Medio ambiente y pobreza
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MEDIO AMBIENTE Y POBREZA José T. Raga Gil Universidad Complutense Decir que el medio ambiente ocupa hoy un lugar preferente entre las preocupaciones de sociólogos, físicos, moralistas, humanistas, economistas, etc. no es más que afirmar una realidad patente ante los ojos de cualquier observador. Buena muestra de ello es el creciente volumen de iniciativas llamando al encuentro de los interesados en círculos, seminarios, congresos, simposios, conferencias... a fin de adentrarse en el estudio de sus diversos aspectos, todos ellos de interés para la comunidad y para la vida del hombre en comunidad. Una buena muestra de ello, son estas Jornadas, que organizadas por el Departamento de Teoría Económica y Economía Política de la Universidad de Sevilla, han adquirido un relieve extraordinario, hasta el punto de haberse constituido en un referente sobre la materia, de modo que los interesados por el medio y por su sostenibilidad, se sienten alertados por la esperada convocatoria que tiene lugar cada año en fechas semejantes. El propósito de estas líneas no pasa de establecer elementos de reflexión acerca del tema global de la “Sostenibilidad Ambiental”, cuestión de honda preocupación, al menos en su esfera pública, sobre todo en el ámbito de los países ricos. Siendo esto así, y sin que el objetivo sea la provocación, la reflexión la voy a centrar desde la consideración de los países pobres; aquellos que las estadísticas oficiales, quizá por vergüenza, denominan países en vías de desarrollo. De los hechos que se hacen evidentes en la vida de la comunidad, y de ésta en sus diferentes vertientes, científica, económica, ética, es fácil concluir que hoy, nadie pregona, nadie defiende y ni siquiera disculpa la destrucción del medio ambiente. Es más, cualquier manifestación se enmarca justo en el polo opuesto, de tal modo que, desconsiderando las específicas actitudes singulares de los distintos agentes sociales, todos, unánimemente, se manifiestan en defensa y protección del medio. Ya digo que otra cosa es cuál sea su actitud personal o empresarial y cuál su relación con el objetivo públicamente manifiesto de compromiso con la sostenibilidad medioambiental. Siendo esto así, la cuestión inmediata surge de modo natural. Si todos dicen estar empeñados y comprometidos en la conservación del medio y en la sostenibilidad del mismo, dónde está el problema por el que tanto se preocupa la humanidad, sobre todo, como hemos dicho, esa humanidad que conforma el segmento del globo que hemos denominado países ricos. La respuesta parece tan evidente y natural como la misma pregunta. El problema radica en las decisiones humanas cuando se enfrentan a alternativas en conflicto. Y, más concretamente, en nuestro caso, un posible conflicto entre el objetivo de conservación del medio ambiente de un lado, y de otro, el objetivo de crecimiento económico, al que añadiría, un crecimiento cuanto más y más rápido mejor.
2 Nuestra atención en la sostenibilidad ambiental, ni es nueva, ni está acabada. Es una preocupación que viene haciéndose presente en los países desarrollados desde los inicios de la década de los setenta del pasado siglo XX. La razón está lejos del capricho o de un rasgo de la modernidad de la época. Hay razones para poder afirmar que aquella preocupación tiene su origen en una insatisfacción de la sociedad en aquellos momentos, así como de un marcado sentido de responsabilidad con el mundo que nos es propio. Insatisfacción que el hombre trata de eliminar con su acción, la cual, al mismo tiempo, trata también de dar cumplimiento a su responsabilidad social. Una acción bien determinada y dirigida a un fin, tal como se configura de forma elocuente en el pensamiento de Ludwig von Mises. En palabras del autor austriaco, “... El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor. La mente preséntale al actor situaciones más gratas, que aquel que, mediante la acción, pretende alcanzar. Es siempre el malestar el incentivo que induce al individuo a actuar... Pero ni el malestar ni el representarse un estado de cosas más atractivo bastan por sí solos para impeler al hombre a actuar. Debe concurrir un tercer requisito: advertir mentalmente la existencia de cierta deliberada conducta capaz de suprimir o, al menos, de reducir la incomodidad sentida. Sin la concurrencia de esa circunstancia, ninguna actuación es posible, el interesado ha de conformarse con lo inevitable.” 1 En este pasaje encontramos los ingredientes precisos para nuestra reflexión. De un lado, la razón de ser de la acción humana es siempre la de sustituir un estado menos satisfactorio por otro que lo sea más. Es evidente que nadie desarrollará una acción para empeorar de situación y, más aún, tampoco desarrollará acción alguna para permanecer en el mismo estado. De aquí que sea el deseo de salir de una situación peor a otra mejor, la fuerza que impulsa la acción humana. Pero, no sólo esto resulta en abstracto cierto. Para que la acción se produzca es necesario que además, el sujeto conciba la idea de que su actuar le puede llevar a la consecución de ese estado más favorable al que aspira. Esta acción, por otro lado se desarrolla siempre entre alternativas, que en muchos casos, como ya hemos anunciado antes, pueden presentarse en términos de conflicto. Por ello, habría advertido el propio Mises que “La acción no consiste simplemente en preferir. El hombre puede sentir preferencias aun en situación en que las cosas y los acontecimientos resulten inevitables o, al menos, así lo crea el sujeto. Cabe preferir la bonanza a la tormenta y desear que el sol disperse las nubes. Ahora bien, quien sólo desea y espera no interviene activamente en el curso de los acontecimientos ni en la plasmación de su destino. El hombre, en cambio, al actuar, opta, determina y procura alcanzar un fin. De dos cosas que no pueda disfrutar al tiempo, elige una y rechaza la otra. La acción, por tanto, implica, siempre y a la vez, preferir y renunciar.” 2 Es esa opción a la que se refiere Mises la que puede estar planteando problemas, a la hora de situarnos ante alternativas en conflicto. La historia de la humanidad está repleta de idas y venidas en el actuar humano, todas ellas tratando de 1 Ludwig von Mises “La Acción Humana. Tratado de economía”. Unión Editorial. Madrid 1980, págs. 38-39. 2 Ludwig von Mises “La Acción Humana. Tratado de economía”. Unión Editorial. Madrid 1980, pág. 37.
3 eliminar insatisfacciones. Pero, tanto la insatisfacción como el pretendido bienestar al que se dirige la acción humana, son cambiantes en el tiempo y, si me apuran, también en el espacio, como cambiante es el deseo o la preferencia por un fin, y cambiante es también la utilidad esperada de un objetivo en un momento puntual respecto a los momentos situados en su entorno. I.- El desarrollo sostenible.- Acabamos de perfilar a un hombre en permanente insatisfacción y, consecuentemente, actuando conscientemente para salir de ese estado de insatisfacción para trasladarse a otro más satisfactorio. Aunque cada vez los términos aparecen más confusos, lo cierto es que los vocablos al uso, muestran la situación insatisfactoria y aquella a la que se dirige la humanidad que se presume más satisfactoria. Recordemos, a modo de ejemplo, algunos términos expresivos de objetivos de la humanidad, que han sido utilizados, el posterior en sustitución del anterior, todos ellos en la segunda mitad del siglo XX. Términos como “Crecimiento económico”, acepción ésta identificadora de un objetivo material, representado por la cuantía de bienes y servicios a los que puede acceder una comunidad; “Desarrollo económico y social” en el que se incluyen bienes fuera del ámbito material, así como reforma de las estructuras que permitan al hombre sentirse más persona y más protagonista en el quehacer del crecimiento de una sociedad a la que pertenece; “Estado estacionario” en el que se muestra claramente la disconformidad de un crecimiento desmedido, que puede esclavizar al hombre en el deseo de poseer más, de consumir sin límite. En ocasiones se ha hablado de la “Calidad de vida” como objetivo de una sociedad. Una calidad de vida en la que el tiempo libre y su utilización racional es un gran activo de la humanidad, evitando situaciones de angustia y de zozobra en el anhelo de alcanzar objetivos lejos de la propia capacidad humana. La Iglesia ha hablado de “Desarrollo humano integral” 3 como resultado de una humanidad entregada al materialismo de los bienes y al consumismo de los mismos. Una llamada, en consecuencia, a un desarrollo para el hombre en su dimensión material –en cuanto poseedor de un cuerpo– y en su dimensión espiritual –en cuanto que titular de un alma–. Finalmente un “Desarrollo sostenible” que surge de la insatisfacción causada por la depredación de los recursos naturales de carácter no renovable, en un ansia de alcanzar niveles más altos de bienestar consumista por la generación presente, despreciando los efectos que de ello se derivan para las generaciones futuras. Sucesión de términos y de objetivos que no son otra cosa que diseños de modelos que, todos ellos y cada uno de ellos, pretenden resolver insatisfacciones apreciadas en el modelo anterior, a través de un nuevo diseño que configurará el modelo subsiguiente. Llegado a este punto quisiera anticipar una cuestión que considero medular en el contenido que pretendo dar a estas líneas: ¿Diseños de quién? ¿Quiénes son, realmente, los que experimentan las insatisfacciones? ¿Será quizá el pueblo de Burkina Faso, o el de la República Democrática del Congo? ¿Puede que sea una cuestión de mala conciencia de algunos? Creo que es justo reconocer que los ricos nos hemos desarrollado, hemos conseguido nuestra riqueza, sin demasiada consideración al medio 3 Vide Benedicto XVI “Carta encíclica «Caritas in veritate»”. Roma 29.06.2009, entre otros, los núms. 23, 30 y 76.
4 ambiente. Hemos arrasado bosques, hemos desviado vías acuíferas, hemos alterado el paisaje, hemos llenado el universo de asfalto y cemento, para nuestra comodidad producimos frío lanzando calor a la atmósfera… Cuando hemos considerado el medio ambiente, ha sido para nuestro mayor confort o nuestra contemplación y no tanto para su preservación. Nuestra irresponsabilidad durante siglos, la hemos traducido en una carga para toda la humanidad, porque, en esta materia, de nada sirve la conducta aislada, pues estamos ante bienes públicos de la humanidad entera. Estamos ante los “Global commons” sobre los que tanto ha discurrido el tratamiento de la Hacienda Pública del mudo anglosajón. II.- La encrucijada económica.- Ante unos recursos que reconocemos escasos, ¿tiene sentido la afirmación del objetivo de un desarrollo sostenible? Es más, cuando hablamos de desarrollo sostenible, cuál es la variable que consideramos independiente. La respuesta parece no ofrecer dudas, pues, es el medio ambiente del que depende el desarrollo, pero, como elemento de reflexión, entre el uno –medio ambiente– y el otro –desarrollo–, ¿no apreciamos una persona humana, con creatividad y capacidad para aprovechar lo que en la naturaleza se presenta con escasez? Además, la efectividad de la escasez, es evidente que se muestra en una dimensión determinada, para un momento histórico concreto y según las disponibilidades del conocimiento científico y técnico efectivas en el momento de análisis. Un conocimiento que varía y se incrementa a través del tiempo por la investigación unida a la creatividad. A lo largo de la historia se ha demostrado que el hombre es capaz de trasformar la naturaleza, de hacerla más apta para dar satisfacción a sus necesidades, de poder obtener de ella mayores frutos y así servir mejor a la humanidad entera. En otras palabras, el hombre se ha mostrado capaz de dominar la naturaleza 4 y al mismo tiempo se ha sentido responsable de cuidarla. De aquí se deduce el principio de que el hombre está por encima de la naturaleza. Por ello, al tiempo que tiene el dominio, tiene también la responsabilidad de su pervivencia, de su conservación, de su cuidado. Si los recursos de que se dispone, si la misma naturaleza y sus posibilidades reviste la nota esencial de la escasez, no cabe, desde la racionalidad del actuar humano, despilfarrar aquello que es escaso. Sí es lícito, sin embargo, y es donde el hombre manifiesta su propio señorío, hacer un uso racional y provechoso de lo que la naturaleza ofrece en cada momento histórico, como lo es también, aplicar las capacidades humanas para averiguar los secretos de la naturaleza y de ellos llegar a procedimientos, por los que de esa naturaleza se obtengan los mayores frutos para el bien de la humanidad entera. III.- El medio ambiente un bien de la humanidad.- Si es cierto que ya en la creación la naturaleza es una oferta del Creador para que el hombre se sirva de ella y extraiga sus frutos, es decir, si es un bien que corresponde a la humanidad desde su mismo origen, es fácil concluir en que a nadie le es lícito apropiarse de ese medio, 4 Así viene afirmado en el mandato de la creación “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. Génesis 2 15 . Antes le había dicho “… enchid la tierra y sometedla, mandad en los peces del mar y…” Génesis 1 28 “Nueva Biblia de Jerusalén”. Desclee de Brouwer. Bilbao 1997.
5 usando y abusando de él sin restricción alguna. La tierra y cuanto en ella hay, el medio natural y cuanto de él pueda derivar, está destinado a todos los hombres y no a un grupo privilegiado, que sin fundamento alguno pueda sentirse con mejor derecho. De aquí se deduce la necesidad de respetar el medio ambiente en cuanto que medio para todos. Y matizo más la afirmación: para todos los de hoy y para todos los de siempre. Nadie está excluido y nadie puede estar excluido. La generación presente, toda ella, está llamada al consorcio humano de quienes por voluntad del Creador son los destinatarios de medio creado. Pero a su vez, en el mandato de “sed fecundos y multiplicaos” 5 se está ampliando el número de los destinatarios por días sin término. De ello no cabe deducir que el hombre está al servicio del medio; sería contra el estado natural de las cosas. La condición especial del ser humano como criatura privilegiada de la creación, el único de los seres creados que lo fue a imagen de Dios, dotado de libertad porque era racional, y de responsabilidad por el hecho de su misma libertad, le sitúa por encima de los demás seres creados. Por ello, no es el hombre para el medio, sino el medio para el hombre. Es tanto como decir, que entre los bienes protegidos existen rangos, y de entre ellos, uno de carácter excepcional, fuera de cualquier término comparativo, pues su relación no es cuantitativa sino cualitativa, lo ocupa de forma relevante la vida del hombre; éste es el primer bien a proteger. De aquí surge una cuestión para la reflexión: cuando hablamos de respeto al medio ¿estamos afirmando como prioridad el respeto a la naturaleza o el respeto al hombre? Quizá la respuesta correcta sería la de respeto al hombre y respeto a la naturaleza en cuanto que medio que se dirige al hombre como su fin. Lo que no cabe en el orden de la creación es que un concepto erróneo del medio natural, conduzca a una ideología de sumisión al mismo, oscureciendo con ello el mayor respeto debido al hombre como tal, al hombre encargado de cuidar el jardín de lo creado, al hombre responsable de obtener los frutos de aquel medio que se presenta escaso y, sin embargo, llamado a satisfacer las necesidades de la humanidad entera. Dicho esto, ¿no hemos olvidado al hombre? ¿No prestamos más atención a una especie, la más insignificante, la más nimia, en peligro de extinción que al hombre mismo? Y, cuando consideramos al hombre ¿no empequeñecemos su misma naturaleza, mostrando mayor preocupación por sus necesidades materiales que por aquellas que le distinguen como hombre? Cuando el Banco Mundial habla de “Mejoramiento del Bienestar Humano”, 6 ¿en qué bienestar está pensando? ¿Puede quedar el bienestar reducido a más confort, menos esfuerzo, mayor dotación de bienes individuales y colectivos…? Porque ¿qué concepto tenemos de la vida humana y de su fin? O dicho de otro modo, ¿qué significa vivir? Resulta triste comprobar que para algunos la vida no es más que la oportunidad de acumular bienes y riquezas, encontrando en ello la misma justificación vital, y cifrando la importancia y el éxito de la vida propia en la dimensión cuantitativa de aquella acumulación. 5 Génesis 1 28 “Nueva Biblia de Jerusalén”. Desclee de Brouwer. Bilbao 1997. 6 Vide Banco Mundial “Informe sobre el Desarrollo Humano 2003 –Desarrollo Sostenible en un Mundo Dinámico–”. Coedición Banco Mundial/Mundi Prensa Libros, S.A./Alfaomega Colombiana, S.A. 2003, pág. 13.
6 Para otros, con una concepción más lúdica de la existencia, aunque con una dimensión igualmente efímera, la vida es la oportunidad para el disfrute; para un disfrute momentáneo, que resulta válido aún cuando a largo plazo provoque zozobra y daño en la propia humanidad del hombre. Llevados de un utilitarismo sin límites, cualquier acción se encamina a proporcionar utilidad, fundamentalmente sensorial, alimentando los instintos más vergonzantes de una criatura racional. Los hay de consumistas, que llegan a prescindir de la legítima utilidad que cada bien puede proporcionar al sujeto económico, a la persona como sujeto determinante en la economía de consumo. Llevados de un consumismo atroz, se sienten esclavizados por él, hasta el punto que el acto de consumo no es un acto racional, capaz de proporcionar satisfacción, sino un acto producto de una alienación, que encuentra su fundamento en el mismo acceso al bien y no tanto en el uso del mismo. Ahí encontramos actitudes tan comunes como los que beben sin tener sed, o comen cuando no sienten necesidad, o desechan como chatarra los cachivaches que aún proporcionan utilidad (obsérvese la conducta más generalizada del sujeto en el cambio y sustitución de teléfonos móviles, de receptores de radiofrecuencias, de cámaras fotográficas, etc.). Todo ello requiere recursos que, en principio, estamos defendiendo que son escasos en la naturaleza y que por lo tanto deben ser usados con respeto a esa escasez con el fin de entregar a las generaciones futuras un mundo mejor que el que recibimos la generación presente o, al menos, un mundo no peor que el recibido de la generación que nos precedió. Es quizá esa sensación de estar abusando de lo disponible con escasez, lo que nos lleva a tratar de limpiar nuestras conciencias pregonando y practicando una tarea de reciclaje, cuando éste se hubiera podido evitar, al menos en las cuantías en las que se está produciendo, si el consumo hubiera sido un acto racional, como se supone que debería de ser en cuanto que acto de la persona humana, creada con capacidad para discernir, es decir con dotes de racionalidad. A la vista de esto, es obligado pensar si, para el bien de la humanidad, más que reciclar bienes desechados o, además de reciclar tales bienes, no habría que reciclar nuestra conciencia, poniéndola al servicio de la razón de un ser libre y responsable como es la persona humana. Además, estamos hablando del medio, de la sostenibilidad ambiental, al servicio de la vida humana y ante esta dimensión, no puede pasar desapercibida una cuestión fundamental. Cuando hablamos de vida humana, de esa vida que se desarrollará a partir de un medio disponible, ¿en quién estamos pensando? ¿Quiénes son los que figuran en el escenario de esa vida? Un egoísmo, muy común por desgracia en el momento actual, lleva la respuesta a la restricción de los que estamos hoy y, además, de los que estamos aquí. Una restricción que abarca un ámbito temporal, al tiempo que se manifiesta también en el ámbito espacial: los de aquí y los de ahora. Somos conscientes de que ya vivimos bien, pero que, con toda probabilidad, podemos vivir mejor, lo cual nos empuja a la búsqueda de oportunidades para esa pretendida mejora. ¿Y los que pasan hambre? ¿Somos conscientes de que hay personas como nosotros, con los mismos atributos y los mismos derechos inherentes, y por tanto inviolables, que sufren carencias que ponen en peligro su propia supervivencia? Algunos preferirán ignorar la situación como si se tratara de un ejemplo extravagante, otros que se verán sorprendidos por su presencia optarán por dar un rodeo, como el
7 levita del Evangelio 7 , para aparentar que no los ha visto. Seguramente no somos conscientes que cada día son muchas las personas que mueren a consecuencia de las guerras, de las epidemias o, simplemente, del hambre, una epidemia inadmisible en un mundo de riqueza como es el del comienzo del siglo XXI. Y es ese mundo rico de comienzos del tercer milenio el que con su discurso medioambiental pretende, en última instancia, que los países pobres renuncien, en la mayoría de los casos, a su único recurso aprovechable para regenerar el medio ambiente que nosotros hemos destruido. Ubiquémonos por un instante en el corazón de la Amazonía para percibir y experimentar desde allí el runrún del discurso conservacionista que se emite desde el mundo desarrollado. Una renuncia en el mundo desarrollado, por cuantiosa que parezca, hay que reconocer que apenas significa una mínima privación de bienestar, de utilidad personal que se deduce de los bienes que a diario usamos en nuestra existencia (también la utilidad marginal del dinero es decreciente cuanto mayor es la disponibilidad de unidades monetarias para adquirir bienes). Por el contrario, una renuncia, por pequeña que pueda parecer, en el mundo pobre, puede poner en peligro, no la utilidad de éste o aquél bien, sino el más esencial de los bienes: la propia vida humana. IV.- El escenario de la humanidad pobre.- Es frecuente en los estudios económicos, sobre todo en aquellos que pretenden una dimensión social, encontrar referencias a la desigualdad entre personas, entre países o entre continentes, apelando a variables que puedan caracterizar las referencias que se tratan de poner de relieve. Una de las referencias más al uso, y no falta razón para ello, es la que se refiere a la pobreza, en cualquiera de sus dimensiones. Sin embargo, yo me atrevo en este momento a lanzar una pregunta, sin ánimo de provocar, pero sí de interpelar, para dejar en su contexto correcto el valor de aquello a lo que pretendemos referirnos. La pregunta, necesariamente, tiene que ser ésta: ¿Valoramos en sus justos términos el fenómeno personal y social de la pobreza? Mis dudas surgen del manejo de datos y de su valoración en términos equivalentes, cuando, sin pretenderlo, englobamos en un mismo vocablo situaciones muy dispares, con el peligro de generar con ello una confusión que nos aleja del rigor pretendido en el estudio. Dudas, que aparecen cuando se nos dice que nueve millones de personas, en España, viven en la pobreza. Es más, que en nuestro país un millón y medio de personas se encuentran en situación de pobreza severa. O bien que ochenta millones de personas en Europa son pobres y viven en esa condición. Datos que, por sí mismos, son estremecedores pero que crean una inquietud cuando, reflexionando sobre ellos, y si, por mor de las circunstancias, se ha tenido además la ocasión de contemplar situaciones de pobreza real y de pobreza extrema, surge como duda primaria la cuestión inicial de si estamos hablando de lo mismo, o si valoramos igualmente el término pobreza. La pobreza está muy lejos de ser un dato estadístico, ni de calcularse por un juego matemático basado en las medianas de renta de una colectividad; un juego por el cual, cuando se arruina un rico, milagrosamente disminuye el índice de pobreza 7 Vide Lucas 10 30 . “Nueva Biblia de Jerusalén”. Desclee de Brouwer. Bilbao 1997.
8 preexistente en la comunidad. No quiero con ello restar un ápice al interés de los datos que acabo de mencionar, pero, si en España hay nueve millones de pobres según los parámetros utilizados para su determinación, cuántos pobres son los que habitan el continente africano, o el asiático, o incluso los que lo hacen en América Latina. Si por pobres entendemos lo que vemos en España o en Europa, según los datos apuntados, quizá nuestras conciencias tengan la tentación de relajarse en la responsabilidad social que les corresponde por tales situaciones. Por ello, me permitiría en este momento, y ruego que no aprecien arrogancia en ello, que hagamos un esfuerzo para, desde nuestra condición de ricos –acepten simple y llanamente esta categoría, dada nuestra media en las condiciones de vida– adentrarnos en la vida de los pobres, de los pobres de veras, y, desde la pobreza analizar y valorar la política ambientalista que nosotros, los ricos, estamos diseñando para una humanidad, a la que suponemos irremisiblemente deseosa de preservación del medio, al modo en que nosotros lo estamos desarrollando. En el Apéndice que aparece al final de este texto, se recogen algunos gráficos, con la pretensión de que puedan ser útiles para valorar exactamente de qué estamos hablando cuando hablamos de pobreza, así como de las preferencias personales, familiares y sociales, que parecerían lógicas en una comunidad con el cúmulo de carencias en ordenes tan diversos que conjuntamente embargan sus vidas. En el Gráfico I podemos situar la pobreza, atendiendo para ello, exclusivamente, a una dimensión cuantitativa de la renta o lo que es lo mismo del producto interior bruto por cabeza (PIB p.c.). Ya desde el principio acepto que establezcamos factores correctivos en la medida en que puedan dar una visión más certera y ajustada a la comparación que en el gráfico se establece entre algunos países ricos (los más ricos) y algunos países pobres (los más pobres). Cualesquiera que fueran los correctores que quisiéramos introducir y el peso que les otorgáramos, veo difícil que llegaran a contradecir lo que por su misma naturaleza resulta evidente. Aún cuando, por las magnitudes que se representan en el gráfico al que nos estamos refiriendo, habría sido aconsejable utilizar dos escalas en ordenadas, dada la discrepancia entre los valores representados, hemos preferido renunciar a este modo de representación que ofrecería mayor precisión visual en los valores respectivos, precisamente, para que se muestre visualmente la lejanía de dos situaciones –ricos y pobres– y la más que probable dificultad de comprensión del fenómeno riqueza-pobreza, de un plano desde el otro. Concretamente, el problema quisiera circunscribirlo en este momento, a en qué medida una persona con un nivel de renta de 111.743 dólares USA/año, es capaz de valorar, en su correcta dimensión lo que supone percibir una renta anual de 138 dólares USA. Por llevar las cosas a una esfera más de lo cotidiano, situándola en la actividad ordinaria de los sujetos, ¿puede un luxemburgués, por ejemplo, suponer lo que significa el presupuesto vital de un burundés para todo un año, cuando su cuantía equivale a lo que él dedica a una comida con un invitado? ¿Son imaginables las carencias que esa renta comporta para quien solo dispone de ella? Naturalmente, estamos hablando de renta media de una población (Burundi, República Democrática del Congo, Liberia, Malawi, Somalia…) países todos ellos en los que la desigualdad en la distribución del ingreso nacional es muy elevada y que, por tanto, la renta por habitante del segmento de
9 población más desfavorecida se aleja dramáticamente de la renta media, ya de por sí alarmante. Es cierto que como se argumenta por parte de algunos, lo que acabamos de exponer no son más que datos estadísticos, pero lo que no es menos cierto es que detrás de cada uno de esos datos hay personas que en nada sustancial se diferencian entre sí. Todos ellos son personas iguales en dignidad, titulares de derechos inviolables, entre ellos el derecho a una vida digna, el derecho a un sustento que haga efectivo aquel derecho supremo que es el de la vida, en definitiva a un desarrollo humano integral que cubra tanto los aspectos materiales como los inmateriales y los espirituales. Por tanto, despreciar el problema alegando que se trata de simples datos, no es más que reflejo de un deseo de no entrar en el verdadero problema de la humanidad –la pobreza en el mundo– ni de asumir la responsabilidad que cada uno de nosotros –los ricos–, nos corresponde por el privilegio que detentamos en nuestras vidas frente al sufrimiento de buena parte de la humanidad en las suyas. Tan es así, que lo que se califica por algunos como un simple dato, no puede menos de aceptarse como un dato que condiciona a otros muchos, que vienen a corroborar la gravedad del problema que estamos presentando. Una magnitud expresiva de las condiciones de vida de una población es el acceso a servicios imprescindibles para una vida simplemente salubre. Me refiero al acceso a agua potable y a la disposición de colectores sanitarios de aguas residuales. En el Gráfico II del Apéndice figuran los porcentajes de población con acceso a uno y otro, para diez países pobres, en contraste con el cien por ciento de la población que tiene acceso a los mismos servicios en los países ricos. Tan entrelazados están los datos entre sí, que aquellos cinco países que encontrábamos como países más pobres en el Gráfico I, les vemos reflejados también en este Gráfico II. De los diez países representados, sólo tres de ellos –Malawi, Burundi y Liberia– tienen más del cincuenta por ciento de su población con acceso a agua potable, mientras que sólo uno de ellos –Malawi– supera el cincuenta por ciento en acceso a redes de colectores sanitarios. Es evidente que países como Afganistán en el que sólo el 22 % de la población dispone de agua potable o Somalia que este porcentaje lo lleva al 29 % están expuestos a enfermedades y a mortalidad en tasas elevadas por la privación de ese derecho al agua como derecho a un bien imprescindible para la subsistencia. Así mismo, aunque el acceso a redes de colectores sanitarios es en todo caso inferior al que se daba para el acceso a agua potable, con porcentajes que oscilan entre el treinta y el sesenta por ciento, resulta llamativo el dato que corresponde a Níger y a Etiopía, países en los que sólo el siete por ciento en el primer caso y once por ciento en el segundo, disponen de tales servicios; un nuevo foco de enfermedades infecciosas que hacen la vida difícil, precaria e insalubre para aquellos habitantes y, por tanto, breve en el ámbito temporal. Y, para que el tratamiento pormenorizado de los casos significativos que hemos visto representados en el Gráfico II, no entorpezca la visión macro del problema, conviene añadir, abundando en la cuestión, que está en el orden de mil cien millones de personas, las que en el mundo no tienen acceso a agua potable, lo que equivale a decir, que uno de cada cinco habitantes de la tierra está privado de este preciado bien, al que nosotros, los países ricos, no concedemos valor y por ello, no sentimos responsabilidad
16 En este aspecto, no me resisto a aportar aquí el texto de la denuncia de Benedicto XVI, que hago mía, y que pocos, si alguno, con su autoridad, se han atrevido a poner de manifiesto de la forma más descarnada e interpelante: “La cooperación internacional necesita personas que participen en el proceso del desarrollo económico y humano, mediante la solidaridad de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto. Desde este punto de vista, los propios organismos internacionales deberían preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos y administrativos, frecuentemente demasiado costosos. A veces, el destinatario de las ayudas resulta útil para quien lo ayuda y, así, los pobres sirven para mantener costosos organismos burocráticos, que destinan a la propia conservación un porcentaje demasiado elevado de esos recursos que deberían ser destinados al desarrollo. A este respecto, cabría desear que los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales se esforzaran por una transparencia total, informando a los donantes y a la opinión pública sobre la proporción de los fondos recibidos que se destina a programas de cooperación, sobre el verdadero contenido de dichos programas y, en fin, sobre la distribución de los gastos de la institución misma.” 8 En definitiva se trata de la gran pregunta que todos nos hemos hecho tantas veces: ¿Cuántos centavos de cada dólar entregado para cooperación al desarrollo, llega a resolver las necesidades efectivas de un pueblo que pasa hambre, sed, enfermedad, muerte, vacío cultural, etc.? Mientras todo eso ocurre, sigamos en nuestro confort, como si lo que ocurre no ocurriese, hablando y dictaminando sobre la preservación del medio y, lo que es peor, tratemos de convencer a los que tienen todas aquellas carencias de que deben sacrificar los recursos de que puedan disponer –bosques, acuíferos, riqueza marina, animales y bestias útiles para remediar el hambre, etc.– porque hay un bien supremo que llamamos medio ambiente, que hay que preservar. V.- El compromiso con el hombre.- Cuando estamos próximos a concluir estas líneas de reflexión, centradas en el marco que nos ha ofrecido la “Jornada sobre Economía y Sostenibilidad Ambiental”, resulta oportuno adentrarnos, aunque sea a modo de interpelación, en lo que subyace en todas las líneas, datos y gráficos precedentes, que no es otra cosa que la humanidad como tal. De aquí que me atreva a formular algunas preguntas, no tanto esperando respuestas o dándolas yo mismo, sino como instrumento para interiorizar los problemas planteados en un marco extensivo en el espacio y extensivo también en la diversidad socioeconómica de sus protagonistas; me estoy refiriendo, naturalmente, como vengo haciendo a lo largo del estudio, a la concurrencia en el mismo escenario mundial, de países desarrollados y países en vías de desarrollo, o si se quiere con mayor brevedad, entre países ricos y países pobres. ¿Dónde está –en ese marasmo problemático que hemos descrito– ese ser social por naturaleza, y por ello sociable, creado libre, como atributo diferencial de su propia personalidad, y responsable de todos sus actos, precisamente como consecuencia de su libertad y de su racionalidad? ¿Qué papel juega, si es que juega algún papel, en todo lo que hemos venido describiendo? 8 Benedicto XVI “Carta encíclica «Caritas in veritate»”. Roma 29.06.2009, núm. 47.
17 O si se prefiere, en otros términos, ¿puede asegurarse hoy, con los principios reales que rigen de hecho o de derecho la vida en comunidad, que la pervivencia del hombre y la conformación de su desarrollo humano integral, están totalmente garantizadas? También, con mayor nivel de provocación ¿está la humanidad en peligro de extinción? A la luz de las tasas de fertilidad que se aprecian en los países ricos, la cuestión no parece vana, antes al contrario, en una visión responsable del futuro de la humanidad en su sentido más amplio, o de la comunidad nacional en su ámbito más restringido, los datos obligarían a tomar medidas eficaces para resolver el problema. Es evidente que el nacimiento de un niño se contempla en estos momentos, y desde hace ya unos lustros, como una incomodidad, como la privación de las oportunidades de ocio y de bienestar material de unos padres que han conseguido, legítimamente, un elevado nivel de renta. La decisión de concebir y de alumbrar, llega a verse como un foco de problemas, no tanto por los riesgos inmediatos, como por la situación de futuro: responsabilidad y preocupación en el proceso de crecimiento, tanto físico y biológico como espiritual y humano. Los futuros padres se sienten abatidos por la probabilidad de enfermedades, la posibilidad de malas compañías, hasta las mismas dudas de saber hacerlo bien, de educar adecuadamente, de proporcionar el marco correcto para el desenvolvimiento del niño en libertad y responsabilidad, todo está presente en esos titubeos ante la decisión de formar una familia plena, llamada a fomentar las virtudes que se viven en el seno familiar. Junto a esos titubeos, no son menos ciertos los atisbos de egoísmo ante la opción de una vida cómoda, de al menos unos años de disfrute, sin condicionantes y sin restricciones. Si en estos momentos unimos a las experiencias de vida en común fuera de cualquier compromiso formal, conducente a los matrimonios tardíos –lo que comporta un número de años no fácil de determinar inicialmente–, el período de goce material que se pretende en el inicio de la vida matrimonial, antes del nacimiento del primer hijo, es fácil concluir en la reducción efectiva del tiempo fértil de quien está llamada a la maternidad y, en su consecuencia, de la capacidad reproductiva y de pervivencia de la comunidad, como resultado de una baja tasa de natalidad, determinada por la reducida fertilidad, al priorizar, en las decisiones familiares, las opciones de comodidad, de ocio y de ostentación social, frente a la grandeza que implica el nacimiento de un hijo, tanto para la propia familia como para la comunidad humana. Hemos podido comprobar cómo, en épocas de expansión económica, hemos precisado de la inyección de sabia humana nueva, si se quiere en términos más dramáticos, nos hemos vistos obligados a importar población, para que la expansión pudiera tener efecto. Experimentando también la tristeza de que cuando el crecimiento se ha frenado y ha aparecido la recesión, esa población inmigrante es la que más ha sufrido el desempleo y, por diversos cauces de incentivación se ha tratado de su regreso al país de origen. Algo así como una herramienta, que cuando se necesita y resulta útil se utiliza y cuando no se desecha. Desde esa experiencia, por la que los países en desarrollo han venido a suplir las deficiencias poblacionales de los países ricos, ¿podemos explicar a los pobres que nuestro compromiso, el de los ricos, lo es con el medio ambiente y no tanto con las
18 condiciones infrahumanas en las que se desenvuelven sus vidas en los países que les vieron nacer? Es más, en el orden de preferencias que sienten como propias las gentes de los países en desarrollo, los pobres, ¿en qué lugar figurará la política medioambiental? Dicho de otro modo, ¿pueden los pobres comprender nuestro discurso de no sobreexplotar un recurso natural –quizá el único de que dispongan– por el peligro de su agotamiento? ¿Pueden entender que no deben deforestar un espacio físico dotado de riqueza arbórea, porque sus bosques son bienes de la humanidad, en cuanto que pulmón para el universo entero? La presunción de que deben de seguir pasando hambre, porque lo que tienen no pueden utilizarlo en provecho propio, pues debe estar al servicio del interés común de la humanidad, es difícil de explicar y más difícil aún de aceptar con convicción. Si las condiciones en que viven los pobres no importan a los ricos, si los índices que hemos visto al principio, de renta, de mortalidad, de esperanza de vida, de analfabetismo, etc. que caracterizan las vidas de los pobres, no importan a los ricos, no puede esperarse mejora alguna en las condiciones de los primeros, por lo que el conflicto entre unos y otros será el modo de relación entre ambos, y sólo la imposición del más fuerte dictaminará el resultado definitivo. Quién sea el más fuerte, a largo plazo, está todavía por decidir. La ausencia de compromiso en los países desarrollados, se produce en un escenario de abundancia en la que éstos se encuentran insertos. Abundancia de bienes materiales, pero gran escasez de bienes espirituales; entre ellos, grandes carencias en la conciencia sobre la fraternidad de todo el consorcio humano, sobre la necesaria solidaridad con los que menos tienen, sobre el empeño en resolver esas carencias que impiden una vida digna, a la que todos tenemos igual derecho. Es esa pobreza de los países ricos, que sólo tienen riquezas materiales, la que impide que entre ellos surja la necesaria motivación que, desde el compromiso, impulsará la acción para resolver las situaciones de precariedad en un mundo que se estableció para todos y no sólo para una clase privilegiada. Una acción que hará que el compromiso, a través de la acción solidaria, sea tanto más eficaz cuanto mayor haya sido la motivación, construida sobre una conciencia rectamente formada de fraternidad entre todos los hombres y mujeres que habitan el planeta y que están llamados a aprovecharse de él, pero también a cuidar de él para que sirva a las generaciones futuras, como sirve a las presentes. Hay que reconocer que es fácil despertar la lamentación, pero mucho más difícil hacer brotar la acción. La motivación que subyace y antecede a la acción, requiere una fuerza interna que exige creencia. Sin creer, no se emprender el hacer. Una creencia que supone la estructuración de un sistema coherente de principios acerca del hombre y del medio. Un sistema coherente de principios capaz de responder, sin titubeos, a las preguntas de “qué soy” y, con ella, a la de “para qué soy”. Ese sistema que, en definitiva, configura un sistema cultural, es lo que precisa una comunidad de hombres y mujeres que quieren asumir la responsabilidad que les corresponde en la solidaridad con el consorcio humano y en la preservación del medio. ¿Quién puede conformar esa cultura en la sociedad de hoy? Ortega apuntó la
19 respuesta al decir: “... es ineludible crear de nuevo en la Universidad la enseñanza de la cultura o sistema de las ideas vivas que el tiempo posee. Esta es la tarea universitaria radical. Esto tiene que ser antes y más que ninguna otra cosa de la Universidad...” 9 Y añade en otro pasaje, reafirmando el anterior encargo universitario: “No hay remedio: para andar con acierto en la selva de la vida hay que ser culto, hay que conocer su topografía, sus rutas o <métodos>; es decir, hay que tener una idea del espacio y del tiempo en que se vive, una cultura actual. Ahora bien; esa cultura, o se recibe o se inventa. El que tenga arrestos para comprometerse a inventarla él solo, a hacer por sí lo que han hecho treinta siglos de Humanidad, es el único que tendrá derecho a negar la necesidad de que la Universidad se encargue ante todo de enseñar cultura... Ha sido menester esperar hasta los comienzos del siglo XX para que se presenciase un espectáculo increíble: el de la peculiarísima brutalidad y la agresiva estupidez con que se comporta un hombre cuando sabe mucho de una cosa e ignora de raíz todas las demás. El profesionalismo y el especialismo, al no ser debidamente compensados, han roto en pedazos al hombre europeo, que por lo mismo está ausente de todos los puntos donde pretende y necesita estar.” 10 Como universitario me permito preguntarme ¿es la universidad de hoy la que puede llevar a cabo la misión que le otorga el filósofo español? Es cierto que iniciativas como la que ha dado lugar a esta Jornada sobre Economía y Sostenibilidad Ambiental, y aquellas que lo fueron en convocatorias precedentes, son sin duda un instrumento efectivo para sembrar esa semilla que precisa la construcción de una sociedad armónica y comprometida; generalizar hoy esa experiencia al propio sistema universitario, sería pecar de un optimismo punible. Creo que la Universidad está hoy comprometida en otros temas que no pasan de ser simples micro-parcelas del saber, olvidando el propio sentido del hombre y su responsabilidad en la configuración de una sociedad mejor. Hay que reverdecer en nuestras conciencias las verdades permanentes sobre la humanidad del hombre, sólo por ese camino se podrán eliminar las muchas injusticias que hoy aquejan a la humanidad, sobre todo a esa parte de la humanidad constituida por los que menos tienen. VI.- A modo de conclusión.- La solución al conflicto aparente entre naturaleza y bienestar, es decir, entre naturaleza y hombre, como en tantas otras ocasiones, no puede quedar reducido o confiado a un simple hallazgo técnicoeconómico. Un ejemplo reciente es bien expresivo de los resultados a los que podemos llegar cuando la confianza se deposita en la técnica ausente de humanidad. Me estoy refiriendo al objetivo de reducción de las emisiones de CO 2 , un objetivo bien evidente como parte del general conservacionista del medio ambiente, y hacerlo mediante la sustitución de combustibles fósiles, de origen petrolífero, por bio-combustibles de producción basada en la disponibilidad de cereales como materia prima. El proceso de producción de bio-combustibles, como no podía ser de otro modo, ha incrementado muy sustantivamente la demanda de cereales para tales fines, encareciendo el producto en el mercado y, por tanto, encareciendo y reduciendo la 9 José Ortega y Gasset “Misión de la Universidad”. Revista de Occidente. Madrid 1930, págs. 63-65. 10 José Ortega y Gasset “Misión de la Universidad”. Revista de Occidente. Madrid 1930, págs. 67-68.
20 demanda de cereales para alimentación. El resultado neto podría pues resumirse en que una pequeña reducción a nivel mundial de emisiones de dióxido de carbono, ha producido un incremento del hambre a escala planetaria, al encarecer el producto básico para la alimentación de los más pobres y, por lo tanto, un bien de demanda muy inelástica. La solución hay que buscarla en el hombre y en la sociedad. Me refiero a esa nueva cultura capaz de conformar nuevas actitudes en las personas llamadas a la responsabilidad por un mundo mejor, en el que el medio es respetado, precisamente porque está al servicio del hombre, de todos los hombres, de la generación presente y de las generaciones futuras. Ello no podrá conseguirse sino a través de un cambio de mentalidad de todos cuantos constituimos la comunidad universal de hombres y mujeres. Con certeras palabras podemos concluir estas líneas, haciendo nuestro el siguiente texto: “Los graves problemas ecológicos requieren un efectivo cambio de mentalidad que lleve a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones». Tales estilos de vida deben estar presididos por la sobriedad, la templanza, la autodisciplina, tanto a nivel personal como social. Es necesario abandonar la lógica del mero consumo y promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. Una actitud semejante, favorecida por la renovada conciencia de la interdependencia que une entre sí a todos los habitantes de la tierra, contribuye a eliminar diversas causas de desastres ecológicos y garantiza una capacidad de pronta respuesta cuando estos percances afectan a pueblos y territorios.” 11 Sólo así, conseguiremos un mundo mejor para todos, también para los pobres, un mundo más armónico, más justo, más fraterno y más solidario. En nosotros está la respuesta, pero consideremos que quien no tome la responsabilidad que le corresponde en la tarea, no tendrá derecho a juzgar el resultado final, tanto para el medio como para, lo que es más importante, el hombre. -_-_-_-_-_-_-_-_-_-_BIBLIOGRAFÍA – A CKERMAN , F RANK “Can we afford the future?: the economics of a warming world”. London. Zed Books, 2009. – A DGER , W. N EIL y J ORDAN , A NDREW (edits.) “Governing sustainability”. Cambridge. Cambridge University Press, 2009. – B ENEDICTO XVI “Carta encíclica «Caritas in veritate»”. Roma 29.06.2009. 11 Pontificio Consejo «Justicia y Paz» “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2005. Biblioteca de Autores Cristianos –Madrid– y Editorial Planeta – Barcelona–, 2005. Núm. 486.
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