Apuntes del natural : leyendas y artículos
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* APUNTES DEL NATURAL LEYENDAS YARTÍCULOS
José Gestoso yPerez APUNTES £ DEL NATURAL f^0ülFC;W^íi 4v^\ UNIVERSITARIA SEVIT. L.l SEVILLA Establecimiento tipográflco de GIRONES YORDUÑA. Lagar 3y5. M.DCCC.LXXX.11 1
Es propiedad de su autor. Queda hecho el depósito que marca la ley. # I 0
PROLOGO En mis ratos de ocio, en los momentos en que el espíritu se complace soñando las más inverosímiles historias ylos más absurdos relatos, poco á poco, del confuso laberinto de mis ideas, han ido formándose las páginas que componen este libro. Confieso que he perdido muchas horas meditando en lo pasado ylo presente; todavía, acaso porque no soy viejo, bullen en desordenado tropel dentro de mi cerebro, asaltándome sin cesar, las quiméricas visiones de otros dias, juntamente con los cuadros que la realidad me ofrece ácada paso. Aun la imaginación se recrea vagando, ora bajo los medrosos claustros de los templos románicos yentre los despezados sarcófagos que adornan interminable comitiva de grotescas plañideras óextraño simbolismo heráldico, óya abrumada bajo el peso
—i— entre aquellas oscuras piedras yaquel salvaje huerto, también se la evitaba... ¡Quién sabe!... Ella era rica.... sus parientes pobres.... huérfana además.... La vida del claustro es el camino del Cielo.... Por eso.... nó por otra cosa.... la hicieron entrar de novicia. Nada hay más fácil ycorriente que pretender sofocar la voz del deber, ocultando lo que en sí es mezquino ydeforme con la máscara de un móvil generoso ysanto.... Yálos parientes de Blanca sucedió esto. La nina, indudablemente, no tenía experiencia para conocer ese lodazal de la vida, no pudiendo apreciar tampoco los resultados de lo que con ella se hacía. Nació en aquel pueblo ynunca fué ála capital próxima. Para ella el mundo se componia de sol, de aromas, de pájaros, de bosques yde flores. V Yentró en el convento casi alegre; ydigo casi alegre, porque, apesar de sus años, nunca tuvo completa alegría. Su alma era triste, tanto como su rostro. Siempre estaba pálida, ysus negros ojos, entornados yadormidos, parecian buscar quizá algo que le sonreía en ese espacio infinito en que vagan nuestros sueños ynuestras quimeras. Iba diciendo que entró al fin. Era una tarde de primavera, yapesar del canto de los pájaros que saltaban en las ramas de los almendros, de) hermoso sol que alegraba el palio, yde las infinitas campanillas que, después de trepar por la
—5— gótica crestería de los arcos, quedaban flotantes desde su clave como un cortinaje de verdura, apesar de estos encantos, tuvo miedo cuando atravesó el claustro. Aquellas estatuas yacentes, rígidas yamarillas, diseminadas por él, causaron en su alma un terror desconocido, se estremeció ligeramente como una violeta al soplo de la brisa, como los labios de una niña al contacto del primer beso de amor, sintió frió, y, sin darse cuenta, sin podérselo explicar, por sus mejillas corrieron lágrimas. Las monjas que la iban acompañando le preguntaron: —¿Por qué lloras, Blanca?... Ella contestó: —iMe acuerdo de mi madre! ¿Ilabria quizás comprendido lo horrible de su aislamiento? ¡Tendría que vivir ya sola! ¡Nadie se interesaría por ella en el mundo!... Atravesaron el claustro; después, cruzando angostos yoscuros pasillos, subiendo torcidas ydesvencijadas escaleras, llegaron al claustro alto. En los muros se veian multitud de puertas. La monja que iba sirviendo de guia abrió una de aquéllas: era una habitación más bien grande que pequeña, ypor muebles tenía una humilde cama, una silla de alto respaldo, un reclinatorio con su crucifijo, una mesa con tres ócuatro libros cubiertos de polvo, y.... nada más. Había lo bastante para cubrir las necesidades del cuerpo; en cuanto álas del alma.. .ya lo hemos visto.... las buenas madres no se olvidaban.... Blanca podía leer ypodía orar.
—6— VI Era la hora del alba, yásu incierta luz no hay para qué decir que los objetos se distinguían confusamente. Todo el convento aparecia entonces más sombrío, envuelto aúnen los vapores de la noche. Áaquella hora despertaron áBlanca para que asistiera al coro. Fue ábuscar sus vestidos yno los halló; pero, en cambio, tropezaron sus manos con unos paños que pesaban mucho. Abrióla ventana de su celda, que daba al claustro alto, y, ála escasa ó incierta luz del alba, pudo distinguir que aquello era un hábito. Cuando concluyó de ponérselo, sus manos, como de costumbre, fueron ábuscar la cinta de seda que tenía para cerrar su traje; pero en aquel hábito no las habia. En cambio se puso un escapulario blanco, que contrastaba hermosamente con el sayal que era azul. Después prendió en su cabecita la toca yfué ámirarse al espejo.... tampoco habia espejos. Tuvo que renunciar áeste sencillo placer. Bajó las escaleras con mucho miedo, atravesó por entre los sepulcros temblando yse encontró en el coro. Allí le señalaron un sitio entre las demás novicias. Blanca no sabía entonar las preces que sus compañeras; el lalin le era tan desconocido como áéstas, ytuvo que privarse del placer de cantar, aunque fuera rutinariamente, como lohacian las otras. La comunidad, en cambio, elevaba áDios sus pre-
1 ces de ese modo pausado ymonótono que nos hace sentir un gran frió en el fondo de nuestra alma. Yasí estuvieron cerca de dos horas. El esquiloncillo del convento empezó átocar ámisa. Entraron tres ócuatro viejas délas del pueblo yal poco rato apareció el sacerdote en el altar. Una Yez concluida aquélla, sonó de nuevo otra campana convocando al refectorio, ydespués volvieron al coro; terminado éste, otra vez al refectorio, y.... llegó la tarde. Las monjas, unas se paseaban silenciosas por el jardin, otras se sentaron diseminadas, ya sobre algún capitel abandonado, ya al pié de los sepulcros, semejando esas mudas ytristes estatuas que adornan sus ángulos. VII La infancia teme óla soledad, por eso se créa pronto vínculos. Algunas novicias se la acercaron y al poco tiempo reinaba entre ellas una común alegría. Blanca les contó su vida suspirando... ellas las suyas sonriendo, ycomo siempre junto ála risa están las lágrimas, algunas de sus compañeras se reian de sus miedos ysus temores; otras nó lloraron en silencio.... ¡Eran huérfanas también! Pasadosloscortos momentos deexpansion, otra vez al coro . . ..Árezar otra vez. Después cada una ásu celda. Yal dia siguiente, yal otro.... yal otro.... ¡Lo mismo siempre! ¡Hermosa vida para corazones helados.... ó.... para ángeles! Pues bien, Blanca al mes sabía el latín que las demás.
—8— Su voz era deliciosa, dulcísima.... Cuando cantaba, era fácil distinguirla entre todas. Por una causa desconocida, secreta, que pudiéramos llamar misteriosa, es lo cierto que sus cánticos resonaban con una triste expresión que no tenian los de sus compañeras. Aquella melancolía de su alma se manifestaba en todos los momentos de su vida. Más que cánticos, eran suspiros.... Acentos de un alma enferma. Iban, por decirlo así, impregnados de un oculto dolor.... No era su voz la que cantaba.... Era su alma que gemia. VIII Amó áDios porque tenía que amar algo. Le amó infinitamente, como los ángeles. Ella pensaba que no liabia nada más allá del claustro, que el mundo todo estaba dentro de su convento. Ypasó tiempo, yesta idea llegó áposesionarse de su sér, resumiendo su existencia. Ya no habia nada lóbrego, nada triste para ella dentro de aquellos muros. Hasta los santos de piedra le sonreian desde la penumbra de sus hornacinas. Se acostumbró ámirarlos; es más, se connaturalizó con ellos yhasta con las estatuas délos sepulcros. {Placeres!... ¿Podían acaso existir mayores que los que ella experimentaba, bien cuidando de las llores del jardin, óhaciendo ramilletes de margaritas blancasy de plata, para adornarel retablo de la Virgen?
—9— Blanca oia hablar del mundo exterior, de aquel mundo desconocido para ella, nó con extrañeza. Verdad que algunas cosas le sorprendían; pero el todo, el conjunto, creía adivinarlo. «El mundo será acaso otro convento mayor.... Sí, mayor ha de ser, para que contenga tantas gentes.... ¡Oh, yo quisiera conocerlo!» Pero nunca pensó más que esto. Aquí se detenia su pensamiento, quizá temeroso de descubrir el más allá. Trascurrieron algunos años.... Blanca era ya una mujer. Un dia la llamó la Superiora ásu celda. Allí hablaron las dos largo tiempo. * La habían propuesto que profesara: aceptó. Con la sonrisa en los labios dijo que sí; pero ¿por qué cuando salió de la celda, Blanca lloraba? El corazón presiente, adivina lo porvenir. IX Desde que pasó esto, las monjas trataron de disponer lo necesario para que la profesión fuero más solemne. Noticióse esto álos parientes de Blanca; pues.... nada. Repitieron que el claustro es el camino del Cielo. Les contentó mucho esta determinación (¡es natural!...), ofreciéndose su tio áservir de padrino yá costear cuantos gastos se originasen. Quiso que se hiciera con la mayor pompa. ¿Pensaría que de este modo acallaba la voz de su con- 2
—10 — ciencia? Átodo se acostumbra el hombre, ymás que ánada áengañarse, cuando del engaño le resulta un goce óalgún ficticio placer. Se trajeron colgaduras para vestir las altas columnas; guirnaldas de flores para colocarlas sobre los góticos festones, yalrededor de las esbeltas ojivas corrian las hiedras ylas campanillas de todos colores. Arañas deslumbrantes de cristal, lámparas de plata, costosos bordados, toda la riqueza, en fin, que el convento guardaba para las grandes solemnidades, todo sacóse árelucir en esta ocasión. XI Desde el dia anterior no descansaba el esquiloncillo del convento; pero al mismo tiempo que los sonidos de éste eran alegres ybulliciosos, una campana tañía lúgubre ytristemente, como si locara ámuerto. Ála verdad, esto no es extraño. En el mundo son muy frecuentes estos contrastes yyaá nadie impresionan. Recuerdo haber visto algunas máscaras embriagadas, después de la salida de un baile, danzar próximas áuna ventana, detrás de cuyos hierros dormía el sueño de la muerte una niña de diez yseis años. Ylas gentes se paraban, no sé si para divertirse
—11 — $ con el baile ópara rezará la muerta.... Pero ya sien- to haber hecho esta digresión; me he separado de mi relato. Amaneció el dia; en la iglesia estaba todo dispues- to. Tapices, alfombras, flores, ymil ymil adornosmás avaloraban el cuadro. En el presbiterio se veian colocados algunos antiguos sillones páralos padrinos. Lo restante del templo era para las demás personas. XII Empezó la iglesia állenarse de gente. El pueblo todo acudia, señores ycriados. Aquéllos mostraban en sus rostros alegría ó.... indiferencia: iban.... porque si. Por el contrario, no era muy difícil escuchar de los criados frases como ésta: —¡Qué lástima!... ¡Pobre Blanquitat Añadiéndolas mujeres: —¡Si su madre viviera! Se comprende este diverso criterio. Formado el uno por gentes que.... valen y.... saben, ysi no saben, suya es la culpa. Pero los otros, pobres, miserables, juzgando sólo por las exterioridades ysin tener conciencia délo que dicen; es verdad que en cambio tienen corazón que les enseña ásentir; mas ¿quién se acuerda de éste para aplicarlo álos actos de la vida? Los padrinos ocuparon al fin sus asientos. El órgano prorumpió en mil sonoros torrentes de armonía.
>v —12 — Las nubes de incienso se perdian allá en la clave de los altísimos arcos. Un mar de rayos de oro penetraba átravés de las vidrieras. Millones de luces, reflejando en las facetas de cristal de las arañas, las hacian aparecer como deslumbrantes globos de fuego, de oro yde colores. Delante del altar mayor el Preste ysus ministros. En una grada más baja los padrinos, vestidos con ropas negras. lié aquí el cuadro.... Con la cabeza inclinada, pálida como una virgen muerta, envuelta en un ámplio traje blanco, muda y silenciosa como el olvido, rodeada de las demás monjas, veíase la figura de Blanca, resallando en el fondo oscuro del coro. Concluida la misa, el Preste ysus ministros bajaron ála iglesia seguidos por los padrinos, llegando todos hasta la puerta claustral. Las monjas, formadas en dos hileras, dejaban ver en el centro ála Abadesa, conduciendo de la mano á Blanca. Ambas se adelantaron hasta la misma puerta. El Sacerdote llegó hasta ellas recitando una oración: hizo que Blanca se arrodillara. Hincada en el suelo, le cortaron entónces sus cabellos. Tuvo que ponerse de pié yse irguió temblorosa, insegura como una sombra. Faltaba algo más: llegaron unas monjas sosle-
-13 — niendo grandes bandejas de plata cubiertas de flores. El Sacerdote rezó de nuevo otras preces éhizo que el cuerpo de Blanca se tendiera sobre el tapiz que cubría el suelo. La comunidad entonó el responso ycon las flores cubrieron su cuerpo como mortaja. Levantóse Blanca, ydespués de otros cánticos y otras ceremonias, la puerta claustral se cerró para siempre. Las gentes abandonaron el templo. Todo habia concluido ¿Todo? XIII Las revoluciones—ha dicho no sé quién—son hijas de nuestro siglo; por esto se miran ya indiferentemente. Lo mismo que en el mar, suceden trastornos en la sociedad. Las olas se levantan ydestruyen. El mar también hace áveces el papel de Atila. La sociedad igualmente los tiene, ó, mejor dicho, los aborta. Entónces el fango se revuelve, se esparce por las aguas yllega ála superficie. Después ¿quién sabe? No trato denegar una verdad inconcusa; sé que existe la ley del progreso humano, pero habrá de concedérseme que no siempre se obtienen los resultados apetecidos. En el caso de que tratamos, otro era el remedio que necesitaba aquella mortal dolencia.
—20 — un círculo alrededor del presbiterio yfijan sus ojos en la puerta, esperando que lleguen los novios ypadrinos. Al fin aparecen los primeros. Ella es elegantísima yesbelta; 61, apuesto ybizarro: ella tiene los ojos garzos, rasgados, con hermosas pestañas, el cabello de oro, los labios del color de las amapolas; él, negros ygrandes como su rizada cabellera ybarba. Sobre sus hombros cae, suelto y airoso, el amplio manto de la órden de Alcántara, cuyas majestuosas líneas aumenta la bizarría de su noble yvaronil aspecto. ¡Qué indescriptibles momentos! El órgano prorumpe en mil sonoros torrentes de armonía, las nubes de incienso se elevan por las gigantescas arcadas, raudales de purísima ydorada lumbre penetran á través de los vidrios de colores, las sedas, brocados yterciopelos fulguran en mil luminosos cambiantes; el incesante clamoreo de las campanas, ebrias de contento, hiéndelos aires; el relinchar de los caballos, las voces de los palafreneros yla algazara de aquella multitud, que pulula como un inmenso hormiguero por la gran plaza, todo contribuye árealzar el indescriptible encanto de aquel cuadro, exuberante de vida, de sol, de perfumes ycolores. XIX Para los que vivimos en el mundo un acontecimiento como este despierta siempre en nosotros ese espíritu de curiosidad que es el móvil de todos nuestros actos.
—21 — Un matrimonio cualquiera puede sernos indiferente; pero ahora, tratándose del de dos poderosos, nos inspira la misma curiosidad, por ejemplo, que su entierro. Yesto se comprende fácilmente: tan variada yrica es la pompa que se desplega en el primer acto como en el segundo. }sino hé allí álos convidados, pintorescamente vestidos con sus uniformes, encomiendas ycruces; helos allí con la sonrisa en los labios, contentos y satisfechos; también sus trenes, con todo el fausto que el acto requiere. Pero decia yo que el que asiste al primero tiene ya visto el segundo. Nó.... dista mucho el uno del otro: aquí el pesar yla tristeza se ven retratados fielmente en.... los penachos de los caballos. Entóneos fueron blancos, ahora son negros; y, sobre todo, el pesai, el luto yel sufrimiento se ven fielmente representados por un trozo de gasa alrededor de un sombrero, lo cual es un medio tan elocuente como otro cualquiera para manifestar el dolor. No hay para qué quejarse de estas que algunos llaman miserias humanas, ni motejar ánuestra sociedad de cínica éindiferente: para todo tiene ella sus sáhmsy oportunas manifestaciones. XX Pue.-, bien; eslabonando nuestro relato, podremos comprender que si el matrimonio de los Duques fué un acontecimiento para toda la ciudad ¿qué sería para Blanca?
Por vez primera, vió desplegarse ante sus ojos un mundo desconocido, que no había ni' soñado; hé aquí porqué cuando comenzaron állegar los primeros trenes yse desarrollaba ante su vista aquel deslumbrante conjunto de carrozas ycaballos, de damas ycaballeros, iba yvenía desde el coro ásu celda, con vertiginoso afan, andando cien veces este mismo camino. Toda aquella agitación, aquel inusitado movimien- to la aturdía. Concluyó por convencerse de que soñaba, yámedida que los elementos componentes de aquel cuadro se iban mostrando, más se afirmaba en su opinión. Pero después de todo, ella, sin saber por qué, no podía darse cuenta de algunas cosas ni explicarse algunos fenómenos. Desde la ventana de su celda vió llegar el último soberbio tren, donde venían los novios; apeáronse y entónces corrió precipitadamente al coro: árabos atravesaban la nave en aquel momento, para subir al presbiterio. Blanca (y hé aquí el ejemplo délo dicho anteriormente), sin darse cuenta de lo que bacía, abrió áun más sus ojos; quería ver mucho. Aquel hombre miraba áaquella mujer ¿de qué manera? Tenazmente fijos los ojos de la monja en ellos, yapesar de esto no había visto nada. En el fondo de su alma sí experimentó algo extraño; creyó que alguien, apoderándose de su cuerpo, lo hizo estremecer, sacudiéndole violentamente. Si hubieran preguntado áBlanca quiénes eran
—23 — aquella mujer de cabellos de oro yaquel hombre de los ojos negros, apesar de saber quiénes eran, sólo hubiera podido decir que ella no lo sabía, pero sí que se miraban mucho, dulce, lánguida, celestialmente, como dos ángeles. Hubo un momento, durante la ceremonia, de profundo silencio, yuna voz clara yenérgica dijo de este modo:—Sra. Duquesa de M., ¿queréis recibir por esposo al Sr. Duque de H.?—Sí quiero— respondió una voz argentina, sonora, de dulcísima expresión.— Y vos, Sr. Duque de II.,—dijo de nuevo la primera voz,—¿queréis recibir por esposa ála Sra. Duquesa de M.?— Blanca entónces abrió desmesuradamente sus ojos, que estaban entornados; miró sin saber adónde, clavándolos en el espacio con la fijeza de los de un loco, yacercando su oido cuanto pudo ála verja del coro, quedóse inmóvil. —Sí quiero....—contestó varonilmente el hombre de los ojos negros. ¿Qué le sucedió áBlanca entónces? Nada: aquello era sólo curiosidad; ya estaba satisfecha, ysu rostro recobró instantáneamente su prístina calma. La ceremonia liabia terminado. Un ruido confuso, extraño, se advirtió en el templo al abandonar sus asientos los convidados, disponiéndose ámarchar. El hombre de los ojos negros conducia de la mano ála mujer de cabellos de oro: así bajaron las gradas del presbiterio; reposados, majestuosos, y, como siempre, mirándose de aquella manera extraña. Ella teníala edad de Blanca: diez yocho años.
24 XXI Poco tiempo después de esto, la plaza se veia desierta; la iglesia comenzaba áenvolverse en esa iuz melancólica ytristísima de las tardes de otoño; las guirnaldas de flores que adornaron las columnas se veian fuera de sus líneas, pendiendo ya, marchitas, incoloras, como esas flores que, después del mes de Difuntos, vemos diseminadas sobre las losas de las sepulturas. La luz de una lámpara próxima ámorir chisporroteaba solamente en el presbiterio, yel agudo chillido de algunos murciélagos, revoloteando en torno de su triste resplandor, eran los únicos ruidos que interrumpían la medrosa calma yla soledad del templo. Repetiré en este lugar la pregunta que me hice al concluir la profesión de Blanca: «Todo parece que había concluido. ¿Todo?» XXII Hay que confesar que la ceremonia se había celebrado fastuosamente. Las monjas estaban satisfechas, contentas, ysu conversación durante el recreo de aquella tarde era referente álo acaecido. Blanca bajó al jardín como siempre. Pero ¿por qué causa ni siquiera miró sus flores ni rezó tampoco ante la Virgen que se veneraba en el claustro? No pudo estar mucho tiempo en el jardin. Tenía frió.... por eso quizá estaba tan pálida.
—25 — La Abadesa la mandó retirarse ádescansar. —¡Es justo!—decian sus compañeras,—ha trabajado más que todas nosotras: no es extraño que esté enferma. XXIII Las tempestades, así en el órden físico como en el moral, van precedidas siempre, ántes de desencadenarse, de siniestros fenómenos que nos advierten su aproximación. En el órden físico comienza el sol por oscurecerse; un velo de sombríos vapores se levanta en el horizonte ylo oculta entre sus densos pliegues; después el viento comienza ágemir, brama, se desencadena, por ultimo; sacude con titánica fuerza los más robustos árboles, retuerce sus ramas, las desgaja, las arrastra yhunde en el polvo; después, arrebatándolas en sus alas, las esparce ydisemina por los aires. El horizonte es ya negro; los huracanes chocan yse estrellan en la inmensidad, yásu bárbaro ysalvaje bramido, yásu poderoso impulso, precipítanse las piedras desde lo alto de las montañas, ruedan los colosales aludes, los torrentes se desbordan, relámpagos de fuego cruzan por la inmensa bóveda, arrasan, incendian, exterminan.... Del fondo de nuestras almas surgen también las tinieblas lo mismo que en la naturaleza: como áésta, nos envuelven las negras sombras, los tenebrosos vapores; hay entónces algo dentro de nosotros que lucha titánicamente, que se retuerce, que pugna por 4 f
—26 — desasirse de cadenas desconocidas, que ora se repliega yavanza, ora retrocede 6invade: sacudimiento horrible que nos conmueve, gigantesca ola que nos abruma, lágrimas que abrasan, recuerdos que envenenan, relámpagos de pasadas dichas, ensueños que nunca se realizaron, aspiración constante hácia todo lo infinito ytodo lo grande, partiendo de un fondo cenagoso ymezquino... Pugilato maldito de lo que nunca puede unirse.... Hé aquí las luchas del alma; se oscurece, agoniza ymuere lo mismo que la naturaleza. Nosotros, sin embargo, somos de peor condición. Para ella brilla el sol de nuevo, y, tras una tarde tempestuosa, vemos una noche plácida yserena. Para nuestras almas.... nunca. XXIV He emborronado algunas páginas con el relato de un hecho trivial, que seguramente al común de las gentes nada importa. Una niña abandonada que profesa en un convento.... Vemos esto ácada paso, y sería un absurdo compadecer ála nueva monja. ¿Quién puede, humanamente hablando, preocuparse con lo que al fin es sólo una niñería, habiendo en el mundo tantas cosas sérias yde verdadero interés? Un negocio frustrado, una bancarrota; eso sí ya es digno de que los hombres graves se fijen, estudien y propongan los medios para evitar tales ruinas ytan trascendentales desastres.
—27 — Pero, ála verdad, que una niña profese ó nó, que viva como un sér animado ócomo un autómata, ciertamente que causaria risa el imaginar que hombi es de tanto marco yvalía pudieran ocuparse en estos insignificantes pormenores. Yo, que no escribo para esas lumbreras científicas, económicas ómercantiles, ni aun siquiera para na íe, dejo correr ásu antojo mi pluma, yrecuerdo íec ios en cuyo exámen yestudio se ha entretenido aveces muchos ratos mi pobre cabeza, en la cual nunca ha cabido una cotización de Bolsa. ¡Y es lástima que no hubiera empleado el tiempo perdido con tales devaneos en fines más altos, anotando, por ejemplo, el número de botones fabricados desde hace tres siglos en Inglaterra, los kilógramos de especias procedentes de la India ylas cajas de té chino consumidas en España! iCuántos lectores hubiera tenulo entónces mi revista, ymis si la hubiera bautizado nada monos que con el epígrafe de Revista comercial, esto en primer término, agrícola, industrial,etc., etc.! =. e , s . tarde>/ además tr°piezo con un obstáculo nsuperable: mi fatal torpeza para los números ymi quieta imaginación, de lo que es buena prueba lo qepi ecisamente escribo ahora, que ánadie imponíalo GS ^°rdemds aieno ámi interrumpido re- XXV ¿Podría jo asegurar que todo lo ocurrido en el convento aquella mañana fuera la causa de que Blan-
—28 — ca se retirase del jardín temprano yque por la noche no asistiera al coro? Me limito ádecir que es posible. Ya en su celda, recostóse un momento en el lecho. Cerraba los ojos, yátravés desús mismos párpados veia pasar una, otra ycien veces aquellos carruajes con sus palafreneros, aquellos señores y aquellas damas, ydespués áaquel hombre de los ojos negros yáaquella mujer de cabellos de oro. La inefable sonrisa de los dos vagaba aún en sus labios ysus ojos parecían unidos por un fluido invisible. Blanca abría los suyos trabajosamente, como haciendo un esfuerzo; pasaba las manos por su frente separando los pliegues de su toca. Sus labios estaban secos, sus mejillas pálidas, muy pálidas. Todo era sombrío en su celda, todo negro. De nuevo cerraba los ojos. Otra vez las visiones de la mañana acudían ásu mente. Su respiración iba cada vez siendo más apresurada yfatigosa. Estaba inquieta; movíase de un lado áotro en su lecho, como si esperimentara el efecto de un peso abrumador. Bajo el escapulario de su hábito se veia elevar y deprimirse aquel seno. De pronto permanecía unos momentos inmóvil, rígida como un cadáver, yabría sus secos labios para aspirar aire, absorbiéndolo con ansia, con avidez.
—29 — Aquel sosiego era aparente. Comenzó ámoverse en la oscuridad como un bul- to informe. Al parecer luchaba con algo. Sus brazos se extendian en las sombras, como si quisiera abarcar un objeto invisible; ora temblaba, ora se retorcian sus miembros nerviosamente. Las ropas del lecho estaban desgarradas. Su toca desprendida déla cabeza. Las manos ensangrentadas. Los ojos lívidos. Por la ventana de su celda penetró de pronto un gran rayo de luz. Sus párpados se abrieron instantáneamente ymiró aquella claridad, desencajada, como fuera de sí. Aquel rayo era de luna. Sus pupilas aún seguian fijas en aquellos ténues íesplandores, pero sin movimiento, inalterables como las de un ciego. Aquella lucha se hizo en pocos momentos más violenta. Sus visiones debieron ser entónces aterradoras. Ocultaba su rostro entre las manos yhundia su cabeza en la almohada. Algo que no queria ver vagaba sin separarse un instante de su vista. No eran ya sus brazos solos, era su cuerpo todo el que se agitaba convulsamente. La luna penetró de lleno en aquel aposento, yal tiempo que sus rayos iluminaron el rostro de la mon- ja, irguióse de pronto en el lecho, miró en torno su-
RECUERDO LA £>RTA. p.Ap. p. DE JK, Yyvi. )
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El Traje Blanco é I Durante mi estancia en M. supe la triste cuanto sencilla historia que voy áreferirte. No busques en estos renglones, porque de seguro no los hallarás, rasgos de brillante estilo, destellos de imaginación ni galas literarias; nada pondré de mi parte para dar ]nterés álos hechos: creo que en sí tienen bastante, yQue no necesitan que yo los atavie con impertinentes hojarascas. 11 Tomé mi cartera de apuntes, yal caer una tai 6Setiembre me puse en camino para visitar los r 0s c^elfamoso monasterio de S. Tú, que conoces i auñones, ó, mejor dicho, el culto que rindo áto< esas páginas de piedra en que las pasadas edades i
—40 — lian legado esculpidos su grandeza ysus vicios, sus legendarias tradiciones ysus caballerescas empresas, comprenderás el interés que para mí tendria este paseo, tratándose de un monumento construido en el último tercio del siglo VIII por uno de los preclaros restauradores de la monarquía española. Nada he de decirte cuánto gocé vagando por sus derruidos claustros, separando las matas de ortigas yavena silvestre que brotaban al pié de los sepulcros, para descifrar sus borrosas laudes, ódescubriendo en los capiteles, frisos yarcos el raro maridaje de las antiguas civilizaciones de Roma yde Bizancio. Sólo te diré que fué esta una de las inolvidables tardes cuyo recuerdo me será siempre gratísimo. Tuve que volver al pueblo, y, creyendo acortar la distancia que de él me separaba, atravesé por un puentecillo formado de añosos árboles, entrando por una angosta senda abierta entre un bosque de nogales yde hayas. Sin perder el sendero, vine ádar en una grande explanada en cuyo centro, rodeada de gigantescos álamos, se levantaba una casita construida al modo de los chalets suizos. Tenía dos pisos: en el superior, yátravés de los vidrios, se veian cortinas de color tórtola; en el alféizar de una de las ventanas habia un gran vaso de porcelana, en torno del que comian multitud de pajarillos, que al verme volaron asustados. Extrañé aquella casa, construida en tan agreste paraje, y, como comprenderás, con verdadero interés la examiné en todas sus partes: iba un poco cansado, yaprovechando la ocasión que se me presentaba de
—41 — sentarme, lo hice en un gran banco de piedra colocado ála derecha déla puerta de entrada. ¿De quién será esto? pensaba: raro capricho el de levantar tal casa en sitio tan apartado yselvático: así discurria, Pero más se avivó mi curiosidad cuando, al fijar la yista en el suelo, vi ámis pies, como escrito en la arena con una varilla, este nombre: «María,» ydebajo las fechas Abril 18.... Setiembre 18.... El defecto mió, tan incorregible, de fantasear constantemente, creando de los más insignificantes Motivos las más imposibles historias; el anhelo de revestir los hechos naturales con ios colores de lo extraordinario, imagínate si al ver lo que te he referido me sería posible contenerlo encauzando mi foca imaginación, que soñaba ya ¡Dios sabe cuántas cosas! Trascurrió un buen rato, y, viendo que ni la me- nor señal de vida se notaba en la casa, empecé á caminar, decidido áque al hacer mi segunda visita afmonasterio pasaria con el firme intento de averiguar quién era por lo ménos el sér que allí habitaba. III Ala tarde siguiente me dirigí álas ruinas: confiera cuál sería mi asombro, la agradabilísima sorpresa que experimenté, cuando al llegar al misterioso rtalet, en el asiento mismo donde yo habia descansado el dia anterior, vi áun hombre vestido de ne- Sro, leyendo fijamente en un libro. Al ruido de mis Pasos alzó la cabeza, y, vamos, ¿quién crees, amigo 6
—42 — mió, que era? Alberto, el mismo Alberto, áquien suponíamos nada menos que en la embajada de.... Al punto me reconoció, acabando de lanzar en mis brazos su iah! de sorpresa al encontrarse conmigo. ¡Cuán mudado se halla! La brillantez de sus ojos negros ha desaparecido; su cabeza está ya casi cubierta de canas, ysu aspecto, que tantas veces hizo decir ánuestro amigo el escultor S. que era parecido al de un Antinoo, no conserva al presente más que leves vestigios de lo que fué. La impresión que he experimentado ha sido dolorosísima: mucho trabajo me costó reponerme para que no lo advirtiera. —Entra, entra,—me dijo;—este ha sido el primer dia dichoso que he tenido en el espacio de más de un año que habito en esta casa. —Pero, vamos,—le pregunté.—jTú, tan alegre, tan jovial, metido ámisántropo, viviendo en un bosque, rodeado de montañas ypor única compañía la de los pájaros! ¿Á qué se debe tal cambio? —Es una triste historia que algún dia conocerás.... —Vamos, vamos,—le dije;—me figuro lo que será ello; algún desengaño, algún.... —Nó, nó,—me interrumpió;—ya la sabrás, te lo prometo; y, según creo, habrá de ser muy pronto. Le he referido el motivo de encontrarme en este pueblo; hemos hablado de mis proyectos, de nuestras comunes aficiones; pero Alberto no es ya el de hace dos años. Su alma, tan impresionable, parece muerta; he procurado distraerlo hablándole de nuestro próximo
—43 — viaje áItalia; le he pintado aquellos cuadros, que tanto le seducian, de paseos nocturnos por los canales de Yenecia, yhasta le recordé aquel escalamiento Que os propuse hacer nada ménos que al palacio de los Duxes, penetrando por una ventana, al fulgor de los relámpagos, en una noche tempestuosa.... Todos cuantos desatinos hemos soñado juntos, hasta la bacanal que íbamos ácelebrar sobre las ruinas del Parthenon, sólo han servido para que vagase de vez en cuando entre sus labios alguna leve sonrisa. Alberto padece ysufre. Le he propuesto que me ocompañe ámis expediciones, yme ha dado las más curiosas noticias históricas: conoce cuanto notable pormenor arqueológico existe en sus escombros. y-Es mi única distracción,—me dijo;—desde que aquí vivo, voy todas las tardes ávagar por sus silenciosos patios. Ya iré dándote cuenta, mi querido A., de nuestros Paseos. IV ¡Alberto tenía razonl Pronto sabría los motivos esu permanencia en estos lugares. Hemos pasado juntos la noche; acabamos de ^Pararnos, ylas impresiones que he experimentado urante ella apénas si me darán lugar al reposo ne- Cesario para que todo pueda referírtelo. Como te decia en mi anterior, fuimos durante vá- /as tardes al monasterio. Hace pocos dias, al llegar su casa, lo vi extremadamente pálido, pero con esa
—44 — amarillez propia de las antiguas esculturas. Su mirada era tranquila, ylas ligeras tintas violadas que formaban un círculo alrededor de sus ojos hadan resaltar aun más la intensa negrura de aquéllos. La expresión toda de su cabeza era reposada, de una serenidad sobrenatural. Ápoco de haberme sentado junto áél, me cogió las manos yme dijo con un acento más débil que el acostumbrado: —Voy ádeberte mi última dicha. No creí que la lograría.... Ha llegado ya el momento de que hablándote dé rienda suelta ámi dolor; mis heridas se abrirán de nuevo ymis dolores han de exacerbarse.... |No importa! En este mismo padecer encontraré mi última felicidad. jSi vieras cuánto he suspirado por este momento! Hasta ahora, que veia lejano el fin de esta amarga existencia, he podido sobrellevar mis dolores sin confiarlos ánadie; pero hoy que veo acercarse el dia en que mis ojos se cerrarán para siempre, yahora que siento el helado hálito de la muerte en torno mió, no quiero aumentar mi martirio con el silencio.... Todo.... todo vas ásaberlo. Yo, amigo A., no sabía qué contestarle; estaba aturdido, mejor dicho, dominado. Al concluir su última frase lo vi levantarse, dirigiéndose áun pupitre que estaba en la habitación inmediata: sacó de él unos papeles, yvolviendo de nuevo.á su asiento, después de ordenarlos yde separar algunos de entre ellos, me dijo: —Hé aquí mi alma toda.... toda. Ahora, escucha.
—45 — Y ¿Te acuerdas de aquella niña que vivía en S. junto ¿la casa de mis padres? Como sabes, pasamos juntos los primeros años de nuestra infancia yde nuestrajuventud. Siempre estábamos unidos. Juntos jugábamos; juntos salíamos al campo. Mientras ella cogía amapolas ycampanillas blancas, yo le aprisionaba las mariposas de más brillanfes colores. Esta vida inocente éíntima, que, confundiéndolo l°do, nos iba insensiblemente acercando, llegó un día áapoderarse de tal modo de los dos, que fué el ^quebrantable lazo de nuestra unión para lo porvenir. Pasó tiempo. María era ya una mujer: nada más Puro ycorrecto que el vaso que, por decirlo así, encerraba su alma. Había en ella algo de la timidez yvaguedad que elcorazón siente, pero que los labios no pueden expresar jamás. Has líneas de su contorno áun no estaban determinadas: había, por decirlo así, que adivinarlas. Su cabeza recordaba las de esas Vírgenes neerlandesas trazadas por Van-Eyck óMemling; místicas, serenas, purísimas. Comunicaba conmigo todos sus inocentes placeres, SUs pueriles deseos. ¡Cuántas veces suspiró conmigo por vestir el primer traje largo! Esto, para ella, era el comienzo de
—52 — pájaros sin aire en que volar, como las almas sin el aliento de amor que las anima; tú eres la fuente de mi vida, la causa de mi existencia, ycuando todo esto me faltara ycuando yo no pudiera anegarme en la luz de tus pupilas, ni aspirar el perfume de tus labios, yo moriria como las flores, como los pájaros, como las almas. Pero nó, yo no me separo de tí; es muy corta la distancia de un extremo á otro del mundo para que se rompa el vínculo que une las nuestras: al amanecer esperaré álos ruiseñores ylas golondrinas, yde sus trinos yde sus vagas armonías traduciré tus palabras. Cuando el sol comience áocultarse yen el océano de su luz veas flotarlas encendidas chispas de sus rayos, en cada uno de esos brillantes átomos podré leer tus deseos, tus inquietudes ytus ensueños; ycuando allá, enmedio de la noche, las estrellas titilen ytiemblen en el fondo oscuro del cielo, con mis ojos fijos en su incierta luz, las contemplaré extasiado recordando el fulgor de tus pupilas. Pasarán algunos momentos de esos que en el mezquino lenguaje de la tierra se llaman dias, meses, años, y volveré átí para estar siempre como ahora, para vivir como hasta aquí, confundidas nuestras almas, nuestras dichas ynuestros placeres. ¿No es cierto, María, que tú harás lo mismo al amanecer, durante el crepúsculo yen el silencio de la noche? —No me lo preguntes, tú lo sabes,—me dijo con tristeza. Cuando Alberto pronunció estas últimas palabras, un profundo gemido se escapó de su alma, sus ojos se cerraron, y, con la cabeza caida sobre su pecho,
—53 — permaneció algunos momentos: pasados éstos la levantó, yenjugando las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, separó los cabellos que caian sobre su frente ycontinuó su relato. —Llegamos, por fin, al salón al tiempo de concluirse un wals, ynos confundimos con las parejas que paseaban. Pocos momentos después oí el sonido de un reloj.... ¡Eran las cuatro déla mañana! Los dos, cocao heridos por una misma idea, nos estremecimos. Alas cinco tenía que partir. Habia llegado el momento de nuestra separación. No es posible que mis palabras puedan hacerte comprender, continuó Alberto, lo que pasó en aquellos fomentos entre los dos, porque el lenguaje de la berra no ha sido nunca el medio de expresión de las almas. ¿Qué sentian las nuestras? No lo sé, pero habia algo que nos ahogaba. Los dos, asidos del brazo, cruzamos por aquel mundo vertiginoso, sin que ni óun su hirviente zumbido distrajera en lo más mínimo nuestros pensamientos. Guando llegamos al extremo del salón, el padre de María salió ánuestro encuentro: no recuerdo tampoco qué me dijo, ni lo que hablamos; sólo sí que, Pasados algunos instantes, mis manos oprimieron °|ras blancas yyertas como el alabastro; después la V1 oscilar ycubrirse el rostro, cayendo desvanecida sobre un divan. Después de esto, ignoro lo que por mí pasó.
54 — VII Eran las cinco de la mañana cuando salí de.... Después de muchas horas de camino, la portezuela de mi coche se abrió: oí voces confusas, algazara extraña; sombras que pasaban por delante de mí iluminadas siniestramente por las tristes ytemblorosas lucecillas de algunos sucios faroles que pretendían alumbrar una especie de antro frió, desmantelado, lúgubre, bajo cuyo techo paró el tren. Ilabia llegado al término de mi viaje De nuevo volvió Alberto ácallar. Su agitación era creciente ysu pecbo se deprimía yelevaba precipitadamente. Los esfuerzos que había hecho durante su relato hicieron aparecer en sus mejillas unas tintas rosadas que contrastaban de una manera extraña con la palidez de su rostro. Era un cadáver, dentro del cual luchaba un alma enferma. Sus ojos se veian hundidos en un círculo violáceo, casi negro, en las sombras proyectadas por sus pestañas, bajas entónces. Yo temí que pudiera sobrevenirle algún acceso, hijo de su enfermedad, yle dije: —Veo que te has excitado mucho duraüte tu triste narración, ycreo que deberías descansar para que mañana puedas continuarla con más calma. —¡Oh! no lo creas, —me contestó,—este es mi estado habitual.... ysi ámañana espero.... ¡quizás sea tarde para concluirla, yántes te dije que esta será mi última dicha! Hasta aquí,—continuó,— mis sufrimien*
tos eran soportables, porque su recuerdo me hubiera prestado fuerzas para vivir; pero ya desde el comienzo de esta segunda parle ¡es imposible! Esta última frase la pronunció<con un acento tal de convicción yfirmeza, que me hizo estremecer. Después prosiguió de esta suerte: —Pasaron algunos dias; la lectura de sus cartas era mi mayor dicha; yno creas que esto solamente Por algunos momentos, pues al escribirlas me encelaba en mi despacho ysiempre tardé en leerlas muchas horas, borrando áveces sus renglones con mis besos ycon mis lágrimas. Su amor ya no podía permanecer oculto en el pecho yse manifestaba en todos SUs actos, pensamientos ydeseos. ¡Qué irresistible encanto el de sus palabras! ¡Qué cúmulo de inocentes 1osiones yde soñadoras quimeras para lo porvenir! IQué horizontes de felicidad los que ella descubría ams ojos de mi alma! Todo lo olvidaba entonces; su figura aparecía á j 1visla desvaneciendo las tinieblas de mi corazón: °srecuerdos de aquellos dias pasados no eran ya artirizadores, pues mi amor se los imaginaba acjj Q aes>Pastándoles todo el celestial embeleso de las f °ras en fiue pasaron. La última palabra de amor (je eJrotó de sus labios aquella noche del baile, ánles ^nuestra separación, palpitaba con la misma fuerza mi] 01 ] 8°^os’«eolia dotar en mis ojos sus inefables res a< as y* por último, mis pensamientos, mis amod0ensueños, renacían ásu vivificador recuerdisi 7° rai! t0í*0s estos delirios que entónces PaJan mi tristeza habían de ser al poco tiempo
—56 — los más horribles ycrueles torcedores de mi dicha. VIII Todos los dias llegaban ámi poder cartas suyas; puedes, por lo tanto, imaginarte cuál sería mi dolor cuando el octavo de nuestra separación lo vi morir sin que la recibiera. Aquella noche no dormí. Faltaba ámi alma aire que respirar. Al dia siguiente, agobiado por mi dolor, veia ponerse el sol desde una ventana de mi habitación, tan distraído con mis sufrimientos, que no advertí, hasta verlo ámi lado, áun sirviente queme entregó un telegrama: lo abrí precipitadamente.... era de mi padre: «Vén inmediatamente, decía, urje tu presencia.» Cuando leí esta frase lo único que pensé era que iba áver áMaría. De seguida me levantó, ycomo ayudado por fuerzas desconocidas, pero gigantes, en un momento quedó arreglado mi equipaje. Aquella misma noche me puse en camino \. IX Voy áempezar el relato de la última etapa de mi desdicha: desde este dia el mundo ha aparecido ante mis ojos cubierto con un horrible sudario de lagrimas yvehementísimos pesares, que no me han abandonado, ydesde entónces todo cuanto me rodea es tan triste, lúgubre ysombrío como mi existencia.
—57 - No recuerdo si he dicho que estábamos en lo más crudo del invierno. La noche que salí de.... no podia ser más oscura ysombría; ni una estrella brillaba en el cielo, ylas más densas ynegruzcas nieblas me rodeaban. Arrancó el tren ytuve la suerte de que nadie me hiciera compañía. Iba yo solo dentro de aquel coche; de forma semejante al de una cripta, no recibía más luz que la desprendida de una temblorosa lucecdla cuyos débiles rayos se filtraban átiavés de un sucio vaso de cristal. El frió era intenso, yla oscuridad que me envolvía tan profunda, que el cielo con sus nubes yla tierra con sus árboles eran todos del mismo negro color. Yí pasar velozmente, átravés de l°scristales de mi coche, un bosque de gigantescos Pmos, yme parecieron como un enjambre de fantasnaas,de espectros negros yfatídicos abortados por las tinieblas. Alas pocas horas de camino los silbidos del vendaval aumentaban el terror de nuestra marcha, yel Monótono ypesado caer de algunas gruesas gotas de aSua sobre los cristales yel techo de mi coche anun- Clai'°n lo próximo de la tempestad. Caían tan pesadamente cual si fueran gotas de plomo. El viento dejó esilbar ysus quejidos se convirtieron en horríson°syprolongados truenos.... ¡Qué noche tan horrible! Cuando me vi solo, en- ^nelto entre aquel torbellino formado por el huracán as tinieblas, aquel discordante himno resonaba pa- Rosamente en lo más íntimo de mi sér, despertando as más sombrías yfatídicas imágenes. Cien veces leí 8
—58 — el telegrama de mi padre, yde su lectura siempre surgían de mi alma los más siniestros ytristes presentimientos. Entregado áestas reflexiones, me iba ya acercando al término de mi viaje. ‘ —Yo la veré, —pensaba;—saldrá ámi encuentro.... gozaremos otra vez de aquellos incomparables momentos de amor.... recogeré sus miradas.... aspiraré su aliento.... enloqueceré de dicha, y.... ya no nos separaremos jamás.... Así pensando, sin que un instante siquiera se apartase su recuerdo de mi mente, llegamos áS. Salté de mi coche, y, sin cuidarme de la tempestad, me dirigí hácia la casa de María. Era ésta un antiguo caserón, cuya severa fábrica, más severa aún por las oscuras tintas que el tiempo al pasar habia dejado impresasen sus. muros de granito, se levantaba imponente, tétrica, en una pequeña plaza de.... En los momentos en que yo atravesé la ciudad, bien por lo tempestuoso de la noche, bien por lo avanzado de la hora, ni un alma se veia transitar por sus lóbregas ytorcidas calles: el viento habia apagado las luces, yla misma oscuridad que me acompañó durante mi viaje continuaba en derredor mió. Di vista ála plaza yno puedo decirte lo que por mí pasó: áveces me estremecía como si una felicidad desconocida me esperara; otras experimentaba un desaliento, una tristeza tan profunda, que me era imposible continuar mis pasos. La fachada de la casa apareció ámis ojos áuu más tétrica. Las ramas de los árboles de su jardín, que caian por cima de las tapias, ocultábanlas rejas de sus ventanas, envolviendo
la parte mayor del edificio con un denso ytenebroso velo. La puerta se veia cerrada por lo avanzado de la hora. El viento yla lluvia, chocando en ella, liacian rechinar sus enmohecidos goznes, ylas maderas crujían como si estuvieran próximas ásaltar. De pronto observé una débil claridad átravés de la enredadera Que cubría una de las ventanas, ysentí mi alma inundada de una infinita dicha. —iAh, es ella que me espera!—pensé. Yloco, fuera de mí, me dirigí áaquel sitio, donde oscilaba la luz. Los hierros estaban entrelazados por una tupida red de plantas trepadoras: quise separaras, mejor dicho, las arranqué furiosamente, introduje mi cabeza: mis ojos extraviados se fijaron allá léjos.... y.... en efecto, ¡ella me esperabal... Alberto no fué ya dueño de sus acciones yrom- P'h állorar; pero nó con llanto tranquilo, consolador, Sln°como hijas sus lágrimas de la más vehemente desesperación: aquel carácter apacible ytímido se Manifestaba entonces violentamente: era su dolor í> la nde, pero con esa grandeza que subyuga. Sus ojos Ciaban enérgicos, descompuestos; el aliento apreciado de su boca era abrasador, ysus manos, que Pasaba áveces por los cabellos, se veian rígidas yyeras c°mo las de un cadáver. Yo me sentí dominado; queria hablar, ¡imposible! 11 golpe seco de tos le hizo llevarse el pañuelo ála r ca: a*separarlo observé algunas manchas rojizas, g°m°de sangre muj clara; lo estrechó convulsamente re sus manos, y, ocultando su cabeza entre ellas, i
—60 — permaneció callado algunos momentos.... ¿Qué pensaba?... Dios yél lo saben. —Voy ácontinuar,—me dijo, —esto no es nada.... Al penetrar mi cabeza por las plantas que ocultábanla ventana miré al interior, yuna habitación lóbrega ysombría fué lo primero que vi; crucé el patio con la vista, yallá al frente.... lejos.... una habitación, cubiertas sus paredes de paños negros, yalgunos cirios, cuyas llamas oscilaban alrededor de un cadáver. j¡ ¡Era María, sí.... María que me esperaba!!! Mis ojos se turbaron; algo que no puedo explicarme pasó ante mi vista. Así fuertemente los hierros, y pretendía sacudirlos con fuerza, con mucha fuerza. Los mordía, los golpeaba, todo en vano. Me quedé un momento suspenso; creí que soñaba, yque al despertar me convencía de que todo era hijo de mi imaginación ylancé una carcajada muy prolongada. Después no sé lo que pasó; solté los hierros, cayendo como herido por un rayo al pié de la ventana. Desde este momento es imposible que yo pueda coordinar mis ideas. Al volver en mí me encontré en un lecho: mis párpados se abrieron, yaún las tinieblas continuaban en torno mió. Como impulsado por una fuerza desconocida yextraña, yacometido por un horrible vértigo, roe lancé del lecho, dirigiéndome áuna de las ventanas yla abrí: una claridad tenue iluminó de pronto el aposento; miré al ciqlo, ylodo él se veia de un tono gris oscuro.... Me pareció distinguir un
—61 — sonido, yun estremecimiento rápido, pero intenso, me hizo temblar como si hubiera sentido el contado de una chispa eléctrica. Yo oia, sí; oia una campana álo léjos, cuyas vibraciones pesadas, monótonas, se iban perdiendo en el espacio: quise oir mejor, ysin cuidarme de nada, abrí los cristales: un viento muy frió, casi de hielo, penetró de pronto en la estancia, al mismo tiempo que el eco volvía árepetir aquellos sonidos lúgubres Yacompasados. Afortunadamente la ventana pertenecía al piso bajo de mi casa yno tenía, como todas las demás, rejas: de un salto me puse en la calle. Algunos espectros envueltos en unos mantos ámpliosy casi cubiertos por completo pasaban por delante de mí: otros me miraron de una manera inconsciente, estúpida, ylos más volvían la cabeza. Los ecos de la campana se sucedían pesadamente: miré en torno mió ynada vi. Sirviéndome de guia aquellos sonidos, anduve una yotra calle. Ya percibía las vibraciones más próximas.... me iba acercando.... Un edificio gigantesco, negro, con altísimas torres, ycomo guardado por las más extrañas figuras, Sllrgió de repente ante mis ojos.... Atravesé con terror bajo aquel mundo de granito, ln naóvil cáosde sombras yde espectros, yme encontré 1};ij° una elevadísima cripta yerta, sombría, húmeda c°n la humedad de un sepulcro, sostenida por una rn U’iada de gigantescas columnas, entre las que se Veianaparecer unas monstruosas figuras abortadas P°rlas tinieblas. Entretanto, yo percibía aún el lúgubre zumbido
Ingratitud 11> Entre unos viejos papeles que vinieron ámis ma- ,l0s después de la muerte de Fr. Miguel de los San- 0s>monje del insigne convento de San Isidoro del atn Po, halle un legajo más antiguo que los demás Que se daba noticia del hecho que sirve de basa á saleyenda: estimándolo curioso, ya que nó intere- ^nie, he creído, lector benévolo, que podría servirte i £ral°solaz, yátí lo encomiendo con sólo este ob- °; ahora lee yjuzga. II i® Ao ih°S•f u®"0s.Florales celebrados el 6de Abril de 1880, por a®°0ra dn cen?la Sevillana de Buenas Letras, mereció esta leyenda ^Ue Por \er ,,lm Presa con las composiciones premiadas, apesar b**s conrtio- a,se escrila en prosa fue considerada como fuera alciones del certamen.— N ota del E.
—70 - de 1547, un hombre ya entrado en años yseveramente vestido con traje de caballero, acababa de llegar ála entrada del puente de barcas, que unia en lo antiguo la populosa Sevilla con el extenso barrio de Triana. Paróse ya en este sitio, tiró suavemente de las riendas al caballo sobre que cabalgaba, ytendiendo su mirada álodos lados, parecía con ella querer abarcar de una ojeada el maravilloso cuadro que ante él se ofrecía. Por una yotra parte las gigantescas naos surtas ála sazón en el rio, con sus altas ytalladas proas yelevados mástiles; más allá las atrevidas carabelas ondeando al viento los blancos pendones con las esployadas águilas; aquí el continuo movimien- to de los artificios éingenios facilitando la descarga de la última flota llegada de Nueva España; en este pun- to un grupo de soldados aventureros que buscan pasaje para las Indias óasiento en los tercios del Emperador; en esotro mercaderes tratando la compra de preciados efectos; yesta confusión, esta algarabía? este movimiento, aumentados por los cantos de la chusma yde los marineros, por las voces de mando de los cómitres, por las salvas de artillería: si áesto se añade como fondo las gallardas cúpulas; las infinitas elevadas torres, éntrelas cuales descuella la de Santa María con sus ricos adornos mauritanos ysu gigantesca cruz de hierro dorado; los aéreos pináculos ylas md flechas que arrancan cual saetas colosales del maravi' lioso templo; todo este conjunto resaltando sobre n° cielo diáfano, purísimo yazul, no extrañaremos cier" tamente que aquel hombre se parara ydetuviese-
—71 - Sin embargo, apésar de su honda abstracción, hubiérase podido notar cuáles objetos atraían más tenazmente sus miradas: no apartaba la vista de aque- Nas galeras; quizá le recordaban.... jquién sabe! Hubo un momento en que hundió, por decirlo así, sucabeza entre los hombros, yuna lágrima, rodando Por su atezado rostro, perdióse entre los plieges de suoscuro jubón. La vista de aquellos objetos despertó en su alma una memoria querida; por última vez miró en torno Suyo anhelante, cariñosamente, cual si temiese no volverlos áver; inclinó la cabeza sobre el pecho y, aguijoneandola cabalgadura, enderezó el puente adelante. III Triste, meditabundo, entregado por completo á sos pensamientos, fué cruzando el arrabal hasta lle- ^ar al campo. Ya el sol se había ocultado, yuna de ^as noches luminosas yserenas comenzaba áesmalrol puro azul del cielo con una miríada de estrellas. °do era silencio yreposo, yla inefable calma de la ^uraleza tal vez exacerbaba el íntimo dolor denues- 0caminante; tal vez en lo más hondo de su pecho una tempestad • Aquel hombre contaba al parecer sesenta años: su r°j más que de color moreno, se veia tostado por le Sol>mirada era aún vivísima, inquieta, brillante; de la del águila; la barba sPupilas tenían algo
-72 — gris muy parecida ála que vemos en los retratos de Carlos Vpintados por Tiziano; no era ni alto ni robusto, pero todo en él denotaba virilidad; sus facciones angulosas, sus hombros anchos. Cubría la cabeza con una gorra milanesa; el torso con un jubón de brocado verde oscuro ypasamanos de oro; gregüescos del mismo color; bota alta de ante con forma de pico de pato, armada de gruesas espuelas: del cinto pendía una espada lisa de dos puentes. Iba, pues, nuestro viajero atravesando la extensa vega de Triana, taciturno, sin cuidarse para nada del camino que seguía: de vez en cuando algunas palabras inconexas, mezcladas con otras de difícil pronunciación, se escapaban de sus labios, ymás de una vez se le oyó claramente murmurar: «Yo te lo prometo.... ha dicho el Emperador.,..» Después continuó callado, comenzando ásubir la áspera cuesta del vecino pueblo de Caslilleja. Cuando llegó al sitio en que empezaban üdistinguirse las priras casas del lugar, volvió las riendas de su caballo» dirigiendo la vista ála ciudad: el silencio era profundo, la noche hermosa yserena, el momento solemne- Los ecos llevaban en sus alas el toque de Ave-María- Al oirlo, descubrióse la cabeza el caminante ycomen* zó árecitar el Angelus. Pocos momentos después penetraba en el pueblo- %• IV Castilleja de la Cuesta era por este tiempo p°c° más que una aldea, ciertamente un lugaron. Algún05
~73 — caballeros de conocido solar, pero escasos de fortuna, ía habían escogido por asiento, yno era extraño se viesen aparecer ydescollar éntrelas humildes moradas de los labriegos vastos caserones, destartaladas viviendas, que servían de retiro áestos pobres, pero linajudos hidalgos. Una de estas casas, sin embargo, merece por algunos conceptos nuestra atención. Era, áno dudarlo, la mayor de todas; sus muros se veian rasgados con grandes huecos defendidos por enormes verjas de hierro, del gusto ojival del siglo XV, ligeras, delicadas, floridísimas: bajo el gran balcón central, sostenido por canecillos también de hierro, lucia un gran escudo esculpido en mármol blanco, de cuyo crestado yelmo se esparcían por ambos lados flotantes lambrequines. La puerta de roble, tachonada profusamente de grandes clavos ypreciosos goznes, cerrada ála sazón. Ante ella descabalgó nuestro viajero, ycogiendo la aldaba, hizo ésta su oficio. Álos pocos momentos oyéronse pasos de alguien que se acércala yátravés de la reja de un ventanillo abierto en amisma puerta, vióse aparecer un rostro alumbrapor un candil. —Si por acaso no me conocéis—¡jijo el caballero— ecid ásu merced del Sr. Jurado, que un hidalgo Su amigo ha de menester hablarle. No acabó de pronunciar estas palabras, cuando sirviente, dando muestras de conocer al que ha- a‘Ja, abrió al momento las robustas puertas, y, desabriendo su cabeza de un birretillo, inclinóse aneel respetuosamente, franqueándole la entrada. 10
—74 — i Así llegó áCastilleja el mayor de los héroes españoles, quien dió al César más provincias que pueblos le legaron sus abuelos. V Recibió el bueno del Jurado Alonso Rodríguez de Medina ánuestro ya conocido viajero, con esa leal yfranca hospitalidad que entre propios yextraños ha sido reconocida muy particularmente en nuestros antiguos predecesores. Agasajólo en extremo, si bien sintiendo, muy ásu pesar, que la eslrecheza de su fortuna le atase de tal suerte, que le fuera imposible honrarlo en cuanto el huésped se merecia. Suplía átodo, sin embargo, el buen deseo: dióle para habitación la más cumplida pieza, la más alegre, la más bien alhajada; para recreo de su abatido ánimo, muchos yvaliosos libros, así de ciencia militar como de amena ydulce poesía, sin olvidarse de otros místicos yreligiosos, saludable apacentamiento del alma. Sin embargo, la quietud yel descanso no se compadecían con los arranques de aquel carácter emprendedor yvaleroso. Apesar de lo mucho sufrido, de las amargas ingratitudes que por doquiera le rodeaban, aún tenía fuerzas bastantes para luchar con la adversidad, y grandeza de alma para vencer su destino. »• VI Empero necesario es decirlo: estos bríos eran hijos de su espíritu; en él sólo existían: cansado ya el
—7o - cuerpo, vanamente hubiera intentado emplearlo en aquellas atrevidas empresas de otros dias. Mentíale su deseo, alucinándolo el brillo de las ideas que le Mostraban hacedero lo que ya para él era imposible. De esta suerte vivia en aquel retiro, disfrutando déla ventura de acendrada amistad; si tranquilo al parecer, en constante lucha consigo mismo. ¡Cuántas veces se le vió, al caer la tarde, solo en suaposento, sentado en ancho sillón, la cabeza apoyada sobre la mano derecha, con la izquierda sujetando un libro abierto, en el que no leia, ycon la vista fija en el inmenso horizonte que ante sus ojos se desplegaba! Oleadas de recuerdos acudían ásu mente; su grandeza ysu poder pasados, comparábalos con su Presente aislamiento; sus altos servicios con la ingratitud del César En uno de estos ratos, abrumado por sus pensamientos, por sus pesares vencida aquella venerable Ca beza cayó sobre el pecho; los párpados se entornaron, yla fantasía, rompiendo los frenos de la rea- 1ad> espaciábase por donde el espíritu anhelaba. t Soñó aquel hombre estar fuera de su patria. Vastes ClUt^adde extraña construcción ycon extrañas gen- Clo 0rodeaban; por albergue tenía un colosal pala- 5oí nado de misteriosas figuras esculpidas, unas mtadas, otras de pié en violentas actitudes, aobri os deformes. bu °DIe cuerP°shumanos, monstruosas cabezas; sos dpfnr. con jas fauces contraidas en una
-76 — eterna mueca de dolor óde burla; pero todos gigantescos, semejantes al sueño de un titán. Su interior resplandecía; los techos eran de oro, así como las paredes; numerosas pinturas, con inexpiicables£signos, esparcidas por los macizos yrobustos pilares que sustentaban la fábrica. Bajo ámplio pabellón, tejido con policromas plumas, en un escabel de oro, enriquecido de valiosas pedrerías, estaba él sentado. Apuestos guerreros, revestidos con brillantes armaduras; vistosos pajecillos con blasonadas dalmáticas; venerables religiosos con sus cenicientos óblancos hábitos le rodeaban. Todo un pueblo, con sus matronas yvarones, acudía, prosternándose ante él, para rendirle el homenaje de su admiración ysurespeto. Yála cabeza de esta abigarrada muchedumbre, de este deslumbrador conjunto, espléndidamente ataviado con una pompa ylujo extraordinarios, llevando sobre los hombros purpúreo manto yen sus sienes la imperial diadema, un hombre de atlético al par que noble aspecto, llegando hasta las gradas del sólio, ponía ásus piés el glorioso trofeo de un nuevo mundo. Él era el árbitro, kel señor de aquel inmenso pueblo, que había conquistado con su victoriosa espada, legando ála historia de su patria las inmortales páginas del Grijalba, de Tabasco yde Otumba . . . Aquel prodigioso cuadro fué desapareciendo lentamente, dando lugar áotro; también de] halagadoras formas. Enorme galera, desplegando al viento sus gigan-
—77 — leseas velas, hiende las aguas: en su alcázar de proa, envuelto en ancho tabardo yrecostado en la borda, contemplaba aquel hombre el grandioso conjunto que °b’ecia la gran flota preñada de riquezas, que bajo su mando seguía el derrotero de España. ... Después populosa ciudad se muestra ante sus °jos; las naos aceleran su marcha, las músicas de á bordo se unen yconfunden con las de la población, las salvas de artillería atruenan el espacio, todo el pueblo prorumpe en calurosos vítores, el júbilo es indescriptible, el entusiasmo ilimitado, el cuadro ^aravilloso. La córte allí residente ha acudido tamlen átributar su homenaje de respeto al victorioso conquistador. Apiñada]mullitud, cubierta de armas, recados yterciopelos, aparece ante su vista. Delante de lodos, en soberbio palafrén, cuyas bridas sujetan dos pajes, ycobijado por un riquísimo palio, está elEmperador. Seguido de sus capitanes yde raras gentes, cuyos cazos ycuellos están adornados por láminas de oro, !Us cabellos con plumas yla cintura con vistosos pac*ecolores, hácia aquél se adelanta el ilustre cau- e|p° :*lace demostración de hincar la rodilla, pero besar le recibe en sus brazos. Monta después en J10so caballo, yála diestra del mismo Cárlos V, suido de toda la grandeza española yde los tro- 0s de su victoria, penetran en la ciudad. .. . ^ljr ^sus ojos el venerable anciano yhuyeron Su Dleiltetan halagüeñas fantasías. Vióse, por el
—84 — escribano público de la villa de Santiponce, extendió testimonio de la solemne entrega, ydespués de leída yfirmada por los citados magnates yservidores, procedióse al sepelio en el enterramiento de los Duques de Medina-Sidonia. Llegó la noche: el silencio más profundo reinaba en el templo; nada parecía indicar que aquellas frías losas encerraban el cuerpo de un hombre para el cual fué estrecho un dia el ámbito de la tierra, ycuya memoria será imperecedera en los anales de la humanidad. IX # Hasta aquí, lector benévolo, he ido extractando del manuscrito de Fr. Miguel de los Santos aquellos pormenores que he juzgado podrían ya esclarecer los hechos sobre que estriba esta verdadera relación, ya aquellos que he considerado como de algún interés. Mas ahora, si no con las mismas palabras que el curioso monje, pienso continuar mi relato, ciñéndome al suyo más estrechamente. La noche del 11 de Noviembre de 1548 una horrorosa tempestad se desencadenaba sobre el monasterio de San Isidoro del Campo. El cielo, oscurísimo, envolvía en densas sombras todo el edificio, que súbita yfrecuentemente era iluminado por el vivo fulgor de los relámpagos; las vidrieras de la iglesia se estremecían al furioso choque del viento ydel agua, pareciendo que las figuras de los santos en ellas pintados se animaban, pugnando
—85 — por desasirse de los mismos vidrios. La lámpara que srdia delante del retablo mayor, agitada también por el viento, oscilaba cual si la impeliese el soplo de un gigante. Las trepidaciones de la tormenta hacian temblar altos pilares del templo; las viejas maderas de los altares crujían, pareciendo áveces que iban ádesprenderse de los muros. Un bulto blanco, casi inforooo, sedislinguia confusamente en medio de aquella oscuridacl, próximo áuno de los retablos: era Fr. Juan la Misericordia, que estaba cumpliendo una peniteneia ,impuesta por habérsele encon Irado en su celda Un libro luterano (1), el cual fué testigo del prodigio copiamos de Fr. Miguel de los Santos. En medio de aquella oscuridad, de aquella espaniosa lucha délos elementos, hubo un instante en que el buen monje-penitente se aterró. Sus ojos, fijos en el ant'guo retablo mayor, creyeron ver que poco ápoco ibanse animando las rígidas figuras de arzobispos, ^artices ydemás santos que en él se veian represen- °s; los fondos de oro sobre que resaltaban adquinun brillo extraordinario, al par que siniestro: Huellos ropajes, plegados en una eterna inmovilidad, con leronsus angulosos contornos; los atributos que de SUsmanos sujetaban iban adquiriéndola forma 0real; los burdos sayales, lo mismo que las dal- ‘cas de los diáconos; las pluviales capas, de igual ^^que las aceradas armaduras, agitábanse lenta- /1)TT ¿eDescripción de la provincia de Andalucía déla Com r‘ade Jesús Sevilla »P°r el P. Martin de Roa. MS.—Biblioteca Universita-
—86 — mente, cual si un poderoso soplo de vida los reanimase: hasta los ángeles colocados alrededor del retablo, con sus rojizas alas casi perpendiculares, hechas ála manera bizantina, las desplegaban entonces, y las esmeraldas yrubíes de sus ínfulas de oro iluminaron sus rubias ensortijadas cabelleras. Todo el ábside, en fin, aparecía envuelto en una vaga éindefinible luz, aumentada áintervalos por el lívido resplandor de los relámpagos. Ádeshora un ruido sordo, como de algo que rechinase, fue percibiéndose próximo álas gradas del presbiterio; las losas del pavimento separáronse por aquel sitio hasta descubrir una profunda cavidad, más que sombría, negra, de la cual se escapaba un tenue vapor frió, helado, semejante al que exhala una tumba cerrada por mucho tiempo. Aquella niebla disipóse, los sillares de la bóveda crujieron con un sonido estridente, yuna figura envuelta en amplio manto blanco mostróse de repente con el brazoderecho levantado en actitud amenazadora.... Sus cabellos grises desordenados; sus pupilas brillantes; los labios contraidos nerviosamente.... En aquel momento rugia con más violencia la tempestad, ylos fulgores eléctricos alumbraron el espectro de Hernán Cortés, que súbito despareció déla vista del horrorizado monje X Al siguiente dia se supo por unos caminantes, quienes ála hora de esta aparición se dirigían áSe-
—87 — villa, que arrebatada por el huracán yenvuelta en su negro torbellino, vieron la forma de un hombre cubierto con un blanco manto, cuya relación vino á corroborar lo narrado por Fr. Juan de la Misericordia, tenido como apócrifo por los demás religiosos. Aquella noche era el quinto aniversario de la procesa hecha por Carlos VáHernán Cortés de hacerle Justicia, premiándole la conquista del imperio mejicano. XI El mismo dia yála misma hora que ocurría el antesuceso, en una cámara del antiguo alcázar de adnd veíase un hombre de pié próximo áuna mesa, 611 la que apoyaba su mano izquierda, contemplando Profundamente las tortuosas líneas de una enorme carta geográfica sobre aquélla extendida. El conjunto 'Jue ofrecía la estancia era el más heterogéneo. Ricos Suadamaciles de Córdoba, grandes retratos de person^eS Pintados soberbiamente, piezas de armar y aPus de los reinos de Francia éItalia yEstados aleji^ r,es5cubrían los muros. Por el suelo voluminosos 08 esparcidos, ypor acá yallá diseminados numesrelojes, clepsidras yraros instrumentos de me- Sa , lca ‘Muel aposento tanto parecía habitado por un horní C°mo Por un P0(ieroso. Cada vez estaba el inriremas abstraído en sus cavilaciones: con el dedo UlCtlCg,! ’ quel . su man°derecha iba áveces siguiendo las ;.^dciS llílftíí £HpI mnnn mnrmnvan/ln ni nnr fr: ini aUas üueas del mapa, murmurando al par frases e1Sibles; otras leia en un rollo manuscrito, vol-
—88 — viendo después la vista hácia el sitio que su dedo marcaba. Así estuvo durante algún tiempo, hasta un instante en que uno de los relojes comenzó ásonar; volvióse de repente, dirigiéndose áél; pocos segundos después, otro, señalando la hora délas diez, repitió los mismos golpes que el anterior. El corlo intervalo que había mediado entre el toque de ambos lo contrarió sin duda, pues su semblante, antes tranquilo, demudóse en una expresión sombría al par que sarcástica, ycon la vista clavada en las dos esferas dijo entre sí: «¡Necio de mí! ¡Quiero que las naciones todas marchen acordes, yno puedo conseguirlo ni áun con dos miserables relojes!...» Se dirigió después hácia la mesa, yal ir átomar un libro tropezaron sus manos con un papel profusamente escrito, que distrajo su atención; tomólo, leyendo su comienzo; era una carta de D. Martin Cortés, en que, después de historiar los señalados hechos de su padre, pedíale las mercedes que un tiempo ofreció áéste como justo premio, yque aún no había cumplido el César. «¡Yá es larde!...» murmuró con acento desdeñoso. Sin embargo, no era desden lo que aquel hombre sentía en lo más íntimo de su sér: quizá de este modo, engañándose ásí propio, creería acallar el grito de su deber, yextinguir un remordimiento que desde la muerte del heróico conquistador lo abrumaba incesantemente. Alguien que en estos momentos hubiera estado próximo áél, habría podido observar cómo temblaba aquel brazo dominador del mundo al simple contado de un na i' serable papel: tal vez pesaba mucho lo que en é\
—89 — se contenía, acaso las glorias de aquellas páginas alumbraban la oscuridad de su conciencia. .. Dejó caer el escrito, buscando de nuevo su libro de horas; cuando lo tuvo en la mano dirigióse con tard° paso hacia un reclinatorio, en que bajo rico diesel resaltaba un Cristo de marfil: arrodillóse, y casi automáticamente comenzó árecorrer sus hojas; de pronto se detuvo, parando la vista en el salmo Que empieza De 'profanáis clamad adíe Domine — domine exhaudi vocem meam; murmuraba sordamente el Emperador La luz de una lámpara portátil chisporroteaba, y ds tinieblas envolvían por completo el aposento. Sin arse cuenta de lo que hacía, su voz iba alterándose f°r instantes; cavernosa ya, continuó repitiendo el Sd 'm°con extraordinaria rapidez. Cuando hubo lie— Sado óla estrofa Suslinuit anima mea in verbo ejus, atúvose, ycon el semblante desencajado, tembloro- S03pálido yyerto, miró en torno suyo.... j ••••Allá en un ángulo de la cámara, yen medio de 0scuridad, resaltaba algo, algo que no quería ver; maí>apesar de sus esfuerzos, allí se dirigían sus miaas’cualsi una atracción potente ymisteriosa lo encadenase. De una manera lenta comenzó ádibuje con más exactitud aquella confusa sombra, alosándose, por último, el mismo espectro que segun- £°sdlltes abandonaba su tumba en San Isidoro del l ,. La fatídica yaterradora visión iba adelant °se pausadamente hasta el reclinatorio, ymién- Uc fel Emperador oia una voz en sus oidos repi- 11 ole estas palabras: «Yo prometo hacerte justi— 12
—90 - cia.... te honraré como mereces »Estas mismas frases pronunció él mismo hacía cuatro años. «Sí.... sí.... lo he dicho.... ¡Perdón, perdón!» murmuraba espantado Cárlos V Dentro de su pecho agitábase el corazón apresuradamente; sus sienes temblaban; secos los labios, descompuesto el cabello, abrumado, en fin, quiso retroceder, faltáronle las fuerzas ycayó El ruido que produjo, al desplomarse, su cuerpo atrajo álas personas de su servidumbre que en la pieza inmediata velaban. Aún ardía la lámpara sóbrela mesa; con esta débil luz distinguieron álos piés del reclinatorio la confusa figura del Emperador. Levantáronlo, miró en torno suyo con sobresalto, inquieta, ansiosamente, como si buscase algo. —Nó.... no ha sido nada,—decía ásus servidores.— La atmósfera de esta cámara me ahoga.... disponedlo todo.... es necesario.... sí.... quiero respirar otros aires.... —¿Dónde desea ir V. M.? —A Yuste....—contestó lúgubremente.» Pasó algún tiempo sin que el Emperador pudiese realizar su deseo. El dia 5de Febrero de 1555 lo vió cumplido al fin.
—91 — Hé aquí, lector, lo escrito por Fr. Miguel de los Santos. Si por acaso dudases de su veracidad, considera que mayores espectros surgen áveces de lo profundo de la conciencia humana, oscurecida generalmente en los poderosos por las sombras de la ingratitud.
¡¡A Torrijosü Todos aquellos lugares frecuentados por ella, yhasta los m&8 insignificantes objetos que tuvieron relación con nosotros en' los dias venturosos que pasaron, vinieron áser después de nuestra scparaoion mis más crueles torcedores.... Sevilla conserva aún entre sus fiestas populares Iade una romería que se celebra anualmente en los cuatro domingos del mes de Octubre, yque se dirige áun pintoresco santuario distante de la ciudad una ’egua próximamente. En lo antiguo tomaban parte en estas expediciolles nnedio religiosas, medio profanas, las clases toas de la sociedad; hoy el pueblo, que sabe aún con- Seivar latentes las tradiciones ylos recuerdos; que Se apega yencariña, llegando áformar con ellos las shermosas páginas de su historia, es el único que acude áestas fiestas, salvándolas, para fortuna nues- Ja’unamuerte segura. Y, en efecto, no bien llegan tales dias, adviértese en los barrios extremos de Cl,idad una animación ymovimiento extraordina- 10í5 ‘^través de las maltrechas celosías de miserables
—100 - —Nó,—decían otras*—unas soleares. Esperanza seguía callada; yo no quitaba los ojos de ella, pareciéndome, no sé por qué secreto misterio, que los pensamientos que cruzaban por su mente estaban muy distantes de aquel sitio. Por fin, volvieron todos áinstarle que cantase. Uno de los mozos, que era conocido mió, se le acercó, hablóle al oido no sé qué cosa, y, volviéndose álos demás, dijo con cierto aire de triunfo: —Ya va ácantar; Carmen, toca unas soleares. Todo quedó en silencio; las palmas comenzaron áacompañar ála guitarra, que Cármen tocaba de una manera singular. —¡Vamos allá! ¡vamos allá! ¡ay, su boca! ¡anda, anda, maresila! Al cabo dejóse oir la voz de Esperanza, cantando esta copla: lln mar de penitas llevo En el fondo de mi alma; Cuando sube la marea, Por los ojos sale el agua. —¡Ole/ ¡ole!—repitieron mil veces todos, al par que aplaudían frenéticamente. —¡Venga vino, yviva la alegría, yviva la grasiaf —gritó uno de los gachos. Otra segunda batea llegó al carro; miéntras tan' to yo, avivado por una gran curiosidad, me acerqué al mozo que había hecho cantar áEsperanza con sólo hablar ásu oido yle dije: —Vén, Pablo; ¿quieres decirme si esa muchacha está enferma?
—101 — —Calle usted, señorito; si lo que le pasa es una historia como esas que salen en los teatros: la infeliz tiene muchos infundiósenla cabeza, yno quiereconvencerse nunca de lo que se le dice. —Pero ¿qué le pasa?—pregunté de nuevo. —Casi nada,—me contestó;—se le ha metido en la cabeza querer áun señorito, yahí está todo; verá usted,—continuó:—Hace cuatro años volvíamos de Torrijos; yo iba con ella también, yya de vuelta de Ver al Cristo reparé en un señorito que venía detrás de nosotros mirando mucho hácia el carro; entrados en Sevilla yél siguiéndonos; llegamos al corral de la Cruz, donde casi todos vivimos, yel hombre no se separó del portal hasta que entramos. Á los pocos dias, una noche venía yo de mi trabajo y V1 áEsperanza hablando con él, yasí corrieron las cosas>hasta que ya se empezó ádecir que ésta se casaba c°n el señorito. Todo se arregló: sacaron los papeles, yla muchacha estaba loca de contento, porque sepa usted que Esperanzilla llegó áenamorarse de aquel ombre de una manera atroz; pero cuando todo estaadispuesto, cátese usted ahi que de pronto desaparece aquél, ypasaron dias ydias, yla pobre muchacha ®sPerando siempre. Al fin se averiguó que lospariende él, cuando supieron lo que iba ápasar, lo dandaron allá áunas tierras muy lejanas ydesde ddónces ni se acordó más de Esperanza ni se supo aade él. Ella comenzó áentristecer, porque hay dUlendice que.,., vamos, ya usted me entiende. Así nJa pasados nada ménos que cuatro años, conudiéndose dia por dia como una pavesita. Nosotros
—102 — al pronto creimos que con el tiempo se le borraría todo esto; pero ¡que si quieres! cada vez peor; miéntras más años, ella más triste, hasta el punto que no puede usted figurarse lo que es necesario hacer para conseguir que tome parte en alguna de nuestras fiestas. Ála fuerza la hemos traido esta larde; por nada del mundo quería venir; pero al fin lo conseguimos, yya usted ha visto que no puede adelantarse nada con ella: ni habla, ni canta, ni se alegra, y lo peor es que han dicho los médicos que la pobrecilla no va ádurar mucho. —Pablillo, ¿qué estás ahí hablando? Anda ya, que nos vamos—dijeron algunas voces de mujer al llegar mi interlocutor áeste punto. —Ea, pues andando,—contestó éste. Despidióse de mí; agitó fuertemente el embreado hachón que llevaba en la mano para avivar su lumbre; montó en su caballo, y, colocándose ála zaga del carro, se pusieron de nuevo todos en marcha, enmedio del ruido de guitarras, panderetas ycantes. * Pablillo estaba muy distante de imaginar la impresión que su relato había hecho en mí. Me quedé pensativo sin acertar ámoverme de aquel sitio, puro de pronto oí álo léjos la voz casi perdida de Esperanza, que cantaba: No pierda esperanza, No pierda esperanza, Que en un pozito hondito La soguita alcanza. Sevilla.—Abril-Setiembre, 1881.
Magdalena Mi amigo Juan conoce un sinnúmero de historietasjque yo me complazco oyéndoselas narrar en los Pocos momentos de expansión que se permite tener, hace muchas tardes me refirió lo siguiente: Magdalena contaria escasamente diez yseis años. Perdió Asus padres, quedando huérfana, pero no sola. Tenía dos hermanos: el mayor, Enrique, de el menor, Luis, de ocho. Todos los dias iba atrabajar, cosiendo en casa de los Condes de L. ‘umiserable jornal apénas era bastante para que paííase el tugurio que les servía de vivienda; pero Magalena habia encontrado un medio por el que sus er manos no carecían de alimento: lomaba un bo- ^do (j e|acomic|aque jedaban en caSade los Conylo demás para sus niños, que asi los llamaba, amanecer, miéntras éstos dormían, aseaba su hu- 1de vivienda, ytodo lo disponía para que sus her-
—104 — manos no tuviesen necesidad de sus cuidados durante el tiempo de su trabajo: enmedio de tanta pobreza era feliz. Enrique yLuis la esperaban por la noche con los brazos abiertos; colgábanse de su cuello, y, colmándola de caricias, recompensaban los sacrificios de su hermana, que apartaba de su boca el sustento para llevarlo álas de ellos. Pasó tiempo; aquella naturaleza débil yenfermiza, quebrantada por el asiduo trabajo, ymás quenada por la miseria, resintióse. Las puertas de casa de los Condes se le cerraron entónces, porque su tos seca ycontinua incomodaba ála hija de los magnates, ymás todavía desde que una vez la vieron arrojar algunos esputos de sangre. Aquella misma tarde fué ábuscar trabajo áotra casa. La Condesa informó diciendo que era honrada ybuena, pero que estaba tísica ypara nada servía. Todos sus esfuerzos se estrellaron contra la desgracia. Una noche llegó ásu habitación: Enrique yLuis, al sentirla, corrieron áella con los brazos abiertos. —¡Cómo has tardado, Magdalena!—decían.—Ya teníamos hambre; hemos buscado por todos los rincones yno hay ni un pedazo de pan. ¿Vamos ácomer? Magdalena quedóse inmóvil, petrificada. Por vez primera sus ojos se nublaron, ysu razón se extravió momentáneamente. Reponiéndose después, les dijo con aire sonriente: —¡Ah! es verdad; me olvidaba. Teneis que esperar un instante; ahora mismo vuelvo. Bajó la escalera con una rapidez vertiginosa, yse fué ála calle ápedir una limosna.
—105 — El viento yel agua azotaban su rostro. Acercábase ácuantas personas veia pasar por su lado; unas la rechazaban, otras respondían ásus súplicas con frases chocarreras, cuyo sentido leerá desconocido. Vió ála puertg de un café un señor de presencia benévola yrespetable; alentada por un rayo de esperanza, dirigióse áél. —¿Me da usted una limosna, caballero? Tengo dos hermanos pequeños que no han comido nada durante el dia. Los ojos de aquel hombre adquirieron una vivacidad ybrillantez extraordinarias; acercó su cabeza aMagdalena, ycon mirada escrutadora estuvo unos fomentos observándola.—¡Qué mujer tan bonita! — Murmuró entre dientes, ycomo regodeándose por el encuentro. Su semblante, que se había animado con una expresión que podríamos llamar erótica, trasformóse lepentinamente en serena yapacible. —¿Dónde vives, niña?— le interrogó con acento cariñoso. —En una casa de vecindad en la calle de San Gil. “-¿Trabajas? —Si, señor, he sido hasta anteayer costurera en casa de los Condes de L. darnos, yte has cansado ya de coser, ¿eh? señor, porque mi deseo es encontrar otra aen donde poder ganar el pan para mis hermanos. de^Bien’bien, es0 me agrada: pues mira, yo seré seboy en adelante tu protector; nada te hará fal- 14
—106 — ta, ysi eres buena para conmigo no tendrás ni que trabajar. Cada una de estas palabras habian impresionado áMagdalena hasta el punto de mirar ya aaquel hombre como áun Dios. ¡Tenía una presencia tan noble! —Vamos, anda,—le dijo de nuevo el señor,—voy áacompañarte hasta tu casa; desde ahora empieza mi protección. Mientras tanto que iban atravesando calles, escuchaba Magdalena frases como ésta: —Quiero que veas en mí, nó un protector sino un padre, yque me correspondas sólo con tu cariño. Pasaban ála sazón junto ála Catedral: la noche era oscurísima, llovía átorrentes yel frió era intenso. Magdalena temblaba, yde vez en cuando se estremecía. El viejo lo observó, yal mismo tiempo que volvían sus ojos áadquirir el brillo que áveces los animaba, le decia: —¡Pobrecita! ¿Tienes frió? Entónces ya rodeó su cintura, atrayéndola hacia sí dulcemente. —Sí, señor, hace mucho esta noche. Si Magdalena hubiera mirado entónces el semblante de su protector, habría visto cómo sonreía murmurando:—Esto va bien; la caza no se espanta. * ** —¡Para qué he de continuar! ...—me dijo Juan.-— Ya comprenderás el fin. El Duque de M., que no era otro el protector, hizo entrar áMagdalena en su mis-
—107 — mo palacio. Arrastrándose como un reptil, consiguió su objeto. Cuando Magdalena llegó ásu casa, temblorosa, anhelante, con la comida para sus hermanos, éstos, arrebujados en un rincón, temblaban de frió. Como siempre, se abrazaron áMagdalena. —Ya teneis que comer,—les dijo ésta. —¿Y tú, has comido? -Sí. Después que Enrique yLuis satisficieron su hambre, se echaron en brazos de Magdalena. Acurrucada en un jergón, tiritaba de frió; sus ropas estaban empapadas, yel cansancio, la humedad, ymás quenada las horribles impresiones de aquella noche, dieron Por resultado que después de un vómito de sangre leentrase una fiebre altísima. Los niños, entretanto, dormían profundamente. Magdalena deliraba, ylas calenturientas imágenes de lo pasado bullían desordenadamente en su abrasado cerebro. —El Duque.... sí....—decía,—(qué noble!... jqué Oneroso!... Me ha dado pan para mis hermanos.... ellos tenían hambre.... mucha hambre.... iban ámorir—Yél tan bueno.... [ja!... ¡ja! ... |ja!... |me ha eshonrado!...Nó.... nó.... mil veces nó.... ¿acaso...? Imposible! ^luego, como si se detuviera árecapacitar, decía Con el rostro descompuesto, rechinando los dientes: —¡[Miserable!! [[Miserablel! Después tuvo un momento de lucidez: miró anhe- °le ásus dos hermanos, ylos besó en la frente, al lsm°tiempo que gruesas lágrimas brotaban de sus
—108 - joos. Por ultimo, rompió en una horrible carcajada. * Amanecia. Por los intersticios de la desvencijada ventana que daba al patio filtrábanse algunos indecisos rayos de luz: Luis yEnrique habian despertado. —Mira, mira,—decía aquél áéste, —qué contenta está Magdalena; se rie. En efecto, los labios de su hermana estaban entreabiertos, mostrando sus dientes en una sonrisa que podríamos llamar muda; sus párpados cerrados. —Magdalena, hermana mia, ¿estás soñando?—dijo Enrique. Yde seguida, rápidamente, se arrojó sobre la frente de ésta: la besó, pero de repente el niño quedóse inerte: aquella frente estaba fria como el mármol. * Ála noche siguiente de los hechos que acabo de referirte, oí en los salones de los Condes de L. el siguiente diálogo: —Condesa, ya sé que la han visto áusted esta mañana léjos de aquí.... allá por San Gil, ¿no es cierto? —Sí, Duque; como usted sabe, soy la presidenta de la Asociación benéfica de San José, yenterada de que en dicha calle había muerto una joven, fui ála casa de vecindad en que habitaba para disponer lo necesario para su entierro, y, mire usted qué casualidad, me encontré con que había sido costurera en mi casa-
—109 — —¿Tal vez Magdalena? —Sí, señor. —jBah! Puespoco se pierde con su muerte, porque, según mis noticias, hizo usted muy bien en despedirla: era una mujercilla sin pudor.... —Efectivamente; pero como los fines de nuestra congregación son los de hacer bien, sin reparar, como dice el adagio, áquién, ya, gracias ánuestros auxilios, está enterrada, ymañana se rezará una misa por su descanso eterno. —Perfectamente, Condesa; ante todo el bien de su alma. * —Pocos dias después,—continuó Juan,—estando una tarde en el paseo, vi en un soberbio tren al opulento Duque de M., ya casado con la Condesita de L. Ella tenía apénas diez yocho años; él pasaba de los sesenta. Las gentes los saludaban con profundo respeto. 7de Octubre de 1880.
—116 — gres notas de color el monótono cuadro de la vida. Por esto encamino mis pasos álos más apartados arrabales de la población, encontrando siempre en ellos, ora interesantes rasgos del carácter andaluz, ora de típicas costumbres, óya también sorprendo alguna historia cuyos pormenores absorben mi atención por más de un dia. Entre todos éstos he preferido siempre el populoso de la Macarena, ymuchas tardes me encamino áél, entreteniéndome en vagar sin dirección fija por el laberinto de estrechas ytorcidas callejas que lo forman. II Su situación, topográficamente hablando, no puede ser más pintoresca. Hállase limitado por una parte por el Guadalquivir con sus márgenes festoneadas de juncos yverdes cañaverales; al opuesto lado los carcomidos ymusgosos torreones de las antiguas murallas con su indefinible color, sus flotantes malas de resedá ysu corona de jaramagos yamapolas. Próxima áellas, la gigantesca ysombría mole del insigne asilo levantado por la piedad de la ilustre matrona D.aCatalina de Rivera; álo léjos piérdese la vista en inmensa llanura, plantada de mil huertas de naranjos, sobre cuya oscura masa aparecen las ruinas del monasterio de San Jerónimo, los caseríos yventorrillos de todas formas yproporciones, pero todos también más blancos que la nieve; y, por último, resaltando sobre el azul del cielo, la vieja cruz de ama-
-117 — rillento mármol entre cuyos desunidos peldaños se retuercen las añosas raíces de las plantas trepadoras que durante el pasado eslío la engalanaron con flotantes matas de campanillas purpúreas yde blancas madreselvas. Nada más triste ymelancólico que estos lugares tan apartados del incesante bullicio de la ciudad, en que hasta la alegría que en ellos se respira parece que la ahogan las viejas murallas, el sombrío éimponente Hospital, el continuado tránsito de los fúnebres carros que se dirigen al próximo cementerio, y ádonde sólo llegan álos oidos, ya la plañidera voz eotonando uno de esos cantares que más bien parecen prolongado lamento, de los que sólo se percibe e'ritmo, perdiéndose álo léjos, ya el acompasado y c°nstante gemido de las norias resbalando perezosamente con su larga serie de canjilones, óya el agugrito de los vencejos yaviones, que pasan más vel°ces que saetas buscando sus nidos entre las derruil'as aspilleras de la muralla óentre las estrechas Un ‘°nes de sus sillares. El reposo yla soledad de estos parajes con nada Puede compararse, ymil veces ha distraído mican- Sacl °espíritu cualquiera de los sencillos pormenores (Pm componen este cuadro. Todo lo que llevamos dicho se refiere álas afuej'ls del arrabal; pero una vez ya en su interior, el ineí !s acrece, mostrándose, por decirlo asi, un mundo ^traño, de distintas formas, caracteres, costumbres ll Pos, que ofrecen al curioso ancho campo para su edación yestudio, porque ánada se parece, por-
—118 - que cuanto en él existe es peculiar tle este suelo, con ninguno puede confundirse, lleno de poesía, exuberante de sentimientos yresplandeciente de luz. III No há muchas tardes vagaba yo, sin darme cuenta de mis pasos, por una de las más características calles de este arrabal. Un brillante sol de invierno lucia sobre el diáfano azul del cielo iluminando espléndidamente los espaciosos patios de las casas de vecindad, con sus tiestos de mil formas, altos ybajos, estrechos yanchos, azules, blancos yverdes, procedentes todos de los alfahares de Triana, plantados de rosales, sin olvidar las tejas de barro cocido empotradas en la pared, sembradas de violetas yde ranúnculos purpúreos yde oro; miéntras que, diseminadas por los muros, veíanse várias jaulas de caña é de alambre, encerrando gorriones ycanarios. Álas puertas mismas de una de estas viviendas, en cuyo zaguau habia un cuadro de azulejos de lodos colores con el santo patrono rodeado de guirnaldas de papel rizado con flores de plata ysu desvencijado farolillo, encontrábanse encerrados en alcahaces de caña los apuestos gallos de pintadas plumas ycarmínea cresta, campeones de reñidas luchas, en torno de los que picoteaba la tierra un enjambre de gallinas. Junto á ellas, grupos de chicuelos de atezada piel, medio desnudos, incitando ásaltar áun perro órevolcándose sobre el polvo cual si fuera mullido lecho, miéntras que álo largo del muro, sentadas en maltrechas si-
—119 — Ijas, yála sombra que proyectaban las ropas puestas ásecar sobre cuerdas sostenidas por palos de todos tamaños, veíase álas mozas, casi ocultas las cabezas con sus pañuelos de seda, unas cosiendo, otras trenzando sus negros yundosos cabellos, otras, por último, tejiendo espuertas ycanastillos de flexible palma. Animábase áveces este abigarrado conjunto, que >'o contemplaba con extraordinario interés, por las c°plas que entonaban las muchachas; por el ladrido úe los perros, que parecían increpar álos chiquillos °ual si hubiesen ya agotado su paciencia en fuerza de as travesuras de éstos; por el sonoro canto de los gaflos, qae se paseaban majestuosamente midiendo sus estrechos recintos con grave paso, yya, por últ>ni°, por el acordado són de una guilarrilla que tauia un mozo de grandes ojos negros, sentado sobre Una vacía maceta procedente del corral. ^Soledad, quita ya esa ropa de ahí,— dijo una ^ujer de algunos años de las que formaban el corro. Entónces vi levantarse áotra, dirigiéndose alcol- Sadero donde aquéllas estaban tendidas. Púsose de faldas ámí, levantó los brazos para alcanzarlas, Opinándose sobre la punta de sus piés, yjamás he SQ S0lln cuerpo como aquél: los contornos de su tor- ’esu ciutura yde sus caderas estaban maravillo- Sa Oente dibujados. de q °Sena m^Ses^e^° n*más gallardo el modelo ele 1°— 6tomaron i° segipcios las líneas para sus Santísimos vasos canópicos. as leves ondulaciones que producían éstas al en-
—120 — sancharse por las caderas, yque se iban estrechando hasta llegar al suelo, producían, con la larga falda del traje recogido ásus piés, una figura estatuaria gallardísima, semejante en un todo álas más clásicas del paganismo griego. Recogió las ropas, y, echándolas en sus brazos, volvióse hácia mi: entónces pude verla ámi sabor, mientras cambiaba algunas palabras con sus compañeras. En el perfecto óvalo de su rostro dos facciones llamaron profundamente mi atención: los ojos garzos, rasgados, chispeantes, yla boca pequeña, de labios provocativos, un tanto gruesos, pero de un contorno purísimo, ácuyas extremidades prestaban mayores encantos los graciosos hoyuelos que en ella se formaban al hablar con rapidez, haciendo también entónces resallar sobre el brillante carmín una serie de menudos dientes, perfectamente iguales, blancos y trasparentes como el alabastro. Era delgada; su tez, morena clara yalgo pálida. Por algunos momentos yo creí soñar, yno exajero al decir que la impresión de su incitante hermosura me dejó absorto. La vi entrar en la casa con paso reposado; al andar parecía que su cintura se cimbraba con extraña voluptuosidad. Después desapareció de mi vista. Estuve parado ante aquella puerta hasta que las sombras del crepúsculo, avanzaron. Poco ápoco los objetos se iban distinguiendo más confusos. Cuando llegó la noche abandoné aquel sitio, sin que por un momento se apartase de mis ojos la imágen sonriente de Soledad-
Desde aquel día, muchas tardes encaminé mis pasos hacia el arrabal de la Macarena, yciertamente que no era para de nuevo mirar por centésima vez ni los alegres campos ni las sombrías murallas. La hermosura de Soledad me atraía, ysi al principio, engañándome ámí propio, traté de convencerme de que «o era áella áquien buscaba, un secreto deseo, un misterioso anhelo inexplicable, pero tenaz, me obligaba ádirigirme al sitio en que por vez primera se mostró ámis ojos. En los momentos en que mi imaginación, rola su estrecha cárcel, se lanzaba áesos mil mundos imaginarios, poblados sólo de halagüeñas éimpalpables quimeras, extasiándose en admirar las inmortales creaciones del realismo pagano, como las ideales, á Quienes dió vida el cristianismo, tanto en unas como en otras, creía verla siempre, sonriente yprovocaba enlas primeras, bajo la forma de una bacante; dística, reposada yserena en las características eslillas que produjo el arte ojival en la XIV centuria. lodo cuanto hice, sin embargo, para lograr verla enuevo fué inútil. Ypasó el invierno. Ya se iban torrando de mi mente aquellos purísimos contornos su cuerpo, aquellos singulares rasgos de su rostl0 ’su recuerdo, en una palabra, aparecía sólo como mío de esos magistrales esbozos hechos con lápiz por 0s artistas antiguos, que al preséntese ven casi perldos>pero en los cuales se reconoce aún la mano 1C
—122 — del genio que los trazó, cuando una tarde, al pasar por delante del patio de su casa, bajo un emparrado que habia allá en el fondo, la vi arrancando de una maceta los nardos todos que tenía, con los cuales casi cubrió su cabeza. Parecióme más pálida ymás delgada que la vez primera: acaso, me dije, habrá estado enferma, ypor eso há tanto tiempo que no la veo. Sólo algunos minutos pude contemplarla: cuando terminó de adornarse con las flores, sin fijarse siquiera en mí, sin advertir que yo expiaba sus movimientos todos, desapareció de mi vista. Desde enlónces no volví áverla más. Por aquel verano mis excursiones por la Macarena fueron ménos frecuentes, y, como todo pasa en la vida, también huyó de mi mente el recuerdo de Soledad, que tan impreso habia tenido por espacio de algunos meses. V• Un dia llegué ásaber por incidencia que en mi favorito arrabal se habia establecido un centro de reunión, con honores de café, adonde asistían los mozos más ternes del barrio yadonde mostraban su habilidad en el canto flamenco las notabilidades varones y hembras que habia en la población. Esto sólo bastó para que, avivada mi curiosidad, una noche me dirigiera al sitio que me indicaron. Entré poruña desús estrechas callejuelas, yno habia andado mucho cuando se me mostró un medio ruinoso caserón sobre cuya puerta, debajo de un enorme escudo ycolgado de un pescante de hierro, vi un farol de regular ta-
-423 — maño, ácuyos cristales interiormente se habían adaptado unos pliegos de papel rojo en que se leia, escrito con negros caracléres de todas formas ytacaños: «.Café cantante de Paco el Malagueño.» Entré, no sinalgún recelo, ydespués de atravesar el patio, que sólo alumbraban de trecho en trecho algunas candilejas; después de subir por unas rampas con honores de escalera, me hallé en el piso principaren que ya se percibía claro ydistinto un confuso ruido, una discordante algazara, como producida por la ccunion de centenares de personas. Al final de la espaciosa galería hallábase el café cantante. Era un 'astísimo salón cuya rica techumbre de alfarje, más que oscurecida, veíase negra por el denso humo de las candilejas, por el no ménos de las luces de pe- Iróleo ypor las constantes bocanadas del tabaco, que habian oscurecido también las paredes, en que aún aParecian algunos adornos del fris<o que en un lemPo las rodeó: de los dorados racimos eslalactíticos pendían, ámanera de lámparas, enormes candilejas de varios mecheros con muy grue- ^ os pábilos, de cada uno de los que se escapaba constérnente una espesa ypestilente humareda que, esParciéndose por aquel antro, venía áaumentar el ®sPesor de la atmósfera que en él se respiraba. Una utitud de mesas de todos tamaños yfiguras lo ocu- a . an>alrededor de las cuales había un enjambre de la uras de todos sexos yedades que se reían, haaan ygesticulaban con violentos ademanes, con <j 0 ent( !reas carcajadas, cambiando palabras de dub0 dignificado, en un idiomadesconocido algunas, > l
1 —124 - otras, yera lo más corriente, en el dialecto rufianesco propio de los bravos ytemes, intencionadas, maleantes, satíricas, llenas de reticencias yde hipérboles. Al final del salón levantábase un tablado de poco más de una vara de altura, con un remate de extraña forma, semejando áun frontón, ylos muros circunscritos por este recinto veíanse pintados de un azul muy fuerte: unos pabellones de telas amarillas yrojas, simétricamente recogidos, con ramos de (lores contrahechas, de color indefinible, adornaban el frontis, yen el fondo tres espejos con molduras, que fueron doradas, venían ácompletar el decorado de esto que podremos llamar escenario. Sentadas alrededor de él, dando vista al público, había cinco mujeres jóvenes ytres hombres; una de las primeras cantaba acompañada por la guitarra de un tocador. Los trajes, las actitudes, las maneras de aquellas gentes apénas si pueden describirse. Las mujeres adornaban sus cabezas con infinitas (lores, con peinetas no sé de qué cosa, rojas yazules. Una gran onda de cabellos negros cubría casi todas las frentes, y, bajando por las sienes de izquierda áderecha, se recogía en la nuca por medio de un gran moño, formando abultado rodete, óya dejando sueltos los extremos del cabello. En las orejas llevaban enormes pendientes con relumbrones dorados, yrodeándolas gargantas, gruesos collares de todos colores. En los hombros, cruzados sobre el pecho yrecogidos por * a espalda, las puntas de sus pañuelos, que unas llevaban de seda, de Manila, amarillos, negros óazules; otras blancos de lana, con doble serie de (leeos, ter'
—125 — minando en redondas borlillas rojas que parecían madroños. Los trajes eran de percal, pero tan almidonados, tan tiesos, que al llegar al suelo se quedaban en pié, como sujetos por una armazón interior. Infinitos volantillos yfarfalaes adornaban algunos, partiendo desde abajo arriba, de mayor ámenor. Por último, desde la cintura ála mitad del pecho, una aglomeración de rosas yclaveles esparcidos, diseminados sin arle ni concierto, como si hubieran sido arrojados al acaso, de entre los que se veian aparecer las morenas gargantas, por donde resbalaban á veces las ondas de azabache de sus cabellos. Los rostros de todas ellas estaban, más que pintados, embadurnados de arrebol, cuyos tonos de rabioso carmín producían un efecto extraño, especialmente en aquellas cuy3 tez era más morena. El conjunto de abigarrados ybrillantes colores, la confusión de ton°s ymatices, el crujir de las telas, el brillo de los azabaches yde los dorados collares, los acompasados golpes que con sus bastones producían en el tablado ,0s cantadores acompañando ála guitarra, unido al estruendoso palmoteo de las mujeres, que áveces, como acometidas de un vértigo, herían al mismo l| empo el piso con sus pies; las interpelaciones, requiebros yagudezas, mezclados con groseros chistes yPalabras de extraño sentido; el ruido de los vasos fiue chocaban yotros, que caian al suelo; el fuerte jú°r de las bebidas alcohólicas, junto con el del taaeo yel humazo de los candiles; en una palabra, el Murmullo sordo yel hir viente zumbido que produ- Cla aquel enjambre de criaturas, entre lasque resal-
-132 — cenario. Todo en vano: el Rubio ni áun siquiera volvió una sola vez el rostro para mirarla. Hubo un momento en que la vi en el centro del tablado moverse ja con marcado trabajo, cansada, agotadas sus fuerzas; sus brazos no se movían con la soltura que ántes; pero en esto la guitarra comenzó átocar con una rapidez extraordinaria; los golpes délos bastones sobre las tablas, el estruendo de las palmas, los gritos de la concurrencia jaleándola yrequebrándola, parecieron animarla de nuevo, yhaciendo un supremo esfuerzo, concentrando toda su voluntad ytodos sus deseos, delirante, ébria, comenzó ádar una vuelta alrededor del tablado, fijos los ojos en el Rubio, mirándolo con toda la vehemencia de su alma: paróse delante de él; entónces se retorció su cintura convulsa desesperadamente, yal bajar uno de sus brazos, al mismo tiempo que sacudía el suelo con atronadora furia, le tiró un beso con la punta de sus dedos. La Jeroma yel Rubio se miraron ylos idos rompieron en una carcajada. Vi entónces oscilar el cuerpo de Soledad, precedido de un sacudimiento horrible, y caer al suelo. Toda la concurrencia, como impulsada por un resorte, se puso de pié, ysonaron voces, y gritos, ypalabrotas, ygroserías, mezclados con frenéticos aplausos.—«Es que no ha comido hoy,» decían unos.—«Estará borracha,» repitieron otros.— «Dadle aguardiente,» gritó una voz.... Los que estaban en el tablado, hombres ymujeres, al verla caer se precipitaron hácia ella, ménos el Rubio yla Jeroma. Yo también me acerqué: al tratar de ponerla de pié, se vió que era im'
-133 — posible, no podía sostenerse. Todo el arrebol se había corrido hacia la parle inferior de las mejillas, y éstas veíanse pálidas como la cera: alrededor de sus ojos corrían dos anchos círculos violados; sus labios, ligeramente entreabiertos, estaban teñidos de manchas de sangre. Hubo entónces una confusión horrible: todos querían llegar al escenario; los vasos se estrellaban en el suelo, las mesas ylas sillas crujían, rompiéndose con gran estrépito, yvoces, imprecaciones, blasfemias ygemidos brotaban de todos los Puntos de la sala. El Rubio yla Jeroma habían desaparecido. Pocos momentos después vi bajar del tablado, en brazos de sus compañeros, el cadáver de Soledad, y éPaco el Malagueño llorando como un niño. Abril de 1882.
iSOL-A.T Ni me lo han referido, ni es invención de mi fantasia lo que voy áreferirte. Cármen era hija del pueblo: la conocí una tarde en que, asida de las manos de sus compañeras, juj> aba ála rueda en torno de la Cruz de Mayo, levan- a(ia en el centro de la plaza del lugar. Las alegres Carcajadas de aquellas loquillas resonaban estrepitosamente en mis oidos. Los mozos batían palmas al nde la plañidera guitarra. Ellas reian ycantaban. No he vuelto áver desde entónces unos ojos como 0s de Cármen. Me hicieron sentir de tal suerte el femeno de la atracción, que en toda la tarde no pueseparar los mios de los suyos. No sé qué había en ^quellas pupilas: eran claras, serenas, adormidas, peeun modo sobrenatural, extraordinario, al par ehermosísimas. Áun ahora, que han pasado mu- 0s años, las recuerdo como si las tuviera presentes.
—136 — Enmedio de la general algazara de aquel juvenil corro, parecia estar triste. Ignoro la causa del misterioso fluido que vagaba en sus pupilas ydel secreto espíritu que las animaba. Aquella noche abandoné el pueblo, no sin cierto pesar. * •* * Pocos meses después, hallándome en S., pasó á mi lado una mujer vestida, casi andrajosamente, de negro: mi corazón se agitó con violencia; volví la cabeza; era Cármen. Aquellos ojos, que con tal rapidez me miraron, no podian ser otros más que los suyos. Perdí la acción en mis movimientos por algunos instantes; cuando pude ‘darme cuenta corrí tras ella, pero no la encontré por ninguna parte. Luégo supe que aquellos andrajos eran el luto por la muerte de sus padres. * 'k Estaba yo una noche acompañado de algunos amigos áquienes el doctor M. referia la muerte de una magnifica mujer, como él la llamaba, en el hospital Central de S. Decíanos que en los últimos momentos los recuerdos de sus primeros años yel amor hacia el lugar donde nació eran las únicas ideas que tenazmente estaban fijas en el corazón de la enferma- —Me he persuadido—afirmaba—que ha muerto, más que de otra cosa, de una profunda nostalgia- Sobre todo, complacíase la infeliz en traer ála memoria los más pueriles pormenores de aquellas fiestas de su pueblo.— «¡Ya no volveré más áél!—decía-
—137 — —¡Ya tampoco el día de la Cruz podré asistir al baile! (Cuando llegue de nuevo, no estaré con mis compañeras, sino que me veré sola, abandonada de todos!»—Atormentándose de este modo, abreviaba sin advertirlo los instantes de su vida. —¿Cómo se llamaba?—pregunté. —Cármen. * Instantes después me encontraba ála puerta del hospital. Pregunté por otro amigo, el doctor L., con Quien me unia íntimo afecto. Hiciéronme entrar en un vasto salón húmedo, Pestilente ysombrío, en cuya densa oscuridad resalaban tres enormes mesas de mármol blanco: en la ultima de ellas, inclinado sobre un cuerpo humano desnudo por completo, sobre el que una extraña lámpara arrojaba vivísima claridad, vi áun hombre: al seutir mis pasos alzó la cabeza; era mi amigo, áquien ni siquiera saludé, porque lo primero que atrajo mis Guadas fué el cadáver. Quedé horrorizado, lanzando Un grito agudo. Era Cármen; pero ¡en qué estado la encontraba! Abierto verticalmente su cuerpo desde el cuello á cintura, veíanse sus visceras todas: miré su cabec‘l rostro, sereno como en vida, tenía los ojos l(utos. ylos círculos lívidos que rodeaban sus órbias hacían resaltar aun más la intensa palidez que por l0(l °ase exiendia. ' r''° olvidaré nunca la expresión de aquella boca, 18
—138 — con los labios ligeramente conlraidos en una espantosa sonrisa de desden yde amargura. f Al amanecer del dia siguiente mi amigo el doctor L. yyo llegábamos al cementerio, siguiendo áun ataúd conducido por tres hombres. Con nuestras manos cavamos la fosa ynadie más que nosotros tocó su cadáver. Hice una cruz de palo yla coloqué ála cabecera de la fosa. Todos los años, el dia 3de Mayo, paso la tarde en su compañía: no quiero dejarla sola. Cuando llega la noche yme retiro, los pájaros vienen ádormir en las ramas de los rosales que yo mismo he plantado en torno de su sepultura. Setiembre, 1880.
La Cruz de Oro Oí narrar la siguiente historia hace ya algún tiempo* Desde entónces, pensando en ella, he pasado nautas horas, ypor eso la recuerdo al presente cual si ayer mismo me hubiese sido referida. En descargo ni »o debo manifestar álos lectores que no me he Propueslo con ella ofrecerles un estudio de aplicación general, pues conozco que el tipo ycarácter de la ^ojer que presento en primer término, es, por deshacía, honrosísima excepción de esa infortunada 2, ase que constituye el más horrible cáncer social. *to,no obstante, puedo asegurarles que los hechos Son reales, ciertísimos, yentre nosotros viven sus Pr°tagonistas. 'Hace pocos meses, comenzó áhablar mi ami- °’ yo una noche por la calle de.... meditando
—uo — en qué sitio podría pasar el rato agradablemente, cuando me sacó de mis cavilaciones el ruido que á mis espaldas hacían unos pasos como de mujer. Volví la cabeza, y, en efecto, no me había engañado: era una joven delgada, elegantemente vestida ycasi oculta su cabeza por un velo de encajes.— ¡Ya pareció aquello!—dije en mi interior:—hé aquí el entretenimiento que buscaba. Dejé que se adelantase hasta ponérseme más próxima, yentonces le hablé así: —¿Me permite usted que la acompañe? Muy bonita debe usted ser cuando tanto se oculta; no creí tener tan buen encuentro esta noche; yotras más frases de esas que, por plantilla, dirigen los Tenorios callejeros álas mujeres en idénticas circunstancias. Á lodo callaba; pero yo, sin reparar en su silencio, continué galanteándola. Llegamos ála plaza de.... yentonces, con una voz dulce ytono casi suplicante, me dijo: —Tenga usted la bondad de retirarse. —No puede ser,— le contesté:—aunque mi voluntad quisiera complacerla le aseguro que me es imposible. —Yo s.e lo ruego; retírese,—insistió. —¿Pero tanto la molesto? —Sí, puede ser causa de un compromiso para m*- —Estoy pronto ácapitular; pero habrá de ser con una condición. —¿Cuál? —La de decirme dónde vive ódónde podré vería; pero con promesa formal de no mentir ni de
—141 — chasquearme, indicándome un sitio por otro. Después de rogarle mucho, me dijo al fin: —Nó, señor; le diré la verdad. Vivo en calle.... número.... —¿Á qué hora? —Álas siete de la noche. —Hasta mañana, pues. —Hasta mañana. * Como comprenderás, durante nuestra conversación liabia procurado fijarme bien en su rostro para ver si la aventura merecía la pena de ser continuada, hra una muchacha encantadora. Morena clara, granas ojos negros, cabello ondeado, esbelta yde muy elegante conjunto. Tenía el aspecto de una entreleni- ^a,pero de alta esfera. Al dia siguiente, con franqueza te diré que intensado no sé si mi amor propio ómi curiosidad, me ‘dirigí ásu casa ála hora convenida. Vivía en una de humildísima apariencia yáun más pobre su interior. Cuando estuvimos frente áfrente, ella fué la primen que habló. —Temía que al ver el aspecto de esta casa no se atreviera usted áentrar. "¿Por qué?—le pregunté. —¡Es tan miserable! —¡Bah! El hábito no hace al monje. Lo que sí Puedo asegurarle es que desde ayer me tiene preocupado nuestro encuentro, yque deseaba por momentos e&ase la tarde para verla de nuevo. Ahora, áun á