ese fecundo y buen hacer en el campo de la Historia de la Educación en particular, y en el de la Educación en general. La observación atenta del presente y de su incidencia en el futuro la llevan a acertar en el interés de los temas que estudia, en la proyección social de los mismos. Un trabajo intelectual que sabe hacer compatible con su habitual naturalidad y su relación cordial y cercana. Dra. Galino, Vd. es la decana española de los historiadores de la educación, lo que de por sí hace muy interesantes sus opiniones en esta revista. Pero hay algo que les da aún más valor, su condición de maestra de historiadores, ya sea de modo directo o indirecto. Por ello solicitamos de su amabilidad que conteste a unas cuantas preguntas que creemos interesan a nuestros lectores, preocupados por la historia de la Historia de la Educación y/o por su magisterio personal. Si le parece, podemos empezar por sus años de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Vd. misma ha contado alguna vez cómo un día descubrió la gran personalidad de María de Maeztu, al entrar en un aula que vio abarrotada de alumnos. ¿Fue ella su profesora de Historia de la Pedagogía, como se denominaba la asignatura entonces?... Si no fue así, ¿quién le dio clase de tal materia?... ¿Qué recuerdo guarda de esa persona?.... ¿Cómo influyó en Vd.?... Bien. El recuerdo que guardo de María de Maeztu es el de mi primer encuentro con la historia de la educación. Paseando por uno de los corredores del histórico edificio en el que funcionaba la Facultad de Filosofía y Letras, me fijé en una puerta abierta de la que con cierta libertad entraban y salían estudiantes. Al llegar a su altura me asomé, y al observar que era María de Maeztu la profesora que impartía la clase en aquella aula tan concurrida de estudiantes, decidí sentarme en uno de los bancos y escuchar. El tema que estaba explicando trataba sobre la Revolución francesa. Con especial atención fui aprendiendo cómo los planteamientos de ese acontecimiento decisivo en el discurrir histórico, en su opinión hundían sus raíces en valores que pertenecían a la herencia del cristianismo. Éste fue el único contacto con María de Maeztu porque Historia de la Pedagogía pertenecía al plan de estudios de la Sección de Pedagogía y lo que yo estudié antes de 1936 fueron asignaturas correspondientes a los Estudios Comunes; esos en los que se adquiría la buena formación humanista que se había diseñado como base para el paso a cualquiera de las Secciones en las que se dividía la carrera de Filosofía y Letras. Ése fue el encuentro que tuve con aquella mujer de saber y de prestigio que trabajaba para hacer posible eso que tantas mujeres jóvenes de entonces deseábamos: dedicarnos con seriedad al estudio y orientar nuestra vida contando con una formación que nos abriera posibilidades más amplias de presencia en la sociedad. Ella continuaría enseñando historia de la educación en la cátedra de la Universidad de Buenos Aires que ocupó hasta el momento de su jubilación. Tuve un muy buen profesor de Historia, don Antonio Ballesteros Beretta, esposo de la historiadora doña Mercedes Gaibrois Riaño. Precisamente estando yo en la Facultad, en 1935, se produjo su ingreso en la Academia de la Historia, la ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 522 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
primera mujer que entraba; lo hizo con un discurso sobre «Un episodio en la vida de María de Molina», reina sobre la que publicaría un libro al año siguiente. Especialista en la Baja Edad Media, ella es la autora de la monumental obra Historia del reinado de Sancho IV de Castilla, además de otros muchos trabajos, entre los que ahora quiero recordar algunos de los que dedicó a historia de mujeres. Por ejemplo, sobre Sor Ágreda y Felipe IV, sobre varias reinas —Isabel la Católica, María de Hungría, las cuatro esposas de Felipe II, las infantas hijas de Jaime I de Aragón—, y también sobre la presencia de la mujer en la conquista de América. En 1956 participó con una conferencia en el homenaje a la memoria de su amiga María Goyri de Menéndez Pidal. También fue profesor mío, de Lengua y Literatura, Luis Morales Oliver, un docente muy documentado que tenía la gracia de interesarnos; expresivo, utilizaba la pizarra. Consultábamos una Antología de la Literatura Española de varios autores —uno de ellos González Palencia— en donde creo fue la primera vez que leí algo de María de Zayas. Yo había terminado la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de San Sebastián en 1934 y fui a Madrid al comenzar el nuevo curso para preparar el examen preparatorio exigido por la normativa para el ingreso en la Facultad de Filosofía y Letras, con la finalidad de estudiar en la Sección de Pedagogía que, como es bien conocido, se había creado sólo dos años antes, siendo ministro de Instrucción Pública Fernando de los Ríos y decano de la Facultad Manuel García Morente. Se imaginan que ir a estudiar a Madrid fue para mí, en primer lugar, cumplir un deseo que tenía y que mis padres apoyaron; además, entrar en un círculo de relaciones más amplio, con posibilidades más abiertas; encontrarme en un ambiente en el que se impulsaba la cultura de las mujeres, en el que se nos alejaba del miedo al conocimiento y a la ciencia. Vivía en una Residencia de Universitarias, en la calle La Alameda, y frecuentaba la «Liga Femenina de Orientación y Cultura», en la calle del Carmen 36, dos lugares en los que se contagiaba la ilusión por estudiar y aprender. No me faltaba entusiasmo; leí entonces una carta en la que Pedro Poveda decía a las universitarias: «Me preguntáis ahora qué podéis hacer, vosotras podéis conquistar el mundo, ni más ni menos». En julio de 1936 me presenté en Madrid a los Cursillos de Selección del Magisterio; los que se interrumpieron. Estábamos en el aula esperando a que nos repartieran el examen, y cuando el presidente, el profesor Narciso Aloguin, estaba mostrándonos el sobre que contenía las preguntas, y lo movía, se levantaron varios chicos que se lo quitaron de las manos. Se organizó el jaleo consiguiente, suspendiéndose el examen. Una interrupción inesperada. Hasta 1940 no volví a presentarme. Cuando retomé los estudios universitarios en 1939 en la misma Facultad de Filosofía y Letras, se había promulgado una normativa que permitía la organización de cursos breves que eximían de la escolaridad para hacer los exámenes, tanto intermedio como final. En mi caso, había cursado ya asignaturas de los estudios comunes de la carrera, y me acogí a ese sistema después de la interrupción obligada, y por la necesidad de comenzar la actividad profesional, examinándome de todas las materias establecidas durante el curso 1939-1940. En la memoria tengo el recuerdo de innumerables exámenes y, en verdad, de no muchos profesores por la rapidez con que transcurrían las clases de una y otra asignatura. La novedad que ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 523 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
el plan de 1932 había introducido de evitar el fraccionamiento arbitrario de los saberes suprimiendo, en lo que fuera posible, el concepto de asignatura, y los exámenes parciales, tuve la ocasión de vivirla con intensidad. Nos hicieron al final una serie de pruebas orales y escritas, con Tribunal, además de tener que explicar una lección. Aquí conocí a Víctor García Hoz, pues formaba parte de ese Tribunal. La profesora de Paidología, doña Carmen Gayarre Galbete —que después crearía junto a su marido la Fundación Gil-Gayarre de atención a personas con discapacidad intelectual, todavía funcionando—, y el profesor don Juan Zaragüeta, son a los que más recuerdo. Bueno, también a don Manuel García Morente, a Anselmo Romero Marín, a Francisco Carrillo; tuve más, pero se me han olvidado. En el caso de Zaragüeta, porque con él ya había tenido un contacto puntual al llegar a Madrid desde San Sebastián, ciudad en la que residía mi familia, cuando solicité una beca de estudios y él fue el encargado del examen que teníamos que superar para concederla; yo recibí media beca. A partir del curso 1945-46 entró Vd. como Profesora Ayudante y Encargada de curso de «Historia de la Pedagogía» e «Historia de la Pedagogía española» en la misma Facultad en que había cursado la carrera de Pedagogía. En aquella España autárquica y de posguerra, según algunas declaraciones suyas, sufrió una «vivencia de orfandad en muchos órdenes». ¿Podría indicarnos cuáles fueron las mayores dificultades para disponer de libros y documentos que permitieran una didáctica moderna de su materia o bien que permitieran llevar adelante las investigaciones pertinentes en el caso de una historiadora?... Pues sí, en una España donde tantas cosas tenían que ser reconstruidas, donde otras se habían perdido, donde importantes ausencias familiares pesaban sobre mí, no faltaron dificultades junto a posibilidades que indudablemente también se me abrían. Las mayores dificultades tuvieron que ver con que muchísimas bibliotecas y fondos documentales se habían destruido; faltaban materialmente los recursos historiográficos. Yo estaba relacionada con personas que me podían enviar algún libro de los que me interesaban desde otros países, bien de Europa, bien desde América, especialmente de Argentina y México. La falta de libros propios se compensaba con que podía dedicar cierto tiempo a visitar y estudiar en bibliotecas de Madrid: la Nacional, la del Ateneo, la del Museo Pedagógico, cuya biblioteca recogió el Instituto de Pedagogía San José de Calasanz, y en otra bastante buena biblioteca de una residencia universitaria a la que acudía con frecuencia. Recuerdo que así como para entrar en la Biblioteca Nacional tenía mi propio carnet, en la del Ateneo, quienes no éramos socios, utilizábamos el de algún socio que nos lo facilitaba. En mi caso, quiero reconocer que durante un tiempo utilizaba el de mi buena amiga María Rosa Vílchez, licenciada en Filología Hispánica, que entonces trabajaba en su tesis doctoral. En cuanto a planteamientos didácticos modernos para mi materia, partía de experiencias escolares innovadoras, primero como alumna del Liceo Francés de Barcelona y después del Colegio Teresiano de San Sebastián. Entendía el aula ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 524 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
como un lugar de actividad, de aportación de estudiantes y docente, de preguntas y respuestas que sugerían y aclaraban. Y desde luego lo que supuso en este sentido la preparación de mis oposiciones al magisterio, a los cursillos de selección de 1936 —como bien se sabe interrumpidos—, y a las de 1940, con el Curso de Perfeccionamiento que las opositoras aprobadas tenían que realizar. El ambiente en que realicé mis estudios y hasta los mismos temarios de las oposiciones me animaron a leer sobre los principios de las escuelas modernas y a compartir con profesoras en ejercicio sobre las prácticas innovadoras que desarrollaban. Me estrené como maestra en el Grupo Escolar Zumalacárregui, creado como centro experimental dependiente en régimen de Patronato del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. También me ayudó esta experiencia en la que no carecíamos del todo de una memoria y de unas prácticas anteriores. Cuando en 1945 comencé clases en la Universidad mi planteamiento era poner al grupo de estudiantes en contacto con fuentes bibliográficas; les proporcionaba referencias que, en aquel tiempo, daba por supuesto que las leían. Y sí comprobaba que en general era así. En cuanto a la investigación, los años en que elaboraba mi tesis de doctorado fueron una buena ocasión de aprendizaje. El trabajo histórico que estaba realizando me daba la posibilidad de seguir aprendiendo, me obligaba a plantearme preguntas para las que no siempre tenía las respuestas adecuadas. Entonces, todavía joven, con menos peligro de sentirme cerca del pasado... La lectura de obras que daban cuenta de investigaciones históricas y la orientación del director del trabajo me fueron guiando en lo que deseaba fuera algo más que conseguir unos resultados eruditos. Recuerdo que pude utilizar fondos de la Biblioteca del Colegio de San Esteban de Salamanca y consultar en la Biblioteca Nacional numerosos manuscritos sobre temáticas e instituciones de enseñanza en países iberoamericanos. Empecé a interesarme de este modo por los temas de la educación en América; tuve la suerte de acercarme a él a través de unos documentos, los de Salamanca, muy especiales. Y además cuando se creó en la Sección de Pedagogía de Madrid la asignatura de Historia de las Instituciones Educativas en Iberoamérica se me presentó la ocasión y la necesidad de ampliar la consulta a este tipo de fuentes. Pero si grave fue la ausencia de material bibliográfico, es verdad que mucho más lo fue la orfandad de maestros, por diversas razones. ¿Cómo suplió este vacío personal?... ¿Quizá mediante el contacto con historiadores generales o bien con ilustres pensadores?... Concretamente, ¿cuándo empezó a convencerle el gran filósofo Xavier Zubiri?... ¿Fue el concepto de historia de Zubiri el que le condujo a estimar como fundamental la condición de historicidad en la persona humana?... ¿Qué valor concede a los cursos privados que hizo con el privilegiado alumno de Ortega? En verdad, mis contactos en aquellos años, más que con historiadores, fueron con pedagogos; el que recuerdo primero es a don Juan Zaragüeta, que había sido profesor de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio y después de la Sección de Pedagogía en la Universidad de Madrid. Era de formación tomista, no en vano había estudiado la licenciatura de Filosofía y el doctorado en la Universidad de Lovaina donde la cátedra de Santo Tomás, encomendada al que sería Cardenal ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 525 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
Mercier, gozaba de prestigio y reconocimiento. Él dirigió mi trabajo de tesis —antes se la había dirigido a Víctor García Hoz y a Anselmo Romero Marín— que versó sobre un tema histórico educativo: Los tratados de educación de príncipes en los siglos XVI y XVII. Un tema que me sugirió María Díaz-Jiménez, la que fuera Directora de la Escuela Normal de Maestras de Madrid. Y desde luego no creo sentía que con ello traspasaba los límites de su materia, sino más bien que la dimensión histórica también formaba parte de las cuestiones que le ocupaban. He seguido las obras del maestro Xavier Zubiri —también estudió en la Universidad de Lovaina—, pero no fui alumna suya. Ya en mis años de elaboración de la tesis, cuando en 1944 publicó Naturaleza, Historia y Dios, me interesó conocer un libro que era el fruto de su experiencia docente en la universidad. No me fue difícil acoger el pensamiento que en él expresaba. Y ciertamente me ayudó a entrar en una mirada filosófica sobre el hombre, sobre la persona, para mí enriquecedora, lo mismo que sobre la historia; sobre el carácter histórico del ser humano. He leído también otras obras posteriores, algunas póstumas, en las que siempre está abierto a cuestiones humanas; y, precisamente por humanas, con la perspectiva interna de la historicidad y de la trascendencia. Como becaria del Consejo Superior de Investigaciones Científicas asistí a un curso de Introducción a la Historia de la Psicología y Psicología Experimental, impartido por el profesor Manuel Barbado Viejo (1884-1945). Recuerdo que nos hizo un recorrido histórico muy detallado sobre esa disciplina, desde los clásicos griegos hasta las escuelas psicológicas de principios del siglo XX, relacionando unas teorías con otras; a él le oí decir que la historia no sólo era maestra de la vida, sino también de la ciencia. Nos introdujo en cuestiones y experiencias relevantes de la psicología experimental. Sabía mucho y lo explicaba muy bien. Se había formado en Psicología en la Universidad de Berlín, era discípulo de Santiago Ramón y Cajal, tuvo relación epistolar con Freud; era un hombre muy cultivado. Durante su estancia como profesor de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía del Angelicum de Roma, había escrito su conocido libro, publicado en 1928 con el título de Introducción a la Psicología Experimental; una obra que contaba con ediciones en inglés, en francés y en italiano; en 1943 el CSIC hizo una segunda edición ampliada. Durante el desarrollo del curso, al que asistíamos el grupo de personas que teníamos beca del CSIC, nos preguntaron la línea de investigación hacia la que pensábamos orientarnos, y mientras, por ejemplo, García Hoz y Fernández Huerta se decidían por la pedagogía experimental, en mi caso manifesté que me atraía más la historia de la educación. Manuel Barbado trabajaba en el Consejo, en los Institutos Luis Vives y San José de Calasanz, y ocupaba la Cátedra de Psicología Experimental de la Facultad de Filosofía y Letras que, como saben, se acababa de trasladar a ésta desde la de Medicina, donde se había creado años antes. Era un erudito profesor del que Millán Puelles contaba que en las clases explicaba el sistema nervioso utilizando tizas de colores para dibujarlo en el encerado. Fueron para mí contactos enriquecedores los que tuve en Alemania, en la Universidad de Bonn. La estancia la realicé poco tiempo después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, con una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La Universidad misma había sufrido un fuerte bombardeo; me impresionó ver cómo los mismos estudiantes, y algunos profesores, estaban ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 526 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
reconstruyendo materialmente el edificio destruido. Tuve la oportunidad de un contacto más cercano con las obras del que había sido catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Berlín, Wimhelm Dilthey (1833-1911), de las cuales pude leer por primera vez algunas, y en el caso de otras volver a hacerlo de nuevo, en un contexto social e intelectual que me ofrecía claves distintas de las que tenía en España, y cerca de profesores que cultivaban el recuerdo y el estudio de Dilthey. Respondía así a una de las sugerencias que me habían hecho en el CSIC antes del viaje, conocer a Dilthey, un filósofo interesado por la perspectiva histórica en muchas de sus publicaciones. En el ámbito de la educación, autor de una Historia de la Pedagogía —la utilicé especialmente a partir de 1945 como uno de los manuales que me servían para preparar las clases que impartía en la Facultad—, y del libro Fundamentos de un sistema de Pedagogía, que en España conocíamos a través de la traducción de Lorenzo Luzuriaga, publicadas en Buenos Aires por la editorial Losada. La Revista de Pedagogía había publicado en 1934 un artículo titulado «Sobre la posibilidad de una ciencia pedagógica con validez general». ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 527 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA 1980
superar la división del doble camino vigente, el cual suponía una desigualdad que no se podía seguir manteniendo; la de que a partir de los nueve/diez años una parte de la población escolar continuara en la enseñanza primaria, mientras otra empezaba el bachillerato. Y esto tenía muchas consecuencias para su futuro. Vd. ha cultivado diversas temáticas en la historia de la educación, pero entre ellas creo que ha mantenido siempre un lugar especial para la educación de la mujer. Por esa razón, y porque nos interesa su experiencia como mujer historiadora, le vamos a hacer para terminar algunas preguntas específicas: Que una mujer aspirara a una cátedra universitaria y que la ganara por oposición en la España de 1953 llevaba a entrar en un espacio simbólico configurado en masculino (en función de las personas que hasta entonces estaban en él); suponía ir más allá de las normas de división sociosexual fijadas; y de acuerdo con ello, era «darse un poder» para asumirlo. ¿Cómo vivió usted aquella situación? La circunstancia de la oposición la viví, primero preparándome con intensidad, y al mismo tiempo con expectativa ante lo que pudiera suceder. Durante la celebración de los ejercicios, temía algo, pero no como único sentimiento porque también confiaba. Era la única mujer entre siete u ocho candidatos, no recuerdo bien. Aunque desde hacía dos décadas algunas mujeres habían entrado en la docencia universitaria, era la primera vez que se situaba ante la posibilidad de obtener una cátedra por oposición; esto, sin ser para mí paralizante —en ese caso no hubiera llegado a presentarme— sí añadía un punto de inquietud, por eso digo que temía. Sin embargo la confianza me acompañó en cada uno de los ejercicios. Creo que de alguna manera me resistía a pensar que mi condición de mujer, o la de hombre en el caso de mis compañeros de oposición, se incorporara como un criterio más a los resultados de nuestras actuaciones ante el tribunal. En otros países, y más lentamente en España, las mujeres se habían incorporado a tantos ámbitos profesionales —es verdad que no en todos los niveles de responsabilidad— que podía entenderse como una consecuencia más de ese proceso. Sin embargo, reconozco que sí existía un prejuicio a que la mujer accediera a una cátedra en el ambiente de la Universidad. No salí por unanimidad sino por mayoría. Llegué a enterarme que un miembro del Tribunal se encontró con un catedrático, entonces de mediana edad, hoy fallecido, que le cuestionó el que fueran a dar una cátedra a una mujer. Eran tiempos más difíciles… Creo que en la toma de posesión de su cátedra una circunstancia le hizo caer en la cuenta de que no tenía el mismo valor ser mujer que hombre. ¿Nos puede contar lo qué sucedió? Ya lo he contado en varias ocasiones. Se trata de lo que puede ser visto como una anécdota pero que refleja bien la condición que se nos atribuía a las mujeres en el año 1953, cuando accedí a la Cátedra de «Historia de la Pedagogía e Historia de las instituciones pedagógicas hispanoamericanas». Era Ministro de Instrucción Pública Joaquín Ruiz-Giménez, y Rector de la Universidad de Madrid Pedro Laín Entralgo. Recuerdo que en enero de 1954, en el acto de toma de posesión ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 534 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
que compartí con un catedrático de la Facultad de Ciencias, fui yo la primera por haberse celebrado antes los ejercicios de mi oposición, y ese profesor fue invitado a firmar como testigo de mi toma de posesión. Cuando a continuación lo hizo él, a mí no se me ocurrió pensar que no podría firmar igualmente como testigo, pero sin embargo así se produjo. El Rector, al ver mi intención, me detuvo diciendo que no podía firmar «porque en España a las mujeres no se les permite ser testigos». Mi sorpresa fue mayúscula, no había vivido una situación así anteriormente. En aquel momento tampoco sabía si existía esa norma o no. En su investigación o en su docencia ¿cuándo empezó a interesarse y a interrogar el pasado acerca del silencio, así como de su significado, en relación con las mujeres dentro de la historia de la educación? Recuerdo uno de sus artículos, cuando no era un tema habitual en los manuales al uso, en el que recoge las fuentes para la historia de la educación de las mujeres que pueden trabajarse en el Archivo Histórico Nacional. ¿Fue casualidad detenerse en ello? No fue casualidad cuando me detuve en la localización de fuentes para la historia de la educación de las mujeres. Lo hice pensando en que podría seguir trabajando el tema yo misma o algunas de las personas a las que orientaba en la elección de cuestiones para la investigación. En las clases no dejaba de aludir en el contexto del Renacimiento a la Escuela que Isabel la Católica mantenía en la Corte, a que se hubiera ocupado de que sus hijas recibieran una formación letrada, a Beatriz Galindo «La Latina», alumna de Antonio de Nebrija, como preceptora real de lenguas clásicas, a Lucía de Medrano, humanista profesora en la Universidad de Salamanca, a Francisca de Lebrija en la de Alcalá… De las tesinas y tesis que tuve la oportunidad de dirigir, algunas se centraron en este tema, y en todas, una de las orientaciones que sugería iba siempre encaminada, cualquiera que fuera el tema de estudio, hacia que no se prescindiera de la presencia de la mujer en él. ¿En sus viajes a otros países con ocasión de Congresos, o de invitaciones de Universidades, etc., percibía diferencias en la condición de las mujeres dentro del mundo académico respecto de lo que se vivía en España? Mi experiencia es que hasta casi los años setenta no me he encontrado con demasiadas mujeres en las comisiones y encuentros internacionales en los que he tenido ocasión de participar, incluidas las universidades. Con frecuencia era la única mujer. Sí recuerdo con admiración años más tarde, 1980, a una profesora de pedagogía de la Universidad Santo Tomás de Manila, a la Doctora Lourdes Custodio, que participó en alguno de los encuentros a los que yo asistí. La presencia de mujeres en este tipo de ámbitos es muy reciente, de apenas tres décadas. Antes era de una en una, y a veces. Ahora, en España, representan ya más de un tercio del profesorado de las universidades, ¿verdad? Yo formo parte de un periodo de la historia que ha visto cómo se ha ido reconociendo a las mujeres la posibilidad de compartir espacios que para nosotras eran nuevos. Las generaciones siguientes se han incorporado con mayor naturalidad, aunque no sin esfuerzo, y demostrando capacidad y buen hacer. ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 535 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
No sé si leyó tempranamente el libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo, publicado en 1949; una obra que marcó una inflexión en la toma de conciencia de las mujeres europeas, que despertó en muchas la necesidad de pensarse de otra manera, que no fue ajeno a la polémica, e incluso a la dificultad de adquirirlo en la España de entonces. Seguro que a una educadora como usted, lo que sus tesis implicaban para la educación de las mujeres, no le dejaría indiferente… Sí, lo leí relativamente pronto. Fue con ocasión de un viaje a París en 1955 cuando lo compré. Y aún conservo esta obra en dos tomos: Le deuxième sexe. I: Les faits et les mythes, y II L’expérience vécue; era una reedición de esa misma fecha. Lo leí con interés y con sorpresa; replanteaba muchas cosas. Algunas de sus afirmaciones me parecían escritas para provocar la controversia sobre una realidad, la de las mujeres en aquellos años, necesitada de cuestionamientos acordes con una sociedad europea que estaba despertando, después de la Segunda Guerra Mundial, a nuevos valores y a nuevas responsabilidades. La situación general de las mujeres aquí era muy distinta y había cuestiones de las que estábamos aún muy lejos, por mentalidad y por situación política y social. Un libro que, sin embargo, nos pareció importante tratar un año después como tema de estudio y discusión en uno de los seminarios de la Asociación «Amistad Universitaria», presidida entonces por Consuelo Sanz Pastor, directora del Museo Cerralbo, y que había sido fundada por un grupo de mujeres universitarias entre las que yo me encontraba, por el deseo de dar continuidad a otra anterior, la Liga Femenina de Orientación y Cultura, a la que ya me he referido antes. ¿Y cómo valora el que desde hace ya más de una década la historia de la educación de las mujeres se haya incorporado al currículum de estudios de la carrera de Pedagogía? ¿El que sean numerosos los proyectos de investigación en esta línea y creciente la producción bibliográfica? Creo que la educación de las mujeres es uno de los interesantes campos de estudio que la historia de la educación ha ido abriendo en los últimos años; una perspectiva de acercamiento que enriquece al conjunto. Lo considero obligado, dado el desarrollo que la Historia de la Educación tiene hoy en España. En general, se ha tardado mucho tiempo en caer en la cuenta de los vínculos que existen entre la historia de las mujeres y algunas de las grandes preguntas históricas. Tampoco en otras materias cultivadas en la Universidad se ha hablado de mujeres hasta hace poco. Sin embargo, ya no es posible analizar cualquier realidad del pasado o del presente sin tener en cuenta el lugar y la posición de las mujeres. Recuperar la propia memoria es un incentivo que nos mueve a indagar en la historia; y más cuando había tanto silencio. Y en relación con las investigaciones, ellas demuestran que existen fuentes, que pueden obtenerse datos, que nuevas lecturas de la documentación deparan sorpresas. Parece que no está siendo una dificultad. Entiendo que las mujeres —aunque no son las únicas que trabajan estos temas—, quieran poner en juego las posibilidades de las presencias activas que les brindan las nuevas situaciones sociales, y en este caso académicas. ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 536 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA
Para terminar, ¿ve algún riesgo en el sesgo de casi absoluta contemporaneidad que ha tomado la Historia de la Educación en las últimas décadas? ¿A qué clásicos aconsejaría leer? Es una tendencia que me parece afecta no sólo a España, aunque quizá aquí se ha acentuado debido a los cortes profundos que en nuestra historia del siglo XX se han producido. Etapas políticas muy diferentes que despiertan una especial curiosidad intelectual. En las que se busca las innovaciones o la falta de avances, las continuidades o las rupturas que cada Gobierno impulsaba, los discursos y prácticas docentes que explican parte de nuestro presente. La atención a los trabajos centrados en realidades regionales puede ser otra razón, ya que atraen el interés de los lugares concretos, e incluso son incentivados con recursos, pues hacen memoria de personas y de hechos cercanos de los que se tenía noticia por transmisión oral, y que los archivos y otras fuentes de documentación permiten conocer en su amplitud. Pero también lo más lejano en el tiempo forma parte de las raíces comunes y explica los movimientos de fondo que se han producido, las cadencias de largo recorrido. Seguramente supone un esfuerzo añadido en quien cultiva esta disciplina y en quien la lee, cuando en los medios que hoy difunden cultura atrae más lo que habla de lo inmediato, el estilo periodístico, la literatura corta. En relación con la lectura de clásicos, sigo los que publica Biblioteca Nueva, por lo que os felicito. Muchos podrían añadirse a la buena selección que se está haciendo. De los nombres que me parecen relevantes, por lo que aportaron en su momento y después, empiezo por Quintiliano de tan larga influencia en nuestra pedagogía, Luis Vives, observador e impulsor de un cambio de época, más tarde, por ejemplo Saavedra Fajardo o Baltasar Gracián, también Jovellanos, y dando un salto Ortega y Gasset; pensando en la educación de las mujeres, Josefa Amar y Borbón o Concepción Arenal. Me he referido sólo a autores de nuestro país. La mayoría de nuestros lectores son miembros de una Sociedad científica, la Sociedad Española de Historia de la Educación, que es editora de esta Revista. A sus miembros, iberoamericanos, europeos, españoles, ¿qué sugerencias les haría para hacer el cambio inmediato?... ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO 537 JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA 1969
Una podía ser el que sigan confiando en la incidencia que la educación tiene en la formación de personas, y en lo que las sociedades pueden llegar a ser. Lo vemos en la historia y así tenemos que intentar mostrarlo. Conscientes de que hoy muchos son los factores que intervienen, y hacen más complejos los procesos educativos. En medio de todo ello la Historia de la Educación ofrece experiencias, reflexiones, sentido de evolución, vínculos que relacionan el pasado con el presente. ©EDICIONES UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Hist. educ.,26, 2007, pp. 519-538 538 ENTREVISTA A ÁNGELES GALINO CARRILLO JULIO RUIZ BERRIO Y CONSUELO FLECHA GARCÍA View publication statsView publication stats